El silencio es oro. Pueblos abandonados.

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El Cabezuelo - Avila







Anejo, hoy abandonado, de La Carrera, en la provincia de Ávila. No hemos podido encontrar datos sobre su historia ni sobre las razones de su abandono.



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Casas de la Sierra - Avila



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Agradecimiento para María Rosa Martín García, nostálgica informante de su aldea, a la que a pesar de la distancia la ha llevado siempre en su corazón.




Casas de la Sierra es un anejo que perteneció antiguamente a Santa Lucia de la Sierra y en la actualidad lo hace a Solana de Avila.
Mirador privilegiado del valle del Aravalle y de la sierra de Gredos se sitúa esta aldea escondida entre un espeso robledal, ubicada a considerable altitud (1450 metros), lo que la hacía padecer unos inviernos muy rigurosos y muy fríos con abundantes nevadas por lo que durante muchos días se encontraban aislados.

"Era tal las nevadas que caían, que muchas mañanas mi padre tenía que coger una pala y quitar la nieve para poder salir de casa, en muchas ocasiones hacer una especie de túnel, todos los vecinos desde su casa hacían camino para poder ir donde los animales y darles comida y agua. Como teníamos mucha leña estábamos bien provistos para soportar las bajas temperaturas. Siempre me acuerdo de mi madre cuando iba a lavar la ropa, se ponía ladrillos calientes envueltos en papel sobre la suela de los zapatos para calentarse los pies, además llevaba un cubo de agua caliente para meter las manos de cuando en cuando, solía ir a lavar a un manantial que teníamos en una huerta, allí el agua no estaba tan fría.
Los niños a nuestra manera le sacábamos entretenimiento a estos días tan duros, aprovechando los estanques helados que se formaban como pista de patinaje".
MARÍA ROSA MARTÍN.



Dieciséis viviendas llegaron a formar la aldea en sus buenos tiempos, reducidas a diez las habitadas en la segunda mitad del siglo XX:
-La de la tía Paulina.
-La de el tío León.
-La de el tío Coleto.
-La de la tía Brígida.
-La de la tía María.
-La de la tía Justa.
-La de la tía Rosa.
-La de la tía Regina.
-Casa el Bueno.
-Casa de Victoriano.

Se dedicaban principalmente a la ganadería con ovejas, cabras y vacas.
En la agricultura obtenían algo de trigo, centeno, cebada, patatas, judías y garbanzos.
Como no podía ser menos, en un lugar tan aislado la convivencia y la armonía entre los vecinos era fundamental para que la vida fuera un poco más fácil.

"El vecindario era bien avenido, yo no recuerdo conflictos importantes, más bien éramos como una gran familia, nos ayudábamos entre todos, si a alguien le ocurría algo acudían todos para ayudarle. Recuerdo una vez que se cayó una ternera a un pozo y tuvieron que sacrificarla, todos los vecinos compraron carne para que la perdida no fuera tan grande". MARÍA ROSA MARTÍN.

No había escuela en Las Casas y los niños en edad escolar tenían que bajar a la de Santa Lucía de la Sierra.

"Bajábamos a la escuela entre cinco y siete niños desde Las Casas, con edades entre los 5 y los 14 años. Íbamos todos juntos y los mayores siempre cuidaban de los más pequeños. Si había nevado íbamos también a la escuela a no ser que fuera una nevada muy grande, los padres hacían camino y nos llevaban con burros o mulos, y por la tarde si el tiempo estaba malo nos iban a buscar.

Las madres nos bajaban la comida a mitad de camino y dos o tres de nosotros solíamos subir a buscar la de todos. Si hacia buen tiempo comíamos al lado de una fuente en las afueras de Santa Lucia y si hacia mal tiempo comíamos en casa de algún familiar o conocido, pero siempre con la comida nuestra. Como eran tiempos de posguerra a la escuela llegaba leche en polvo y mantequilla, nos obligaban a llevar de casa una rebanada de pan y un vaso y en el recreo nos daban leche con mantequilla untada en la rebanada". MARÍA ROSA MARTÍN.

Para los oficios religiosos también tenían que coger el camino que les bajaba a Santa Lucia.

"Los domingos era obligatorio acudir a misa, cuando bajábamos llevábamos las medias en el bolsillo y nos las poníamos antes de entrar a Santa Lucia, lo hacíamos para que no se hicieran carreras, era obligatorio entrar con medias, manga larga y velo en la cabeza a la iglesia.
Cuando paria una vaca mi madre nos daba una botella de leche que ofrecía a San Antonio, la poníamos en el altar del Santo y cuando acababa la misa el sacristán la subastaba a la puerta de la iglesia, teníamos que mirar quien la llevaba para que devolviera la botella vacía". MARÍA ROSA MARTÍN.

Los Reyes como es de imaginar eran días muy entrañables para los niños de esta aldea tan apartada y alejada de todo tipo de progreso.

