LA CORRECCION POLITICA: UNA BOMBA A PUNTO DE EXPLOSIONAR (1 Viewer)

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La corrección política: una bomba a punto de explotar


El fenómeno Donald Trump, o el ascenso de la extrema derecha en algunos países europeos, surgen tras décadas de imposición de la corrección política.


- Imagen Ryan McGuire
Muchos intelectuales e informadores han descrito el irresistible ascenso deDonald Trump. Pero muy pocos se han tomado la molestia de analizarlo con rigor, de determinar cuál es la corriente de fondo que impulsa con fuerza al magnate neoyorkino. Diríase que la dimensión del “fenómeno Trump” es directamente proporcional a la estupidez de no pocos analistas, mucho más dispuestos a escandalizarse, a rasgarse las vestiduras, que a investigar sus verdaderas causas.

Que un personaje histriónico, con peinado ridículo y bronceado naranja fosforito,capaz de pronunciar las sentencias más altisonantes, obtenga el apoyo de millones de ciudadanos, obliga a un análisis mucho más profundo y objetivo, libre de aspavientos y lamentos de cara a la galería. Trump no sólo gana apoyos en la “América profunda”, sino también en el nordeste, incluso en regiones tan industriales y prósperas como Virginia y Massachusetts. Sus seguidores crecen en el Norte y en Sur, en el Oeste y en el Este: en todas partes. Así pues, la clave está en el origen de esa potente mar de fondo que no sólo está generando turbulencias en EEUU sino también al otro lado del Atlántico.

Nada puede entenderse sin tener en cuenta la perversa acción de los políticos durante las pasadas décadas
¿Qué está sucediendo?

Nada puede entenderse sin tener en cuenta la perversa acción de los políticos durante las pasadas décadas: su intromisión en la vida privada de los ciudadanos, su insistencia en legislar basándose en lo que llamaron derechos colectivos y, especialmente, su pretensión de imponer a la población una nueva ideología: la corrección política. Todo ello ha acabado comprometiendo la libertad individual, la igualdad ante la ley, los principios, la honradez, el juego limpio, el pensamiento crítico y, por supuesto, el bienestar económico. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Durante décadas, los políticos han aprovechado el viento de popa de la prosperidad económica para desviarse de sus obligaciones y dedicarse a "defender al ser humano de sí mismo", de su avaricia y capacidad de destrucción. Han utilizado la seguridad, la salud y el medioambiente como coartadas para perseguir sus propios intereses. Para ello, han promulgado infinidad de leyes y normas que se inmiscuyen cada vez más en el ámbito privado de las personas e interfieren de forma inexorable en sus legítimas aspiraciones. Las consecuencias más evidentes de esta deriva son, por ejemplo, los enormes obstáculos administrativos para abrir una empresa, por modesta que sea, o simplemente encontrar un trabajo decente.

El imperio de los "derechos" colectivos

Los políticos descubrieron que dividir a la sociedad en rebaños, en constante pugna entre ellos, es la mejor forma de tenerla controlada. Por ello, la política ha primado los derechos colectivos en detrimento de los derechos individuales, unos derechos grupales que implican, por definición, la prevalencia de unos grupos en perjuicio del resto. La consecuencia más grave, sin duda, ha sido la quiebra de la igualdad ante la ley. Pero también, dado que lo que cuenta no es el mérito individual sino la pertenencia a un colectivo, el decaimiento del esfuerzo y la eficiencia. O la desaparición de la responsabilidad individual: al fin y al cabo, si los sujetos se ven obligados a compartir el fruto de sus aciertos, ¿por qué habrían de cargar con los costes de sus errores? El sistema de favores, prebendas y privilegios acaba deformando la mentalidad de muchas personas, generaciudadanos infantiles, acostumbrados al paternalismo, a reivindicar más que a esforzarse.

El sistema de derechos por colectivos no sólo discrimina; también favorece la picaresca
Así, la adhesión a grupos interesados constituye la vía más directa hacia la ventaja y el privilegio. El sistema de derechos por colectivos no sólo discrimina; tambiénfavorece la picaresca cuando los beneficios se asignan con criterios meramente burocráticos. Al final, muchas personas no encuentran trabajo, simplemente por no conocer a nadie que les consiga un certificado de discapacidad, por no haber denunciado a su pareja, o por no pertenecer a alguno de los múltiples colectivos con ventajas para ser empleados o subvencionados.

