Historia. La Guerra Alemana. (1 Viewer)

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LA GUERRA ALEMANA – Nicholas Stargardt
Publicado por Rodrigo | Visto 457 veces

Con un liderazgo y un armazón ideológico como los que la impulsaron, la conflagración desencadenada por la Alemania hitleriana volvió irrelevantes los esquemas convencionales sobre la guerra, además de empequeñecer los estragos causados por la Primera Guerra Mundial. Su misma etapa inaugural contuvo varios de los ingredientes que justificarían el uso de la terminología más rotunda para su caracterización, exigiendo incluso el acuñamiento de conceptos nuevos, capaces de abarcar su extremada, anómala condición (Alemania se propuso, recordémoslo, reducir a esclavitud a Polonia, enviando escuadrones asesinos -los Einsatzgruppen- encargados de aniquilar el estamento dirigente e ilustrado de la nación polaca). Durante y después de su desarrollo, la guerra emprendida por Alemania mereció ser calificada como una guerra de supremacía racial y de exterminio, también como una guerra total y absoluta. Más tarde se impondría el concepto de “guerra genocida”. Mucho dice de su naturaleza el que Hitler y sus secuaces más cercanos la asumieran en el tramo final como un conflicto de “todo o nada”, una lucha derechamente apocalíptica. El costo que supuso para el país fue terrible, redoblado en el último año por la obstinación de su dirigencia en proseguir una guerra irremediablemente perdida. (En ese lapso prácticamente cayeron tantos soldados alemanes como los que habían perecido en los cinco años anteriores.) Huelga tener presente que las víctimas de la voluntad exterminadora del Tercer Reich se contaron por millones, y que la obsesión por la pureza racial puso a la propia nación alemana en la mira de aquel régimen homicida. Ante tamaña escala de calamidades, es lógico preguntarse por el estado de ánimo del pueblo alemán, esto es, el clima moral del frente doméstico pero también el sentir de los combatientes. ¿Qué pensaban y qué decían los alemanes corrientes sobre la guerra? ¿Qué sabían en torno a la forma que imprimían su gobierno y sus mandos militares a la contienda, especialmente en el frente europeo oriental? ¿Cómo reaccionaban ante las señales e informaciones que circulaban sobre lo que ocurría en el este, escenario de las mayores atrocidades perpetradas por el nazismo? ¿Qué opinaban respecto de un conflicto que atrajo sobre Alemania la enemistad y el formidable potencial bélico de una coalición que aglutinaba estados de otro modo irreconciliables? ¿En qué grado varió su percepción de la guerra -y del régimen- desde que la fortuna de las armas alemanas se tornó adversa? El historiador Nicholas Stargardt (Melbourne, Australia, 1962) procura responder a estas inquietudes en La guerra alemana (‘The German War: A Nation under Arms, 1939-45′), obra publicada por primera vez en 2015.

A objeto de tomar el pulso a la Alemania en armas, Stargardt (formado en Cambridge y hoy docente en Oxford) escudriña un conjunto de fuentes testimoniales, compuesto fundamentalmente por archivos epistolares y diarios personales, así como los informes de la censura militar -que controlaba la correspondencia enviada desde el frente- y los reportes que el SD elaboraba periódicamente a partir del fisgoneo de agentes e informadores insertos en la sociedad alemana (SD: el Sicherheitsdienst, Servicio de Seguridad, organismo de información y contraespionaje de las SS). Entre los testigos seleccionados por el historiador figuran al menos dos personalidades reconocibles por el gran público: el filólogo Victor Klemperer, autor de LTI: la lengua del Tercer Reich y de unos diarios que desde su publicación en 1995 han devenido un filón para los historiadores del régimen nazi; y Wilm Hosenfeld, el oficial del ejército que ayudó en Varsovia al pianista judeo-polaco Wladyslaw Szpilman (una circunstancia popularizada por la película El pianista, de Roman Polanski). La muestra seleccionada cubre un amplio espectro de la sociedad alemana, incluyendo a individuos de diversa extracción socioeconómica y diferentes niveles educacionales, representativos en grado razonable de la diversidad confesional. También es considerada la actuación de las autoridades religiosas más notorias, protestantes y católicas, tanto si guardaron silencio como si alzaron la voz (en sentido aprobatorio o encarnando posturas disidentes, como cuando algunas de ellas se manifestaron en contra del asesinato sistemático de personas discapacitadas). El estudio de Stargardt se ciñe a un esquema cronológico, progresando en paralelo a la evolución de los hechos militares: obviamente, un procedimiento funcional al designio de analizar las oscilaciones del humor y las opiniones de la población en el contexto variable de la guerra.

Entre las conclusiones que el autor extrae de su indagación destacan las relativas a la impopularidad de la guerra, un parecer mayoritario que pese a todo resultaba compatible con la idea de que se trataba en esencia de una guerra justa y que, por lo mismo, no mermó el compromiso nacional con la contienda. También sobresale lo concerniente al flujo de información sobre las campañas de exterminio y la conciencia de que en el este europeo (pero también en suelo patrio, al interior de los campos de concentración, y en menor medida en el frente occidental) ocurrían cosas de las que era peligroso hablar en público, y de que el país no estaba librando en modo alguno una guerra ortodoxa ni mucho menos “limpia”: conciencia esta que no solo se entremezclaba con la victimización de Alemania sino que contribuía a potenciarla al interpretar las acciones de la alianza enemiga como una represalia por lo obrado en contra de los judíos. El victimismo alemán, sustentado en la ilusión de una simetría moral entre vencedores y vencidos, daría fuelle al afán de sumir en el olvido los crímenes cometidos en el marco de la guerra -por alemanes y en nombre de Alemania-, propiciando una “Hora cero” que, además de enfatizar la voluntad de reconstruir un país devastado, haría las veces de borrón y cuenta nueva en la historia nacional.

Antes incluso de que la Wehrmacht se abalanzara sobre Polonia, el propio Hitler dejaba de hacerse demasiadas ilusiones con respecto al entusiasmo bélico de los alemanes, que desde el inesperado desenlace de la Gran Guerra solían abominar de los polacos, juzgando una cuestión de honor el someterlos pero no al punto de arriesgar una nueva confrontación con las potencias occidentales (que se proclamaban garantes de la seguridad del vecino oriental). El régimen debió recurrir a cuanto subterfugio estuviera a su alcance para justificar el crucial paso dado el 1 septiembre de 1939, presentándolo como una acción defensiva. Justamente, el pretexto de acometer una “guerra defensiva” cuando el asalto a la Unión Soviética supuso para Goebbels un desafío mayúsculo a sus artes propagandísticas, y la presión creció conforme se multiplicaban los adversarios y se difería el desenlace de un conflicto que adquiría proporciones globales. Los alemanes se vieron otra vez arrastrados a la pesadilla de una guerra en varios frentes, pero no siempre y no en todos los casos fue bastante como para moverlos a una resuelta disconformidad, mucho menos para engrosar las filas de una (eventual) oposición política. Antes al contrario: fuera de algunas individualidades de una u otra forma marginales (los jóvenes estudiantes de la agrupación “Rosa Blanca” o los encumbrados conspiradores de la “Operación Valquiria”), no emergería del frente interno -del seno de la sociedad germana- una disidencia capaz de amenazar la integridad del régimen nazi. Por más que la población tomara distancia de un Hitler reacio a pactar una salida airosa de la guerra, desentendiéndose de la aclamación que brindara al Führer en días venturosos (aquellos en que la Wehrmacht aplastaba a Francia y parecía a punto de poner de rodillas al Reino Unido y a la URSS), Alemania no caería de resultas de un desmoronamiento interno ni flaquearía su combatividad por un cuestionamiento masivo de la rectitud de su causa.

Aunque Hitler, en su desquiciada visión de las cosas, terminara por sentirse defraudado por el pueblo al que pretendía erigir en dominador del mundo, nada debía temer de él en cuanto al espantajo de una “puñalada por la espalda”. La nefanda leyenda pergeñada por el dueto Hindenburg-Ludendorff a fin de explicar la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial era desde antiguo una obsesión en la mentalidad del líder nazi, y tuvo un lugar destacado a la hora de inspirar la cruenta represión de los conspiradores del 20 de julio de 1944 (represión que hizo presa de muchos familiares de los involucrados); pero Stauffenberg y sus asociados eran casi todos de origen aristocrático o de la alta burguesía, dato que la maquinaria propagandística explotó con fruición. Lo cierto es que el declive de la popularidad del régimen, provocado por el cambio de tornas en la guerra, fue una circunstancia por completo inane en lo tocante al compromiso de la nación con la causa. Podía fallar el sentido de solidaridad orgánica de la nación, un principio indistinguible de conceptos como los de “comunidad del pueblo” y “comunidad de destino”, axiales en la ideología nacionalsocialista (falló cada vez que afloraron los prejuicios de clase y los antagonismos regionalistas, falló cuando había que acoger a refugiados de zonas asoladas por los bombardeos aéreos o a alemanes étnicos provenientes de la Europa oriental); pero el sentido del deber para con la patria no experimentó fisura alguna. Los señuelos con que el régimen movilizó inicialmente a la población siguieron teniéndose por válidos, y la idea de la legitimidad de la lucha resistió incólume a todo lo que hubiese podido minarla. Resistió aun a los indicios de que la mismísima conducción de la guerra por el gobierno de la nación hacía de ella una guerra criminal.

La convicción de la licitud de la causa alemana no sufrió un menoscabo sustancial por aquella otra, ligada a un motivo sobremanera caro al régimen y su arsenal propagandístico: la convicción de que los judíos eran entre las fuerzas motrices de la coalición antialemana una de las más importantes, si no la principal, y de que el calvario de los bombarderos aéreos y la amenaza creciente de la apisonadora soviética eran espoleados por el propósito de vengarse del violento trato deparado a los judíos. Aunque faltara una perspectiva de conjunto sobre la manera en que el régimen enfrentaba la llamada “cuestión judía” -muchos de los pormenores de las actividades genocidas permanecían en la bruma-, el desconocimiento que la mayoría de los alemanes adujeron al final de la guerra era por supuesto una mascarada; el temor de un ajuste de cuentas a gran escala, en parte materializado en los bombardeos anglo-estadounidenses y en la feroz arremetida del Ejército Rojo, se nutría ni más ni menos que de la mala conciencia de la población. Los prejuicios étnicos -de añeja raigambre- y la prolongada exposición a los eslóganes antisemitas de cuño nacionalsocialista tenían su parte en la creencia de que Alemania de verdad se había embarcado en una cruzada contra el peligro judeo-bolchevique, y el que estados eminentemente liberales como el Reino Unido y EE.UU. se allanaran a una alianza inimaginable con la URSS no parecía sino confirmar la idea de una pasmosa confabulación contra la nación germana… instigada sin dudas por el judaísmo internacional. Así pues, Alemania resultaba ser una víctima, y aunque así no fuera, sus padecimientos eran bastante graves como para prestar excesiva atención a otra cosa que su necesidad de sobrevivir y levantarse de las ruinas. La destrucción de Hamburgo, Nuremberg, Dresde; los desmanes de las huestes soviéticas (asesinatos, violaciones, saqueos): todo parecía prestarse para pensar que, cualesquiera fuesen los cargos imputables a Alemania, quedaban suficientemente empatados con lo sufrido por el país por obra y gracia de la coalición enemiga. El victimismo que subyacía a la equiparación de los bombardeos y el terror soviético con la matanza de judíos hallaba un oportuno apuntalamiento en la sensación de vulnerabilidad del país, incapaz -a pesar de todo su poderío y de su determinación combativa- de soportar el embate de sus antagonistas (que en última instancia eran los instrumentos del enemigo hebreo).

En opinión de Stargardt, ni el quiebre del sentido de comunidad nacional, evidente en la decepcionante respuesta a las exigencias de solidaridad, ni la sima abierta entre la población y las estructuras de poder (estado y partido), fruto de la impopularidad del régimen, autorizan a hablar de una atomización de la sociedad alemana según aumentaban las probabilidades de una derrota. En vez de una disolución de las redes sociales y una disgregación de los vínculos personales, lo que se desprende de los testimonios de la época es que el distanciamiento entre gobierno y población era contrarrestado por el reforzamiento de las comunidades locales (aldeas, regiones) y de los circuitos tradicionales de sociabilidad (a nivel familiar, profesional, religioso y vecinal). El ideal de solidaridad nacional mostraba más que nunca su carácter quimérico, producto de ensoñaciones románticas que chocaban con la realidad de una sociedad moderna, industrializada y burocratizada, una sociedad de masas cuajada de desigualdades; pero de ello no se desprende un colapso total e irreversible del tejido social constituido por las comunidades básicas, ni una desintegración de los valores e intereses supraindividuales. Por demás, el que algunos osaran cuestionar al gobierno no implicaba necesariamente una pérdida de lealtad para con el mismo, o con la nación; en medio del descalabro, una parte significativa de la población seguía apelando a las autoridades nacionales para que resolvieran sus problemas, lo que conllevaba una atribución de legitimidad para el régimen (sin olvidar que la popularidad de Hitler en particular vivió un efímero repunte a raíz del fallido atentado de julio del ’44).

En cierto sentido, puede decirse que las penurias de la guerra aproximaron a los miembros de un país que, ya consumada la derrota, debía por fuerza abocarse a la reconstrucción. Pero esto tenía su faceta sombría, la del victimismo, la de la amnesia; los alemanes optaron por ensimismarse en sus tribulaciones y en sus urgencias, relegando al olvido las complicidades y las violencias ejercidas sobre otros. A la generación de los hijos o de los nietos tocaría el dar cara al más execrable capítulo de la historia de Alemania.

- Nicholas Stargardt, La guerra alemana: Una nación en armas (1939-1945). Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2016. 800 pp.
http://www.hislibris.com/
 

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EL TERCER REICH EN GUERRA – RICHARD J. EVANS
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La historia no se repite: no habrá un Cuarto Reich: el neonazismo sigue contando con adeptos, pero en ningún lugar ha dado muestras de acercarse siquiera a poder lograr un poder político real. El legado del Tercer Reich es mucho más amplio. Se extiende mucho más allá de Alemania y Europa. El Tercer Reich pone de relieve con mayor intensidad las posibilidades y las consecuencias del odio y la destructividad humanos que existen, aunque sea sólo en su mínima expresión, dentro de cada uno de nosotros. Pone de manifiesto con terrible claridad las consecuencias potenciales en último extremo del racismo, el militarismo y el autoritarismo. Muestra lo que puede pasar si algunas personas reciben un trato menos humano que otras. Plantea con la mayor crudeza posible el dilema moral al que todos nos enfrentamos en un momento u otro de nuestras vidas, de conformidad o resistencia, de acción o inacción, en las situaciones concretas con que nos topamos. Por eso, lejos de desvanecerse, el Tercer Reich sigue despertando el interés de los pensadores de todo el mundo después de haber pasado a la historia (p. 956).


Comienzo la reseña de este libro con las últimas frases del mismo, pensando en que, es cierto, casi ochenta años después de que el NSDAP alcanzara el poder en Alemania, el Tercer Reich (nombre impropio, como comenta Evans, pues para los nazis se trataba del «Gran Reich alemán» (Grossdeutsches Reich) sigue suscitando un enorme interés. Cada año se publican decenas, quizá cientos de libros sobre el tema; las revistas académicas se nutren de miles de artículos, el público en general sigue interesándose por artículos y reportajes en revistas divulgativas. El cine sobre el nazismo nos sigue atrayendo, devoramos documentales al respecto. Una novela como Las benévolas de Jonathan Littell (2007), con su controvertido planteamiento, remarcó, por si hiciera falta, que el interés por el Reich nazi sigue muy presente en la actualidad.


Y entre los numerosos libros sobre el Tercer Reich (aceptaremos la convención del término) destaca esta novedad al mercado hispano: El Tercer Reich en guerra (1939-1945) de Richard J. Evans. Quizá sea reiterativo recordar que Evans (n. 1947) no es precisamente un recién llegado a esta temática. Profesor en diversas universidades británicas y alemanas durante muchos años, ha dedicado prácticamente toda su vida académica al estudio de la historia de Alemania. Su ingente obra daría para una amplísima reseña; no aburriré al personal, al que remito a echar un vistazo a su página web. Sí quisiera destacar que, previamente a sus libros sobre el Reich nazi, Evans ya apuntó maneras con In Hitler’s Shadow: West German Historians And The Attempt To Escape From The Nazi Past (1989), libro en el que remarcaba las conexiones entre los historiadores conservadoras de la RFA en relación con el estudio del nacionalsocialismo. Se distinguió Evans, además, en la Controversia Irving posicionándose claramente contra este historiador revisionista, en cuyo juicio por una demanda contra la historiadora estadounidense Deborah Lipstadt (a la que acusaba de denigrarle) testificó a favor de la demandada, demostrando el negacionismo de Irving en su obra; fruto de todo ello es su libro Lying About Hitler: History, Holocaust, And The David Irving Trial (2001).

Pero es sin duda su trilogía sobre el Tercer Reich la que le ha dado un enorme prestigio, iniciada en 2003 con La llegada del Tercer Reich (Península, 2005). En este primer volumen Evans narra los orígenes del NSDAP, retrotrayéndose a las décadas anteriores para examinar las bases del antisemitismo alemán y el caldo de cultivo que, durante la República de Weimar, permitió a los nazis convertirse progresivamente en un partido de masas, hasta alcanzar el poder el 30 de enero de 1933 con la designación de su líder, Adolf Hitler, como canciller del Reich por un renuente presidente, el mariscal Paul von Hindenburg. Y no sólo ello, sino que Evans analizó los primeros seis meses del mandato de Hitler, durante los cuales el sistema democrático de partidos fue destruido sistemáticamente y se pusieron las bases para la dictadura nazi que, de facto, ya existía un año antes de la muerte de Hindenburg.

En el segundo volumen de la trilogía, El Tercer Reich en el poder, 1933-1939(Península, 2007), Evans describe el régimen nazi durante los años previos al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Permitidme que cite los comentarios de David L en el foro de Hislibris, que sintetiza perfectamente este volumen y a cuyos comentarios no añadiría ni una coma más:

El libro se compone de siete capítulos, prácticamente podríamos hablar de que son pequeñas monografías sobre diversos aspectos del Tercer Reich, en donde el autor nos muestra ampliamente las características más importantes del régimen nazi. Evans no se deja ni un apartado a estudiar sobre el Tercer Reich: las fuerzas de orden público como fuerzas represoras y mantenedoras del orden nacionalsocialista; la imposición cultural como revolución más que como tradición; el intento de sometimiento de las distintas religiones existentes en el país (católicos y protestantes); la apuesta personal de Hitler por una economía basada inexcusablemente en el rearme y con un objetivo final, la guerra y la ampliación de territorios; el estudio de las distintas clases sociales en Alemania y su posición personal ante el régimen; el racismo como base de toda su obra de gobierno y como soporte ideológico; y, por último, la política internacional desarrollada por Hitler basada en la constante reclamación de territorios en la Europa Central y del Este.


En este volumen Evans ya anticipaba los orígenes del Holocausto nazi, (la arianización de la economía) como ya lo había hecho en el primer libro, con las primeras medidas contra profesionales académicos y de las profesiones liberales expulsados de sus trabajos ya en la primera mitad de 1933. Saul Friedländer, en su magistral díptico sobre el Holocausto (permitidme que me autocite), incidía:

En las experiencias de las víctimas judías desde que el 30 de enero de 1933 Paul von Hindenburg, presidente del Reich alemán, designa canciller a Adolf Hitler, el líder del partido xenófobo y extremista NSDAP. Ya en los primeras semanas después del nombramiento de Hitler, comienza la persecución de los judíos en Alemania. De este modo, El Tercer Reich y los judíos (1933-1939). Los años de la persecuciónempieza, casi in media res, con la expulsión de artistas e intelectuales de universidades, colegios, orquestas, editoriales, diarios, etc. Se inicia un proceso de persecución de médicos, abogados, científicos, periodistas, funcionarios,… judíos. Este libro sigue, de modo temático a la par que siguiendo la cronología de la primera parte del régimen nazi, los pasos que, desde el verano de 1942, se convertirá en la Shoa. Se recoge y se potencia un caldo de cultivo en la Alemania de las décadas anteriores y se vigor de ley a la diferenciación entre arios y no arios. Las Leyes de Núremberg en 1935 fijan los principios fundamentales del Estado racial nazi. Se inician las primeras campañas de esterilización y de eutanasia de lo que los nazis consideran miembros degenerados de la sociedad aria alemana. La Kristallnacht, la Noche de los Cristales Rotos (9-10 de noviembre de 1938) es el primer gran pogromo a nivel nacional… pero la violencia contra los judíos ya llevaba cinco años ejerciéndose de manera legal. Para cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, el régimen nazi ha previsto qué hacer con los judíos, aunque las fases del exterminio serán graduales y paulatinas, premeditadamente decidido años antes de que empezaran a funcionar las cámaras de gas y los crematorios en Auschwitz, Belzec, Chelmno, Sobibor, Majdanek y Treblinka.


El segundo volumen de Evans termina con la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939, punto en el que arranca este tercer volumen y del que ya es hora que digamos algo en concreto. Volumen amplio, casi mil páginas de texto, es una historia del Tercer Reich durante la guerra, y no a la inversa. Y es importante matizarlo porque Evans sitúa su interés en la Alemania y los alemanes, no en la guerra en sí, aunque, por supuesto, se narra el conflicto y su desarrollo. De hecho, hay momentos y episodios del conflicto a los que Evans da importancia —la conquista de Polonia, la exitosa campaña occidental de 1940, Barbarroja y la carrera hacia Moscú, Stalingrado, los bombardeos estratégicos sobre las ciudades alemanas desde 1943— pues imbrica en ellos las experiencias de los alemanes, recurriendo a testimonios de primera mano (diarios y cartas) de soldados y civiles, así como a los textos oficiales y los discursos de los jerifaltes nazis.

