DESAYUNO EN TIFFANY'S - Truman Capote

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El libro me sorprendió por su crudeza, me rompió bastante la idea edulcorada que te deja la película.

La peli tiene una banda sonora que emociona hasta el tuétano y Audrey sabe dotar a sus personajes de ese encanto y fragilidad muy despojado de connotaciones más sexuales. Es verdad que tanto chic no sabes de donde sale, pues si es una prosti debía ser muy bien pagada.......en realidad a la Holly de la película nunca la ves como una prosti, es un ser desvalido que quiere actuar por interés económico y no le sale.
 
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Holly Golightly era una de las inquilinas del viejo edificio de piedra arenisca; ocupaba el apartamento que estaba debajo del mío. Por lo que se refiere a Joe Bell, tenía un bar en la esquina de Lexington Avenue; todavía lo tiene. Holly y yo bajábamos allí seis o siete veces al día, aunque no para tomar una copa, o no siempre, sino para llamar por teléfono: durante la guerra era muy difícil conseguir que te lo instalaran. Además, Joe Bell tomaba los recados mejor que nadie, cosa que en el caso de Holly Golightly era un favor importante, porque recibía muchísimos.

Todo esto pasó, naturalmente, hace un montón de tiempo, y, hasta la semana pasada, hacía años que no veía a Joe Bell. Alguna que otra vez nos habíamos puesto en contacto, y en ocasiones me había dejado caer por su bar cuando pasaba por el barrio; pero nunca habíamos sido en realidad grandes amigos, excepto en el sentido de que ambos éramos amigos de Holly Golightly. Joe Bell no tiene un carácter precisamente afable, tal como él mismo reconoce, aunque dice que es por culpa de su soltería y de las malas pasadas que le gasta su estómago. Todos los que le conocen bien saben que no es fácil conversar con él. Y que resulta hasta imposible si no tienes sus mismas obsesiones, entre las cuales se cuenta Holly. De las otras mencionaré el hockey sobre hielo, los perros de raza Weimaraner, Our Gal Sunday (un serial radiofónico de baja estofa que lleva oyendo desde hace quince años), y Gilbert y Sullivan: afirma estar emparentado con uno de los dos, no recuerdo cuál.

De modo que cuando, el pasado martes por la tarde, sonó el teléfono y oí «Soy Joe Bell», supe que tenía que ser por algo referente a Holly. No lo dijo, sólo:
-¿Puedes venir a toda mecha? Es importante.
Y su voz afónica temblaba de excitación.
Tomé un taxi bajo un chaparrón otoñal, y por el camino
llegué incluso a pensar que quizá Holly hubiera regresado, que quizá volvería a verla.
Pero en el local no había nadie más que el dueño. El bar de Joe Bell es un sitio tranquilo en comparación con la mayor parte de los que hay en Lexington Avenue.



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@costalita, parece ser que el titulo de la novela proviene de una anécdota conocida en el círculo de amistades de Capote, según la cual, alguien que no había estado nunca en Nueva York confundió la prestigiosa joyería con un restaurante neoyorquino.

No hubo ninguna demanda hacia Capote, como tampoco a la película de igual titulo, que se rodó. De hecho la prestigiosa joyería Tiffany’s abrió sus puertas para que se pudieran filmar las escenas de Holly y Paul ( personajes principales de la novela y película ) en el interior de la tienda.
Saludos
Pues muchas gracias , como ves no tenía ni idea de la anécdota. Por cierto, debe haber alguna maldición a la hora de escribir el nombre correctamente. Yo lo he cometido escribiendo TIFANNY, con 2 enes en lugar de con 2 efes. Y eso que trabajo a 100 metros de la joyería Tiffany & Co. en la calle Ortega y Gasset de Madrid y paso por delante con frecuencia. Pero es que, y perdona por el comentario , a tí te ha pasado algo parecido y has escrito en tu amable contestación , "prestigiosa joyería Tiffany´s" ¿ Que nos pasa con este nombre? ¿Tenemos una cookie con información errónea en el cerebro y salta de primeras?
Parecemos tertulianos de Sálvame o Teresa Campos disfrazada de Holly Golightly , zampándose un croissant en el escaparate de la 5ª Avenida en aquel reality penoso con sus hijas en Manhattan, que dicen siempre el nombre mal ,seguramente sin haber leido la novela , solo por hacer el tonto .

