Hablemos de la soledad, una realidad con la que debemos aprender a convivir (1 Viewer)


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Cinco historias que narran la estrecha relación entre mayores y voluntarios
Alrededor de 2,5 millones de españoles son voluntarios, un 6,2% de la población, con una mayoría de mujeres (63%)



Gonzalo y Julia.

Gonzalo y Julia. Grandes Amigos.

Eduardo Lobillo
1 MAR 2020 - 15:04 ART


Cada día miles de personas se cruzan en la calle sin apenas mirarse, pendientes de sus cosas, inmersos en sus pensamientos, ajenos completamente unos de otros. Una mirada un poco más atenta, permite detectar algunos lazos que unen a dos personas más allá de relaciones de amistad, trabajo o familiares. Se pueden observar en el autobús, el médico, en una terraza o sentados en el banco de un parque. Son una persona mayor y el voluntario que la acompaña. Ambos han creado una relación a lo largo del tiempo que se podría calificar como distinta. No es de amistad ni familiar, tampoco de compañerismo o laboral. Uno no cobra ni recibe gratificaciones por lo que hace. El otro no espera más que ser escuchado y atendido.

Hay cifras y números sobre el voluntariado en España. Alrededor de 2,5 millones de españoles son voluntarios, un 6,2% de la población, con una mayoría de mujeres (63%). Son datos del informe sobre la acción voluntaria en 2018 de la Plataforma del Voluntariado en España. Pero más allá de los datos, están las historias de unas personas que comienzan a compartir parte de sus vidas y que desarrollan unas vivencias que son la explicación de por qué se sienten tan bien unos junto a otros.

Estas son algunas de esas historias.

1. María Antonia Cuéllar y Julián Fernández

La relación de María Antonia Cuéllar, 73 años, y Julián Fernández, de 72, se inició hace seis años cuando este empezó a ir a casa de la primera todos los lunes unas tres horas para que ella se tomara un respiro en el cuidado de su marido (así se llama el programa de Cruz Roja, Respiro familiar). Ángel, de 76 años, lleva diez años sin moverse ni hablar por una demencia vascular.
Después de 18 años siendo voluntario en Cruz Roja, Julián no ha perdido la ilusión del primer día. “Lo quiero un montón”, dice, refiriéndose a Ángel. “Le hablo mucho y le cojo la mano cuando lo saco para tomar el sol en un parque”, cuenta divertido al pensar lo que otros dirán cuando los ven juntos. Con Antonia se lleva “divinamente”, y aunque se echan "la bronca”, la que “manda es ella”, afirma.
Antonia justifica con su acento gaditano que no ha perdido después de 45 años en Mallorca, que se pelean “porque los dos son géminis”. Ella reparte su cariño entre su marido, “lo más bonito que tengo en mi casa”, y Julián, “una persona maravillosa en la que tengo plena confianza”. No es para menos. “Cuando viene a casa y le habla, mi marido pone los ojos de otra manera”, cuenta orgullosa.

Antonia y Julián.

Antonia y Julián. Cruz roja

2. Gonzalo Patino y Julia Prada

No es raro encontrar sentados en una terraza de Madrid tomándose unas cañas a Gonzalo Patiño, de 87 años, y a Julia Prada, de 57, de la ONG Grandes Amigos, que lo acompaña desde hace un año. Los dos, en la imagen que encabeza este artículo, definen estos momentos como los más divertidos que pasan juntos.
Uno y otra se echan flores sin ningún tipo de reparo. Él “la adora” está “encantadísimo con ella” y ha desarrollado “una gran amistad”. Ella dice que es “su abuelito y que forma parte de su familia”.
Una tercera voz, la de la hija de Gonzalo, lo confirma todo. “Es como si mi padre tuviera otra hija. Le cuenta todo. Es su psicóloga particular”, asegura.

3. Dolors Inglada y Eva Solá

Dolors Inglada, de 82 años, y Eva Solá, de 35, han creado una relación en la que lo normal sería afirmar que la una es la madre de la otra. Aunque no sea así, a las dos les da igual. Comparten desde hace casi un año, y un día a la semana, confidencias y experiencias que se cuentan primero la una a la otra, y después a su familia. “Le dije antes a ella que a mi pareja que quería tener hijos”, explica Eva.
La Fundación La Caixa, a través del programa Siempre acompañados, que desarrolla con la colaboración de Cruz Roja, es la culpable de poner en contacto a dos personas que disfrutan mucho de los momentos que comparten.
“Somos más que amigas”, señala Dolors. “Es como si fuera una hija. Hablamos de cosas de mujeres. Tiene detalles conmigo que me hacen muy feliz. Le estoy muy agradecida”, resume.
“Buscaba algo más en la vida que me llenara, me faltaba el contacto con otras personas”, comenta Eva. “Charlar, charlar y charlar, es lo que hacemos. Sobre todo la escucho. Es un intercambio de experiencias”, concluye.

Dolors y Eva.

