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Bombas en el cine: cuando franquistas y republicanos vendían como éxitos sus derrotas en la Guerra Civil
En el bando nacional se rodaron 93 películas, por 360 en el republicano, entre 1936 y 1939. Algunas eran propaganda, otras estaban vinculadas a determinadas divisiones del Ejército y las había también para enseñar a la población a protegerse de los bombardeos o a disparar un fusil contra el enemigo



Malraux, durante el rodaje de «Sierra de Teruel», con el permiso expedido por el bando republicano


André Malraux, durante el rodaje de «Sierra de Teruel», con el permiso expedido por el bando republicano - ABC





MADRID
16/05/2020

Cuando estalla la Guerra Civil el 18 de julio de 1936, hace 74 años, en España se están rodando alrededor de quince películas. Pero entonces se produce lo que el historiador catalán Ramón Gubern califica de «terremoto, en el que la producción privada prácticamente desapareció». Directores, actores, productores leen las noticias preocupados, sin saber qué será de sus proyectos… ni del país. El director de fotografía Juan Marines, por ejemplo, contaba a ABC Cultural hace tres años que él estaba trabajando como auxiliar de cámara en «La canción de mi vida».

«La gente que se dedicaba al cine no se caracterizaba por una militancia política muy activa y aquello les pilló desarbolados», advertía a este diario el director y guionista ganador de dos Goyas y un Oso de Berlín, José Luis García Sánchez, en 2016. Así lo confirmaba el mismo Marine, que cuando cayeron las primeras bombas y empezó a rodar la mítica «Aurora de esperanza», de Antonio Sau, considerada por los críticos como uno de los trabajos más importantes del cine español. «A mí la política no me interesaba nada. Yo solo quería que la gente trabajase y no se matase, pero me daba cuenta de que aquella era una película importante por los medios que pusieron a nuestra disposición, pero era un filme de propaganda y, repito, a mi no me interesaba la política», explicó.

Al igual que Marine, el célebre Luis Buñuel estaba produciendo con Jean Grémillon el filme «Centinela alerta», pero tuvo que mandar al director francés de vuelta a París rápidamente y acabar él mismo la cinta. Benito Perojo –que durante la Segunda República se hizo de oro con «La verbena de la Paloma», que estuvo meses en cartelera– tuvo que interrumpir el rodaje de «Nuestra Natacha» aquel fatídico 18 de julio, una cinta que reflejaba muy bien el ambiente en los meses previos al alzamiento de Franco. Y lo mismo ocurrió con títulos como «Asilo naval» y «El genio alegre», esta última protagonizada por Fernando Fernández de Córdoba, el hombre que leería en la radio el famoso último parte de guerra tres años después. Toda se tuvieron que parar, sin que ninguno de sus protagonistas intuyera todavía que sus profesión se iba a convertir en un arma de guerra más… y una de las más poderosas.


Las dos Españas del cine
«El inicio de la Guerra Civil supuso un corte radical para la industria cinematográfica. Nadie se imaginaba entonces que fuese a ser tan largo», según el profesor de Comunicación Audiovisual de la Universidad de Valencia y especialista en el cine franquista de 1936 a 1939, David Sánchez-Biosca. Y como tal, también se dividió en dos grandes bandos, como el resto del país. Las dos Españas del cine.



Cartel de «Frente de Madrid»


Cartel de «Frente de Madrid» - ABC



En el nacional se habían quedado sin medios técnicos, puesto que los principales estudios y laboratorios se encontraban en Madrid y Barcelona, donde la insurrección había fracasado. Tan solo contaban con los equipos de «El genio alegre» y «Asilo naval» que coyunturalmente se encontraban filmando en Cádiz y Córdoba cuando fueron ocupadas por los nacionales. En el bando republicano, por el contrario, escaseaba el capital. «De hecho, cuando estalla la guerra, el dueño de Cifesa, Manuel Casanova, se marcha a Sevilla con su dinero para abrir una delegación con la que apoyar la causa franquista y grabar documentales de propaganda», contaba a este diario el profesor de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, Rafael Rodríguez Tranche, en el 80 aniversario del conflicto.

Tras un breve colapso inicial, y pesar de esta escasez de recursos, los gobiernos de ambas zonas tomaron conciencia de la importancia de este medio no sólo para entretener a la castigada población, sino para aleccionarla políticamente, contestar al discurso del enemigo y, sobre todo, vender como éxitos rotundos sus fracasos militares en el campo de batalla. Había que ganar la guerra en todos los frentes y este, sin duda, era uno de ellos. Así ocurría también en la prensa e, incluso, con los cómics, tal y como contamos ya en ABC en otro reportaje.


Laya Films contra el NODO
Con estas consignas, tanto franquistas como republicanos empezaron a rodar pronto de nuevo, aunque en un principio se disminuyera drásticamente el número de largometrajes, ahora demasiado caros para las dificultades económicas que indefectiblemente conllevaba la guerra, y la dificultad para producirlas. Muchos eran documentales de réplica de lo que se producía en el enemigo. En la zona republicana, el sector cinematográfico se quedó a las órdenes de los sindicatos de la CNT (SIE Films) y el Partido Comunista (Popular Films). Esta última, junto a la productora del Gobierno, Laia Films, produjo el noticiario «España al día» desde 1937.

En esa primera época el mismo Juan Mariné, que participó en el debut de Paco Martínez Soria, fue nombrado responsable del material del SIE y, más tarde, fue fichado por Laya Films y encargado de rodar el «multitudinario» entierro de Buenaventura Durruti. Aún recuerda cuando un jefe del sindicato anarquista trató de convencerle para que, ante la creciente tensión de Barcelona, llevara una pistola encima. Su respuesta fue tajante: «Yo no soy policía, soy operador de cámara».

El Departamento Nacional de Cinematografía franquista contestó de inmediato con su propio «Noticiario español» ( NODO), bajo la supervisión del ministro Ramón Serrano Suñer y Dionisio Ridruejo. Franco puso en marcha también un sistema de cine ambulante que recorría los frentes para entretener a los soldados. «Y al día siguiente de conquistar una ciudad se paralizaban las carteleras y se imponían una serie de títulos de obligada proyección. Era como la ocupación simbólica después de la militar», explica Rodríguez Tranche.


Hollywood
Según los datos de Magí Crusells en «La Guerra Civil española: cine y propaganda» (Ariel, 2000), en la zona republicana se produjeron 360 obras, por 93 en la nacional. Algunas eran consignas a la población para que aprendieran a protegerse de los bombardeos o a usar un fusil. Otras estaban vinculadas a determinadas divisiones del Ejército, que siguieron vendiendo sus fracasos como éxitos. También hubo unas pocas películas de ficción. Al frente de ellas, directores españoles como Antonio del Amo, Antonio del Castillo o el gran Edgar Neville, que estaba en el bando republicano como una especie de consejero del ministro de Estado y huyó a la zona franquista para rodar películas de propaganda al servicio de la causa enemiga.



Cartel de «Espoir»


Cartel de «Espoir» - ABC


De allí salió «Frente de Madrid», una película que contaba la historia de un soldado republicano y otro falangista que, agonizando juntos en una trinchera, acaban compartiendo el sinsentido de aquel conflicto. Y no podemos olvidarnos de Buñuel, que iba y venía a España e incluso viajó a Hollywood en nombre del Gobierno de la República para supervisar el rodaje de dos películas de propaganda sobre la guerra que se producían en Estados Unidos, muy cerca de la causa republicana ante la inminencia de la Segunda Guerra Mundial.

Pero no hay que olvidar que a España también llegaron directores extranjeros. «Para ellos era una locura de emoción, una fuente absolutamente prodigiosa de temas», señala el director José Luis García Sánchez. Por allí estaba Hemingway poniéndole voz a uno de los documentales más estremecedores de aquel trienio negro, «Tierra de España», dirigido por Joris Ivens con un presupuesto de 2.000 dólares. El fotógrafo Henri Cartier-Bresson realizando «L'Espagne vivra» (1939), una crítica a la intervención extranjera en apoyo de Franco. O Russell Palmer –presidente de Peninsular News Service, un grupo de presión profranquista de Estados Unidos–, que contó con el permiso de Franco para para grabar las conquistas de su Ejército en Teruel y Castellón, de donde salió el primer y único documental en color de la guerra: «Defensores de la fe» (1937).


«Sierra de Teruel»
Por encima de todos estaba el director André Malraux, que filmó la que dicen es la gran película de la Guerra Civil, «Sierra de Teruel», cuyo guion escribió con ayuda del gran Max Aub. «Cinematográficamente es la mejor. Un filme que mira la guerra con unos ojos más limpios. Visualmente es muy hermosa, con esa fotografía, esa luz y esa mezcla de realidad y documental... Es maravillosa», aseguraba a ABC el director Fernando Trueba en 2016.

En medio de las bombas, ambos bandos también quisieron rodar algunas películas de ficción. La CNT se atrevió con «Aurora de esperanza», «Barrios bajos» o la comedia «Nuestro culpable», mientras que los franquistas se fueron a producirlas a Alemania con el apoyo de Hitler. Los nazis montaron la productora Hispano Filmproduktion y se llevaron a directores españoles como Florián Rey y Benito Perojo junto a estrellas como Imperio Argentina o Estrellita Castro. Rodaron cinco películas, algunas tan relevantes como «Carmen, la de Triana», «El barbero de Sevilla» o «Suspiros de España». Un universo muy particular que Fernando Trueba quiso recrear en 1998 con «La niña de tus ojos», que obtuvo siete premios Goya. «Me parecía una situación tan surrealista que españoles se fueran a la Alemania de Hitler a hacer películas folclóricas mientras el país estaba en guerra», reconoció el director.


 

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El oscuro pasado de la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores: una cárcel de lujo para asesinos y corruptos
A lo largo de los siglos, los reos caminaron desde este edificio hasta la Plaza Mayor para ser ejecutados mediante la horca, en garrote vil o en la hoguera en presencia de cientos de madrileños. Entre sus presos más famosos se encuentran Lope de Vega, el bandido Luis Candelas o el general Riego, además de algunos concejales



Grabado de la ejecución de Luis Cándelas, que estuvo preso en la Cárcel de Corte, sobre una imagen de la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores


Grabado de la ejecución de Luis Cándelas, que estuvo preso en la Cárcel de Corte, sobre una imagen de la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores - ABC



Israel Viana
MADRID Actualizado:20/05/2020


En su «Manual de Madrid. Descripción de la Corte y de la Villa» (1831), el escritor Mesonero Romanos aseguraba que el edificio que hoy alberga el Ministerio de Asuntos Exteriores, en la pequeña plaza de la Provincia, es «uno de los mejores de Madrid». Esto se debe a que, según el cronista, contaba con «una de las fachadas más bonitas de la capital». Se detenía después en sus columnas de diferentes órdenes, en sus torres, en su frontispicio y en «su magnífica escalera», para añadir al final un detalle desconocido para muchos de los que pasean estos días por los alrededores de la Plaza Mayor: «En el bajo están las prisiones».

Si no se ha fijado, también se advierte de este oscuro pasado en la inscripción que hay en una de las puertas que cada día atraviesa la ministra socialista Arancha González Laya: «Reinando su majestad Felipe IV, año de 1634, con acuerdo del Consejo, se fabricó esta cárcel de Corte para seguridad y comodidad de los presos». La última morada de muchos de los condenados a muerte que, llegada su hora, tendría que recorrer a pie o en carreta los escasos metros que separan al actual Ministerio de la que antaño era la plaza de las ejecuciones, la famosa Plaza Mayor, donde los madrileños acudían en masa para ver el «espectáculo» de la horca, el garrote vil o la hoguera.

Pero, ¿cómo se convirtió este emblemático edificio en uno de los más siniestros y a la vez modélicos de Madrid durante los siglos XVII y XVIII? Todo comenzó en 1543, después de que un centenar de vecinos protestara por la costumbre de las autoridades de requisar sus viviendas para encerrar a los delincuentes. En estas estuvo recluido, por ejemplo, Lope de Vega, en 1588, tras ser juzgado por denunciar en su comedia «Belardo furioso» el matrimonio de su amada, Elena Osorio, con un noble. Pero para evitar que el descontento desembocara en una gran revuelta social, el Ayuntamiento compró y acondicionó varias de estas casas situadas en la plaza de Santa Cruz, para convertirlas en una cárcel en condiciones. Una centro «seguro» y «cómodo», como lo calificaba Mesonero Romanos, en el que privar de libertad a los criminales y corruptos más peligrosos de la Corte.

La primera piedra
Sin embargo, pronto resultó pequeño y ruinoso, por lo que fue sustituido por dos casonas reformadas que había en la vecina calle del Salvador durante el reinado de Felipe IV. En ese espacio se colocó la primera piedra el 14 de septiembre de 1629, en una ceremonia a la que, según algunas fuentes, asistió el Rey de España junto a los cinco alcaldes que formaban la «Sala» y sus colegas del Consejo de Castilla. Otras fuentes, sin embargo, aseguran que fue presidida por el cardenal obispo de Málaga y presidente del Consejo de Castilla, Gabriel de Trejo.

Sea como fuere, se construyó con el dinero recaudado por el Ayuntamiento a través de una sisa o impuesto establecido sobre el consumo de vino. El resultado fue un edificio emblemático diseñado con el estilo de los Austrias por el arquitecto Juan Gómez de Mora, el mismo que se encargó de la Casa de la Villa (Ayuntamiento de Madrid desde el siglo XVII hasta 2007). Y allí, entre las mil paredes del Palacio de Santa Cruz, se garantizó desde entonces la custodia y la salud de los presos, dando a la vez prestigio a la administración de Justicia.

En esa época hubo en Madrid dos cárceles comunes: la Cárcel de Corte y la Cárcel de la Villa. La diferencia entre ambas dependía de los delitos que hubiera cometido cada reo. Los acusados de homicidio, robo y estafa, por ejemplo, eran juzgados por las instituciones de la Corona y destinados a la primera, mientras que aquellos que hubieran atentado contra el Ayuntamiento de Madrid iban a la segundo. Por ejemplo, si han estafado al Repeso –la institución encargada de vigilar los mercados de alimentos en la ciudad–, al Fiel Contraste o actuado contra cualquiera de los arbitrios municipales.



Grabado del Palacio de Santa Cruz


Grabado del Palacio de Santa Cruz - ABC



La cárcel modelo
No hay que olvidar que, a pesar de ello, la cárcel de Corte fue un modelo para su época. Una especie de estancia de lujo para quienes había delinquido, puesto que sus celdas contaban con suficiente luz y ventilación, a diferencia de la mayoría en aquella época, y estaban ocupadas por reclusos clasificados según su s*x*, su tipo de pena y su grado de peligrosidad. Había también un patio amplio en la parte trasera para que los condenados pudieran pasear y varios lugares elevados para que los vigilantes no perdieran detalle de lo que estos hacían. Y albergaba, además, grandes salas para los tribunales, los escribanos y el archivo, así como una vivienda digna para el verdugo en calle contigua de Santo Tomás.

Con el tiempo, esta cárcel también se quedó pequeña y, en 1786, durante el reinado de Carlos III, el Consistorio negoció con los frailes del convento del Salvador, situado en la parte trasera, el cambio de su edificio por el del Noviciado de los jesuitas en la calle San Bernardo. Estos último habían sido expulsados de España y las autoridades municipales no perdieron el tiempo. Sin embargo, durante las obras de adaptación del convento, esta parte del edificio sufrió un dramático incendio que duró cinco días y que destruyó parte de la planta superior y su archivo. Tuvo que ser reconstruido por el arquitecto Juan de Villanueva, que mantuvo el mismo estilo e introdujo algunas mejoras.

Uno de los episodios más curiosos de la Cárcel de Corte se produjo el 2 de mayo de 1808, durante el levantamiento contra los invasores franceses en el comienzo de la Guerra de la Independencia. La recogía en 2007 Arturo Pérez Reverte en su blog, que lo calificaba de «rigurosamente verídico, aunque parezca un esperpento propio de una película de Berlanga». Se refería a la carta escrita esa misma mañana por uno de los presos, mientras en el exterior la caballería gala cargaba contra los madrileños, que se defendían armados con navajas en la puerta del Sol y la puerta de Toledo. «Habiendo advertido el desorden que se nota en el pueblo –anotaba este– y que por los balcones se arroja armas y municiones para la defensa de la Patria y del Rey, suplico, bajo juramento de volver a prisión con mis compañeros, que se nos ponga en libertad para ir a exponer nuestra vida contra los extranjeros».

El carcelero le hizo llegar la solicitud al director de la cárcel, quien, en vista del panorama, les dio permiso para salir armados con sus hierros y sus palos a continuar la lucha contra el invasor. Según los datos del autor de «El capitán Alatriste», 38 de los 94 reclusos prefirieron quedarse en sus celdas, pero el resto salió para unirse a la turba de madrileños. Lo más sorprendentemente es que tan solo uno de los supervivientes faltó a su palabra de volver a prisión para continuar cumpliendo su condena.

Luis Candelas
Una vez finalizada la Guerra de la Independencia y las obras en el convento del Salvador, los reclusos ocuparon en el nuevo anexo y el edificio original se destinó a palacio de justicia. Por esa época la prisión acogió a otro de sus famosos visitantes: Luis Candelas, el bandido más famoso de Madrid, que fue apresado en 1837. A este se sumaron otros como el político liberal Salustiano Olózaga, que ingresó poco después del mítico bandolero. También el general Riego, que obligó a Fernando VII a jurar la Constitución en 1820, así como el militar y concejal madrileño Pablo Iglesias González, capitán de la Milicia Nacional en la sublevación de la Guardia Real de 1822 contra el Gobierno.

En 1846, amenazado de ruina, los presos fueron trasladados desde el antiguo convento hasta otras cárceles provisionales, por lo que este dejó de tener su función de prisión. El edificio fue subastado y derruido para volver a levantar viviendas en su lugar. Así permanecieron hasta que, en 1941, fueron expropiadas de nuevo para construir la parte nueva del Palacio de Santa Cruz, en la parte trasera del edifico original. El encargado fue el arquitecto Pedro Muguruza, que respetó de nuevo el estilo de los Austrias y añadió las dos torres a las que se refería Mesonero Romanos.

