Hablemos de la soledad, una realidad con la que debemos aprender a convivir (1 Viewer)

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A veces no se admiten cosas porque vivimos en una sociedad que estigmatiza todo lo diferente, o lo que consideran "inferior" o incómodo. Admitir una soledad puede conllevar irónicamente a más aislamiento o rechazo.

Por eso un tema como la depresión y el suicido es un tabú enorme en la sociedad. No hay más que ver el poco encaje televisivo que tienen y cuando se trata se hace de manera superflua hablando de "estar depre", precisamente culpabilizando a la persona. He pasado por ello, está falsamente idealizado eso de compartirlo, etc. La gente no es tan receptiva a estas cosas e incluso te puede llevar a problemas en el trabajo
Cualquier enfermedad mental es un tabú.
 

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Sí, el discurso neoliberal que se lleva ahora: la culpa siempre es de uno mismo. Habrá de todo: gente que está sola porque es insoportable y gente que tiene mil amigos y que podría liderar un aquelarre. Esta idea de que cada cual tiene lo que se merece va muy bien para vender libros de autoayuda y para eludir responsabilidades. "Algo habrá hecho para merecer sus desgracias". Es un sesgo cognitivo que se estudia en ciencias del comportamiento.

Pues nada, todo el mundo a lo suyo y no preguntemos ni qué tal, no vaya a ser que nos hablen en lo que dura el trayecto del ascensor. Y en los supermercados, mejor cajas de autopago. Y ya si eso, nos ponemos el antifaz que les ponen a los caballos, blinkers, no sé la palabra en castellano, para evitar todo contacto visual.
Me encantaría que leyeras otros hilos en los que participo en los que claramente estoy en contra de esa "felicidad impostada" y del "todo está en tu mente".
Eso no quita que haya gente insoportable, que no se ha "cultivado" en la vida ni sabe llevar una conversación sin "pisar" al otro. Eso lo sabes tú, lo sé yo y lo sabemos todos.

Créeme si te digo que he aguantado chapas de [email protected], muchas veces por pena, a veces son puros monólogos y oye, ASÍ NO
B I N G O

Hay mucho "azar" en ello. Existen millones de personas insoportables que tienen mil amigos y son muy queridas (a veces más bien temidas), personas insociables que por narices tienen que sociabilizar mucho (encajar con el círculo social de una pareja que puede ser amplio, muchos compromisos familiares, actividades con compañeros de trabajo, etc.) y gente estupenda que sin elegirlo se han quedado solas y hagan lo que hagan no consiguen remediarlo.

Salvando mis familia directa y amistades en la distancia, estoy totalmente sola sin elegirlo y es duro cuando tu carácter es "social". En muy pocos años los familiares que más trataba han fallecido casi todos (encima siendo una familia reducida de por sí), mi hermana a la que adoro se fue a vivir a la otra punta del mundo viéndola una vez cada año y medio y todas mis amistades/conocidos emigraron por la falta de oportunidades de mi zona. ¿He sido mala persona con ellos? ¿He matado a alguien? ¿Me he peleado a muerte con todos? Pues no.

¡Ah! La gente es una interesada hasta límites rastreros. Cuando trabajaba de orientadora laboral, con buen sueldo, coincidiendo que tenía aquí toda mi gente (lo que suponía una vida social muy activa) y encima coincidía que yo físicamente estaba muy bien, me venía la gente caída del cielo. Con el tiempo me di cuenta que lo que quería era que les buscase un curro por la agencia de colocación de la entidad que trabajaba, usarme como "gancho" por mi físico para ligar, que la viesen por ahí con la "guay triunfadora" (yo por entonces) o bien, yo conocía al chaval/pandilla del chaval que le gustase a la de turno y me iba a encontrar con ellos ese fin de semana. Todo lo que ayudé desinteresadamente a esas personas no me lo han devuelto, al revés me daban la patada cuando lo conseguían o cuando vieron que mi vida iba cuesta abajo y sin frenos.
 
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La soledad, una de las principales causas de la «depresión navideña»
Anticipar o imaginar unas navidades como las que vemos reflejadas en la publicidad es el primer paso para desilusionarnos
S. F. Actualizado:23/12/2019 01:18h

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La Navidad, como toda gran celebración, debería ser uno de los momentos más felices del año ya que nos brinda la oportunidad de compartir nuestra felicidad y ser agradecidos con nuestros seres queridos. Sin embargo, según cuenta el Psicólogo de la Unidad de Psiquiatría del Hospital Casa de Salud de Valencia, Tony Crespo «desde el punto de vista de la Salud Mental, resulta una época inmensamente cargada de tristeza para muchos, motivo por el cual en esas fechas escuchamos a menudo hablar sobre la «depresión navideña». «Anticipar o imaginar unas navidades como las que vemos reflejadas en la publicidad es el primer paso para desilusionarnos», asegura el doctor Crespo.

¿Qué es la depresión navideña?

Según Crespo, «en ocasiones hace referencia a ciertas personas que pueden padecer una depresión mayor, que entre otros síntomas conlleva cierta anhedonia, que es la incapacidad para experimentar placer o la pérdida de interés en casi todas las actividades, algo que se pone de manifiesto en muchas de las situaciones sociales que se dan en estas tan señaladas fiestas».
«En otros casos- añade- se trata de un trastorno afectivo estacional asociado a los periodos en que se reducen las horas de exposición a la luz natural como en invierno, y que altera los niveles de serotonina y melatonina - sustancias relacionadas con la regulación del estado de ánimo -. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos no se trata de depresiones clínicas clásicas, sino de distintos factores que pueden tener un efecto negativo sobre el estado de ánimo».