Dolors y Eva. La Caixa

4. Antonia Olmedo e Isidre Ortiz. Amigos de la gente grande

Hace ya más de sesenta años que Antonia Olmedo, que ahora tiene 79, se trasladó desde Mancha Real (Jaén) a Cataluña y ahí se quedó. Se casó y tuvo dos hijos. Viuda desde hace 28 años y con graves problemas de salud, se puso un día a llamar por teléfono para pedir ayuda y “sin querer ni saber dónde llamaba”, acabó contactando con Amigos de la gente grande. “Lo mejor que me ha pasado”, asegura.
Ahí fue donde conoció a Isidre, 74 años. Desde hace ocho va un día a la semana a su casa, la acompaña a caminar, la lleva al médico y, sobre todo, la escucha. “Es muy bueno, un santo, me escucha, a veces se duerme, pero es que hablo mucho”, explica entre risas Antonia.
Isidre se hizo voluntario cuando se jubiló en 2008. Cree que lo más importante de su labor es el “acompañamiento emocional” a las personas. Él lo hace y lo ha llevado incluso un poco más allá. Se ha convertido en el confidente de Antonia. “Somos amigos y confía en mí”, describe su relación.
Antonia lo confirma diciendo que es el que mejor la conoce y cuenta que siempre le dice: “No me abandone, no me deje, señor Isidre”.

Antonia e Isidre.

Antonia e Isidre. Grandes Amigos

5. Fermina Vega y Mariano Rebollo.

Fermina Vega, de 76 años, ha tenido una vida muy dura en la que poca gente la ha tratado bien. Por eso valora por encima de todo el trato que Mariano Rebollo, voluntario desde hace cinco años en la Fundación Aisama de Cáritas, le da cuando va a su casa una vez a la semana desde hace casi dos años.
“Es muy amable y buena persona. Lo que más me gusta de él es su amistad y sinceridad”, manifiesta. Mariano, que sabe las dificultades por las que ha atravesado Fermina a lo largo de los años, la define como una persona “entrañable y encantadora” a la que sobre todo “le gusta charlar”.

Fermina Vega y Mariano Rebollo.

Fermina Vega y Mariano Rebollo.

 
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Cuatro matrimonios amigos se construyen un edificio a medida para retirarse juntos
La casa de Poblenou en la que compartirán su jubilación es una de las visitas más solicitadas en el Open House de este fin de semana en Barcelona




barcelona open house

Casa d’Amics en el barrio de Poblenou, en Barcelona.
Begoña Gómez Urzaiz


"Cuando seamos mayores, viviremos todos juntos en un edificio. Cada uno tendrá un piso y en la azotea haremos una piscina". Suena al plan perfecto que cualquiera podría trazar con 15 años (o con 35, o incluso con 55). Y alguna gente lo consigue. En el Open House, el festival de arquitectura que da acceso a edificios de todo tipo y que se celebra este fin de semana en Barcelona, Badalona y L’Hospitalet [en Madrid tuvo lugar el último fin de semana de septiembre], una de las visitas más solicitadas es a la Casa d’Amics, que es como se ha bautizado un edificio de nueva planta en el barrio de Poblenou.

Lo firman los arquitectos Lola Domènech y Thomas Lussi y parte de una idea del propio Lussi, un suizo casado con una aragonesa que tiene fuertes vínculos con Barcelona. La pareja convenció a otros tres matrimonios amigos, todos residentes en Lucerna y entre los 55 y los 65 años, para levantar un bloque de apartamentos que les sirva como casa comunitaria en la que ir pasando cada vez más tiempo y finalmente retirarse.

El edificio tiene cinco pisos, uno por planta –el quinto está ocupado por un inquilino que se ha convertido en el "quinto amigo"–, un local comercial que utiliza Lussi para algunos proyectos de su despacho de arquitectura, un patio equipado con un banco y una mesa comunal pensadas para hacer encuentros de grupo, un sótano con trasteros, lavadoras y secadoras y, en la azotea, una pequeña piscina y una cocina al aire libre.

En el patio común han colocado un banco y una mesa en la que reunirse, siguiendo la constumbre aún vigente en Poblenou de salir a la puerta de casa con una silla.

En el patio común han colocado un banco y una mesa en la que reunirse, siguiendo la constumbre aún vigente en Poblenou de salir a la puerta de casa con una silla.

Lussi conocía el barrio porque vivió allí a principios de los noventa, cuando trabajó en proyectos como la Vila Olímpica o el pabellón de baloncesto en Badalona. "Con mi mujer, siempre teníamos la idea de tener un piso en Barcelona como segunda residencia. Mantenemos mucha relación con la ciudad, muchos amigos. Después de ver algunos pisos en venta, se nos ocurrió que sería más interesante planificar una casa entera para poder decidir personalmente cómo vivir. Lo comentamos con amigos de Lucerna y la idea creció. Los cuatro tenemos hijos e hijas –nosotros dos, de 23 y 20 años, las dos estudian Arquitectura y quieren hacer Erasmus en Barcelona– así que pensamos que la casa es un proyecto que durará varias generaciones".