 
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Abd el-Krim: el oscuro pasado de amor a España que avergonzó al diablo del Rif
Durante su adolescencia, y antes de convertirse en líder de las cabilas, estudió en la Península y solicitó ser súbdito de la monarquía






21/05/2020

Julio de 1921 fue un mes aciago para la historia de nuestro país. Entre el 21 y el 22, un contingente liderado por el líder cabileño Abd el-Krim, pesadilla del ejército español en general y del oficial Manuel Fernández-Silvestre en particular, arrasó la posición del comandante Julio Benítez en Igueriben. Horas después hizo lo propio en el campamento de Annual, donde la sorpresa se convirtió en su aliado e hizo que causara unas 10.000 bajas entre los soldados de Alfonso XIII. El caos se generalizó y, en apenas unas jornadas, los rifeños ya amenazaban una Melilla que tuvo que ser socorrida, en última instancia, por la Legión.

La barbarie era la seña de identidad de aquel contingente. Así lo narró un superviviente que, después de que le rebanaran un dedo, escapó de la parca haciéndose el muerto: «Los moros, con salvaje ferocidad, degollaban sin piedad a los soldados». A nivel oficial, el desaire fue provocado, entre otras causas mucho más elevadas, por la aversión de Abd el-Krim hacia España. Él mismo lo corroboró en una misiva que envió en agosto de ese año y en la que especificaba, como si de la lista a los Reyes Magos se tratara, todas las presuntas ignominias cometidas por nuestro país contra su persona. Desde no devolverle una deuda millonaria, hasta encerrarlo.

Pero la verdad, como siempre, tiene dos caras. Aunque Abd el-Krimcultivó aquella imagen de bestia negra del Ejército, la realidad es que su familia había mantenido una muy buena amistad con el viejo Imperio hasta hacía menos de una década. Ejemplo de ello es que tanto él como su hermano estudiaron en universidades de la Península; y el segundo, a cuenta del Estado. El Jatabi, como se hizo llamar, fue además bien considerado entre las autoridades patrias, llegó a solicitar la nacionalidad española y, el 9 de septiembre de 1915, envió una carta en la que, según explicaba, «he sido, soy y seré de los más adictos servidores de la nación española».



Guerra de Marruecos, el padre y un hijo de Abd el krim antes de partir para Fez.


Guerra de Marruecos, el padre y un hijo de Abd el krim antes de partir para Fez. - Flaviens



Este acercamiento se extendió después del denominado Desastre de Annual y de que se creara la autoproclamada República del Rif. Durante ese tiempo, Abd el-Krim llevó a cabo un desconcertante juego en el que, atendiendo a quién fuera su interlocutor, se definía como amigo o enemigo de España. En una entrevista realizada por Luis de Oteyza en 1922, el líder cabileño insistió, por ejemplo, en que no despreciaba a la Península: «Quisiéramos que no hubiese guerra. El Rif no odia al pueblo español, y no le hubiera odiado nunca si no fuera por la invasión militar. Hubo odio porque el Rif vio en el militar al español; pero ya comprende que no es así».

Algo parecido le sucedió con el general Manuel Fernández-Silvestre, considerado el máximo culpable de la tragedia de 1921 por adentrarse demasiado en territorio enemigo. «Le conocí en Melilla hace muchos años, cuando no era más que comandante, y fue muy amigo mío», afirmó. No mentía. A pesar de que su ataque le costó la vida al general (una buena parte de los historiadores afirma que se suicidó cuando dio por perdido el campamento de Annual), ambos habían sido amigos durante la década anterior. No obstante, ante los rifeños no titubeaba al hacer referencia a las supuestas tropelías que España había cometido contra él, contra su familia y contra el Rif.


Familia favorable a España
¿A qué Abd el-Krim debemos creer, al que se definía como amigo de nuestro país, o al asesino de soldados? Que los hechos y la historia hablen por sí mismos. Como breve dato biográfico, nuestro protagonista vino al mundo entre 1882 y 1883, atendiendo a la fuente a la que se acuda. Poco importa en realidad. Lo que sí resulta clave es que su padre, al que definió a la postre como «inteligente y persuasivo», se amoldó pronto a la ocupación extranjera del Rif. No solo eso sino que, como bien explicó el segundo de sus pequeños, Mohamed, entendió que le convenía «una alianza o la protección de España».


De esta forma se explica el que se relacionara con las autoridades hispanas y no tardara en ser considerado por estas como «afecto a España». El joven Abd el-Krim creció, por tanto, junto a un padre obsesionado con medrar y lograr el favor de la nación arribada desde el otro lado del Estrecho. Así lo confirma el historiador Julio Albi en su obra «En torno a Annual», en la que también explica que el progenitor del futuro líder cabileño sufragó una buena educación a su pequeño en la reputada universidad de Qarawiyin entre 1902 y 1904.



Abd el-krim, después de Annual


Abd el-krim, después de Annual


Tres primaveras después, cuando Abd el-Krim sumaba ya 24 años, empezó el largo camino que recorrió de la mano de las autoridades españolas. Fue nombrado «Maestro moro de la Escuela de Indígenas», recién constituida, con un sueldo de 155 pesetas al mes. También fue por aquellos años cuando se convirtió el autor de una columna periodística en el periódico «El Telegrama del Rif» (el más destacado de Melilla). Sus escritos, aunque sin firma, se publicaban en la primera página del diario. Todo ello, a cuenta de la que, a la postre, definiría como la nación invasora.


Buena vida
Fue también durante estos años cuando conoció en persona al comandante Manuel Fernández-Silvestre y al teniente José Riquelme, personajes a los que, después, causaría más de una úlcera. Su buena relación con ellos supone más que una curiosidad. Denota que era bien considerado entre los españoles y que podía tratar con los altos mandos sin mediadores. Hasta tal punto llegó su acercamiento a la Península que, en dos telegramas enviados en 1908, sus compatriotas cargaron contra su familia por considerar que se había «vendido a los cristianos» a cambio de obtener suculentos beneficios en una serie de empresas mineras.

Pero si hay un hecho que pone de manifiesto la buena relación entre nuestro país y el mayor de los hermanos El Jatabi es que solicitó la nacionalidad española, como bien corrobora Albi, allá por mayo de 1910. Y lo hizo destacando que «he demostrado adhesión y cariño a la nación española». Las autoridades fueron en principio favorables al trámite: «Son notorias su lealtad y amor a España, su familia es la más adicta del campo vecino de Alhucemas, cuya plaza frecuenta su padre continuamente, laborando a favor nuestra». Aunque al final no consiguió sus deseos, si fue ascendido a intérprete de la Oficina Indígena con un sueldo de más de 100 pesetas al mes. Dinero que se sumó al que percibía como profesor.



Retrato de Abd el-Kirm


Retrato de Abd el-Kirm


La amistad de su familia con las altas esferas peninsulares hizo que su padre enviase a los dos hermanos hasta Málaga para cursar sus estudios. El más joven, Mohamed, afirmó haberse reunido, ya al otro lado del Estrecho, con el monarca Alfonso XIII, al que prometió «ser útil a España, de la que seré siempre fiel y honrado servidor».

Durante aquella década el destino fue piadoso con Abd el-Krim gracias a España. Las crónicas de la época cuentan que, ya antes de ser nombrado «juez de jueces» («qaid qudat») de Melilla en 1914, vivía en una gran casa rodeado de lujos como una cocinera española o un sirviente marroquí.

Según narra el historiador español Francisco J. Romero Salvado, profesor de la Universidad de Bristol, en su obra «The Foundations of Civil War: Revolution, Social Conflict and Reaction in Liberal Spain, 1916–1923», durante aquellos años Abd el-Krim estaba tan bien considerado por España que fue condecorado, nada más y nada menos, que «con la Cruz de caballero de Isabel la Católica, las cruces roja y blanca de primera clase del mérito militar y la Medalla de África». Todas con su correspondiente retribución monetaria.



Abd el-Krim, junto a varios de sus edecanes


Abd el-Krim, junto a varios de sus edecanes - Flaviens


Pero no solo obtuvieron estas riquezas gracias a España. Ni mucho menos. Albi narra que, en la década de 1910, el padre de Abd el-Krim recibió varios aumentos de su pensión hasta percibir un total de 250 pesetas al mes. Todo ello, por ser «muy adicto a nuestra causa», y por intentar, mediante «su gran prestigio e influencia», favorecer que el Ejército español desembarcara en la bahía de Alhucemas desde 1911 para hacerse con la región. Desde la Península también le fueron concedidos a la familia 2.000 duros de indemnización después de que el patriarca enviara una misiva a las autoridades militares en la que declaraba haber sufrido grandes pérdidas por apoyar la bandera rojigualda e informar (espiar) a las familias enemigas.

Y eso, por no hablar de que el pequeño de la familia, Mohamed, cursó buena parte de sus estudios en universidades españolas. «En marzo de 1915 se accedió a costear los estudios de ingeniero civil de Mohamed. Es notable que antes hubiera solicitado ingresar en la Academia de Ingenieros del Ejército», añade el autor. Aunque no recibió la autorización requerida, el que tramitara la petición dice mucho de las relaciones entre ambas partes.


Llega la desgracia
¿Cómo es posible que los miembros de una familia tan cercana a España acabaran rechazando un dominio que reclamaban desde 1910? En la tesis doctoral «El Desastre de Annual y la crisis de la Restauración en España (1921-1923)», el historiador Pablo Laporte arroja algo de luz sobre el curioso fenómeno. Todo comenzó con el estallido de la Primera Guerra Mundial. Por aquel entonces, Abd el-Krim llevó a cabo trabajos para Alemania en contra de los territorios francesas ubicados en el norte de África. Al enterarse, los galos exigieron que El Jatabi fuese encarcelado. Aquello derivó en que pasó varias semanas en la prisión de Rostrogordo.

Aunque al terminar la contienda fue restituido en su puesto de juez de jueces en Melilla, para entonces Abd el-Krim había desarrollado una gran aversión hacia España. El mayor de los Jatabi llamó entonces a su hermano, que estudiaba en Madrid, y ambos se retiraron hacia la cabila de Beni Urriagel, aquella que les había visto nacer. Un año después, cuando falleció su padre, ya había decidido convertirse en un gran jefe local y atesorar todo el poder que pudiera para, con total probabilidad, tener una baza con la que negociar con la Península cuando el Ejército empezara su expansión.

 
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Medjay: la verdad histórica tras la unidad de élite del faraón mal representada en «La Momia»

En principio mercenarios nubios, evolucionaron hasta convertirse en una casta policial encargada de proteger los lugares más determinantes de Egipto

Nuevos libros como «Breve historia de la vida cotidiana en el Antiguo Egipto» o«24 horas en el Antiguo Egipto» nombran a estos combatientes y analizan cómo era la vida de los ejércitos del Nilo





Manuel P. Villatoro






Hablar de la civilización egipcia es una tarea casi tan ardua como romper los mitos que se han generado a su alrededor. Los datos lo avalan, pues se extendió durante 3.500 años. Es un hecho, por ejemplo, que la popular Cleopatra VII estuvo más cerca de comer en un McDonalds que de ver la construcción de la pirámide de Keops. Por ello cuesta tanto explicar conceptos tan aparentemente sencillos como la forma en la que se estructuraba el ejército del Nilo o cómo iban armados sus soldados. Lo mismo ocurre con los Medjay, una etnia de mercenarios nubios que, con el paso de los años, evolucionó hasta convertirse en laguardia de élite del soberano y en la policía encargada de proteger lugares de importancia determinante como las tumbas de los dignatarios. Nada que ver con la forma en la que los representa el largometraje «La Momia».

Sí, hubo una parte de los Medjay que se dedicaron a la protección del faraón. Y sí, llegaron a ese estatus gracias a su buen hacer con las armas. Sin embargo, ni eran un grupo de agentes secretos encargados de dilapidar las conjuras de palacio, ni estaban encargados solo de salvaguardar a la familia real. Por el contrario, y durante la época que rememora el largometraje de Brendan Fraser (el año 1290 a. C.), la mayoría de ellos se encargaban de mantener el orden en las ciudades y de evitar los saqueos de tumbas. En favor de la película hay que señalar, eso sí, que sus responsables se cuidaron de seleccionar los años de la XVIII dinastía de Egipto para enmarcar a estos combatientes: aquellos en que ya habían dejado de ser mercenarios reclutados y habían pasado a adquirir cierta importancia militar.





La verdad de los Medjay, así como otras tantas curiosidades de la sociedad del Antiguo Egipto, vuelven a estar de moda gracias a dos libros que se han atrevido a abordar una época tan extensa como compleja. El más novedoso, «24 horas en el Antiguo Egipto» (Edaf, 2019), acaba de salir a la luz y recrea cómo era el día a día en las ciudades ubicadas a lo largo del Nilo a través de la visión de diferentes personajes como una bailarina, un soldado o un embalsamador de la época. En el segundo, «Breve historia de la vida cotidiana en el Antiguo Egipto» (Nowtilus, 2018), la historiadora Clara Ramos se centra en describir cómo era aquel mundo. Sus páginas desvelan desde qué comían y bebían los ciudadanos, hasta cómo era la estructura social o el entrenamiento de los soldados.


Verdades y mentiras


El origen de los Medjay hay que buscarlo en el Imperio Antiguo,ubicado entre los años 2686 y 2181 a. C.). Por entonces eran un pueblo que una buena parte de los autores definen como esquivo. Una suerte de subgrupo dentro de los nubios cuyos miembros provenían del desierto oriental (en la tierra Medja, en Sudán). Sus primeras menciones los ubican en el año 2400 a. C., cuando los egipcios registraron sus encuentros con ellos y empezaron a integrarlos en sus filas como exploradores o combatientes equipados con armamento ligero. Pronto se convirtieron, así, en un elemento útil para los faraones después de que su patria fuese sometida.

Sin embargo, la realidad es que -según explica el doctor en historia antigua Miguel Parra en sus múltiples artículos sobre la policía en Egipto- ni siquiera la sociedad de entonces tenía claro de donde provenían de forma exacta. Así lo demuestra el que, durante el Imperio Antiguo, los egipcios afirmaran que residían en el este de la Segunda Catarata y, a partir del Imperio Medio -entre los años 2050 y 1750 a. C.-, señalaran que eran nómadas del desierto.



Soldados egipcios


Soldados egipcios



Lo que está claro es que los Medjay empezaron a formar parte del ejército. Así lo corrobora Ramos en su obra al hacer referencia a la organización del contingente militar de la época : «Hay que señalar que el ejército egipcio estaba compuesto no solo por nativos, sino también por los medjay -habitantes de la región del norte de Sudán-, nubios y libios, que engrosaron sus filas tras ser reclutados o por haber sido hechos prisioneros de guerra». Su caso, como bien señala, no era extraño. De hecho, se replicó un sin fin de veces con otras civilizaciones como los denominados Pueblos del Mar, los cuales fueron vencidos por Ramsés III en el Delta del Nilo el año 1178 a. C.

Con todo, tan cierto como esto es que no fue hasta muchos años después cuando el término Medjay adquirió el sentido de etnia propia. Hasta entonces se ubicaba dentro de los «nehsi» (los habitantes de Nubia).

La entrada de los Medjay en el ejército egipcio (y el reconocimiento de su etnia) quedó registrada en las llamadas «Enseñanzas del rey Ammenemes a su hijo Sesostris» (enmarcadas en el Imperio Medio): «Yo he dado al pobre; he criado al huérfano. Hice que alcanzara [el bienestar] tanto el que no tenía como el que tenía […]. Nadie tuvo hambre en mis años; nadie padeció sed en ellos […] He sometido a los nubios y he capturado a los Medjai. Hice que los asiáticos hicieran la “marcha de los perros”». Durante dicho período, los expertos también relacionan a este pueblo con la cultura Pangrave (característica por hacer enterramientos en forma de sartén).


Evolución de labores
Cien años después (en el período de Amenemhat III, en el siglo XIX a. C.) existen escritos que afirman que los Medjay desempeñaban labores de escolta para los exploradores egipcios. Así queda atestiguado en los despachos que enviaban a este soberano: «Es una comunicación a ti, vida, fuerza, salud [forma de referirse al faraón], respecto a que los dos guerreros y setenta gente Medjay que habían partido para seguir el rastro en el cuarto mes de la estación, día 4, regresaron para informarme el mismo día por la tarde, trayendo tres hombres Medjay y cuatro niños y niñas, diciendo: “Los encontramos al sur del margen del desierto bajo la inscripción de la estación del verano”». Por entonces hacían también labores de patrullaje en la frontera Meridional de Egipto y las del Delta.

La teoría más extendida afirma que los Medjay se mudaron a Egipto cuando comenzaron a ser integrados en el ejército y que, poco a poco, se fueron adaptando a la sociedad de los faraones.

Con todo, no fue hasta la llegada del Imperio Nuevo (entre el 1550 a. C. y el 1070 a. C.) cuando se convirtieron en un cuerpo policial militarizado que asumió deberes de gran importancia en toda la región. Y todo gracias a que, como señalan los textos antiguos, eran expertos en la tarea de acabar con los «reyes de pueblos extranjeros». A partir de entonces pasaron a encargarse de la protección de emplazamientos vitales para el soberano como los poblados de trabajadores (por ejemplo, Deir el Medina) o las tumbas del Valle de los Reyes.

Habría que señalar que, al menos en lo que respecta al Valle de los Reyes, no fueron especialmente cuidadosos. Y es que, la tumba de Tutankhamón fue saqueada hasta en dos ocasiones poco después de haber sido enterrado. En la primera los ladrones se llevaron desde pequeñas joyas, hasta ungüentos, pero salieron despavoridos ante el miedo que les generaba ser vistos allí. No obstante, al cerciorarse de que la vigilancia escaseaba, volvieron al sepulcro. En esta ocasión sí fueron capturados en pleno trabajo y los Medjay sellaron el lugar.