Estructurado en siete capítulos, un eje central en prácticamente todos ellos es el asesinato en masa de millones de judíos que los nazis convinieron en llamar, desde 1942, «la solución final de la cuestión judía en Europa». Pero no sólo la cuestión judía, sino la eliminación de los discapacitados físicos y psíquicos alemanes (el programa de eutanasia forzosa, la llamada Aktion T4 iniciada en 1939 y que hasta agosto de 1941, tras las protestas de la Iglesia católica y protestante, superaron con mucho una cuota establecida por Hitler en 70.000 muertos, cifra que habría, al menos, que multiplicar por cuatro. Unas matanzas eugenésicas parejas a los asesinatos en masa que el régimen comenzó a poner en práctica en la Polonia invadida en el otoño de 1939. El Tercer Reich comenzó la guerra matando y no dejaría de hacerlo hasta el final, con un Hitler aislado en su búnker y negándose a asumir ninguna responsabilidad por la guerra iniciada. Los sucesos que envolvieron la anexión de Austria al Reich o durante la llamada «Noche de los Cristales Rotos» en noviembre de 1938 fueron un ensayo. La arianización de la economía y las leyes raciales de Núremberg en 1935 habían creado el marco jurídico y «legal» para pasar a la siguiente fase.

Así, en palabras de Evans, «las políticas desarrolladas en Polonia en los meses iniciales de la guerra sirvieron de pauta para la ocupación nazi de otras partes de Europa oriental a partir de mediados de 1941: expropiaciones, deportaciones forzosas, encarcelamientos, fusilamientos en masa, asesinatos en una escala inimaginable hasta entonces. Esas políticas se aplicaron a todos los pueblos que vivían en la región excepto a los habitantes de ascendencia alemana, pero se aplicaron con particular saña a los judíos, que se vieron sometidos a humillaciones y torturas sádicas y sistemáticas, al confinamiento en guetos y al exterminio mediante gas venenoso en instalaciones creadas con esa finalidad» (p. 950). No se equivocará el lector si asume este libro, también, como una historia del Holocausto, del perfeccionamiento progresivo de un sistema de eliminación sistemática y casi «quirúrgica» de los judíos de Europa, con los campos de exterminio en Polonia como cumbre del mismo. Tres campos, Belzec, Sobibor y Treblinka, se construyeron según lo establecido en la Aktion Reinhard, en honor a Reinhard Heydrich, asesinado en junio de 1942 y promotor destacado de la Conferencia de Wannsee de enero de ese mismo año y que marcaba las pautas del Holocausto. En torno a 1,7 millones de judíos polacos fueron asesinados en estos tres campos de exterminio a finales de 1942. Para la eliminación de los judíos de resto de la Europa ocupada (Alemania, el Protectorado del Reich de Bohemia y Moravia, Eslovaquia, Francia, Bélgica, Holanda, los países escandinavos y, presumiblemente, Italia, Hungría, Rumania y Bulgaria) se destinó el campo de Auschwitz-Birkenau, que también funcionó como campo de trabajo. Aquí, junto con campos cercanos como Madjanek, la diferencia respecto a los campos de la Aktion Reinhard fue el uso casi en exclusiva del pesticida químico conocido como Zyklon-B, ya utilizado en 1939 en el marco de la Aktion T4, aunque descartado entonces. Desde marzo de 1942 llegaron los primeros trenes con deportados a Auschwitz, trasladados inmediatamente a las cámaras de gas. Durante todo el período de existencia del campo, al menos 1’1 millones de personas murieron en Auschwitz. Su comandante, Rudolf Höss, siguió metódicamente el proceso de exterminio con una meticulosidad que, en una repugnante justificación en sus memorias, aseguraba que le resultó muy difícil mantener en el marco de sus obligaciones:

Tenía que verlo todo. Hora tras hora, de día y de noche, tenía que vigilar el traslado y la incineración de los cadáveres, la extracción de los dientes, el corte del cabello, toda la actividad repugnante, interminable […] Tenía que observar por la mirilla de las cámaras de gas y observar el proceso mismo de la muerte porque los doctores querían que lo hiciera. Tenía que hacer todo esto porque yo era el único a quien todos miraban, porque debía demostrarles a todos que no me limitaba a dar las órdenes y establecer las reglas, sino que además estaba preparado para estar presente en cualquiera de las tareas que había asignado a mis subordinados (citado en p. 393).


Pero el Holocausto, remarca Evans, no se redujo a la eliminación sistemática de los judíos de Europa. «También otros grupos, sobre todo alemanes aunque en muchos casos no únicamente, fueron asesinados en gran número: enfermos mentales y discapacitados, gitanos, homosexuales, testigos de Jehová, “asociales”, pequeños delincuentes, los políticamente refractarios y los socialmente marginados» (p. 950). Añadamos a ellos los millones de prisioneros de guerra soviéticos y los centenares de miles de trabajadores forzosos de los campos de concentración de Alemania. Pero de todos ellos, sólo los judíos fueron señalados como el «enemigo mundial», el causante de la guerra mundial en 1939, como Hitler y Goebbels no cejaron de recordar en numerosos discursos radiados y en conversaciones con los dirigentes nazis, por ejemplo el 25 de octubre de 1941:

En el Reichstag vaticiné [30 de enero de 1939] a la judería que el judío desaparecerá de Europa si la guerra no se evita. Esa raza de criminales tiene sobre su conciencia los dos millones de muertos de la [Primera] guerra [Mundial], y ahora de nuevo a cientos de miles. Nadie puede decirme: ¡pero no podemos enviarlos al cenagal! Pues, ¿quién se preocupa por nuestro pueblo? Es bueno que el terror producido por nuestro exterminio de la judería nos preceda (citado en p. 313).


En su «Testamento Político», dictado a su secretaria Traudl Junge el 29 de abril de 1945, Hitler reiteraba su obsesión por la responsabilidad exclusiva de la «judería» internacional en el estallido de la guerra. Una guerra, insistía, «querida e incitada exclusivamente por aquellos hombres de Estado internacionales que o bien eran de origen judío o bien trabajaban al servicio de intereses judíos». Negándose absolutamente a asumir su propia responsabilidad, Hitler recordaba, como había hecho en muchísimas ocasiones en los últimos veinte años, «quiénes son los verdaderos culpables de este enfrentamiento homicida: ¡los judíos! Tampoco habré dejado la menor confusión de que esta vez millones de […] hombres adultos han sufrido la muerte y se ha permitido que cientos de miles de mujeres y niños sean incinerados [la cursiva es mía] y bombardeados hasta perecer en las ciudades, sin que los verdaderos culpables paguen por ello, ni siquiera por medios más humanos» (citado en pp. 911-912).

Pero la realidad, para entonces, es que a Hitler ya no le importaba el daño de los alemanes: poco después de la derrota en las Ardenas, a finales de 1944, Hitler explotó y dijo que el ejército lo había traicionado. «Sé que la guerra está perdida […]. Lo que me gustaría más que nada es pegarme un tiro en la cabeza». Y si él moría, que Alemania siguiera su ejemplo. «No capitularemos. Jamás. Tal vez sucumbamos. Pero arrastraremos a todo un mundo con nosotros» (citado en p. 855). Para cuando dos millones de soldados rusos se acercaban a Berlín, Hitler comunicó su particular «orden de Nerón»: destruir todo aquello que pudiera caer en manos del enemigo, una política de tierra quemada que no velaba por la defensa de la propia Alemania. «Es un error creer que tras volver a capturar los territorios perdidos será posible utilizar nuevamente para nuestros propios fines instalaciones intactas o sólo temporalmente paralizadas de transporte, de comunicaciones, industriales o de abastecimiento […] sólo dejaría tierra quemada tras él [el enemigo] y […] prescindiría de toda preocupación por la población» (citado en pp. 899-900).

Es decir: la Alemania aria no merecía la pena que sobreviviera a su derrota. Desde luego, Hitler no lo hizo, pero condenó a los alemanes al horror de los últimos meses. A pesar de que muchos siguieron confiando en él hasta el final. Adoctrinados por doce años de régimen exclusivista, «con la creencia de que los eslavos eran infrahumanos, los judíos, malvados, los gitanos, unos delincuentes, y los marginados y los desviados eran en el mejor de los casos una molestia, y en el peor, una amenaza. El aliento del nazismo a la violencia homicida, al robo, al saqueo y a la destrucción gratuita no dejó de notarse en el comportamiento de las tropas alemanas en Polonia, la Unión Soviética, Serbia y otras partes de Europa. Únicamente unos pocos, en su mayor parte empujados por una conciencia cristiana sólida, alzaron sus voces para expresar críticas. Con todo, la mayoría de alemanes se sentían incómodos con el asesinato en masa de los judíos y los eslavos, y culpables por estar demasiado atemorizados para hacer algo para impedirlo» (p. 951)

Siendo el Holocausto un tema de fondo en este libro, Evans también se preocupa de la sociedad alemana durante la guerra, más que de la evolución de la guerra o de las disputas de la «policracia» nazi en la esfera política. Sobre la propia sociedad alemana, Evans dedica bastantes capítulos, así como sobre el «Nuevo Orden» creado por la violencia (tal y como desarrolla ampliamente Mark Mazower en El imperio de Hitler (2008), obra que en cierto modo es complementaria del volumen de Evans. La explotación económica de los países ocupados fue una prioridad para las autoridades alemanas (junto con la «reestructuración racial de Europa», es decir, el Holocausto). No encontró Alemania facilidades en países satélites como la Francia de Pétain, la Hungría de Horthy o la Rumanía de Antonescu, e Italia fue una rémora desde 1940. La explotación económica, por otro lado, ¿benefició a Alemania como población? En una entrevista a raíz de la publicación de su libro La utopía nazi. Cómo Hitler compró a los alemanes (2006), Götz Aly afirmaba: «Hitler compró el estómago de los alemanes, su complacencia, favoreciéndolos notablemente en su bienestar económico. […] con Hitler, los alemanes vivieron muy bien. No pasaron hambre y gozaron de ventajas que les reportaron gran prosperidad económica». Evans está de acuerdo en parte, relacionándolo con la búsqueda de un control total de la economía por parte de ministros como Albert Speer desde enero de 1942. «Unida al saqueo y a la requisa de grandes cantidades de alimentos, materias primas, armas, materiales y productos industriales de los países ocupados, a la expropiación de los judíos de Europa, a la desigualdad en material de impuestos, a las relaciones arancelarias y los tipos de cambio entre el Reich y las naciones bajo su dominio, y a la compra ininterrumpida a precios ventajosos de toda clase de bienes por parte de los soldados alemanes, la movilización de la mano de obra extranjera contribuyó enormemente a la economía de guerra alemana. Probablemente una cuarta parte de los ingresos del Reich se generó por conquista, de una u otra forma» (p. 474). Ahora bien, Alemania nunca pudo competir con la fortaleza económica abrumadora de Estados Unidos, la Unión Soviética y el Imperio Británico juntos. La guerra relámpago en Polonia, el frente occidental de 1940 y los primeros meses en Rusia en 1941 se había transformado en una guerra de desgaste en 1942. Los tres países antes citados siempre produjeron más aviones, más tanques, más balas, que Alemania. Y pusieron en combate más soldados, cada vez más, mientras que Alemania sufría cada vez más bajas y no podía suplirlas al ritmo de, por ejemplo, los rusos desde Stalingrado. Por mucho que, una vez terminadas las ofensivas y contraofensivas en Kursk, el Ejército Rojo hubiera perdido 1,67 millones de soldados, entre muertos, heridos o desaparecidos en combate, por «apenas» 170.000 alemanes, Stalin sacó muchos millones más. «La incuria de Stalin y sus generales en lo relativo a las vidas de sus hombres era impresionante» (p. 620).

Ahora bien, Evans no estaría nada de acuerdo con la afirmación de Aly de que «los alemanes vivieron muy bien» (véase el capítulo «Actitudes morales alemanas»). Sintetizando, mientras la guerra fue bien, Alemania disfrutó de las ganancias en función del «Nuevo Orden» económico y político europeo, aunque con muchos matices. El racionamiento de ropa y comida comenzó al estallar la guerra. Por ejemplo, de 10,6 kilos de pan al mes para un adulto normal, 2.400 gramos de carne y 1.400 gramos de alimentos grasos incluyendo la mantequilla en septiembre de 1939, se pasó a 1.600 gramos de carne mensuales a mediados de 1941; a 9 kilos mensuales de pan, 600 gramos de cereales, 1.850 gramos de carne y 950 gramos de alimentos grasos a principios de 1943, reducidos drásticamente a 3’6 kilos de pan, 300 gramos de cereales, 550 gramos de carne y 325 gramos de alimentos grasos en abril de 1945. Lógicamente, a medida que al frente de la guerra se acercaba (y superaba) las fronteras alemanas, aumentó el racionamiento. Añadamos a ello el drama para los alemanes a raíz de los bombardeos estratégicos en la primavera y el verano de 1943. El mito de la Luftwaffe ya había quedado en entredicho en la batalla de Inglaterra de 1940. Desde 1943, los bombardeos causaron «entre 400.000 y medio millón de muertos, en su inmensa mayoría civiles, en las pequeñas y grandes ciudades alemanas» (p. 585). El resultado de todo ello fue que la moral de la población alemana menguó. «Los bombardeos extendieron el desencanto popular con respecto al Partido Nazi en mayor medida aún que las derrotas de Stalingrado y el norte de África» (también en 1943; pp. 586-587). Y aunque hasta el verano de 1944 el régimen nazi veló por mantener la moral de la población, con cine, teatro y programas de radio, promoviendo una propaganda en la que se alentaba a esforzarse por la patria, «la destrucción masiva de las ciudades pequeñas y grandes de Alemania que empezó en serio en 1943 volvió a la gente en contra del régimen nazi aun en mayor medida que la comprensión después de Stalingrado de que la guerra se había perdido. El régimen reaccionó al desencanto en el país y al declive de la moral en las fuerzas armadas intensificando al represión y el terror que siempre habían sido un elemento central de su gobierno» (p. 953).

También dio pie a la resistencia. La indignación y la vergüenza ante el trato que el régimen dispensaba a los judíos impulsaron a algunos pequeños grupos como la Orquesta Roja (Rote Kapelle) o la Rosa Blanca, rápidamente eliminados. Para Evans, sin embargo, únicamente un grupo estaba en disposición derrocar al régimen nazi: el ejército. El camino hacia la Operación Valkiria y el atentado contra Hitler del 20 de julio de 1944 se había iniciado años atrás, pero los éxitos del ejército alemán hicieron inviable cualquier intentona mientras Hitler contase con un enorme apoyo popular. La convergencia del llamado Círculo de Kreisau, un grupo poco definido de intelectuales y políticos conservadores, con algunos militares que consideraban que los crímenes nazis estaban destruyendo la posibilidad de un acuerdo de paz con los aliados cuando la guerra se estaba volviendo en contra de Alemania, fue a la postre ineficaz. El fracaso de la Operación Valkiria junto con la ausencia de una alternativa política y militar que los aliados pudieran considerar (más allá de la decisión de Roosevelt y Churchill de no pactar una paz por separado con Alemania y al margen de Stalin). Evans es taxativo al respecto:

Los que dieron apoyo al intento de golpe de Estado fueron en todo momento una pequeña minoría. Algunos altos mandos estaban sin duda influidos por el dinero que Hitler les había prodigado. A muchos oficiales los disuadía el temor de que se les culpara de la derrota de Alemania al modo de la «puñalada por la espalda» que tantos de ellos pensaban que había causado la derrota en la Primera Guerra Mundial. Más en general, las ideas de los conspiradores eran retrógradas, y pese a todos sus intentos de forjar un programa unificado, estaban profundamente divididos en muchos asuntos centrales. Como los más lúcidos entre ellos ya admitían en junio de 1944, el intento de magnicidio era más un gesto moral que un acto político. […] De haber logrado Stauffenberg matar a Hitler, el resultado más probable hubiera sido una guerra civil entre las unidades del ejército que apoyaran a los conspiradores y las que se opusieran a ellos con el respaldo de las SS. Incluso parece improbable que los conspiradores se hubieran salido con la suya: sencillamente, las fuerzas a sus órdenes no eran lo bastante fuertes ni numerosas. Los aliados no tenían la menor intención de negociar con ellos, y de hecho cuando las noticias llegaron a Londres y Nueva York no tardaron en despacharlo como una disputa sin sentido dentro de la jerarquía nazi (p. 811).


Para entonces, julio de 1944, los aliados habían creado el doble frente, tras el desembarco en la costa de Francia y la ofensiva en el este (Operación Bagration) llevó a los rusos, en apenas dos meses, a las puertas de Varsovia.

«La violencia en el núcleo del nazismo había acabado volviéndose en contra de la propia Alemania», afirma Evans en las páginas finales de su libro. El trauma la derrota y la destrucción durante la posguerra forzó el retorno a una «normalidad» que, paradójicamente, Alemania nunca tuvo en la primera mitad del siglo XX. El régimen nazi no fue «normal», como no lo fueron, tras la Primera Guerra Mundial, «la revolución, la hiperinflación, la violencia política, la depresión económica, la dictadura y la guerra nuevamente» (p. 953). La Alemania de posguerra, en concreto la Occidental, abjuró de un pasado de nacionalismo exacerbado y de conflictos sociales (obreros) que galvanizaron el movimiento nazi. La Alemania del siglo XXI no se reconoce en el espejo tras los estragos de la anterior centuria. De hecho, «ser alemán en la segunda mitad del siglo XX significaba algo muy distinto de lo que había significado en la primera mitad: significaba, entre otras cosas, ser amante de la paz, demócrata, próspero y estable», todo aquello contra lo que se había opuesto el Tercer Reich desde el 30 de enero de 1933, «y también significaba poseer una actitud crítica en relación con el pasado alemán, poseer un sentido de responsabilidad por la muerte y la destrucción ocasionadas por en nazismo, sintiendo incluso culpabilidad por ello» (p. 955).

Para terminar: Inge Molter fue una de los muchos millones de alemanes que confiaron casi hasta el final en que se alcanzaría la victoria, pero poco a poco fue consciente del legado que estaba dejando el régimen nazi. Su marido murió en la batalla final de Berlín. En una carta de junio de 1945 dirigida a quien se negaba a creer muerto, Inge escribió: «muchas veces no sé ya realmente qué pensar de todas estas cosas. A veces tengo que pensar realmente que no hubiera sido bueno que la guerra la hubiéramos ganado nosotros» (citado en p. 920).

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Día del Holocausto: el hombre que puso nombre a lo que no tenía nombre
Irene Hernández VelascoEspecial para BBC News Mundo
  • 3 horas
Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionRaphael Lemkin dedicó su vida a conseguir que el genocidio fuera considerado un crimen internacional.
Winston Churchill lo llamó en 1944 "el crimen sin nombre".

Y es que no existía un término, una palabra, para expresar la gigantesca y enorme barbarie que los nazis cometieron contra el pueblo judío, y que según los cálculos se saldó con el asesinato de seis millones de hombres, mujeres y niños, con el exterminio de dos de cada tres judíos que se contaban en Europa antes de la II Guerra Mundial.

Un estudio publicado este mismo mes de enero y liderado por Lewi Stone, profesor de Matemáticas en la Universidad de Tel Aviv, establece que sólo en agosto, septiembre y octubre de 1942 los nazis perpetraron cada mes alrededor de medio millón de asesinatos de judíos, es decir, mataron cada día a 15.000.

Y, sin embargo, no había un vocablo con el que denominar a esa matanza contra un colectivo realizada de manera sistemática e industrial, algo desconocido hasta entonces.

"Ocurrió algo sin precedentes, aterrador. Por primera vez en la sangrienta historia de la humanidad, en un Estado moderno, en el centro de un continente civilizado, se puso en marcha una decisión cuyo objetivo era localizar, registrar, marcar, aislar de su entorno, desposeer, humillar, concentrar, transportar y asesinar a cada uno de los miembros de un grupo étnico", en palabras del historiador israelí y experto en estudios sobre el Holocausto, Yehuda Bauer.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLemkin quedó impresionado ante los detalles del genocidio armenio, en el que fallecieron más de un millón y medio de personas. Hoy hay un monumento conmemorativo en la capital armenia, Ereván.
Ese "crimen sin nombre" consiguió por fin tener uno gracias al empeño y al tesón de un judío polaco.

Se llamaba Raphael Lemkin y fue él quien acuñó el término "genocidio", una palabra que creó a partir del sustantivo griego "genos" (raza, pueblo) y del sufijo latino "cide" (matar).

Así que por "genocidio", un vocablo hoy de uso común, se entiende el "exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad", según recoge el diccionario de la Real Academia Española.

Hay una fecha en la biografía de Lemkin, nacido en 1900 en la localidad de Bezwodne (entonces perteneciente al Imperio Ruso, a partir de 1919 a Polonia y desde 1945 a Bielorrusia), que marcó su vida: el 15 de marzo de 1921.

Ese día, en Berlín, un joven armenio asesinó en plena calle a Talat Pashá, quien hasta tres años antes había sido el principal dirigente turco.