La tiranía de la corrección política

Lo más grave, con diferencia, es la pretensión de políticos y burócratas de moldear la forma de pensar de las personas para evitar que se resistan a la arbitrariedad, al atropello. Generaron, para ello, una ideología favorable a los intereses grupales, una religión laica: la corrección política, que arroja a la hoguera a todo aquel que cuestiona su ortodoxia. Esta doctrina determina qué palabras pueden pronunciarse y cuales son tabú, aplicando el principioorwelliano de que todo aquello que no puede decirse... tampoco puede pensarse. Propugna que la identidad de un individuo está determinada por su adscripción a un determinado grupo y dicta que la discriminación puede ser buena: para ello la llama “positiva”. Pero toda persona consciente sabe en su fuero interno que ninguna discriminación es positiva.

En los países con convenciones democráticas consolidadas, con una sociedad civil desarrollada y consciente de sus derechos y obligaciones, celosa de sus principios y convicciones, el avance de esta mentalidad ha sido lento, aunque inexorable. EnEspaña, sin embargo, carente de tradición democrática, con una mayoría que cree que la democracia consiste solo en votar, la ortodoxia de lo políticamente correcto progresó a una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en dogma de general aceptación a izquierda y derecha en tiempo récord.

Asistimos a una reacción exacerbada, puramente irracional y desmesurada, contra la imposición de los códigos políticamente correctos
Pero, tarde o temprano, estos sistemas, como cualquier otro basado en la mentira, acaban saltando por los aires. En ocasiones, porque la crisis lleva a una reducción del botín a repartir, con el consiguiente choque entre grupos interesados. Otras, por el hartazgo de muchas personas productivas cansadas de tanta trampa y marrullería que les impide ganarse la vida dignamente, o cansadas de que otros vivan a su costa. Pero también por una reacción exacerbada, puramente irracional y desmesurada, contra la imposición de los códigos políticamente correctos. Es lo que se conoce en psicología como reactancia, una reacción emocional que se opone a ciertas reglas censoras, vistas como absurdas y arbitrarias por reprimir conductas e ideas que el sujeto considera justas y lícitas.

Así, el péndulo oscila al extremo contrario, la tortilla se voltea, y muchos ciudadanos acaban apoyando posiciones indeseables, igualmente alejadas de la razón o la moderación. El fenómeno Donald Trump, o el ascenso de la extrema derecha en algunos países europeos, surgen tras décadas de imposición de la corrección política, por el hartazgo de muchos ciudadanos que, tan cabreados como desesperados, se pasan al extremo opuesto. Cierto es que, cuando una campaña es puramente emocional, la racionalidad es lo de menos. Pero millones de personas no caen a plomo en el error por obra y gracia de una campaña de marketing sino por la verdad que en ese error se encierra. Y mucho menos en contra del statu quo, si no existe un caldo de cultivo adecuado, una potente causa de fondo: mentiras que han estado golpeando sus oídos, y su conciencia, durante años.

Próximas elecciones: ¿la misma cantinela?

Más vale prevenir que lamentar. Para lograr en España un sistema justo, eficiente y racional, debemos cambiar las leyes, simplificarlas, retirar muchas trabas administrativas, eliminar las normas que conceden prebendas, restaurar la igualdad ante la ley. Pero ello no basta: hay que desterrar la nefasta corrección política, esa ideología justificadora de privilegios grupales y sustituirla porconvenciones sanas: honradez, inclinación al juego limpio, ética, libertad y responsabilidad individual, igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Cada vez son más las personas hastiadas de tanta majadería, que desean ser ellas mismas, no clones sin identidad dentro del grupo asignado
Es una pésima noticia que los principales partidos concurran a las próximas elecciones con un enfoque que se mantiene dentro de lo políticamente correcto, haciendo promesas muy similares que, en todo caso, difieren en la dosis prescrita. Cierto, España no es Estados Unidos, ni siquiera Austria. Aquí, el control que ejerce el establishment alcanza cotas inaceptables en aquellas latitudes. Y muy pocos medios osan desafiar sus directrices. Pero lo que pudiera parecer un seguro en el corto plazo generará, a la larga, tensiones extraordinarias. Cada vez son más las personas hastiadas de tanta discriminación y tanta majadería, que desean ser ellas mismas, no clones sin identidad dentro del grupo asignado. Y podría llegar el día en el que el fenómeno Trump, en comparación, nos parezca una minucia.

