Cuadernos de Historia (1 Viewer)

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La despiadada asesina que envenenó a un centenar de personas arrastrada por la codicia
‘La Buena Mie’, apodada así por su abnegado apoyo a sus vecinos, llegó a matar a 27 personas en el siglo XIX en los Países Bajos



ISABEL FERRER
La Haya 1 MAY 2020



Maria Catherina Swanenburg, 'la Buena Mie', asesinó al menos a 27 personas en los Países Bajos.


Maria Catherina Swanenburg, 'la Buena Mie', asesinó al menos a 27 personas en los Países Bajos. EL PÁIS


En el diccionario digital del Instituto Histórico de los Países Bajos dedicado a sus mujeres notables aparece un personaje siniestro: Maria Catherina Swanenburg, nacida en la pobreza en 1839 y fallecida en 1915 en la cárcel, a los 76 años. Casada y madre de nueve hijos, de los cuales murieron seis, trabajó de lavandera y cuidadora de niños y enfermos, ganándose el apodo de Goeie Mie, algo así como la Buena Mie. Pero tras este dulce apodo, la que también fue conocida como La envenenadora de Leiden, su villa natal, se escondía una doble vida con un reverso macabro: fue una de las mayores asesinas en serie del mundo.

Eficaz, metódica y reincidente, los documentos históricos no alcanzan a precisar cuántas vidas llegó a cercenar. En los archivos de la localidad donde nació y vivió quedó reflejado que "entre 1879 y 1881 envenenó con arsénico a más de un centenar de vecinos, de los cuales perecieron 27". De ellos, 16 eran de su entorno familiar. Su abogado intentó salvarla asegurando que su clienta era "una aberración de la naturaleza", pero los informes médicos concluyeron que actuó en pleno uso de sus facultades. Fue condenada a cadena perpetua. Aunque ella nunca explicó qué la llevó a cometer estos actos, sí suplicó al tribunal "un castigo misericordioso". Pero murió sin haber logrado la revisión de su caso.

Maria Catherina Swanenburg nació en el seno de una familia humilde de 12 hermanos, de los que solo cinco alcanzaron la edad adulta. Lo poco que ganaba su padre trabajando de sol a sol no daba para más que unas patatas y la malnutrición crónica se apoderó de los pequeños. Esa miseria pudo haber sido determinante para que la pequeña Maria se transformara en la Buena Mie. El tribunal que la juzgo en 1885 concluyó que sus desmanes habían sido fruto de su ambición. Pero no halló explicación alguna para otras muertes: la de una cuñada y un primo, además de una tía. Incluso acabó con la vida de un grupo de asistentes a un funeral, y también con la de dos hermanas que cuidaba a cambio de un pequeño estipendio.

Los historiadores sospechan que en su huida de la miseria perdió el control, porque si bien asesinó en ocasiones para eludir sus deudas, se especializó en cobrar los seguros de funeral de los afectados que ella misma había suscrito. Ese tipo de arreglo era una práctica corriente en la época, y mientras se pagaran las primas mensuales, no había problemas de titularidad. De este modo, obtuvo entre 2.000 y 3.000 florines, una cifra fabulosa en el siglo XIX
Seguramente nadie se podía imaginar que aquella mujer, de aspecto bondadoso pero de gesto serio, ataviada con una cofia, delantal y zuecos de madera, pudiera completar aquel expediente criminal que comenzó en 1883 y que se le facilitó un compuesto que podía adquirir por tan solo unos décimos de florín.

Maria Catherina Swanenburg usó por primera vez el arsénico para acabar con el matrimonio formado por Hendrik Frankhuizen, su esposa, Maria van der Linden, y su hijo pequeño. La autopsia reveló que la madre y el niño perecieron por culpa de este poderoso veneno que provoca vómitos y diarrea en cuestión de minutos y se utilizaba para combatir las plagas de parásitos y ratones. El padre murió poco después en medio de grandes dolores, pero tuvo tiempo de acudir tambaleándose al médico con síntomas evidentes de intoxicación. La propia policía pudo comprobar durante las investigaciones lo fácil y barato que era adquirir el compuesto.

El proceso contra la Buena Mie mantuvo en vilo al país. La clave de la muerte de los Frankhuizen fue un puré que ella preparó cuando no estaban en el domicilio. Una vecina fue testigo clave al verla entrar en la casa de los finados. La despiadada asesina cambió varias veces de versión sobre lo ocurrido y sus motivaciones. Primero dijo que había echado cloro en la comida para que sus víctimas dejaran de lamentarse por una deuda que arrastraban. Después alegó haber rechazado proposiciones deshonestas por parte del marido, pero la policía desmontó fácilmente ambas excusas. Al final, admitió el triple asesinato asegurando que perdió la razón y había bebido. Pero nadie la creyó. A partir de entonces, se destapó una asombrosa cadena de envenenamientos que requirieron diversas exhumaciones de cadáveres, y unos precisos análisis químicos, que sentaron las bases de la ciencia forense nacional.

La asesina en serie se sentó en el banquillo el 23 de abril de 1885. Para entonces la prensa nacional ya había diseccionado sus horrores por entregas, desvelando casi a diario sus andanzas. Tal fue la expectación que los dibujos realizados en la sala de vistas salieron a la venta. La acusada no mostró arrepentimiento por sus crímenes. Fue tachada de monstruo y no mostró arrepentimiento ninguno. Condenada a cadena perpetua, su defensor acabó proclamando que "nunca hubo un acusado más inhumano que ella". En ese tiempo su marido logró la anulación del matrimonio.

La Buena Mie murió en la prisión de Gorinchem, cerca de Róterdam, y fue inhumada en el cementerio católico de la ciudad. En Leiden todavía se la recuerda con horror. Sin embargo, una placa con su nombre luce en la calle donde nació.






 

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Cinco errores históricos habituales sobre la Antigüedad: ni César fue emperador, ni Cleopatra era egipcia
La propia idea de que fueron 300 espartanos los que frenaron en el paso de las Termópilas a un ejército de más de 80.000 persas forma parte de un mito


La historia es un lugar repleto de recovecos, donde algunos personajes y hechos históricos se esconden detrás de mitos, leyendas y relatos simplificados. La necesidad de adaptar el pasado a las necesidades del presente obliga, en muchos casos, a retorcer los hechos a conveniencia. Encajarlos en unos términos que todos podamos comprender y que se adapten a las necesidades políticas. Por no hablar de los meros errores clavados en el imaginario... Esos que alimentan las preguntas más traicioneras del Trivial y los juegos de preguntas. ¿Cuál es la capital de Australia? ¿Cuál fue el primer emperador de Roma? ¿De dónde era la dinastía de Cleopatra?

El mito de las Termópilas
El cine ha contribuido a popularizar en los últimos años a los espartanos, la más belicoso de las ciudades estado de la Antigua grecia, a través de la batalla de las Termópilas. Este combate mitificado a lo largo de los siglos entre un pequeño grupo de espartanos y un multitudinario número de persas ha sido objeto de diversas modificaciones para encajarlo en las necesidades políticas de cada época. Occidente contra Oriente. La inteligencia frente a la fuerza bruta. El hombre libre y la democracia contra los bárbaros esclavizados…




Leónidas en las Termópilas, por Jacques-Louis David


Leónidas en las Termópilas, por Jacques-Louis David



Reinvenciones del pasado que, para empezar, ignoran la presencia de 300 ilotas masacrados junto a sus 300 amos espartanos. La sociedad espartana poco podía reprochar al rey persa en cuanto al tema de la libertad. Los esclavos ilotas sustentaban la economía espartana y los acompañaban a la batalla en calidad de asistentes. Plantaban las tiendas, cargaban los equipos, cocinaban, buscaban el agua e incluso cuidaban de las armas de los espartanos. La democracia, en realidad, era una rara costumbre ateniense.

La propia idea de que fueron 300 espartanos los que frenaron en el paso de las Termópilas a un ejército de más de 80.000 persas forma parte de la exageración. Los espartanos del Rey Leónidas no fueron los únicos que se saltaron las restricciones que marcaban las festividades religiosas y que impidieron una movilización mayor de hoplitas para luchar contra Jerjes. Además de sus respectivos esclavos ilotas, los espartanos contaban en sus filas con 2.120 arcadios, 400 corintios, 200 de Fliunte, 80 de Micenas, 700 tespios, 400 tebanos, 1.000 focenses y 1.000 locrios opuntios.

El poeta tebano Píndaro comentó que en Artemisio fue «donde los hijos de Atenas colocaron la primera piedra de la libertad» y no con el sacrificio de los 300.
Las Termópilas tuvo un escaso valor estratégico dentro de aquel intento de invasión persa. Lejos de convertirse en un sacrificio que conmovió a los griegos e impulsó el contraataque, como afirma la leyenda, en realidad los propios helenos comentan en sus textos que fue una derrota demasiado rápida e inesperada. La resistencia de Leónidas solo retrasó dos días el avance persa, a pesar de que la idea original era hacerlo durante varias semanas como mínimo.

Algo parecido ocurrió con la batalla naval de Artemisio, donde la resistencia griega apenas duró tres días, aunque en este caso los persas perdieron cientos de barcos. El poeta tebano Píndaro comentó que en Artemisio fue «donde los hijos de Atenas colocaron la primera piedra de la libertad» y no con el sacrificio de los 300. Al día siguiente de las Termópilas, la Grecia central quedó a merced de los persas. El plan de la Liga Helénica había fracasado casi antes de empezar, por lo que los helenos procedieron a evacuar Ática y Beocia. Un ejército griego se concentró en el ismo de Corinto bajo el mando del hermano de Leónidas, Cleómbroto, y empezaron a construir un muro fortificado para contener al enemigo en su avance. El fracaso de Leónidas obligaba a asumir decisiones drásticas y a mirar al mar como única esperanza.


Alejandro no era griego (para los atenienses)
Lo que hoy conocemos como Antigua Grecia fue, en realidad, un conjunto de ciudades estado con distintas particularidades y estructuras políticas, desde democracias a monarquías duales como la espartana, que dieron lugar a la cultura que conocemos como helenística. La legislación, la forma de gobierno y la concepción social podía variar profundamente en cuestión de pocos kilómetros, de modo que la visión que hoy interpretamos como puramente griega era solo la de Atena, de la que se conservan la mayoría de fuentes.




Alejandro y Aristóteles. El notable filósofo se ocupó de la formación intelectual del macedonio.


Alejandro y Aristóteles. El notable filósofo se ocupó de la formación intelectual del macedonio.



El reino de Macedonia, donde nació el griego más universal, Alejandro Magno, era considerado en la Antigüedad un territorio de bárbaros y extranjeros. Atenas, Esparta, Tebas y otras ciudades estado helenas se negaban a aceptar que lo que hoy forma parte de la Grecia histórica estuviera habitado por pueblos hermanos. Bajo el ideal griego impuesto por Atenas, que tenía una democracia e incluso su propio variante del griego, los macedonios estaban lejos de ser parte de la pandilla... A pesar de que la dinastía Argéada presumió de tener un origen tebano y abrió su corte a la presencia de artistas e intelectuales de influencia ateniense, jamás fueron completamente aceptados como helenos. La acusación de bárbaros nunca abandonó del todo a Filipo II y a su hijo Alejandro, quienes más hicieron por perpetuar en Asia la cultura griega.

El propio Aristóteles, tutor de Alejandro Magno, se vio privado de acceder a la dirección de la Academia de Atenas por su condición de macedonio y, a la muerte de su discípulo, en el año 323, fue llevado a los tribunales atenienses acusado de impiedad contra los dioses durante una oleada de odio hacia los «bárbaros» del norte. Temiendo acabar igual que Sócrates, Aristóteles huyó a la vecina isla de Eubea y allí murió un año más tarde de muerte natural.

A falta de fuentes directas sobre este aspecto, es imposible determinar cuál fue la naturaleza exacta de la vinculación del macedonio con estos supuestos amantes

Otro dato de Alejandro que incurre en un gran número de errores y leyendas es su condición sexual. En la película que Oliver Stonerealizó en 2004 sobre el conquistador macedonio se presenta a Alejandro como alguien abiertamente bisexual (sobre todo en la versión extendida). De su biografía conocida se desprende que se casó con varias princesas de los territorios persas que conquistó (Roxana, Barsine-Estatira y Parysatis) y fue padre de al menos dos niños. Los relatos históricos que describen las relaciones sexuales de Alejandro con Hefestión –amigo de la infancia del macedonio– y Bagoas –un eunuco con el cual Darío III había intimado y que luego pasó a propiedad del conquistador– fueron escritos siglos después de su muerte.

A falta de fuentes directas sobre este aspecto, es imposible determinar cuál fue la naturaleza exacta de la vinculación del macedonio con estos supuestos amantes, pero, de haberse producido con Hefestión, hubiera sido obligatoria mantenerla con discreción puesto que se trataba del tipo de homosexualidad entre adultos que estaba estigmatizada en Grecia. No así la mantenida con un esclavo como Bagoas. Las relaciones entre hombres adultos de estatus social comparable, no así con esclavos o con menores (en un tipo de relación muy concreta de discípulo-maestro), iban acompañadas de estigmatización social dada la importancia de la masculinidad en las sociedades griegas. La única excepción de normalidad social en estos casos se daba en antiguas relaciones pederastas que habían alcanzado la edad adulta.


¿Era democrática la democracia ateniense?
Se suele atribuir a los atenienses que inventaran el concepto de la Democracia (aunque la investigación antropológica sugiere que las formas democráticas probablemente eran común en las sociedades sin estado antes del surgimiento de Atenas) y que incluso intentaran exportarlo a otras ciudades durante su edad dorada, pero las singularidades e imperfecciones de este precario sistema político hacen que hoy en día sea imposible considerarlo una democracia plena o algo compatible con lo que hoy entendemos como democracia representativa. Lo de Atenas era, en realidad, una oligarquía que marginaba de la toma de decisiones a la gran mayoría de la población.



La escuela de Atenas, fresco de Rafael (1509-1510


La escuela de Atenas, fresco de Rafael (1509-1510



Si bien la palabra griega «democracia» significa literalmente «el gobierno del pueblo», este gobierno era una asamblea de unos pocos ciudadanos. Quedaban excluidos las mujeres, los esclavos, los menores y los extranjeros (considerándose un extranjero, sin ir más lejos, a alguien procedente de otra ciudad-estado griego). Y dado que la mayor parte de la población estaba formada por esclavos y mujeres, la democracia ateniense guardaba pocas similitudes con la democracia moderna, íntimamente vinculada a la abolición de la esclavitud y a la lucha por lograr la igualdad de todos los ciudadanos.

Pero incluso asumiendo que se trataban de unos pocos quienes tenía derecho a asistir a esta asamblea del pueblo, la Ekklesía, la inmensa mayoría de éstos no tomaba la palabra jamás o directamente no asistía. Como en cualquier reunión multitudinaria, una minoría hiperparticipativa era finalmente quien determinaba la agenda y el rumbo del proceso político. Creer, además, que los ciudadanos atenienses hablaban y votaban pensando en el bien común, en lugar de defender intereses personales o grupales como sus modernos equivalentes, pertenece al terreno de la ingenuidad más absoluta.

La capacidad de decidir de estos líderes electos, organizados en una especie de senado o consejo, era muy limitada, dado que los atenienses consideraban que dar el poder a los representantes era retirárselo al pueblo
Otra de las peculiaridades de la democracia ateniense, que puede resultar especialmente chocante hoy en día, es que la selección de representantes públicos se tomaba por sorteo. No obstante, la capacidad de decidir de estos líderes electos, organizados en una especie de senado o consejo, era muy limitada, dado que los atenienses consideraban que dar el poder a los representantes era retirárselo al pueblo. Asimismo, existían pocos mecanismos de control del poder sobre esta asamblea, con la notable excepción de un recurso legal llamado «graphe paranomon» (también votado por la asamblea), que hacía ilegal aprobar una ley que era contraria a otra.

