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Boardwalk Empire

publicado por Emilio de Gorgot



¿Aún no ha visto usted Boardwalk Empire? ¿De verdad? Pues sepa que HBO lo volvió a hacer. En el 2010, la cadena que hoy es el referente del drama televisivo estrenaba una nueva serie, Boardwalk Empire, que iba a estar ambientada en el mundillo de los gangsters de los años 20, cuando la “Ley Seca”, la prohibición del alcohol, convirtió Estados Unidos en el campo de juegos de todo tipo de organizaciones criminales. El estreno llegaba rodeado de una considerable y más que comprensible expectación por varias razones de peso. Una, que era la nueva gran apuesta de la cadena que mejores programas dramáticos ha creado durante los últimos años para la televisión. Dos, que se trataba de la misma emisora que había revolucionado la ficción gangsteril con The Sopranos. Y tres, que la nueva serie venía avalada por un nombre legendario de la cinematografía estadounidense, alguien que además estaba especializado en el género: nada menos que Martin Scorsese. No contento con financiar la serie ejerciendo de productor ejecutivo, Scorsese iba a dirigir el episodio piloto en primera persona, lo cual lo convertía en algo así como “la nueva película de Scorsese”. Tras el estreno, el triunfo crítico fue prácticamente inmediato. Aun asumiendo que, al menos a priori, la crítica de medio mundo está muy favorablemente predispuesta hacia cualquier producto sellado con las siglas HBO, siempre quedaba la duda de si la emisora no se equivocaría intentando —por ejemplo— repetir los esquemas de The Sopranos. Pero no, tras la emisión de los primeros episodios había buenos motivos para el entusiasmo. A nadie se le ocurrió poner en duda la calidad de aquella primera temporada, que demostró que Boardwalk Empire tenía una fuerte personalidad propia.


«Nucky» Thompson, primer traficante de alcohol de la ciudad, hablando en contra de la bebida frente a un entregado público de muejeres prohibicionistas.
Boardwalk Empire gira en torno a la recreación, más o menos libre, de una figura histórica: Enoch L. Johnson, apodado “Nucky”, un político de Atlantic City que se enriqueció vendiendo alcohol durante la Ley Seca. Rebautizado como Enoch “Nucky” Thompson en la serie para que los guionistas pudieran tomarse sus licencias, las temporadas emitidas hasta ahora —mientras escribo estas líneas está a punto de finalizar la emisión de la tercera— delinean una sociedad gobernada por la corrupción, la violencia y el miedo. Una sociedad en la que incluso los más altos cargos funcionan a base de sobornos y amenazas, donde los negocios ilegales se entremezclan borrosamente con la administración y donde los individuos honrados lo tienen bastante difícil para llegar a alguna parte por sí solos. La serie dibuja una Atlantic City manejada con puño de hierro por “Nucky” Thompson, quien oficialmente ejerce como tesorero de la ciudad pero que en la práctica es el hombre que mueve los hilos y lo domina todo, desde los nombramientos de cargos importantes hasta el devenir de las elecciones locales. La serie, pues, entremezcla hechos históricos con ficción y participan en la acción unos cuantos personajes que le sonarán a cualquier interesado en la historia del crimen organizado: desde Al Capone a “Lucky” Luciano, pasando por Meyer Lansky, “Bugsy” Siegel, Johnny Torrio, John Masseria, Arnold Rothstein, etc. Incluso aparecen retratados algunos famosos artistas de la época como Eddie Cantor. Sin embargo, como sucedía con The Sopranos, The Wire o Deadwood, la temática criminal no lo fagocita todo en el argumento de Boardwalk Empire. Las motivaciones y las luchas interiores de los personajes son cuidadosamente atendidas, convirtiéndose de hecho en el principal material de base; se procura que haya un trasfondo humano detrás de cada acontecimiento, que cada personaje resulte consistente incluso en sus contradicciones. La maestría en la definición de los personajes se mantiene: una cualidad de Boardwalk Empire es la frecuencia con la que se recurre a pinceladas muy sutiles para ir componiendo el retrato de los individuos que protagonizan la acción. Así, se mantiene ese tono de drama coral que tan bien llevan cultivando en la HBO desde hace bastante tiempo, con la peculiaridad de que la información está presentada de forma elegante y a su debido momento: tardamos en conocer realmente a esos personajes, que van creciendo ante nuestros ojos capítulo tras capítulo, mostrando facetas que antes no habíamos esperado encontrar.

Bien es cierto que Boardwalk Empire tiene sus propias características distintivas respecto a otras grandes producciones de HBO. Es más pausada y mucho menos pirotécnica que The Sopranos o Deadwood, por ejemplo; no todos los episodios están repletos de giros explosivos como andábamos acostumbrados con aquellas series. Tampoco muestra la naturaleza caleidoscópica y eternamente cambiante de The Wire. En cuanto al guión, el desarrollo de la acción podría no estar tan compensado como en un posible ideal de “serie perfecta HBO” —entiéndasenos, es por tener algo que decir— pero esto carece realmente de importancia ante los muchos méritos del material de base con que se trabaja: buenos diálogos y un considerable pulso para distribuir los puntos climáticos de la acción, notábamos que no tan abundantes como en otras series de HBO mencionadas, pero muy bien planificados y ejecutados. Boardwalk Empire no manipula tan abiertamente al espectador, pero permite que el espectador se vaya creando su propio concepto de las cosas para, sin necesidad de quebrar la lógica del argumento, romper ese concepto en pedazos de vez en cuando. En cuanto al nivel físico de la producción (decorados, vestuario, dirección fotografía, etc.) la serie sigue estando a la altura de lo que podríamos esperar de HBO. Quizá no llega al barroco nivel de detallismo de la extinta Deadwood —aunque en este particular, resulta difícil que alguna otra serie iguale a Deadwood, ni aun Juego de Tronos— pero lo cierto es que recrea los locos años veinte con una más que imponentes soltura y eficacia. La suntuosidad visual de Boardwalk Empire está a la par de la enjundia de la narración.


El simpático Al Capone disfrutando de un breve refrigerio y probablemente reflexionando sobre a quién le va a abrir la cabeza después.
En cuanto al reparto, HBO continúa en estado de gracia a la hora de elegir intérpretes que encarnen los grandes personajes de sus grandes series. Por ejemplo, solo puede decirse que Steve Buscemi llegó para reinar. Según los creadores de la serie, el personaje real de “Nucky” Johnson parecía hecho a la medida de alguien como James Gandolfini, y ciertamente existe mucho más parecido físico entre ambos que con el escuálido Buscemi. Pero, lógicamente, sabían que contratar a Gandolfini para ese papel significaría que el actor arrastraría consigo a Boardwalk Empire su inmortal personaje de Tony Soprano. Lo cual, queramos o no, podría haber convertido la serie en una “Sopranos II”, al menos a ojos del público. Así que había que buscar otro protagonista y al parecer fueron los deseos expresados por Scorsese de trabajar con Buscemi los que finalmente le valieron a éste el poder desempeñar el rol protagónico de la nueva gran producción. Buscemi ya era bien conocido de todos después de una larga y nutridísima carrera cinematográfica repleta de títulos, en la que destacan sus sonadas colaboraciones con Quentin Tarantino o los hermanos Coen. También había aparecido en diversas series, entre ellas la propia The Sopranos donde ya encarnó a un gangster de manera más que convincente, logrando hacerse un sitio en mitad de un reparto repleto de carismáticos gangsters de ficción. Considerado lo que antes solía llamarse “actor de carácter”, Steve Buscemi no tuvo ningún problema para cargarse a las espaldas el peso de una enorme responsabilidad: encabezar una serie de la HBO, una superproducción en la que iban a estar puestas todas las miradas del planeta. El actor no solamente respondió al desafío sino que ha conseguido ese difícil logro de construir un arquetipo televisivo, un personaje que pasará a la historia del medio. Su milimétrica, a la par que extrañamente visceral composición de “Nucky” Thompson no ha dejado a nadie indiferente, y Buscemi ha terminado de consagrarse con un papel que requería unas considerables dosis de virtuosismo. Con muchas menos oportunidades para el exabrupto que un Tony Soprano o un Al Swearengen, el personaje de “Nucky” Thompson se proyecta frecuentemente mediante miradas perdidas, imperceptibles contracciones del rostro o expresiones mínimas y aparentemente indescifrables que, de alguna manera misteriosa, acaban transmitiendo lo que el personaje podría estar pensando o sintiendo. Hay algunas contadas explosiones, pero que sobre todo sirven para puntuar todo un festival de contención que le ha valido a Buscemi reconocimientos de todo tipo y premios como el Emmy o el Globo de Oro.


«Nucky» entre una nube de periodistas, mostrándoles su total colaboración por el sencillo procedimiento de pasar de ellos y darles la espalda.
El resto del reparto, como suele suceder en los productos HBO, es casi universalmente impecable. No hay prácticamente nadie que desentone o parezca fuera de lugar y podría decirse que casi cada personaje cuenta con un respaldo interpretativo que le hace justicia: todo un logro de casting que nunca puede ser lo suficientemente ponderado. Esto es algo que tiene suma importancia en una serie donde no siempre son las palabras, ni siquiera los actos, los que muestran el estado emocional de un personaje o los que definen por completo su condición moral. Boardwalk Empire no funcionaría como serial radiofónico porque necesitamos ver los rostros de cada uno de esos personajes para entender en qué momento psicológico se encuentran. Con frecuencia, los involucrados en la acción dicen una cosa pero sienten otra distinta, o bien actúan en contra de sus creencias o de sus deseos; hay muchas emociones encubiertas, mucho fingimiento, mucho sufrimiento contenido y numerosas barreras entre unos personajes y otros que les impiden comunicarse entre sí con sinceridad y franqueza. Es aquí donde el trabajo de los actores se vuelve extraordinariamente importante: muy pocos personajes de la serie pueden permitirse el lujo de expresarse abiertamente siempre que lo deseen, así que la capacidad de cada actor para transmitir un mensaje de manera puramente visual resulta crucial. Sin ese constante juego no verbal, el espectador no podría entender a muchos de los personajes. En este sentido, el trabajo interpretativo coral de Boardwalk Empire resulta simple y llanamente extraordinario.

Ahora un repaso a los principales personajes, no sin antes recomendar a quien todavía no haya tenido la ocasión de paladear esta serie que le conceda una oportunidad; una vez sumergido en la acción, disfrutará considerablemente con sus tormentosos destinos:

Enoch “Nucky” Thompson: Señor de Atlantic City y personaje central de toda la acción, “Nucky” es un individuo indescifrable que tan pronto resulta reprobable a causa de su despiadada resolución como descoloca con inesperados detalles de humanidad, pinceladas de ternura cuyo trasfondo nunca termina de estar demasiado claro. Aunque para él lo primero es el negocio y no duda en recurrir a cualquier medida extrema ante quien pretenda perjudicarlo, parece esconder una honda necesidad de afecto. Es a todas luces incapaz de expresar esa necesidad de manera abierta y confiada, pero no por ello se antoja menos verdadera. “Nucky” Thompson, tras una imagen pública artificiosa iconizada por el clavel rojo de su solapa y un constante (y visible) esfuerzo por contenerse, es un personaje enrevesado a quien nadie parece conocer realmente bien. Interpretado de manera magistral por un Steve Buscemi que asombra a propios y extraños con su composición de un hombre herido pero implacable, del que nunca sabemos con seguridad si es más vulnerable que destructivo o a la inversa. Un nuevo caramelo para quienes gusten de diseccionar psicológicamente a personajes repletos de recovecos enigmáticos.

Margaret Schroeder: Irlandesa, católica, conservadora y sumisa, vive sumergida en el ambiente enfermizo de un matrimonio destructivo. Su marido, alcohólico y violento, la tiene aterrorizada a ella y a sus dos hijos, condenándola a una existencia de pesadilla. No obstante, el perfil bajo de Margaret, que en principio parece una mujer plana y poco misteriosa, esconde bastantes sorpresas. A medida que empieza a conocerse a sí misma y a manifestarse tal como es, todos empezaremos a formularnos preguntas acerca de sus verdaderas motivaciones presentes, pasadas y futuras. La clase de personaje al que el espectador cree conocer con rapidez hasta que se da cuenta de que realmente ha de modificar algunos de sus conceptos sobre ella. La actriz escocesa Kelly Macdonald saca adelante con meritoria habilidad el complicado trabajo de ir desentrañando el encaje de bolillos de un personaje que al principio resulta engañosamente insípido.

Jimmy Darmody: Protegido y ahijado de “Nucky” Thompson, con quien mantiene una relación de amistad paterno-filial bastante enrevesada, soterrada bajo un montón de sobreentendidos. Jimmy es un ex-combatiente; abandonó la universidad para alistarse en el ejército y la Iª Guerra Mundial dejó en su espíritu profundas secuelas que no siempre resultan evidentes, pero que a la larga terminan dictando buena parte de su conducta. Sus relaciones con quienes le rodean están siempre marcadas por la ambigüedad, entre otras cosas porque parece no haber aterrizado del todo después de su experiencia en las trincheras, como si le costase readaptarse a la vida civil y no lograra tener claro qué es lo que espera de la vida.