Así pues, es deseable que ciertas mentes pensantes de algún partido comiencen aplantar cara de forma decidida a lo políticamente correcto. Pronto se percatarán de que no es tan difícil. Que es rigurosamente falso que la verdad no venda. Los monstruosos guardianes de la ortodoxia no son más que degastados y achacosos tigres de papel. Se puede romper el tabú si se hace con convicción, explicándolo con argumentos razonables, y ganar a la larga el apoyo de un enorme sector de la población, hasta ahora silente. Recuerden: en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario. Pero deben darse prisa, no sea que algún Donald Trump versión española, con tupé o sin él, asalte el poder y se haga con los mandos.

La imposición de la corrección política: una bomba a punto de explotar. Por @Benegasj y@BlancoJuanM https://t.co/OYNgaEg3di@voz_populi

— Juan M. Blanco (@BlancoJuanM) 4 de junio de 2016
 

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Pensamos que Estados Unidos son Nueva York y Los Angeles, y entre medias hay todo un continente lleno de gente que no es "cool", ni internacional, ni enrollada; gente que tiene miedo de la inmigración sudamericana, miedo de que se cierren sus fábricas por la competencia china, miedo de quedarse en la calle debajo de un puente. Supongo que Trump les dice las cosas que les permiten dormir tranquilos por la noche, América para los americanos, fuera los mexicanos y los musulmanes, trabajemos por América y mandemos al diablo al resto del mundo.

Están convencidos de que Trump les va a salvar de todo mal.

Yo creo que Trump está acojonado de su éxito y no quiere ser presidente.
 
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La corrección política: una bomba a punto de explotar


El fenómeno Donald Trump, o el ascenso de la extrema derecha en algunos países europeos, surgen tras décadas de imposición de la corrección política.


- Imagen Ryan McGuire
Muchos intelectuales e informadores han descrito el irresistible ascenso deDonald Trump. Pero muy pocos se han tomado la molestia de analizarlo con rigor, de determinar cuál es la corriente de fondo que impulsa con fuerza al magnate neoyorkino. Diríase que la dimensión del “fenómeno Trump” es directamente proporcional a la estupidez de no pocos analistas, mucho más dispuestos a escandalizarse, a rasgarse las vestiduras, que a investigar sus verdaderas causas.

Que un personaje histriónico, con peinado ridículo y bronceado naranja fosforito,capaz de pronunciar las sentencias más altisonantes, obtenga el apoyo de millones de ciudadanos, obliga a un análisis mucho más profundo y objetivo, libre de aspavientos y lamentos de cara a la galería. Trump no sólo gana apoyos en la “América profunda”, sino también en el nordeste, incluso en regiones tan industriales y prósperas como Virginia y Massachusetts. Sus seguidores crecen en el Norte y en Sur, en el Oeste y en el Este: en todas partes. Así pues, la clave está en el origen de esa potente mar de fondo que no sólo está generando turbulencias en EEUU sino también al otro lado del Atlántico.

Nada puede entenderse sin tener en cuenta la perversa acción de los políticos durante las pasadas décadas
¿Qué está sucediendo?

Nada puede entenderse sin tener en cuenta la perversa acción de los políticos durante las pasadas décadas: su intromisión en la vida privada de los ciudadanos, su insistencia en legislar basándose en lo que llamaron derechos colectivos y, especialmente, su pretensión de imponer a la población una nueva ideología: la corrección política. Todo ello ha acabado comprometiendo la libertad individual, la igualdad ante la ley, los principios, la honradez, el juego limpio, el pensamiento crítico y, por supuesto, el bienestar económico. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Durante décadas, los políticos han aprovechado el viento de popa de la prosperidad económica para desviarse de sus obligaciones y dedicarse a "defender al ser humano de sí mismo", de su avaricia y capacidad de destrucción. Han utilizado la seguridad, la salud y el medioambiente como coartadas para perseguir sus propios intereses. Para ello, han promulgado infinidad de leyes y normas que se inmiscuyen cada vez más en el ámbito privado de las personas e interfieren de forma inexorable en sus legítimas aspiraciones. Las consecuencias más evidentes de esta deriva son, por ejemplo, los enormes obstáculos administrativos para abrir una empresa, por modesta que sea, o simplemente encontrar un trabajo decente.

