MUERE EL DIBUJANTE QUINO, CREADOR DE MAFALDA


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Las dos Argentinas lloran a la vez

En un país sin ídolos incontestables, Mafalda y sus amigos concitan la unanimidad. Su monumento se llenó de flores en Buenos Aires en honor a Quino

ENRIC GONZÁLEZ
Buenos Aires - 30 SEP 2020 - 21:05 CEST


Mafalda habría cumplido 56 años el pasado martes, 29 de septiembre.

Resulta extraordinario que ese personaje, cuyas viñetas se publicaron durante menos de nueve años y terminaron hace casi medio siglo, mantenga tanta vigencia. Y que en la dividida Argentina, donde si algo gusta a los “peronchos” no puede gustar a los “gorilas”, y viceversa, suscite un amor tan unánime.

Joaquín Salvador Lavado, Quino, dibujó mucho antes y después de Mafalda. Creó una obra vastísima. Pero en el momento de su muerte son Mafalda y sus amigos quienes simbolizan la pérdida.

Las viñetas de Mafalda son mundialmente conocidas y no han envejecido.

Corresponden, sin embargo, a un lugar y un tiempo muy concretos. Cuando apareció el personaje, la cúpula militar, bajo el lema Revolución Argentina, acababa de derrocar al presidente Arturo Illia.

El nuevo dictador, el teniente general Juan Carlos Onganía, disolvió todos los partidos políticos, destruyó las universidades tras la “noche de los bastones largos” (29 de julio de 1966) y estableció una censura férrea: se prohibió incluso el ballet El mandarín maravilloso, de Béla Bartók, una obra siniestra pero ya clásica por entonces.

La policía arrestaba a los jóvenes con cabello largo. Fue una época de absoluta mediocridad, prólogo de la violencia que sacudiría al país durante la década siguiente. También fue el epílogo de la Argentina próspera.

La censura obligó a Quino a hilar finísimo. De ahí que Mafalda se interesara tanto por la paz mundial o por la guerra de Vietnam, y tan poco (o de forma tan oblicua) por la situación en Argentina.

Eso contribuyó probablemente a que el público de otros países se identificara con los personajes y sus historias: el feminismo (ahí Mafalda era implacable), la insatisfacción juvenil, el pacifismo, la irrupción del consumismo, eran fenómenos planetarios.

El caso es que, pese a la censura, cualquier argentino captaba los mensajes (siempre a favor de la democracia, siempre a favor del progreso) que Quino disfrazaba de ingenuidad.

Otro detalle relevante es que Quino era mendocino, no porteño. De alguna forma, tampoco lo eran sus personajes. Trascendían los códigos de la ciudad de Buenos Aires, con sus mitologías y su lenguaje, y se situaban en un plano más universal. O al menos más argentino.

En un país sin ídolos incontestables, salvo acaso Carlos Gardel, ya muy remoto y nacido en Francia o Uruguay, y Diego Maradona, por ser Maradona (Perón y Evita, Borges, el Che Guevara, son tan amados como odiados), Mafalda y sus amigos concitaban la unanimidad.

Nadie ignoraba su importancia. Cuando a Julio Cortázar le preguntaron qué pensaba de Mafalda, respondió que eso resultaba irrelevante, que lo importante era lo que Mafalda pudiera pensar de él.

El éxito de las viñetas de Mafalda en la prensa se trasladó con rapidez a los libros. Kuki Miller, de Ediciones de La Flor, que desde 1970 recopila en libros las historietas de Quino, contó a Infobae que la tirada del primer volumen fue de 200.000 ejemplares: “Son cifras que ahora no existen, pero en ese momento volaban, duraban muy poco”. “Debido a la urgencia, la distribución era en kioscos más que en librerías. Para hacerlo más rápido”, siguió Miller, “los distribuidores de kiosco iban directamente a la imprenta a buscar los números. Una vez, uno de ellos fue más temprano y quiso coimear [sobornar] a los de la imprenta para que le entregaran antes los ejemplares. Así era la avidez”.

Cuando a Julio Cortázar le preguntaron qué pensaba de Mafalda, respondió que eso resultaba irrelevante, que lo importante era lo que Mafalda pudiera pensar de él
Las historietas de Mafalda terminaron en 1973, con el regreso a Argentina de Juan Domingo Perón y el sangriento conflicto entre el Gobierno, y luego las Fuerzas Armadas, y los grupos guerrilleros.

