El silencio es oro. Pueblos abandonados. (1 Viewer)

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LEARZA ( NAVARRA)


LEARZA - Navarra. | Iglesia de San Andrés de Learza, aldea d… | Flickr




LEARZA. ARTE, COLONOS Y MARQUESES

El pasado mes de enero, desde esta misma sección, nos asomábamos de una manera más o menos general a la historia de Etayo, en Tierra Estella, y de sus gentes. Lo hicimos entonces con la promesa, o con el compromiso, de que en un futuro volveríamos a ocuparnos de este lugar, pues entiendo que había otros aspectos de este bonito pueblo que bien merecían un reportaje específico.

Y como uno no tiene vocación de político electoralista, sino que me gusta cumplir, pues aquí estoy de nuevo dispuesto a resaltar hoy, y aquí, una parte de la historia de Etayo. Es de justicia.

Para empezar hay que aclarar que Etayo no sólo es Etayo, sino que es la suma de Etayo y de Learza, dos núcleos de población diferentes, aunque muy próximos, con un solo ayuntamiento y un solo sentimiento.

Una plaza
Cierto es que Learza es poco conocido. Su censo poblacional, totalmente irrelevante desde el punto de vista demográfico, y su ubicación, allá en la falda de San Gregorio, y con una carretera que allí muere, lo convierten en un lugar discreto y bastante desapercibido. Como contraprestación a todo esto, y también como consecuencia de ello, Learza goza de una paz y de una tranquilidad monacal, de un encanto especial, que es el que le da ese ambiente de privacidad que se respira y la solemne presencia de su iglesia.

Learza no tiene barrios, ni tan siquiera calles; es, simplemente, una plaza. Una plaza cuadrada con un jardín redondo en el centro en el que un sencillo crucero, al estilo de las viejas picotas, ejerce la función de epicentro.

Antaño no tuvo carretera. Esta era el camino que iba a Piedramillera. Un segundo camino, hoy desaparecido, por el paraje de Los Robles comunicaba el lugar con Etayo. E incluso un tercer camino, el que partía, y parte, desde la iglesia subía por el portillo de la Sierra para bajar después al Corral de la Marquesa. Hoy estos caminos ya no son lo que eran, ya no circulan por ellos las galeras, ni son ruta de segadores; se difuminan, y acaban perdiéndose algunos de ellos en beneficio de otros de nueva hechura –los de la concentración parcelaria-, o reconvertidos en carreteras.

Learza fue señorío del marquesado de Vesolla, pero antes de serlo encontramos indicios de que allí hubo un núcleo de población en épocas lejanas; hablamos nada menos que de la edad del bronce. De ello quedan algunos vestigios, incluso algunas pinturas rupestres como la que hay en la cueva de las Peñas del Cuarto, cerca del Portillo de la Sierra de San Gregorio, en donde alguien, un día, dejó allí grabado un dibujo que representa a un jinete sobre su caballo. Estos vestigios se complementarían con otros restos líticos, fundamentalmente hachas y cazuelas, que en las últimas décadas se han encontrado en las inmediaciones de Etayo. Una de estas hachas puede verse hoy en el Museo de Navarra.

E incluso, inmersos como estamos en este ambiente paleolítico, conviene recordar que no muy lejos de allí, aunque ya es término municipal de Los Arcos, a mediados del siglo XX el propietario de una finca (donde hoy está la ermita de San Vicente, antiguo despoblado de Yañiz) destruyó, porque le molestaban, tres curiosas piedras muy bien trabajadas que parecían emerger de la tierra; eran las denominadas “piedras mormas”, unos supuestos menhires –a juicio de Altadill- que arrastraban tras de sí no pocas leyendas.



Señorio de Learza




San Andrés
Pero volvamos a Learza, que merece la pena. Y vamos a centrar nuestra atención en una de las joyas que el arte románico exhibe en Navarra. Se trata de la iglesia de San Andrés Apóstol, que cierra, en un alto, la plaza de Learza.

Es un edificio que por su estilo arquitectónico no andaremos muy errados si decimos que pudo construirse hacia el año 1200. Es decir, dentro del estilo románico podríamos encuadrar este templo dentro de lo que se llama “románico tardío”, o dicho de otra manera, y para que el lector pueda entenderlo mejor, sus arcos no son totalmente semicirculares sino ligera y discretamente puntiagudos en su parte más alta, algo que sucede hacia el año 1200 cuando el arte románico empieza a evolucionar hacia el arte gótico. En cualquier caso, y aun no entendiendo de arte, solo cabe admirarse ante la belleza arquitectónica que nos muestra esta pequeña iglesia del románico rural.

Este templo, según recogen Víctor Pinillos y Antonio Bobadilla en su libro “Etayo. Apuntes sobre un pueblo navarro”–que no me cansaré de recomendar-, ha conocido algunas remodelaciones en las que siempre se ha respetado su aspecto original. Estas reformas las conoció fundamentalmente a partir del siglo XVI, así como en el siglo XVIII y en la primera mitad del XIX; prueba de ello, y testimonio claro e inequívoco de aquellas obras, son las pinturas góticas que hay en el interior, o los retablos, el coro, la sacristía, la nueva puerta de entrada –con su pórtico- que da a la plaza, o la antigua espadaña.
San Andrés conoció también importantes trabajos de restauración en los años 1987 y 1992, que finalmente le han devuelto su aspecto primigenio y nos permiten hoy contemplar este templo en su estado más puro.

Durante las reformas que ha tenido esta iglesia llegaron a descubrirse, al retirar un retablo lateral, algunas pinturas góticas no muy bien conservadas precisamente, pero que nos orientan hacia la existencia de reformas en aquella época.
A la espadaña también se le ha devuelto, y con gran acierto, el aspecto original; para ello fue necesario desmontar algunos añadidos posteriores que le daban un cierto aire de campanario.



LEARZA - ARTE ROMANICO ENNAVARRA, recorridos



Allá en el siglo XVIII alguien tuvo la brillante idea de hacerle a esta iglesia una nueva puerta en su lado norte (hacia la plaza) dotada posteriormente de un pequeño atrio, o lugar de reunión, quedando así en desuso la puerta original de la fachada sur (hacia la sierra); y cuando digo en desuso no quiero decir que se usase poco sino nada, pues la tapiaron por dentro. A esa misma época pertenece también el aguabenditera de alabastro.
En su interior llama la atención el retablo romanista, labrado hacia el año 1600, que se atribuye al maestro Juan de Truas, con participación de Francisco Martínez de Nájera en lo que a policromía se refiere. Está presidido, en el centro, por la figura de San Andrés Apóstol. Tiene la iglesia otros dos retablos dedicados a San Juan Bautista y a Santa María Magdalena.

Learza es hoy un auténtico remanso de paz. Tal vez ya no tenga el esplendor que tuvo antaño en lo que a actividad agrícola se refiere. Atrás ha quedado también la ganadería que tuvo, la que utilizaban para las tareas agrícolas y la de cerda que mantenían los colonos para su propia alimentación. Allí, en uno de los lados de la plaza, está el palacio, con sus armas de piedra en la fachada ocultas prácticamente por las ramas, cuyo interior nos podría hablar de marquesados, como el de los Vesolla, o de vizcondados, como el de Valderro. Estos nobles forjaron la historia de esta aldea, o de esta granja; pero también existe otra historia mucho más íntima, que sin quitarle nada a la nobiliaria, es la que día a día, año a año, y siglo a siglo han ido haciendo los que allí han trabajado, los que han hecho que los campos diesen su fruto, los que cuidaban el ganado, el cabrero, el que le robaba los melocotones a la marquesa, las aguadoras que llevaban hasta el palacio el agua del manantial de Zaraquieta, el que iba con el macho todos los domingos a buscar al cura de Etayo para que celebrase la misa...

En Learza trabajaban familias de los pueblos cercanos, y allí nacían sus hijos, y allí vivieron hasta que el campo conoció su mecanización. Ellos recuerdan con agrado aquella época, y recuerdan las fiestas que se celebraban, con música, a las que acudían vecinos de otros pueblos. Mandaban sus hijos a las escuelas de Etayo, según indica Mª Inés Acedo en su libro dedicado a Piedramillera, y aquellas familias tenían en propiedad sus propios animales de corral.
Hay quien recuerda con nostalgia la vida social que se generaba en torno al lavadero, que se encontraba en la subida al pueblo y hasta él bajaban a lavar al menos una vez por semana. En fin, todo es historia, aunque sea menuda, y también esta hay que recuperarla, y conservarla, y darla a conocer. Y es lo que hoy hacemos en estas páginas.

Diario de Noticias, 6 de abril de 2003
Autor: Fernando Hualde

 

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LOYA ( NAVARRA)







Ubicación


Se encuentra este despoblado en el término de Ezprogui, antiguo “Val de Aibar”, ubicado entre la localidad de Moriones y el despoblado de Arteta. Desde la localidad de Moriones, por delante de su cementerio, sale una pista hacia Loya, Arteta, Julio, etc. A 1340 metros de Moriones encontramos las ruinas de este despoblado en el lado derecho de la pista.

Coordenadas:

Latitud: 42º 35’43.12”N
Longitud: 1º 274.26”O


Historia

Estamos ante uno de los antiguos señoríos realengos de la Val de Aibar que tuvo palacio de cabo de armería. En el año 1280 su pecha anual estaba cifrada en 6 sueldos por tres “carneros”; 2 sueldos y 9 dineros por vino vendido; mas 3 cahíces y medio de trigo y otros tres cahíces y medio de cebada y, en concepto de “cena”, 1 cahíz, 2 robos y medio de trigo, y otro tanto de cebada. En el año 1427 estas cargas estaban resumidas en 22 sueldos, 2 cahíces, 3 robos de trigo, y 3 robo de cebada. Reducidas estas pechas finalmente a 15 sueldos por “carneros”, fueron dadas por el rey Juan II en 1465 a Martín de Erro, el cual las vendió a su vez a Gracián de Urniza, señor de Uriz.

Su índice de población nunca ha sido abundante. En los años 1427 y 1553 contaba Loya con dos fuegos; en 1646 tenía un fuego; 8 habitantes en 1786; 13 en 1857; 11 en 1858; 9 en 1887; 12 en 1920; ninguno en 1930; 7 en 1940; y llega ya a 1950 deshabitado, manteniéndose así desde entonces.

Loya formó parte de Aibar (era uno de los siete pueblos que integraban la Vizcaya) hasta las reformas municipales elaboradas en Navarra entre los años 1835 y 1845. Se dice que a partir de entonces constituyó con Izco un único municipio. Y se cree que este Izco con el que se une no es el de Ibargoiti, sino que se refiere al núcleo de población denominado Eyzco, y que existió enfrente de Loya, al otro lado del barranco.
Aun teniendo palacio de cabo de armería este lugar se gobernó como realengo, y lo gobernaban conjuntamente el diputado del valle y los regidores que se elegían entre los vecinos (que eran dos en 1847). El correo llegaba desde Sangüesa.

En la actualidad Loya pertenece al Patrimonio Forestal de Navarra, integrado en la finca denominada Ezprogui (integrada por los despoblados de Sabaiza, Usumbelz, Guetádar, Julio, Arteta, Loya, Gardalain, e Irangoiti), con importantes masas forestales de roble y de pino laricio, este último de repoblación y silvestre


Estado de conservación

Se conservan los restos de la iglesia y de algunas casas. A la iglesia le han desmontado y se han llevado su portalada de piedra; en su interior llaman la atención, a media altura, los restos de algunos tramos de cornisa decorativa policromada, en rojo y azul. Ningún edificio conserva la cubierta, y excepto la iglesia, el resto de edificaciones están totalmente tomadas por la maleza; nada queda de su estructura interna. En uno de los edificios puede llegar a verse en su planta baja una ventana saetera.


Intervenciones patrimoniales

El 27 de octubre de 2009 se levanta acta fotográfica de su estado de conservación y de cuantos detalles arquitectónicos se consideran existentes dentro de lo que en ese momento queda.


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ALBUM FOTOGRÁFICO

IMÁGENES TOMADAS EL 1 DE NOVIEMBRE DE 2009
FOTOS: MARIAN INDA























ANECDOTARIO
Nacimientos

En la localidad de Loya se tiene conocimiento de que, entre otras, han nacido las siguientes personas:
Año 1725: María Armendáriz Echeberria
Año 1746: Pedro Sola Armendáriz
Año 1750: Pedro Ayesa Armendáriz

 
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MENDINUETA ( NAVARRA)





MENDINUETA EN 1980

Fotografías tomadas el 23 de marzo de 1980 por Adolfo Etxegarai.

Hoy cuesta imaginar a aquellas casas con puertas y ventanas. Estas últimas décadas han cambiado por completo el aspecto de esta localidad del valle de Izagaondoa.




MENDINUETA A VISTA DE BUITRE (EN 2006)

Fotografías tomadas el 27 de mayo de 2006 por Iñaki Sagredo desde un autogiro.









