HÉROES DEL DEPORTE. VIDAS

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Vasili Oschépkov, el seminarista que fundó el sambo
Publicado por Miguel Juliá.



Hijo de una presa condenada al destierro en la isla de Sajalín (a orillas del océano Pacífico) y de un antiguo reo, Vasili Oschépkov estaba llamado a ser uno de los padres del estilo de lucha soviético por excelencia: el samozashchita bez oruzhiya, o lo que es lo mismo, el sambo.

Adentrarse en los inicios del sambo es adentrarse en uno de los periodos más turbulentos de Rusia. La historia de este sistema de lucha está llena de espacios en blanco que, como siempre, son ocupados por la leyenda. Una de ellas dice que el sambo fue creado siguiendo las directrices del mismísimo Vladímir Ílich Lenin, que ordenó a los mejores luchadores de la URSS que viajaran por todo el mundo para empaparse de los más diversos estilos de lucha y artes marciales. Luego, de vuelta en Moscú, deberían armar un estilo nuevo, netamente socialista y científico, que condensara lo mejor de cada uno de los viejos estilos.

La revolución acababa de triunfar y necesitaba puños para hacerse valer. El almirante Alexandr Kolchakestablecía en su refugio siberiano la capital de la Rusia blanca, la antítesis del nuevo régimen, la mítica legión checoslovaca controlaba el Transiberiano y en el sur, en el Kubán, los cosacos seguían luchando por un zar que ya no existía.

Sin embargo, como suele pasar, la realidad supera a la ficción. Y sus episodios se suceden en el tatami de un seminario ortodoxo en el Japón de principios del siglo XX, en la escuela del Ejército Rojo en Novosibirsk, en abarrotadas exhibiciones callejeras en Moscú y, como epíteto final, en una fría celda de la histórica cárcel moscovita de Butirka.

El protagonista de esta historia se llama Vasili Oschépkov, una figura que permaneció en el olvido oficial hasta la década de los ochenta del siglo pasado. Oschépkov nació a orillas del océano Pacífico, en la isla de Sajalín, en 1892. Concretamente, en un punto de destierro llamado Alexándrovksi. Antón Chéjov, en su libro de viajes La isla de Sajalín, dijo del lugar: «Sobre todo caminábamos hasta el faro, que está sobre una colina en el cabo Jonkier. De día, si se mira el faro desde abajo, parece una casita blanca con un mástil y una luz. Por la noche destaca brillante en la oscuridad, y entonces parece que el presidio mira al mundo con su ojo rojo». Oschépkov pasó precisamente sus primeros años bajo la implacable mirada de aquel ojo rojo en el fin del mundo.

El apóstol San Nikolái de Japón

El destino del joven Vasili, que no tardó en quedarse huérfano, pronto se cruzó con el del padre Iván Kasatkin y su seminario ortodoxo de Tokio. Desde 1874 este misionero estaba al frente de un seminario en la capital de Japón, donde se educaba tanto a japoneses ortodoxos como a jóvenes venidos de Rusia.

El misionero Kasatkin nació en 1836 en la gubernia de Smolensk. Con veinticuatro años este monje y sacerdote decidió partir a Japón, un país que a mediados del siglo XIX seguía siendo un completo enigma, a dar misa para los miembros del consulado ruso en el reino de los samuráis.

Las cosas le fueron bien y en 1874 abría un seminario y una escuela femenina en Tokio. Una foto de 1882 muestra al propio Kasatkin con la comunidad de religiosos ortodoxos del momento en Japón. En total aparecen unas ciento cuarenta personas, la mayoría, japoneses. En 1891 también se construyó en Tokio la catedral ortodoxa de la Resurrección, que aún sigue en pie en el barrio de Chiyoda. Por estos y otros méritos, Kasatkin fue canonizado en 1970 por el patriarca de Moscú como san Nikolái, apóstol de Japón.

El seminario ortodoxo de Tokio: cuna de judocas

No se sabe por qué Oschépkov, huérfano y solo en un presidio al aire libre, en la inclemente isla de Sajalín, decidió con catorce años ir a estudiar al seminario ortodoxo de Tokio; todo hace pensar que no fue una decisión que tomara por sí mismo.

El propio Kasatkin, en una anotación de su diario, nos da una pista: «Desde Vladivostok y Jarbín las autoridades militares más de una vez me han pedido aceptar aún más estudiantes en el seminario, y yo me negué, y de Sajalín hoy ha aparecido un nuevo alumno sin haber hecho antes la petición llamado Gavril Zhuravlev, ha venido con Vasili Oschépkov, que ya había sido aceptado en esta escuela».

Era el año 1907, hacía dos años que Rusia había sufrido una dolorosa derrota frente a Japón, y sus posesiones en aquel rincón del mundo estaban en peligro. En parte, la humillante derrota frente a los japoneses en 1905 se había debido a una absoluta minusvaloración del enemigo, espoleada por los prejuicios raciales imperantes en la época. La falta de información, sumada a la arrogancia colonialista, comportó la pérdida de importantes territorios en favor de los japoneses. Rusia necesitaba entender y conocer a aquella potencia que empezaba a despuntar en sus fronteras, y para ello necesitaba traductores e informantes.

De aquel seminario, en el que se estudiaba teología, lengua rusa, lengua japonesa, lengua china o confucianismo, no solo salieron sacerdotes y monjas, sino también escritores, traductores y, por extraño que parezca, judocas.