Lussi contactó con la arquitecta barcelonesa Lola Domènech y ambos decidieron idear un edificio hiperlocal, con elementos que conecten con la arquitectura del barrio. "Hemos hecho una relectura de materiales de toda la vida, como el ladrillo manual, rústico, y la celosía cerámica, que permite crear espacios ventilados, como la escalera, y provoca efectos de luz y sombra muy interesantes", explica Domènech. Aunque en este caso se hace dentro de la casa, la idea de tener un patio con una gran mesa y bancos conecta con la tradición de sacar la silla a la calle, que todavía se da en el Poblenou.

Cada piso cuenta con dos dormitorio, dos baños, cocinasalóncomedor y terraza. Las persianas de lamas abatibles de madera imitan las tradicionales persianas verdes de los balcones del Eixample.

Cada piso cuenta con dos dormitorio, dos baños, cocina/salón/comedor y terraza. Las persianas de lamas abatibles de madera imitan las tradicionales persianas verdes de los balcones del Eixample.

Cada piso tiene unos 80 metros cuadrados y cuenta con un espacio de cocina abierta/salón/comedor, una terraza, dos dormitorios y dos baños. La fachada está hecha de persianas abatibles de madera de iroko que homenajean a las clásicas persianas verdes del Eixample barcelonés. En las casas, las persianas dan lugar a unas terrazas que no son demasiado calurosas en verano ni demasiado frías en invierno y que extienden hacia el exterior el espacio habitable.
Domènech se ha encargado también del interiorismo del tercer piso, que ocupa el empresario Markus Schmidt. Este tenía ya una colección de piezas de Jean Prouvé y Eileen Gray pero quería que su piso de Barcelona tuviera elementos de diseño catalán. Domènech colocó varias lámparas de Milà –la cesta y una TCM–, piezas de Óscar Tusquets, las sillas Rambla de Martín Azúa en la terraza y una silla Barcelona de Mies van der Rohe en uno de los dormitorios.

El arquitecto alemán y Lily Reich crearon la famosa pieza para el Pabellón Alemán en la Exposición Universal de Barcelona, en 1929. "¿Qué mejor manera de conocer una cultura que a través del arte, la arquitectura y el diseño?", comenta Schmidt. "Sobre si existe una estética Barcelona, [ciertos rasgos] que todos esos diseñadores tienen en común solo puedo decir que sí. No conozco otro lugar donde el diseño, el arte y la arquitectura estén tan juntos".

casa compartida jubilacion


Cada apartamento ocupa una planta entera. Uno de los aspectos que acordaron entre todos fue el de poner suelos que calentaran en invierno y refrescaran en verano, de modo que se reduzca la necesidad de utilizar calefacción y aire acondicionado, aunque esto supusiera encarecer el precio final.

El diseñador y su esposa tienen dos hijos de 34 y 31 años que han pasado ya el verano en la Casa d’Amics con sus familias. Él espera pasar varios meses al año en el edificio, disfrutando del barrio, que, dice, "tiene el mar al lado, en medio de una gran ciudad. Buenos restaurantes, bares, tiendas, mercados, galerías, salas de concierto... todo cerca".

Su plan de integrarse en la vida del barrio (que vive un avanzado proceso de gentrificación) contrasta con la idea tradicional que suele existir en Europa central de retirarse a una casa en la costa. "Nuestros vecinos en Suiza hablan mucho de esta comunidad compartida que hemos ideado para nuestra vejez. Le vemos muchas ventajas para el futuro", comenta.

casa compartida jubilacion


Los dos arquitectos encargados del proyecto, Lola Domènech y Thomas Lussi, decidieron utilizar materiales locales, como ladrillos manuales rústicos, y celosías cerámicas, que permiten crear espacios ventilados y provocan efectos de luz.

Desde que empezaron a buscar el solar hasta que se ha terminado el proyecto han pasado unos cinco años, durante los que las cuatro familias (entre los que hay un veterinario, un ingeniero o una ginecóloga) han ido tomando las decisiones de manera consensuada. "Diría que nuestra relación se ha intensificado durante estos años. El proceso nos ha unido bastante", cree Lussi.

Entre todos acordaron, por ejemplo, invertir en revestimientos aislantes y en un suelo que refresca en verano y calienta en invierno para hacer casi innecesarios la calefacción y el aire acondicionado. Estos detalles han encarecido el precio final de las casas, que Domènech cifra en 1.500 euros por metro cuadrado, a los que hay que añadir el precio del solar. Sin embargo, el precio medio del metro cuadrado en Poblenou es de 3.700 euros, según Housfy.

¿Es rentable económicamente embarcarse en un proyecto así? "Puede que haber comprado un piso en el barrio hubiese sido más económico. Pero la calidad de los espacios no sería la misma. Al final construir en comunidad sale a cuenta. Se puede controlar la calidad, el presupuesto y las propias necesidades", opina Lussi. "Yo lo volvería a hacer".

casa compartida jubilacion

En la azotea han puesto una piscina y una cocina abierta.

casa compartida jubilacion



 
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Los millennials ya son la generación más solitaria: el 22% reconoce no tener ningún amigo

Los millennials ya son la generación más solitaria: el 22% reconoce no tener ningún amigo



Un nuevo dato llega para aumentar la descripción de la generación que más titulares ha acaparado en los medios de comunicación: los millennials. Este estudio revela que los nacidos entre 1980 y 1994 se sienten más solos que los baby boomers y un porcentaje de la generación Z. Parte de esta responsabilidad recae en el uso de las redes sociales y la forma de entender la vida en una generación marcada por el perfeccionismo, el estrés y la ansiedad.