MENDINUETA EN 2009

Bonitas fotografías tomadas por Marian Inda el 6 de junio de 2009


















ANECDOTARIO
Nacimientos

Es intención de este blog aportar en cada lugar, en la medida que se vaya sabiendo, una relación de las personas nacidas en cada núcleo de población que haya quedado deshabitado.
Así pues, en el lugar de Mendinueta de momento tenemos constancia del nacimiento de las siguientes personas:
Año 1730: Martina Andueza Munárriz

 
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MONDELA ( NAVARRA)






Imagen obtenida en el despoblado de Mugueta (Lónguida) el 30 de octubre de 2009. En los terrenos que aparecen a la derecha se calcula que pudo estar el despoblado de Mondela. (Foto: Esteban Labiano)


Ubicación
El despoblado de Mondela estuvo situado dentro del triángulo que forman las localidades de Mugueta (Lónguida), Larequi (Urraul Alto) y Ozcoidi (Urraul Alto); concretamente muy cerca de este último pueblo. El Diccionario Geográfico de Madoz lo sitúa dentro del término de Mugueta; mientras que la Gran Enciclopedia de Navarra lo sitúa dentro de Urraul Alto. Lo cierto es que allí hay una pequeña franja de terreno que actualmente pertenece a Urraul Alto, mientras que antes perteneció a Lónguida.

Historia
Mondela fue señorío de realengo. La primera referencia documental que se tiene de este lugar es del año 1280, en donde vemos que junto con Ozcoidi y Argaiz debía ese año una pecha anual de 3 cahíces, 3 cuarteles de trigo y 9 cahíces, 3 cuarteles de cebada y avena, más 2 cahíces de trigo y otros tantos de cebada y avena en concepto de cena.

En 1540 ya figura en los documentos como despoblado, lo mismo que Argaiz. Si bien hay que aclarar que en el Libro de Fuegos del año 1365 ya no aparece, entendiéndose que en ese siglo XIV es cuando quedó deshabitado. Ambos despoblados, Mondela y Argaiz, estaban muy próximos y los dos pertenecían entonces a Lónguida. Los vecinos del entorno los arrendaban juntos (no se podía coger uno y dejar el otro). Ese año de 1540 quien aprovechaba con sus ganados las hierbas y las aguas de Mondela y de Argaiz era Martín Perez de Sansoain (de Sansoain, en Urraul Bajo). En el año 1579 el prendamiento de una yegua en Mondela dio pie a un pleito entre lugareños del entorno. Entre los años 1623 y 1627 un nuevo pleito forzó a regular el derecho de "vecindad forana" de Mondela y Argaiz (se llamaba foranos a los que tenían derecho a usar o explotar hierbas y aguas). En el año 1790 el forano de Mondela y Argaiz era el salacenco Pedro Fermín Ochoa y Morea, de Ezcaroz. En 1796 era otro salacenco, este de Ochagavía, el forano de Mondela y Argaiz; su nombre era Juan Ramón Bornás, que acabo instalándose en Mugueta como señor de su palacio (todavía esta en la fachada del palacio de Mugueta su escudo salacenco).

Curiosamente lo único que queda de Mondela, además de las referencias en documentos del Archivo General de Navarra, es el nombre de Casa Mondela, en la localidad de Zuazu (Izagaondoa), reconvertida hoy en garaje de maquinaria agrícola, y que nos remonta al siglo XVII para encontrarnos con la figura de Teresa Mondela, descendiente de este lugar de Mondela.

Queda igualmente, junto a Ozcoidi, el topónimo de Mondela, que se sobrentiende que se corresponde con el emplazamiento exacto de este antiguo despoblado. Se trata de un paraje poblado hoy de robles y matorral bajo de enebro y ollagas. Un incendio, provocado, que hubo hace unos años, dejó al descubierto algunas franjas de terreno que evidenciaban la existencia de primitivas construcciones de piedra.


 

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MUGUETAJARRA ( NAVARRA)






INFORMACIÓN GENERAL



Ubicación

Se encuentra este despoblado dentro del complejo montañoso de la peña de Izaga. Término municipal de Alzórriz, en el valle de Unciti. Se accede a él desde la localidad de Celigueta (Celigüeta, o Ziligüeta), desde donde una pista, solo apta para todoterrenos, permite acceder hasta este despoblado. Muy importante tener en cuenta que tanto Celigueta como Muguetajarra son hoy fincas particulares con abundante ganado suelto.


Historia
De cara a profundizar en su historia lo primero que hay que tener en cuenta es que a Muguetajarra se le conocía siglos atrás con el nombre de Mugueta; por lo tanto es importante tener en cuenta este detalle para no entremezclar su historia con la del despoblado navarro de Mugueta (valle de Lónguida); pues a nivel documental, en el Archivo General de Navarra no hay marcada ninguna diferencia entre ambos despoblados.
Ya en el año 1056 encontramos las primeras referencias de Muguetajarra, entonces con la grafía Mugueta, como sobrenombre locativo, en relación con su señor Sancho Ortiz. En el Libro del Rediezmo del año 1268 se le asigna una aportación de 16 dineros más 1 cahíz y 1 robo de trigo. Durante toda la Edad Media perteneció al colindante valle de Izagaondoa.


Nunca tuvo Muguetajarra un número de vecinos relevante. Contaba en 1366 con un solo fuego labrador, y en 1427 aparecía como lugar despoblado. En 1845 Madoz sigue aludiendo a él como despoblado; sin embargo en 1887 tenía censados 33 vecinos; en 1920 tenía 35; en 1930 vivía 23 personas; 6 en 1940; 9 en 1950; 6 en 1960; y desde entonces vuelve a figurar como despoblado en todos los censos.
Su iglesia, hoy en ruinas, estuvo bajo la advocación de San Pedro. Alejandra Armendáriz Beorlegui, nacida en 1927 en Guerguitiain, recordaba en una entrevista haber conocido en Muguetajarra a cuatro familias, y cómo los vecinos de Guerguitiain, Celigueta y Alzórriz, gustaban de subir a Muguetajarra el día 29 de abril, fiestas de ese lugar en honor a San Pedro Mártir.



MUGUETAJARRA
DE ALLÍ AL CIELO

Texto: Fernando Hualde
Diario de Noticias, 14 de enero de 2012





En una cota bastante elevada de la Peña de Izaga existió hasta hace unas décadas la localidad de Muguetajarra. Hoy sólo quedan sus ruinas.
Navarra es una de esas zonas en donde, por los motivos que sea, que los habrá, existe un mayor número de despoblados; índice este que solo pueden llegar a igualar provincias como Soria o Huesca, principalmente. Y dentro de Navarra es evidente que la merindad de Sangüesa es quien más ha sufrido la despoblación durante la segunda mitad del siglo XX. Podríamos hablar en esta merindad de decenas de núcleos de población los que en esa mitad de siglo han visto apagarse su vida tras centurias de haberla mantenido. Cada uno de estos pueblos tiene sus causas por las que ha llegado a esta situación; y lo que sí es claro es que cerrar para siempre la puerta de una casa es de las cosas más traumáticas que puede haber, y tanto más si esa casa es además la última que quedaba habitada en el pueblo.

A partir de ese momento la naturaleza hace todo lo demás; poco a poco las casas se van hundiendo, hasta quedar reducidas a escombros; y poco a poco, demasiado deprisa a veces, la vegetación se apresura a recuperar el espacio que un día el hombre le quitó. La mezcla de ambas cosas es… desoladora. Poco, o nada, se puede hacer para evitar que esos pueblos lleguen a desaparecer. Pero lo que sí se puede hacer, y en ello estamos a través de esta sección periodística, es evitar que la memoria se pierda; se puede recopilar y recoger su historia, salvaguardar sus últimos testimonios de vida, e incluso dejar constancia gráfica de cómo eran estos pueblos antes de extinguirse para siempre.







Dos Muguetas
Hoy, como tantas veces hacemos, vamos a acercarnos a otro de los muchos despoblados que tienden a desaparecer físicamente. En esta ocasión nos vamos a ir al valle de Unciti, concretamente al lugar de Muguetajarra. El emplazamiento es inhóspito, y es de justicia reconocer que cuesta imaginarse la vida en este lugar. Pero lo cierto es que la tuvo, y durante siglos los vecinos de Muguetajarra y la Peña de Izaga se fusionaron en un binomio que entonces se creía indisoluble. Se encuentra este despoblado dentro del término municipal de Alzórriz; normalmente se accede a él desde la localidad de Celigueta (o Celigüeta, o Ziligüeta, al gusto), desde donde una pista, solo apta pata todoterrenos, permite acceder hasta lo que fueron sus casas. Es muy importante tener en cuenta que hoy, tanto Celigueta como Muguetajarra tienen el acceso restringido, pues son fincas particulares, y con abundante ganado suelto.
De cara a profundizar en su historia lo primero que hay que tener en cuenta es que a Muguetajarra se le conocía siglos atrás con el nombre de Mugueta; por lo tanto es importante tener en cuenta este detalle para no entremezclar su historia con la del despoblado de Mugueta (valle de Lónguida), pues a nivel documental en el Archivo General de Navarra no hay marcada ninguna diferencia entre ambos despoblados, lo que obliga a estar atentos para no asignar parcelas de la historia de uno al otro, que no sería la primera vez que esto sucede.

Ya en el año 1056 encontramos las primeras referencias de Muguetajarra, entonces con la grafía Mugueta, como sobrenombre locativo, en relación con su señor Sancho Ortiz. En el Libro del Rediezmo del año 1268 se le asigna una aportación de 16 dineros más 1 cahíz y 1 robo de trigo. Durante toda la Edad Media perteneció al colindante valle de Izagaondoa.

Nunca tuvo Muguetajarra un número de vecinos relevante. Contaba en 1366 con un solo fuego labrador, y en 1427 aparecía como lugar despoblado. En 1845 Madoz sigue aludiendo a él como despoblado; sin embargo en 1887 tenía censados 33 vecinos; en 1920 tenía 35; en 1930 vivían 23 personas; 6 en 1940; 9 en 1950; 6 en 1960; y desde entonces vuelve a figurar como despoblado en todos los censos.


Últimos vecinos
Es de sus últimos años cuando se ha tenido oportunidad de recoger algunos testimonios.
Varios de los vecinos de los pueblos del entorno coinciden en señalar de sus últimos vecinos fue Fernando Armendáriz, seguramente el más conocido; teniendo en cuenta que la iglesia de San Pedro lleva muchas décadas abandonada y en ruinas, Fernando Armendáriz, pese a ello, acudía cada domingo a cumplir con el precepto a la iglesia de Ardanaz, que se encontraba a varios kilómetros de distancia.
La octogenaria Alejandra Armendáriz Beorlegui, nacida en Guerguitiain, recuerda haber conocido en Muguetajarra a cuatro familias, y cómo los vecinos de Guerguitiain, Celigueta y Alzórriz, gustaban de subir a Muguetajarra el día 29 de abril, fiestas de ese lugar en honor a San Pedro Mártir. Cita ella a casa Faustino, casa Txaso (o Itxaso), “y un poco aparte estaba casa Feliciano”.

José Mª Eslava Gil, de Indurain, y Domingo Larraya Elizalde, de Iriso, añaden a esta lista el nombre de la cuarta casa, que es casa Fernando, última en quedar habitada, que es donde quedó viviendo el mencionado Fernando Armendáriz con sus hijos. “Los de casa Itxaso se fueron a Turrillas, y los de casa Faustino se fueron a vivir a Guerguitiáin”. José Mª Eslava, que fue alcalde de Indurain durante 39 años, conoce muy bien todos los pueblos y entresijos de su entorno, y recuerda que los de Muguetajarra “vivían de la tierra. Ninguna de estas casas tenía en cultivo menos de doscientas robadas. En el verano venían a Muguetajarra los valencianos, a segar a mano”. Recuerda este informante que los niños de Muguetajarra acudían diariamente a la escuela de Indurain, bajaban por la mañana, temprano, y regresaban a su pueblo, siempre andando, al atardecer, que en invierno significaba al anochecer. No faltaba entre los niños de Muguetajarra y los de Indurain las batallas a bolazos de nieve, “y a la mañana siguiente tan amigos”.

Otro octogenario, Desiderio Martínez Orradre, de Beroiz, tiene oído que cuando la guerra murió en Muguetajarra un muchacho al que alguien le pegó un tiro cuando iba cargado con un saco; su delito era ser afiliado de la central sindical UGT.
Pero, sin duda, el personaje más famoso de Muguetajarra fue Miguel Olza Zunzarren, nacido en esa localidad en 1910, y que curiosamente se dedicó al mundo de la tauromaquia, como novillero, y con el sobrenombre de “Vaquerín”. Lamentablemente el 1 de agosto de 1931 fallecía en el Sanatorio de Toreros de Madrid como consecuencia de la mortal cogida de un novillo, dos días antes, en la localidad murciana de Calasparra. El historiador Mikel Zuza Viniegra, descendiente de Zuazu se ha preocupado, y se está preocupando, de recoger con detalle toda su biografía y cuanto material existe en torno a este personaje de Muguetajarra.

A partir de aquí, los testimonios recogidos hasta ahora nos hablan de la presencia de los vecinos de Muguetajarra en la romería a San Miguel de Izaga. Normalmente en Izánoz se juntaban los penitentes de Indurain, Guerguitiáin, Muguetajarra y Vesolla, y desde allí salían todos juntos; “se ponían primero los de Izánoz, que eran ocho o diez, y ellos marcaban el camino”. Iban cantando oraciones, recuerda José Mª Eslava, “se cantaba la letanía, el Santo Dios, el Padre Nuestro, y el Avemaría; el Santo Dios se cantaba ya en Izaga, y lo cantábamos siempre los de Indurain:

Santo Dios,
Santo fuerte,
Santo inmortal,
líbranos Señor de todo mal”.

