El silencio es oro. Pueblos abandonados. (1 Viewer)

Registrado
3 Jun 2017
Mensajes
53.699
Calificaciones
146.791
Ubicación
España
España, domingo 21 de enero de 2018, abro este Hilo en homenaje a esos lugares que hoy "duermen el sueño de los justos", pero que en su día tuvieron vida, sus pobladores luchaban, se alegraban y sufrían como nosotros, aún incluso más por las inclemencias del tiempo, los estragos de las enfermedades y los sueldos o rentas "miserables"; que los obligaron a emigrar a los centros industriales, costeros, capitales de provincia, y grandes aglomeraciones poblacionales; simplemente buscando una "vida mejor", no siempre lograda a su llegada, a lo que hay que unir su lenta adaptación --o inadaptación--, a los medios urbanos tan ajetreados, competitivos y sin el espíritu "familiar" de sus pueblos de origen, donde todos se conocían y la mayoría se ayudaban.
Saludos,

 

Registrado
11 Ene 2016
Mensajes
30.493
Calificaciones
206.650
Mas del Labrador (Mas del Llaurador en catalán) es un pueblo abandonado, actualmente en ruinas, situado en el término municipal de Valjunquera, en la comarca del Matarraña, provincia de Teruel, en Aragón, España. Se encuentra entre las poblaciones de Valdeltormo y Valjunquera sobre un llano entre dos valles que se unen una vez han pasado el núcleo de población.

Mas del Labrador


despoblado

Las primeras noticias existentes sobre el “Mas” datan de 1646, cuando la población albergaba a 90 vecinos y de 1787, en que eran 121. En 1834, la villa era un municipio independiente con ayuntamiento propio. Hacia 1915, José Pellicer, párroco de la localidad, convirtió la casa parroquial en una escuela religiosa con un internado para unos 30 alumnos.

La Guerra Civil Española castigó duramente la población. Las consecuencias de este enfrentamiento bélico fueron el intenso bombardeo y la destrucción de gran parte de las edificaciones, que ya no fueron reconstruidas debido a la emigración de buena parte de sus vecinos en los años posteriores a las poblaciones de los alrededores.

Actualmente, el único edificio que persiste en buen estado de conservación es la iglesia de San Juan Degollado (Sant Joan Degollat), construcción neoclásica del siglo XVIII de notable interés artístico, con campanario de sección cuadrangular y en cuya parte posterior se halla la sacristía y el fosar. En los últimos años se ha recuperado la tradición de organizar una romería a este templo a finales del mes de agosto, en la que participan los vecinos de las poblaciones vecinas.

La población fue abandonada definitivamente por sus últimos vecinos en la década de 1960, debido al éxodo rural y a que la localidad no tenía los servicios básicos mínimos, por lo cual la calidad de vida era precaria. DSCF4183abc.jpg DSCF4136abc.jpg
 


Registrado
8 May 2017
Mensajes
21.902
Calificaciones
58.848
Ubicación
Buenos Aires - Argentina
Excelente iniciativa. Criminal el destino de esos maravillosos y pintorescos lugares.
No quedó nada a salvo en esos sitios?
Recuerdo que no hace mucho pasaban por cable algunos programas que mostraban cómo gente que en su momento había emigrado a las grandes urbes volvía a sus terruños con renovadas iniciativas para reinsertarse laboralmente y lograr el sustento personal y familiar, con ayuda del estado español. Casos de por ejemplo, matrimonios que volvían e instalaban un almacén grande y muy completo. No recuerdo en este momento otros casos, pero parecían un salvoconducto a las consecuencias del paro.
 
Registrado
11 Ene 2016
Mensajes
30.493
Calificaciones
206.650
El hombre que tiene un pueblo para él solo
Al final de una carretera estrecha de un valle nevado y despoblado de Soria, hay alguien que se atreve a desafiar a las convenciones y al abandono rural

En qué piensa?

—En que anochezca, para que luego amanezca y volver a salir a la calle.

—¿Y en los políticos?

—Eso es en lo último en lo que pensaría.