2 de cada 10. Según revela este estudio de You Gov, el 22% de los adultos de entre 23 y 38 años asegura no tener ningún amigo, el 30% reconoce no tener mejores amigos y el 25% ni siquiera posee un círculo de "conocidos" con los que poder hacer algún plan de vez en cuando. A pesar de que la encuesta de You Gov no midió las razones que están detrás de estos datos, otros informes sobre los comportamientos de esta generación pueden acercarnos a la respuesta.


El mismo estudio sitúa a los millennials como la generación más solitaria actualmente. Mientras que 3 de cada 10 jóvenes adultos afirman sentirse solos "siempre o en alguna ocasión", tan solo el 15% de los baby boomers comparten esa sensación y el 20% de la generación Z. Sin embargo, aquí el retrato de la generación Z es algo más impreciso ya que la muestra deja fuera a los nacidos más allá del 2001 y esta generación acapara hasta el 2010.

¿Por qué sucede esto? Para tratar de comprender por qué la soledad está afectando más a los millennials que al resto, conviene echar un vistazo a lo que el Instituto de Ciencias de la Educación denomina el "ciclo de la soledad". Esta idea hace referencia a cómo evoluciona el contacto con las relaciones sociales a lo largo de las distintas etapas de la vida. Así, mientras en la adolescencia todo gira en torno a la socialización, en las primeras etapas de la adultez hay un pico de soledad derivado de los distintos puntos vitales en los que se encuentran las personas.

Este metanálisis habla de cómo durante los 30 (edad en la que se encuentran gran parte de los millennials actualmente) es más complicado hacer amigos porque el aumento de las responsabilidades como la familia o el trabajo hacen que esa faceta de la vida pase a un segundo plano y algunas amistades de toda la vida se disipen.

Consecuencias. Al igual que los estados de depresión favorecen un peor funcionamiento del sistema inmunitario, la soledad también tiene efectos negativos más allá del ámbito psicológico. Según el mismo estudio, sentirse así durante un periodo de tiempo prolongado puede aumentar la presión sanguínea e incrementar la probabilidad de padecer enfermedades cardíacas. Tanto es así que varios informes hablan de que la soledad crónica incrementa el riesgo de muerte en un 26%.

Frágil salud mental. Los millennials son la generación que reporta mayores índices de estrés y ansiedad: un 12% de estos jóvenes la padece, una cifra que se eleva del 6% de los baby boomers que reconoce compartir este problema. Según este estudio, hay una estrecha relación entre la depresión y el consumo de contenido a través de una pantalla en nuestro tiempo de ocio. Las resultados de este experimento realizado a los jóvenes millennials allá por 2012, concluía que aquellos que invertían su tiempo libre en actividades al aire libre eran más felices que los que se quedaban en casa delante del ordenador o el móvil, entre otras cosas porque se sentían menos solos.

Internet. A pesar de que la red permite mantener el contacto con las personas que están lejos, el vínculo que se crea es menos fuerte que el obtenido con el contacto directo, y eso hace que se incremente la sensación de soledad. La posibilidad de comunicarse a través de un story de Instagram o una nota de voz de Whatsapp provoca que los millennials hablen más a través de plataformas digitales que de forma física. Es decir, se mantiene más el contacto, pero se cuidan menos la formas.

 

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Cuatro personas habituadas a la soledad nos cuentan sus reflexiones durante el confinamiento

En pleno confinamiento se han publicado estadísticas oficiales que confirman que cada vez más gente vive sola



Isabel, Ricardo, Nieves y María
Isabel, Ricardo, Nieves y María. Fotos cedidas

Sandra Moreno Bazán 13 MAY 2020 - 18:20 ART

Isabel Bermúdez perdió a su marido hace años y desde entonces no tiene más compañía en casa. Algunos conocidos de Ricardo Alonso a veces le preguntan por qué a sus 42 años sigue viviendo solo. Nieves Casas cambió de ciudad recientemente porque no encontraba su lugar en la universidad en la que había empezado a estudiar. Y María Garcés ha vivido en tres países distintos en los últimos cinco años, lo que le ha obligado a adaptarse continumente a situaciones nuevas. Son cuatro personas que se han acostumbrado a la soledad, en algunos casos deseada y en otros no, y les hemos pedido que nos hablen sobre sus experiencias, tanto durante el confinamiento como en general.

Fue precisamente en pleno confinamiento por el coronavirus cuando conocimos los datos de la última Encuesta Continua de Hogares del Instituto Nacional de Estadística (INE), y gracias a ella supimos que 4.793.700 personas viven solas en España. Esta cifra no ha dejado de crecer en los últimos años. Por ejemplo, si comparamos los datos de 2019 con los de 2016, nos encontramos un aumento superior a las 100.000 personas viviendo sin compañía.

