LA FIESTA DE LA INSIGNIFICANCIA- MILAN KUNDERA

Tema en 'Foro de Literatura' iniciado por pilou12, 11 Jul 2018.

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    Proyectar una luz sobre los problemas más serios y a la vez no pronunciar una sola frase seria, estar fascinado por la realidad del mundo contemporáneo y a la vez evitar todo realismo, así es La fiesta de la insignificancia. Quien conozca los libros anteriores de Kundera sabe que no son en absoluto inesperadas en él las ganas de incorporar en una novela algo «no serio». En La inmortalidad, Goethe y Hemingway pasean juntos durante muchos capítulos, charlan y se lo pasan bien. Y en La lentitud, Vera, la esposa del autor, dice a su marido: «Tú me has dicho muchas veces que un día escribirías una novela en la que no habría ninguna palabra seria… Te lo advierto: ve con cuidado: tus enemigos acechan». Pero, en lugar de ir con cuidado, Kundera realiza por fin plenamente en esta novela su viejo sueño estético, que así puede verse como un sorprendente resumen de toda su obra. Menudo resumen. Menudo epílogo. Menuda risa inspirada en nuestra época, que es cómica porque ha perdido todo su sentido del humor. ¿Qué puede aún decirse? Nada. ¡Lean!.

    Traducido del original francés por Beatriz de Moura


    Primera parte Los protagonistas se presentan


    Alain medita sobre el ombligo


    Era el mes de junio, el sol asomaba entre las nubes y Alain pasaba lentamente por una calle de París. Observaba a las jovencitas que, todas ellas, enseñaban el ombligo entre el borde del pantalón de cintura baja y la camiseta muy corta. Estaba arrobado; arrobado e incluso trastornado: como si el poder de seducción de las jovencitas ya no se concentrara en sus muslos, ni en sus nalgas, ni en sus pechos, sino en ese hoyito redondo situado en mitad de su cuerpo.

    Eso le incitó a reflexionar: si un hombre (o una época) ve el centro de la seducción femenina en los muslos, ¿cómo describir y definir la particularidad de semejante orientación erótica? Improvisó una respuesta: la longitud de los muslos es la imagen metafórica del camino, largo y fascinante (por eso los muslos deben ser largos), que conduce hacia la
    consumación erótica; en efecto, se dijo Alain, incluso en pleno coito, la longitud de los muslos brinda a la mujer la magia romántica de lo inaccesible.

    Si un hombre (o una época) ve el centro de la seducción femenina en las nalgas, ¿cómo describir y definir la particularidad de esa orientación erótica? Improvisó una respuesta: brutalidad; gozo; el camino más corto hacia la meta; meta tanto más excitante por ser doble.

    Si un hombre (o una época) ve el centro de la seducción femenina en los pechos, ¿cómo describir y definir la particularidad de esa orientación erótica? Improvisó una respuesta: santificación de la mujer; la Virgen María amamantando a Jesús; el sexo masculino arrodillado ante la noble misión del sexo femenino.

    Pero ¿cómo definir el erotismo de un hombre (o de una época) que ve la seducción femenina concentrada en mitad del cuerpo, en el ombligo?

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    Ramón pasea
    por el Jardin du Luxembourg


    Más o menos mientras Alain reflexionaba acerca de las distintas fuentes de seducción femenina.
    Ramón se encontraba en las proximidades del museo situado cerca del Jardin du Luxembourg, donde, desde hacía ya un mes, se exponía la obra de Chagall. Él quería ir a verla, pero sabía de antemano que nunca se animaría a convertirse por las buenas en parte de esa interminable cola que se arrastraba lentamente hacia la caja; observó a la gente, sus rostros paralizados por el aburrimiento, imaginó las salas en las que sus cuerpos y su parloteo taparían los cuadros, y no tardó más de un minuto en dar media vuelta y encaminarse parque a través por una alameda.

    Allí, la atmósfera era más agradable; el género humano parecía escasear y estar más a sus anchas: algunos corrían, no por ir deprisa, sino por gusto; otros paseaban tomando helados; otros aún, discípulos de una escuela asiática, hacían en el césped lentos y extraños movimientos; más allá, en un inmenso círculo, estaban las dos grandes estatuas blancas de las reinas de Francia y, aún más allá, en el césped entre los árboles, en todas las direcciones, esculturas de poetas, pintores, sabios; se detuvo delante de un adolescente bronceado que, seductor, desnudo debajo de su pantalón corto, le ofreció máscaras que reproducían las caras de Balzac, Berlioz, Hugo o Dumas.

    Ramón no pudo evitar sonreír y siguió su paseo por ese jardín de los genios, quienes, rodeados por la amable indiferencia de los paseantes, debían de sentirse agradablemente libres; nadie se detenía para observar sus rostros o leer las inscripciones en los pedestales. Ramón inhalaba esa indiferencia como una calma consoladora. Poco a poco, apareció en su cara una larga sonrisa casi feliz.

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    La fiesta de la insignificancia
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    No habrá cáncer

    Aproximadamente en el mismo momento en que Ramón renunciaba a la exposición de Chagall y elegía pasear por el parque, D’Ardelo su- bía la escalera que lleva a la consulta de su médico. Aquel día, faltaban tres semanas para su cumpleaños. Desde hacía ya muchos años, había empezado a odiar los cumpleaños. Por culpa de las cifras que les encasquetaban. Aun así, no conseguía ignorarlos porque, en él, era más fuerte el placer de ser festejado que la vergüenza de envejecer. Y aún más desde que, esta vez, la visita al médico añadía un nuevo matiz a la fiesta. Era el día en que le comunicarían el resultado de todos los exámenes que le darían a conocer si los sospechosos síntomas descubiertos en su cuerpo se debían, o no, a un cáncer. Entró en la sala de espera y se dijo por lo bajo, con voz temblorosa, que dentro de tres semanas celebraría a la vez su nacimiento tan lejano y su muerte tan cercana; que celebraría una doble fiesta.

    Pero, en cuanto vio la cara risueña del médico, comprendió que la muerte se había dado de baja. El médico le apretó fraternalmente la mano. Con lágrimas en los ojos, D’Ardelo no pudo pronunciar palabra.

    La consulta del médico estaba en la Avenue de l’Observatoire, a unos doscientos metros del Jardin du Luxembourg. Como D’Ardelo vivía en una callecita al otro lado del parque, decidió volver a atravesarlo. El paseo entre los árboles le devolvió un buen humor casi juguetón, sobre todo cuando rodeó el gran círculo formado por las estatuas de las antiguas reinas de Francia, todas ellas esculpidas en mármol blanco, de pie en poses solemnes que le parecieron divertidas, casi alegres, como si con ello esas damas quisieran saludar la buena nueva que él acababa de recibir. Sin poder dominarse, él las saludó dos o tres veces con la mano y soltó una carcajada.