Félix del Prado es como un fantasma. No es fácil dar con él. Vive en el pueblo más escondido de una de las zonas más despobladas de Soria, provincia castellana que está considerada un desierto poblacional. Toño Arroyo, el arcipreste de Tierras Altas -como se llama la comarca donde vive Félix-, marca el camino: «Si subes el puerto de Oncala y te metes por la carretera del valle del río Cidacos hay pueblos con muy poquita gente». Allí, pese a que ya hace varias semanas de la nevada, todo es blanco menos la carretera marrón, por la que apenas pueden pasar dos coches a la vez. No es un gran problema porque, realmente, casi no pasan coches. «Por ahí están Los Campos, Vizmanos, Valloria, donde viven dos hermanos que son ganaderos, y también Verguizas, donde creo que sólo vive un señor», enumera el arcipreste, antes de volver a sus labores.

inRead invented by Teads
Allí nadie contesta al reclamo, salvo un perro que ladra enfadado al percibir al desconocido. Otro perro color canela, más amable, no ladra y parece encantado con la visita. «Félix, ¿estás ahí?». «Buenas tardes, Félix». Nada. Nadie responde, pero el olor a leña quemada en una estufa le delata. Entonces, un albañil de esos que preparan las casas de los madrileños abandona sus labores y confirma lo que dijo el arcipreste. «Sí, aquí está Félix, voy a buscarlo y ahora te lo saco».

«¡Félix, Félix, sal, que te están buscando!», dice el trabajador mientras se adentra, familiarmente, en la vivienda del único habitante del pueblo. A los pocos segundos, el operario vuelve a sus trabajos para los de la capital y el esperado «fantasma» se descubre.

«Hago lo que quiero»
La conversación va a empezar, y posteriormente acabar, cuando este soriano viejo, un pastor trashumante de 72 años, quiera. «¿Qué quieres que te cuente? ¡Si yo mi vida ya la he contado toda!», inicia, midiendo las distancias, el único habitante de Verguizas. Para empezar dice, contradiciendo a los alcaldes de la zona, a las evidencias sobre el terreno y al arcipreste, que no vive solo, que hay otro «que se fue ayer y volverá mañana». Cuando termina se ríe, algo burlón, y se coloca al sol, junto a un poyete y frente al montón de leña que cortó en verano y que almacena para calentarse en invierno.

«Vivo solo y no pasa nada, estoy acostumbrado, esto es a lo que te haces», admite Félix, quien enumera las virtudes de no tener que rendirle cuentas a nadie, aunque solo sea a otro vecino. «Estoy a mi aire. Hago lo que quiero. Entro y salgo cuando quiero, me acuesto a la hora que me da la gana. Vivir así no es duro», asegura, para acto seguido mandar un mensaje -si se da la casualidad de que leen sus palabras-, a las altas esferas: «Solo quiero que no me quiten la paga».

Esfuerzo le ha costado ganársela. Sondécadas viajando durante siete meses al año desde su pueblo natal en Soria hasta Ciudad Real, con la única compañía de las ovejas, cabras y vacas que pastoreaba. También llevaba a sus perros, una de los cuales -Canela, que no ladra al visitante- aún vive con él en un lugar donde otrora hubo, aunque no lo parezca, niños.

La media sonrisa acompaña toda la conversación. Solo hay dos temas que parecen trastocar la tranquilidad y el buen humor de este hombre, anacoreta de su propio pueblo. «Fue un 2 de noviembre, aún me acuerdo y solo tenía 14 años». Con esa frase rememora el día que le echaron de casa para, como él dice, «buscarse las habichuelas». Más serio se pone aún, y también eleva el tono, cuando la pregunta versa sobre la despoblación, concepto de moda en los últimos tiempos pero condena antigua para la España interior.

«¡Pero cómo pueden hablar ahora de despoblación si lo han dejado caer todo!», exclama enfadado Félix contra la labor de los políticos. «¡Ahora ya no hay remedio!», continúa contrariado, para zanjar su intervención con una frase que resume el pensamiento de muchos de quienes han visto cómo el abandono rural ha privado de vida a sus pueblos: «Les ha interesado darnos el golpe y ya no se puede hacer nada».

Volver al pueblo
Esta resignación es habitual en los pueblos pequeños -entendiéndose aquellos que no llegan a la veintena de habitantes- donde dan por hecha la desaparición y se dedican a esperarla en las mejores condiciones posibles. «Yo no puedo recomendar a nadie volver al pueblo», dice el hombre que decidió quedarse a vivir, aunque fuera solo, en el suyo. «A mis amigos les robaron las oportunidades y por eso se fueron», insiste Félix, que cuando eso pasó tenía 18 o 19 años y ahora ya peina canas y más de 70 primaveras.