Posteriormente, la República Romana también adoptó algunos de los elementos típicos de una democracia. Elegía a sus dirigentes y aprobaba leyes mediante asambleas populares. Sin embargo, el sistema estaba manipulado de base para que las grandes familias de la aristocracia romana se repartieran los puestos de poder y las ventajas políticas.


Cleopatra, gran símbolo del Egipto Antiguo
Resulta bastante habitual escuchar que Cleopatra no sería hoy considerada una persona atractiva físicamente debido a que su belleza egipcia, con una enorme nariz, no se adecua a los cánones modernos. Y es muy posible, como le ocurre a tantos personajes históricos que sea cierto, pero el fallo de base es considerar a Cleopatra como representativa del mundo egipcio. La egipcia más famosa de la historia era, como su familia, de sangre macedonia y suponía en el país africano una minoría racial y cuultural.



Escultura romana de Cleopatra con una diadema real, de mediados del siglo I a. C.


Escultura romana de Cleopatra con una diadema real, de mediados del siglo I a. C.



Lejos de los gloriosos siglos en los que se construyeron las pirámides, Alejandro Magno arrebató Egipto a los persas en el año 331 a. C y uno de sus generales predilectos, Ptolomeo, nacido en Macedonia, logró implantar aquí su propio imperio a la muerte del conquistador. Durante la llamada Guerra de los Diádocos (o los Sucesores), se enfrentaron entre sí los generales del conquistadores en un brutal conflicto, donde tres dinastías lograron perpetuarse en el tiempo: la fundada por Ptolomeo en Egipto, la que estableció Antígono y su hijo en Grecia, y la que Seleuco sembró en el corazón de Asia hasta su destrucción por los romanos siglos después.

La dinastía de los Ptolomeos gobernó Egipto durante casi tres siglos. Cuando Julio César llegó a la tierra de los faraones se vio inmerso en la pelea por el trono entre Cleopatra VII y Ptolomeo XIII, a la vez hermanos y esposos. Cleopatra era una mujer de enorme atractivo, pero sobre todo inteligente y de gran encanto. Supo atraer a su lecho al romano y pudo recuperar con su ayuda el trono, de manera que Ptolomeo XIII fue eliminado de la ecuación. Así y todo, Cleopatra, que vivía a medio camino entre Oriente y Occidente, supo también sobrevivir al asesinato de su protector. Con Marco Antonio, uno de los generales de Julio César, viviría una nueva historia de amor que derivaría en otra tragedia griega.

A su muerte, Egipto pasaría a ser una provincia más de Roma.


Julio César no fue el primer emperador
Es una de esas preguntas del trivial que más falla la gente que no está familiarizada con la Antigüedad. Julio César no fue el primer emperador de Roma. El político romano tuvo una carrera pública bastante convencional. Tras la muerte del dictador Sila, que recelaba de Julio César por sus lazos familiares con Cayo Mario, el joven patricio ejerció por un tiempo la abogacía y fue pasando por distintos cargos políticos.

En 70 a.C., César sirvió como cuestor en la provincia de Hispania y luego como edil curul en Roma. Dado a endeudarse para ganarse la simpatías del pueblo, la generosidad de Julio César se hizo famosa en la ciudad y le permitió en 63 a.C. ser elegido praetor urbanus al obtener más votos que el resto de candidatos a la pretura. Valiéndose de su amistad con Marco Licinio Craso y su creciente prestigio, formó parte en el 60 a. C. del Primer Triunvirato y ejerció como cónsul. Durante siete años, el carismático Julio César, el millonario Craso y el prestigioso Pompeyo se alternaron en los principales puestos de poder de la República romana. El pacto funcionó razonablemente bien hasta que las ambiciones de César y la muerte de Craso en una demencial incursión contra los partos rompió el equilibrio.



Muerte de César, de Carl Theodor von Piloty.


Muerte de César, de Carl Theodor von Piloty.



Los partidarios de Julio César, convertido en un héroe de la República tras la conquista de las Galias, y los de Pompeyo El Grande se enfrentaron en la segunda de las tres guerras civiles que sellaron el periodo republicano Con su victoria sobre Pompeyo, Julio César se convirtió en dictator rei publicae constituendae («dictador para el restablecimiento de la República»), un cargo que se ejercía tradicionalmente por tiempo limitado en situaciones en las que Roma debía enfrentarse a una situación extrema. César, sin embargo, no estaba dispuesto a soltar el poder tan fácilmente como tantas veces criticó a Sila.

Octavio pasó a titularse con el paso de los años Augusto (traducido en algo aproximado a consagrado), que sin llevar aparejada ninguna magistratura concreta se refería al carácter sagrado del hijo del divino César.
La benevolencia mostrada por el dictador, que no solo perdonó la vida a la mayoría de los senadores que se habían enfrentado contra él durante la guerra sino que incluso les otorgó puestos políticos, se reveló con el tiempo como un error político de bulto. La mayoría de los 60 senadores implicados en su asesinato en el año 44 a.C. habían sido amnistiados previamente por el dictador. Ni la gratitud ni la amistad disuadieron a los conspiradores de sus intenciones en los Idus de Marzo, que afirmaron haber matado al tirano por salvaguardar la República y evitar que César la convirtiera en una monarquía. Y, sin embargo, solo consiguieron acelerar la caída de una institución que llevaba un siglo tambaleándose.

Desde que se hizo público el testamento, el sobrino nieto de Julio César, Octavio, de 18 años, asumió el papel de hijo adoptivo del dictador y cambió su nombre por el de Cayo Julio César Octaviano. Al principio, combatió junto al Senado y varios de los conspiradores contra Marco Antonio, que no tardó en atraer a su bando a las legiones que todavía eran fieles a la memoria de Julio César. No en vano, Cayo Julio César Octaviano terminó uniéndose a Antonio y a Lépido, otro de los fieles de Julio César, para formar el segundo Triunvirato y dar caza a los asesinos de los idus de marzo. En el plazo de tres años, prácticamente todos los conspiradores fueron ajusticiados sin que observaran ni la más leve sombra de la famosa clemencia del tirano al que tanto se habían afanado en eliminar.

Octaviano pasó a titularse con el paso de los años Augusto (traducido en algo aproximado a consagrado), que sin llevar aparejada ninguna magistratura concreta se refería al carácter sagrado del hijo del divino César, adquiriendo ambos una consideración que iba más allá de lo mortal. En ningún momento se nombró Emperador (Imperator era un título dado a un general victorioso), ni tampoco lo necesitó, Augusto creó un sistema que cambió profundamente la historia de Europa a través de un programa de obras públicas, plasmado en su mítica de frase de «encontré una ciudad de ladrillo y dejé una de mármol». El princeps estabilizó la política local, financió el arte y la literatura y estableció una estrategia defensiva en las fronteras del imperio que permitieron casi dos siglos de calma.

Con buena parte del ejército bajo su control directo, con una gran fortuna y hasta consideración sagrada, Augusto legó a sus descendiente la cabeza del Imperio romano. Él, y no su tío, fue el verdadero primer emperador.

 
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Los secretos de cama más vergonzosos del cincuentón Mussolini, desvelados por su joven amante
En 2009 salieron a la luz las memorias de una Clara Petacci que definía a «Il Duce» como un obseso sexual y un adúltero








Manuel P. VillatoroSEGUIRActualizado:04/05/2020


Cuando Clara Petacci vino a este mundo, allá por el 28 de febrero de 1912, el casi treintañero Benito Mussolini pasaba sus días en la prisión de Forli por haber participado en una manifestación violenta contra la guerra que Italia mantenía frente el Imperio Otomano. Y es que, desde el principio de sus días políticos, «Il Duce» fue un defensor de la brutalidad como forma de escalar a nivel político y defender sus ideas. Nadie podía imaginar por entonces que, dos décadas después, ambos se convertirían en amantes y mantendrían una relación de 13 años que culminó cuando fueron fusilados y colgados boca abajo el 28 de abril de 1945.

Una relación tan extensa dio para mucho. A Clara, sin ir más lejos, le permitió escribir un diario entre 1932 y 1938 (antes de la Segunda Guerra Mundial) en el que narró, de forma pormenorizada, los secretos más íntimos del líder fascista. La obra, tildada de falacia por Alessandra Mussolini, nieta del dictador y reconocida política en su país, fue controvertida cuanto menos. Tal y como explica la versión digital de la BBC, en las hojas de «Claretta Petacci, Mussolini Secreto», se hablaba de «Il Duce» como un hombre que mostraba un apetito sexual voraz y que, entre otras tantas excentricidades, estaba obsesionado por personajes tan megalómanos como el mismo Napoleón Bonaparte.


Extraña relación
Mussolini y Clara se conocieron en un momento que no podía ser peor para ambos. Fue en 1932, cuando «Il Duce» ya atesoraba una década como líder supremo de Italia y rondaba las 49 primaveras sobre sus anchos hombros. Tal y como explica el historiador Richard J. B. Bosworth, autor de una biografía sobre Petacci, en declaraciones a la BBC, su primer encuentro fue casual y se dio cuando el dictador estaba casado con Rachele Guido (con la que había tenido cinco hijos) y ella tenía pareja. De hecho, aquella jornada, en Ostia, a la joven le temblaban las piernas cuando se bajó del vehículo en el que viajaba para saludar al que, a la postre, sería su amante. «Pérdoneme Duce, soy Clara Petacci, y este es mi novio...».

Lo que sucedió a partir de entonces roza el surrealismo. Clara, una joven a la que la escritora Diane Ducret define como «una chica de preciosas curvas, tez clara, ojos melancólicos y pecho opulento» se dejó llevar por aquel enamoramiento. Sus padres, como bien señala el experto, favorecieron aquella relación fuera del matrimonio a pesar de que era religiosos en extremo. «Ella venía de una familia romana burguesa. Su padre formaba parte del equipo médico del Papa Pío XI y también dirigía una clínica para la clase alta en Roma. Su madre era muy católica y era raro verla sin un rosario en la mano», añade el experto en declaraciones a la misma revista.








El 29 de abril de 1932 mantuvieron el primero de los muchos encuentros platónicos que mantuvieron durante meses. Durante aquellos días Clara insistía en hablar con Mussolini por teléfono. Casi estaba obsesionada con él. «Il Duce», por su parte, se limitaba a negar que ambos fueran algo más que amigos a pesar de sus relaciones íntimas. Es muy probable que eso fuera lo que llevó a la joven a contraer matrimonio con Ricardo Federicci el 27 de junio de 1934 en la iglesia de San Marco. Para su suerte, apenas dos años después se separaron. Benito no pudo esperar y, poco después de enterarse de la noticia, le pidió que se convirtiera en su amante. Justo después de conquistar Etiopía, se hizo también con el cariño de la chica.

Obsesionado con la virilidad
En los diarios que Petacci escribió entre 1932 y 1938 mostró, sin pretenderlo, el lado más vergonzoso y oscuro de Mussolini. La joven le definió como un hombre con un gran apetito sexual que no dudaba en presumir de las muchas amantes que atesoraba. «Hubo un tiempo en que tenía a 14 mujeres y tomaba a tres o cuatro todas las noches, una tras otra», le desveló en una ocasión. Aunque, cuando soltaba alguna de estas fanfarronadas, solía recordarle rápidamente que, desde aquel feliz día de 1936, ella era la única que había en su harén. Una falsedad tan gigantesca como la ingente cantidad de pelas que hubo entre ambos por los celos de «Ricitos», como la conocían.

La obsesión de Mussolini por el s*x* ha sido recogida por historiadores como Álvaro Lozano. En «Mussolini y el fascismo italiano», este experto español recalca que la virilidad sexual no era algo que «Il Duce» escondiera, sino que era una parte esencial de su imagen. «Las mujeres eran consideradas presas a las que tomaba de forma casi brutal en su casa de la via Rastella, arrastrándolas por el suelo con frecuencia y sin quitarse los zapatos o los pantalones», desvela. El autor añade incluso que «adoraba que oliesen a sudor» y que él mismo evitaba lavarse tras mantener relaciones. «Prefería rociarse con agua de colonia», incide.


Los diarios de Petacci suponen la corroboración de este Mussoloni casi bárbaro. En sus múltiples anotaciones, la joven se jactaba de que ambos retozaban en la cama durante horas, hasta que a su vetusto amante le «dolía el corazón». Aunque solo paraban el tiempo justo para que recobrase fuerzas y volviese a la carga de nuevo. «Lo beso y hacemos el amor con tanta furia que sus gritos parecen los de un animal herido», desvelaba en otra ocasión. Para alguien como esta joven, que llevaba escribiendo cartas y poemas de amor al dictador desde los 14 años (la primera vez que se vieron le preguntó intrigada por ellos sin saber que para él no tenían importancia alguna) aquello era un sueño.

Petacci, a la que Mussolini definía como su primera concubina, se dejó encandilar por el magnetismo de aquel personaje. Lo mismo que el resto de sus amantes. Un atractivo, por cierto, que cautivó al mismísimo Winston Churchill. Así lo desveló el «premier» británico tras una visita a Italia antes de la Segunda Guerra Mundial: «No pude evitar quedar hechizado, como han quedado muchas otras personas, por el carácter dulce y el comportamiento sencillo del signor Mussolini, así como por su aplomo calmo y objetivo a pesar de tantas responsabilidades y peligros. […] Si yo hubiera sido italiano, estoy casi seguro de que habría estado a su lado». Tenía algo, vaya. Aunque ese algo fuera malvado.


E inseguro
A pesar de la ingente cantidad de amantes que atesoraba, Mussolini logró convencer a Petacci de que ella siempre había sido y sería su predilecta. Y es que temía perderla. Lo cierto es que todo parece apuntar a que así fue. No en vano, y tal y como desvela el artículo de la BBC, la chica era la única de sus amantes que tuvo una habitación propia en el Palazzo Venezia (donde residía el gobierno) y contaba con guardaespaldas y chófer propio. Al parecer, ambos solían encontrarse en misa los domingos para, a continuación, retirarse a sus habitaciones para mantener relaciones sexuales en la oficina privada de «Il Duce».

En los diarios, Clara desvela también las conversaciones de cama que mantuvo con Mussolini. Horas en las que el líder fascista le explicó, por ejemplo, que había mantenido un encuentro fugaz y erótico con la esposa del monarca Humberto II. Al parecer, ella intentó acostarse con él, pero «Il Duce» no pudo tener una erección. Tampoco dudó en desvelarle inseguridades tales como si estaría a la altura de Napoleón. El día que conoció a Adolf Hitler, en palabras de la joven, se mostró exultante. No se creía que el alemán le tuviera como a un referente y que hubiera llorado al estrecharle la mano. «Cuando me vio había lágrimas en sus ojos, realmente me aprecia mucho. Es muy agradable, una persona muy emotiva por dentro», le confesó.


 
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Así ocultó Inglaterra los abusos (y los muertos) de la todopoderosa Río Tinto Company en Huelva en 1888
Los mineros y agricultores de este pequeño pueblo protagonizaron las que se conideran las primeras manifestaciones ecologistas de la historia, después de que esta gigantesca compañía británica hubiera arruinado su vegetación y su salud, acabaron con la vida de más de cien personas, incluidos niños, mujeres y ancianos


Imagen de Rio Tinto en 1888, durante la protesta ecologista contra la gran compañía inglesa


Imagen de Rio Tinto en 1888, durante la protesta ecologista contra la gran compañía inglesa



El abuso contra los habitantes y trabajadores de la Riotinto Company Limited comenzó en 1873 y se prolongó hasta nada menos que 1954. Más de tres cuartos de siglo en los que sobrevivió a la Primera República, la Restauración borbónica, la dictadura de Primo de Rivera, la Segund República y la Guerra Civil hasta la mitad del periodo franquista. Pero, ¿qué era aquella poderosa multinacional y a quién pertenecía para que pudiera mantener a raya a los diferentes Gobiernos españoles, a pesar de los daños irreparables que causó a la región?