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    El secreto encanto
    de una grave enfermedad


    Fue ahí, cerca de las grandes damas de Francia, donde Ramón se encontró con D’Ardelo, quien, el año anterior, era aún su colega en una institución cuyo nombre a nadie le importa aquí. Se detuvieron uno frente al otro y, tras los saludos habituales, D’Ardelo, en un tono extrañamente exaltado, empezó a contar:

    —Amigo, ¿conoces a La Franck? Hace dos días falleció su amado.

    Hizo una pausa y en la memoria de Ramón apareció el hermoso rostro de una mujer célebre a la que sólo había visto en fotos.

    —Una agonía muy dolorosa —siguió D’Ardelo—. Lo vivió todo con él. ¡Ella ha sufrido muchísimo!

    Cautivado, Ramón miraba esa cara alegre que le contaba una historia fúnebre.

    —Imagínate, en la noche del mismo día en que ella lo había tenido moribundo entre sus brazos, estaba cenando conmigo y unos amigos y, no te lo vas a creer, ¡estaba casi alegre! ¡Cuánto la admiré entonces! ¡Qué fortaleza! ¡Eso es apego a la vida! ¡Reía con los ojos todavía rojos de llorar! ¡Y eso que todos sabíamos cuánto lo había querido! ¡Debió de sufrir muchísimo! ¡Esta mujer es una fuerza de la naturaleza!

    Tal como ocurriera un cuarto de hora antes en el consultorio del médico, unas lágrimas brillaron en los ojos de D’Ardelo. El caso es que, al hablar de la fuerza moral de La Franck, él pensaba en sí mismo. ¿Acaso no había vivido él también todo un mes en presencia de la muerte? ¿No había estado también su fuerza de carácter sometida a una dura prueba? Aunque ya fuera un mero recuerdo, el cáncer permanecía en él alumbrado por una frágil luz que, misteriosamente, le encandilaba. Pero consiguió dominar sus sentimientos y pasó a un tono más prosaico:

    —Por cierto, si no me equivoco, tú conocías a alguien que sabe organizar cócteles, que se encarga de la comida y lo demás, ¿no?

    —Sí, es verdad —dijo Ramón.

    —Es que voy a organizar una pequeña fiesta por mi cumpleaños.

    Después de los comentarios exaltados sobre la célebre Franck, el tono ligero de la última frase le permitió a Ramón una leve sonrisa.

    —Veo que tu vida es alegre.
    Curioso; esa frase no le gustó a D’Ardelo.

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    Como si su tono demasiado ligero anulara la extraña belleza de su buen humor, mágicamente marcado por el pathos de la muerte cuyo recuerdo seguía muy vivo en él:

    —Sí, no está mal —dijo, y, tras una pausa, añadió—, aunque...

    Hizo otra pausa y añadió:
    —Sabes, acabo de ir al médico.
    El desconcierto en el rostro de su interlocutor

    le gustó; prolongó el silencio de tal manera que Ramón ya no pudo sino preguntar:

    —Entonces, ¿hay problemas?
    —Los hay.
    D’Ardelo calló y, de nuevo, Ramón no pudo

    sino volver a preguntar:
    —¿Qué te ha dicho el médico?
    En ese mismo instante D’Ardelo vio en los ojos

    de Ramón su propia cara como en un espejo: la cara de un hombre ya mayor, pero todavía guapo, marcado por una tristeza que lo hacía aún más atractivo; se dijo entonces que ese hombre guapo y triste pronto celebraría su cumpleaños y la idea que había surgido en él antes de su visita al médico volvió a cruzarle por la cabeza, la magnífica idea de una doble fiesta que celebrara a la vez el nacimiento y la muerte. Siguió observándose en los ojos de Ramón y, luego, con voz queda y suave, dijo:

    —Cáncer...

    Ramón tartamudeó algo y, torpe, fraternalmente, rozó con su mano el brazo de D’Ardelo.

    —Pero hoy eso tiene tratamiento...

    —Demasiado tarde. Pero olvida lo que acabo de decirte, no lo cuentes a nadie; vale más que pienses en mi cóctel. ¡Hay que seguir adelante! —dijo D’Ardelo y, antes de continuar su camino, alzó la mano a modo de saludo, y ese gesto discreto, casi tímido, tenía tal inesperado encanto que Ramón se emocionó.

    Mentira inexplicable, inexplicable risa

    El encuentro de los dos antiguos colegas terminó con ese hermoso gesto. Pero no puedo evitar una pregunta: ¿por qué había mentido D’Ar- delo?

    El propio D’Ardelo se lo preguntó a sí mismo inmediatamente después y tampoco él supo darse una respuesta. No, no se avergonzaba de haber mentido. Le intrigaba más bien ser incapaz de entender el motivo de esa mentira. Normalmente, si se miente es para engañar a alguien y obtener a cambio una ventaja cualquiera. Pero ¿qué podía sacar él inventando un cáncer? Curiosamente, al pensar en el sinsentido de su mentira, no pudo evitar echarse a reír. Pero también esa risa era incomprensible. ¿Por qué se reía? ¿Acaso le parecía cómico su comportamiento? No. Por otra parte, el sentido de la comicidad no era lo suyo. Simplemente, sin saber por qué, le encantaba su cáncer imaginario. Siguió caminando sin dejar de reír. Reía y le encantaba su buen humor.

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    Ramón visita a Charles

    Una hora después de su encuentro con D’Ardelo, Ramón ya estaba en casa de Charles. —Te traigo de regalo un cóctel —dijo.

    —¡Estupendo! Este año vamos a necesitarlo —dijo Charles invitando a su amigo a sentarse ante una mesa baja frente a él.

    —Un regalo para ti. Y también para Calibán. Por cierto, ¿dónde anda?

    —¿Dónde quieres que esté? En casa, con su mujer.

    —Pero ojalá que para los cócteles siga contigo.

    —Claro. Los teatros siguen sin hacerle caso.

    Ramón vio de pronto, encima de la mesa, un libro bastante grueso. Se inclinó y no pudo ocultar su sorpresa:

    —Las memorias de Nikita Jrushchov. ¿Y eso? —Me lo dio nuestro maestro.
    —¿Y qué pudo parecerle interesante a nuestro maestro?
    —Ha subrayado para mí unos cuantos párrafos. Lo que leí me pareció bastante divertido. —¿Divertido?
    —La historia de las veinticuatro perdices. —¿Qué?