Pero es feliz. No le recomendará a nadie su vida pero él la disfruta como nadie. «Por las tardes subo a esos cerros. Un día a uno y otro día a otro», enumera señalando hacia las dos montañas, ahora nevadas, que enclaustran sus dominios. Por lo demás, presume de tener teléfono, de disfrutar de una televisión «de 24 canales», de las chuletas de cordero que comió ese día y de no prestar atención ni al fútbol ni a los políticos. Eso sí, sabe perfectamente que el «Barcelona le saca 19 puntos al Madrid» y tampoco pierde la oportunidad de atizar a Puigdemont: «Ellos se quieren ir porque dicen que les roban. ¿Qué tenemos que hacer los de aquí entonces?».

Luego, sin más, da por terminada la conversación. «Venga, que ya te he contado más de lo que te tenía que contar», subraya mientras se adentra otra vez en su casa. A esperar a que termine la tarde, llegue la noche y después vuelva a salir el sol.
 
Registrado
22 Oct 2017
Mensajes
6.048
Calificaciones
11.657
Excelente iniciativa. Criminal el destino de esos maravillosos y pintorescos lugares.
No quedó nada a salvo en esos sitios?
Recuerdo que no hace mucho pasaban por cable algunos programas que mostraban cómo gente que en su momento había emigrado a las grandes urbes volvía a sus terruños con renovadas iniciativas para reinsertarse laboralmente y lograr el sustento personal y familiar, con ayuda del estado español. Casos de por ejemplo, matrimonios que volvían e instalaban un almacén grande y muy completo. No recuerdo en este momento otros casos, pero parecían un salvoconducto a las consecuencias del paro.
De acuerdo con tus palabras @Coti7495, recuerdo también esos programas que mencionas. Resultaban una excelente salida a un problema acuciante: la falta de empleo en las grandes urbes por parte de los que en su día habían llegado buscando un destino mejor. Parecía un buen programa estatal. No se en qué habrá quedado aquello.
Las construcciones se ven maravillosas, dignas de ser conservadas.
He sido siempre un bicho de ciudad, pero he fantaseado, y aún lo hago, con vivir en un pueblo así, chico, ancestral, donde todos se conozcan y se ayuden como bien dice el autor del hilo. Experiencias que los citadinos desconocemos. Saludos compatriota.
 
Registrado
8 May 2017
Mensajes
21.902
Calificaciones
58.848
Ubicación
Buenos Aires - Argentina
De acuerdo con tus palabras @Coti7495, recuerdo también esos programas que mencionas. Resultaban una excelente salida a un problema acuciante: la falta de empleo en las grandes urbes por parte de los que en su día habían llegado buscando un destino mejor. Parecía un buen programa estatal. No se en qué habrá quedado aquello.
Las construcciones se ven maravillosas, dignas de ser conservadas.
He sido siempre un bicho de ciudad, pero he fantaseado, y aún lo hago, con vivir en un pueblo así, chico, ancestral, donde todos se conozcan y se ayuden como bien dice el autor del hilo. Experiencias que los citadinos desconocemos. Saludos compatriota.
Gracias @Miss Guerlain por tus palabras. Sabes? compartimos esa fantasía de vivir en un pueblo de esas características, aun cuando ignoro si podría acostumbrarme a la pérdida del anonimato y la intimidad que conlleva. Saludos compatriota, aunque sé que estás un poco distante de casa.
 
Registrado
11 Ene 2016
Mensajes
30.493
Calificaciones
206.650
Es una pena que poco a poco zonas inmensas queden despobladas..
El caso que conozco mejor es Teruel y el Maestrazgo, el Matarraña y el Bajo Aragón.. y hay inmensas zonas sin prácticamente habitantes..
Aún hoy los jovenes que se van a estudiar fuera muchas veces ya no regresan por el trabajo y la poblacion esta muy envejecida...


Una nueva forma de vida
Diez años después, en Aguaviva aún habitan algunas de las familias argentinas que repoblaron la zona La iniciativa ´Abraza la tierra´ atrae a personas que quieren dejar sus ciudades.