Soledad y recuerdo de los que ya no están

Según nos indica el especialista en Salud Mental Tony Crespo, una de las principales causas de la «depresión navideña» es la soledad. Según datos demográficos de 2018, en España más 4,9 millones de personas viven solas, sin familiares o conocidos cercanos, la mayoría de ellas mayores de 65 años, y de ellas un 82,1% son mujeres.
Asimismo, indica Tony Crespo, «para muchas familias, estas fiestas también traen a la memoria recuerdos de seres queridos que han perdido». «No debemos olvidar-recuerda- que las navidades resaltan el hecho de que hay personas importantes de nuestra vida que ya no están con nosotros y, que su ausencia es más evidente e incrementa los sentimientos de tristeza y dolor, ya que inevitablemente recordamos los momentos vividos junto a ellos». Algo similar sucede en situaciones de separación o divorcio, con el agravante de que muchos días festivos uno de los progenitores deberá pasar dicha festividad sin la compañía de los hijos.
«No hay que autoimponerse unas navidades ideales ni dar por hecho que la mayoría de las personas son completamente felices», asegura el psicólogo del Hospital Casa de Salud, ya que «la diferencia entre esta exigencia y la realidad experimentada, en muchas ocasiones viene asocia a un alto grado de malestar emocional y, remordimientos de culpabilidad al no cumplir con la "tónica" de ser feliz y estar alegres».

Otros factores

Muchas personas entristecen en Navidad y hasta se enojan a causa de la excesiva comercialización de estas fiestas, centradas en el consumismo y las actividades sociales «perfectas». Otros se «deprimen» porque la Navidad parece ser un disparador de una excesiva auto-reflexión y rumiación sobre las insuficiencias de la vida en comparación con otras personas que parecen tener menos, como año tras año nos bombardean en anuncios como el de la «lotería de Navidad».
Otros, se vuelven ansiosos en Navidad debido a la presión - tanto comercial como auto inducida- de la obligación de gastar cantidades inexistentes de dinero en regalos, e incurrir en deudas que no podamos hacer frente. Otras personas dicen que temen Navidad a causa de las expectativas para reuniones sociales con familiares, amigos y conocidos, con los que prefieren no pasar el tiempo.
Otra de las principales causas de la «depresión navideña» según nos indica el Dr. Tony Crespo, es que «la vivencia de nuestras navidades está directamente relacionada con los recuerdos de la infancia, con la nostalgia de la magia e ilusión con que vivíamos estas festividades en la niñez. Conforme crecemos las Navidades esa magia es sustituida por la presión consumista, por la necesidad de regalar “bienes materiales” en vez de “abrazos y cariño», lo que hace que algunas personas adultas no disfruten de la Navidad dado que conservan como único modelo de referencia el de sus recuerdos infantiles”.

Además, hay otro factor relevante y es que conforme con los años los hijos van emancipándose y creando sus nuevas familias hay que ir adaptando los días de reunión, lo que en ocasiones genera discrepancias y conflictos. Asimismo, para los hijos adultos de padres divorciados puede resultar complicado distribuir el tiempo de modo que puedan ver a los padres con sus parejas respectivas.

Por último, los sentimientos negativos de tristeza y desánimo también pueden relacionarse con la Navidad, porque esas fechas ayudan a reflexionar sobre lo sucedido durante todo el tiempo que «termina» y que nos hace recrear un balance personal.

Ante esta realidad, desde la Unidad de Psiquiatría del Hospital Casa de Salud recomiendan:

• Establecer unos límites personales en relación con el dinero gastado en regalos y nuestra capacidad económica y en relación al número de eventos sociales que tengamos. Si no nos apetece, no tenemos porqué ir.
• No aceptar ninguna representación «perfecta» de la Navidad que los medios de comunicación, instituciones u otras personas tratan de hacer creer porque no son reales.
• Ser agradecido por lo que tenemos y darle valor en lugar de centrarnos en lo que no tenemos.
• Es vital evitar la rumia excesiva sobre nuestra vida y los infortunios acontecidos en ella ya que no se pueden cambiar.
• Enfocar los pensamientos sobre todas las cosas buenas de la Navidad: la oportunidad de participar en la bondad, la generosidad de espíritu, y la gratitud hacia los demás.
• Si la depresión es grave, ponerse en manos de profesionales de la salud mental, que nos ayuden a lidiar y a mitigar todos los síntomas asociados a ella.

 

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La soledad, una de las principales causas de la «depresión navideña»
Anticipar o imaginar unas navidades como las que vemos reflejadas en la publicidad es el primer paso para desilusionarnos
S. F. Actualizado:23/12/2019 01:18h

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La Navidad, como toda gran celebración, debería ser uno de los momentos más felices del año ya que nos brinda la oportunidad de compartir nuestra felicidad y ser agradecidos con nuestros seres queridos. Sin embargo, según cuenta el Psicólogo de la Unidad de Psiquiatría del Hospital Casa de Salud de Valencia, Tony Crespo «desde el punto de vista de la Salud Mental, resulta una época inmensamente cargada de tristeza para muchos, motivo por el cual en esas fechas escuchamos a menudo hablar sobre la «depresión navideña». «Anticipar o imaginar unas navidades como las que vemos reflejadas en la publicidad es el primer paso para desilusionarnos», asegura el doctor Crespo.

¿Qué es la depresión navideña?

Según Crespo, «en ocasiones hace referencia a ciertas personas que pueden padecer una depresión mayor, que entre otros síntomas conlleva cierta anhedonia, que es la incapacidad para experimentar placer o la pérdida de interés en casi todas las actividades, algo que se pone de manifiesto en muchas de las situaciones sociales que se dan en estas tan señaladas fiestas».
«En otros casos- añade- se trata de un trastorno afectivo estacional asociado a los periodos en que se reducen las horas de exposición a la luz natural como en invierno, y que altera los niveles de serotonina y melatonina - sustancias relacionadas con la regulación del estado de ánimo -. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos no se trata de depresiones clínicas clásicas, sino de distintos factores que pueden tener un efecto negativo sobre el estado de ánimo».