"La noche del 5 de enero cogíamos cencerros y campanillas de los animales y salíamos a hacer ruido a los canchales que hay a la entrada del pueblo para dar la bienvenida a Los Reyes Magos y el día 6 volvíamos hacer lo mismo para despedirlos. Esa noche tan esperada dejábamos los zapatos delante del fuego y mi madre nos ponía la naranja más gorda que encontraba en el mercado, un plátano, (naranjas y plátanos no comíamos casi nunca, había otras frutas, por eso era algo especial) chocolate, caramelos y varias chucherías, también nos ponía dinero que al día siguiente nos lo recogía otra vez, esto puede parecer extraño, pero eran otros tiempos, hace 60 años. En Navidad a la familia de Madrid, mi madre les enviaba productos del campo y de la matanza y ellos nos enviaban turrón, dulces navideños y lotería". MARÍA ROSA MARTÍN.

La matanza también era un ritual muy importante en la vida cotidiana de esta aldea serrana.

"Para la matanza se mataban los cerdos en la calle, todos los vecinos ayudaban, uno de ellos llevaba las muestras al veterinario para analizarlas y cuando volvía, si el cerdo estaba bien, asábamos su cola y los niños de la familia la repartían entre todos los niños de la aldea, se hacia una gran fiesta y se invitaba a todos los parientes y vecinos. Los hombres descuartizaban el animal, picaban la carne, preparaban el lugar para colgarlo y conservarlo todo, preparaban leña para el fuego...., las mujeres lavaban los intestinos del animal, preparaban el mondongo, adobaban y hacían los embutidos. La noche anterior a la matanza, toda la familia la pasaba pelando cebollas y calabazas y cociéndolas para hacer las morcillas". MARÍA ROSA MARTÍN.

Carecían de fiestas patronales pero participaban conjuntamente con las de Santa Lucia de la Sierra donde estaba el ayuntamiento y que englobaba varias aldeas.
Bajaban a celebrar a Santa Lucia el 13 de diciembre y a San Antonio el 13 de junio.

"Cuando un joven forastero pretendía a una moza del pueblo, los jóvenes del pueblo le hacían pagar una cena para todos, que consistía en un asado de carne y vino. Las bodas se celebraban en alguna casa vacía, la limpiaban, la adornaban lo mejor que sabían, mataban algún animal: corderos, pollos o algún ternero, hacían pastas y bebida y las mejores cocineras hacían la comida, también se solía celebrar la 1ª amonestación". MARÍA ROSA MARTÍN.


Los lunes era el día que se aprovechaba para bajar hasta el Barco de Ávila que había mercado.
Solían llevar el burro cargado con cargas de escobas (leña) y huevos y compraban los productos de los que carecían en la aldea: aceite, azúcar, arroz, petróleo para el candil, pescado, hilo, ropa, etc, algunas veces llevaban a vender una ternera o un cordero.
Por Las Casas solían acudir por temporadas vendedores ambulantes con un carro desde el pueblo cacereño de Tornavacas vendiendo vino y aceite.
Eran años muy difíciles y a pesar de que había para comer, la gente se las tenía que ingeniar para salir adelante y mejorar un poco la calidad de vida.

"Mi padre era productor de trigo, le obligaban a declarar la cantidad que cosechaba y entregarlo en la harinera estatal, en El Barco. Allí calculaban el pan que le correspondía según el numero de familia que tenia y el resto se lo daban en harina negra, no sé qué clase de harina era, venia de África y la gente enfermaba, mi padre la recogía y con ella mi madre la amasaba para los perros. Naturalmente siempre declaraba menos cantidad de lo que recogía, lo que quedaba en casa lo llevaba a moler al molino donde molían el grano para los animales, de esta manera el molinero también tenía pan blanco. Mi padre con esto del pan hacia contrabando y lo digo muy orgullosa porque era trabajador y honesto y hacia lo que cualquier persona para sacar a su familia adelante sin hacer mal a nadie. En Becedas había una mujer viuda con dos hijos mozos, esta mujer era panadera, cada día amasaba el pan y por la noche sus hijos y mi padre se encontraban en el monte y cambiaban la carga de las mulas, ellos volvían a su casa y mi padre iba toda la noche de pueblo en pueblo a vender pan, campo a través, vadeando ríos y evitando los caminos para no ser descubierto por la Guardia Civil (por suerte nunca lo cogieron), las clientas lo esperaban como agua de mayo, para dar pan blanco a sus hijos, eran tiempos muy difíciles y no había dinero, si no podían pagar en monedas, pagaban con lo que tenían, azúcar, aceite.... lo que fuera, por eso en casa nunca nos faltó nada". MARÍA ROSA MARTÍN.


Debido al aislamiento que padecían y la ausencia de infraestructuras la gente se fue marchando de la aldea.

