Artículos en la revista de opinión Arbil sobre Felipe, su prometida y su anunciada boda (1 Viewer)

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Carta a Su Alteza Real D. Felipe de Borbón y Schleswig-Holstein Sondenburg-Glücksburg, Príncipe de Asturias

por Jorge García-Contell

Alteza, habéis de recordar que ante los españoles y ante la Historia, la monarquía contemporánea – desprovista por completo de las atribuciones que en otras épocas le fueron propias – carece de justificación más allá del escueto sentido de la ejemplaridad. Ejemplaridad al encarnar los más altos valores y nobles virtudes, pues la vulgaridad y los vicios se propagan sin gran esfuerzo docente


Alteza:

En primer lugar al dirigirme a Vos debo, y con gusto cumplo lo debido, transmitiros mi felicitación por vuestro reciente enlace y desearos toda suerte de ventura personal en la nueva vida que acabáis de iniciar en común con la Princesa Doña Leticia, vuestra esposa.

Tras el incesante flujo de información que sobre la boda de Vuestra Alteza hemos recibido los españoles desde que se anunciara el compromiso – y que se ha convertido en auténtica inundación a lo largo del mes de mayo – deseo, como español y futuro súbdito vuestro, manifestaros algunas consideraciones que estoy seguro tendréis en cuenta, habida cuenta de vuestro constante desvelo por cuanto atañe a los destinos de España.

Cuando el momento sea llegado, seréis depositario de la antigua tradición que tuvo origen en las montañas de vuestro Principado en los comienzos del siglo VIII. España había sufrido pocos años antes la mayor de las catástrofes posibles para una comunidad nacional, hasta el punto de estar en aquellos momentos abocada a su disolución: derrotada, humillada y alienada por una civilización hostil. Bien sabéis, Alteza, que los primeros monarcas fueron alzados sobre el pavés no por razón de sangre y herencia, sino por su voluntad de consagrarse a la causa del pueblo, su capacidad para proponer a ese mismo pueblo metas ambiciosas y su disposición para encabezar la tarea. Cuando, más tarde, la monarquía se consolidó como institución hereditaria permaneció inalterable su carácter de valedora de la nación, compartiendo con ella los éxitos y las adversidades. Tanto o más investía de legitimidad a los reyes, vuestros antepasados, el recto desempeño de la soberanía como su linaje. Esta doble legitimidad, de origen y de ejercicio, justificaba la asunción de privilegios de todo tipo paulatinamente adheridos a la Corona y que, en gran medida, garantizaban la independencia de los soberanos para ser fieles a su misión sin otro sometimiento que el impuesto por la justicia y el bien común. Por desgracia, no siempre los soberanos entendieron rectamente su cometido y en vuestra egregia dinastía reyes hubo que, en los momentos de tribulación, abandonaron la Patria en manos de sus enemigos y otros que – por estulticia o negligencia – nos encaminaron hacia la hecatombe nacional.

En nuestros días, Alteza, los cambios de toda índole se suceden de forma acelerada. Las sucesivas revoluciones, pacíficas o no, que jalonaron la modernidad alteraron el entramado institucional hasta el punto que nuestra sociedad apenas hoy se asemeja a lo que fuera en épocas pretéritas. Y la monarquía no es una excepción.

Os consta que Su Majestad el Rey Don Juan Carlos I, vuestro augusto padre, carece por completo del poder de decisión que detentaron y ejercieron Fernando V e Isabel I (de gloriosa memoria). Ni siquiera conserva la facultad de iniciativa regia de la última época de Fernando VII o de su hija Isabel II (ambos de infausto recuerdo). Sois perfecto sabedor de la nula operatividad práctica de la monarquía desde que se promulgara la Constitución de 1978, de la absoluta irrelevancia del criterio del monarca y de su minúsculo cometido institucional como mero sancionador de normas de ajena redacción. Os ruego, Alteza, que me disculpéis de incluir entre los cometidos del Rey el de Jefe Supremo de unas Fuerzas Armadas teledirigidas desde allende nuestras fronteras, por más que Su Majestad y, ocasionalmente, Vuestra Alteza cubran sus pechos de condecoraciones y presidan vistosos desfiles.