Gillian Darmody: Madre de Jimmy Darmody (a quien tuvo siendo casi una niña, de ahí la poca diferencia de edad aparente), Gillian es una mujer que detrás de la fachada de mujer-florero esconde uno de los caracteres más laberínticos y complejos de toda Boardwalk Empire. Los secretos de su biografía se nos van mostrando a modo de goteo conforme avanza la serie, y con cada nueva gota descubrimos que Gillian no solamente esconde bastantes sorpresas, sino que su personalidad es mucho más extraña, inusual e inquietante de lo que podríamos haber imaginado en un principio. En muchas ocasiones resulta difícil leer las motivaciones de sus actos hasta que ella no nos la muestra en primera persona, y el núcleo central de su personalidad permanece oculto de manera no muy distinta a como sucede con “Nucky” Thompson. Magistralmente interpretada por una Gretchen Mol a quien, todo sea dicho, el pelirrojo le sienta de maravilla.

Angela Darmody: Esposa de Jimmy Darmody. Angela esconde varias sorpresas, como casi todas las mujeres de la serie, obligadas a guardar las apariencias en una época donde únicamente los hombres podrían mostrarse abiertamente tal cual eran (y aun así, ni siquiera ellos podían expresarse del todo). De apariencia abnegada y conformista, hay en su interior una inesperada naturaleza artística que choca con los valores y convenciones de su tiempo.

Nelson Van Alden: Un policía estricto, religioso y moralista a unos niveles tan exagerados que inmediatamente sospechamos que necesariamente ha de ocultar un lado oscuro. Desde luego, el carácter inquietante de su personaje es algo de lo que nos damos cuenta nada más verlo en pantalla. Parece ser incapaz de interactuar normalmente con nadie, ni siquiera con su propia esposa; incluso parece incapaz de conocerse a sí mismo y dominar sus propios demonios. Tan duro y expeditivo en unas ocasiones como inocuo en otras, el agente Van Alden es una combinación de frustración, furia reprimida e ideales absurdamente elevados que ni él mismo puede aspirar a cumplir. Magistralmente interpretado por el prestigioso actor Michael Shannon, quien traza un retrato asombrosamente cambiante de un individuo con semejantes extremos, alguien que tan pronto nos causa una honda conmiseración como un paralizante terror.

Elias “Eli” Thompson: Hermano de “Nucky” Thompson, actúa como Sheriff de Atlantic City, aunque como casi todos los demás no deja de ser un títere al servicio de su poderoso hermano. A su manera intenta participar en el juego de ambiciones encontradas que es la escena política, judicial, policial y criminal de Atlantic City. Es un hombre reservado y poco expresivo, excepto las pocas veces en que contemplamos abiertamente la compleja naturaleza de la relación entre los dos hermanos Thompson, una relación que únicamente ellos dos parecen entender y donde hay toda clase de sentimientos encontrados.

Richard Harrow: Veterano de guerra, regresó de las trincheras con un rostro horriblemente desfigurado que cubre con una máscara y con una voz ronca de ultratumba, también secuela de las heridas de guerra. Hábil francotirador, Harrow es un hombre que no tiene nada que perder; en consecuencia, no le tiene miedo a nada ni a nadie. Eso lo hace especialmente temible, ya que actúa con un total desprecio de la muerte y no existe un solo individuo ante quien Harrow se amilane. Su máscara es algo más que simbólica, ya que apenas deja traslucir su extremo sufrimiento ante los demás. Sí vemos con frecuencia detalles de atención a los débiles y de callado sentimentalismo, además de muestras de que posee un carácter leal y con un peculiar sentido de la justicia. Es un personaje que tan pronto inspira ternura a causa de su penosa condición y su soledad, como se transforma en una figura de dimensiones casi divinas cuando dirige su rabia hacia algo o alguien, ejerciendo justicia con la terrible implacabilidad de un semidiós de tragedia griega. Uno de los mejores y a la larga más fascinantes personajes de la serie, brillante y pacientemente construido por el actor Jack Huston en una enorme labor de artesanía interpretativa.

Al Capone: El futuro amo y señor del crimen aparece en sus comienzos, cuando todavía estaba a las órdenes del gangster Johnny Torrio. Siempre es complicado retratar un personaje histórico tan conocido y del que prácticamente cualquiera tiene ya una idea preconcebida, pero con las debidas licencias que se tome el guión, podemos decir que el Capone de Boardwalk Empire resulta como mínimo verosímil. Vemos un balance entre el matón impulsivo y el individuo astuto e inteligente que Torrio descubrió y apadrinó como hombre de confianza, y que llegaría a convertirse en el criminal más temido de la nación. El actor Stephen Graham se lleva hábilmente el personaje a su terreno. Curiosamente, hay en el reparto otro actor (Glenn Fleshler, que interpreta al abogado corrupto George Remus) que es físicamente idéntico al auténtico Capone, aunque supongo que Fleshler no fue elegido por cuestiones de edad, ya que cuando comienza Boardwalk Empire el personaje de Capone apenas tiene veinte años.

Charlie “Lucky” Luciano: Un caso similar al de Capone. Luciano es una figura histórica tan célebre que reflejarlo en la ficción siempre resulta complicado, pero nuevamente se hace un trabajo bien balanceado incluso con sus debidas licencias narrativas. Se nos muestra pues a un Luciano en los años en que estaba subordinado a otros y todavía no había ascendido al trono de los bajos fondos, pero ya demostrando aquella clarividencia estratégica que le permitiría años después convertirse en el mafioso más importante de la historia. Un buen y sólido retrato.

Meyer Lansky: Amigo y socio de “Lucky” Luciano, aparece como lo que la mitología mafiosa recuerda de él: un gangster observador, tranquilo y extremadamente inteligente; alguien que siempre tiene una respuesta o una frase adecuada cuando todos los demás se han quedado sin palabras e incluso cuando el propio Luciano no sabe muy bien qué decir. Fue célebre como el más brillante cerebro del mundo del crimen y en Boardwalk Empire es retratado efectivamente como un joven brillante cuya mirada parece ir un paso por delante de casi todos cuantos le rodean.

Esther Randolph: Fiscal implacable y una funcionaria femenina en un mundo de hombres, Randolph es inflexible y altamente eficiente en su trabajo. Tiene la misión de hacer caer a “Nucky” Thompson y se empeña en lograr su objetivo a toda costa. En el camino, sin embargo, tendrá que acabar reconociendo que los engranajes del poder político y judicial son casi tan corruptos como los de las organizaciones criminales a las que ella misma está tratando de combatir.

Louis Kaestner: Anciano y de frágil salud, es el hombre que dominó Atlantic City durante mucho tiempo y que ahora le ha legado las riendas a “Nucky” Thompson. Aun limitándose a ejercer como solemne figura ecuestre como un rey que hubiese abdicado pero que aún permaneciese en palacio, sigue siendo un factótum y su nombre todavía impone respeto, hasta el punto de los lazos personales que algunos de los personajes tengan con él determinarán las metas a las que cada cual pueda pretender aspirar o no en la ciudad.

Albert “Chalky” White: Duro, rígido e inclemente, “Chalky” es uno de los principales gangsters de Atlantic City. Es para la comunidad negra lo que “Nucky” Thompson para el resto de la ciudad: el hombre que mueve los hilos. Hijo de un ebanista asesinado por el Ku Klux Klan, “Chalky” White combina su ambición personal con una cruzada por intentar mejorar las condiciones de vida de los negros en su ciudad. Interpretado por Michael K. Williams, al que muchos recordarán por su legendario papel de Omar en The Wire, aunque este nuevo personaje es bastante diferente.

Owen Slater: Antiguo miembro del IRA que se convertirá en asistente personal de “Nucky” Thompson. Es un individuo de maneras tranquilas que prácticamente nunca se descuelga con una respuesta agresiva o un pronto temperamental. Sin embargo, ha crecido en Irlanda contemplando en primera fila e incluso ejerciendo de primera mano el derramamiento de sangre por motivos políticos, así que considera la violencia una simple herramienta de trabajo, un método admisible y perfectamente válido ya sea en persecución de ideales nacionalistas como en su país natal, o para llevar adelante un negocio, como hacen en los Estados Unidos.

Eddie Kessler: Asistente personal de “Nucky” Thompson, quien por un lado lo trata casi a patadas pero por otro le otorga toda su confianza. De origen alemán, Kessler habla con un fuerte acento y siempre parece algo despistado, aunque podemos sospechar que en realidad no pierde comba de todo cuanto sucede a su alrededor, por más que nunca dé muestras de saber nada que no deba saber. Por momentos parece casi una parte del mobiliario, pero es la clase de individuo que está allí donde todo se cuece, aunque solo sea como convidado de piedra.

Arnold Rothstein: El mafioso judío más importante de Nueva York durante la Prohibición es un individuo refinado y elegante. Es un hombre con clase, poco tendente a los manierismos callejeros tan propios de otros gangsters de su tiempo. Su naturaleza depredadora en los “negocios” no le impide mostrar unas maneras casi señoriales, y es perfectamente capaz de proferir las más terribles amenazas sin perder la compostura. Un hombre que sabe lo que quiere, cuándo lo quiere y cómo lo quiere.

Joe Masseria: El siciliano que reinaba en los bajos fondos de Manhattan al decretarse la Ley Seca, Masseria solo quiere garantizar que cualquier negocio que otros gángsters hagan en su territorio le reporte a él su debida parte de los beneficios. El negocio es su único área de interés. Con frecuencia lo vemos hablando en italiano, señal de que pertenece a la antigua generación de mafiosos sicilianos que aún creen en viejos valores mafiosos como la fidelidad entre paisanos.

Mickey Doyle: Una de las piezas clave del tráfico de alcohol en Atlantic City, un hombre peculiar que suelta una extraña risita casi cada vez que dice algo. Irónico y no demasiado agradable, de alguna manera se ha instalado en una cómoda posición de confianza en el imperio Thompson.

Gyp Rosetti: Prototipo de gangster irreflexivamente violento, capaz de asesinar a un hombre por un comentario completamente inocuo que a él le haya sentado mal o que haya malinterpretado sin pararse a pensarlo. Dispuesto a establecerse en el negocio del tráfico de alcohol aunque para ello tenga que desafiar al imperio de “Nucky” Thompson, no parece dispuesto a detenerse ante nada ni ante nadie. La clásica figura del psicópata fuera de control que realmente disfruta ejerciendo una sanguinaria violencia sin sentido, como expresión de una probable maraña de complejos de origen más bien incierto.

Gaston Means: Un hombre con un trasfondo muy opaco y sospechoso, que no obstante es investigador especial del Departamento de Justicia. Ladino, insidioso y manipulador, representa a la perfección la figura del funcionario corrupto, el hombre que mantiene una imagen pública impecable pero que tiene tan pocos límites morales como el peor de los criminales.

George Remus: Un abogado corrupto, traficante de alcohol, que tiene la extraña costumbre de siempre referirse a sí mismo en tercera persona. Perfecta representación del hombre que se aprovecha de su situación y sus contactos para sacar partido al contrabando, enriqueciéndose con los negocios ilegales en que está metido casi todo el mundo. Como comentábamos, se da la curiosa circunstancia de que el actor que lo interpreta recuerda mucho, pero muchísimo, al verdadero Al Capone. Lo cual, la verdad, es un pequeño cruce de cables para algunos de nosotros cuando los personajes de Remus y Capone aparecen en la misma secuencia, ¡porque es Remus quien resulta casi idéntico! De hecho, si alguien rueda una película y aparece Capone con más edad, este hombre debería ser la opción obvia para interpretarlo.

Bueno, esto es todo: altamente recomendable para quien todavía no haya degustado una de las varias joyas de la HBO.

Original, con restantes fotografías:
https://www.jotdown.es/2012/11/imprescindibles-boardwalk-empire/boardwalk2/
 

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Black Mirror




Quizá la mejor manera de enfrentarse a los tres capítulos de Black mirror sea sin saber absolutamente nada sobre los mismos. Visionarlos sin haber sido contaminados por tan siquiera una sinopsis previa. Obviamente llegar virgen y puro a la proyección reforzaría el impacto de la obra y por dicho motivo la primera recomendación lógica sería invitar al lector a saltarse este texto y lanzarse sobre la miniserie en el caso de que no lo haya hecho todavía. Pero del mismo modo, y a sabiendas de que muchas veces son necesarios incentivos para dedicarle más de cuarenta minutos a algo en lo que no rueda una pelota, durante estas líneas se intentará explicar a los rezagados qué es lo que ofrece Black mirror y, sobre todo, examinar sus tres capítulos sin reventarlos en la medida de lo posible, esquivando el spoiler y reservando el sitio para la sorpresa, pero al mismo tiempo tratando de inocular el interés.

Charlie Brooker es un caballero británico que con su pluma tiene la elegante y envidiable capacidad de incomodar a demasiada gente. De hecho, además de caballero y británico el hombre es bastante cafre y gamberro. Y gusta de rebozarse en sus principales filias (la tragedia humana, la televisión y el videojuego) amparado por la sátira y haciendo gala de un humor bastante corrosivo y cabrón.

Brooker comenzó ejerciendo de dibujante en Oink! para a continuación trabajar como redactor y encargado de una tira cómica en las páginas de Pc zone, una famosa revista de videojuegos donde, además de una sección en la que insultaba a los lectores que se animaban a escribir al magazine, consiguió la loable meta de causar polémica y que se llegaran a retirar números de algunos kioskos al bromear mediante una ilustración con el salvajismo contra los animales a costa de Tomb Raider. Más adelante saltó al periódico The Guardian como afilado columnista. Y siguió liándola: finiquitó un artículo sobre el presidente George W. Bush con la provocativa línea “John Wilkes Booth, Lee Harvey Oswald, John Hinckley Jr. ¿Dónde estáis ahora que os necesitamos?” y aquel chiste de tosco grosor le reportó una colina de entrañables amenazas de muerte. Brooker aseguró que no esperaba una reacción tan desmesurada mientras se aflojaba el cuello de la camisa, pero continuó con bastante éxito (Columnista del año en los British Press Awards del 2009) plasmando opiniones e idas de pinza varias (como la sección Ignopedia, una wikipedia en versión ignorante) en el mencionado periódico y su suplemento.