Ese mismo año, 2016, fue cuando Isabel Bermúdez (74 años) perdió a su marido por un cáncer de colon. "Solo unas horas antes de cumplir 51 años de casados", nos dice desde su casa a las afueras de Madrid, en la que está viviendo el confinamiento por el coronavirus. Isabel y su marido se conocieron con 18 años y al poco se casaron. "Con mi marido nunca me he sentido sola, jamás", recuerda.

Al principio, le costó mucho asimilar su viudedad. "Pero después de unos dos años en esa situación, me dije que hasta aquí habíamos llegado, que se acabó, que ya no habría más lágrimas", nos cuenta. "Cogía mi tarjeta de transporte y me iba sola a Madrid o Alcalá de Henares, donde me diera la gana, durante dos o tres horas, y volvía tan tranquila a casa", afirma. Pese a que ya se ha acostumbrado, aquella tristeza inicial aún la acompaña en algunos momentos. Como por las noches, cuando afloran sus problemas de insomnio.

Isabel pone rostro a un segmento de la población que acostumbra a experimentar la soledad. Los últimos datos del INE muestran que casi un tercio de las personas que viven solas en España tienen más de 65 años, un 72,3% de las cuales son mujeres. La soledad de los mayores se ha convertido en uno de los grandes desafíos para las sociedades contemporáneas y algunos países han empezado a tomar medidas, como Gran Bretaña, que en 2018 anunció la creación de una secretaría de Estado para abordar específicamente la soledad no deseada.

Sin embargo, Isabel interpreta que la crisis por el coronavirus es un ejemplo claro del desdén hacia la población mayor. "¿Qué han hecho por los mayores que han muerto en las residencias?". Ella cree que el Gobierno debería preocuparse más de los mayores, porque su cuidado al final siempre acaba recayendo sobre otros ciudadanos. Durante el confinamiento, por ejemplo, algunos vecinos se han ofrecido a hacerle la compra, pero ha preferido que dediquen su ayuda a los que están menos ágiles que ella.

Además, durante estas semanas ha encontrado compañía en sus vecinas y amigas con quienes conversa por las terrazas y patios del edificio. Suelen hablar en tono de broma para recuperar el humor en estos momentos difíciles. "Cuando empezamos a hablar de cosas tristes siempre decimos: la tristeza en casa".

Isabel, desde su balcón. Cedida por Isabel

Una de sus penas es no haber podido ver durante tanto tiempo a sus nietos "para abrazarlos y achucharlos". Pero Isabel es una persona realista y prefiere estar sola en casa para evitar los riesgos. "Yo ya tengo muchas problemas de salud, y si cogiera el virus sufrirían mis hijos y mis nietos", explica. Por suerte, también ha encontrado una forma de estar cerca de los suyos con las tecnologías, y habla con sus hijas y su hijo por videollamada a todas horas.

En la mediana edad

Ricardo Alonso es un asturiano afincado en Avilés que lleva más de tres años viviendo solo. A sus 42 años ha tenido que escuchar muchos comentarios acerca de su situación. "Cuando hablo con alguien que no me conoce mucho, a veces escucho: A tu edad, estar solo... qué cosa más rara. Pero yo pienso que más vale solo que mal acompañado". Aunque en los últimos años ha estado viviendo con algunas de sus parejas durante periodos breves, en su caso, vivir solo ahora es una decisión consciente y meditada, por lo que no entraría en el grupo de personas que viven una soledad no deseada.

Los comentarios que escucha Ricardo muestran cómo, pese a que cada vez más gente vive sola, elegir la soledad sigue siendo un estigma. Una de las autoras que más han profundizado en este hecho es Olivia Laing, autora del ensayo La ciudad solitaria: aventuras en el arte de estar solo (Capitán Swing). En una entrevista reciente en SModa, Laing exploraba la relación entre el coronavirus y la manera en que concebimos la soledad: "Nos hará entender que [la soledad] es algo que nos pertenece a todos. Pienso que ahora incluso la persona más sociable del mundo está entendiendo finalmente que la soledad es cosa de todos y que puede llegar a afectarnos de manera palpable, puede dolernos incluso de una forma física. Y espero que eso haga que deje de ser un tabú".

Los casos de Isabel y de Ricardo también son representativos porque reflejan cuáles son los colectivos que mayoritariamente viven solos en función de su estado civil. Según los datos de la última Encuesta Continua de Hogares, mientras que en el caso de los hombres la mayoría de hogares unipersonales lo habitan solteros (57,8% del total), en el caso de las mujeres la mayoría lo habitan viudas (46,0%).

Sobre el confinamiento, Ricardo afirma haberlo llevado relativamente bien. "Al principio sí que se hizo más duro, pero luego ya más o menos te vas acostumbrando". Para adaptarse, por ejemplo, Ricardo se ha conectado con sus amigos por una aplicación virtual para hacer ciclismo y se ha subido al carro de la repostería. "La verdad es que no se me ha dado mal", presume.

Ricardo Alonso. Cedida por Ricardo

Pese a que se ha sentido a gusto solo en casa, y que ha aprendido mucho sobre su propia situación, también reconoce que durante el confinamiento ha habido momentos en los que le hubiera gustado tener a alguien cerca "para que no se hiciesen tan raros y monótonos". Es una sensación que ya había experimentado en algunos viajes: "Viajar solo tiene algunas ventajas, como que las decisiones y el ritmo los impones tú. Pero a veces echas de menos tener a alguien al lado para compartir algunos momentos", afirma. Su gata se cuela en la videollamada y Ricardo bromea con que ella es la más estresada estos días, ya que antes estaba acostumbrada a pasar varias horas sola mientras Ricardo trabajaba fuera de casa.