Todo comenzó con la arruinada presidencia de Nicolás Salmerón, que vendió por 92 millones de pesetas las famosas minas de cobre de Riotinto a un conglomerado internacional. Este constituyo la tristemente famosa compañía de origen británico que, a base de abusar y explotar a la población autóctona, cambió el aspecto socioeconómico de toda la provincia de Huelva.

Hasta ese momento, sus habitantes sobrevivían de la agricultura y la pesca, pero cuando llegaron los ingleses, dueños y gestores principales de dicha compañía, la provincia entró a formar parte de las redes de comercio internacional. Eso trajo en principio grandes beneficios y las mayores innovaciones tecnológicas de la época, tales como el ferrocarril. Pero supuso también el comienzo de una gran cantidad de problemas ecológicos, laborales y de salud para los habitantes de Riotinto y de otras muchas localidades de alrededor, como Nerva y Zalamea.

Tal fue el poder que acumuló y la capacidad para operar dentro de España con sus trabajadores, como si fuera un gobierno empresarial dentro de un gobierno nacional, que la Riotinto Company Limited llegó a establecer una especie de «Apartheid» al estilo de Sudáfrica sin que ningún poder público le afeara la conducta. Por un lado, los directivos de la multinacional llegados desde Gran Bretaña junto a otros muchos trabajadores con un perfil más técnico, que se establecieron en Bellavista, un barrio de lujo construido por ellos desde cero y separado por un muro infranqueable. Y por otro, la población y los más de 10.000 mineros que trabajaban en los yacimientos, que vivían en casas precarias, viendo cómo sus cosechas se arruinaban y su salud sufría por los humos tóxicos generados por el trabajo.


Riotinto Company Limited
La llegada de la Riotinto Company Limited, que era la mina a cielo abierto más grande del mundo, se explica dentro de un contexto internacional en el que se produjo la llegada masiva de grandes empresas extranjeras a la cuenca minera de Huelva. Era la Segunda Revolución Industrial y eso trajo mucho trabajo, puesto que la industria consumía una gran cantidad de minerales en todo el planeta. Como consecuencia de ello, las explotaciones mineras se modernizaron y expandieron por muchos sitios.

La diferencia es que esta zona ofrecía una alternativa muy valiosa para los empresarios: poseía grandes reservas de metales no férricos en un país atrasado económicamente, lo que les permitía bajar los costes de explotación y los salarios. Eso suponía un enorme ahorro y un gigantesco margen de beneficios que les permitió construirse un numeroso conjunto de casas victorianas y hasta una iglesia presbiteriana que siguen todavía en pie.

De lo que no queda rastro hoy en Riotinto es de los más de cien muertos –entre mujeres, niños y ancianos, además de trabajadores– que se dejaron la vida en la considerada primera manifestación ecológica de la historia de España. Ni tumbas, ni placas, ni monumentos a la memoria de los mineros y agricultores que se unieron para protestar, el 4 de febrero de 1888, contra las miserables condiciones de vida impuestas por los británicos y contra los estragos que causaban las fuertes emanaciones de dióxido de azufre en sus tierras y en su salud, tras la quema de minerales al aire libre.


La nube negra
La razón se encontraba el procedimiento utilizado para obtener el cobre, conocido como «cementación artificial» o «teleras». Consistía en colocar toneladas de mineral en grandes montones al aire libre y prenderlos sobre ramajes secos, tal y como se puede ver en la imagen. Esas pequeñas montañas liberaban azufre durante la combustión, para obtener el cobre puro, y una cantidad gigantesca de gases sulfurosos. Las hogueras ardían ininterrumpidamente de seis a doce meses al año, lo que lanzaba al aire unas 500 toneladas diarias de humos tóxicos.

La enorme nube negra que se formaba sobre el cielo de Riotinto, Nerva y otras aldeas cercanas, a la que popularmente llamaban «la manta», generaba unos efectos altamente perniciosos para la agricultura y para la salud de los habitantes. Mucha gente huía del pueblo en busca de aire más limpio, ya que las cosechas eran prácticamente la única fuente de riqueza de aquellos que no se dedicaban a la minería. La situación se hizo insostenible e intolerable.

El descontento pronto se extendió a otros veinte pueblos de la zona, a los que se sumó el cabreo acumulado de los mineros en lo que respecta a sus condiciones laborales: descuentos salariales, el pago por cuenta ajena del médico de la empresa, la pérdida continuada de puestos de trabajo ante la más mínima excusa (incluida la enfermedad) o la pérdida de dinero que les originaban los días de «manta», en los que solo se podía trabajar la mitad de la jornada y cobraban menos.


«Liga Antihumanista»
Los agricultores y sus partidarios llegaron a formar la «Liga Antihumanista», que criticaba los abusos cometidos por la Río Tinto Company en los procesos de la mina y exigían su sustitución por otros. Pero la empresa tenía demasiado poder, hasta el punto de establecerse como una auténtica autoridad colonial en la zona durante 81 años. Tenían a la administración bajo su protección para avalar su argumento de que, dadas las condiciones del mineral de las minas y la coyuntura internacional, no podían costear otro sistema que les diera beneficios.

El problema de las calcinaciones copó la prensa local durante 1887 y 1888. Las polémicas entre los «antihumanistas» y los defensores de la minería, a la que hacían responsable del desarrollo y la prosperidad de la zona por atraer población de fuera, eran continuas. «El aumento de población fue, en efecto, muy notable, pero el argumento esgrimido era insostenible: la población acudía a donde había trabajo, y en las minas lo había, pero la extracción y el beneficio del mineral no tenían qué ir forzosamente unidos al sistema de calcinaciones que, de hecho, estaba prohibida en todos los países del mundo, incluido en el vecino Portugal, desde 1878. Y, por supuesto, en Inglaterra», aseguraba María Dolores Ferrero, de la Universidad de Huelva, en su estudio «Los conflicto de febrero de 1888 en Riotinto. Distintas versiones de los hechos».

La suma de todos estos descontentos culminó en la famosa manifestación del 4 de febrero de 1888, que pasó a la historia como «El año de los tiros». Una masacre cuyas magnitudes, 132 años después, aún no han sido esclarecidas del todo. Pero es que no era fácil, puesto que estábamos hablando de la empresa más poderosa de España en aquella época. Una empresa que, además, había sacado de la bancarrota a la Primera República con la venta de los derechos de explotación. No convenía hacer público lo que allí había sucedido.


El Regimiento de Pavia
El 1 de febrero se inició la huelga de mineros, que fue creciendo durante los dos días posteriores. Al mismo tiempo, los agricultores afectados por el dióxido de azufre, con el pueblo de Zalamea a la cabeza, comenzaron a preparar una marcha sobre Riotinto para pedir la suspensión de las calcinaciones. El día 4, ambas manifestaciones se encontraron a la entrada de la localidad y decidieron unirse para marchar a la plaza del Ayuntamiento. Las consignas establecidas estaban claras: «¡Abajo los humos! ¡Solo queremos justicia! ¡Viva la agricultura!».

Cuando los cabecillas subieron a hablar con el alcalde para negociar, este no se atrevió a tomar ninguna decisión por las presiones que recibían de la compañía. Entonces llegó el gobernador civil de Huelva, Agustín Bravo, a poner orden. Primero se negó a que el poder local suprimiera las calcinaciones y, después, salió al balcón a increpar a los miles de manifestantes congregados. Tras él salió el teniente coronel del Regimiento de Pavía, que había llegado al pueblo ante la solicitud de refuerzos. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado.

De repente, se oyó una primera descarga sin que nadie supiera a de dónde venía ni quién había dado la orden. Luego siguieron nuevas descargas a bocajarro y, después, los agentes comenzaron a atacar con bayonetas. A los quince minutos el suelo quedó repleto de muertos y heridos. Al día siguiente, algunos diarios locales y nacionales se hicieron eco del suceso. «El Socialista», «La Provincia», «El Cronista de Sevilla», « La Época», « El Liberal», « La Iberia» y «La República», entre otros. La cifra de los que perdieron la vida variaba entre la treintena que daba el primero y los más de cincuenta del último.


«Trece cadáveres identificados y sepultados»
Según los testigos de la época, sin embargo, estos fueron entre cien y doscientos, cuyos cadáveres fueron arrojados a las escombreras o en las antiguas minas abandonadas para no dejar rastro. Y los heridos, atendidos a escondidas en las propias casas, en pésimas condiciones, por miedo a llevarlos a los hospitales. Eso fue lo que concluyó el trabajo de investigación de Alfredo Moreno Bolaños y Juan Manuel Pérez López, «Testimonios fehacientes sobre el tren de la muerte» (2008), que habla de entre 150 y 200 personas asesinadas.

«Salió el Gobernador al balcón una primera vez y preguntó a los trabajadores si estaban de acuerdo con su jornal. Contestaron que no. Volvió a salir y dijo que vería al director de las minas y que al día siguiente sabría el resultado. Los trabajadores dijeron que estaban parados hacía tres días y que deseaban saber el resultado cuanto antes. Volvió a salir una tercera vez, con el Teniente Coronel del Regimiento de Pavía y el pueblo, creyendo que iba a decir algo, se quedó callado como en misa. Después ocurrieron las desgracias”», contaría «El Socialista» días después.

El mensaje que el gobernador civil de Huelva le envió el 6 de febrero al Ministro de Gobernación en Madrid decía: «Trece cadáveres identificados y sepultados. Doce heridos reconocidos. Ningún extranjero, mujer o niño ha sido lesionado». El periódico de «La Coalición Republicana», sin embargo, detallaba. «Cuando más alegres se hallaban los manifestantes apiñados en las estrechas calles adyacentes y la plaza, en número superior a 12.000, mandaron retirar la caballería. Acto seguido, una descarga cerrada e inmensa, cuyos proyectiles barrieron aquella masa humana, puso en fuga desordenada a la multitud, que dejó en el suelo muchos cadáveres y heridos, y se atropelló por las calles, lanzando gritos de pavor y de violenta ira. ¿Quién dio la orden de fuego? Hasta ahora no se sabe. ¿Fue el gobernador? ¿Fue el jefe militar? (…) Con el testimonio de centenares de personas, podemos afirmar que los manifestantes no profirieron ni un grito subversivo, no salió de ellos una provocación ni un acto que molestase a la tropa ni a las autoridades».

Tan solo una carta al director publicada en «La Provincia» se atrevió a decir que «la manifestación de Zalamea fue de una violencia monstruosa». Las versiones de los restantes diarios coincidían en que no hubo una actitud provocadora y argumentaron que «si los propósitos hubieran sido amenazadores, los manifestantes no habrían puesto ante las balas de los soldados a mujeres y niños inocentes».

En los libros de las sentencias de la Audiencia de Huelva de 1888 hasta 1892 no había ninguna información al respecto, según las investigaciones de Ferreo. Tampoco en el Tribunal Supremo de Madrid. Las Cortes españolas apenas discutieron el incidente y se dijo que los muertos no pasaron de 14, aunque la mayoría de testimonios defiendan que estos superaron con creces el centenar. El Registro Civil de Riotinto tan solo contabilizaba trece muertos por «hemorragia externa» o «hemorragia interna».

 

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El día que los demonios tomaron la Inquisición
Un libro reúne nueve estudios sobre el asalto popular al palacio del Tribunal del Santo Oficio de Barcelona en 1820, que sentenció a la institución


CARLES GELI
Barcelona - 05 MAY 2020


El asalto al palacio de la Inquisición, según un grabado del francés Hippolyte Lecomte, del mismo 1820.


El asalto al palacio de la Inquisición, según un grabado del francés Hippolyte Lecomte, del mismo 1820.ARCHIVO HISTÓRICO DE LA CIUDAD DE BARCELONA /



“Acabadas las elecciones, los revoltosos pasaron a la casa o Palacio de la Inquisición y encontrándose la puerta cerrada subieron por los tejados y parecía que los Demonios les llevaban (...) tomaron los procesos y los esparcieron por toda Barcelona (...) Luego fueron a buscar mazos y martillos y empezaron a tirar el tribunal abajo, gritando y diciendo mil pestes y blasfemias contra el tribuna de la fe”, escribiría Joan Serrahima, prior de los carmelitas calzados de Barcelona, pocos años después de los hechos. “Tiraron a la calle los instrumentos de tortura y los quemaron, todo junto a los muebles y los documentos archivados en la terrible mansión. De aquel acto hoy nadie se acuerda; pero entonces fue un gran trueno por lo que significaba”, le contarían al periodista Rossend Llates décadas después sus bisabuelos, que lo vivieron desde la cercana calle del Bisbe.

Los dos retazos de memoria son del asalto al Palacio de la Inquisición de Barcelona hace ahora 200 años, el 10 de marzo de 1820, a los pocos días del aparente acatamiento por parte de Fernando VII de la Constitución de Cádiz en el inicio del accidentado y breve Trienio Liberal (1820-1823). Fue un eslabón de la cadena de explosiones populares anticlericales que han ido salpicando la historia de Barcelona, de sustrato parecido al que acabó generando la quema de conventos de 1835, la Setmana Tràgica de 1909 o, incluso, los incidentes contra la Iglesia en los inicios de la Guerra Civil en 1936.

Las relaciones de los catalanes con la Inquisición nunca fueron muy buenas, como se comprobó con la llegada del primer inquisidor, Fra Alonso de la Espina, el 5 de julio de 1487, impuesto por la Corona de Aragón, lo que provocó que no fuera recibido ni por los consejeros ni los diputados de Barcelona; escenificando su poder, además, entró a caballo en la catedral dejando su espada a pies del sagrario. Lo recuerda con erudición el periodista Lluís Permanyer en el prólogo de Un dia de fúria, nueve estudios sobre el asalto y su contexto bajo la coordinación de la doctora en filología Anglo-Germánica Frances Luttikhuizen (Publicacions Abadia de Montserrat).

Los roces populares ya se daban con los familiares del Santo Oficio, miembros de menor nivel de la Inquisición que servían de informantes. Temidos, solían ser menestrales y comerciantes recién llegados a las poblaciones que, para medrar socialmente ante las antiguas y poderosas familias de pueblos y ciudades, se alistaban a la sombra de la institución. Buscaban privilegios de todo tipo: jurídicos (sólo rendían cuentas a los tribunales del Santo Oficio y no a los públicos), económicos (gozaban de exenciones contributivas; no debían alojar en sus casas a las tropas en las constantes guerras) y sociales (podían llevar y usar armas y acceder a los tristes espectáculos de los autos de fe). El rechazo y la envidia social era una clara consecuencia, como ocurría en Canet de Mar e ilustra el estudioso local Sergi Alcalde.