También comienza a pasearse por radio y sobre todo a través de varias franjas de la televisión como guionista, presentador o mente creativa. Facturó Screenwipe, Newswipe y Gameswipe, programas donde revisaba con un tono bastante mordaz la programación de la parrilla televisiva, los medios de comunicación y los videojuegos respectivamente. También destaca en su currículo el haberse aliado con otro provocador irreverente como es Chris Morris (a quién quizá conozcáis por su papel en The IT Crowd) para escribir la serie Nathan Barley y sobre todo para firmar parte del pasadísimo guión de un épico capítulo de Brass eye, una serie de falsos documentales satíricos creada por Morris. Concretamente aquella entrega que llegaría a desencadenar toda una tormenta de polémicas e iras de figuras públicas: el especial pedofilia. O una sorna de genial título alternativo (Paedogeddon) sobre la psicosis e hipocresía de los medios de comunicación ante la pedofilia. Y mientras todos rugían, ellos tan anchos por lo irónico que acabó resultando todo el asunto.

En 2008 Brooker salta a la fama adquiriendo cierta repercusión mundial al idear una nueva serie de cinco capítulos que surge de una idea bastante chalada: mezclar el cine de terror con la particular visión que el mismo tiene del entretenimiento catódico moderno. Nace Dead set, o lo que es lo mismo: Gran Hermano con zombis. La idea tiene miga y guasa; una invasión zombi se propaga entre las gentes y causa lo típico en esos casos de fenómenos naturales desatados: muertos vivientes a granel, alegre pandemia y allá te lo montes luchando para que nadie te coma el culo. El pánico se apodera de toda la población. ¿Toda? No. Un irreductible grupo de concursantes de Gran Hermano, completamente ajenos al apocalipsis zombie, continúan en el interior de la televisiva casa participando como si el programa no hubiese pasado a un segundo plano en lo que viene a ser el interés popular prioritario. La inaudita propuesta convenció hasta al más incrédulo del sector crítico y fue nominada a un BAFTA como mejor serie dramática.

Y llegados a finales 2011, el gamberrete de Brooker se saca de la manga para Channel 4 otra serie de breve extensión (tan sólo tres capítulos) titulada Black mirror. La productora se encargaba de promocionarla como una especie de The Twilight zone (aquí conocida como Dimensión desconocida o En los límites de la realidad) mezclada con los Tales of the unexpected de Roald Dahl en versión tecnológica. No era, en absoluto, una mala carta de presentación.

El “black mirror” del título se refiere a ese espejo tintado que son las pantallas de los monitores de nuestros ordenadores, de nuestras televisiones, de nuestros teléfonos móviles y de todos aquellos aparatos domésticos que han llegado a adquirir tanta importancia en la sociedad. Dicho título, y por tanto el simbolismo tecnológico que representa, es lo único que tienen en común los tres capítulos, puesto que ni comparten personajes, ni lugares, ni eventos y ni siquiera el mismo plano de la realidad. La serie además se caracteriza por dejar a un lado cualquier indicio de comedia pura y centrarse en el drama visceral. En realidad, en el tono general de la obra, una ironía pesimista y muy cruel, parece dedicarse a darle una paliza continua a toda felicidad que trate de asomar la cabeza. Lo cual en el fondo, y desde un punto de vista muy sádico, tiene bastante gracia.

Black mirror es, en tan sólo tres capítulos autoconclusivos e independientes, potente y contundente. Una sátira moderna que impacta y una puesta al día de aquel aire fantástico que tenía la Dimensión desconocida utilizando la obsesión por la tecnología como motor y excusa.

Black mirror es una patada en la entrepierna con saña y alevosía mientras tú estabas tuiteando que te encontrabas a punto de recibir una patada.



Capítulo 1: El himno nacional

Guión: Charlie Brooker.

Director: Otto Bathurst.

El primer capítulo transcurre en un futuro no demasiado lejano y su trama nace y se construye en torno a una extorsión demencial que se nos desvela durante los primeros minutos de historia, un chantaje pasadísimo de rosca cuya principal demanda se encuentra en las antípodas de la sutileza y bien pudiese haber salido de una brainstorming de lo peor de 4chan. La perversa firma de Brooker en el guión resulta omnipresente. Lo más interesante de todo es que a partir de aquí el capítulo toma la férrea decisión de construir un thriller político totalmente en serio. Y lo sorprendente es que lo consigue sin tambalearse hacía lo puramente mundano y zafio, como hubiera sido de esperar.

El himno nacional cuestiona a los medios de comunicación y su papel en una sociedad que cada vez dispone más herramientas (twitter, facebook o youtube) para extender con suma facilidad y a la velocidad de la luz cualquier noticia e incluso forzar las decisiones de un gobierno a golpe de trending topic. Pero también aborda otras cuestiones: el valor de la dignidad humana, el deber de la figura pública, la existencia de una sociedad deshumanizada y abotargada ante un degradante espectáculo televisivo. Pan y circo. Con animales.

El capítulo funciona de manera inteligente en su base: tras el desquiciado arranque el espectador habrá mordido el anzuelo, y la consecuente maratón contrarreloj para abordar de un modo u otro la crisis le resultará como mínimo curiosa. Pero sus méritos van más allá; está narrado con destreza, convirtiendo en elegante algo que en absoluto lo es y manteniendo un pulso constante entre el drama y ese humor negrísimo que se respira. Rory Kinnear está patéticamente perfecto en su papel. El conjunto es una especie deThe Thick of It en plan Historias Asombrosas pasado por un filtro jodido y demente en el que se alumbran algunos instantes brillantes, como aquel en el que la jocosidad de la población ante la situación acaba convirtiéndose poco a poco en compasión. Y una vez visto el capítulo, desde un punto de vista más lejano se hace presente que nos acaban de contar un chiste cruel, una fábula de sádica sorna, y que lo han hecho manera estupenda.

Pasatiempo mental propuesto: Imaginarse a ministros de este país condenados al mismo destino del Primer Ministro del capítulo y tratar de calcular cuántos de ellos lo harían. Cuantos lo harían por vicio, me refiero.



Capítulo 2: 15 millones de méritos

Guión: Charlie Brooker y Kanaq Huq.

Director: Euros Lyn.

La segunda entrega de Black mirror rompe de manera radical con la ambientación de la predecesora y nos introduce en un mundo aparentemente mucho más alejado en el tiempo y notablemente diferente al actual: todo es distópico, Orwelliano, y tecnológicamente grandilocuente. La presentación del entorno en el que malvive el protagonista es lo más llamativo por el ingenio desplegado: la publicidad violentamente invasiva en la vida diaria, el uso del sistema de puntuación que da título al capítulo e incluso el adoptar elementos de la actual generación de consolas de videojuegos para que la sociedad de ese mundo se vea reflejada en la pantalla de una manera que vaya más allá de lo meramente refractario. El reinado del monitor es todopoderoso y uno se pregunta cómo es posible que en ese futuro las personas no vayan armadas en todo momento con una garrafa de colirio debajo del brazo.

El guión (escrito mano a mano por Brooker y Kanaq Huq, su señora esposa) nos presenta una enorme maquinaria en funcionamiento, pero se olvida a propósito de quién está detrás de ella para contarnos las desdichas de un personaje que trata de sobrevivir intentando no ser fagocitado por el propio sistema. De repente, nos cuelan el referente televisivo contemporáneo: si enDead set Brooker introducía Gran Hermano en la historia, aquí hace lo propio fotocopiando otro famoso concurso de masas popular y mongólico (el cual Huq conoce bastante bien en lo personal), pero dotándolo de tanta importancia como para que sea el detonante de los principales acontecimientos.

La parejita de guionistas firma una historia de ritmo pausado que insiste en fustigar de manera constante y cruel a su protagonista, un hombre que pedalea constantemente solo para descubrir que cualquier atisbo de luz al final del túnel acaba convirtiéndose en un tren que viene de frente. Ironías crueles, la sociedad como una masa maleable y conformista, los falsos ídolos y la naturaleza extirpada y digitalizada a través de una pantalla.

15 millones de méritos es el capítulo más complejo estéticamente pero el más flojo del conjunto por comparación; no tiene el poder de desencajar mandíbulas del primero ni el de jodernos la tarde del tercero, pero esto no quiere decir que sea malo en absoluto, en realidad está a un nivel muy superior a la mayoría de propuestas televisivas actuales. Quizá palidece junto a sus dos hermanos por recorrer caminos más transitados, por lo que la crueldad del cuento nos resulta más predecible al no resultar tan difícil aventurar el destino del protagonista tras decenas de años masticando sci-fi. Pero aún así funciona. Su producción está llena de ocurrencias ingeniosas y su libreto hila bien los detalles logrando también momentos notables: como ese infierno personal, al que es sometido el protagonista tras la participación de su amiga en el concurso, que convierte un visionado obligatorio de las pantallas en una desalmada condena.

También 15 millones de méritos sirve para descubrir que Rupert Everet sigue vivo, aunque le ha crecido la barba y ya está lejos de aquel entrañable Dellamorte Dellamore.



Capítulo 3: Toda tu historia.

Guión: Jesse Armstrong.

Director: Brian Welsh.

En Toda tu historia se construye la trama en torno a un revolucionario avance tecnológico que ha cambiado por completo la existencia de todo ser humano.

Este es el único capítulo que no escribe el creador de la serie y curiosamente el más redondo y eficaz. Su guión funciona como un puto reloj suizo. Baste citar la propia presentación del innovador artilugio y cómo se lleva a cabo de manera impecable en tres escenas consecutivas: mediante un viaje en taxi conocemos su existencia, en un aeropuerto descubrimos que su uso es universal, y por último durante una reunión de varios personajes entendemos sus aplicaciones sociales y cómo se utiliza comúnmente.

Y a partir de aquí se desata un tornado.

La brillantez se basa en construir el capítulo alrededor de este avance futurista, pero hacerlo ahondando en algo mucho más personal e íntimo que el mero relato fantástico. Tan personal como puede serlo una relación de pareja y sus problemas. La discusión, la desconfianza como germen autodestructivo, el temor a lo impensable, merendarse la cabeza una y otra vez repasando los hechos por pura obsesión y multiplicar esa incómoda sensación al entrar en juego el aparatito y la evidencia digital irrevocable, dudar de todo y sobre todo de la persona que tienes a tu lado. Toda tu historia empieza estupendamente pero coge carrerilla para ir a más, son cuarenta minutos desbordados de buenas ideas (el método para vigilar al hijo y a su canguro, el uso del aparato como argumento durante una discusión) y donde todo parece estar escrito o existir para encajar perfectamente en algún momento concreto del relato (la razón por la que una chica no consigue lograr por teléfono que la policía llegue a tiempo) remarcando la sensación de continuidad, lógica y mimo de este último cuento.

Y su epílogo, las últimas imágenes del protagonista tras la tormenta tienen un encanto visual sumamente desasosegante.

El tercer capítulo de Black mirror funciona como un reloj y aplasta como un martillo, los actores son competentes como para resultar totalmente creíbles y humanos, por eso mismo el agónico desenlace tiene el doble de fuerza. Y es de agradecer que de todos los caminos posibles a desarrollar una idea de ciencia ficción con tantas posibilidades se haya optado por el menos obvio, la pequeña escala, los sentimientos y la traición. Y se ha acertado de pleno. Es un broche perfecto a la trilogía televisiva de Brooker.

A todo esto hay que añadir que también contiene uno de los grandes momentos de la historia de la televisión reciente, un instante fugaz que aún así es oro puro: la escena del polvo. Ese encuentro sexual que se nos muestra es una ocurrencia tan brutal, pesimista, representativa y devastadora que una vez contemplado como mínimo habría que levantarse del sillón y enmarcar la televisión.

Esa televisión. Y su aterradora pantalla negra.

https://www.jotdown.es/2012/06/imprescindibles-black-mirror/
 
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¿Cúal era la mejor serie de adolescentes?
Publicado por Álvaro Corazón Rural

Funciona como el principio de Arquímedes. Cuanto más rechazaba alguien en los noventa las series de adolescentes por considerarlas pueriles y estúpidas, con la misma fuerza las reivindica ahora un cuarto de siglo después vendiendo un pasado edénico que nunca existió. La realidad era que no había muchos canales, no teníamos con qué rellenar las horas y nos tragábamos lo que nos echasen porque éramos unos vagos y no nos movíamos de la posición horizontal sobre el sofá.