La eclosión del judo en Japón

En 1882 Jigoro Kano había fundado el Kodokán y la práctica del judo se estaba extendiendo con fuerza. El visionario Kasatkin fue de los primeros en ver el potencial de aquel arte marcial que, según su fundador, no solo servía para formar el cuerpo, sino también el espíritu. El judo pasó a formar parte del programa de estudios del seminario y era impartido por un instructor japonés. Oschépkov debió destacar desde temprano, ya que en 1911 empezó a entrenar en el mismísimo Kodokán, vetado incluso para muchos japoneses. El tatami de Kano era el más selecto del país y para ser aceptado había que pasar un duro proceso de selección en el que se pedían al aspirante cartas de recomendación y se le exigía un gran nivel físico y de respeto por la etiqueta sobre el tatami. Solo Oschépkov y otro compañero ruso del seminario, Trofim Polepev, fueron aceptados. La leyenda dice que cuando Kasatkin envió a Oschépkov al Kodokán le dijo «¡Puede que el arte marcial no sea ruso, pero el alma será rusa!».

En junio de 1913 Vasili Oschépkov terminó sus estudios en el seminario de Tokio y, como una especie de san Nikolái, se convirtió en un apóstol del judo en tierras rusas. En 1917 organizó en Vladivostok el primer campeonato internacional de este arte marcial y para ello invitó al judoca Jidetosi Tomabeti, con el que había trabado amistad durante su paso por el Kodokán en Tokio, y sus alumnos japoneses. Se desconoce quién ganó, pero a los practicantes de judo de ambos países se sumaron algunos marineros extranjeros de paso por la ciudad portuaria. El espectáculo tuvo que ser colosal.

El estallido de la guerra civil rusa tras la revolución partió la vida de Oschépkov y de toda su generación. Vladivostok vio en aquellos años desfilar por sus calles a soldados japoneses, ingleses y estadounidenses, además de las tropas de la legión checoslovaca, que acabaron abandonando el país de los soviets por esta ciudad. Tras la guerra, parecía que el poder soviético recién consolidado tenía planes para el antiguo seminarista, aunque estos estaban lejos de los tatamis.

1920-1926, el Oschépkov espía

El primer destino de Vasili fue la Embajada de la URSS en China. En aquellos años, China acababa de convertirse en una república y era un país de vital importancia para Moscú. En Nankín coincidió con el embajador Lev Karaján, un cercano colaborador de Trotski que estampó su firma en el tratado de Brest-Litovsk —que sacó a Rusia de la I Guerra Mundial—. Karaján acabaría corriendo la misma suerte que Oschépkov en la gran purga de Stalin. De su paso por China sabemos que estuvo también en Jarbín, una ciudad fundada por la Rusia zarista junto a la línea férrea del Transmanchurio y que pasaría a manos de los japoneses poco después, en 1932.

De ahí Oschépkov viaja de vuelta a Japón, en 1924, y junto a su segunda esposa monta un negocio de cines ambulantes, aunque también se dedica a tareas de inteligencia. Su segunda aventura japonesa no tardó mucho en terminar. En abril de 1926 fue relevado por las autoridades militares y convocado de vuelta a Vladivostok debido a un trabajo «no lo suficientemente efectivo».

Vuelta al judo

Parece que la errática carrera de Oschépkov demuestra que lo de espiar no era lo suyo. Seguramente tampoco le interesaba. De vuelta en Vladivostok puede volver a hacer lo que de verdad le gusta: difundir el judo. En la promoción de este arte marcial Vasili demuestra ser insuperable y los ascensos no tardan en llegar. Poco después de establecerse en Vladivostok se muda a Novosibirsk, donde estaba la base del Distrito Militar Siberiano, y allí trabaja como traductor e instructor de judo. Su fama no tarda en ser conocida en toda la URSS y empiezan a aparecer artículos de prensa sobre su trabajo. A Novosibirsk comienzan a llegar en peregrinación luchadores de diversos tipos de lucha que se practicaban en aquel entonces en la URSS, especialmente luchas tradicionales del Cáucaso o de Asia Central, para entrenar con aquel misterioso maestro. Pese a sus progresos en la entonces pujante ciudad siberiana, Oschépkov esperaba la llamada de Moscú, y esta llegó en 1929.

Aquel huérfano, hijo de condenados a trabajos forzados en Sajalín, entró a la capital por la puerta grande. Pasa a ser instructor de judo del ejército, algo totalmente exótico a finales de los años veinte del siglo pasado. Su trabajo no solo fue reconocido y promovido por las autoridades militares soviéticas, sino que despertó también el interés de la inteligencia japonesa en la URSS. En agosto de 1932, sus progresos en la promoción del judo y la propia figura de Oschépkov son tratados en un cable de la embajada japonesa en Moscú. En ese cable se detalla que la práctica del judo ya se había extendido a Vladivostok y Leningrado y se recogen los diferentes cursos y número de estudiantes del exseminarista.

En aquellos años la popularidad del judo aumenta de forma exponencial y Vasili Oschépkov conduce multitudinarias exhibiciones callejeras en las que se usan mullidas colchonetas a modo de tatami. Es en esos años, en contacto con diversos estilos de lucha y con la práctica diaria, cuando Oschépkov crea, según uno de sus alumnos, el embrión del sistema de lucha del sambo sobre la base del judo —aunque no sería hasta 1946 cuando sería bautizado como sambo, el acrónimo en ruso de «autodefensa sin armas»—.

Parecen ser los mejores años de su vida, cuando por fin le dejan hacer lo que quiere. Aunque su encarcelamiento y muerte no tardarían en llegar.


Fotografía: Cordon.
La Gran Purga y las aficiones decadentes

En aquellos años también se consuma el ascenso al poder de Yósif Stalin y el 1 de diciembre de 1934 el asesinato de Serguéi Kírov en Leningrado sería utilizado como pretexto para desatar una oleada de purgas contra los disidentes o contra casi todo lo que se le pusiera entre ceja y ceja a la maquinaria represiva del Estado soviético. El clima en la URSS ya había cambiado y atrás quedaban los años de apertura y fascinación por lo extranjero y lo nuevo. En el plano interno, los trotskistas eran el enemigo, y en el externo, cualquier país capitalista. Lo vientos parecían soplar en contra de Oschépkov y su trabajo de popularización de aquel exótico arte marcial.