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No ostenta neones ni televisor. Dos viejos espejos reflejan el tiempo que hace en la calle; y detrás de la barra, en un nicho rodeado de fotos de estrellas del hockey sobre hielo, siempre hay un gran jarrón de flores frescas que el propio Joe Bell arregla con maternal cuidado. Eso es lo que estaba haciendo cuando entré.

-Desde luego -dijo, hundiendo un gladiolo en el jarrón-, desde luego que no te hubiese hecho venir si no fuera porque quería oír tu opinión. Es muy raro. Ha pasado una cosa rarísima.
-¿Has tenido noticias de Holly?
Palpó una hoja, como si no estuviera seguro de cómo contestarme. Es un hombre bajito con una magnífica melena de áspero pelo blanco, y una cara huesuda y en declive que le sentaría mejor a una persona más alta; su tez suele estar siempre bronceada: en aquel momento se le enrojeció.

- No puedo decir exactamente que haya tenido noticias de ella. En fin, no estoy seguro. Por eso quiero tu opinión. Espera, te prepararé un cóctel. Es nuevo. Lo llaman White Angel -dijo, mezclando la mitad de vodka con la mitad de ginebra, sin vermut.
Mientras yo me bebía el resultado, Joe Bell estuvo chupando una pastilla para el estómago y dándole vueltas a lo que tenía que decirme.

-¿Te acuerdas -dijo por fin, de un tal Mr. I. Y. Yunio- shi, aquel señor del Japón?

-De California -dije, recordando perfectamente a Mr. Yunioshi. Es fotógrafo de una revista ilustrada, y cuando le conocí vivía en el estudio del último piso de la casa de piedra arenisca.

-No trates de liarme. Sólo te pregunto si sabes a quién me refiero. Bien. Pues ayer noche se presenta aquí ni más ni menos que el mismísimo Mr. I. Y. Yunioshi. No le había visto, bueno, desde hace más de dos años. ¿Y dónde dirías que ha estado durante estos dos años?
- E n Africa.



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Joe Bell dejó de machacar su pastilla, entrecerró los ojos:

-¿Y cómo lo sabes?
- L o ha contado Winchell. 1
Y así era, de hecho.
Abrió, con acompañamiento de un tintineo, la registradora, y sacó un sobre de papel manila.
-Muy bien, pues a ver si Winchell también ha contado esto.

En el sobre había tres fotos más o menos iguales, pero tomadas desde distintos ángulos: un negro alto y delicado, con falda de calicó y una sonrisa tímida pero vanidosa, mostraba en sus manos una extraña escultura de madera, una talla alargada que representaba una cabeza, la de una chica de pelo liso y tan corto como el de un hombre, con sus lustrosos ojos de madera desproporcionadamente grandes y sesgados en el ahuesado rostro, y los labios gruesos, excesivamente marcados, casi como los de un payaso. A primera vista parecía una talla muy primitiva; pero luego no, porque aquello era la viva imagen de Holly Golightly, todo lo parecido a ella que podía esperarse de aquel objeto negro y quieto.

-¿Qué me dices de esto? -dijo Joe Bell, satisfecho de mi sorpresa.
- S e le parece.
-Mira, chico -y descargó una palmada sobre la barra-, es ella. Como que me llamo Joe. Ese enano japonés supo que lo era en cuanto la vio.
-¿La vio? ¿En Africa?

-Bueno. Sólo esta estatua. Pero es lo mismo. Lee tú mismo lo que dice aquí -dijo, dándole la vuelta a una de las fotografías. En el reverso decía: Talla de Madera. Tribu S, Tococul, East Anglia, Navidad, 1956.
-Esto es lo que dice el nipón -dijo Joe, y la historia era la siguiente: el día de Navidad, Mr. Yunioshi pasó con su cámara por Tococul, una aldea perdida en el laberinto del quinto infierno.



1. Alusión a la columna del periodista Walter Winchell (1897-1972), a la que estaban abonados numerosos periódicos de la mayor parte de los Estados de EE.UU. (N. del T.)