"La gente no emigró por pobreza como ocurrió en otras partes de España, la gente emigró por falta de infraestructuras y servicios. La comida no nos faltaba, vivíamos muy bien, pero nos faltaba todo lo demás. No había carretera, no había luz, no había agua corriente, para ir los niños a la escuela, las personas a la iglesia, al cementerio, al médico, a cualquier gestión al ayuntamiento, etc, teníamos que bajar a Santa Lucia por un precario camino, lo que hacía todo muy difícil y la vida muy dura". MARÍA ROSA MARTÍN.

Unos se bajaron a Santa Lucia de la Sierra, algunas familias a Barco de Ávila y otras a Madrid.
Hasta la década de los 80 hubo vida en Las Casas por medio de la tía María y sus tres hijos (Pedro, Eduvigis y Eduardo) que fueron los últimos en marchar y lo hicieron a Santa Lucia de la Sierra, aunque Paulino Sánchez que se había bajado al pueblo de Los Loros siguió subiendo durante años a atender el ganado que allí tenia, fue la última persona que deambuló por sus calles y mantuvo presencia humana en la aldea.
Posteriormente en el año 2002 un incendio que hubo en toda esta parte de la sierra de Béjar dejo lo que era una muy bonita aldea serrana herida de muerte para que la vegetación y las inclemencias meteorológicas terminen de hacer el resto.





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La Ribera - Avila







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Río Corneja


La Ribera es una pedanía o anejo del municipio de Villafranca de la Sierra, al sudoeste de la provincia de Ávila, en Castilla y León, España.

Está situada junto al río Corneja y comunicada con el casco urbano de Villafranca de la Sierra a través de una carretera local de aproximadamente kilómetro y medio de longitud.

Este anejo fue poblado en un principio por familias de molineros cuyo medio de vida era la molienda y el cultivo de judías y árboles frutales, gracias al caudal del río Corneja, que por medio de canales y regaderas a su paso por las huertas regaba los cultivos.

Con el paso del tiempo la Ribera se fue poblando también de agricultores y ganaderos que aprovechaban las praderas para que pastaran sus ganados y crecieran sus cultivos. Además en las aguas del río podían pescar truchas comunes.

Debido al notable incremento de la población, hacia el año 1945 se tuvo que construir una escuela mixta a la que acudían los niños del lugar.

En la actualidad los molinos están es desuso o derruidos por culpa de una riada que acaeció el 1 de septiembre de 1999. Uno de ellos sin embargo logró ser recuperado; en otoño de 2011 finalizó la rehabilitación del molino del "Tío Alberto", situado en la parte más alta de La Ribera. Se trata de un antiguo molino de finales del siglo XVII en perfecto estado de uso, que ha quedado abierto al público como museo del agua en el Valle del Corneja.

Hoy en día la localidad está deshabitada. Sus últimos habitantes permanentes dejaron la localidad en el año 2003. No obstante, durante los veranos vuelven algunos de ellos, así como sus descendientes, a disfrutar de algunos días de descanso.
 
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Villalbilla - Cuenca





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Agradecimiento para Javier Ballesteros Higueras, ameno y agradable informante recorriendo en su compañía las calles de su pueblo en una fría tarde invernal. Multitud de recuerdos y anécdotas a cada paso.




Antiguo pueblo de renteros, fue propiedad de doña Amparo Eraso Lledó, al igual que los vecinos pueblos de Nohedas y Sacedoncillo. Ya bien entrado el siglo XX sus habitantes compraron las casas y las tierras a los descendientes de doña Amparo.
Diecinueve viviendas conformaban Villalbilla alineadas casi en su totalidad a lo largo de una calle. Tenían sus campos cultivados de cereal (trigo, cebada, centeno). Rebaños de ovejas mantenían cada casa y solo una cabra podían tener por familia, debido a que estas se comían las hojas de las carrascas que había en el monte, el cual era privado.
Celebraban las fiestas patronales para San Pedro el día 29 de junio. Duraban tres días y contaba con gran presencia de gentes de pueblos vecinos.


"Subía gran cantidad de gente desde el Villar de Domingo García y de otros pueblos, en el baile no se cogía en la plaza de la cantidad de parejas que había bailando, por lo que se llegaba a bailar también en una plazuela adyacente. Se bailaba al son del acordeón del tío Vitorino de Villar del Saz, otros años eran dos hermanos de Jabaga que tenían una sastrería en Cuenca, los que venían a tocar con bombo y acordeón.
Se invitaba a comer a todos los familiares y amigos a las casas e incluso ningún forastero se quedaba sin comer, me acuerdo que mi madre nos decía que nos asomáramos a la calle por ver si había alguien que no tuviera ninguna casa donde comer para invitarle a entrar.
Se pasaba muy bien y había un concurso que era acertar al gallo, en el que se enterraba un gallo dejándole solo libre la cabeza, los jóvenes previo pago de una moneda y desde cierta distancia le tiraban piedras a ver quien le acertaba, era muy difícil pues el gallo al ver venir la piedra con un ágil movimiento de cuello la esquivaba, por lo que había que ir acortando la distancia hasta que alguno conseguía darle. Buenas partidas de bolos se echaban también y no solo en fiestas sino todos los domingos". JAVIER BALLESTEROS.