Soledad y recuerdo de los que ya no están

Según nos indica el especialista en Salud Mental Tony Crespo, una de las principales causas de la «depresión navideña» es la soledad. Según datos demográficos de 2018, en España más 4,9 millones de personas viven solas, sin familiares o conocidos cercanos, la mayoría de ellas mayores de 65 años, y de ellas un 82,1% son mujeres.
Asimismo, indica Tony Crespo, «para muchas familias, estas fiestas también traen a la memoria recuerdos de seres queridos que han perdido». «No debemos olvidar-recuerda- que las navidades resaltan el hecho de que hay personas importantes de nuestra vida que ya no están con nosotros y, que su ausencia es más evidente e incrementa los sentimientos de tristeza y dolor, ya que inevitablemente recordamos los momentos vividos junto a ellos». Algo similar sucede en situaciones de separación o divorcio, con el agravante de que muchos días festivos uno de los progenitores deberá pasar dicha festividad sin la compañía de los hijos.
«No hay que autoimponerse unas navidades ideales ni dar por hecho que la mayoría de las personas son completamente felices», asegura el psicólogo del Hospital Casa de Salud, ya que «la diferencia entre esta exigencia y la realidad experimentada, en muchas ocasiones viene asocia a un alto grado de malestar emocional y, remordimientos de culpabilidad al no cumplir con la "tónica" de ser feliz y estar alegres».

Otros factores

Muchas personas entristecen en Navidad y hasta se enojan a causa de la excesiva comercialización de estas fiestas, centradas en el consumismo y las actividades sociales «perfectas». Otros se «deprimen» porque la Navidad parece ser un disparador de una excesiva auto-reflexión y rumiación sobre las insuficiencias de la vida en comparación con otras personas que parecen tener menos, como año tras año nos bombardean en anuncios como el de la «lotería de Navidad».
Otros, se vuelven ansiosos en Navidad debido a la presión - tanto comercial como auto inducida- de la obligación de gastar cantidades inexistentes de dinero en regalos, e incurrir en deudas que no podamos hacer frente. Otras personas dicen que temen Navidad a causa de las expectativas para reuniones sociales con familiares, amigos y conocidos, con los que prefieren no pasar el tiempo.
Otra de las principales causas de la «depresión navideña» según nos indica el Dr. Tony Crespo, es que «la vivencia de nuestras navidades está directamente relacionada con los recuerdos de la infancia, con la nostalgia de la magia e ilusión con que vivíamos estas festividades en la niñez. Conforme crecemos las Navidades esa magia es sustituida por la presión consumista, por la necesidad de regalar “bienes materiales” en vez de “abrazos y cariño», lo que hace que algunas personas adultas no disfruten de la Navidad dado que conservan como único modelo de referencia el de sus recuerdos infantiles”.

Además, hay otro factor relevante y es que conforme con los años los hijos van emancipándose y creando sus nuevas familias hay que ir adaptando los días de reunión, lo que en ocasiones genera discrepancias y conflictos. Asimismo, para los hijos adultos de padres divorciados puede resultar complicado distribuir el tiempo de modo que puedan ver a los padres con sus parejas respectivas.

Por último, los sentimientos negativos de tristeza y desánimo también pueden relacionarse con la Navidad, porque esas fechas ayudan a reflexionar sobre lo sucedido durante todo el tiempo que «termina» y que nos hace recrear un balance personal.

Ante esta realidad, desde la Unidad de Psiquiatría del Hospital Casa de Salud recomiendan:

• Establecer unos límites personales en relación con el dinero gastado en regalos y nuestra capacidad económica y en relación al número de eventos sociales que tengamos. Si no nos apetece, no tenemos porqué ir.
• No aceptar ninguna representación «perfecta» de la Navidad que los medios de comunicación, instituciones u otras personas tratan de hacer creer porque no son reales.
• Ser agradecido por lo que tenemos y darle valor en lugar de centrarnos en lo que no tenemos.
• Es vital evitar la rumia excesiva sobre nuestra vida y los infortunios acontecidos en ella ya que no se pueden cambiar.
• Enfocar los pensamientos sobre todas las cosas buenas de la Navidad: la oportunidad de participar en la bondad, la generosidad de espíritu, y la gratitud hacia los demás.
• Si la depresión es grave, ponerse en manos de profesionales de la salud mental, que nos ayuden a lidiar y a mitigar todos los síntomas asociados a ella.

Las televisiones son la máquina number one de mostrar imágenes de familias de 20 personas comiendo y pasándolo yupi.
Y de niños abriendo regalos a mansalva por papá noel o reyes.
¿No entienden que no en todas las casas es así? ¿Qué intentan vender?
La Navidad es un negocio.
 