El único, tímido y episódico apoyo popular catalán a la Inquisición se manifestaba, cómo no, por razones económicas y era cuando aquella caía sobre franceses, víctimas propiciatorias del Santo Tribunal: fue de los colectivos más perseguidos, con un 20% de los casos, según la historiadora Alexandra Capdevila. El de Barcelona actuaba como una audiencia de frontera para España, evitando la entrada del pensamiento protestante: durante los siglos XVI y XVII, cuando llegaban franceses arrojados por una brutal crisis económica y la guerra entre católicos y hugonotes (protestantes); en el XVIII, para que no fueran quintacolumnistas de las ideas de la Revolución Francesa o de la masonería, institución que nunca pasó de ser el 5% de los casos de la Inquisición. Las tensiones geopolíticas entre Madrid y París (que en Cataluña se traducían en constantes invasiones de tropas supuestamente amigas y de enemigas, con idénticos daños económicos) y la pugna comercial entre los tejidos catalanes y los franceses explicarían los discretos aplausos al tribunal represor.
Abolida la Inquisición por Napoleón cuando su invasión en 1808, Fernando VII la restablecería en 1814, pero sólo aguantó seis años más en Barcelona: la revolución liberal se la llevó por delante en 1820. Indiferente la mayoría de la población a la creciente oposición a la monarquía absolutista que sostenían sociedades secretas de burgueses, clases medias y militares, la crisis económica por la pérdida de las colonias de ultramar y el desgobierno hicieron el resto para acabar con el régimen.

El sistema monárquico se derrumbó. Fruto de la inestabilidad política, fábricas de Barcelona empezaron a cerrar en febrero, con multitud de gente sin trabajo y viviendo de la caridad. En cuatro días de marzo se precipitó todo: el día 6, las autoridades absolutistas trasladaron los presos “por asuntos de conspiración” de la Ciutadella a Mallorca y Cartagena; el 9 se proclamaba la nueva constitución en Galicia, Zaragoza o Tarragona y el 10 ya no se pudo contener más: paisanos y militares, con escarapelas, banderas y papeles tricolores (encarnado, amarillo, blanco) se concentraron en plazas públicas, especialmente en el Pla de Palau, donde el capitán general Castaños no supo detener por más tiempo la proclamación.

Tres comisiones se conforman para ir a liberar presos: una, hacia la Ciutadella (para los constitucionalistas detenidos); otra, a la Real Audiencia (para los de contrabando de tabaco) y una al palacio de la Inquisición (“por si tienen presos”), relata el historiador Ramon Arnabat. Según algunas fuentes, a la Inquisición la gente fue como sucedáneo de los fallidos asaltos al palacio del obispo y a algunos conventos, que el nuevo gobernador liberal habría frenado apostando guardias de artilleros. Testimonios cifran en 20.000 personas las que acudieron al edificio en la hoy calle dels Comtes; otras, hablan de unas 3.000. Ante la actitud defensiva de los inquisidores, las puertas se derribaron a golpes, los moradores huyeron “y los paisanos se entraron por todas partes llevándose todo lo que encontraron, tanto de ropa como de muebles, sin respetar a nadie. Por la parte de la calle de la Tapinaría por las ventanas derribaron tantos libros y papeles como encontraron, esto duró hasta entrada la noche”, relató el menestral Mateu Crespí. Prisioneros, los demonios no hallaron más que dos.

Habría habido, al parecer, dos ataques al edificio: el 10 y el 11 de marzo. En el segundo, los asaltantes, según la crónica de Crespí, se llevaron todos los libros de una espectacular sección de cirugía y se echaron por las ventanas papeles, entre ellos “procesos de más de 200 años”. Esto último, en parte, por culpa de la inacción del Inquisidor Mayor, que “tenía orden de Madrid de quemarlos”, según lamentaba el carmelita Serrahima. Muchos acusados, así, pudieron hacerse con los legajos de sus juicios, si bien no cometieron actos de venganza. Y es que, según los testimonios, la Constitución se proclamó pacíficamente: “Todo ha sido con orden menos en la Inquisición contra la cual se está todavía desahogando el pueblo”, escribía en una carta el comerciante Josep Brufau. La Inquisición quedó abolida definitivamente en España en 1834, pero en Barcelona, con aquel asalto demoníaco, quedó ya tocada mucho antes.


BOSTON, EL LEJANO Y AZAROSO DESTINO DE 30 CAJAS DE PAPELES
El asalto al palacio de la Inquisición del 10 de marzo de 1820 tuvo dos testimonios de excepción. Por un lado, Antoni Bergnes de las Casas (1801-1879), joven de familia afrancesada y muy vinculada al protestantismo, razones que igual expliquen la presencia ahí de quien, entonces con casi 19 años, acabaría siendo capital editor, periodista, catedrático de griego, rector de la Universidad de Barcelona y senador. La segunda figura fue la de un norteamericano, Andrew Thorndike, que compartía negocio de importación (pesca salada, algodón, tabaco, trigo...) y exportación (vino, sal, nueces, avellanas) con el cónsul de su país en la capital catalana, Richard McCall. Frances Luttikhuizen no sabe si fue coincidencia azarosa de un viaje o si porque vivía en la ciudad, pero Thorndike estuvo ahí y, junto a su socio, fue recogiendo material que lanzaban las masas por las ventanas hasta reunir 30 cajas, que envió a Boston. Excéntrico o no (tenía también momias y piezas egipcias) o quizá sensibilizado por un culto primo, logró rescatar materiales datados entre 1532 y 1818, mayormente procesos contra el dogma católico, genealogías de pureza de sangre… o contra quien había comido panceta en tiempo de guardar, había blasfemado, era protestante o practicaba supuestamente ocultismo. Pura Inquisición.

https://elpais.com/espana/catalunya/2020-05-05/el-dia-que-los-demonios-tomaron-la-inquisicion.html
 
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La verdad sobre Rocroi, la batalla en la que los Tercios de España no perdieron ni el honor ni la hegemonía
A pesar de la propaganda francesa, el supuesto ocaso de la infantería española en el siglo XVII fue una derrota más, como tantas, a la que le siguieron muchas victorias de esos mismos veteranos que seguían causando miedo en Europa


Rocroi, el último tercio, por Augusto Ferrer-Dalmau (2011)


Rocroi, el último tercio, por Augusto Ferrer-Dalmau (2011)




César CerveraSEGUIRActualizado:04/05/2020


La entrada de Francia en la Guerra de los 30 años de parte del bando protestante lo cambió todo para la Monarquía hispánica, que con una serie de victorias contra suecos, holandeses y otros enemigos habituales habían recordado a Europa la superioridad de su infantería. La Francia de Luis XIII, ya liberada de sus problemas internos, supo tocar las teclas exactas para desestabilizar tanto en Flandes, Italia como en Portugal y Cataluña la fortaleza española. En la batalla de Rocroi, justo en la frontera con los Países Bajos, todos los planes en este sentido del Cardenal Richelieu (fallecido poco antes) se conjugaron para demostrar que la columna principal de los ejércitos Habsburgo, los Tercios españoles, habían alcanzado su ocaso.

Una afirmación repetida una y otra vez por la historiografía tradicional que, no obstante, requiere como poco un nuevo vistazo. Rocroi fue, más bien, una batalla cualquiera dentro de una guerra eterna. Tras sufrir en la primavera de 1643 una nueva incursión francesa en Cataluña, el comandante Francisco de Melo realizó, como en otros cursos, un ataque de distracción en la frontera norte. Eligió Rocroi pensando que sería fácil de conquistar, con una guarnición de solo 500 soldados, y ni siquiera tomó la precaución de proteger su retaguardia o cerrar el acceso por si llegaban refuerzos a la plaza. Y eso es precisamente lo que enviaron los franceses, un ejército de socorro.

El 19 de mayo de 1643, una fuerza francesa de unos 23.000 hombres (un tercio de ellos jinetes) al mando del joven Luis II de Borbón-Condé, de solo 22 años, obligó a entrar en combate a unos 20.000 hombres, en su mayoría infantería, bajo el mando de Francisco de Melo, entonces gobernador de los Países Bajos españoles. Los españoles reunieron en el lugar 18 piezas de artillería frente a las 14 francesas, de peor calidad. Prácticamente en todas las facetas ambos contendientes estaban en igualdad de condiciones.


Un general torpe
Aparte de soldados valones, alemanes, borgoñones e italianos, las tropas Habsburgo tenían presente en ese combate a algunas de las unidades más veteranas de los Tercios españoles, una infantería acostumbrada a vencer incluso en situación de inferioridad numérica. Con una zona boscosa, otra pantanosa y la propia ciudad fortificada de Rocroi a su espalda, Melo estaba en la tesitura de vencer o morir: no había opción al repliegue. Su experiencia militar había sido hasta entonces algo escasa, más dado a las mesas diplomáticas, por lo que delegó en el veterano conde de Fontaine, de 67 años y trasladado en una silla de mano por sufrir de gota, el despliegue táctico.



Retrato de Francisco de Melo.


Retrato de Francisco de Melo.



Cuenta el historiador Pablo Martín Gómez en «El Ejército español en la Guerra de los Treinta años» (Almena) que ni antes ni durante la batalla el portugués tomó las debidas precauciones para reforzar los lugares más expuestos. Cuando el Duque de Alburquerque, al mando del ala izquierda, solicitó que se reforzara la posición donde iba a colocarse la caballería de Flandes con algunos mosqueteros o, por lo menos, se cavaran trincheras, Melo contestó que «no contaban con palas ni zapas para ello». ¿Y cómo pensaba asediar Rocroi si había salido de Bruselas sin el material más básico?

Con todo, la batalla se decantó al principio del bando de los españoles, que coleccionaban victorias como si fueran cromos de la Liga. Desmontada ambas alas francesas y capturada la artillería francesa, que se solía situar en el centro del campo, los soldados de a pie españoles dieron la contienda por ganado y hasta gritaron vítores y se quitaron el sombrero para saludar a los jinetes. El problema es que Melo no supo dar el golpe de gracia a su enemigo. La caballería del ala derecha se lanzó a la persecución del enemigo vencido y los jinetes croatas, famosos por su querencia de rapiña, se centraron en saquear el campamento rival. Mientras la infantería permanecía ociosa en el centro, el ala izquierda de Alburquerque fue cayendo poco a poco en una trampa que supo exprimir Luis, Duque d'Enghien, que se movía en caballo por las posiciones más expuestas, hasta sus últimas consecuencias.

La caballería de Flandes, con Alburquerque luchando con tenacidad, se alejó de la infantería y terminó aniquilada por jinetes dirigidos personalmente por d'Enghien. El ala derecha estaba fuera de juego, mientras que la izquierda, con sus hombres desperdigados, aguantó poco más sobre sus caballos. D'Enghien se tomó su tiempo…

Con la artillería de nuevo encendida y la caballería dueña de los alrededores, el general francés fue deshojando poco a poco el bloque de infantería. Primero los italianos, que se retiraron casi al primer choque ignorando las bravatas de Melo, que se unió a sus filas diciendo «aquí quiero morir, con los señores italianos». Luego contra los valones y alemanes, que resistieron con la mayoría de sus oficiales heridos o muertos pero al final también sucumbieron. Y finalmente contra los veteranos españoles.


La lucha entre infantes acabó desembocando en un desenlace heroico donde un enorme y único cuadro de picas, como si fuera un islote en medio de un naufragio, resistió durante horas



La lucha entre infantes acabó desembocando en un desenlace heroico donde un enorme y único cuadro de picas, como si fuera un islote en medio de un naufragio, resistió durante horas a ataques simultáneos en dos y tres de sus costados. Supervivientes de otras unidades, jinetes descabalgados y hasta piezas de artillería que de vez en cuando escupían fuego se congregaron en este último tercio. D'Enghien llegó a desesperarse ante su incapacidad para desmontar aquel castillo de hombres. Redobló las cargas de caballería y acercó la artillería… El resultado fue una carnicería de veteranos y de valor.

Solo dos tercios mantuvieron sus banderas en alto, el de Alburquerque y el Garciez, aunque ambas unidades eran una mezcolanza de hombres y cadáveres que fueron sumándose al bloque. Henri De Bessé en su descripción de la batalla narra cómo algunas compañías dispersas recorrieron el campo en orden hasta ponerse a cobijo con sus camaradas: «Habiendo sido los mosqueteros destrozados y su cuerpo de piqueros rodeado por todas partes por la caballería francesa, aguantó todas las cargas que se le hicieron y se retiró unido y lentamente a incorporarse al grueso de la infantería».


Un fruto de la propaganda
Desfallecidos y sin munición, lo que no impedía que dispararan solo pólvora por fastidiar, la hazaña de los españoles fue arrancarle en esas condiciones una rendición ordenada al duque de Enghien. Esto era, ser tratados como si de defensores de una plaza fuerte se trataran. La afanosa complejidad de reducir a esa horda de homicidas ibéricos –los franceses en sus crónicas los calificarían como «muros de carne»– obligó al francés a ceder unas condiciones tan generosas que algunos historiadores han llegado a estimar de empate el resultado de la batalla.

Parece que la principal razón por las que el mando galo cedió estas condiciones fue por el temor a la llegada de refuerzos. El barón de Beck, al frente de 4.000 hombres, incluido el Tercio de Ávila, estaba ya de camino. D'Enghien prefirió no arriesgarse frente a aquellos soldados que mantuvieron, a costa de su sangre, el honor y su famosa bravuconería. Una leyenda que nunca ha podido ser demostrada cuenta que un oficial francés interrogó a un español herido sobre el número de bajas que habían contado ese día, a lo que el soldado de los tercios respondió desafiante: «Contad los muertos».




El Duque de Enghien en la batalla de Rocroi.


El Duque de Enghien en la batalla de Rocroi.



Los españoles se dejaron sobre el campo de Rocroi al menos 1.000 veteranos muertos, 2.000 heridos y 3826 prisioneros (2.000 fueron repatriados al año), pero los franceses tuvieron más bajas: 2.000 muertos y 2.500 heridos. Estos datos, sumados al hecho de que España se impuso con una superioridad aplastante a los franceses un año después en la batalla de Tuttlingen y un año antes en Honnencourt, victoria que hizo temblar de nuevo a los parisinos con la posibilidad de una ocupación española, plantean si verdad los Tercios de España siguieron siendo igual de temibles hasta, al menos, la batalla de las Dunas (1658) o, hablando en términos ibéricos, la batalla de Villaviciosa (1665). A finales de 1643, el ejército español estaba completamente reorganizado, mientras que el galo estaba diezmado a pesar de los supuestos éxitos de ese año.

Lo que fue una derrota más moral que militar se convirtió, gracias al empuje de la propaganda francesa y a la indiferencia española, en el gran y reluciente inicio de la hegemonía europea del rey Luis XIV, el Rey Sol. El historiador Peter H. Wilson, autor del monumental libro «La guerra de los Treinta Años» (editado en dos volúmenes en castellano por Desperta Ferro Ediciones), reconoce que «Rocroi debe su lugar en la historia militar a la propaganda francesa».

Los franceses suscriben encantados ese relato épico que, con los años, los españoles han dado por bueno debido a lo bien que encaja con el aire trágico que impregna la historia patria y a que fue un general extranjero, Francisco de Melo, a quien se le puede achacar gran parte de la culpa. Un ocaso adecuado, conveniente y cebado de romanticismo, con las tropas españolas abandonadas a su desdicha por los mandos centrales.


 

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La pandemia mundial más grande de la historia: La Gripe Española de 1918



 
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Lo que esconde el yacimiento de Armagedón, la ciudad donde Dios librará su última batalla según la Biblia
Según el «Libro de Apocalipsis», la guerra del final de los tiempos contra las naciones del hombre se producirá en el actual yacimiento de Megido, a 90 kilómetros al norte de Jerusalén, cuyos restos se siguen escalando a día de hoy



Vista aérea del yacimiento de Megido, en la actualidad


Vista aérea del yacimiento de Megido, en la actualidad




I. Viana
MADRID :09/05/2020



Según el «Libro de Apocalipsis», la batalla de Armagedón se producirá en Megido, a 90 kilómetros al norte de Jerusalén, cuando llegue el final de los tiempos. En ella se enfrentarán Dios contra las naciones del hombre, sin que nunca haya quedado claro a quién se refiere con estos: algunas interpretaciones aseguran que será contra Israel y los judíos; otras, contra Jerusalén, y una tercera hipótesis habla de Jesucristo junto a sus santos. Sea como fuere, en una cosa coinciden todos: Dios vencerá y el hombre será derrotado.