“Al santuario de Izaga entrábamos en procesión. Se juntaba mucha gente. Para cuando los de Indurain llegábamos, los demás pueblos del valle ya habían llegado; y mucha gente salía a la senda, a nuestro encuentro, para entrar a la ermita con los de Indurain cantando la letanía. Una vez que se cantaba la letanía todos juntos, se rezaba un Padrenuestro a San Miguel, después los gozos, y se acababa con un ¡Viva! A San Miguel”
.
Hoy Muguetajarra, deshabitado, con su caserío disperso y en ruinas, reconvertido en finca ganadera, es un paraje silencioso, más alto que ningún otro pueblo de su entorno de Izaga. En poco tiempo ya no vivirá nadie de cuantos le han conocido con vida, y será entonces cuando todos estos testimonios cobren un valor especial; testimonios estos que hoy compartimos, entre otras razones, para que ya nunca se pierdan.



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MUGUETAJARRA A VISTA DE BUITRE

Fotos sacadas por Iñaki Sagredo el 27 de mayo de 2006


















 
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LAS ERETAS ( NAVARRA)



Travel: Las Eretas – World Archaeology




NOTA.- Como puede verse en este blog el tema de los despoblados de Navarra se aborda sin límites de tiempo. En este caso nos trasladamos a la Edad de Hierro.


LAS ERETAS, POBLADO DE LA EDAD DE HIERRO



A muy pocos metros del río Arga, en la misma localidad de Berbinzana, podemos encontrar los restos arqueológicos de un antiguo asentamiento humano de la Edad del Hierro. Hablamos de Las Eretas, un yacimiento que se nos presenta hoy como un recurso turístico con mucho futuro.
En esta misma sección ya nos acercamos en su día a una parte importante del patrimonio de Berbinzana, en concreto abordamos aquí la historia de su puente y de la bovedaza. En aquella ocasión finalizaba yo el reportaje con el compromiso de acercarme en una futura ocasión a otros aspectos del patrimonio histórico y cultural de esta localidad, y hoy es el momento de cumplir lo prometido.

Hace unos días, en este mismo periódico, nos encontrábamos con la noticia de que se quería potenciar de cara a este verano el primitivo poblado de Las Eretas, en Berbinzana, como recurso turístico de primer orden. Y la verdad es que no solo me parece muy bien, sino que además quiero aprovechar esta tribuna para sumarme a ese esfuerzo que se está haciendo por dar a conocer este poblado fortificado de la Edad del Hierro.
Nos empeñamos muchas veces en irnos bien lejos a conocer otros lugares y otras culturas, lo cual no está mal, y es además un buen ejercicio para no creernos el ombligo del mundo. Pero lo que no es de recibo es que por irnos tan lejos, dejemos de visitar lo que tenemos al lado, lo que tenemos cerca, en nuestra tierra. Navarra posee auténticos tesoros desde el punto de vista patrimonial, y bueno es que empecemos a esforzarnos por ir conociéndolos. Y, precisamente, uno de ellos lo tenemos aquí al lado, en Berbinzana; no muy distante del yacimiento de Andión, y no muy distante del dolmen de Artajona, o de su cerco fortificado. Es una excursión de gran interés que realmente merece la pena.

Edad del Hierro
Las Eretas están en la localidad de Berbinzana, en las afueras de esta población, junto a la Plaza de Toros y junto al puente y, en consecuencia, junto al río Arga. A tan solo 50 kilómetros de Pamplona.
Desde esta última capital cogemos la carretera nacional 111. A la altura de Puente La Reina, junto a la gasolinera, tomamos la carretera que por Mendigorría nos conduce hasta Larraga, y desde esta localidad otra carretera local nos acerca hasta Berbinzana, nuestro objetivo.

Puente La Reina, Mendigorría, Andión… son algunos de los enclaves en los que podemos detenernos con la convicción de que vamos a ver cosas interesantes, de que no vamos a quedar defraudados. Pero el plato fuerte de esta excursión vamos a situarlo en Berbinzana, en Las Eretas, en donde vamos a tener oportunidad de ver algo que no se ve todos los días, algo que nos va a retrotraer al siglo VII antes de Cristo, en la Edaddel Hierro, que es precisamente ese periodo que abarca el primer milenio anterior al nacimiento de Cristo hasta la romanización.

Dicen los entendidos que es precisamente en este periodo cuando encontramos en Navarra los primeros signos de una ordenación del territorio por parte de la población indígena, lo que da pie a un proceso de sedentarización con la formación de aldeas, generalmente fortificadas. Es así pues, en esta época, donde hay que situar el poblado de Las Eretas. Es imporante ser conscientes, por tanto, del significado que tienen esos vestigios que tenemos delante, por cuanto significan y representan.

Es este un yacimiento en donde se ha sacado a la luz una parte de su recinto amurallado y de sus torres defensivas. Previamente han existido unos años de intensos trabajos y de una investigación concienzuda sobre lo que allí había; trabajo este que ha permitido reconstruir una parte de la muralla allí existente, así como una torre y también una vivienda de aquella época. Culminada esa fase previa, y con muy buen criterio, se ha procedido a musealizar este entorno, con paneles inclusive, y a valorizarlo patrimonialmente, lo que nos permite ahora a los demás poder disfrutar de ese privilegio que es, y supone, deleitarse ante un yacimiento arqueológico excepcional.

Y cuando digo excepcional, es excepcional. ¿Por qué es excepcional?, pues porque el estilo urbanístico de este poblado rompe, en buena medida, con las pautas que se seguían en otros poblados de la Edad del Hierro. Lo que tenemos en este yacimiento de Berbinzana, cuanto menos, es poco común.
De entrada estamos ante un asentamiento humano edificado en un terreno llano. Esto, que parece una simpleza, quiere decir que la orografía del terreno no da ninguna facilidad a la hora de fortificar el poblado. Obsérvese que cualquier población fortificada lo que ha hecho es jugar o aprovecharse de las condiciones del terreno para hacer posible una defensa mucho más efectiva.
En el caso de Las Eretas esta deficiencia la han minimizado gracias a la construcción de un murallón de una gran envergadura, claramente desproporcionado con las edificaciones que protege en su interior.

Esta muralla, a la que se le calcula una altura que puede oscilar entre los cuatro y cinco metros, rodeaba totalmente el poblado, y además se reforzaba con algunas torres estratégicamente situadas en puntos equidistantes, lo que hacía más difícil todavía cualquier intento de agresión desde el exterior. Quienes hicieron el trabajo de investigación no descartan, además, de que todo este recinto fortificado estuviese complementado en su parte exterior por otros elementos como fosos o como campos de piedras o con pequeñas murallas de estacas de madera.

El poblado y las viviendas
Si analizamos lo que hay dentro de ese recinto defensivo lo que nos encontramos es con un poblado, no superior a media hectárea de superficie, que se articula en torno a una calle central, y dotado también de un espacio abierto, como si fuese una plaza.
A ambos lados de la calle encontramos las viviendas, de planta rectangular, y pegadas en su parte final al muro defensivo, y compartiendo entre ellas los muros laterales. Así suelen ser los poblados contemporáneos a este encontrados en el valle del Ebro.

La gracia de este yacimiento es que en base a los estudios previos sobre otros yacimientos similares y de la misma época, y en base también a los restos que se han podido recuperar, lo que se ha hecho es reconstruir con un alto índice de fiabilidad tres viviendas completas, y con el mismo material que se empleaba entonces. No hay que olvidar que eran casas de tierra, fundamentalmente adobe, cuyas paredes estaban levantadas sobre amplios zócalos de piedra que las protegían de la humedad.

Sobre estas paredes de tierra se apoyaba la techumbre, construida siempre con materias vegetales, especialmente paja, y sustentada sobre dos traviesas, o vigas, apoyadas en el suelo con unos pies cilíndricos. Todo esto permitía dividir el tejado y el interior de la vivienda en tres partes y en tres estancias claramente diferenciadas: el vestíbulo, la sala principal, y la despensa, situada esta última en la parte colindante con la muralla.

En la entrada de la vivienda, el vestíbulo, podemos ver en el lado izquierdo un horno doméstico, construido con arcilla refractaria, y una pequeña fosa revestida de barro. Estos hornos son, precisamente, uno de los elementos mas significativos y representativos de este yacimiento.
Del vestíbulo se accede a la sala principal, algo así como el cuarto de estar, en el que el elemento principal solía ser un hogar situado a una cierta altura del suelo y hecho a base de arcilla. Y por último, al fondo de la vivienda, se situaba la despensa, cuyo mobiliario no solía pasar de un banco, generalmente adosado a la pared de la muralla; en este caso concreto de Las Eretas las investigaciones realizadas permitieron ver que esos bancos de la despensa en su día estuvieron pintados de negro.

Otros hallazgos
Cuando se intervino sobre este yacimiento arqueológico se puso especial interés en la localización de piezas de cerámica, que son elementos que desde todos los puntos de vista nos aportan abundante información. Hablamos de piezas de vajilla modeladas a mano, pero con la ayuda de una torneta.
En el yacimiento de Berbinzana, y en los trabajos realizados hasta ahora, se han podido localizar piezas con la superficie totalmente pulida, así como otras que, por el contrario, tenían la superficie sin pulir; esta diferencia se basaba en su distinto uso, en su funcionalidad, pues no era lo mismo una pieza de vajilla para la mesa que una pieza destinada a la cocina o a guardar alimentos.

Al margen de los vasos y cuencos que se han localizado y catalogado, existen también otros muchos elementos no menos representativos de la cultura de la Edad del Hierro, como lo son las fusayolaspara tejer, un molde de fundición para hachas de bronce, agujas, punzones, botones, incluso molinos de mano.
Lo que hasta la fecha no se ha podido encontrar es la necrópolis de incineración correspondiente a este poblado. Obviamente esta tenía que estar situada fuera del recinto amurallado, y con esta escueta pista no se fácil su hallazgo. En cualquier caso sí que se han podido recuperar, al menos, seis inhumaciones infantiles que se encontraban bajo el suelo de las casas, correspondientes a fetos terminales y a niños recién nacidos.

Esto nos daría pie a introducirnos en aquella cultura de la Edad del Hierro, previa a la implantación del cristianismo, en donde se establecía la existencia de dos tratamientos fúnebres diferenciados: por un lado la incineración, practicada a todas aquellas personas que habían superado el momento del inicio de la aparición de los dientes de leche; y por otro lado la inhumación, practicada en los fetos y en los niños recién nacidos que no habían llegado a la dentición.

Bien, toda esta información sobre Las Eretas, tal vez un poco más resumida, es la que se le proporciona al visitante en un desplegable informativo que se obtiene al acudir a este poblado. Ahora sólo nos falta ir allí, contemplar con nuestros ojos esta interpretación de la vida de aquellos que un día, como los actuales vecinos de Berbinzana, se asentaron allí, junto al río, y disfrutaron de los beneficios de este cauce.

Sería bueno que nos detuviésemos a pensar en la importancia de este yacimiento arqueológico, que nos habla de costumbres, de formas de vida, de materiales, y de tantas y tantas cosas. Este tesoro arqueológico no está en Grecia, ni en Italia, ni en ningún lejano país; está aquí, al lado nuestro, en Berbinzana. Estaría muy bien que este verano nos acercásemos a ver este antiguo poblado, que merece la pena hacerlo. Y sin olvidarnos que en el mismo Berbinzana hay otras cosas interesantes desde el punto de vista patrimonial: la iglesia, el puente, la bovedaza, escudos de piedra, bellos ejemplares de arquitectura rural… Y sin olvidarnos tampoco de que Artajona, Andión, Mendigorría, Puente La Reina… están allí mismo, llamándonos.

Diario de Noticias, 4 de julio de 2005
Autor: Fernando Hualde


Maravilloso !
 

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MURU ( NAVARRA)




Ruinas del despoblado. (Foto: Marian Inda)




INFORMACIÓN GENERAL


Ubicación
El despoblado de Muru se encuentra dentro del término de Sansoáin, en el valle de Urraul Bajo. Limita al noroeste con el término de Sansoáin, al sur con Nardués Andurra y Arieltz, al norte con Urraul Alto, y al este con el Romanzado.

Historia
Estamos ante lo que se denomina un “coto redondo”, que a día de hoy sigue manteniendo la misma extensión que tuvo siempre. Pertenece al convento de la Compañía de María (Artieda) por vía de herencia.
Aparece documentado por vez primera en el año 1142, siendo entonces cuando su propietario Lope López entrega el palacio de Muru y sus collazos al Monasterio de Leire.