El imperio de los "derechos" colectivos

Los políticos descubrieron que dividir a la sociedad en rebaños, en constante pugna entre ellos, es la mejor forma de tenerla controlada. Por ello, la política ha primado los derechos colectivos en detrimento de los derechos individuales, unos derechos grupales que implican, por definición, la prevalencia de unos grupos en perjuicio del resto. La consecuencia más grave, sin duda, ha sido la quiebra de la igualdad ante la ley. Pero también, dado que lo que cuenta no es el mérito individual sino la pertenencia a un colectivo, el decaimiento del esfuerzo y la eficiencia. O la desaparición de la responsabilidad individual: al fin y al cabo, si los sujetos se ven obligados a compartir el fruto de sus aciertos, ¿por qué habrían de cargar con los costes de sus errores? El sistema de favores, prebendas y privilegios acaba deformando la mentalidad de muchas personas, generaciudadanos infantiles, acostumbrados al paternalismo, a reivindicar más que a esforzarse.

El sistema de derechos por colectivos no sólo discrimina; también favorece la picaresca
Así, la adhesión a grupos interesados constituye la vía más directa hacia la ventaja y el privilegio. El sistema de derechos por colectivos no sólo discrimina; tambiénfavorece la picaresca cuando los beneficios se asignan con criterios meramente burocráticos. Al final, muchas personas no encuentran trabajo, simplemente por no conocer a nadie que les consiga un certificado de discapacidad, por no haber denunciado a su pareja, o por no pertenecer a alguno de los múltiples colectivos con ventajas para ser empleados o subvencionados.

La tiranía de la corrección política

Lo más grave, con diferencia, es la pretensión de políticos y burócratas de moldear la forma de pensar de las personas para evitar que se resistan a la arbitrariedad, al atropello. Generaron, para ello, una ideología favorable a los intereses grupales, una religión laica: la corrección política, que arroja a la hoguera a todo aquel que cuestiona su ortodoxia. Esta doctrina determina qué palabras pueden pronunciarse y cuales son tabú, aplicando el principioorwelliano de que todo aquello que no puede decirse... tampoco puede pensarse. Propugna que la identidad de un individuo está determinada por su adscripción a un determinado grupo y dicta que la discriminación puede ser buena: para ello la llama “positiva”. Pero toda persona consciente sabe en su fuero interno que ninguna discriminación es positiva.

En los países con convenciones democráticas consolidadas, con una sociedad civil desarrollada y consciente de sus derechos y obligaciones, celosa de sus principios y convicciones, el avance de esta mentalidad ha sido lento, aunque inexorable. EnEspaña, sin embargo, carente de tradición democrática, con una mayoría que cree que la democracia consiste solo en votar, la ortodoxia de lo políticamente correcto progresó a una velocidad vertiginosa, convirtiéndose en dogma de general aceptación a izquierda y derecha en tiempo récord.

Asistimos a una reacción exacerbada, puramente irracional y desmesurada, contra la imposición de los códigos políticamente correctos
Pero, tarde o temprano, estos sistemas, como cualquier otro basado en la mentira, acaban saltando por los aires. En ocasiones, porque la crisis lleva a una reducción del botín a repartir, con el consiguiente choque entre grupos interesados. Otras, por el hartazgo de muchas personas productivas cansadas de tanta trampa y marrullería que les impide ganarse la vida dignamente, o cansadas de que otros vivan a su costa. Pero también por una reacción exacerbada, puramente irracional y desmesurada, contra la imposición de los códigos políticamente correctos. Es lo que se conoce en psicología como reactancia, una reacción emocional que se opone a ciertas reglas censoras, vistas como absurdas y arbitrarias por reprimir conductas e ideas que el sujeto considera justas y lícitas.

Así, el péndulo oscila al extremo contrario, la tortilla se voltea, y muchos ciudadanos acaban apoyando posiciones indeseables, igualmente alejadas de la razón o la moderación. El fenómeno Donald Trump, o el ascenso de la extrema derecha en algunos países europeos, surgen tras décadas de imposición de la corrección política, por el hartazgo de muchos ciudadanos que, tan cabreados como desesperados, se pasan al extremo opuesto. Cierto es que, cuando una campaña es puramente emocional, la racionalidad es lo de menos. Pero millones de personas no caen a plomo en el error por obra y gracia de una campaña de marketing sino por la verdad que en ese error se encierra. Y mucho menos en contra del statu quo, si no existe un caldo de cultivo adecuado, una potente causa de fondo: mentiras que han estado golpeando sus oídos, y su conciencia, durante años.

Próximas elecciones: ¿la misma cantinela?

Más vale prevenir que lamentar. Para lograr en España un sistema justo, eficiente y racional, debemos cambiar las leyes, simplificarlas, retirar muchas trabas administrativas, eliminar las normas que conceden prebendas, restaurar la igualdad ante la ley. Pero ello no basta: hay que desterrar la nefasta corrección política, esa ideología justificadora de privilegios grupales y sustituirla porconvenciones sanas: honradez, inclinación al juego limpio, ética, libertad y responsabilidad individual, igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Cada vez son más las personas hastiadas de tanta majadería, que desean ser ellas mismas, no clones sin identidad dentro del grupo asignado
Es una pésima noticia que los principales partidos concurran a las próximas elecciones con un enfoque que se mantiene dentro de lo políticamente correcto, haciendo promesas muy similares que, en todo caso, difieren en la dosis prescrita. Cierto, España no es Estados Unidos, ni siquiera Austria. Aquí, el control que ejerce el establishment alcanza cotas inaceptables en aquellas latitudes. Y muy pocos medios osan desafiar sus directrices. Pero lo que pudiera parecer un seguro en el corto plazo generará, a la larga, tensiones extraordinarias. Cada vez son más las personas hastiadas de tanta discriminación y tanta majadería, que desean ser ellas mismas, no clones sin identidad dentro del grupo asignado. Y podría llegar el día en el que el fenómeno Trump, en comparación, nos parezca una minucia.

Así pues, es deseable que ciertas mentes pensantes de algún partido comiencen aplantar cara de forma decidida a lo políticamente correcto. Pronto se percatarán de que no es tan difícil. Que es rigurosamente falso que la verdad no venda. Los monstruosos guardianes de la ortodoxia no son más que degastados y achacosos tigres de papel. Se puede romper el tabú si se hace con convicción, explicándolo con argumentos razonables, y ganar a la larga el apoyo de un enorme sector de la población, hasta ahora silente. Recuerden: en una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario. Pero deben darse prisa, no sea que algún Donald Trump versión española, con tupé o sin él, asalte el poder y se haga con los mandos.

La imposición de la corrección política: una bomba a punto de explotar. Por @Benegasj y@BlancoJuanM https://t.co/OYNgaEg3di@voz_populi

— Juan M. Blanco (@BlancoJuanM) 4 de junio de 2016
Un analisis muy acertado, parecemos g.......
 
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A rio revuelto, ganancia de pescadores, en este caso el populismo basado en el egoismo y el odio, como ocurrió con Hitler. No se dan cuentan de que Trump es un Berlusconi que usaria el poder para sus propios intereses. Hace falta ser tonto para creer que un multimillonario es un salvapatrias.

Y decir que la solidaridad es un camelo de lo politicamente correcto, que lo lógico es el egoismo y el individualismo a lo bestia... Asi va el mundo como va, con matanzas en el mundo entero, boicoteando al vecino... No evolucionamos, en los momentos dificiles prima el "salvese quien pueda" y los ricos y los poderosos se frotan las manos para seguir beneficiándose...
 

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A rio revuelto, ganancia de pescadores, en este caso el populismo basado en el egoismo y el odio, como ocurrió con Hitler. No se dan cuentan de que Trump es un Berlusconi que usaria el poder para sus propios intereses. Hace falta ser tonto para creer que un multimillonario es un salvapatrias.

Y decir que la solidaridad es un camelo de lo politicamente correcto, que lo lógico es el egoismo y el individualismo a lo bestia... Asi va el mundo como va, con matanzas en el mundo entero, boicoteando al vecino... No evolucionamos, en los momentos dificiles prima el "salvese quien pueda" y los ricos y los poderosos se frotan las manos para seguir beneficiándose...
Y quien ha dicho todo eso que tù has entendido? Quien dice que lo lògico sea el "egoìsmo y el individualismo a lo bestia"? No sè de dònde lo sacas, la verdad.

Cuando se empieza por no respetar los derechos individuales, los derechos de la persona, mal asunto, porque se termina por no respetar nada. Aunque pretendan hacernos creer que los derechos colectivos son sacrosantos. Y que tenemos que sacrificar nuestro pensamiento, nuestra palabra, nuestra independencia personal, a lo que ciertas èlites nos adoctrinan que es el "bien social".
 