Hay sectores extremistas dentro de la religión que, en los últimos años, han asegurado que la batalla se producirá dentro de no mucho tiempo. Hablan, incluso, de las señales que lo indican: las últimas resoluciones de la ONU contra los asentamientos israelíes en la zona de Cisjordania, el último mandato del presidente Obama en Estados Unidos, la guerra de Siria o la persecución de los cristianos en algunos países, entre otras. Todos estos factores serían, según esta minoría, el caldo de cultivo que provocará la batalla final de la Humanidad en Megido.

Pero, ¿qué sabemos de sus restos arqueológicos, que atraen cada año a miles de turistas, la mayoría atraídos por la profecía? Según explica el profesor de historia del Próximo Oriente de la Universidad George Washington, Eric Cline, en su libro «Excavando el Armagedón: La búsqueda de la ciudad perdida de Salomón», los guías del complejo no dudan en saludar a los visitantes con un «Bienvenido a Armagedón».

Sabemos que el emplazamiento estuvo habitado entre el 7000 a. C. y el 300 a. C., y que en él se han librado más de doscientas importantes batallas. Por ejemplo, la victoria del faraón Tutmosis III a mediados del siglo XV a. C. contra una coalición de ciudades cercanas a Megido, la cual provocó que Egipto se hiciera dueño de una gran parte del Mediterráneo oriental. O la derrota del Rey Josías de Judá contra el faraón Necao II a finales del siglo VII a. C. Y hasta en la Primera Guerra Mundial, con el enfrentamiento entre el Ejército aliado del general Edmund Allenby y los otomano. «Megido, sin embargo, se menciona una docena de veces en la Biblia hebrea, así como en otros muchos textos de la Antigüedad, pero es especialmente conocido en el Nuevo Testamento como el escenario de la gran batalla entre las fuerzas del bien y las fuerzas del mal», escribe Cline.


«har-Meguido»
Megido fue bautizada, efectivamente, como «Armagedón» en el «Libro de Apocalipsis», que es el nombre con el que realmente se la conoce en Occidente desde hace siglos. Según la mayoría de los profesores especialistas en la Biblia, este procede de la forma hebrea «har-Meguido», que significa «Monte de Meguido». En el «Diccionario Bíblico Ilustrado» se traduce también como la «Montaña del degüello», que se convirtió en una de las ciudades más importantes del antiguo Próximo Oriente.

Su nombre aparecía ya en los jeroglíficos egipcios y es citado en escritura cuneiforme. Según las «Cartas de Amarna» –documentos grabados en tablillas de arcilla que Egipto enviaba a sus estados vasallos de Siria–, era un lugar muy importante porque estaba ubicado en la encrucijada del Valle de Jezreel, que dominaba varias rutas comerciales, según explica Robert Cargill en su libro «Las ciudades de la Biblia» (HarperOne, 2016). Y controlaba, además, la ruta comercial entre Egipto, Europa y Mesopotamia. «Estas destacadas rutas y las batallas épicas que se libraron para asegurar la zona e imponer sus propios impuestos han dado forma a la historia de Tierra Santa. Son la razón por la que Megiddo tiene la reputación de ser un famoso campo de guerra», añade este arqueólogo y profesor de estudios religiosos de la Universidad de Iowa.

No sorprende que los múltiples hallazgos hayan revelado, por lo tanto, que el enclave estuvo fortificado en el pasado. Las estructuras más representativas se levantaron, según las diferentes teorías, entre los siglos X y VIII a. C. Según la tradición judía, fue el Rey David y Salomón, al frente del pueblo israelí, quienes formaron un gran imperio en el siglo X a. C. con Megido como uno de sus principales cuarteles. A la muerte del segundo monarca, fue conquistado por Sisac, un rey egipcio que se suele identificar con el faraón Sheshonq. Pero uno de los hechos más importantes fue la guerra civil que, poco después, conllevó la formación de dos reinos enfrentados: el de Israel, en el norte y con capital en Samaría, y el de Judá, en el sur y con capital en Jerusalén.



Representación de la batalla de Tutmosis III, en Megido, en el siglo XV a. C.


Representación de la batalla de Tutmosis III, en Megido, en el siglo XV a. C.El declive



El declive de Megido coincidió con el ascenso de los reyes asirios, que derrotaron tanto a Israel como a Judá. Dominaron la región hasta que, a mediados del siglo VI a. C., el Imperio persa los conquistó. Los últimos restos arqueológicos del yacimiento pertenecen a una época un poco posterior, aunque se sabe que, en tiempos de Alejandro Magno (356-323 a. C.), Megido era un pueblo absolutamente abandonado. Si no llega a ser por la arqueología de finales del siglo XIX, la temida ciudad de Armagedón seguiría enterrada.

Los visitantes que acuden hoy hasta este yacimiento israelí ven una elevación artificial provocada por los restos que los humanos han dejado allí durante miles de años. Los estudios y excavaciones confirmaron hace tiempo que dentro del montículo se encuentran los restos de, al menos, veinte ciudades antiguas construidas una encima de otra. Es decir, no es solo un Armagedón o Megido, sino muchos, cuyos restos arquitectónicos han ido quedando allí a través del paso de los diferentes pueblos, culturas o ejércitos que lo han poblado.

Todo comenzó con el investigador estadounidense Edward Robinson, que visitó Tell el-Muttasellim en 1838 e identificó el lugar como Megido. A finales del siglo, la zona ya estaba controlada por Alemania, que fue quien financió la primera excavación oficial. La expedición estuvo dirigida por Gottlieb Schumacher en representación del gobierno del káiser Guillermo II, cuyas técnicas fueron criticadas posteriormente. Aún así, abrió el camino para proyectos futuros.


El siglo XX
Ya en el siglo XX, destacó la expedición de la Universidad de Chicago, entre 1925 y 1939. Son estos descubrimientos los que documentaba el libro de Cline, uno de los cuales fue una serie de «establos» que los investigadores pensaron que fueron construidos por el Rey Salomón. Hoy, sin embargo, la mayoría de arqueólogos creen que no fue él, aunque sí alguien contemporáneo, alrededor de 970–930 a. C. Otro hallazgo fue el «Megiddo Ivories», un tesoro de cerca de 382 objetos de marfil encontrados junto a una serie de entierros humanos y animales. Algunos de los marfiles tienen inscripciones jeroglíficas egipcias. Y también aparecieron una serie de tableros de juego, peines y cajas del mismo material, cuya abundancia ha sido causa de debate entre los investigadores.

Una excavación reciente de la Universidad de Tel Aviv, en Israel, descubrió un «Gran Templo» del año 3000 a. C. Según la reconstrucción de los investigadores, que fue publicada en el «American Journal of Archaeology» en 2014, este incluye una enorme sala rectangular con dos pasillos detrás. También descubrieron evidencias de un lugar de culto o los restos de un templo, que debió ser la estructura más monumental de la época en esa zona del Mediterráneo Oriental, según los responsables.

Esta misma expedición encontró también unas elaboradas puertas datadas en la mencionada época del Rey Salomón, que según la Biblia fue el tercer y último monarca del Reino unido de Israel. Se trata de dos trabajos artesanos de gran calidad, que incluían dos grandes torres en la parte delantera, las cuales estaban generalmente custodiadas por arqueros y soldados con lanzas dispuestos a cerrar el paso a cualquier invasión. Y, por último, un importante sistema de túneles para transportar el agua desde un manantial cercano hasta la ciudad. Este comienza en un pozo de 30 metros de profundidad y es, según Cargill, «el logro de ingeniería más impresionante en Megido», ya que su diseño permitió a los habitantes tener acceso al agua cuando la ciudad estaba sitiada.

Los trabajos arqueológicos continúan a día de hoy y están dirigidos por un equipo de arqueólogos de la Universidad de Tel Aviv, a pesar de que su principal atractivo turístico siga siendo la profecía bíblica de la batalla final entre Dios y los hombres.

 
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1625, aquel maravilloso año para los Austrias
Casi un año de asedio permitió que los Tercios tomasen la ciudad neerlandesa de Breda, mientras el imperio español se desmoronaba


<i>La rendición de Breda</i>, de Velázquez, reproduce un episodio clave en la llamada guerra de los Ochenta Años.


La rendición de Breda, de Velázquez, reproduce un episodio clave en la llamada guerra de los Ochenta Años.



VICENTE G. OLAYA
Madrid - 09 MAY 2020



Los Austrias estaban obsesionados con los Países Bajos. Para ellos, su dominio era una auténtica psicopatía. Los querían y los querían poseer. Así que se gastaron todo lo ganado en las Indias –y mucho más que eso, incluidas vidas, haciendas y honores- en intentar conquistar unos territorios donde nadie les profesaba el menor afecto. Mientras, España cada vez era más pobre y la actual Holanda cada vez más rica. Los neerlandeses se dedicaban a hacer negocios y a mejorar su industria, su comercio, su banca, al tiempo que los súbditos de la rama española de los Habsburgo gastaban sus escasos dineros en abonar inmensos intereses de deuda, así como en reclutar y mal pagar soldados para mantener un imperio menguante.

Además, la conquista desde Madrid de lo que hoy ocupan aproximadamente Bélgica y Holanda se enfrentaba a un problema logístico imposible de resolver en aquellos tiempos: el reino de Francia estaba en medio, con lo que el abastecimiento y refuerzos de las tropas en lucha en los Países Bajos era sumamente complicado. Por ello, los españoles abrieron un itinerario alternativo a través de Italia, el Camino Español (unos 1.000 kilómetros de trayecto), pero tampoco su tránsito resultaba sencillo, ya que obligaba a cruzar los Alpes, con morrión, alabarda, espada y peto metálico. La velocidad máxima que se podía alcanzar era de unos 25 kilómetros al día y eso forzando la marcha.

A pesar de ello, Felipe IV volvió a dar la orden (“Marqués, tomad Breda”, impuso), y entre agosto de 1624 y junio de 1625, las tropas del capitán general Ambrosio Spínola Doria pusieron cerco a la plaza, que asemejaba una ciudad de cuento de Navidad pero rodeada de potentísimos muros. Mientras tanto, el grandioso Francisco de Quevedo decía aquello de “Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados, de la carrera de la edad cansados, por quien caduca ya su valentía”. Pero el monarca no escuchaba nada de eso, quizás porque los tiros que daba matando venados y jabalíes en el monte del Pardo no le dejaban oír las quejas de su pueblo. Únicamente deseaba victorias y para ello contaba con el mejor Ejército del mundo en el siglo XVII, los Tercios, una máquina engrasada que provocaba el pavor de sus enemigos. Indestructibles e invencibles.

El profesor emérito de la Universidad de Michigan Frank Casa lo relata así en su artículo Velázquez, Calderón y el sitio de Breda; “El año de 1625 constituye para España lo que se llegó a llamar el Annus Mirabilis [año maravilloso]. En este año las armas españolas gozan de importantes victorias que sirven para enmascarar el triste estado económico del imperio”. Vencen en Bahía (Brasil), en Puerto Rico, en Cádiz, en Milán… Sin embargo, la ruina se acerca a pasos agigantados. Los Austrias, aplaudiendo.

La toma de la ciudad fortificada de Breda, además de una espectacular operación militar y logística, también lo fue de ingeniería. Se trataba de una población fuertemente fortificada y reforzada durante los últimos treinta años, por lo que el general genovés al servicio de Felipe IV decidió rodearla de trincheras, barricadas, túneles y fuertes para que sus habitantes no pudieran abandonarla. Una potente línea de abastecimiento, de más de 400 carromatos diarios, alimentaba a las tropas reales.

Los trabajos de ingeniería atrajeron, según el National Geographic, "a turistas que viajaron a Breda para admirar las obras de sitio. Entre ellos se contaron el rey de Polonia y el duque de Baviera, y dice la leyenda que también estuvo el joven Descartes”. El estudioso estadounidense Casa recuerda que tan ilustres invitados obligaron a Spínola a exagerar algunas de sus actuaciones y a crear “un verdadero teatro bélico para que este ilustre personaje [el monarca polaco] no quedase decepcionado”.

El ataque a la ciudad –entre 20.000 y 30.000 soldados a pie, incluidos numerosos jinetes- se realizó sobre varios puntos de la plaza para despistar a los poco más de 9.000 defensores, entre los que se encontraban tropas neerlandesas, danesas e inglesas, todas comandadas por Justino de Nassau. El asedio fue brutal. Solo sobrevivieron 3.500 defensores, además de fallecer más de 8.000 civiles por hambre o enfermedades, incluidos un millar de niños y ancianos a los que Spínola se negó a acoger cuando los asediados pidieron que les diese de comer.

Finalmente, el 5 de junio la ciudad se rindió. Se organizaron tres días de festejos en la Corte. El conde duque de Olivares decidió construir un palacio para la ocasión, el del Buen Retiro, en Madrid, y se encargó de decorarlo con pinturas en las que se reflejasen las batallas ganadas por los Tercios. Este gran edificio se levantó con parte del dinero debido a Spínola, que nunca recibió lo que se le debía y que lo reclamaba para sus vástagos. Murió pronunciando las palabras “honor y reputación”. Breda, como macabra broma, volvió a manos holandesas pocos años después.

Si algo provechoso dio este asedio fue el cuadro de La rendición de Breda o de Las lanzas, de Diego de Velázquez, donde “no aparecen los harapientos soldados españoles que [en realidad] habían tomado parte en este largo asedio, [y que] estaban vestidos, como indican las fuentes, de andrajos que mal convenían a esta alta ocasión…”, recuerda Frank Casa. Al contrario, el genio sevillano reflejó el instante en el que Nassau entregaba las llaves de la ciudad a Spínola y todos vestían vistosos trajes de colores. Más o menos lo que deseaban ver el conde duque y Felipe IV, pero que casaba poco con lo que estaba sucediendo en el reino de “muros desmoronados” a causa de una obsesión familiar con poco sentido militar, económico y político, y que costó la vida de miles de valientes e inocentes para nada.

 
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CIVILIZACIONES COSMOPOLITAS
Trazan el primer retrato genómico de las civilizaciones andinas precolombinas
Los estudios revelan una continuidad genética en algunas de las civilizaciones antiguas más conocidas de la región, famosas por su agitación cultural y carácter cosmopolita


Foto: Detalle de un mural de Cuzco dibujado por Juan Bravo en 1992


Detalle de un mural de Cuzco dibujado por Juan Bravo en 1992



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CULTURA
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HISTORIA
07/05/2020



Hasta ahora, todos los grandes estudios genómicos importantes se han centrado en las poblaciones de Eurasia pero ahora un equipo internacional de científicos publica, por primera vez, el mayor retrato genético de las antiguas civilizaciones andinas precolombinas, un trabajo que dibuja la historia de estas poblaciones desde hace 9000 años hasta la llegada de los españoles. Los resultados del estudio, publicados hoy jueves en la revista científica Cell, muestran diferencias genéticas entre grupos de regiones cercanas, mezcla de poblaciones dentro y fuera de los Andes, y una sorprendente continuidad genética en algunas de las civilizaciones antiguas más conocidas de la región, famosas por su agitación cultural y carácter cosmopolita.