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Las televisiones son la máquina number one de mostrar imágenes de familias de 20 personas comiendo y pasándolo yupi.
Y de niños abriendo regalos a mansalva por papá noel o reyes.
¿No entienden que no en todas las casas es así? ¿Qué intentan vender?
La Navidad es un negocio.
Continùan mostrando la postal de familia de los años 50, en la que todo era perfecto.
La realidad, al menos en una ciudad como Buenos Aires, es que cada vez màs personas (desde los 35 años en adelante) eligen pasarlo solos, sin grandes complicaciones ni por la comida ni por el traslado ni por las casi seguras internas familiares, que siempre devienen en alguna discusiòn, o la incomodidad de tener que tolerar la compañìa de alguien que no soportas...
Aclaro que esto se da en una ciudad grande, donde las tradiciones no son tan marcadas.
En muchìsimos casos, familias pasan en soledad de su casa, por temor a dejar la vivienda sola y ser asaltados durante su ausencia.
Muchos prefieren viajar ya a lugares turìsticos (en hemisferio sur) y comenzar ya las vacaciones de verano, aprovechando para evitar el "tormento" de una reuniòn familiar.
Muchas familias probablemente no tienen el dinero suficiente para solventar grandes regalos para sus hijos.
En muchas casas en las que sì hay dinero para grandes regalos, porbablemente haya grande discusiones y peleas.
El enorme abanico de posibilidades de la Navidad, muy lejano a la imagen que proyectan comercialmente.
Es cierto: la Navidad es un gran negocio!!!
SI en realidad se tratara de una cuestiòn de fe, todos estarìamos en misa, celebrando la llegada de Jesus.
Es una fecha para exacerbar el sentimiento de soledad de quienes añoran la reuniòn familiar y no pueden tenerla, por el motivo que sea.
 

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Continùan mostrando la postal de familia de los años 50, en la que todo era perfecto.
La realidad, al menos en una ciudad como Buenos Aires, es que cada vez màs personas (desde los 35 años en adelante) eligen pasarlo solos, sin grandes complicaciones ni por la comida ni por el traslado ni por las casi seguras internas familiares, que siempre devienen en alguna discusiòn, o la incomodidad de tener que tolerar la compañìa de alguien que no soportas...
Aclaro que esto se da en una ciudad grande, donde las tradiciones no son tan marcadas.
En muchìsimos casos, familias pasan en soledad de su casa, por temor a dejar la vivienda sola y ser asaltados durante su ausencia.
Muchos prefieren viajar ya a lugares turìsticos (en hemisferio sur) y comenzar ya las vacaciones de verano, aprovechando para evitar el "tormento" de una reuniòn familiar.
Muchas familias probablemente no tienen el dinero suficiente para solventar grandes regalos para sus hijos.
En muchas casas en las que sì hay dinero para grandes regalos, porbablemente haya grande discusiones y peleas.
El enorme abanico de posibilidades de la Navidad, muy lejano a la imagen que proyectan comercialmente.
Es cierto: la Navidad es un gran negocio!!!
SI en realidad se tratara de una cuestiòn de fe, todos estarìamos en misa, celebrando la llegada de Jesus.
Es una fecha para exacerbar el sentimiento de soledad de quienes añoran la reuniòn familiar y no pueden tenerla, por el motivo que sea.
Prima aqui en España es igual, hay mucha gente que pasan navidades solas en sus casas, muchas de ellas por elección propia, y por las mismas razones que has mencionado: discusiones familiares, eventos sociales que causan disgustos, no hay ganas de estar con personas que no ves nunca, o soportar preguntas maleducadas.
Como ves es exactamente igual.
 
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Prima aqui en España es igual, hay mucha gente que pasan navidades solas en sus casas, muchas de ellas por elección propia, y por las mismas razones que has mencionado: discusiones familiares, eventos sociales que causan disgustos, no hay ganas de estar con personas que no ves nunca, o soportar preguntas maleducadas.
Como ves es exactamente igual.
Gracias Lostie, tu respuesta me permite conocer la realidad de tu paìs.
Evidentemente el fenòmeno se està propagando.
Por un lado es bueno el no aceptar reuniones por obligaciòn. Pero me pregunto si esto nos està llevando a un plano màs solitario... porque no se cambian esas reuniones forzadas por otras que realmente nos satisfagan, directamente se opta por la soledad.
Que no es mala, en absoluto. Pero si nos detenemos a pensar...hacia dònde vamos?
Si somos seres sociales, disfrutamos de la compañìa de otros seres, con los que nos llevemos bien, claro està. Por què elegir la soledad entonces?
 
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Gracias Lostie, tu respuesta me permite conocer la realidad de tu paìs.
Evidentemente el fenòmeno se està propagando.
Por un lado es bueno el no aceptar reuniones por obligaciòn. Pero me pregunto si esto nos està llevando a un plano màs solitario... porque no se cambian esas reuniones forzadas por otras que realmente nos satisfagan, directamente se opta por la soledad.
Que no es mala, en absoluto. Pero si nos detenemos a pensar...hacia dònde vamos?
Si somos seres sociales, disfrutamos de la compañìa de otros seres, con los que nos llevemos bien, claro està. Por què elegir la soledad entonces?
La realidad de España es que las familias cada vez son más pequeñas, sus miembros cada vez están más dispersos (mucha gente ha tenido que irse a trabajar al extranjero), la natalidad de nacionales está por los suelos y, básicamente, es que la estructura familiar ya casi no existe. Hace unas semanas hablaba con un matrimonio de estadounidenses afincados en España que me comentaban que una de las primeras cosas que les sorprendió al llegar aquí es el poco arraigo familiar que tenemos: niños que a los 4 meses ya van a la guardería porque los padres se reincorporan al trabajo, actividades extraescolares que se alargan hasta más allá de las 8, abuelos en residencias, gente encerrada en núcleos herméticos sin relacionarse con nadie más.... Dicen que les sorprendió porque tenían la idea preconcebida de que España es un país muy familiar y de mucha vida en comunidad. Yo les dije que eso se terminó en los 90.

Evidentemente, somos seres sociales. Hay un hilo en este foro en el que mucha gente comparte su gusto por estar solos. A mí me parece que confunden estar de Ródriguez y otra estar solo. Son dos cosas MUY diferentes. Estar de Rodríguez le gusta a todo el mundo. Estar solo por obligación es muy malo.
 