Quino se exilió. Alguna vez dijo que Mafalda podría haber “desaparecido” durante la última dictadura militar.

El impacto de Quino en la cultura popular es tremendo. Por la influencia que reconocen cientos de dibujantes contemporáneos (Quino, casi enfermizamente humilde, decía que dibujaba mal), por los arquetipos que creó y por su rastro en el lenguaje.

Cuando se dice de alguien que “es una Mafalda”, casi cualquier hispanoparlante comprende la referencia.

De igual modo, “una Susanita”, al menos en Argentina, es alguien retrógrado y clasista. La ingenuidad sentimental de Felipe, el sentido práctico y la estrechez de miras de Manolito (caricatura del antiguo tendero “gallego”, es decir, español), la combatividad sindical de Libertad, quedan como referencias.

El monumento a Mafalda, en la esquina de Defensa y Chile, en el típico barrio bonaerense de San Telmo, empezó a llenarse de visitantes y de flores en cuando se supo que Quino había muerto.

Por una vez, los dos bandos políticos lloraron a la vez. “Gracias, Quino. Por el arte y el compromiso. Tu inmensa obra estará siempre presente en la historia argentina y en la memoria colectiva de quienes la disfrutamos. Hasta siempre, maestro”, tuiteó Santiago Cafiero, jefe de gabinete [primer ministro] del Gobierno peronista.

Lilita Carrió, feroz opositora antiperonista, eligió como despedida una frase célebre de Mafalda: “En el mundo hay cada vez más gente y menos personas”.

Original, gracias:
 

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Me entristece mucho, cuando apenas tenía 5 o 6 años mi madre me traía los libros de Mafalda y aunque no entendía el trasfondo del mensaje de las historias me pasaba horas leyéndolos, me encantaban. A medida que iba creciendo fui entendiendo mas y mas e iba dándome cuenta de su genialidad y su sensibilidad, Mafalda ha formado parte de mi vida y le tengo un cariño especial al personaje. Grande Quino, vivirá para siempre encarnado en esa niña tan astuta y en sus divertidos amigos.
 

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Quino, el hombre que nos enseñó a leer entre líneas
La muerte del dibujante Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, creador de la tira cómica Mafalda, marca un antes y un después en la forma de leer de varias generaciones.

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Una imagen de Mafalda, en Oviedo, donde Quino recibió el Principe de Asturias. Archivo

KARINA SAINZ BORGO
PUBLICADO 01/10/2020 04:45ACTUALIZADO01/10/2020 04:52

Quino dibujó a Mafalda en plena época de las dictaduras militares del Sur, a las que dedicó no pocas viñetas. Entre sus estampas más amargas algunos recordarán aquellas piernas mostrencas que lucían unos pantalones bajados hasta la rodilla. El signo de una Argentina que padecería a Videla y que el dibujante retrató como un general de uñas corvas aposentado en un wáter. Un ser oscuro que limpia el rastro de sus deposiciones con billetes de dólar, una alegoría de quienes torturaron a hombres y mujeres hasta hacerlos caer como moscas.


Pero hoy toca hablar de Mafalda -convertida ella misma en memoria de quien la creó-, así que mejor guarecerse en lo que ella hizo de sus lectores. Aquella niña -y su nutrida pandilla de amigos- burló dictaduras a ambos lado del mar. Y aunque su creador haya muerto (ayer nomás), ella sigue siendo una pequeña de 56 años, un ser que aún continúa preocupada por la Humanidad y la paz mundial.

Mafalda es un criatura que se rebela contra el mundo que le dejan sus mayores. Se trata de una heroína que comparte un aire de familia con los niños de Roald Dahl, una pequeña con cabellera tupida, lúcida y al mismo tiempo pesimista, en cuyas ocurrencias Quino resumió las ganas de reír y de estamparse contra la pared.

Aquel personaje fue un éxito internacional traducido a treinta idiomas y con el que más de uno aprendió a leer en silencio, sin mover los labios: un ejercicio de aptitudes y actitudes. Mafalda permitía desentrañar en sus viñetas una crítica feroz que, aún sin entenderla del todo, irrigaba la inquietud de quienes la leían. En España la censura la calificó como un tebeo "para adultos". Lo cual, hasta cierto punto, no dejaba de ser cierto. Porque Quino trató a todos sus lectores como tales, tuviesen seis o cincuenta años.