En 1936 el judo entra en la lista negra. El origen japonés de esta práctica no ayudó en absoluto, dado que el insaciable Imperio japonés ya había entrado en colisión con Moscú y con su aliado chino. Tras años de promoción y difusión por parte de las autoridades soviéticas, el judo y todo lo japonés pasaron a estar en la diana.

Arresto y muerte

El golpe definitivo llegaría en octubre de 1937, en la gran purga. Oschépkov es entonces detenido y acusado de trabajar como espía para los japoneses y de haber trabajado para el general blanco Alexandr Kolchak —ejecutado por los bolcheviques en Irkutsk en las postrimerías de la guerra civil rusa— como traductor en 1919. El hecho de que no firmara la declaración en la que se presentaban los cargos contra él y de que posteriormente no cayeran personas de su círculo cercano hace pensar que se negó a colaborar en aquella patraña. Murió el 10 de octubre en la prisión de Butirka de Moscú, un viejo presidio levantado en el siglo XVIII. La versión oficial de su muerte fue una angina de pecho. Hubo que esperar a 1957 para que el padre del sambo fuera rehabilitado, una insistente demanda de su viuda y tercera mujer, Anna Oschépkova.

Oschépkov vs Spiridónov, el ‘padre’ en la sombra

Pese a que Vasili es reconocido como el padre del sambo, su forma de entender las artes marciales chocaba con la de Víctor Spiridónov, otro de sus fundadores. Las biografías de ambos se cruzan en la parte oriental de Rusia y, de nuevo, se entrelazan en Moscú. Spiridónov luchó en la guerra ruso-japonesa en unidades de reconocimiento y por su desempeño en este conflicto recibió varias condecoraciones. Herido después en el frente en 1914, en los primeros compases de la I Guerra Mundial, le fue concedida una pensión militar tras pasar un año en el hospital y pudo dedicarse a su gran pasión: la enseñanza y práctica de las artes marciales.

Frente al judo, que se estaba abriendo paso en aquellos años en Japón, Spiridónov conoció su versión clásica: el jiu-jitsu, que había aprendido sobre todo de forma autodidacta y a través de libros y revistas. Su trabajo se desarrolló especialmente en torno al club deportivo Dinamo, de Moscú, muy vinculado a ámbitos policiales.

Parece que la capital se quedó pequeño para ambos. Frente al trabajo público, de difusión y casi circense de Oschépkov, Spiridónov apostaba por mantener esos conocimientos en secreto, únicamente en manos de las fuerzas de seguridad. Y no era el único que pensaba así.

Un documento secreto del OGPU (las iniciales en ruso del Directorio Político Unificado del Estado) de 1933 abordó con alarmismo las prácticas de Oschépkov y su trabajo de popularización de las artes marciales entre las masas. Según la OGPU aquello era tan peligroso como armar a la población civil.

Spiridónov, que era un fumador empedernido y arrastraba diversas heridas de guerra, acabó sus días en su casa de Moscú, en 1944, sin ver cómo las tropas soviéticas tomaban Berlín. Durante los últimos años de su vida se encargó de formar a los batallones del NKVD —los mismos que habían arrestado injustamente a Oschépkov —.

La II Guerra Mundial hizo que muchos entrenadores y practicantes de artes marciales y del incipiente sambo partieran al frente. Solo tras la desmovilización se recuperó y condensó definitivamente el trabajo de Spiridónov y Oschépkov a través de las enseñanzas transmitidas a sus respectivos alumnos. Al judo inicial se añadieron golpeos, derribos usando las piernas, además de luxaciones en las articulaciones del tren inferior y proyecciones típicas de las luchas tradicionales de Asia Central.

https://www.jotdown.es/2019/05/vasili-oshchepkov-el-seminarista-que-fundo-el-sambo-mayo/

Hubo que esperar a 1947 para que se celebrara el primer campeonato de sambo en la URSS y, entonces sí, el ascenso de este deporte fue meteórico hasta llegar a convertirse en lo que es hoy, uno de los estilos de lucha más populares de Rusia y muchos de los países de la antigua unión
 

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Margaret ‘Peggy’ Scriven: la primera zurda campeona de Grand Slam
Autodidacta, fue la primera tenista británica en ganar en Roland Garros

Margaret Scriven, primera campeona zurda del Grand Slam de tenis
PEDRO HERNÁNDEZ
02/06/2019 07:00
Actualizado a 02/06/2019 07:53

Sólo seis tenistas británicas han logrado triunfar en la prueba individual de Roland Garros. Margaret Croft ‘Peggy’ Scriven fue la primera de ellas (1933), la única que ganó en dos ocasiones al revalidar su título en 1934, y la primera campeona zurda en la historia de un torneo de Grand Slam. También fue la primera tenista en vencer en Roland Garros sin ser cabeza de serie, hazaña que igualó Jelena Ostapenko en 2017.

Nacida en Leeds el 12 de agosto de 1912, Margaret Croft Scriven tuvo su primer contacto con el tenis gracias a sus padres, que practicaban el deporte de la raqueta en un club cercano a su casa. Margaret siempre fue autodidacta, y forjó su tenis fijándose en cómo golpeaban a la pelota los mejores jugadores locales. Siempre iba elegantemente vestida, y fue una de las primeras en utilizar una visera sobre su cabello pelirrojo.

A los 17 años, tras vencer varios torneos locales, Margaret ganó los Campeonatos Junior de Gran Bretaña sin haber asistido jamás a una clase, ni haber sido aconsejada por un técnico. Gracias a su gran capacidad atlética, desarrolló un tenis de golpes poderosos y profundos, que le valían para ser una rival muy difícil de batir, tanto en pista de tierra como en pistas indoor de madera.