Lo hizo por venganza, porque consideraba a Pashá responsable de la masacre que sufrió su aldea al haber ordenado en 1915 el exterminio de los armenios, de los que egún varias fuentes fueron aniquilados hasta 1923 alrededor de un millón y medio de ellos.

Lemkin tenía entonces 20 años, vivía a 885 kilómetros de Berlín y estudiaba Lingüística. Pero cuando arrancó el juicio por asesinato contra el joven armenio (quien, por cierto, fue absuelto) y comenzaron a salir a la luz detalles del exterminio sufrido por su pueblo a manos de los turcos, se sintió profundamente conmocionado. Tanto que decidió aparcar la Lingüística y dedicarse al Derecho.

"Me di cuenta de que el mundo debía adoptar una ley contra ese tipo de asesinatos raciales o religiosos", dejó escrito Lemkin en su autobiografía, titulada "Totalmente Extraoficial". Y a eso dedicó su vida a partir de ese momento: a tratar de conseguir que, en nombre de la justicia universal, el Derecho Internacional tipificara una ley que condenara ese tipo de asesinatos en masa.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionSólo en agosto, septiembre y octubre de 1942, los nazis perpetraron cada mes alrededor de medio millón de asesinatos de judíos.
Ya antes, con tan sólo 12 años, se había dado de bruces con el concepto de genocidio cuando leía "Quo Vadis", la novela de Henryk Sienkiewicz, especialmente al llegar al pasaje en el que los cristianos eran arrojados a los leones.

Al principio, y al no tener una palabra específica para denominar a esas matanzas, Lemkin las designaba como "crímenes de barbarie", entendiendo por tales aquellas "acciones exterminadoras" realizadas por motivos "políticos y religiosos".

"Cuando una nación es destruida, no es la carga de un barco lo que es destruido, sino una parte sustancial de la humanidad, con toda una herencia espiritual que toda la humanidad comparte", decía en el documento que preparó para presentar en la conferencia sobre Derecho Penal que en 1933 tuvo lugar en Madrid.

Pero finalmente no pudo asistir: las autoridades polacas no querían enemistarse con Hitler -quien ya en 1919 había escrito que la "cuestión judía" debía resolverse mediante la eliminación total de los judíos de Europa a través de una eficiente planificación- y le denegaron el visado para viajar a España. Y eso que para entonces Lemkin ya era un jurista de gran prestigio.

Huída de Polonia
Como judío que era las cosas en Polonia se fueron poniendo cada vez más difíciles para él, especialmente a partir de la ocupación de ese país en 1939 por parte de las tropas nazis. Pero, por suerte, ese mismo año logró escapar de ese país y del destino atroz que allí le esperaba.

Sus padres no consiguieron huir y fueron asesinados en el campo de exterminio de Auschwitz. En total Lemkin perdió a 49 familiares en el Holocausto.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionTodos los 18 condenados en Nuremberg lo fueron por crímenes contra la humanidad, no por genocidio.
Lemkin puso rumbo hacia Estados Unidos, y allí se dedicó a denunciar con voz firme y clara las brutalidades de los nazis mientras daba clases en la Universidad de Duke, en Carolina del Norte.

En 1944 publicó el libro "El poder del Eje en la Europa ocupada", en el que desgranaba todas las atrocidades cometidas por los nazis con el objetivo de exterminar al pueblo judío y donde por primera vez aparece la palabra "genocidio".

Pero "genocidio" era sólo una forma de dar nombre a lo que hasta entonces no lo tenía. La gran lucha de Lemkin se concentraba en lograr que la legislación internacional reconociera el delito de genocidio.

En busca de una ley
En los juicios de Nuremberg (los procesos que arrancaron en noviembre de 1945 en esa ciudad alemana y en los que fueron sentados en el banquillo dirigentes y colaboradores del régimen nazi) ya se empleó la palabra "genocicio" por parte de los fiscales, aunque en ninguna de las 190 páginas de la sentencia aparecía escrita.

Todos los 18 condenados en Nuremberg lo fueron por crímenes contra la humanidad, no por genocidio. "El día más negro de mi vida", aseguró Lemkin.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionGenocidios como el cometido en la localidad bosnia de Srebrenica se juzgan ahora en la Corte Internacional de Justicia, el principal órgano judicial de la ONU.
Pero un año después, en diciembre de 1946, la Asamblea General de la recién creada ONU aprobó la resolución 96, donde por primera vez en la legislación internacional se habla de "crimen de genocidio", entendiendo por tal "una negación del derecho de existencia a grupos humanos enteros, de la misma manera que el homicidio es la negación a un individuo humano del derecho a vivir".

Y concluye: "La Asamblea General afirma que el genocidio es un crimen del Derecho Internacional que el mundo civilizado condena y por el cual los autores y sus cómplices deberán ser castigados".

La Convención para la Prevención y Sanción del delito de Genocidio fue aprobada por la ONU en 1948 y, posteriormente, ratificada por cada uno de los estados miembros.

La Corte Internacional de Justicia (el principal órgano judicial de Naciones Unidas, establecido en 1945 y con sede en La Haya) se encargaría a partir de ese momento de juzgar los crímenes de genocidio.

Lemkin gastó toda su vida y todos sus ahorros en conseguir eso. De hecho, cuando a los 59 años un ataque al corazón acabó con él, se encontraba en la más absoluta miseria.

Pero había logrado su objetivo.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-46893450
 
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Josef Mengele, el temible "ángel de la muerte" nazi que murió en Sudamérica hace 40 años
André BernardoPara BBC Brasil
  • 9 febrero 2019
Derechos de autor de la imagenA. N. DE LOS DELEGADOS DE LA POLICÍA FEDERAL
Image captionRomeu Tuma descubrió la verdadera identidad de Mengele después de que las autoridades alemanas interceptaran la carta de un antiguo ayudante.
Bertioga, Estado de São Paulo, Brasil, 7 de febrero de 1979. El cabo Espedito Dias Romão se prepara para pasar el turno e ir a casa cuando atiende una llamada de emergencia. Al otro lado de la línea, alguien le avisaba de un cuerpo en la playa de la Ensenada.

Al llegar al lugar, alrededor de las cuatro de la tarde, encuentra la zona desierta. En la arena, sólo están el bañista muerto y una pareja de austríacos, Wolfram y Liselotte Bossert.

"No había nada que pudiera hacer, ya había sido rescatado del agua sin vida", recuerda Romão, hoy jubilado a los 72 años. "Por tratarse de una muerte súbita, creo que ha sido fulminante, pero no puedo garantizarlo".

La documentación presentada por Wolfram identifica al difunto como Wolfgang Gerhard, un austríaco de 54 años.

Sólo en 1985, Romão descubrirá que Gerhard era Josef Mengele: el hombre acusado de haber enviado a miles de prisioneros a la muerte en campos de concentración y de haber realizado experimentos en más de 3.000 gemelos.

El verdadero Gerhard murió el 16 de diciembre de 1978 y fue sepultado en Graz, Austria, su tierra natal. Su nombre fue uno de los muchos pseudónimos queMengele usó para vivir de incógnito después de la Segunda Guerra Mundial.

Derechos de autor de la imagenARCHIVO PERSONAL
Image captionEspedito Dias Romão descubriò despuès de seis años que el hombre que se ahogó en una playa en la que trabajaba era Josef Mengele.
La lista de nombres falsos adoptados por Mengele es extensa e incluye, entre otros: Fritz Ullmann, Helmut Gregor y Fausto Rindón.

Sólo en Brasil, fueron dos: Peter Hochbichler y Wolfgang Gerhard.

"Nuestro país nunca fue una opción para Mengele debido a la presencia de indios y negros. En América del Sur, prefería Argentina porque, como tenía muchos alemanes y simpatizantes del nazismo, se sentía en casa", explica el periodista e historiador Marcos Guterman, autor de "Nazis entre nosotros - Hitler después de la guerra" (2016).

"Mengele sólo huyó aquí porque temía ser capturado como Adolf Eichmann", completa el historiador, refiriéndose a otro criminal de guerra capturado en mayo de 1960 en Argentina y ahorcado en junio de 1962 en Israel.

El médico y el monstruo de Auschwitz
Pocos días antes de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, a los oficiales nazis sólo les quedaban tres decisiones: suicidio, prisión o intento de fuga.

El 17 de enero de 1945, cuando las tropas soviéticas estaban a 10 días de tomar Auschwitz, Mengele se decantó por la tercera opción. Bajo el pseudónimo de Fritz Ullmann, trabajó durante cuatro años en una plantación de papas en el sur de Alemania.

En junio de 1949, se fue a Argentina, donde cambió nuevamente de identidad y se convirtió en Helmut Gregor. Cuando Alemania pidió su extradición, huyó a Uruguay. En 1959, emigró a Paraguay y dos años después a Brasil.

"Mengele era de familia rica, en Argentina y Paraguay contó con la ayuda de otros exoficiales nazis, llegó a ser dueño de una farmacéutica en Argentina, de donde sacaba un buen dinero", relata Guterman.

Derechos de autor de la imagenMUSEO MEMORIAL DEL HOLOCAUSTO DE EE.UU.
Image captionCon el pseudónimo de Fritz Ullmann, Mengele (segundo de izquierda a derecha) trabajó cuatro años en una plantación de papas en el sur de Alemania.
Josef Mengele nació en Günzburg, Alemania, el 16 de marzo de 1911. Su padre, Karl, era un rico industrial del ramo de equipos agrícolas. Pero, en lugar de asumir los negocios de la familia, prefirió estudiar medicina en Fráncfort.

Formado en 1938, fue admitido en Auschwitz cinco años después como coronel médico de la SS, la tropa de élite del régimen nazi. Allí ganó el título de "El ángel de la muerte".

"Mengele fue el más sádico y cruel de todos, como si estuviera jugando a ser Dios, sellaba el destino de los prisioneros que llegaban a Auschwitz. Mientras unos eran enviados al campo de trabajos forzados, otros eran arrojados a las cámaras de gas", explica el periodista estadounidense Gerald Posner, autor de "Mengele: la historia completa" (2000).

Un tercer grupo, formado por gemelos, enanos y discapacitados, era usado como conejillos de indias de experimentos macabros en el pabellón bautizado "zoológico".

Sus investigaciones, que nada contribuyeron a la ciencia, consistían, entre otras atrocidades, en probar los límites del ser humano a temperaturas altísimas -como calderones de agua hirviendo- o inyectar cemento líquido en los úteros de las prisioneras para evaluar los efectos de la esterilización en masa.

Poesía y escuchar música clásica
En cuanto llegó a Brasil en 1961, Mengele pasó a llamarse Peter Hochbichler y fue a vivir en Nueva Europa, a 318 kilómetros de São Paulo.

Por intermedio de Wolfgang Gerhard, un simpatizante de Hitler que vivía en el país desde 1948, fue presentado al matrimonio de Geza y Gitta Stammer. Como estaban buscando a alguien para administrar su hacienda de café, decidieron contratarlo. Un año después, se mudaron a Serra Negra.

Derechos de autor de la imagenMUSEO MEMORIAL DEL HOLOCAUSTO DE EE.UU.
Image captionHijo de un rico industrial del sector de equipos agrícolas, Josef Mengele nació en Alemania el 16 de marzo de 1911.
"Era un lugar ideal para ocultarse", dice el historiador Peter Burini, autor de "El ángel de la muerte en Sierra Negra" (2013). "Como los Stammer eran húngaros, Mengele se hizo conocido en la región como Pedro Hungarés, o simplemente, 'Pedrón'".

Bajo el pretexto de observar pájaros, Mengele mandó construir una torre de unos seis metros de altura en el tejado del sitio. Con sus binoculares, pasaba horas allá arriba, vigilando a quien entraba y salía de la propiedad.

"Mengele estaba viviendo bajo una tensión constante. Estaba aterrorizado de ser capturado por agentes del Mossad, el servicio secreto de Israel", dice el periodista francés Olivier Guez, autor de "La desaparición de Josef Mengele".

Y completa: "El pavor era tal que se dejó crecer el bigote, creía que nadie lo reconocería. El problema es que, de tanto masticar los hilos del bigote, se formó una bola de pelos en el estómago que lo obligó a hacerse una cirugía".

Derechos de autor de la imagenPEDRO BURINI
Image captionEl exmédico nazi Josef Mengele vivió muchos años en América del Sur.
Paranoico, Mengele raramente salía de casa. Pasaba los días recluido, leyendo Goethe y escuchando a Strauss. Cuando necesitaba ir a la ciudad, vestía capa y sombrero. No satisfecho, iba escoltado por una manada de perros que él mismo adiestró.

La amistad con los Stammer llegó a su fin en 1975, cuando Geza descubrió que Mengele y su mujer tuvieron un amorío. Fue cuando el criminal de guerra más buscado de todos los tiempos se vio obligado a cambiar de dirección. De allí en adelante, deambuló por diversas ciudades brasileñas como Caieiras, Diadema y Embu.

Recompensa: US$3,4 millones
Su último escondite fue la residencia de los Bossert, en el barrio del Brooklin, en São Paulo. En esa época, Gerhard necesitó regresar a Austria y dejó toda su documentación con Mengele.

De salud frágil, el médico de Auschwitz se quejaba de insomnio, hipertensión y reumatismo. Por la noche, no iba a la cama sin esconder una vieja pistola Mauser, una semiautomática de origen alemán, bajo la almohada.

Tenía sentido. Por su cabeza se ofrecía una recompensa estimada en US$3,4 millones.

Derechos de autor de la imagenPEDRO BURINI
Image captionEl esqueleto de Mengele se usa desde 2016 como material didáctico en aulas de medicina forense.
En octubre de 1977, cuando vivía en la Carretera del Alvarenga, cerca de la represa Billings, Mengele recibió una visita inusitada: Rolf, su hijo. A lo largo de dos semanas, quiso oír del padre su versión sobre Auschwitz.

En una entrevista con el programa The Phil Donahue Show del 17 de junio de 1986, Rolf Jenckel, hoy abogado en Múnich, Alemania, relata que en ningún momento su padre demostró culpa o remordimiento: "No admitió que hizo nada mal. Sólo que estaba cumpliendo órdenes".

Bajo el nombre falso de Wolfgang Gerhard, el cuerpo de Mengele fue sepultado en el cementerio de Nuestra Señora del Rosario, en Embu das Artes. Probablemente estaría allí hasta hoy si, en mayo de 1985, la policía alemana no hubiese interceptado cartas de los Bossert dirigidas a Hans Sedlmeier, un antiguo trabajador de la familia Mengele.

Las autoridades alemanas avisaron a la policía brasileña que, bajo la responsabilidad del superintendente de la Policía Federal en São Paulo, el delegado Romeu Tuma, resolvió hacer búsquedas en la residencia de la pareja y descubrió toda la verdad.

Derechos de autor de la imagenREPRODUCCIÓN
Image captionCuando Mengele murió, estaba usando el pseudónimo de Gerhard.
El cuerpo de Mengele fue exhumado y sus restos mortales examinados por el equipo del forense Daniel Romero Muñoz, entonces director del sector de antropología del Instituto Médico Legal. Su muerte, en julio de 1985, fue confirmada siete años después por un examen de ADN hecho en Inglaterra.

Como el hijo nunca pidió el cuerpo del padre, su esqueleto es usado desde 2016 como material didáctico en clases de medicina forense de la universidad. Israel dio el caso por cerrado.

¿Cerrado? No para el historiador polaco naturalizado brasileño Henry Nekrycz. En "Mengele: la verdad salió" (1994), Ben Abraham, como es más conocido, sostiene que todo fue una estafa. El cuerpo enterrado en Brasil en 1985 no era del médico nazi sino de un simio.

"Puedo entender que un sobreviviente del Holocausto como Ben Abraham no se conforme con que su verdugo, Mengele, haya muerto plácidamente en una playa de São Paulo sin pagar por los crímenes que cometió. Pero el hecho es que Mengele murió y fue enterrado en São Paulo. El resto es teoría de la conspiración", advierte Guterman.

https://www.bbc.com/mundo/noticias-47170523
 

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Rescate de los judíos daneses


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Inscripción en el Memorial de la Plaza de Dinamarca, en Jerusalén
El rescate de los judíos daneses fue un hecho histórico ocurrido durante la ocupación alemana de Dinamarca durante la Segunda Guerra Mundial. El 1 de octubre de 1943 Adolf Hitler ordenó el arresto y deportación de los judíos daneses. A pesar de un gran riesgo para el pueblo, el movimiento de resistencia danés consiguió evacuar por barco a la neutral Suecia a unos 8000 judíos daneses, gracias a la colaboración de muchos ciudadanos anónimos.

El rescate permitió la salvación del Holocausto de la inmensa mayoría de la población judía de Dinamarca. Como resultado del rescate y la intercesión danesa en nombre del 5 % de los judíos que fueron deportados al campo de concentración de Theresienstadt en Bohemia, más del 99 % de ellos sobrevivió.

Índice
El 9 de abril de 1940 la Alemania nazi invadió Dinamarca y Noruega en la Operación Weserübung. El gobierno danés consideró que la resistencia armada era inviable y provocaría un elevado número de bajas y rindió el país después de algunas escaramuzas en la misma mañana de la invasión.

El gobierno de la Alemania nazi trató de presentar a la población danesa la ocupación de su país como un “acto de protección” contra los Aliados, de modo que el país conservaría su independencia política, debido además a que el gobierno danés prometió una “cooperación leal” con los ocupantes. Esta templada acogida al invasor permitió a la propaganda nazi referirse al caso danés como el de un "protectorado modelo”. El y Cristián X se mantuvo en el trono y el gobierno y parlamento daneses continuaron funcionando. Incluso la censura de prensa y radio fue administrada por autoridades danesas, a pesar de la existencia de autoridades de ocupación civiles y militares alemanas.

Los funcionarios daneses insistieron a los nazis durante los primeros años de ocupación en que no existía un “problema judío” en Dinamarca. A pesar de ello los alemanes se dieron cuenta de que la cuestión judía podría enturbiar las relaciones entre ambas naciones, con consecuencias económicas y políticas para Alemania. La agricultura danesa era una gran proveedora del Reich, suministrándole mantequilla y carne para 3.6 millones de personas en 1942. Por ello cuando el gobierno alemán recomendó el establecimiento de medidas antisemitas en Dinamarca se evitó en principio tratar el futuro de los judíos daneses por parte de dirigentes como Werner Best.

Sin embargo tras la visita del ministro danés de Exteriores Erik Scavenius a Berlín a finales de 1941 las autoridades teutonas, incluyendo a Hermann Göring urgieron a los daneses a “no evitar la cuestión judía”. Un periódico antisemita danés usó dichas declaraciones para azuzar contra la comunidad judía danesa. Poco después un grupo atentó con bombas incendiarias y armas automáticas en la Gran Sinagoga de Copenhague. El Estado danés respondió con firmeza imponiendo duras multas y condenas de prisión a los editores de la publicación y los supuestos pirómanos. Las autoridades alemanas interpretaron el castigo danés a los crímenes antisemitas como una señal de que no serían bien recibidas medidas contra la comunidad judía en un futuro.

Tras la derrota del Reich en Stalingrado (actual Volgogrado) y el norte de África, en el verano de 1943 los daneses pensaron que en poco tiempo se produciría un desenlace que les permitiría liberarse del yugo alemán. El incipiente movimiento de resistencia danés cada vez adquiría más fuerza incrementándose las acciones de sabotaje, huelgas generales e insurrecciones contra los ocupantes alemanes. Los alemanes presionaron a las autoridades danesas preocupados por el despertar de las protestas, presentándoles un ultimátum el 28 de agosto de 1943 para que prohibieran las protestas. Pretendían que el gobierno danés decretara asimismo el toque de queda y castigara los sabotajes con la pena capital.

El gobierno danés entendió este ultimátum como una violación de su soberanía nacional y declaró el estado de emergencia. Los alemanes tomaron entonces como,rehenes a unos 100 daneses prominentes, incluyendo 13 judíos entre los que se encontraba Max Friediger, máxima autoridad religiosa de los judíos del país. Como respuesta a estas acciones el gobierno danés dimitió el 29 de agosto de 1943. A partir de entonces las autoridades alemanas controlaron directamente el país, perdiendo la comunidad hebrea la protección que las anteriores autoridades locales le habían brindado.

Perdida la protección del gobierno danés, las autoridades de ocupación iniciaron los trámites para la deportación de 8000 judíos del país a campos de concentración nazis. El 28 de septiembre de 1943 el diplomático alemán Georg Ferdinand Duckwitz reveló a Hans Hedtoft, portavoz del Partido Socialdemócrata Danés los planes de dicha operación. Antes de ello había tratado de lograr un acuerdo con Suecia para evacuar por barco a toda la población judía danesa. Las autoridades suecas, temerosas de entrar en conflicto con Alemania, sólo aceptarían los judíos si la operación era aprobada por los nazis.

Hedtoft contactó con el Movimiento de Resistencia Danés y la cabeza de la comunidad judía, C.B. Henriques, quien alertó al rabino mayor en funciones de la comunidad, Marcus Melchior, puesto que Max Friediger permanecía como rehén de las nuevas autoridades alemanas desde el 29 de agosto. El 29 de septiembre todos los judíos del país fueron alertados de los planes nazis durante los servicios religiosos de la mañana en la víspera de la celebración del año nuevo judío (Rosh Hashaná).