Así y todo, no seré yo quien cuestione el indudable apego de la mayoría de los españoles a la monarquía. Voces más autorizadas que la mía precisan que en España no abundan los monárquicos vocacionales, sino los juancarlistas pasionales. Tanto da; lo cierto y verdadero es que allá donde hagan acto de presencia Su Majestad, Vuestra Alteza o cualesquiera otros miembros de vuestra Real Familia, varios miles de españoles se arracimarán con entusiasmo en su rededor. Así viene sucediendo por la concatenación de diversas circunstancias desde el momento en que Su Majestad accedió al Trono por designación directa de Francisco Franco, en contra de las normas sucesorias de la Casa de Borbón y marginando a vuestro augusto abuelo. Primeramente, por la dócil complacencia de Don Juan Carlos al secundar el proyecto de demolición del Estado franquista, adecuadamente recompensada por la clase política de la época que incluyó la monarquía en el conjunto indisociable de la Constitución vigente. En segundo lugar, por la magnífica orquestación mediática de loa incondicional tras el fallido golpe de Estado de 1981, en la que Su Majestad jugó un papel tan decisivo en su frustración como equívoco por lo tardío de su intervención. Por último, cabe recordar que la Institución permanece bajo una campana de cristal opaco que la resguarda de todo cuanto no sea adulación cortesana. Vuestra Alteza, que por razones de edad no conoció la censura oficial de prensa, paradójicamente es beneficiario de la más implacable autocensura de los medios de comunicación.

Humildemente me atrevo a sugeriros que seáis prudente y comedido en vuestro presente proceder, y más todavía cuando la Corona de España ciña vuestras sienes, si así lo dispone Dios Nuestro Señor. Tened presente que, a pesar del cerco impuesto de discreto silencio, son ya muchos los españoles que comprueban cómo reiteradamente a lo largo de los años personajes afamados del mundo financiero, mercantil y de la alta sociedad coinciden en la circunstancia de gozar del favor, cercanía y amistad de Su Majestad el Rey y, años más tarde, ven eclipsada su estrella por sentencias judiciales en casos de estafas y delitos societarios diversos. Así ocurrió con Javier de la Rosa, con Mario Conde, con el Príncipe Zourab Tchokotoua de Georgia, con los inseparables Alberto Cortina y Alberto Alcocer y, por último, con Manuel Prado, gestor personal de las finanzas de Su Majestad que no ha podido asistir a la boda de Vuestra Alteza por hallarse recluido en la prisión de Sevilla.

Tened presente, Alteza, que el argumento que con tanta insistencia se ha esgrimido en favor de la idoneidad de la Princesa Doña Letizia como futura Reina de España puede llegar a ser una peligrosa arma de doble filo para la pervivencia de la Institución. Si todos los medios escritos y audiovisuales coinciden, con sospechosa unanimidad, en destacar la modernidad de una monarquía que acoge en su seno a una joven normal, trabajadora normal, divorciada normal y con agitado y normal pasado sentimental, es lógico que el pueblo comience a extender la exigencia de normalidad a otras facetas de la Jefatura del Estado. Porque, y Vos bien lo sabéis, si algo hay consustancialmente opuesto a la monarquía es precisamente la normalidad.

Considerando la total intrascendencia del cometido regio en la gobernación nacional, no os sorprenderá que un número creciente de españoles considere claramente excesiva y muy poco normal la asignación presupuestaria para la Real Casa de 7.513.000 euros. Ello sin contar los cuantiosísimos gastos sufragados por Patrimonio Nacional en concepto de palacios, parque automovilístico, embarcaciones de recreo y aeronaves a disposición de la Real Familia. De igual manera, Alteza, en un país como el nuestro con el 19’4% de la población bajo el umbral de pobreza, difícilmente puede considerarse normal que los españoles hayamos costeado 4.230.000 euros por la construcción de vuestra nueva residencia, sobre todo si pensamos en los diferentes palacios ubicados en la provincia de Madrid que muy bien podrían haber sido habilitados para dicho uso. Considerad, finalmente, que los más de 21.000.000 de euros que han costado al pueblo español vuestra boda y sus celebraciones no encajan en la definición de normalidad que habitualmente empleamos los súbditos de esta monarquía.

Concluyendo, Alteza, habéis de recordar que ante los españoles y ante la Historia, la monarquía contemporánea – desprovista por completo de las atribuciones que en otras épocas le fueron propias – carece de justificación más allá del escueto sentido de la ejemplaridad. Ejemplaridad al encarnar los más altos valores y nobles virtudes, pues la vulgaridad y los vicios se propagan sin gran esfuerzo docente. En este sentido, humildemente os invito a reflexionar acerca de vuestra ausencia de la celebración de la Fiesta Nacional el pasado 12 de octubre de 2003 y que se justificó de forma oficiosa por incompatibilidad con otras obligaciones. Os aseguro que no salió airosa la figura del Príncipe de Asturias tras conocerse que, en realidad, descansabais plácidamente en un hotel de Viena en compañía de Doña Letizia, todavía no formalmente vuestra prometida. Tampoco desempeñasteis un muy lucido papel cuando, tras la masacre de Atocha, anunciasteis públicamente que suspendíais en señal de duelo vuestra fiesta de despedida de soltero para, al poco, descubrirse que habíais disfrutado de un crucero de placer en el Caribe junto a vuestra prometida y varios amigos más, mientras España entera vivía las jornadas de Semana Santa aún sobrecogida por la barbarie del terrorismo islámico.

Vos, Don Felipe, podéis todavía escoger entre dos caminos divergentes. Podéis asumir vuestro papel de símbolo viviente de las tradiciones nacionales y personificar el modelo de servicio a la unidad y grandeza de la Patria. En sentido opuesto, podéis continuar avanzando por la senda que dibujan vuestras recientes actuaciones ya mencionadas. Seréis perfectamente libre al realizar vuestra elección pues ninguna autoridad humana os puede imponer su voluntad, pero recordad, Alteza: el segundo camino puede llevaros hasta Cartagena, como a Su Majestad el Rey Don Alfonso XIII, vuestro augusto bisabuelo, para emprender desde allí un exilio semejante.
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Jorge García-Contell
 

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Revista Arbil nº 75

El príncipe desnudo

por Miguel Ángel Loma

El espectáculo de baboseo que padecemos desde principios de noviembre resulta ya preocupante por lo empalagoso.

Hace tiempo que en España no se concitaba una unanimidad periodística tan exultantemente laudatoria como la que se ha generado tras la noticia del compromiso matrimonial del Príncipe Felipe con doña Letizia Ortiz.
Pese a sus 31 años, parece que todo el mundo de la prensa ha trabajado alguna vez con ella, y se han escrito cosas tan magníficas como las que entresaco del paradigmático artículo de uno de esos periodistas omnipresentes en todos los saraos mediáticos:$ «Era callada, bellísima, discreta..., luego se perdió en el ascenso hacia las estrellas..., había llegado hasta el sacrificio..., la musa de los sueños irrealizables de tantos españoles..., generaciones futuras hablarán de la belleza de Letizia..., comprometida con el sacerdocio del periodismo..., algo de nosotros (se refiere a los periodistas) se va a casar junto con ella este verano..., alguien como Letizia, un sueño imposible..., un cuento de hadas...».

Silente, bellísima, discreta; astronauta, víctima, musa; sacerdotisa, fuente de insomnio, hada de cuentos... El artículo merece un duquesado.

No niego que doña Letizia goce actualmente de una imagen amable y simpática, de chica mona y desenvuelta ante las cámaras, pero tampoco hay que pasarse con los excesos.

Es comprensible que el gremio periodístico, incluida esa prensa del corazón tan dada habitualmente a tirarse a la yugular de quien asoma la cabeza a su alrededor, se sienta feliz porque la posible Reina de España sea «una de los nuestros», pero cuando la adulación es tan exageradamente cortesana corre el riesgo de confundirse con el sarcasmo. Una cosa es que perro no coma perro, y otra es matar al pobre animal a lametones.$ Desde mi modesto criterio pensaba que las cualidades valorables en una novia, y posible Reina, no deberían ser únicamente esas tan repetidas miméticamente por el «sano pueblo llano» que se acerca a la alcachofa de las manipuladas encuestas callejeras con la cantinela de «Es muy maja, muy moderna, muy de su tiempo y además es española» (¿será esto último xenofobia?), sino otras más fundamentales y relacionadas, en primer lugar, con su próximo estado civil, como por ejemplo: ser persona equilibrada y con cierta estabilidad en sus relaciones sentimentales.

Comprendo que esto es siempre difícil de asegurar, pero para algo sirven los precedentes, y es aquí donde doña Letizia genera serias dudas, porque arrastrar a sus 31 abriles un divorcio, tras solo un año de casada, y posteriormente y en un período cortísimo, dos relaciones de convivencia posmatrimonial, también prontamente resueltas, no parecen el mejor trampolín para elevarla a los altares de la Almudena y proclamar enfáticamente que garantizará la continuidad de la monarquía.

Si además añadimos que el noviazgo principesco sólo cuenta con cinco escasitos meses vividos en fines de semana de escapada en escapada de la prensa, como si se tratase de una aventura de película, resulta un pelín arriesgado concluir a bombo y platillo, no ya que doña Letizia será una fenomenal Reina de España, sino apostar seriamente por la duración del matrimonio.

Cualquier amigo con novia de currículum tan emocionalmente inestable, y avalado por un noviazgo tan sumamente frágil, nos pondría en un grave aprieto si solicitara nuestra opinión sobre su inminente matrimonio.

Por más que los monárquicos pongan buena cara y fuercen la sonrisa, fácil es adivinar sus temores y temblores más íntimos: un posible fracaso en la relación arrastraría tras de sí algo más que un acta matrimonial.

No sé; a lo peor son cosas de mis ya confesados prejuicios hacia las modernas Coronas, pero sinceramente, esta historia tan románticamente acelerada y tan unánimente ensalzada, más que un cuento de hadas me recuerda a ese otro donde un rey se paseaba en medio de su pueblo en pelota picada, supuestamente cubierto con un traje sólo apreciable a los ojos de los más «inteligentes» que, como ahora, no cesaban de vitorearle.

Ojalá me equivoque de cuento.

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Miguel Ángel Loma
 
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Revista Arbil nº 75

Acerca de la boda

por Mercedes Soto

Como un refrán muy español dice que: “el que calla otorga”, no quiero dejar de manifestar que soy de esas poquísimas personas, por lo que veo en encuestas y entrevistas, a la que no acaba de convencerle la boda de Don Felipe



No tengo nada en contra de la procedencia no aristocrática de la novia. Creo que en lo referente a su preparación para el puesto que le va tocar ocupar, es una persona que lo podrá desempeñar con toda la eficiencia y responsabilidad que ya ha demostrado en su trayectoria profesional. Pero lo que no me parece tan adecuado en la que será la futura reina de España es el hecho de su condición de divorciada y el de haber tenido alguna relación más fuera del matrimonio, tal y como lo van contando los medios. A pesar de ello, no quiero dejar de dar un voto de confianza a la elección de D. Felipe y a que su prometida hará los máximos esfuerzos en todos los sentidos para ser la reina que todos los españoles deseamos. Ahora bien con lo que de ninguna manera estoy de acuerdo es con toda esa estrategia mediática que se ha montado para anestesiarnos ante la realidad del pasado de ella y para poder neutralizar así cualquier objeción en este sentido. Por ejemplo, nos quieren convencer de que tomemos con normalidad e incluso como algo bueno y sano las relaciones sexuales fuera del matrimonio. Parece que aquel que llegue al matrimonio sin ellas es un ser estrecho cuyo comportamiento entra dentro del catálogo de las rarezas. Y la cuestión de la fidelidad y continuidad de un matrimonio es así como una especie de lotería que a unos toca y a otros no, y que todo el mundo tiene derecho a hacer y deshacer a su antojo.
Sin embargo es un hecho que seguimos estando en un país de mayoría católica, les guste o no al guirigay de la prensa rosa y no tan rosa. La monarquía no solo tiene un papel representativo y de ser elemento de unidad y estabilidad nacional, es o debería ser espejo de nuestros valores y aspiraciones más altos. Un espejo en el que el pueblo pueda mirarse y se reconozca. La monarquía no es una realidad fuera del mundo pero ha de ser un indicador hacia lo más noble que hay en el hombre, y en nuestro caso por ser una monarquía cuyos miembros no ocultan su condición de católicos, hacia los valores cristianos que han inspirado todo nuestro pasado y grandeza histórica. Entre ellos esta la concepción católica del matrimonio, como sacramento que lo hace indisoluble, con todo lo que esta concepción conlleva antes y una vez consumado el matrimonio.

El papel ejemplar e inspirador de la monarquía es fundamental, aunque no sea el único. Está bien que la monarquía se acerque al pueblo y se haga una más con él y vibre con sus alegrías y dolores, pero para ennoblecer al pueblo, no para dejarse atrapar en sus fracasos y realidades más deshumanizadoras. Si no cumple esta función de ser levadura en la masa, pierde una de sus razones de ser más importantes.

Desgraciadamente estamos viendo el espectáculo lamentable que están dando ciertas personas pertenecientes a monarquías europeas. No cabe duda que la aceptación del “todo vale” por ellas está hiriendo de muerte a esta institución. Es verdad que los divorcios, los sucesivos cambios de pareja y las relaciones sentimentales efímeras están a la orden del día en nuestras sociedades. Son fruto de un hombre de una gran pobreza espiritual, incapaz de generar y cultivar vínculos estables, ni con Dios, ni con los hombres ni con el mundo que le rodea. Todos sabemos cuantos dramas familiares, cuantos trastornos en lo psicológico y en la afectividad traen estas realidades. El que unas determinadas situaciones sean generales no las hace buenas y no las debemos ver como normales.

Algunos, en su entusiasmo poco crítico dicen que este acontecimiento es el mejor espaldarazo que podía recibir la monarquía en España. No nos engañemos, no hay nada tan voluble como el afecto de la masa. La historia está llena de ejemplos aleccionadores en este sentido. Para mí mas bien puede tratarse de su lento declive: “Si la sal se vuelve sosa ¿con que se la salará?”, y no lo digo tanto por el hecho de que un día España pueda llegar a ser una república, sino porque al perder la monarquía su valor de modelo, se agüe tanto que se disuelva en la mediocridad.

Por todo ello, no puedo evitar el ver con aprensión este enlace. Lo único que puedo decir es que ojalá los futuros cónyuges sepan permanecer fieles al amor recíproco que hoy se profesan y estén a la altura de la difícil y compleja tarea de la que serán depositarios y que les exigirá muchísimo sacrificio y abnegación.

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Mercedes Soto
 
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Revista Arbil nº 75

Una boda contra el matrimonio

por Luis María Sandoval

Normalmente la ceremonia de la boda debe ser la apoteosis social del matrimonio. En el caso de la elección de consorte por el Príncipe más parece lo contrario: todas las circunstacias de la elegida para Princesa llevan a devaluar lo esencial del matrimonio, como compromiso natural y como sacramento cristiano. No es alarmismo reflexionar sobre posibles escándalos y aun sacrilegios sobre los que alertar para que se eviten. Claro que como la naturaleza vulnerada se venga sola, el desprecio constitucional por el matrimonio puede poner en peligro el orden dinástico si prosperan ciertas iniciativas que se han aireado

Efectivamente, nos referimos a la anunciada boda del hijo del actual Jefe del Estado, jaleada como cuestión pública, y como tal susceptible de ser criticada. Desgraciadamente, los detalles sustanciales del futuro enlace parecen todos destinados a ignorar, devaluar y vulnerar elementos esenciales de lo que es verdadero matrimonio.

Hablando sin circunloquios, que la novia no sea virgen, y se haya hablado públicamente de que contrajo un matrimonio civil tras largo ‘noviazgo’, así como de otra ‘relación’ con convivencia marital al menos, no afecta directamente a nadie más que al futuro marido, que, desde luego, está enterado. Tampoco nadie presume de él que haya mantenido una perfecta castidad preconyugal, y en realidad sería injusto reclamar a un contrayente lo que ninguna imaginación cortesana exige (o censura) al otro.

De paso, sería instructivo recordar a los modernos que mientras para la fidelidad femenina se alegan varios fundamentos de orden natural físico (como la certidumbre de la prole) para la absoluta fidelidad masculina Santo Tomás alega un único fundamento natural de orden moral: que de no ser de uno con una, y establecido que ha de ser de una con uno, el matrimonio implicaría una desigualdad en detrimento de la mujer (Contra gentiles III, 123). En este punto, la unidad y fidelidad, matrimonial y previa, la exige nuestra Religión muy especialmente en honor a la dignidad de la mujer.

No entendemos que pueda caber escándalo acerca de las experiencias prematrimoniales de la novia solamente. Ni tampoco, como cristianos, podemos admitir que son normales. Más bien va siendo hora de declarar escandaloso para los cristianos el ejemplo que ha venido dando el Príncipe, y no sólo ahora mismo (se publicó que compartieron habitación en Praga mientras se anunciaba su compromiso), tanto como el de la futura Princesa.

Pero aunque sólo afecte directamente al futuro esposo, se nos reconocerá el derecho a los ciudadanos españoles decentes de que prefiramos evitar el bochorno de que afloren con el tiempo detalles escabrosos de la vida íntima de la que se titule nuestra reina.

De ningún modo hemos de admitir que debamos tener la boda en paz.

No podemos admitir que nada en tal boda sea normal, ni que sea conveniente (más bien imprudente), ni que se presuma satisfactoriamente católica.

En realidad, se está enfatizando mucho la ceremonia y el boato, sin entrar en lo sustancial. Hay mucha boda y poco matrimonio en las consideraciones que se han hecho.

No es normal, por mucho que lo repita la prensa, que las parejas se amanceben antes del matrimonio, y menos que lo hagan con distintas compañías sucesivas. Es inmoral siempre, es escandaloso en la medida en que lo conocen otros, más si lo exhiben personas de relevancia social, y gravísimamente escandaloso si se enorgullecen de ello (esta materia es en todo análoga al ‘orgullo gay’), que es a lo que equivale el que reconociéndolo, no reconozcan al mismo tiempo que se trata de una flaqueza incorrecta.

Los antecedentes de los novios en materia de castidad preconyugal son escandalosos: un pésimo ejemplo social que dejará profundos daños.

Más aún: en este terreno se van conociendo pasos de la novia más graves que el simple amancebamiento temporal: su matrimonio civil, y su divorcio.

Efectivamente, como a los ojos de la Iglesia no ha estado casada, ni consta la existencia de ningún vínculo que produjera desorden social (por su divorcio también civil no hay apariencia de bigamia) puede solicitar matrimonio canónico sin impedimento. Pero esa posibilidad no hace que todo esté limpio, muy al contrario, la capacidad jurídica no elimina el escándalo moral y exige una fuerte cautela.

No es normal, sino escandaloso, que una bautizada atente matrimonio civil: para un bautizado un matrimonio que excluya el sacramento no es válido. Y tampoco es muy normal que ahora solicite matrimonio canónico en aquella calidad de bautizada a la que no quiso atenerse hace unos años.

Si la bautizada se sigue sintiendo católica de alguna manera (la prensa ha dicho que se declaró en tiempos agnóstica) cometió un gravísimo y escandaloso desprecio del sacramento. Sin embargo, la única opción que le conviene es declarar que hace apenas cuatro años no tenía sentido moral cristiano, y que tampoco sus manifestaciones de agnosticismo eran serias; es decir, que en materia de religión y moral era inmadura. Porque si hubiera apostatado expresamente para el matrimonio civil podríamos encontrarnos en que su matrimonio, meramente natural, si fue válido a ojos de la Iglesia y no así su divorcio, puesto que ninguno lo es, por lo que no podría aspirar a contraer unas nupcias que serían bígamas. Y es que para un católico, respetuoso con la naturaleza y el resto de los hombres, todo matrimonio es indisoluble, incluso entre paganos y ateos.

Claro que cabe explicar que los contrayentes del precedente fasto civil excluían la indisolubilidad o la prole, y en ese caso no pudo haber ningún tipo de matrimonio: fue nulo. También así se salvaría la boda de blanco (¡por supuesto!) y por la Iglesia... Pero todo ello es triste, poco edificante, superlativamente anormal... y poco prometedor.

Una mujer divorciada antes del año de casada testifica contra su buen juicio al elegir pareja, o contra su concepción de la indisolubilidad, o contra la estabilidad de sus afectos y la firmeza del compromiso libre que asumió, que no era temporal. Defectos todos ellos nada baladíes.

En principio, cualquier padre, por moderno que sea, mirará con justo recelo a un cónyuge divorciado para sus hijos, y preferirá a otros que no tengan esa tacha. Y no digamos si es, además, hijo de divorciados (hace años sólo esto último ya pareció eliminatorio a la Familia Real). Una pareja con tales antecedentes es poco recomendable.

Pero si se confirmara lo que la prensa repite: el ‘noviazgo’ (los novios cristianos son aquellos que esperan el matrimonio, ahora la palabra se ha deformado a los que no esperan a convivir y no piensan casarse) de doña Letizia con su efímero marido civil se prolongó hasta diez años nos encontraríamos que se solapó con otro matrimonio preexistente del que fue su breve marido, del cual sí nació descendencia. Por sí sólo esto explicaría que el matrimonio civil fuera la única opción posible para los dos.

Ahora bien, si la existencia de ese matrimonio (primero de los tres que nos ocupan) permite reducir la manifestación contra las leyes de la Iglesia de ideológica a desordenada, es para empeorar el perfil moral de los antecedentes de la boda principesca. Si no se tratara de la futura nuera del Rey, algunos dirían -y con términos rotundos- que doña Letizia ya ha atentdao contra el matrimonio civil y natural de dos maneras: primero causando, estimulando o aprovechando la ruptura de otro vínculo preexistente, y luego abandonando a ese mismo esposo a las primeras de cambio.

Muy poco ejemplar, y todavía menos recomendable antecedente para un futuro cónyuge.

Desde el punto de vista humano los antecedentes de esta boda trivializan la singularidad de la unión conyugal, y hacen temer por su concepción de la indisolubilidad y su estabilidad. Elegir una esposa semejante puede convertirse de inconveniente en imprudente. Para el Reino y para el esposo.

Religiosamente, la boda también se presenta como una amenaza contra el matrimonio. A todo contrayente se le debe exigir adhesión a la doctrina católica referente al mismo. Con mayor razón a los que de obra han manifestado anteriormente desconocerla y apartarse de ella.

Canónicamente, doña Letizia puede solicitar matrimonio litúrgico. Pero para muchos existirá la suspicacia, fundada, de que es insincera e hipócrita con respecto a la Religión si no se digna aclarar su postura al respecto. ¿Fue a la anterior ceremonia civil por agnóstica, por rebelde, porque quería una boda y era la única forma de tenerla, o por contentar a un marido agnóstico concediendo algo de menor importancia? ¿Y ahora? ¿Irá a la Catedral de Madrid por evitar dificultades y sofocos a la familia de su novio?

Para la Iglesia los pecados anteriores no son obstáculo: está puesta en el mundo para perdonarlos. Pero en algunos casos se requiere una reparación, pública cuando ha mediado escándalo. Y si Doña Letizia es cristiana, bien porque siempre mantuvo un fondo remoto, o porque se ha encontrado con Cristo en su particular camino de Damasco -entre Almendralejo y la Almudena-, no tendrá empacho en manifestarlo.

Si doña Letizia no se digna tranquilizar a los creyentes, que también somos españoles, y en cuyo templo quiere entrar con máxima pompa, la presunción, creada por ella misma, es que a un anterior desprecio al sacramento del matrimonio va a unir ahora una simulación sacrílega que probablemente implicaría la nulidad del matrimonio. En esta boda todo cuanto aparece apunta al descrédito del matrimonio, natural y cristiano.

No creemos, ni queremos, que nuestra desenvuelta candidata a Princesa vaya al templo a casarse sin libertad. Si es normal estar divorciada después de casada por lo civil, ¿por qué no lo sería casarse la segunda vez también por lo civil? Al fin y al cabo las bodas civiles suelen ser –mejor pretenden ser- segundas nupcias. ¿Por qué sería anormal una boda civil del Príncipe? Los católicos no exigimos a nadie paripés, y sí que no se entre en la Iglesia para escarnecerla o para cometer sacrilegios.

Y aún si el deseo del sacramento estuviera sólo en don Felipe la Iglesia les abriría las puertas, solicitadas las dispensas oportunas. Claro es que se solicitaría un respeto al matrimonio... y a la Eucaristía. En el antiguo Código de Derecho Canónico de 1917 cuando un contrayente no era católico se excluía tajantemente la celebración de la Santa Misa en la ceremonia matrimonial. No nos gustaría ver el Cuerpo y la Sangre de Cristo rebajados a adorno simétrico, que se administran ante las cámaras primero a un cónyuge y luego al otro igual que los anillos, y ello en bien del propio comulgante indebido, puesto que nadie puede revocar las palabras de la Escritura: "quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la sangre del Señor" (I Co 10,27).

En resumen, un matrimonio de antecedentes anormales e inconvenientes hasta la imprudencia es fuente de preocupación cristiana. Aunque sólo se tratara de una gran tibieza en doña Letizia no dejaría de ser gravísimo que el factor religioso hubiera pesado tan poco en la elección de don Felipe. Si tan poco pesa en la elección de esposa, ¿qué educación cristiana van a transmitir entre ambos a sus hijos? La sombra de la nulidad ronda repetidamente el anunciado enlace.

Pero la referencia a la prole abre un insospechado capítulo de consideraciones, en que también se manifiesta desprecio del matrimonio.

Se ha lanzado a la palestra de la opinión la conveniencia de modificar en la Constitución el orden sucesorio para evitar discriminaciones por razón de s*x*, si el eventual primogénito de D. Felipe y Dª Letizia fuera una niña y quedara apeada por un varoncito posterior.

El trámite constitucional necesario es arduo, complejo, desaconsejable mientras las reclamaciones separatistas estén exacerbadas... y erróneo.

Por mucho que se suprima en la monarquía hereditaria la discriminación por s*x* se mantiene en cambio la del orden de nacimiento ¿no están ambas repudiadas igualmente por el artículo 14 de la Constitución de 1978? ¿Y, en el terreno de las hipótesis, por qué habría de ser Reina una hija mayor incapaz y antipática en lugar de una segundogénita o un segundogénito populares y desenvueltos?

Lo que sí necesita urgentemente repararse en la Constitución es la omisión que del matrimonio se hace en su artículo 57,1: “la sucesión en el trono seguirá el orden regular de primogenitura y representación, siendo preferida siempre la línea anterior a las posteriores; en la misma línea, el grado más próximo al más remoto; en el mismo grado el varón a la mujer; y en el mismo s*x*, la persona de más edad a la de menos”. ¡Entre tanto detalle falta el capital de que la sucesión sea legítima, es decir habida en legítimo matrimonio!

No creemos que aquella omisión constitucional fuera sino un rechazo más a cuanto se ha heredado del antiguo orden cristiano y sensato. Por mucho que se repita que no se puede discriminar a los hijos matrimoniales de los extramatrimoniales –antes ilegítimos- en este caso es una necesidad de orden público.

En este momento, si D. Felipe tuviera algún hijo ilegítimo la letra de la Constitución no le cerraría el paso a reclamar en cualquier momento la sucesión en el Trono. Y como la Constitución posibilita expresamente la investigación de la paternidad (art. 39,2) el Príncipe podría verse expuesto a pretensiones de reconocimientos sin cuento (eso sucede cuanto se ha llevado una vida prematrimonial ‘normal’), humillantes para su persona y la Corona, e infundadas en la mayoría de los casos, pero difíciles de evitar si la Familia Real se esfuerza tanto en ser tan normal.

Más aún: la jaleada elección de la consorte principesca podría resultar irrelevante en cuanto a engendrar y educar al futuro heredero. Podría darse el caso de que la Reina fuera la primera dama ceremonial pero no la madre del sucesor.

Si alguien decide modificar este artículo de la Constitución solicitamos que se haga, por bien de todos, añadiendo el requisito de hijo matrimonial para el orden sucesorio. No hace tanto ciertas revistas sugirieron que alguna niña cuyo nacimiento se vio rodeado de extrañas circunstancias -no hace al caso si se llama Vanessa, Melisenda o Lucía- podía ser hija del Príncipe y alguna relación anterior. Tal insinuación maliciosa no tiene por sí sola fuerza ninguna, pero sirve de caso ficticio para probar cuanto llevamos dicho. Al fin y al cabo la forma de las leyes es condicional: si se produjera tal caso se procederá de tal modo. Y es conveniente comprobar si determinados casos no están contemplados en la ley, o lo están mal.

Si hoy hubiera una hija extramatrimonial de Don Felipe, siempre a título de hipótesis y con la Constitución en la mano, a igual grado de hipotéticas hijas de Don Felipe, mientras Doña Letizia no alumbrara más que niñas la existente sería siempre la mayor de su s*x*, pero el nacimiento de un varón –mientras sobreviviera- la apartaría de la sucesión; en cambio, con la modificación de que nos hablan, cualquier hijo ilegítimo varón o hembra, ya nacido, pasaría por delante de todos los hijos e hijas que pudiera parir Doña Letizia. Y sólo estableciendo el requisito de que hubieran de ser hijos matrimoniales se cerraría el paso, inapelablemente, a desagradables sorpresas, y los hijos de Doña Letizia, amparados por esa institución matrimonial sobre la cual esta boda arroja tantas devaluaciones, podrían acceder al trono. ¡No se podrá decir que nos guía la animadversión a su persona!

Lo que sí nos guía es el rechazo de los escándalos antimatrimoniales

Lo inmoral no es normal porque lo perpetren personas encumbradas.

Como San Juan Bautista, debemos denunciar, llamando por sus nombres, lo que no son sino desórdenes en esa materia.

Y urgir la máxima vigilancia para evitar sacrilegios (contra el Matrimonio y la Eucaristía) anunciados y televisados multitudinariamente al mundo entero.

·- ·-· -··· ·· ·-··
Luis María Sandoval
 

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En primer lugar, Felipe se apellida Borbón y GRECIA. Todos esos apellidos indican una sucesión de precedencias, pero su apellido, como el de su madre es Grecia
En segundo lugar. Estos artículos están escritos en plan coña o de verdad este señor ve inmoral que una pareja vaya de vacaciones o de finde sin estar casados.
Ya lo de la virginidad...de traca
 

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