Margaret participó en Wimbledon por primera vez en 1930

Pese a todo, los padres de Margaret creyeron que era el momento adecuado para que su hija tuviera un entrenador. Contrataron a Dan Maskell, un excelente jugador y técnico, que pasaría a la historia como ‘La Voz de Wimbledon’, ya que durante muchos años fue el comentarista de la BBC en las transmisiones televisivas desde el All England Club. Maskell no fue un entrenador a tiempo completo, pero sí una especie de asesor para su carrera.

En 1930, Margaret participa por vez primera en Wimbledon, donde es derrotada en tres apretados sets por la australiana Kathleen Le Messurier. Regresa a Wimbledon al año siguiente, y con apenas 18 años alcanza los cuartos de final superando sucesivamente a Josane Sigart, Ermyntrude Harvey, Mary Heely y Joan Ridley.

Su rival en los cuartos de final es la francesa Simonne Mathieu, la tercera favorita del torneo, lo que incide para que el Comité de Wimbledon programe el partido en la pista central. Fue un partido de poder a poder, con grandes ovaciones del público, y en el que la francesa se impuso por 1-6, 6-2 y 7-5. Los técnicos quedaron impresionados por el desparpajo de Margaret, que lejos de ponerse nerviosa en un primer partido en la central más bella del mundo, jugó un tenis tranquilo y preciso para ganar el primer set.


La tenista zurda Margaret Scriven
En 1932 acude por primera vez a Roland Garros, pero cede en segunda ronda ante la francesa Doris Metaxa. Semanas después, también obtiene un discreto resultado en Wimbledon, cayendo en segunda ronda ante su compatriota Vera Montogomery. Margaret decide trabajar aún más duro en sus golpes.

1933 va a ser el gran año para la tenista británica. Viaja a los torneos de la Costa Azul, y en Monte Carlo le endosa un 6-0 y 6-2 a la ídolo del tenis alemán Cilly Aussem. Simonne Mathieu acaba con sus esperanzas de victoria en el Principado al eliminarla en semifinales, pero el partido es incluso más reñido al que años atrás jugaron en Wimbledon.

Margaret viaja París bastante contrariada porque los directivos de la federación británica no la incluyen en su equipo oficial, lo que significa que debe costearse el viaje y la estancia. También el comité de Roland Garros la menosprecia, y no le da plaza en la lista de cabezas de serie del torneo. Por si fuera poco, Margaret empieza el torneo muy mermada por una fortísima amigdalitis.

Scriven gana la prueba individual y los dobles mixtos de Roland Garros en 1933, su gran año

Arthur Wallys Myers, periodista del Daily Telegraph y la voz más influyente del tenis británico, creía en el tenis de Margaret y, tras su victoria en segunda ronda ante Hilde Sperling, habló con ella, y le dijo que la veía en condiciones de ganar el torneo. Margaret se planta en la final ganando sucesivamente a sus compatriotas Mary Heeley y Betthy Nuthall. Allí aguarda, como no, Simonne Mathieu, que en semifinales había noqueado a la estadounidense Helen Jacobs, la gran favorita.

En otro partido intenso y lleno de valentía, Margaret Scriven vence a la francesa por 6-2, 4-6 y 6-4. La primera en felicitarle en pista es la Diva Suzanne Lenglen , la mujer que da nombre al trofeo de campeona. Lenglen escribió después en un rotativo francés sus impresiones sobre Margaret. “Siempre tuve la sensación de que estaba destinada a algo grande. Si te encuentras con ella en el vestuario, o fuera de la cancha, eres consciente de que es una figura. Mantiene la cabeza alta con gran seguridad, camina con paso firme y rara vez queda impresionada por alguien o algo”.

Margaret remató su gran Roland Garros ganando la prueba de dobles mixtos junto al gran tenista australiano Jack Craword , y superando en la final por 6-2 y 6-3 al tándem británico integrado por Betty Nuthall y Fred Perry. A su regreso a Londres, fue recibida con todos los honores por un delegación oficial encabezada por Herbert Wilberforce, presidente del All England Club de Wimbledon.

A la mañana siguiente, Margaret fue solicitada por numerosos medios de comunicación para entrevistas y reportajes, pero ella prefirió quedarse cuidando el jardín de su casa en Byfleet Surrey. Scriven cerró la temporada llegando a los cuartos de final de Wimbledon, y viajando por primera y única vez en su carrera a Forest Hills, donde fue eliminada en tercera ronda de los Campeonatos Internacionales de los Estados Unidos.


La tenista Margaret Scriven
En 1934, en esta ocasión ante la estadounidense Helen Jacobs, Scriven revalidó su título en Roland Garros. Fue una final no exenta de polémica. En aquellos años las finales individuales se jugaban el mismo día, y la masculina entre el Barón Gottfried Von Cramm y el australiano Jack Craword consumió los cinco sets con victoria para el primero.

Jacobs y Scriven comenzaron su partido a las 18.30. Margaret se impuso por 7-5 en el primer set, y Jacobs comenzó a quejarse al juez árbitro de que no veía la pelota por la escasa luz en pista. La americana redobló sus protestas cuando empato el match ganando el segundo set por 6-4. Pero las protestas no prosperaron, y la determinación de Margaret le da el título al imponerse por 6-1 en el set decisivo.

Margaret completó su carrera con unas semifinales en Roland Garros en 1935, dos cuartos de final en Wimbledon (1934 y 1937), su designación como componente del equipo británico de la Wightman Cup en 1933, 1938, y ganando los dobles femeninos de Roland Garros de 1935 formando pareja con Kay Stammers.

En 1940, Margaret contrajo matrimonio con Harvey Vivian, oficial de la RAF en tiempos de guerra. Una semana después de la boda, el avión de su marido fue derribado los alemanes que capturaron a Harvey y lo confinaron en un campo de prisioneros. Margaret y Harvey no pudieron reencontrase hasta 1945.