Las primeros compases del rescate fueron improvisados. Cuando los funcionarios daneses de distintos niveles supieron de las intenciones alemanas adoptaron de forma individual diversas medidas para ocultar a los judíos. Muchos simplemente telefonearon a sus amigos y les pidieron que avisaran a sus conocidos hebreos para que se escondiesen. La mayoría se ocultó durante varias semanas, temerosos de su destino.

Aunque la mayoría de la población judía de Dinamarca estaba oculta, podrían ser detenidos si no se les aseguraba una evacuación segura a Suecia. Durante los primeros compases de la Segunda Guerra Mundial, Suecia había dado refugio a muchos judíos noruegos salvándolos de los campos de concentración.

Afortunadamente el físico danés Niels Bohr fue un apoyo fundamental para sus compatriotas. Había partido a Suecia, cuyas autoridades tenían las órdenes de enviarlo a los Estados Unidos sin retraso para trabajar en el ultrasecreto Proyecto Manhattan. Cuando Bohr alcanzó la costa de Suecia le dijeron que debía tomar un avión que le llevaría inmediatamente a América, si bien lo rechazó. Comunicó a las autoridades suecas y probablemente al rey Gustavo VI Adolfo que hasta que no anunciasen por radio su disposición a acoger a abrir sus fronteras y acoger a los judíos daneses él no iría a ninguna parte. Bohr dio cuenta de estas gestiones por escrito.

Como relata el historiador Richard Rhodes, el 30 de septiembre de 1943 Bohr persuadió al rey Gustavo VI Adolfo para hacer pública su voluntad de ofrecer asilo, y el 2 de octubre del mismo año la radio sueca emitió la declaración pública de la nación a este respecto. Los historiadores están divididos respecto de la importancia de las gestiones diplomáticas de Bohr en Suecia: algunos arguyen que estando entre los rescatados no pudo haber jugado ningún papel en facilitar el rescate masivo, sin embargo Richard Rhodes y otros historiadores interpretan que las gestiones de Bohr en Suecia fueron fundamentales para que pudiera tener lugar el rescate masivo de judíos. Independientemente de cuál sea la hipótesis correcta no hay dudas de que hizo todo cuanto pudo por sus compatriotas.

Los judíos eran evacuados de Dinamarca cruzando el estrecho de Øresund desde la isla de Selandia mediante distintas rutas dependiendo del tiempo, tardando de media menos de una hora en un mar encrespado y ventoso, como anotó Preben Munch-Nielsen en una entrevista con el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (USHMM). Algunos eran trasportados en grandes barcos pesqueros de más de 20 toneladas, pero otros fueron evacuados en pequeños botes e incluso kayaks. El velero Albatros fue uno de los barcos usados para este fin.

Algunos refugiados judíos se ocultaron en coches embarcados en los ferries de línea regular que hacían el viaje entre Dinamarca y Suecia. Este fue precisamente el método más utilizado por los más jóvenes o aquellos que por su edad eran demasiado débiles para resistir un trayecto más duro a través del mar. La resistencia abría el metro, irrumpía dentro de coches de carga sellados por los alemanes después de la inspección, ayudaba a los refugiados a entrar en los coches, y después volvía a sellar los coches con sellos falsificados o robados para evitar futuras inspecciones.

Algunos pescadores trasladaron a los judíos por dinero a Suecia. Otros sólo aceptaban el pago de aquellos que podían permitírselo La resistencia danesa tuvo un papel activo organizando y financiando el rescate gracias en buena medida a millonarias donaciones de algunos empresarios daneses.

En los primeros días de la evacuación los judíos se trasladaron a puertos pesqueros de la costa danesa, hasta que la Gestapo empezó a sospechar de la intensa actividad alrededor de los mismos. En la noche del 6 de octubre 80 judíos fueron detenidos ocultos en una iglesia de Gilleleje. Una danesa enamorada de un soldado alemán los había delatado. Las siguientes evacuaciones hubieron de producirse en lugares aislados a lo largo del litoral danés. Mientras esperaban a ser evacuados los judíos se refugiaron en los bosques apartados de la costa, lejos de la mirada de la Gestapo.

Algunos de los refugiados nunca alcanzaron Suecia. Unos pocos se suicidaron, otros fueron capturados por la Gestapo cuando se dirigían a su lugar de embarque, otros naufragaron en el mar Báltico en botes mal equipados para la navegación o fueron interceptados por patrulleras alemanas. La policía portuaria danesa frecuentemente cooperaba con las fugas. En los primeros días de vigencia de la orden de deportación la Gestapo estaba desbordada y se requirió al Ejército y la Armada alemanes para que interviniesen. Quizá debido a que estaban ocupados en tareas de guerra más importantes no se mostraron muy dispuestos a intervenir y frecuentemente hacían la vista gorda ante los que huían.

La orden de deportación fue puesta en práctica en Copenhague en la noche del 1 al 2 de octubre, el año nuevo judío (Rosh Hashaná). De este modo los alemanes querían asegurarse de que se encontrarían en sus domicilios. La persecución corrió a cargo de las SS, dos batallones de policía y 50 voluntarios daneses de las SS naturales de la capital y la zona septentrional de la isla de Selandia. Las SS se agruparon en equipos de 5 hombres, cada uno de los cuales contaba con un danés, un vehículo y un listado de 5 direcciones.

La mayoría de estos equipos no encontró a ningún judío, aunque uno de ellos encontró cuatro en las cinco direcciones que se les dieron. Rechazaron un soborno de 15 000 coronas y destruyeron el dinero ofrecido. A los judíos arrestados se les permitió llevar sábanas, comida para 3 o 4 días y una pequeña maleta. Fueron evacuados a través del puerto de Langelinie, donde dos grandes barcos los esperaban. Algunos de los miembros de las SS danesas pensaban que los judíos serían enviados a Danzig.

El 2 de octubre comunistas daneses detenidos presenciaron la deportación por barco de 200 judíos desde Langelinie a Wartheland. De estos una pareja joven convenció a los alemanes de su no ascendencia judía y fueron liberados. El resto incluía madres con niños, enfermos y mayores, así como el rabino mayor Max Friediger y los otros 12 rehenes judíos antes mencionados, que habían sido encarcelados en el campo danés de Horseroed, entre el 28 y 29 de agosto. Fueron conducidos bajo el puente sin su equipaje mientras les gritaban, pateaban y golpeaban. Los alemanes cogieron todos los objetos de valor de su equipaje.

Su desembarco al día siguiente en Swinemunde fue todavía más cruel, aunque no se produjeron bajas. Allí se les dividió en dos grupos, y fueron conducidos a dos transportes de ganado, aproximadamente un centenar por transporte. Durante la noche, aún encerrados en los transportes de ganado, una madre judía gritó que su hijo había muerto. En comparación, a los comunistas daneses se los transportaba en vehículos de "sólo" cincuenta personas. De cualquier forma, pronto empezaron a sufrir por el calor, la sed y la falta de ventilación. Más adelante, el 5 de octubre, poco antes de ser desembarcados en Danzig (actual Gdansk), recibieron agua (sucia) por primera vez desde que abandonaron Copenhague.

Sólo 450 judíos daneses fueron capturados por las autoridades alemanas, la mayoría de los cuales fueron enviados al campo de concentración de Theresienstadt, en la actual República Checa. Tras la deportación destacadas autoridades danesas persuadieron a los alemanes para aceptar envíos de comida y medicina a los prisioneros. Además Dinamarca persuadió a los alemanes para que no deportasen a los judíos daneses a los campos de exterminio.

Esto se logró mediante la presión política, usando a la Cruz Roja Danesa para comprobar con frecuencia las condiciones en que se encontraban los judíos daneses en Theresienstadt. Algunos de los 51 judíos de mayor edad que allí se encontraban murieron hasta que en abril de 1945, con el cercano final de la guerra, los alrededor de 400 judíos supervivientes fueron entregados al conde de Wisborg, Folke Bernadotte, jefe de la Cruz Roja Sueca. Las bajas entre los judíos daneses durante el Holocausto fueron de las más bajas entre las naciones ocupadas de Europa.

Yad Vashem ha registrado asimismo el caso de 102 judíos daneses que murieron en el Holocausto.

Hay un mito popular que se refiere al momento en que supuestamente los nazis ordenaron a los judíos daneses identificar su condición con un brazalete con la estrella de Davidpintada en amarillo. A diferencia de lo que sucedió en los Países Bajos esta orden jamás se dio en este caso. Algunas versiones de esta leyenda indican que el rey Cristián Xoptó por lucir esta estrella, siguiendo el pueblo danés su ejemplo como manera de inutilizar la orden alemana.

El mito parece haber surgido en un moderno cómic publicado en un diario sueco. Dicho cómic mostraba al rey danés asegurando al primer ministro que si se imponía dicha orden "todos llevaremos estrellas amarillas".

Un estudio reciente muestra sin embargo que la extensión del mito no fue debida al cómic, sino que se originó en las oficinas de la Asociación Nacional Danesa-Americana(NADA, por sus siglas en inglés) en donde un grupo de daneses trabajaban en una unidad propagandística denominada "Friends of Danish Freedom and Democracy", que publicaba una revista llamada The Danish Listening Post. Este grupo contrató a Edward L. Bernays, "The father of Public Relation and Spin" como asesor. Aunque mucha gente lo desconoce Bernays fue el inventor de la historia sobre el rey y la estrella amarilla.

Los hechos desmienten la leyenda. Aunque las autoridades danesas cooperaron con las fuerzas de ocupación, se opusieron sin embargo (con el apoyo de la mayoría de la población danesa) al aislamiento de cualquier grupo de población, en especial la comunidad judía que se encontraba bien integrada. La decisión de deportar a los judíos daneses chocó con la oposición de la Iglesia y todas las fuerzas políticas -salvo el títere Partido Nacional Socialista Danés de los Trabajadores (DNSAP)-, que inmediatamente denunciaron la acción y llamaron a la solidaridad con los compatriotas judíos. Por primera vez todas estas fuerzas se opusieron abiertamente a la ocupación. Los obispos daneses se pusieron de acuerdo en una carta pastoral dirigida a todos los ciudadanos. La carta fue distribuida entre todos los sacerdotes daneses para ser leída en las iglesias al siguiente domingo. Se trataba en sí misma de una decisión bastante polémica, puesto que la iglesia danesa es una institución descentralizada y apolítica que carece de un liderazgo central.

El fallido intento de deportación alemán y las acciones que desde todos los estratos sociales se tomaron para salvar al mayor número de judíos posible catalizaron el cada vez mayor movimiento de resistencia anti-nazi en Dinamarca. El rescate de los judíos en octubre de 1943 marcó un cambio fundamental en la percepción de la ocupación por parte de la mayoría de la población danesa, dando una base en la psique individual del pueblo danés para asentar este mito.

Pocos días después de iniciarse la persecución, una pequeña noticia en el New York Daily News informó del mito sobre la supuesta decisión del rey danés de llevar la estrella de David. La leyenda ganó popularidad al ser mencionada en la novela Éxodo de Leon Uris y su subsiguiente adaptación cinematográfica, si bien todos los historiadores actuales coinciden en que es falsa.

El Movimiento de Resistencia Danesa, como un esfuerzo colectivo más allá de sus miembros, ha sido galardonado en Yad Vashem (Israel) como merecedor de la mención "Justo entre las Naciones".12 También se galardonó a algunos daneses que no formaban parte del movimiento oficial de resistencia y a Georg Ferdinand Duckwitz.3



El Movimiento de Resistencia Danesa, como un esfuerzo colectivo más allá de sus miembros, ha sido galardonado en Yad Vashem (Israel) como merecedor de la mención "Justo entre las Naciones".12 También se galardonó a algunos daneses que no formaban parte del movimiento oficial de resistencia y a Georg Ferdinand Duckwitz.3


El 29 de septiembre de 1943, un rabino danés interrumpió el servicio matinal en la sinagoga de Krystalgade en Copenhague y dijo: "No tenemos tiempo para continuar con las oraciones".

"Tenemos noticias de que este viernes por la noche, la noche entre el 1 y el 2 de octubre, la Gestapo vendrá y arrestará a todos los judíos daneses. Tienen una lista de direcciones y vendrán a la casa de cada judío y nos llevarán a todos a dos grandes barcos que esperan en el puerto de Copenhague y a los campamentos en el continente", advirtió Marcus Melchior.

"Hay dos cosas que deben hacer", dijo además el rabino.

"Número uno, mantenerse alejados de sus hogares el viernes por la noche. No sabemos lo que sucederá después, pero el viernes por la noche no estén en sus casas".

"Número dos, transmitan esta noticia a todos sus amigos, familiares, a quien puedan, para que también sepan que deben irse de la casa para el viernes".

Y los días que siguieron marcaron una de las historias de resistencia más notables de la Segunda Guerra Mundial.

Derechos de autor de la imagenGETTY IMAGES
Image captionLa gran mayoría de los judíos de Dinamarca lograron escapar hacia Suecia, con la ayuda de la población civil.
Bajo las órdenes de Hitler, los judíos de Dinamarca debían ser deportados el 1 de octubre de 1943.

Pero en el transcurso de unas pocas semanas, una red subterránea que contó con la ayuda de la población no judía del país logró que casi 8.000 personas fueran trasladas en pequeñas embarcaciones hasta la neutral Suecia, donde estaban fuera de peligro.

"Hicimos lo que hicimos"
La fotógrafa Judy Glickman Lauder ha contado esa historia a través de una serie de retratos que muestran a los sobrevivientes judíos y a sus rescatistas.

Su libro, "Más allá de las sombras: El Holocausto y la excepción danesa" (publicado por Aperture), conmemora el 75 aniversario de ese rescate.

Derechos de autor de la imagenJUDY GLICKMAN LAUDER
Image captionKaren Lykke Poulsen organizó las operaciones de rescate y coordinó la huída de cientos de judíos
Durante los últimos 30 años Glickman Lauder también ha fotografiado los sitios de los campos de exterminio nazis, como la famosa Auschwitz.

Yalgunas de esas imágenes aparecen en "Más allá de las sombras", pero el libro también ofrece algo redentor y esperanzador.

"El estudioso del Holocausto Raul Hilberg observó que la vida bajo el régimen nazi redujo a todos a una de tres categorías: perpetrador, víctima o espectador", escribe Glickman Lauder en su libro.

"Pero hubo excepciones a la regla de Hilberg: excepciones pequeñas pero importantes de personas y comunidades que no fueron ni perpetradores ni víctimas, y que se negaron a ser espectadores", afirma.

Derechos de autor de la imagenJUDY GLICKMAN LAUDER
Image captionEl puerto de Gilleleje, donde el mar entre Dinamarca y Suecia se reduce a unos pocos kilómetros.
"Tuve la oportunidad de conocer, entrevistar y fotografiar a líderes de la Resistencia Danesa, a rescatistas y a sobrevivientes judíos. Estas personas extraordinarias compartieron sus experiencias individuales y me llevaron a los sitios donde se habían desarrollado los eventos de 1943", relata la fotógrafa.

"Muchos no podían entender por qué quería hacer sus retratos. 'Hicimos lo que hicimos', me dijeron, como si fuera algo obvio. Perola realidad es que pocos otros lo hicieron", cuenta.

Y en un ensayo que acompaña a las fotografías, Judith Goldstein argumenta que junto a una historia de violencia "hay otra historia igualmente importante que está siendo explorada: la de la resistencia, la resiliencia y la protección de las minorías asediadas por parte de individuos valientes, comunidades y, en muy pocos casos, de naciones mismas".

Movimiento de base
"En la noche del 1 y 2 de octubre se llevó a cabo la redada alemana", recuerda Bent, el hijo de Melchior, en "Más allá de las sombras".

"De los aproximadamente 8.000 judíos que había en Dinamarca, los alemanes encontraron solo a unos 200 en sus hogares. Algunos de ellos habían oído la noticia pero se negaron a creerla. A otros no llegamos a avisarles", cuenta.

Derechos de autor de la imagenJUDY GLICKMAN LAUDER
Image captionBent Melchior tenía 14 años cuando se vio obligado a esconderse con su familia. Se convirtió en el principal rabino de Dinamarca cuando su padre murió, en 1969.
"Todos los demás estaban dispersos entre casas privadas, hospitales o donde podían esconderse", continúa el hijo del rabino.

"Nadie estaba preparado para esto, nada se había organizado de antemano, y fue realmente un movimiento de base de personas que tomaron el asunto en sus propias manos y se encargaron de mantenernos alejados de los alemanes", destaca.

"Fuimos a la estación de Pårup [la última parada antes de Gilleleje] para buscar a las personas -que llenaban por completo el tren- y distribuirlas entre las grandes granjas", cuenta Jens Møller en el libro.

"Pero eran tantos que no había suficiente espacio. Llevamos a una pareja de ancianos y a una pareja joven que tenían bebés gemelos a nuestra casa, y a algunos a la del carpintero", recuerda.

Derechos de autor de la imagenJUDY GLICKMAN LAUDER
Image captionJens Møller fue uno de los muchos daneses que ayudó a la población judía de Dinamarca a escapar a Suecia.
"Los vecinos trajeron pan y mantequilla. Se quedaron durante tres días", continúa Møller.

"Y yo iba y venía al puerto para ver cuándo habría espacio para que ellos cruzaran".

Como resalta Glinkman Lauder, "Dinamarca fueel único país de Europa occidentalocupado por la Alemania nazi que pudo salvar a su población judía".

"Mientras que el mal y el miedo se apoderaron de la mayor parte de Europa, el pueblo danés conservó su humanidad y rescató a los que corrían un gran peligro", dice.

Derechos de autor de la imagenJUDY GLICKMAN LAUDER
Image captionHerbert Pundik es ex editor del periódico danés Politiken y autor del libro "En Dinamarca no podía pasar: el vuelo de los judíos a Suecia en 1943"
Herbert Pundik tenía 16 años cuando su familia huyó a Suecia.

"Dos incidentes sobresalen de los recuerdos caóticos de aquellos días que pasamos con miedo y angustia tratando de encontrar una ruta de escape a Suecia", relata.

"Uno se relaciona con mi padre: estábamos corriendo por un bosque oscuro. Mi padre tropezó y cayó al suelo".

"Y la caída de mi padre, que hasta entonces había sido la figura protectora y cabeza de familia, de pronto evidenció nuestra vulnerabilidad, miedo y pérdida de control. Solo en ese momento, en el bosque oscuro, me di cuenta de lo peligrosa que era nuestra situación".

Derechos de autor de la imagenJUDY GLICKMAN LAUDER
Image captionMientras esperaban escapar de Dinamarca muchos judíos se escondieron en bosques como este, cerca de Elsinore, donde eran buscados por patrullas alemanas.
"El segundo incidente: estábamos a bordo del barco de pescadores dejando la costa de Dinamarca, en camino a través del estrecho hostil hacia la seguridad en Suecia", continúa Pundik.

"Me di vuelta para echar un vistazo a Dinamarca. A la luz de la madrugada vi a la esposa del pescador y al hombre y la mujer que nos habían ofrecido protección mientras esperábamos para escapar, arrodillados en la arena, con las manos juntas y elevadas hacia el cielo, en una oración silenciosa".

Símbolo de esperanza
Los retratos de Glickman Lauder nos recuerdan un momento en el que la gente común se puso en riesgo para ayudar a los demás.

"Aunque la historia danesa es pequeña en términos de números -ya que los afectados fueron una pequeña fracción de todos los perseguidos por los nazis-, tiene una dimensión enorme", afirma.

"Es la historia de una población que demostró que era posible hacer algo y que se negó a ver a una minoría como 'los otros'", sostiene la fotógrafa.

Derechos de autor de la imagenAFP
Image captionEn 2013 Dinamarca y Suecia conmemoraron el 70 aniversario del histórico rescate de los judíos daneses con una instalación de luces en ambas orillas.
Glickman Lauder destaca además que eso "ocurrió en todos los niveles de la sociedad danesa: desde los pescadores que llevaron a los judíos hasta la seguridad en Suecia al abrigo de la oscuridad, hasta el reyChristian X, quien visitó la sinagoga Krystalgade de Copenhague en un acto de solidaridad y se negó a ser cómplice de la persecución nazi de los judíos", destaca.

En esos tiempos, uno subía a la cima de la humanidad simplemente permaneciendo humano", escribió alguna vez el fallecido Premio Nobel y sobreviviente del Holocausto, Elie Wiesel.

Y para Glickman Lauder, ese es el verdadero poder de estas imágenes. "Para mí el pueblo danés simbolizó la esperanza, una fuerza bondadosa en un mundo enloquecido".
 

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Mi abuelo era nazi: por eso tengo claro por qué necesitamos a la Unión Europea


Desde la Segunda Guerra Mundial, tres generaciones de alemanes han vivido en una paz que se da por sentada

Matthias Bergmann - Hamburgo
23/02/2019 - 20:57h

Adolf Hitler en 1931, a la salida de la sede del partido Nazi en Munich (Alemania). FLICKR

'Si el Führer lo supiera': así sería el mundo pseudocientífico dominado por los nazis
Hasta el día de su muerte, a principios de los noventa, mi abuelo fue un nazi convencido. La mayoría de sus hermanos mayores murieron de golpe una noche de la Primera Guerra Mundial, durante la batalla de Hartmannsweilerkopf y él pasó la mayor parte de los años veinte sin empleo, en una Alemania de entreguerras terriblemente traumatizada y caracterizada por los delirios de grandeza y el odio hacia los extranjeros, los judíos y la democracia.

Mi abuelo se afilió muy pronto al partido nazi. En 1940 se ofreció voluntario para luchar y llegó a sargento mayor de la Wehrmacht. En el frente oriental dirigió una unidad de lucha contra la insurgencia y participó en la toma de Kiev. Creemos que participó en la masacre de Babi Yar de septiembre de 1941, durante la que más de 33.000 judíos de Kiev fueron asesinados a tiros.

Mi abuelo siempre despotricó contra los judíos, los franceses y la pérfida Albion. Nunca volvió a salir de Alemania. Se ponía muy nervioso cada vez que estaba cerca de la frontera.

Por el otro lado, mi abuelo materno fue un maestro de Duisburg. Cuando le tocó ir a la guerra dejó en casa su cámara, su biblioteca, su esposa, sus dos hijos y toda esperanza de sobrevivir. Pasó tres años en el frente oriental. Sobrevivió, pero nunca volvió a interpretar música ni a sacar fotos. Era un hombre roto. Mi abuela pasó en Duisburg toda la guerra. En tres ocasiones, su casa recibió el impacto directo de las bombas. Hasta que falleció, el sonido de una sirena le hacía entrar en pánico.

Mi padre nació en 1944. Creció en un hogar nazi de posguerra pero comenzó pronto a leer y se unió a los Boy Scouts. Descubrió los derechos civiles y las ideas de la democracia y se convirtió en un socialdemócrata acérrimo, al que exasperaba cualquier cosa mínimamente de derechas. Mi madre nació en 1947 y le conoció en 1968 en la universidad. En una Alemania Occidental todavía marcada por la gran cantidad de nazis no arrepentidos, la participación en protestas antinazis fue la experiencia política definitoria de la pareja. Construyeron un hogar compuesto por cinco niños, lleno de música, libros, arte y el claro entendimiento de que ser alemán venía con la responsabilidad de ser prudentes con la política.

Durante mi infancia fui evacuado cuatro veces por bombas de la Segunda Guerra Mundial que no llegaron a estallar. De adulto, me volvió a ocurrir en otras dos ocasiones. En nuestros años escolares visitábamos Verdun [donde tuvo lugar una de las batallas más terribles de la Primera Guerra Mundial] y el campo de concentración de Bergen-Belsen. Además de Goethe, Schiller y Mann, leíamos 'El diario de Ana Frank' y 'El Sistema de los Campos de Concentración alemanes', de Eugen Kogon. Algunas veces pensábamos que nuestros maestros exageraban con su insistencia sobre el Tercer Reich.

En 1989 mis padres nos despertaron a todos para ver la retransmisión de la caída del Muro de Berlín. Sentados frente a la tele, tomamos nuestra primera copa de champán y vimos llorar a nuestros padres. Ese era el día en que la Segunda Guerra Mundial terminaba de verdad, me dijo mi padre. Y que nuestros amigos europeos lo habían hecho posible.

Tanto a mi como a mis cuatro hermanos nos enviaron al extranjero en muchas ocasiones. Aprendimos idiomas y siempre nos animaban a viajar por todas partes. Mi mejor amiga es una judía de Manhattan que vive en Noruega. Cada vez que voy a verla disfruto pensando en mi abuelo revolviéndose en su tumba.

Una Europa unida es nuestro legado. La Unión Europea no es un proyecto económico sino la defensora de la paz y la prosperidad en el continente. Si bien es cierto que la OTAN se encargó de asegurar que no hubiera conflictos en Europa Occidental, ha sido la UE, también en sus formas pasadas, la que ha construido la paz. Y lo ha hecho integrando, en una pacífica alianza de culturas, a naciones ligadas por unos valores y futuro en común.

Un país marcado por la identidad nacional
La imagen de mi padre jugando con mi sobrino me hace pensar en las tres generaciones consecutivas de alemanes que, por primera vez, han vivido una paz ininterrumpida. Nunca había pasado algo así. Quien quiera que haga peligrar esa estabilidad se va encontrar con una resistencia.

La diferencia más notable entre las experiencias formativas de mi abuelo y mi padre reside en la narración en torno a sus identidades nacionales. Para el primero, fue un relato de nacionalismo revanchista y autocompasivo, basado en el mito de la "puñalada trapera", que absolvía de responsabilidad por sus actos a los dirigentes y a toda la nación. La narración con la que creció mi padre fue de un realismo que había costado conseguir, basada en el reconocimiento de los crímenes y en la aceptación de la responsabilidad, con el liberalismo y la democracia como núcleo de la identidad.

Esa identidad nacional moderna no es un complejo de culpabilidad sino el entendimiento de que identificarse como alemán requiere reconocer nuestra historia en su integridad. Identificarse sacando pecho con las victorias en el Mundial de Fútbol no sirve si no somos también cuidadosos en tener presente nuestro belicismo histórico. Asimismo, sentir responsabilidad por esos crímenes sólo tiene sentido cuando se combina con una orgullosa identificación con logros como el de la participación de Alemania en la formación de la Unión Europea.

La UE de hoy es la culminación de décadas de paz y de integración política. Lejos de ser perfecta, sigue siendo la única forma de integración internacional y democrática exitosa. En un mundo globalizado, otorga un grado incomparable de libertad y estabilidad a sus ciudadanos y refuerza a los Estados nación con el respaldo económico y político de sus miembros.

En los últimos años, una ola de partidos de extrema derecha ha irrumpido en la política de los Estados miembro, desde los Demócratas Suecos hasta la AfD de Alemania o el Frente Nacional de Francia. Ahora es cuando empiezo a pensar que el interés de nuestros profesores en hablarnos del Tercer Reich tal vez no era tan exagerado.

Combinada con décadas de una retórica antieuropea a la que casi nadie hizo frente, esta oleada de la extrema derecha ha sido determinante en el Brexit del Reino Unido. Un debate del Brexit no fundamentado en hechos (por no decir contrario a los hechos), con los extremistas aumentando y los moderados sin lograr nada, representa un aterrador paralelismo con la infructuosa lucha que libró la República de Weimar contra el extremismo.

No es la única lección. El Brexit también exige de la Unión Europea que se proteja a sí misma y a los Estados miembro de los riesgos que puedan correr sus instituciones y procesos políticos. Poner en peligro los logros políticos fundamentales por satisfacer intereses económicos sería el colmo de la irresponsabilidad política.

La única forma de construir un futuro europeo común, que reconozca nuestro pasado fracturado y marque nuestro camino colectivo, es mediante un proceso conjunto, basado en normas y responsabilidades. Dejar la Unión Europea significa dejar atrás ese proceso conjunto y una identidad construida en torno a la consolidación de la paz. Es triste. Aún peor que eso, es aterrador.

Traducido por Francisco de Zárate

23/02/2019 - 20:57h
https://www.eldiario.es/theguardian/abuelo-claro-necesitamos-Union-Europea_0_870713647.html
 
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Polémica por el 'bestseller' sobre una judía que ayudó a la Gestapo en el Holocausto


Un libro en Alemania desata un fuerte debate por tratar de hacer literatura con la vida de Stella Goldschlag, una colaboradora judía de los nazis

Aldo Mas - Berlín
25/02/2019 - 21:51h

Portada del libro Stella

Holocausto: lo que muestran las cifras del genocidio nazi
Takis Würger, escritor y periodista del semanario alemán Der Spiegel, es el autor del último superventas que ha generado una agria polémica en el mercado literario germano. Se titula Stella, nombre de la principal protagonista de la novela. Stella Goldschlag fue una judía alemana que estuvo al servicio del III Reich para denunciar y capturar a judíos alemanes que fueron enviados a los campos de exterminio.

A Stella se la ha considerado destacada dentro del grupo de "informadores judíos de la Gestapo", la policía política nazi. Se estima que entregó a unos 300 judíos alemanes. Los nazis hicieron de Stella una colaboradora a base de, entre otras cosas, palizas, torturas, amenazas de muerte y coacciones. En último término, sus padres fueron apresados por los nazis y aseguraron a Stella que, a cambio de su colaboración, no terminarían en Auschwitz. Una promesa que no cumplieron. Sus padres fueron enviados a morir en aquel campo de exterminio en febrero de 1944. Antes, acabaron con igual destino su primer marido, el músico judío Manfred Kübler, y sus suegros.

Pese a la muerte de sus padres, Stella siguió trabajando para el III Reich. Acabada la Segunda Guerra Mundial, tuvo que enfrentarse a tres procesos judiciales. En uno de ellos, un tribunal militar soviético la condenó en 1946 a diez años de cárcel y trabajos forzados. Después, se convertiría al cristianismo y al antisemitismo. En 1994, con 72 años, se quitó la vida. Saltó por la ventana de su apartamento de Friburgo (suroeste alemán).

Se ha dicho que la suya es una de las historias "más grotescas" de la Alemania nazi. Esa historia es, precisamente, la que ha servido a Würger para escribir su novela. En realidad, la vida de Stella ya quedó relatada en los años noventa a cargo del periodista alemán Peter Wyden, un judío berlinés que fue en su día compañero de instituto.

Wyden y su familia tuvieron suerte suficiente como para poder gozar de un visado que les llevó a Estados Unidos antes de que comenzara el Holocausto. El periodista acabaría entrevistando y narrando la historia de su ex compañera de instituto en el libro Stella (Ed. Simon & Schuster, 1992). Tras ello, Wyden escribiría: "Me sentí sucio por sus palabras (…). Haber compartido la misma clase con Stella se convirtió en algo embarazoso, como haber tenido una cena alegre con un violador".

Takis Würger reconoce en ese volumen una "fantástica fuente" de información e inspiración para su Stella. Otra cosa es que su libro genere opiniones tan favorables como la que él expresa por el trabajo de Wyden. Desde que apareció su novela el pasado mes de enero, buena parte de la critica literaria se ha lanzado contra Würger. Su libro puede estar entre los que mejor se venden estos días en las librerías alemanas. Pero en su caso el éxito comercial está muy peleado con la crítica.

Entre otras cosas, los críticos no perdonan a Würger recurrir al personaje que traslada la historia al lector. Se trata de Friedrich, un joven suizo que elige en 1942 Berlín como destino para viajar y vivir. Ese personaje es quien conduce el relato. Él se enamorará de Stella y hará amistades entre los SS de Berlín. La fortuna de la familia del joven permite a Friedrich vivir despreocupadamente pese a las estrecheces impuestas por de la Segunda Guerra Mundial.

"Yo no quería que mi amigo Tristan estuviera en las SS. No quería que Kristin [otro nombre que se atribuye a Stella, ndlr.] trabajara para un ministerio. Yo quería que los tres siguiéramos bailando", se lee a través del narrador del libro. En vista de la relación que desarrollan esos tres protagonistas de Stella, hay quien acusa a Würger de haber querido montar en pleno contexto de la Segunda Guerra Mundial y uno de los peores regímenes políticos que ha conocido Europa una relación de personajes a lo Jules, Jim y Catherine en la película Jules et Jim de François Truffaut.

"Una abominación, un ultraje, un insulto"
Jan Süselbeck, profesor de estudios alemanes en la Universidad de Calgary, en Canadá, escribía en el semanario Die Zeit una demoledora crítica según la cual Würger había escrito "una abominación" con "estilo de literatura infantil". En las páginas del Süddeutsche Zeitung, un artículo sobre Stella del critico literario Fabian Wolff llevaba por título: "Un ultraje, un insulto y una ofensa real".

Julika Griem, directora del Instituto para Humanidades de Essen (oeste), llegaba a decir en la radio pública Deutschlandfunk que el volumen de Würger era "deprimentemente malo".

Se le reprocha también haber caído en una representación kitsch del nazismo. No en vano, la edición dominical del Frankfurter Allgemeine Zeitung se preguntaba hace unos días a cuenta de Stella: "¿Qué es esta historia nazi para tontos?"

El libro aspira, según su editor, a "contar lo incontable". Eso, cuando a estas alturas se cumplen casi tres décadas de la aparición del volumen de Wyden. A su publicación en 1992 siguió la publicación de numerosos reportajes sobre Stella Goldschlag en prensa, además de un documental y hasta un espectáculo musical con el nombre de la famosa colaboradora judía del nazismo.

En base también a la grandilocuente promesa del último libro sobre Stella, el diario izquierdista berlinés Tageszeitung se refería al de Würger como "un timo literario" en un artículo del autor Carsten Otte. Él lamentaba que el ruido generado por el libro haya desencadenado un debate que anime aún más las ventas de la novela. "Este libro tan flojo en tantos aspectos no ofrece una base adecuada para algo así", asegura. Pero esa, ni ninguna otra crítica, ha impedido que Stella siga entre los libros superventas de Alemania.

https://www.eldiario.es/cultura/lib...-blanquea-Gestapo-Holocausto_0_871763439.html
 
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Nazis en EEUU: el mitin del Madison Square Garden en 1939
Publicado el 24 febrero 2019 por Iñigo Sáenz de Ugarte


Con un montaje de poco más de seis minutos, Marshall Curry ha conseguido que ‘A Night at the Garden’ haya sido nominada a los Oscar en la categoría de mejor corto documental. No hay voz en off ni testimonios. Es sólo una breve selección de un hecho no desconocido, pero olvidado para la mayoría de sus espectadores: el mayor mitin nazi celebrado en EEUU en los años 30.

El German American Bund reunió a más de 20.000 personas en el Madison Square Garden de Nueva York en un acto en el que no faltaron los discursos racistas, los uniformes, las esvásticas y los saludos brazo en alto. Había un enorme retrato de George Washington en el escenario –se celebró el 20 de febrero de 1939, dos días antes del aniversario de su nacimiento– con la intención de relacionar directamente las ideas fascistas con la fundación de la nación. Se cantó el himno nacional de EEUU sin que la invocación al verso “land of the free” suscitara ninguna confusión entre los asistentes, que se consideraban los únicos patriotas estadounidenses.


Field of Vision – A Night at the Garden from Field of Vision on Vimeo.

El momento más dramático del corto se produce cuando un aprendiz de fontanero, Isadore Greenbaum, un joven judío de 26 años, subió al escenario. Varios miembros del servicio de orden se abalanzaron sobre él y le golpearon con saña. De inmediato, aparecieron los policías que se lo llevaron detenido. Un juez le impuso una multa de 25 dólares, que correspondería a unos 450 dólares de hoy.

“Las imágenes son tan poderosas que es increíble que no se proyecten en las clases de historia de cada instituto”, ha dicho Curry. “Pero creo que el mitin ha desaparecido de nuestra memoria colectiva en parte porque da miedo y es embarazoso. Cuenta una historia sobre nuestro país que preferimos olvidar. Nos gustaría pensar que cuando se alzó el nazismo, todos los americanos quedaron horrorizados de inmediato. Pero aunque la inmensa mayoría de los americanos estaban horrorizados por los nazis, hubo también un grupo significativo de americanos que apoyaban este mensaje supremacista blanco y antisemita”.



La noticia del mitin del Garden apareció en la portada de The New York Times del 21 de febrero, en la primera columna de la izquierda. El artículo comenzaba así: “Protegidos por más de 1.700 policías que convirtieron el Madison Square Garden en una fortaleza casi impenetrable para los antinazis, el Bund Alemán-Americano celebró anoche su publicitado mitin por el ‘Americanismo’ y la celebración del aniversario de George Washington”.

Cuenta que los únicos momentos de tensión se produjeron cuando los asistentes salieron del Garden y en la calle estaba esperando una manifestación antinazi. Según el periódico, los incidentes no fueron graves y se saldaron con 13 detenidos con cargos menores.

En las intervenciones políticas, todas las referencias al presidente Roosevelt eran recibidas con abucheos. Algunos oradores pronunciaban su apellido como “Rosenfeld” para que pareciera judío. El líder del German American Bund, Fritz Kuhn, dijo que iban a luchar “contra todos los que querían convertir Estados Unidos en un paraíso bolchevique”. Como era habitual entre los nazis alemanes, relacionó a los judíos con el comunismo: “No decimos que todos los judíos sean comunistas, pero sí decimos que el judío es la fuerza impulsora del comunismo”.

Curry recuerda la frase de Halford Luccock: “Cuando el fascismo llegue a América, no llevará la marca de ‘Hecho en Alemania’. No estará marcado por una esvástica. Ni siquiera se le llamará fascismo. Se le llamará sin duda ‘americanismo'”. Fritz Kuhn fue después detenido por la acusación de malversación de los fondos de la asociación y encarcelado. Después de la guerra, fue deportado. El Bund se disolvió poco después del comienzo de la guerra.


Desfile del German American Bund en Nueva York en octubre de 1939. Foto: Biblioteca del Congreso

El Bund era un producto más alemán que norteamericano, pero las ideas fascistas tuvieron un fuerte eco en la sociedad estadounidense de los años 30. El sacerdote y activista ultracatólico Charles Coughlin contaba con una audiencia de unos 30 millones de personas en sus programas semanales de radio. El aviador Charles Lindbergh y el empresario Henry Ford dieron a conocer en público sus ideas racistas. En los años 20, Ford había financiado la edición de 500.000 ejemplares de la falsificación antisemita ‘Los protocolos de los sabios de Sión’. El ataque japonés de Pearl Harbor y la entrada de EEUU en la guerra contribuyeron a que esa semilla nazi desapareciera pronto, pero no todas sus ideas desaparecieron.


American Nazis in the 1930s — The German American Bund. Fotografías.

http://www.guerraeterna.com/nazis-en-eeuu-el-mitin-del-madison-square-garden-en-1939/
 
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La mentira de Stalin sobre la toma de Berlín a los nazis que te has creído durante 70 años
En 1945, un experto organizó una estudiada sesión fotográfica para hacer creer al mundo que los soldados de Stalin habían hecho ondear la bandera roja en el Reichstag

Manuel P. Villatoro@ABC_Historia
Actualizado:27/02/2019 08:12h
7 Las mentiras históricas tras el beso más famoso de la Segunda Guerra Mundial

Finales de abril de 1945. Berlín es sólo una sombra de la ciudad que un día fue durante el Tercer Reich. En las calles donde antes paseaban orgullosas a paso de ganso las tropas de Adolf Hitler, ahora se lucha encarnizadamente por impedir inútilmente que los aliados avancen. Repentinamente, en la azotea del Reichstag (la sede del parlamento alemán), un soldado soviético avanza hasta el punto más alto del edificio e iza una bandera roja ataviada con la hoz y el martillo. El acto significa la derrota de los nazis en la Segunda Guerra Mundial y, debido a su importancia y su simbolismo, es capturado por un atrevido y suertudo fotógrafo. Esta es la versión oficial que se explicó al mundo desde la U.R.S.S. en relación a una de las instantáneas más famosas de la contienda, unos sucesos que nada tienen que ver con la realidad.

Y es que, esta instantánea no fue fruto del azar ni se produjo durante la contienda, sino que fue realizada en una curiosa sesión fotográfica varios días después de que los combates hubieran cesado. Todo ello, por orden de un avispado reportero con ganas de ganarse un hueco en la Historia. No contento con eso, el «artista» realizó además varios retoques en la imagen una vez que fue revelada para que causase el mayor impacto posible entre la población e, incluso, con el objetivo de que escondiera algunas vergüenzas del «glorioso Ejército Rojo». Esta gran mentira logró convencer a la población hasta la caída de la U.R.S.S. (momento en que la verdad sobre esta operación de propaganda salió a la luz).


Imágenes de la toma de Berlín - ABC
Esta historia es un claro ejemplo de como, a pesar de que se suele afirmar que una imagen vale más que mil palabras, en ocasiones la realidad puede ser tergiversada mediante el simple «click» de un cámara. Una afirmación que quedó corroborada hace apenas una semana tras la muerte del protagonista de «The kiss», la famosa instantánea que marcó el fin de la Segunda Guerra Mundial (y en la que se podía ver a un marinero dando un beso a una joven en mitad de Times Square). Y es que, a pesar de lo cuentan la leyenda, la realidad es que no fue un acto de amor debido a que la pareja no se conocía previamente.

«Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial», la tercera reedición de la famosa obra del historiador y periodista Jesús Hernández. Este libro, concretamente, fue con el que este experto en la Segunda Guerra Mundial se dio a conocer en el ámbito editorial en 2003. «Hoy muchos lectores saben de mi gracias a obras como “Enigmas y misterios de la Segunda Guerra Mundial” o“Breve Historia de la Segunda Guerra Mundial”, pero no tienen en su poder el libro con el que me di a conocer. Por eso lo he reescrito, he actualizado todos los datos y he añadido información que me ha parecido interesante para completarlo», afirma el autor en declaraciones a ABC.

La toma del Reichstag
Para entender la importancia de esta instantánea (conocida a la postre como «Alzando una bandera sobre el Reichstag», tal y como corroboran expertos como Gregorio Doval) es necesario viajar en el tiempo hasta el 16 de abril de 1945. Y es que, fue exactamente ese día cuando comenzó la Batalla de Berlín. Es decir, la última defensa a ultranza de la capital del Reich por parte de las escasas tropas alemanas que aún rendían culto a Hitler. En aquella época ya no era ningún misterio que los aliados (especialmente los soviéticos, quienes disponían de más de dos millones y medio de soldados y 6.000 carros de combate) avanzaban con el cuchillo entre los dientes hacia el último reducto del «Führer».

En su contra, el que fuera uno de los líderes más poderosos de la primera mitad del siglo XX apenas pudo interponer 800.000 combatientes. Y la mayoría de ellos, además, no eran más que unos pobres niños reclutados de las «Juventudes Hitlerianas» con falsas promesas de gloria y un futuro imperio alemán comandado por un Hitler que, según se decía, resurgiría de sus cenizas. Mentiras. Estos pequeños soldados estaban acompañados, a su vez, de miles de ancianos armados y entrenados a la carrera por los restos de las escasas unidades que habían logrado sobrevivir a los continuos combates los aliados en media Europa. Eran, en definitiva, los estertores de muerte de un Reich que trataba de tomar sus últimas bocanadas de aire aún a sabiendas de que la suerte estaba más que echada.