Biografía y advertencia
Mafalda apareció por primera vez en 1964, justo cuatro años antes del Mayo Francés; el dato, en su caso, no es retórico. Aquella niña argentina de moño y cabello negro, la misma que odia la sopa y ama a los Beatles, enseñó a generaciones enteras a hacer preguntas incómodas y dudar de todo. Fue el apresto ideológico de unos cuantos. Sus reflexiones sencillas, pero provistas de una irónica lucidez, sirvieron al dibujante para reflexionar sobre una década de cambio: la liberación sexual; la guerra de Vietnam y la guerra fría; la cultura de masas y, por supuesto, cómo no, los regímenes autoritarios que asolaron el mundo durante la década de los setenta.

Para referirse a la fuerza de aquella niña de la clase media argentina, Quino dijo siempre que ella era una expresión del carácter trágico y el humor negro de Andalucía, de donde procedían sus padres. Joaquín Salvador Lavado Tejón, nacido en Mendoza en 1932, recibió desde pequeño el mote que lo diferenciaba de su tío Joaquín Tejón, apreciado pintor y diseñador gráfico, con el que, a los tres años de edad, descubrió su vocación.

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Una de las múltiples viñetas de Quino

Historia de una conciencia
En 1962, Quino llevaba ya cerca de una década realizando humor gráfico, cuando su amigo Miguel Brascó, humorista y escritor, fue contactado por Agens Publicidad con el fin de crear una tira de historietas para promocionar la marca de electrodomésticos Mansfield, de la empresa Siam Di Tella. La tira funcionaría como publicidad encubierta al aparecer en medios impresos. Brascó recordó que Quino le había comentado «que tenía ganas de dibujar una tira con chicos» y le sugirió realizar una historieta que combinara a "Peanuts con Blondie". La campaña no llegó a realizarse, pero Mafalda fue concebida en ese fogonazo.

El personaje apareció por primera vez el 29 de septiembre 1964 en el semanario Primera Plana, en Buenos Aires.El 9 de marzo 1965, con el paso de las tiras cómicas al periódico El Mundo, se inició el imparable éxito del personaje, que cruza las fronteras nacionales para conquistar América del Sur y luego se extiende a Europa, ganando una posición en el imaginario colectivo.

En Mafalda, Quino igual ironizaba sobre el recién catapultado Fidel Castro como cuestionaba los poderes fácticos. En ellasi hay un rasgo distintivo: son los personajes infantiles quienes llevan la voz cantante. Los adultos están caracterizados con una cierta abnegación, mientras que los niños, valiéndose de un registro más directo y caracterizados casi como adultos -pero no por ello menos tiernos o severos-, no pierden ocasión de ponerles en aprietos.

Ya sea de pie ante su pequeño globo terráqueo o sentada ante su tocadiscos, Mafalda incomoda –especialmente a sus padres- con sus cuestionamientos sobre lo socialmente establecido y sus preguntas relativas al manejo político del mundo. Está convencida del progreso social de la mujer y lo preconiza, aunque no por ello mira a su madre –ama de casa- con cierta conmiseración. Se imagina a sí misma estudiando idiomas y trabajando como intérprete en las Naciones Unidas para contribuir a la paz mundial.

En 1973, en pleno éxito, Quino decidió poner fin a las andanzas de Mafalda, que se mantuvo en las lecturas y estanterías de miles de familias que veían en la protagonista y sus secundarios, una caricatura de aquello que sufrían en sus propias carnes.

Desde que dejó Mafalda, Quino no volvió a tener un personaje fijo e incluso asumió un humor mucho más oscuro. Sólo la revivió en una ocasión: cuando dibujó Mafalda para campañas a petición de organizaciones como UNICEF o el Gobierno argentino. Así lo hizo tras el fallido golpe de Estado de 1987 contra el presidente Raúl Alfonsín –Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional 1985–, cuando dibujó a Mafalda diciendo: “¡Sí a la democracia! ¡Sí a la justicia! ¡Sí a la libertad! ¡Sí a la vida!”. Su trabajo posterior ha sido recopilando en su colección de libros de humor ¡Qué presente impresentable! (2005), La aventura de comer(2007) y ¿Quién anda ahí? (2013).

