Donald Trump, ese hombre...naranja

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QUE ALGUIEN HAGA YA LA PELI, POR FAVOR
Trump y Macron, una comedia romántica
La relación entre Donald Trump y Emmanuel Macron empezó con un polémico apretón de manos. Ahora tienen una cita en París

Eran tan diferentes que estaban destinados a encontrarse
AUTOR
PAULA CANTÓ
TIEMPO DE LECTURA6 min
15.07.2017 – 05:00 H.

Sinopsis: Donald Trump (Donald Trump) es el polémico presidente de Estados Unidos y ninguno de sus homólogos europeos ve con buenos ojos su llegada a la Casa Blanca. Todo cambia el día que el presidente Francia, Emmanuel Macron (Emmanuel Macron), se cruza en su vida tras un desafortunado apretón de manos.

La relación entre Donald Trump y Emmanuel Macron no empezó lo que se dice con buen pie. Como en tantas comedias románticas, la fórmula mágica se basa en la premisa de la pareja destinada a encontrarse que no tiene un buen primer acercamiento. De hecho, al principio no se soportan. Pero a medida que pasa el tiempo, el vínculo entre ambos atraviesa todas las fases de las películas más pastelosas que pululan por la pantalla: la cita, la ruptura, la reconciliación...



Haciendo manitas y mirando al futuro con ilusión (Reuters)


Todo empezó en un día primaveral de mayo cuando Trump, un hombre acostumbrado a mirar por encima del hombro, encontró la horma de su zapato al cruzarse con el joven francés en la cumbre de la OTAN.

En el que fue su primer encuentro, Macron convirtió la mano del presidente americano en una sepia aplastada. Más tarde, reconoció que el gesto había sido premeditado: “No fue un apretón de manos inocente. Fue un momento de Verdad”. Un gesto desafiante, pero también un recordatorio de esa época en la que le tirabas del pelo al niño que te gustaba para llamar su atención. No en vano, en todos los patios de colegio se ha sabido siempre que "los que se pelean se desean".







Claro que Macron no es el único que compite por la atención de Trump. Otros líderes mundiales se han dado cuenta de la recompensa que puede tener colmar de piropos y gestos aduladores al presidente de EEUU. En su visita a Arabia Saudí, por ejemplo, Trump pudo ver su imagen proyectada en la pared de su hotel, paseó por la alfombra roja y fue partícipe del tradicional baile de espadas. Un cortejo en toda regla, Hugh Grant compitiendo contra Colin Firth.

Además de la competencia de otros pretendientes, en la mayoría de las 'rom-coms' existe este momento de conflicto en el que la pareja se separa. “No te vayas”, suplica uno de los dos. Pero no funciona, claro, porque si no, no habría película. A Macron-Trump les ocurrió algo parecido con el Acuerdo de París contra el cambio climático. Macron le rogó que se quedara mientras paseaban frente al mar en Sicilia, pero Trump se marchó sin mirar atrás.

El francés, con el corazón roto, se apresuró a hacer lo que todo protagonista hace cuando su corazón está roto: desahogarse. Y mientras que la táctica de Bridget Jones era comer helado, Macron se lanzó a vacilar a Trump como un loco despechado con un sorprendente discurso en inglés en el que proclamaba “Make our planet great again” en una clara burla al eslogan de campaña de su homólogo. La comedia romántica casi elevada a telenovela.

Pero al final, los protagonistas siempre recapacitan. Tras una conversación por teléfono sobre Siria, Macron acabó invitando a Trump a París para celebrar juntos el Día de la Bastilla, la fiesta nacional francesa. Y aunque es bien sabido que al presidente de EEUU no le gusta demasiado viajar (y mucho menos a Europa, donde le rechazan más que al amigo simpático en una cita doble), aceptó. "Da la impresión de que Trump se muestra seducido por Macron", murmuraban los amigos cotillas los analistas internacionales.