Instantánea modificada
Con el paso de los días, la situación se recrudeció todavía más para los defensores, quienes –a pesar de todo- estaban resueltos a defender al «Führer». Un líder que, para muchos, ya había perdido la cabeza hacía semanas. «El 23 de abril, el general Weidling, comandante de la batalla de Berlín, informó a Hitler de que solo quedaba munición para dos días de combate. No obstante, afirmó que defendería sus posiciones mientras el cerco soviético se cernía sobre la ciudad, a escasas manzanas del búnker donde Hitler se sumía en sus delirios. El 30 de abril, Berlín era un infierno encarnizado en el que los rusos tenían un objetivo primordial: capturar el simbólico Reichstag, defendido con vigor por su guarnición», explica Chriss Mann en su obra « Las Grandes Batallas de la Segunda Guerra Mundial».

La misión de los soviéticos no era sencilla, pues entre los muros del edificio gubernamental se defendían nada menos que 5.000 miembros de las tristemente famosas Waffen-SS, las tropas más ideologizadas de toda Alemania. «El Reichstag se convirtió en una auténtica fortaleza. Para ello se minaron todas las calles que conducían al edificio, se colocaron barricadas y se cavaron trincheras y fosas antitanque. Los alemanes dispusieron varias piezas de artillería en el exterior y se hicieron fuertes en los sótanos, reforzados con vigas de hormigón y acero», determina Hernández en su obra «Las 100 mejores anécdotas de la Segunda Guerra Mundial».

A pesar de la defensa a ultranza del Reichstag, los soviéticos sabían del golpe moral que supondría para sus enemigos perder este edificio. Por ello, los rusos cargaron sus fusiles Mosin-Nagant y sus subfusiles PPSh para, a finales de abril, tomarlo al precio que costara. Y es que, como es mundialmente conocido gracias a la «Orden 227», Stalin no tenía problema en anteponer los objetivos a la vida de miles de sus soldados. A los militares del Ejército Rojo no les quedó más, finalmente, que combatir por cada una de las habitaciones del enclave para expulsar de él a los soldados de las SS.

La gran mentira
En medio de aquel caos, en medio de toda aquella vorágine de muerte, la versión oficial del gabinete de Stalin afirma que el 30 de abril (cuando todavía no se había tomado totalmente el Reichstag y aún resistían varios cientos de alemanes en varias de sus salas) un soldado soviético logró llegar hasta el tejado del edificio. Una vez allí, descolgó la bandera con la esvástica e hizo ondear el paño soviético con la hoz y el martillo simbolizando así la toma de Berlín.

Aquel momento –según lo que contó la U.R.S.S.- fue tan impactante que un fotógrafo lo inmortalizó para la posteridad con su cámara, dando lugar a una de las instantáneas más conocidas de toda la Segunda Guerra Mundial. La verdad es bien diferente, pues la imagen fue un montaje que se realizó el día 2 de mayo en base a lo que, según algunos combatientes, había sucedido varias jornadas antes, pero había sido imposible de inmortalizar.


Cambios realizados en la fotografía
«La apertura de los archivos secretos de la Unión Soviética tras su disolución desmintió que la imagen fuera de aquel día. El fotógrafo de guerra Yevgeni Jaldéi (1917-1997), de la agencia de prensa TASS, preparó la escena el 2 de mayo, cuando el Reichstag estaba ya asegurado. Para ello pidió a varios soldados que posasen de esa manera, colocando la bandera en la parte más alta del edificio. De las numerosas fotos resultantes de la sesión, escogió la que luego se haría mundialmente conocida», explica Hernández en su obra. Al parecer, lo único que pretendían los soviéticos era hacer una instantánea igual de impactante que la de los americanos en Iwo Jima.

Retoques
Con todo, esa no fue la única «trampa» que protagonizaron los soviéticos con dicha fotografía. Y es que, una vez que la instantánea llegó a Moscú, los mandamases de la época decidieron que no era todo lo que heroica que debía ser y que necesitaba algún que otro retoque para quedar perfecta. El primero de ellos fue eliminar uno de los dos relojes que el soldado del Ejército Rojo que portaba la bandera tenía en una de sus muñecas.

Puede parecer algo absurdo, pero la razón es bastante sencilla: lo había obtenido saqueando los cadáveres de los soldados alemanes asesinados por sus compañeros aquel día. No se podía tolerar que el resto de los mortales supieran ese dato, así que fue eliminado. A su vez, y tal y como señala Hernández en su obra, fueron añadidas dos columnas de humo en el fondo de la imagen para que la situación de Berlín pareciese más dramática.


Montado el teatro, ya sólo quedaba difundir la fotografía y esperar a que se hiciese famosa. «La histórica instantánea sería publicada por primera vez el 13 de mayo en la revista ilustrada Ogonyok; a partir de entonces sería ampliamente reproducida en todas las publicaciones soviéticas e, incluso, en sellos de correos», explica el historiador en su libro. Finalmente, la prensa hizo el resto del trabajo y «Alzando una bandera sobre el Reichstag» se convirtió pronto en todo un símbolo de la victoria de la U.R.S.S. sobre Adolf Hitler y sobre el nazismo. Acababa una guerra, pero comenzaba una leyenda… falsa.

Con todo, a día de hoy se desconoce quién fue el artífice de esta operación aunque, como en todo, no faltan las teorías. Hernández, tras llevar a cabo las pertinentes investigaciones, apunta directamente al «camarada Stalin», aunque explica que es imposible corroborarlo: «Se ha especulado con que fue el propio Stalin el que animó al Departamento de Propaganda a conseguir esta histórica fotografía al contemplar con envidia la gran difusión que estaba teniendo la imagen de los soldados norteamericanos izando la bandera de las barras y estrellas en Iwo Jima. Por lo tanto, según esta hipótesis, el dictador soviético decidió contrarrestarla con una escena similar».

¿Quién puso la bandera?
Además de esta operación secreta de propaganda, los soviéticos también mintieron en torno a quien fue el encargado de izar la bandera sobre el Reichstag. En principio, se consideró que el responsable fue un sargento georgiano llamado Meliton Kantaria (el cual fue condecorado como héroe de la Unión Soviética). Sin embargo, con el paso de los años y las sucesivas investigaciones históricas el honor fue pasando de soldado en soldado.

«En realidad, ese honor debía corresponder al hombre que realmente colocó por primera vez la bandera roja en el emblemático edificio, a las22:40 del 30 de abril de 1945: el ruso Mijail Petrovich Minin. Cuando todavía se estaba combatiendo en las salas y pasillos del Reichstag, Minin y otros tres hombres se ofrecieron para subir a la azotea y plantar allí la bandera, con la promesa de sus superiores de que, si lo conseguían, serían nombrados héroes de la Unión Sovíetica», explica Hernández. No obstante, la operación de propaganda hizo que no recibieran tal honor hasta 1995
https://www.abc.es/historia/abci-me...ido-durante-70-anos-201902270205_noticia.html
 
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AVISO: Subo este video, en calidad de Historia. No comparto ni pretendo hacer apología del Nazismo. Que quede claro. Serendi

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Pobre y humillado: la absurda muerte de Mengele, el «carnicero» más desquiciado del nazismo
El pasado febrero se cumplieron 40 años del fallecimiento de uno de los médicos más tristemente famosos de Auschwitz

Manuel P. Villatoro@ABC_Historia
Actualizado:05/03/2019 13:22h
10 Mengele, el médico nazi que «arrancaba la carne a los niños y se la hacía comer a otros presos»

«El cuerpo del tristemente conocido criminal de guerra nazi Josef Mengele, llamado por sus víctimas “el ángel de la muerte de Auschwitz”, podría estar, con un 90 por 100 de probabilidad, enterrado desde 1979 en el cementerio de Embu, situado a unos 30 kilómetros de Sao Paulo. Mengele pudo haber muerto ahogado en la playa de Bertioca en 1979». Con estas escuetas palabras iniciaba el diario ABC, allá por 1985, la noticia que informaba del fallecimiento de uno de los asesinos más famosos de laSegunda Guerra Mundial. El diario, a su vez, señalaba que el fallecimiento se habría producido por ahogamiento y que, con el hallazgo de sus restos, quedaba «zanjada una de las más largas persecuciones contra un criminal nazi».

La muerte de Mengele, cuyo cuarenta aniversario se celebró (si es que puede llamarse así) el pasado febrero, supuso un absurdo final para uno de los carniceros más sádicos del Tercer Reich. Fue también el punto culminante de una existencia de altibajos. Y es que, el «Ángel de la Muerte» pasó de elegir quién vivía y quién moría en la estación de tren que daba acceso al campo de concentración de Auschwitz, a verse obligado a huir hasta Sudamérica y pasar sus últimos días malviviendo en una pensión bajo la creencia de que los servicios de inteligencia internacionales le buscaban. Falleció en la playa, mientras se daba un baño, y probablemente por culpa de un ataque al corazón.

La injusticia de su fallecimiento (Mengele logró huir de los tribunales y no pagó jamás por las tropelías y los experimentos humanos que protagonizó durante su etapa como médico del campo de concentración) hizo que muchos no creyeran la versión del ahogamiento. Sin embargo, esa fue la versión que contaron los únicos amigos que tuvo en Brasil antes de dejar este mundo. Una teoría que replicó ABC en su edición del 7 de junio de 1985. «El matrimonio, que no quiso identificarse, señaló asimismo que habían alojado al “ángel de la muerte” en su casa durante los 10 años que vivió en Brasil. Desde 1969 hasta su muerte en 1979 cuando, según declararon ante tres policías alemanes y el cónsul de ese país, se ahogó en la playa de Bertioca».

«La orden negra: El ejército pagano del III Reich», editado por «Edaf». El joven Josef era conocido en su pueblo por su alegría, su inteligencia, y unas ansias terribles de superación. A su vez, destacaba por la gran pasión que sentía hacia la música y el arte -de hecho, llegó a escribir una obra de teatro que fue representada en su juventud-. En contraposición con los actos que cometería poco después, tal era su espíritu solidario que llegó a inscribirse en la Cruz Roja y en varios grupos similares. Pronto desarrollaría un gran interés por la antropología, algo que marcaría su vida para siempre.


A los 20 años ya amaba varias ramas de la medicina, aunque su favorita siempre fue el estudio de los orígenes culturales y el desarrollo del ser humano, además de en la paleontología y la antropología. Quizá su mayor problema fue que pronto empezó a estudiar las ideas del doctor Ernest Rudin; un sujeto que era partidario de que los galenos tenían la responsabilidad de acabar con la vida de todo aquel cuya existencia no tuviera valor. No como un acto de crueldad, decía, sino por mera piedad. Este personaje, venerado por nuestro protagonista, fue quien sentó los mimbres de las futuras leyes de eugenesia que se desarrollaron desde el momento en el que el partido nazi logró hacerse con el poder en Alemania.

En todo caso, el «Ángel de la muerte» pronto se encontró tratando de conseguir el doctorado en antropología y el título de médico, estudios que compaginaba con actividades ligadas al partido nazi de Hitler. «En mayo de 1937 presentó la solicitud y a su debido tiempo se convirtió en el miembro número 5.574.974», afirman Gerald L. Posner y John Ware en su libro «Mengele. El médico de los experimentos de Hitler». Poco después, y con tan sólo 27 años, fue aceptado en las SS y enviado al frente en 1942. Allí, en pleno campo de batalla, se convirtió en un héroe (además de lograr varias medallas) al salvar a dos soldados de una muerte segura a costa de poner en riesgo su propia vida.

Brutalidad
Poco después regresó a Alemania, fue ascendido a capitán y, finalmente, se ganó un puesto como médico en el campo de concentración de Auschwitz. Un destino que ansiaban, por entonces, una buena parte de los militares de las SS ya que les mantenía alejados del gélido frío y las balas que se daban en Rusia. Mengele arribó a su nuevo destino en mayo de 1943. Allí dio rienda suelta a su brutalidad infrahumana. Solía recorrer las filas de presos que arribaban al campo de concentración al grito de «¡Gemelos, gemelos, gemelos!» para localizar hermanos que sirvieran para sus crueles experimentos humanos. Al parecer, con ellos buscaba el secreto de los nacimientos múltiples y utilizarlo para que las mujeres arias dieran a luz a multitud de niños «puros».


Mengele llegó a inocular un extraño tinte (llamado «azul metileno») en niños con rasgos arios, pero ojos marrones, para teñirles las pupilas. Posteriormente, enviaba a los pequeños a la cámara de gas, aunque -en ocasiones- también les arrancaba los globos oculares para quedárselos como recuerdo. Así lo desveló la deportada Vera Kriegel, quien afirmó haberse topado con una pared llena de estos tétricos souvenirs: «Estaban pinchados allí como si fueran mariposas. Pensé que me había muerto y que ya estaba en el infierno». Por si fuera poco, también extirpó y reimplantó los miembros a decenas de niños en la enfermería.

Aquellos fueron sus actos más viles, pero su trabajo diario era el más cruel. El mencionado artículo de ABC lo definió así en 1985: «Tenía a su cargo la última responsabilidad de los judíos que desde todas las ciudades ocupadas por los nazis iban llegando al campo de su jurisdicción. La mayor parte de los judíos iban directamente a la cámara de gas, sólo quienes podían trabajar hasta caer muertos por falta de alimentación y exceso de fatiga eran destinados a los campos de trabajo. El asesino nazi aún hacía una tercera subdivisión: las mujeres embarazadas, los gemelos, mellizos, enanos o tarados físicamente, los convertía en conejos de indias para su macabros experimentos».

A la carrera
Con ese cruel currículum a sus espaldas no tuvo más remedio que huir cuando se percató de que los soviéticos se encontraban a las puertas de Auschwitz. En ese momento comenzó un periplo por Europa que terminó varios años después, cuando su familia logró enviarle a Argentina. Allí fue recibido con los brazos abiertos en 1949 por un gobierno que necesitaba a los estudiosos nazis para modernizarse. A pesar de sus crímenes, en Argentina nadie le buscó. De hecho, fue un total desconocido debido a su rango de capitán. Y es que, por entonces, la justicia internacional únicamente ansiaba castigar a los artífices delHolocausto.

En los años siguientes el estrés brilló por su ausencia. Mengele, a la sombra de su nueva identidad, pudo dedicarse a hacer crecer sus negocios, se volvió a casar, aumentó sus relaciones sociales y hasta pudo comprarse una casa que decoró de forma exquisita. Vivía, sin lugar a dudas, un retiro dorado.

Sin embargo, la captura por sorpresa en Sudamérica del popular Adolf Eichmann, arquitecto de la tétrica solución final, le acongojó. Sabedor de las tropelías que había cometido a lo largo de su vida como médico de las SS, y temeroso de que pudieran además encarcelarle por hacer abortos clandestinos en su nuevo hogar, decidió marcharse a Paraguay primero, y a Brasil después. Lo cierto es que, hasta entonces, nadie había tenido demasiado interés en capturarle. Con todo, en los siguientes años el Mossad sí estudió su captura, aunque terminó abandonando la búsqueda.

Absurda muerte
Su muerte, al igual que su huída, no pudo ser más misteriosa. Al parecer, se produjo a principios de 1979 cuando vivía junto a la familia Bossert, como bien explican Posner y Ware. Según los autores, el 7 de febrero Mengele salió a dar un paseo junto a la playa con varios de sus encubridores. Su cadáver tampoco obtuvo un final digno. Tras ser hallado muerto fue enterrado bajo un nombre falso en un suburbio de San Pablo. Sus restos fueron descubiertos en 1985.


«Alrededor de las 4.30 de la tarde, para refrescarse del sol abrasador, Mengele decidió probar las suaves olas de Atlántico. Diez minutos después, se encontraba luchando por su vida. El joven Andreas Bossert fue el primero que lo vio (…) Alertado por su hijo, Wolfram Bossert levantó la vista y vio un movimiento violento del mar. Le preguntó a Mengele si se encontraba bien. La única respuesta fue una mueca de dolor. Bossert se metió en el mar y nadó a la mayor velocidad que pudo para rescatar a su amigo. Cuando llegó (…) la parálisis le había agarrotado el cuerpo», explican los autores anglófonos en su libro. Mengele, tras realizar miles de torturas y protagonizar una huida de película, había fallecido.

Su muerte albergó muchos misterios hasta hace bien poco. En 2014 Espedito Días Romão, entonces cabo de la Policía Militar del Estado de Sao Paulo, explicó que él fue uno de los agentes que acudió a la playa para recoger el cadáver. El agente recordaba que halló los restos en la arena. Sus documentos le identificaban como Wolfgang Gerhard, y todo apuntaba a que había fallecido ahogado tras sufrir un paro cardíaco. Así lo corroboró tras ver que había señales de vómitos y que había expulsado agua en repetidas ocasiones por la boca. Los testigos le informaron de que el fallecido se bañaba en el mar cuando la tragedia ocurrió. Con todo, lo cierto es que esta teoría apenas pudo ser corroborada por un par de personas, pues aquel día la mala fortuna quiso que la playa estuviese casi desierta.
https://www.abc.es/historia/abci-po...desquiciado-nazismo-201903050137_noticia.html
 
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Wittmann: la «bestia» nazi que aplastó a un inmenso ejército de tanques con un Tiger I
El 13 de junio de 1944, Michael Wittmann acabó a lomos de su «Tiger» con 21 carros de combate británicos durante el Desembarco de Normandía

Manuel P. Villatoro@ABC_Historia
Actualizado:14/03/2019 01:55h
2Las niñas de la Resistencia que asesinaban nazis tras prometerles s*x*

Decía el general Patton (considerado por muchos como un petulante) que en la guerra no son válidos los héroes que mueren por su país, sino los soldados que hacen que «otros cabronazos» fallezcan por el suyo. Si interpretamos esta frase al pie de la letra, el capitán Michael Wittmann -uno de los tanquistas más condecorados del régimen nazi- sería el perfecto prototipo de militar, pues destruyó durante el Desembarco de Normandía la friolera de 21 carros de combate británicos y otros tantos vehículos de transporte a lomos de su «Panzerkampfwagen VI Tiger». La humillación fue de dimensiones gigantescas, pues el oficial perpetró esta acción en apenas 15 minutos, sin la ayuda de sus compañeros y a sabiendas de que se encontraba solo frente a cientos de enemigos.

La historia de Wittmann nos habla de valentía, de heroicidad y de maestría al volante. No es para menos, pues es el tercer «as» nazi de los carros de combate que más bajas causó durante la Segunda Guerra Mundial al acabar con 141 tanques enemigos, 132 cañones anticarro y otros tantos vehículos de transporte y reconocimiento. Sin embargo, su pasado está unido también de forma irremediable al horrendo Tercer Reich.

Es precisamente por eso por lo que su tumba (ubicada en el cementerio germano de La Cambe, cerca de las playas de Normandía) ha sido desde siempre un lugar recurrente de reunión para los neonazis, quienes son capaces de viajar miles de kilómetros hasta la zona para levantar la mano derecha en su honor. A su vez, es muy probable que llevar la esvástica en su uniforme también haya provocado que, la semana pasada, un grupo de desalmados robasen la placa de su sepulcro. Un crimen que las autoridades locales siguen investigando sin éxito.

Primera Guerra Mundial este pequeño germano, hijo de un granjero local, comenzó a aprender el negocio familiar para labrarse un futuro prometedor. Sin embargo, lo cierto es que su periplo por el mundo de la agricultura duró poco.

De hecho, no tardó en cambiar el campo por las organizaciones juveniles que, mediante disciplina y cierta jerarquía militar, se estaban ganando un hueco en la sociedad de entonces. «A los 19 años se unió al Servicio Voluntario del Trabajo (“Freiwillige Arbeitsdienst”, FAD), que más tarde se convertía en el Servicio de Trabajo del Reich (“Reich Arbeitsdienst”, RAD). Estas organizaciones ponían un especial énfasis en el trabajo en equipo, dotes que le serían de gran ayuda en un futuro no muy lejano al mando de un carro de combate» explica, en declaraciones a ABC, el historiador Javier Ormeño Chicano, autor de «Michal Wittmann y Villers-Bocage, 1944»(editado por «Almena»).

Tras ver un Panzer 1, Wittmann supo que quería ser un carrista
Tras apenas medio año en estos grupos, un jovencísimo Wittmann puso sus habilidades al servicio de la «Wehrmacht» (las fuerzas armadas germanas) el 30 de octubre de 1934. Por aquel entonces, con Adolf Hitler al frente de Alemania, este germano firmó un compromiso de dos años con el nuevo ejército que se estaba formando a espaldas de Europa. Su destino: un regimiento de infantería ubicado al sur del país.

«Fue asignado a la “10 Kompanie” del “19 Regimient Infanterie” cerca de Munich. Durante unas maniobras Wittmann vio por primera vez un carro de combate, un pequeño Panzer I (PzKpfw I) con el que quedó profundamente impresionado», añade el experto. Lo cierto es que aquel tanque no era más que una cafetera de poco más de cuatro metros de largo con un armamento precario, pero ya encandiló a nuestro protagonista, quien supo que, tarde o temprano, llegaría a convertirse en carrista.

