MÚSICA PARA CAMALEONES - Truman Capote

Tema en 'Foro de Literatura' iniciado por pilou12, 21 Mar 2019.

  1. pilou12

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    Mary: ¿ Qué es tan divertido? ¿De qué se ríe?

    TC: De nada. Sólo es tabaco peruano, querube mío. Entiendo que míster Berkowitz monta a caballo.

    Loro: Oy vey! Oy vey!

    Mary: !Calla! antes de que te retuerza tu maldito pescuezo.

    TC: Pues si nos ponemos a maldecir... (Mary refunfuña; se santigua.) ¿Tiene nombre ese bicho?

    Mary: Ajá. Intente adivinarlo.

    TC: Polly.

    Mary: ( sorprendida de verdad): ¿Cómo lo sabe ?

    TC: Porque es hembra.

    Mary: Es un nombre de chica, así que debe ser hembra. Sea lo que sea, es una zorra. Pero fíjese en toda esa porquería del suelo. La tengo que limpiar yo toda.

    TC: Ese lenguaje. Ese lenguaje.

    Polly: ! Vaca sagrada!

    Mary: ! Que nervios ! Tal vez sería mejor que nos colocáramos un poquito. ( Fuera sale la caja de hojalata, los porros, la boquilla, las cerillas.) Y vamos a ver qué localizamos en la cocina. Tengo muchas ganas de dulce.



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  2. pilou12

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    ( El interior de la nevera de los Berkowitz es una fantasía de glotón, una cornucopia de golosinas cebadoras. No era de extrañar que el dueño de la casa tuviese tales carrillos. " Oh, sí!, confirma Mary, "son un par de cerdos. Ella tiene un estómago que parece que va a soltar a los quintillizos de Dionne. Y todos los trajes de él están hechos a media; no vale nada comprado en la tienda.
    !Hmm, que rico! Me siento golosa de verdad. Esos pastelitos de coco parecen apetitosos. Y no me importaría meterle el diente a esa tarta de moka. Podemos ponerle encima un poco de helado". Alcanzamos unos enormes cuencos de sopa y Mary los llena de pastelitos y tarta de moka, y les añade cucharones del tamaño de un puño lleno de helado de pistacho. Volvemos al salón con ese banquete y caemos sobre él como huérfanos maltratados. No hay nada como la hierba para despertar el apetito. Tras acabar la primera ración y echarnos dos porritos más, Mary vuelve a llenar los cuencos con raciones aún más grandes.)

    Mary: ¿Que tál se encuentra?

    TC: Me encuentro bien.

    Mary: ¿ Cómo de bien?

    TC: Realmente bien.

    Mary: Dígame exactamente cómo se siente.

    TC: Estoy en Australia.



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  3. pilou12

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    Mary: ¿ Ha estado alguna vez en Austria?

    TC: En Austria, no. En Australia, no, pero allí es donde estoy ahora. Y todo el mundo dice siempre que es un sitio muy aburrido. !Eso demuestra lo que saben! El mejor surfing del mundo. Estoy en el océano, sobre una tabla de surf, cabalgando sobre una ola tan alta, como... tan alta como...

    Mary: Tan alta como usted. !Ja, ja!

    TC: Está hecha de esmeraldas fundidas. La ola. El sol me calienta la espalda y la espuma me salta a la cara y me rodean tiburones hambrientos. Aguas azules, muerte blanca. Qué película tan terrorífica, ¿verdad? Hambrientos y blancos devoradores de hombres por doquier, pero me inquietan; francamente, me importan tres cojones...

    Mary: ( con ojos desorbitados de miedo): !Cuidado con los tiburones! Tienen dientes asesinos. Puede quedarse paralítico de por vida. Y mendigará por las esquinas de las calles.

    TC: !Música!

    Mary: !Música! Eso es lo que se necesita.
    ( Como un luchador atontado, avanza tambaleándose hacia un objeto en forma de gárgola que hasta entonces había escapado, afortunadamente, a mi atención: una consola de caoba que combina televisión, tocadiscos y radio. Sintoniza la radio hasta encontrar una emisora donde hay una música retumbante con ritmo latino.
    Sus caderas evolucionan, sus dedos chequean, se abandona elegante pero suavemente, como si recordara una sensual noche de juventud y bailara con una pareja fantasma alguna coreografía memorable. y es cosa de magia cómo responde su cuerpo, ahora sin edad, a los tambores y guitarras, cómo da vueltas al ritmo más sutil: está en trance, en el estado de gracia que supuestamente alcanzan los Santos cuando experimentan visiones. Y yo también oigo la música; corre velozmente por mi cuerpo, como anfetamina, cada nota resonando con la separada nitidez de las campanas de una catedral en un silencioso domingo de invierno.


