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<TD =menu1 align=middle width="100%" height=14>El confidente </TD></TR></T></TABLE>
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<TD =titular align=left width="100%" bgColor=#ffffff height=14>SEÑORA CORRIENTE, SÚBITA MADRE `REALMENTE´ IMPORTANTE, SORPRENDIDA IN FRAGANTI COPIANDO EN UN EXAMEN DE HISTORIA
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Un día cualquiera entre el 9 y el 13 del mes en curso. Exámenes de febrero en la Universidad Nacional de Educación a Distancia, facultad de Geografía e Historia, centro de la UNED en la Plaza de Lavapies (Madrid). Una mujer bajita y fina, de mirada chispeante y pelo ensortijado, acaba de entrar en el aula dispuesta a examinarse de Historia de Grecia. Para llevar a cabo su cometido, ha pensado que sería bueno situarse junto al ventanal porque, como buena alumna de Historia, sabe muy bien que los ventanales y balcones de las aulas examinadoras han rendido servicios impagables a estudiantes ocasionales que, como ella, confían más en la buena suerte que en una concienzuda preparación.

Originaria de una familia corriente, nuestra protagonista, también por razones del azar, ha emprendido el ascenso hacia un reconocimiento social para el que sólo unos pocos son llamados. Y para acometer con las debidas garantías la escalada hacia la embriagadora cima de la distinción y la fama, la mejora de su educación y la pasión por la Historia de la Grecia clásica cobran una importancia decisiva.

El caso es que nuestra amiga entra en el aula con pie firme y ánimo decidido, dispuesta a enfrentarse a su examen con la misma profesionalidad con la que se ha enfrentado a sus numerosos pacientes en los distintos hospitales en donde ha trabajado a lo largo de sus cincuenta primaveras estupendamente bien llevadas. Ya está casi terminando de escribir, imaginando dónde colocar su flamante título de licenciada y el tono y charol que piensa darse manejando ante la buena sociedad sus entorchados académicos, cuando sucede algo imprevisto...

Porque ella no contaba con que sus dotes para la observación de ciertas reglas académicas exigen una picardía natural y una destreza en el manejo de las manos que nada tienen que ver con las artes de una buena y eficiente enfermera, pues sólo los años de vida universitaria que ella no ha tenido otorgan la capacidad para no ser sorprendida en el instante crucial. En esas estaba la osada alumna cuando fue cazada in fraganti por la vigilancia.

-Usted ha terminado ya su examen -le espetó la profesora en tono de reproche-, así que grape su chuleta en las hojas que ha escrito para que el tribunal pueda decidir si ha influido o no en el resultado de la prueba.

La alumna, acostumbrada a tratar con pacientes en estado de coma, guardó las formas propias de la enfermera aguerrida. Pero el recuerdo inmediato de su futura posición de preeminencia, ocasión única que, pasando el tiempo, podría incluso llevarla a figurar en ese espacio de honor reservado a las madres de la Historia, le decidió a interpelar a la sorprendida profesora de este modo:

-Necesito hablar con el presidente del tribunal; sepa usted que soy la madre de Letizia Ortiz Rocasolano.

A lo cual, la astuta profesora, respondió:

-Soy yo la presidenta del tribunal, abandone usted el aula... </TD></TR></T></TABLE></TD></TR></T></TABLE>