Unos días antes de su finde en París, Macron ya comenzó a preparar el terreno acercándose a su futuro invitado en la foto familiar de la cumbre del G-20 en Hamburgo. El joven seductor atravesó a todos los líderes políticos para colocarse junto a Trump y hacerle un saludo juguetón con ambas manos, como quien se encuentra al chico que le gusta en una fiesta y trata de tropezar con él cerca de la barra. El hombre que le indica dónde colocarse seguramente estaba en el ajo.

Y llega la hora de la escapada romántica, que es lo mínimo que se puede decir de un apretón de manos que dura unos 25 segundos en el que Macron casi pierde el equilibrio por la pasión del encuentro.

Donald Trump aterriza en París con Melania y allí es recibido por Macron y su mujer Brigitte. Y aunque el presidente francés es el anfitrión, es él quien se sube a 'La Bestia', el vehículo oficial de Trump, para ir juntos desde el Hôtel des Invalides hasta el Palacio del Elíseo, después de haber visitado la tumba del mariscal Folch, el Museo Nacional de Guerra o la tumba de Napoleón. Una vez en la residencia oficial, Melania y Brigitte se separan de sus maridos para ir a ver Notre Dame, dejando a los dos presidentes solos como cuando un grupo de amigos le prepara una encerrona a la parejita. Todo muy normal.



Compartiendo confidencias (Reuters)

Cada vez más arrimados (Reuters)

El contacto físico es casual, pero permanente. Que no se pierda la magia (Reuters)

La química es imposible de disimular (Reuters)

Este despliegue de guiños y complicidades se ve salpicado en ocasiones por los celos, como no podía ser de otra manera. En un momento de la jornada,Trump alaba con retintín el estado físico de Brigitte Macron, de 64 años. “Está en muy buena forma”, repite un par de veces, en un sutil golpe bajo para recordar la edad de la esposa del presidente francés. Cabe destacar que la diferencia de edad entre Emmanuel (39) y Brigitte (64), es prácticamente la misma que existe entre Donald (71) y Melania (47).

La cena, por supuesto, tiene lugar en lo alto de la Torre Eiffel. Un restaurante a pie de calle hubiera sido demasiado poco, demasiado vulgar para una velada como ésta.



A modo de guinda, Macron se apresura a hacer lo que cualquiera en su primera cita: intentar impresionar a su acompañante. Y se la juega con un desfile militar al ritmo de Daft Punk. Sin embargo, como esas ocasiones en las que uno de los dos se pasa de moderno al elegir el garito, Trump no parece estar excesivamente entretenido con el espectáculo, aunque Macron intente mantener el buen ambiente con sus continuas sonrisas.

Pero este patinazo final no emborrona una cita inolvidable. “Nada nos separará nunca. La presencia hoy de Donald Trump es el signo de una amistad que atraviesa los tiempos”, tuiteaba Macron con aires épicos. Por su parte, el estadounidense publicaba en su Twitter una imagen de los dos en la que solo faltaba una bonita puesta de sol al fondo.

Los últimos 45 minutos de la película, en los que todavía hay tiempo para una discusión en un restaurante y una llorera dramática antes de dormir, aún están por verse.

http://www.elconfidencial.com/mundo/2017-07-15/trump-macron-relacion-paris_1415736/
Y siguen en las mismas.

 

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Nuestro orange agente tiene que estar rabiando: su doble es una señora gallega, tiene las manos más grandes que él, su bronceado es natural, al igual que su color de pelo, se llama Dolores, es campesina, honrada trabajadora y no mueve las lindes de sus tierras ni pide al vecino que construya un cerco:


Mientras, la señora Lola se lo toma con retranca (sorna gallega) y sigue preocupada por la salud de sus cultivos y por su familia, como toda matriarca gallega que se precie.

https://www.lavozdegalicia.es/notic...era-pola-cor-do-pelo/0003_201804C24C12993.htm

 
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Trumpistas contra Trump
Publicado por J. Benítez

Donald Trump, 2018. Fotografía: Olivier Douliery / Cordon.
Jot Down para Roca Editorial

Giuliani, aparentemente borracho, llegó al avión justo a tiempo, antes de que despegara camino del debate de San Luis. Se sentó junto a Trump, que estaba en su sitio, con las gafas para leer. Miró al exalcalde.