No eran, por el contrario (y según Parra) los encargados de vigilar el harén del soberano, pues para ello se instauró un cuerpo especial denominado sasha (a quienes también se les encomendó la tarea de proteger las puertas de algunos templos). Con el paso de los años, y según se fueron integrando en la sociedad egipcia, un grupo selecto de Medjay recibió también la orden de proteger al faraón como su guardia personal.

En cada ciudad había un oficial al mando de las fuerzas policiales Medjay que no tenía por qué ser nubio. Y es que, esa fue otra de las características de este cuerpo: que, poco después de que comenzaran a integrarse en la sociedad egipcia, se adhirieron a sus filas nativos.

Un ejemplo de oficial lo tenemos en Mahu, «jefe de los Medjay de Akhenatón». Encargado de mantener el orden en la ciudad de Amarna, en los relieves de su tumba quedó escrito que se levantaba de buena mañana (al amanecer), recibía un informe de los disturbios sucedidos durante la noche, recorría los puntos conflictivos sobre su carro junto a sus agentes y, si la situación lo requería, se desplazaba a toda prisa hacia el lugar en el que estuviesen sucediendo disturbios.

Los registros de los Medjay se apagan con la XX dinastía, cuando desaparecieron. Desde entonces, su historia ha quedado como un mito. Sin embargo, con ellos la realidad supera la ficción.








El viejo soldado sueña con la batalla
Texto extraído de «24 horas en el Antiguo Egipto».

Ha sido una semana dura en la que el miserable enemigo asiático ha presentado dura batalla. Aunque las fuerzas egipcias han sufrido algo más que una pocas pérdidas, no son nada comparadas con las de sus enemigos, que ahora están siendo masacrados en gran número... bueno, los que no se han dado la vuelta y huido.

No hay arqueros o soldados de a pie mejores que los egipcios. Merimose es uno de estos últimos y se alimenta de cada contacto mortal que inflige con su hacha de batalla o espada curva, y le encantan las ocasiones en las que puede luchar contra un combatiente enemigo, cuerpo a cuerpo, sobre el terreno. A pesar de lo apurado del combate, la lucha siempre termina con un oponente muerto.

Es un gran día para Merimose, que se detiene sobre uno de los caídos para registrar el cuerpo en busca de algo de valor antes de cortarle una extremidad. Distraído en esta labor, no está preparado para lo que sucederá después. Uno de los muertos del campo de batalla se pone de pie y derriba de espaldas a Merimose, presto a asestarle una puñalada mortal con su daga. Mermose se despierta entonces con un sobresalto, su sueño interrumpido al caerse del banco bajo de ladrillo que le sirve de lecho.

[...]



 

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PROTESTAS HISTÓRICAS
El origen de las caceroladas
Los inicios de este tipo de protestas se remontan al siglo XIX y fueron llevadas a cabo por opositores del régimen de Luis Felipe I



Foto: Wikipedia


Wikipedia


AUTOR
F.S.B.
Contacta al autor
26/05/2020



En los últimos días las caceroladas contra el Gobierno de Pedro Sánchezestán ocupando parte del espacio informativo de nuestro país. No solo por la protesta en sí, también por la irresponsabilidad de las concentraciones sin seguir las medidas de seguridad contra el covid-19. A pesar de que estas acciones sean las que más resuenen, cabe recordar que la primera protestas de este tipo en el estado de alarma fue contra el rey Felipe VI, como forma de boicot a su discurso del 18 de marzo, tras conocerse las presuntas irregularidades en la fortuna de su padre.

A pesar de que las tengamos tan presentes y recientes, el origen de las caceroladas se remonta al siglo XIX. Las primeras protestas de este estilo ocurrieron en Francia en la década de 1830, al comienzo de la Monarquía de Julio, por parte de los opositores del régimen de Luis Felipe I de Francia. Según el historiador Emmanuel Fureix, los protestantes tomaron la tradición del uso del ruido para manifestar desaprobación y golpearon cacerolas para hacer ruido contra políticos oficialistas.

Este modo de mostrar descontento de la población francesa se volvió popular en 1832, con protestas en días consecutivos que podían durar horas y llevándose a cabo principalmente por la noche. Alguna de esas protestas eran reducidas, apenas unas docenas de personas, pero en algunos casos la participación era mucho mayor, de varios millares, logrando un verdadero eco nacional.

Según explica Fureix, las sartenes y las cacerolas no eran los únicos objetos que se utilizaban. Se buscaba por encima de todo hacer ruido, por lo que los silbatos y los sonajeros también fueron protagonistas de aquellas protestas.

Se volvió popular en 1832, llevándose a cabo principalmente en la noche y a veces con la participación de miles de persona


Más de un siglo después, en 1961, se realizaron en Argelia "las noches de las cacerolas", en el marco de la guerra de Independencia de Argelia. Fueron estruendosos despliegues de ruido en ciudades del territorio, realizados también con todo tipo objetos caseros, silbatos y bocinas acompañados por el grito de “Argelia francesa".

En las décadas siguientes este tipo de protesta se circunscribió casi exclusivamente a Sudamérica, siendo Chile el primer país de la región con registro de ellas. Posteriormente se la ha visto también en España y en otros países.


Caceroladas en España
En la historia reciente la primera cacerolada registrada en España se produjo el 27 de marzo de 2003. Miles de ciudadanos realizaron una cacerolada en varios puntos del territorio nacional, acompañada de apagones, como protesta contra la posición del Gobierno de José María Aznar a favor de la guerra de Irak.

Después de los atentados terroristas de Madrid el 11 de marzo de 2004 y de que se anunciara la detención de dos marroquíes y dos indio (a tan solo un días de las elecciones generales del 14 de marzo) miles de ciudadanos salieron a las calles en toda España exigiendo saber la verdad sobre los atentados. Es protestas se acompañó de estruendosas caceroladas nocturnas en la Puerta del Sol en Madrid y en otras ciudades.

Los siguientes gobiernos también vivieron protestas por sus actuaciones y polémicas. En la tarde del 10 de marzo de 2007 sonó una cacerolada en diferentes puntos de Barcelona contra "la manipulación y la hipocresía del PP", el cual a su vez convocó para ese momento una manifestación contra la política terrorista del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero.

En la historia reciente la primera cacerolada registrada fue una protesta contra la posición Aznar a favor de la guerra de Irak


El 15 de mayo de 2011 comenzaron en España una serie de protestas con un amplio espectro de reclamos contra el sistema político y económico, llevadas a cabo por los denominados "indignados", algunas de ellas en forma de caceroladas. La primera ocurrió 3 días después, cuando cerca de 2.000 personas se reunieron en la Plaza de Cataluña acompañando a unos 300 activistas que acampaban allí para protestar por la crisis económica y la forma en que los políticos y la banca la abordaban, y realizaron una estruendosa cacerolada a las 21 horas.

Casi año después de iniciado el movimiento indignado, y ahora bajo el gobierno de Mariano Rajoy, el movimiento volvió a convocar protestas en la Puerta del Sol de Madrid por la gestión de la crisis. La primera ocurrió el 12 de mayo, con una pequeña cacerolada registrada en la madrugada. Otra el 15 de mayo, cuando unas 5.000 personas conmemoraron un aniversario del movimiento sonando cacerolas, llaveros, latas y botellines por casi una hora en la tarde-noche. Y al día siguiente, luego que aumentara la prima de riesgo. Casi un mes después, una nueva cacerolada en la Puerta del Sol reunió a más de un centenar de personas para quejarse por el rescate bancario español, al que calificaron de "estafa"; también se registraron caceroladas en la Plaza de Cataluña de Barcelona y en Santander.

El 18 de abril de 2016 se realizaron distintas caceroladas convocadas por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y Alianza Contra la Pobreza Energética (APE) en hasta 44 ciudades y municipios a nivel estatal, con diversas concentraciones en las sedes del Partido Popular, por el posible recurso a la ley catalana contra los desahucios y la pobreza energética.

Durante el proceso soberanista iniciado en Cataluña también se vivieron varias protetas en las que las caceroladas eran la principal acción.


 
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Moneda, ministros y leyes propias: la extraña Asturias independiente que irritó a España en la Guerra Civil
Un grupo de socialistas, con el «presidente» Belarmino Tomás al frente, decidió separarse de aquella España que enfrentaba a franquistas y republicanos, para convertirse en un estado propio que concentró todo el poder civil, económico y militar durante dos meses. Azaña entró en cólera y Franco aprovechó para terminar de conquistar el norte

Billetes de 25 céntimos que emitió el Consejo Soberano de Asturias y León en 1937


Billetes de 25 céntimos que emitió el Consejo Soberano de Asturias y León en 1937


Israel Viana
MADRID 28/05/2020

En agosto de 1937, el País Vasco, Santander y Asturias estaban ya rodeados por las tropas de Franco. Incluso por mar, desde donde los sublevados bombardeaban sin descanso desde sus barcos. España se encontraba en uno de los momentos más decisivos de la Guerra Civil, pero el Gobierno republicano, que esta estaba volcado en la defensa de la costa mediterránea y Madrid, apenas ayudaba al norte, que resistía como podía a las ofensivas de los sublevados. Todo el mundo daba prácticamente por perdido ese frente, al que historiadores como Gabriel Jackson calificaron como «La guerra separada».

Esa fue la razón de que un grupo de partidos y sindicatos de izquierda declararan unilateralmente la independencia de Asturias el 24 de agosto de ese mismo año. Una proclamación que pilló por sorpresa tanto a sus enemigos franquistas como a sus camaradas republicanos. El resposable de tan extraña y singular decisión fue el Consejo Interprovincial de Asturias y León, la autoridad regional en la que estaban representados PSOE, Partido Comunista (PCE) e Izquierda Republicana, además de UGT, CNT y FAI, entre otros. Un conjunto muy variopinto que decidió asumir el poder de su comunidad en contra de la legalidad del Gobierno de Madrid y las órdenes de su entonces presidente, Juan Negrín.

Pero no solo no dieron marcha atrás en su decisión cuando llegaron las primeras protestas de los mandamases republicanos de la nación, sino que siguiendo adelante con su experimento durante dos meses. La primera decisión fue cambiarse el nombre por el de Consejo Soberano de Asturias y León, establecer su capital en Gijón y crear una serie de comisiones que funcionaban a modo de «ministerios» con sus respectivos «ministros»: Guerra, Interior, Obras Públicas, Hacienda, Industria, Comunicaciones, Asistencia Social, Agricultura, Sanidad, Instrucción Pública, Marina y Pesca.

La noticia en ABC
Fue la edición madrileña de ABC quien informó de ello tres días después de la declaración: «Quedan íntegramente sometidos a este consejo todos los organismos civiles y militares que funcionen en lo sucesivo», decía, mientras otros diarios como «Nosotros» o «La Libertad» hacían lo propio en titulares como «La lucha en el norte». En ellos podía leerse el difícil contexto donde producía: «A las tres de la tarde de ayer, nueve aparatos facciosos sobrevolaron Gijón y arrojaron treinta bombas que cayeron en el barrio de La Guía. Causaron algunos destrozos, seis muertos y diez heridos. Más tarde lanzaron otros artefactos en la parroquia de Somió».


Belarmino Tomás


Belarmino Tomás


La razón esgrimida por estos independentistas coyunturales, presididos por el socialista Belarmino Tomás, fue la imposibilidad de comunicarse con el Gobierno republicano instalado en Valencia, puesto que estaba dividido y en su mayor parte rodeado por los franquistas. Aún así, la noticia sacó de sus casillas al ministro de Defensa, Indalecio Prieto. Tal y como escribió Manuel Azaña: «Prieto está indignado y dolido por la disparatada conducta de los asturianos». Él mismo montó en cólera y convocó de inmediato en Valencia al nuevo presidente asturiano, pero este se negó a acudir.

Nada de eso importó, porque el nuevo Gobierno asturiano siguió implantando medidas y organizando su «Estado» a sus anchas. Por ejemplo, prohibió terminantemente la salida de nadie de Asturias, ni siquiera con las bombas cayendo. Según recoge el historiador Octavio Cabezas en su biografía de Indalecio Prieto, la expresión que utilizó Belarmino Tomás fue: «De aquí no sale ni Dios». Y después comenzó a gobernar haciendo oídos sordos de lo que se ordenaba desde Valencia o Madrid, gestionando él mismo la escasez de avituallamiento y armas y el aumento de los refugiados vascos y santanderinos.








Moneda y sellos
En el tiempo que el Consejo Soberano ejerció el poder en Asturias, entre sus actuaciones más importantes destacaron la emisión de sellos de correos y moneda propia, los billetes conocidos popularmente como «belarminos», que iban firmados por el nuevo presidente. Promulgó 52 edictos, muchos sobre cuestiones económicas o de seguridad ciudadana. Celebró 51 causas políticas que se saldaron con 17 penas de muerte, de las cuales al final solo se ejecutaron tres.

También organizó con la vida diaria. Dictaminó el cierre de cafés, restaurantes, bares y tabernas. Estableció el toque de queda a las 22.00 y extendió el Estado de sitio a toda la región. Prohibió la posesión de armas, los aparatos de radio y el traslado por carretera sin el correspondiente permiso. Y por si fuera poco, algunos de sus consejeros iniciaron contactos internacionales con organismos como la Sociedad de Naciones, como si fuera un estado. Comunicaron que, de continuar los bombardeos sobre Gijón, fusilarían a todos los presos políticos. Esto sentó muy mal en el Consejo de Ministros de la República, que hizo llegar a Tomás su «sorpresa y disgusto». Todo este autogobierno llevó al hispanista Hugh Thomas a calificar a la región como la «República de Asturias».

Como explicación a tan atrevida decisión, el historiador Jesús Ángel Rojo explica en su libro «Grandes traidores a España» que Tomás y sus camaradas no siempre fueron leales a los diferentes gobiernos de la Segunda República. De hecho, el socialista fue uno de los líderes de la Revolución de 1934 en Asturias, donde murieron cerca de 2.000 personas durante los enfrentamientos con las autoridades y el Ejército español. Fue condenado a muerte, incluso, aunque luego fue amnistiado. Según el autor, parecía evidente que aprovecharía la coyuntura política de la guerra para alcanzar su beneficio personal.


La cuarta declaración de independencia
Aquella situación fue motivo de muchos disgustos entre las autoridades de la República, que habían sufrido ya tres intentos fallidos de proclamar el Estado catalán durante la Primera y Segunda República. A pesar ello, Indalecio Prieto no se atrevió a intervenir por temor a que un desacato a sus órdenes por parte de los separatistas diese mayor relieve a esa declaración, que solo parecía justificada por el nerviosismo de los asturianos ante la rápida caída de Santander y las deserciones militares.

Los ministros republicanos, por su parte, se movían entre el estupor y la indignación. En Madrid denominaron a aquel Gobierno asturiano, con desprecio, el «Gobiernín». Un apelativo promovido, al parecer, por el propio presidente Azaña, que rechazaba aquella proclamación. Veía en ella el primer paso de una insurrección mucho mayor y criticaba el supuesto ansia de poder de Belarmino, a quien veía como una amenaza secesionista para la República.

El presidente asturiano, sin embargo, envió varios informes al Ejecutivo central a lo largo del mes de septiembre. En ellos exponía la situación que le había llevado a él y sus compañeros a tomar aquella decisión. Hablaba de «un ejército en derrota y carente de moral; una retaguardia resignada ante los avances del enemigo y convencida de su impotencia para impedir que continúe el bloqueo que impide el aprovisionamiento, y un inmediato panorama de hambre. Con estos factores puede producirse un desmoronamiento total en unas horas».

Y así fue, porque Asturias cayó en manos de Franco el 20 de octubre de 1937, 57 días después de que se hubiera formado el Consejo Soberano. Tres días antes, el Ejecutivo independiente asturiano celebró su última reunión. En el acta se recoge el pesimismo del coronel Adolfo Prada: «No es posible resistir más». Y propone concentrar todas las tropas posibles en los puertos de Avilés, Candás y Gijón para que sean trasladadas en barco, «a ser posible hoy, puesto que mañana será tarde». Belarmino Tomás y el resto de miembros de su Gobierno abandonaron la ciudad en barcos de pesca, en una dura travesía hasta las costas francesas. Al final de la guerra, todos se dispersaron por diferentes países. El presidente del «Gobiernín» se instaló en México y se ganó la vida vendiendo alpargatas.

 

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Estas fueron las severas penas en la antigua Roma para delitos de corrupción que aún existen hoy
Después de un tiempo aceptándola como una práctica normal, la República acabó tipificando y condenando el cohecho o el tráfico de influencias, que podían llegara a ser penados con la muerte o el destierro



Asesinato de Julio César en el senado de Roma


Asesinato de Julio César en el senado de Roma





MADRID 29/05/2020

Explicaba hace unos años Carlo Alberto Brioschi que la corrupción, en el siglo XXI, se ha convertido en una especie de bacilo de la peste que padecemos desde hace siglos. Lo decía en la época en la que desayunábamos, comíamos y cenábamos con los casos de la Gürtel, la Operación Púnica, los ERE de Andalucía, la familia Pujol, Bárcenas y el caso Noos. El escritor y ensayista italiano acababa de publicar una enciclopedia universal que retrocedía hasta la antigua Roma para analizar delitos tan actuales como el cohecho, el tráfico de influencias, el robo de las arcas del Estado, la extorsión, la adjudicación de obras públicas a amigos poderosos o la compra de votos colapsaron.