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Y que aquí no nos interesa, un simple montón de chozas de barro con monos en la puerta y buitres en el techo. Cuando ya había decidido seguir su camino, Mr. Yunioshi se fijó de repente en un negro sentado en cuclillas junto a su choza. Estaba tallando monos en un bastón. A Mr. Yunioshi le llamó la atención su trabajo, y le rogó que le permitiera ver otras muestras. Tras lo cual le enseñaron la talla de la cabeza de una joven: y tuvo la sensación, o así al menos me lo contó Joe Bell, de estar sumergiéndose en un sueño. Pero cuando dijo que quería comprarla, el negro se cogió las partes con la mano (un ademán al parecer amable, algo así como llevarse la palma al corazón) y se negó a vender.

Ni un medio kilo de sal más diez dólares, ni tampoco un reloj de pulsera más un kilo de sal más veinte dólares, bastaron para convencerle. Mr. Yunioshi estaba decidido a averiguar de la forma que fuese cómo había llegado a realizar aquella talla. Y le costó su sal y su reloj, pero al final le contaron la anécdota en una mezcla de africano, afroinglés y señas. Le pareció entender que la anterior primavera había aparecido de entre la maleza un grupo de tres blancos montados a caballo. Una joven y dos hombres. Los hombres, con los ojos enro- jecidos por la fiebre, se vieron obligados a permanecer varios días temblando en una choza aislada, mientras que la joven, que se encaprichó del escultor, compartió su jergón con él.

-Esta parte de la historia no me la creo -dijo el mojigato Joe Bell. Sé que Holly era como era, pero no creo que pudiese llegar ni de lejos a una cosa así. -¿Y luego?

-Luego, nada -se encogió de hombros-. Al cabo de un tiempo se fue tal como había llegado, montada a lomos de un caballo.
-¿Sola, o con los dos hombres?
-Supongo que con los dos hombres -parpadeó Joe Bell-. Pues bien, el ,nipón estuvo preguntando por ella a lo largo y ancho de todo el país. Pero nadie más la había visto. -Luego ocurrió como si Joe notara que se le filtraba mi propia decepción, y no quisiera contagiarse-.



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Tendrás que admitir al menos una cosa: es la primera noticia concreta que nos llega desde hace no sé cuántos -contó con los dedos, pero no le bastaron- años. Espero al menos que se haya hecho rica. Hay que ser rico para andar perdiendo el tiempo por Africa.

-Probablemente jamás haya pisado Africa -dije, muy convencido; y, sin embargo, podía imaginármela allí, era un sitio al que podía haber ido. Y la cabeza tallada: volví a mirar las fotos.
-Ya que tanto sabes, ¿dónde está?
-Habrá muerto. O estará en un manicomio. O se habrá casado.

Joe reflexionó un momento.
-No -dijo, sacudiendo negativamente la cabeza-. Y te diré por qué. Si estuviera aquí, yo la habría visto. Si una persona a la que le gusta caminar, una persona como yo, alguien que lleva diez o doce años caminando por estas calles, y que durante todos estos años ha estado buscándola, no la ha visto ni una sola vez, ¿no es para pensar que no está aquí? Veo partes de ella constantemente, un culito plano, una chica flaca que anda tiesa y a buen paso... -Hizo una pausa, como si le azotase la fijeza con que le estaba mirando-. ¿Crees que estoy majara?

-Sólo que no me había enterado de que estuvieses enamorado de ella. Hasta ese punto.
Lamenté haberlo dicho; le desconcertó. Recogió las fotos y volvió a meterlas en el sobre. Miré la hora en mi reloj. No tenía que ir a ningún lado, pero me pareció que lo mejor sería largarme.

-Espera -dijo, agarrándome de la muñeca-. La quería, claro. Pero nunca se me ocurrió tocarla. -Y, sin sonreír, añadió-: Tampoco creas que no pienso en esas cosas. Incluso a mi edad, y el diez de enero cumpliré los sesenta y siete. Es curioso, pero, cuanto más viejo me hago, más pienso en esas cosas. No recuerdo haber pensado tanto en ellas cuando era joven, y ahora en cambio me ocurre a cada momento.