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Alerta siempre

Buena parte del éxito de Mafalda no se debe sólo a sus agudas observaciones, sino al poder que tienen sus viñetas para retumbar en quienes las descifra. También, por supuesto, a un reparto con el que Quino parodió a la sociedad argentina: Felipe (el soñador tímido y enamoradizo que quiere arreglar el mundo como su ídolo, el Llanero Solitario); Manolito (una caricatura del inmigrante gallego que representa las ideas capitalistas y conservadoras); Susanita (parlanchina, altiva y chismosa. Su único interés es crecer y convertirse en madre. Para ella el futuro perfecto del verbo amar es "hijitos"). También está Miguelito (enérgico, contundente y más filósofo que la propia Mafalda); a Guille (el hermano pequeño de Mafalda y el único que crece a lo largo de la tira, enamorado de Brigitte Bardot); y finalmente a Libertad , socialista convencida, la más radical del grupo.

Cuarenta años antes de un mundo que se apunta al populismo, Mafalda alertó con su humor tierno y demoledor. A través de ella, Quino nos enseñó a leer, a tener la guardia en alto contra milicos y otras criaturas que el tiempo engendró. Pero ahí estaba Mafalda, apoltronada en su huir y pesimismo. Ella nos enseñó a leer. Nos hizo adultos y nos metió en el mundo del que ahora no sabemos muy bien cómo salir.

 
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Quino, el humor y las raíces andaluzas
Los padres del genial dibujante, que habló con acento andaluz hasta los seis años, eran naturales de Los Boliches, en Fuengirola.

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El dibujante argentino Joaquín Salvador Lavado, conocido como "Quino". EFE/David Fernández/Archivo

Alejandro Luque
2 de octubre de 2020 20:57h


El dibujante Quino, autor de un personaje tan entrañable e icónico como Mafalda –pero también de una vasta y valiosa obra gráfica posterior–, fallecía el pasado día 30 en Mendoza (Argentina) para desolación de sus seguidores en todo el mundo. Una pérdida que se ha sentido acaso de manera particular en Andalucía, donde el artista tenía sus raíces familiares, y adonde regresaba con frecuencia.


Los padres de Joaquín Salvador Lavado Tejón, su nombre completo, eran naturales del barrio de Los Boliches, en Fuengirola, de donde emigraron a Argentina en 1919. Quino nacería en Mendoza 23 años más tarde, en 1932, aunque siempre se sentiría unido a España “por la sangre que me dieron mis padres”, dijo cuando recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2014, "muy emocionado y muy agradecido a España, porque es un honor muy grande”.

Aunque sus padres desaparecieron precozmente –ella en 1945, él poco después, cuando Quino tenía 17 años–, la impronta de haber crecido en una familia andaluza quedó para siempre en su personalidad. “Nunca me sentí muy latinoamericano, mis padres eran andaluces y en casa se hablaba andaluz. Cuando iba al colegio hablaba de tú, decía cosas como 'este tío' y me preguntaban '¿es tío tuyo?'”, bromeaba. De hecho, reconocía que había tenido un marcado acento andaluz hasta los seis años, cuando ingresó en la escuela Primaria.

La figura que decantó su vocación fue su tío Joaquín, ilustrador de profesión, quien además de forzar su nombre artístico le inculcó la pasión por el dibujo. Algo que no le hacía tanta gracia a su madre, recordaba, que luego tenía que ocuparse de la limpieza cuando al niño le daba “por decorar las mesas”.

En una entrevista para El Mundo con Juan Ignacio Irigaray, el dibujante recordaba: “Tuve la suerte de tener una familia andaluza y allí había mucho sentido del humor", y añadió no obstante: "Mi abuela era comunista y mis padres republicanos. En mi familia la guerra civil española se vivió como una tragedia, porque la perdimos”. Exiliado a Milán en 1976, tras el golpe de estado militar en Argentina, se nacionalizó español en 1990. Pero, recordaba, ante la frialdad del acto administrativo de obtener la nacionalidad, optó por solemnizar ese 5 de enero de 1990 comprando una Constitución y jurándola él solo. Desde entonces, alternó su residencia entre Mendoza, Madrid y Buenos Aires.

Como era preceptivo, Quino hizo su peregrinación a la Fuengirola de sus padres siendo ya adulto, para comprobar que poco quedaba de la villa de pescadores que le habían relatado. “Me encontré aquello lleno de rascacielos y todo escrito en sueco o en holandés, fue una desilusión bastante grande”, evocaba. “Todos mis tíos vivían en Argentina, pero también eran de Fuengirola, y estaban muy ilusionados por saber cómo estaba aquello. Lo único que quedaba igual es un castillo que hay en Fuengirola, que mi madre me contaba que jugaba allí de niña, así que cogí unas piedras de allí y se las llevé a mis tíos”.

Una memorable charla en Huelva en 2007

El dibujante malagueño Ángel Idígoras, que reconoce que admira más esa obra posterior de Quino que la omnipresente Mafalda, llegó a impulsar en Fuengirola una iniciativa en honor al maestro que no llegó a prosperar. “Al conocer sus orígenes, hablé con el concejal de Cultura de entonces para proponerle colocar en un parque de Fuengirola estatuas con los personajes de Quino. El hombre se convenció y contactó con Quino, pero parece que era un poquito especial, y al final puso tantas trabas y pegas sobre cómo quería que fueran exactamente las figuras, que el concejal se cansó. Es una lástima, porque habría quedado una huella muy bonita”.

Según Idígoras, “lo del humor andaluz es algo que he pensado mucho, y he llegado a la conclusión de que el humor es universal. Quizá los andaluces tienen más gracejo, pero hay que diferenciar entre la gracia natural y este oficio, que es una tarea más intelectual que emocional. Contadores de chistes en Andalucía hay millones, pero como decía Mingote, ‘el humor es no tenerle miedo a pensar’”.

En todo caso, las visitas de Quino a Andalucía en los últimos años no fueron escasas. En Huelva se le lloraba estos días recordando la memorable charla que ofreció en enero de 2007 en el salón de actos de la Facultad de Derecho, donde dejó varios dibujos de recuerdo. En noviembre de ese mismo año conversaba con los estudiantes en el Aulario La Bomba de la Universidad de Cádiz, a los que recomendó que “lo mejor es cultivarse, leer mucho, ir a muchos museos e ir mucho al cine”. Asimismo, fue invitado de honor del XVIII Salón Internacional del Cómic de Granada 2013, donde fue recibido por las autoridades de la Junta de Andalucía y aclamado por los incondicionales de la viñeta.

Allí le dio la mano el dibujante gaditano Fritz. “No se me ocurrió qué decirle, como suele pasarme en estos casos. Me limité a expresarle mi admiración”, recuerda. “No tengo claro cuándo el humor es de un sitio u otro, pero no cabe que el de Quino conecta muy bien con nosotros. También conecta en general el humor que se hace en Argentina con el de los españoles, ¿no? En todo caso, sea andaluz o no, el de Quino es mi favorito entre todos los humoristas gráficos”.

En todos estos escenarios comentó también que el hecho de ser fan de Buster Keaton y Chaplin, especialmente, había marcado su humor, así como las lecturas de Freud. Y cómo no, el hecho de haber crecido “en el seno de una familia muy interesada en arte, como el dibujo o la música”, apostilló.

 
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Quino, Mafalda y la lucha por un mundo nuevo
«Nos acaba de dejar un auténtico «guerrillero» de la historieta, siempre dispuesto a combatir con el lápiz, el pincel y su cínico sentido del humor como únicas armas por la paz y por el bien común»

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Asier Mensuro
Actualizado:04/10/2020 00:52h

 
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Que reconfortante es ver cuanta gente apreciaba al excepcional Quino, cuantos hemos reido con las ocurrencias de Mafalda Y disfrutado con las situaciones que se vivian en la casa de Mafalda
quien puede olvidar el rechazo que le tenia a la sopa, cosa bastante comun en los niños de antes, el anhelo de Susanita por formar un hogar al crecer y tener hijitos, el interes de Mafalda por la politica internacional, el afan de Manolito en hacer publicidad del almacen de su padre, el auto de la familia de Mafalda
La ternura de esos personajes es algo que nos acompañara por el resto de nuestras vidas, asi que gracias Quino, por los buenos momentos con que nos regalaste, por ayudarnos a olvidar aunque sea por un instante nuestros problemas, fracasos y tristezas
espero que sigas dibujando alla en el cielo... descansa en paz
Ante lo inevitable, esperemos que mucha mas gente lo descubra. ¡¡¡Grande Quino!!!
 
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Creo que el mejor homenaje que le podemos hacer a Quino en mi casa, es ver los libritos todos desgastados, pegados con diurex y hasta con Resistol.
Ver a mis sobrinos devorarlos una y otra vez, y que en nuestras conversaciones salgan frases ya sin tener que explicar la referencia
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