    —Sí, la historia de las veinticuatro perdices. ¿No la conoces? Pues, ¡por ahí empezó el gran cambio del mundo!

    —¿El gran cambio del mundo? ¿Nada menos?

    —Nada menos. Pero, dime, ¿de qué cóctel se trata y en casa de quién?

    Ramón se lo explicó y Charles preguntó:

    —¿Y quién es el tal D’Ardelo? ¿Un gilipollas como todos mis clientes?

    —Claro.
    —Su tontería... ¿de qué tipo es?
    —¿De qué tipo es su tontería...? —repitió Ramón, pensativo—. ¿Conoces a Quaquelique?

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    La lección de Ramón
    sobre lo brillante y lo insignificante


    —Mi viejo amigo Quaquelique —siguió Ramón— es uno de los mujeriegos más importantes que he conocido. Una vez asistí a una fiesta en la que estaban los dos, D’Ardelo y él. No se conocían. Se encontraron por pura casualidad en el mismo salón atiborrado de gente y D’Ardelo probablemente ni se había percatado de la presencia de mi amigo. Había allí mujeres muy bellas, y D’Ardelo andaba loco. Haría lo imposible para que ellas se interesaran por él. Y aquella noche estuvo brillante como nunca.

    —¿Provocador?

    —Todo lo contrario. Incluso sus bromas siempre son moralistas, optimistas, correctas, pero las envuelve en una enrevesada elegancia y las enreda de tal manera que resultan tan difíciles de entender que, aunque llamen la atención, no provocan reacción inmediata alguna. Hay que esperar tres o cuatro segundos hasta que él mismo se eche a reír, luego esperar unos segundos más a que los demás entiendan lo que ha querido decir y se unan educadamente a él.

    Te ruego que aprecies ese refinamiento, él se pone serio otra vez; como desinteresado, de vuelta de todo, observa a la gente y, secreta, vanidosamente, se deleita con esa risa. La actitud de Quaquelique es radicalmente distinta. No es que sea silencioso. Pero, cuando está ro- deado de gente, habla siempre con un hilo de voz que silba más que habla, aunque nada de lo que dice llama la atención.

    Charles se ríe.

    —No te rías. No es fácil hablar sin llamar la atención. Estar siempre presente gracias a la palabra y no obstante permanecer inoído, ¡eso requiere virtuosismo!

    —El sentido de semejante virtuosismo se me escapa.

    —El silencio llama la atención. Puede impresionar. Darte un aire enigmático. O sospechoso. Y eso es precisamente lo que Quaquelique quiere evitar. Como durante la fiesta de la que te hablo. Había una mujer muy hermosa que fascinaba a D’Ardelo. De vez en cuando, Quaquelique se dirigía a ella con un comentario del todo trivial, sin interés, nulo, pero tanto más agradable por cuanto no exigía respuesta inteligente alguna, ninguna agudeza. Al cabo de un rato, compruebo que Quaquelique ya no está.

    Intrigado, me pongo a observar a la mujer. D’Ardelo suelta una de sus frases ingeniosas, sigue el silencio de unos cinco segundos, luego suelta una carcajada y, tras otros tres segundos, los demás le imitan. En este instante, protegida por la cortina de la risa, la mujer se aleja hacia la salida. D’Ardelo, adulado por el eco que sus palabras han provocado, sigue con sus exhibiciones verbales. Algo más tarde, se da cuenta de que la hermosa mujer ya no está. Y no puede explicarse su desaparición porque lo ignora todo de la existencia de un tal Quaquelique. No ha entendido nada, y aún hoy no entiende nada acerca del valor de la insignificancia. Ésta es mi respuesta a tu pregunta acerca del tipo de tontería que define a D’Ardelo.

    —La inutilidad de ser brillante. Sí, lo entiendo.

    —Es algo más que inutilidad. La nocividad. Cuando un tipo brillante intenta seducir a una mujer, ésta tiene la impresión de entrar en una competición. Ella también se siente obligada a deslumbrar. A no entregarse sin resistencia. Mientras que la insignificancia la libera. La descarga de precauciones. No exige ninguna agudeza. La despreocupa y, por tanto, la hace más fácilmente accesible. Pero dejémoslo. Con D’Ardelo no tratarás con un ser insignificante, sino con un Narciso.

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    Y cuidado con el sentido exacto de esa palabra: un Narciso no es un orgulloso. El orgulloso desprecia a los demás. Los subestima. El Narciso los sobrestima porque observa su propia imagen en los ojos de los demás y desea embellecerla. De modo que cuida muy amablemente todos esos espejos. Eso es lo que cuenta para vosotros dos: D’Ardelo es amable. Para mí, por supuesto, es ante todo un esnob. Pero incluso entre él y yo algo ha cambiado. Me enteré de que estaba gravemente enfermo. Y, a partir de ese momento, lo veo de otra manera.

    —¿Enfermo?, ¿de qué?

    —Cáncer. Me sorprendió hasta qué punto eso me entristeció. Tal vez esté viviendo sus últimos meses.

    Tras una pausa, siguió:

    —Me conmovió la manera en que me habló... muy lacónico, casi púdico..., sin exhibir pathos alguno, sin narcisismo. Y, de pronto, quizá por primera vez, sentí por ese cretino auténtica simpatía..., una auténtica simpatía...

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    Segunda parte

    El teatro de marionetas


    Las veinticuatro perdices


    Después de sus largas y agotadoras jornadas, a Stalin le gustaba permanecer un rato más con sus colaboradores y relajarse contándoles anécdotas de su vida. Por ejemplo ésta:
    Un día él decide ir de caza. Se pone una vieja parka, se calza unos esquíes, coge un fusil de caza y recorre trece kilómetros. De pronto, ante él, ve unas perdices en las ramas de un árbol. Se detiene y las cuenta. Hay veinticuatro. ¡Vaya mala pata! Sólo se ha llevado doce cartuchos. Dispara, mata a doce, luego da media vuelta, recorre otra vez los trece kilómetros hasta su casa y coge otra docena de cartuchos. Recorre una vez más los trece kilómetros hasta las perdices, que siguen en las ramas del mismo árbol. Y por fin las mata todas…

    —¿Te ha gustado? —pregunta Charles a Calibán, que se ríe:
    —Si me lo hubiera contado el propio Stalin, ¡lo habría aplaudido! Pero ¿de dónde has sacado esa historia?
    —Nuestro maestro me regaló un libro, Las memorias de Jrushchov, publicado en Francia hace mucho, mucho tiempo. En él Jrushchov cuenta la historia de las perdices tal como Stalin la había contado a su gente. Pero, según narra Jrushchov, nadie reaccionó como tú. Nadie se rió. A todos sin excepción les pareció absurdo lo que Stalin les había contado y aborrecieron esa mentira. Aun así, callaron todos y sólo Jrushchov tuvo el valor de decirle a Stalin lo que pensaba. ¡Escucha esto!