Niños argentinos y españoles han consolidado su amistad en Aguaviva.
FOTO: SERVICIO ESPECIAL


T. RIVASÉS

26/08/2010 17:20
La despoblación va pintando poco a poco de gris muchos rincones de Aragón. Pero mientras unos municipios se apagan lentamente, otros se niegan a hacerlo y recurren al ingenio para conseguir mantener el color y la vida entre sus habitantes. No son pocas las iniciativas que se han llevado a cabo para repoblar algunos puntos de la comunidad. El caso más sonado, el de Aguaviva, en la provincia de Teruel, cuyo alcalde, Luis Bricio, hizo un llamamiento a través de la radio argentina para atraer gente: ofrecía trabajo y posibilidades. El resultado fue casi inmediato: la población aumentó y a día de hoy, diez años después, todavía se cuentan en más de 700 habitantes.

"Algunas de las familias no se adaptaron y se marcharon", explica el teniente de alcalde de Aguaviva, Emilio Monterde. Se quedaron unas cuatro familias argentinas a las que se sumaron varias más que vinieron atraídas por la repercusión que había tenido en su país. Esto también llamó la atención de familias rumanas que llegaron al pueblo "por su cuenta", y a día de hoy hay censados unos 120, señala Monterde. La juventud de la mayor parte de los repobladores "se ha notado", y el ejemplo más claro se puede encontrar en la escuela, en la que hay unos 70 niños.



En busca de un cambio

Marcelo Martínez fue el primero en pisar Aguaviva. Vino solo, después se unió a otros compañeros y después trajeron a sus familias. Él siempre había querido venir a España porque "trabajando aquí no te faltaba de nada", confiesa. "El pueblo necesitaba un cambio, había que renovar el espíritu", recuerda. Vino con su mujer y sus dos hijos, que ahora tienen 19 y 12 años. Una vez instalados aquí, nació su tercera hija, de 8. Con esfuerzo, montó la empresa de cableado que tenía en su país. Ahora conocen a todo el mundo y se sienten "integrados".

Pero estas historias humanas no solo se pueden encontrar en Aguaviva. En pueblos cincovilleses, como Los Pintanos, Puen de Luna, Luesia, Orés o Piedratajada también están llenos de emprendedores que decidieron un día cambiar de aires y sustituir el estrés de las grandes ciudades por el silencio del medio natural, de la mano del programa Abraza la tierra.

El proyecto está integrado por asociaciones que operan distintas partes de España. En Aragón, Adefo Cinco Villas se encarga de esa comarca y Agujama, de Gúdar-Javalambre y Maestrazgo, entre otras. Miguel Ángel Pablo y su mujer, que dejaron sus trabajos en Barcelona para hacerse cargo del albergue de Orés. Allí han encontrado la paz y todo el tiempo necesario para poder disfrutar de su hijo "las 24 horas del día". Eva Ruiz dejó Elche para "empezar de cero" en Piedratajada, un cambio positivo, asegura. Se ocupa del bar-restaurante, pero su ilusión es poder dedicarse más adelante a la fabricación de muebles con materiales reciclados.



Negocios repoblados

En Frías de Albarracín, uno puede encontrarse con pobladores como Patricia Araya, que se ocupa desde hace un alrededor año del horno de pan del municipio. Nació en Sudamérica y vivió en Estocolmo. "Lo curioso de Frías es que todos los negocios los llevamos gente que no somos originarios", explica.

El caso de Undués de Lerda es excepcional. Se trata de un municipio cuya población ha pasado de 20 habitantes con una media de edad de 70 años hace once años, a ser unos 76 empadronados con 14 niños y una edad media de 25. La ventaja es "estar cerca de Pamplona" y "estar trabajando" en la mejora de las comunicaciones y de los equipamientos del municipio. Asegura que con la vitalidad que se ha conseguido en la zona Undués está demostrando ser "un pueblo en crecimiento", apunta su alcalde, Juan Arboniés. Él tiene clara cuál es la clave: "Si creas ambiente, la gente viene".

Aguaviva´, la historia de un pueblo que lucha por sobrevivir
El documental sobre los inmigrantes en el pueblo turolense llega a la gran pantalla.



"); background-size: 18px 18px; animation: none; border: none !important; overflow: hidden !important;">
"); background-size: 18px 18px; border: none !important; left: 8px !important; overflow: hidden !important;">


LETICIA TIMÓN MADRID

18/07/2006 03:45
Aguaviva es un pequeño pueblo de Teruel situado a 20 kilómetros de Calanda, ejemplo claro de muchas villas peninsulares cuyo despoblamiento ha sido noticia en los últimos años. Además, Aguaviva es el título del documental que ha obtenido el premio del público en el Festival de Málaga de este año y que narra el transcurrir de los días en esta localidad de unos 700 habitantes.

