Ringo ¿Starr o no Starr?

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Ringo ¿Starr o no Starr?

Publicado por Marta G. Navarro

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Ringo Starr, 1964. Foto: Cordon.

Richard Starkey siempre ha sido un tipo que ha sabido adaptarse a las circunstancias. De salud frágil en su infancia, lo que sin duda contrasta con su envidiable estado físico al albur de los ochenta años, el pequeño Richie pasó meses y meses enteros ingresado en el hospital cuando no levantaba un palmo del suelo. Por edad y porque nunca fue muy alto. Hizo de la necesidad virtud y perfeccionó durante sus horas de internamiento el arte de la percusión con todo aquello que caía en sus manos y podía ser útil para tamaña empresa. Convertido ya en batería, y adolescente, llenó sus manos de anillos transformándose en Ringo. Cambió el Starkey de su padre adoptivo, su padrastro y su auténtica figura paterna tras el abandono de su padre biológico por el tan revelador Starr. Había nacido la estrella.

Como había aprendido a tocar la batería por su cuenta y riesgo, su estilo era de lo más exótico. Una mezcla entre tocar como un diestro o como el zurdo que es, que dio como resultado su característica manera de coger las baquetas, que ya forma parte de la iconografía histórica de la música moderna junto con su batería Ludwig. El pragmatismo le llevó a esforzarse en ser más solvente que virtuoso, una apuesta que a buen seguro no pensó que le llevaría a ser considerado uno de los mejores baterías del mundo. Esa solvencia hacía que los grupos del Merseybeat se lo rifaran. ¡Todos querían a Ringo! Y esta frase es una máxima que se repetirá en la biografía del Beatle no pocas veces. De nuevo su pragmatismo guió sus pasos, así que se enroló en la banda de Rory Storm y sus huracanados Hurricanes. ¿El motivo? Eran los que tenían más bolos y ganaban más pasta. Así de simple.

Aun así, hasta Ringo Starr tiene un corazón a veces apasionado, de modo que a fuerza de coincidir con tres niñatos ególatras, parlanchines y maleducados se fue encariñando con ellos. Se llamaban George, Paul y John. Pero ya tenían un batería, Pete Best. Pete era el guapito, al que ficharon en el grupo para que su madre les dejara tocar en el pub de la familia. Era un niño bueno, más responsable que músico, así que de vez en cuando los dejaba tirados para ocuparse de sus obligaciones. Y en esos casos los chicos llamaban al bueno de Ring para que se uniera a ellos. El batería de los anillos accedía, probablemente no porque tuviera muchas esperanzas puestas en ganarse la vida con esos proto-Beatles, sino porque no podía resistirse. Harrison, McCartney y Lennon eran los tipos más inusuales, insufribles pero a la vez talentosos, que había visto en su vida. Y ante eso no hay pragmatismos que valgan, solo queda rendirse a la evidencia y rezar por que una pequeña parte de esa genialidad se nos pegue. Lo tuvo claro. Cuando, de un día para otro, el mánager de los chicos le llamó para ir a grabar a Parlophone porque un tal George Martin quería hacerles un disco, no dudó y se plantó en los estudios de EMI. De hecho, aguantó que para la grabación del primer single, prueba impuesta por Martin, no contaran con él sino con un músico de sesión.

Ser un Beatle nunca fue fácil, y el que se llevó la peor parte en sus inicios fue Ringo. Las fans, ya por entonces enfervorecidas, no le perdonaban la salida de Pete Best y lo más bonito que querían hacerle era pegarle. El penetrante olor inconfundible del Cavern, una mezcla de humanidad, sudor y pis, se convirtió en la peor pesadilla de Richie durante un buen tiempo. Pero ni la fama ni el dinero hicieron que el papel de Ringo fuera más sencillo cuando los Beatles ya estaban en lo más alto. George, Paul y John seguían siendo estrambóticos, malhablados, intensamente insoportables, ocurrentes y geniales. Pero la mayor parte del tiempo simplemente insoportables, porque estaban drogados. Él también. Además, había desarrollado la habilidad de mimetizarse con cada una de sus personalidades a la perfección, de modo que mantenía una estrecha relación con cada uno de ellos, lo que solidificaba de forma indirecta la cohesión de la banda. Los llamaban «el monstruo de cuatro cabezas» de lo compenetrados que estaban y, sin duda, la cabeza que les mantenía en equilibrio era la de Ringo. Paul era quien marcaba el ritmo, John los límites a base de sobrepasarlos y George dotaba al monstruo de alas, escamas y todo tipo de coloridos y accesorios que lo hacían único.