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Gracias Lostie, tu respuesta me permite conocer la realidad de tu paìs.
Evidentemente el fenòmeno se està propagando.
Por un lado es bueno el no aceptar reuniones por obligaciòn. Pero me pregunto si esto nos està llevando a un plano màs solitario... porque no se cambian esas reuniones forzadas por otras que realmente nos satisfagan, directamente se opta por la soledad.
Que no es mala, en absoluto. Pero si nos detenemos a pensar...hacia dònde vamos?
Si somos seres sociales, disfrutamos de la compañìa de otros seres, con los que nos llevemos bien, claro està. Por què elegir la soledad entonces?
Falta madurez social para decir públicamente q no soportas a tu familia, q tus sobrinos q te quieren ver para pedirte pasta en lugar de un regalito q el resto del año pasan de ti como la mierda pero q en Navidad quieren comer en tu casa para ahorrarse una comida cara.
 
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Falta madurez social para decir públicamente q no soportas a tu familia, q tus sobrinos q te quieren ver para pedirte pasta en lugar de un regalito q el resto del año pasan de ti como la mierda pero q en Navidad quieren comer en tu casa para ahorrarse una comida cara.
Faltan ovarios y testículos para poner el puño encima de la mesa y pasar el tiempo con quien realmente lo merece y aprecia, fuera compromisos
 
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SOLEDAD, UNA EPIDEMIA EN EL MUNDO ACTUAL

ENRIQUE FIGUEROAjulio 24, 20180



La soledad perjudica seriamente la salud. Podría ser un titular de prensa, el título de una película, pero es una cruda realidad. Según el Diccionario de la Real Academia Española, la soledad es la carencia voluntaria o involuntaria de compañía; o también, lugar desierto. En su tercera acepción, el pesar y melancolía que se siente por la ausencia, muerte o pérdida de alguien. El poeta John Donne (1624) escribió en su Meditación XVII, perteneciente a Devotions Upon Emergent Ocasions: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”. Nos quedamos con la frase “nadie es una isla completo en sí mismo”.

La soledad es un problema real que afecta cada vez a más personas de todas las edades y no sólo a las personas mayores, como se suele pensar. Lo cual nos lleva a pensar si hay soledad buscada y deseada o siempre es inducida por la matriz ambiental del ecosistema social de cada persona, llevando a situaciones no deseadas, que generan falta de calidad de vida o incluso enfermedad.

Hay momentos de soledad buscados como forma de encuentro personal con el interior de cada cual o meditación en una búsqueda de trascendencia, de estos no hablaremos aquí porque tienen un fin positivo y son buscados por la persona de forma intencionada. Jesús de Nazaret buscó la soledad en muchos momentos de su vida, mostrado en numerosos pasajes evangélicos (Mateo: 14, 23; Marcos: 1, 35; Lucas: 9, 10; Juan: 6, 15). Citaremos un ejemplo, En aquel tiempo, el Espíritu empujo a Jesús al desierto (Marcos, 1, 12-15). El desierto como metáfora y realidad de la soledad deseada para un encuentro con la profundidad del ser y el infinito; un lugar para la trascendencia y el encuentro, para los creyentes, con Dios desde la inmensidad del ser en soledad. Un encuentro con el lugar interior que todos tenemos, donde nos encontramos a nosotros mismos. Pero el desierto también puede ser una metáfora de la soledad profunda que puede generar la sociedad actual. Hay desierto para muchas personas en nuestras ciudades.

El filósofo Martin Heidegger se retiró a una pequeña cabaña en la Selva Negra y allí, en soledad, realizó sus más brillantes escritos; una soledad fecunda y buscada. Pero no es éste tipo de soledad el que nos preocupa. Resulta muy indicativo que Theresa May, en el Reino Unido haya creado el Ministerio de Soledad (Minister for Loneliness), dirigido por Tracey Crouch actual secretaria de Deporte y Sociedad Civil, debido a que, según sus propias palabras, “para demasiadas personas la soledad es la triste realidad de la vida moderna”. En el Reino Unido, hay más de nueve millones de personas que siempre, o con mucha frecuencia, se sienten solas. En España, seis de cada diez personas están en soledad no deseada. Según datos del informe La soledad en España, de 2015, uno de cada 10 españoles admite sentirse solo con mucha frecuencia. Es decir, 4,6 millones de personas en nuestro país (el 8% de la población) se sienten solas habitualmente. Dos millones de ancianos en España se sienten solos y más de cuatro millones y medio de personas se sienten solas de manera habitual, es decir, un 8% de la población. En España esto no se ha entendido desde hace años, al igual que la caída demográfica de la que la Organización Mundial de la Salud lleva avisando desde hace diez años. En España hace falta un Ministerio de la Soledad y la Familia. Un alto porcentaje de personas en nuestro país que ahora tienen menos de 50 años no tendrá nietos. Grecia, Italia y España muestran los niveles más altos de soledad.

De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística, los hogares formados por una sola persona crecieron en 2017 un 1,1% con respecto a 2016 hasta alcanzar los 4,7 millones, lo que supone el 25,4% del total de los hogares españoles, la población incluida en estos representa el 10,2% del total. En 2017 había 49.100 personas más que en 2016 viviendo solas. En el caso de los hombres los hogares unipersonales más frecuentes estaban formados por solteros (58,3% del total). En las mujeres, la mayoría de hogares unipersonales estaban formados por viudas (47,5% del total). Europa envejece y la soledad va camino de convertirse en la principal enfermedad de Occidente, generada por una sociedad sin hijos, con menos familias y más desestructuradas, en un marco de profundo individualismo. En septiembre de 2017, el diario El Mundo publicaba un artículo con el título La epidemia de la soledad ya supera a la obesidad como amenaza para la salud. Se manifestaba que, basado en datos de un extenso estudio llevado a cabo en Estados Unidos, Europa, Asia y Australia, “la soledad -entendida como aislamiento social- puede representar mayor amenaza para el sistema sanitario que la obesidad” y que, además, “la conexión social puede reducir en un 50% la muerte prematura de quienes están -y no sólo se sienten- completamente solos”.