Más allá de su consideración social y cultural, algunos estudios muestran que, efectivamente, la soledad desata una serie de respuestas concretas en el cerebro. Precisamente, durante el aislamiento, se conocieron los resultados de un experimento realizado por investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts que muestra cómo la soledad activa los mismos mecanismos cerebrales que la falta de comida.

"Descubrimos que el aislamiento social agudo causa señales de deseo neuronal en el cerebro similares al hambre aguda. (...) "[Los resultados del experimento] se ajustan a la idea intuitiva de que las interacciones sociales positivas son una necesidad humana básica, y la soledad aguda es un estado indeseable que empuja a las personas a solucionar esa carencia, similar al hambre", afirmaba Livia Tomova, una de las autoras del experimento. Eso sí, el experimento también demostraba que las personas más acostumbrados a la soledad tenían menos ansias de contacto social después de haber pasado un tiempo sin él. "Podría ser que sentirse solo durante un período prolongado hace que las personas también quieran menos contacto social, pero también podría ser que las personas que desean menos contacto social son las que se vuelven solitarias", concluía Tomova.

Empezar lejos de casa

Pese a que Nieves Casas, una joven de 19 años, podía haberse marchado a casa de su madre en Badajoz a pasar el confinamiento, ella decidió quedarse en Madrid. Al enterarse de que estaba sola en la capital, mucha gente le animaba marcharse a su ciudad natal, pero ella respondía afirmando que no era ninguna necesidad: "Recomendaron que no viajásemos a nuestras casas y realmente aquí tengo todas las necesidades cubiertas. No me voy a morir de hambre, no va a pasar nada".

Estos comentarios nos devuelven a la idea de que la soledad está asociada a valores negativos. "Incluso la gente que es más comprensiva con el tema, te dice: Muy bien por ti, qué valentía. Pero no es ninguna heroicidad". El primer encuentro de Nieves con la soledad se produjo en Salamanca, donde estudió su primer año de Psicología. Pero no terminó de sentirse cómoda y se marchó a Madrid, donde ya lleva ocho meses. Durante sus meses en Salamanca aprendió a hacer cosas nuevas como salir sola a descubrir la ciudad y, sobre todo, la diferencia entre querer estar sola y encontrarse sola, según reconoce.

Nieves Casas. Cedida por Nieves

Aunque está pasando sola el confinamiento, Nieves vive ahora en un piso compartido. La posibilidad de que una persona joven pueda vivir sola en España es casi inexistente. Según los datos del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, correspondientes al primer semestre de 2019, la entrada necesaria para que un joven adquiera una vivienda libre (es decir, sin ayudas públicas) equivale a 4,4 veces su salario anual medio. Por su parte, para vivir solo en régimen de alquiler tendría que dedicar de media un 94,4% de su salario, lo que dejaría un 5,6% para el resto de necesidades vitales.

En una situación parecida a la de Nieves se encuentra María Garcés, quien con solo 23 años ya ha vivido en cuatro lugares diferentes en los últimos cinco años: Vlissingen, Vancouver, Hong Kong y Ámsterdam. "Siempre sentí que me faltaba algo. El hecho de pensar en irme a vivir fuera me volvía loca de emoción", confiesa.

En primer lugar, estudió un grado de Negocios Internacionales y Gestión de Empresas en Vlissingen, al sur de los Países Bajos, a donde se marchó sin conocer a nadie. Recuerda que los primeros meses fueron muy duros: no encontraba su hueco entre los grupos de estudiantes y llamaba a su madre llorando debido a ese sentimiento de soledad. "La verdad es que maduré muchísimo, te ayuda a crecer como persona. Mi apoyo lo encontré en gente española. A veces es importante tener ese apoyo de tu cultura, porque son los que mejor van a entenderte".

Con el paso de los años y de las ciudades, María ha aprendido a convivir con esa soledad: "Como ya me he mudado varias veces he notado una tendencia. Los primeros días tengo la emoción de llegar y asentarme, pero con el paso de las semanas me entra el bajón. Si algo he aprendido de todo esto es que no se pueden evitar los días malos. Al fin y al cabo estás saliendo de tu zona de confort continuamente".

María reconoce que donde más cómoda se ha sentido es en Hong Kong, donde estuvo haciendo unas prácticas: "Pese a encontrame tan lejos, en ningún otro lugar me he sentido tan cerca", resalta la joven madrileña, quien atribuye esa sensación al grado de comunicación entre las personas y el interés por la gastronomía, mucho más cercanos a los españoles.

El confinamiento le ha encontrado en Vancouver con su pareja, donde lleva viviendo casi un año. Aunque a diferencia del resto de protagonistas de este artículo no está pasando sola la crisis por el coronavirus, le duele estar tan lejos de su familia y de sus conocidos. "He tenido que dejar WhatsApp de lado. No es fácil de explicar, no es que quiera ignorarles. Pero llega un momento en el que tienes que poner distancia: no puedo seguir manteniendo esa vida aquí porque es totalmente diferente".