    Charles abrió el libro y leyó lentamente en voz alta:
    —¿Cómo? ¿Quieres decir realmente que las perdices no se fueron y se quedaron en las ramas del árbol? —preguntó Jrushchov.
    —Así es —contestó Stalin—, no se movieron de su sitio.
    Pero la historia no se acaba aquí, pues debes saber que al final de su jornada de trabajo todos se reunían en el baño, un gran espacio que también servía de retrete. Imagínate. En una pared, una larga hilera de urinarios y, en la pared de enfrente, los lavabos. Urinarios de cerámica en forma de concha, muy emperifollados y adornados con motivos florales. Cada miembro del clan de Stalin tenía su propio urinario creado y firmado por un artista distinto. Sólo Stalin no lo tenía.

    —¿Y dónde meaba Stalin?
    —En un reservado solitario, al otro lado del edificio; y como meaba solo, nunca con sus colaboradores, éstos se sentían divinamente libres en sus urinarios y se atrevían a decir por fin en voz alta todo aquello que se veían obligados a callar en presencia del jefe. Y así fue el día en que Stalin les contó la historia de las veinticuatro perdices. Y te cito otra vez al propio Jrushchov:
    «… al lavarnos las manos en el baño escupimos de desprecio. ¡Él mentía! ¡Mentía! A nadie le cupo la menor duda».

    —¿Y quién era el tal Jrushchov?
    —Unos años después de la muerte de Stalin se convirtió en el jefe supremo del imperio soviético.
    Tras una pausa, dijo Calibán:
    —Lo que me parece increíble en toda esa historia es que nadie entendiera que lo de Stalin era una broma.
    —Claro —dijo Charles y volvió a dejar el libro encima de la mesa—, porque todos a su alrededor habían olvidado ya qué es una broma. Y, a mi entender, eso anunciaba ya la llegada de un nuevo gran periodo de la Historia.
    Charles sueña con una obra

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    La rebelión en el baño

    —Me fascinan esos camaradas de Stalin —siguió Charles—. ¡Me los imagino en el baño manifestando a gritos su indignación! ¡Habían esperado tanto tiempo el hermoso momento de poder decir al fin en voz alta todo lo que pensaban! Pero había algo que no podían sospechar: ¡que Stalin los observaba y él también esperaba ese momento con la misma impaciencia! También para él era motivo de gozo el momento en que toda su tropa se dirigía al baño. ¡Amigos, es como si lo viera! De puntillas, discretamente se desliza por un largo pasillo, luego arrima la oreja a la puerta del baño y escucha. Los héroes del Politburó gritan, patean, maldicen; él los oye y se ríe: «¡Ha mentido! ¡Ha mentido!», aúlla Jrushchov con su voz estentórea, y Stalin, con el oído pegado a la puerta, ¡es como si lo viera!, saborea la indignación moral de su camarada, ríe como un loco y ni siquiera intenta bajar el volumen de su risa, porque los que están dentro del baño, que también gritan como locos, no pueden oírlo en medio de tanto barullo.
    —Sí, ¡ya nos lo has contado! —dijo Alain.
    —Sí, ya lo sé. Pero lo más importante es lo que todavía no os he dicho, o sea, el verdadero motivo por el que a Stalin le encantaba repetirse y contar una y otra vez la misma historia de las veinticuatro perdices, siempre a su mismo pequeño público. Y aquí es donde sitúo la intriga principal de mi obra para marionetas.
    —¿Y cuál era ese motivo?
    —Kalinin.
    —¿Qué? —preguntó Calibán.
    —Kalinin.
    —Jamás he oído ese nombre.
    Aunque más joven que Calibán, Alain, que era más culto, sí lo conocía.
    —Seguramente era el nombre con el que rebautizaron una célebre ciudad alemana en la que Immanuel Kant vivió toda la vida y que hoy se llama Kaliningrado.
    En ese mismo instante se oyó desde la calle un poderoso e impaciente bocinazo.
    —Tengo que irme —dijo Alain—. Madeleine me está esperando. ¡Hasta la vista!
    Madeleine le esperaba en la calle subida a una moto. Era la de Alain, pero la compartían.
    En otra ocasión, Charles da a sus amigos una charla sobre Kalinin y la capital de Prusia

    —Desde sus orígenes, la célebre ciudad de Prusia se llamó Kónigsberg, o sea «la montaña del rey». Sólo después de la última guerra pasó a llamarse Kaliningrado. En ruso, «Grad» quiere decir «ciudad». Así pues, la ciudad de Kalinin. Al siglo al que tuvimos la fortuna de sobrevivir le volvía loco rebautizarlo todo. Tsaritsyn se rebautizó como Stalingrado, luego Stalingrado como Volgogrado. San Petersburgo se rebautizó como Petrogrado, luego Petrogrado pasó a ser Leningrado y, al fin, Leningrado volvió a ser San Petersburgo. Chemnitz se rebautizó como Karl-Marx-Stadt y luego Karl-Marx-Stadt como Chemnitz. Se rebautizó Kónigsberg como Kaliningrado…, pero ¡ojo!, Kaliningrado permaneció y permanecerá para siempre como Kaliningrado. La gloria de Kalinin superará todas las demás glorias.

    —Pero ¿quién era Kalinin? —preguntó Calibán.
    —Un hombre —continuó Charles— sin poder real alguno, un pobre e inocente pelele, quien, sin embargo, fue durante mucho tiempo presidente del soviet supremo, o sea, desde el punto de vista del protocolo, el más alto representante del Estado. Vi una vez una foto suya: un viejo militante obrero con una barbita puntiaguda, enfundado en una chaqueta mal tallada. Ya por entonces Kalinin era viejo, y su próstata hinchada le obligaba a mear con frecuencia. La pulsión urinaria era siempre tan fuerte y repentina que le obligaba a correr hasta el primer urinario que encontrara, aunque estuviera en un almuerzo oficial o en pleno discurso ante una numerosa audiencia. Había adquirido ya una gran destreza.
    Todo el mundo en Rusia recuerda aún hoy una gran fiesta que tuvo lugar durante la inauguración de un nuevo teatro de ópera en una ciudad de Ucrania durante la que Kalinin pronunció un larguísimo discurso solemne. Se veía obligado a interrumpirlo cada dos por tres y, cada vez que se alejaba del atril, la orquesta empezaba a tocar música folclórica y unas bellas y rubias bailarinas ucranianas saltaban al escenario y se ponían a bailar. Al regresar al estrado, Kalinin siempre era recibido con grandes aplausos; cuando volvía a abandonarlo, los aplausos redoblaban su fuerza para saludar el regreso de las rubias bailarinas; y, a medida que se aceleraba la frecuencia de sus idas y venidas, más largos, más fuertes y más cordiales eran los aplausos, de tal manera que la celebración oficial se había convertido en un alegre, enloquecido, orgiástico clamor como jamás había conocido el Estado soviético.