Graves vulneraciones de la ley que colapsaron muchos de los Gobierno en uno de los periodos más gloriosos de la historia. Por eso los romanos acabaron estableciendo una legislación para castigar a los infractores, tras muchos años sufriéndola en sus estructuras, ya que la corrupción fue, en principio, una parte indispensable de su sistema social y político. «¿Qué pueden hacer las leyes, donde sólo el dinero reina?», se preguntó el escritor y político Petronio en el siglo I, sobre aquel Estado basado en el clientelismo, el abuso de poder, las mordidas y el enriquecimiento personal. La codicia de los funcionarios públicos no tenía límite y estos delitos fueron creciendo a ritmo de las conquistas de su Ejército, hasta que llegó un momento en que el Gobierno se hizo impracticable y el derecho romano tuvo que introducir cambios.

Sin embargo, la convivencia entre buenos propósitos y acciones deshonestas fue siempre una de las características comunes entre los gobernantes de Roma. Un ejemplo de esto fue Licinio Calvo Estolón, tribuno de la plebe en el 377 a.C., que introdujo una fuerte restricción a la acumulación de tierras de los propietarios, además de una severa reglamentación para los deudores. Y poco después, fue acusado de haber violado sus propias leyes.


El sistema electoral
Durante el periodo republicano (509 a.C. - 27 a.C.), el propio sistema electoral facilitaba la corrupción, que se agravó a partir de la expansión territorial y marítima producida después de la Segunda Guerra Púnica. Los gobernadores comenzaron a enriquecerse sin escrúpulos a través del cobro de impuestos excesivos y la apropiación de dinero de la administración pública. Como denunció en aquella época el historiador romano Salustio, «los poderosos comenzaron a transformar la libertad en licencia. Cada cual cogía lo que podía, saqueaba, robaba. El Estado era gobernado por el arbitrio de unos pocos».

La primera ley que se estableció fue la «Lex Calpurnia» (149 a.C.), como consecuencia del abuso del gobernador de la provincia de Lusitania, Servio Sulpicio Galba, al que se acusó de malversación de fondos. Fue procesado por un jurado de la orden senatorial, algo que era toda una novedad. Sin embargo, esta primera ley no imponía ninguna pena pública, sino la devolución del dinero que había sustraído.

En el 123 a.C. se establecieron una serie de tribunales permanentes, los conocidos como «quaestiones perpetuaes». Su cometido era investigar las malas prácticas y extorsiones de los gobernadores provinciales que habían sido denunciadas por los ciudadanos. Al principio no tuvieron mucho éxito, pero fueron importantes porque definieron legalmente el «crimen repetundarum», que hacía alusión a los delitos de corrupción, cohecho o tráfico de influencias.


Abuso de poder
Este sistema se fue perfeccionando con la definición de nuevos delitos. El «crimen maiestatis», por ejemplo, hacía alusión a los abusos de poder por parte de los senadores y los magistrados. Era considerado el acto más grave contra la República y fue castigado, incluso, con la pena de muerte o el exilio voluntario. El «crimen peculatus» hacía referencia a la malversación y apropiación indebida de fondos públicos por parte de un funcionario, así como la alteración de moneda o documentos oficiales. O el «crimen ambitus», que describía la corrupción electoral, especialmente la que se refería a la compra de votos.



Cicerón hablando en el Senado romano


Cicerón hablando en el Senado romano - Cessare Maccari



Todos estos delitos trajeron consigo nuevas leyes para dar respuesta a los diferentes cambios políticos, económicos y morales que se iban produciendo. La «Lex Acilia» subió la pena para los delitos de malversación de fondos y cohecho de la «Lex Calpurnia», estableciendo una multa del doble del valor del daño causado por el funcionario. Fue una de las más conocidas, porque se ha conservado gran parte de su texto original.

Otras leyes importantes fuero la «Lex Sempronia» (122 a.C.) o la «Lex Servilia de Repetundis» (111 a.C.), que establecieron penas más severas para los delitos de cohecho. La segunda, en concreto, fue la primera ley que introdujo la pérdida de los derechos políticos. Ambas fueron completadas con otras como la «Lex Livia Iudiciaria» (91 a.C.), que impuso una corte especial para los juicios contra los jueces corruptos que hubieran cometido extorsión, o la «Lex Cornelia», que aumentaba las condenas para los magistrados que aceptaran dinero en un juicio por cohecho. Esta última debe su nombre al dictador Lucio Cornelio Sila, que la estableció tres años antes de morir.


Robo de fondos públicos
La corrupción, sin embargo, seguía imparable. En esta época, el gobernador de Sicilia, Verres, se convirtió de alguna manera en el arquetipo originario del «corruptócrata» incorregible. Se calcula que robó al erario público más de cuarenta millones de sestercios y arrasó literalmente su provincia. Y no fue una excepción. El mismo Cicerón, que no le tenía especial simpatía y se esforzaba en presentarlo como un caso claro de avidez de poder, afirmó que su conducta representaba la norma en buena parte del imperio romano.

Cuando aún era cónsul, Julio César fue el que propuso la última y más severa ley republicana contra los delitos de corrupción, la «Lex Iulia», que incluía penas de multas desorbitadas y el destierro. Es curioso que fuera él, puesto que poco antes no había dudado en recurrir a cualquier medio para acceder al consulado. «Cuando el tribuno Metello trató de impedirle que tomase dinero de las reservas del Estado, citando algunas leyes que vetaban tocarlo, él respondió que el tiempo de las armas es distinto al de las leyes… y se encaminó hacia las puertas del Tesoro», contó de él el historiador Plutarco. Eso no le impidió establecer más de cien capítulos en su ley, la mayoría de ellos destinados a los magistrados e, incluso, a los jueces que se hubieran dejado sobornar para favorecer a un acusado en un delito de corrupción.

El contenido de todas estas leyes demuestra el grado de corrupción que se vivía en Roma. Con la llegada del Imperio en el 27 a.C., éste no solo no se redujo, sino que se incrementó. Los políticos siguieron sobornando a los funcionarios para conseguir puestos en la administración, mientras que a los ciudadanos se les asfixiaba cada vez más con impuestos y se veían obligados a pagar propinas a cambio de que se les agilizara algún trámite.

A partir de Augusto, el erario público fue perdiendo importancia e independencia, al ser sustituido por la caja privada del emperador. Esto facilitó la corrupción, a la que se intentó poner remedio. Durante la época del emperador Adriano (24-76 d.C.), por ejemplo, se amplió «crimen repetundarum» a todos los actos de malversación realizados por los funcionarios públicos y los sancionó incluso con penas de muerte. Y junto a este crimen, aparecieron otros como la «concussio», una de las prácticas favoritas de los gobernadores provinciales, consistente en exigir a los ciudadanos una contribución no establecida por la ley o aumentar otra sí de manera desorbitada.


 
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El olvidado héroe que salvó la vida al primer Borbón en plena batalla y cambió la historia de España
No se ha encontrado ningún retrato de Antonio Benavides a los largo de estos tres siglos y, sin embargo, sin su valiente gesto en combate para ayudar a Felipe V durante la Guerra de Sucesión es probable que España hoy no fuera la misma



Cuadro de Jean Alaux, representando a Felipe V y el Duque de Vendôme durante la batalla de Villaviciosa


Cuadro de Jean Alaux, representando a Felipe V y el Duque de Vendôme durante la batalla de Villaviciosa - ABC




Israel Viana
22/05/2020




A lo largo de estos tres siglos no se ha encontrado ningún retrato de Antonio Benavides (1678-1762). Su posición privilegiada como gobernador de La Florida, Veracruz y Yucatán en el virreinato de Nueva España durante la primera mitad del siglo XVIII habría sido razón suficiente para que le hubieran realizado unos cuantos. Cuentan las crónicas que no quiso gastar ni una sola moneda en tan innecesario fin. De la misma forma que renunció, tanto en América como en su Canarias natal, a numerosos bienes materiales en favor de los más necesitados.

No sabemos, por lo tanto, cómo era su rostro. Y, sin embargo, cambió la historia de España al salvar la vida a Felipe V en plena batalla de Villaviciosa de Tajuña, pocos segundos antes de que un cañonazo cayera a pocos metros del Rey y matara a su caballo. Se trata de uno de los episodios ilustres de este desconocido u olvidado héroe de La Matanza (Tenerife), que pasó gran parte de su vida sirviendo al Ejército como uno de los más activos combatientes contra los piratas y los corsarios del Caribe. Como decía Analola Borges, biógrafo de Benavides en el siglo XIX: «Su patria le debe un monumento que recuerde a cada instante su glorioso nombre. El día en que se eleve, Tenerife habrá cumplido un deber de gratitud y justicia». Desde entonces, no ha llegado.

El episodio en cuestión se produjo durante la tarde del 10 de diciembre de 1710 en esa pequeña pedanía del municipio de Brihuega, en Guadalajara, donde se produjo una de las batallas más importantes de la Guerra de Sucesión (1701-1713). La misma guerra en la que una buena parte del independentismo catalán ha basado en los últimos años su corpus ideológico y sus aspiraciones secesionistas: el enfrentamiento entre los favorables al candidato Borbón contra los defensores de los Habsburgo. Y aunque la contienda fue un litigio internacional, la derrota sufrida por las tropas catalanas en 1714 se conmemora todavía hoy en la « Diada», alimentando el victimismo historicista de generaciones de intelectuales.


Las hazañas de Benavides
En lo que respecta Benavides, había nacido en el seno de una familia numerosa de agricultores acomodados en La Matanza de Acentejo. Fue a los 20 años cuando nuestro protagonista se enroló en los Reales Ejércitos, alentado por un oficial de la Bandera de La Habana que apareció por la isla y se hospedó en propia su casa, para captar a jóvenes de la zona que quisieran viajar a Cuba como soldados de bien. Partió del puerto de Santa Cruz en 1699, dos años antes del comienzo de la Guerra de Sucesión. Allí rápido mostró interés por el estudio y la formación militar, destacando como jinete y tirador.

El primer biógrafo de Benavides, Bernardo Cólogan Fallón, lo describió a comienzos del siglo XIX de la siguiente manera: «Amante del servicio, lo era igualmente de cuantas obligaciones se le señalaban; subalterno obediente, aprendió con los primeros elementos de la disciplina lo que contribuye a formar el perfecto jefe: y para ser buen general supo primero ser soldado». Y es que causó la suficiente admiración entre sus jefes y compañeros como para que, en 1703, le hicieran regresar a Madrid para formar parte de los refuerzos solicitados por Felipe V como teniente.

En España fue destinado a uno de los regimientos de Dragones de la Guardia de Corps, donde demostró tanta valentía y determinación en el campo de batalla que rápidamente fue ascendido de nuevo a teniente coronel. Incluso fue felicitado personalmente por Felipe V por sus hazañas en agosto de 1710, en Zaragoza, cuando la caballería a su mando se hizo con parte de la artillería enemiga en la zona del Ebro. Pero la batalla que marcó su vida fue la de Villaviciosa de Tajuña. Tenía 36 años en aquella tarde de diciembre en que la historia de España podría haber sido muy diferente hoy en día si el primero de los Reyes Borbones hubiera sido asesinado, como apunto estuvo.


La batalla de Villaviciosa
Benavides se encontraba en el campo de batalla al mando de la caballería de los Guardias de Corps en el ala derecha. Obedecía las órdenes del marqués de Valdecañas, que se encontraba a su vez al mando de tres cuerpos de Dragones y otros tres de Caballería. En ese momento, nuestro protagonista se percató de que Felipe V montaba a lo lejos un llamativo caballo blanco, el único con el pelaje de ese color, lo que le convertía en una fácil diana para la artillería enemiga a pesar se estar emplazado en una especie de monte elevado y acompañado de sus generales.

Separándose de su superior y alejándose de sus soldados, Benavides emprendió el galope a toda velocidad, sorteando los cañonazos en medio de la batalla y abriéndose paso entre la tropa y la guardia del Rey. Al llegar a la altura de Felipe V, le informó de su peligrosa situación y de lo expuesto que se encontraba ante un posible ataque del enemigo. El Rey advirtió enseguida a sus generales que el teniente coronel llevaba razón, pero que no disponía de otro caballo. En ese momento, nuestro protagonista se bajó de su corcel y se lo ofreció al monarca, que aceptó el intercambio justo a tiempo. Unos segundos después, sobre aquella misma elevación comenzó a caer con fuerza el fuego de los británicos bajo las órdenes del oficial Guido von Starhemberg.

Las bombas cayeron muy cerca del caballo de Felipe V, que murió en el acto. Sin duda querían descabezar a la pieza más importante del Ejército español, al mismo Rey, pero él ya no montaba aquel corcel. En su lugar, Benavides fue herido de gravedad en su lugar y España se mantuvo en su sitio consiguiendo, al menos, una victoria estratégica. A Von Starhemberg sin duda le había desfavorecido el hecho de recibir demasiado tarde las noticias del peligro que corrían sus tropas en aquella zona. Aún así, le dio tiempo a retroceder y plantar cara en aquella batalla sangrienta con miles de muertos por ambos bandos.

El ejército aliado mantuvo el control del campo de batalla y, aunque ambos bandos la consideraron una victoria, lo cierto es que Ejército del Archiduque Carlos de Austria logró seguir con su retirada de forma ordenada, mucho más debilitado que el español. Von Starhemberg tuvo que abandonar Madrid por la falta de apoyo entre la población madrileña al pretendiente austriaco. Y para cuando llegó a Barcelona en enero de 1711, el número de sus soldados se había reducido en unos 6.000 o 7.000 hombres.


Dado por muerto
Felipe V no se olvidó de su salvador y, como recuerda Jesús Villanueva Jiménez en « La cruz de plata» (Ed. Libros Libres) –novela histórica con la que el escritor quiso recuperar en 2015 la vida y obra de Benavides–, preguntó por él. El marqués de Valdecañas le informó de que una granada de mortero había destrozado a su caballo y alcanzado al teniente coronel de las Guardias de Corps. Él mismo le había visto bañado en sangre y lo había dado por muerto. El Rey, sin embargo, no quiso creerlo y ordenó que lo buscaran entre los cadáveres apilados en el campo de batalla. La corazonada de este resultó cierta, puesto que nuestro protagonista fue hallado al borde de la muerte.

Antonio Benavides fue rescatado y trasladado para ser atendido por los mismos cirujanos del Rey. Fue así como consiguió salvar su vida y la del primero de los Borbones, sin el cual la historia de España habría sido otra. Las heridas fueron sin duda un alto precio a pagar, pero por las que se vio recompensado. A partir de entonces, el monarca se refirió a él como «padre», independientemente de que sus generales estuvieran presentes, consciente de que a él le debía seguir reinando entre los vivos.

Tras firmarse el tratado de Paz de Utrecht el 11 de abril de 1713, Benavides fue ascendido a brigadier de Caballería y siguió en la Corte al servicio del Rey. Era tal la confianza que Felipe V tenía en su salvador que, en 1717, lo nombró gobernador y capitán general de la Florida en el Nuevo Mundo, donde tomó posesión del fuerte de San Luis de Apalache y tuvo que librar cruentas batallas contra los guerreros de la tribu apalache, pero fue capaz también de establecer fructíferas alianzas con otras tribus como los Apalachicola, Uchize, Savacola, Tasquique o Creek, entre otras. Fue el responsable de un largo periodo de paz en la zona.


América
Tan contento estaba Felipe V con sus resultados, que no solo lo mantuvo en el cargo 15 años en vez de cinco, sino que, contra su voluntad, le nombró después gobernador de Veracruz, uno de los puertos más importantes de las Indias españolas, y después capitán general y gobernador de la Provincia de Mérida del Yucatán y del Puerto de Campeche. Benavides tuvo que esperar a la muerte del Rey para recibir de su sucesor, Fernando VI, el permiso para regresar a España 32 años después, cuando ya era mayor. Unos años en los que el héroe de Villaviciosa limpió de corruptos las administraciones, mantuvo a raya a los ingleses y expulsó de los mares a piratas y corsarios.

Una vez en la Península, y tras recibir la visita del nuevo Rey, que le agradeció personalmente sus servicios, Antonio Benavides se marchó a su Tenerife natal, donde vivió tranquilo hasta su muerte a los 83 años, en 1762. Fue enterrado con el hábito de la Orden Franciscana en la Iglesia Matriz de Nuestra Señora de la Concepción de Santa Cruz. «Aquí yace el Excmo. Sr. D. Antonio de Benavides, Teniente General de los Reales Exércitos. Natural de esta Isla de Tenerife. Varón de tanta virtud cuanta cabe por arte y naturaleza en la condición mortal», puede leerse en su lápida.


 
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El diputado «camorrista» inglés que dejó su escaño en Westminster para luchar en España por la Reina Isabel

Poco después de comenzar la Primera Guerra Carlista, Lacy Evans no dudó en venir a combatir contra Zumalacárregui y el Infante don carlos, durante dos años, después de que este intentara usurpar el trono a la hija de Fernando VII tras la muerte de este



Fotografía de Lacy Evans, en 1860, expuesta en la National Portrait Gallery


Fotografía de Lacy Evans, en 1860, expuesta en la National Portrait Gallery




Israel Vian
MADRID
27/05/2020




Un diputado del Parlamento británico, de origen irlandés, que decide dejar su escaño y hacer el petate para venir a España a luchar por la Reina Isabel II de España tras el golpe de Estado protagonizado por los carlistas en 1833. Una guerra, además, donde su Gobierno se posicionó públicamente por la no intervención y dictó leyes contra aquellos súbditos que osaran alistarse al servicio de potencias extranjeras sin su consentimiento. ¿Se lo imaginan? Pues ocurrió, y lo más sorprendente es que no fue el único, ya que guió a otros miles de compatriotas voluntarios que, incluso, llegaron a hacer cola durante ocho días a la intemperie en las oficinas de reclutamiento establecidas en Londres.

El nombre de nuestro protagonista es Lacy Evans, un general que también había luchado en la Guerra de Independencia contra los franceses, en Estados Unidos contra los americanos y en Waterloo contra Napoleón, aunque nunca de manera tan expuesta e intensa como lo hizo en España nada más desembarcar en el País Vasco. «Tengo la satisfacción de comunicar que, a las nueve y medía de esta mañana, en medio de salvas, repique de campanas y bandas de música, ha entrado en el puerto de San Sebastián un vapor inglés con un batallón de 500 hombres. Deberán seguirles otros 10.000 que debían embarcarse el día 12», podía leerse en el «Boletín de Álava» el 21 de julio de 1835.