En el ejército llegó a ascender a cabo, rango que mantuvo hasta que se licenció en septiembre de 1936. Posteriormente dirigió sus pasos hacia el mundo civil algo que, nuevamente, no duró demasiado. Y es que, la mentalidad castrense le atraía demasiado como para abandonarla. Así pues, y en vista del interés que le generaban las «Allgemeine SS» (la rama política de este grupo militarizado) se unió a ellas con el objetivo de entrar en alguna unidad de combate.

«Tras ser asignado al “Sturm 1/92”, quiso pasar las pruebas de las SS. Las pruebas físicas y médicas para unirse a las SS eran durísimas pero, tras superarlas el 1 de abril de 1937, fue admitido y pudo unirse a las “SS-Verfugungstruppe” (SS–VT) como recluta de la “17 Kompanie” de la “Leibstandarte SS Adolf Hitler” (LSSAH). Esta fue una de las mejores unidades de combate de la Segunda Guerra Mundial», añade Ormeño Chicano.

Tras unirse a las SS, cumplió su sueño cuando le formaron como conductor del «Panzerspähwagen Sd.Kfz 222» (un vehículo blindado de reconocimiento de cuatro ruedas que se caracterizaba por su velocidad y por ir armado con una ametralladora pesada). Posteriormente recibió el mismo «título», aunque para el «Panzerspähwagen Sd.Kfz 232». Este era un vehículo algo más pesado (pues contaba con placas antibalas de hasta 15 milímetros, algo considerable para no ser un carro de combate), tenía más envergadura que su hermano mayor y disponía de ocho ruedas y un cañón de 20 milímetros en su torreta.


Wittmann recibió desde el principio clases para pilotar vehículos blindados
Según parece, Wittmann era muy bien considerado entre las tripulaciones de la época, por lo que parecía claro que –más temprano que tarde- sería destinado a una unidad acorazada. Con todo, todavía tendría que esperar un poco para cambiar el volante de estos automóviles por el de un tanque.

«El 9 de noviembre participó en la ceremonia de juramento en el “Feldherrnhalle” dónde fue ascendido a “SS-Sturmmann” [cabo segundo]. Junto a su unidad participó en el “Auchlus” Anexión de Austria) y más tarde en la de los Sudetes. Gracias a sus dotes en el mando fue ascendido a “SS-Unterscharführer” [sargento segundo] el 20 de abril de 1939», explica el autor de «Michal Wittmann y Villers-Bocage, 1944» en declaraciones a ABC.

Con todo, durante este tiempo no participó en ningún combate. De hecho, para enfrentarse al enemigo por primera vez tuvo que esperar hasta que Adolf Hitler se pasó los tratados internacionales por la bragueta del pantalón y, sin declaración previa, invadió Polonia el 1 de Septiembre de 1939. En ese momento, mientras el mundo vivía el principio de la una de las contiendas más sangrientas de la historia, nuestro protagonista pudo hacer su primera muesca en su fusil.

«Durante la campaña tuvo su primera experiencia de combate. Posteriormente fue trasladado como suboficial instructor a la “5 Kompanie” en el batallón de reemplazo de la división. Una vez más sus dotes personales hicieron que sus superiores se fijasen en él y fue destinado a la unidad de reconocimiento del “Sturmgeschütz Abteilung” el 25 de abril de 1940. Esta unidad estaba equipada con los nuevos cañones de asalto StuG III. Era un concepto nuevo de armamento y nadie tenía experiencia en un vehículo similar para que pudiera enseñarle, pero su comandante decidió darle la oportunidad de escoger a tres compañeros para que formasen su tripulación. A lomos de su StuG III Ausf A prestó servicio en la campaña de Grecia», añade Ormeño Chicano.

Al fin había conseguido un mando a bordo de un carro medio. En este caso, un StuG, perteneciente a la familia de la «artillería autopropulsada» (un tipo de vehículo con un cañón de gran calibre, sin torreta e ideado para acabar con los tanques enemigos desde la lejanía).

Primera gran batalla
Tras hacerse un nombre en Polonia, Wittmann fue uno de los combatientes seleccionados para participar en la «Operación Barbarroja», el gigantesco asedio de la Unión Soviética por parte del ejército nazi. El 11 de junio el oficial fue trasladado hacia el este y, el 22 de ese mismo mes, su brazo ataviado con la esvástica se encontraba inmerso en el ataque contra el ejército rojo (el cual, por cierto, se llevó a cabo a pesar de que Hitler y Stalin habían firmado un pacto de no agresión tras la conquista del territorio polaco).

Los primeros días de combate, la «Luftwaffe» bombardeó de forma incesante las líneas de defensa rusas hasta acabar con la mayoría de ellas. Tras los explosivos, llegó la hora de la infantería y de los carros blindados, los cuales iniciaron el avance -como ya habían hecho anteriormente- mediante la táctica de «Blitzkrieg» (el asalto rápido de las posiciones más débiles del contrario mediante infantería motorizada y tanques).

El 11 de junio, Wittmann formó parte del asedio sobre la U.R.S.S.
Un mes después, sobre el territorio soviético y ya como comandante de carro, Wittmann se enfrentó de forma heroica a los temibles T-34/76 soviéticos, un tipo de carro de combate revolucionario que causó más de un quebradero de cabeza a los alemanes debido a su blindaje inclinado y a su potente cañón de 76 milímetros. Sin duda, un ingenio acorazado con patente de Stalin.

«El 12 de julio de 1941, Wittmann se dirigió hacia la Cota 65.5. Le habían ordenado posicionarse en la mencionada colina y allí encaminó su cañón de asalto. Tras casi quedar hundidos en una fosa que pasó inadvertida para Koldenhöff, el conductor, el vehículo alcanzó finalmente su posición. Tan sólo unos instantes después el artillero de Wittmann, el “SS-Rottenführer” Klinck, localizó a un grupo de carros de combate enemigos que se aproximaban a gran velocidad a su posición. Wittmann puso en marcha su vehículo posicionándose en otro lugar más favorable para la acción. Desde allí pudo contar hasta 18 carros de combate enemigos T-34/76 desplegados en dos grupos de batalla, uno de 12, y el otro con los otros 6 vehículos restantes», explica el historiador a ABC.


StuG, una artillería autopropulsada sumamente efectiva
Casi una veintena de T-34/76 contra un único StuG III alemán. Era una misión a priori imposible para cualquier carrista pero, al parecer, no para Wittmann, que decidió aprovechar que los enemigos no se habían percatado de su presencia e inició los preparativos para plantar cara a los soviéticos. Eso sí, prefirió tomarla específicamente con el segundo grupo, el de 6 enemigos, y olvidarse del segundo, mucho más poderoso.

Y es que, entre valiente y loco hay una línea muy fina que no quería sobrepasar más de lo deseable. Así pues, y a sabiendas de que los rusos no habían pulido aún su técnica a la hora de combatir en grandes divisiones blindadas (según Otto Carius, otro de los grandes «ases» de los blindados nazis, no sabían coordinarse debido a que no contaban con radios en sus tanques y sus comandantes de vehículos eran sumamente «cobardes») ordenó a su conductor esconderse en la parte izquierda de la colina. Se enfrentaría a ellos.

«Entre el rugido de los motores del T-34/76 se pudo oír la detonación del cañón de 75 mm del StuG y, al instante, uno de los carros soviéticos estalló en una bola de fuego. Wittmann impartía órdenes precisas a Koldenhöff para mover el StuG a fin de que Klinck obtuviese los mejores ángulos de ataque, ya que el StuG III carecía de torreta y se debía encarar el vehículo hacia su objetivo para poder disparar. La coordinación de la tripulación fue perfecta», añade Ormeño Chicano.

Después de que Petersen, el cargador, metiera un nuevo cartucho en el potente cañón del StuG III, el carro volvió a estremecerse con el siguiente disparo, el cual hizo explotar otro blindado soviético. «Uno de los proyectiles casi alcanzó al vehículo de Wittmann, pero erró el tiro por poco estallando detrás del StuG III (al no tener torreta su altura era menor y ofrecía un blanco menor al enemigo)», añade el historiador.


Tanque medio T-34 destruído
Con dos bajas a sus espaldas y la columna soviética alerta (dos barbacoas protagonizadas por sus carros de combate les hicieron percatarse de que había enemigos en la zona), Wittmann fue prudente y se retiró hasta un bosque cercano para pensar su siguiente movimiento y no exponerse a los zurriagazos de los rojos.

La tranquilidad fue poca, pues un nuevo enemigo le ganó terreno y se propuso entrar junto a él al abrigo de los árboles. «Un tercer T-34 se batió con el StuG de Wittmann. Ambos abrieron fuego simultáneamente. Sin embargo, el proyectil disparado por el artillero Klinck fue más preciso y alcanzó al vehículo soviético. En la explosión su torreta salió disparada por los aires cayendo unos metros más allá», completa el experto.

Para suerte del germano, los tres siguientes disparos enviados por los soviéticos fallaron. La desgracia rusa fue que Wittmann y su tripulación no fueron tan benevolentes y dieron cuenta de otro carro de combate de un disparo certero. Sin duda, algo digno de un largometraje. Lo más curioso fue que, según parece, los rusos no enviaron más tanques para detener al alemán, pues debieron pensar que dos contra uno era un número lo suficientemente imponente como para salir victoriosos. Por el contrario, el resto de la columna se quedó esperando. A esta, se añadió además otro vehículo de refuerzo. Ya solo quedaban tres.

Su actuación frente a los T-34 le hizo ganar la Cruz de Hierro
«Sobre la colina había otros tres T-34, parados, pero con el motor en marcha. La presencia del StuG pasó desapercibida y Koldenhöff maniobró hábilmente para situarse a tan solo 500 metros del último de ellos. A la orden de Wittmann, Klinck apretó el gatillo y un proyectil de 75 milímetros perforante alcanzó a uno de los vehículos rusos destruyéndolo al instante en una bola de fuego. Los otros dos carros giraron a la par sus torretas para adquirir como blanco al atacante mientras que Koldenhöff maniobraba para cubrirse», destaca el historiador.

Con solo dos enemigos en su contra, el alemán se dispuso a obtener su tan deseada victoria. «Un nuevo disparo del StuG y otro T-34 terminó en llamas vomitando humo negro por todas sus escotillas. Otro proyectil en la recámara y el T-34 tocado terminó por explotar al recibir un nuevo impacto directo. Ante ese panorama, el tercer T-34 decidió que había sido suficiente y huyó para evitar correr la misma suerte que sus compañeros», añade Ormeño Chicano. Esta imponente victoria permitió al alemán conseguir la Cruz de Hierro de Segunda Clase por su gran valentía en combate, una de las más altas condecoraciones de la época para los nazis.

Un Tigre para un león
Demostrada su valía como comandante, Wittmann combatió con su StuG en Rusia hasta junio de 1942. Un año en el que causó decenas de bajas en el ejército soviético. No obstante, su dominio de los mandos de los carros de combate era tan apabullante que, ese mismo mes, fue aceptado como cadete en la escuela de oficiales de Baviera.

Tras pasar ese curso, en 1943 fue trasladado de nuevo al frente del Este, aunque en este caso fue asignado a una unidad de Panzer III Ausf L/M (un carro de combate medio cuyo armamento variaba dependiendo de la versión) dedicada a proteger la retaguardia de carros de tanques más pesados. Fue el 5 de julio (dos veranos después de acabar con un pelotón de T-34) cuando fue puesto a las órdenes de un poderoso «Panzerkampfwagen VI Tiger». Para muchos, el mejor blindado de la Segunda Guerra Mundial.

No era para menos, pues su pesado blindaje (de hasta 120 milímetros) y su efectivo cañón de 88 milímetros hicieron de él una verdadera pesadilla para sus enemigos. De hecho, ver una de estas moles en contienda causaba pavor entre los aliados, quienes sabían que deberían sudar sangre para mandarle al otro barrio. Y todo ello, perdiendo una ingente cantidad de tropas.


Wittmann, sobre su carro de combate
Su efectividad impresionaba incluso a veteranos comandantes de carro como Otto Carius quien, en sus memorias escritas en 1950, se deshizo en elogios hacia este vehículo. «No existe nada parecido a un seguro de vida en un carro de combate. Sencillamente no puede haberlo. No obstante, nuestro Tiger fue el mejor carro de cuántos yo conocí en la guerra. Es probable que aún no haya sido superado, peso a los avances realizados hasta el momento. […] La fortaleza de un carro reside en su blindaje, en su movilidad y en su armamento. Se deben combinar los tres factores para conseguir el máximo rendimiento. Este ideal se hacía realidad en nuestro Tiger».

Como comandante de Tiger, Wittmann participó en la batalla de Kursk, en la que se enfrentaron más de 6.000 carros de combate. Durante esta contienda, el comandante y su tripulación dieron cuenta de 30 tanques soviéticos de todo tipo y 28 cañones anticarro –armas de gran calibre que, dotadas por infantería, estaban diseñadas para acabar con los blindados enemigos-. Curiosamente, y a pesar de lo que opinaban el resto de las unidades, para los carristas era todo un orgullo aniquilar una de estas piezas de artillería.

Así lo corrobora, de nuevo, Carius en sus memorias: «La destrucción de un cañón contracarro era aceptada como normal por los legos y los soldados de otras ramas. Para ellos solo la destrucción de otros carros contaba como victoria. Pero un cañón contracarro tenía un valor añadido para un carrista experimentado. Para nosotros, estos eran mucho más peligrosos que los blindados enemigos. Un cañón contracarro esperaba en emboscada, bien camuflado y perfectamente integrado en el terreno, por eso era muy difícil identificarlos y más aún acertarles con nuestros disparos, debido a su poca altura. Normalmente no nos dábamos cuenta de la presencia de los cañones contracarro hasta que ellos hacían el primer disparo. Ocurría a menudo que solían alcanzarnos si los soldados a su cargo eran expertos».

La Cruz de un Caballero
Tras combatir en aquella lata de sardinas en nombre de Adolf Hitler, el oficial germano fue enviado a Italia y, posteriormente, al frente ruso de nuevo. Todo ello, antes de que fuera propuesto para recibir la codiciada Cruz de Caballero, condecoración que apenas se entregó a 7.000 combatientes durante la Segunda Guerra Mundial (a pesar de que más de 10 millones de alemanes lucharon en ella). «Wittmann, junto a su unidad, regresó al Frente Oriental justo a tiempo para intentar oponerse a la ofensiva soviética contra Kiev. Durante los combates desarrollados en el área, Wittmann logró su victoria número 60», añade Ormeño Chicano en declaraciones a ABC.

Finalmente, ese mismo mes recibió la condecoración gracias a la siguiente recomendación realizada por el comandante de división Theodor Wisch: «El SS-Untersturmführer Wittmann, comandante del 13r Pelotón del SS/Pz.Rgt.1 LSSAH, ha destruido 56 tanques durante el periodo de julio de 1943 hasta el 7/1/1944, incluyendo varios KVI, KVII, General Sherman y siendo el resto T-34. Durante una penetración cerca de Sherepki por una brigada de tanques rusos el 8/1/1944, él y su pelotón tuvieron éxito al parar el ataque y él mismo dejó noqueados 3 T34 y 1 cañón de asalto. Sobre el 9/1/1944 destruyó otros 6 T34 durante una penetración por tanques soviéticos y levantó su total de victorias a 66. Demostró una vez más un excepcional valor, enfrentándose y destruyendo el ataque acorazado ruso».

Camino a Normandía
Sin embargo, en 1944 Wittmann se vio inmerso en una guerra que no pintaba nada bien para el ejército nazi. Para empezar, el frente del este (en el que este oficial había hecho trizas a decenas de carros rusos) fue abandonado por los alemanes ante el empuje de los hombres de Stalin. La situación no era mejor en Europa oriental, zona a la que estaba claro que los aliados querían acceder mediante un desembarco masivo.

Así lo atestiguaba el gigantesco movimiento de tropas inglesas, americanas y canadienses que se había producido hacia el sur de Gran Bretaña y al que Hitler no era ajeno. Derrotados en la estepa soviética, a los nazis ya solo les quedaba reforzar las defensas de las playas de todo el norte de Francia para evitar que sus enemigos las tomasen y, desde allí, liberasen París. Una misión difícil debido a los kilómetros y kilómetros de costa a proteger.

En estas andaban los nazis -rompiéndose la cabeza para adivinar donde sería el desembarco aliado- cuando Wittmann fue enviado junto a su unidad (la «Leibstandarte SS Adolf Hitler», integrada en el 101º Batallón de Carros Pesados) a las proximidades de Normandía en abril. No andaba desencaminado el que decidió dirigir las orugas de estos combatientes hasta esa región, pues el 6 de juniose produjo, finalmente, la macro operación que llevaba meses organizándose: el Día D, el asalto masivo por parte de los aliados a la costa francesa.

Tras el ataque la desesperación se adueñó de los germanos, que movilizaron a todas las unidades de carros de combate cercanas para detener la incursión enemiga. Precisamente en este contexto se ordenó a nuestro protagonista (al mando de una compañía de 6 Tigers) dirigirse hacia Beauvais, un pequeño pueblo ubicado a medio camino entre París y las playas. El calendario marcaba entonces el 7 de junio.

No obstante, cuando los carros de combate comandados por este germano llegaron a la zona, sus enemigos ya habían tomado buena parte de las playas y avanzaban hacia el interior del país con el cuchillo entre los dientes. Desbordado como estaba en todos los frentes, el alto mando nazi decidió enviar a Wittmann y a sus 6 Tigers hasta Villers-Bocage, un pueblo ubicado a 200 kilómetros de Beauvais que cubría el flanco izquierdo de la «División Panzer Lehr» (una de las unidades que trataba de rechazar a los aliados a sangre y fuego).

El alemán recibió la orden de deefnder Villers-Bocage a toda costa
Su misión era, a la vez, sencilla de entender y sumamente complicada de llevar a cabo: debía defender la región para evitar que sus compañeros fueran rodeados y aniquilados. De su buen hacer dependían cientos de vidas. «El jefe de la división, “Sepp” Dietrich -junto a los comandantes de los Tigers- dedujo que Villers-Bocage y la Cota 213 eran unos objetivos potenciales para los aliados, ya que coparían las posiciones de la “Panzer Lehr”, así que Wittmann se dirigió allí», explica el experto a ABC.

Los alemanes estaban en lo cierto, pues a los aliados no se les había pasado por alto que, si tomaban este pueblo, podrían «embolsar» y aniquilar a la «Panzer Lehr». «Ya que la “Panzer Lehr” tenía sus flancos al descubierto, la idea básica de Montgomery era la de avanzar por el pueblo de Villers-Bocage, atacar la ciudad desde el suroeste y, con suerte, embolsar las posiciones de la “Panzer Lehr” para destruirla posteriormente en una operación de limpieza de la bolsa. La Operación “Perch” había sido ideada por el Mariscal de Campo Montgomery y había comenzado con buen pie, salvo un tanque Stuart británico destruido por un solitario anticarro alemán en el pueblo de Livery», añade Ormeño Chicano.

Buscando un hueco en la historia
Con toda aquella responsabilidad sobre los hombres, Wittmann se dirigió con sus 6 Tigers hacia Villers-Bocage. Disponía de un grupo de los mejores carros alemanes de la Segunda Guerra Mundial. Eran duros como fortalezas, sí, pero contaba con un número irrisorio para detener a todos los enemigos que llegaban desde las playas de Normandía.

La tarea sería difícil de cumplir, aunque nunca dudó: debía llevarla a cabo como buen soldado. Tras horas de viaje, la compañía llegó a las afueras del pueblo entre la noche del 12 de junio de 1944 y la mañana del día siguiente. Sus tripulaciones estaban extenuadas, pero no les quedaba otro remedio. Eran el último escollo en el camino de los aliados y la última defensa existente para proteger el flanco de la «Panzer Lehr».

«Wittman se ofreció a realizar un reconocimiento con su Tiger y, a las 06:00 a.m., puso en marcha su carro de combate. Bajo la cobertura de los árboles Wittmann estableció su puesto de mando a tan sólo 150 metros de la Cota 213, dónde quedó a la espera bajo la sombra y protección de un árbol. Al poco de estar en su puesto de observación, un “Unteroffizier” [cabo] de la “Wehrmacht” alcanzó su posición sujetándose el casco con una de sus manos y jadeando por la carrera», destaca el experto.


Sherman «Firefly» británico
El nazi informó a Wittmann de la presencia de un número indeterminado de carros de combate enemigos en las inmediaciones, y en una cantidad gigantesca. «Muy probablemente pertenecían a los “jerrys”, apodo por el que los alemanes hacían referencia a las tropas británicas. Desde su posición pudo observar lo que parecía una larga columna de vehículos blindados enemigos a lo largo de la carretera de Villers-Bocage y en dirección a la Cota 213», explica el historiador.

La situación no era sencilla. Y es que, hacia la posición de la escasa compañía de Wittmann se dirigía una fuerza considerable formada por dos grupos del 4º Regimiento británico «City of London Yeomanry» (perteneciente a la 7ª División Acorazada). El primer escuadrón se había posicionado al este de Villers-Bocage y estaba formado por un número indeterminado de carros de combate Cromwell y M4A4 Sherman «Firefly» (ambos, tanques medios con un cañón que difícilmente podía dañar a los Tiger).

Tras estos tanques se destacaba, además, la 1ª Brigada de Fusileros norteamericana, la cual contaba con varios vehículos de transporte M3 y tres blindados ligeros de exploración M5A1 Stuart. «También había elementos acorazados pertenecientes al “5th Royal Tank Regiment”. Mientras, en la calle principal de la ciudad quedaron los vehículos del Cuartel General del Regimiento, con sus vehículos aparcados y algunos de ellos aún con los motores encendidos a la espera de reemprender la marcha. Al oeste, finalmente, se ubicó el segundo escuadrón», añade el experto. En total, más de 200 vehículos y cientos de soldados.