Unos años más tarde es Toda, hija de Enecón, caballero de Muru, entregó también a Leire las pertenencias que tenía en el término de Muru y en el de Artieda, recibiendo como contraprestación por parte del abad Jimeno otras propiedades dentro del mismo término de Muru.
En el año 1268 comprobamos que el Libro de Rediezmos incluye este lugar dentro del valle de Lónguida; y dos años después, 1270, el rey Teobaldo II confirmó al Monasterio de Leire el dominio total de todo el término.
En el año 1428 aparece ya como despoblado, pero posteriormente fue habitado de nuevo. En 1860 mantenía un caserío. Los censos de 1930 y 1940 informan de la existencia de 6 habitantes en este lugar.


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IMÁGENES DE MURU

Reportaje fotográfico realizado por Marian Inda el 31 de octubre de 2009















 
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NAVARZATO ( NAVARRA)





NAVARZATO, LA OCTAVA VILLA RONCALESA



En el término municipal de Roncal, a media hora larga de camino, y en un paraje bastante recóndito, se encuentra el despoblado de Navarzato, la que fuera la octava villa roncalesa hasta mediados del siglo XIII que es cuando quedó deshabitada. De ella tan sólo queda su iglesia, hoy ermita, dedicada a San Sebastian, cuya festividad celebramos pasado mañana, y hasta la que se acercarán los roncaleses en tan señalado día.

Este próximo martes se conmemora la festividad de San Sebastian. A la mayoría de los navarros, con la lógica excepción de los tafalleses, esta festividad les dice poco, o nada. Sin embargo, si nos remontásemos unos siglos hacia atrás, descubriríamos y nos sorprenderíamos del arraigo que tenía en nuestra tierra la devoción a este santo mártir, en cuyo honor se erigieron en otros tiempos ermitas, iglesias, e incluso alguna cofradía se preocupó de promover su devoción.

La fecha del 20 de enero, dedicada por la Iglesia a honrar la memoria de San Sebastián, nos pone en bandeja acercarnos a un rincón de Navarra tan inhóspito como desconocido, un rincón del que, además, es muy poco lo que se sabe pues poca es la documentación que de él se conserva. Se trata del lugar de Navarzato, un antiguo poblado roncalés del que únicamente sobrevive a día de hoy su primitiva iglesia –actualmente la vemos como ermita- dedicada a San Sebastián.

Se accede a este hermoso paraje desde la misma villa de Roncal. Por el lado derecho de la ermita de Nuestra Señora del Castillo parte un camino que nos invita a adentrarnos en aquellos pinares por los que tantas veces paseó el tenor Julián Gayarre. El camino empalma enseguida con una pista forestal que también se puede tomar desde la misma carretera. Tan sólo quince minutos después un rústico letrero, con el nombre de Navarzato, nos pondrá en el camino definitivo, por medio de un bosque en el que conviven el pino, el boj y el acebo, hasta llegar al despoblado de Navarzato, un paraje de ensueño, impregnado de magia y de encanto, en el que cuesta creer e imaginar que allí haya existido jamás un núcleo de población.

Basta ver hoy su camino de acceso para darse cuenta de la realidad de aquellos caminos que comunicaban los diferentes pueblos y por los que únicamente se podía ir con caballerías, impensable con carros. De aquél primitivo poblado hoy sólo queda su iglesia, dedicada a San Sebastián, en un estado aceptable de conservación, tanto más si tenemos en cuenta que su tejado fue arreglado recientemente por la juventud de Roncal, así como los restos de alguna casa, pues aunque despoblado, todavía, y hasta tiempos no muy lejanos, el lugar era utilizado con fines ganaderos. Vacas y yeguas frecuentan aún el lugar recordándonos la vida ganadera que antaño tuvo. De aquella vida, junto a Navarzato, perdura todavía el topónimo de “Saleras de Bizkarrandía”, en alusión a las saleras en las que se les daba sal al ganado, extendiéndola sobre las piedras, como complemento alimenticio a la hierba que comían; es esta una costumbre pastoril que se hacía semanalmente, fundamentalmente con las ovejas, y que en el caso del Valle de Roncal fue minuciosamente estudiada por Pablo Orduna Portús y por Ester Alvarez Vidaurre, y publicada posteriormente en los Cuadernos de Etnología y Etnografía de Navarra (julio – diciembre 1999).

E incluso, aunque no deja de ser una hipótesis muy atrevida por mi parte, cabe pensar que el propio nombre de Navarzato, como topónimo, bien pudiera estar reflejando el carácter pastoril de este lugar; no hay que olvidar que antiguamente a los zagales, o rapatanes, que ayudaban a los pastores se les conocía con el nombre de navarzales.


Despoblado
Navarzato es un paraje que conserva un atractivo singular; cualquier época del año es buena y recomendable para acercarse hasta allí. Y sobre todo, es un paraje que invita a sentarse ante la ermita –iglesia que fue de este lugar-, o bajo la portalada de la casa que fue de los Aznárez, y contemplar el entorno rememorando las cuatro cosas que de este antiguo poblado sabemos. Es de justicia reconocerle a Fernando Pérez Ollo, nobleza obliga, la autoría de lo poco que hasta la fecha se ha escrito de Navarzato y de su ermita, o iglesia, de San Sebastián; para ello se ha servido este autor de los documentos y trabajos que han llegado a publicar Luis Javier Fortún, J.R. Castro, Antonio Ubieto, y A.J. Martín Duque, así como de otros documentos que él ha localizado en el Archivo Diocesano. Importante es también el opúsculo que en 1928 escribió don Joaquín Montuno, presbítero de Roncal.

Gracias a todos estos autores, y en particular gracias a la información que nos transmite el Becerro Antiguo de Leire, sabemos que fue hacia el siglo XIII cuando se despobló el lugar de Navarzato. Sabemos, igualmente, que su iglesia de San Sebastián dependía directamente del antiguo monasterio de San Martín, que existió en los terrenos que hoy ocupa en Roncal la fábrica de quesos. Ya hablaremos otro día de lo que en su día llegó a ser en el Valle de Roncal el Camino de Santiago, de la importancia que llegó a tener en una época determinada; hoy bástenos saber que una de las consecuencias de aquella fiebre jacobea pudo ser este monasterio de San Martín, creado supuestamente por peregrinos o por clérigos franceses, y dedicado a San Martín, patrón de Francia.

Lo cierto es que aquél monasterio roncalés, no muy lejano del que existió en Burdaspal (término de Burgui), contaba entre sus propiedades las decanías y las casas de Sios, Bagón, y las iglesias de Aniauz, Roncal, Garde, y la de Navarzato. A su vez, el monasterio de San Martín quedaba incluido dentro del dominio eclesiástico del monasterio de Leire. Esta dependencia, la de Navarzato en este caso concreto, tiene su origen en la donación que el día 28 de enero del año 1085 hicieron a Leire el rey Sancho Ramírez y su hijo Pedro, fecha esta en la que le entregaron al mencionado monasterio nada menos que cuatro monasterios reales, que fueron los de Santa Engracia –al otro lado de la frontera-, el de Igal –en el Valle de Salazar-, y los roncaleses de Burdaspal (Burgui) y de San Martín (Roncal). Es así, con esta caprichosa donación, como en aquél lejano siglo XI la iglesia de San Sebastián de Navarzato pasó a depender del monasterio de Leire.

Aquél cambio no dejó indiferentes a los vecinos de Navarzato, ni tampoco a los de Garde. Y la causa no era otra que la imposición por parte de Leire del rito romano, mientras que la tradición roncalesa estaba basada en el rito hispánico, o toledano. El propio Pérez Ollo, con gran acierto, ya advierte que esta crispación ante el cambio de rito iba mucho más lejos que el mero cambio en la forma de decir la misa o de cantar los salmos y las preces; el verdadero problema es que el nuevo rito que imponía Leire traía consigo dos modificaciones que a los de Navarzato se les antojaron especialmente graves, como eran la designación de clérigos y el reparto de las rentas parroquiales, es decir, el reparto de diezmos y oblaciones. Garde y Navarzato mostraron su rechazo y su oposición a este cambio tan importante para ellos, aunque hay que decir que Garde para el año 1098 dejó solventada esta cuestión, mientras que Navarzato se mantenía en sus trece, sin aceptar la nueva situación. De hecho, fue necesario que interviniese Pedro I, quien dispuso que el cambio debía de ser aceptado, y que, por tanto, la iglesia de Navarzato se sometiese a la obediencia del monasterio roncalés de San Martín, o lo que es lo mismo, a la obediencia del monasterio de Leire, implicando esto la imposición del rito romano.

Es así como el 27 de enero de 1102 se firmó un convenio en Roncal en el que se pactaba la repartición de diezmos y oblaciones entre los clérigos roncaleses y el monasterio de Leire; tuvieron que testificar, entre otros, “Aznar Fortes, presbítero de Navarzato, y Sancho Aznar de Navarzato, y otros vecinos de Navarzato y de Garde”. Aquél convenio establecía que el monasterio roncalés de San Martín se obligaba a enviar “el sacerdote que celebre las misas, y los clérigos de la villa deben cantar allí las horas diurnas y nocturnas, y lo que tengan por costumbre”.

Sirva como dato curioso, recogido y publicado por Pérez Ollo, que hacia el año 1112 “García y Eneco Manz se obligaron a entregar a San Martín de Roncal, cada año, cuatro ‘panes’ de trigo, cuatro galletas (188’32 litros) de vino y un carnero”, según queda recogido en el Becerro Antiguo de Leire.
La Gran Enciclopedia Navarra nos informa que esta villa debió de despoblarse durante la segunda mitad del siglo XIII, y de que todavía en el año 1268 constaba en el “Libro del Rediezmo”, y que incluso en el año 1553 volvía a aparecer con un solo fuego.

A partir de aquí la historia de Navarzato se diluye. Y nos reencontramos de nuevo con este lugar en el año 1844, a donde sabemos que sube la madre de Julián Gayarre con su hijo recién nacido; no hay que olvidar que el tenor roncalés fue bautizado con los nombres de Sebastián y de Julián. Tuvo que abandonar en Italia su primer nombre, el de Sebastián, porque artísticamente –y la fonética italiana así lo aconsejaba- Julián, o Giuliano, sonaba mucho mejor. Se dice, igualmente, que Mariano, el padre de Julián Gayarre, se preocupaba de llevar ante la imagen renacentista de San Sebastián, aquellas coronas de flores que se le arrojaban a su hijo en los diferentes escenarios por los que iba triunfando.

El diccionario de Madoz nos esboza también unas pinceladas de lo que fue aquél Navarzato que Gayarre conoció de niño. Nos dice este diccionario que el lugar gozaba de un clima muy frío, que su iglesia parroquial estaba servida por un abad, que en sus terrenos se producía trigo, cebada, avena, centeno, legumbres y hortalizas; y dice también que había perdices, liebres, zorros, e incluso corzos y lobos. “Por tradición –dice Madoz- se sabe que en tiempos antiguos hubo algunas casas más, que formaban un pequeño pueblo, cuyos vestigios aún se encuentran”.
Lo cierto es que ya casi no quedan ni tan siquiera ruinas. Las últimas casas del lugar pertenecieron a los Aznárez, una saga estrechamente ligada al lugar de Navarzato. Basta con observar la fachada de su casa en Roncal en la que se exhibe y se venera en una hornacina la imagen de San Sebastián.


Romería
Hasta aquí, más o menos, queda expuesta la historia de Navarzato. Pero lo cierto es que a día de hoy, cada 20 de enero, y también cada 1 de mayo, los vecinos de Roncal suben en romería hasta Navarzato. La fecha importante ha sido siempre la del 20 de enero; ya se decía en Roncal: “20 de enero, San Sebastián el primero”. Pasado mañana un puñado de romeros subirán hasta Navarzato. Ya no es lo que era antes, ni mucho menos. De hecho la mayoría de los años ya no hay ni sacerdote, y los roncaleses tienen que conformarse con rezar el rosario ante la imagen de San Sebastián; aprovechan para encender una hoguera y compartir en torno a ella algo de virica, unas chulas, y algo de turrón si es que ha sobrado. Y de allí no se van sin haberle leído los gozos al ínclito mártir, aquellos que en su estribillo dicen “Campeón muy valeroso, del cristianismo escogido, rogad por todo afligido, Sebastián, mártir glorioso”.

En esta misma fecha subían también antes los vecinos de Garde, “en ocasiones hasta con tres sacerdotes”, recuerda Amparó Galé, de Roncal. Esta misma vecina me recuerda cómo hace unas décadas, en vista de que la gente empezó a trabajar en las fábricas, se creó una nueva romería en la fecha del 1 de mayo. Hoy se mantienen las dos, incluso esta última cuenta con una mayor concurrencia, y en ella no falta la misa ni el tradicional rezo del Ángelus.
Pero... ¿desde cuando se sube en romería el 20 de enero a venerar a San Sebastián?. Nadie espere encontrar aquí la respuesta, aunque sí un dato orientativo.