De tener la oferta audiovisual del presente siglo, que tiende a infinito, difícilmente íbamos a habernos tragado series de adolescentes estadounidenses con risas enlatadas, pero eso no quiere decir que nos lo pasáramos mal viéndolas. La fórmula de amor y chicle, unas veces mejor que otras, siempre ha funcionado. Todos nos hemos inyectado intravenosa la toxicidad del amor romántico con sumo placer y hemos asistido atónitos a cómo vestían los sujetos transoceánicos, entre otras hazañas y gestas que asombran a esos pueblos y aquí invitan a mofa. Determinemos, pues, cuál de estas series marcó más nuestras vidas eligiendo entre las propuestas o añadiendo las que faltan en los comentarios.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

https://www.jotdown.es/2019/08/cual-era-la-mejor-serie-de-adolescentes/
 
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Blacks Books




Prácticamente nadie duda de que la televisión estadounidense sea la reina absoluta de las series dramáticas: desde los años cincuenta han producido un enorme número de programas de ficción de una enorme calidad, a un nivel en el que ningún otro país del mundo podría aspirar a competir. Pero en el terreno de la ficción cómica siempre han tenido una dura competidora —si no en lo comercial, al menos en lo artístico— y esta es la televisión británica. Estamos acostumbrados a que desde el Reino Unido nos lleguen periódicamente brillantes series cómicas de distinto pelaje, y la última década no ha sido diferente, pues hemos conocido auténticas joyas, alguna de la que ya hablamos en su momento (The Office, Only fools and horses) y otras de las que hablaremos más adelante (The IT Crowd, The thick of it, etc). Es bien sabido que el humor televisivo británico tiene fama de ser más irónico, más sutil y a menudo más elegante que el norteamericano, el cual está más basado —salvo excepciones— en lugares comunes, fórmulas conocidas y mecanismos seguros dirigidos a un público más amplio. Esta es una fama justificada, ya que la comedia televisiva británica suele tender menos a las obviedades y las fórmulas, por más que los guionistas británicos sean especialistas en introducir algunos elementos de humor grueso o básico que, precisamente por el efecto de contraste, enriquecen sus célebres comedias. Las series británicas confían más en la inteligencia del espectador: los guionistas británicos no son tan buenos contando una historia épica como sus equivalentes americanos, pero saben perfectamente cuándo y cómo reírse de algo. Al menos eso es lo que se trasluce en sus producciones del género. Tienen más claro cuándo no abusar de un «gag», o cuándo dejar que ese gag vuele libre. También saben cuándo una fórmula está dejando de tener gracia o podría dejar de tenerla en un plazo determinado. La mejor demostración es la frecuencia con que las series británicas de humor terminan siendo bastante breves, con pocas temporadas y un número total de episodios muy reducido. Mientras los norteamericanos tienden a exprimir la vaca hasta matarla, en la TV inglesa es común que ocurra justo lo contrario y que los espectadores tengamos la sensación de que las series terminan «antes de tiempo». Pero así consiguen que no se arruine la magia como consecuencia del abuso de una fórmula. Algunas de sus series son prácticamente impecables, y lo son porque han desaparecido en el momento indicado, cuando las ideas aún eran frescas y la creatividad seguía fluyendo a buen ritmo.


Bernard al teléfono. No molestar.
Hablamos de un “humor británico” y sin embargo esa es una etiqueta que, al menos en televisión, no expresa más allá que esas características más o menos difusas que acabamos de citar, que no dejan de ser una mera generalización. Evidentemente no hay un único humor británico, sino varios, y en la producción de las islas también hay lugar para productos más desenfadados e inmediatos, que descansan menos en la ironía y más en la farsa. Un buen ejemplo de ello es Black Books, uno de los programas más adictivos y entrañables que nos han llegado de allende el Canal en los últimos años. Una serie modesta en pretensiones pero brillante en resultados, que además se aparta un tanto de los cánones que presuponemos a ese humor británico. Porque, para explicar la peculiaridad de Black Books con respecto a otras series, probablemente debamos recordar que sus dos creadores no provienen del Reino Unido, sino de Irlanda: los cómicos Dylan Moran y Graham Linehan (cuyo desparpajo celta también está detrás de la brillantísima The IT Crowd) son los responsables del invento, y eso se deja notar, y mucho, en el tipo de comedia que ofrecen.

Black Books gira en torno a tres personajes principales que se reúnen en una pequeña tienda. El protagonista, Bernard Black, es el dueño de una diminuta y cochambrosa librería llamada “Black Books”, donde atiende a la clientela de mala gana, más preocupado en beber, fumar y leer los libros de las estanterías que en venderlos para sacar adelante su negocio. Se suele despertar con las peores resacas de la Tierra, así que no resulta sorprendente que su estado de ánimo sea de disgusto permanente. Con él vive y trabaja Manny Bianco, un antiguo contable al que Bernard contrata —también de mala gana, cómo no— para que lo ayude a llevar la tienda. Y también está Fran Katzenjammer, la dueña de la tienda de al lado, que comparte con Bernard la afición al alcohol aunque en el resto de cosas es, teóricamente, una persona mucho más centrada.

El humor que predomina en la serie es surrealista, por momentos alocado e incluso anárquico, fundamentado sobre todo en la personalidad insociable y pueril de Bernard Black. El avinagrado librero es un individuo capaz de echar a los clientes a escobazos cuando decide que no tiene ganas de seguir trabajando, o de insultar sin motivo a quienes quieren comprarle algo, o de desesperarse tras sólo diez segundos de llamada telefónica a su proveedor de libros porque no sabe qué decir. Bernard no está preparado para el mundo real, es como un niño de cinco años en un cuerpo de adulto, y como tal se comporta. Las diversas facetas de su personalidad son tratadas con un hilarante desenfado: desde su pertinaz alcoholismo hasta su extraña vida sentimental repleta de momentos dolorosamente embarazosos.


Bernard y Manny, refinados enólogos: el secreto de disfrutar de un buen vino está en beberlo con moderación.
Además está la estrambótica —y por momentos sonrojante— relación de amistad y sumisión que cultiva con Manny, su ayudante. Manny es un individuo bonachón y afable que, pese a estar más adaptado al mundo real que Bernard, termina acoplándose al extraño estilo de vida de éste. Entre ambos protagonizan un buen número de secuencias alucinógenas que incluso cuando no tienen sentido alguno resultan irresistiblemente divertidas. Todo ello, unido a las desventuras sentimentales y el eterno aburrimiento vital de su amiga Fran, conforman un delicioso microcosmos de incoherencias y estupidez sin límites, en el que no pasa un minuto sin que suceda algo absurdo o chocante. La conducta cotidiana del peculiar trío y las anécdotas disparatadas que se suceden forman la espina dorsal del programa. Black Books es 100% comedia, no hay momentos románticos, ni moralejas, ni paréntesis con pretensiones de seriedad. No pretende transmitirnos ningún mensaje ni enseñarnos nada, ni siquiera que nos encariñemos con los personajes (aunque al final nos encariñamos igual, porque ¡son adorables!). Lo que predomina, desde el primer al último minuto de la serie, es la farsa en estado puro. Nada de tentaciones melodramáticas. Todo filete, nada de guarnición. Y como decíamos, el humor irlandés de Moran y Lihehan —menos irónico, más franco, más alegre, y bastante más gamberro que el de sus vecinos de UK— se entremezcla con la típica ironía inglesa, dándole al conjunto un tono muy particular.

Además, las interpretaciones contribuyen a esa personalidad tan característica de Black Books, que la distingue de otras muchas series precisamente porque no está protagonizada por verdaderos actores. De los tres protagonistas, sólo Fran está encarnada por una auténtica actriz, la inglesa Tamsin Greig, quien por cierto hace un trabajo extraordinario. Su papel en la serie es el de un muy inteligente contrapeso a sus compañeros, que contrarresta su histrionismo cuando es necesario… o que se suma a ese histrionismo cuando la ocasión lo requiere. Hablando con propiedad, Tamsin Greig es la única de los tres protagonistas que realmente sabe actuar. Bernard y Manny, en cambio, están interpretados por cómicos, más conocidos por sus respectivas carreras en el “stand up” o monólogos, que diríamos en España. El propio Dylan Moran, creador de la serie y muy conocido en las islas por su trabajo como monologuista, es quien se encarga de dar vida a Bernard. Moran no es un actor, ni pretende serlo, y eso se nota. Aunque curiosamente el efecto de esto es muy positivo: su forma de interpretar al personaje es tan silvestre, histérica y caótica, que Bernard Black acaba adquiriendo vida propia más allá de lo que podría conseguir un actor convencional. Dylan Moran ha creado el personaje para sí mismo y sencillamente hace lo que le da la gana con él, introduciendo toda clase de manierismos extravagantes y comportamientos extraños. Así pues, Bernard Black es un personaje que, si bien puede resultar chocante en un principio, termina pareciéndonos más y más hilarante cuanto uno más lo conoce. En cierto modo, Bernard Black es como una especie de quinto hermano Marx.

Por su parte, Manny Bianco es interpretado por el gran Bill Bailey, un cómico inglés célebre por los espectáculos en vivo donde combina comedia con parodias de diversas estrellas del pop-rock, aprovechando que —además de su vis cómica y su interminable ingenio— tiene talento musical. Al igual que Dylan Moran, Bailey afronta su papel en la serie con una total libertad interpretativa, aunque en su caso sustituye la histeria de Moran por una cara de pasmo permanente que le va de maravilla a su personaje. La pareja Moran-Bailey funciona a la perfección, con dos personajes que encajan de maravilla y dos formas de actuar complementarias. Es uno de esos raros casos donde, más allá de lo que esté escrito en el guión, la química termina funcionando por sí misma. De hecho, Bernard Black y Manny Bianco forman uno de los tándems más inimitables que se han visto en televisión en los últimos años.


El despertar alcohólico de Bernard es un proceso largo, costoso y complejo. La expresión «buenos días» no existe en su diccionario.
La única pega de Black Books es su excesiva brevedad: tan sólo dieciocho episodios de menos de media hora, repartidos en tres mini-temporadas de seis capítulos cada una. Se hace muy, muy corta. Aunque gracias a ello mantiene exactamente el mismo nivel hasta el final, pero uno se queda con la sensación inevitable de que aún había bastante jugo que sacarle. Lo cual es lógico; siempre que a uno le gusta una serie, quiere que continúe, así que hay que alabar que hayan sabido cortar en el momento indicado, por mucho que a los fans nos pueda haber fastididado. Su autor lo tiene bien claro pese al culto que fue surgiendo en torno a la serie sobre todo en el ámbito británico —quizá no un culto multitudinario, pero sí muy fervoroso—, Dylan Moran se negó en redondo a continuarla y jamás ha cambiado de opinión al respecto. Por lo que a él respecta, Black Booksestá finiquitada, se limita a esos exiguos dieciocho capítulos y con eso nos tendremos que conformar. Una lástima, pero es lo que hay.

En resumen, Black Books es una serie extraordinariamente recomendable. Su humor probablemente no sea para todos los paladares, al menos en una primera toma de contacto. Puede haber personas para quienes el humor enloquecido y por momentos infantil —calculadamente infantil— de Black Books resulte demasiado excéntrico, pero lo cierto es que pocas series de la pasada década son tan efectivas para desconectar de las preocupaciones cotidianas durante un rato. El hilarante mundo paralelo en que viven Bernard, Manny y Fran no deja de resultar divertido ni un solo minuto, así que incluso quienes no lo capten en un primer visionado deberían perseverar y darle una nueva oportunidad. Incluso aunque pueda parecer que ese humor es muy básico, hay una considerable cantidad de inteligencia detrás y los momentos de brillantez, lucidez e ingenio son abundantes . Por ejemplo, estoy convencido de que Black Books contiene varios de los mejores “chistes sin sentido” que se han visto en la pequeña pantalla en mucho tiempo (siempre recuerdo el momento del muñequito de Subbuteo: ¿cómo algo con tan poco sentido puede resultar tan hilarante?). Como digo, no todo el mundo captará este tipo de comedia a la primera, pero hay que hacer el esfuerzo porque la serie lo termina recompensando con creces. Black Books ocupa una categoría propia, y quien se resista a meterse en su mundo se está perdiendo una pequeña, surrealista e infinitamente entrañable maravilla. Probablemente, no conoce equivalentes en la televisión moderna mundial. Black Books sólo hay una, y como suele decirse, no es ni mejor ni peor: es adorablemente diferente.

—»¿Y cómo te hace sentir la bebida y el tabaco?»
—»Bien, para ser honesto, después de años de fumar y beber, a veces te miras a ti mismo y piensas… »
—»¿Sí…?»
—»Ya sabes, en algún momento entre el primer café con cigarrillo de la mañana y el enésimo vaso de meados de la tienda de la esquina que te bebes a las tres de la mañana… a veces te miras a ti mismo y piensas…»
—»¿Sí…?»
—»…esto es fantástico. Estoy en el cielo»
(Bernard Black)



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The Office



Cuando Ricky Gervais y Stephen Merchant aparecieron de la nada con una serie de televisión que, en tono de falso documental, retrataba el día a día en una gris oficina de un suburbio británico, poca gente —tal vez ni siquiera ellos mismos— podía imaginar que The Office terminaría convirtiéndose en uno de los grandes hitos del humor televisivo de los últimos años. El propio Gervais, junto a un pequeño pero bien escogido grupo de actores, simulaban ante las cámaras ser los empleados de la ficticia compañía papelera Wernham Hogg, escenificando las relaciones, roces y disputas que aparecen en el día a día de los oficinistas y las hilarantes anécdotas que produce su convivencia. El formato de “falso reality show” y la sutileza de su ironía la convierten en lo que solemos llamar —aunque suene a etiqueta gastada— una verdadera serie de “humor inteligente”, a la que se le puede aplicar dicho adjetivo sin complejo ninguno.