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Quizá sea porque cuanto más viejo te haces, menos fácil es llevar esos pensamientos a la práctica, quizá por que se te queda todo encerrado en la cabeza y se te convierte en una carga. Pero -se sirvió una medida de whisky y se la bebió de un trago- jamás haré nada deshonroso. Y te juro que jamás me cruzó siquiera la imaginación la idea de hacerle algo a Holly. Se puede querer a una persona sin que pasen esas cosas. Se puede tratar a esa persona como a una desconocida, una desconocida que es tu amiga.

Entraron dos hombres en el bar, y pareció el momento oportuno para irse. Joe Bell me siguió hasta la puerta. Volvió a atraparme por la muñeca.

-¿Lo crees?
- ¿ Que jamás quisiste ni tocarla?
-No, me refiero a lo de Africa.

En aquel momento era como si no pudiese recordar la anécdota, sólo la imagen de Holly alejándose, a caballo.
- De todos modos, ha desaparecido.
-Sí -dijo él, abriendo la puerta. Ha desaparecido.

Afuera había dejado de llover, no quedaba más que un resto de niebla en el aire, de modo que volví la esquina y anduve por la calle en donde se encuentra el edificio de piedra arenisca. Es una calle con árboles que durante el verano forman frescos dibujos en la acera; pero las hojas estaban ahora amarilleadas, habían caído en su mayor parte, y la lluvia las había dejado resbaladizas, patinaban bajo mis suelas. La casa está a mitad de la manzana, junto a una iglesia en cuya torre azulada da las horas el reloj. La casa ha sido remozada después de que yo me fuera; una elegante puerta negra reemplaza el viejo cristal deslustrado, y unas bonitas contraventanas grises enmarcan las ventanas. Ahora no vive allí ningún vecino del que yo guarde algún recuerdo, con la sola excepción de Madame Sapphia Spanella, una ronca soprano que cada tarde se iba a patinar a Central Park. Sé que sigue viviendo allí porque subí los peldaños y miré los buzones. Fue uno de estos buzones lo primero que me condujo a enterarme de la existencia de Holly Golightly.



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Llevaba más o menos una semana viviendo en esa casa cuando me fijé en la curiosa tarjeta colocada en el buzón del apartamento 2.
Las letras impresas, tan elegantes como si fuese una tarjeta de Cartier, decían: Miss Holiday Golightly, y debajo, en una esquina, Viajera.
Sonaba tan fastidioso como una canción. Miss Holiday Golihgtly, Viajera.

Una noche, bastante más tarde de las doce, me despertó la voz de Mr. Yunioshi, que gritaba por el hueco de la escalera. Como él vivía en el último piso, su voz bajaba por toda la casa, exasperada y severa.

-¡Miss Golightly! ¡Tengo que presentarle mis quejas!
La voz que regresó, emergiendo desde el fondo de la escalera, era juvenil y guasona.
-¡Ay, chico, no sabe cuánto lo siento! He vuelto a perder la maldita llave.

- N o debe seguir llamando a mi timbre. Por favor, se lo pido por favor, encargue una llave nueva.
-Es que las pierdo todas.

-Yo trabajo. Tengo que dormir -gritó Mr. Yunioshi-. Y usted siempre está llamando a mi timbre...
"-Oh, pero no se enfade, buen hombre, que no volveré a hacerlo. Y, si me promete que no se va a enfadar -su voz se iba acercando a medida que subía la escalera-, dejaré que me haga esas fotos de las que hablamos.

En ese momento ya me había levantado de la cama y abierto la puerta un centímetro. Pude oír el silencio de Mr. Yunioshi: oírlo porque estaba acompañado por un audible cambio de respiración.

-¿Cuándo? -dijo por fin.
La chica se puso a reír.
-Algún día -contestó la chica, arrastrando las palabras.



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Salí al rellano y me asomé a la barandilla, lo suficiente como para ver sin ser visto. Ella seguía subiendo la escalera, llegó a su piso, y la luz del rellano iluminó la mezcolanza de colores de su pelo cortado a lo chico, con franjas leonadas, mechas de rubio albino y rubio amarillo.