Se hacia otra fiesta el primer domingo de Cuaresma dedicada a Santa María Magdalena, donde se hacia un subastado de productos (trigo, pollos, patatas, manos de cerdo, etc) y con lo obtenido se oficiaban varias misas para las animas benditas del pueblo.

"Un año en estas fiestas de María Magdalena apenas si quedábamos ya tres familias en el pueblo y ese día cayó un nevazo muy grande por lo que no pudo llegar nadie de fuera, solo vino el cura que ofició una misa y luego nos reunimos todos en una casa a comer". JAVIER BALLESTEROS.


La Nochebuena era muy celebrada en Villalbilla

"Se traían tres carros de leña de carrasca y se hacia una gran hoguera en una de las plazas, era inmensa y solía durar hasta 15 días, allí nos reuníamos todos y cantábamos villancicos y comíamos de los dulces que habíamos obtenido de ir pidiendo el aguilando casa por casa (rosquillas, mantecados, etc). Si no daba tiempo de hacer la ronda del aguilando por todas las casas se continuaba al día siguiente". JAVIER BALLESTEROS.

El cura venia de Villar de Domingo García (Don Rogelio), primero en una mula y más tarde en bicicleta. Del mismo pueblo venia el médico (Don Maximino), llegaba en coche hasta el desvío de la carretera general y luego se venía andando el último tramo.
Al Villar se desplazaban los villalberos para realizar las compras pues allí había bastante comercio y también iban allí a por agua, uno de los principales problemas de Villalbilla, la fuente que había no era potable y tenían que ir a buscarlas con las caballerías al Villar, a Nohedas o a Fuentesclaras indistintamente.

A la falta de agua se unió la mecanización del campo que motivó que no hubiera trabajo para todos y así los villalberos se fueron marchando principalmente a Cuenca y a Valencia.
La emigración ya hacía tiempo que rondaba por Villalbilla hasta que llegó el final definitivo.

"En el año 1978 ya solo había tres casas abiertas y el panorama no era muy prometedor, el problema del agua estaba ahí y a ello se unía que los chicos ya tenían que ir a la escuela de Villar, por lo que las tres familias nos marchamos casi a la vez: nosotros (Javier y Dionisia), junto con Desiderio y Eulalia nos bajamos al Villar y los de la otra casa, Félix y Amparo marcharon para Cuenca".
JAVIER BALLESTEROS.


A partir de aquí, solo soledad y silencio y el ya consabido expolio tan brutal en algunos lugares, aquí se llevaron hasta las tejas lo que aceleró de manera considerable el proceso de ruina del pueblo. Todavía algunos años después de marcharse se seguían reuniendo los vecinos para las fiestas, conmemoración que dejó de hacerse años más tarde.


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Alcadima ( Albacete)



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Agradecimiento para Antonio González y Bienvenida Torres, los penúltimos en marchar de Alcadima, magníficos y acogedores informantes.



Preciosa y fotogénica aldea de Alcadima perteneciente al municipio de Liétor, situada en el estrechamiento de un minúsculo vallejo por donde discurre el rio Mundo. Caserío apiñado, con rincones de gran belleza, muy bien conservado, formado por trece viviendas en las que predomina el yeso como material de construcción.

Contaron con luz eléctrica desde hace muchos años proveniente de la cercana central eléctrica de Hijar.
Al estar a orilla del río casi toda su agricultura era de regadío. Así sus tierras estaban sembradas de tomates, pimientos, patatas, habas, olivos, granados, higueras, etc.

"Cogíamos muchas aceitunas, normalmente para consumo, teníamos un buen sistema para quitarles el amargor: llenábamos un saco y lo colgábamos del puente sumergiéndolo en el río toda la noche recibiendo el frescor del agua, al día siguiente estaban listas para comerlas. También las llevábamos a vender a otros pueblos, las cargábamos en el macho y llegábamos hasta Las Cañadas de Hache o Peñascosa donde no tenían olivos y se las vendíamos o bien las intercambiábamos por trigo, puesto que ellos si tenían bastante cereal y nosotros estábamos más escasos". ANTONIO GONZÁLEZ.
Las ovejas, y las cabras en menor medida era el sustento en la ganadería.
Con la aldea de Hijar tenían gran relación dada su cercanía, además de lazos de amistad y vínculos familiares, los niños iban allí a la escuela (alrededor de 20 niños iban a estudiar desde Alcadima), cada quince días acudían también a misa a una capilla instalada en la escuela y donde oficiaba el cura de Liétor para los dos pueblos y además compartían la fiesta patronal.

"Celebrábamos el día trece de mayo a la virgen de Fátima. Compramos la talla de la virgen entre los dos pueblos y el primer año realizamos la fiesta en Alcadima, se puso un altar en la calle, allí se dio una misa, hicimos una pequeña procesión y también un baile y ya los siguientes años lo celebrábamos en Hijar pues ellos eran bastante más vecinos y al cura le pillaba también más cercano desplazarse a Hijar que a Alcadima". ANTONIO GONZÁLEZ.