Margaret jugó por diversión las ediciones de 1946 y 1947 de Wimbledon. Tras su retirada del tenis activo, se dedicó a dar clases a jóvenes tanto de tenis como de educación física.

https://www.lavanguardia.com/deportes/tenis/20190602/462579549796/margaret-sriven-roland-garros.html
 
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John Curry, el primer atleta olímpico abiertamente gay

LGTBI

El documental 'The Ice King' cuenta la historia de este patinador sobre hielo, que revolucionó esta disciplina para ir más allá de la técnica y crear arte
Tras su medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1976 en Innsbruck (Austria), dejó la competición para crear su exitosa compañía de patinaje
Curry murió en 1994, a la edad de 44 años, como consecuencia de un ataque al corazón relacionado con su enfermedad, el sida

Edgar Sapiña
07/06/2019 - 21:04h

Imagen que aparece en el documental 'The Ice King', que relata la vida de John Curry, el primer atleta olímpico abiertamente gay

'Me llamo Violeta', el documental que retrata la vida de la hija trans de Nacho Vidal
John Curry fue un revolucionario. Su obsesión por cambiar el patinaje sobre hielo, una disciplina hasta entonces anticuada y muy técnica, hizo que transformara este deporte para llevarlo al campo del arte. Además, fue el primer atleta olímpico que se declaró abiertamente homosexual. Lo dijo en Innsbruck (Austria), la misma noche que cosechó la medalla de oro en esta modalidad, en los Juegos Olímpicos de Invierno de 1976. La avalancha de reconocimientos, tanto públicos como privados, demostraron que su gesto fue un soplo de aire fresco que oxigenó al conjunto de la sociedad.

25 años después de su muerte, a causa del sida, se estrena este domingo en España The Ice King, un documental de James Erskine de 88 minutos de duración sobre el rey del hielo. Este film hace un viaje completo por la vida de Curry: desde su atormentada infancia hasta su éxito como deportista y artista, pasando por los demonios que le perseguían, como muestra este relato en el que se han recuperado imágenes, entrevistas y testimonios que pasaron por la vida de este personaje.

"Quería patinar mejor que nadie que hubiera visto antes, de una forma distinta", contaba Curry en una entrevista realizada en los 70. Y lo hizo. Tras un primer tanteo de pequeño con el mundo del ballet, su padre se lo prohibió. Sin embargo, descubrió el patinaje artístico gracias a un campeonato que se retransmitía por televisión. Tras pedirles permiso, sus padres accedieron a que aprendiera esa modalidad. "El patinaje sobre hielo está protegido bajo el paraguas del deporte", apuntaba Curry en otra entrevista de aquella época.

El patinaje sobre hielo fue la vía de escape de Curry, aunque no lo tuvo nada fácil. Durante una época entrenó en el Richmond Ice Rink, una pista de patinaje abierta al público situada en Londres que ya no existe, esquivando a centenares de personas mientras trataba de ensayar. La salida la encontró en 1973 al otro lado del océano, en los Estados Unidos, cuando un patrocinador americano, Ed Molser, le dio su confianza para que se dedicara exclusivamente a lo que Curry amaba: el patinaje. Y con 26 años se convirtió en el mejor patinador artístico del planeta.


Imagen que aparece en el documental 'The Ice King', sobre la vida de John Curry, el primer atleta olímpico abiertamente gay

Tras dejar en 1976 la competición olímpica, ya con el oro colgando en el cuello, creó su propia compañía de patinaje sobre hielo, la John Curry Skating Company. Gracias a eso realizó diversas giras por todo el mundo, como si de un grupo de música se tratase. Junto a un enorme despliegue artístico, que contaba con una orquesta en directo, una pista de hielo creada para la ocasión, patinadores y coreógrafos, Curry brillaba en todo tipo de escenarios. Una de sus actuaciones más destacadas tuvo lugar en 1984, en la Ópera Metropolitana de Nueva York. Una de las patinadoras recuerda en el documental que el público se puso en pie y estuvo más de 20 minutos aplaudiendo tras la actuación.

A pesar de los éxitos, también había sombras en la vida de Curry. Aunque era distante, a su vez demostraba una necesidad tremenda de amor. Era rebelde pero elitista, así como ambicioso y autodestructivo. También contribuyó a que los patinadores de su compañía, inicialmente de un nivel medio, se proyectaran como artistas profesionales. De todos modos, fue arrogante con ellos en ocasiones, especialmente con las patinadoras de la compañía que no cumplieran unos cánones de belleza muy estrictos.

En 1987 fue diagnosticado con el VIH y en 1991 con sida. Tres años más tarde y viviendo con su madre, murió de un ataque al corazón, vinculado a su enfermedad, con 44 años.

FIRE!!
Basado en el libro de Bill Jones, Alone: The Triumph and Tragedy of John Curry [Solo: El triunfo y tragedia de John Curry, en su traducción al castellano], Erskine ha dirigido The Ice King, un documental producido por New Black Films que ya se ha estrenado en países como Australia, los Estados Unidos o el Reino Unido. Ahora se estrenará por primera vez en España este domingo a las 20h en el Instituto Francés de Barcelona.