Era una noche calurosa, casi de verano, y Holly llevaba un fresco vestido negro, sandalias negras, collar de perlas. Pese a su distinguida delgadez, tenía un aspecto casi tan saludable como un anuncio de cereales para el desayuno, una pulcritud de jabón al limón, una pueblerina intensificación del rosa en las mejillas. Tenía la boca grande, la nariz respingosa. Unas gafas oscuras le ocultaban los ojos. Era una cara que ya había dejado atrás la infancia, pero que aún no era de mujer. Pensé que podía tener entre dieciséis y treinta años; resultó finalmente que le faltaban dos tímidos meses para cumplir los diecinueve.

No estaba sola. Un hombre la seguía. El modo en que su rolliza mano le rodeaba la cadera parecía en cierto modo indecoroso; no moral, sino estéticamente. Era bajo y ancho, de pelo abrillantinado y moreno artificial, un tipo encorsetado por su traje a rayas, y con un marchito clavel rojo en el ojal. Cuando llegaron a la puerta ella se puso a revolver el bolso en busca de la llave, y ni se dio por enterada de que los gruesos labios de aquel tipo le estaban hociqueando la nuca. Por fin, sin embargo, tras encontrar la llave y abrir la puerta, Holly se volvió cordialmente hacia él:

-Gracias, chato... Has sido muy amable acompañándome hasta aquí.
-¡Eh, nena! -dijo él, porque estaban cerrándole la puerta en las narices.

-Dime, Harry.
-Harry era el otro. Yo soy Sid. Sid Arbuck. Sé que te gusto.
- T e adoro, Arbuck. Pero buenas noches, Arbuck.

Mr. Arbuck se quedó mirando con incredulidad la puerta, que se cerró firmemente.

-Eh, nena, déjame entrar, anda. Sé que te gusto. Les gusto a todas. ¿No me he hecho cargo yo de la cuenta, cinco personas, amigos tuyos, gente a la que jamás había visto hasta hoy? ¿No me da eso derecho a gustarte? Sé que te gusto, nena.

Dio unos golpes suaves a la puerta, y luego otros más fuertes; al final retrocedió unos cuantos pasos, con el cuerpo encorvado y agachado, como si tuviera intención de cargar contra ella. Pero en lugar de eso se lanzó escaleras abajo, no sin descargar un puñetazo contra la pared. Justo cuando llegó a la planta baja, se abrió la puerta del apartamento de la chica, que asomó la cabeza.

- O h , Arbuck...

El se volvió, con el rostro lubrificado por una sonrisa de alivio: la chica estaba de guasa, eso era todo.
-La próxima vez que una chica te pida suelto para ir al tocador -gritó, en absoluto de guasa-, sigue mi consejo, chico: ¡no le des veinte centavos!



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Holly cumplió lo que le había prometido a Mr. Yunioshi; no volvió a llamar a su timbre, supongo, porque durante los días siguientes comenzó a llamar al mío, a veces a las dos, o a las tres y las cuatro de la madrugada: no tenía escrúpulos por lo que respecta a la hora en que pudiera sacarme de la cama para que pulsara el botón que abría el portal de la calle. Como ninguno de mis amigos era de los que se te presentan en casa a esas horas, siempre sabía que era ella. Pero las primeras veces que llamó todavía me dirigía a la puerta, medio convencido de que había malas noticias, algún telegrama, para mí. Pero siempre era Miss Golightly, que gritaba desde abajo:

- L o siento, chico. Me he olvidado la llave.

Naturalmente, no llegamos a trabar relación. Aunque de hecho nos cruzábamos con frecuencia en la escalera o en la calle; sin embargo, ella hacía como si no me viese. Nunca se quitaba las gafas de sol, iba siempre muy bien vestida, con un buen gusto casi pomposo pese a la sencillez de su ropa, de los azules y los grises escasamente llamativos que hacían que fuese ella, su persona, la que brillaba. Hubiera podido deducirse que era modelo de fotógrafo, o una actriz principiante, aunque, por sus horarios, era obvio que no tenía tiempo para dedicarse a ninguna de las dos cosas.