En el año 1691 se redactaron unas nuevas Ordenanzas para la villa de Isaba. Su primeros capítulos eran copia exacta y literal de las Ordenanzas que hasta entonces habían estado vigentes, únicamente el capítulo 5 sufrió alguna variación pues requería una actualización. Aquél capítulo aludía a la tradición que tenía Isaba de ir en procesión a la romería de Navarzato “porque ha muchos años que iban allá” (esta frase venía ya en las Ordenanzas anteriores cuya fecha se desconoce, y nos permite descubrir que ya en el siglo XVII esta romería era muy antigua). Lo curioso es que en 1691 Isaba toma el acuerdo de dejar de ir a Navarzato; a cambio ese mismo día se le dedicaría una misa a San Sebastián en la ermita de Idoya, a la vez que se acuerda enviar cada 20 de enero media libra de cera a Navarzato, y otra media libra a Idoya; y a esta última ermita izabar el Regimiento acuerda enviar en ese día a un hombre “que vele aquella noche por todos, y se tenga, y se observe en todo el año, en su nombre (en el de San Sebastián) en la Parroquial de la dicha villa de Isaba una lámpara con su aceite, y luminaria como hasta ahora se ha usado y acostumbrado”.

Cabe pensar, por tanto, que a Navarzato llegaron a acudir la totalidad de las villas del valle de Roncal.
Aquí queda su historia, y también el reducto de lo que un día fue. Pasado mañana acudirán hasta allí unos cuantos vecinos, como antes lo hicieron sus padres, y cuantas generaciones les precedieron. Que no se pierda.

Diario de Noticias, 18 de enero de 2004
Autor: Fernando Hualde

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EL ÚLTIMO DESPOBLADO DEL RONCAL


Sebastiana Sandalia Gayarre había nacido en Navarzato el 3 de septiembre de 1854. Hacia diez años que había nacido en la cercana villa de Roncal otro niño, que como ella se apellidaba Gayarre, tenía ascendientes de Garde, le habían cristianado Sebastián, y que llegaría a ser bastante más famoso que nuestra protagonista.


El padre de Sebastiana Sandalia, Jose Joaquín Gayarre, era de Garde. Después de 11 años de matrimonio, por fin nacía su ansiado heredero. El día 4 bautizaron a la niña en la iglesia de Navarzato con el nombre del santo del lugar y el santo del día del nacimiento (San Sandalio o Sandalo martirizado el año 855 en Córdoba). Poco se imaginaban su madre Josefa Martín y su abuela Josefa Labari, las de casa, que iba a ser la última habitante de una villa que llevaba moribunda más de 500 años.


Las 14 villas del valle

Navarzato ("Nabarzato" en los textos medievales), una de las 14 villas del valle de Roncal que tributaban en el siglo XI al monasterio de Leire y que más había resistido la despoblación, estaba muriendo. Atrás se habían quedado sus hermanas, Anués (cerca de Roncal), Vidangoiz (en Vidángoz) y Segarra, Cortes, Ul y Urgés (en Burgui). Navarzato siguió siendo una de las villas del valle de Roncal hasta al menos el año 1270. A partir de esta fecha ya no se le nombra como villa aunque su abad aparece en varios documentados posteriores. En 1321 el abad de Navarzato, Don Vita Garciaton, junto con Sancho Sanz, alcalde de Roncal, y otros aparece en un documento del archivo de la villa de Roncal como testigo de la venta por los monjes de Leire del monasterio de San Martín de Roncal al concejo de Roncal. La gran peste de 1348, que mermó la población navarra en un elevado porcentaje, debió crear muchos problemas en nuestra villa y probablemente le dio la sentencia de muerte.

Pero la parroquia resistiría aún unos cuantos siglos y, aunque en los fuegos de 1368 no aparece, en 1432 aparece el rector de Navarzato siendo también vicario de Isaba. En 1501, en el listado de fuegos aparece "la casa de Navarçato" al final, después de todas las casas de los siete pueblos del Valle. En 1514, el dueño de Navarzato es "Domingo de Nabarzato morador de la casa de Nabarzato" (erróneamente leído por algunos historiadores como roca de Navarzato). En 1540 el abad de Navarzato, Sancho Algarra y su señor Sebastián de Navarzato (Sebastián Daspa) donan el nuevo altar de la iglesia. Pero la aldea parece que vuelve a pasar por malos momentos y en 1549, según sentencia de Consejo Real, se une a la villa de Roncal. En 1577 y a petición de su abad Juan Algarra y la dueña de Navarzato, María Daspa (hija de Sebastián y Catalina Borra) y probablemente influidos por los decretos del concilio de Trento, se firma la unión perpetua de las parroquias de Roncal y Navarzato otorgada por el obispado de Pamplona.

Durante los siglos XVII, XVIII y mitad del XIX se suceden diferentes familias dueñas de la "casa o heredad de Nabarzato": Pedro Alcat, Sebastián Alcat, Pascual Alcat (casado con Juana Martich), Josepha Alcat (casada con Juan Petroch), Juan Joseph Petroch (casado con Manuela Echandi), Francisca Josepha Petroch (casada con Pedro Labari), Josefa Labari (casada con Bernardino Martín) y Josefa Martín (Casada con José Joaquín Gayarre).
Esta última familia ya la conocemos, hemos iniciado el relato con el bautizo de su heredera Sebastiana Sandalia Gayarre. Continuando con la historia, la alegría iba a durar muy poco en Casa Navarzato. El padre y la abuela de la niña mueren cuando cuenta 2 años y su madre muere dos años después de gangrena. Corría el año 1858. El padre es la última persona que entierran en Navarzato. A la madre la enterraron en Roncal. La heredera de la casa de Navarzato con 4 años queda huérfana y a cargo de su tío mayor, Sebastián Martín. La familia baja a vivir a Garde mientras que su otro tío, Lorenzo Martín, se queda en Navarzato donde vive con su mujer e hijos hasta el año 1877. Son los últimos habitantes del lugar. Durante estos años, duros para Sebastiana, su vida trascurre ayudando a su familia adoptiva y viendo cómo su heredad es usada por otros. Navarzato muere para siempre como lugar habitado. Sólo persiste en la actualidad su iglesia convertida en ermita y las ruinas de la "Casa de Navarzato".


Sebastiana al alcanzar la mayoría de edad (21 años) hereda todas las tierras de la casa de Navarzato y rápidamente se casa el 9 de enero de 1877 con un rico heredero de Roncal: Lucas Aznárez. Esta unión hace de la casa Aznárez la más rica del pueblo. Por esas fechas triunfa por el mundo un paisano suyo con el mismo apellido: Sebastián Julián Gayarre, aunque nuestra protagonista no creo que usara mucho su apellido, todo el pueblo la conocía como Sebastiana Navarzato. La familia Aznárez-Gayarre se cambia de casa y tiene 7 hijos aunque cuatro de ellos mueren pronto. En 1904 muere el marido. Sebastiana Navarzato muere en 1917 a los 62 años de edad siendo la última heredera de Navarzato que había nacido y vivido en él. En la actualidad sus descendientes viven fuera del pueblo, aunque mantienen casa en Roncal y visitan el pueblo en el verano.

Rogativas y procesiones

La parroquia-ermita de Navarzato está dedicada a San Sebastián, el abogado de las epidemias. Hasta este lugar subían los roncaleses a pedir remedio para estos males. El concejo también pagaba rogativas especiales a los clérigos de la villa que en solemnes procesiones y novenas pedían al santo su intercesión en ocasiones de especial peligro.
También en 1770 el concejo de la villa se gastó "veinte dos reales por la procesion que se hizo desde la ermita de Navarzato para traer a la Parrochia al glorioso Sn Sebastian con la misa cantada que se celebro al tiempo... quarenta reales por el estipendio de ocho misas cantadas solemnes que con revestidos se celebraron los ocho dias inmediatos al que se traslado a la Parrochia el Santo... y todo mediante acuerdo y comision de la villa pidiendo por su mediacion alivio en la enfermedad de dolor delado que ha corrido en esta villa"

El ayuntamiento también pagaba los gastos de pan, vino y queso que se repartía con ocasión de las romerías que se organizaban todos los años a Navarzato el día de San Sebastián (20 de Enero) y el día de San Marcos (25 de Abril). Las propiedades curativas del santo se extendían también al agua de una fuente que mana debajo de la ermita. Esta agua, que dicen, pasa por debajo del altar del santo, era costumbre bajarla al pueblo en botellas para repartir entre los vecinos que no habían podido subir a Navarzato y guardarla en casa para tomarla rezando al santo pidiendo por la salud de algún miembro de la familia.

Los poderes de San Sebastián no eran sólo para las personas sino que también curaba a los animales domésticos. En un pueblo eminentemente ganadero la salud de los rebaños era fundamental. Todos recuerdan cómo en una ocasión en que una terrible peste atacó a los animales, los roncaleses, conociendo los grandes favores que proporcionaba el santo, subieron con las bestias a la ermita de Navarzato. Al llegar al alto, desde donde ya se divisa la ermita, los animales comenzaron a bramar y en aquel mismo instante y con la sola visión en la lejanía del edificio sagrado, los animales curaron.


Diario de Navarra, 10 de febrero de 2008
Autor: José Ignacio Riezu

 
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OLAZ ( NAVARRA)






INFORMACIÓN GENERAL



Otras denominaciones
: Bassaolaz (1366)

Situación
Se desconoce la ubicación exacta de este antiguo núcleo de población. Sí que se sabe que está dentro del término municipal de Lumbier, y que al paraje que todavía conserva el topónimo se accede desde el Alto de Loiti, por la pista que accede a los molinos eólicos. Aproximadamente a medio kilómetro, en el lado izquierdo de la pista, y a pocos metros de esta, se localiza la antigua nevera de Olaz, único vestigio que queda de aquél poblado. Está cerca de la muga con Aibar. Es Camino de Santiago; paso obligado para los peregrinos que utilizan el camino que une Sangüesa con Izco.
El monte de Olaz, que es Monte Comunal de Utilidad Pública, ocupa una extensión de 397 Ha.

Historia
De generación a generación se ha transmitido la historia, o leyenda, de que los vecinos de Olaz fueron víctimas siglos atrás de una grave epidemia. Fueron todos ellos acogidos en Lumbier, y en compensación aquél término pasó a ser propiedad de los lumbierinos.
A pesar de ello no han faltado debates sobre la pertenencia de este paraje a Lumbier, a Aibar, o a Ibargoiti. Y todo parece indicar que los documentos coinciden en señalar la propiedad para Lumbier; así lo indican desde los informes de Julio Altadill sobre despoblados hasta el documento de inscripción de esta finca en el Registro de la Propiedad de Aoiz a beneficio de Lumbier, del año 1932, pasando también por los deslindes de Lumbier con Aibar e Ibargoiti del año 1928.

En cualquier caso hay que dejar constancia de que la documentación antigua lo incluye en mucho casos dentro de la Val de Aibar, al menos durante la etapa del medievo; pero también hay que decir que en el año 1456 la localidad fue destruida y abandonada; es aquí donde podría encajar, al menos en parte, la vieja leyenda de la grave epidemia. Casi cuarenta años después, en 1494, el desolado fue donado a Alfonso de Artieda, y a este se lo compró en 1497 el concejo de Lumbier.

En el año 1280 la pecha anual que pagaban sus vecinos era de 22 sueldos, 8 dineros por la renta de vino, 8 cahíces, 3 robos de trigo, 18 cahíces, 3 robos, 3 cuartales de cebada y avena, más 4 cahíces, 1 robo de trigo, y otro tanto de cebada y avena en concepto de “cena”. Casi un siglo después, en documentos de 1366, vemos a Olaz con la denominación de Bassaolaz.

Con todas las reservas hay que decir que en 1420 el rey Carlos II hizo una donación a Juan Coxe de Suescun, doncel de cámara de la futura reina doña Blanca, de los lugares de Egüés, Elcano y Olaz, denominado a este último como “Olaz cabo Monreal”, que es la misma denominación con la que queda recogido este lugar en el Libro de Fuegos” de 1427. Así pues entendemos que ese Olaz donado en 1420 no es el que está junto a Pamplona, sino este que pertenece a Lumbier.

Se sabe también que la iglesia parroquial de Olaz estaba dedicada a Santa María. Frente a este dato real y documentado, tenemos también el dato de que una iglesia de Santa María de Olaz (suponemos que esta), que hasta 1085 había sido decanía del monasterio de Urdaspal (Burgui), fue confirmada en 1270 por Teobaldo II a la abadía de Leire.

Estado de conservación
De las casas de Olaz nada queda. Téngase en cuenta que en 1456 no solo quedo deshabitado, sino también destruido. A esto hay que añadir que sobre esas posibles piedras que hubiesen quedado han pasado más de 550 años.
A día de hoy el único vestigio que queda de aquél núcleo de población es la nevera, o pozo de nieve, que utilizaron para abastecerse. Lamentablemente el estado de esta construcción no es bueno; faltaría hacer una excavación para conocer el estado de sus paredes, pero la parte aérea se ha perdido en un porcentaje muy elevado. Las actas municipales del Ayuntamiento de Lumbier reflejan que en alguna ocasión se ha llegado a solicitar la recuperación de esta nevera, como recientemente se ha hecho en Aibar con la nevera de La Vizcaya, junto al corral de Longás.


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ÁLBUM FOTOGRÁFICO DE LA NEVERA DE OLAZ
OCTUBRE 2009 - Fotos: Fernando Hualde







 
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ORRADRE ( NAVARRA)






ORRADRE, LOS ÚLTIMOS SÍNTOMAS DE VIDA



El Romanzado, en la merindad de Sangüesa, es una de esas zonas de Navarra que más está acusando la regresión demográfica del ámbito rural. Allí esta Orradre, una pequeña localidad que está oficialmente despoblada, pero en la que todavía se ven síntomas de vida.