María Garcés. Cedida por María

Las sensaciones que está experimentando ahora mismo le recuerdan, en cierta medida, a las que sintió durante las últimas Navidades, cuando incluso se "autodestruía" mirando fotos y anuncios de la lotería. "Si algo he aprendido es que todo en la distancia se magnifica y con ello también los sentimientos. Ahora abrazo a mis padres con muchas más ganas e ilusión, cosas que dabas por hecho antes ahora las tienes en cajitas de oro. Todo eso contrarresta los momentos de soledad".
Sobre la percepción de la soledad como un estigma cree que "esos momentos no tienen por qué ser negativos. Estar sola me gusta porque me he descubierto a mí misma. Si tiene la oportunidad, todo el mundo debería probar a hacer cosas por su cuenta y no depender tanto de estar con alguien todo el rato".

El debate político en España

A diferencia de Reino Unido, en España aún no se ha concretado ninguna Estrategia Nacional sobre la Soledad no Deseada. A finales de 2018, la directora general del Imserso, Carmen Orte, anunció que el Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social se encontraba ultimando un plan nacional para combatir esta situación. Sin embargo, la anunciada estrategia nunca llegó a concretarse, por lo que la mayoría de los partidos políticos que concurrieron a las elecciones del pasado 10 de noviembre aludían a la cuestión. Por ejemplo, el Partido Socialista, que ganó las elecciones, se comprometía en su programa electoral a la aprobación de la Estrategia frente a la Soledad no Deseada, por lo que cabría esperar noticias de ella a lo largo de la presente legislatura.

 

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La soledad hasta el coronavirus


Son muchos los que se han sentido solos en estas semanas de conf inamiento. Pero llevamos siglos reflexionando sobre la soledad



'Soledad', cuadro del pintor historicista inglés Frederic Leighton. (Dominio público)



Las medidas para responder a la Covid-19 han recluido en sus domicilios a millones de personas en todo el mundo, muchas de ellas en soledad (en España, casi cinco millones). Esta experiencia despierta reacciones encontradas. No es lo mismo el aislamiento no deseado que el retiro voluntario de quienes buscan descansar o cultivar el espíritu. Los angloparlantes distinguen claramente entre ambos: tanto el primero, loneliness, como el segundo, solitariness, se traduce en español como soledad.

La soledad no implica necesariamente una separación física; también puede experimentarse estando uno acompañado. Pero, en cualquier caso, su existencia no se entiende sin el progreso económico y social, como si fuera el reverso inquietante de los avances humanos. Como señala el historiador Georges Minois, la soledad es “un lujo”. No aparece en la historia hasta un momento muy tardío, cuando hay gente que se la puede permitir.


Una idea absurda

En la prehistoria y la Antigüedad, la idea de que una persona pudiera vivir separada de sus congéneres resultaba sencillamente absurda. La supervivencia del individuo, en el día a día, dependía de su colaboración con otras personas. De ahí que el ser humano, al imaginar mundos sobrenaturales, pensara en una pluralidad de dioses. En las antiguas mitologías, una multiplicidad de divinidades interactúa entre sí de todas las formas concebibles.
Según el Génesis, Dios creó a Eva para paliar la soledad de Adán.

Según el Génesis, Dios creó a Eva para paliar la soledad de Adán. (Dominio público)


La soledad tenía mala prensa. ¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de que “no es bueno que el hombre esté solo”? Según el Génesis, Dios crea a Eva porque advierte que Adán no será feliz en solitario.


En la antigua Grecia, la soledad se contemplaba desde un prisma igualmente hostil. Filósofos como Aristóteles y Platón ven en el ser humano un animal social. La soledad puede ser atributo de dioses o monstruos, pero no distingue a los mortales.


En su mitología, los personajes solitarios acostumbran a poseer una connotación negativa. Narciso, por ejemplo, despierta pasiones por su belleza, pero se niega a entregarse a nadie y rechaza a la ninfa Eco. En castigo a un comportamiento arrogante, Némesis, la diosa de la venganza, hace que se enamore de su propio reflejo en una fuente, y el semidios muere ahogado. Si todavía hoy denominamos “narcisistas” a los egocéntricos no es por casualidad.


El solitario aparece como un personaje extravagante, insólito en su obsesión de apartarse de la comunidad. Esto es lo que sucede con Diógenes el Cínico (c. 412 a.C.-323 a.C.), seguro de bastarse a sí mismo y famoso por vivir en un tonel (dará nombre a un síndrome, pero esa es otra historia). Diógenes no necesitaba a los demás, porque su estilo de vida se basaba en hacer justo lo contrario que el resto del mundo. Este afán de originalidad hacía que viviera aislado, incomprendido por el resto de sus congéneres.