El estudio, dirigido por David Reich y Lars Fehren-Schmitz, genetistas de las universidades de Harvard y California, respectivamente, analiza el genoma de 89 individuos de entre 9000 y 500 años de edad, 64 de ellos (de entre 4500 y 500 años de antigüedad), no se habían secuenciado nunca. Además, el análisis incluye genomas de civilizaciones icónicas de los Andes de las que no había ningún tipo de información genómica como la Moche, la Nasca, la Wari, la Tiwanaku y la Inca, lo que le convierte en el proyecto genómico más importante sobre América Latina hecho hasta la fecha.

"Ha sido un proyecto fascinante y único", destaca Nathan Nakatsuka, primer autor del trabajo y estudiante de doctorado en el laboratorio de David Reich en el Instituto Blavatnik en el HMS. Además, este trabajo equilibra los estudios globales sobre ADN antiguo que, hasta ahora, se habían centrado en el oeste de Eurasia y habían obviado a Sudamérica: "Este estudio nos permite comenzar a entender en alta resolución la historia detallada de los movimientos humanos en esta parte del mundo extraordinariamente importante", subraya.




Templo inca Corichanca en Cuzco, Perú. (Reuters)




Los Andes centrales que rodean a Perú son uno de los pocos lugares del mundo en los que se inventó la agricultura y en donde se ha documentado la existencia de las civilizaciones complejas más antiguas de América del Surpero, pese a ser un importante centro de investigación arqueológica, no se había realizado una caracterización sistemática con el ADN antiguo. Ahora, gracias a este nuevo estudio, es posible ver "cómo la estructura genética de los Andes evolucionó con el tiempo", explica Nakatsuka.

Los análisis revelaron que hace 9000 años, los grupos que vivían en el altiplano eran genéticamente diferentes a los de la costa del Pacífico, una diferencia que aún se ve hoy día y que llama la atención "dada la pequeña distancia geográfica" entre ambos pueblos, apunta Reich. Además, hace 5800 años, las poblaciones del norte y las del sur también eran distintas genéticamente, unas diferencias que también en este caso se han mantenido en el tiempo. A partir de ahí, el intercambio de genes tuvo lugar entre todas las regiones de los Andes y se frenó drásticamente hace 2000 años.



Fotografía de Teo Allaín Chambi (Cuzco, 1949), Amanecer en Macchu Picchu. (Efe)




"Es emocionante haber sido capaces de determinar la estructura de la población en los Andes y diferenciar entre los grupos de la costa, el norte, el sur, de las tierras altas, y de la cuenca del Titicaca", subraya Fehren-Schmitz. El estudio también descubrió intercambios genéticos tanto dentro de los Andes como entre las poblaciones andinas y no andinas. Así, vieron que los pueblos antiguos se desplazaban entre el sur del Perú y las llanuras argentinas y entre la costa norte del Perú y el Amazonas, pasando en gran medida por encima de las tierras altas.

Fehren-Schmitz, quien estaba especialmente interesado en determinar si hubo movilidad de larga distancia en el período inca, se sorprendió al detectar huellas genéticas de una población de la costa norte no solo alrededor de Cuzco, Perú, sino también en un sacrificio de niños del sur de Argentina, una práctica conocida gracias a la arqueología y confirmada ahora por la genómica.



Los sacrificios de niños eran habituales en la cultura precolombina de Perú. (Efe)




Asimismo, el estudio revela que múltiples regiones mantuvieron la continuidad genética durante los últimos 2000 años a pesar de las claras transformaciones culturales, "lo que contrasta con muchas otras regiones del mundo, donde los antiguos estudios de ADN a menudo documentan un cambio genético sustancial durante este período", dijo Reich. "Para nuestra sorpresa, observamos una fuerte continuidad genética durante el auge y la caída de muchas de las grandes culturas andinas, como la Moche, la Wari y la Nasca", explica Nakatsuka.

Solo hubo dos excepciones, los centros urbanos de las culturas Tiwanaku e Inca que fueron muy cosmopolitas y albergaron gente de muchos orígenes genéticos, algo similar a grandes ciudades actuales como Nueva York, "donde personas de muy diferentes ancestros conviven uno al lado del otro", comenta el investigador. En este estudio multidisciplinar han participado investigadores de muchos países, entre ellos Alemania, Argentina, Australia, Bolivia, Chile, Estados Unidos, Perú y Reino Unido.


 
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Una nueva investigación esclarece la enfermedad que sufrió Fernando VI, el Rey Loco que mordía a la gente
Santiago Fernández Menéndez analiza en el «Estudio de la enfermedad del rey Fernando VI», de la Universidad de Oviedo, el cuadro médico que afectó al hijo de Felipe V en su último año de vida

César Cervera
César Cervera
12/05/2020


Fernando VI, Rey de España.
Retrato de Bárbara de Braganza


Fernando VI, Rey de España. Bárbara de Braganza


Los años finales del reinado de Felipe Vestuvieron marcados gravemente por sus problemas psicológicos, probablemente sufría un trastorno bipolar, y la Corte se convirtió en un lugar extraño, donde las reuniones con los ministros se celebraban a altas horas de la madrugada y el Rey se creía a veces una rana. Su definitivo heredero, Fernando VI, no solo continuó con sus locuras, sino que las llevó al siguiente nivel en lo que los historiadores han llamado «El año sin rey», donde el país se sumió en el desgobierno y la salud del monarca Borbón cayó en picado.
Trescientos años después todavía es complicado realizar un diagnóstico completo de la patología que atormentó a un hombre que en su juventud no había dado muestras de sufrir problemas graves. La gran cantidad de síntomas que registró en ese último año, desde ataques de epilepsia a erecciones incontrolables, complican la empresa que se ha planteado abordar en su tesis doctoral Santiago Fernández Menéndez.


Un joven melancólico
Nacido el 23 de septiembre de 1713, el futuro Fernando VI era el cuarto hijo de Felipe V con María Luisa de Saboya, teniendo por delante en la sucesión al reino a Luis, Felipe Pedro y otro hermano que fallecido al poco de nacer. El joven infante creció sin madre, fallecida a los cinco meses de su nacimiento, y con la desconfianza de la segunda esposa de Felipe V, Isabel de Farnesio, que prefería promocionar a los infantes de su misma sangre.

La educación de Fernando vivió algunos altibajos dados los desprecios de su madrastra y su condición de segundón en la línea sucesoria. Era en esencia un niño melancólico, amante de las artes y la música. El Conde de Salazar ejerció como su tutor, pero ni él ni su camarilla pudo mejorar su posición en la Corte. El ascenso al trono de su hermano Luis I sí lo hizo durante unos meses, pero a su muerte la Corona no pasó a Fernando sino que volvió al Rey, por insistencia de Isabel de Farnesio, ante las críticas de una nobleza que entendía que una abdicación nunca es reversible. Ese mismo año, 1724, las Cortes de Castilla proclamaron a Fernando Príncipe de Asturias, si bien Farnesio bloqueó su derecho a asistir a las reuniones del Consejo de Estado como heredero del reino.

En enero de 1729, Fernando se casó en Badajoz con Bárbara de Braganza, hija del Rey de Portugal y perteneciente a la dinastía que, en tiempos de los Austrias, se había alzado contra el Imperio español para lograr la independencia del país luso. Al igual que él, la princesa portuguesa era culta, de agradable carácter, dominadora de seis idiomas y gran amante de la música desde niña. Su rostro marcado por la viruela y su figura voluminosa no impedían que los encantos de su personalidad causaran una grata impresión.

Fernando y Bárbara se enamoraron profundamente y vivieron aislados de la Corte durante el reinado de Felipe V por voluntad de la madrastra regia. Cuando en 1733 pudieron residir en Madrid se les impuso un férreo marcaje que incluía la limitación de que solo podían ser visitados por cuatro personas al día, y no podían comer en público ni salir de paseo. Tal vez creía Farnesio que si se le ignoraba Fernando simplemente desaparecería en algún momento dado.

«Paz con Inglaterra y guerra con nadie»
A la muerte de Felipe V en 1746 la situación se volteó por completo, de modo que Isabel Farnesio tuvo que abandonar las dependencias palaciegas y quedó aislada del mundo político. Un año después Isabel se quejaría de que el cordón sanitario en torno a ella cada vez era más grande: «Desearía saber si he faltado en algo para enmendarlo». A lo que el nuevo Rey, en una muestra de carácter, contestó: «Lo que yo determino en mis reinos no admite consulta de nadie antes de ser ejecutado y obedecido».

Durante los 13 años que duró su reinado, Fernando siguió con el programa de reformas iniciado por su padre. Su apuesta por la neutralidad en Europa ayudó a dar un respiro a las arcas públicas: «Paz con Inglaterra y guerra con nadie», usó a modo de guía política. Además, en esos años se materializó la recuperación económica tras los años de derrumbe de los últimos Austrias y se creó el Catastro para conocer la realidad del país. Solo la reforma fiscal impulsada durante su reinado se topó con el rechazo directo de la nobleza. No obstante, su medida más polémica fue la gran redada contra los gitanos autorizada en el verano de 1749. En un mismo día fueron apresados unos 9.000 gitanos españoles, que fueron sometidos a todo tipo de abusos.

Así y todo, ningún rey puede dar por acabada su obra hasta que asegura su descendencia, lo cual resultó un fracaso para Fernando puesto que era impotente, como el trastámara Enrique IV o el austria Carlos II. Una afección genital le impedía eyacular y tener hijos. El asunto no era tan grave, en tanto, que contaba con hermanos todavía jóvenes que podían hacerse con las riendas del país, como así fue a través del futuro Carlos III.

Que su hermano heredara la Corona entraba en sus planes, no así el proceso de demencia que vivió en sus últimos años.


Fallece la Reina y el Rey pierde la cabeza
Si bien los Reyes nunca habían gozado de buena salud, no fue hasta 1758 cuando el deterioro en la salud de la Reina Bárbara de Braganza obligó a la pareja a trasladarse al Palacio de Aranjuez en un intento de que mejoraran sus problemas respiratorios. Lejos de este propósito, ese mismo verano falleció la Reina a consecuencia probablemente de un cáncer abdominal y dejó a Fernando solo, con un comportamiento cada vez más errático. A lo largo de su vida había sufrido varios periodos de inactividad con ánimo deprimido, pero ese verano se aceleró su carácter melancólico. Aquello marcó el principio del conocido como el año sin rey.

Pero, ¿qué enfermedad se escondía tras su locura? ¿Alzheimer? ¿Un trastorno bipolar como su padre? Los acercamientos psiquiátricos al caso han planteado tradicionalmente la hipótesis de que lo que empezó como «un trastorno de adaptación con sintomatología depresiva reactivo a la muerte de su mujer» derivó en un trastorno depresivo mayor. En su tesis doctoral «Estudio de la enfermedad del rey Fernando VI», (Universidad de Oviedo) Santiago Fernández Menéndez ha reconstruido el historial clínico del Rey entre agosto de 1758 y agosto de 1759 para dar una respuesta casi definitiva que se aleja de los diagnósticos clásicos.


La enfermedad de Fernando VI se caracterizó clínicamente por una desorganización conductual, pérdida de capacidades cognitivas y crisis epilépticas»

El mismo día que falleció la Reina, sin esperarse al funeral, Fernando se refugió en el castillo de Villaviciosa de Odón, donde salió a cazar y se mostró contento los primeros días. Sin embargo, a principios de septiembre el Rey empezó a mostrarse agresivo, de ánimo deprimido y surgió en su mente la obsesión por la muerte. Apunta Andrés Piquer, un médico del periodo: «Padecía unos temores sumos, creyendo que cada momento se moría, ya porque se sentía ahogar, ya porque le destrozaban interiormente, ya porque le iba a dar un accidente [...]».

Otros síntomas hicieron aparición en las siguientes semanas: apatía, insomnio, abandono en la higiene personal y en las obligaciones religiosas... Compartiendo algunas extravagancias con su padre, Fernando se empecinó en añadir nuevos disparates a la vida cortesana. Le dio por morder a la gente y fingir que estaba muerto o era un fantasma. Sus asistentes eran constantemente agredidos y tenían miedo de su propia integridad física. Sobre esto, Andrés Piquer refiere: «Se enfurecía con vehemencia, airándose hasta el punto de ejecutar cosas muy impropias a su bondad y a su carácter». Además de correr o bailar en ropa interior, dar cabezazos y morder, le gustaba reírse de sus asistentes y se negaba a dormir sobre su cama, de modo que improvisaba cada noche una camilla con dos sillas y un taburete.

« La enfermedad de Fernando VI se caracterizó clínicamente por una desorganización conductual, pérdida de capacidades cognitivas y crisis epilépticas», explica Fernández Menéndez en el mencionado trabajo, entre cuyas páginas analiza concienzudamente los distintos diagnósticos que los autores de entonces y de hoy han dejado escrito. Tras descartar que sufriera síndrome bipolar (como su padre), encefalitis autoinmune, una enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, tuberculosis del sistema nervioso central o Alzheimer, como se suele especular, este doctor cree que su problema fue originado por una «disfunción progresiva del lóbulo frontal derecho. Desde el punto de vista etiológico las posibilidades son múltiples. Una lesión neoplásica parece la más probable».

Si la lesión fue producto de un tumor, de un golpe o de otra cuestión resulta imposible de saber debido a la falta de datos. «No se puede establecer una etiología a la enfermedad de Fernando VI al tratarse de un evento lejano en el tiempo, y la ausencia total de lo que hoy se considera un estudio complementario reglado. No obstante, desde el punto de vista sindrómico sí se puede establecer con un alto nivel de certeza que Fernando VI padeció un trastorno neurológico focal frontal derecho rápidamente progresivo», concluye.


El año sin Rey
Desde Italia, el futuro Carlos III pidió con insistencia utilizar «violencia respetuosa» para reducir al enfermo. He aquí la cuestión, sin respuesta aparente, de qué es exactamente la violencia respetuosa ante a un hombre que te acaba de morder la nariz. No obstante, a principios de 1759 cada vez fue menos necesaria esta «violencia» debido a que el Rey quedó encamado y cada vez más débil. A partir de la primavera la demencia afectó a su habla, hasta el extremo de que apenas era capaz de articular un discurso desordenado.

«La mayor expresividad clínica de los síntomas conductuales se dio en febrero. Desde entonces las alteraciones conductuales en Fernando VI se fueron aplanando, especialmente desde abril de 1759. Desde el punto de vista de la situación cognitiva, por otra parte, se puede concluir que para finales de noviembre de 1758 el Rey no tenía ya una buena capacidad de juicio», apunta Fernández Menéndezen su tesis.

Los problemas digestivos y respiratorios aceleraron su deterioro en poco tiempo. En julio se describió la aparición de sangre en los esputos. «Fernando VI entró en una situación de descompensación epiléptica en agosto de 1759. Finalmente falleció correlacionado por ese motivo el 10 de ese mes», relata Fernández Menéndez sobre esos últimos días. A esas alturas, su larga ausencia había inquietado al pueblo hasta el punto de que unos versos satíricos corrían furiosos por Madrid:


«Si el Rey no tiene cura

¿a qué esperáis o qué hacéis?

Muy presto cumplirá un año

Que sin ver a vuestro rey

Os sujetáis a una ley

Hijo de un continuo engaño».




Mausoleo de Fernando VI


Mausoleo de Fernando VI



La salud del Monarca, de 46 años, alcanzó niveles críticos a consecuencia de su desnutrición y sus problemas respiratorios. La falta de afecto humano también resultó clave para acelerar este deterioro. Como aprecia Santiago Fernández Menéndez, «Fernando VI debió de sufrir mucho durante su enfermedad, los médicos solo demostraban su ignorancia diagnóstica y terapéutica, y todo ello empeoró las tensiones políticas que se dieron en el contexto de un rey absolutista, sin descendencia y en una situación de incapacidad para gobernar».