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UNA NUEVA FORMA DE CENSURA
El virus de la corrección política corroe la libertad de expresión
Artistas y pensadores impulsan una contraofensiva contra un fenómeno que compromete históricos logros de la Ilustración
Luis Ventoso
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Actualizado:02/12/2018 01:29h168

Nació de una manera bienintencionada, con el afán de proteger a las minorías de toda ofensa. Pero cada vez son más los intelectuales que consideran que al final se ha engendrado un monstruo, un virus que va cegando los capilares de la libertad de expresión y el debate abierto, la savia que vivifica lo que todavía llamamos la gran Civilización Occidental.

En los campus de las universidades anglosajonas se han creado los llamados «espacios seguros», donde todo estudiante puede expresarse «tal y como es», a decir de sus impulsores, «sin miedo a sentirse incómodo o inseguro por su s*x*, raza, etnia, orientación sexual, género, biografía, bagaje cultural, religión, edad o identidad física o mental». En algunos foros de debate no se permite aplaudir. Se considera que el sonido del batir de palmas podría resultar agresivo para algún asistente, así que se sustituye por un vaivén de manos, las llamadas «jazz hands» (importadas en España por el movimiento 15-M, la génesis de Podemos).

Un Hamlet negro
Cuartos de baños neutrales para no ofender a la minoría transgénero. Lenguaje inclusivo, a veces erradicando el género masculino, como ya hacen algunas diputadas españolas. Listas de disfraces de Halloween «no recomendables» o directamente prohibidos. Palabras vetadas, como «maternidad» o «paternidad», rechazadas en la Universidad de New Hampshire porque «marcan género». Obras de teatro donde Hamlet, un príncipe danés de la Edad Media, es encarnado de manera inverosímil por un actor de raza negra en nombre de la correcta integración. Y una larga relación de «abusos» contra los que hay que luchar de manera activa: «los privilegios de los blancos», la opresión patriarcal, la islamofobia, los derechos de género... La meta es blindar la peculiaridad del gran yo. Los críticos más duros del fenómeno llegan a hablar de «un McCarthysmo cultural de izquierdas». El nuevo credo cuenta con potentes aliados. Los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, Hollywood, o medios tan influyentes como «The New York Times» o la revista «The Atlantic» son paladines de la subcultura de la corrección política.

«El Club de la Lucha». O escándalos tan sonados como el de las niñas de Rotherham, en el deprimido Norte de Inglaterra: durante años un grupo de varones de origen paquistaní abusó de menores blancas de clase baja, pero a pesar de las denuncias de algunas funcionarias de los servicios sociales, la administración municipal laborista desoyó los avisos por temor a ser tachada de xenófoba y racista.



«Privilegios de los blancos», opresión patriarcal, islamofobia, derechos de género... La meta es blindar la peculiaridad del gran yo
Barrick Gold es la mayor multinacional de minería de oro del mundo, pero tiene también una veta filantrópica. Dos veces al año organiza en Toronto los llamados «Munk Debates», donde cuatro intelectuales discuten en público sobre la gran cuestión del tiempo presente. El pasado mayo le tocó a la corrección política. Contra ella, el actor y escritor Stephen Fry y el psicólogo canadiense Jordan Peterson, que la pasada semana ocupó la portada de ABC Cultural. A favor,Michelle Goldberg, columnista de NYT y autora de «best-sellers» sobre «identidad», y Michael Eric Dyson, sociólogo, tertuliano y ensayista, profesor en Georgetown y autor del conocido alegato «Un sermón contra la América blanca».

Personas en la diana
«El foco debe estar en proteger a la gente que está en la diana por sus identidades. Orillar la identidad nos lleva a un grave retroceso», razonó Michelle Goldberg. Dyson defendió los «espacios seguros» de los campus, alegando que «si eres blanco, Estados Unidos no deja de ser un gigantesco espacio seguro».

Jordan Peterson fue tajante en su crítica a la corrección: «Sin discurso libre no hay verdadero pensamiento». Stephen Fry se mostró preocupado: «Los avances de la Ilustración están siendo empujados hacia atrás de manera sistemática y deliberada». Tras asistir a un debate intenso y ameno se sometió la cuestión al voto del público: el 70 por 100 se mostró contrario a la corrección política y solo un 30 por 100 a favor. Otras encuestas concuerdan. La propia revista «The Atlantic» ha publicado una donde el 80 por 100 de los sondeados aprueban el aserto de que «la corrección política es un problema en Estados Unidos» (contra pronóstico, entre las minorías hispana y asiática y los indios estadounidenses el rechazo resultó todavía mayor). Algunos politólogos creen que el triunfo de Trump, el súmmum de la incorrección política, entronca con un creciente hartazgo ante la suave dictadura de lo correcto, que a veces pone en solfa el puro sentido común o instituciones que están en el origen de la especie, como la familia, apellidada ahora como «tradicional» con un cierto sesgo despectivo. El Partido Demócrata, obsesionado con atender a las minorías y con la C.P., se muestra incapaz de ofrecer un discurso que apele al conjunto de la sociedad y lo está pagando en las urnas.

Dinámica tóxica
En el debate de Toronto, Stephen Fry, el corpulento actor, presentador, cómico y ensayista londinense, de 61 años, se convirtió en la estrella de la velada. Embutido en un airoso traje blanco, Fry se presentó como un izquierdista de «escuela antigua», de una «izquierda café con leche», y también como un candidato perfecto para ser protegido: homosexual y judío. Por eso su andanada contra la corrección política cobró un interés especial: «Esto tiene que parar. Este resentimiento, rabia, hostilidad e intolerancia, esta certidumbre absoluta de o con nosotros o contra nosotros tiene que parar. Estamos ante una dinámica tóxica, binaria y de suma cero. Una locura que si no la paramos nos va a destruir». Fry sorprendió con el enfoque de su crítica: «Mi mayor objeción contra la corrección política es que no creo que funcione. La humanidad incurre en un gran error cuando prefiere tener razón a ser eficaz, y la C.P. tan solo quiere ser correcta, sin pensar si es efectiva». A su juicio lo que ha hecho avanzar al mundo son «los heréticos, los soñadores, los rebeldes y los escépticos». Justamente los que hoy serían expulsados de unos campus donde los estudiantes no quieren confrontar ideas contrarias a las suyas (y lo mismo se reproduce en las redes sociales, un medio que a golpe de «like» contribuye a reafirmar los propios prejuicios).

Los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, Hollywood o medios influyentes como «The New York Times» son paladines de esta subcultura
Fry se despidió con una sugerente cita del inteligente matemático y filósofo Bertrand Russell, «mi héroe»: «Una de las cosas más dolorosas de nuestro tiempo es que esos que tienen una certeza absoluta son estúpidos y en cambio los que tienen imaginación y capacidad de comprender están llenos de duda e indecisión».

El clamor creciente contra la corrección política también comienza a resonar en la España de «todas y todos». Días atrás, Ana Belén, que se define como una feminista de larga militancia de izquierdas, lamentaba en ABC que Rafael Azcona, el vitriólico y brillante guionista de Berlanga, «no podría hacer cine hoy en día, lo cual es terrible». «Hace tiempo que la corrección política se nos ha ido de las manos y nos está haciendo dar pasos atrás». Vargas Llosa la resume como «una enemiga de la libertad». La escritora Julia Navarrotambién se rebela: «No me gusta la sociedad de lo políticamente correcto. Me preocupa la libertad de expresión, que la gente comience a reprimirse por miedo a la corrección y a que todo el mundo se le eche encima por tener un pensamiento heterodoxo», declaró a este periódico.

Génesis amable
Darío Villanueva, el director de la Real Academia, abordó el debate en una conferencia en marzo: «Es una nueva forma de censura. Una censura perversa para la que no estábamos preparados, pues no la ejerce el Estado, el Gobierno, el partido o la Iglesia, sino fragmentos difusos de lo que llamamos sociedad civil». Para Villanueva puede llegar a anular la racionalidad. Otros pensadores señalan que fomenta la autocensura, que puede ser la peor forma de coartar la creatividad y la libre expresión.

¿Queremos una sociedad que proscriba toda disidencia en nombre de un mayor confort de las minorías? ¿Puede avanzar el pensamiento, y por ende la humanidad, si se constriñe la confrontación de ideas? La corrección política pudo ser un proyecto amable en su génesis, pero cada vez más voces de todo el arco político, incluida algunas de la izquierda moderada, la acusan en alto de cercar el discurso libre, el debate abierto y el intercambio de ideas.
https://www.abc.es/cultura/cultural...-libertad-expresion-201812020129_noticia.html
 

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