Uno de aspectos más curiosos de esta aventura es que tanto Lacy como sus hombres decidieron combatir por la Monarquía española y la causa liberal a pesar de los ataques que sufrieron por ello por parte de muchos periódicos ingleses, sobre todo, de los tories. En primer lugar, destacando sus errores y, en segundo, calificando a todos estos voluntarios y su general de simples camorristas, borrachos, sanguinarios o crueles, entre otras lindezas. El «Annual Register», por ejemplo, afirmaba que eran haraganes de Londres, Manchester y Glasgow. Y cuando seguían presentándose voluntarios también en Escocia, un reputado banquero llegó a felicitar al oficial encargado de reunirlos por dejarle la ciudad limpia de truhanes.


La «Primera Guerra Civil española»
Cuando el general Evans llegó a España no se habían cumplido ni dos años desde la muerte de Fernando VII ni del inicio de la Primera Guerra Carlista. O como se la conocía en la prensa en aquellos años, la «Primera Guerra Civil española». El desencadenante fue provocado por el Rey de España en 1932, cuando, encontrándose ya muy enfermo en La Granja, decidió derogar la Ley Sálica para asegurar la sucesión de su hija Isabel, nacida dos años antes. Aquella decisión fue un golpe muy duro para su hermano, el infante don Carlos, quien estaba convencido de que sería él quien reinaría al no tener el monarca ningún hijo varón.




Retrato del Infante don Carlos, en 1825


Retrato del Infante don Carlos, en 1825 - Vicente López Portaña




Antes de fallecer el 29 de septiembre de 1833, el Rey nombró regente a María Cristina, hasta que su heredera alcanzara la mayoría de edad. El infante veía una vez más cómo fracasaban sus intentos de hacerse con el poder y, además, soportar como la nueva regente excarcelaba a muchos liberales, que eran sus grandes enemigos. Harto de aquella situación, Carlos no guardó ni un solo día de luto. El mismo día de la muerte de su hermano, lanzó un manifiesto reclamando la corona. Y al no oírse sus peticiones, una semana después se proclamó Rey de España en la localidad de Tricio (La Rioja). Comenzaba la guerra que acabó con la vida de más de 150.000 personas en siete años.

Aunque eran de sobra conocidas sus simpatías por la causa isabelina, el Gobierno de Gran Bretaña se declaró neutral, entre otras cosas porque los carlistas contaban con un buen número de seguidores en las islas. Esa fue la razón principal de que no se atreviera a involucrar a su Ejército. Y, además, era consciente de que muchos diarios ingleses –los mismos que tachaban de camorristas y alcohólicos a Evans y los suyos–, ni siquiera habían condenado el asalto al poder del infante don Carlos. ¿Qué podía hacer?


William Lamb y Guillermo IV
La medida adoptada por el Gobierno británico fue muy hábil. No podía quedarse con los brazos cruzados ante los estragos que estaban causando las tropas del líder insurgente Tomás de Zumalacárregui, pero tampoco podía saltarse la «Foreign Enlistment Bill», esa ley que prohibía el alistamiento de cualquier ciudadano en el Ejército de ninguna potencia extranjera. Para ello, su primer ministro, William Lamb, permitió que se organizara un cuerpo de voluntarios no profesionales dispuestos a ir a España para luchar por la causa de la joven Isabel II y la Regente María Cristina, mientras el Rey Guillermo IV hizo público su deseo «de que sus súbditos tomasen parte en la empresa», proporcionando armas y equipo a todos los voluntarios.



Tomás de Zumalacárregui, en 1836


Tomás de Zumalacárregui, en 1836 - Adolphe Jean-Baptiste Bayot.



No hubo muchos problemas para encontrarlos, en parte por la difícil situación económica que atravesaba el Reino Unido. El número exacto nunca se ha conocido, pero sabemos que hacia finales de octubre de 1835, la conocida como «Legión auxiliar inglesa» ya contaba en la costa cantábrica con 7.000 u 8.000 hombres, según las cifras aportadas por José Miguel Santamaría en su tesis «British Auxiliary Legion: aportación británica a la Primera Guerra Carlista» (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2011). En total, 3.200 ingleses, 2.800 irlandeses y 1.800 escoceses, aproximadamente. Pero el autor cree que «pasarían por sus filas entre diez y doce mil hombres, incluyendo los distintos grupos de reclutas que se fueron incorporando a lo largo de los casi tres años de servicio».

«Las noticias de San Sebastián hablan favorablemente de la buena armonía que reina entre las tropas inglesas y españolas. Se estaba preparando todo para facilitar la salida de los auxiliares al teatro de la guerra, pero este movimiento no podría ejecutarse hasta después de llegar el general Evans», informaba la «Revista Española» el 5 de agosto de 1835. Y cuando este lo hizo, se olvidó de su ego y no dudó en ponerse bajo las órdenes del general español Luis Fernández de Córdova, en una sintonía muy buena que describía así «El Español»: «Parece que los generales han quedado satisfechos uno con el otro, y yo mismo he oído decir al general Córdova que el señor Evans ha manifestado los más vivos deseos de emplearse inmediatamente de manera activa contra los enemigos [...]. Evans me ha parecido más español que inglés en su figura y su carácter. Alto, delgado, de color moreno, con ojos negros y vivos y una fisonomía expresiva en extremo. Su genio es franco y sus modales sueltos».

Dos años en España

Los carlistas estaban en plena expansión en el momento de la llegada de Evans. Sus hombres no tardaron en realizar los primeros sacrificios por la Reina Isabel debido a la epidemia sufrida en Vitoria durante el invierno de 1835: dos de sus regimientos quedaron disueltos por las muertes y los supervivientes pasaron a cubrir las bajas del resto de cuerpos. Comenzaba un periodo de dos años de combates, los que el general británico había pactado con la regente María Cristina antes de embarcar hacia el País Vasco. En 1836, su legión participó en mantener a salvo el puerto y la fortaleza del monte Urgull, en San Sebastián, ante los intentos carlistas de sitiar la ciudad. También evitó también la conquista del puerto de Pasajes. Y durante el sitio de Bilbao, se pusieron a las órdenes de Baldomero Espartero para liberar la ciudad. De hecho, no se hubiera conseguido sin el apoyo del general británico y sus hombres desde Portugalete.

Cuando el infante don Carlos organizó la Expedición Real, la Legión Británica siguió combatiendo y acosando sin descanso en su retaguardia. Llegó a conquistar diversas ciudades en la zona del actual País Vasco, frenando el avance de los carlistas en Navarra. «En la tarde del día 14, el general Evans, al mando de la legión auxiliar inglesa, demostró de un modo brillante lo que puede ser el ejemplo de los jefes sobre sus soldados. Habiendo dado por casualidad con más de 200 enemigos, y sin otra gente que unos pocos oficiales de su estado mayor, 17 lanceros de la legión y un cortísimo número de infantes, atacó con mucha decisión y desconcertó al enemigo por el arrojo de su embestida. El mayor Rait consiguió entrar en las filas enemigas y causar mucho daño. Incluso hizo un prisionero que sacó con el cuchillo. Este encuentro sirve de muestra de lo que puede esperarse de nuestros dignos auxiliares ingleses, aunque desgraciadamente ha habido un lancero muerto y se perdió el caballo de uno de los ayudantes del general Evans», informaba la «Revista Española» el 20 de marzo de 1836.

El grueso de los voluntarios británicos siguió combatiendo hasta el banquete que se organizó en San Sebastián, el 10 de junio de 1837, con motivo de la despedida de Lacy Evans, que volvió a Londres para continuar su vida de parlamentario. No se libró de alguna crítica más en relación a sus obligaciones como jefe de la Legión. «Esta crítica se agudizó, una vez licenciadas las tropas, con motivo de las reclamaciones económicas que los soldados y oficiales legionarios presentaron repetidas veces al gobierno español», explica Santamaría en su tesis.

La unidad quedó disuelta, aunque entre 1.000 y 1.500 hombres decidieron quedarse en España para seguir combatiendo por la monarquía con la previa autorización de Espartero. Lucharon en diversos frentes, como es el caso de Andoain, pero las bajas fueron tan altas que la unidad acabó desapareciendo. Se cree que, en aquellos dos años, murieron alrededor de 2400 ingleses. En el monte Urgull de San Sebastián aún existe el llamado cementerio de los ingleses, donde se encuentran enterrados un buen número de británicos muertos en la ciudad durante la Primera Guerra Carlista. En Santander hay otro pequeño cementerio protestante con un monumento funerario en homenaje a los voluntarios de la Legión británica allí enterrados.


 
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Alberto Bayo: el legionario español que fue un héroe de la II República y adiestró a Fidel Castro
Alberto Bayo Giroud se convirtió en un destacado guerrillero en la Guerra Civil y, años después, fue llamado por la revolución cubana para entrenar a sus hombres









Manuel P. Villatoro
Manuel P. Villatoro
04/06/2020




Alberto Bayo Giroud vivió, como poco, a una velocidad de vértigo. Dedicado desde su adolescencia al mundo militar, fue testigo de los combates que el ejército español (y La Legión, con la que luchó) mantuvo contra los rifeños en el norte de África; surcó los cielos como piloto cuando la aviación peninsular levantaba por primera vez los pies del suelo o, entre otras tantas cosas, estuvo a las órdenes del controvertido Lluís Companys antes de su intentona golpista. Sin embargo, es más recordado por haberse convertido en un maestro de guerrillerosdurante la Guerra Civil y, poco después, por haber entrenado a Fidel Castro y a sus barbudos (entre ellos, el Che Guevara) para derrocar a Fulgencio Batista.

Resulta llamativo que este personaje, curioso más allá de identidades políticas, haya caído hoy en el olvido en España y sea en Cuba donde más se le recuerda. Aunque en parte tiene sentido, pues el mismo Castro se refirió a él como «el Maestro» y, por su parte, el Che Guevara le definió como «un gladiador que no se resigna a ser viejo». Para ellos, fue un profesor que instruyó a sus hombres en el arte de la guerrilla.

Aunque en la práctica solo les dio un curso de seis meses antes de que iniciaran la revolución, en uno de los múltiples libros que escribió («150 preguntas a un guerrillero»), este controvertido español se mostraba orgulloso de haber colaborado con el hombre que se aferró a la poltrona en La Habana durante toda su vida: «Sí, yo he entrenado personalmente a los líderes guerrilleros de Calixto Sánchez».

Primeros años
Pero vayamos por partes. El académico Emilio Montero Herreroafirma, en un artículo elaborado para la Real Academia de la Historia, que Bayo vio la luz en el Puerto Príncipe español el 27 de marzo de 1892. Unos siete años antes de que el Imperio se resquebrajara con la pérdida de las colonias. Hijo de coronel de artillería, marchó junto a su familia a Barcelona primero, y a Estados Unidos después, para formarse. Su camino en la vida castrense se inició a las quince primaveras, y fue fulgurante. La tenacidad le llevó, de forma sucesiva, al Regimiento Gran Canaria, a la Academia de Infantería de Toledo y al Regimiento 55 de Gerona.

El primer gran paso lo dio en 1916, cuando siguió los pasos de su hermano -fallecido en un trágico accidente aéreo al servicio del ejército- y viajó hasta Madrid para convertirse en piloto de la novísima Aviación Militar de nuestro país. Un riesgo por aquel entonces, pues todavía estábamos dando los primeros pasos en lo que a surcar los cielos se refiere. En los siguientes años pasó por otras tantas unidades hasta que, después de que el conflicto en el Rif se recrudeciera, fue enviado al norte de África para ayudar a sofocar a las cabilas locales. Desconocía que se adentraba en la boca del lobo y en una de las contiendas más duras de nuestro país.



Alberto Bayo


Alberto Bayo



Entre las gestas más desconocidas de Bayo se hallan las que llevó a cabo en África como parte de La Legión desde 1924. En esta unidad, formada para combatir en primera línea contra los rifeños, llegó a estar a las órdenes de Francisco Franco, su némesis años después. El futuro oficial republicano, como otros tantos de sus colegas que se mantuvieron leales al gobierno, luchó en África y dirigió una compañía durante dos años. Hasta 1925 para ser más concretos, cuando fue herido de gravedad y se vio obligado a guardar cama durante doce meses para recuperarse de forma total. Y todo ello, mientras ayudaba a avanzar la aeronáutica patria.

De África salió con la Cruz al Mérito Militar de 1ª Clase con distintivo rojo y con la Cruz de María Cristina después de pasar por una infinidad de unidades más. Y no solo eso, sino que se empapó de las técnicas de guerrilla rifeña. Poco después dirigió sus pasos a Barcelona, donde se convirtió en ayudante del general Domingo Batet. En esas andaba cuando, el 18 de julio de 1936, el bando Nacional se levantó contra la Segunda República y comenzó el conflicto fratricida en nuestro país.


Maestro guerrillero
Al comienzo de la Guerra Civil, Bayo recibió el encargo de dirigir, nada más y nada menos, que la invasión anfibia de Mallorca e Ibiza, donde había triunfado el golpe. Que no era un don nadie para el Gobierno lo demuestra el que liderara en esta operación a 6.000 hombres, un crucero, un acorazado, varios hidroaviones y otras tantas unidades menores. «En agosto encabezó la expedición. Conquistó Ibiza y Formentera, pero falló en Mallorca por culpa de los bombardeos italianos», explica a ABC el doctor en periodismo Alfonso López García, autor de «Saboteadores y guerrilleros. La pesadilla de Franco en la Guerra Civil» (uno de los pocos trabajos que existen sobre estas unidades en España).







En palabras de López García, durante la contienda nuestro protagonista se destacó como un ferviente seguidor de las tácticas que había aprendido en África. «Editó un manual, “150 preguntas a un guerrillero”, que usó durante su etapa como profesor de la escuela de guerrilleros de Benimàmet, en Valencia, a partir de 1937. El centro ayudó a profesionalizar a estos combatientes mediante formación en orientación, explosivos, medicina…», completa el experto.

Bayo, a pesar de no combatir tras las líneas enemigas, se especializó en el arte de dar golpes de mano contra los puntos más débiles del enemigo; algo que ya habían hecho nuestros antepasados cuando el ejército francés de Napoleón Bonaparte invadió el corazón de la Península.

Con su ayuda, los guerrilleros cobraron importancia en la Guerra Civil. «Durante el enfrentamiento, y por primera vez en la historia, la guerrilla formó parte de un cuerpo de ejército (el XIV) gracias a su gran efectividad a la hora de desmoralizar al enemigo. Tanto él como la República entendieron que, aunque no podían cambiar el signo de la lucha, si tenían la capacidad de causar mucho daño mediante acciones exprés en el campo enemigo. Que Franco tomara la decisión de formar sus propias guerrillas dio cuenta de la importancia que tuvieron y lo que le metieron el dedo en el ojo», incide López García.

Lo que sí hizo Bayo durante la Guerra Civil fueron labores de contraespionaje en el sur de Francia, además de participar en la batalla de Brunete. Sus acciones le valieron, al final de la contienda, el grado de teniente coronel. En parte, por su labor con los guerrilleros. «La realidad es que, aunque su participación en el conflicto fue limitada, los guerrilleros tuvieron una importancia posterior brutal. Su inspiración sirvió a Gran Bretaña y a Estados Unidos para crear sus cuerpos especiales de acción, los comandos. Además, cuando regresaron a Norteamérica, los miembros de la brigada Linconl fueron reclutados para fundar la OSS, el germen de la CIA. Se podría decir que la influencia de estas unidades se vio a largo plazo», finaliza el autor.




Desembarco en Mallorca


Desembarco en Mallorca



Pero todo aquel conocimiento no impidió que la Segunda Repúblicafuera vencida por el bando Nacional y que este cubano tuviera que exiliarse, allá por 1939, hasta México. «Allí empezó su labor de asesor en guerra de guerrillas en 1947. Su primer trabajo fue hacerse consejero de asuntos estratégicos de la Legión del Caribe, fundada en Guatemala, y cuyo objetivo era derrocar los regímenes de Trujilloen la República Dominicana y de Somoza en Nicaragua», sentencia López García. Así fue como comenzó a convertirse en un auténtico «maestro guerrillero».


Con Fidel y el Che
Cuando superaba la sesentena, Alberto Bayo ya había escrito varios libros sobre la guerra de guerrillas. Su fama no pasó inadvertida para Fidel Castro. Según explica Reginaldo de Ustariz, el gran biógrafo del Che, en «Che Guevara, Vida, muerte y resurrección de un mito», fue en 1955 cuando aquel joven revolucionario que planeaba dar un golpe de mano contra el gobierno de Batista leyó la obra del español y le propuso entrenar a sus inexpertos hombres. El objetivo: convertir a una fuerza amateur en una irregular, pero capaz de luchar cara a cara contra el ejército profesional de Cuba.

Castro se trasladó a toda velocidad hasta México, donde Bayo regentaba una tienda de muebles y, según narra De Ustariz, usó toda su maña con la oratoria para convencerle de que le ayudara. El autor recoge la conversación que ambos mantuvieron aquel día:


-Mi general, vengo a pedir su colaboración para derribar el ejército de Fulgencio Batista.

-¿Con cuántos hombres cuenta?


Alberto Bayo
-En este momento tengo pocos hombres, pero en breve desembarcará en Cuba aproximadamente un centenar de expedicionarios.

-Siento mucho no poder aceptar, soy instructor de la Escuela Militar de Aviación de esta ciudad; fuera de eso, tengo una fábrica de muebles que requiere de mi concurso.

-¡Usted es cubano! Tiene el deber absoluto de ayudar a su pueblo a derribar al tirano sanguinario, corrupto y ladrón.