De vez en cuando la veía lejos de nuestro barrio. En una ocasión, un pariente que vino a visitarme me invitó al «21», y allí, en una mesa de primera, rodeada de cuatro hombres, ninguno de los cuales era Mr. Arbuck, aunque todos ellos fueran intercambiables con él, se encontraba Miss Golightly, peinándose de forma ociosa, pública; y su expresión, un bostezo contenido, sirvió, por ejemplo, para asordinar la excitación que me producía cenar en un lugar tan de postín.


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Otra noche, en pleno verano, el calor que hacía en mi habitación me hizo salir a la calle. Bajé por la Tercera Avenida hasta la calle Cin- cuenta y uno, en donde había un anticuario en cuyo escaparate destacaba un objeto que yo admiraba: una jaula que era todo un palacio, una auténtica mezquita con minaretes y habitaciones de bambú que anhelaban la presencia de loros parlanchines. Pero costaba trescientos cincuenta dólares.

De vuelta a casa me fijé en un grupo de taxistas que formaba un corro frente al bar de P.J. Clark, aparentemente atraído por un alegre grupo de oficiales del ejército australiano que, con ojos achispados de whisky, entonaban Waltzing Matilda con sus voces de barítono. Sin dejar de cantar, bailaban por turnos con una chica a la que hacían girar como una peonza por el adoquinado bajo el paso elevado del metro; y la chica, Miss Golightly, por supuesto, flotaba en sus brazos ligera como un pañuelo.

Pero si Miss Golightly no llegó a enterarse de mi existencia, excepto en mi calidad de práctico portero, a lo largo de aquel verano yo acabé convirtiéndome en toda una autoridad sobre la suya. Descubrí, observando la papelera que dejaba junto a su puerta, que sus lecturas normales eran la prensa popular, los folletos de viajes y las cartas astrales; que fumaba unos pitillos esotéricos de la marca Picayune; que sobrevivía a base de requesón y tostaditas; que su cabello multicolor no era obra de la naturaleza. La misma fuente de información me permitió saber que recibía montones de cartas del frente. Siempre estaban rotas a tiras alargadas, como registros. A veces me llevaba uno de esos registros para utilizarlo en mis lecturas.
Recuerdo y te echo de menos y llueve y escribe, por favor, y maldita y condenada eran las palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel; éstas, y soledad y te quiero.



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Además, tenía un gato y tocaba la guitarra. Los días de mucho sol se lavaba el pelo y, junto con el gato, un rojizo macho atigrado, se sentaba en la escalera de incendios y rasgaba la guitarra mientras se le secaba el pelo. Cada vez que oía la música, yo me acercaba silenciosamente a la ventana. Tocaba muy bien, y a veces también cantaba. Cantaba con el acento afónico y quebrado de un muchacho. Se sabía todas las canciones de los musicales de éxito, de Cole Porter y Kurt Weill; le gustaban sobre todo las canciones de Oklahoma!, recién estrenada aquel verano.

Pero en algunos momentos tocaba melodías que hacían que me preguntase de dónde podía haberlas sacado, de dónde podía haber salido aquella chica. Canciones nómadas, agridulces, con letras que sabían a pinar o pradera. Una de ellas decía: No quiero dormir, no quiero morir, sólo quiero seguir viajando por los prados del cielo; y parecía que ésta fuese la que más la complacía, pues a menudo seguía cantándola mucho después de que se le hubiera secado el pelo, cuando el sol ya se había puesto y se veían ventanas iluminadas en el anochecer.

Pero nuestra relación personal no empezó hasta septiembre, una noche atravesada por los primeros y fríos estremecimientos del otoño. Yo había ido al cine, regresado a casa, y estaba acostado con un bourbon y el último Simenon: lo cual constituía hasta tal punto mi ideal de comodidad que no conseguí entender cierta sensación de inquietud que fue creciendo poco a poco, tanto que llegué a oír mis propios latidos. Era una sensación acerca de la cual había leído y hasta escrito, pero que jamás había experimentado.

La sensación de estar siendo vigilado. De una presencia invisible. Luego: un repentino golpeteo en la ventana, el vislumbre de un gris fantasmal: derramé el bourbon. Transcurrieron unos momentos antes de que tuviera arrestos para abrir la ventana, y preguntarle a Miss Go- lightly qué quería.