En los últimos años estamos asistiendo al resurgimiento de un nuevo vocabulario con el que los políticos abordan en congresos, reuniones, y ruedas de prensa, la situación del mundo rural, especialmente la de las zonas más desfavorecidas. Nos hablan de desarrollo rural, de planes estratégicos, de ecodesarrollo, de planes de comunicación… Palabrería.

Son palabras y expresiones bonitas, que suenan bien, que visten mucho a nivel institucional, que mueven millones, que parecen algo. Y sin embargo la realidad es cada vez más sangrante, más penosa, más dura. Y para muchas localidades navarras todas estas “declaraciones de intenciones” llegan tarde, irremediablemente tarde. Y el Romanzado, en la merindad de Sangüesa, es uno de esos lugares en donde la dura realidad demográfica se nos muestra en toda su crudeza.

En esta misma sección vimos en su día la historia de Iso, un pequeño pueblo junto a la foz de Arbayún, del que ya tan sólo quedan sus ruinas. Hace no mucho veíamos también la historia de Napal, en donde vive el pastor, y en fin de semana y vacaciones algunas personas más. Y hoy, sin alejarnos mucho de Napal, vamos a acercarnos a la realidad de Orradre, al que me resisto a llamar despoblado, aunque la realidad es la que es, y desde los años sesenta figura oficialmente como despoblado.

Y si me resisto a llamarle despoblado, pese a estar todas sus casas vacías, es porque quiero pensar que todos esos planes estratégicos y todos esos proyectos de desarrollo rural acabarán sirviendo para que vuelva a tener vida. Bastaría con tener agua corriente. Lo demás, las ganas de volver a habitar esas casas por parte de sus antiguos inquilinos, creo que se mantienen, como lo demuestra el hecho de que allí acuden los fines de semana y en el verano. Incluso entre semana se detecta algo de vida: el pastor de Napal, el perro de la casa de Juan Tabar, incluso alguna huerta denuncia una presencia humana permanente.






Pueblo vacío


Hay pocas casas en Orradre. Se pueden contar con los dedos de una mano, y aún sobra un dedo. Hablamos de casa Juanito, casa Ruperto, casa Juan Tabar, y casa García. A estas cuatro casas hay que añadir en el caserío la iglesia de San Juan y varios corrales. A mediados del siglo XIX, según el diccionario de Madoz, había ocho casas en esta localidad, de las que solo cuatro estaban habitadas, sobrentendiéndose que las otras cuatro eran corrales. Seguramente en todo este tiempo nunca han pasado de cuatro casas habitadas. El pueblo quedó deshabitado hacia el año 1962; se quedaron entonces abiertas las puertas de las casas, y estas totalmente abandonadas. Unos años más tarde, hacia 1970, los antiguos vecinos se preocuparon de volver a cerrar las puertas y cuidar sus casas, habitando el lugar en verano y durante muchos fines de semana, situación esta que se mantiene a día de hoy. El censo de 1802, de forma excepcional, nos arroja un censo de cinco casas habitadas; debió de ser la época de mayor esplendor. Lamento no saber el nombre de aquella quinta casa ni su ubicación.

Hubo antaño también una ermita, bajo la advocación de San Julián, que hace siglo y medio estaba en ruinas, y hoy solo quedan unas piedras y el hidrónimo. Hubo también, probablemente, un pequeño molino, que habría estado ubicado en el punto en donde hoy nace la carretera que va a Orradre y Napal, paraje este al que todavía hoy se le conoce como “el Molinacho”. Sin olvidarnos de las caleras, muy cerca del pueblo, de las que hoy todavía quedan restos de dos de ellas. O del cementerio, que antaño rodeaba el recinto parroquial, y hoy mantiene su distancia prudencial con el pueblo.
Actualmente Orradre figura como despoblado, pero lo cierto es que no es raro ver pasar entre sus casas al pastor de Napal, o al de Juan Tabar cuidando y mimando la huerta, incluso se ve una mano humana permanente que se traduce en muchos detalles.
También se detecta otro tipo de presencia humana, la de los amigos de lo ajeno, que en los últimos años se han empeñado en llevarse todas las piedras esquineras de algunas de sus casas y corrales. Pocos pueblos se libran de este tipo de rapiñas, y la verdad es que duele ver ese expolio.







Casas con historia
Pero vamos a detenernos un poco en la historia que hay detrás de esas casas de Orradre. Ya sé que no es una historia de las de salir en las enciclopedias, pero no por ello deja de ser su historia, la historia de sus gentes. Hablamos de sagas familiares como los Oroz, o los Tabar, saga esta última que derivó en tiempos más recientes en los Equiza.


En la parte baja del pueblo esta Casa Juanito. Luce en su blanca fachada una piedra empotrada, que se supone que es la antigua clave de la portalada, en la que se ven las iniciales de JHS (Iesu Homine Salvatore, o Jesús, Hombre y Salvador). Estas iniciales quedaban reservadas antiguamente para aquellas casas que habían aportado a la Iglesia algún clérigo. Colindante a esta casa está el corral, en cuyo interior un habitáculo aloja un horno de pan perfectamente conservado, que de alguna manera nos da una información etnológica interesante sobre el modo de vida de esa casa, cuyo reducido tamaño debió de forzar a sacar el horno al corral.

En el otro extremo del pueblo está Casa Ruperto. Es la peor conservada de las cuatro, de hecho está en ruina total. Luce íntegra su fachada principal con una portalada sencilla con arco de medio punto. Sobre la puerta, más concretamente sobre la ventana que hay encima de la puerta, pude verse tallado en el dintel un dibujo lineal que quiere representar un símbolo solar de sencillo trazado. Ya sé que es un dibujo sencillo, pero no por ello deja de encerrar toda una filosofía de vida en la que se imponía buscar, en base a las creencias populares, las fórmulas adecuadas para invocar la protección de la casa y de cuantos la habitaban.

La casa más grande de todas es la llamada Casa García, todo un señor edificio ante cuya imagen basta con cerrar los ojos para imaginar la vida que pudo haber en épocas anteriores en el mismo umbral de su puerta en donde todavía hoy se pueden vivir momentos llenos de magia. A modo orientativo puedo decir que en el año 1075 García Sánchez, señor de Domeño, y su esposa Urraca, donaron al monasterio de San Salvador de Leire los palacios que tenían en Domeño, Argüiros, Orradre, y Cortes. No sé si es aventurar mucho el decir que esta casa pudo ser aquél palacio de casi mil años de existencia documentada. Su aspecto señorial y el nombre de García me permiten creer que realmente es así. No obstante lo expongo con todas las reservas.

Los Tabar
Otra de las casas es la que siempre se ha llamado de Juan Tabar, o Juantabar. La casa no llega a tener cien años; la clave de su puerta sitúa su construcción en 1919. Sin embargo intuyo que este edificio se hizo en sustitución del anterior, pues la casa Juan Tabar es de las que tiene solera.
¿Quién era Juan Tabar?. Pues para empezar hay que tener en cuenta que el apellido Tabar nunca ha faltado en esta localidad desde hace muchos siglos; y el nombre de Juan se repetía hasta la saciedad en base a esa moda que ha existido siempre de poner el nombre del patrón; en este caso San Juan. No obstante nos encontramos con que en la segunda mitad del siglo XVIII el abad de esta iglesia de Orradre, que era natural del lugar, se llamaba Juan Ramón Tabar.







En 1766 un tal Juan Tabar, respaldado por el mencionado abad Juan Ramón Tabar, se enfrentó al resto de vecinos por un problema de goce de hierbas. Resulta curioso imaginar aquella situación; cómo en un pueblo con cuatro casas, y de obligada convivencia los unos con los otros, podía llegarse a pleitear. Todo sucedió el 3 de septiembre de aquel año de 1766; ese día se reunieron el escribano con los vecinos en el atrio de la iglesia, “que es el puesto destinado, por no haber Casa Concejil, para actos semejantes”. Allí se vieron las caras Juan Joseph de Yndurain, Juan Martín de Zunzarren, Juan Tavar, y Fermin Tavar (entonces escribían Tabar con “v”), todos ellos jurados y vecinos de este lugar. Y así, estando juntos, dijeron que este pueblo tiene su término muy limitado, y de cortísima pastura, y no obstante introducen en él mucho ganado.

Demasiado ganado para tan pocas hierbas. Es por ello que el 29 de junio, día de San Pedro, tenían los vecinos la obligación de sacar del término de Orradre todo el ganado menudo, llevándolo a “yerbas forasteras”, manteniéndolo en ellas hasta el 29 de septiembre, día de San Miguel. Así estaban las normas establecidas hasta que Juan Tavar, por lo visto el más afectado, se enfrentó a sus vecinos defendiendo que había hierbas suficientes como para no tener que sacar los ganados de allí. Y es que las cosas no se le habían puesto fácil a Juan Tavar (o Tabar), sobre todo desde que dos décadas antes se disolviese la facería que mantenía Orradre con Arboniés.
En 1780, ya viudo, Juan Tabar todavía tiene ganas de pleitear, y lo hace entonces con los Jerónimo García, heredero de Juan Miguel García, que lo mismo vivía en su casa de Domeño que en la de Orradre. Y un año más tarde vemos al hijo de Juan Tabar, llamado Juan Francisco, envuelto también en pleitos con los de Usún.

Quien también debía de ser ganadero era José María Oroz, que en 1828 todavía andaba queriendo cobrar unas deudas que con él habían contraído unos vecinos de Berrioplano tras comprarle un ganado que no acababan de pagar.







Abades
Y de la parroquia, hoy totalmente vacía y cerrada a cal y canto, sólo decir que antaño tuvo su pequeña historia. En 1558 moría su abad Sancho Pérez de Lumbier, a quien sustituyó Juan de Napal, del que sabemos que en 1597 todavía seguía en el cargo; a este le sustituyó un año después Martín de Lizarraga, que abandonó el cargo en 1607, tomándole el relevo Juan Ibañes de Zuazu, quien décadas más tarde dejó su puesto al ya mencionado Juan Ramón Tabar. Pero, en fin, que no es cuestión de recomponer aquí la relación de abades que ha tenido esa iglesia de San Juan. Simplemente se trata de dejar constancia de que en Orradre tenían abad; quiere esto decir que el nombramiento de cada “párroco” no se les venía impuesto desde el obispado, sino que eran los vecinos quienes proponían su candidato, por tener derecho a ello.

Y nada más por hoy; que allí se queda Orradre, en silencio, con unas casas y unas piedras que nos hablan solas, que nos cuentan mil historias. Hoy es ya momento de interpretar su historia, y también dejar que sus últimos vecinos nos aporten el testimonio de lo que un día llegó a ser. Son relatos que no se deben perder. Y tampoco Orradre se debe perder. Cuestión de agua, dicen.


Diario de Noticias, 27 de marzo de 2006
Autor: Fernando Hualde




RELACIÓN DE DOCUMENTOS QUE SOBRE ORRADRE EXISTEN EN EL ARCHIVO GENERAL DE NAVARRA



1075

García Sánchez, señor de Domeño, y su esposa Urraca, donan al monasterio de San Salvador de Leire los palacios que tenían en Domeño, Argüiros, Orradre y Cortes.
(Ref: CO_DOCUMENTOS, Caj.1, N.1, f. 3r-3v)

1596-1597
Juan de Imirizaldu, Juana de Preciado, su mujer, y Juan de Napal, abad de la iglesia de Orradre, contra Domingo de Boneta, tutor de los hijos de Miguel Ibáñez de Larequi, vecino de Sangüesa, sobre pago de 40 ducados por un conocimiento de deuda.
(Ref: 012731 / 16016227)

1603 (aprox.)
Martín de Zuazu, abad de la iglesia parroquial de Orradre (Romanzado), capellán de la fundación de Sancho Pérez, contra Miguel de Irigoyen, vecino de Zuazu (Izagaondoa), sobre pago de los réditos de un censo a favor de la fundación.
(Ref: 213291)

1711-1763
Francisco Roldán, vecino de Arróniz, contra José Manuel de Acedo, patrono de la fundación de capellánía de Tomás Palacios en la iglesia parroquial de Lúquin, heredero de Diego José de Acedo, cesionario de Eugenio Pérez de Azpeitia, Juan Ramón Tabar, presbítero, abad de la iglesia parroquial de Orradre (Romanzado), capellán de dicha fundación, y otros, sobre nulidad de los autos de ejecución, posesión t remate de bienes, alegando lesión en un pleito relativo a hacer cierto y seguro un censo de 750 ducados, impuesto por Diego Roldán y María de Urrea en la villa de Arróniz.
(Ref: 206657)

1729
El cabildo de la Colegiata de Roncesvalles contra los lugares de Orradre (Romanzado), Murillo-Berroya, Uli y otros, sobre ejecución para pago de un cahiz anual de trigo en concepto de pecha.
(Ref: 126425)

1743-1754
El lugar de Arboniés contra el lugar de Orradre (Romanzado), sobre disolución de facería entre ambos pueblos.
(Ref: 155157)

1766-1767
El lugar de Orradre (Romanzado) contra el Fiscal, Juan Tabar y Juan Ramón Tabar, abad de la iglesia de Orradre, sobre confirmación de cotos para goce de hierbas.
(Ref: 218396)

1780
Juan de Tabar, vecino de Orradre (Romanzado), viudo y usufructario de Joaquina Suescun, contra Jerónimo García, hijo y heredero de Juan Miguel García, su padre, vecino de Domeño, sobre ejecución por 60 ducados, mitad en dinero y mitad en dinerada, resto de la dote ofrecida para su matrimonio por María de Estoqui y Juan Miguel García, su yerno.
(Ref: 207157)

1781-1783
El lugar de Usun contra el Fiscal, Juan y Juan Francisco Tabar, vecinos de Orradre y foranos de Usun, sobre confirmación de acuerdo relativo a rotura de terrenos comunales para pago de los réditos de un censo de 300 ducados de deuda.
(Ref: 051190)

1791
Juan Francisco Tabar, vecino de Orradre (Romanzado), tutor de Juan José Olaverri y sus hermanos, contra Tomás de Olaverri, padre de dichos menores, vecino de Domeño, sobre entrega de la dote de Martina de Uztárroz, su mujer, por haber perdido su usufructo al haber contraido matrimonio en segundas nupcias.
(Ref: 128524)

1828-1829
José María Oroz, vecino de Orradre (Romanzado), contra Marcelo Sarasa, Estefanía Uli, su mujer, Juan Ángel Iriarte y Catalina Insausti, sus padres, vecinos de Berrioplano, sobre ejecución por 1.172 reales fuertes y 19 maravedis adeudados de la venta de ganado.
(Ref: 141146)

1832
El lugar de Orradre contra el Fiscal, sobre permiso de tomar 300 duros a censo para pago de gastos.
(Ref: 055467)
 
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PAMPLONA ( NAVARRA)






PAMPLONA, EL DESPOBLADO QUE UN DÍA FUE CIUDAD

Aproximadamente en el centro de la provincia de Navarra nos encontramos hoy con las ruinas del mayor de los despoblados que existen en la comunidad foral. Se trata de Pamplona, una ciudad que durante siglos fue la capital del reino.
Hoy no es un día cualquiera, hoy estamos a 28 de diciembre del año 2083. Dentro de nuestro largo periplo por el patrimonio de Navarra, iniciado allá por el año 2002, y con motivo del reportaje número 5000 de esta sección, queremos hoy acercar a nuestros lectores una parcela del patrimonio navarro un tanto singular. Vamos a intentar adentrarnos en la historia del despoblado más importante que tenemos en el viejo reino. Nos referimos a lo que un día fue la ciudad de Pamplona, despoblada, tal día como hoy, en el año 2015. Estamos, sin duda, ante la localidad deshabitada de mayor envergadura de cuantas se conservan en nuestra comunidad foral.

Todavía hoy, entre la gente mayor, podemos encontrar testimonios de la vida que este actual despoblado un día tuvo. Sobrevive a duras penas la memoria de lo que, después de veinte siglos de existencia, fueron sus últimos coletazos de vida. Pero para recoger unas primeras pinceladas es obligado acudir a la edición actualizada, ¡y ya van veintidós ediciones!, de la Gran Enciclopedia Navarra, coeditada en 2075 por veinticinco cajas, o entidades bancarias, hijas de la cívica fusión de 2009.







Causas de la despoblación
Y es a través de la GEN como llegamos a saber que en aquél año de 2015 no quedó deshabitada toda la ciudad, sino el centro neurálgico de la misma, lo que entonces se denominaba Casco Antiguo –coloquialmente Casco Viejo-, Primer Ensanche, y Segundo Ensanche; lo que dio pie a su desintegración como entidad municipal. Dicen los historiadores que este despoblamiento fue el resultado de un proceso que comenzó a finales del siglo XX con la construcción de urbanizaciones en Mendillorri, Sarriguren, Gorraiz, Olloki, Bustintxuri, y Mendebaldea; proceso este que culminó con la construcción de la actual capital de la provincia, Guendulain, que acabó de absorber a la población autóctona residual que todavía habitaba en el corazón de la vieja Iruña.

A nivel de edificios emblemáticos, recuerdan los más ancianos, que uno de los primeros en abandonar el barco, allá por el año 2009, fue el colegio de los Hermanos Maristas, que el próximo año cumplirá sus bodas de diamante en su actual ubicación de Sarriguren. Posteriormente lo hicieron las Universidades, la Delegación del Gobierno (o Virreinato Etxea), la sede del Gobierno de Navarra, y por último El Corte Inglés, hecho este último que acabó por provocar la desbandada general del resto de establecimientos comerciales que supieron buscar los nuevos asentamientos humanos.

La despoblación del centro de la ciudad vino acompañada de la fusión por absorción, de la zona sur de la ciudad, constituida entonces por los barrios de la Milagrosa, Lezkairu y Azpilagaña, que acabaron integrados en el nuevo Noain. Barriadas como las de la Txantrea y Rotxapea quedaron vinculadas administrativamente a Ansoain. San Jorge, Nuevo Artica y Bustintxuri fueron absorbidos por Berriozar, con la única excepción de la entonces llamada calle del Ferrocarril, que fue rechazada por no reunir las condiciones mínimas de higiene y salubridad. Finalmente, los barrios de San Juan, Iturrama y Abejeras acabaron fusionándose, dentro de la cendea de Galar, con el municipio de Esquiroz.

Aritz Zaldibarrarikoagoitia, a pesar de su edad nonagenaria, todavía recuerda aquellos últimos años de Pamplona: “recuerdo que había unos autobuses verdes cuya propiedad iba pasando de mano en mano; se les llamaba villavesas, y para montarse en ellos había que enseñarles tu tarjeta de ciudadano”. Y en este caso el recuerdo da paso a la añoranza, al sentimiento triste de ver que hay cosas que se perdieron para siempre: “nos anunciaban una y mil veces que los Sanfermines y los encierros podían llegar a morir de éxito, pero el fin que tuvieron no lo esperaba nadie; ¡tanto quisieron descentralizarlos, que al final…!”.

Justo tuvo tiempo Pamplona, después de años de reinado de Yolanda Barcina, de conocer al primer alcalde ecuatoriano, Oswaldo Ramírez, que accedió a la alcaldía gracias al respaldo que recibió en barrios como la Milagrosa y el Segundo Ensanche, y que pasó a la historia por haber sido capaz de romper la alternancia de poder que en las últimas décadas ejercían partidos como el PSN (PSOE) y UPN, integrados estos últimos, también de forma intermitente, en el Partido Popular cuya presidencia de honor todavía ostenta el incombustible don Manuel Fraga Iribarne.







La Pamplona de hoy
Casi siete décadas después del despoblamiento de Pamplona resulta realmente impactante pasear por las ruinas de esta ciudad. La vegetación, siguiendo la ley natural, ha recuperado poco a poco su espacio. Asistimos a un escenario desolador en donde reina la ruina y el silencio. El monumento a los Fueros, caído y roto, es fiel reflejo de la realidad actual de aquellos derechos; todavía hoy, para celebrar su ruina, celebran allí una fiesta anual militantes de un partido político fundado hace ocho décadas por una ex eurodiputada socialista que destacó por su oposición al sistema foral navarro.
La plaza del Castillo es hoy un enorme solar en donde la maleza se ha apoderado de todos los rincones, y, lo que es peor, parece que la estructura del parking que en ella se construyó empieza a ceder por el lado norte, por lo que en breve podríamos encontrarnos con un enorme socavón, que ya, a día de hoy es considerable.

La Catedral fue desmontada en su día, piedra a piedra, para ser trasladada a Estados Unidos. Aquellos norteamericanos, buscadores de arte, no se sabe muy bien por qué, se llevaron todo el edificio, pero se dejaron la fachada.
Curiosamente el primer edificio en caer fue el que entonces denominaban Baluarte, que por lo visto no tenía la misma solidez y consistencia que los edificios construidos en la parte más antigua de aquella urbe; aunque todavía pueden verse algunos adoquines por el entorno del solar de aquél edificio. Junto a aquél, dicen que un grupo de individuos de etnia gitana desmontaron la estructura metálica de otro gran edificio cuyo nombre todavía hoy nos evoca la vieja aspiración española de soberanía sobre una roca llena de monos.

Nada queda tampoco del viejo Archivo General de Navarra, ni de otros muchos edificios a los que, siendo antiguos, se les quiso dar un toque arquitectónicamente moderno; hasta el punto que lo que un día fue Condestable pasó a denominarse Condeinestable.
Llama enormemente la atención a los investigadores actuales cómo a la hora de hacer un estudio toponímico de aquella Pamplona que quedó deshabitada en el 2015, se encuentra una amplia gama de topónimos que tienen la terminación “Reyno de Navarra”; sospechan algunos que pudo esto deberse a una epidemia republicana, en donde la palabra “reyno” era tan solo una contracción lingüística.







Futuro museo
La noticia es que el Departamento de Cultura del Gobierno de Navarra ha incluido en los presupuestos del próximo año una importante partida destinada a la creación de un museo en la ciudad condal de Guendulain, concretamente en el barrio de Zizur Mayor, en donde quede recogida la memoria de aquella ciudad que durante siglos fue la capital de Navarra.

Quiere ser un recurso turístico de primer orden, en donde los turistas puedan llegar a conocer como eran hasta el 2015 las fiestas de San Fermín que los pamploneses celebraban en el mes de julio. Imágenes del encierro de los toros, el busto relicario de San Fermín, incluso las figuras de lo que fue la Comparsa de Gigantes y Cabezudos, que durante algo más de 150 años ambientaron en fiestas esas mismas calles que hoy vemos desoladas, cubiertas de maleza, y llenas de escombros, coronando la margen izquierda del río Arga.

En el futuro museo se expondrá también una “villavesa”, la locomotora del castañero, lo que sobrevivió del monumento al encierro, la campana María, y una bota de las tres “Z”; en este sentido es destacable el esfuerzo que ahora mismo está haciendo la consejería de Cultura y Turismo por hacer una recreación de los que fue el “carrico Moreno”. Igualmente, un juego interactivo permitirá a los guendulaineses y a cuantos turistas visiten este espacio museístico, conocer de cerca los principales rasgos biográficos de los últimos alcaldes que tuvo Pamplona, siendo posteriormente necesario vincular sus nombres con objetos concretos, como puede ser una excavadora, o un centro de aguas termales, entre otros; de tal forma que a quien consiga emparejar a todos se le obsequiará con un lote de maquillaje Lizaur.

En fin, esta es, de forma muy resumida, la historia de un despoblado, hoy tierra de nadie, que tuvo el privilegio de ser la principal ciudad de Navarra durante veinte siglos. Sirvan estas líneas de homenaje a todos aquellos pamploneses que a lo largo de los siglos dieron vida y continuidad a esta localidad. Un recuerdo muy especial a quienes vivieron y sobrevivieron al asedio romano en el siglo I, al asedio castellano-guipuzcoano en el siglo XVI, y al asedio carlista en el siglo XIX, porque a pesar de todo ello todavía hubo siempre una llama de esperanza y un testimonio de la verdadera esencia de esta tierra. Recuerdo, emotivo también, para quienes en los años 1893 y 1894 consiguieron eliminar a Gamazo del Gobierno central y devolverle a esta tierra el orgullo de ser foral, el orgullo de haber sido la capital de un viejo reino, y el recuerdo de que ese reino fue un estado independiente

. Y, por último, un recuerdo especialmente cariñoso al ciudadano anónimo, al del día a día, al que raramente salía en los medios, al que sufría la ORA, al que chateaba por “lo viejo”, al mozo-peña, al casta (también llamado PTV), y al que acudía cada dos domingos al estadio de fútbol a animar a Osasuna. Y…, hablando de Osasuna…, tantas décadas después todavía se recuerda aquella gesta en la Liga2009-2010, en la que después de las Navidades, no se sabe de donde sacaron fuerzas, pero sorprendieron a todos con un juego extraordinario que les llevó, por vez primera en su historia, a ser los campeones de Liga.

Texto: Fernando Hualde
Fotografías: Iker Andrés
Diario de Noticias, 28 de diciembre de 2083

 
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PEÑA ( NAVARRA)





EL DESPOBLADO DE PEÑA REVIVE POR SAN MARTÍN


El pasado 11 de noviembre, por unas horas, el despoblado de Peña recuperó su pulso vital. Sus vecinos volvieron a ocupar su espacio, se llenó de nuevo el templo, y no faltó el recuerdo a todos los que allí han vivido.
Las casualidades son las casualidades, y no hay que darle más vueltas. Entre mis muchas asignaturas pendientes que yo tengo en mis recorridos por el patrimonio de Navarra, estaba la de visitar el despoblado de Peña, que solo conocía por fotografías y que me parecía, sencillamente, espectacular.
La excursión la proyecté con un amigo para este pasado martes, pero la lluvia nos forzó a retrasarla al día siguiente, que era miércoles y 11 de noviembre. Y allá que fuimos.

De Pamplona a Sangüesa; de “la que nunca faltó” a Gabarderal; y de allí a Torre de Peña, un pequeño poblado por el que pasa la Cañada Real de los Roncaleses, y que sorprende por la gran colección de estelas funerarias que desde hace cuatro décadas decoran el pequeño jardín que hay delante de su iglesia de San Gabriel. Estábamos ya dentro del término de Peña, un término municipal que durante siglos ha tenido un único propietario, y que hace tres generaciones, aun quedando dentro de la misma rama familiar, se dividió en tres partes: Monte de Peña, Sierra de Peña, y Torre de Peña.