    »Pero, cuando Kalinin se encontraba en su reducido círculo de camaradas, a nadie se le ocurría aplaudir su orina. Stalin iba contando sus anécdotas, pero Kalinin era demasiado disciplinado para atreverse a molestarlo con sus idas y venidas al baño. Tanto más cuanto que Stalin, mientras hablaba, lo clavaba con la mirada al tiempo que él iba palideciendo hasta terminar en una mueca. Eso animaba a Stalin a alargar aún más la narración, a añadirle descripciones y digresiones, y a postergar el desenlace hasta que, de repente, la cara tensa frente a él se relajaba, la mueca desaparecía, se le distendía la expresión y una aureola de paz rodeaba su cabeza; sólo entonces, cuando sabía que Kalinin había perdido una vez más su gran batalla, Stalin pasaba rápido al desenlace, se levantaba de la mesa y con una sonrisa amistosa y alegre, ponía fin a la sesión. Todos los demás también se levantaban y miraban con malicia a su compañero, que se colocaba detrás de la mesa, o detrás de una silla, para ocultar su pantalón mojado.
    A los amigos de Charles les encantaba imaginar esa escena. Sólo después de una pausa, Calibán se animó a interrumpir aquel animado silencio:
    —En todo caso, eso no explica en absoluto por qué Stalin dio el nombre del pobre prostático a la ciudad alemana donde vivió toda su vida el célebre… el célebre…
    —Immanuel Kant —apuntó Alain.
    Alain descubre la desconocida ternura

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    La fiesta de la insignificancia
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    de Stalin

    Cuando, al cabo de una semana, Alain volvió a ver a sus amigos en un bistró (o en casa de Charles, ya no me acuerdo), enseguida interrumpió su conversación:
    —Quiero deciros que, para mí, es absolutamente admisible que Stalin diera el nombre de Kalinin a la célebre ciudad de Kant. Ignoro qué explicaciones habréis podido encontrar a este asunto, pero yo sólo le veo una: Stalin debía de sentir por Kalinin una ternura excepcional.
    La sorpresa jovial que descubrió en la cara de sus amigos no sólo le encantó sino que incluso le inspiró.

    —Sí, ya sé, ya sé… La palabra ternura no le pega demasiado a la reputación de Stalin, el Lucifer del siglo, ya lo sé, su vida estuvo repleta de conspiraciones, traiciones, guerras, encarcelamientos, asesinatos, masacres. No lo pongo en duda, muy al contrario, quiero incluso recalcarlo para que aflore con mayor claridad que, frente al inmenso fardo de crueldades con las que él debía cargar y vivir, era imposible que dispusiera de un bagaje igualmente inmenso de compasión. ¡Se habría superado cualquier capacidad humana! Para vivir su vida tal como era, no podía sino anestesiar y luego olvidar del todo su facultad de apiadarse.

    Pero, ante Kalinin, en las pequeñas pausas lejos de las masacres, en sus dulces momentos de un descanso parlanchín, todo cambiaba: se enfrentaba a un dolor totalmente distinto, un pequeño dolor, un dolor concreto, individual, comprensible. Miraba a su compañero que sufría y, con una suave extrañeza, sentía despertar en él un débil, modesto sentimiento casi desconocido, en todo caso olvidado: el afecto por un hombre que sufre. En su vida feroz, ese momento era como un descanso. La ternura aumentaba en el corazón de Stalin al mismo ritmo que la presión de la orina en la vejiga de Kalinin.

    Redescubrir un sentimiento que había dejado de sentir desde hacía mucho tiempo era para él de una inexpresable belleza.
    »Ahí es donde —siguió Alain— encuentro la única explicación posible al hecho curioso de rebautizar Kónigsberg como Kaliningrado. Esto ocurrió treinta años antes de que yo naciera, y no obstante puedo imaginar la situación: una vez terminada la guerra, los rusos añadieron a su imperio una célebre ciudad alemana y se vieron obligados a rusificarla imponiéndole un nuevo nombre, ¡y no un nombre cualquiera! La acción de rebautizar debe, pues, apoyarse en un nombre célebre en todo el planeta, cuyo destello acalle a todos los enemigos. ¡A los rusos les sobran nombres de ésos! ¡Catalina la Grande, Pushkin, Chaikovski, Tolstói! ¡Por no hablar de los generales que vencieron a Hitler y que, en aquella época, fueron adulados por todas partes!

    ¿Cómo comprender, pues, que Stalin eligiera el nombre de alguien tan nulo? ¿Que tomara una decisión tan evidentemente tonta? A eso sólo pueden atribuirse motivos íntimos y secretos. Y los conocemos: ha pensado con ternura en el hombre que sufrió por él, ante sus ojos, y quiere agradecerle su fidelidad, darle una alegría por su entrega. Si no me equivoco, Ramón, corrígeme si quieres, durante ese breve momento de la Historia, Stalin es el hombre de Estado más poderoso del mundo, y lo sabe. Siente la maliciosa satisfacción de ser, entre todos los presidentes y los reyes, el único en poder mandar a la mierda la seriedad de los grandes gestos políticos cínicamente calculados, el único que puede permitirse tomar una decisión absolutamente personal, caprichosa, irracional, espléndidamente extraña, soberbiamente absurda.