Lo hace en el marco de la 24ª edición del FIRE!!, una muestra internacional de cine gay y lésbico que tiene lugar en la capital catalana del 6 al 16 de junio y que este año tiene como lema "Ni un paso atrás". El mensaje de esta nueva edición surge como reacción al ataque a la sede del centro LGTBI de Barcelona, tan solo una semana después de su inauguración, según explicaron a la prensa Antoine Leonetti y Joako Ezpeleta, director y coordinador de este festival respectivamente.


https://www.eldiario.es/catalunya/sociedad/The-Ice-King-John-Curry_0_906759838.html
 
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Muere «Gabe» Grunewald, la atleta que luchó contra el cáncer
La estadounidense ha fallecido a los 33 años tras unas últimas semanas en las que su estado de salud había empeorado

@abc_deportes
Actualizado:12/06/2019 13:05h

La atleta estadounidense Gabriele «Gabe» Grunewald ha fallecido tras diez años de lucha contra el cáncer. En 2009, en los inicios de su carrera en las pistas, se le fue diagnosticado un carcinoma adenoide quístico, el cual le fue extirpado y tras cuya intervención pudo volver a competir con éxito. Sin embargo, un año después le volvieron a diagnosticar un cáncer, esta vez papilar tiroideo.

Pero Gabe no se rindió y tras someterse a una tiroidectomía volvió a correr un año después. En 2016 llegó a participar en los Juegos Olímpicos de Río, siendo ya entonces un ejemplo de lucha y superación de la enfermedad. Antes, en 2014, Gabe había competido en el Mundial Indoor de Sopot. Pero tras la cita de Brasil, volvió el cáncer. Le diagnosticaron de nuevo el carcinoma adenoide quístico y le tuvieron que extirpar el hígado junto con el tumor. Desde entonces se sometía a sesiones de quimioterapia con el objetivo de erradicar por completo el cáncer. Desgraciadamente no lo consiguió.


Compitió hasta cumplir los 31 años y más tarde creó junto a su marido Justin el evento «Brave Like Gabe» («Valiente como Gabe»), una carrera benéfica de cinco kilómetros en la que ella misma participaba y que recaudaba fondos para ayudar a los enfermos de cáncer.

Después de unas últimas semanas en las que su estado de salud había empeorado de manera significativa, Gabe murió ayer martes a los 33 años.

«Cuando me diagnosticaron de cáncer por primera vez intenté priorizar las cosas de la vida que me gustaban y, por eso, quise centrarme en ser tan buena atleta como pudiera», declaró Gabe en 2014.

La Federación Internacional de Atletismo se ha querido despedir con un mensaje que resume a la perfección la figura de Gabe: «Hay gente que hace cosas extraordinarias frente a la adversidad y una de ellas es Gabriele Grunewald». Su marido, quien no se ha separado de ella en ningún momento, ha compartido en sus redes sociales el dolor: «Siempre me sentí como si fuera Robin de Batman y sé que nunca podré llenar este enorme agujero en mi corazón o llenar los zapatos que dejas aquí».

TEMAS

Original:
https://www.abc.es/deportes/abci-mu...lucho-contra-cancer-201906121209_noticia.html
 

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Billie Jean y su “amor a primera vista” con Wimbledon
La tenista estadounidense debutó con 17 años en 1961 en el All England Club, donde ganó seis títulos individuales y trece de dobles

Billie Jean King levantando el trofeo de Wimbledon. (DIOMEDIA / Keystone Pictures USA)
PEDRO HERNÁNDEZ
03/07/2019 06:00
Actualizado a 03/07/2019 08:00

Nacida el 22 de noviembre de 1943 en Long Beach, California, Billie Jean Moffit tuvo los genes del deporte en su familia. Su padre, Bill, nacido en Montana en 1918, jugó a baloncesto en el Long Beach City College, estuvo a punto de dar el salto a los profesionales, sirvió en la Marina durante la Segunda Guerra Mundial y fue ingeniero del Departamento de Bomberos de Long Beach durante 35 años. Betty Jerman, su madre, era una excelente nadadora y también una entusiasta del baile.

Bill y Betty inculcaron a sus hijos Randy y Billie Jean los valores del deporte. Randy Moffit fue un excelente pitcher de las ligas profesionales de béisbol entre 1972 y 1983, jugando en los San Francisco Giants, los Houston Astros y los Toronto Blue Jays. Billie Jean, que se inició en el deporte jugando al baloncesto, se pasó al soft-ball a los 10 años, defendiendo entre la segunda y tercera base, y logrando el título de campeona de los Ángeles sub-14 en un equipo en que todas las jugadoras eran cuatro años mayores que ella.

Billie adoró aquel deporte desde el primer minuto. “Mamá, un día seré la mejor del mundo”, le dijo a su madre pocas semanas después.

Billie Jean le preguntó a su padre qué deporte era el más aconsejable para ella. Bill no tuvo dudas. Le presentó a Susan Williams, una amiga que la introdujo a un club en el que Billie Jean empuñó por primera vez una raqueta. Bastaron unos minutos para que Susan notara que la habilidad de Billie Jean era enorme. Billie adoró aquel deporte desde el primer minuto. “Mamá, un día seré la mejor del mundo”, le dijo a su madre pocas semanas después. Se compró la raqueta que le gustaba tras ahorrar ocho dólares.

Bill y Betty inculcaron a sus hijos valores más allá del deporte. Les trataron siempre por igual, les aconsejaron durante las cenas familiares y les apoyaron con todas sus fuerzas. Eran todo un equipo. Betty se encargaba de ayudar a su hija con los deberes escolares, y también le daba clases de piano.


Billie Jean con 15 años. (Terceros.)
En 1955, la mayor decepción de Billie Jean fue que no la dejaron posar en la foto de grupo del equipo juvenil del club. El motivo fue que su madre le había confeccionado para el momento unos pantalones para sustituir a la tradicional falda. Billie supo desde ese instante que también debería luchar ante las injusticias.

Apenas dos semanas más tarde, recibió de su padre una gran lección de vida. Billie Jean llegó a su casa furiosa y enojada porque aparecía su foto en la portada de la sección de deportes del diario de Long Beach. El motivo era porque le habían endosado un doble 6-0. Su padre cortó el drama de inmediato con la siguiente conversación

- ¿Qué dice el artículo?.

- Que perdí.