Lo cierto es que el guarda de Peña, al ver nuestro coche se acercó interesándose amablemente por nosotros. Le mostramos nuestra intención de dejar el coche allí y, por el camino viejo, subir hasta el despoblado de Peña. Nos dijo que no había ningún inconveniente, y para nuestra sorpresa nos informó que ese era precisamente el día de subir a Peña, pues era 11 de noviembre, fiesta de San Martín, patrón del lugar, y que ese día se abría la iglesia y se hacía una misa honrando al patrón. Estaba claro que, sin quererlo, habíamos elegido muy bien el día.







Los últimos
El camino era estrecho, de esos que antaño llamaban de herradura, pues únicamente se podía transitar andando o con caballerías, y siempre “en fila india”. Y desde allí mismo empezamos la ascensión. Buena parte de la senda discurre bordeando la malla metálica que cierra una de las tres partes de Peña; bordeamos algún sembrado, caminamos entre encinas a la vez que íbamos cogiendo altura, hicimos un alto en el corral que hay a mitad de camino, que por cierto, ¡cuántas casas de Navarra quisieran tener esas piedras de sillería que lucían las paredes del corral!; y es así como, serpenteando con la torre a la vista como regia referencia, llegamos hasta las mismas casas, ya en ruinas, de Peña.

Como era de esperar, en día tan señalado no habíamos sido los únicos en subir hasta allí. Algunos habían subido a pie, como nosotros, y otros en vehículos todoterrenopor una de las pistas. Lo cierto es que en aquél templo, que excepcionalmente abría sus puertas ese día –igual que lo hace cada 9 de mayo, San Gregorio-, nos reunimos 29 personas en una eucaristía celebrada por José Mª Marticorena, nuevo párroco de Sangüesa y de Peña, que además era portador de los saludos del Arzobispo para todos los asistentes a ese acto religioso.

La situación era surrealista. La casualidad había querido que fuésemos a Peña precisamente uno de los dos días del año que tiene vida, y además teníamos la suerte de compartir aquella jornada con las últimas personas vinculadas con ese despoblado. De nuevo aquella iglesia estaba llena, de nuevo sonaba bajo esa bóveda el kyrie, de nuevo olía a cera, y de nuevo la figura de San Martín, como tantas veces lo había hecho en otro tiempo, volvía a contemplar a aquellas personas que un día dieron vida a esas casas.

Lamentablemente los amigos de lo ajeno, que encaramándose al tejado, tantas veces habían entrado a esa iglesia buscando no se sabe muy bien el qué, habían forzado a cerrar esa vía de acceso, y en consecuencia ahora no se podían hacer sonar las campanas, lo cual hubiese sido un momento mágico; pero a cambio de eso, Salvador Navarro, encargado de la finca, y nada menos que algo más de sesenta años presente en esos parajes, salió con la campanilla anunciando a los que hasta allí habían llegado que la misa comenzaba.

Era un momento curioso; yo lo valoraba desde la perspectiva de quien va recorriendo todos los despoblados buscando cualquier signo que permita interpretar y recomponer lo que pudo ser la vida en ese lugar. Y lo curioso es que en esa iglesia estaban esa mañana, y en ese momento, todas aquellas personas con las que a mí me hubiese gustado hablar para intentar salvaguardar la memoria de ese lugar. He recorrido decenas de iglesias abandonadas, y era como si alguien me hubiese hecho el regalo de llenarme los bancos de esa iglesia con quienes fueron sus últimos usuarios. No perdí el tiempo. Nada más acabar la misa, mientras se degustaba un generoso lunch a base de pan, chorizo, queso y tallos de espárragos, fui hablando con esas personas.

Allí estaba, entre otros, José Antonio Landa Leoz, un gran conocedor de este lugar, y también la última persona que nació en Peña; esto sucedía un 1 de agosto del año 1939. Llegó a tiempo de ser alumno de la escuela de este pueblo hasta los 8 años de edad. Me contaba que los últimos vecinos de esa localidad habían sido Nicanor Leoz y Asunción Landa, que cerraron la puerta de su casa por última vez en el año 1952. Desde ese año el lugar está despoblado, que esto no quiere decir ni mucho menos que esté abandonado; de hecho la iglesia de San Martín ha conocido arreglos y restauraciones posteriores, incluso la casa Abacial ha llegado a ver cómo su cara externa era rehabilitada muy oportunamente.


El ermitaño belga
Además, en los años sesenta, me recordaba Salvador Navarro, había vivido en Peña un ermitaño de nacionalidad belga; dicen que era pariente, o amigo, de los propietarios de esta finca, monje dominico, y que antes de dedicarse a la vida religiosa había sido ingeniero, pero una descarga eléctrica cuando estaba en una torre de alta tensión le hizo cambiar su vida. Fruto de aquél accidente es que desde entonces tenía que andar con una pierna ortopédica. Era el padre Arnaldo de Liedekerke. Y debo decir que todas las personas con las que hablé en Peña coincidieron, unánimemente, en señalarle como un auténtico santo. Recordaban que se alimentaba exclusivamente de pan, huevos, trigo y leche, que semanalmente le subían los empleados de la finca hasta allí. Fuera de ese contacto los empleados procuraban respetar su vida eremita, y el acuerdo que tenían con él es que si alguna vez no se encontraba bien y necesitaba ayuda, lo único que tenía que hacer era sacar una sábana por la ventana y dejarla colgando. En Semana Santa tenía además la costumbre de no hablar con nadie, eran para él días espiritualmente fuertes, y eso los empleados lo sabían muy bien; de hecho, la comida que se le subía en esos días no la llevaban hasta el despoblado, sino que se la dejaban al pie de una encina que hay en el borde de la pista a unos quinientos metros de la iglesia; y allí acudía el padre Arnaldo a recoger esos modestos alimentos una vez que se aseguraba de que ya no había nadie.

Salvador Navarro recordaba haber conocido en Peña tres casas habitadas: “la del maestro, que era manco, la de Nicanor, y la de Ángel”; incluso recuerda que a Peña iban niños de la localidad aragonesa de Sofuentes, y de Cáseda, a pasar la semana; acudían a esta localidad atraídos por la calidad de la enseñanza.

La casa más grande de este lugar es la denominada Casa Abacial, Uno de los propietarios de esta finca, Beltrán Ibarra, me decía que se desconocía el origen de este nombre, pues la iglesia de Peña nunca había sido abadía, y que es muy posible que tuviese algo que ver con el monasterio que hubo, al menos desde el siglo VIII, un poco más arriba del cementerio, a cuyo frente debió de estar el abad Virila (San Virila), a quien en un momento dado el obispo le mandó trasladarse a Leire para que solucionase un problema que había entre los monjes; acudió allí y lo solucionó con éxito, obteniendo a cambio el beneficio de poder peregrinar a Tierra Santa. En ese viaje ocupó unos años de su vida (se habla de 3 ó 4 años), durante los cuales se produjo en Leire el cambio de orden monástica, por lo que cuando volvió se encontró que en ese monasterio del que él creía ser todavía el abad, los monjes no le conocían. Parece que esto puede ser el origen de la leyenda del abad y el ruiseñor al que estuvo escuchando durante 300 años.







El aviador inglés
Lo curioso es que estábamos allí, junto a la iglesia, hablando después de misa, y era 11 de noviembre. Y si digo que eso es lo curioso es porque hace exactamente sesenta y seis años, en esas mismas y exactas circunstancias, estando los vecinos de charla después de honrar a su patrón, sucedió que oyeron el motor de un avión, sucedió que de inmediato lo vieron, y que vieron que iba en llamas, y que de la cola del aparato colgaba un paracaídas por un hombre cuyo destino no podía ser otro que estrellarse con el avión. Y se estrelló allí cerca, ante la mirada de todos.

Los vecinos rescataron el cadáver. Se trataba de un aviador inglés según rezaba la documentación que llevaba encima, concretamente el capitán Donald Walker, 28 años de edad, de la Royal Air Force; cuyo aparato, un Mosquitohabía sido alcanzado en Francia por la artillería alemana. Los dos pilotos que allí iban, a pesar de la seria avería, se marcaron como objetivo volar desde las inmediaciones de Toulouse, que es donde les habían alcanzado las tropas de Hitler, hasta España para intentar aterrizar en las llanuras del Ebro, pero la mala fortuna hizo que una vez rebasados los Pirineos el avión se incendiase, así que optaron por saltar en paracaídas; primero lo hizo el copiloto, de apellido Crow, que cayó y se salvó en las inmediaciones de Sos del Rey Católico; y después lo hizo el capitán Walker, con tan mala suerte que el paracaídas se enganchó a la cola del avión, un avión en llamas y sin nadie que lo pilotase.

A aquél hombre le dieron cristiana sepultura en el camposanto de la localidad. Posteriormente su familia visitó su tumba, se le puso una lápida a semejanza de las que se colocaron en Gran Bretaña a todos los caídos en la II Guerra Mundial, incluso enviaban dinero para flores que cada 1 de noviembre fuesen allí depositadas. Cuando Peña quedó despoblado fueron los montañeros de Sangüesa quienes durante un tiempo se ocuparon de subirle unas flores al aviador inglés, y ahora… y ahora son manos anónimas y buenas las que cada primero de noviembre suben hasta ese cementerio y colocan flores en todas las tumbas.

Sobra decir que visitamos la tumba del aviador inglés; no le faltaban flores, ni a ella ni a ninguna. Este es un detalle simple, pero que dice mucho de esos vecinos que allí conocí, personas extraordinarias y de una gran bondad que, sin duda, merecen que se haga un esfuerzo por salvaguardar la memoria de este lugar.

Ya hablaremos otro día de su historia, de su castillo, de su antiquísimo monasterio, de su iglesia, de la familia propietaria, de…; tiempo habrá para hablar de todo esto. Hoy, ahora, tan solo quería dejar constancia de que Peña todavía vive, viven sus raíces, viven los últimos que lo conocieron con vida, y revive cada 11 de noviembre gracias a San Martín, aquél que compartió su capa con un pobre. Hoy tocaba conocer a Peña en su vertiente más humana. Insisto: unas personas extraordinarias.

Diario de Noticias, 15 de noviembre de 2009
Texto: Fernando Hualde


 
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SABAIZA ( NAVARRA)





ANECDOTARIO



Nacimientos
Es intención de este blog aportar en cada lugar, en la medida que se vaya sabiendo, una relación de las personas nacidas en cada núcleo de población que haya quedado deshabitado.
Así pues, en el lugar de Sabaiza de momento tenemos constancia del nacimiento de las siguientes personas:
Año 1715: Graciosa Armendáriz Echeberria
Año 1741: María Josefa Zariquiegui Echeberria




SABAIZA
Lugar despoblado y antiguo señorío del distrito municipal de Ezprogui, en la histórica Val de Aibar, Merindad de Sangüesa. Tenía 74 habitantes en 1858, 56 en 1887, 62 en 1900, 51 en 1910, 33 en 1920 y 1930, 50 en 1940, 36 en 1950 y 17 en 1960; no figura en los Nomenclátores de Población posteriores. Pertenece a la finca Ezprogui del Patrimonio Forestal de Navarra, integrada además por Uzumbelz, Guetádar, Julio, Arteta, Loya, Gardaláin e Irangoiti, con un total de 3.465 Ha.

Dentro de su término, en la vertiente meridional de la sierra de Izco, se localiza un yacimiento al aire libre del Eneolítico-Bronce.
Era lugar de señorío realengo cuyas cargas señoriales sumaban en 1280 anualmente 18 sueldos 4 dineros por el vino vendido, 12 cahices 1 robo y medio de trigo y otro tanto de cebada, más 4 cahices de trigo en concepto de “boal”. Esta pecha fue atribuida por el rey Luis el Hutín (1307) a Oger de Mauleón. La villa, que en 1366 albergaba 5 vecinos hidalgos y 4 labradores, estaba despoblada en 1427.
En 1802 era un señorío del duque de Granada de Ega, y se incluía en la Val de Aibar. Con la disgregación de esta circunscripción (1846) fue incluido en Ezprogui.

Arte
La parroquia de la Asunción de María edificio de origen románico tardío, en proceso de restauración. Consta de nave única y cabecera semicircular, a la que se le añadió después una pequeña sacristía con acceso desde el lado derecho del presbiterio. Su primitiva cubierta, como permiten ver los restos conservados, era de bóveda de cañón sobre fajones en la nave y de bóveda de horno en la cabecera. El acceso se sitúa en el lado de la epístola con puerta de arco de medio punto moldurado a la que protegía en su origen un pórtico. De aquí procede una imagen de la Virgen con el Niño, en posición sedente, de estilo románico avanzado (primera mitad siglo XIII) que hoy se custodia en la parroquia de San Pedro de Tafalla.




atlas-Ezprogui-Sanguesa.htm


iglesia Nuestra Señora de la Asunción en 1984, doble arco, de medio punto hacia el exterior y escarzano hacia el atrio
 

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