Gervais, que se ha hecho también célebre como monologuista, así como presentador (o presentador-terrorista) de grandes entregas de premios como los Globos de Oro, carga casi todo el peso de The Office sobre sus espaldas. Además de escribirla junto a Merchant (quien hace algún pequeño cameo) Gervais interpreta al protagonista absoluto de la serie, el inefable David Brent, director de la sucursal. Su indescriptible personaje es como el centro de un sistema solar en torno al cual orbitan los demás empleados de la oficina, aunque eso no significa que Brent monopolice completamente la acción, ni mucho menos. El número de personajes principales es reducido, pero todos ellos tienen sus momentos de gloria. Eso sí, la interpretación de Gervais es tan exageradamente brillante que se nos hacen cortos todos los minutos en que David Brent aparece en pantalla. Él es con toda justicia el buque insignia de la serie, porque sería difícil imaginar a otro personaje haciéndole sombra. Para quien todavía no haya visto The Office, puedo asegurar que David Brent no se parece a ningún otro personaje que hayan visto en cualquier otra serie. ¿Por qué? Bueno, entre otras cosas porque Gervais no se molesta en intentar gustarle al público, y compone un individuo desagradable y patético, que constantemente nos sube el color a las mejillas con inenarrables momentos ridículos.

Pero como digo, más allá del protagonista está el día a día en la oficina, que así dicho puede sonar aburrido y gris, pero que en esta serie termina resultando increíblemente divertido. La manera en que el plácido a veces —y sofocante otras— microcosmos de una oficina es plasmado en pantalla termina absorbiendo al espectador, que por momentos siente como si él mismo hubiese trabajado mesa con mesa junto a toda esa gente. Aunque el realismo de The Office es bastante relativo en el fondo —tratándose de un programa cómico, es lógico que está repleto de hipérboles y exageraciones— sí está muy logrado en la forma. Lo cierto es que la sucursal de Wernham Hogg termina resultando verosímil, cobra vida ante nuestros ojos y uno casi llega a creer que podría llamarles por teléfono o enviarles un e-mail para hacerles un pedido de papelería. Este efecto está muy inteligentemente logrado con un simple procedimiento: intercalando continuamente escenas neutras de la “vida en la oficina” entre los diversos sketches y diálogos cómicos. Y lo cierto es que, si tuviésemos que aplicar una única etiqueta a The Office, la denominación de “falso documental” encaja bastante bien. Es una sit-com, pero no una sit-com al uso acostumbrado. Lo cual, unido a los constantes guiños al formato de reportaje improvisado —cámaras en mano, miradas al objetivo, fragmentos de entrevistas, imágenes tomadas ocasionalmente en la distancia o a través de unn ventanal— le confiere a todo el conjunto una naturaleza especial. The Office simula ser un “reality show” incluso en el detalle de que los empleados llevan micrófonos en su ropa, como si hubiesen aceptado voluntariamente participar en un documental sobre el funcionamiento interno de una empresa mediana. Eso, sin embargo, no impide que el espectador termine implicándose en los arcos dramáticos que se van perfilando durante las dos brevísimas temporadas que duró la serie (a añadir un posterior especial navideño, con más melodrama que de costumbre, en el que se reabren diversos hilos argumentales de la ya finalizada serie para volverlos a cerrar de manera distinta).

La comicidad de The Office se apoya en dos pilares fundamentales: uno es como decíamos el propio David Brent y su esperpéntica personalidad, el otro es la convivencia entre los empleados, con los diálogos y situaciones absurdas que emergen del choque de personalidades o sencillamente de la cretinez supina de alguno de ellos. En The Office hay algo de sitio para el melodrama —no mucho, por suerte, pero cuando aparece está muy bien traído— y sobre todo en los episodios finales, se las arreglan para llevar al espectador de la carcajada a tragar saliva en un solo minuto, sin que el argumento deje de resultar divertido ni por un momento. Aun con estas breves pinceladas de seriedad, la tónica predominante en el guión es la pura comedia de situación. Los episodios son muy breves y están generalmente basados en acontecimientos más o menos normales en cualquier oficina, que son elevados a la categoría de sátira surrealista por las continuas estupideces de David Brent y de varios de sus empleados. A algunas personas, quizá las menos acostumbradas a cierto tipo de humor británico, esta serie les puede parecer demasiado sutil: es una comedia que en multitud de ocasiones no parece comedia. Porque rara vez hay sobreactuaciones —de hecho suele imperar lo contrario, las interpretaciones contenidas y realistas—, muchos detalles cómicos son presentados de manera a veces casi imperceptible, y la ironía adopta muchas formas que no resultan siempre inmediatas. Uno de los elementos clave es que sabemos qué está pensando cada personaje, pero ello no se trasluce siempre en el diálogo, dado que están en un entorno laboral y no pueden hablar con libertad, lo cual por ejemplo fuerza las cosas hacia el uso de los silencios como un elemento cómico más. En resumen, esto no se parece en nada a una serie de humor norteamericana. Que también me gustan, pero no se suelen ajustar al calificativo “sutil”.



Eso sí, Ricky Gervais produjo una adaptación de la serie para Estados Unidos, con un reparto norteamericano (en el que Gervais ya no participa personalmente) con un humor más explícito especialmente pensado para el público estadounidense. La versión americana tuvo un enorme éxito, ha convertido a Gervais en millonario y ha durado bastantes temporadas. He de decir que, mientras he visto la serie inglesa completa más de una vez (no es difícil, porque es bastante breve), de la adaptación norteamericana no he ojeado más que capítulos sueltos, así que no puedo juzgarla en conjunto. Sí puedo decir que vi un par de capítulos iniciales de la versión estadounidense y me pareció una traslación correcta del original, aunque menos elegante y redonda. Sin embargo, otros episodios de temporadas posteriores ya no tenían nada que ver con la serie original que yo conocía: humor más exagerado y obvio, y dosis excesivas de melodrama habían transformado la oficina americana en una sit-com más al uso. Pero, repito, este es un juicio basado en la visión de sólo algunos capítulos sueltos, aunque no creo que se aleje demasiado de la realidad. También se han hecho adaptaciones de The Office en otros países, pero lo poco que he llegado a ver no parecía demasiado prometedor. Los personajes originales —y sobre todo David Brent— son demasiado característicos como para que no se pierda mucho en un “remake”.

Volviendo a la original británica, puedo decir que es una de las series de humor que más me han impresionado en mucho tiempo, y que me ha impresionado aún más cuando la he vuelto a ver. Si uno empieza a fijarse en el cuidado con que están perfiladas las interpretaciones, en la construcción de cada episodio o en con qué sentido del equilibrio se alternan momentos de comicidad tenue con otros de bien estudiado surrealismo, no puede si no admirarse de la redondez de lo que en principio parece una modesta comedia de poco presupuesto.

La brevedad de la serie, tanto en duración de los episodios como en su número, y por otro lado propia de muchos programas de humor británicos, siempre te deja con ganas de más. Pero ello permite también que la serie mantenga el nivel hasta el final de sus dos exiguas temporadas. Quien no capte al principio el tono de la serie —está la dificultad añadida de verla con subtítulos, porque ¡algo así no se puede ver con doblaje!— debería darle una nueva oportunidad. Los no habituales a la comedia británica o al documental ficticio tal vez necesiten algo más de un episodio para acostumbrarse al lenguaje cómico general de una serie que probablemente no se parece a nada que hayan visto antes, pero merece la pena el intento. Y quienes sí estén familiarizados con ese formato y por ejemplo hayan disfrutado con la película This is Spinal Tap, tienen en The Office una auténtica mina que disfrutarán como enanos de principio a fin.

Sin más dilación, un comentario sobre los papeles principales y algún que otro secundario llamativo. No son muchos, como suele suceder en las series de humor basadas en la personalidad de sus protagonistas, donde es importante que haya pocos personajes para que el espectador se familiarice con ellos rápidamente.

David Brent: ¿el personaje que produce más momentos de vergüenza ajena por minuto en la historia de la televisión?¡Sin duda alguna! Brent es una máquina de meter la pata: convencido de que es un individuo ingeniosísimo, suelta continuamente gracias que no tienen gracia (y paradójicamente, ¡en eso termina consistiendo su gracia!), dice cosas impertinentes siempre fuera de lugar y momento, da continuas muestras de que cree ser alguien a quien nadie más reconoce en él, considerándose siempre más apreciado y popular de lo que realmente es (esto es: nada), obstinándose en la idea de que un jefe de oficina puede combinar la autoridad y “la comedia”. En definitiva: David Brent es un individuo absolutamente ridículo que tan pronto te hace reír por sus incómodos intentos de proyectar una imagen artificiosa y fallida, como te sonroja con alguna salida de tono espantosamente embarazosa. Ricky Gervais lo interpreta sin ningún complejo hasta el punto de que no se molesta en intentar que su personaje le guste alguna vez al espectador. Es todo un mérito por parte de Gervais, cuya interpretación no solamente es un alarde de virtuosismo (esas miradas de reojo a las cámaras recordándonos que siempre está pendiente de lo que pensemos de él, esas medias sonrisas, esos gestos estudiados que él considera “molones” y que terminan haciéndole parecer un perfecto capullo) sino que con ella el propio Gervais se arriesgó a que la gente terminase confundiéndole con su deplorable personaje, cosa que por suerte para él no ha ocurrido. El propio Gervais ha descrito a David Brent diciendo que está desesperadamente necesitado de cariño, tanto, que fuerza continuamente la nota y termina provocando únicamente rechazo. Aunque podría emplear miles de palabras más en describir al protagonista absoluto de The Office, la única manera de captar su alucinógena esencia es viéndolo en acción. David Brent… menudo elemento.

Tim Canterbury: uno de los pocos personajes sensatos en el reparto, cuya función principal es encarnar el punto de vista del espectador que está siguiendo y analizando lo que sucede en la oficina. Es decir: Tim se muestra continuamente asombrado por el nivel de cretinez de algunos de los personajes que lo rodean y por las situaciones absurdas que contempla a su alrededor. Aunque bastante simpático, es un tipo más bien gris: tiene treinta años, vive con sus padres y no tiene demasiado que aportar al mundo excepto su fino sentido del humor, que usa como mecanismo de defensa para sobrevivir al tedio de un trabajo y una vida que le aburren mortalmente. Es la perfecta representación de la persona «del montón», el tipo del pueblo aunque con cierta formación con el que te llevarías bien sin problemas —en el caso de que también seas una persona normal, claro— y además es un oasis de inteligencia en un microcosmos dominado por la mediocridad intelectual. Pese a esa naturaleza convencional de “tipo normal”, es un personaje que termina teniendo mucha miga, a lo cual ayuda mucho la interpretación —sencillamente extraordinaria— de Martin Freeman, cuyo rostro se termina convirtiendo en un auténtico barómetro de cuanto ocurre en su entorno y dentro de sí mismo. Sin exagerar lo más mínimo, el trabajo de Freeman en The Office es para mostrarlo en escuelas de interpretación y —especialmente en revisiones posteriores— me impresiona casi tanto como el del propio Gervais.

Gareth Keenan: maravilloso personaje. Ejerce como ayudante de David Brent y además es casi tan repelente como su jefe. Gareth es un niño encerrado en el cuerpo de un adulto, con preocupaciones completamente infantiles y un risible concepto del honor y la dignidad basado en completas tonterías propias de patio de colegio. Por ejemplo, habla de sí mismo como si fuese un soldado, un auténtico veterano del Vietnam… sólo por haber pertenecido al “ejército territorial”, una especie de milicia que es una inofensiva mezcla entre un servicio social y los Boy Scouts. Fanático de las armas y las películas de karate, Garerth es un pobre chaval que está más verde que una pera en el árbol pero se empeña en intentar demostrarnos que está curtido en mil batallas y que tiene una gran experiencia de la vida. Su flagrante inmadurez le hace bastante detestable al principio, pero —aunque parezca mentira— termina cayéndonos bien al final de la serie aunque sólo sea porque nos produce piedad comprobar lo solemnemente tontolaba que puede llegar a ser, además de verle metido inocentemente en algunas situaciones deliciosamente grotescas (quien haya visto la serie, recordará la inolvidable mirada de Gareth a cámara cuando se marcha de una discoteca montado en un sidecar… sí, para verse envuelto en “eso”). Gareth Keenan es el resultado de otra interpretación de manual a cargo de Mackenzie Crook, otro gran descubrimiento que lo hace tan, tan bien, que uno llega a pensar que de verdad tiene que ser exactamente igual a su personaje, aunque no sea el caso.

Dawn Tinsley: la recepcionista de la oficina es, como Tim Canterbury, la encarnación de la persona perfectamente normal, con un carácter parecido al de Tim aunque quizá sin su misma agudeza. No es especialmente inteligente ni especialmente tonta, ni especialmente buena ni especialmente mala, ni especialmente guapa ni tampoco especialmente fea. Es de hecho un personaje concebido para representar, como Tim, a una persona “del montón”, que tan pronto puede pasar desapercibida como resultar atractiva, dependiendo del momento. Siempre ha soñado con ser dibujante e ilustradora, y considera que su trabajo de recepcionista es un paso temporal que la ayudará a cumplir su sueño, pese a que probablemente esté condenada a pasar años tras el mismo mostrador. También comparte con Tim el sentido del humor. De hecho, él termina sintiendo una irresistible atracción romántica hacia ella, lo cual es uno de los pocos hilos argumentales más o menos serios del programa (y para qué negarlo, origen de algunos grandes momentos) pese a que Dawn tiene un novio gilipollas que la trata como un felpudo y que es todo lo contrario del atento, pacífico y encantador Tim. Como en los casos anteriores, la actriz Lucy Davis da un auténtico recital de cómo crear un personaje bien perfilado sin necesidad de excederse en sus interpretaciones.