La soledad aumenta el riesgo de mortalidad, y su magnitud supera muchos de los principales indicadores de salud habituales”, sostiene Julianne Holt-Lunstad, principal responsable del estudio al que alude el citado diario. Las relaciones sociales son un indicador de salud, según los criterios comúnmente utilizados para determinar las prioridades de la salud pública. De acuerdo con el artículo citado, en España, un informe conjunto entre la Fundación Axa y la Fundación ONCE advirtió en 2015 que los españoles se sienten solos. La mitad de la población española admite haber sentido, en algún momento, cierta sensación de soledad en el último año, que uno de cada 10 españoles (más de cuatro millones de personas) se sentía solo con mucha frecuencia y que en torno a un 20% de españoles vive solo, y de ese porcentaje, un 41% admite que no lo hace porque quiere sino porque no le queda otro remedio. Es decir, hay muchas personas que viven solas por imperativo de su realidad. En España tenemos nueve millones de pensionistas. Seguro que algunos están solos y todos se sienten solos ante un Gobierno que no reconoce su derecho a una vida digna tras una vida de sacrificio y trabajo.

La indignante subida de las pensiones es una bofetada a una ciudadanía que no se lo merece, y que acusa una grave soledad. También es soledad social la que tienen esas madres de España que cuidan solas a sus hijas e hijos. Esas que reparten el tiempo entre su trabajo, a veces el cuidado de mayores dependientes y la educación de sus hijos e hijas, con una responsabilidad desproporcionada de apoyo al colegio por un deficiente sistema educativo. El médico y catedrático sevillano Dr. Jaime Rodríguez Sacristán, en su libro El sentimiento de soledad (1992, Editorial Universidad de Sevilla), expone que “el fenómeno solitario es polimorfo. El sentimiento de soledad es una experiencia humana que no tiene nada de simple. Está compuesta por emociones, intuiciones, razonamientos y elaboraciones psicológicas como el sentimiento de angustia y vacio en el tiempo. Si agrupamos todas estas vivencias en su conjunto podemos hablar de la Constelación de la Soledad que se encuentra cerca de la Constelación de la Tristeza y del Mundo del Dolor”. Para Rodríguez Sacristán, “la palabra soledad no es neutra. Cualquiera que se enfrenta con ella sabe que no es una palabra cualquiera y que tiene que ver con áreas muy profundas de la persona. Detrás de la palabra soledad se esconden vivencias muy diversas y complejas que tocan lo más profundo de la persona”. El jesuita y sociólogo José María Rodríguez Olaizola en su libro Bailar con la soledad (2017, Sal Terrae), nos manifiesta que “la soledad es un sentimiento complejo que a veces trae paz pero que en otras ocasiones nos abruma sin que sepamos bien qué hacer con eso que remueve en nosotros”. Según este autor, hay en el ser humano un ansia profunda de encuentro, de cercanía, de intimidad y pertenencia, por ello ser persona es ser persona en relación. De hecho, la soledad abruma a la mayor parte de las personas, y conduce a la falta de salud y bienestar.

Podríamos hablar de las redes sociales y la sensación de comunicación que representan. Incluso se habla de sociedad digital y democracia horizontal. Parece que el paradigma de las smart city traerá más felicidad a la vida en la ciudad. Nada de esto es real. De acuerdo con el sociólogo Juan Díez Nicolás, “parece que las redes sociales proporcionan compañía, pero es evidente que no, porque no sustituyen el contacto personal (Informe La soledad en España, 2015). Los jóvenes se sienten muy solos porque el mundo actual es muy competitivo y acusan la falta de trabajo y de perspectivas vitales y cuando están juntos, también están con su móvil. La distancia social no se mide en metros”. La tecnología no sólo no parece capaz de frenar la epidemia de la soledad, sino que, además, ha conseguido alterar la percepción que de ella se tiene. Cada vez más personas viven solas y las tasas de suicidio parecen estar aumentando. Las redes sociales permiten a las personas vivir vidas de aislamiento en una sociedad que se dice hiperconectada pero genera una felicidad impostada que conduce a la anomía y la soledad. Sin quitar el valor que tiene las denominadas tecnologías de la comunicación y la información no parece que ayuden a disminuir el sentimiento de soledad. El declive de la familia, auténtica unidad esencial de la sociedad, tiene mucho que ver con la epidemia de la soledad. El fortalecimiento de las familias es esencial y el capitalismo imperante en nuestro mundo occidental globalizado, que extiende sus garras hacia otros mundos, no parece el camino que deberíamos tomar. Michael Cook, editor de Mercatornet, dice que “el aislamiento social aumenta y es imposible imaginar una estrategia de gobierno para combatir las patologías sociales asociadas con la soledad sin un plan paralelo para fortalecer la familia”. En nuestras ciudades hay que generar ecobarrios con lugares de encuentro para todos, hay que permitir la estancia en la calle, multicultural y multigeneracional con individuos, especialmente las personas mayores conviviendo en plazas amables y biofílicas con familias. Sociabilizar nuestras ciudades, en general nuestro modelo social, podría reducir, según los expertos, en un 50% la muerte prematura de quienes se sienten y están completamente solos. Las diferentes confesiones religiosas de las ciudades ayudan a ello. Las Orientaciones Pastorales Diocesanas 2016-2021 de la Archidiócesis de Sevilla, inspiradas por el Arzobispo D. Juan José Asenjo Pelegrina, hablan de fortalecer el tejido comunitario en el paisaje de la cultura urbana en una gran ciudad. Crear un clima de responsabilidad misionera desde la alegría de un mensaje universal también contribuirá a alejar el fantasma de la epidemia de la soledad. Existe una propuesta de vida cristiana, de acuerdo con la Orientaciones Pastorales citadas, que incluye: la valoración de la dignidad de la persona, el deseo de libertad, la búsqueda del amor y la felicidad, las experiencias de solidaridad, la repulsa de las injusticias, la sensibilidad por la ecología, las posibilidades de comunicación que nos convierten en habitantes de una aldea global, la búsqueda sincera de sentido y espiritualidad, el despertar de un deseo de una regeneración moral, las múltiples iniciativas sociales que buscan el bien de las personas. La ciudad ofrece al ser humano, como alternativa a la soledad no deseada, muchas posibilidades para realizarse como ser personal y comunitario, para su desarrollo cultural y para la convivencia social, que nos aleja del individualismo y la lacerante soledad. La ciudad ha cambiado los modos de vida y las estructuras habituales de la existencia de las personas, la familia, la vecindad y la organización del trabajo. Hace falta una nueva orientación, una nueva sensibilidad, un cambio de perspectiva, que remueva las condiciones sociales y ambientales que generan la epidemia de la soledad.