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    Me acerco a ella, voy a sus brazos y nos conjuntamos paso a paso el uno al otro, rielo, vibrando, y aun cuando la música se interrumpe por un locutor que habla español tan rápido como el cascabeleo de las castañuelas, seguimos bailando, porque las guitarras están ahora encerradas en nuestras cabezas, igual que nosotros somos prisioneros de nuestro abrazo, de nuestras carcajadas, cada vez más altas, tan altas que no reparamos en una llave que chasca, en una puerta que se abre y luego se cierra. Pero el loro lo oye.)

    Polly: ! Vaca sagrada!

    Voz de mujer: ¿Qué es esto? ¿ Qué ocurre aquí?

    Polly: Oy vey! Oy vey!

    Mary: ! Vaya! ! Hola, señora Berkowitz, señor Berkowitz! ¿Qué tal están ustedes?

    ( Y ahí se quedan, flotando en el aire, como los globos de Mickey y Minnie Mouse en un desfile de Mary del Dįa de Acción de Gracias. No es qu esos dos tengan nada de ratonil. Sus encolerizados ojos, los de ella colorados detrás de unas gafas de arlequín con montura adornada de lentejuelas, absorben la escena: nuestros picaros mostachos de de helado, el acre humo de la hierba polucionando la habitación . La señora Berkowitz se adelanta airosamente y apaga la radio.)

    Señora Berkowitz: ¿Quién es este hombre?

    Mary: Creía que no estaban en casa.

    Señora Berkowitz: Evidentemente . Le he preguntado: ¿quién es ese hombre?

    Mary: No es más que un amigo mío. Me está ayudando. Hoy tengo mucho trabajo que hacer.

    Míster Berkowitz: Está usted borracha, mujer.

    Mary (engañosamente dulce): ¿ Cómo dice usted?

    Señora Berkowitz: Dice que está usted borracha. Estoy sorprendida. Sinceramente.


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    Mary: Ya que hablamos con sinceridad, francamente tengo que decirle esto: hoy es el último día que hago de negra por aquí.. La despido a usted.

    Señora Berkowitz: ¿ Que usted me despide a mí?

    Míster Berkowitz: ! Fuera de aquí! Antes de que llame a la policía.

    ( Sin bulla, recogemos nuestras pertenencias. Mary saluda al loro con la mano: " Hasta luego Polly. Tú eres buena. Eres buena chica. Sólo estaba de broma." Y en la puerta donde sus antiguos patronos se han situado con firmeza, declara: " Y para que tomen nota, nunca he bebido una gota en mi vida."
    Afuera ,sigue lloviendo. Caminamos pesadamente por Park Avenue y luego cruzamos a Lexington.)

    Mary: ¿No le dije que eran pomposos?

    TC: Son piezas de museo.

    ( Pero ha desaparecido la mayor parte de nuestra vivacidad; la energía de la hierba peruana retrocede, y en su lugar aparece cierta depresión, se hunde mi tabla de surf, y ahora cualquier tiburón a la vista podría hacer que me muera del susto.)

    Mary: Todavia tengo que hacer el de la señora Kronkite. Pero es simpática; me disculpará si no voy hasta mañana. Quizá me vaya a casa.

    TC: Permítame que llame a un taxi.

    Mary: Odio darles ocupación. A estos taxistas no les gusta la gente de color. No, puedo tomar el metro ahį abajo, en Lex esquina a Ochenta y Seis.


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    ( Mary vive en un piso de renta limitada cerca del Yankee Stadium; dice que estaba atestado cuando su familia vivía con ella, pero ahora que está sola parece inmenso y peligroso: " Tengo tres cerrojos en cada puerta y todas las ventanas clavadas. Me compraría un perro policía si no tuviese que dejarlo solo tanto tiempo. Sé lo que es estar solo, y no se lo desearía a un perro".)

    TC: Por favor, Mary, permítame que la lleve en taxi.

    Mary: El metro es mucho más rápido. Pero antes quiero detenerme en un sitio. Sólo está un poco más abajo.

    (El sitio es una exigua iglesia atrapada entre vastos edificios en una callejuela. Dentro, hay dos breves hileras de bancos, un altar pequeño y, encima, una imagen de escayola de Jesús crucificado. Un olor a incienso y cirios domina las sombras. En el altar, una mujer enciende una vela cuya luz oscila como el sueño de un espíritu tembloroso; aparte de ella, somos los únicos suplicantes presentes.
    Nos arrodillamos juntos en el último banco y Mary saca de su bolso un par de rosarios ( " Siempre llevo uno de más"), uno para ella y otro para mí, aunque no sé cómo manejarlo, pues nunca he usado uno. Los labios de Mary se mueven susurrantes.)

    Mary: Dios Santo, danos tu gracia. Por favor, señor, ayuda a míster Trask a dejar de beber y a no perder su trabajo. Por favor, señor, no dejes que miss Shaw sea un ratón de biblioteca y una solterona; debería traer a tus hijos a este mundo. Y, Señor, te ruego que recuerdes a mis hijos y a mi hija y a mis nietos, a todos y a cada uno. Y te ruego que no permitas que la familia de míster Smith lo envíe a un hogar de jubilados; el no quiere ir, llora todo el tiempo..

    ( Su lista de nombres es más numerosa que las cuentas de su rosario, y sus ruegos en favor de ellos tienen la gravedad de la llama del cirio en el altar. Se interrumpe para mirarme.)

    Mary: ¿Está rezando?

    TC:

    Mary: No lo oigo.

    TC: Estoy rezando por usted, Mary. Quiero que viva para siempre.

    Mary: No ruegue por mí. Yo estoy salvada. (Coge mi mano y la estrecha. Ruegue por su madre. Ruegue por todas las almas ahí perdidas, en la oscuridad. Pedro.
    Pedro.


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    II.------- Hola, desconocido

    ( Hello, Stranger)


    Época: diciembre de 1977.
    Lugar: un restaurante de Nueva York, The Tour Sesons.

    El hombre que me había invitado a almorzar, George Claxton, me sugirió que nos encontráramos a mediodía y no se disculpó por fijar un hora tan temprana. Pero pronto descubrí la razón; desde el año o más que no lo veía, George Claxton, hasta entonces hombre moderadamente abstemio, se había convertido en un bebedor empedernido. Nada más sentarnos, ordenó un Wild Turkey doble ( "seco, por favor; sin hielo"), y al cabo de quince minutos pidió otro más.

    Yo estaba sorprendido, y no sólo por la urgencia de su sed. Había engordado por lo menos treinta libras; los botones de su chaleco de rayas finas parecían a punto de estallar, y el color de su piel, normalmente rubicunda de correr o jugar al tenis, tenía una extraña palidez, como si acabara de salir de presidio. Además, llevaba gafas oscuras, y pensé: ! qué teatral! !imaginate al viejo y vulgar George Claxton, un tipo sólidamente arraigado en Wall Street, que vive en Greenwich, en Westport o en donde sea, con tres, cuatro o cinco hijos, imagínate a ese tipo bebiendo dobles de Wild Turkey y llevando gafas oscuras!

    Apenas pude contenerme de hacerle una pregunta directa: bueno, ¿qué demonios te ha pasado? Pero le dije:
    "¿ Qué tal estás, George?"


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    George: Muy bien. Muy bien. Navidad. !Jesús! Sencillamente no lo puedo soportar. Este año no esperes una tarjeta mía. No voy a enviar ninguna.

    TC: ¿De veras? Tus tarjetas eran como una tradición. Esas cosas familiares con perros. ¿ Y como está tu familia?

    George: Aumentando. Mi hija mayor acaba de tener su segundo hijo. Una niña.

    TC: Enhorabuena.

    George: Bueno, queríamos un chico. Si hubiera sido niño, le habrían llamado como yo.

    TC: ( pensando: ¿por qué estoy aquí? ¿ Por qué estoy almorzando con este pelmazo? Me aburre, siempre me ha aburrido): ¿Y Alice? ¿Cómo está Alice?

    George: ¿ Alice?

    TC: Quiero decir Gertrude.

    George: (frunciendo el ceño, irritado): Está pintando. Ya sabes que nuestra casa está justo en el Sound. Tenemos nuestra playita. Se queda encerrada todo el día en su habitación, pintando lo que ve desde la ventana Barcas.

    TC: Eso es bonito.

    George: Yo no estoy tan seguro. Era una chica de Filosofía; licenciada en Arte. Antes de que nos casáramos pintó un poco. Luego se le olvidó. Así apareció. Ahora pinta constantemente. Todo el tiempo. Se queda encerrada en su habitación. Camarero, ¿puede enviarnos al jefe de comedor con un menú? Y tráigame otro de éstos. Sin hielo.


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    TC: Eso es muy británico, ¿no? Whisky puro sin hielo.

    George: Tengo un raigón al descubierto. Cualquier cosa fría me hace daño a los dientes. ¿Sabes de quién he recibido una tarjeta de navidad? De Mickey Manolo. Aquel chaval rico de Caracas. Estaba en nuestra clase.

    ( Claro que me acordaba de Mickey Manolo, pero asentí y simulé que sí, sí. Ni tampoco me acordaría de George Claxton si no me hubiera seguido cuidadosamente la pista durante cuarenta y tantos años, desde que estudiamos juntos en una escuela preparatoria especialmente infernal. Era un chico atlético y honrado, de una familia de clase media alta de Pensilvania; no teníamos nada en común, pero establecimos una alianza accidental porque, a cambio de copiar comentarios de texto y composiciones de inglés, él me hacia la tarea de álgebra y en los exámenes me soplaba las respuestas. Como resultado, durante cuatro décadas me había impuesto una "amistad" que requería una comida obligatoria cada año o dos.)

    TC: Muy raramente se ven mujeres en este restaurante.

    George: Eso es lo que me gusta de él. Que no hay un montón de tías parloteando. Tiene un pulcro aspecto masculino. No creo que pida nada de comer, ¿sabes? Los dientes. Me duelen mucho al masticar.

    TC: ¿ Huevos escalfados?

    George: Hay algo que me gustaría contarte. Quizá pudieras darme un pequeño consejo.

    TC: La gente que sigue mis consejos suele lamentarlo.
    De todos modos..



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    George: Esto empezó en junio pasado. Justo después de que se licenciara Jeffrey: mi hijo pequeño. Era un sábado y Jeff y yo estábamos en nuestra playita pintando una barca. Jeff subió a casa para traer unas cervezas y algunos bocadillos, y mientras estaba ausente me desnudé y fui a nadar un poco. El agua aún estaba demasiado fría.
    En realidad, en el Sound no se puede nadar mucho antes de julio. Pero me apetecía. Nadé durante un buen trecho y me puse a flotar, tumbado de espaldas, mirando a mi casa. Es una casa realmente grande:un garaje para seis coches, piscina, pistas de tenis; es una lastima que nunca hayamos conseguido que vengas. De cualquier modo, estaba flotando de espaldas, sintiéndome muy satisfecho de la vida, cuando vi esa botella meneándose en el agua.
    Era una botella de vidrio transparente que había contenido alguna clase de refresco. Alguien la había tapado con un corcho, cerrándola con cinta adhesiva. Pero vi que en su interior había un trozo de papel, una nota. Me hizo reír; de niño, yo solía hacer eso: meter mensajes en botellas y arrojarlas al agua. ! Socorro! !Hombre desaparecido en el mar!
    Así que agarré la botella y nadé hasta la playa. Tenía curiosidad por ver lo que había dentro. Bueno, era una nota fechada un mes antes, y la había escrito una niña que vivía en Larchmont. Decía: " Hola, desconocido. Me llamo Linda Reilly y tengo doce años. Si encuentras esta carta, por favor, escribe y comunícame dónde y cuándo la has encontrado. Si lo haces, te enviaré una caja de dulces de chocolate."

    El caso es que, cuando Jeff volvió con nuestros bocadillos, no mencioné la botella. No sé por qué, pero no lo hice. Ojalá lo hubiera hecho. De ese modo, quizá no hubiese ocurrido nada. Pero era como un pequeño secreto que quería guardar para mi mismo. Una broma.

    TC: ¿Estás seguro de que no tienes hambre? Yo solo voy a tomar una tortilla.

    George: Muy bien. Una tortilla. Muy suave.


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    TC: ¿ De modo que escribiste a esa damita, miss Reilly?

    George: ( titubeando): Si. La escribí,si.

    TC: ¿Que le dijiste?

    George: El lunes, al volver a la oficina, empecé a inspeccionar la cartera y encontré la nota. Digo "encontré" porque no me acordaba haberla puesto ahí. En forma vaga, se me había pasado por la cabeza escribirle una tarjeta a aquella niña; nada más que un gesto amable, ¿comprendes? Pero aquel día almorcé con un cliente a quien le gustaban los martines. Yo no solía beber en el almuerzo, ni tampoco mucho a cualquier otra hora. Sin embargo me bebí dos martinis y volví a la oficina sintiendo que la cabeza me daba vueltas. De modo que escribí a esa chiquilla una carta bastante larga; no la dicté, la escribí a mano, contándole dónde vivía y cómo había encontrado la botella; la deseé suerte y dije alguna tontería, como que, a pesar de que era un desconocido, le enviaba cariñosos recuerdos de amigo.

    TC: Una misiva de dos martinis. Pero ¿donde está lo malo?

    George: Balas de plata. Así es como llaman a los martinis. Balas de plata.

    TC: ¿Qué pasa con esa tortilla? ¿Ni siquiera vas a probarla?

    George: ! Oh, Dios! Me duelen los dientes.

    TC: Está bastante buena. Para ser una tortilla de restaurante.



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    George: Cosa de una semana después, llegó un enorme paquete de dulces. De chocolate con nueces. Los pasé por la oficina y le dije a todo el mundo que los había hecho mi hija. Uno de los muchachos comentó: " ¿Ah, si? Apuesto a que el viejo George tiene una amiga secreta."


    TC: ¿Y te envió una carta junto con los dulces?

    George: No, pero le escribí una nota dándole las gracias. Muy breve. ¿Tienes un cigarrillo?

    TC: Dejé de fumar hace años.

    George: Pues yo acabo de empezar. Aunque todavía no los compro. Sólo pido uno de gorra de vez en cuando.
    Camarero, ¿podría traerme un paquete de cigarrillos? No importa de qué marca, con tal que sean mentolados. ¿Y otro Wild Turkey, por favor?

    TC: A mí me apetecería café.

    George: Pero recibí respuesta a mi nota de agradecimiento. Una carta larga. Realmente me dejó de piedra. Adjuntaba una fotografía de ella. En color, de una Polaroid. Llevaba un traje de baño y estaba de pie en la playa. Quizá tuviera doce años, pero aparentaba dieciséis. Una chica preciosa, morena, de pelo corto y rizado, y unos ojos muy azules.

    TC: Sombras de Humbert Humbert.

    George: ¿Quien?

    TC: Nadie. Un personaje de una novela.

    George: Nunca leo novelas. Odio la lectura.

    TC: Si, lo sé. Después de todo, yo solía hacerte los comentarios de texto. Bueno, ¿qué contaba miss Linda Reilly?

    George: ( después de hacer una pausa de cinco segundos completos): Era muy triste. Conmovedor. Decía que no hacìa mucho tiempo que vivía en Larchmont, que no tenía amigos y que había arrojado docenas de botellas al agua, pero que yo era la única persona que había encontrado una y había contestado. Que era de Wisconsin, pero su padre había muerto y su madre se había casado con un hombre que tenía tres hijas, y que ella no le gustaba a ninguna. Era una carta de diez páginas, sin faltas de ortografía. Decía un montón de cosas inteligentes. Pero parecía realmente desgraciada. Añadía que confiaba en que yo volviera a escribir y que tal vez pudiera acercarme a Larchmont para encontrarnos en algún sitio. ¿Te molesta escuchar todo esto? Si es así...



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    TC: Por favor. Continúa.

    George: Guardé la fotografía. En realidad, la puse en mi billetera. Junto con fotos de mis chicos. No podía quitarme la carta de la cabeza.Y aquella noche, cuando tomé el tren para casa, hice algo que sólo he hecho muy pocas veces. Fui al vagón restaurante, pedí un par de copas fuertes y leí la carta una otra vez. Prácticamente, me la aprendí de memoria. Luego, al llegar a casa, le dije a mi mujer que tenía que hacer un trabajo de la oficina. Me encerré en mi madriguera y empecé una carta para Linda. Escribí hasta medianoche.


    TC: ¿Estuviste bebiendo durante todo ese tiempo ?

    George : ( sorprendido ): ¿Por qué?

    TC: Podría haber dado cierta orientación a lo que escribiste.

    George: Si, estuve bebiendo, y supongo que fue una carta muy emocional. Pero me sentía muy inquieto por esa niña. Quería ayudarla verdaderamente. Le escribí acerca de algunos problemas que habían tenido mis propios hijos. Del acne de Harriet y de que nunca había tenido un solo novio. Hasta que le hicieron una operación de piel.
    Le conté la mala época que pasé cuando yo estaba creciendo.


    TC: ¿Eh? Creía que disfrutaste de la vida ideal de un típico joven americano.


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    George: Dejé que la gente viera lo que yo quería que viese. Por dentro era una historia diferente.

    TC: Me dejas perplejo.

    George: A eso de media noche, mi mujer llamó a la puerta. Quería saber si algo iba mal, y yo le dije que se volviera a la cama, que tenía que acabar una carta urgente y que, cuando la terminase, iría a llevarla al despacho de Correos. Ella me dijo que por qué no podía esperar hasta por la mañana, que eran más de las doce. Perdí los estribos. Treinta años casados, y con los dedos de las manos podía contar las veces que me había enfadado con ella. Gertrude es una mujer maravillosa, maravillosa. La quiero en cuerpo y alma. !Si, maldita sea! Pero le grité: " No, no puede esperar. Tiene que enviarse esta noche. Es muy importante ."

    ( Un camarero le entregó a George un paquete de cigarrillos, ya abierto. Se puso uno en los labios, y el camarero se lo encendió, lo que no estaba de más, pues sus dedos temblablan demasiado para sujetar sin peligro una cerilla.)

    ! Y por Dios, era importante! Porque sabía que si no enviaba la carta aquella noche, jamás lo haría. Sobrio, tal vez hubiera pensado que era demasiado personal o algo parecido. Y ahí estaba esa solitaria e infeliz muchacha que me había mostrado su corazón: ¿cómo se sentiría si nunca oyese una sola palabra de mí? No. Subí al coche y fui al despacho de Correos, y tan pronto como envié la carta, en cuanto la dejé caer en la ranura, me sentí demasiado cansado para conducir hasta casa. Me quedé dormido en el coche. Me desperté al amanecer, pero mi mujer dormía y no se enteró cuando llegué.
    Apenas tuve tiempo para afeitarme y cambiarme de ropa antes de salir precipitadamente para coger el tren. Mientras me estaba afeitando, Gertrude entró en el cuarto de baño. Sonrió; no menciono mi pequeña rabieta. Pero tenía mi billetera en la mano, y me dijo: " George, voy a hacer una ampliación para tu madre de la fotografía de licenciatura de Jeff", y empezó a revolver todas las fotografías de la cartera. No me acordé de nada hasta que de repente, preguntó: " ¿Quien es esta chica?"



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    TC: y era la damita de Larchmont.

    George: Debería haberle contado toda la historia en aquel mismo momento. Pero... En cualquier caso, le aseguré que era la hija de un viajero amigo mío. Dije que se la estuvo enseñando a algunos compañeros en el tren y se le había olvidado en el bar. Así que yo me la guardé en la billetera para devolvérsela la próxima vez que lo viera.

    Garçon, un autre Wild Turkey, s'il vous plait.

    TC: ( al camarero): Que sea sencillo.

    George: ( con un tono desagradablemente amable): ¿Me estás diciendo que he bebido demasiado?

    TC: Si tienes que volver a la oficina, sí.

    George: Pero no voy a volver a la oficina. No he ido por allá desde primeros de noviembre. Se entiende que he tenido una depresión nerviosa. Exceso de trabajo. Agotamiento. Se supone que estoy descansando tranquilamente en casa, bajo los tiernos cuidados de mi adorada esposa. Que está encerrada en su habitación, pintando cuadros de barcas. Una barca. La misma maldita barca una y otra vez.

    TC: George, tengo que orinar.

    George: ¿No trataras de darme esquinazo? ¿ De perder de vista a un antiguo compañero de escuela que te pasaba todas las respuestas de álgebra?

    TC: ! Y, aún así, me suspendieron !


    Musica para camaleones - Truman Capote


     
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