Neil Godwin: el jefe de la otra sucursal de la empresa en la región. Neil es un buen jefe, que hace piña con sus empleados, creando buen ambiente entre ellos al mismo tiempo que los sabe mantener disciplinados y productivos. Es moderno, elegante, ingenioso, eficaz, puede ser un directivo resolutivo pero también, cuando hace falta, sabe ser el alma de la fiesta e integrarse entre los empleados como uno más. Es decir, Neil Godwin es todo lo que a David Brent le gustaría ser y no es pero se empeña en creer que sí es. Ni que decir tiene, rápidamente se convierte en el objeto de los celos y envidias de Brent, que lo detesta visceralmente. Porque Godwin, sin pretenderlo, le recuerda constantemente a Brent que él mismo es un auténtico desastre en todos los sentidos: como jefe, como cómico y como individuo en general. No es un personaje cómico per se, pero precisamente debe ser así para servir de contraste con el papel de Ricky Gervais.

Chris Finch: el mejor amigo de David Brent y el único individuo a quien Brent venera casi como a un ídolo. Para Brent, “Finchie” es el individuo más cool sobre la faz de la tierra, un perfecto compañero de juergas. En su mente, Chris Finch es como una versión moderna de Errol Flynn y está convencido de que el resto del mundo lo ve del mismo modo. Pero para nosotros, los espectadores, Chris Finch es simple y llanamente un pedazo de basura: maleducado, superficial, fantasma, desagradable. Brent piensa, además, que ellos dos juntos forman una pareja cómica irresistible, aunque la cruda realidad es que son un par de cuarentones patéticos que intentan seguir comportándose como si tuviesen dieciocho años, con la única salvedad de que ya no los tienen. La adoración de Brent hacia “Finchie” adquiere tintes casi embarazosos, aunque la verdad es que resulta difícil pensar en algo que David Brent haga y no termine resultando embarazoso.

Keith Bishop: uno de mis personajes favoritos; al principio, cuando le ves con su actitud callada y seria, no tiene pinta de ser un personaje cómico. Pero ya conociéndolo me hace reír con sólo verle aunque sólo sea en foto. Aparece poco, pero cuando dice algo —por lo general algo tan inesperado y absurdo que nadie tiene respuesta— es capaz de dejar boquiabiertos a sus compañeros y también a nosotros, los espectadores. Es un auténtico “freak”, un tipo raro e imprevisible, que bajo una actitud de perenne calma esconde una extraña mentalidad que le hace descolgarse con los comentarios más surrealistas imaginables, en mitad de la situación más inesperada. No es un personaje desgradable en absoluto (es muy educado, nunca levanta la voz, nunca se mete con nadie) pero desde luego sí es indescifrable y bizarro. De hecho, es probablemente el único personaje capaz de descolocar con sus alucinógenas ocurrencias al ya de por sí estrafalario David Brent. Una de las secuencias cómicas más redondas que he visto en muchísimo tiempo la protagoniza precisamente él, y es el momento en que Brent lo lleva a su despacho y lo somete a un test de valoración laboral… la actitud totalmente pasota de Keith y su extrañísimo modo de responder al test están a punto de causarle a su jefe un ataque de histeria, y a nosotros hacernos saltar las lágrimas. Gran tipo, que se vuelve más gracioso todavía cada vez que vuelves a revisitar la serie. Un lástima que aparezca poco, aunque quizá en ello radica buena parte de su encanto: sus apariciones son siempre inesperadas hasta el punto de que cuando lo ves, sabes perfectamente que si abre la boca producirá un momento memorable. Un ídolo.

Hay algunos otros personajes que se podrían comentar, pero a mi juicio son más coyunturales, y además los que hemos mencionado son los que protagonizan prácticamente casi todos los hilos argumentales básicos y los momentos de humor de la serie. En resumen: The Office es una serie que nadie debería perderse, y quien no la capte a la primera debería darle una segunda oportunidad. Con subtítulos, como insisto siempre: sé que los actores de doblaje españoles suelen hacer una buena labor, pero no pueden hacer milagros.

Y ni que decir tiene: cualquier persona que haya trabajado en una oficina y no haya disfrutado este programa, que se haga un favor y lo vea. Y nos cuente después qué ha sentido contemplando la deliciosamente esperpéntica rutina de la compañía papelera Wernham Hogg. Una de las más brillantes series cómicas de los últimos tiempos, sin duda



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The Sopranos



Un jefe mafioso, corpulento y temible, está preparando una barbacoa en el jardín de su lujosa casa. Con un habano entre dientes y aire de satisfacción, contempla sonriente la bandada de patos que tiempo atrás decidió vivir en su piscina. La visión de aquellos animales es prácticamente lo único que produce una expresión feliz de su rostro. Pero de repente, notando la llamada del otoño, la bandada de patos alza el vuelo y abandona la piscina, alejándose en la distancia: están emigrando. Tony Soprano, el capo mafioso más viril, violento e imponente de la pequeña pantalla, no puede soportar la marcha de unos pequeños patos. Le empieza a faltar la respiración. Todo da vueltas alrededor suyo. Finalmente se desmaya. Ha tenido la primera de las crisis de pánico que le asaltarán en momentos de tensión. Muy a su pesar tendrá que empezar a visitar a una psiquiatra, donde descubrirá el origen de todos sus males: la relación disfuncional que mantiene con su madre.

Así, con los problemas emocionales de uno de los más grandes personajes de la ficción de las últimas décadas, se desencadena una de las más grandes series dramáticas emitidas en la pequeña pantalla. La serie que, sin lugar a dudas, puso al formato televisivo en igualdad de condiciones con el cinematográfico. Aunque siempre han existido grandes series de televisión, antes de la década del 2000 a nadie se le hubiese ocurrido plantear la idea de que el drama en la pequeña pantalla podía estar, no ya al nivel del drama cinematográfico del momento, sino incluso por encima. El cine gozaba de un aura de superioridad intrínseca que parecía intocable… hasta que llegó The Sopranos.

Hay hitos culturales que sencillamente cambian la percepción de las cosas: el jazz siempre fue una música muy rica y compleja, pero muchos la consideraban un estilo “menor” hasta que aparecieron el “bebop” de Charlie Parker o los barrocos virtuosismos de Art Tatum. La guitarra eléctrica era considerada un instrumento de segunda hasta que llegó Jimi Hendrix, así como la guitarra española fue menospreciada antes de Joaquín Rodrigo y Andrés Segovia. O como casi nadie se tomaba la “música popular” en serio hasta que los Beatlesempezaron a editar una canción inmortal detrás de otra.

No se trata de que no hubiese grandes jazzmen antes de Parker o de que no hubiese grandes músicos clásicos dedicados a la guitarra antes de Rodrigo. Los había. Pero por uno motivo u otro —normalmente porque la calidad llegaba a unas cotas que no podían ser negadas ni por los detractores— fueron estos nombres quienes convencieron al mundo de que su arte no era en absoluto menor, y que podía medirse de tú a tú con sus respectivos “hermanos mayores”. Esto es lo que The Sopranos hizo por las series de televisión. Por algún motivo es otra de las serias candidatas a poder ser considerada ”mejor serie de la historia”.

Un antes y un después

Para explicar por qué aparece “de la nada” algo tan revolucionario como The Sopranos hay que explicar en qué contexto fue producida.

Las grandes cadenas norteamericanas habían empezado a cuidar la calidad de sus series desde que surgió una competencia feroz —el vídeo— y hay ejemplos de una nueva voluntad de experimentar incluso en las tres cadenas más tradicionales y mayoritarias: NBC lo hizo con Hill Street Blues, ABC con Twin Peaks o CBS con Doctor en Alaska. Pero ninguna de ellas tenía poder como para romper con los moldes. Eran series cuidadas, con guiones brillantes y algunos buenos momentos narrativos, pero a nadie se le había ocurrido ambicionar una narrativa que compitiese en igualdad de condiciones con la del celuloide. Bueno, David Lynch lo intentó con Twin Peaks y aquello fue lo más parecido que hubo a un fenómeno “sopranista”, pero el loable experimento estaba maldito desde su base. Twin Peaks era más bien un ejercicio de traslación del microcosmos de Lynch a la pequeña pantalla, su moderna versión de Alfred Hitchcock Presenta, y no tanto un producto concebido desde cero para los requerimientos de la TV. Tras un enorme éxito inicial en el que influyeron tanto su calidad como lo atractivo de la novedad quedó claro que Lynch estaba haciendo, más que un programa de televisión como tal, una de sus películas a capítulos. El resultado: una gran serie que la cadena no entendió y contribuyó a arruinar, matando la gallina de los huevos de oro en la segunda temporada con decisiones argumentales que pensaban más en la audiencia semanal que en la serie como una obra completa.

La cadena de cable Home Box Office, HBO, existe desde los años setenta, aunque antes de The Sopranos a casi nadie le hubiesen sonado esas siglas fuera de Estados Unidos. Era una cadena de pago exitosa, que había tenido sus momentos de gloria como la retransmisión del último combate entre Muhammad Ali y Joe Frazier o la emisión de la inolvidable serie infantil Fraggle Rock, pero cualquier cadena tiene sus pequeños o grandes hitos a lo largo de su historia y no había una etiqueta reconocible o un “estilo HBO” del que tuviésemos noticia en España, por ejemplo. Lo que primero hizo resonar las siglas en nuestra orilla del Atlántico, justo antes del estreno de The Sopranos, fue el enorme éxito de Sex and the city (“s*x* en N.Y.”) pero —aunque nunca he visto la serie— no he oído de nadie que la cite como un producto artísticamente revolucionario.

Sin embargo, HBO ya había estado trabajando en un nuevo enfoque para las series dramáticas. En mitad de una fuerte competencia apostaron por la calidad, lo cual conllevaba tomar decisiones arriesgadas y poner en juego mayores presupuestos. Empezaron a gastar más dinero y recursos en atraer a buenos guionistas, en realizar castings más elaborados y en asegurar que sus productos finales ofreciesen algo más que la típica “serie culebrón” basada principalmente en giros argumentales sorprendentes (un formato que estaba empezando a sufrir ya las consecuencias de una nueva y más llamativa oferta: talk shows y reality shows que ofrecían las mismas sorpresas por presupuestos mucho menores). La HBO consideró que seguía habiendo un espectador para las series, pero que era más exigente o al menos más pronto a distraerse con otras cosas. No había que imitar el formato cinematográfico como hizo Twin Peaks, pero sí imitar los cuidadosos procesos de producción del cine. No se trataba de hacer cine en TV, sino de hacer pura TV pero pasando por los mismos estadios creativos y de control de calidad que el cine.

HBO estrenó su formato de serie dramática de capítulos de una hora con Oz, que narraba la vida en el interior de una cárcel de alta seguridad. Fue la primera de las que hoy conocemos como típicas “series HBO”. Cuidaban el guión, la producción y el reparto al máximo; además, al ser emitida por cable, ofrecía contenidos más extremos que los admitidos en las series de las cadenas en abierto. Casi universalmente alabada por la crítica, tampoco Oztenía todos los condicionantes que requería la serie destinada a dinamitar los moldes. Pero era un ensayo general de lo que estaba por venir.

Un tipo entra en el despacho de una psiquiatra

Como sucede con otros grandes productos de HBO —aunque hay excepciones— The Sopranos es una serie de género: narra las circunstancias que rodean a una familia mafiosa de Nueva Jersey, pero resumirla así es como no decir nada. Va mucho más allá de su género, no en la forma, pero sí en el fondo. Si The Wire es una serie social camuflada de argumento policial y si Deadwood es una serie filosófica camuflada de género Western, The Sopranos es la serie psicológica camuflada con aventuras mafiosas.

El creador de la serie, David Chase, había pensado en una película con argumento centrado en un mafioso que tiene una relación problemática con su anciana madre, ladina y manipuladora, a la que está emocionalmente sometido. Chase, de hecho, se había inspirado en la relación con su propia madre para desarrollar la historia. Cuando el proyecto de largometraje se transformó en una serie, la relación entre el protagonista —Tony Soprano— y su anciana madre se convirtió en el núcleo de la primera temporada. Tony es uno de los capos de una familia mafiosa, pero sus traumas acumulados empiezan a causarle problemas cuando empieza a sufrir repentinas crisis de ansiedad que le hacen perder el conocimiento en cualquier lugar y situación. Asustado, comenzará a visitar a una psiquiatra, lo cual es un pecado mortal dentro de la mafia… así que tendrá que llevar en absoluto secreto su terapia y esconder su vulnerabilidad emocional ante los ojos de sus compinches y subordinados.

Así, pues, contrariamente a The Wire y Deadwood, esta serie tiene un protagonista central de peso, en torno al cual gira toda la acción. Buena parte de su éxito reside en la sorprendentemente acertada elección del actor: James Gandolfini, hasta entonces un secundario sin mucho renombre, que se destapó como una versión moderna de Marlon Brando y ya desde el primer episodio da un recital de sutilezas interpretativas a sumar a una enorme presencia en pantalla. El propio Gandolfini se sintió confuso cuando le dieron un papel protagonista (“Mira esta cara… ¡y me han elegido a mí!”) pero la enormidad de su trabajo consiguió lo que muy pocos actores logran a lo largo del tiempo: redefinir un estereotipo. La figura del mafioso sólo había conocido dos arquetipos culturales universales: Al Capone, que representó al jefe criminal en el imaginario popular durante cuatro décadas, y el ficticio Vito Corleone de El Padrino, que hizo lo propio durante varias décadas más. Contra todo pronóstico, la poderosa aportación de Gandolfini convirtió a Tony Soprano en un tercer molde iconográfico de mafioso.

