Los desoladores últimos días de Robin Williams

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PABLO SCARPELLINI
  • 11 MAY. 2018 20:31
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El actor se suicidó en su habitación en 2014

Un libro sobre el comediante reconstruye los meses que desembocaron en su suicidio en verano de 2014


La situación no pintaba bien, pero nadie pudo imaginar que aquella mañana de agosto, en una habitación de su casa de Tiburón (California), Robin Williams fuera a optar por una salida tan drástica y repentina como inesperada. La muerte del actor en el estío de 2014 agarró a su entorno por sorpresa y sacudió las entrañas de la profesión como pocas. América y el mundo lloraron por un hombre tan cómico en esencia como atormentado entre cajas en los estertores de su recorrido, un gigante que no alcanzó del todo a compartir lo que por dentro le consumía, una batalla casi imposible de ganar.

Dave Itzkoff, redactor de Cultura del diario The New York Times, ha diseccionado los últimos meses de su muerte en un nuevo libro, Robin. En su investigación hablan nombres de la máxima confianza del comediante de Chicago como Billy Crystal, íntimo amigo suyo, Zak Williams, su hijo mayor, o Cheri Minns, su maquilladora. Itzkoff concluye que hubo una tormenta de factores que precipitaron el suicidio de Williams. Su carrera en el cine se había estancando y temía no ser capaz de volver a hacer reír. Se sentía a años luz de los días de incontinencia verbal de cintas como Good Morning, Vietnam o Señora Doubtfire.

Además, aún tenía la espina clavada de su fracaso matrimonial con Marsha Garces, su segunda mujer y madre de dos de sus tres hijos, en pleno proceso de recuperación tras su último enlace con Susan Schneider, con la que se casó en 2011. Y, de fondo, el ruido de un diagnóstico que pudo haber resultado letal y equivocado. Según Itzkoff, Williams se sentía atrapado en su propio cuerpo, de la misma forma en que Christopher Reeve, el hombre que inmortalizó a Superman en la gran pantalla, se sentía encadenado al suyo. Pero al comediante de Illinois le engañaron, o eso se dedujo de la autopsia tras ahorcarse en su casa al norte de San Francisco. En lugar de Parkinson, el mal que el protagonista de Despertares temía que habría de acabar con su espíritu, el informe médico halló demencia con cuerpos de Lewy, un síndrome degenerativo incurable asociado al riesgo de suicidio.

Williams padecía de problemas estomacales, indigestión y resfriado. También tenía problemas de visión, dificultades para orinar y no lograba conciliar el sueño, con temblores en su brazo izquierdo y la voz menguada, "a veces simplemente congelado donde estuviera parado". De acuerdo a su tercera esposa, sus niveles de ansiedad se habían disparado hasta las nubes, "como un incesante desfile de síntomas" con los que no supo lidiar del todo. Ella no era Garces, una mujer que convirtió en su obligación el mantener la casa bien decorada, organizar cenas con invitados y rodear a su marido de gente intelectualmente estimulante.

Schneider era de corte independiente y no se encargaba del día a día de Williams ni le acompañaba cuando tenía un rodaje lejos de San Francisco. De forma indirecta, el libro menciona esa suerte de abandono de boca de su primogénito, Zachary, fruto de la relación de Williams con Valerie Velardi. "Me estoy pateando a mí mismo por no haberle ido a visitar durante ese tiempo", dice sobre los días de rodaje de su padre de The Crazy Ones en Los Ángeles. "Porque creo que ese fue un periodo muy solitario para él. Mirando hacia atrás, siento que debería haber estado ahí, pasando tiempo junto a él. Porque alguien que necesitaba apoyo no estaba recibiendo el apoyo necesario".

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Le diagnosticaron parkinson pero tenía demencia
Minns, que compartió muchas tardes con el actor maquillándole para distintos papeles, asegura que todo pasaba por el trabajo. "Funcionaba trabajando. Ese era el verdadero amor de su vida, por encima de sus hijos, por encima de todo. Si no trabajaba, se encerraba en sí mismo. Y cuando trabajaba, era como si se hubiera prendido una bombilla". En sus últimos meses de vida, ni siquiera eso. Sentía que la magia se había perdido. Durante la segunda parte del rodaje de Noche en el museo: el secreto del faraón, estando en Vancouver, el intérprete El indomable Will Hunting tuvo un ataque de ansiedad.

Minns explica que sus problemas físicos ya se habían vuelto más palpables, con dificultad incluso para memorizar sus líneas. "Estaba llorando en mis brazos al final de cada día", recuerda. "Era horrible. Horrible". Pensó que la solución podía estar en volver a la comedia en vivo, sus orígenes, en un club de la ciudad canadiense para animarse, pero le entró pavor ante la mera posibilidad. Lloraba y lloraba argumentando que no se sentía capaz. "Ya no sé como hacerlo más. No sé como ser gracioso", decía entre sollozos el mito de Illinois.

Años atrás ya había sido muy franco sobre el fantasma de la depresión. "Los demonios todavía están ahí", decía, tratando de describir su larga batalla contra el alcohol y su bajo estado de ánimo. "La vocecilla diciéndome que soy una basura, que no soy nadie, todavía está ahí, créame". El resto es la historia de un declive con final amargo. El periodista del Times da cuenta de lo que sucedió su última noche y la mañana posterior en su casa de Tiburón, cuando se quitó la vida.

La noche del 10 de agosto al actor le entró la paranoia por unos relojes de diseño que poseía y que temía que le robaran. Así que cogió el coche y se fue a casa de unos amigos y se los dejó por seguridad. Al volver le ofreció a su mujer un masaje en los pies de forma afectuosa que ella rechazó. "Como siempre hacíamos, nos dijimos el uno al otro, 'buenas noches, mi amor", recuerda Schneider. Antes de salir de la habitación en dirección a la suya, en la otra punta de la casa donde dormía solo desde hacía ya un tiempo,Williams se llevó un iPad con intención de leer algo. Su mujer lo consideró como una señal de mejoría puesto que llevaba meses sin interés por nada. Se marchó alrededor de las 10 de la noche.

A la mañana siguiente, al ver que la puerta del cuarto de su marido permanecía cerrada, se alegró, pensando que finalmente estaba durmiendo lo suficiente. Pero el tiempo pasaba y la puerta no se abría. Rebecca y Dan, los amigos que protegían sus relojes, se acercaron hasta la casa. Finalmente, a las 11.42 de la mañana, Rebecca se decidió a forzar la puerta. Descubrió a su amigo muerto. Se había ahorcado con un cinturón.
 

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Que final más triste, para este hombre, para mi que todas esas enfermedades le llegaron porque no era feliz,ni se sentía amado,su última esposa no lo tomaba ni en cuenta y sus tres hijos menos, hay que ver como fue el también como padre, tengo la cesación de que se hubiera quedado con su segunda esposa no habría terminado taan mal !!
Un actor tan cotizado y famoso, que logro tantas cosas, profesional y economicamente, terminó su vida de la forma más dramática, una vez más la vida me enseña que el dinero no hace la felicidad.... la fama menos, si van solas, pero si van con una familia y el amor de los hijos, puede ser una vida mucho mejor.