La peculiaridad de Aguaviva es que desde el verano del 2000 ha recibido familias procedentes de Argentina, Chile, Uruguay y Rumanía, gracias a un plan de repoblación que puso en marcha el alcalde y que ofrecía un contrato de trabajo para cada cabeza de familia y un alquiler que se adecuara a sus posibilidades. Sin embargo, el edil no contó con la opinión de los 598 aguavivenses; estos, por una parte, estaban felices de ver su escuela llena de niños, pero por otra sentían cierto temor a que sus costumbres pudieran verse relegadas a un segundo plano.

Para Ariadna Pujol, que se estrena como directora de largometrajes con este documental, lo fundamental era reflejar el "impacto humano de una iniciativa tan arriesgada y profundizar en cómo se sentían inmigrantes y lugareños ante la experiencia que se habían visto abocados a compartir". "Al principio estaba obsesionada con mostrar su convivencia --explica Pujol--, pero pronto me di cuenta de que se trata de dos comunidades que comparten un espacio común pero sin interactuar entre ellos". Además, añadió que la cinta "admitía un enfoque marcadamente social" pero se ha centrado en el plano emocional porque "es la óptica con la que miro el mundo".

El rodaje, realizado después de un año y medio de extenso trabajo de campo, tuvo como protagonistas a los propios habitantes de Aguaviva que fueron elegidos mediante una especie de "casting intuitivo rodado con una pequeña cámara".



SECUENCIAS IMPROVISADAS Según afirma la directora, una de las prioridades era "procurar conservar la espontaneidad, sintonía y complicidad que se había establecido previamente", ya que muchas de las secuencias fueron completamente improvisadas y "surgieron porque los propios protagonistas quisieron". De hecho, Pujol ha intentado seguir manteniendo el contacto con todos ellos porque consideraba básico que "no se sintieran utilizados" tras rodar el filme.

Finalmente fueron elegidos una familia argentina que monta un restaurante a las afueras del pueblo, una madre chilena con cinco hijos que espera la llegada del padre que se ha quedado en su país y una de las ancianas viudas que se resisten a abandonar sus casas. Tomándolos a ellos como hilo conductor, y haciendo hincapié en el plano emocional, la película, que se estrena el viernes, aborda también el tema de la soledad, el desarraigo, la vejez y el miedo por un futuro que, inevitablemente y debido a la falta de instalaciones, parece mostrarse alejado de las zonas rurales.

 
Registrado
6 Abr 2015
Mensajes
6.043
Calificaciones
27.857
El hombre que tiene un pueblo para él solo
Al final de una carretera estrecha de un valle nevado y despoblado de Soria, hay alguien que se atreve a desafiar a las convenciones y al abandono rural

En qué piensa?

—En que anochezca, para que luego amanezca y volver a salir a la calle.

—¿Y en los políticos?

—Eso es en lo último en lo que pensaría.

Félix del Prado es como un fantasma. No es fácil dar con él. Vive en el pueblo más escondido de una de las zonas más despobladas de Soria, provincia castellana que está considerada un desierto poblacional. Toño Arroyo, el arcipreste de Tierras Altas -como se llama la comarca donde vive Félix-, marca el camino: «Si subes el puerto de Oncala y te metes por la carretera del valle del río Cidacos hay pueblos con muy poquita gente». Allí, pese a que ya hace varias semanas de la nevada, todo es blanco menos la carretera marrón, por la que apenas pueden pasar dos coches a la vez. No es un gran problema porque, realmente, casi no pasan coches. «Por ahí están Los Campos, Vizmanos, Valloria, donde viven dos hermanos que son ganaderos, y también Verguizas, donde creo que sólo vive un señor», enumera el arcipreste, antes de volver a sus labores.

inRead invented by Teads
Allí nadie contesta al reclamo, salvo un perro que ladra enfadado al percibir al desconocido. Otro perro color canela, más amable, no ladra y parece encantado con la visita. «Félix, ¿estás ahí?». «Buenas tardes, Félix». Nada. Nadie responde, pero el olor a leña quemada en una estufa le delata. Entonces, un albañil de esos que preparan las casas de los madrileños abandona sus labores y confirma lo que dijo el arcipreste. «Sí, aquí está Félix, voy a buscarlo y ahora te lo saco».