    En la mesa había una botella de vino tinto abierta. El vaso de Alain estaba ya vacío; él volvió a llenarlo y siguió:
    —Al contarla ahora ante vosotros, encuentro en esa historia un sentido cada vez más profundo. Se tomó otro trago y siguió:
    —Padecer por no ensuciar el pantalón… Ser mártir de la propia limpieza… Luchar contra la orina que da señales de vida, que avanza, que amenaza, que ataca, que mata… ¿Habrá otro heroísmo más prosaico y más humano? Me importan un bledo los llamados grandes hombres cuyos nombres coronan nuestras calles. Se volvieron célebres gracias a su ambición, su vanidad, sus mentiras, su crueldad. Kalinin es el único cuyo nombre permanecerá en la memoria como recuerdo de un sufrimiento que cualquier ser humano ha conocido, como recuerdo de una lucha desesperada que no causó daño a nadie sino a sí mismo.
    Alain terminó su discurso y todos se sintieron emocionados.
    Tras un silencio, Ramón dijo:
    —Tienes toda la razón, Alain. Después de mi muerte, quiero poder despertarme cada diez años para comprobar si Kaliningrado sigue siendo Kaliningrado. Mientras éste sea el caso, podré sentir una pizca de solidaridad con la humanidad y, reconciliado con ella, volver a mi tumba.

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    Tercera parte


    Alain y Charles piensan con frecuencia en sus madres


    La primera vez que se sintió atraído por el misterio del ombligo fue cuando vio a su madre por última vez.

    Paseando lentamente hacia su casa, Alain observaba a las jovencitas que, sin excepción, iban enseñando el ombligo entre el borde del pantalón de cintura baja y la camiseta muy corta. Como si el poder de seducción de las jovencitas ya no se concentrara en sus muslos, ni en sus nalgas, ni en sus pechos, sino en ese hoyito redondo situado en mitad de su cuerpo.

    ¿Me estoy repitiendo? ¿Empiezo acaso este capítulo con las mismas palabras que empleé al principio de esta novela? Lo sé. Pero, aunque ya haya hablado de la pasión de Alain por el enigma del ombligo, me niego a ocultar que ese enigma le preocupa en todo momento, al igual que ustedes también andan preocupados durante meses, cuando no años, por los mismos problemas (sin duda bastante menores que el que obsesiona a Alain). Así pues, mientras deambulaba por las calles, él iba pensando con frecuencia en el ombligo, sin temor a repetirse, e incluso con una extraña obstinación; y es que el ombligo le remitía a un lejano recuerdo: el recuerdo del último encuentro con su madre.

    Tenía entonces diez años. Estaban solos su padre y él de vacaciones en una casa alquilada con jardín y piscina. Era la primera vez que ella iba a verles tras una ausencia de muchos años. Se encerraron ella y su anterior marido en la casa. La atmósfera era asfixiante a un kilómetro a la redonda. ¿Cuánto tiempo se quedó? Probablemente no más de una o dos horas, durante las que Alain intentó entretenerse solo en la piscina. Acababa de salir del agua cuando su madre se detuvo para decirle adiós.

    Estaba sola. ¿Qué se habrán dicho? Él lo ignora. Sólo recuerda que ella se sentó en una silla del jardín y que él, con el slip de baño todavía mojado, estaba de pie frente a ella. Ha olvidado lo que se dijeron, aunque retiene en su memoria, grabado con precisión, un instante, un instante concreto: sentada en su silla, ella miró intensamente el ombligo de su hijo. Él aún siente esa mirada en su vientre. Una mirada difícil de comprender; le parecía que expresaba una inexplicable mezcla de compasión y desprecio; los labios de su madre habían adquirido la forma de una sonrisa (una sonrisa de compasión y de desprecio), luego, sin levantarse de la silla, se había inclinado sobre él y, con el dedo índice, había tocado su ombligo. Enseguida, ella se había levantado, lo había abrazado (¿lo había abrazado realmente? Probablemente, pero de eso él no está muy seguro) y se había ido. Nunca más volvió a verla.

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    Una mujer sale de su coche

    Un coche pequeño avanza por la calzada a lo largo de un río. El aire frío de la mañana hace aún más huérfano ese paisaje sin encanto, en algún lugar entre la periferia de una ciudad y el campo, allá donde escasean las viviendas y ya no se encuentran peatones. El coche se detiene encima del arcén; sale de él una mujer joven, bastante guapa. Es extraño: ha empujado la puerta con un gesto tan negligente que el coche seguramente no ha quedado bien cerrado. ¿Qué significa esa negligencia tan improbable en tiempos de robos? ¿Será tan distraída?
    No, no da la impresión de ser distraída, al contrario, su cara revela más bien determinación. Esa mujer sabe lo que quiere. Esa mujer es toda ella voluntad. Camina unos cien metros por la carretera hacia un puente sobre el río, un puente bastante alto, estrecho, prohibido a los coches. Ella empieza a cruzarlo hacia la otra orilla. Mira varias veces a su alrededor, no como una mujer a quien alguien esperara, sino para cerciorarse de que nadie la espera. En medio del puente, se detiene. A primera vista, parece que dude, pero no se trata de duda, de falta de determinación, muy al contrario, es el momento en que su concentración se intensifica y su voluntad se obstina aún más. ¿Su voluntad? Para ser más exacto: su odio. Sí, ese instante de aparente duda es de hecho una llamada a su odio, para que éste permanezca en ella, la sostenga, no la abandone un solo instante.
    Pasa las piernas por encima de la barandilla y se tira al vacío. Al final de la caída la tensa superficie del agua la golpea brutalmente; aún paralizada por el frío, tras largos segundos ella levanta la cabeza y, como es buena nadadora, todas sus reacciones automáticas se rebelan contra su voluntad de morir. Sumerge de nuevo la cabeza, se esfuerza por aspirar el agua y bloquear la respiración. En ese instante, oye un grito. Un grito que le llega del otro lado del río. Alguien la ha visto. Comprende que no será fácil morir y que su peor enemigo no será su propio e incontrolable reflejo de buena nadadora, sino alguien con quien ella no contaba. Se verá obligada a luchar. A luchar para salvar su muerte.

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    Ella mata


    Ella mira en la dirección del grito. Alguien se ha tirado al río. Reflexiona: ¿quién será más rápido, ella en su determinación de permanecer bajo el agua, de aspirar agua, de ahogarse, o el que se acerca? Cuando ella esté a punto de ahogarse, con agua en los pulmones, y por tanto debilitada, ¿no será una presa aún más fácil para su salvador? Él la arrastrará hasta la orilla, la dejará tendida en el suelo, extraerá el agua de sus pulmones, le hará el boca a boca, llamará a los bomberos, a la policía, y la salvarán y ridiculizarán para siempre.
    —¡Deténgase, deténgase! —grita el hombre.
    Todo ha cambiado: en lugar de hundirse en el agua, levanta la cabeza y respira profundamente para concentrar sus fuerzas. Él ya se encuentra ante ella. Es un joven, un adolescente que querrá hacerse famoso, ver su foto en los periódicos y que repite sin parar: «¡Deténgase, deténgase!». Él estira ya la mano hacia ella, y ella, en lugar de esquivarla la agarra, la aprieta y la empuja hacia el fondo del río. Grita una vez más «¡Deténgase!», como si fuera la única palabra que supiera decir. Pero ya no volverá a decirla; ella le ha agarrado el brazo, lo empuja hacia el fondo, luego se estira de espalda cuan larga es sobre el adolescente para que su cabeza permanezca hundida en el agua. Él se defiende, se sacude, ya ha aspirado agua, intenta golpear a la mujer, pero ella permanece firme, estirada encima de él, de tal manera que él ya no puede sacar la cabeza para respirar y, tras largos, muy largos segundos, deja de agitarse. Ella lo mantiene así un poco más, podría incluso decirse que, cansada y temblorosa, descansa encima de él; luego, segura de que el hombre al que mantiene debajo ya no se moverá, lo suelta y se vuelve hacia la orilla de donde ha venido para no conservar dentro de sí ni la sombra de lo que acaba de ocurrir.
    Pero ¿cómo? ¿Acaso ha olvidado su propósito? ¿Por qué no se ahoga si el que ha intentado robarle la muerte ya no vive? ¿Por qué, una vez libre, ya no quiere morir?
    La vida que casualmente ha reencontrado ha sido como un golpe que hubiera quebrantado su propósito; ya sin fuerzas para concentrar su energía en su propia muerte, tiembla; despojada repentinamente de toda voluntad, de todo vigor, nada como una autómata hacia el lugar donde había abandonado el coche.

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    Ella vuelve a casa

    Poco a poco siente que el agua ya no es profunda, apoya los pies en el fondo, se pone de pie; pierde los zapatos en el fango, carece de fuerza para buscarlos; sale del agua descalza y sube hacia la carretera.
    Al redescubrir el mundo, éste le muestra su cara más inhóspita y enseguida es presa de la angustia: ¡las llaves del coche! ¿Dónde estarán? Su falda no lleva bolsillos. Si uno va hacia la muerte, no le preocupa lo que ha dejado en el camino. Cuando salió del coche, el porvenir había dejado de existir. Ella no tenía nada que ocultar. En cambio ahora, de repente, hay que ocultarlo todo. No hay que dejar huellas. La angustia es más y más acuciante: ¿dónde estarán las llaves?, ¿cómo llegaré a casa?

    Se acerca al coche, tira de la puerta que, ante su asombro, se abre. Las llaves la esperan abandonadas en el salpicadero. Se sienta al volante y apoya los pies descalzos y mojados en los pedales. Sigue temblando. También tiembla de frío. El agua sucia del río se escurre de la blusa y de la falda empapadas. Le da la vuelta a la llave y se va.

    El que quiso imponerle la vida ha muerto ahogado. Y aquél a quien ella había querido matar en su vientre sigue vivo. La idea del suicidio ha quedado anulada para siempre. Sin repeticiones. El joven ha muerto, el feto vive, y ella hará cualquier cosa para que nadie descubra lo que ha pasado. Tiembla y su voluntad se despierta; ya no piensa sino en su porvenir inmediato: ¿cómo salir del coche sin que nadie la vea? ¿Cómo pasar desapercibida, con su vestido empapado, delante de la garita del portero?

    En ese instante Alain sintió un golpe violento en el hombro:
    —¡Ve con cuidado, imbécil!
    Se volvió y a su lado en la acera vio a una joven que le adelantaba con paso acelerado y enérgico.
    —Perdón —le lanzó (en un tono más bien bajo).
    —¡Gilipollas! —le contestó la joven (en un tono de voz alto) sin mirar atrás.

    25

    Los perdonazos


    A solas en su estudio, Alain comprobó que seguía doliéndole el hombro y se dijo que la mujer que, dos días antes, le había empujado con tanta eficacia lo había hecho adrede. No conseguía olvidar la voz estridente que le había llamado «imbécil» y seguía oyéndose suplicar «Perdón», a lo que ella respondió «¡Gilipollas!». ¡Una vez más había pedido perdón sin motivo! ¿Por qué siempre ese estúpido reflejo de pedir perdón? No podía quitarse de encima ese recuerdo y sintió la necesidad de hablar con alguien. Llamó a Madeleine. No estaba en París, su móvil estaba apagado. Marcó entonces el número de Charles y, en cuanto oyó su voz, se disculpó:
    —No te enfades. Estoy de muy mal humor. Necesito hablar con alguien.
    —Pues me vienes al pelo, yo también estoy de muy mal humor. Pero tú, ¿por qué?
    —Porque estoy cabreado conmigo mismo. ¿Por qué será que aprovecho cualquier ocasión para sentirme culpable?
    —Eso no es grave.

    —Sentirse o no sentirse culpable. Creo que todo radica en eso. La vida es una lucha de todos contra todos. Es sabido. Pero ¿cómo puede darse esa lucha en una sociedad más o menos civilizada? No deberíamos tirarnos unos contra otros a primera vista. En cambio, intentamos proyectar en los demás el oprobio de la culpabilidad. Vencerá el que consiga hacer que el otro se sienta culpable. Perderá el que confiese su culpa. Vas por la calle inmerso en tus pensamientos. Caminando hacia ti, viene una chica que, como si estuviera sola en el mundo, sin mirar a los lados, camina recto hacia delante. Chocáis. Éste es el momento de la verdad. ¿Quién insultará al otro, y quién pedirá perdón? Esa situación me sirve de ejemplo: en realidad, los dos son a la vez el embestido y el que embiste. No obstante, los hay que, inmediata y espontáneamente, se consideran los causantes del choque y, por tanto, culpables. Y los hay también que siempre se consideran, inmediata y espontáneamente, las víctimas del choque y, por tanto, en su derecho de acusar en el acto al otro y de hacer que lo castiguen. Tú, en esa situación, ¿pedirías perdón o acusarías?
    —Sin duda alguna, yo pediría perdón.

    —¡Ay, pobre, de modo que tú también perteneces a la legión de los perdonazos! Crees que podrás ablandar al otro con tus disculpas.
    —Claro que sí.
    —Pues te equivocas. El que pide perdón se declara culpable. Y si te declaras culpable, animas al otro a seguir insultándote y a denunciarte públicamente hasta la muerte. Éstas son las consecuencias fatales del que pide perdón el primero.
    —Es cierto. No hay que pedir perdón. Sin embargo, yo preferiría un mundo en el que todos, sin excepción, pidiéramos perdón y, por las buenas, inútil y exageradamente, todos cargáramos con las disculpas…
    —Lo dices en un tono de voz tan triste —se sorprendió Alain.
    —Desde hace dos horas sólo pienso en mi madre.
    —¿Qué ocurre?


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    Los ángeles

    —Está enferma. Temo que sea grave. Acaba de llamarme.
    —¿Desde Tarbes?
    —Sí.
    —¿Está sola?
    —Su hermano está con ella. Pero es aún mayor que ella. Me dan ganas de coger enseguida el coche e ir a verla, pero es imposible. Esta noche tengo un compromiso al que no puedo faltar. Un trabajito de lo más tonto. Pero mañana sí iré…
    —Es curioso. Pienso a menudo en tu madre.
    —Te gustaría. Es divertida. Ahora camina bastante mal, pero nos divertimos mucho.
    —De ella heredaste tu inclinación por bromear, ¿no?
    —Tal vez.
    —¡Qué raro!
    —¿Por qué?
    —Según lo que siempre me has contado, la imaginaba como salida de los versos de Francis Jammes. Rodeada de animales heridos y viejos campesinos. Entre burros y ángeles.
    —Sí —dijo Charles—, es así.
    Luego, al cabo de unos segundos:
    —¿Y por qué has mencionado los ángeles?
    —¿Te sorprende?
    —En mi obra de teatro… —hizo una pausa y siguió—: sabes, mi obra para marionetas no es más que una broma, una tontería, no la escribo, tan sólo la imagino, pero ¿qué hacer si no hay nada que me divierta? El caso es que en el último acto de esa obra imagino a un ángel.
    —¿Y por qué un ángel?
    —No lo sé.
    —¿Y cómo termina la obra?
    —De momento sólo sé que al final habrá un ángel.
    —¿Qué significa un ángel para ti?
    —No soy una autoridad en teología. Imagino al ángel ante todo según la frase que suele decirse cuando se quiere dar las gracias a alguien por su bondad: «Es usted un ángel». La gente se lo dice a menudo a mi madre. Por eso me he sorprendido cuando tú me has dicho que la veías acompañada de burros y ángeles. Ella es así.
    —La teología tampoco es mi fuerte. Recuerdo simplemente que unos ángeles fueron arrojados del cielo.
    —Sí. Los ángeles arrojados del cielo —repitió Charles.
    —Además, ¿qué sabemos de los ángeles? Que tienen la cintura fina…
    —En efecto, es difícil imaginarse un ángel barrigudo.
    —… y que tienen alas. Y son blancos. Blancos. Oye, Charles, si no me equivoco, el ángel no tiene sexo. Ésta tal vez sea la clave de su blancura.
    —Tal vez.
    —Y de su bondad.
    —Tal vez.
    Y, después de un silencio, siguió Alain:
    —¿Tendrá el ángel un ombligo?
    —¿Por qué?
    —Si el ángel no tiene sexo, no nació de un vientre de mujer.
    —Claro que no.
    —Así que no tiene ombligo.
    —En efecto, no tiene ombligo…
    Alain evocó a la joven que, al lado de la piscina de una residencia de verano, había tocado con el índice el ombligo de su hijo de diez años y le dijo a Charles:
    —¡Qué raro! Desde hace algún tiempo, yo tampoco dejo de imaginar a mi madre…, en todas las situaciones posibles e imposibles…
    ¡Dejémoslo ahí, amigo! Tengo que prepararme para ese jodido cóctel.

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    Cuarta parte


    Todos andan en busca del buen humor


    Calibán

    La primera profesión de Calibán, la que entonces había dado sentido a su vida, fue la de actor; llevaba esa profesión inscrita negro sobre blanco en sus papeles y es gracias a su calidad de actor sin contrato por lo que desde hace tiempo percibe el subsidio del paro. La última vez que se le había visto en un escenario encarnaba al salvaje Calibán de La tempestad de Shakespeare. Con la piel embadurnada de una pomada oscura y tocado con una peluca negra, aullaba y brincaba como un loco. Su interpretación había gustado tanto a sus amigos que decidieron llamarlo por el nombre que se la recordaba. De eso hacía ya mucho tiempo. Desde entonces, los teatros dudaron en contratarlo y su subsidio disminuyó de año en año como, de hecho, el de miles de actores, bailarines, cantantes que están en el paro.

    Fue entonces cuando Charles, que se ganaba la vida organizando cócteles para particulares, lo había contratado como camarero. Así fue como Calibán pudo ganar unas perras y, además, al seguir siendo un actor en busca de su misión perdida, vio en ello la oportunidad de poder cambiar a veces de identidad. Al tener ideas estéticas un tanto simples (¿acaso no era también simple su santo patrón, el Calibán de Shakespeare?), creía que la proeza de un actor era tanto más relevante cuanto más alejado de su vida real estuviera el personaje que interpretara. Por eso insistió en acompañar a Charles, no como francés, sino como un extranjero que sólo supiera hablar un idioma que nadie conociera a su alrededor. Cuando tuvo que adjudicarse un nuevo país de origen, eligió Pakistán, tal vez debido al color de su piel ligeramente bronceada. ¿Por qué no? Nada más fácil que elegir un país de origen. Lo difícil es inventarle una lengua.

    ¡Intenten hablar improvisando una lengua ficticia aunque sólo sea durante treinta segundos! Repetirán, turnándolas, las mismas sílabas y muy pronto se descubrirá la impostura de su bisbiseo. Inventar una lengua inexistente presupone otorgarle una credibilidad acústica; crear una fonética particular y no pronunciar una «a» o una «o» como las pronunciaría un francés; y decidir en qué sílaba de las palabras cae regularmente el acento. Se recomienda igualmente, para otorgar naturalidad a la palabra, imaginar una construcción gramatical por detrás de esos sonidos absurdos, así como detectar qué palabra es un verbo y cuál un sustantivo. Y, entre dos amigos, importa determinar el papel del segundo, o sea del francés, por tanto de Charles: aunque no sepa hablar pakistaní, debe saber al menos unas cuantas palabras para que puedan, en caso de urgencia, entenderse acerca de lo esencial sin pronunciar ni una sola palabra en francés.

    Había sido difícil, pero divertido. Por desgracia, ni siquiera la broma más encantadora escapa a la ley del envejecimiento. Aunque los dos amigos se habían divertido en los primeros cócteles, Calibán empezó pronto a sospechar que toda esa laboriosa mistificación no servía de nada, pues los invitados pronto se desinteresaban de él y, al ser su lengua incomprensible, no lo escuchaban y recurrían a simples gestos para señalarle lo que querían beber o comer. Se había convertido en un actor sin público.

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