- ¿Y cuándo dice que sucedió?.

- Ayer

- Es historia. Se acabó. Enfócate en el día de hoy.

“Después de eso, nunca leí mis recortes de prensa y todavía no lo hago. Aprendí que si pierdes, dejas de llorar, continúas y mejoras para la próxima vez”, explicó Billie Jean. En 1958, Bille Jean ganó el Campeonato Juvenil del Sur de California, y comenzó a recibir clases de Frank Sennan y Alice Marble. Adquirió la condición de profesional en 1959, cuando disputó y perdió su primer partido en el US Open. En 1960 ganó en Filadelfia su primer torneo, y ya era considerada como una de las grandes promesas del tenis estadounidense al aparecer como cuarta jugadora del ranking nacional.


Billie Jean en 2016 con Yolanda Ramírez, la que fue su primera rival en Wimbledon. (Terceros.)
Los propietarios del Century Club de Long Beach pensaron que había llegado el momento de dar cumplimiento al sueño de Billie Jean. Recolectaron 2.000 dólares, que era lo que costaba el viaje de su jugadora a Wimbledon.

Cuando voló desde Los Ángeles a Londres para participar en su primer Wimbledon, Billie Jean tenía apenas 17 años. Nunca había estado en el All England Club, pero conocía muchos detalles de aquel lugar al que parecía predestinada. Había leído y releído ‘The Road to Wimbledon’, el libro escrito en 1946 por Alice Marble, su entrenadora hasta 1960, y la mujer más influyente del deporte de la raqueta desde sus columnas de opinión en la revista American Lawn Tennis Magazine. También se había empapado de las memorias escritas por Darlene Hard, otra de las grandes figuras del tenis americano en Wimbledon.

A su llegada al All England Club, Gerry Williams, uno de los mejores periodistas del momento, acompañó a Billie Jean hasta la pista central. “Me hizo cerrar los ojos mientras subía las escaleras, y cuando los abrí, fue como un amor a primera vista. Era como lo había imaginado. La simetría, la forma que era pequeña e íntima”, recordó Bille Jean en una entrevista.

Victoria en dobles con Karen Hantze en su debut
Vencieron el torneo sin ceder un set, y dejando sólo 26 juegos en cinco partidos

Era una edición especial del torneo, ya que celebraba su 75ª edición. Entre los distintos actos programados, destacó la invitación a una comida en el salón social a 38 campeones del torneo. La figura más destacada fue Charlotte Cooper Sterry, la campeona en 1895 y la primera mujer en colgarse un oro olímpico tras vencer en los Juegos de París de 1900. Todos ellos recibieron una pluma de plata grabada como recuerdo de la celebración.

Y como regalo inesperado, Billie Jean fue programada para su debut en la pista central. Su rival era la mexicana Yolanda del Monte Carmelo ‘Yola’ Ramírez, quinta favorita del torneo. El partido, interrumpido por la lluvia, se prolongó durante dos días. Billie Jean ganó solo un juego menos que su rival, y cedió por 11-9, 1-6 y 6-2. Pero salió de la pista con la convicción de que algún día aquel sería el jardín de sus éxitos.

Y ese primer éxito se demoró apenas unos días. Billie Jean se había inscrito en la prueba de dobles, formando pareja con Karen Hantze, californiana como ella, y que disputaba por segunda vez el torneo. Karen tenía 18 años, uno más que Billie Jean, y desde el primer momento, pese a ni tan siquiera ser cabezas de serie, no paraba de decirle que podían ganar el torneo.


Billie Jean y Karen Hantze, ganadoras de Wimbledon en 1961. (Terceros.)
Cada victoria era una fiesta. Alcanzaron las semifinales tras superar a las británicas Lyon y Wilson, a las alemanas Dittmeyer y Ostermann y a las sudafricanas Reynolds y Schurmann, primeras cabezas de serie del torneo. Su pase a la final fue contundente, superando a Lelsley Turner y Sally Moore por 6-3 y 6-0. Y en la final, pese a competir ante la reina australiana Margaret Court y su compañera Jan Lehane, ganaron por 6-3 y 6-4. Vencieron el torneo sin ceder un set, y dejando sólo 26 juegos en cinco partidos.

Karen y Billie Jean no fueron a la cena de campeones del torneo que organizaba la federación británica en el Hotel Grosvenor House.El motivo fue que no tenían dinero para comprarse un vestido apropiado para esa suntuosa fiesta. Pero Billie Jean había iniciado su historia de amor con el All England Club, competición reflejada en su palmarés con seis títulos individuales, el primero doce meses después, nueve títulos de dobles y cuatro de dobles mixtos.

https://www.lavanguardia.com/deport...70885/billie-jean-historias-de-wimbledon.html
 
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Leche, leche fresca
publicado por Peio Ruiz Cabestany


Marc Madiot y Julián Gorospe (1989)

El puerto de Sollube era la última dificultad que tenían que afrontar los corredores participantes en la Clásica de Bermeo. Las cunetas de la parte alta del puerto estaban atestadas de aficionados que esperaban, ansiosos, el paso de los ciclistas. Era una simple carrera amateur, pero allí no faltaba nadie con sus neveras repletas de bebidas y bocatas en un ambiente festivo, pasando el día y mirando las estribaciones del puerto por donde ascendía, retorciéndose, la carretera. Todos esperaban el gran duelo entre los dos ídolos del momento: Jokin Mujika, guipuzcoano de diecinueve años, y Julián Gorospe, vizcaíno de veintiuno.