«¡Félix, Félix, sal, que te están buscando!», dice el trabajador mientras se adentra, familiarmente, en la vivienda del único habitante del pueblo. A los pocos segundos, el operario vuelve a sus trabajos para los de la capital y el esperado «fantasma» se descubre.

«Hago lo que quiero»

La conversación va a empezar, y posteriormente acabar, cuando este soriano viejo, un pastor trashumante de 72 años, quiera. «¿Qué quieres que te cuente? ¡Si yo mi vida ya la he contado toda!», inicia, midiendo las distancias, el único habitante de Verguizas. Para empezar dice, contradiciendo a los alcaldes de la zona, a las evidencias sobre el terreno y al arcipreste, que no vive solo, que hay otro «que se fue ayer y volverá mañana». Cuando termina se ríe, algo burlón, y se coloca al sol, junto a un poyete y frente al montón de leña que cortó en verano y que almacena para calentarse en invierno.

«Vivo solo y no pasa nada, estoy acostumbrado, esto es a lo que te haces», admite Félix, quien enumera las virtudes de no tener que rendirle cuentas a nadie, aunque solo sea a otro vecino. «Estoy a mi aire. Hago lo que quiero. Entro y salgo cuando quiero, me acuesto a la hora que me da la gana. Vivir así no es duro», asegura, para acto seguido mandar un mensaje -si se da la casualidad de que leen sus palabras-, a las altas esferas: «Solo quiero que no me quiten la paga».

Esfuerzo le ha costado ganársela. Sondécadas viajando durante siete meses al año desde su pueblo natal en Soria hasta Ciudad Real, con la única compañía de las ovejas, cabras y vacas que pastoreaba. También llevaba a sus perros, una de los cuales -Canela, que no ladra al visitante- aún vive con él en un lugar donde otrora hubo, aunque no lo parezca, niños.

La media sonrisa acompaña toda la conversación. Solo hay dos temas que parecen trastocar la tranquilidad y el buen humor de este hombre, anacoreta de su propio pueblo. «Fue un 2 de noviembre, aún me acuerdo y solo tenía 14 años». Con esa frase rememora el día que le echaron de casa para, como él dice, «buscarse las habichuelas». Más serio se pone aún, y también eleva el tono, cuando la pregunta versa sobre la despoblación, concepto de moda en los últimos tiempos pero condena antigua para la España interior.

«¡Pero cómo pueden hablar ahora de despoblación si lo han dejado caer todo!», exclama enfadado Félix contra la labor de los políticos. «¡Ahora ya no hay remedio!», continúa contrariado, para zanjar su intervención con una frase que resume el pensamiento de muchos de quienes han visto cómo el abandono rural ha privado de vida a sus pueblos: «Les ha interesado darnos el golpe y ya no se puede hacer nada».

Volver al pueblo

Esta resignación es habitual en los pueblos pequeños -entendiéndose aquellos que no llegan a la veintena de habitantes- donde dan por hecha la desaparición y se dedican a esperarla en las mejores condiciones posibles. «Yo no puedo recomendar a nadie volver al pueblo», dice el hombre que decidió quedarse a vivir, aunque fuera solo, en el suyo. «A mis amigos les robaron las oportunidades y por eso se fueron», insiste Félix, que cuando eso pasó tenía 18 o 19 años y ahora ya peina canas y más de 70 primaveras.

Pero es feliz. No le recomendará a nadie su vida pero él la disfruta como nadie. «Por las tardes subo a esos cerros. Un día a uno y otro día a otro», enumera señalando hacia las dos montañas, ahora nevadas, que enclaustran sus dominios. Por lo demás, presume de tener teléfono, de disfrutar de una televisión «de 24 canales», de las chuletas de cordero que comió ese día y de no prestar atención ni al fútbol ni a los políticos. Eso sí, sabe perfectamente que el «Barcelona le saca 19 puntos al Madrid» y tampoco pierde la oportunidad de atizar a Puigdemont: «Ellos se quieren ir porque dicen que les roban. ¿Qué tenemos que hacer los de aquí entonces?».

Luego, sin más, da por terminada la conversación. «Venga, que ya te he contado más de lo que te tenía que contar», subraya mientras se adentra otra vez en su casa. A esperar a que termine la tarde, llegue la noche y después vuelva a salir el sol.
Me recuerda a la película "El disputado voto del Señor Cayo", muy buena, merece la pena verla.
 

Mirando este Tema (Miembros: 0, Invitados: 1)