ENRIQUE FIGUEROA

Catedrático de Ecología y Director de la Oficina de Sostenibilidad de la Universidad de Sevilla. Premio Andalucía de Medio Ambiente 2014. Medalla de la Ciudad de Huelva 2017. Autor de 12 libros. Ha recibido 12 premios de investigación. Ha escrito más de 200 artículos de investigación. Ha escrito dos libros sobre el papa Francisco.


 
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La soledad crónica, un problema de salud pública

Por Donato Spaccavento
6 de febrero de 2020


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La soledad es un problema de salud creciente

En un mundo cada vez más interconectado tecnológicamente, el aislamiento y la exclusión social se han transformado en un problema de salud pública, con repercusiones importantes sobre la calidad de vida. Varios estudios han vinculado la soledad crónica y el aislamiento social con una mayor incidencia de enfermedades y un mayor riesgo de muerte prematura.

La medicina todavía no ha resuelto si es la soledad la que genera enfermedades o son las enfermedades las que nos hacen estar aislados, lo que sí está demostrado es la íntima relación entre ambas.

Un estudio reciente de la Brigham Young University ha evidenciado que la soledad y el aislamiento social incrementan el riesgo de muerte tanto como la obesidad y otro estudio publicado en la prestigiosa revista HEART por equipos de las Universidades de Helsinky y Upsala evidencia que la soledad incrementa el riesgo cardiovascular entre 1,4 y 1,5 veces, igual que el tabaquismo, el alcohol y el sedentarismo. Asimismo en un artículo publicado en la revista Harvard Business Review, el cirujano americano Vivek Murthy escribió que “la soledad y las conexiones sociales débiles se asocian con una reducción de la vida similar a la causada por fumar 15 cigarrillos por día e incluso mayor que la asociada a la obesidad”

Aumenta hasta un 25% la probabilidad de morir prematuramente por hipertensión arterial, infartos, obesidad, falta de vacunaciones, adicciones, violencia, depresión y demencia, diabetes tipo 2 etc. todas enfermedades que podrían estar mediadas por un aumento crónico de la hormona cortisol, liberada durante hábitos de vida que generan estrés crónico.



Parecería, según algunos autores, que la soledad tuviera una retroalimentación negativa mediada biológicamente, un perfecto círculo vicioso: cuanto más solas o solos estemos, más solas o solos vamos a querer estar y peor nos vamos a sentir. Paradójicamente, las redes sociales parecen confirmarlo, lejos de incrementar nuestro sentimiento de compañía lo disminuyen y mantienen nuestro nivel de estrés.

Cuando hablamos de soledad nos referimos aquella que no es deseada por el individuo y que genera aislamiento social, cuando esta situación se prolonga en el tiempo, en general más de 3 a 6 meses, se la denomina ̈soledad crónica ̈ y se caracteriza por sentimientos constantes y continuos de sentirse solo, alejado o separado del conjunto social, etc.

Un estudio realizado por investigadores de Irlanda, Reino Unido y Estados Unidos, demuestra que cuando la soledad se la clasifica en subtipos, se duplica el número de personas que reconocen sufrirla. Están hablando de la soledad social, que se distingue por la falta de satisfacción en la cantidad de relaciones sociales y la soledad emocional, que es la insatisfacción por la calidad de las relaciones humanas.

Steve Cole, un investigador de genética de la Universidad de California en Los Ángeles, autor de un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) demuestra que la soledad tiene efectos fisiológicos en nuestro organismo. Junto con Jhon y Stephanie Cacioppo, psicólogos de la Universidad de Chicago, realizaron una investigación llamada “Hacia una neurología de la soledad” en la que observan que el nivel de “toxicidad de la soledad es impresionante” y que “el aislamiento es uno de los grandes riesgos de la salud en la época actual”.

Uno de los resultados que publicaron fue que se producía un aumento de los genes que producían procesos inflamatorios y un descenso de la actividad de las células que combaten estas inflamaciones. A pesar de lo que se piensa, la soledad no solo afecta a personas mayores.

También afecta a niños, jóvenes, personas con discapacidad y enfermedades psiquiátricas crónicas. Hace un par de años, en Gran Bretaña se creó la Secretaría de Estado de la Soledad. De acuerdo a un informe realizado por la comisión Jo Cox sobre la soledad, había en ese país 9 millones de personas (14% de la población total) que se sentían solas. Asimismo, según ese estudio alrededor de 200 mil personas confesaban no haber hablado con nadie desde hacía más de un año.