Su hermano Carlos III, hijo de Isabel de Farnesio, heredó el reino. Era el tercer hijo de Felipe V que reinaba en España.


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Así logró Catalina la Grande poner de moda la vacuna contra la viruela

La emperatriz rusa se alejó de las supersticiones de su país y apostó por la ciencia.


POR Ana Arjona
10 DE MAYO DE 2020



Uno de los retos más importantes de la humanidad en estos momentos es encontrar la vacuna contra el COVID19. Seis meses después de que el misterioso virus pusiera el planeta patas arriba, la sociedad confía en encontrar una cura gracias a la medicina. Pero a lo largo de la historia, ante las grandes pandemias, no siempre se ha tenido la misma fe por la ciencia.

Baños en vinagre, beber soluciones con veneno de víboras, mascar ajo y tabaco, llevar amuletos y flagelarse para aplacar la ira de Dios fueron algunas de las medidas “preventivas” que estilaron los europeos durante la pandemia de la viruela. Una enfermedad que, sólo en el siglo XX, se calcula que acabó con la vida de más de 300 millones de personas. Sumado a la falta de higiene, el desconocimiento hacía que las personas interpretasen ciertos tratamientos científicos como una acción demoníaca. Por otro lado, la escasez de recursos científicos dificultaba la contención de la pandemia a la que no sabían con certeza cómo hacerle frente.





Retrato de Catalina la Grande, recién vacunada.© GETTY IMAGES.



Por suerte, en Rusia tenían a Catalina la grande. Su marido, Pedro III de Rusia, había pasado sufrido la viruela. Junto a él, durante la segunda mitad del siglo XVIII, la población rusa se había visto diezmada con la muerte de dos millones de personas. Pero Catalina II era una mujer curiosa, abierta de mente e ilustrada que rechazaba cualquier superstición a favor de la ciencia.

Preocupada por su pueblo y por evitar la enfermedad a su heredero ya que, según sus memorias, “necesitaban tener una cara limpia, libre de marcas y pústulas para encontrar una mujer bella que desposar”,Catalina comenzó a investigar para encontrar una cura. Desde el siglo XVI, los monarcas rusos habían sentido predilección por los especialistas ingleses y a sus oídos había llegado que un médico británico logrado grandes progresos al respecto de la viruela.





Thomas Dimsdale, el médico irlandés que vacunó a la primera persona de Rusia: la emperatriz Catalina, la Grande.© Getty Images.




El doctor del que había oído hablar era Thomas Dimsdale, un británico que había aprendido la medicina por su padre y que había desarrollado un interés especial por la prevención de esta. Dimsdale trabajaba en el Hospital de St. Thomas de Londres y había descubierto que, gracias a la variolación, las personas sanas inoculadas con el virus se volvían inmunes a la enfermedad. Su reputación en la sociedad londineses fue tal que Catalina le hizo llamar de inmediato.

El médico británico se presentó en la corte y le explicó a la monarca su método. La emperatriz no dudó en ofrecerse voluntaria para recibir la primera dosis. Dimsdale, acompañado por su segundo hijo, Nathaniel, inoculó a Catalina, su hijo Pablo y a más de 150 miembros de la Corte. “Debíamos ser los primeros, como ejemplo y prueba dentro del Imperio”, dejó dicho la monarca. Sus cortesanos y círculo cercano pensaron que ésta era una más de sus excentricidades pero los resultados, para su sorpresa, fueron más que favorables.

Catalina II llamó a su consejero, parlamentario y coronel del ejército zarista, Boris Engeraldt para que se pusiera en contacto con los Ministerios de Sanidad de ambos países y consiguiese la vacuna para la ciudad y sus alrededores. Su práctica tuvo tanto éxito que se extendió por todo el país, salvando a millones de personas. También cruzó las fronteras y se extendió por Europa que imitó su ejemplo. Incluso, el ilustre filósofo francés Voltaire, con quien solía intercambiar correspondencia, le escribió una carta reconociéndole su intelecto y valentía. “Ah, señora. ¡Qué lección le ha dado Vuestra Majestad imperial a nuestros maestritos franceses, a nuestros sabios profesores de Sorbona, a nuestros Esculapios de las escuelas de medicina! Ha recibido la inoculación con menos ceremonia que la de una religiosa que se da un lavatorio”.






Caricatura de 1808 de Edward Jenner , Thomas Dimsdale y George Rose, referentes en el desarrollo de la vacuna de la viruela que salvó miles de vidas, cargando contra los opositores a la vacunación.© WELLCOME TRUST.



La monarca rusa recompensó al médico Dimsdale y a su hijo con 10.000 libras, una pensión de 500 por año, gastos por otras 2.000 y una Baronía del Imperio ruso cada uno. A su vuelta a Inglaterra fueron condecorados como miembros de la Royal Society. Según reza la historia, si esta vacuna hubiera tenido un efecto contrario, la monarca tenía preparados dos caballos a las puertas de palacio para expulsarlos de forma irrevocable del país. Por suerte para los médicos, para Rusia y para el temperamento de la emperatriz, todo fue sobre ruedas.


 
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La trágica vida de la Infanta Beatriz de Borbón, la abuela española del Conde Lecquio
La que sería la abuela materna de Alessandro Lecquio y de Sibilla de Luxemburgo fijó su residencia en el palacio Torlonia, en la romana via Bocca di Leone, donde moriría en 2002



En el Palacio Real, la Infanta Beatriz posa para un busto realizado por el escultor Soriano Montagut


En el Palacio Real, la Infanta Beatriz posa para un busto realizado por el escultor Soriano Montagut -Julio Duque



César Cervera
César Cervera
SEGUIRActualizado:14/05/2020


La historia de la familia de Alfonso XIIIy Victoria Eugenia de Battenberg es una de las más terribles en la Monarquía española. El matrimonio, que echó andar tras una boda en la que murieron veintitrés personas a causa de un atentado anarquista, descubrió pronto que la hemofilia de la familia materna no iba a darles tregua.

La última Reina de España antes de la Segunda República heredó de su abuela Victoria la hemofilia, enfermedad entonces muy poco conocida que provoca problemas en la coagulación de la sangre y se manifiesta por una persistencia de las hemorragias. Uno de los hijos de esta ilustre reina del Reino Unido, Leopoldo, murió desangrado en Cannes en 1884 tras herirse levemente en una rodilla.

Tras el nacimiento del primer hijo del matrimonio, Alfonso, los médicos descubrieron que portaba la terrible hemofilia de la familia de su madre. La enfermedad condicionó la existencia del heredero de la corona, siempre entre hospitales y condenado a no poder reinar en España, si bien su padre evitó inhabilitarle y le reservó un papel apartado del primer plano. El segundo varón, Jaime, nació con buena salud y no padeció como su hermano mayor la hemofilia. Sin embargo, fue enviado con cuatro años a un sanatorio suizo al temerse que hubiera contraído la tuberculosis. A su regreso sufrió un violento dolor de oídos en el tren que obligó a los médicos a realizarle una trepanación con rotura de los huesos auditivos. El niño quedó sordo y casi mudo el resto de su vida.


Entre la desgracia y el exilio
El cuadro de hijos enfermos lo completó el más pequeño, Gonzalo, que también sufría hemofilia pero en su caso era un entusiasta deportista y un joven con una salud aceptable. Entre hermanos enfermos, hermanastros bastardos y circunstancias políticas turbulentas, que llevaron al Rey al exilio en 1931, crecieron el resto de hijos del regio matrimonio: Don Juan, abuelo del actual Monarca; la Infanta María Cristina, y la Infanta Beatriz, la más mayor después de Alfonso y Jaime.



La imagen de los Reyes, con la infanta Beatriz al llegar al hipódromo, ocupa la portada de ABC el 15 de junio de 1912


La imagen de los Reyes, con la infanta Beatriz al llegar al hipódromo, ocupa la portada de ABC el 15 de junio de 191



La mujer que hubiera heredado la Corona en España en caso que los hombres no tuvieran preeminencia en la línea sucesoria pasó su infancia y adolescencia en el Palacio Real de Madrid, donde cursó sus estudios a cargo de los profesores encargados de la actividad docente de los infantes.

En 1931 todo ese mundo palaciego se resquebrajó. Los primeros años en el exilio de la Familia Real fueron una pesadilla y un choque con la realidad. De París la Familia Real se tuvo que trasladar pronto a Fontainebleau por cuestiones económicas y por presiones del Gobierno francés, de cariz republicano. El Rey permaneció en esa primera etapa de exilio largas temporadas en Irlanda y viajó a Austria, Egipto y la India.Con su mujer llevaba dieciséis años sin hacer vida marital, por lo que su separación definitiva no resultó traumática. Incluso habitaron en ciudades separadas.

La Reina Victoria Eugenia se instaló primero en Inglaterra, visitó Estados Unidos y solo regresaría una vez más a España, justo en el bautizo del actual Rey Don Felipe. Alfonso XIII se estableció definitivamente en Italia, aunque siguió veraneando en Suiza y Austria.


Un accidente de coche repleto de infortunios
A su lado se encontraba Beatriz y Gonzalo, en la villa del Conde Ladislao de Hoyos, en Pörtschach am Wörthersee (Austria), cuando se produjo un terrible accidente. Durante las vacaciones de verano de 1934, el pequeño infante, que estudiaba con brillantes notas para ingeniero agrónomo en Bélgica, iba en coche junto a su hermana mayor, quien conducía supuestamente el vehículo, cuando tuvieron que maniobrar bruscamente para esquivar a un ciclista que resultó ser el barón von Neumann. El coche colisionó contra un muro y los dos ocupantes, en apariencia, no sufrieron heridas graves. Sin embargo, una vez ingresado, el benjamín de los Borbones murió a consecuencia de las heridas internas agravadas por sus problemas a la hora de coagular la sangre.



Retrato de Beatriz pintado en 1927 por Philip de László.


Retrato de Beatriz pintado en 1927 por Philip de László.



La Infanta Beatriz quedó destrozada por sentirse culpable del accidente. Mientras velaba de rodillas durante horas al pie de su cama en el hospital, incluso prometió a la Virgen que ingresaría en un convento si le salvaba. Según el biógrafo y amigo del Rey, Ramón de Franch, la razón por la que la Infanta sintió tal remordimiento es porque el coche siniestrado no lo conducía ella sino Gonzalo, a quien, en un acto de imprudencia, había cedido el volante sin que este tuviera aún edad para conducir.

El hermano mayor, Alfonso, que se casó con una hermosa cubana en una boda a la que solo acudió la Reina madre y las Infantas Beatriz y María Cristina, moriría pocos años después que Gonzalo en otro accidente de tráfico también agravado por su mala salud. Dos hijos con hemofilia, dos hijos muertos en circunstancias casi idénticas. Paradójicamente, el Rey fue a lo largo de su vida un apasionado de los automóviles y de la velocidad, hasta el extremo de que el Congreso llegó a debatir si era posible establecer un límite de velocidad a sus cabriolas.


Un matrimonio italiano
La Infanta no se metió a monja. Como señala en Gabriel Cardona en su obra «Alfonso XIII, el rey de espadas» (Planeta, 2005), a la Infanta Beatriz costó casarla con alguien de solera debido a la precaria situación política en la que se encontraba el Rey exiliado. Se comprometió en enero de 1935, en presencia de su padre, pero no de su madre, con Alejandro de Torlonia, quien ostentaba un título de príncipe comprado al Papa.

Para ello tuvo que renunciar a los derechos sucesorios antes de la boda y a soportar la retahíla de reproches, incluido el de que la habían buscado un buen marido para consolarla por «haber sido por desgracia causa de la muerte de un hermano», que desde París le envió su hermano Alfonso por posicionarse de parte del Rey, y no de la Reina, en unos años en los que las relaciones del matrimonio estaban rotas por completo.



Los hijos de Alfonso XIII, el Príncipe de Asturias (1), el Infante Jaime (2) y la Infanta beatriz (3) a su regreso a palacio después de su paso por la Casa de Campo en 1913.


Los hijos de Alfonso XIII, el Príncipe de Asturias (1), el Infante Jaime (2) y la Infanta beatriz (3) a su regreso a palacio después de su paso por la Casa de Campo en 1913. - Julio Duque




Una carta con fecha de enero de 1935, reproducida por Juan Balansóen su libro «Trío de Príncipes», terminaba con un agrio deseo de Alfonso para su hermana Beatriz:

«Que tengas suerte (aunque lo dudo, pues el que mal empieza mal acaba) y no tengas que llorar lo que has hecho, pues ten en cuenta es un paso para toda la vida y que a alguno lo has destrozado. Espero que veas en esta carta cariño y no venganza, pues no es ese mi deseo. Te abraza tu hermano».

El matrimonio no acabó mal como pronosticó Alfonso, quien sí tuvo varios tropiezos maritales. La que sería la abuela materna de Alessandro Lecquio y de Sibilla de Luxemburgo fijó su residencia en el palacio Torlonia, en la romana via Bocca di Leone, donde moriría en 2002. Fue madre de cuatro hijos: Sandra (1936), casada con el conde Clemente Lequio di Assaba; Marco (1937-1986), casado con Orsetta Caracciolo; Marino (1939-1995), y Olimpia (1943), casada con el empresario suizo Paul Annik Weiller. Vivir la muerte de Marco y Marino fue otro duro golpe para la española.

A pesar de su arraigo italiano, la Infanta Beatriz fue la primera entre los hijos de Alfonso XIII en regresar a España tras la Guerra Civil. Alojada en el Hotel Ritz, la Infanta jaleó a los monárquicos con su visita de 1950, de manera que la dictadura franquista ordenó su inmediata salida del país. A partir de entonces, si bien pasó algunas temporadas en España, nunca más volvió a residir mucho tiempo en su país natal.


 
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La vida secreta de Mao Tse-Tung: el líder comunista de los 40 millones de muertos y las mil amantes



Portada de la edición sevillana del 10 de septiembre de 1976




Resulta sorprendente que la biografía íntima del líder comunista haya estado rodeada de tanto misterio hasta hace pocos años en los que algunas obras escritas por colaboradores cercanos lo han retratado como a un ególatra cruel y sádico con un insaciable apetito sexual


« China, sin Mao Tse-Tung», titulaba ABC en su edición del 10 de septiembre de 1976. El dictador había muerto el día anterior, tras casi tres décadas dirigiendo con mano de hierro los designios del país más poblado del planeta. Tal fue su influencia que acabó convirtiéndose en una especie de icono cultural del siglo XX. En 2017, uno de los retratos que Andy Warhol hizo de él se vendió a través de la casa de subastas Sotheby’s de Hong Kong por más de 17 millones de dólares. Como ya comentaba a este diario entre lágrimas una joven pekinesa frente a las puertas de la Ciudad Prohibida durante el funeral: «Vosotros los extranjeros nunca podréis entender lo que significa para nosotros».

Resulta sorprendente que la vida del «Gran Timonel», como se le conocía en vida, estuviera rodeada de tanto misterio hasta muchos años después de su muerte, a unos niveles enfermizos solo alcanzados por los norcoreanos Kim Jong-un y su padre Kim Jong-il. El mismo día 9 de septiembre, la radio china daba la noticia de que «el líder Mao ha muerto a consecuencia de un empeoramiento de su enfermedad», pero no se especificaba cuál era esta. Se sabía que dos años antes había sufrido un ataque al corazón y se rumoreaba con que, últimamente, había experimentado problemas de salud debidos al mal de Parkinson, aunque esto nunca fue confirmado. Sobre lo que no hubo una sola noticia fue de los tres infartos que tuvo en la primera mitad de 1976.