—¡Rudy, eres un niñato! —exclamó Trump en voz alta—. Nunca en mi vida me han defendido peor. Te dejaron en pelotas. Eres como un bebé al que hay que cambiar el pañal. ¿Cuándo vas a ser un hombre?

A sus setenta y cinco años, Bob Woodward, el periodista que destapó el escándalo Watergate que acabó con la presidencia de Nixon, ha vuelto a hacer gala de una generosa agenda de «gargantas profundas» para retratar los primeros años en la Casa Blanca de Donald Trump. Un trabajo periodístico que ha venido a romper la tendencia a situar en la red la información capital e influyente sobre política. En su primera semana, Miedo: Trump en la casa blanca vendió más de un millón de ejemplares en Estados Unidos.

La presidencia de Trump, al margen de todas las extravagancias del personaje y su cuenta de Twitter, supone un punto y aparte en la historia de Estados Unidos. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial un gobierno estadounidense ha puesto en duda el papel de su país como garante de la seguridad mundial, o su orden mundial, y los fundamentos del libre comercio internacional que han traído la era de la globalización.

Lo curioso de todo ello es que, como revela el extenso reportaje de Woodward, estas decisiones no han venido precedidas de debates analíticos. Los pasos que está dando Estados Unidos en este sentido han venido motivados por los impulsos de su presidente, con un calendario caótico e improvisado y muy fundamentado en la opinión de los que pasaban por allí, dado que el presidente se fiaba más de los puntos de vista de la gente de a pie que de los altos cargos de los que se rodea.

Al mismo tiempo, los pasos que no se han dado se han debido a que parte del equipo del presidente se ha puesto de acuerdo en ocultarle cosas, esconderle papeles y escurrir el bulto en determinadas situaciones para evitar que tenga presentes ciertos asuntos y no actúe en consecuencia.

Sobre la globalización Trump sostuvo durante su campaña que los acuerdos comerciales suscritos por Estados Unidos introducían en el país productos extranjeros más baratos que los nacionales, lo que hacía aumentar el paro entre estadounidenses. Todo por culpa de unos políticos que se habían olvidado del verdadero patriotismo: «Nuestros políticos les han arrebatado a los ciudadanos la manera de ganarse la vida y dar sustento a sus familias, desplazando nuestros puestos de trabajo, nuestro dinero y nuestras fábricas a México y otros países extranjeros», proclamó.

Gary Cohn, su principal consejero económico, le tuvo que explicar que la llegada de bienes procedentes de México, Canadá o China con precios competitivos servía para que los estadunidenses gastaran menos y, o bien pudieran gastar en otros productos o servicios de la economía de su país, o bien podían ahorrar. Peter Navarro, también asesor económico de Trump, tenía argumentos en contra y de peso. Se quejaba de que el déficit comercial se debía a la explotación laboral en terceros países y al robo de propiedad intelectual, pero zanjó la discusión llamando a Cohn «idiota del grupo de poder de Wall Street». Los debates duraban poco.

Trump estaba de acuerdo con romper el NAFTA, Tratado de Libre Comercio de América del Norte, y poner aranceles al acero para defender al sector industrial. Cohn, cuando esta solución se puso encima de la mesa del despacho oval, les contestó a ambos: «Si os callaseis la p*ta boca y escuchaseis podríais aprender algo».

A continuación le explicó al presidente, a gritos, que la economía de Estados Unidos actualmente se basa en un 80% del PIB en el sector servicios: «Piénsalo, presidente, piensa cómo es andar por una calle de Manhattan hoy en día comparado con cómo era hace veinte o treinta años (…) verás centros de lavandería, restaurantes, Starbucks y salones de belleza. Ya no están ahí las ferreterías de toda la vida. No están esas tiendas de ropa de toda la vida».

En otra ocasión le advirtió de que si China quisiera destruirles no tenía más que dejar de comerciar con antibióticos. El 96,6% de los que se consumen en Estados Unidos son de fabricación china, penicilina incluida.

Sin embargo el presidente no atendía a razones. Solo se guiaba por sus ojos. Había ido a Pensilvania y fue testigo de la desindustrialización de la siderurgia. El desmantelamiento industrial había dejado la zona devastada. Estaba empecinado en retirarse o renegociar todos los tratados de comercio, en especial el NAFTA. Le explicaron que quien más perdería sin ese acuerdo serían los agricultores estadounidenses y ellos eran, precisamente, un sector que le había votado. Le dio igual, exigió que le redactasen una carta que anunciase al NAFTA una salida de Estados Unidos en ciento ochenta días.

Desesperados, Rob Porter, secretario de Trump, y Cohn se pusieron de acuerdo para evitar lo que sería una catástrofe. Así reproduce Woodward la conversación:

—¿Por qué coxx vas dándome largas? —le soltó Trump a Porter—. ¿Por qué no terminas lo que te pedí? Haz tu trabajo.

En lugar de tocarme las narices, toca las teclas del ordenador y escribe. Quiero hacer esto. El presidente iba en serio otra vez. Porter redactó una carta que, una vez firmada por Trump, serviría para notificar la rescisión de Estados Unidos del NAFTA en ciento ochenta días.

Porter estaba cada vez más convencido de que aquello podría desencadenar una crisis económica y de relaciones exteriores con Canadá y México. Fue a ver a Cohn.

—Puedo hacer algo para detener esto —dijo Cohn a Porter—. Simplemente quitaré la carta de su mesa antes de irme —y así lo hizo, más tarde—. Si quiere firmarla, necesitará otra.

—Retrasaremos al máximo el momento de dársela, otra vez —prometió Porter.

Cohn sabía, por supuesto, que el presidente podía pedir fácilmente una copia, pero si el documento no estaba frente a él probablemente lo olvidaría. Ojos que no ven, corazón que no siente. Porter estuvo de acuerdo. La memoria de Trump funcionaba a base de impulsos externos: algo sobre su escritorio, algo que leyó en el periódico o vio en la televisión… O Peter Navarro presentándose de nuevo en el Despacho Oval. Sin algo o alguien que activase su memoria, podían pasar horas, o días, o incluso semanas antes de que pensara: «Un momento, íbamos a retirarnos de eso, ¿por qué no lo hemos hecho?». Y sin un detonante externo, podría ser que nunca se le pasara por la cabeza.


Apuntes de Donald Trump durante el encuentro con Putin, 2018. Fotografía: Olivier Douliery / Cordon.
Ocurrió algo parecido con el Korus, el tratado comercial con Corea del Sur. Al menos en dos ocasiones, asegura el periodista, elaboraron cartas de salida de estos acuerdos comerciales y al menos en otras dos los hurtaron de su mesa sin que se diera cuenta para que no los viera y se olvidase. Además, había un hecho en la trayectoria de Trump que les daba verdadero pánico. Se había declarado en bancarrota seis veces. No le tenía miedo. Claro que una situación así en un país sería sensiblemente distinta.

El libro, profundizando en esos miedos mutuos y propios, llega a rizar el rizo cuando pone de manifiesto que el aspecto más temido del presidente es su miedo a la debilidad. Fue a raíz de los incidentes de Charlottesville. Un enfrentamiento entre supremacistas blancos y antifascistas en el que falleció una persona arrollada por un vehículo que embistió contra los manifestantes antirracistas. Trump, cuando tuvo que condenar los sucesos, hizo unas declaraciones muy polémicas; hizo referencia a la violencia que venía de «muchas partes», como si nazis y antifascistas fuesen iguales. Le llovieron críticas, sobre todo de su propio partido y de políticos que habían perdido familiares en la Segunda Guerra Mundial luchando contra el III Reich. Trump, por lo que fuera, no tuvo arrestos de culpar a los radicales del suceso, aunque uno de ellos condujera el coche homicida. Para muchas personas y analistas políticos esa fue la prueba palmaria de que en realidad Trump siempre había albergado simpatías por el supremacismo blanco.

Sus colaboradores y altos cargos montaron en cólera. Intentaron convencerle de que su papel debía ser tranquilizador. Tener posturas constructivas. El presidente, ya en el Air Force One, puso mala cara ante lo que estaba oyendo de sus consejeros. No le gustaba la idea de que pareciera que se rendía a la corrección política.

Rob Porter, ahora con Sarah Huckabee Sanders, secretaria de prensa, se había aliado para formar un frente unido entre el personal de la Casa Blanca para convencer al presidente de mostrar otra cara y dar un discurso radicalmente distinto.

«No quiere ser percibido como le están percibiendo ahora. Tiene que unir al país. No hay ninguna ventaja en no condenar directamente a los neonazis y a los que se mueven por odio racial. Hay una brecha enorme en el país», le insistió Porter.

Pero cuando Trump vio el borrador del discurso que le habían preparado no le gustaba. No le atraía la idea de que pareciera que se disculpaba. No obstante, obedeció. Se puso ante las cámaras y sus palabras fueron contra la violencia racista. Un alegato a favor de la fraternidad entre razas bajo las mismas leyes y «la misma gran bandera». Calificó de «malvado» al racismo y de «neonazis» a los miembros del KKK y grupos similares. Abogó por proteger «los derechos sagrados de todos los norteamericanos» para «seguir los sueños de sus corazones».

Para Woodward ese discurso lo podía haber hecho Obama. Todos le felicitaron. Cohn le dijo que había sido uno de sus mejores momentos como presidente. Trump les dejó sin entusiasmo y se fue a hacer su actividad favorita, como se repite a lo largo del libro, que es ver la televisión. En la Fox, Rob O’Neilldijo unas palabras sobre su speech que se le clavaron como puñales: «Es casi como admitir “Vale, me he equivocado”». Otro periodista de la cadena, Kevin Corke, añadió: «ha corregido el rumbo». Trump estalló.

Es el puto error más grande que he cometido jamás —le dijo a Porter—. Nunca hay que hacer esas concesiones. Nunca hay que disculparse. Para empezar, no he hecho nada malo. ¿Por qué parecer débil? (…) No puedo creer que me obligaran a hacer esto —dijo Trump, al parecer todavía sin culpar a Porter pero desahogándose directamente con él—. Es el peor discurso que he dado jamás. No voy a volver a hacer nada parecido.

Atrevido y arrogante solo como la ignorancia puede serlo. El presidente es tan impulsivo y confía tanto en sí mismo que, según remata una de las confesiones de la obra, a uno de sus colaboradores le da la impresión de que incluso le molesta ir preparado a una reunión. Cree tanto en lo que improvise, en la salida que se le ocurra sobre la marcha, que estudiar un tema le hace sentir encorsetado.

La conclusión fundamental de Miedo: Trump en la Casa Blanca es que no habrá coherencia en el rumbo que tome Washington durante al menos esta legislatura. Estados Unidos se debate entre dos modelos. El del país triunfador de la Segunda Guerra Mundial que se convirtió en árbitro de la globalización o el de uno que puede apostar por el proteccionismo, obstaculizar el libre comercio internacional y retirarse militarmente de las amplias zonas que controlaba. Si se mantiene en la primera opción o se dirige inequívocamente hacia la segunda no parece que vaya a responder a una meditada estrategia nacional.

El presidente retratado por los gargantas profundas de Woodward es de los que van al derecho por el hecho y no le gusta que le intenten convencer de nada, prefiere buscarse opiniones, cualquiera que sean estas, con tal de que confirmen sus instintos. Lo que ocurra tiene visos de que será provisional, siempre y cuando no sea catastrófico, lo que no es descartable.


https://www.jotdown.es/2018/12/trumpistas-contra-trump/