Allí donde Capone y Corleone habían sido figuras casi omnipotentes en la imaginación del público, Tony Soprano es una nueva clase de figura criminal: su omnipotencia es sólo aparente, todo fachada, porque en el fondo es muy vulnerable y está repleto de complejos e inseguridades enterradas tras un aspecto temible. A lo largo de la serie esa vulnerabilidad suele terminar despertando una inevitable simpatía, por lo que David Chase constantemente nos recuerda en su guión que nos hallamos ante un individuo indeseable, capaz de las más terribles acciones. Chase, consciente del atractivo de su personaje estrella, juega con las simpatías del espectador pero también con sus resortes morales. Topny Soprano ya no es el témpano de hielo que era Vito Corleone ni un psicópata robótico como Hannibal Lecter, sino alguien muy propenso a perder la estabilidad emocional y cuyos problemas de autoestima son bien evidentes, así como su tendencia a sentir un vacío existencial que ni él mismo puede comprender. Tony Soprano puede ejercer un liderazgo natural entre sus colegas mafiosos, tiene todas las cualidades para ello, pero su juicio está a menudo cegado por su sufrimiento personal.

De todos modos, pese a la presencia de un protagonista tan poderoso, The Sopranos no deja de ser también una serie coral. De hecho y en este sentido tiene pocas rivales, el reparto está cuidadísimo y muy enfocado hacia un objetivo evidente: que casi cada personaje tenga un gran carisma y sea claramente distintivo y fácil de recordar por sí mismo. No importa tanto el realismo a ultranza como el carisma, podría decirse. Por ejemplo, en The Wire hay muchos personajes admirablemente construidos, pero algunos de ellos se parecen entre sí y con el tiempo pueden llegar a confundirse en el recuerdo. Esto no ocurre en The Sopranos, donde cada individuo tiene una personalidad tan llamativa y tan marcada por el contraste con el resto, que resulta difícil confundirlos ni aun habiendo pasado años desde que el espectador vio la serie. The Sopranos tiene un protagonista central, pero también todo un impresionante elenco de “secundarios-protagonistas” que confieren una extraordinaria riqueza y color a cada uno de los episodios. Incluso en aquellos capítulos donde el argumento pudiere renquear un tanto, si consideramos que los hay (y de haberlos serían más bien pocos), el atractivo del conjunto de personajes y el nivel de las interpretaciones —así como los siempre agilísimos diálogos— siguen recompensando el visionado.

A partir de la tercera temporada la temática materno-filial se diluye y los asuntos mafiosos protagonizan completamente la serie, pero siempre desde una perspectiva psicológica, siguiendo de cerca la evolución interior de Tony y del resto del elenco. La familia, la amistad y las relaciones siguen llevando las riendas en torno a un tema central no claramente definido, pero con el tiempo emerge por sí mismo: ¿es posible abandonar un ambiente como el de la mafia? ¿Pueden estos individuos y estas familias, que a menudo parecen normales de cara a la sociedad, convertirse de hecho en ciudadanos realmente normales? Buena pregunta, que no responderemos aquí y dejaremos que la propia serie responda, para quien decida verla.

Éxito, premios y alabanzas hasta el infinito

Ni siquiera la HBO, que había cuidado muchísimo la producción de la primera temporada, podía haber previsto lo que sucedería con The Sopranos. El éxito de audiencia —el programa más visto en una cadena de cable— y la lluvia de premios de todo tipo fueron inmediatos (la serie arrasó completamente en los Emmy de manera pocas veces vista) pero es que además se produjo un fenómeno inédito. La crítica, de manera casi unánime, y buena parte del público, empezaron a vocalizar una opinión que rayaba en la herejía: ver The Sopranos era como ir semanalmente al cine, para ver una película mejor que las que en aquel momento estaban en cartel. Una serie de TV era la vanguardia, la flor y nata del drama, frente a la cinematografía del momento. Sus guiones eran mejores, sus interpretaciones eran mejores, y su narrativa era mejor precisamente porque había perdido los complejos y no intentaba imitar al cine, sino “hacer cine” dentro de los condicionantes marcados por el formato televisivo.

El que la crítica reconociese abiertamente que la pequeña pantalla estaba ganando la partida artística al sacrosanto celuloide fue la mayor revolución producida por la serie de David Chase. De repente, la televisión podía ser «alta cultura» como lo era el cine y The Sopranos era analizada tan concienzuda y respetuosamente como toda una obra maestra de Hollywood. Los actores protagonistas se convirtieron en superestrellas en Estados Unidos, al punto de que resulta fácil prever que la mayoría de ellos quedarán por siempre prisioneros de sus respectivos papeles. James Gandolfini, por ejemplo, sufrió el “síndrome Superman” y ya nadie puede mirarle sin ver a Tony Soprano, porque para colmo, en sus apariciones públicas, el actor evidencia que muchos de los tics y gestos con los que compuso su personaje son propios de él en su vida privada. Algo similar se puede decir de otros miembros del reparto.

Se empezó a hablar oficialmente de una “segunda edad de oro de la TV” o sencillamente de una edad dorada de las series dramáticas (la primera habrían sido los años cincuenta). HBO siguió ofreciendo productos de enorme calidad y otras cadenas empezaron a imitar su ambicioso planteamiento, lo que conllevó una sorprendente retahíla de grandes series de TV de todos los géneros imaginables. No todas ellas triunfaron y varias decayeron en calidad tras una o dos buenas temporadas, pero es innegable que el nivel medio del drama televisivo se disparó a consecuencia del terremoto “sopraniano”. A día de hoy, las siglas HBO siguen siendo garantía de calidad y la cadena es todavía la locomotora que impulsa el tren de la ficción audiovisual. Hay quien piensa que, en general, esta edad dorada está empezando a decaer un tanto: pero sea ello cierto o no, los años en los que la calidad de la TV ha dejado a menudo en paños menores a la cinematografía fueron propiciados por el enorme éxito y reconocimiento de The Sopranos. Ha sido la pequeña pantalla la que ha ofrecido guiones, interpretaciones y profundidad artística mientras las salas de cine eran generalmente plagadas por el entretenimiento fácil. Durante estos años, muchos espectadores han dado la espalda al cine y han consumido casi exclusivamente drama televisado. El motivo es simple: pagar 50 o 60 euros por llevarse a casa un puñado de horas de The Sopranos o The Wire compensa más que pagar 8 o 10 euros por una entrada para ver una película de dos horas de cuya calidad nunca estás seguro. Puede parecer un motivo prosaico, pero detrás de ello está el hecho de que el espectador confía hoy en la calidad de la TV como antes confiaba en la calidad del cine, o más.

The Sopranos duró seis temporadas en las que no disminuyó su éxito y su prestigio, aunque queda para la opinión de cada cual juzgar si están siempre al mismo nivel. Personalmente, las temporadas que me parecen más redondas son las dos primeras. La última temporada me pareció francamente irregular (que no mala) sobre todo en su primera mitad, aunque seguía teniendo interés por muchos motivos y en su segunda mitad recuperaba buena parte del impulso perdido. Pero eso ya son preferencias personales y habrá quien opine de otro modo: de todas maneras, la serie nunca llega a decaer hasta niveles decepcionantes, y toda ella, incluso con sus altibajos, merece mucho la pena.

No se preocupe, amigo lector, no voy a desvelar el final

Naturalmente no voy a revelar ninguna información sobre cómo termina la serie, es más: ni siquiera el lector más despierto podrá deducir cómo es el final de lo que yo pueda comentar aquí. ¿Por qué estoy tan seguro? Pues porque NADIE que no haya visto ese final imagina cómo es. Nadie. El 100% de los espectadores se quedan atónitos cuando asisten a la última secuancia, y el 99% de ellos no la entienden a la primera. Aunque me esté leyendo el propio Albert Einstein, no hay manera humana de que adivine de qué se trata.

Pero tiene su sentido hablar del revuelo que organizó ese final. Cuando se terminó de emitir en EEUU el último episodio de The Sopranos, uno de los episodios más esperados en la historia de la TV, la inmensa mayoría del público que la seguía en directo se sintió desorientado e incluso en algunos casos «estafado». La centralita telefónica y la página web de HBO quedaron colapsadas por miles y miles de quejas. Incluso hubo críticos que, arrastrados por la necesidad de publicar una crónica rápida, metieron la pata afirmando que aquel final no tenía sentido y que David Chase había querido pasarse de listo o de experimental. Y mientras, Chase guardó silencio por un tiempo. Es muy listo y supo que la gente lo terminaría captando: al principio se limitó a decir que toda la secuencia final tenía sentido y que las pistas para entender el final estaban en el propio final. Él mismo se había preocupado de supervisar al mínimo detalle la planificación y rodaje de toda aquella última secuencia y negó rotundamente que se tratase de una improvisación de última hora o de una “boutade” destinada a escandalizar por las buenas.

Yo mismo quedé totalmente perplejo con el final del último episodio y tuve que “rebobinar” la secuencia para intentar comprender qué estaba pasando, y fue como uno de esos cuadros de colores sin sentido en donde clavas la vista y de repente aparece una imagen en 3D. Como le ocurrió a tantos otros espectadores, cuando volví a contemplar la escena LO VI. Estaba todo allí, ante mis propios ojos, perfectamente explicado (aunque, eso sí, de manera bastante sibilina y retorcida). Supe que acaba de asistir al final más original y atrevido que haya tenido cualquier serie de TV que yo recuerde.

El tiempo le dio la razón a David Chase: los indignadísimos espectadores que aún no habían comprendido el sorprendente desenlace terminaron cayendo en la cuenta de su significado y a las pocas semanas la marea había cambiado: incluso algunos de los críticos que habían censurado la aparente improvisación del cierre de la serie tuvieron que reconocer que se trataba de una genialidad. No sólo había merecido la pena ver las seis temporadas por la serie en sí, sino por la oportunidad de sufrir el desconcierto y la posterior epifanía de un desenlace totalmente imprevisto. Si el lector no ha visto aún la serie, que no deje que nadie le desvele el final. No lea en Internet ni investigue sobre ello. Vea la serie y experimente el momento por sí mismo. Pocas veces en su vida experimentará una sensación semejante frente a una pantalla de televisión.

Personajes

The Sopranos es la serie de personajes por excelencia. El mosaico caracterológico es tan apabullante que casi se la podría considerar una serie con muchos protagonistas. Quizá no son todos de la profundidad o el realismo de The Wire, y podría decirse que The Sopranos es más efectista y “peliculera” en este aspecto… pero la verdad es que eso importa poco cuando hay tanto carisma y tanta pieza brillante en el puzzle humano de la serie. Es imposible citarlos en orden de importancia porque hay muchos importantes, así que empezaremos con la familia Soprano y después nombraremos a algunos mafiosos y secundarios notables:

Anthony “Tony” Soprano: el más grande personaje televisivo y cinematográfico de los últimos veinte años. Punto. Su impacto cultural es casi lo de menos, si nos fijamos en su complejidad, en el minucioso análisis que se hace de cada uno de los rincones de su personalidad, y en la asombrosa manera en que James Gandolfini se carga todo ello sobre las espaldas y ofrece la interpretación más completa y fascinante que se había visto en mucho tiempo. Tony Soprano es desmenuzado con tanta dedicación y esmero que termina convirtiéndose casi en una persona real ante nuestros ojos: no en vano decíamos que el personaje ha devorado al actor. Nombrar algunas de las facetas de Tony sería dejar otras de lado: es ansioso, irascible, violento, con un constante apetito por la comida y las mujeres… pero tras ese Tony básico se esconde un individuo acomplejado, contradictorio y muy inteligente, con un enrevesado —y maleable— sentido del honor y una adscripción religiosa a unos valores que ha adoptado sencillamente porque cree que es “lo que hay que hacer”. Es básicamente un mal tipo, pero despierta una extraña simpatía pese a que no es ni ingenioso, ni gracioso, ni se molesta lo más mínimo en resultar agradable. Muchos espectadores, especialmente varones, podemos llegar a sentirnos identificados con su perenne cruce de cables, porque como muchos de nosotros su vida es una lucha entre lo que se supone que debe ser un «hombre fuerte» y las inevitables debilidades y carencias que se empeñan en destruir nuestro ego, y su hombría se viene abajo a menudo, para desconcierto y desolación suya y de quienes le rodean.

Livia Soprano: manipuladora, retorcida, teatrera, cruel, emocionalmente vacía… la madre de Tony Soprano es una perfecta Lady Macbeth, la perfecta demostración de lo terrible que puede llegar a ser una “esposa de la mafia” cuando, con la vejez, tiene ya poco que perder excepto sus parcelas de poder. Pese a su aspecto frágil, es probablemente el personaje más temible —en el fondo—de toda la serie, aunque su imagen de abuelita inofensiva y senil sirve como perfecto camuflaje para esconder al monstruo que hay en su interior. El dominio emocional que ejerce sobre su hijo mayor es avaricioso y destructivo, la causa de los trastornos emocionales que aquejan a Tony durante toda la serie. Maravillosamente interpretada por la grandiosa Nancy Marchand (algunos la recordarán como editora del periódico en la serie LouGrant).

Carmela Soprano: la mujer de Tony Soprano es otra perfecta “esposa de la mafia”, sólo que en periodo de formación. Tolera las infidelidades y salidas de tono de su turbulento marido porque es el precio a pagar por ocupar la posición que ocupa, aunque ello da pie a un interesante conflicto interno entre las necesidades prácticas de la mafiosa y las necesidades emocionales de la mujer. Un personaje muy complejo, que parece más centrada que Tony —y lo es— pero que también presenta muchas aristas inquietantes cuando se la observa de cerca. La serie consigue darle al todopoderoso personaje de Tony una contrapartida que aguanta el tipo junto al gigante, lo cual es todo un mérito del guión y de la actriz Edie Falco, quien, no hace falta decirlo, está inmensa.