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-Tengo abajo a un hombre horripilante -dijo, saltando de la escalera de incendios al interior de la habitación-. Bueno, cuando no está bebido es encantador, pero tan pronto prueba el vino, ¡Santo Dios, qué animal! No hay nada en el mundo que deteste tanto como los hombres que te dan mordiscos. -Se abrió un poco el albornoz gris para mostrarme las pruebas de lo que ocurre cuando un hombre da un mordisco. No llevaba más que el albornoz-.

Siento haberte pegado un susto. Pero cuando ese animal se ha puesto imposible, he salido por la ventana. Me parece que cree que estoy en el baño, y me importa un cuerno lo que piense, que se vaya al infierno, se cansará, se dormirá, Dios mío, tiene que dormirse, se ha to- mado ocho martinis antes de cenar y suficiente vino como para que se bañe un elefante. Oye, si quieres echarme, me echas. Ya sé que es mucha jeta eso de entrometerme aquí de esta forma. Pero ahí afuera hace un frío que pela. Y parecía que aquí se estuviera tan bien. Me has recordado a mi hermano Fred. Dormíamos cuatro en la misma cama, y él era el único que me dejaba abrazarle las noches más frías.

Por cierto, ¿te importa que te llame Fred?

Ya se había colado del todo en la habitación, y se detuvo un momento para mirarme. Era la primera vez que la veía sin las gafas de sol, y en ese momento resultaba obvio que eran, además, gafas de aumento, porque sin ellas sus ojos me escrutaban bizqueando, como los de un joyero. Eran unos ojos grandes, un poco azules, otro poco verdes, salpicados de motas pardas: multicolores, como su pelo; y, como su pelo, proyectaban una luminosidad cálida y viva.

-Supongo que estarás pensando que soy una descarada. O très fou , o yo qué sé.

- En absoluto.
Pareció decepcionada.
-Desde luego que sí. Como todo el mundo. Me da igual.
Es muy práctico.



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Se sentó en uno de los desvencijados sillones de terciopelo rojo, dobló las piernas debajo de ella, e inspeccionó el resto de la habitación, haciendo visajes incluso más pronunciados con los ojos.

- ¿ Cómo lo soportas? Parece la cámara de los horrores.

-Uno se acostumbra a todo -dije, molesto conmigo mismo, pues, en realidad, estaba orgulloso de mi casa.

-Yo no. Jamás me acostumbraré a nada. Acostumbrarse es como estar muerto. -Sus ojos censuradores volvieron a inspeccionar la habitación-. ¿Y qué haces metido aquí todo el día?

Señalé una mesa con altos montones de libros y papeles.
-Escribo.

-Yo creía que los escritores eran muy viejos. Aunque, claro, Saroyan no es viejo. Le conocí en una fiesta, y en realidad no es nada viejo. De hecho -murmuró-, si se apurase más el afeitado... Por cierto, ¿Y Heminghway, es viejo?

-Yo diría que anda por los cuarenta y tantos.

-No está mal. Para que un hombre me excite tiene que haber cumplido los cuarenta y dos. Una amiga mía que es una idiota anda siempre diciéndome que tendría que ir a un comecocos; dice que tengo complejo paterno. Lo cual me parece una merde. Lo único que pasa es que yo misma me predispuse a que me gustaran los hombres maduros, y ésa fue la decisión más inteligente de mi vida. ¿Cuántos años tiene W. Somerset Maugham?

- N o estoy seguro. Sesenta y pico.

-No está mal. Nunca me he acostado con un escritor. Aunque, espera, ¿conoces a Benny Shacklett? -Al verme decir que no con la cabeza, puso un gesto ceñudo-. Qué raro. Ha escrito montones de cosas para la radio. Pero que rata. Dime, ¿eres un verdadero escritor?

-Depende de lo que entiendas por verdadero.

-Pues mira, ¿hay alguien que compre lo que escribes?

-Todavía no.

-Yo te ayudaré -dijo-. Puedo hacerlo, no creas. Imagina cuantísima gente conozco que conoce a otra gente. Te ayudaré porque eres como mi hermano Fred. Un poco más bajo, solamente. No he vuelto a verle desde que yo tenía catorce años, que es cuando me fui de casa, y entonces ya medía más de metro ochenta.



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