Castro estuvo acertado. Durante aquella conversación introdujo veladas referencias al odio que sentía hacia Francisco Franco para hacerse con la confianza de Bayo. Así, hasta que le ganó para la causa. En uno de sus libros posteriores, el español confesó que, a pesar de que acometía una labor que parecía casi imposible, sintió cierto magnetismo por la causa de Castro, del que quedó «intoxicado»:


«Aquel joven estaba contándome que esperaba derrotar a Batista en un futuro desembarque que estaba planeando efectuar con hombres. "Cuando yo los tenga", y con barcos "cuando tenga dinero para comprarlos", porque, en el momento en que hablaba conmigo, él no tenía hombres ni dinero... ¿No era una cosa graciosa? ¿No era una jugarreta de niños? Lo que él estaba pidiéndome era mi compromiso para enseñar tácticas de guerrilla a sus futuros soldados cuando él los hubiese reclutado y cuando hubiese conseguido el dinero necesario para alimentarlos, vestirlos y equiparlos, y para comprar barcos para transportarlos hasta Cuba. ¿Qué asunto es ese?, pensé. Este joven desea mover montañas con una mano. Pero, ¿qué me costaba agradarlo? Sí, le dije».




Castro y su guerrilla, en 1957


Castro y su guerrilla, en 1957



Durante los siguientes seis meses, Bayo entrenó a los guerrilleros de Castro. Entre ellos, al Che Guevara. Les enseñó, como bien explicó, a abandonar hábitos como darse una buena ducha, comer varias veces al día o lavarse los dientes. Para él, tanto el cepillo como el dentífrico eran dos objetos de lujo. A su vez, les mostró las normas básicas para internarse tras las líneas enemigas y acechar a un ejército profesional mucho más numeroso.


«Recuerden que la guerrilla nunca invita al enemigo a combatir, todo buen guerrillero debe atacar por sorpresa en escaramuzas o emboscadas. Cuando los soldados carguen para repeler el ataque, los guerrilleros deben desaparecer».

Cuando triunfó la revolución cubana, se deshizo en elogios hacia sus pupilos.

«El corazón me saltaba en el pecho, mis alumnos aprendieron tan bien las lecciones que ahora Fidel puede enseñarme a mí. Quiero ver al Che Guevara, a Camilo, a Raulito a fin de que me digan como se las arreglaron para aprender a pelear en las ciudades porque, lo confieso, yo no les enseñé eso».

El cariño fue mutuo. Castro, además de darle varios puestos en la administración, siempre le llamó «el Maestro». Por su parte, el Che escribió sobre él lo siguiente:

«Para mi constituye un honor el poner estas líneas a los recuerdos de un gladiador que no se resigna a ser viejo. Del general Bayo, Quijote moderno, que solo teme de la muerte el que no le deje ver si patria liberada, puedo decir que es mi maestro».

 
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Fernando el Católico murió por un fallo cardíaco y no por tomar afrodisíacos

Un estudio histórico-científico desmonta la teoría que se había mantenido hasta ahora sobre el fallecimiento del monarca artífice de la España moderna



Retrato de Fernando el Católico.


Retrato de Fernando el Católico. E. M.



  • JAVIER ORTEGA
    Zaragoza
  • Domingo, 7 junio 2020

Fernando el Católico (Sos, 1452-Madrigalejo, 1516) está considerado como uno de los reyes más importantes de la historia de España, al ser el artífice, junto a su esposa Isabel, de unificar los reinos de Castilla y Aragón y sentar las bases del actual país. Durante su reinado se conquistó Granada y se descubrió América.

Fue rey de Aragón, Castilla, Sicilia, Nápoles, Cerdeña y de Navarra, además de regente de la Corona castellana, debido a la inhabilitación de su hija Juana I, tras la muerte de Felipe el Hermoso.
Su figura, que inspiró El Príncipe de Maquiavelo, se hizo muy popular tras la emisión entre 2012 y 2014 de la serie "Isabel" de Tve, protagonizada por Michelle Jenner, en el papel de la reina de Castilla, y Rodolfo Sancho en el de Fernando el Católico.

Aragón reivindicó su destacado papel histórico en 2016 con numerosos actos con motivo del V centenario de su muerte.
Su fallecimiento se atribuyó en la época al empleo abusivo de brebajes afrodisíacos, a base de testículos de toro y cantaridina, una sustancia producida por escarabajos.
Esta explicación, que la historiografía posterior no cuestionó a lo largo de los siglos, se ha mantenido hasta el presente. Ahora un estudio apunta al fallo cardíaco como hipótesis "más plausible" del deterioro físico que acabó con la vida del monarca.


EL FIN DE UN MITO
El historiador Jaime Elipe y la médico Beatriz Villagrasason los autores del estudio El fin de un mito: causas clínicas de la muerte de Fernando el Católico, que acaban de publicar en Studium. Revista de Humanidades de la Universidad de Zaragoza y que este domingo adelanta Heraldo de Aragón.
Desde el 10 de marzo de 1513, el día en que cumplía 61 años, el monarca "nunca más volvió a sentirse en salud". Poco después tuvo un cuadro de vómitos, al que siguió en abril una "fiebre desconocida" por la que tuvo que tomar "una medicina y tuvo delirios".

Así lo describe en su Epistolario el humanista lombardo Pedro Mártir de Anglería, miembro de la Corte desde 1487. Narra que cuando tuvo esos síntomas iniciales había ingerido una mezcla afrodisíaca suministrada por su joven esposa, la reina Germana de Foix, con la que se había casado tras morir Isabel la Católica, para mejorar su potencia sexual y poder quedar encinta.
Casi tres años después, marcados por un deterioro físico y anímico, Fernando II moría el 23 de enero de 1516 "en una rústica casa" en un pueblo de Extremadura cuando marchaba a presidir el capítulo de la Orden de Calatrava.

Según explica Elipe, "se sabía que había muerto por tomar un brebaje que le había arruinado la salud, pero nadie se había parado a ver si era cierto o no. Es bastante más jugoso que muriera de afrodisíacos. Nosotros hemos visto que no se sostiene. Es una invención, un mito, son anécdotas inventadas que se van transmitiendo".


CUADRO CLÍNICO
Para trazar un cuadro clínico, los dos especialistas han analizado las cartas del citado humanista lombardo, que recoge hasta 20 noticias sobre el estado de salud de Fernando el Católico en los últimos tres años de su vida.
En el estudio se indica que ya en otoño de 1513, Pedro Mártir mostraba su preocupación por el estado del monarca. Aseguraba que "no tenía ni el mismo semblante, ni la misma atención para escuchar ni la misma amabilidad". Y un mes más tarde, hizo referencia a la disnea o dificultad respiratoria. Desde entonces, el monarca tendría "horror a vivir bajo techado".

Con el año nuevo, se añadirían molestias gástricas, "callos en el estómago", y ardor. Además, en 1514 moría el secretario Miguel Pérez de Almazán, compañero y fiel servidor durante casi toda su vida.
"Pero no solo estos males consumían su vida a ojos del cortesano Pedro Mártir. Según él, y era un pensamiento común, el rey abusaba de las que eran en esos momentos sus dos grandes pasiones: la caza y la reina. A tal punto llegaba que 'si no se desprende de dos apetitos, muy pronto entregará su alma a Dios y su cuerpo a tierra'", tal como se recoge en la investigación.
En noviembre apareció otro de los síntomas relevantes en su deterioro físico, los edemas, descritos así: "empeora su asma y el humor que lo va hinchando".
Un mes más tarde en otra epístola Anglería aseguraba que "progresa la hidropesía, y ni con el movimiento ni con el reposo disminuye el mal, que poco a poco se va extendiendo", al tiempo que criticaba la afición de Fernando el Católico a la caza.


SENSACIÓN DE MUERTE
Pero el episodio que le pudo costar la vida ocurrió la noche del 18 de julio de 1515, cuando tuvo un cuadro de disnea aguda. "Casi quedó ahogado mientras dormía. Un síncope y el catarro le obstruyeron las fibras del corazón (...) sintió al soberano atragantarse y dar unos horribles ronquidos (...). Acudió al estrépito que formaba el Rey, casi a punto de expirar. Traspuesto con el habla perdida, torcía los ojos. Le rocían el rostro con agua fría. Por fin volvió en sí", describe el humanista lombardo.

A partir de ahí, la información ofrecida por el Epistolario se "limita a reseñar su empeoramiento y la sensación de muerte inminente" del monarca.
Con este desarrollo clínico, Villagrasa y Elpe abordan las hipótesis diagnósticas entre las que se descarta una muerte por abusos de afrodisíacos. En su estudio, señalan que no está demostrado que los testículos de toro ocasionen tal deterioro en la salud, "aparte de clínica digestiva (náuseas, vómitos...) en caso de ser ingeridos en mal estado".

Respecto a la cantaridina indican que carece "de cualquier base empírica", la intoxicación no es muy frecuente y la mayor parte de sus efectos tóxicos "están relacionados con su propiedad vesicante, al producir ampollas en la piel y mucosas con las que entra en contacto".


UN FALLO CARDÍACO
Para la doctora Villagrasa, la hipótesis "más plausible" es que Fernando II muriera por un fallo cardíaco. Y explica que "la dificultad respiratoria es lo primero que aparece, y año y medio más tarde, los edemas. Con esos dos síntomas guías y la evolución que había tenido, cuadraba con un fallo cardíaco, más que con el renal o el hepático; que fueron los tres orígenes que uno se plantea".
Cree que "empezaría a fallarle el corazón y cuando eso ocurre, aparecen esos síntomas. Las causas de por qué falla pueden ser miles: una anemia, que tuviera un problema de válvulas... Los monarcas tenían unas dietas muy ricas en carne y podría tener colesterol y ser hipertenso".
Los dos investigadores aragoneses no descartan que Fernando el Católico ingiriera brebajes para mejorar su potencia sexual, pero sí que esa fuera la causa de su muerte.
Según Villagrasa,"es muy improbable; tendría que haber sido un desarrollo mucho más agudo. Es una enfermedad que desde que empieza hasta que se muere transcurren más de dos años. No podemos decir que sea la verdad absoluta, nos faltaría la autopsia".


 
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La verdad sobre Leopoldo II de Bélgica, el autor del mayor crimen europeo en África
Los crímenes del Monarca cuya estatuas han sido atacadas este fin de semana fueron dados a conocer al gran público por el famoso escritor Joseph Conrad en la conocida novela «Heart of darkness»





César Cervera
César Cervera
09/06/2020



La ola de protestas del movimiento Black Lives Matter vivió este fin de semana un estallido de furia iconoclasta contra personajes históricos considerados racistas, lo que según una visión propia del siglo XXI viene a ser todos... En Bristol (Reino Unido) la estatua de bronce de Edward Colston, un negrero del siglo XVIII, fue derribada y arrastrada hasta el agua, mientras que un monumento en Londres a Winston Churchill, uno de los principales responsables de la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial, fue vandalizado por las opiniones que el estadista británico tenía sobre los negros africanos, a los que situaba en un nivel muy inferior que los blancos anglosajones dentro de las jerarquías raciales.

Churchill era un personaje de su época, que hablaba el idioma de la época en la que le tocaba vivir y que, aunque creía en las jerarquías raciales, no compartía la idea de que a la gente de los escalones inferiores hubiera que tratarlos de forma inhumana o, como defendían tantos líderes totalitarios, exterminarlas. En 1937, declaró en la Comisión Real para Palestina: «No admito que se haya cometido una injusticia contra estos pueblos [los Indios Rojos de América y el pueblo negro de Australia] por el hecho de que una raza superior, una raza de grado superior, una raza con más sabiduría sobre el mundo por decirlo de alguna manera, haya llegado y haya ocupado su lugar».

Lo más sorprendente de todo es que el Monarca, perteneciente a la dinastía Sajonia-Coburgo Gotha, no tuvo que disparar una sola bala para hacerse con el Congo

El matiz merece ser puesto en su contexto, en un contexto donde el racismo era admitido incluso en algunas teorías científicas, para comprender el abismo que separa a Churchill de personajes del siglo XX como Hitler o el Rey Leopoldo II de Bélgica que sí abogaban directamente por políticas de exterminio.


¿Quién fue Leopoldo II?
Las estatuas del Rey Leopoldo II de Bélgica en Bruselas, Amberes y Gante también fueron atacadas con pintura por los manifestantes el pasado domingo. Léopold de Saxe-Cobourg et Gothase (1865-1909) auspició durante su reinado que el Congo pasara de una población de 20 millones de habitantes a 10 millones. Lo más sorprendente de todo es que el Monarca, perteneciente a la dinastía Sajonia-Coburgo Gotha, no tuvo que disparar una sola bala para hacerse con este territorio. Leopoldo no heredó o conquistó el Congo (de hecho solo a su muerte se integró en Bélgica), le bastó con convencer a la comunidad internacional de que si le daban su soberanía protegería a sus habitantes de las redes de traficantes de esclavos árabes.



Estatua de Leopoldo II


Estatua de Leopoldo II - AFP



Nada más lejos de la realidad, el verdadero objetivo del belga, que solía definir a su pequeño reino europeo como «Petit pays, petit gens»(«Pequeño país, gente pequeña»), era hacerse con una colonia y exprimir hasta la última gota de sus recursos económicos.

Leopoldo supo disimular su afán económico generando una imagen de monarca humanitario y altruista, que financiaba asociaciones benéficas para combatir la esclavitud en el África Occidental y costeaba el viaje de misioneros a esas regiones. En 1876 convenció con su elegancia y buenos modales a un selecto grupo de geógrafos, exploradores y activistas humanitarios en una Conferencia Geográfica, celebrada en Bruselas, de que su interés era «absolutamente humanitario». Fue, además, elegido aquí presidente de la recién creada Asociación Africana Internacional, transformada con el tiempo en la Asociación Internacional del Congo.

Como consecuencia de estos movimientos sibilinos, en febrero de 1885, catorce naciones reunidas en Berlín, y encabezadas por Gran Bretaña, Francia, Alemania y los Estados Unidos, le regalaron a Leopoldo II todo el Congo a través de la asociación que él presidía. Un territorio 20 veces el tamaño de Bélgica, donde se comprometió a «abolir la esclavitud y cristianizara a los salvajes» a cambio de su cesión. Las grandes potencias concedieron al rey de los belgas el Congo, sin saber qué clase de persona era y, sobre todo, porque desconocían el gran tesoro que se escondía entre sus árboles.


Mutilaciones, en nombre del caucho
Además del marfil de sus elefantes, Leopoldo se sintió atraído por el Congo debido a sus grandes reservas de caucho. Durante su reinado se disparó la demanda internacional de goma, que se extraía de los árboles del caucho que se contaba muy numerosos en el Congo. El problema de la recolección de esta materia resultaba la ingente cantidad de mano de obra que se necesitaba y las duras condiciones para estos empleados. Para solventar el asunto, el rey de los belgas diseñó un sistema de concesiones que, en esencia, condenó a la esclavitud a la totalidad de los congoleños.

El Monarca hizo del Congo su cortijo particular entre 1885 y 1906, siendo plenamente consciente de lo que estaba pasando en el interior del país.


El explorador Henry Morton Stanley (el primer europeo en recorrer los varios miles de kilómetros del río Congo) y otros enviados del Rey se encargaron, entre 1884 y 1885, de que los jefes indígenas de la geografía congoleña firmaran, sin saberlo, contratos por los que cedían la propiedad de sus tierras a la Asociación Internacional del Congo. En estos «tratados», los caudillos se comprometieron a trabajar en las obras públicas de aquella institución que, creyeron, iban a servir para expulsar a los esclavistas y modernizar el país.

De esta forma tan descarada, Leopoldo II se valió del trabajo local para la recolección del caucho y para que sirvieran a los funcionarios, soldados y policías belgas que vinieron a instalarse en el país. Una esclavitud que ocupaba las 24 horas del día de los congoleños; y que deparaba sádicos castigos para los recolectores que no entregaban el mínimo exigido. El catálogo de violaciones de los derechos humanos podría ocupar libros enteros: desde latigazos, agresiones sexuales al robo de sus poblados. Las mutilaciones de manos y pies dejaron a tribus enteras mancas y cojas, cuando no eran directamente exterminadas aldeas enteras.

El Monarca hizo del Congo su cortijo particular entre 1885 y 1906, siendo plenamente consciente de lo que estaba pasando en el interior del país. Como explica Adam Hochschild en su libro «El fantasma del rey Leopoldo» (Mariner Books), Leopoldo II de Bélgica estaba perfectamente al corriente de los crímenes e incluso llegó a sugerir que se implementaran equipos de niños para que apoyaran el trabajo, de tal modo que miles de menores fueron arrancados de sus familias.



Un niño víctima de atrocidades belgas en el Congo se encuentra con un misionero


Un niño víctima de atrocidades belgas en el Congo se encuentra con un misionero



El sádico Leopoldo no tuvo que realizar ningún disparo para conquistar el Congo, pero ni siquiera debió enfrentarse apenas a resistencia cuando estableció su sistema esclavista, puesto que el Congo se extendía por un terreno gigantesco en el que cada tribu vivía de forma aislada. El historiador Adam Hochschild calculó que murieron diez millones de personas basándose en investigaciones llevadas a cabo por el antropólogo Jan Vansina.

Tampoco se enfrentó a las críticas de la comunidad internacional ni a las de Bélgica, que todavía hoy recuerdan a Leopoldo II como un entrañable estadista. Cuando pastores bautistas norteamericanos lanzaron la primera voz de alarma, la misma propaganda belga que había elevado a Leopoldo II a benefactor de la humanidad salió al paso para llevar las acusaciones ante los tribunales por calumnias. Todavía, en 1889, Leopoldo se atrevería, en un gran ejercicio de hipocresía, a hacer de anfitrión de la Conferencia Antiesclavista.