Meadow Soprano: la convencional y formal hija mayor de Tony Soprano es el vivo polo opuesto de su esposa y su madre. Una chica moderna, que estudia para llevar una vida alejada de la mafia (cuya existencia su padre le oculta) y que sirve de contraste con los apolillados valores del anticuado Tony. Durante casi toda la serie es un personaje temáticamente irrelevante, pero al menos su evolución comienza a resultar cada vez más interesante conforme la vemos crecer y la moraleja final sobre su personalidad es de lo más sorprendente y digna de análisis. Muy bien interpretada por la bonita Jamie LynnSigler, a quien la fama adquirida tras el estreno de la serie desestabilizó y provocó una peligrosa anorexia, aunque por fortuna parece recuperada. La actriz es de origen judío, una de las pocas excepciones en un reparto mayoritariamente italoamericano.

Anthony Soprano Jr.
: el hijo de Tony Soprano es la versión acomodada y burguesa de su padre. Si Tony creció en las calles y se endureció desde la adolescencia, Anthony es el típico niño mimado cuyo universo no va más allá de los videojuegos y el desayuno de mamá. Tampoco es un personaje especialmente relevante, aunque es interesante comprobar cuánto llegan a parecerse en algunas cosas padre e hijo, y al igual que Meadow no sólo sirve como contraste sino que es un personaje que gana ciertos enteros conforma avanzan las temporadas.

Corrado “Junior” Soprano: el tío de Tony Soprano es jefe de la familia. Es hermano del padre de Tony, a cuya sombra siempre había vivido, y se siente intranquilo al ver que Tony ha heredado las cualidades de liderazgo de su progenitor y amenaza con terminar arrebatándole la autoridad. Senil y olvidadizo, está empeñado en una continua e infantil reafirmación de que él sigue siendo el jefe, aunque es mantenido como tal de manera puramente nominal, y es Tony quien empieza a manejar la familia en la práctica. El “tío Junior” es envidioso, pueril, cascarrabias y puñetero: un individuo mediocre incapaz de entender que hay que darle paso a las nuevas generaciones.

Christopher Moltisanti: sobrino de Tony y aspirante a entrar en la mafia, Christopher es impulsivo, de conducta caótica e irreflexiva, aunque Tony le acoge bajo su protección porque en su día el padre de Chris le protegió a él. Moltisanti es un personaje que evoluciona bastante durante la serie, haciéndose progresivamente consciente del lugar que ocupa en el juego de lealtades de las dos “familias Soprano”: la de sangre y la mafiosa. Es quizá el hijo que a Tony le hubiese gustado tener, ya que su propio retoño no tienen ninguna cualidad para hacerse cargo de negocio mafioso alguno.

Janice Soprano: la hermana de Tony Soprano es una excéntrica que detrás de un exagerado idealismo y una retahíla de palabrería hippie sobre creencias orientales, karma, yoga y comunión con el universo, en realidad es —como suele suceder en estos casos— una vividora sin escrúpulos dedicada a parasitar a todo aquel que tenga cerca: familiares, novios, autoridades, etc. Aunque no está metida en asuntos mafiosos, ha heredado la tradición familiar de aprovecharse del prójimo: eso sí, lo hace a su manera. Tony Soprano tiene otra hermana, Barbara, pero sólo aparece ocasionalmente y es un personaje anecdótico, al contrario que Janice.

Adriana La Cerva: la sufrida pareja de Crhis Moltisanti parece la típica mujer florero sin cerebro destinada a pelearse eternamente con su prehistórico novio, una “choni” más interesada en realzar su escultural cuerpo con vestiditos ajustados que en evolucionar como persona… pero conforme avanza la serie esta percepción irá cambiando y descubriremos en ella (tanto en el personaje como en la actriz) un potencial inesperado. Uno de los personajes cuya complejidad crece de una forma más sorprendente desde unos comienzos más bien estereotipados.

Jennifer Melfi: la psiquiatra que atiende a Tony Soprano y cuya cambiante relación con el mafioso será una de las tramas argumentales más fascinantes de la serie. Es difícil resumir en unas pocas líneas las constantes tensiones de todo tipo que existen entre Tony y su doctora, pero podemos decir que ella representa el punto de vista del espectador: nunca sabe si sentir simpatía o repugnancia por su paciente, y el hecho de que sea mujer —con la posibilidad añadida de que surjan tensiones sexuales o emocionales inesperadas— no hace sino convertir la terapia en un proceso psicológico todavía más laberíntico. Interpretada por Lorraine Bracco, una antigua sex symbol de los ochenta que empezó su carrera como modelo pero que en su madurez ha demostrado, además, que es una actriz como la copa de un pino.

Silvio Dante: el consejero de Tony Soprano y uno de tantos mafiosos extraordinariamente carismáticos que pueblan la serie. Silvio, al contrario que la mayor parte de sus compañeros, es tranquilo y reflexivo, de carácter casi estoico. No suele recurrir a la violencia pero es respetado gracias a su sentido común y la serenidad con la que es capaz de analizar la más peliaguda de las situaciones. Uno de los grandes descubrimientos de la serie, pues es magníficamente interpretado por Steven Van Zandt, que nunca había actuado ante las cámaras y a quien sólo conocíamos por ser el guitarrista de la célebre E Street Band, la banda de Bruce Springsteen. El músico, que al principio se mostró reticente cuando le ofrecieron el papel sin motivo aparente, se las arregla para componer un personaje memorable. Además, pese a que parece haber nacido no ya en Nueva York sino en la propia Sicilia, es otro de los pocos actores principales que no es italoamericano. Quizá no sea el actor técnicamente más completo del mundo, pero eso no importa en absoluto, porque carisma y saber estar no le faltan: no sólo no desentona en un reparto de alto nivel, sino que es uno de los rostros fundamentales y necesarios de la serie. Toda una sorpresa.

Paulie Gualtieri: si Silvio Dante es la voz de la razón dentro de la Mafia, Paulie es el típico matón callejero sin dos dedos de frente, que se ha atemperado un tanto en su madurez… pero a quien lógicamente no le ha crecido el cerebro. Uno de los individuos más carismáticos del reparto, poseedor de varios gestos, manías y costumbres instantáneamente reconocibles: el típico personaje fácil de imitar por lo llamativo de su conducta. Ejerce a menudo de contrapunto humorístico por su supina estupidez —aún me río cuando recuerdo su esperpéntica perorata sobre la diferencia entre el infierno y el purgatorio— y por sus creencias supersticiosas y su extraño sentido de la «elegancia». Otro acierto de casting: el gran Tony Sirico hace una interpretación limitada pero su personaje es absolutamente imprescindible en la serie, uno de varios caracteres sin quienes The Sopranos, sencillamente, no sería la misma serie.

Salvatore “Big Pussy” Bonpensiero: conocido generalmente como “Pussy”, es uno de los personajes centrales en la trama. Excepcionalmente encarnado por Vincent Pastore, es amigo de toda la vida de Tony Soprano. Su carácter es tranquilo y racional, pero el nudo de secretos en que se ve envuelto le convierte en uno de los pilares del argumento y además el actor se las arregla para terminar proyectando al espectador todas las sutilezas de la complicada condición de su personaje. A nivel puramente interpretativo, uno de los grandes —y más contenidos— recitales interpretativos de la serie.

Bobby Baccala: ya sabemos que en la Mafia no hay buenas personas, pero Bobby es lo más parecido que podemos encontrar, debido a la infinita paciencia con la que cuida del intratable “tío Junior”. El orondo Bobby es a menudo objeto de puyas debido a su gordura, pero es uno de los pocos criminales que termina despertando ciertas simpatías por su naturaleza tranquila y por el modo en que, muy lenta y progresivamente, empezamos a vislumbrar el trasfondo del personaje más allá de la primera impresión, que es de torpeza y pocas luces.

Johnny “Sack”: aunque no pertenece a la familia Soprano sino a la Mafia neoyorquina, John Sacramoni es uno de los grandes aliados de Tony Soprano. Calmado, reflexivo y muy inteligente, tiene una visión muy racional de los negocios y también un agudo sentido del honor. Sólo pierde los nervios cuando cree que alguien se está burlando de la obesidad de su esposa. Un hombre de familia en toda regla.


Phil Leotardo: miembro de la “familia Lupertazzi”, es el típico mafioso que tras pasar un tiempo en prisión sale al exterior y descubre que se han impuesto nuevas costumbres y lealtades. Aun así, no se deja intimidar por la situación y es de hecho uno de los matones más temibles de la serie, el personaje que solemos identificar con un mafioso de manual.

Ralph Cifaretto: ladino, sinuoso, bocazas, a menudo intratable y con unos estándares de sadismo y acidez que resultan chocantes incluso para los propios mafiosos. Concebido como un personaje para causar repugnancia en el espectador, quizá como expresión de que el propio Tony Soprano a duras penas tolera su presencia, aunque se vea obligado a entrar en tratos con él.

Tony Blundetto: uno de los pocos personajes interpretados por un actor de gran fama previa, Steve Buscemi, Blundetto es primo de Tony Soprano y pisa la calle tras una larga condena carcelaria que, teóricamente, le apartó del camino de ascenso en la organización. Su intención inicial, o al menos eso dice él nada más salir de la cárcel, es la de establecerse como quiropráctico. Un personaje interesante, como resulta fácil suponer cuando es Buscemi quien lo interpreta.

Vito Spatafore: uno de los lugartenientes de Tony Soprano, encargado de realizar ejecuciones para sus jefes y en principio un personaje más bien accesorio, hasta que en las últimas temporadas se revela una faceta inesperada de su personalidad, lo cual da pie a uno de los giros más extraños y llamativos de la etapa final de la serie.

Richie Aprile: otro mafioso recién salido de la cárcel, cuya personalidad susceptible —a menudo se siente ofendido por la menor de las insinuaciones— suele crear tensiones innecesarias en torno suyo… tensiones que terminarán recayendo sobre Tony Soprano cuando Richie, contra todo pronóstico, termine involucrado en su familia.

Artie Bucco: amigo íntimo de la infancia de Tony Soprano, en su edad adulta ha seguido manteniendo su relación con los mafiosos pese a que no es un criminal, sino más bien el bonachón dueño de un restaurante italiano. Intenta progresar en su profesión de cocinero y nunca tenemos demasiado claro si su amistad con los mafiosos es una ayuda o una pesada carga para su negocio, pero Artie parece incapaz de romper los lazos que le unen con sus amigos, ya sea por miedo, ya sea por una arraigada ingenuidad que le conduce a pensar bien de todo el mundo.

Charmaine Bucco: la esposa de Artie es todo lo contrario a su marido. Nada ingenua y bastante valiente, cree que la continua presencia de mafiosos en su restaurante es perjudicial para los negocios y tiene las cosas bastante claras al respecto. Es uno de los muchos personajes femeninos de la serie que son en la práctica más fuertes psicológicamente que sus equivalentes masculinos, aunque socialmente ocupen posiciones inferiores.

Rosalie Aprile: la definición perfecta de “esposa de la mafia”, que ha absorbido hasta la médula los valores de la micro-sociedad criminal y sabe perfectamente guardar las formas (y los secretos) aunque tenga su propia forma de ver las cosas. Serena, inteligente y con un aplastante sentido común, es la confidente de Carmela Soprano y, por así decir, la voz que representa el sentir de la vertiente femenina de la Mafia.

El padre Intintola: sacerdote católico de la parroquia a la que pertenecen Tony Soprano y su familia, Intintola es el prototipo de vicario sinuoso, ambiguo y de personalidad reprimida. El alzacuellos le otorga cierta patente de corso para merodear en torno a Carmela Soprano, con la que crea cierta indefinible tensión difícil de precisar. En apariencia es todo lo opuesto a Tony Soprano, pero comparte con él una irreprimible voracidad gastronómica, aunque en el caso del padre Intintola tanta comida no se traduce en un físico voluminoso como el de Tony, sino que parece desvanecerse mágicamente en un aura de espiritualidad… al igual que algunas otras de sus pulsiones.

Dr. Kupferberg: otro de los pocos nombres a priori muy conocidos del reparto, pues está interpretado por Peter Bogdanovich, es un psiquiatra amigo de la Dra. Melfi, que le sirve de terapeuta y consejero a la doctora. Aunque no tiene un papel determinante a nivel argumental, su presencia es muy importante, porque a través de sus sesiones con Jennifer Melfi podemos entender cómo evoluciona la percepción que la psiquiatra tiene de su paciente criminal, Tony Soprano. Kupferberg ejerce de Pepito Grillo psicológico para una Dra. Melfi que en ocasiones parece perder la perspectiva.

Hay muchos, muchísimos más personajes en la serie, pero como suele ocurrir con los dramas corales de HBO, realizar una lista completa ocuparía varios artículos así que sirvan estos como representación. Si con The Wire o Deadwood ya decíamos que la lista de personajes llamativos era larga, con The Sopranos se hace prácticamente interminable. A lo largo de sus seis temporadas vemos ir y venir toda clase de individuos de las más dispares condiciones, en un entramado argumental de creciente complejidad. Qué mejor forma de descubrir a estos y otros personajes que viendo esta maravillosa serie. Por cierto: es adictiva. Avisado queda el lector.

Reportaje al completo:
https://www.jotdown.es/2011/11/imprescindibles-the-sopranos/
 

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