Hagiografías oficiales aparte, solo unos pocos libros en los últimos años han vertido algo de luz sobre la vida privada del líder comunista. Véase, « Mao: la historia desconocida», de Jung Chang y Jon Halliday, o « La vida secreta del presidente Mao, memorias del médico personal de Mao», del doctor Li Zhisui, los cuales retratan al líder comunista como un ególatra cruel y sádico. No en vano, durante décadas ejerció el poder absoluto sobre la cuarta parte de los habitantes del planeta y fue responsable de la muerte de más de setenta millones de personas en tiempo de paz. Todo ello unido a que desplegó uno de los cultos a la personalidad más extravagantes y profusos de los que se tengan memoria. De ningún otro líder político del siglo XX puede decirse tanto, ni tan siquiera de Hitler, que provocó una guerra mundial.


«Egoísta, paranoico y sanguinario»
Según describe el escritor Pedro Arturo Aguirre en « Historia mundial de la megalomanía: Desmesuras, desvaríos y fantasías del culto a la personalidad en la política», Mao Tse-Tung era un «egoísta, absolutamente inescrupuloso, paranoico, envidioso, sanguinario y vil. A pesar de ser considerado uno de los baluarte del comunismo, en realidad no tuvo otra ideología en su vida que no fuera conservar el poder. En lo personal, Mao siempre estuvo reñido con la más mínima higiene corporal pero, eso sí, estaba obsesionado con el s*x*».

Muchas de las pretendidas hazañas del padre del comunismo chino fueron leyendas difundidas por él mismo. Un ejemplo es el «Gran Salto Adelante», con el que Mao trató de transformar la tradicional economía agraria del país con unas serie de medidas económicas, sociales y políticas, entre 1958 y 1961, pero con las que lo único que consiguió fue acabar con la vida de 40 millones de personas. Una rápida industrialización y colectivización con la que quiso convertir a China en una superpotencia económica y militar, pero acabó en prácticamente un holocausto.

El resultado fue la peor hambruna de la historia, que fue provocada principalmente al expropiar los alimentos del pueblo para enviarlos a la URSS a cambio de fábricas y armas. Superó con creces a la provocada por Stalin en Ucrania, que había acabado unos años antes con diez millones de inocentes. «China tiene en su enorme población uno de los recursos renovables más preciados. Hay que pensar en términos estratégicos. Si alcanzar el rango de potencia nos va a costar el 10 o 15% de la población, es un precio más que asequible», justificó el dictador.

La Gran Revolución Cultural
Al «Gran Salto Adelante» le siguió la «Revolución Cultural Proletaria», con la que Mao Tse-Tung eliminó sin contemplaciones a quienes consideraba sus enemigos. Se calcula que cerca de un millón y medio de personas perdieron la vida, y otros 20 millones fueron enviados a campos de reeducación. Era, tal y como lo como la calificó él mismo, una purga contra «la camarilla derechista y burguesa. Y también fue el periodo de clímax en lo que respecta al culto a su personalidad, que él defendió bajo el pretexto de «fomentar la alta moral de las tropas».

Con esta Revolución Cultural, la vida de todos los chinos debía girar en torno a la figura del presidente y su pensamiento, porque Mao sentía que era el intelectual e ideólogo más importante de todos los tiempos. De ahí la enorme difusión que hizo de su « Libro Rojo», una recopilación de citas, discursos, escritos y ocurrencias que en solo tres años se convirtió en el libro más publicado del mundo por detrás de la Biblia. Su estudio se hizo obligatorio en todas las escuelas y centros de trabajo. Una obsesión que llegó hasta el punto de que todos los teléfonos oficiales debían contestar, por ley, con una de las citas de esta obra: «Las masas son los verdaderos héroes, en tanto que nosotros somos a menudo pueriles y ridículos» o «El Partido Comunista es el núcleo dirigente del pueblo», por poner dos ejemplos.

Pedro Arturo Aguirre cuenta que Mao Tse-Tung fue, sobre todo, un envidioso de lo más ruin e inclemente: «Aniquiló moral y físicamente a tres grandes héroes de la Revolución china: Liu Shaoqi, He Long y Peng Dehui, quienes tenían muchos más méritos, agallas y cualidades humanas que el miserable Sol Rojo; y a un cuarto, Zhou en Lai, lo obligó a tolerar una dolorosa y larga agonía». Este último fue quien se atrevió a detener el demencial «Gran Salto Adelante», para iniciar una serie de reformas que pusieran freno a la hambruna, pero el Gran Timonel no se lo perdonó. Fue depuesto de su cargo y humillado públicamente de manera salvaje. Los Guardias Rojas le acusaban de «rata capitalista» y «traidor» y China entera se llenó de carteles en los que se le insultaba, hasta que finalmente fue enviado a prisión. Allí falleció a los tres años, después de que el líder comunista se negara a que recibiera tratamiento por su diabetes y por su neumonía.

El doctor Li Zhisui comenzó a escribir su «vida secreta» de Mao, publicado en 1995, con las primeras anotaciones que hizo al ser nombrado nombrado para el importante e ingrato cargo de médico del líder comunista, a los 35 años, que no pudo rechazar. El mismo empleó que le llevó al ostracismo cuando el corazón de Mao Tse-Tung se paró el 10 de septiembre y la viuda del mandatario, Jiang Qing, fue a verle: «¿Y ustedes qué estaban haciendo? Ustedes tendrán que responder por esto», amenazó al equipo de doctores que tenía a su mando. No hay que olvidar que, durante décadas, se había hecho popular el eslogan de «Mao no debería morir» y los chinos habían terminado creyéndoselo.


El mismo Mao Tse-Tung estaba obsesionado con ello. A medida que iba envejeciendo, buscaba cualquier terapia de rejuvenecimiento. Una de ellas eran las aguas de yin o secreciones vaginales que usaba para complementar su declinante yang o esencia masculina. Es decir, la fuerza y su longevidad, que él consideraba la fuente de su poder. «Se sentía feliz y satisfecho cuando tenía varias muchachas compartiendo su cama simultáneamente. Casi siempre les decía a las jovencitas que leyeran el manual taoísta “La vía secreta y simple de las muchachas” antes de llegar a su cama. Como el texto era de difícil lectura, ellas me pedían explicaciones con frecuencia», cuenta el doctor Li en su libro.

El médico le había acompañado en sus viajes por el país. Recuerda que se trasladaban en un tren lujoso y que el líder comunista ordenaba al partido que se sembraran de arroz todos los campos que por lo que pasaban las vías por las que él pasaba. Miles de kilómetros sólo para deleitarse con la supuesta fertilidad de sus tierras. No le importaba que el trabajo implicara a centenares de miles de agricultores y que tuvieran que paralizar o desviar el itinerario de muchos trenes durante semanas.


El asunto de la obra de Li que más ha llamado la atención ha sido la vida sexual de Mao. Hiperactividad, sería la palabra clave, dirigida fundamentalmente a jovencitas bailarinas, que eran su debilidad. Se dice que las tuvo por miles y que, a menudo, exigía que fueran vírgenes. El médico asegura que nunca dejó de saciar su apetito sexual, pese a saber perfectamente que sufría blenorragia y que podía contagiar a todas sus amantes. Ni siquiera consintió jamás ser tratado de esa enfermedad.

Como revolucionario seguidor del taoísmo, llegó a escribir que «la sexualidad es una fuerza cósmica cargada de potencialidad revolucionaria». En 1931, 18 años antes de tomar el poder, se mostraba partidario de la libertad sexual e hizo suya la teoría del vaso de agua de los soviets rusos, según la cual las relaciones sexuales no sólo deben servir para quitar la sed. Se ha dicho que durante la Larga Marcha (1934-35) Mao exigía una joven vírgen en cada pueblo por el que pasaba. Algo que contrasta vivamente con el impecable comportamiento de sus soldados en esta epopeya, aunque fuera una estudiada estrategia para ganarse el favor de los campesinos.

El médico confirmó el gigantesco apetito sexual del líder poco después de incorporase a su puesto. «Menos de una semana después de haber empezado a trabajar para Mao, quedé sorprendido cuando me enteré de que el presidente estaba organizando un baile. Los salones de baile habían sido prohibidos como decadentes y burgueses después de la revolución, pero tras los muros de Zhongnanhai, Mao organizaba fiestas una vez a la semana. Se esperaba que yo asistiera. Entré al inmenso salón Loto de Primavera con Mao e, inmediatamente después, estaba rodeado de jóvenes atractivas que coqueteaban con él para que las sacara a bailar [...]. Pasaron varios años hasta que entendí cuál era el propósito de estas fiestas: en 1961, una de las camas de Mao fue llevada a un cuarto contiguo al salón de baile donde se retiraba a “descansar” durante los bailes. Varias veces lo vi llevando a una de las jóvenes de su mano hasta el cuarto donde se metía con ella y cerraba la puerta». Y añade después: «Varias veces su esposa lo encontró con otras mujeres, incluyendo sus propias enfermeras. La conducta de Mao la hirió profundamente. Una vez la encontré llorando en un banco a las afueras de la residencia de Mao. Sollozante dijo que nadie, ni siquiera Stalin, podría ganar una batalla política contra su esposo, de la misma manera que ninguna mujer podría ganar jamás una batalla por su amor. Su gran temor era que Mao la dejara».

La homosexualidad penada, menos para Mao
La actividad sexual del dictador comunista no se limitaba a las mujeres, según confiesa el doctor Li. Los apuestos guardaespaldas del presidente tenían que darle masajes en su cuerpo, incluyendo sus partes íntimas. El mismo médico describe una escena que él mismo presenció: «En 1964 vi como Mao, completamente desnudo, agarró a un joven guardaespaldas y lo comenzó a acariciar. Al principio tomé esa actitud como una evidencia de su homosexualidad, pero más tarde concluí que no era más que un insaciable apetito por cualquier forma de s*x*». Y a continuación relata que, como se negaba a bañarse, obligaba a estos a que le lavaran con toallas calientes.



Una de la imágenes propagandísticas de Mao Tse-Tung


Una de la imágenes propagandísticas de Mao Tse-Tung - ABC



Resulta curioso que esto ocurriera en un lugar como China, donde la tolerancia con respecto a la homosexualidad desapareció en el mismo momento en que Mao creó la República Popular el 1 de octubre de 1949, hace hoy justo 70 años. El régimen comunista persiguió duramente a los gays y a las lesbianas, pues consideraban su libertad sexual como una perversión del capitalismo y, por lo tanto, una práctica contrarrevolucionaria que debía ser erradicada. No existía una ley que tipificara específicamente la homosexualidad como delito, pero las personas que la practicaban eran condenadas a severas penas de cárcel, castración forzada e, incluso, pena de muerte, bajo cualquier pretexto con foma de legalidad.

Cuando empezó a sufrir los primeros síntomas de impotencia a una edad temprana, Mao se volvió prácticamente loco. Estaba convencido de que un líder como él debía ser sexualmente activo hasta lo 80 años. Para intentar ponerle freno, estaba convencido de que debía seguir tratándose con toda clase de afrodisíacos, tal y como habían hecho sus antecesores, incluyendo inyecciones de un extracto de cuernos de venado. Zhisui le recomendó que se sometiera a los tratamientos convencionales, pero su desconfianza se lo impedía. «En todos los años que trabajé para Mao, nunca fui capaz de educarlo en la medicina moderna. A él le faltaban los más rudimentarios conocimientos del sistema reproductor del ser humano. Cuando le dije que las pruebas de laboratorio habían revelado que él no era fértil, respondió: “¿Eso significa que me volví eunuco?”. Pero a Mao no le preocupaba la infertilidad, pues ya había sido padre de seis niños con cuatro esposas», explica el doctor.

A día de hoy, Mao Tse-Tung siendo un desconocido por el celo con que el régimen de Pekín protege su figura. El motivo es sencillo: aunque el país se abrió al capitalismo hace ya cuatro décadas, la legitimidad de su autoritario sistema político sigue descansando en la herencia que él dejó como «padre» de la «nueva China», cuya gestión fue valorada como «positiva en un 70% y negativa en un 30%». Con esta solución de compromiso, el Partido Comunista salvaba siempre la cara del líder y se aseguraba su supervivencia tras causar dos de las mayores catástrofes de la historia del país, las mencionadas «Revolución Cultural» y el «Gran Salto Adelante».


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ISABEL LA CATÓLICA, ‘ENFERMERA’ Y RESPONSABLE DEL PRIMER HOSPITAL DE CAMPAÑA DE ESPAÑA

Un siglo antes que otros países europeos, la reina encontró una solución sanitaria a las tragedias de la guerra.


POR ANA ARJONA
17 DE MAYO DE 2020



lo largo de la historia, la realeza que tenía poder sobre todas las cosas, dios mediante, fue partícipe y precursora de muchos avances médicos. Es el caso de Catalina la Grande, ávida y curiosa, se interesó por buscarle un remedio a la viruela. La emperatriz rusa contactó con un médico inglés que había desarrollado una vacuna contra esta enfermedad y fue la primera persona, junto a su hijo heredero, en testarla.

En España, encontramos el fascinante caso de la reina Isabel la Católica.Durante la guerra de Granada, mientras Fernando II de Aragón se encargaba de la reconquista enfrentándose a los enemigos en el campo de batalla, la reina católica buscaba una solución a sus consecuencias. Aunque Isabel visitaba las tropas y les infundía ánimos, no era suficiente. Los enfermos y heridos eran tantos y los lugares de cura estaban tan alejados del lugar del conflicto que la tarea de salvarlos se tornaba imposible.

Fue entonces cuando surgió la idea de trasladar a médicos, enfermeros y cirujanos al campo de batalla, en lo que se convirtió en el primer hospital de campaña de la historia española, adelantándose un siglo al resto de Europa. Creado en 1484, en el enclave de Loja (Granada), se le denominó El Hospital de la Reina. Un cronista de la época, recogía los hechos así: “Envió la Reina a hacer unas tiendas grandes convertidas en un hospital improvisado que llevaba su nombre”. La organización consistía en seis tiendas para alojar a los heridos y a quienes pedían asistencia. En este puesto se encontraban además del personal sanitario mencionado, ropa limpia, medicinas y todo lo necesario para afrontar los estragos de la guerra.







En esta obra se refleja, siglos después, los detalles de los primeros hospitales de campaña, ideados por la reina Isabel la Católica.© GETTY IMAGES.
Mientras su marido batallaba al pie del cañón, ella acompañaba a los sanitarios, atendía a los soldados recién llegados y ayudaba en lo que podía. Estos hospitales de campaña funcionaron en Toro, Baza, Málaga y Granada capital hasta el fin de la contienda y marcaron tendencia hasta nuestros días.

Durante su reinado, los reyes Católicos también se encargaron de la organización administrativa sanitaria. En 1977 crearon el Real Tribunal del Proto Medicato, una organización cuya idea era la de ejercer una función docente, regular las tareas sanitarias y vigilar el ejercicio de los profesionales (no sólo médicos y cirujanos, también de boticarios, embalsamadores y especieros).

También se castigaba las malas praxis y los excesos cometidos por los trabajadores de la salud, se regulaba la venta de medicamentos en mal estado y placebos, apartaban el intrusismo laboral y se otorgaban licencias de trabajo a los profesionales que demostraban estar cualificados. De esta forma, Isabel y Fernando no sólo habían instaurado los hospitales de campaña sino que también habían creado un prototipo del Ministerio de Sanidad. Esta organización no actuaba exclusivamente a favor de los médicos de la corte (que en tiempos anteriores tenían que pertenecer obligatoriamente a la nobleza) sino en beneficio de todo el pueblo español.

 

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