La tardía respuesta internacional
Debieron pasar años para que Europa y Bélgica empezaran a hacer autocrítica y a asumir los crímenes en el Congo. Los británicos palidecieron al conocer sus salvajes crímenes por un informe de Roger Casement al Foreign Office, pero solo el empeño particular de políticos extranjeros como el vicecónsul británico en el Congo, Roger Casement, o el periodista Edmund Dene Morel, ex-empleado de una compañía naviera de Liverpool, sacaron a la luz el genocidio belga en los últimos años de vida del Monarca. Morel visitó personalmente al presidente norteamericano Theodore Roosevelt para exigirle que su Gobierno hiciera algo al respecto, además de lograr que personalidades como el arzobispo de Canterbury se manifestaran en contra de aquellos horrores.

Los crímenes serían dados a conocer al gran público por el famoso escritor anglopolaco Joseph Conrad en la conocida novela «Heart of darkness» (El corazón de las tinieblas). Por su parte, Conan Doyle, el creador del personaje de Sherlock Holmes, escribiría un opúsculo «Crimen en el Congo» (1909) demostrando su vena más comprometida.

Poco antes de su muerte, Leopoldo legó a Bélgica la propiedad del Congo ante la presión internacional y se estableció una colonia que recibió los problemas estructurales causados por tanto maltrato y tantísimas muertes. La millonaria indemnización posterior de Bélgica al Congo hizo que la empresa esclavista solo le fuera rentable a Leopoldo.

 
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Las 7 mentiras más absurdas sobre los letales guerreros vikingos que creemos desde hace mil años
Ni llevaban cuernos, ni eran tan necios como nos cuenta la Historia. De hecho, supieron usar en su favor la leyenda negra que les acompañaba



Manuel P. Villatoro
Manuel P. Villatoro
10/06/2020 20



Sanguinarios, asesinos y feroces. Los adjetivos que recuerdan a los vikingos en los libros de historia hablan de sus actos de salvajismo, sus saqueos, y la falta de moral que les llevaba a acabar con la vida de mujeres y niños durante sus continuas incursiones. No obstante, el tiempo ha tergiversado la leyenda de estos hombres del norte hasta mostrarlos como guerreros que portaban cascos con cuernos y que sólo pensaban en el pillaje. Nada más lejano a la realidad pues, entre otras cosas, la suya fue una civilización que supo usar la leyenda negra que les acompañaba para vencer a sus enemigos.

Gracias a su pésima reputación y a su barbarie, los vikingos consiguieron castigar con sangre a toda Europa a base de hacha y drakkar. De hecho, estos feroces escandinavos lograron, entre otras cosas, conquistar una gran parte de Inglaterra, desembarcar en España e, incluso, remontar el río Sena con sus navíos para invadir París -ciudad que asaltaron y que sus dueños únicamente pudieron recuperar ofreciéndoles una cuantiosa cantidad de oro-. La de los hombres del norte es, en definitiva, una historia llena de muerte, pero también de falsos mitos que el tiempo ha hecho erróneamente verdaderos.


1-Más allá de asesinar y robar
A pesar de que la tradición nórdica tiene, en ocasiones, más oscuros que claros, el inicio de la era de los vikingos (término con el que se agrupa a los diferentes pueblos ubicados en Escandinavia durante los siglos VIII al XI), tiene una fecha concreta. «El tiempo de los vikingos comenzó en junio del año 793 con el asalto al monasterio de Lindisfarne, una comunidad monástica que se encontraba en Inglaterra» afirma en declaraciones a ABC Víctor Álvarez, autor de «Los Vikingos. Crónica de una aventura» (Sílex, 2013). Aquel día, los guerreros del norte acabaron brutalmente con cientos de monjes cuya única defensa frente a las armas fue la religión. Eran las primeras víctimas de las miles que llegarían después.

Es en esa jornada cuando comienza la leyenda negra de los vikingos, un pueblo cuyos únicos objetivos eran, según Hollywood, asesinar y robar allí por dónde pisaban. «Se tiende a pensar que el movimiento vikingo se produjo debido a la búsqueda de riquezas, y no siempre era así. Los nobles nórdicos presionaban muchísimo a la población con impuestos altísimos y esto produjo que multitud de ellos se hicieran a la mar para escapar de las exigencias abusivas de sus jefes o para sentirse libres», destaca el experto.


En cambio, tampoco se puede eludir que muchos escandinavos sí se subían a sus drakkar con el hacha entre los dientes y dispuestos a reunir la mayor cantidad de oro posible. Esta práctica fue realizada durante los primeros años del siglo IX, cuando su civilización daba los primeros pasos de gigante a través de las aguas europeas. De hecho, en esa época inventaron una táctica muy innovadora que consistía endesembarcar sin previo aviso en cualquier parte de la costa enemiga para saquear sus poblados.

A continuación, ponían pies en polvorosa lo más rápidamente posible en dirección a sus veloces barcos para huir antes de que llegaran las fuerzas regulares enemigas. Esta estrategia tenía incluso su propio nombre, «strandkogg», un término que no tiene traducción en nuestro idioma.

Tras el ataque al monasterio de Lindisfarne, los vikingos demostraron una vez tras otra su falta de moral asesinando y saqueando de la forma más brutal posible. ¿Por qué lo hacían? Álvarez lo tiene claro: «Los vikingos mataban mujeres y niños por mera publicidad. Hacían terrorismo. Como sabían que infundían miedo hacían esas barbaridades para aprovecharlo y que, cuando fueran a otro pueblo, la gente no opusiera resistencia y les tuviera pavor. Hacían propaganda».

A su vez, y en contra de la creencia popular, los vikingos contaban con una gran capacidad para la estrategia y, debido a su condición de nómadas, se esforzaban en conocer las costumbres de aquellas regiones que visitaban o asaltaban. Esta práctica les ayudó en muchos casos a doblegar a sus enemigos. «Después de algunas incursiones, aprendieron a atacar a los cristianos cuando estaban en la iglesia rezando. Esto les facilitaba mucho las cosas porque se encontraban a todos aquellos que podían hacerles frente en un mismo edificio y desarmados», añade el autor. Esta curiosa y cruel- forma de actuar ha sido representada de forma fidedigna en la popular serie «Vikingos».

Mientras que su capacidad de aprender del enemigo no ha sido una de sus virtudes representadas por la factoría Hollywood, el cine si ha acertado a la hora de dar a conocer sus armas y técnicas de combate. Y es que, los hombres del norte usaban el hacha como arma principalfrente al enemigo debido a que también les servía como herramienta en su vida diaria y a que sabían forjarlas a la perfección.


2-La mentira de las drogas
Las sagas, una mezcla de historia y mitología nórdica, describen con especial ferocidad a los berseker, los protagonistas de la tercera mentira. Afirman, con devoción, que eran «aquellos a los que el hierro no puede dañar». Guerreros de élite vikingos («casi una guardia personal», según explica el reconocido investigador Manuel Velasco Laguna en «Breve historia de los vikingos») que combatían en estado de trance y demostraban una ferocidad extrema contra el enemigo. Hasta tal punto obviaban el pavor a ser traspasados por una espada que acudían a la batalla sin armadura y, enajenados por la ira, mordían sus escudos como una suerte de ritual previo al baile de los aceros. Si es que puede denominarse de esta forma a la brutalidad carente de finura y esgrima que exhibían en el campo de batalla.

¿Cómo conseguían llegar a ese trance? Hasta ahora, las investigaciones afirmaban que lo hacían ingiriendo un brebaje elaborado a base de «Amanita muscaria», un hongo conocido también como «matamoscas» o «falsa oronja» y que, además de poder producir daños intestinales y hasta la muerte, cuenta con efectos secundarios beneficiosos para el combate. «La clínica se inicia entre 20 y 180 minutos tras su consumo, con un cuadro gastrointestinal, además de mareos, vértigos, ataxia e incoordinación, convulsiones, euforia, alteraciones de la conducta, alteraciones visuales y alucinaciones», explican un compendio de expertos de farmacología y botánica en el dossier «Drogas emergentes: plantas y hongos alucinógenos».

Sin embargo, un nuevo estudio elaborado por el doctorando Karsten Fatur (etnobotánico de la facultad de farmacia de la Universidad de Ljubljana) puso el año pasado en duda la teoría de la «Amanita muscaria» al afirmar que existe otra planta cuyos efectos secundarios se ajustan mucho más a los síntomas que los berserkers habrían mostrado en batalla: el «Hyoscyamus niger» o beleño negro. El experto también señaló que las sagas exageraron la forma de combatir de estos vikingos.


3-La falacia de las armas
«El hacha era el arma más común para los vikingos, ya que les hacía las veces de elemento de corte diario, de instrumento ofensivo y de arma arrojadiza en el combate. Pero no era la única. Como los primeros años no eran soldados entrenados para la guerra a gran escala como tal, usaban también la lanza y, en algunos casos, una espada si tenían suficiente dinero para encargarla al herrero. Como elemento defensivo usaban un escudo con una gran tachuela. Todo eso está documentado a través de enterramientos llevados a cabo por esta civilización», completa Álvarez en declaraciones a ABC.

El combate directo contra ejércitos organizados es otro de los puntos donde la leyenda ha favorecido mucho los vikingos, ya que, cuando se enfrentaban a fuerzas superiores en número y duchas en el arte de la guerra, caían a decenas debido a su reducido número -al menos durante los siglos VIII y IX-. Había por ello muchos viajes en los que, tras una gran contienda, regresaban al ansiado hogar menos de la mitad de los que habían partido.







4-El papel de la mujer
Socialmente, los hombres del norte eran una de las civilizaciones más avanzadas de la época, pues daban una gran importancia al papel de la mujer. «Los vikingos no eran muy machistas. La mujer era reconocida más allá del ámbito del hogar. En ese sentido tenían una sociedad mucho más avanzada que la que podía haber por ejemplo en Europa. La mujer podía tomar decisiones, salir de viaje solas, sabían leer, escribir, incluso podían decidir con quién casarse», añade Álvarez.

Además, tampoco era inusual que una mujer cogiera el hacha y el escudo para darse de mamporros en las tierras de ultramar. Un hecho que la serie «Vikingos» muestra a través de Latgerta -esposa de Ragnar Lodbrok, protagonista de la saga-. «Las mujeres podían acudir a la batalla, pero eso es algo que no está muy bien documentado. En algunas sagas islandesas si aparece alguna guerrera, aunque generalmente no tenían gran relevancia. Podían viajar en una expedición como combatientes si eran fuertes y sabían manejar las armas, pero lo más normal es que acudieran para colonizar después de la batalla», completa el experto español.


5-Los dichosos cascos
Con todo, de entre todas las leyendas y creencias relacionadas con los vikingos la más extendida es la que afirma que portaban unos grandes cascos rematados con cuernos que infundían pavor en los enemigos. Sin embargo, los expertos son tajantes en este punto... ¡No llevaban cornamentas!

«Ha trascendido la idea de que el casco vikingo llevaba cuernos, pero no era así. Hay varias teorías que tratan de explicar la causa de que el bulo se haya extendido tanto. Una de ellas afirma que, como la historia de los hombres del norte fue escrita por las víctimas ?los que recibían los ataques-, y estas los veían como hombres endemoniados, se les terminó representando con cuernos por asimilación con los demonios. Otra dice que la equivocación se produjo en 1820 cuando se ilustró un libro de temática vikinga con unos guerreros nórdicos con cuernos, pero esto se hizo así porque se vivía en la época del romanticismo y no se daba una imagen real de las cosas, sino idealizada», finaliza el autor.

En este sentido, el experto recuerda que, hace relativamente poco, se encontró un casco en un enterramiento que tenía dos agujeros. «Según se publicó después, podrían haber servido para portar los cuernos, pero, realmente, no tiene lógica ir al combate con un casco tan incómodo para luchar», completa.







6-Crueles y sanguinarios
Su excesiva crueldad es otro de los enigmas históricos que existen a su alrededor. «Eran muy sanguinarios, pero la historia de sus viajes la han escrito principalmente los vencidos, que los veían como unos asesinos, así que nunca se podrá saber si eran realmente tan bárbaros o lo escrito es una exageración. A pesar de todo, hay que entender que los cristianos de entonces no comprendían como aquellos tipos podían entrar en un edificio sagrado y matar a todo el mundo. Para ellos era algo inconcebible. Los cristianos no entendían tampoco como Dios no les ponía una barrera divina ante esa barbarie», añade el experto.

En palabras del autor español, las crónicas más fiables a nivel histórico son las anglosajonas, las francas y la historia de los arzobispos de Hamburgo y Bremmen. «Estas nos muestran, por ejemplo- a una gente agresiva y pagana que cometía todo tipo de crueles tropelías.

7-Los «drakkar» y la mitología
El último de los grandes errores sobre los vikingos es el nombre de sus buques. «Se tiene la idea de que todos los barcos de los vikingos se llamaban "drakkars", cuando había varios tipos de navíos. Había buques de cargamento, de recreo para reyes y los de guerra, que eran los famosos "drakkar"», añade.

En sus palabras, el concepto «drakkar» es una denominación francófona que proviene del francés y significa dragón. «Les llamaron así porque tenían animales en la proa. Las proas tenían una función meramente decorativa similar a la del resto de Europa, que también solían llevar animales en el buque para impresionar. No es algo característico escandinavo», finaliza.

En lo que acierta de pleno la leyenda es en que, desde que nacían, eran criados para ver la guerra de una forma muy determinada. «Su mitología es absolutamente proclive hacia la batalla. Sólo tienes que ver a Thor, que empuña un martillo de guerra. Los vikingos eran, en general, muy creyentes», añade.

Según el español, los vikingos entendían que tenían que ser como una reencarnación de los propios dioses Algo que ocurría por ejemplo con los «berserkers», unos guerreros vikingos que combatían medio desnudos y, según la creencia de la sociedad, estaban dotados de una fuerza directa entregada por los dioses que les hacía salir indemnes de la batalla. «En los enterramientos solían usar las runas, una escritura en la que ponían a grandes rasgos las hazañas del fallecido. Solían además respetar a sus muertos con más dedicación de la que tenemos nosotros», completa.


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Don Diego López de Haro: un elemento puro de la naturaleza
El fundador de la ciudad de Bilbao se dedicó en cuerpo y alma a arrear mandobles más allá de Sierra Morena. Su final le llegó en el sitio de Algeciras al servicio de Fernando VI



Foto: Grabado de la villa de Bilbao, fundada por López de Haro, realizado por Franz Hogenberg en 1554 en el que ya se observan características de la ciudad actual


Grabado de la villa de Bilbao, fundada por López de Haro, realizado por Franz Hogenberg en 1554 en el que ya se observan características de la ciudad actual


AUTOR
ÁLVARO VAN DER BRULE
13/06/2020



Decía Miguel Delibes en su libro 'La Partida', al ser interpelado el protagonista por su hijo a la pregunta: "¿Por qué si uno sabe nadar flota sin moverse y cuando no sabe hacerlo se hunde?" A lo que el ilustre castellano le respondía: "el miedo pesa hijo"… Esto viene a colación porque nuestro personaje de hoy era ajeno al miedo y un hombre de energía sobrada y tenaz resolución en cualquier asunto que enfrentase. Parecía una navaja suiza multiuso. Era terrible con sus enemigos y una poderosa ayuda en la amistad aparte de hombre de probada fidelidad."

Cuando se le cayeron los dientes de leche se dio en él una extraña transformación. La primera, le salieron dos peculiares y personalísimos colmillos en el maxilar inferior que apuntaban maneras. La segunda, como si de una prolongación natural se tratara, una espada de madera y un arco de tejo aragonés se le pegaban a la mano casi de forma natural. Para describir a este enorme personaje (190 cm) y sus andanzas comenzaremos por nada. Según la Biblia los escribanos de la época acompañados a buen seguro de algún potente licor espirituoso y de la severa y escrutadora mirada de los sacerdotes, rabinos-ayatolas del momento, decían que todo viene de la nada. Hay que tener cuidado con el alcohol.


Don Diego era un pelín tarambana y eso nos explica el aura de misterio que rodea algunos aspectos de su vida


A día de hoy no se sabe cuándo nació este díscolo chavalote, pero datos indiciarios de aproximación sitúan la aparición de este “morrosko” riojano en Nájera (paraíso de los amantes del buen morapio y mejor yantar) en una fecha cercana al 1250 que ya es algo. ¿Por qué? El paso de los años hace que los datos recabados sobre los nacimientos registrados en aquellos tiempos no siempre sean accesibles, pero nuestra Santa Madre Iglesia tenía unos registros muy sabrosones con unos muy fiables indicadores de las altas y decesos de población, adelantándose a Google y sus sibilinos controles en más de mil años.




Escultura de Diego López de Haro en Bilbao. (Wikipedia)


Escultura de Diego López de Haro en Bilbao. (Wikipedia)



Que un personaje tan fundamental para la ciudad de Bilbao no disponga de esa información en sus registros, es más que sorprendente. Pero también Don Diego era un pelín tarambana y eso nos explica el aura de misterio que rodea algunos aspectos de su vida. Después de todo, las cifras indican con razonable exactitud que su aparición en este extraño escenario se produjo cercana al año 1250. Fecha que encaja con bastante exactitud con el casorio que tuvo lugar en junio del año del Señor que todo lo ve pero nunca interviene, allá por el 1282, donde contrajo matrimonio en la antiquísima Toledo que ya balbuceaba en la prerromana Edad del Bronce.

La infanta Violante de Castilla, hija del rey Alfonso X de Castilla y de la reina Violante de Aragón, era una mujer de recursos y de una belleza inapelable y la única persona a la que este tierno bruto hacia caso. Desde la Baja Edad media hasta la actualidad, hay un buen puñado de datos curiosos que podrían asombrar a los aficionados a la historia y a los bilbaínos de pro. Lo de este elemento de la naturaleza, es un misterio inescrutable y hay una serie de anécdotas que convierten su biografía en una lectura apasionante.