De existir un momento que marque el principio del fin de los Beatles, este es la espantada de Ringo durante las sesiones de grabación del álbum The Beatles, conocido como White Album (Álbum blanco). Se fue porque ya no se soportaban los unos a los otros. Y cuando lo hizo, los demás llenaron el estudio de flores y le rogaron de distintas maneras que volviera, conscientes de que no podrían hacerlo sin él. Y el tipo pragmático, que nunca dejó de serlo, volvió y empujó al monstruo de cuatro cabezas todavía por un tramo más del camino.

Si de algo anda sobrado Ringo Starr es de eso que podríamos llamar viveza. Para ver a los Beatles antes que nadie, pero también para poner en valor las composiciones del mejor dúo compositivo de la historia del pop. Y también el más pagado de sí mismo, Lennon/McCartney. Cuando algo le parecía malo, lo decía, cuando era bueno, también. Y su criterio, por lo general, era tenido en cuenta por los otros tres. También supo ver que estaban construyendo a su alrededor un universo que iba más allá de la música, por ejemplo con las películas. El más querido en Estados Unidos fue el primero en apostar por el cine. Y ahí no solo tiró de su viveza y su pragmatismo, sino también de su capacidad para divertirse. Es señal de madurez y de inteligencia reírse de la vida, disfrutarla y sacarle el máximo jugo con el mínimo padecimiento. Relativizarlo todo y priorizar pocas cosas y que generen un saldo positivo, ya sea emocional o económico. En esas coordenadas se ha movido siempre Ringo.

Cuando los Beatles alcanzaron unas cotas de éxito que ni siquiera él hubiera podido soñar, probablemente un joven Starkey ya imaginó que era algo tan grande que iba a definir el resto de su vida. Con lo que tampoco contaba es con que, al igual que les pasó a Paul y George tras el asesinato de John Lennon, desarrollaría un hartazgo y un rechazo cada vez más acentuado hacia aquello de ser un Beatle de por vida. Y de ese modo vive Ringo Starr, en una eterna dicotomía entre seguir siendo un Beatle y odiar serlo, así como todo lo que implica. Entre otras cosas, los fans. Especialmente los fans. Para ellos se hace vídeos proclamando su lema de paz y amor, peace & love, y contra ellos hace declaraciones como que no volverá a firmar un autógrafo o a hacerse una foto. Pero sigue aceptando el dinero de las carísimas entradas para verle en directo.

Ni tan siquiera habían acabado los ochenta cuando cogió a un grupo de viejas glorias y organizó su primera gira «All Starr Band» por Estados Unidos. Y… lo mismo ha seguido haciendo año tras año hasta hoy. El formato es tan simple que da pudor: poco más de hora y media de un show cuyos elementos principales son la exaltación de la figura de Ringo Starr y su lucimiento, el apabullante despliegue de talento de sus all stars, un puñado de covers en las que Ringo acaricia la batería haciendo una casi imperceptible base rítmica mientras el segundo batería lleva el peso del instrumento y momentos apoteósicos en los que esboza algunos de los temas que interpretó con los Beatles con más necesidad que devoción. Para su propio pasmo, las giras con la All-Starr Band eran un éxito temporada tras temporada en Norteamérica, de modo que han seguido realizándose hasta nuestros días. Eso sí, cada vez con una distancia más marcada con el público, menos convicción, menos duración… Tendiendo a mínimos, como si en lugar de una experiencia musical compartida lo que vendiera Starr fuera ahorro energético.