El pelotón comenzaba a subir las primeras rampas del puerto y todos los ciclistas esperaban el ataque de los dos favoritos. Jokin decidió colocarse a rueda del «veterano» Gorospe, y este último resolvió no atacar mientras tuviera a su rival a rueda. Al rato, un corredor se atrevió a arrancar y se marchó hacia adelante y, tras él, otro, y otro, y otro, mientras Gorospe y Jokin continuaban vigilándose. Así ascendieron gran parte del puerto, perdiendo cada vez más tiempo con respecto al resto de corredores, y perdiendo todas sus opciones en la carrera. Hasta que decidieron retirarse, decepcionando a seguidores y al resto de aficionados, a los que privaron del esperado duelo.

Como decía, no eran profesionales; no se ganaban la vida con el ciclismo. Aun así, al día siguiente llenaron páginas de periódicos y protagonizaron encendidos debates en los programas deportivos de todas las emisoras de radio. Quizá fue un día especial, sí, pero cada semana los medios de comunicación del País Vasco daban cuenta de lo que habían hecho estos dos corredores —y otros— en la carrera del anterior fin de semana. La prensa no hacía este seguimiento porque quisiera promocionar el ciclismo, que también, lo hacía porque el público vasco demandaba y buscaba información sobre las gestas de los ciclistas.

Jokin Mujika, nacido en el pequeño pueblo de Itsasondo, en el Goierri, fue mi compañero de equipo en la categoría de aficionados, y pasamos juntos a profesionales. En el equipo también estaban Betegui, de Urretxu, Izuzkiza, de Gabiria, Etxezarreta, de Zaldibia, y Dorronsoro, de Bidania. Yo era el único de ciudad; alguno me llamaba, entre bromas, kaleume, que quiere decir algo así como urbanita, o niñato de ciudad. De hecho, en mi ciudad solo dos ciclistas han corrido y terminado el Tour de Francia: mi hermano Jordi y yo. No quiero decir con esto que el arraigo de la afición al ciclismo en el País Vasco provenga mayoritariamente del mundo rural; muchos grandes ciclistas vascos provienen de la ciudad de Bilbao o de Vitoria-Gasteiz, pero sí creo que la pasión por el ciclismo tiene que ver, y mucho, con los deportes rurales.

Jokin estudiaba FP en Tolosa, pero tenía que ayudar en las labores del caserío; no les sobraba de nada, pero nunca les faltaba comida. Tenían que segar la hierba, alimentar a las vacas, cuidar la huerta y demás trabajos, pero «mi padre tenía mucho cuidado en no ponernos tareas los domingos», contaba. Cada año, cuando se disputaba la Clásica de Ordizia profesional, a escasos cinco kilómetros de Itsasondo, iba a ver a su ídolo ciclista, Txomin Perurena. Empezó con el ciclismo a los dieciséis años, tarde en comparación con otros chavales, pero su contacto con la bicicleta ya venía de bastante antes. Desde los diez años hasta los diecisiete salía a diario desde el caserío, con su bicicleta, a repartir la leche de las vacas. Llevaba dos marmitas de diez litros, una a cada lado del manillar, y un cazo para medir y servir. Leche fresca, claro, como ha sido siempre.

Julián Gorospe y Jokin Mujika arrastraban aficionados a las carreras ciclistas, fomentaban discusiones y rivalidades, protagonizaban páginas enteras en los medios de comunicación y llenaban horas de radio, siendo solamente aficionados. Lo pedía la gente. Gorospe lo siguió haciendo siendo ya ciclista profesional; Jokin no pudo adaptarse del todo al terreno profesional a pesar de su calidad, lo mismo que otros muchos corredores como Etxabe, Gastón, Lejarreta o quien esto escribe. Pero antes de llegar nosotros, la afición vasca no perdía detalle de los triunfos de Perurena y Lasa, o de Galdós, en el Giro. Y antes, en los sesenta, todo el mundo se volcaba con el mítico equipo Kas, o el Fagor, y con Antón Barrutia, Momeñe, Errandonea o Gabica. Y aún antes, el aficionado se enfervorizaba con la rivalidad entre Loroño y Bahamontes, o con Dalmacio Langarica. Y si nos remontamos todavía más atrás, a los años treinta, la afición vasca vibraba con Montero, Mariano Cañardo o Federico Ezkerra. Estos, y otros muchos que no he nombrado, alimentaban esa pasión de los vascos por el ciclismo. Pero la afición vasca valora y anima a todos los ciclistas por su entrega, por su sufrimiento, por la épica y por muchas otras razones, sean estos de donde sean. La opinión de los ciclistas sobre la afición vasca se mueve siempre entre «la mejor afición del mundo» y «una de las mejores aficiones». Tenía un compañero de equipo llamado Anastasio Greciano, modesto gregario, que siempre me decía riendo: «En mi pueblo ni saben que soy ciclista, y cuando corro en el País Vasco me reconocen y me animan jaleando mi nombre».

A pesar de que ganó unas cuantas carreras, Jokin Mujika no cumplió con las expectativas que se habían puesto en él. En el ciclismo profesional no llegó al nivel de su gran rival en aficionados, Gorospe. A veces pasa eso, y lo contrario también. Había dejado de estudiar y de realizar las duras tareas del caserío. También dejó de salir a repartir leche con sus dos marmitas colgando del manillar de la bicicleta. Quizá, si hubiera seguido haciéndolo, hubiera creado otra modalidad de deporte rural vasco. Ya existe uno parecido, las txingas, que consiste en correr con dos pesos colgando de cada mano, y su origen está en el trabajo de las ferrerías. Pero, tranquilamente, podría tener su origen en el reparto de leche. En el País Vasco los trabajos se acabaron convirtiendo en deportes.


Fotografía de Humberto Bilbao.
Los segalaris empezaron apostándose algo a quién cortaba más hierba; los aizkolaris, a quién cortaba más rápido el tronco. Lo mismo con los que levantan piedras. Incluso las más conocidas regatas de traineras tienen su origen en el trabajo de los pescadores que salían a por ballenas. Otros dicen que viene de atoar barcos, pero, para el caso, es lo mismo; era trabajo. