El silencio es oro. Pueblos abandonados. (2 Visitantes)

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BURDASPAL ( NAVARRA)






NFORMACIÓN GENERAL
Texto: Fernando Hualde
Fotos: Iñaki Ayerra



Otros nombres: Burdaspar, Urdaspal, Urdaspar.

Ubicación
Lugar del municipio de Burgui, ubicado en la margen derecha del Ezka, muy cerca de la carretera que va de Burgui a Roncal, a unos tres kilómetros de Burgui.

Historia
Burdaspal es, o fue, una buena finca. Se extiende desde el barranco de Ajanda, al sur, hasta el de Ugañáin, al norte. Es una franja de aproximadamente un kilómetro de terreno llano, bueno para el cultivo teniendo en cuenta la calidad más bien precaria de las tierras de esta comarca. Al oeste confronta con el río Ezka, y al oeste con monte bajo y pinar.

“Los monjes fundadores –escribe Félix Sanz- tuvieron buen ojo para elegir el terreno de la primera abadía del valle… Hasta contaba con una hermosa fuente, la del “Caserío”, de la que los monjes podían abastecerse en el estío”.

En el centro de esta finca, a la altura de lo que hoy se denomina la “revuelta del Caserío” en la carretera hacia Roncal, a unos cien metros al este de una borda, hoy abandonada, se hallaba lo que primero fue el monasterio y después el palacio de Burdaspal.
Monasterio.- Acogió al monasterio benedictino de Urdaspal, que fue visitado a mediados del siglo IX por San Eulogio de Córdoba cuando era abad Dadilano, al que menciona en la carta que escribió a Guillesindo, obispo de Pamplona. Tuvo San Eulogio “ocasión de admirar el espíritu de humildad y obediencia que animaba a los monjes y también su cultura literaria”, según escribe Lacarra.

Todo hace indicar que el monasterio no debía de ser muy grande. Presumiblemente estaba formado por un pequeño grupo de monjes y por algunas familias de criados encargadas del ganado y de las labores agrícolas.

Poseían los monjes algún cubilarpara el ganado, un molino, huerta y árboles frutales, incluso algo de viña que les servía para elaborar vino.
Conviene tener en cuenta que en aquella época la localidad de Burgui era tan sólo uno de los pequeños núcleos de población (Burgui, Segarra, Uli, Urgue, y Cortes) que hoy quedarían integrados dentro de su actual término municipal.

El monasterio se encargaba de cobrar los diezmos, primicias y oblaciones de las iglesias que había en estas cinco poblaciones.
El historiador local Félix Sanz, de Burgui, alude a que con posterioridad a la existencia de esos cinco pequeños núcleos de población, existió la iglesia de Santa María de la Cabeza, ubicada también dentro del actual término de Burgui. Y de esta iglesia nos cuenta este historiador que dicen las crónicas que en el año 1090 el abad de Urdaspal (Burdaspal), un tal Raimundo, “intentó crear, junto a este templo una nueva villa. Para ello el abad dio a un tal Gardelio y a su hijo, clérigo, dicha iglesia; pero parece que el abad trataba de imponer unas obligaciones económicas demasiado rigurosas para los posibles futuros colonos. A quienes fueron a poblar el lugar les otorgaba ‘todo lo que pudierais o pudieran labrar en esas tierras yermas o incultas, y que nos entregueis el diezmo de las mismas’. Pero a la vez exigía a los futuros súbditos otras servidumbres un tanto arbitrarias, como la de trabajar 15 días para el monasterio recibiendo durante la quincena solo pan y vino… Ante tales pretensiones parece que no hubo quien se presentara a solicitar la vecindad para esta futura nueva villa”.
El rey Sancho Ramírez hizo donación de este monasterio el 28 de enero de 1085 al de San Salvador de Leyre, por cuya cesión, después de extinguido y arruinado, se convirtió el lugar en señorío particular.
Es de suponer que desde su vinculación con Leire tuvo un templo dedicado a la advocación de San Salvador, que de alguna manera San Salvador representaba al Cristo triunfante y glorioso del Tabor y la Resurrección.
El monasterio tenía fuera del valle un par de decanías (fincas o iglesias rurales propiedad de un monasterio), que eran las iglesias de Santa María de Olaz, en el valle de Lónguida, y la de San Martín de Ologasti, en la Canal de Berdún, junto a Aso y Miramón.








Señorío.- Burdaspal fue también un señorío, con palacio de cabo de armería y de los de la nómina antigua, con llamamiento a Cortes.
Por lo general las relaciones del señorío de Burdaspal con Burgui no fueron muy buenas, pues la condición de señorío no encajaba con las ordenanzas del Valle de Roncal ni con la condición que gozan los roncaleses de hombres libres, no sujetos a señorío.
El linaje de los Burdaspal estuvo repartido fundamentalmente en las localidades de Burgui, Aoiz, y Peralta; vamos a centrarnos aquí en la rama que permaneció fiel a sus raíces, en el propio lugar de Burdaspal.
El primer dueño y señor de Burdaspal que conocemos es Juan de Burdaspal, señor de los palacios y lugar de Burdaspal, de sus términos, y de los bienes agregados de Liédena y de Burgui, quien se preocupó de vincular en mayorazgo sus bienes y apellido al otorgar carta de testamento con fecha 20 de mayo de 1543 ante Juan Pérez de Navascués, notario público y jurado del Reino de Navarra. Este documento nos permite conocer que se casó con doña Grazia, con la que tuvo los siguientes hijos: Juan (su sucesor), Salvador, Cristóbal, Catalina, Blasco (rector del señorío), Marco (fallecido sin tomar estado), y Lucía (fallecida siendo niña).

Ya en el año 1545 nos encontramos con Juan de Burdaspar, señor del palacio de Burdaspal, e hijo del anterior. En aquél momento encontramos al hijo pleiteando con Basilio Burdaspar, rector de la iglesia de Burdaspal y residente en Sangüesa, a causa de varias posesiones, entre ellas una casa en Burgui.
Era el año 1556 cuando Miguel de Andrés, colectordel valle de Roncal, se mete en un pleito con Juan de Burdaspar, señor del palacio de Burdaspal, a causa del impago de 4 ducados y medio de cuarteles y alcabalas.

Al año siguiente, 1557, el valle de Roncal inicia un largo y complicado proceso contra el señor del palacio de Burdaspal exigiéndole el pago de cuarteles y alcabalas como cualquier vecino del valle. Este proceso se alargó nada menos que hasta el año 1643, con el resultado negativo para las pretensiones de los roncaleses, pues la Cámara y Consejos Reales de Navarra, atendiendo a que “la casa de Burdaspal a sido Casa y Palazio de Cauo de Armería de tiempo prescripto e inmemorial, de cuio principio no ha hauido ni ai memoria de ombres en contrario, y en toda la dicha Valle,, por todos los de aquella, ha sido realmente tenido por Palazio y Casa de libertad y no por ottra, no en perjuicio de la dicha Valle sino en honrra della”, tal y como quedó sentenciado en los procesos de 1565 y 1570.

En el año 1560 nos encontramos a Pedro Pérez de Urzainqui, natural y vecino de Urzainqui, envuelto en un nuevo pleito contra Juan de Burdaspar, señor de Burdaspal, “sobre pago de 34 ducados y 12 tarjas de alcance de cuentas y, por vía de reconvención, pago de 8 florines de una obligación”.
Juan de Burdaspar, y su hermano Blas, protagonizan en 1570 un nuevo pleito contra Sancho Ledea y otros vecinos de Burgui, a quienes reclama que le paguen una indemnización por los daños que los ganados de estos han causado en sus piezas.
A Juan le sucede su hermano Blas de Burdaspal, que ocupó el cargo de señor durante muy pocos años, tiempo suficiente para pactar con el Valle los derechos de peaje, correspondientes a sus jurisdicciones.

Tras su fallecimiento le sucede en el cargo Domingo de Burdaspal, Señor de Burdaspal y de Liédena que se casó con doña Águeda de Garat, en cuya casa solariega de Urzainqui nació posteriormente el famoso capitán don Raimundo Necochea de Iñiguez, que pasó a la posteridad por haber sido la persona que capturó en el Perú al rebelde emperador inca Tupac Amaro.
En 1577 el señor de Burdaspal era Fernando de Burdaspar, de quien sabemos que era hijo de Águeda de Olleta, y que compartió el título con su hermano Miguel de Burdaspal y Garat, que casó con María Fernández de Urniza (hija de Miguel y de Ana Fernández de Ardanaz).
Una multa por desacato al juez de insaculaciónle pusieron en 1608 al vecino de Aoiz Miguel de Burdaspar, que en ese momento ostentaba los títulos de señor de los palacios de Burdaspal y de Liédena.

Le sucede su hijo José de Burdaspal y Fernández de Urniza, que fue Diputado de las Cortes celebradas en 1642.
En el año 1630 nos encontramos con un pleito que enfrenta a Ana María Fernández, viuda de Domingo de Burdaspal, y que se autotitula señora de Burdaspal, con la villa de Burgui “sobre ejecución por 830 ducados de venta de 830 robos de trigo”.
En 1643 José de Burdaspar, señor del palacio de Burdaspal, pleitea contra Pedro de Vergara, vecino de Urzainqui, “sobre ejecución de un vedado por 28 ducados de réditos de un censo de 120 ducados de préstamo”. Tres años más tarde contrae matrimonio con Josefa de Acedo y Romeo, de Tiebas. Residen en Aoiz.

Es en el año 1651 cuando vemos a José de Burdaspar envuelto en un pleito contra el Fiscal del Reino a causa de la “información de cédula real relativa a solicitud de acostamiento de 50.000 maravedís”. En ese momento José de Burdaspar era señor del palacio de Burdaspal (término de Burgui), del palacio de Racas (término de Navascués), del palacio de Guesaleria (en Ochagavía), y de los palaciós de Ustés y de Liédena. Concretamente los palacios de Racas, de Ustés y de Guesaleria, así como las pechas de Cerréncano, con todas sus preeminencias, derecho de asiento en Cortes y acostamiento, las recibió José de Burdaspal tras morir su tío-abuelo, Juan de Racas, sin sucesión; patrimonio este que desde entonces queda incorporado al linaje de Burdaspal.
La cédula de José de Burdaspar, fechada en Madrid el 14 de septiembre de 1653, consignaba su calidad de hijo-dalgo, noble por todos sus abolorios, e informaba que en 1638 había servido, con una compañía de cien hombres, en la villa de Burguete “los cuales levantó en la villa de Aoiz, siendo Alcalde”, y también que había asistido al sitio de Fuenterrabía.

Pero José de Burdaspar no sólo pleiteaba contra los vecinos del valle o contra el Fiscal, ni tan siquiera su propia familia se libraba. En 1665 lleva a su propio hijo ante los tribunales, que se llamaba igual que él, y que además debiera de ser su sucesor; la razón no era otra que la de que su hijo quería tomar a cuenta 700 ducados de los bienes de su mayorazgo para pagar la dote de su hermana Josefa. Le negó a su hijo el derecho de sucesión, muriendo este hijo “sin tomar estado”después de asistir a las Cortes Generales de 1677.
Ese mismo año de 1665 los vemos pleiteando contra el abad de su iglesia, Francisco Girón, a la vez que exigía ser él quien eligiese al clérigo que ejerciese en su iglesia; y en 1666, y durante trece años, José de Burdaspar mete en un proceso a su propio hermano Joaquín a causa del permiso para tomar a censo 500 ducados en su mayorazgo.







En 1672, como una prolongación del pleito que hemos visto en 1643, volvemos a encontrar un pleito que enfrenta a Martín de Arles, presbítero beneficiado de la iglesia de Urzainqui, y cesionario del urzanquiar Pedro de Vergara, con José de Burdaspar, señor de los palacios de Burdaspal (Burgui) y de Racas (Navascués) “sobre ejecución de una heredad por réditos de un censo de 80 ducados de préstamo”.
Dos años más tarde, en 1674, José de Burdaspar, en calidad de señor de los palacios de Burdaspar y de Racas, casado con Josefa de Acedo, pleitea contra Juan Antonio de Acedo, de Tiebas, sobre el pago de 2.500 ducados de dote, ofrecidos en los contratos matrimoniales. Jose de Burdaspar y su mujer vivían entonces en Aoiz.

Cuatro años después, en 1678, vemos todavía a Josefa Acedo, en calidad de viuda de José de Burdaspar, acudir a los tribunales a causa de la demanda interpuesta por su hermano, Juan Antonio Acedo, vecino de Enériz en ese momento y señor del palacio de Iriberri (Leoz); en esta ocasión el pleito era por culpa de 900 ducados de la dote.
Del matrimonio formado por José de Burdaspal y Josefa de Acedo nacieron el ya mencionado José (desheredado) y Teresa.
Así pués, doña Teresa de Burdaspal y Acedopasa a ser la nueva señora de Burdaspal, y titular de todas las propiedades y mayorazgos que le venían por herencia. Se tiene constancia de que en 1719 hubo un proceso de doña Teresa Burdaspal y Acedo, vecina de Pamplona, dueña del palacio y señorío de Burdaspal, contra el Fiscal y Patrimonial y los jurados, vecinos y concejo de Burgui, para que estos le devolviesen cinco robos y medio de trigo que le exigieron para el pago del cuartel correspondiente a dicho palacio y señorío, por ser libres y exentos de esa contribución desde muy antiguo.
Teresa se casó con Esteban de Echeverría, capitán de Marina, de la casa de Olano, por cuyo matrimonio agregó a los suyos el mayorazgo fundado por él mismo en Pamplona.

Una vez que Teresa de Burdaspal quedó viuda hizo la distribución de sus bienes tal y como había quedado dispuesto por testamento otorgado en 1726 en la ciudad de Pamplona; y esta distribución la hizo entre los siguientes hijos: María, Fermín, y María Bernarda.
Merced a ese testamento el nuevo titular de los palacios y mayorazgos pasa a ser Fermín de Echeverría y Burdaspal(desaparece Burdaspal como primer apellido). Fermín fue Capitán de Dragones con el Marqués de Caylus, asistiendo entre otras a las acciones de Almansa, Lérida y Villaviciosa. Posteriormente, en 1738, fue nombrado Alcalde de Pamplona, en cuya fecha visitó la capital la Reina doña María Ana de Neoburg.
Se casó con Dionisia de Azpilcueta, hija del muy ilustre señor D. Antonio, Consejero de Su Majestad, y de doña Felicia de Iriarte.
De Fermín y de Dionisia nació Antonio de Echeverría-Burdaspal y Azpilcueta.

En el año 1744 nos encontramos con que Antonio de Echeverría y Azpilcueta (obsérvese que ya no utiliza el apellido Burdaspal, al menos en esta ocasión) en calidad de descendiente de la casa de Echeverría en el lugar de Olano (Valle de Ulzama) solicita de las Cortes del Reino que se acredite su nobleza; Antonio de Echeverría era en aquél momento señor de Urdaspal y de los palacios de Racax Alto, Liédena y Ustés. Desde el año anterior venía pleiteando sobre su derecho de asiento en las Cortes Generales.

Antonio de Echeverría asistió a las Cortes de 1757 y 1780; litigó con el valle de Roncal la titulación de su solar (por muerte sin sucesión de doña María Isabel de Acedo), lo que creó una situación anómala e irregular en la que llegó a perder temporalmente la propiedad.
Dentro de la segunda mitad del siglo XVIII figuraba como casero y arrendador del caserío de Burdaspal don Juan Ibañez, quien había dejado este lugar, en alquiler, al mencionado don Antonio de Echeverría y Azpilcueta, vecino este último de Pamplona y de Tafalla.
Lo cierto es que Antonio de Echeverría, tan preocupado por acreditar su nobleza, se las tuvo que ver con la Junta del Valle de Roncal en un pleitó que duró desde 1761 hasta 1798 a causa de la pretendida denominación de “palacio” a la casa de Burdaspal.
En el año 1802 todavía se mantenía como señorío.

Sobre las ruinas del monasterio se levantó una iglesia dedicada a San Salvador, que hacía las veces de abadía rural. Se sabe que a mediados del siglo XIX estaba en ruinas y que del monasterio todavía quedaban algunos vestigios.
Durante buena parte del siglo XX los lugareños conocían a Burdaspal como El Caserío, quizás –según apunta Félix Sanz en su libro “Burgui, un pueblo con historia” (2001)- en recuerdo de las casas de criados y menestrales que debíó haber alrededor de este señorío.





Escudo.- Las armas del palacio y apellido de Burdaspal son: escudo de oro, fajado de cuatro de azur que, con este color, o esmaltadas de sinople, se han usado indistintamente por las diferentes familias originarias de esta casa.


 

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CAHUÉS ( NAVARRA)






Estamos ante una localidad, antigua villa, que quedó deshabitada en la primera mitad del siglo XIV, situada dentro del actual término municipal de Miranda de Arga. Hoy, setecientos años después, apenas sobreviven algunos restos de sus antiguas viviendas; es fácilmente detectable su emplazamiento a causa de las numerosas piedras que salpican el terreno, pudiéndose encontrar abundantes restos cerámicos; incluso en algunos casos han llegado a sobrevivir pequeños lienzos de pared correspondientes a los cimientos de sus primitivas viviendas.





Restos cerámicos




Su ubicación dentro del término de Miranda, muy próxima al término de Falces, muy próxima al río Arga, nos permite recordar que durante un tiempo llegó a pertenecer a esta segunda localidad.
Fue núcleo de población, a principios del siglo XII, de señorío nobiliario. En el año 1114, según nos aportan los documentos, el monasterio de Irache recibió algunas heredades de esta villa. Casi un siglo después, en 1208, los Hospitalarios de San Juan compraron algunas tierras y propiedades en este lugar, las suficientes como para llegar a instalar una encomienda de esta orden en el año 1237.




Las piedras delatan el emplazamiento de esta antigua villa



Pero antes del año 1280 vemos a la villa de Cahués integrada dentro de las propiedades de la Corona, a la que pagaba una pecha (impuesto) anual de 15 cahíces de trigo y otros tantos de cebada y avena, más los 20 de una y otras especies que habían pertenecido a Gil Garcés de Azagra y Gonzalo Ibáñez de Baztán hasta el secuestro de sus bienes a raíz de la Guerra de la Navarrería, según informa la Gran Enciclopedia Navarra.





Sobreviven pequeños lienzos de pared



Se calcula que Cahués quedó despoblado en la primera mitad del siglo XIV. El término fue cedido en el año 1307 a Ojer de Mauleón; fue una cesión temporal, pues poco después se ve que vuelve a pertenecer al patrimonio de la Corona. En 1422 hubo una disputa entre Falces y Miranda de Arga sobre su propiedad.



ERMITA DE SAN JUAN BAUTISTA






Al igual que sucede en otros muchos núcleos de población que llevan siglos deshabitados, lo que nos ha quedado de ellos en su iglesia, convertida actualmente en ermita.
En este caso, en una atalaya privilegiada sobre el cauce del Arga, podemos ver hoy la ermita de San Juan Bautista, antigua iglesia de Cahués, y en un estado más que aceptable tras haber sido sometida recientemente a un proceso de restauración.


Es un edificio rectangular (una única nave), de estilo románico, con cubierta de teja árabe a dos aguas, y vistosa espadaña desprovista de campana a la altura del lado de la Epístola. Su interior está totalmente diáfano, destacando únicamente la estructura de madera que soporta el tejado. Mantiene la portalada original de acceso con arco de medio punto.

Siglos atrás se ve que este edificio perdió su ábside románico en beneficio de una cabecera recta. Y sin remontarse tan atrás, también perdió en su interior el antiguo retablo barroco, siendo lo más lamentable el robo de la imagen del santo titular.


















 
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ELIZABERRIA ( NAVARRA)






Otros nombres
: Lizaberria


Ubicación
El lugar de Elizaberria estaba
situado en el valle de Ibargoiti, al sur de Salinas; concretamente a la izquierda de la carretera que va a Zabalza; muy cerca de la muga de ambos términos.


Historia
Son varios los lugares en Navarra que han llegado a denominarse Elizaberria, nombre vasco que se traduce como “iglesia nueva”. Precisamente por ello, y para diferenciar a este Elizaberria de otros, la documentación conservada nos aporta el dato de que en el año 1097 se le denominaba Elizauerria de Saualza, mientras que en los siglos XII y XIII aparece bajo la denominación de Elizaberria de Ibargoiti.

Era simultáneamente lugar y monasterio; este último dedicado a Santa María, y dependiente del monasterio de San Salvador de Leire.
El historiador Roldán Jimero Aranguren en su trabajo Cristianización y tradiciones cultuales en Vasconia (publicado en 2008 en el “Bulletin du centre d’études medievales d’Auxerre”) apunta la hipótesis de que el origen de este despoblado, profusamente documentado desde finales del siglo XI, pueda estar relacionado con la renovación impulsada a lo largo del Camino de Santiago.
Curiosamente es en el siglo XIII cuando a nivel documental queda extinguido este lugar, y sin embargo en la primera década del siglo XXI todavía quedaban algunos restos de la cabecera románica de su templo y una parte de su recinto mural.


Estado de conservación
Sorprende ver el estado de abandono que vive este edificio. Está pidiendo a gritos una intervención. Seguramente que ya no es hora de pedir su reconstrucción de este antiquísimo monasterio, pero sí que procede una limpieza del entorno y una consolidación de sus ruinas. Es un edificio con una categoría, con un nivel artístico y con una entidad histórica que lo hacen merecedor de este esfuerzo.








Texto y fotos: Fernando Hualde

(Fotos: 7 diciembre 2009)


ELIZABERRIA EN 1982
Fotos obtenidas el 27 de enero de 1982 por Adolfo Etxegarai

El paso de los años deja su huella; en este caso es la huella de la dejadez y del abandono, la que nos muestra cómo en las últimas décadas se ha dejado que esta joya arquitectónica quede invadida de vegetación. Así estaba hace unos años este antiguo monasterio de Elizaberria















 
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ERANSUS ( NAVARRA)


IGLESIA DE ERANSUS. HISTORIAS DESDE LA PUERTA.






Hace ya un tiempo que los ladrones entraron a la abandonada iglesia del Señorío de Eransus, en el valle de Egüés. Para ello arrancaron un trozo de puerta; trozo este del que hoy nos vamos a servir para evocar lo que un día fue ese templo.

Este pasado mes de enero, en plena nevada, visitaba yo lo poco que queda del Señorío de Eransus. Es una visita que me gusta hacerla con una cierta frecuencia, a pesar del estado de abandono en el que se encuentra. Y cualquier época del año es buena para visitar este remanso de paz.

La construcción de unas viviendas ecológicas junto al conjunto urbano del viejo señorío ha servido para darle un poco de vida a ese entorno, aunque lo cierto es que, lejos de servir para frenar el proceso de deterioro que ha vivido esta localidad durante las últimas décadas, o para evitar el expolio al que se ha visto sometido, no han evitado la intervención de los amigos de lo ajeno. Poco, o nada, queda por llevarse de la iglesia, como no sean las piedras; y poco, o nada, queda por llevarse del viejo palacio que haciendo fondo a la calle principal enseñoreaba esta pequeña localidad del valle de Egüés. Los ladrones, o quien sea, se lo han llevado todo, ni el portalón de la entrada han respetado.

En la iglesia del Salvador, o de la Asunción, no es la primera ni la segunda vez, ni tan siquiera la tercera, que entran a robar. Se llevaron en su día (octubre de 1994) varias imágenes, y lienzos, y la pila bautismal, y también el aguabenditera; en otra ocasión las campanas (1995), y finalmente han acabado por llevarse lo poco que quedaba. Ahórrense los ladrones nuevos viajes, que ya no queda nada, ni tan siquiera los enchufes. Hay quien dice que no siempre han sido los ladrones los que se han llevado las cosas; que tal vez las campanas se ausentaron con ciertos beneplácitos.







Desconozco en todo este proceso de expolio que ha vivido esta iglesia que papel ha jugado el Arzobispado y los propietarios del lugar, enfrentados en su día por un problema de propiedad. Doy por hecho que en su momento habrían sacado de allí todo lo que entendieron que era de valor, aunque debo de decir que, si así fue, su entendimiento y el mío no coinciden. Allí se quedaron hasta hace muy pocos días las dos aras que en el altar cobijaban las reliquias, allí se quedó la funda de tela de esas reliquias, allí se quedaron las sacras con sus marcos de latón dorado y su textos en latín, y las viejas casullas, algún alba, estolas, los cubrecáliz, los paños del altar con artísticas puntillas, paños para cubrir las fuesas…; todo ello de una antigüedad notoria.

Son piezas cuyo valor material y económico tal vez sea cuestionable, pero cuyo valor inmaterial y etnológico es infinito. Son piezas que han formado parte de la religiosidad popular de un pueblo, piezas que las donó ese pueblo a la iglesia, y que como mínimo debieron de ser retiradas con todo el cariño del mundo. Son piezas de etnología religiosa y litúrgica tras las que hay una historia impregnada de fe popular, una historia que es la historia de los vecinos de Eransus. Porque la iglesia, igual que las casas, los corrales, el palacio, la fuente, y el cementerio, son junto con sus campos, ese espacio que configura la historia íntima de este pueblo.







La puerta
Lo realmente cierto es que, a día de hoy, ni están las campanas, ni existe el retablo mayor, ni existe el retablo de San Vicente, ni la pila bautismal, ni la pila de agua bendita, ni el sagrario, ni tan siquiera la barandilla del coro. Quedan tan sólo paredes, que en medio de lo malo no es poco. Conservo la esperanza de que, al menos, una pequeña parte de lo que falta no haya sido robado, sino simplemente trasladado por el Arzobispado a otro lugar donde se garantice su conservación.

Se calcula que la iglesia fue construida a principios del siglo XIII. Se calcula también que la puerta obedece a esa misma época. Pues bien, en su momento alguien reventó esa puerta arrancándole un trozo, lo cual me imagino que no habría sido tarea fácil teniendo en cuenta el grosor de la puerta (8 centímetros); se supone que tras este “heroico” gesto pudieron abrirla fácilmente y llevarse lo poco que quedaba en su interior. Para entonces se había hundido ya el techo de la sacristía, sepultando bajo los escombros la relación de piezas anteriormente citadas, piezas estas que a día de hoy han sido cuidadosamente retiradas, limpiadas, y catalogadas.

Así pues, allí quedó en el suelo el trozo de puerta arrancado. Inservible. 40 centímetros de altura, por 10 de anchura. A un lado, el del interior, estaba el asidero de hierro; al otro lado, un bello clavo de forja. 800 años de antigüedad.

Y hoy es el momento de coger esa pieza (que ya ha sido sometida a un tratamiento antixilófagos, y de limpieza), y dejar que haga su último servicio. Podría hablarnos este trozo de puerta de cómo se ensambla la madera, de cómo se coloca un asidero de hierro, de cómo se forja un clavo de esas características, de…Pero, en su lugar, artesanías meritorias a parte, vamos a dejar que ella nos cuente qué es lo que había, y qué es lo que se vivía, a ambos lados de esa puerta.

Y es que por esa puerta durante ocho siglos han pasado generaciones y generaciones de vecinos. Podría hablarnos de la evolución de la indumentaria, de la evolución del lenguaje, de la evolución de los ritos litúrgicos pre y post conciliares. Podría hablarnos de viejos ritos que se hacían en su umbral, como el del pan bendito, tal vez alguna boda, santiguarse o signarse con agua bendita… Por ella han pasado vivos y muertos, han pasado procesiones, han pasado clérigos y labradores, mujeres y niños, viáticos y cruces parroquiales, cirios y mantillas…

Desde esa posición privilegiada de acceso al templo habría visto no pocos bautizos, o al monaguillo debajo del coro ataviado con su roquete tirando de la soga para hacer sonar las campanas, o a pías manos colocando flores a San Vicente, incluso a los ladrones que tantas veces han desvalijado ese templo.
Si este trozo de puerta pudiese hablarnos nos contaría viejas historias como la de la polémica destitución en 1566 de aquél párroco (entonces, en aquél momento, se le llamaba rector) llamado León de Ardanaz, quien se negó a dejar su cargo aún teniendo que renunciar para ello a llevar también la iglesia de Ardanaz, que eran dos parroquias que tradicionalmente habían ido unidas. Tan sólo seis años antes se había colocado allí un pequeño retablo, en el lado del evangelio, financiado con la generosidad de dos mujeres de este lugar: María Fernandiz de Egüés, y su hija María; este retablo, dedicado a San Miguel Arcángel, a Santa Catalina, y a Santa Bárbara, fue robado en 1977.







Incluso se nos remontaría este trozo de puerta, narrándonos historias y vivencias, hasta el siglo XIV, contándonos que fue entonces cuando se colocó una vieja pintura que representaba a San Vicente. Seguro que si esta parte de la puerta hablase nos explicaría porqué esa imagen de San Vicente, y no de otro santo.

Y nos contaría de las reformas que acometió a principios del siglo XVII el abad de Eransus, don Miguel de Vergara y Egüés. Aquél sí que se lió la manta a la cabeza, dando así continuidad al proceso de reformas iniciado el siglo anterior. Se hizo entonces desde una campana de cuatro quintales, obra de Juan de Gutiérrez de Casa, hasta el retablo mayor, hecho entre 1605 y 1611 por el maestro pamplonés Juan de Landa, que por cierto, allí se las vio su viuda, María de Moret, para cobrar este trabajo. Juan de Landa se había ocupado de todo lo que había sido la labor de dorado y estofado del retablo y del sagrario. Y es que al abad de Eransus lo de los dineros no se le daba nada de bien, incluso tuvo que interponer algún pleito, en 1614, contra Miguel de Isturiz, que era el primiciero del lugar.

También nos aclararía quien era aquella santa situada sobre una peana, no muy lejos de la puerta; seguramente se trataría de la imagen de Santa Eulalia, titular de una ermita que hubo en Eransus hasta el siglo XVIII; pero nos quedamos sin saber quien fue realmente. O nos hablaría de aquella otra imagen de la Virgen que hubo, y que ahora forma parte de una colección particular.

¿Y qué no habrá oído este trozo de puerta?. Misas y misereres a montón; recios sermones apelando a la moral y a las buenas costumbres; vísperas y maitines; rosarios y vía crucis; habrá oído el latín, el euskera, el castellano, y también algún romance de intersección; supongo que no pocas tertulias vecinales, al sol de la tarde, sentados sobre las lajas que forman un banco en el atrio; incluso, afinando bien el oído, habría escuchado esta puerta alguna confesión, tal vez de alguna de esas damas que acudían antaño a la fuente con la herrada, no para recoger agua, sino para hablar de chicos, en medio de conversaciones que se movían entre lo pícaro y lo pecaminoso.

Testigo mudo de mil historias, de mil escenas. En el exterior, a tres metros, está el cementerio. Dos puertas mirándose de frente, ¿qué no se habrán contado?, ¿qué no habrán visto?, ¿qué no sabrán de oraciones y plegarias, de llantos y de flores?. Yo me imagino pasando bajo el umbral de la puerta de la iglesia, saliendo de ella, a algún clérigo ensotanado, breviario en mano, tocado con el bonete, camino de El Pineral, buscando un sitio libre del corsé de las cuatro paredes parroquiales en donde hacer sus oraciones, en medio de sotos y arbolado. O paseando hasta Mendioroz…, o hasta la venta, o hacia el monte de Echálaz.







Puertas afuera
A este lado de la puerta, en el exterior de la iglesia, lo que hay es un pequeño pueblo con calle única. En esa calle, a un lado estaban las casas, y al otro lado los corrales. Cerrando aquella calle estaba, y está, el palacio, con su pequeño patio interior y sus caballerizas. Y entre las casas y el palacio, rompiendo un poco el orden de las edificaciones, estaba la escuela.

Al final de la calle, un poco antes de llegar al palacio, está la fuente, con abrevadero y lavadero adosados por detrás. Este elemento arquitectónico, que se autoabastece de la denominada Fuente Vieja, era realmente el centro social de la localidad, donde confluían los vecinos, lo mismo los señores que los sirvientes, lo mismo los labradores con sus caballerías, que las lavanderas con sus baldes de zinc cargados de ropa. Allí se hablaba de lo humano y de lo divino. Allí se convivía. La fuente y la iglesia eran dos puntos de unión; destino de todos, como el cementerio.







Ahora mismo, año 2006, tal día como hoy, la imagen es la de un pueblo fantasma. Alguien decidió no hace muchos años que las casas había que derribarlas totalmente, tal vez por seguridad, ante la construcción a pocos metros de unas viviendas ecológicas. De ellas no quedan más que unos montones de piedras junto a la hilera de plataneros. Para unos son eso, piedras; para otros esos montones de piedras esconden para siempre unas historias, la historia de Casa Máximo, la historia de Casa Leache, la historia de Casa Zacarías…; historias de hondo sabor humano.

Los corrales y las cuadras siguen en pie, pero prácticamente hundidos, en ruina total. La escuela mantiene, y muy deteriorada, su estructura externa, pero el tejado y el interior se han venido abajo. Y el palacio, con su jardín de cedros…, el palacio da pena. Sus puertas y ventanas están tapiadas. El magnífico farol que había en su fachada, voló; lo mismo que sucedió unos años antes con el recio portalón de entrada. De la cocina se han llevado la cocina económica. Ausencia total de mobiliario, excepto lo poco que hay en las viejas cuadras, aprovechado por algunos indigentes. La planta baja todavía se mantiene en pie, pero de allí para arriba está todo hundido. Triste final el de este bastión de poder local. Duro contraste con aquellas celebraciones de las fiestas dedicadas a la Asunción del Señor.
Queda el consuelo de ver a la fuente en plena actividad. A su lado un sauce le hace compañía; agua a cambio de sombra; soledad compartida.







Esto es Eransus. Y estas son las historias que nos ha evocado un trozo de puerta arrancado a la historia de la iglesia. Sesenta y nueve vecinos hace cuarenta años; hoy… silencio, soledad, y ruina. También paz. A aquellos vecinos de hace cuatro décadas, a los que yacen en el camposanto, a cuantos han vivido en este lugar a lo largo de tantos siglos de historia, a todos ellos, va dedicado este texto; no en vano todos ellos tienen en común, seguramente, el hecho de haber puesto alguna vez su mano sobre el tirador de este trozo de puerta.


Diario de Noticias, 27 de febrero de 2006
Autor: Fernando Hualde



ÁLBUM FOTOGRAFICO DEL PALACIO DE ERANSUS

FOTOGRAFÍAS TOMADAS EL AÑO 2005





Detalle del azulejo de la fachada




Fachada principal en un día nevado (29 de diciembre)




Dovela central, o clave, de la portalada, luciendo el escudo del señorío.


 

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ERRONDO ( NAVARRA)


ERRONDO, LA TORRE DE UNCITI




Una alta y recia pared, ruinosa y solitaria, nos recuerda en el término de Unciti que allí existió el término de Errondo, con su torre defensiva, sus casas, su molino, y su iglesia románica.

Hace unas cuantas décadas, concretamente durante la segunda década del siglo XX, Arturo Campión nos obsequió con una novela, o un relato novelado integrado en sus “Narraciones baskas”, que todavía hoy nos invita a reflexionar. Su título era “El último tamborilero de Erraondo”, y vio la luz en 1917.
Contaba Campión la historia de Pedro Fermín, hijo del txuntxuneroMartín Izko, de quien heredó su flauta y su afición a la música. Vivía nuestro protagonista muy cerca de Pamplona, en una pequeña localidad del valle de Unciti de la que hoy poco queda; su nombre: Errondo.

Un buen día Pedro Fermín emigró a América, igual que hacían tantos y tantos paisanos suyos en aquellos años, solo que su viaje estaba motivado por el hecho de que quería evitar a toda costa servir a Carlos V, y tampoco a María Cristina. El caso es que allá estuvo de pastor durante medio siglo, conviviendo con gentes euskaldunes, como él. Después de cinco largas décadas Pedro Fermín, en el ocaso de su vida, volvió a su tierra; su sorpresa fue que ya nadie le conocía, que el vascuence ya no lo hablaban, y que el txistu a aquellos lugareños les sonaba como algo advenedizo.






Sucedía esto en Errondo (o Erraondo, Raondo, Rondo…). Hoy es el día en el que en esa localidad no se habla el vascuence ni tampoco el castellano, en el que ya a nadie le parece que el txistu pueda ser advenedizo; hoy es el día… en el que ya nadie habita en aquél paraje, ni quedan rastros de sus casas, ni de su iglesia, ni de su molino; tan sólo una recia pared de piedra es el único vestigio de lo que un día fue.
Oficialmente aparece deshabitado desde el siglo XV, pero se sabe que en siglos posteriores la presencia humana ha sido intermitente.

Redondo
A día de hoy el paraje de Errondo está integrado en el término municipal de Unciti, en el valle del mismo nombre. Pero siglos atrás Errondo tenía su propio término, caprichosamente redondo, como si estuviese hecho con un compás.
Tal día como hoy quien se acerque hasta allí lo único que va a encontrar es un impresionante lienzo de pared, único vestigio de la que antaño fuese la torre defensiva de este viejo señorío. Doy por hecho que todos los edificios que allí pudo haber se construyeron al amparo de esta torre, que habría sido el primer elemento arquitectónico de este enclave, y el que habría dado nombre al paraje; a falta de la opinión de algún entendido me permito apuntar la hipótesis que el nombre de Errondo puede derivar de “dorre ondoa” (junto a la torre); menos fiable me parece, aunque también entra dentro de lo posible, que derivase de “errota ondoa” (junto al molino).

En cualquier caso esta torre podría asemejarse a la cercana torre de Mendinueta, pero con un grosor superior, que todavía hoy oscila entre los 185 y los 250 centímetros, incluso conserva este muro una canalización interior muy interesante. Una foto de esta torre, obtenida en el año 1923, viene a demostrarnos que en todo este tiempo la fortaleza ha perdido una de las dos paredes que parcialmente conservaba, lo cual nos da una idea del proceso de deterioro que viene padeciendo, y nos permite augurar –sin pecar de catastrofistas- que en tan sólo unas décadas puede quedar todo reducido a un montón de piedras, eso sí, a un montón enorme.





Aprovecho estas líneas para sugerir que a estos restos se les aplique un tratamiento de consolidación para evitar que en unas décadas ya no existan. Se muy bien que una intervención de este tipo reporta escasos votos, y que las arcas administrativas seguramente que tienen otras prioridades. Pero lo único claro, cierto, y palpable es que en pleno siglo XXI los vestigios de nuestra historia están desapareciendo ante nuestros ojos en medio de un silencio sepulcral y, lo que es peor, en medio de la indiferencia más absoluta. Y la torre de Errondo es una muestra más de esto que digo.

Ya desapareció hace más de un siglo, en este mismo lugar, el hermoso tímpano de la vieja iglesia románica de Santa María –también llamada Capilla de Ntra. Sra.-, localizado posteriormente en Nueva York, como tantas y tantas piezas de la arquitectura románica del Pirineo. Un tímpano en el que se veía a los cuatro evangelistas impartiendo las enseñanzas de Cristo, y al que los expertos relacionan con la obra del llamado “maestro de Cavestany”, que en el siglo XII dejó su artística obra en la franja pirenaica.
Algunos capiteles de esta misma iglesia fueron entresacados de las ruinas y recogidos por el padre Escalada, jesuita, que los trasladó al Museo del Castillo de Javier.







Desapareció también un dintel procedente de esta iglesia de Errondo, que del templo pasó al molino, y de allí quien sabe a donde; al menos de esta última pieza se conserva al menos una fotografía sacada en 1923 cuando decoraba una pared del molino. Se trataba de un dintel rectangular con un crismón en el centro, tallado sobre la figura de un cordero; este crismón, dentro de un círculo, es sostenido en sus flancos por sendos ángeles, mientras otros dos se acercan a los primeros.

Son restos de una iglesia, o capilla, que en el siglo XV cobraba un diezmo de dos cahizesanuales de trigo, y en la que el abad de Unciti tenía a su cargo mantener media capellanía.
¿Y qué no decir del desaparecido molino?. Fray Fernando de Mendoza en un artículo publicado en 1924 en la revista “Verdad y Caridad” lo definía como un “molinito de juguete, de belén, con puerta chiquita, cauce de escape de aguas en arco redondo baquetonado y su cubierta de bóveda y tierra. Dentro la piedra de moler, que casi llena la celda”. Este mismo fraile ya nos decía en aquél año que el molino hacía ya tiempo que no funcionaba, “¡cuánto ha rodado en otro tiempo esta piedra!, ahora ni rueda ni canta. Pero el agua sigue deslizándose ociosa y alegre, indiferente a lo que le sale al paso, día y noche corriendo a su ignorado destino”.






Piedras con historia
Hoy ya no queda el tímpano, ni el dintel, ni el molino, ni casa alguna; tan sólo, como testimonio de lo que allí hubo queda parcialmente una de las cuatro recias paredes que configuraban la torre. Y queda el topónimo, y también el nombre del barranco cuya agua hoy, como antaño, sigue recorriendo el lugar.
Al contemplar una pared de ese grosor y de esa envergadura a nadie le puede caber la duda de que detrás de esas piedras hay una historia, una historia rica, una historia que nos remonta al siglo XI. Es en el año 1037 cuando encontramos la primera referencia documental de este lugar.
Casi tres siglos después, en 1317, los viejos legajos nos hablan de que Errondo aparece entre los bienes confiscados a García Almoravid después de la guerra de la Navarrería. Se le confiscaron bienes en Errondo (viñas, huerto, manzanedo, monte y prado), en Góngora, Eicega, Aquirrian, Zuazu, Arteiz, Zoroquiain, Elcarte, Andosilla, lerín y Viana.

En 1361 el rey Carlos II donó a Rodrigo de Úriz “las casas de Raondo y de San Constantín, con todas sus pertenencias, en atención a sus buenos servicios”; esos buenos servicios no eran otra cosa que el agradecimiento del monarca navarro a Rodrigo de Úriz por las 300 libras que este le prestó para financiar las partidas de Francia y de Normandía, que le fueron abonadas en 1363 por García Miguel de Elcarte, tesorero del reino. Rodrigo de Úriz era en este tiempo señor de Raondo (o Erraondo) y de Úcar; en 1370 lo vemos intercediendo ante el comisario de las ayudas de la merindad de Sangüesa para que exima a Lizarraga y a Idoate de pagar determinados impuestos que estaban obligados a pagar.

Era en el año 1383 cuando la propiedad de Errondo revierte de nuevo a la Corona, asignándose en ese año a Leonel, el hijo de Carlos II, y hermano bastardo de Carlos III. Mantuvieron estos la propiedad del lugar hasta su enfrentamiento con el príncipe Carlos de Viana, que en 1455 volvió a confiscar estas propiedades para entregarlas seguidamente a su vicecanciller y caballerizo Carlos de Cortes. En ese tiempo aparecía ya Errondo como un despoblado.

En 1544 vemos al fiscal Pedro de Navarra, marqués de Cortes, y al guarda Pedro de Unciti, pleitear contra Juan de Otano, vecino de Unciti, que acabó en prisión este último por talar árboles en Errondo –que eran propiedad del marqués- y por agredir al guarda. Unas décadas después, en 1567, Pedro de Rada, en nombre y como procurador de Martín de Córdoba, virrey del reino, y su mujer Jerónima Navarra, marqueses de Cortes, firmaron una escritura de censo perpetuo en la que concedían al lugar de Unciti el término redondo de Errondo por 40 robos de trigo anuales, escritura esta que fue recurrida en 1593 por Diego Fernández Jiménez, gobernador del Marqués de Cortes, que pretendía que los 40 robos anuales se convirtiesen en 150.







Esta es la historia del lugar plasmada en cuatro pinceladas para evitar entrar en detalles que pueden aburrir al lector, pero que quien lo desee puede acceder a ellos hurgando en el Archivo General de Navarra; esta es la historia que ha vivido esa pared de la torre que, altaneramente, desafiando a la ley de la gravedad, todavía sigue en pie. Estamos ante una torre que en el siglo XIV tenía sus “gentes de armas”, ante una torre que sin duda formaba parte de esa línea defensiva que se comunicaba visualmente y que recorría todo el valle de Izagaondoa, Unciti, y Aranguren, hasta llegar a Pamplona; Irulegui, Leguín, Mendinueta…, y la propia torre de Errondo, son restos de todo aquello.

Soy consciente de que es poco probable –y espero equivocarme- de que llegue el día en el que alguien tome la decisión y la iniciativa de proteger estos restos; no hablo de reconstruir la torre, sino de consolidar lo que queda. Pero, desde esta tribuna pública comprometida con el patrimonio navarro, quisiera al menos dejar “consolidada” la historia que estos restos nos evocan. Mientras tanto las piedras siguen cayendo.

Diario de Noticias, 24 de febrero de 2008
Autor: Fernando Hualde


 
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EYZCO ( NAVARRA)





Pared del cementerio de Arteta construida con piedras de Eyzco




Etimología
Se desconoce el significado de este nombre. Algunos lingüistas lo vinculan con la palabra “junco” –i(h)i-, y sin embargo otros defienden que pueda estar relacionado con la palabra “peña” –aitz-, o con la palabra “caza” –eiz-.

Ubicación
Se desconoce la ubicación exacta de este despoblado; pero hay que situarlo dentro de Ezprogui. Algunos mapas de Navarra del siglo XVIII lo sitúan enfrente del actual despoblado Loya. Es una localidad diferente a Izco (Ibargoiti), pues los mencionados mapas llegan a recoger la ubicación de los dos núcleos de población.

Historia
La recomposición de la historia de este lugar requiere todo un trabajo de investigación minuciosa. En principio la existencia de Eyzco oficialmente no aparece documentada, pero todo parece indicar –y lo digo con todas las reservas- que estamos asistiendo a una lamentable confusión a causa de asignarle a la localidad de Izco, en el valle de Ibargoiti, todo lo relacionado con Eyzco, o Izco (Ezprogui); ambos núcleos de población estuvieron relativamente próximos, lo cual ayuda a entender esta confusión. Basta con acudir a la Gran Enciclopedia Navarra para leer que el nombre de Izco aparece también en los documentos bajo la forma Eyzco; incluso llega a indicar que Izco, después de las reformas municipales de 1835-1845, era gobernado por el diputado del valle de Aibar; y que tras esa reforma formó ayuntamiento con Ezprogui, Moriones, Gardaláin, Guetádar, Sabaiza, Loya, Julio, Usumbelz y Arteta. Dentro de ese mismo baile de denominaciones se ha llegado también a publicar en la enciclopedia mencionada que tras las reformasa administrativas de 1835-1845 la localidad de Loya se llegó a integrar en Izco, “que más tarde desaparecería”.

Todo parece indicar que estamos ante un error a corregir, pero… ¿dónde estaba Eyzco?. Los mapas antiguos lo sitúan exactamente frente a Loya, en el sombrío bosque que hoy vemos desde este despoblado en la ladera que hay al otro lado del barranco.
Manuel Apestegui, actual panadero de Sada, fue quien “levantó la liebre” sobre la extraña ausencia de documentación que hay sobre Eyzco, habiendo constatado él su ubicación sobre un mapa del siglo XVIII. A partir de ese momento se ha indagado a través de los testimonios orales recogidos de ancianos del entorno, quienes coinciden en señalar que en ese mismo emplazamiento que indica el mapa ellos llegaron a conocer los restos de varias casas, convertidas ya en montañas de piedras; y que esas mismas piedras, transportadas con caballerías, a lo largo de los años fueron aprovechadas para levantar corrales y viviendas en Arteta (la pared del cementerio se rehízo con estas piedras, entre otras paredes), y en Loya. Es fácil suponer que alguna otra localidad se habría beneficiado también de aquellos restos.

Queda ahora por delante la tarea de analizar todos aquellos documentos que hablan de Eyzco y de Izco. De entrada el Becerro de Roncesvalles alude a un tal Ynigo de Eyzco. Y en el Archivo General de Navarra en documentos fechados entre 1532 y 1591 se recogen hasta tres variantes del nombre de esta localidad: Eizco, Eyzco, y Eyssco. En ese mismo archivo la base informática no distingue entre en Izco (Ibargoiti) e Izco (Ezprogui) –ni tampoco es esa su función-; entre el amplio listado de documentos que hay dentro de la sección de Procesos es difícil discernir cuales corresponden a un sitio y a otro; por lógica a buen seguro que son mayoría los que afectan a Izco (Ibargoiti). Pero en el año 1567 nos encontramos con un proceso judicial que afecta a un tal Pedro de Ordoqui, vecino de Izco, denunciado por Pedro de Aibar, señor de Sada y dueño del despoblado de Gardalain, por haber dejado entrar y pastar a ganados del valle de Salazar. Dentro de ese amplio legajo, compuesto por decenas de documentos, al menos en dos ocasiones se alude a Izco como cabo de Loya, y se aprecia que hay una unidad territorial configurada por núcleos de población como el propio Izco, Gardaláin, Loya, Julio, Arteta y Guetadar. Esto nos permite, de entrada, saber que aquellos documentos de Izco con presencia del apellido Ordoqui, se corresponden muy probablemente con la localidad de Izco, o Eyzco, de Ezprogui.

Es por ello que sabemos que el susodicho Pedro de Ordoqui, era hijo de Juan de Ordoqui, apodado Lindo, quien en los años treinta del siglo XVI compartía vecindad, no exenta de pleitos, con María Mina de Oloz, hija de Miguel de Oloz, y con Juan de Aldunate, entre otros.



EYZCO, UN PUEBLO SIN CASAS Y SIN HISTORIA






No es muy normal, pero en Navarra hay algunos pueblos que no sólo han desaparecido físicamente, sino que por tener otro tocayo, han llegado a perder su historia. Es el caso de Eyzco, o Izco, en Ezprogui, antiguo Val de Aibar.

El hecho de haber abierto en internet un blog sobre los despoblados de Navarra (despobladosnavarra.blogspot.com) utilizando como punto de partida los reportajes que sobre ellos voy publicando en este periódico, ha dado pie, y esto nunca lo hubiese sospechado a comprobar el alto interés que hay en Navarra sobre estos lugares que, teóricamente, ya no tienen quien les llore. Han sido numerosas las personas que han escrito pidiendo que incluya a despoblados que vieron nacer a sus antepasados, o que me han enviado fotos antiguas, o datos, o simples y entrañables palabras de agradecimiento. A todos he respondido con gratitud.

Pero hace unos días mi amigo Manuel Apestegui, el panadero de Sada, me comentaba un hecho curioso. Me decía que dentro de la finca de Ezprogui hubo un pueblo que aparece en los mapas del siglo XVIII, y del que sin embargo no hay constancia documental de su existencia. La localidad en cuestión se llamaba Eyzco, o Izco; que no hay que confundirla con el vecino Izco, en Ibargoiti. De hecho en algunos mapas aparecen los dos. Lo cierto es que en la amplia relación de despoblados que configuran la finca de Ezprogui este núcleo de población no figura por ninguna parte. Ni figura en relaciones antiguas de despoblados; y ni lo cita la Gran Enciclopedia Navarra; o tal vez lo cita de refilón. Eyzco no existe; y sin embargo…

Izco
Todo parece indicar que estamos ante una mezcla de “personalidades”. No hay que olvidar que Eyzco recibía también el nombre de Izco; y parece que la proximidad de ambos hizo que la historia de uno, el de Ezprogui, se fundiese en la del otro, el de Ibargoiti. Este fenómeno no es nuevo, y la existencia en Navarra de pueblos con el mismo nombre da pie a este tipo de confusiones. Localidades como Murillo, o como Villanueva, requieren en nuestra tierra del uso de un apellido que las diferencie. Tenemos un despoblado en el mismo Ezprogui que se llama Arteta, igual que la localidad del valle de Ollo. Algún historiador ha fundido también en uno solo a pueblos tan distantes, ya extinguidos, como Izanoz (Izagaondoa) e Izania (Ollo). A Mugueta (Lónguida) de pronto lo vemos en los documentos pleiteando con Mugetajarra (Unciti), lo que nos hace pensar que siglos atrás esa distancia que hoy hay en Muguetajarra entre la iglesia y las casas podía traducirse en dos localidades diferentes del mismo nombre, lo que habría obligado a la más antigua a denominarse “la vieja”, es decir, Muguetazarra, o Muguetajarra.

Pero en el caso que nos ocupa la confusión es más normal a causa de la proximidad; al fin y al cabo Ezprogui e Ibargoiti comparten muga; aunque entre un Izco y otro había pueblos de por medio. Es importante aclarar que las denominaciones de Izco, Eyzco, Eyssco… bailan contínuamente.
¿Dónde estaba Eyzco, o Izco, el de Ezprogui?. Pues la verdad es que se desconoce su ubicación exacta. Sí que se sabe que estaba dentro de lo que hoy es la finca de Ezprogui, dentro de la cual están los despoblados de Guetádar, Sabaiza, Usumbelz, Julio, Arteta, Loya, Gardalain e Irangoiti.
Pues bien, los mapas sitúan Eyzco justo enfrente de Loya, al otro lado del barranco. Es una localidad que pudo quedar despoblada en el siglo XIX. Obsérvese, por ejemplo, que la Gran Enciclopedia Navarra cuando recoge la historia de Loya nos dice que tras las reformas administrativas Loya se unió en un mismo municipio con Izco, “que luego desaparecería” dice textualmente. No tendría sentido que Loya se uniese con otro localidad bastante más distante habiendo pueblos en medio.








Lo más curioso es que la gente mayor nos habla de que sus padres y sus abuelos aprovecharon las piedras de aquél despoblado para hacerse casas y corrales, cargándolas en caballerías. Así pues, aún detectándose hoy abundancia de piedras de construcción en determinadas zonas del pinar que hay frente a Loya, podríamos decir que Eyzco está presente principalmente en las casas de Loya y de Arteta, concretamente las paredes del cementerio de esta última localidad parecen proceder del caserío de Eyzco según tienen oído algunos antiguos lugareños.

Los Ordoqui
Si acudimos a la historia de Izco, el de Ibargoiti, podemos ver que en algunos documentos aparece bajo la forma de Eyzco. De nuevo es la Gran Enciclopedia Navarra la que nos dice que Izco (Ibargoiti) tras las reformas municipales de 1835-1845, era gobernado por el diputado del valle de Aibar, y que tras esa reforma formó ayuntamiento con Ezprogui, Moriones, Gardaláin, Guetádar, Sabaiza, Loya, Julio, Usumbelz y Arteta. Evidentemente se están mezclando las historias de ambos lugares, y además es el de Ibargoiti quien ha absorbido la historia del de Ezprogui. Es así como nos encontramos a un Izco que se ha quedado sin casas y sin historia.

Queda ahora por delante la tarea de analizar todos aquellos documentos que hablan de Eyzco y de Izco. De entrada el Becerro de Roncesvalles alude a un tal Ynigo de Eyzco. Y en el Archivo General de Navarra en documentos fechados entre 1532 y 1591 se recogen hasta tres variantes del nombre de esta localidad: Eizco, Eyzco, y Eyssco. En ese mismo archivo la base informática no distingue entre en Izco (Ibargoiti) e Izco (Ezprogui) –ni tampoco es esa su función-; entre el amplio listado de documentos que hay dentro de la sección de Procesos es difícil discernir cuales corresponden a un sitio y a otro; por lógica a buen seguro que son mayoría los que afectan a Izco (Ibargoiti). Pero en el año 1567 nos encontramos con un proceso judicial que afecta a un tal Pedro de Ordoqui, vecino de Izco, denunciado por Pedro de Aibar, señor de Sada y dueño del despoblado de Gardalain, por haber dejado entrar y pastar a ganados del valle de Salazar. Dentro de ese amplio legajo, compuesto por decenas de documentos, al menos en dos ocasiones se alude a Izco como cabo de Loya, y se aprecia que hay una unidad territorial configurada por núcleos de población como el propio Izco, Gardaláin, Loya, Julio, Arteta y Guetadar. Esto nos permite, de entrada, saber que aquellos documentos de Izco con presencia del apellido Ordoqui, se corresponden muy probablemente con la localidad de Izco, o Eyzco, de Ezprogui.

Es por ello que sabemos que el susodicho Pedro de Ordoqui, era hijo de Juan de Ordoqui, apodado Lindo, quien en los años treinta del siglo XVI compartía vecindad en Izco (Ezprogui), no exenta de pleitos, con María Mina de Oloz, hija de Miguel de Oloz, y con Juan de Aldunate, entre otros.
Me gustaría que este reportaje sirviese para que en un futuro alguien se ocupe de analizar toda esa documentación que hay en el Archivo General de Navarra y poco a poco consiga separar la historia de ambas localidades. Mientras tanto, cualquier avance en este sentido, quedará registrado en el mencionado blog dedicado a los despoblados de Navarra. Tal vez a Izco-Eyzco no le podamos devolver las piedras, ni falta que le hace, pero devolverle su historia sí que es bueno, lo primero por respeto hacía quienes a ese núcleo de población le dieron vida durante siglos; y lo segundo porque siempre es bueno y positivo avanzar en clarificar nuestra propia historia.
Allí, en lo más sombrío del pinar, siguen las piedras desparramadas, camufladas de líquenes y musgo, sin sospechar que hoy, después de tantos siglos, alguien las está poniendo en valor.


Diario de Noticias, 8 de noviembre de 2009
Texto: Fernando Hualde


 

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GARDALAÍN ( NAVARRA)






Ubicación
Se encuentra este despoblado en el término de Ezprogui, antiguo “Val de Aibar”, ubicado entre el despoblado de Irangoiti y la localidad de Moriones. Desde este último pueblo, por encima de su cementerio, sale una pista hacia Guetadar. Poco antes de pasar la compuerta del barranco de Gardalain sube un camino hacia la derecha que en 15 minutos nos sitúa ante las ruinas de Gardalain.

Historia
Todo parece indicar que la presencia humana en este lugar –inexistente hoy- data de muy antiguo. Muy cerca de las actuales ruinas de la localidad se ubica un asentamiento al aire libre con restos del Eneolítico-Bronce.
El Diccionario de la Academia de la Historia recogía a principios del XIX la existencia de Gardaláin como “uno de los siete lugares que componen la tierra que llaman Vizcaya del valle de Aybar”. En 1802 contaba esta localidad con siete casas habitadas, en las que vivían un total de 33 vecinos; el lugar era en aquél momento propiedad del Barón de Beorlegui (el primer título nobiliario que se concedió en Navarra), lo que le permitía a este lugar ser considerado como señorío de realengo. Gobernaba el lugar un diputado, designado por su antecesor, y por los regidores del lugar, previamente elegidos por los vecinos.

En 1858 Gardaláin contaba con 59 habitantes; con 33 en 1887; con 54 en 1900; con 44 en 1910; con 43 en 1920; con 30 en 1930; con 26 en 1950; y con 9 en 1960. Es en esa década cuando, tras ser comprado el término por la Diputación Foral de Navarra, queda totalmente despoblado.
En la actualidad Gardalain pertenece al Patrimonio Forestal de Navarra, integrado en la finca denominada Ezprogui (integrada por los despoblados de Sabaiza, Usumbelz, Guetádar, Julio, Arteta, Loya, Gardalain, e Irangoiti), con importantes masas forestales de roble y de pino laricio, este último de repoblación y silvestre.

Estado de conservación
En la catalogación fotográfica realizada en esta localidad en octubre de 2009 se pudo constatar la inaccesibilidad a los edificios, salvo que se vaya debidamente equipado para caminar entre zarzas.
El único edificio que mantiene sus cuatro paredes en pie es la iglesia. Ninguno de los edificios conserva su cubierta, y de todos ellos tan sólo quedan algunos lienzos de pared en pie, y numerosas paredes derrumbadas cuyas piedras se entremezclan con las vigas de madera caídas. Solo quedan restos de paredes de piedra; no se aprecia presencia de ladrillos, ni de tejas, ni de cal. Llama la atención el pequeño tamaño de los vanos de las puertas.
La localidad está anunciada en un lado de la pista con una columna en piedra de la que con una cadena cuelga un rótulo de madera que lleva grabada la palabra “Gardalain”. Debajo de ese rótulo aparece un letrero blanco de madera y un buzón de hojalata. El letrero blanco anuncia la presencia a 1800 metros de la nevera del lugar. Y en esa misma pista, a unos 2500 metros se anuncia también la presencia de una sepultura, pero en la prospección realizada no se pudo localizar.
En el acceso que hay en la pista para entrar a Gardalain existe un abrevadero, una construcción ganadera moderna con yeguas en su interior, y un depósito grande para el suministro de sal.

Intervenciones patrimoniales
Según informa la Gran Enciclopedia Navarra en el asentamiento del Eneolítico-Bronce que hay junto al caserío de Gardaláin se recogieron varias muestras, destacando entre todas ellas un útil pulimentado trapezoidal plano.En octubre de 2009 retiran para su catalogación dos viejas herraduras de ganado caballar. Una de ellas estaba entre los escombros, y la otra estaba colocada en una pared desempeñando en otro tiempo la función de argolla; esta última herradura conserva dos de los clavos con los que fue herrada. Se hace un amplio reportaje fotográfico con el que se levanta acta del estado de conservación de ese despoblado.


GARDALAIN, UN REBAÑO DE CASAS EN RUINAS


Gardalain es uno de los muchos despoblados que hay en la finca forestal de Ezprogui. Ninguna de sus casas se mantiene en pie, y la vegetación lo ha convertido ya en un lugar inaccesible.
Una de las cosas para las que ha servido la creación de un blog dedicado a recoger todos los reportajes que en esta sección dominical se dedican a los despoblados de Navarra (despobladosnavarra.blogspot.com) ha sido para descubrir el enorme atractivo que tiene esta temática entre los lectores. Confieso que no esperaba recibir tantos y tantos correos de personas que me han pedido seguir en esa línea de preservar la memoria de los despoblados; por el contrario, más bien pensaba con anterioridad que estos lugares no tenían quien les llorase. He recibido correos y cartas verdaderamente emotivas, y de todas ellas, representando a esas personas que me han mostrado su agradecimiento, me apetece citar la carta que me envió Blanca Elizari Armendariz, de 80 años, fiel seguidora de esta sección, que agradeció el reportaje dedicado a Irangoiti, y para quien todos esos pueblos de la finca forestal de Ezprogui tienen un valor evocativo muy especial. Una carta tan agradecida y entrañable como la de ella, con todas las aportaciones que hace plasmando los recuerdos de su madre, es de las que te hace verle sentido a toda esta labor de salvaguardar la memoria de tantos rincones de nuestra tierra. Es por ello que hoy me voy a permitir dedicarle este reportaje a Blanca, un reportaje en el que vamos a repasar la historia de otro de los pueblos deshabitados integrados en Ezprogui. Poco a poco iremos sacando a todos los despoblados de esta finca, cuyo recuerdo todavía perdura en la memoria de los más ancianos. Y hoy le toca el turno a Gardalain.

Vegetación salvaje
El despoblado de Gardalain lo encontramos en lo que un día fue, hasta 1846, la Val de Aibar, concretamente dentro del término de Ezprogui, término este que, dicho sea de paso, es en Navarra el que mayor número de despoblados concentra por kilómetro cuadrado; de hecho, en poco espacio de terreno encontramos nada menos que nueve despoblados (Arteta, Ezprogui, Gardalain, Guetadar, Irangoiti, Julio, Loya, Sabaiza, y Usumbelz), todos ellos despoblados en el siglo XX; a los que habría que añadir Eyzco (despoblado en el siglo XIX), y sin olvidarse de Moriones en donde entre semana todavía sale fuego de una chimenea.
Es en este espacio, buena parte de él constituido hoy como finca forestal del Gobierno de Navarra, donde encontramos a la antigua localidad de Gardalain. Para llegar hasta allí hay que acceder desde Moriones; desde esta localidad, por encima de su pintoresco cementerio, sale una pista hacia Guetadar. Poco antes de pasar la compuerta del barranco de Gardalain sube un camino hacia la derecha que en 15 minutos, a pie, nos sitúa ante las ruinas de Gardalain.

En mi caso concreto tengo que decir que fui a Gardalain utilizando otro camino, concretamente desde el monte de enfrente, donde está Irangoiti, lo que permite ver la localidad de Gardalain en todo su conjunto desde una cierta distancia y en su más cruda realidad, algo así como un rebaño de casas en ruinas, como esas ovejas que se ponen en el belén navideño, que están tumbadas y el musgo es casi más alto que ellas. Pues ese es el aspecto que ofrece Gardalain desde la distancia. Aquí si que podemos decir que la vegetación ha vuelto a recuperar su sitio.
Y prueba de ello es que una vez que llegas a la localidad, a partir del abrevadero que allí hay, se convierte todo en un lugar prácticamente inaccesible. Tanto lo que fueron sus calles, como el interior de las casas, es hoy una auténtica maraña de zarzas en donde es imposible avanzar ni adentrarse. Tan solo el interior de la iglesia se mantiene, de momento, libre de vegetación; eso sí, a quien sea capaz de llegar hasta la iglesia a ese hay que darle premio. Es precisamente este edificio el único de todos que mantiene sus cuatro paredes; y sobra decir que ninguno conserva su cubierta, o tejado, aunque a través de las ruinas podemos constatar de que algunas de las casas tuvieron tejados construidos a base de lajas, a los que posteriormente se les puso encima la tradicional teja curva, o árabe, como la queramos llamar.

Historia
Todo parece indicar que la presencia humana en este lugar –inexistente hoy- data de muy antiguo. Muy cerca de las actuales ruinas de la localidad se ubica un asentamiento al aire libre con restos del Eneolítico-Bronce. Incluso, muy cerca de la antigua nevera de Gardalain, todavía se puede encontrar una pequeña sepultura, probablemente de un niño a juzgar por el tamaño de la lápida, correspondiente a esa época.
Parece muy probable que entre las casas de esta localidad existiese en otro tiempo una construcción palaciega. De hecho, Sada y Gardaláin tuvieron un mismo señor, que en el año 1613 era Juan de Aibar y Azpilcueta.
El Diccionario de la Academia de la Historia recogía a principios del XIX la existencia de Gardaláin como “uno de los siete lugares que componen la tierra que llaman Vizcaya del valle de Aybar”. En 1802 contaba esta localidad con siete casas habitadas, en las que vivían un total de 33 vecinos; el lugar era en aquél momento propiedad del Barón de Beorlegui (el primer título nobiliario que se concedió en Navarra), lo que le permitía a este lugar ser considerado como señorío de realengo. Gobernaba el lugar un diputado, designado por su antecesor, y por los regidores del lugar, previamente elegidos por los vecinos.


En 1858 Gardaláin contaba con 59 habitantes; con 33 en 1887; con 54 en 1900; con 44 en 1910; con 43 en 1920; con 30 en 1930; con 26 en 1950; y con 9 en 1960. Es en esa década cuando, tras ser comprado el término por la Diputación Foral de Navarra, queda totalmente despoblado.
La guía “Navarra a la vista”, de carácter anual, en su número correspondiente al año 1944 informaba que ese año Gardaláin contaba con 30 habitantes de hecho, y 30 de derecho; decía también que su riqueza residía en la ganadería; e informaba que el párroco era don Sotero Elizari, que el propietario de la localidad era don Manuel González de Castejón (Barón de Beorlegui), y que quien explotaba sus terrenos era doña Teresa Armendáriz.
En la actualidad Gardalain pertenece al Patrimonio Forestal de Navarra, integrado en la finca denominada Ezprogui (integrada por los despoblados de Sabaiza, Usumbelz, Guetádar, Julio, Arteta, Loya, Gardalain, e Irangoiti), con importantes masas forestales de roble y de pino laricio, este último de repoblación y silvestre.

Patrimonio conservado
Acostumbrado en buena medida a recorrer despoblados y a comprobar una y otra vez el expolio al que han sido sometidos, la verdad es que resulta grato observar que en Gardalain, a pesar de la ruina total en la que se encuentra, y a pesar también del dolor que siempre produce el hecho de ver que donde ha habido vida e historia ahora hay silencio, ruina y soledad…; a pesar de todo ello hoy es el día en el que podemos decir que al menos algunas de las piezas importantes del patrimonio artístico de su iglesia parroquial de San Vicente están conservadas.
Por un lado en el Museo Diocesano se exhibe una talla de la Virgen, que parece que pudo formar parte de un Calvario; y en ese mismo lugar se guarda también una escultura de Santa Bárbara.

Y por otro lado hay que destacar que a mediados de los años setenta del siglo XX el arzobispado retiró de la iglesia de San Vicente dos piezas interesantes. Por un lado, de la sacristía se retiró un hermoso lavabo de piedra, o fuente, con la inscripción IHS / AÑO 1751, con su correspondiente desagüe con canalización de piedra; es una pieza que luce un marco rectangular moldurado, coronada en su parte superior por un frontispicio triangular, que aloja en su parte central una pequeña hornacina con su propio pedestal, de donde brota el agua; el frontal de este pedestal exhibe una curiosa cabeza humana tallada en la piedra. Y por el otro lado se retiró la pila bautismal, de trazo sencillo y simple, lisa –sin decoración alguna-, pero de una robustez extraordinaria; la línea superior del vaso presenta un trazo lobulado. Ambas piezas, oportunamente retiradas, se conservan desde hace unas décadas en la parroquia de San Blas, en Burlada (Navarra), cumpliendo con la función para la que fueron creadas, que es el mejor homenaje que se puede hacer a sus autores.

No siendo equiparable en grado de importancia, pero sí al menos digno de mención por lo que de intervención patrimonial supone, el pasado mes de octubre se hizo un amplio reportaje fotográfico de esta localidad para dejar constancia de su estado de conservación en ese momento (una selección de esas fotos pueden verse en el blog mencionado al principio). Así mismo se retiraron de entre las ruinas algunas herraduras de caballerías, destacando que una de ellas conservaba alguno de los clavos; y se retiraron también algunas muestras de elementos constructivos. Todo ello ya está catalogado.
A partir de aquí lo que queda ahora es bucear en el escaso patrimonio documental que sobre Gardalain se conserva en los diferentes archivos navarros. Aunque, sin duda, la prioridad en este momento es la de localizar y recoger el testimonio de aquellas personas que conocieron la vida cotidiana en este lugar. Para ello está también el blog en internet, y esta propia sección dominical, dos herramientas que hacen posible que personas como Blanca Elizari nos aporten el testimonio de que hace más de un siglo las niñas de Gardalain, de Julio, de Guetadar… se comunicaban a través de irrintzispara ponerse de acuerdo a la hora de salir al sitio de siempre a jugar juntas.

Hoy suenan de nuevo esos irrintzisdesde estas páginas haciendo un llamamiento para que todo aquél que guarde algún papel, alguna fotografía, o tenga algún testimonio que contar y que aportar a esta historia íntima de los despoblados de Ezprogui, para que a través del blog se ponga en contacto y contribuya con ello a preservar la historia que forjaron sus antepasados.

Diario de Noticias, 29 de noviembre de 2009
Texto: Fernando Hualde


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ÁLBUM FOTOGRÁFICO
(Octubre 2009) - Fotos: Fernando Hualde, Esteban Labiano





Vista desde las inmediaciones de Irangoiti




Monolito informativo




Conserva la forma del tejado, pero este ya desapareció




Parecía imposible acceder hasta la iglesia, pero...




...este es su acceso, y...




...esto es lo que queda en su interior



Otro panorama muy diferente a este era el que encontraban antaño al salir de la iglesia




Rincones con encanto, manualidad en la construcción





Son paredes con los días contados, tal vez otro fotógrafo ya no las pueda inmortalizar dentro de unos años


 
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GUÍNDANO ( NAVARRA)




Frontal del caserío de Guíndano. Edificios en ruinas, casas sin puertas, pueblo sin gente; esta es la realidad de un pueblo cuyo deterioro es progresivo y a un ritmo que se nos antoja excesivamente rápido.




ÁLBUM FOTOGRAFICO

IMÁGENES TOMADAS EN EL AÑO 1997 EN EL DESPOBLADO DE GUÍNDANO (URRAUL ALTO).

FOTOS: JUAN LUIS LANDA





La iglesia de San Julián, que antaño acogió las predicaciones del padre Esteban de Adoain, hoy está invadida por la vegetación.




La torre de la iglesia emerge, perfectamente camuflada en el paisaje, como magnífica atalaya desde la que se domina buena parte del valle de Urraul Alto





Las pinturas murales que en otro tiempo decoraron el interior de este templo sufren el mismo deterioro y la misma suerte que el resto del templo. Alguien pensó que no eran valiosas.





Así estaba la iglesia de Guíndano en 1997; hoy está mucho peor; y mañana...




Las solemnidades religiosas de otro tiempo han dado paso al abandono y a la ruina. La Virgen se llevó a la iglesia de Arce; y se ausentó el retablo, y con él todas las imágenes. San Julián ya no tenía quien le rezase.


 
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GURBIZAR ( NAVARRA)




Iglesia de Santa Cecilia.- Le falta la cubierta y una de las cuatro paredes.




ALBUM FOTOGRÁFICO
IMÁGENES TOMADAS EL 25 DE OCTUBRE DE 2010 POR FERNANDO HUALDE




Las eras, junto a la iglesia, donde antaño trillaban los vecinos, son hoy maleza y bosque.





La ausencia de campanas en las espadaña de la iglesia es el símbolo del silencio que desde hace unas décadas impera en el antiguo caserío y lugar de Gurbizar.





La otra cara de la espadaña es la que mira al interior de la iglesia. Ese interior, impenetrable, es hoy un amasijo de piedras, vigas, tejas, y maleza. Durante siglos hicieron allí su vida los vecinos de este lugar; allí eran bautizados, allí celebraban sus oficios religiosos, y allí eran despedidos al final de su vida para ser posteriormente enterrados en el cementerio que entonces compartían Gurbizar, Urniza y Larraingoa. De aquellos siglos de vida religiosa, estas piedras son hoy el único testigo.





Esta era, y es, la entrada al pueblo, bien si se venía desde Erro como si se venía por el viejo camino de Idoyeta. En primer término, cubierta por la hiedra, vemos lo que queda de una de las dos o tres casas que tenía Gurbizar. Apenas un lienzo de muro es lo que hoy queda.





Esto es lo que queda de otra de las casas. Al margen de la presencia de algún individuo, ajeno al pueblo, que ocupó durante un tiempo lo poco que en Gurbizar quedaba para cobijarse, las casas de este lugar llevan medio siglo deshabitadas, al menos desde 1960. Hoy quedan en pie, como se puede ver, restos de dos de las viviendas que hubo, así como de la iglesia de Santa Cecilia, una calera, y restos de pared de la separación de las eras. Nada más. Y probablemente dentro de unos años estas fotos serán historia, pues es de suponer que a corto plazo quedará todo reducido a unos montones de piedras que dentro de unas décadas permitirán, al menos, situar el emplazamiento de un lugar que durante cientos de años tuvo vida.





He aquí los restos de una calera que todavía se conserva en el arranque del viejo camino que unía Gurbizar (valle de Erro) con Idoyeta (valle de Esteribar). La cal se ha empleado en estos lugares, durante siglos, para desparasitar los troncos de los árboles, para desparasitar las paredes de las casas, para blanquear los interiores de las viviendas, y para remarcar los vanos de las casas (puertas y ventanas) haciéndolas así más visibles desde el exterior en aquellas épocas en las que no había luz eléctrica.




En medio de la ruina y del silencio, se alza este monolito al aita Santiago, de su esposa Fani y de sus hijos. Sirva este hermoso detalle, también, de homenaje y recuerdo a todas aquellas personas que año a año, siglo a siglo, generación tras generación, dieron vida a este lugar de Gurbizar.


 
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IRANGOITI ( NAVARRA)






Ubicación

Se encuentra este despoblado en el término de Ezprogui, antiguo “Val de Aibar”, ubicado entre los despoblados de Gardalain, Guetadar y Usumbelz. Desde la localidad de Moriones, por encima de su cementerio, sale una pista hacia Guetadar. Poco después de pasar la compuerta del barranco de Gardalain sube un camino hacia la derecha que en 30 minutos nos sitúa ante las ruinas de Irangoiti.

Etimología
La existencia de esta localidad a lo largo de los siglos ha quedado reflejada en los documentos con el nombre de Irangoiti, Irangote, Irangot, y Arangoiti.







Historia
Los primeros documentos sobre esta localidad datan del año 1196, que acreditan que el monasterio de Leyre y Santa María de Roncesvalles eran propietarios de heredades en esta localidad.
Su población ha sido siempre reducida; en el año 1366 contaba con un fuego hidalgo, y en el año 1427 aparece ya como despoblado. Posteriormente ha tenido ocasionalmente algunos vecinos. De hecho su iglesia, o ermita de Nuestra Señora de Irangoiti, ha contado durante mucho tiempo con su propio ermitaño; y en el año 1800 se sabe que los 43 vecinos foranos del lugar se reunían en este templo una vez al año.

La imagen de la Virgen de Irangoiti, que actualmente se conserva en el Museo Diocesano de Navarra, era considerada patrona de La Vizcaya.
En la actualidad Irangoiti pertenece al Patrimonio Forestal de Navarra, integrado en la finca denominada Ezprogui (integrada por los despoblados de Sabaiza, Usumbelz, Guetádar, Julio, Arteta, Loya, Gardalain, e Irangoiti), con importantes masas forestales de roble y de pino laricio, este último de repoblación y silvestre.

Estado de conservación
En octubre de 2009 se conservan en pie las paredes de la iglesia, sin cubierta, exhibiendo esta su espadaña. La sacristía conserva la mitad de su cubierta (laja y teja curva), pero con riesgo grave de derrumbe. Se conservan también restos de tres o cuatro edificaciones, tan solo algunos tramos de sus paredes. Todo está tomado por la maleza excepto el interior de la iglesia y de la sacristía, en donde se detecta la presencia habitual de yeguas que parecen buscar refugio en ese edificio.
Frente a la iglesia se aprecia lo que en otro tiempo fue una era; y llama la atención en este lugar un gran montón de piedras, lajas, tejas y ladrillos rectangulares compactos de barro cocido, con los que parece que se está queriendo tapar un pozo o algo similar.
Los caminos de acceso a esta localidad son de los denominados de herradura, si bien por la parte norte se puede llegar en un vehículo todoterreno, por una pista, hasta muy cerca de la localidad (300 metros aproximadamente).
Intervenciones patrimoniales
Se retira, para su catalogación, un ladrillo artesanal, de forma rectangular, compacto, de barro cocido, hecho en horno de tejería con molde. Es el elemento empleado en la construcción de algunas paredes, aunque la mayoría son de piedra.Se hace un amplio reportaje fotográfico del estado actual de los edificios y de numerosos detalles constructivos.

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IRANGOITI, UN DESPOBLADO ENTRE DESPOBLADOS


El Gobierno de Navarra es propietario de la finca forestal de Ezprogui, en la antigua Val de Aibar, en cuyo interior alberga casi una decena de despoblados. Hoy nos acercamos al más antiguo de todos ellos, a Irangoiti.

No se moleste el lector en hacer memoria, que de no ser oriundo de la zona es muy difícil que alguien conozca el despoblado de Irangoiti. No es un lugar por el que se pase habitualmente, ni posee precisamente grandes centros comerciales, ni tan siquiera pequeños. Lo que hay hoy en Irangoiti es soledad, ruina, y silencio total. Antaño fue otra cosa. Hace ya muchas décadas que sus casas están abandonadas, de hecho ninguna casa queda en pie, tan solo algunos lienzos de pared; paredes de piedra, por supuesto. La iglesia sí; la iglesia, como suele decir Faustino Calderón, experto en despoblados, “es la última en abandonar el barco”, y todavía sus cuatro paredes siguen en pie. Basta con ver como está construida y apoyada sobre el terreno para darse cuenta de que tardará todavía mucho en caer.

En Ezprogui
Para quien tenga curiosidad –y si escribo sobre esta localidad es para despertar la curiosidad- diremos que se encuentra este despoblado en el término de Ezprogui, antiguo “Val de Aibar”; ubicado concretamente entre los despoblados de Gardalain, Guetadar y Usumbelz, lo cual nos da idea del índice demográfico que hay en esa zona, una zona que en pocos kilómetros cuadrados bate el record de despoblados. Desde la localidad de Moriones, por encima de su cementerio, sale una pista hacia Guetadar. Poco después de pasar la compuerta del barranco de Gardalain sube un mal camino hacia la derecha que en 30 minutos nos sitúa ante las ruinas de Irangoiti, una de esas localidades en las que la vegetación ha vuelto a ocupar su sitio, y en donde todavía la espadaña de la iglesia se alza más alta que ningún árbol. No se ve la localidad hasta que no estás a diez metros de ella.

Si tuviésemos que hacer un análisis de su estado de conservación –que no creo que nadie nos lo pida- diríamos que en octubre de 2009, el pasado martes para ser más exactos, se conservan en pie las paredes de la iglesia, sin cubierta, exhibiendo esta su desnuda espadaña, ocupada en otro tiempo por una única campana. La sacristía conserva la mitad de su cubierta, lo que nos permite ver que en los tejados de esa zona predominan la laja y la teja curva (la segunda colocada siglos después sobre la primera. Pero la sacristía no invita a estar contemplando la composición del tejado, pues el riesgo de derrumbe es evidente.

Se conservan también restos de tres o cuatro edificaciones, tan solo algunos tramos de sus recias paredes. En una de ellas el color negruzco de la piedra nos delata dónde estuvo el fogón en su día. El sistema de construcción es el tradicional, es decir, a base de piedra, con paredes revocadas por su parte interior; en algunos casos se detecta en la estructura interna de las viviendas algunas paredes de ladrillo, sobra decir que hablamos de un ladrillo hecho artesanalmente a base de barro cocido, y compacto; todas esas cargas de ladrillo han tenido que ser subidas hasta allí a lomos de caballerías, procedentes de la tejería más próxima que hubiese en esa zona, tal vez en Moriones, o en Sada, ¿quién sabe?.

Todo en Irangoiti está tomado por la maleza excepto el interior de la iglesia y de la sacristía, en donde se detecta, a través de los excrementos, la presencia habitual de yeguas que parecen buscar refugio en ese edificio convirtiéndose en improvisados habitantes; hay que reconocer que si no fuese por las yeguas es muy probable que Irangoiti fuese hoy un despoblado totalmente inaccesible, que es lo que pasa con Gardalain, en el monte de enfrente. Aún y todo las hiedras, el rosal silvestre, y todo lo que a nivel popular denominamos como zarzas va extendiéndose hasta llegar a ocultar buena parte de esas ruinas, entremezclándose con las vigas caídas, con las vigas de roble que todavía resisten en su sitio, y con las piedras y lajas que se amontonan desordenadamente. Entre toda esta maraña descubro, como en tantos otros sitios de Navarra, algunos inconfundibles puntales de almadía, y de una antigüedad más que considerable; son maderas que han crecido en el Roncal o en Salazar, y que han navegado por el río Aragón hasta las inmediaciones de esos lugares repartiéndose entre los entramados de sus edificios.

El Arzobispado, décadas atrás, se ocupó de desmontar el crismón que había en esta iglesia de la Asunción (o ermita de Ntra. Sra. de Irangoiti), y hoy es el día en el que podemos verlo recolocado en la parroquia de San Blas, en Burlada.
Frente a la iglesia se aprecia lo que en otro tiempo fue una era; y llama la atención en este lugar un gran montón de piedras, lajas, tejas y ladrillos rectangulares compactos de barro cocido, con los que parece que se está queriendo tapar un pozo o algo similar.
Los caminos de acceso a esta localidad son de los denominados de herradura, si bien por la parte norte se puede llegar en un vehículo todoterreno, por una pista, hasta muy cerca de la localidad (300 metros aproximadamente).

Historia
Irangoiti, que en los documentos antiguos podemos encontrarlo también escrito como Irangot, Irangote, o Arangoiti, tiene también su propia historia, una historia que además nos desvela que probablemente sea la localidad más antigua de todo el entorno.
Los primeros documentos que aluden a la existencia de esta localidad datan nada menos que del año 1196, y acreditan que el monasterio de Leyre y Santa María de Roncesvalles eran propietarios de heredades en esta localidad.

La población de Irangoiti, al igual que sucede con todos los despoblados que rodean esta localidad, ha sido siempre reducida; en el año 1366 contaba con un fuego hidalgo, y en el año 1427 aparece ya como despoblado. Posteriormente ha tenido ocasionalmente algunos vecinos, gracias a los cuales hoy podemos ver unos vestigios. De hecho su iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, o ermita de Nuestra Señora de Irangoiti, ha contado durante mucho tiempo con su propio ermitaño; y en el año 1800 se sabe que los 43 vecinos foranos del lugar se reunían en este templo una vez al año; era algo así como la capital de La Vizcaya, una comarca natural de gran peso en esa zona; de hecho, y sirva el dato para calibrar la importancia de este lugar, la imagen de la Virgen de Irangoiti, que actualmente se conserva en el Museo Diocesano de Navarra, era considerada patrona de La Vizcaya.
En la actualidad Irangoiti pertenece al Patrimonio Forestal de Navarra, integrado en la finca denominada Ezprogui (integrada por los despoblados de Sabaiza, Usumbelz, Guetádar, Julio, Arteta, Loya, Gardalain, e Irangoiti), con importantes masas forestales de roble y de pino laricio, este último de repoblación y silvestre.

Diario de Noticias, 25 de octubre de 2009
Autor: Fernando Hualde



ÁLBUM FOTOGRÁFICO DE IRANGOITI
Octubre 2009 - Fotos: Fernando Hualde y Esteban Labiano




Espadaña sin campanas en la iglesia de Irangoiti




La naturaleza va recuperando su sitio




En Irangoiti ya no quedan puertas, ni tampoco quien las abra




Interior de la iglesia





Lajas y piedras con siglos de antigüedad




Pared-contrafuerte diseñada para aguantar siglos




Piedras esquineras y espadaña, frente a frente.



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EL CRISMÓN DE LA IGLESIA DE IRANGOITI






El 31 de diciembre de 1987 fue retirado el pétreo crismón de la iglesia de Irangoiti. La pieza fue retirada por los sacerdotes José Luis Irigoyen y Eugenio Lecumberri, que cargaron a hombros con ella hasta el repetidor de Abínzano, que es hasta donde pudieron acercar un vehículo.
El crismón fue colocado en la parroquia de San Blas, ubicada entonces en una bajera. Posteriormente, al trasladarse la parroquia al convento de las Siervas de María, fue recolocada en esa iglesia, acompañada de la pila bautismal de la iglesia de Gardaláin.

Se calcula que esta pieza, de unos 30 centímetros de diámetro, por su sencillez y su caligrafía, data de principios del siglo XII. Es de inspiración aragonesa; no hay que olvidar que el lugar fue señorío de los reyes de Aragón hasta mediados del siglo XII.
Se dice que el crismón es una respuesta a la herejía arriana, que hacia el año 1000 defendía que Jesucristo no era Dios. La iglesia católica respondió a esta herejía con la celebración de un concilio extraordinario, de donde salió la iniciativa de colocar sobre la puerta de los templos estos anagramas que simbolizan el carácter trinitario de Dios. El crismón tenía además otra simbología; se entendía que quien pasaba por debajo de él aceptaba que Dios era uno y trino, y que así rechazaba y renegaba de la herejía arriana.

Lo que vemos en el crismón es la superposición de las letras P (Pater), X (Cristus), y la S (Spíritus); flanqueadas a su vez por las letras griegas Alfa y Omega, que aluden a Cristo como principio y fin. En este caso concreto de Irangoiti, y en algunas otras excepciones, vemos que se ha colocado intencionadamente primero la letra Omega y después la letra Alfa, alteración esta que esconde el mensaje funerario de que en la vida de los cristianos el fin de la vida terrena (Omega) es el comienzo de la vida del Cielo (Alfa).
Fue el rey Sancho Ramírez de Aragón y de Navarra quien, al regreso de un viaje a Roma, impulsó en esta tierra la colocación de los crismones trinitarios.


 
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ISO ( NAVARRA)





NOTA.- En el año 2009 se inauguró la variante del puerto de Iso. Este hecho permite hoy que las ruinas de esta localidad sean mucho más accesible, y queden al descubierto, visualmente, de cuantos circulan por esa carretera.


ISO, EL ÚLTIMO DESPOBLADO DEL ROMANZADO

Muy próxima a la foz de Arbayún, en concreto a su mirador, se encuentra la pequeña localidad de Iso, lugar tutelado del valle del Romanzado. Hace pocos años que dejaron de residir en ella sus últimos moradores. Nos acercamos hoy a sus ruinas, con todo el lenguaje que éstas tienen, y las mostramos aquí conscientes de que en breves años poco será ya lo que quede de la estructura de estas casas.

Hace apenas un par de domingos repasábamos aquí la historia de Navarzato, la que fuera octava villa roncalesa, y que quedó despoblada durante la segunda mitad del siglo XIII. La devoción a San Sebastian había hecho posible que casi ochocientos años después su iglesia, dedicada a este santo, no sólo seguía en pie, sino que además lo hacía en un aceptable estado de conservación.

Pues bien, desde estas mismas páginas vamos a asistir hoy a un caso muy diferente. Nos vamos a acercar a la localidad de Iso, en el Romanzado; una localidad en la que hace escasos años todavía estaba habitada –al menos hasta 1981-, y de la que la Gran Enciclopedia Navarra, editada en 1990, nos hace una breve descripción de cómo era entonces la iglesia de San Fructuoso. ¿Es posible que en tan pocos años esta iglesia haya sufrido semejante deterioro?; pues sí, esta es la realidad, basta con ver las casas, y su rápido proceso ruinoso, para entender la situación actual de Iso.







El pueblo
La localidad está situada en el valle del Romanzado, muy cerca de la carretera que une Lumbier con Navascués. Junto al alto de Iso (670 m.), antesala de la conocida Foz de Arbayún, y ascendiéndolo desde la parte de Lumbier, parte una pista por el lado izquierdo que nos lleva, en un kilómetro, hasta este lugar del Romanzado.
Reconozco que hay ocasiones en las que me da un poco de miedo dar a conocer, o promocionar, estos rincones de la geografía foral, tanto más cuando veo que en el caso concreto de Iso algunas cuadrillas de..., vamos a llamarles mozalbetes para no caer en palabras mayores, han hecho de estos despoblados su cuartel general bajo un disfraz ácrata de “okupas”, dejando a su paso una triste y penosa huella perfectamente palpable y visible en cada una de sus casas. Han pintado sus paredes con frases de dudoso gusto, han roto puertas, ventanas y tabiques, han irrumpido en el cementerio profanando todo vestigio religioso –en este caso los medallones de las lápidas-, y han dejado sus desperdicios bien esparcidos. ¡Algo peor son estos carroñeros que los que habitan los roquedos de la cercana foz!. Esto explicaría un poco, en Iso, el actual estado ruinoso de sus casas e iglesia. Por supuesto que las inclemencias metereológicas y la ausencia de una mano amiga que mime un poco el entorno han hecho todo lo demás. A día de hoy, que yo sepa, tan sólo algún ganadero se aprovecha, para sus rebaños, del cobijo que todavía pueden prestar estas ruinas.

Como cosa curiosa, en su día alguien colocó en uno de los edificios una puerta metálica grande tras la cual intuyo que se guardaría el tractor. La puerta conserva todavía hoy su letrero con el ruego de que no se aparque delante. Ironías de la vida.
Por lo demás uno no deja de sentir un pequeño escalofrío al contemplar los vestigios de la iglesia de San Fructuoso, por no hablar de la bonita chimenea que subsiste en una de las casas, o de las portaladas de estas, o de las puertas arrancadas y tumbadas, o del bonito empedrado que todavía se conserva en el suelo de las entradas de esas viviendas. Todo, absolutamente todo, tiene su lenguaje. Todo nos transmite algo. Y en el caso de Iso se adivina un pueblo que ha vivido siempre para la ganadería; y se adivina un estilo de vida sencillo, austero. Y está allí, sólo, abandonado, perdiéndose, esperando a que tal vez con la próxima nevada acaben de hundirse sus tejados, que la chimenea se venga abajo, que los suelos de los pisos cedan, que las vigas de madera se pudran para siempre. La huella del tiempo es irreversible en estos lugares.

Con un poco de cuidado, pues el peligro es claro, todavía puede observarse desde los huecos la estructura interna de sus casas, la cocina, las habitaciones, las cuadras con sus pesebres, las escaleras. Por no hablar de la iglesia, que ha perdido ya buena parte de su bóveda mostrándonos sus paredes desnudas. Quedan en ella los anclajes que sujetaban el retablo, quedan en sus paredes los restos de pintura que las revestían, quedan las capillas laterales con sus ventanas saeteras y sin más adorno que la propia pared, queda empotrada en el muro lo que pudo ser un aguabenditera, queda un bonito arco en piedra de arenisca como acceso a una de esas capillas –se me antoja que puso ser esa la sacristía-, queda..., no, no queda nada más. Tengo que recurrir a la Enciclopedia General Ilustrada del País Vasco (Editorial Auñamendi) para ver en una fotografía cómo era antaño la imagen exterior de esa iglesia dedicada a San Fructuoso, quien fuera patrón de este lugar, y a quien cada 20 de enero honraban dedicándole unas sencillas fiestas patronales. Las otras fiestas de Iso eran el 15 de mayo, para honrar a San Isidro.

Enciclopedia Navarra (CAN, 1990) sabemos que la parroquia de San Fructuoso conservaba –y en buena medida todavía la conserva- su aspecto primitivo de origen medieval “con torre prismática sobre el último tramo de los pies”. Dicen también que la pieza más importante de esta parroquia era la Cruzparroquial de plata, actualmente a buen recaudo en el Museo Diocesano de Pamplona.
Y allí está también, no muy apartado, el cementerio de este lugar. Una puerta de hierro, coronada con una sencilla cruz, es la que da acceso al camposanto. Su interior está totalmente cubierto de maleza, y entre esta todavía se alzan tres lápidas que nos hablan de fallecimientos en los años 1931, 1937 y 1948; en ellas se recogen apellidos como Melero, Aristu, Escujuri...; una de ellas acoge los restos de un sargento de requetés, Gregorio Machín Melero, del Tercio Navarra, que murió en el año 1937 en el frente de Extremadura. Son vestigios de otros tiempos, de otras épocas, ya nadie les pone flores, ni limpia el camposanto, incluso el camino de acceso se ha perdido.







Su historia
Iso ha sido siempre una localidad de pequeño tamaño. Sabemos que en el año 1427 y en 1553 contaba tan sólo con cuatro fuegos; y con tres en el año 1646. Cabe pensar que nunca llegó a tener más casas que las que ahora a duras penas sobreviven. El mayor número de habitantes que se le conoce es en el año 1857, con 38 habitantes; bien aprovechadas tuvieron que estar esas casas. En 1963 contaba con 3 habitantes, y 2 en 1970.

Lo cierto es que tampoco atesora mucha historia este lugar. De la historia humana de sus gentes –de la que tantas veces nos olvidamos- poco se sabe, nadie se ha preocupado de rescatarla, y bueno sería que alguien se preocupase de recoger, al menos, los testimonios de sus últimos moradores.
Por lo demás sabemos que en el año 1102 los vecinos de Iso eran infanzones, y que en aquél lejano año habían invadido los terrenos del término de Santa María de Uarra, propiedad del monasterio de Leire. Aquella acción nos sirve para saber hoy que, al menos en el siglo XII, la localidad de Iso ya existía. Y sabemos igualmente que en el siglo XV todos sus vecinos gozaban de la categoría de hidalgos.







La localidad asistió en el siglo XIX a un episodio bélico importante. El 15 de junio de 1809, cuando un destacamento de las tropas francesas invasoras atravesaban este lugar dispuestos a dar un buen escarmiento a los valles pirenaicos navarros, se vieron sorprendidos por la acción guerrillera de los roncaleses quienes, no solo frenaron su avance, sino que les obligaron a replegarse hasta Lumbier, a la vez que les causaban nada menos que 130 bajas.
Dicen que hasta las reformas municipales de 1835-1845 la localidad era gobernada por los diputados del valle del Romanzado y por un regidor del lugar, elegido este último por turno entre las tres casas existentes.

En esa época, según nos cuenta Madoz en su diccionario, la parroquia estaba servida por un abad de provisión elegido por los vecinos. Y nos ampliaba la información de esta localidad dando a conocer que “junto a las casas hay una fuente para el surtido del vecindario”. El correo se recibía desde Lumbier, y el pueblo producía trigo y algunas hortalizas y legumbres, a la vez que criaba ganado vacuno y lanar. Este mismo diccionario, además de decirnos que en ese momento la localidad contaba con 24 vecinos, nos dice que el terreno de Iso es de secano y estéril, que atraviesa el término el río Salazar, y que tiene este un puente sobre la carretera que de Navascués y Roncal conduce a Lumbier pasando por este lugar. Todo parece indicar que en aquellos años de mitades del siglo XIX la carretera, por la que únicamente circulaban caballerías, carros y alguna diligencia, tan sólo permitía a estos vehículos recorrer los valles de Salazar y el Almiradío de Navascués; el puerto de Iso era accesible sólo con caballerías. Es por ello que en el año 1858 los valles de Roncal y de Salazar impulsaron la construcción de la carretera en el puerto de Iso para poder circular así hasta Lumbier. Ese conjunto de curvas que hoy conocemos junto a la Foz de Arbayún fue el que rompió el aislamiento orográfico a que estaban sometidos roncaleses y salacencos.







Curiosamente, a día de hoy, este mismo puerto vuelve a ser caballo de batalla para el Almiradío y para el Valle de Salazar. Es una barrera que dificulta seriamente su desarrollo. Por ejemplo, un camión cargado de vigas no puede atravesar este puerto. Y teniendo en cuenta que esta es la única vía de acceso al Salazar desde Pamplona se convierte este puerto en un obstáculo importantísimo para el desarrollo de la zona. Y el proyecto de variante de Iso hace años que está sobre los planos, pero como los salacencos son pocos votos para nuestros gobernantes intuyo que tardarán en salir de ese aislamiento tercermundista a que se les somete desde la Administración; la misma Administración, por cierto, que estos días vende en FITUR las maravillas del Pirineo navarro, la belleza de sus pueblos y de sus parajes, la selva del Irati... Solo les falta acordarse del hombre pirenaico. ¿Es mucho pedir?.
En fin, aunque el desahogo siempre es bueno, vamos a dejarnos de llantos plañideros que raras veces suelen servir de algo. Bien se vale de que al menos hace casi siglo y medio se hizo aquella carretera; de no haber sido así todavía veríamos hoy a los salacencos saliendo de su valle en almadías atravesando la Foz de Arbayún.






Es precisamente desde esa carretera que sube desde Navascués hacia el mirador de la Foz de Arbayún desde donde, en una de sus curvas, se llega a ver el pueblo de Iso. El progresivo deterioro de la localidad permite intuir que en los próximos años asistiremos al hundimiento definitivo de todos los tejados, con la consiguiente repercusión en el resto de la estructura de las casas. Es ley de vida; pero no estaría de más que desde el Servicio de Patrimonio del Gobierno de Navarra, si es que no se ha hecho ya, se procediese a la catalogación de cada uno de los edificios de Iso, es decir: fotografías, medidas, planos, etc. No deja de ser una parte importante de nuestro patrimonio histórico, cultural y humano.

Diario de Noticias, 1 de febrero de 2004
Autor: Fernando Hualde


 
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JULIO ( NAVARRA)





INFORMACIÓN GENERAL


Ubicación

Se encuentra este despoblado en el término de Ezprogui, antiguo “Val de Aibar”, ubicado entre la localidad de Moriones y el despoblado de Guetadar. Desde la localidad de Moriones, por delante de su cementerio, sale una pista que pasa por Loya y Arteta, antes de llegar a Julio, que lo encontramos en el lado derecho de la pista debidamente anunciado con el clásico monolito que en su día se puso para anunciar a los despoblados de esta finca.

Historia
Es muy poco lo que se sabe de esta localidad. Además de su condición de señorío, sabemos de Julio que en el año 1802 era uno de los siete lugares que integraban la Vizcaya del valle de Aibar. De esos siete lugares, cuatro (Julio, Usumbelz, Guetadar y Arteta) pertenecían al mayorazgo de Mendinueta. En aquél año contaba este lugar con dos casas habitadas por un total de 18 personas. El gobierno sin embargo era el que tenían allí los señoríos de realengo, es decir, dependía del diputado del valle y de los regidores del lugar, elegidos por los propios vecinos.

Las reformas municipales de 1835-1845 trajeron consigo la disgregación del valle de Aibar como unidad administrativa, y desde entonces el lugar de Julio pasó a formar parte del municipio que hoy se denomina Ezprogui.
En 1845 seguía teniendo dos fuegos; 19 habitantes en 1852; 17 en el año 1887. En los años 1900 y 1910 Julio no figura en los Nomenclátores de población, y sí que lo hace en el de 1920 apareciendo allí como despoblado. Sin embargo en 1930 lo volvemos a ver con 4 habitantes; 1 habitante en 1940; y a partir de 1950 figura ya como despoblado. Sirva como dato para concretar más el momento de su despoblación definitiva que en la Guía de Navarra de 1944 ya no figura como lugar habitado.

Las fiestas de Julio se celebraban el 7 de octubre, festividad de la Virgen del Rosario, limitándose su celebración en las cuatro primeras décadas del siglo XX a un acto religioso y a una comida un poco especial.
En la actualidad Julio pertenece al Patrimonio Forestal de Navarra, integrado en la finca denominada Ezprogui (integrada por los despoblados de Sabaiza, Usumbelz, Guetádar, Julio, Arteta, Loya, Gardalain, e Irangoiti), con importantes masas forestales de roble y de pino laricio, este último de repoblación y silvestre

Estado de conservación
De este lugar podríamos decir que únicamente queda un edificio, que parece que pudo haber sido el principal. Está totalmente hundido su interior, y prácticamente inaccesible. La parte superior del vano de la puerta está compuesta de dos grandes piedras adinteladas, y entre ambas se aprecia la presencia de un buen ejemplar de clavo de forja, tipo tachón, de cabeza redonda. Dentro de la estructura interna de este edificio se observa que las vigas han sido cortadas con motosierra, y posiblemente reutilizadas por alguien que se las llevó.

El edificio no se puede rodear a causa de la maleza; y en el entorno se llegan a ver restos de otras edificaciones más pequeñas (tal vez corrales).
De la segunda casa que hubo en Julio, y de su primitiva iglesia de San Julián (dependiente de la de Guetadar), tan sólo quedan hoy algunas piedras.

Intervenciones patrimoniales
El 27 de octubre se retira de entre las ruinas, para su catalogación y conservación, un ejemplar de teja curva, de hechura rústica, elaborada tal vez en alguna tejería del entorno. Se aprovecha para hacer un amplio reportaje fotográfico que constate el estado de conservación, en esa fecha, de este despoblado.


ANECDOTARIO

Nevar en Julio

Dentro de lo que es el patrimonio oral se tiene constancia de que a mediados del siglo XX vivía en Lumbier un señor mayor, Hilario Armendáriz Zuazu, que había nacido en este lugar de Julio el 21 de octubre de 1889; y a los niños les decía que él había visto muchas veces nevar en Julio; y ellos le miraban con admiración, sin saber que Julio era el nombre de una localidad, y que nada tenía que ver con el mes séptimo del año.




Documento de Hilario Armendariz



Los últimos

El 26 de diciembre de 1930 nacía en esta localidad Marino Armendáriz Zaratiegui, hijo de Antonio y de Eulalia (esta última natural de Uzquita); fue la última persona que nació en Julio. Acudía Marino a la escuela de Guetadar; y recordaba que su padre acostumbraba a ir periódicamente, con una caballería, de compras a Sangüesa; “regresaba cuando ya era de noche”, rememoraba Marino. Y recordaba también que durante la guerra se trasladaron todos a vivir, temporalmente, a Guetadar, concretamente a la casa de la Abadía; allí le tocó hacer la primera comunión. Finalizada la contienda regresaron de nuevo a Julio. En el año 1940 tomaron la dolorosa decisión de marchar de allí, trasladándose la familia a vivir a San Martín de Unx.

Tan solo quedó en Julio, como último vecino, Delfín Armendáriz (hermano de Antonio y tío de Marino); un personaje tímido, algunos de quienes le conocieron lo describen como huidizo, que se escondía de la gente. Desde San Martín de Unx subían periódicamente a visitarle, y en el año 1943 su familia, al encontrarlo enfermo, le forzó a abandonar el lugar, y lo trasladaron a vivir con ellos. Un mes después la enfermedad pudo con él, y fallecía en San Martín de Unx.



ARTÍCULOS

JULIO, OTRO PUEBLO EXTINGUIDO






En lo que antaño fue la Val de Aibar, en pleno monte de la Bizkaia, todavía hoy pueden llegar a verse los restos de un antiguo núcleo de población en el que desde hace setenta años ya no vive nadie. Su nombre es Julio.
Hace unas cuantas décadas, sin llegar al medio siglo, había en Lumbier un señor que solía sorprender a los niños contándoles que él había visto nevar en Julio. Y, ciertamente, aquellos niños lumbierinos se quedaban boquiabiertos oyendo aquello; les parecía sorprendente que aquél señor de la boina hubiese llegado a conocer semejante fenómeno meteorológico en plena estación estival. No sospechaban aquellos mozalbetes que en la Navarra media Julio era algo más que el séptimo mes del año, e Hilario Armendáriz Zuazu, que así se llamaba aquél señor nacido un 21 de octubre de 1889, jugaba con esa baza. Y además tenía razón el buen hombre; él había visto nevar en Julio, su pueblo natal, de la misma manera que estos días del estrenado año 2010 sigue nevando en Julio.







Ubicación
Y estoy convencido que la mayoría de los lectores que hoy leen este reportaje estarán pensando aquello de que “pues yo tampoco sabía que en Navarra hubiese una localidad que se llamase Julio”.
¿Dónde está Julio?. Como referencia tenemos que situarnos, cerca de Aibar, en la localidad de Sada. Desde allí una pequeña carretera nos lleva hasta la localidad de Moriones, término de Ezprogui, antiguo Val de Aibar. Desde esa localidad, por delante de su cementerio, sale una pista que pasa por Loya y Arteta, en dirección a Guetadar. A Julio lo encontramos, después de Arteta, en el lado derecho de la pista debidamente anunciado con el clásico monolito que en su día se puso para anunciar a los despoblados de esta finca. Si no fuese por ese hito anunciador es fácil que a cualquier caminante que pase por allí le pase totalmente desapercibida la presencia a escasos metros de las ruinas de una localidad; la vegetación eclipsa cualquier atisbo de huella humana. Hace muchas décadas que allí ya no vive nadie; ni allí ni en todos esos pueblos del entorno que configuran lo que a nivel popular se denomina La Vizcaya, o La Bizkaia. Probablemente Hilario Armendáriz habría sido una de las últimas personas en nacer allí.






Estado de conservación
De este lugar podríamos decir que únicamente queda un edificio, que parece que pudo haber sido el principal. Está totalmente hundido su interior, y prácticamente inaccesible; las tejas, las piedras, y pequeños restos de la primitiva carpintería, se amontonan en el interior entremezclados con la vegetación. La parte superior del vano de la puerta está compuesta de dos grandes piedras adinteladas, y entre ambas se aprecia la presencia de un buen ejemplar de clavo de forja, tipo tachón, de cabeza redonda. Dentro de la estructura interna de este edificio se observa que las vigas han sido cortadas con motosierra, y posiblemente reutilizadas por alguien que se las llevó; es esta una práctica muy habitual que se da en no pocos despoblados, sobre todo si las vigas son de roble.

El edificio no se puede rodear a causa de la maleza; y en el entorno se llegan a ver restos de otras edificaciones más pequeñas (tal vez corrales).
Las pocas tejas que todavía se ven entre los escombros se corresponden con el prototipo de teja curva, o árabe, pero no son de fabricación industrial, sino rústica, manual, elaboradas probablemente en alguna tejería del entorno. Aprovecho para recordar una curiosidad sobre las tejas curvas; estás tejas se elaboraban antiguamente a mano, y la curvatura se conseguía utilizando la pierna como molde a la hora de darles forma; los tejeros, sentados en una silla, apoyaban la plancha de arcilla sobre su pierna y sobre esta le daban forma; es por ello que las tejas tradicionales son mas anchas de un lado que de otro, la parte estrecha se corresponde con la zona más próxima a la rodilla cuando se moldea.







Historia
Es muy poco lo que se sabe de esta localidad. Además de su condición de señorío, sabemos de Julio que en el año 1802 era uno de los siete lugares que integraban la Vizcaya del valle de Aibar. De esos siete lugares, cuatro (Julio, Usumbelz, Guetadar y Arteta) pertenecían al mayorazgo de Mendinueta. En aquél año contaba este lugar con dos casas habitadas por un total de 18 personas. El gobierno del lugar sin embargo era el que tenían allí los señoríos de realengo, es decir, dependía del diputado del valle y de los regidores del lugar, elegidos por los propios vecinos. Es fácil suponer que el regidor sería siempre de la familia; tan sólo dos casas habitadas no daban para mucho en este sentido.
Las reformas municipales de 1835-1845 trajeron consigo la disgregación del valle de Aibar como unidad administrativa, y desde entonces el lugar de Julio pasó a formar parte del municipio que hoy se denomina Ezprogui.

En 1845 seguía teniendo dos fuegos; 19 habitantes en 1852; 17 en el año 1887. En los años 1900 y 1910 Julio no figura en los Nomenclátores de población, y sí que lo hace en el de 1920 apareciendo allí como despoblado. Sin embargo en 1930 lo volvemos a ver con 4 habitantes; 1 habitante en 1940; y a partir de 1950 figura ya como despoblado. La verdad es que cuesta imaginárselo habitado, sobre todo si tomamos conciencia de que hace unas décadas no existía la pista que hoy recorre toda la zona; yo, incluso, me arriesgo a pensar que en esos pueblos pudo haber nacido gente que a lo largo de toda su vida nunca salió de allí. En fin, que la imaginación es libre.

Sirva como dato para concretar más el momento de su despoblación definitiva que en la Guía de Navarra de 1944 ya no figura como lugar habitado. El 11 de octubre de aquél año de 1944 la Diputación Foral de Navarra compraba los términos de Arteta, Julio, Guetadar y Usumbelz, que sumaban un total de 1.349 hectáreas; a partir de ese momento, poco a poco se irían comprando nuevos términos del entorno: Sabaiza (927’18 hectáreas) se compró el 13 de mayo de 1960, Loya (208 hectáreas) se compró el 30 de noviembre de 1963, Gardalain (629’89 hectáreas) pasó a ser propiedad de la Diputación el 2 de octubre de 1964, y la última adquisición fue Irangoiti (330 hectáreas) el 16 de abril de 1969. Todos estos despoblados, con sus respectivos terrenos, configuran la finca forestal denominada inicialmente Ezprogui –aunque curiosamente el despoblado de Ezprogui queda fuera-, y actualmente llamada finca de Sabaiza; una finca con importantes masas forestales de roble y de pino laricio, este último de repoblación y silvestre.
Es así como Julio, que también da nombre allí a un monte, pertenece hoy al Patrimonio Forestal de Navarra. Vida humana ya no hay, desde hace setenta años, pero… sigue nevando en Julio.

"Diario de Noticias", 10 de enero de 2010
Texto y fotos: Fernando Hualde

 
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LAREQUI ( NAVARRA)






LAREQUI, MEMORIA DE UN PUEBLO QUE TUVO VIDA

En el valle de Urraul Alto encontramos la localidad de Larequi, deshabitada, cuyas casas e iglesia nos permite hurgar en la vida que allí hubo hasta hace unos años.
Hace unos días me llamaron por teléfono, hecho este que desde luego no es novedoso; pero lo que sí se salía de lo normal es que quien llamaba era la Televisión Alemana, y además para explicar que estaban interesados en hacer un programa de televisión sobre los despoblados de la merindad de Sangüesa y los de la Alta Zaragoza. Y es allí donde uno empieza a descubrir que la existencia de pueblos despoblados no es algo muy común en Europa, y que una concentración de localidades abandonadas como la que aquí se da llama la atención en otros lugares, mientras que aquí, acostumbrados a vivir con esa realidad demográfica, no nos afecta en absoluto.

Sin embargo, independientemente de lo que nos afecte o de lo que llame la atención en otros lugares, nunca dejará de ser dramático que una localidad que durante siglos y siglos ha estado habitada acabe apagándose para siempre, cayendo sus casas, su iglesia, sus corrales, su cementerio…, hasta convertirse todo en un esqueleto pétreo y fantasmagórico.

Y, ciertamente, subsisten en Navarra, particularmente en la merindad de Sangüesa, decenas de localidades que a lo largo del siglo XX han quedado vacías; que han vivido en algún momento ese duro día en el que el último habitante, o la última familia, cierra con llave una puerta para nunca más abrirla, dejando atrás casas y calles, templo y caminos, a los que ellos dieron vida, y antes que ellos numerosas generaciones que les precedieron. Y a partir de ese momento…, silencio y soledad, maleza y ruina, nostalgia, y finalmente olvido.

Esto, precisamente, es lo que debió de pasar en casa Isquerrena, en la localidad de Larequi (Urraul Alto). Ellos fueron los últimos en resistir allí. Desconozco las circunstancias de su marcha; tal vez los cantos de sirena de la ciudad, tal vez alguna enfermedad, tal vez el aserradero de Ecay, tal vez…, ¡qué más da!. Lo cierto es que Larequi, tantos siglos habitado, quedó definitivamente vacío. Y allí que marché.






Camino de Larequi
Una vez enfilada la carretera local que te introduce de lleno en el valle de Urraul Alto, hay que enfilar nuevamente otra pequeña carretera, en el lado izquierdo, que viene anunciada con el letrero indicador de Ozcoidi. Por ella me metí.

En Ozcoidi, como siempre, me reciben los perros de la casa Txandía, bastante alborotadores ellos. No son muchos los perros, pero menos son los vecinos. Las casas de la derecha, Txandía y Adoñano, son las habitadas; mientras que las de la izquierda, mucho más austeras, se presentan a la vista vacías y abandonadas. Han perdido hasta el nombre, y como un servidor no quiere que esto suceda, pues sépase que cuando tuvieron vida se llamaban casa de Basilio, casa de la Lina, y casa del Pastor; pero de esto hace ya muchos años. Todavía la gente mayor del valle recuerda el caso de la Usotxa, una mujer de Imirizaldu a la que tenían por bruja; allí le hicieron la vida imposible, hasta el extremo de que ella y su marido tuvieron que marcharse trasladándose a vivir a Ozcoidi, a la casa del Pastor, que entonces, como hoy, pertenecía a los de casa Adoñena.

Continuo la carretera, que atraviesa Ozcoidi entre casa Txandía y la iglesia de San Pedro. Atrás quedan los perros, escarbando huesos; desconocen ellos que son los del antiguo camposanto.

La carretera es francamente mala; muchas curvas y mal piso, con un barranco a la derecha que te invita a ser prudente. Tufarreros a ambos lados. Una abubilla alza su vuelo sorprendida ante la llegada de un vehículo, ¿desde cuando no habría visto uno?. Pero no acaban aquí las sorpresas. Un jabalí de enorme tamaño, que intuyo que podía ser ciego y sordo –es un decir-, cruza temerariamente la carretera a la carrera obligando a parar el coche para evitar un accidente no deseado. Era un jabalí viejo, y me consta que algunas personas de la zona últimamente también se han encontrado con él. Confieso que jamás había visto un jabalí de ese tamaño, ¡y mira que he visto unos cuantos!. El chiste lo encuentro unos metros más adelante, cuando sobre una enorme queleta metálica un letrero advierte del peligro de animales sueltos, seguramente en alusión a las vacas, aunque vale también para el jabalí y demás fauna salvaje.

Paso por el puente que permite salvar el ahora inexistente cauce del Chastoya. A partir de ese momento entiendo que paso del término de Ozcoidi al de Larequi, al menos lo que yo tenía por carretera muy mala, llena de gravilla, pasa a ser un camino casi intransitable, lleno de piedras. Afortunadamente las casas de Larequi aparecen pronto a la vista. Y hasta allí que llego. Dejo a la derecha el camino que sube a Sastoya y a Artanga. No puedo evitar pensar que estoy en un paraje recóndito, pero que aquellos dos pueblos que quedan por delante, mugantes con Lónguida, todavía son mucho más recónditos, de hecho, el camino que va ahora de Sastoya a Artanga ha quedado ya cerrado por la maleza. En cualquier caso Sastoya y Artanga hace ya décadas que no tienen vida. Sastoya, también llamado Iribarri Chipi, fue abandonado hacia 1946, y perteneció hasta entonces a la familia salacenca de Bornás. Todavía se les recuerda en Ozcoidi, de cuando bajaban a jugar a la calva; echaban unas partidas, y media vuelta de nuevo, andando hasta Sastoya.
Artanga, a más altura, fue abandonado a la vez que Sastoya, y la verdad es que cuesta creer que allí pudiesen vivir, pero las ruinas de la iglesia de San Pedro y las de otras dos casas son prueba evidente de ello. Dicen de aquellos últimos vecinos que eran buenos cazadores.







Larequi
Larequi seguramente no es un pueblo espectacular. Sin embargo es inevitable un escalofrío al ver sus casas, su iglesia…, todo en silencio, sin vida. Después de siglos y siglos de estar habitado –en el año 1427 ya lo estaba-, al final el demoledor siglo XX pudo con él. Ahondando más en esta impresión de soledad la tarde se presenta plomiza y oscura, como queriendo darle la razón a aquellos últimos vecinos que hace unos años decidieron poner punto final a siglos de vida, para marcharse a Artieda, creo recordar, por aquello de dar una mejor enseñanza a los hijos. Oficialmente consta deshabitado desde el año 1959, pero la realidad es algo diferente; la casa Isquerrena ha estado semihabitada hasta hace bastante poco, pues sus dueños la utilizaban de apoyo en sus faenas agrícolas.

Ante el panorama que hay ante mis ojos me resulta difícil de imaginar, en ese mismo escenario, las nueve casas que oficialmente había en 1847. De las de Ozcoidi he podido inmortalizar en letras de imprenta los nombres de sus casas, pero aquí en Larequi, sin descartar la posibilidad de llegar a encontrar a alguien que me aporte algún dato sobre otras casas que no sean la de Isquerrena, se me antoja que es difícil averiguar su nombre. Únicamente puedo decir que, décadas atrás, hubo en Larequi, además de la familia Redín de la mencionada casa Isquerrena, otra familia en la que el cabeza de familia era pastor, otra en la que él era boyero, y otra más de agricultores. Cuatro familias.

En la calle apenas queda suelo empedrado; todo es barro. Ya nadie acude a saciar su sed a ninguna de las dos fuentes, ni personas ni ganado. Quedan lejos, muy lejos, aquellos inviernos en los que se salía a cazar conejos con hurones. Quedan muy lejos aquellas fiestas patronales de San Bartolomé, el 24 de agosto, con abundante presencia de parientes, de visitantes, y de curas ensotanados, en las que no faltaban una buena comida, una sobremesa con guitarra, y una buena partida de cartas. Quedan muy lejos aquellas interminables tardes de los domingos jugando a la calva; y también aquellas masadas de pan en el horno de la trascocina a la luz del farol, o aquellos quesos de oveja; y los sermones de don Gregorio Cabodevilla; y los viajes en el Irati para llevar a Pamplona algún saco de conejos a la carnicería de San Saturnino; y el recuerdo doloroso de cuando Juan Redín murió en la guerra. Todo queda ya muy lejos.

Vacía y desacralizada está la iglesia, sin sermones, sin oraciones, sin campanas que tañir. Allí predicó don Gregorio, el cuñado del amo; y antes lo hizo don Marcos; y antes otros muchos clérigos que solo Dios sabe, como aquél Miguel de Larequi, que fue nombrado abad en 1567, y al que no le faltaron pleitos con su colega de Artanga. Si esas paredes hablaran, ¡que no dirían!.
Y el día de San Bartolomé ya no hay curas, ni visitantes, ni parientes, ni misas, ni comida, ni cartas, ni guitarra rasgada, ni farol que alumbre, ni horno que cebar. Los conejos son los que han salido ganando, que ahora campan a sus anchas por lo que antes fueron fértiles eras.







Casa Isquerrena
Me detengo delante de casa Isquerrena, cerrada a cal y canto. Oficialmente construida en 1852, aunque esa inscripción de piedra más parece una clave aprovechada de otra casa, o el año de alguna reforma. Más fiable parece la fecha de la puerta: “Francisco Zabalza, a 28 de febrero de 1719”, sobre todo si tenemos en cuenta que esta casa fue palaciega en otro tiempo; basta con ver su planta cuadrada, su patio central, y otros pequeños detalles que así lo evidencian.






Esa puerta verde, esas ventanas, esos muros, esos hornos que se vislumbran, nos retrotraen a los tiempos, décadas atrás, de Felipe Redin Gil (hijo de Javier y de Juana, esta última de Jacoisti), que casó con Felisa Cabodevilla, de Elcoaz. Nos retrotrae a aquellas faenas agrícolas estivales en las que venía gente de Sangüesa a ayudar; nos retrotrae a cuando se trabajaban algunas viñas, las suficientes para darle vida a la bodega de la casa, cargándola comporta a comporta; nos retrotrae a aquella época ganadera en la que casa Isquerrena tenía su propia marca de ganado; nos retrotrae a cuando había chimenea central, con fogón, en la que los cabritos se asaban ensartados en el espedo, y los pucheros y tupines, sobre el trébede, se calentaban al calor de las brasas, mientras el chuquil (tronco de Navidad) comenzaba a arder en la nochebuena. Me imagino a doña Felisa, sentada en una de aquellas sillas bajas, hilando con la rueca su ovillo de lana, a la vez que su hermano Gregorio, don Gregorio, iba pasando las cuentas del rosario o preparando el sermón del domingo. Me imagino a Fermina, la hermana de Felipe, con aquellos ropajes negros, preparando la masa para hacer los cabezones de pan. El propio fuego, las teas, algún candil de aceite, un farol de una vela o de dos velas, serían los útiles empleados en casa Isquerrena para la iluminación; creo no equivocarme si digo que nunca hubo luz, pues los últimos años se sirvieron de un grupo electrógeno.







Me imagino también a toda la familia Redín sentada el 5 de enero en torno a la mesa de la cocina dispuestos a echar el reinau, baraja en mano, dejando en las sillas un sitio para Dios y otro para la Virgen. Y me los imagino el día de Sábado Santo repartiendo el agua bendita entre las aguabenditerasde cada dormitorio, guardando el agua sobrante para las cruces que se ponían en cada campo.
Al final son todo evocaciones delante de la puerta de casa Isquerrena, delante de esa rueda de carro, que habrá rodado por esos caminos lo que nadie sabe. Mueren las casas en Larequi, pero Larequi no morirá mientras viva su memoria, y a ello quiere contribuir este reportaje que aquí acaba.


Diario de Noticias, 13 de abril de 2008
Autor: Fernando Hualde


 
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LARRANGOZ ( NAVARRA)





LARRANGOZ, SEÑORÍO DE LA VEGETACIÓN



Desde Murillo de Lónguida, camuflado en el monte y por el monte, se llegan a ver las casas, la torre y la iglesia del despoblado de Larrangoz. La vegetación crece descontrolada y se ha apoderado de este lugar.

Muy cerca de Murillo de Lónguida el monte, y quien dice el monte dice en este caso la vegetación que en él crece, esconde un antiguo núcleo de población que lleva ya unas cuantas décadas deshabitado. Hablamos hoy de Larrangoz, en el valle de Lónguida; hablamos, en definitiva, de cuatro casas y una iglesia, ocupando un término que hace muga con el valle de Izagaondoa. Antaño hubo allí un señor, dueño del magnífico palacio que todavía se tiene en pie; antaño hubo allí alegre repiqueo de campanas, y hubo ganado en las cuadras y en las calles, y parva que aventar, hubo fieles en la iglesia, y vida en sus casas. Hoy reina el silencio, reina la ruina, y no hay más señor que la vegetación, que se ha adueñado del palacio, de su torre, del entorno de la iglesia, que prácticamente impide el acceso a las casas, que oculta el suelo empedrado donde agarraban los carros y las caballerías, que ha hecho de las huertas y de las eras un paraíso de maleza incontrolada. No, no busco dar una imagen triste, pero con pena hay que reconocer que no hay otra definición posible para un pueblo en el que ya nadie nace ni muere; para un pueblo en el que la naturaleza está volviendo a recuperar el sitio que le quitaron las casas.


Para llegar a Larrangoz hay que cruzar el río Irati, y para ello, sobre todo en estos días que baja bien crecido, no hay otro sistema que utilizar el viejo puente colgante amarrado con recias sirgas. Doy fe, en contra de lo que pueda parecer, de que no se cae, a pesar de todo lo que se mueve. Una vez salvado el río no hay más que seguir el camino hacia la derecha, que en breves minutos nos remonta hasta este antiguo señorío de probable origen medieval, en el que la figura de Charles de Ayanz, allá en el siglo XVI, es una de las pocas referencias que nos queda.






Caballero medieval
Se ve que el camino, por su anchura y su empedrado, todavía perceptible, fue diseñado en su día para el tránsito de carros. Un hermoso roble recibe en el lado izquierdo nuestra llegada; y un muro redondeado, de sillarejo, lo hace en el lado derecho, anunciando que la aparición de construcciones de piedra es inminente.
Lo primero que se ve, de frente, es una casa en ruinas. Conserva su portalada de piedra encalada y ligeramente apuntada; y sobre ella una ventana, también rodeada de cal, que hace tiempo que perdió su columna central, o parteluz.






Pero, sin quitar nada a todo lo demás, la verdadera riqueza patrimonial de este antiguo núcleo de población la encontramos en su iglesia, un templo románico cuya portada, levemente posterior (románico de transición, aunque algunos ya la definen como gótica), muestra unas figuras pétreas a modo de capiteles que, pese a exhibirse incompletas e incomprensiblemente mutiladas, nos hablan de verdadero arte. En el lado derecho vemos a un águila sin cabeza que sujeta entre sus garras a una presa; y en el lado izquierdo vemos a un caballero medieval, a caballo, en donde caballero y jinete también se nos aparecen descabezados. El caballero luce la indumentaria propia de la época, escudo cruciforme incluido, y también traje de malla metálica.

El interior de la iglesia, dedicada a la advocación de San Bartolomé, se muestra abandonado, con una cruz sin crucificado apoyada en donde antes estuvo el altar, y con media docena de bancos dispersos y desordenados por su interior. El coro ha recibido parte de la techumbre de la torre, muestra el esqueleto de lo que en otro tiempo fueron las escaleras de acceso al campanario, y ha perdido la totalidad de los barrotes de su barandilla. Ese es el aspecto del interior, mientras que en el exterior la vegetación dificulta cualquier movimiento.






Frente a la iglesia se levanta altiva una impresionante torre. Forma parte esta fortificación de un viejo palacio señorial que, a pesar de su ruina, se resiste a perder el glamour que un día tuvo. Las armas, o escudo, de este palacio fueron precisamente una águila con las alas abiertas, sujetando una liebre entre sus patas; exactamente la misma figura que vemos representada en la portada de la iglesia. El caballero medieval quiero pensar que es el que un día, allá por el medievo, fue dueño y señor de este viejo palacio, igual que simultáneamente lo fue del de Alzorriz.

Puerta y trillo
Por último, en la parte más alta del pueblo, se levanta un esbelto caserón hasta cuya puerta llega una minúscula regata que inunda sin piedad la que en otro tiempo habría sido la era, al menos así me lo supongo. Luce sobre su portalada de medio punto un azulejo que nos recuerda que antaño fue la casa número 5. Sobre la clave del arco de entrada alguien puso, incrustada, una herradura para calzarla mejor, y nunca mejor dicho.






No aconsejo a nadie adentrarse en este viejo edificio, ni tampoco en ninguno de los otros aquí mencionados. Son edificios que se están hundiendo, y la seguridad brilla por su ausencia. En cualquier caso sépase que la planta baja de este último caserón, como la del palacio, está ocupada por cuadras, en donde los pesebres, las conejeras, la paja, y algún trillo desproporcionadamente grande conviven como testigos únicos de la vida que allí hubo.
Este edificio, y todo el pueblo en sí, es una de esas pruebas evidentes de que la naturaleza acaba volviendo a ocupar su espacio; la vegetación, no sólo le rodea por completo, sino que penetra por puertas y ventanas.

Para quienes nos gusta la etnografía, llama la atención en esta casa la presencia de una puerta, cuyo cuarto inferior fue reconvertido en trillo, de tal manera que esta pieza era capaz de cumplir con su doble función de puerta y de trillo; una vez que cumplía con su función de trillar la hierba volvía a ser encajada en sus goznes. Son detalles de supervivencia. Detalles que nos dejan entrever un estilo de vida, una huella de vida humana.
Hoy Larrangoz vive inmerso en el silencio, prácticamente oculto por la vegetación. El caballero medieval de la iglesia perdió su cabeza; el águila también perdió la suya; y las casas que aquí todavía se resisten a caer, perdieron décadas atrás la vida y el calor que aporta el ser humano.

Atardece en Larrangoz, y es hora de volver. El camino que baja hacia el Irati es precioso, de ensueño. Todo sería bonito, incluso el volver a cruzar un puente colgante como el que allí salva el Irati, si no fuese porque lo que queda a mis espaldas, paraíso de yedras, ortigas y zarzas, es la triste y penosa realidad de un pueblo, y si me apuran la de un valle, el de Lónguida, que peligrosamente empieza a llenarse de despoblados.

Diario de Noticias, 15 de junio de 2008
Autor: Fernando Hualde


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LARRÁNGOZ EN 2010
IMÁGENES OBTENIDAS EL 28 DE MARZO DE 2010 POR MARIAN INDA


















 
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LAS ERETAS ( NAVARRA)



Travel: Las Eretas – World Archaeology




NOTA.- Como puede verse en este blog el tema de los despoblados de Navarra se aborda sin límites de tiempo. En este caso nos trasladamos a la Edad de Hierro.


LAS ERETAS, POBLADO DE LA EDAD DE HIERRO



A muy pocos metros del río Arga, en la misma localidad de Berbinzana, podemos encontrar los restos arqueológicos de un antiguo asentamiento humano de la Edad del Hierro. Hablamos de Las Eretas, un yacimiento que se nos presenta hoy como un recurso turístico con mucho futuro.
En esta misma sección ya nos acercamos en su día a una parte importante del patrimonio de Berbinzana, en concreto abordamos aquí la historia de su puente y de la bovedaza. En aquella ocasión finalizaba yo el reportaje con el compromiso de acercarme en una futura ocasión a otros aspectos del patrimonio histórico y cultural de esta localidad, y hoy es el momento de cumplir lo prometido.

Hace unos días, en este mismo periódico, nos encontrábamos con la noticia de que se quería potenciar de cara a este verano el primitivo poblado de Las Eretas, en Berbinzana, como recurso turístico de primer orden. Y la verdad es que no solo me parece muy bien, sino que además quiero aprovechar esta tribuna para sumarme a ese esfuerzo que se está haciendo por dar a conocer este poblado fortificado de la Edad del Hierro.
Nos empeñamos muchas veces en irnos bien lejos a conocer otros lugares y otras culturas, lo cual no está mal, y es además un buen ejercicio para no creernos el ombligo del mundo. Pero lo que no es de recibo es que por irnos tan lejos, dejemos de visitar lo que tenemos al lado, lo que tenemos cerca, en nuestra tierra. Navarra posee auténticos tesoros desde el punto de vista patrimonial, y bueno es que empecemos a esforzarnos por ir conociéndolos. Y, precisamente, uno de ellos lo tenemos aquí al lado, en Berbinzana; no muy distante del yacimiento de Andión, y no muy distante del dolmen de Artajona, o de su cerco fortificado. Es una excursión de gran interés que realmente merece la pena.

Edad del Hierro
Las Eretas están en la localidad de Berbinzana, en las afueras de esta población, junto a la Plaza de Toros y junto al puente y, en consecuencia, junto al río Arga. A tan solo 50 kilómetros de Pamplona.
Desde esta última capital cogemos la carretera nacional 111. A la altura de Puente La Reina, junto a la gasolinera, tomamos la carretera que por Mendigorría nos conduce hasta Larraga, y desde esta localidad otra carretera local nos acerca hasta Berbinzana, nuestro objetivo.

Puente La Reina, Mendigorría, Andión… son algunos de los enclaves en los que podemos detenernos con la convicción de que vamos a ver cosas interesantes, de que no vamos a quedar defraudados. Pero el plato fuerte de esta excursión vamos a situarlo en Berbinzana, en Las Eretas, en donde vamos a tener oportunidad de ver algo que no se ve todos los días, algo que nos va a retrotraer al siglo VII antes de Cristo, en la Edaddel Hierro, que es precisamente ese periodo que abarca el primer milenio anterior al nacimiento de Cristo hasta la romanización.

Dicen los entendidos que es precisamente en este periodo cuando encontramos en Navarra los primeros signos de una ordenación del territorio por parte de la población indígena, lo que da pie a un proceso de sedentarización con la formación de aldeas, generalmente fortificadas. Es así pues, en esta época, donde hay que situar el poblado de Las Eretas. Es imporante ser conscientes, por tanto, del significado que tienen esos vestigios que tenemos delante, por cuanto significan y representan.

Es este un yacimiento en donde se ha sacado a la luz una parte de su recinto amurallado y de sus torres defensivas. Previamente han existido unos años de intensos trabajos y de una investigación concienzuda sobre lo que allí había; trabajo este que ha permitido reconstruir una parte de la muralla allí existente, así como una torre y también una vivienda de aquella época. Culminada esa fase previa, y con muy buen criterio, se ha procedido a musealizar este entorno, con paneles inclusive, y a valorizarlo patrimonialmente, lo que nos permite ahora a los demás poder disfrutar de ese privilegio que es, y supone, deleitarse ante un yacimiento arqueológico excepcional.

Y cuando digo excepcional, es excepcional. ¿Por qué es excepcional?, pues porque el estilo urbanístico de este poblado rompe, en buena medida, con las pautas que se seguían en otros poblados de la Edad del Hierro. Lo que tenemos en este yacimiento de Berbinzana, cuanto menos, es poco común.
De entrada estamos ante un asentamiento humano edificado en un terreno llano. Esto, que parece una simpleza, quiere decir que la orografía del terreno no da ninguna facilidad a la hora de fortificar el poblado. Obsérvese que cualquier población fortificada lo que ha hecho es jugar o aprovecharse de las condiciones del terreno para hacer posible una defensa mucho más efectiva.
En el caso de Las Eretas esta deficiencia la han minimizado gracias a la construcción de un murallón de una gran envergadura, claramente desproporcionado con las edificaciones que protege en su interior.

Esta muralla, a la que se le calcula una altura que puede oscilar entre los cuatro y cinco metros, rodeaba totalmente el poblado, y además se reforzaba con algunas torres estratégicamente situadas en puntos equidistantes, lo que hacía más difícil todavía cualquier intento de agresión desde el exterior. Quienes hicieron el trabajo de investigación no descartan, además, de que todo este recinto fortificado estuviese complementado en su parte exterior por otros elementos como fosos o como campos de piedras o con pequeñas murallas de estacas de madera.

El poblado y las viviendas
Si analizamos lo que hay dentro de ese recinto defensivo lo que nos encontramos es con un poblado, no superior a media hectárea de superficie, que se articula en torno a una calle central, y dotado también de un espacio abierto, como si fuese una plaza.
A ambos lados de la calle encontramos las viviendas, de planta rectangular, y pegadas en su parte final al muro defensivo, y compartiendo entre ellas los muros laterales. Así suelen ser los poblados contemporáneos a este encontrados en el valle del Ebro.

La gracia de este yacimiento es que en base a los estudios previos sobre otros yacimientos similares y de la misma época, y en base también a los restos que se han podido recuperar, lo que se ha hecho es reconstruir con un alto índice de fiabilidad tres viviendas completas, y con el mismo material que se empleaba entonces. No hay que olvidar que eran casas de tierra, fundamentalmente adobe, cuyas paredes estaban levantadas sobre amplios zócalos de piedra que las protegían de la humedad.

Sobre estas paredes de tierra se apoyaba la techumbre, construida siempre con materias vegetales, especialmente paja, y sustentada sobre dos traviesas, o vigas, apoyadas en el suelo con unos pies cilíndricos. Todo esto permitía dividir el tejado y el interior de la vivienda en tres partes y en tres estancias claramente diferenciadas: el vestíbulo, la sala principal, y la despensa, situada esta última en la parte colindante con la muralla.

En la entrada de la vivienda, el vestíbulo, podemos ver en el lado izquierdo un horno doméstico, construido con arcilla refractaria, y una pequeña fosa revestida de barro. Estos hornos son, precisamente, uno de los elementos mas significativos y representativos de este yacimiento.
Del vestíbulo se accede a la sala principal, algo así como el cuarto de estar, en el que el elemento principal solía ser un hogar situado a una cierta altura del suelo y hecho a base de arcilla. Y por último, al fondo de la vivienda, se situaba la despensa, cuyo mobiliario no solía pasar de un banco, generalmente adosado a la pared de la muralla; en este caso concreto de Las Eretas las investigaciones realizadas permitieron ver que esos bancos de la despensa en su día estuvieron pintados de negro.

Otros hallazgos
Cuando se intervino sobre este yacimiento arqueológico se puso especial interés en la localización de piezas de cerámica, que son elementos que desde todos los puntos de vista nos aportan abundante información. Hablamos de piezas de vajilla modeladas a mano, pero con la ayuda de una torneta.
En el yacimiento de Berbinzana, y en los trabajos realizados hasta ahora, se han podido localizar piezas con la superficie totalmente pulida, así como otras que, por el contrario, tenían la superficie sin pulir; esta diferencia se basaba en su distinto uso, en su funcionalidad, pues no era lo mismo una pieza de vajilla para la mesa que una pieza destinada a la cocina o a guardar alimentos.

Al margen de los vasos y cuencos que se han localizado y catalogado, existen también otros muchos elementos no menos representativos de la cultura de la Edad del Hierro, como lo son las fusayolaspara tejer, un molde de fundición para hachas de bronce, agujas, punzones, botones, incluso molinos de mano.
Lo que hasta la fecha no se ha podido encontrar es la necrópolis de incineración correspondiente a este poblado. Obviamente esta tenía que estar situada fuera del recinto amurallado, y con esta escueta pista no se fácil su hallazgo. En cualquier caso sí que se han podido recuperar, al menos, seis inhumaciones infantiles que se encontraban bajo el suelo de las casas, correspondientes a fetos terminales y a niños recién nacidos.

Esto nos daría pie a introducirnos en aquella cultura de la Edad del Hierro, previa a la implantación del cristianismo, en donde se establecía la existencia de dos tratamientos fúnebres diferenciados: por un lado la incineración, practicada a todas aquellas personas que habían superado el momento del inicio de la aparición de los dientes de leche; y por otro lado la inhumación, practicada en los fetos y en los niños recién nacidos que no habían llegado a la dentición.

Bien, toda esta información sobre Las Eretas, tal vez un poco más resumida, es la que se le proporciona al visitante en un desplegable informativo que se obtiene al acudir a este poblado. Ahora sólo nos falta ir allí, contemplar con nuestros ojos esta interpretación de la vida de aquellos que un día, como los actuales vecinos de Berbinzana, se asentaron allí, junto al río, y disfrutaron de los beneficios de este cauce.

Sería bueno que nos detuviésemos a pensar en la importancia de este yacimiento arqueológico, que nos habla de costumbres, de formas de vida, de materiales, y de tantas y tantas cosas. Este tesoro arqueológico no está en Grecia, ni en Italia, ni en ningún lejano país; está aquí, al lado nuestro, en Berbinzana. Estaría muy bien que este verano nos acercásemos a ver este antiguo poblado, que merece la pena hacerlo. Y sin olvidarnos que en el mismo Berbinzana hay otras cosas interesantes desde el punto de vista patrimonial: la iglesia, el puente, la bovedaza, escudos de piedra, bellos ejemplares de arquitectura rural… Y sin olvidarnos tampoco de que Artajona, Andión, Mendigorría, Puente La Reina… están allí mismo, llamándonos.

Diario de Noticias, 4 de julio de 2005
Autor: Fernando Hualde


 

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