En la Argentina, una de cada cinco personas mayores vive sola, según el informe de la Universidad Católica Argentina (UCA). Según el censo 2010, el 10,2% de la población argentina es mayor de 65 años, uno de los países con población más añosa de América Latina. Se calcula que en 2025 las personas mayores alcanzaría el 12,7% y en 2050 el 19%. Para esa época el número de personas mayores de 65 años será mayor a la cantidad total de niños y adolescentes menores de 15 años.

En la ciudad de Córdoba, el Centro de Promoción del Adulto Mayor (CEPRAM) funciona un programa de acompañamiento telefónico a mayores, una línea recibe llamadas. El 60 % de las consultas son personas que se sienten solas.

Las personas con soledad crónica tienen un nivel de demanda de los subsistemas de salud (público, seguridad social y privado) mucho mayor que la población que no la padece; esto obviamente se traduce en un aumento muy importante en los costos económicos de las instituciones de salud.

Es fundamental reconocer que el tema de la soledad crónica es un problema de todos. El otro problema que surge es qué ninguna profesión lo siente suyo, mientras todos saben quién hace el diagnóstico y quién la puede tratar, la soledad crónica, concibiéndola como un trastorno o factor de riesgo toca a muchos perfiles profesionales.

Las políticas de salud pública deben ser intersectoriales e interdisciplinarias, porque tienen que ver con la salud, la vivienda, el trabajo o desarrollo social, el esparcimiento, los espacios públicos etc.

La fragmentación del Sistema de Salud también impacta negativamente sobre esta población, en otras palabras hay infinidad de recursos nacionales provinciales, municipales, de las obras sociales y privados interviniendo sobre esta población, pero descoordinados y sin una única rectoría, esto hace más difícil el acceso y burocratiza mucho la atención.

Me parece que uno de los desafíos actuales es abordar desde el Estado esta problemática como lo están haciendo muchos países del mundo que están desarrollando estrategias amplias sin olvidar a las personas que ya están sufriendo.

* Médico sanitarista

 
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La convivencia intergeneracional, el remedio de Emilia contra la soledad
Esta mujer ha recurrido a un exitoso programa de convivencia entre personas mayores y estudiantes de la Universidad de Málaga


Emilia y Judith, en una escena cotidiana de su convivencia - Efe

El miedo a no tener a nadie cerca por la noches tras haber sufrido un ictus fue lo que hizo a Emilia Cobo, de 73 años, recurrir a un programa de convivencia entre personas mayores y estudiantes que conoció por medio de una amiga al comienzo de su existencia entre 1992 y 1993.
Cobo, jubilada tras haber ejercido como docente, siempre ha estado rodeada de gente joven -ya fueran sus alumnos, sus cincos hijos o los amigos de estos-; pero ha asegurado a Efe que, en momentos puntuales, ha notado la soledad, que considera afecta sobre todo a ancianas que han vivido una época en la que tenían escasas relaciones sociales.

La trabajadora social encargada de este programa de convivencia intergeneracional de la Universidad de Málaga, Marisa Garfia, ha explicado a Efe que a esta iniciativa suelen acceder sobre todo mujeres entre los 75 y 80 años que se han quedado recientemente viudas.

Deben cumplir una serie de requisitos, como ser mayor de 55 años, estar desempleadas y tener una vivienda con una condiciones higiénicas adecuadas que incluya una habitación individual para el estudiante y, a cambio, recibirán una retribución económica.

Emilia ha destacado la doble vertiente social de este programa para ayudar también a estudiantes con problemas económicos a los que de otra manera «podría costarles más hacer una carrera» o «no poder hacerla», mientras que Garfia también explica que esta iniciativa les aporta a los estudiantes un hogar, «calor» y también «un poco de madurez».
Judith Thakurdas es estudiante del grado de Educación Infantil y se siente «como en casa» en la vivienda de Emilia, con la que ha llegado a definir una relación casi de «familia», basada -según la estudiante- en la «confianza» y el «respeto» y se ha referido a ella como una persona de la que aprende «mucho».

El día a día de ambas suele ser muy tranquilo, algunas veces suelen desayunar juntas, Judith se marcha a sus prácticas y Emilia suele ir andar por las mañanas; pero siempre almuerzan de nuevo en compañia y previamente la jubilada enseña a cocinar a la futura maestra de infantil, que ha admitido que esta tarea le cuesta «un poquito».

Las dos protagonistas de esta convivencia han coincidido en que la convivencia fue buena desde el principio y no ha habido ningún problema, mientras la trabajadora social señala que los acogidos a esta programa son personas que no se conocen y de dos generaciones distintas, en algunos casos de cultura diferentes.

Garfia ha explicado que el perfil de los estudiantes que solicitan este servicio está cambiando en cuanto al lugar de origen y que antes se encontraban a alumnos de la ciudad o de áreas cercanas -con problemas económicos o que querían «hacer una labor social»-, mientras que ahora suelen proceder también de Marruecos y de países de Latinoamérica o Europa.

Emilia y Judith han calificado esta experiencia como «bonita» por su doble labor social, la jubilada ha comentado que antes de Judith acogió a dos mellizas durante cuatro años y que a día de hoy sigue manteniendo el contacto con la familia de esas hermanas.
Para poder vivir con una persona mayor los interesados deben tener más de 18 años y estudiar en la universidad malagueña, a los seleccionados se le asigna un hogar y se compromete a ayudar a quien allí reside en ciertas pequeñas tareas como visitas al médico o recados.

 

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