Pese a pertenecer a Liétor no tenían mucho contacto con aquel pueblo, y solo se desplazaban para algún asunto administrativo y desde allí solo recibían el servicio de cartería, para todo lo demás era Ayna su lugar de desplazamiento.

"A Liétor teníamos casi tres horas de distancia y a Ayna no llegaba a la hora el trayecto. A Ayna nos desplazábamos para todo: al médico, a hacer compras, a moler la aceituna a la almazara, a moler el grano, a la fragua, a vender los corderos a los carniceros, a vender la lana a la Fabrica de lana que allí había, lo mismo que había Fabrica para picar el esparto que en Alcadima recogíamos en mucha cantidad, los jóvenes hacia allá que iban los domingos puesto que había cine y baile, en fin para todo, nuestras visitas a Ayna eran constantes". ANTONIO GONZÁLEZ.

La vida era muy apacible en Alcadima y se vivía bastante bien, por aquí pasaban también los trabajadores de la central eléctrica de Hijar en su camino de ida y vuelta hacia Ayna donde vivían, hasta que años más tarde les hicieron un poblado junto a la central.

"Aunque yo no nací aquí, estaba muy bien integrada en la vida de la aldea, había mucha armonía, los vecinos que quedábamos éramos como una familia, se celebraba la matanza y se invitaba a todos los vecinos que previamente te habían ayudado en los preparativos.
En Navidad los niños salían a pedir el aguilando por las casas, acercándose también hasta Hijar y viniendo los de allí a pedirlo también a Alcadima, se les daba rollos, mantecados y cualquier dulce o golosina que se les pudiera dar.
Los jóvenes se iban en grupo a las fiestas de Ayna, de Liétor, de Elche de la Sierra y sino se realizaba baile aquí en cualquier casa, siempre había alguien que sabia tocar el acordeón y la guitarra y rápido se preparaba un baile".
BIENVENIDA TORRES.


Aun así la emigración no pasó de largo por Alcadima y sus gentes se fueron marchando en busca de un mejor futuro a Barcelona, Valencia y Ayna.

"La gente se marchaba porque la tierra ya no daba trabajo para todos, teníamos deficientes accesos, siempre caminos de caballería, el cierre de la escuela de Hijar también supuso un mazazo para los vecinos que quedaban porque los niños tenían que desplazarse a la de Ayna que les pillaba más retirado. La gente fue a probar suerte en las ciudades. Nosotros ya al final nos vinimos para Ayna y mi hermano Manuel todavía aguantó ocho meses más con su mujer y sus dos hijos pequeños viviendo en Alcadima, fueron los últimos en marchar, pero al final también se vinieron para Ayna, desde aquí podíamos seguir yendo a trabajar las tierras". ANTONIO GONZÁLEZ.

Corría el año 1977 cuando se marcharon los últimos moradores de la aldea, pero afortunadamente los alcadimeros no se olvidaron de su pueblo y siguieron manteniendo sus viviendas en buen estado y cultivando sus huertos, hecho que se sigue haciendo hasta el día de hoy, por lo que raro es el día que no hay ningún alcadimero transitando por este encantador lugar.





El pueblo salido de un cuento Alcadima



 
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Arteaga de Abajo ( Albacete)






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En un puntón rocoso sobre el río Puentecillas se sitúa esta pedanía de Peñascosa.


Muy difíciles accesos tuvo siempre está olvidada aldea. A pie o en caballería era la única manera de llegar hasta sus muros.
Al azote de todos los vientos y padeciendo unos inviernos rigurosos con abundantes nevadas, alrededor de unas diez viviendas de sencilla construcción formaban el núcleo de Arteaga de Abajo.

No conocieron la luz eléctrica. Las teas y los candiles de aceite fueron sus fuentes de iluminación.

La agricultura y la ganadería componían la base sobre la que se sustentaba su economía.
Trigo, cebada, avena, centeno, patatas y panizo entre otros productos era lo que cultivaban en sus tierras.
A moler el grano iban al molino de Arteaga de Arriba.

Las ovejas y las cabras era lo que predominaba en el terreno ganadero.
Marchantes y carniceros de Bogarra, Paterna del Madera, Masegoso o Casas de Lázaro aparecían por allí periódicamente para comprar los corderos.
Conejos, liebres y perdices abundaban en sus montes y no se libraban de la puntería de los cazadores de la aldea.
Del río conseguían sacar abundantes cangrejos para aportar una variedad gastronómica en las comidas.

Para todo tipo de oficios religiosos (misa, bodas, bautizos, funerales, etc) se desplazaban hasta la iglesia de Arteaga de Arriba y anteriormente a la construcción de esta, tenían que hacerlo a la de Peñascosa, cabecera de municipio, situado a más de 15 km. de distancia.

El médico venía desde Masegoso. Había que ir a buscarle y llevar una caballería para que pudiera desplazarse a visitar al enfermo. Don Faustino, gallego de nacimiento, fue uno de los que se recuerda.
A la escuela iban a la de Arteaga de Arriba.
El cartero (Pedro) venía desde Fuenlabrada a repartir la correspondencia.
Posteriormente fue Desiderio, natural de Fuenlabrada pero residente en Arteaga de Arriba el que montado en su bicicleta recogía la correspondencia en Peñascosa y la repartía por las aldeas.

Las fiestas patronales en honor a la virgen de Fátima en mayo se hacían para las dos aldeas pero las celebraciones se realizaban en Arteaga de Arriba.
Samuel y Genaro provenientes de la Casa la Toba eran los músicos que con laúd y guitarra amenizaban los bailes.
Los domingos y días festivos por la tarde se hacía baile a nivel local en el interior de alguna casa.

Para coger el coche de línea que cubría el trayecto Bogarra- Albacete tenían que madrugar con ocasión de poder estar a las siete de la mañana en la parada de la carretera de Casas de Lázaro.

La considerable distancia a todos los núcleos de población grandes no les hacía desplazarse de continuo para realizar compras por lo que eran los vendedores ambulantes de Bogarra, Paterna del Madera o Casas de Lázaro los que se dejaban ver por Arteaga de Abajo.
También se recuerda a un señor de Pozohondo vendiendo hilo y otros productos de costura, como también a otro vendedor que venía desde Elche de la Sierra con dos borriquillos y vendía telas y todo tipo de ropas.

En un pueblo tan abrupto, con difíciles accesos y mal comunicado la emigración tenía que llegar. Esa imposibilidad de no poder llegar nunca un vehículo, o la dificultad de acarrear el agua por el empinado camino desde la fuente hasta las casas, unido a las ganas de buscar una mejor calidad de vida fue empujando a la gente de Arteaga de Abajo a buscar nuevos lugares de residencia.

La gran mayoría se repartieron entre Albacete y Barcelona.
El matrimonio formado por Julio Aguilar e Isabel García con una hija fueron los últimos de Arteaga de Abajo. Marcharon a principios de los años 70.

 

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El Encebrico ( Albacete)


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El progreso nunca se acercó por esta recóndita aldea albaceteña de la sierra del Segura perteneciente al pueblo de Paterna del Madera. Lo más que llegaron a disfrutar fue un carril de tierra para que pudiera llegar algún vehículo, el cual sustituyo a la senda de caballerías que tuvieron siempre, aun así llegó un poco tarde, a mediados de los 60, cuando ya apenas quedaban vecinos.

Por descontado que ni la luz eléctrica ni el agua corriente llegó nunca a El Encebrico, pero además el médico lo tenían a dos horas de camino, en Paterna del Madera. No hubo nunca escuela y solamente en diversos años era algún maestro rural de los que iban en aquellos años ofreciendo sus servicios por cortijos y caseríos aislados. Improvisaban un aula en alguna casa. Cada semana le tocaba a un vecino darle hospedaje (comida y cama). Los años en que no contaban con maestro enseñante no había escuela y los niños aprendían un poco de lo que les enseñaban los más mayores.
Para bautizos, comuniones o bodas se desplazaban a la iglesia de Paterna del Madera, a dos horas de distancia y una vez celebrado el acto religioso volvían a la aldea a celebrar el evento.


Tampoco nunca disfrutaron del servicio del cartero y era algún vecino que bajaba a Paterna a realizar alguna gestión el que se la subía a la aldea.
No aparecían vendedores ambulantes por allí y tenían que hacer tres horas de camino con las caballerías para llegar hasta Riopar, donde estaba el comercio y abastecerse de lo más necesario.

Su considerable altitud, a 1420 metros sobre el nivel del mar, ya da una idea de los inviernos tan rigurosos que solían padecer. Diez o quince días totalmente aislados por la nieve (nevadas hasta de dos metros) donde apenas salían más que para dar de comer a los animales. Tenían abundante leña de pino y de carrasca para combatir los intensos fríos.

Situada en un claro del monte, entre el Calar de la Osera y los Altos del Encebrico, doce viviendas llegaron a componer la aldea.
Sus tierras las aprovechaban para cultivar patatas, judías, panizo y trigo principalmente.
A moler el grano iban indistintamente al molino de Paterna o al de Río Madera.

La ganadería se repartía entre ovejas, cabras y vacas. Tratantes de Elche de la Sierra, Paterna o Molinicos aparecían por allí para comprar corderos o cabritos.

Celebraban su fiesta particular el 3 de mayo (La Cruz de Mayo). No había misa, se subastaban los rollos de la Cruz (dulces en forma de roscos grandes que hacían las mujeres de la aldea). Una comida algo diferente a otros días para agasajar a familiares y allegados venidos de fuera y un baile por la tarde en la era es lo que daba de sí el día festivo.

Los jóvenes acudían a las fiestas de Paterna del Madera y en alguna ocasión a las de La Vegallera.
Algunos domingos por la tarde hacían baile en el interior de alguna casa.

Ante un modo de vida tan austero la emigración lógicamente tenía que aparecer cuando se dieron las circunstancias para ello. Así en los años 50 y 60 se produjo el éxodo en busca de una mejor calidad de vida. Algunos se quedaron en Paterna del Madera y otros buscaron acomodo en las ciudades (Barcelona, Albacete, Bilbao).

Pero hay que decir que el recién empezado siglo XXI conoció existencia humana en la aldea con la presencia de Antolin Muñoz Moreno, el último de El Encebrico, persona amable y hospitalaria con los que por allí se acercaban, nunca quiso salir de su aldea, aguantó en solitario hasta el año 2004 en que su delicado estado de salud hizo que se lo llevaran sus familiares.

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La Casa del Collado (Albacete)



































En la parte sur de la provincia de Albacete un brazo de tierra en forma de cuña se introduce entre medias de las provincias de Jaén, Granada y Murcia.
Allí se encuentra el solitario pero precioso pueblo de Nerpio. Su término municipal se encuentra repartido entre once pedanías que a su vez engloban doscientos ochenta y cuatro cortijos.
Cortijos que han corrido una suerte desigual, mientras que unos han sobrevivido a la despoblación, otros se han recuperado como viviendas de segunda residencia y otro buen número se encuentran despoblados.
Es el caso de la cortijada de La Casa del Collado, perteneciente a la pedanía de La Casa de la Cabeza.

A 1280 metros de altitud en las estribaciones de la sierra de Mingarnao se encuentra este caserío que estuvo compuesto en sus buenos tiempos por doce viviendas, todas ellas de sencilla construcción, con la piedra, el barro y la cal como materiales predominantes.

Rigurosos inviernos los que padecían en esta zona serrana para lo cual aprovechaban la leña de pino y sabina para calentar la lumbre de las cocinas.
Sus tierras de cultivo se aprovechaban para el cultivo del cereal (trigo, avena y cebada).
El molinero de Nerpio recogía el grano y devolvía el equivalente en harina.
Cada ocho días se hacía pan en los tres hornos que llegó a haber en la aldea.

"En los meses de agosto y septiembre mi padre y yo nos dedicábamos a recoger espliego. En una caldera junto a la fuente lo preparábamos y lo cocíamos y una vez elaborado venía un señor de Nerpio y se llevaba la esencia. Nos pagaba de acuerdo a lo que tuviera estipulado con mi padre". ANSELMO GARCÍA.


La oveja era el animal sobre el que se basaba la ganadería de la cortijada. Marchantes de Caravaca de la Cruz acudían periódicamente a comprar los corderos.
Nunca llegó la luz eléctrica a las casas y así los candiles de carburo y los quinqués fueron sus fuentes de iluminación.

Para todo tipo de oficios religiosos (misa dominical, bodas, bautizos...) acudían a la iglesia de La Purísima Concepción en el pueblo de Nerpio.
De Nerpio subía el médico a visitar a algún enfermo cuando la ocasión lo requería. Don Antonio en un mulo y don Atanasio después en moto son alguno de los que se recuerdan.

Constantino Reolid Alfaro era el cartero que todos los días hacía el recorrido desde Nerpio hasta la pedanía de Yetas (pasando por todas las cortijadas que hubiera en el camino, entre ellas La Casa del Collado) para repartir la correspondencia. Un trayecto de dieciséis kilómetros que hacía diariamente andando. Llevaba también medicamentos y otros encargos que se le solicitara.

Una hora se tardaba en hacer el trayecto a Nerpio con una mula, se aprovechaba para hacer compras.
Algunos arrieros y vendedores ambulantes se dejaban ver por La Casa del Collado, como era Ginés de Turrilla que con un burro iba vendiendo un poco de todo o Antonio de La Dehesa que también aparecía ofreciendo su mercancía.

No hubo nunca escuela en la aldea por lo que la educación escolar fue muy deficiente en aquellos años.

"Estuvimos yendo unos meses a La Casa de la Cabeza donde había un maestro rural que estuvo enseñando durante un tiempo, pero poco. Lo que aprendíamos era lo que nos enseñaban los mayores.
En mi caso fue un pastor que tuvimos en la casa el que me enseñó lo más elemental". ANSELMO GARCÍA.


Poco tiempo libre había para el ocio, como no fuera bajar a Nerpio o acudir a los bailes cortijeros que se daban en Turrilla, en el Cortijo el Royo o en las Casas de la Carretera, cerca del pueblo.

La vida en La Casa del Collado era muy dura, la ausencia de luz, agua, escuela, médico o la lejanía de Nerpio empujaba a las gentes a marcharse en busca de una mejor calidad de vida.