La figura de Diógenes es un prototipo de la rebeldía social y la soledad.
La figura de Diógenes es un prototipo de la rebeldía social y la soledad. (Dominio público)

En cambio, en la tradición cristiana, la soledad va a adquirir un valor sublime. En el siglo IV, un movimiento de hombres y mujeres abandona las ciudades para vivir su fe en los desiertos de Siria y Egipto, donde llevan una existencia ascética. “Monje”, en su acepción griega original (monachos), significa “solitario”. Por eso se empleó para designar a unos cristianos que se retiraban del mundo para buscar en solitario la –eso sí– unión con Dios.


Un estigma social


Contaba el gran especialista Georges Duby que en la Edad Media no existía “la espantosa soledad del miserable que vemos en nuestros días”. El individuo estaba protegido por instituciones como la familia o la parroquia. Sin embargo, la documentación muestra que no fue así en el cien por cien de los casos. Si las personas de su entorno morían o emigraban, los hombres y las mujeres de la época quedaban expuestos a la indefensión. Sin parientes y amigos, los pobres se enfrentaban a la miseria económica y al estigma social.


El Libro de miseria de omne, una obra de finales del siglo XIII o tal vez del XIV, refleja en términos crudos el drama de los más desfavorecidos: “Aun vos quiero decir del pobre e del menguado: por su mala ventura de todos es olvidado”.


Con la llegada del Renacimiento, el “yo” empezará a ganarle terreno al “nosotros”



Para paliar estas situaciones de desamparo surgieron iniciativas diversas. Las casas de acogida se pensaron para evitar que mujeres en situación de riesgo, como las viudas, cayeran en la prostit*ción. Los huérfanos constituían otro sector que exigía una protección social. En Las siete partidas, su código legislativo, Alfonso X estableció normas sobre las personas que debían tutelarlos. A falta de parientes cercanos, un juez debía encomendar su cuidado a “algún hombre bueno y leal”.


Del mundanal ruido al aburrimiento


Con la llegada del Renacimiento, el “yo” empezará a ganarle terreno al “nosotros”. En 1346, el poeta italiano Francesco Petrarca concluye De la vida solitaria, el tratado en el que glorifica el contacto con la naturaleza, lejos de las obligaciones impuestas por la vida urbana. El melancólico Petrarca está cansado de las ciudades, aglomeraciones que le parecen, con toda la razón, sucias y ruidosas. Por eso adquiere una pequeña casa en Vaucluse (Francia), que convierte en un refugio lleno de libros donde se entrega a la literatura y a los paseos en la montaña.


Esta idea, la del sabio que busca la paz en el retiro, se halla muy presente en la literatura europea. Hunde sus raíces en la herencia latina, donde encontramos el tópico del beatus ille (“dichoso aquel”). La expresión procede un poema de Horacio (65 a.C.-8 a.C.) que empieza así: “Dichoso aquel que lejos de los negocios, como la antigua raza de los hombres, dedica su tiempo a trabajar los campos paternos con sus propios bueyes, libre de toda deuda”.


Pintura de Alexander Mann llamada 'El camino solitario'.
Pintura de Alexander Mann llamada 'El camino solitario'. (Dominio público)


La influencia del beatus ille en el Renacimiento resulta muy difícil de exagerar. En el siglo XVI, fray Luis de León, un perfecto conocedor de Horacio, al que había traducido, recreará este tema con una composición de célebre inicio: “Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido”.


La Ilustración , por el contrario, potencia instrumentos de sociabilidad, como los salones literarios, que cobran un auge inusitado. Los intelectuales, en lugar de retirarse a sus torres de marfil, hacen causa común en empresas colectivas, como la Enciclopedia.


La soledad, en lugar de ser objeto de admiración, recibe críticas encarnizadas. Voltaire , uno de los autores más representativos del momento, ve en el solitario a un ser inútil, porque solo a él benefician sus virtudes privadas. Otra gran figura de las Luces, Denis Diderot, se expresa en similares términos: “El hombre de bien vive en sociedad, solo el canalla vive en soledad”. Y el filósofo Jean-Jacques Rousseau manifiesta que la soledad constituye el mayor de sus miedos: “Temo el aburrimiento de estar a solas conmigo”.


Ilustración del siglo XIX de un pirata abandonado, por Howard Pyle.
Ilustración del siglo XIX de un pirata abandonado, por Howard Pyle. (Dominio público)



Hércules, trabajos y trabajadores


Con el triunfo del capitalismo, en cambio, asistiremos a la apoteosis del individualismo. La ideología liberal convierte en un modelo a seguir al hombre hecho a sí mismo, al emprendedor que asciende por méritos propios hasta las cumbres de la riqueza. El magnate, desde esta perspectiva, viene a ser una versión del héroe solitario que acomete, como Hércules, ímprobos trabajos.


Mientras tanto, el movimiento obrero reacciona con una propuesta colectiva: en lugar de vivir solo para sus intereses particulares, los trabajadores deben asociarse y luchar por un cambio revolucionario de la sociedad.


En general, en el siglo XXI, la soledad se contempla como algo amenazador, y mientras unos la combaten con las redes sociales, otros las culpan de fomentarla, de alejarnos del contacto real. Esta loneliness de la que se desea escapar convive con la solitariness defendida por algunos. Para el filósofo Francesc Torralba (El arte de saber estar solo, Milenio), la soledad puede ser un antídoto contra la banalidad del mundo moderno.

 

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