Don Diego López de Haro, convirtió a Bilbao en villa en uno de esos paréntesis entre mandobles y aporreamientos a los del turbante, afición a la que le había cogido el tranquillo. Quinto de una línea sucesoria en la que este “pieza” había hecho algunas modificaciones administrativas sacadas de la chistera, los derechos sobre el señorío de Vizcaya no fueron presididos por la misma legitimidad de la que gozaron sus predecesores. Don Diego López de Haro V fue el responsable de usurpar los legítimos derechos sucesorios a su adolescente sobrina, doña María Díaz de Haro. Esa intromisión fue muy criticada en aquel entonces, marcándole para siempre con el mote del “Intruso”. De nada sirvieron los pataleos y zapateados de la criatura ante la rotunda presencia de aquel hombre atado a una voz cavernosa. Era mejor no “meneallo”. Años más tarde su ninguneada sobrinita le daría “pal pelo” fundando Bilbao, esta vez sí, con todas las de la ley.


Dos procesos fundacionales
Este ricohombre riojano, fundó la villa de Bilbao tal que un 15 de junio del año 1300. Con anterioridad ya existían edificaciones en aquellos pagos en los que los pescadores y una agricultura minifundista muy propia de la tierra vasca daban lo que daban de si en un bucólico paisaje donde el mar maridaba perfectamente con los inmensos bosques locales salpicados de algunas ferrerías por aquí y por allá. Para tomar potes y txiquitos, ya existían en aquel “Bocho” embrionario Artecalle, Somera y Tendería.

Abrió puertas en el Cantábrico para acercarse a los mercados flamencos y a la embrionaria Liga Hanseática en sus albores


Una década después tras el fallecimiento de este hombretón, María Díaz de Haro, la otrora legítima sucesora, refundó la ciudad haciendo uso de la carta privilegio y con la misma pieza jurídica que se usó en la ceremonia de entronización cuando Don Diego le “levantó” sus derechos sucesorios a la angelical criatura. En dicha carta fundacional no se hizo alusión alguna a López de Haro el usurpador por lo que puede deducirse que la Villa de Bilbao tuvo dos procesos fundacionales y una goma de borrar haciendo horas extraordinarias.
Curiosamente, a pesar de la Damnatio Memoriae (ley del olvido) aplicada con celo por su cabreada sobrinita, los nombres de ambos confluyen hoy en dos de las más importantes calles de Bilbao: la bulliciosa y transitada Gran Vía de Don Diego López de Haro y la no menos conocida María Díaz de Haro. Es de suponer que después de tanto trajín acabarían haciendo las paces.



La Gran Vía de Bilbao, hace unos pocos meses. (EFE)


La Gran Vía de Bilbao, hace unos pocos meses. (EFE)



Hay quien dice que el colmo de los colmos es doblar una esquina. A pesar de que este gentil hombre tenía más ADN de perillán que de caballero, el Señor de Bizkaia y fundador de la hoy hermosa ciudad de Bilbao, centrifugando bosques y mares a tiro de piedra de Atxuri o Indauchu, una ciudad con vitalidad a raudales, además de haberse reciclado para afrontar este incierto siglo con iniciativas industriales y de investigación de vanguardia bien diseñadas por sus emprendedores ciudadanos; no tuvo en su fundador un fiel vecino, pues este estaba haciendo horas extraordinarias igualando los hombros de los recalcitrantes sarracenos, afición a la que este arquero y espadachín era abonado de primera fila. Bien es cierto que abrió puertas en el Cantábrico para acercarse a los mercados flamencos y a la embrionaria Liga Hanseática en sus albores y que creó polos de comercio e industria que dinamizaron enormemente la economía del Señorío de Vizcaya. La verdad es que era un CEO con un par.

Y llegó la malaria

Esta figura imprescindible en la historia del Señorío, fue el impelente del desarrollo de esta riquísima ciudad (por su privilegiada situación geoestratégica con la frontera francesa a tiro de piedra). El caso, es que ni nació ni murió, ni siquiera sentó sus posaderas en Bilbao como para certificar su ciudadanía de forma fehaciente. En el Athletic lo habrían mirado con lupa para darle un abono. Durante los años que vivió, se dedicó en cuerpo y alma a arrear mandobles más allá de Sierra Morena y a la postre, paradojas de la vida, su final le llegó en el sitio de Algeciras al servicio del rey Fernando VI cuando muy probablemente una fiebre cuartana (una calentura de origen palúdico, que cada cuatro días te arrea un subidón que te deja baldado) y que hoy la conocemos como malaria, le dejaría en un inevitable decúbito supino permanente.

Total, que a este hombretón que no lo doblaba ni el Tato, un bicho del tres al cuarto lo envió al más allá de forma expeditiva y sin más preámbulos. A día de hoy, se desconoce dónde están sus restos mortales, lo que es seguro es que no están en Bilbao. Crónicas de la época decían que fue enterrado en una abadía franciscana en Burgos junto a su adorada mujer, la infanta Violante de Castilla, hija de Alfonso X el Sabio.

En su búsqueda del mito fundacional de la figura de Don Diego López de Haro, allá por el año 1895 un grupo de bilbaínos realizó una expedición a Nájera para reivindicar los restos del su bien amado fundador, pero todo fue en vano. El López de Haro allí enterrado no concordaba con los datos que obraban entre los miembros de esta sociedad vascongada de amigos del país y además le faltaban más de 20 centímetros para dar la talla. Al final, los exploradores vasquitos del pasado, se cepillaron unas cuantas barricas de los caldos locales y se volvieron por donde habían venido haciendo unas eses muy escandalosas. Afortunadamente, la Guardia Civil estaba en otros quehaceres.

En su actual ubicación en la Plaza Circular de Bilbao, a salto de rana del Casco Viejo, la memoria de Don Diego López de Haro habita en una escultura de bronce y pedestal marmóreo (muy chulo él) obra del artista Mariano Benlliure. Después de tanto trajín bélico, por fin encontró asiento en un lugar muy apropiado para tomarse unos potes y pintxos de incognito en siete calles, que está muy a mano. Era un pillin.


 
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Así frenó Franco las intenciones de EE.UU. de influir en España tras su muerte
En febrero de 1971, el enviado de Nixon, Vernon Walters, se entrevistó con el Jefe del Estado en Madrid. José J. Sanmartín, doctor en Ciencias Políticas y Sociología y profesor titular de la Universidad de Alicante, analiza en ABC los pormenores de este encuentro y su importancia para el futuro del país








Manuel P. Villatoro
Manuel P. Villatoro
12/06/2020




Aquel febrero de 1971, Madrid volvió a recuperar ese perfume a tierra de espías que había adquirido, como franja neutral, durante la Segunda Guerra Mundial. Si por entonces los cafés habían vibrado con las discusiones entre los diplomáticos de embajadas adversarias, esa jornada el escenario de la improvisada obra de teatro que protagonizaron Francisco Franco y Vernon Walters fue el Palacio de El Pardo. Poco hay que decir del primero; pero su par puede que sí necesite presentación. De complexión robusta, más de una cana y mente privilegiada, este norteamericano había arribado a la capital en nombre del presidente de los Estados Unidos con un objetivo: averiguar si habría estabilidad en el país tras la muerte del «general», como le llamaba.


«Quiero que vayas y hables con Franco sobre lo que sucederá después de él». Esta fue la tarea que, según desveló Vernon a ABC en una entrevista publicada el 25 de agosto del 2000, le encargó Richard Nixon. Y no por un capricho puntual, todo lo contrario. La relación entre ambos venía ya de lejos, así como la preocupación del estadounidense por su estado de salud. Esa inquietud, de hecho, fue recurrente en el presidente, quien, como se demuestra en una de las muchas cintas grabadas de forma secreta entre 1971 y 1973 en el Despacho Oval ( cuya transcripción se hizo pública, de forma gradual, a partir de los años 90), solía preguntar por las enfermedades que aquejaban al español: el párkinson, los problemas estomacales o los desvanecimientos. Así quedó registrado en la Conversación 517-01 del 11 de junio de 1971.

Según narró Vernon a este periódico, el encuentro se desarrolló con total normalidad. Cuando ambos estuvieron cara a cara, el que sería el director adjunto de la CIA a partir de 1972 le entregó una misiva a Franco en la que Nixon legitimaba su presencia en España. Después, el diplomático hizo una pregunta de cortesía que el Jefe del Estado obvió con desdén.

«¿Lo que le interesa realmente a su presidente es lo que acontecerá en España después de mi muerte? […] Siéntese, se lo voy a decir. Yo he creado ciertas instituciones, nadie piensa que funcionarán. Están equivocados. El Príncipe será Rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que deseen ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, por**grafía, droga y qué se yo. Habrá grandes locuras pero ninguna de ellas será fatal para España».

«Pero mi general… ¿cómo puede estar usted tan seguro?», cuestionó Vernon. «Porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país hace cuarenta años. La clase media española. Diga a su presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español, que no habrá otra guerra civil». Tal y como narró el mismo Vernon a este diario, después de esa frase se despidió. El mismo diplomático describió de forma similar el encuentro en sus memorias. Pero, para José J. Sanmartín, doctor en Ciencias Políticas y Sociología y profesor titular de la Universidad de Alicante (además de presidente de RADIX INTELLIGENTIA SOLUTIONS y Lifetime member de la American Political Science Association de EE.UU. o la International Political Science Association) ese es el problema. Que solo se suele usar su testimonio público para describir lo que ocurrió.

Según afirma a ABC, la realidad tras esta conversación es que Franco consiguió, mediante un lenguaje correcto, pero incisivo, que los Estados Unidos no se inmiscuyeran en su sucesión. El experto corrobora que los norteamericanos apoyaban al Príncipe Juan Carlos, ya seleccionado, pero añade también que el Jefe del Estado evitó que extendieran su influencia en «el primer nivel» de la política peninsular. «Se quedaron en el segundo», sentencia.

A su vez, Sanmartín, estudioso de este período de la historia y experto en temas de inteligencia y geopolítica, tiene claro que Walters, un mago del espionaje, no debería haber sido el elegido por Nixon para representar a los Estados Unidos en España. «Para Francisco Franco era determinante la posición y status de su interlocutor; si en la reunión hubiera podido participar un expresidente retirado como Eisenhower, o un ex presidente de imagen impoluta, Nixon habría conseguido más de Franco. Pero Eisenhower había fallecido en 1969, sus relaciones con Johnson no eran las mejores, y Truman no estaba en condiciones de afrontar una misión de esa envergadura. Nixon encomendó a Walters la tarea, sin considerar seriamente la alternativa -grata para el perfil jerárquico de Franco- de un General retirado y prestigioso de la Segunda Guerra Mundial», sentencia.

1-¿Por qué era tan importante para EE.UU. la sucesión de Franco?

El Gobierno de Estados Unidos prefería una España políticamente estable para evitar el peligro de infiltración soviética, vulnerabilidades en la frontera sur europea, etc. España era un país relevante en la geopolítica mediterránea de Estados Unidos. Una crisis armada en la nación podría generar la pérdida de un Estado fundamental para la tranquilidad del Mediterráneo. Franco lo sabía desde el primer momento y puso por delante el valor estratégico de España.

2-¿Cuál fue la labor de Walters en España?

Walters era un maestro en Inteligencia. Sus hombres crearon redes de captación de información en numerosos países; España fue uno de ellos. Desde su atalaya en París, Walters también obtenía información de la oposición antifranquista, por ejemplo. Sus agentes también recibían datos precisos desde los grupos y las organizaciones de exiliados españoles en Iberoamérica, por ejemplo. La originalidad de Walters es que reunía toda esa información confomando un formidable puzzle de datos, nombres, expectativas, orientaciones, etc. De esta forma, Walters podía reportar (su forma preferida era de manera hablada, dejando por escrito lo mínimo posible) a sus superiores y a las máximas autoridades en Washington. De ahí viene su ascenso al pináculo del asesoramiento aulico: Walters llegaba donde otros ni siquiera accedían. Su nivel de información era alto.

Era un todoterreno que podía responder preguntas imposibles y resolver problemas irresolubles. Sus contactos a nivel internacional se basaban en el intercambio de favores incluso entre aparentes adversarios. La información era básica en esos procesos de retroalimentación. Walters ponía precio a su información: más y mejor información. El sólo negociaba con quien podía “pagar” a Estados Unidos con información valiosa. La información sensible no es gratis.


Walters


Walters


«El Gobierno de Estados Unidos prefería una España políticamente estable para evitar el peligro de infiltración soviética»



3-¿Cómo fue la visita secreta que mantuvo con Franco?


En realidad, la visita no fue tan secreta. Walters era astuto; basaba su habilidad como espía en serlo… y aparentarlo. Tenía dotes para la vida social, calculado sentido de humor, era locuaz (aunque diestro para hablar sin decir), intoxicaba con datos aparentemente deslizados por error (que, de facto, estaban sabiamente administrados), iniciaba conversaciones sensibles entre aliados y/o antagonistas para inmediatamente marcharse Walters de la charla (dejando a los contertulios hablando del tema que interesaba al norteamericano…y a sus agentes allí cerca), etc.

Los testimonios que tenemos sobre ese encuentro con Franco en 1971 son el relato del propio Walters, comentarios de españoles, y poco más. Pero fuentes norteamericanas a las cuales Walters explicó lo ocurrido inmediatamente después indican que no hubo ninguna química entre Walters y Franco, que éste escuchó a Walters pero no concedió lo que los norteamericanos de facto querían: disponer de la máxima influencia en el proceso de relevo en la jefatura del Estado tras el óbito de Franco. Ese era el objetivo de Nixon; que la España post-Franco tuviese una impronta más norteamericana.

Franco dejó claro –con su lenguaje político- que se trataba de un asunto interno español. A las manifestaciones de Walters sobre la disposición de ayuda por parte norteamericana en ese proceso, Franco respondía que España tendría estabilidad y que el Príncipe cumpliría su deber. Retórica de protocolo.








4-¿Mantuvo otras visitas con Franco o con otros miembros del gobierno en España?

Sí. Walters se reunió con dirigentes del régimen, pero no sólo con ministros sino también con altos mandos militares, de Inteligencia, empresarios, etc. Su trato con la Inteligencia del Estado no fue como Walters esperaba. Sus agentes y colaboradores -no todos estadounidenses- interactuaban con miembros cualificados de la oposición. En privado, el norteamericano hizo valer la capacidad de información de que disponía, pero descubrió que los españoles tenían infiltrados en numerosos ámbitos (incluso en el entorno más próximo de don Juan de Borbón), que les informaban puntualmente. Comprendió que dentro del régimen había simpatía hacia Estados Unidos pero que ese factor era secundario.

La cultura de la estabilidad política constituía un activo vinculante también para moderados como Gregorio López-Bravo o Laureano López Rodó. La comunicación con Carrero Blanco no fue productiva para Walters. El Almirante era leal a Franco, y no filtraba información (salvo la que interesaba al régimen).


«EE.UU. quería disponer de la máxima influencia en el proceso de relevo en la jefatura del Estado tras el óbito de Franco»


5-¿Llegó a algún acuerdo con Franco o su trabajo fue solo de «cartero» de Nixon?


No hubo acuerdo efectivo. A lo sumo una entente más o menos difusa, más o menos concreta. Franco dio una larga pasada (escuetamente expresada). Buenos deseos. El Jefe del Estado español no admitía que nadie le marcase los tiempos. Nixon cometió un error al enviar como emisario en 1971 a un militar de menor grado que Franco. El respeto que Franco profesó sólo dos años antes a Charles de Gaulle fue genuino y sincero. La reunión con el estadista francés resultó positiva. Pero Walters escuchó el dictado de Franco basado en respuestas lacónicas y generalistas. La única certeza es que don Juan Carlos sería Rey (algo evidente ya entonces), porque no había alternativa (mensaje subliminal de Franco a Walters por su información procedente de la oposición antifranquista).

La democracia a qué aludió Franco estaba más cerca de la idea orgánica de la misma, que del sistema constitucional y liberal de Europa Occidental, pero el Jefe del Estado dejó ese matiz en el aire deliberadamente. Franco tenía un guion de estabilidad y futuro para España, del que no se apartaba. Importante: no concedió a Walters ningún tipo de garantía de preeminencia para los norteamericanos en la situación política española. Nixon envió a Walters a la vista de los magros resultados logrados por el embajador estadounidense ante Franco. Walters captó las cargas de profundidad que Franco le lanzó. Y se retiró asumiendo que no había logrado la misión encargada por Nixon.








6-¿Era un político, un espía, un diplomático o todo a la vez?

Era una persona inteligente y extremadamente manipuladora. Capaz de construir una narrativa atrayente –y coherente- para posiciones opuestas entre sí. Una rara habilidad. Sabía ponerse en el lugar del otro, intentaba pensar y actuar como el enemigo, adversario o dirigente al que tuviese que derrotar, ganar o captar. No lo consiguió con Franco y, probablemente, tampoco con Nixon, que fue el único Presidente que realmente logró dirigirle. De hecho, Walters le consideró uno de los Presidentes más inteligentes a los que sirvió.

Walters sobre todo era un espía de origen militar pero con estructura mental de outsider. Sin embargo, su prioridad absoluta era servir a su país y a su Gobierno. No se detenía ante nada para conseguirlo. Su sentido de humor, su simpatía natural, su gusto por las anécdotas, su encantadora conversación, todo quedaba en un segundo plano ante la imperiosa necesidad de cumplir un objetivo. Walters era un operativo.


«Era una persona inteligente y extremadamente manipuladora. Capaz de construir una narrativa atrayente –y coherente- para posiciones opuestas entre sí. Una rara habilidad»



Para él los analistas trabajan para los operativos, pero éstos quedan obligados a conocer y dominar cada fibra de su misión. Walters se documentaba de forma exhaustiva sobre sus objetivos (una reunión gubernamental, una operación encubierta, un encuentro diplomático, etc.), y valoraba que los mandatarios del país también lo hiciesen. Sorprendía a sus aliados y oponentes con un dominio absoluto de materias propias de sus organizaciones, Gobiernos y países.

Sin formación elevada, Walters leía de forma abundante y meticulosa. Sin grado militar superior, ascendió por méritos en la escala de poder en Inteligencia. Hechos. Logros. Cuanta más información, mejor la operación. La operatividad, lo primero.


 

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