Una batalla épica
En principio, Wittmann pensó en solicitar refuerzos a sus superiores, pero rápidamente desechó la idea, pues si usaba la radio, sería descubierto por los británicos y perdería el factor sorpresa. Sabedor además de que no podría defenderse de tal avalancha de enemigos si eran ellos los que atacaban, decidió hacer honor a sus medallas y asaltar al enemigo.

«Las fuerzas alemanas en la zona se reducían a un puñado de soldados de infantería y 6 Tigers, aunque uno estaba averiado por los daños recibidos (Tiger 233) y otro sería utilizado como enlace (Tiger 211). Wittmann bajó de su Tiger y, acompañado por el “Unteroffizier” que le alertó de la presencia enemiga, se acercó más para inspeccionar. Tras ello avisó al Tiger 234 para que se mantuviera a la espera. Wittmann subió a la torre del Tiger y, colocándose los cascos de comunicación interna, comenzó a impartir órdenes para un ataque sobre la ciudad», añade el experto español.

Así pues, corrían aproximadamente las ocho de la mañana cuando, con la brisa mañanera rozando la cara de Wittmann, este explicó su plan a Kurt Sowa, Herbert Stief, Georg Hantusch y Jürgen Brandt –los comandantes del resto de carros-. Sus órdenes, según les dijo, eran llegar hasta la Cota 213 (ubicada a un kilómetro y medio del pueblo) y evitar que fuese tomada por las tropas británicas.


Tanque Tiger, en Túnez
Curiosamente, se reservó lo más difícil para él. Y es que, decidió que se lanzaría con su carro de combate sobre los enemigos para aprovechar el factor sorpresa y crear el desconcierto. El momento, según dijo, era idóneo, pues muchos británicos habían abandonado sus vehículos momentáneamente para desayunar. No sabemos qué opinaron de este plan los miembros de su tripulación (la cual estaba formada por el conductor Walter Müller, el artillero Bobby Woll, el cargador Günter Boldt y el operador de radio Günther Jonas), pero lo cierto es que todos conocían las capacidades de su jefe y le hubieran seguido a través de un campo de minas con los ojos vendados.

Con todo listo, Wittmann dio la orden de avance y esperó a que su pesado Tiger empezase a coger velocidad. Él, lejos de embutirse en aquel amasijo de hierro, abrió la escotilla y alzó la cabeza para distinguir mejor a sus objetivos, una práctica que solían hacer los alemanes y que los soviéticos despreciaban por ser demasiado peligrosa.

«Wittmann enfiló directamente su Tiger por la carretera hacia los estacionarios vehículos del Escuadrón “A” del “4º “City of London Yeomanry” y abrió fuego sobre ellos. Las sorprendidas tripulaciones, que se encontraban al borde de la carretera disfrutando de una taza de té y un cigarrillo antes de reemprender la marcha, fueron cogidas completamente desprevenidas. A pesar de estar próximos a sus vehículos parecía más que evidente que serían destruidos por el Tiger y que tampoco tendrían, ni de lejos, tiempo para maniobrar y obtener una buena posición de tiro contra el carro germano. Lo único que pudieron hacer fue dispersarse y huir de sus vehículos, muchos de ellos aún con el motor en marcha», señala Ormeño Chicano.

Los británicos no pudieron reaccionar debido a que estaban tomando el té
Tras el susto inicial (ver cómo se acerca una de estas moles de metal no debe ser agradable para nadie) a los británicos les sobrevino el terror cuando el Tiger de Wittmann comenzó a hacer fuego con su cañón de 88 milímetros. Su efectividad era letal y, con los primeros dos disparos, dos carros de combate Cromwell se fueron al infierno.

El siguiente en estallar mediante un proyectil fue un Sherman «Firefly». Y eso solo en los primeros instantes. «En total, 15 vehículos fueron destruidos junto con 2 cañones anticarro de 6 libras. Estos ni siquiera pudieron ser emplazados para hacer frente a su enemigo y terminaron ardieron aún enganchados a sus vehículos de transporte. También corrieron esa misma suerte tres carros ligeros de exploración M5A1 Stuart», añade el historiador a ABC.

En apenas dos minutos, y con solo una breve pasada por parte del Tiger, las bajas se contaban por decenas. No solo de carros de combate, sino también de infantería, vehículos de carga, motocicletas y blindados de transporte. Wittmann no se detuvo en este punto, sino que siguió avanzando hacia la zona donde se hallaba el Estado Mayor del Regimiento (los mandamases, que podríamos decir).

Allí le esperaban 4 carros de combate Sherman, muy veloces y maniobrables, pero poco efectivos contra su gigantesco ingenio nazi. Así pues, cuando llegó hasta esa zona (ubicada dentro del pueblo) solo tuvo que disparar en tres ocasiones y tres de estos vehículos explotaron al instante. Mientras el pánico cundía entre los soldados de Churchill, nuestro protagonista dio orden de rodar a toda máquina sobre Villers-Bocage. Al fin y al cabo, de momento nadie podía detenerle.


Destrucción causada por Wittmann en Villers-Bocage
«Los restantes Cromwell supervivientes del cuartel regimental del 4º “City of London Yeomanry”, bajo el mando del Capitán Patrick Dryas-quien se había ocultado en una de las calles laterales para evitar ser alcanzado- entraron entonces en acción. Dryas esperó a que el Tiger de Wittmann pasase por delante suya para ir tras él e intentar destruirlo con un disparo por retaguardia. Por su parte, el Escuadrón “B” estaba ya en alerta y comenzó a maniobrar para enfrentarse a la amenaza. Cuando el Tiger pasó de largo de su posición de emboscada, Dyas dio la orden de marchar tras el carro alemán. Pocos metros más adelante, Wittmann se topó frontalmente con un Sherman “Firefly” perteneciente al Escuadrón “B”. El “Firefly” abrió fuego en primer lugar alcanzando al Tiger, pero el proyectil rebotó inofensivamente sobre su blindaje frontal», completa Ormeño Chicano. El nazi le devolvió el golpe.

Todavía sin creerse que aquel disparo no hubiese hecho explotar su carro de combate (los «Firefly» podían dañar a los «Tiger» si se encontraban a menos de 800 metros de ellos) Wittmann ordenó dar media vuelta a la mole de metal. Curiosamente, al hacer esta maniobra destrozó un trozo considerable de pared que cayó sobre el Cromwell que le perseguía, el de Dyas.

Este, por su parte, abrió fuego sobre aquel asesino sobre orugas. No obstante, la bala rebotó en el casco. Lo mismo sucedió con el siguiente disparo. Nuevamente, había quedado demostrado por qué este tanque germano era tan temido por los aliados. Con todo, y sabedor de que la parte trasera del vehículo (sobre la que estaba disparando el británico) era la más débil, el germano ordenó cargar un proyectil a toda prisa para acabar con su contrario. A los pocos segundos, del cañón de 88 salió un fogonazo que hizo saltar por los aires el carro inglés. Milagrosamente, Dyas logró salir vivo de la posterior bola de fuego que se creó.

El ocaso de Villers-Bocage
Con la adrenalina recorriendo su cuerpo, Wittmann estuvo a punto de ordenar avanzar sobre una plaza en la que había ubicados 4 carros de combate enemigos (entre Cromwells y Shermans «Firefly») y un cañón contracarro de seis libras (unos 57 milímetros). Sin embargo, finalmente mantuvo la cabeza fría y ordenó al conductor seguir camino hacia la cota 213.

Allí, sería un buen refuerzo para sus compañeros. «Wittmann alcanzó pronto la Cota 213 y se reunió con sus cuatro Tiger. Con la incorporación de nuevos vehículos, un total de trece carros atacarían ahora la ciudad desde tres de sus lados. En la calle principal, el Tiger de Wittmann fue alcanzado por un cañón anticarro, pero sin consecuencias. Tras un certero disparo con un proyectil rompedor el cañón fue destruido», añade el experto.

No obstante, sus compañeros no tuvieron tanta suerte, pues dos «Tigers» fueron destruidos por el fuego combinado de tanques enemigos y cañones contracarro. Incluso el blindado del héroe nazi de Villers-Bocage recibió un disparo que acabó con sus orugas. Inmovilizada aquella perfecta máquina de combate, Wittmann dio la orden de abandonar el vehículo, coger los subfusiles y pistolas que hubiese a bordo, y correr a todo prisa hacia el campamento germano más cercano.


Hitler entrega una medalla a Wittmann
El ataque final habría fallado, pero este oficial había cumplido con creces su deber de cara a Adolf Hitler. «Wittmann había logrado destruir un total de 21 carros de combate enemigos y un número sin cuantificar de semirougas y transportes de tropas. Después, a pie, y en territorio enemigo, Wittmann y su tripulación lograron recorrer los quince kilómetros que los separaban de su unidad hasta alcanzar el cuartel de la “Panzer Lehr”, dónde informaron de la situación», destaca el historiador.

El total de bajas conseguido por su unidad no fue menos sorprendente. De hecho, aquel día quedó demostrado lo que podían hacer media docena de Tigers con comandantes veteranos a sus mandos.

«Tanto en los combates en el interior de la ciudad como en sus alrededores se destruyeron unos 30 carros de combate británicos así como un número significativo de otros tipos de vehículos durante la mañana de 13 de junio de 1944. Según las cifras oficiales del diario de guerra inglés se perdieron un total de 20 Cromwells, 4 Sherman "Fireflys", 3 M5A1 Stuarts y 3 M4 Shermans, junto con 16 transportes Bren-Carriers y 14 semiorugas M3, en total 60 vehículos. Todos los detalles y otras acciones de Wittmann se pueden leer en mi trabajo “Michael Wittmann y Villers-Bocage 1944”», completa el autor.

Muerto en combate
Tras regresar con vida del infierno de Villers-Bocage. Wittmann se convirtió en un héroe nacional para Alemania. La oficina de propaganda del régimen (dirigida por Goebbels) procuró que sus éxitos se conociesen en toda Europa con un objetivo doble: infundir el terror en los enemigos del Reich, e inducir a los jóvenes cadetes a cometer heroicidades (o locuras, que dirían otros) en el nombre de Adolf Hitler.

El 25 de junio, el carrista recibió también las Espadas para su Cruz de Hierro (una nueva condecoración) de manos del mismísimo «Führer», quien también le ascendió y le ofreció un trabajo nuevo trabajo como instructor para los nuevos conductores y comandantes de Panzer.

No obstante, el germano ansiaba por encima de todo encontrarse en primera línea de batalla junto a su carro de combate, por lo que rechazó el puesto y, el 6 de julio, fue enviado de nuevo a Normandía. Allí participó en una gran ofensiva nazi que buscaba recuperar la ciudad de Caen (cerca de Villers-Bocage).


El 8 de agosto de ese mismo año, el «as» de los tanques nazis luchó su última batalla en una campiña cerca de Gaumesnil (al sur de Caen). Y es que, según informó el «SS-Hauptsturmführer» Höflinger -ubicado en un Tiger cercano al de nuestro protagonista- Wittmann fue alcanzado y su blindado, destruido. No hubo supervivientes. A día de hoy, existen multitud de teorías sobre quién acabó con el alemán, pues son decenas las unidades aliadas que se atribuyen su destrucción. Con todo, la más aceptada es que cayó por un disparo de un «Firefly» británico.

Después de que este «as» de los tanques muriese, tanto sus restos como los de su tripulación fueron enterrados cerca de su carro de combate. Eso provocó que, en las semanas posteriores, fuera imposible para las autoridades germanas hallar su cuerpo. Hubo que esperar hasta 1983 para que, durante una obra rutinaria, se encontraran sus cuerpos, los cuales fueron identificados gracias a las piezas dentales. Una vez hallado, el cadáver de Wittmann fue llevado hasta el cementerio alemán de La Cambe, en Nomandía, donde su enterramiento fue decorado con una placa en su honor.

Dos preguntas a Javier Ormeño Chicano
-¿Qué teorías existen sobre la muerte de Wittmann?

Durante muchos años ha existido una fuerte controversia en torno al destino de Michael Wittmann y al de su tripulación, pues muchas de las unidades aliadas que se encontraban en la zona reclamaron como suya la baja de su Tiger. Una de ellas fue la 1º División Acorazada polaca. Algo que es difícil de creer, pues esta unidad se encontraba al este de San Aignan-de-Cramesnil y no cruzó su línea de avance hasta las 13:55 horas, más de una hora después de que Wittmann fuese declarado como desaparecido en su unidad. Otra formación acorazada que se adjudicó su destrucción fue la 4º División Acorazada canadiense, pero su avance principal estuvo centrado en el eje de Rocquancourt.

También se especuló sobre la posibilidad de que el Tiger de Wittmann fuese alcanzado por los cohetes de algún cazabombardero “Typhoom” británico. Esta teoría tampoco tiene peso ya que en el libro de operaciones de la “2º Tactical Air Force” no hay constancia de la destrucción de ningún carro de combate en el aérea aquél día.

-¿Era Wittmann un nazi convencido?

Si repasamos la carrera militar de Wittmann se hace difícil pensar que realmente tuviese una ideología férrea. Viendo su historial y su capacidad de liderazgo no era raro esperar que acabase en una de las mejores unidades de combate de Alemania. Su personalidad y otros rasgos no hacen pensar que fuese un fanático nazi, sino un militar enamorado de los carros de combate que luchó por su país en una etapa de la historia tan apasionante como convulsa.
https://www.abc.es/historia/abci-wi...rcito-tanques-tiger-201903140155_noticia.html
 
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Así fue la huida del «hijo adoptivo de Hitler» que se estrelló en la playa de La Concha en 1945
El avión del comandante nazi belga Lèon Degrelle tuvo que realizar un aterrizaje de emergencia el mismo día que se anunciaba el final de la Segunda Guerra Mundial. En San Sebastián corrió el rumor que el «Führer» viajaba en él

2 La «bestia» nazi que aplastó a un gigantesco ejército alido con un único tanque

«Un minuto después de medianoche ha sido dada la orden de alto el fuego»,titulaba la edición madrileña de ABC el 9 de mayo de 1945. La edición sevillanaanunciaba: «Ha terminado la guerra en Europa». Y en el subtítulo explicaba: «Las fuerzas alemanas de tierra, mar y aire se rindieron al ejército expedicionario Aliado y, simultáneamente, al mando soviético». Así informaba este periódico de la caída de la Alemania nazi en el famoso Día de la Victoria que ponía fin a la Segunda Guerra Mundial (menos en el Pacífico, donde no llegaría hasta agosto con las bombas de Hiroshima y Nagasaki).

El acta de rendición había sido firmada el día 7 por el general de la Wehrmacht Alfred Jodl en el cuartel general de Dwight D. Eisenhower, comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa, en Reims (Francia). Y refrendada el día 8 de mayo por el mariscalWilhelm Keitel ante los representantes de la URSS en Berlín. Mientras se producía la histórica rúbrica, un grupo de vecinos de San Sebastián que caminaba tranquilamente por la playa de La Concha ajeno a la noticia del final de la guerra – ABC informaría al día siguiente– escuchó un gran estruendo en el cielo. Y al levantar la cabeza, vieron a un avión haciendo maniobras arriesgadas hasta precipitarse en la orilla. En la cola, la esvástica nazi, como puede verse en la imagen tomada por el fotógrafo donostiarra Vicente Martín.

«A las seis de la mañana de ayer, un avión caza alemán, marca Heinkel, se ha precipitado en las aguas de la bahía de La Concha, en el balneario, por la parte más cerca de la orilla. En aquellos momentos la marea no alcanzaba su plenitud. El avión siniestrado dio dos vueltas de campana y se hundió en el mar cerca de la orilla», podía leerse el mismo día de las noticias del fin de la guerra en este diario, uno de los pocos que informó sobre aquel suceso en época de censura. Y añadía: «En los primeros momentos se extendió por la ciudad el rumor de que en el avión viajaba nada menos que Hitler, el cual, según los informadores de la calle, no había muerto. Y que, a pesar de mostrarse desfigurado, había sido identificado por las autoridades».

ABC la publicó el día 2 de mayo de 1945, pero durante aquel día 8 toda la ciudad de San Sebastián llegó a creer que realmente estaba vivo y huía desesperadamente tras su derrota. No era así, aunque uno de los pasajeros del Heinkel-111 de la Luftwaffe que se estrelló en La Concha no era precisamente un desconocido: «El avión llegó a nuestra ciudad –continuaba– falto de gasolina, efectuando un aterrizaje forzoso. De él fueron extraídas hasta seis personas con uniformes militares alemanes. Una de ellas ostentaba alta graduación con distintivo de coronel y lucía en su pecho la Cruz de Hierro. Se trata del conocido rexista, jefe del partido belga, Léon Degrelle. Sus acompañantes eran soldados de inferior graduación».


Retrato de Lèon Degrelle
Degrelle (Bouillon, Bélgica, 1906) fue un oficial de la Legión Valonia, una unidad extranjera adscrita a las SS alemanas en la que destacó como uno de sus mandos durante la Segunda Guerra Mundial. Había sido también el fundador del rexismo, una rama del fascismo en Bélgica que alcanzó gran notoriedad en Europa entre 1939 y 1945. Pero cuando los alemanes vieron que los Aliados ya les habían derrotado y que Hitler estaba muerto, el ministro de Exteriores del Tercer Reich, Joachim von Ribbentrop, convenció al belga para que huyese. En ese momento se encontraba en Oslo, a donde había llegado desde Copenhague.En la capital noruega se apropió, junto a cinco oficiales, del avión del arquitecto y Ministro de Armamento nazi Albert Speer y emprendió el vuelo de noche.

Cuando se estrelló en San Sebastián tras volar 2.150 kilómetros, tenía 39 años. Él mismo contó el viaje en sus memorias: «Volábamos sin luces huyendo del fuego antiaéreo francés. Cuando divisábamos Irún, a solo unos minutos de aviación, vimos la muerte segura. Yo conocía aquella zona porque de pequeño había veraneado en Lourdes con mis padres algunos años y en dos ocasiones visitamos Guipúzcoa. Pero faltaban algunos minutos y el avión ya no tenía combustible. Aterrizar en suelo francés significaba la guerra. Así que el piloto, para demostrar su pericia, puso el avión vertical, aprovechó las últimas gotas y llegamos hasta San Sebastián. La Vírgen de Lourdes me salvaba en el último momento».

«Varios termos y píldoras vitamínicas»
El aparato chocó con unas rocas en un extremo de la playa, lo que provocó que se desviase contra las aguas y quedara varado, según explicaba después. Según contaba ABC: «Llevaban a bordo gran cantidad de mantequilla, varios termos y píldoras vitamínicas. Carecían de tabaco, que pidieron con ansiedad al llegar a tierra». La noticia se publicaba el mismo día que miles de ciudadanos salían a festejar por las calles de París, Nueva York y Londres el final de una guerra mundial en la que España se había mantenido neutral. El primer ministro británico Winston Churchill saludaba a la muchedumbre congregada en Whitehall haciendo el signo de la victoria., la euforia era menor y la gente hizo vida más o menos normal.


Degrelle, frente a un soldado nazi, en la Segunda Guerra Mundial- ABC
Lèon Degrelle no era un líder cualquiera. La cruz de la que hablaba el redactor de ABC se la había impuesto nada menos que el «Führer» en febrero de 1944, poco más de un año antes de su amerizaje en la playa de La Concha. En agosto de ese año también le otorgó la Cruz de Caballero con Hojas de Roble, una distinción concedida solo a 883 militares en toda la guerra. En la ceremonia de entrega, el mismo Hitler le dijo: «Si tuviese un hijo, me gustaría que fuese como usted». Aquellas palabras eran un reconocimiento aún mayor que la distinción militar, que reflejaban la gran confianza y complicidad que tuvo con el «Führer». Esa fue la razón de que en el futuro se le conociera como «el hijo adoptivo de Hitler».

Los donostiarras que presenciaron el suceso se quedaron perplejos. Pronto el avión fue rodeado por los vecinos de La Concha, muchos de los cuales se despertaron con el ruido del choque del avión contra el agua y la arena. Algunos, en pijama, se acercaron hasta la orilla para ayudar a los desconocidos pasajeros. Y a lo largo del día cientos de personas se acercaron a ver el Heinkel-111. Ahí fue donde se extendió el rumor de que dentro iba Hitler. Algo a lo que sin duda ayudó la enorme esvástica visible en la cola. Algunos niños incluso arrancaron algunos pedazos del avión de Degrelle, cuyos restos fueron finalmente trasladados a Logroño.

Degrelle resultó gravemente herido y estuvo ingresado durante dieciocho meses en el Hospital Mola, de San Sebastián, aunque en un primer momento ABC solo detallaba que sufría «la fractura del omoplato y la posible fractura de un tobillo». Eran los primeros momentos de una estancia en España que, en el caso del belga se prolongó hasta 1994 entre Madrid y Málaga. Así lo explicaba él mismo en su biografía: «Mis heridas, en realidad, me salvaron, porque Franco quiso devolverme a Alemania. Ví las cosas tan mal que un día le escribí una carta en la que le decía: “Qué poco vale para usted la sangre de un cristiano”. Franco se indignó, según supe».
https://www.abc.es/historia/abci-hu...o-playa-concha-1945-201903210128_noticia.html
 

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