"En los últimos años ya solo había dos casas abiertas, hubo otra más pero era un matrimonio mayor y se fueron con su hija a vivir a La Casa de la Cabeza. Ya no se daban buenas condiciones para seguir viviendo en la aldea, yo les decía a mis padres que nos teníamos que marchar. El progreso no llegaba por aquí, además trabajábamos con ganado "a costeo" y ya no era plan seguir viviendo así.
En el año 1973 nos pusimos de acuerdo las dos familias y nos marchamos a la vez a Nerpio. Se dio el caso de que yo me había marchado a la vendimia en Francia desde La Casa del Collado y cuando volví ya lo hice a Nerpio, mis padres se habían bajado al pueblo en ese intervalo de tiempo". ANSELMO GARCÍA.


Rufino García y Dermofila Martínez con sus dos hijos Anselmo y Alejandro por un lado y Saturnino y Esperanza con sus dos hijos Pascual y Antonio fueron las dos últimas familias que pusieron punto y final a la presencia humana en la cortijada de La Casa del Collado.
El resto de vecinos buscaron acomodo anteriormente en Nerpio o se marcharon hacía Ibi (Alicante).

Agradecimiento para Anselmo García, uno de los últimos en marchar de La Casa del Collado y para Santano Álvarez por su colaboración.


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Las Hermanas (Albacete)




Las Hermanas es una atractiva aldea albaceteña situada en la sierra del Segura.



Pedanía de Molinicos se presenta en forma alargada dejándose caer a media ladera sobre el barranco de la Dehesa Vieja.
Hasta 35 viviendas llegaron a componer en sus buenos tiempos esta aldea que tenía la base de su economía en el cultivo del olivo y del almendro. El trigo y la cebada era el cereal predominante en sus campos. Grano que se llevaba a moler a uno de los cinco molinos harineros que había en Molinicos.

Las ovejas y las cabras era el aporte que hacía la ganadería para el sustento de sus habitantes. Corderos y cabritos que eran vendidos a carniceros de Molinicos.
Mucha importancia tenía el cultivo y aprovechamiento de las plantas de esparto que se daba en las laderas más soleadas. Se llevaba a la fábrica de Molinicos o en ocasiones lo llevaban a vender a la provincia de Murcia.

Varios de sus vecinos se marchaban finalizando el verano a trabajar en la vendimia francesa para sacarse un dinero extra.
De la provincia de Ciudad Real venían arrieros hasta Las Hermanas y otras aldeas de Molinicos a comprar aceite y miel.
Miel que elaboraban en las numerosas colmenas que tenían y que en verano hacían trashumancia con ellas trasladándolas más arriba de Riopar.

Para todo tipo de oficios religiosos (misas, bodas, bautizos, defunciones) bajaban a la iglesia de Molinicos.
De aquí subía el médico y el practicante cuando la ocasión lo requería.
Para el servicio de correspondencia no había cartero destinado y era cualquier vecino que bajaba a Molinicos para realizar alguna compra el que se subía las cartas para Las Hermanas.

Los niños para ir a la escuela tenían que bajar hasta la aldea de El Morcillar a 1´5 km.
Precisamente con los de El Morcillar compartían patrona: la virgen de Fátima a quien celebraban fiesta el 13 de mayo.
Un año se realizaba la fiesta en El Morcillar y otro en Las Hermanas y así sucesivamente.
Cuando tocaba en Las Hermanas se improvisaba un altar en la calle y allí se oficiaba una misa. Se repartía torta de caridad bendecida y se subastaba el rollo que solían hacer las mozas del pueblo. Los jóvenes que tuvieran algún interés afectivo en alguna de las mozas se encargaban de pujar fuerte por el rollo que hubiera elaborado.

Antonio (el niño del Puerto), acordeonista del pueblo de Puerto del Pino era el encargado de amenizar el baile con su música.
Este día además de las dos aldeas protagonistas venía gente de Molinicos y de todos los caseríos del valle de Arroyo Morote.
No faltaba la cuerva (bebida típica en la zona que era igual que la sangría).
Los jóvenes acudían los domingos a Arroyo Morote donde se realizaban unos animados bailes para las gentes de los caseríos cercanos. En ocasiones dicho baile se realizaba cada domingo en una aldea diferente.

Entre los adelantos de la época solo el teléfono apareció por Las Hermanas cuando ya apenas había población.
Debido a la ausencia de servicios e infraestructuras la gente fue marchándose en los años 60 y 70 casi en su totalidad a Molinicos, del que dada su cercanía podían seguir subiendo a Las Hermanas a trabajar las tierras.

El cierre de la escuela de El Morcillar supuso un duro golpe para las últimas familias que todavía residían en la aldea pues ya tenían que llevar a sus hijos a la de Molinicos, por lo que decidieron fijar su residencia en la cabecera municipal.
Las Hermanas aguantó con presencia humana hasta mediados de los 90 cuando el delicado estado de salud de Eleuterio López (el último y solitario vecino) hizo que sus familiares se lo llevaran de la aldea.

Posteriormente hubo un proyecto de hacer un complejo rural que hubiera revitalizado el lugar, pero la cosa no cuajó.
El expolio se encargó de hacer el resto y a día de hoy todas las edificaciones están abandonadas.