Es después de este largo, tortuoso y lucrativo camino que llega la gira europea, de 2018, que nos ocupa. El reclamo parecía indiscutible: Ringo Starr y su All Starr Band por primera vez de gira en Europa. Es más, el batería de los Beatles vuelve a España en concierto, algo que no ocurría desde que viniera a tocar con la banda de pop más famosa del mundo en los sesenta. Podían cobrar lo que quisieran, y lo han hecho. Precios excesivos que no se justifican, indudablemente, por la calidad del espectáculo, por los medios técnicos y que difícilmente valen la pena, siquiera por la premisa antes descrita. La única manera de que salgan las cuentas es sumando lo que estaríamos dispuestos a pagar por ver conciertos de Colin Hay, Graham Gouldman, Steve Lukather, Gregg Rolie, Warren Ham y Gregg Bissonetterespectivamente. Ver a cada uno de ellos es un acontecimiento musical, un espectáculo.

Porque para espectáculo, pero de otro tipo muy diferente, el de Ringo sobre el escenario. Se presentó en esta gira sin pantallas gigantes de las que permiten que los pobrecillos fans de las entradas más baratas puedan verle, aunque sea indirectamente. Un pobre escenario con cinco estrellas colgadas de cualquier modo que, en otras circunstancias, podrían interpretarse como minimalismo, pero se ve claramente que es una decoración fruto de la dejadez. Sale a escena, saluda sin mucho entusiasmo y despacha a la primera de cambio «Matchbox» y «It Don’t Come Easy». Hace muchos años solía presentar esta última con un cariñoso recuerdo para George Harrison, quien se la compuso. Contaba que le pidió una canción y Harrison iba proponiéndole temas relacionados con la religión, a lo que él le contestaba: «Tú hablas sobre religión, pero yo no hablo sobre religión». Hasta que, finalmente, llegaron a un consenso cuando el guitarrista le propuso «It Don’t Come Easy». Ahora, si le coge de buenas, con suerte hará un par de gestos cariñosos al público.

Ni siquiera el graderío salvó a Ringo de la quema. Vender todo el aforo con localidades numeradas te puede ayudar a sacar más pasta, pero no favorece la participación y entrega del público. Especialmente si les rodea un equipo de seguridad entregado en repeler los peligrosos intentos de los fans por bailar… Lo de vender todo el aforo, por cierto, es una manera de hablar. Programar cuatro conciertos en el mismo país, y en días como martes, jueves, viernes y domingo no parece una estrategia muy lúcida para llenarlos.

Las gafas redondas de Ringo son muy diferentes a las de su «hermano de otra madre», John Lennon. Las del batería son anchas y oscuras, tanto como la distancia que va marcando respecto a unos fans que no soporta. Mientras, ellos no podrán evitar que broten las lágrimas al primer acorde de «With a Little Help from My Friends», porque son conscientes de estar delante de un ser que es historia viva de la música. Uno tan pragmático y carismático que consiguió la colaboración de sus tres antiguos compañeros de banda en un disco, consciente de que la medida de su talento eran ellos. Tan pragmático que ha decidido dedicar a cada tarea el esfuerzo mínimo necesario. Y, sabedor de que los Beatles trascienden las barreras del tiempo y la música, se debate entre el respeto y el cariño que tiene al legado de lo que fue y el hartazgo de lo que implica ser un mito viviente desde hace casi cincuenta años.

https://www.jotdown.es/2018/07/ringo-starr-o-no-starr/
 
Estos días estuve escuchando canciones de los Beatles. Qué ganas de bailar al oírlas.

Me refiero a las canciones pre-psicodelia o pre-drogas. Qué pena porque a partir de ahí se les fue un poco la pinza y, salvo alguna canción aislada, nada que ver con su primera época.
 
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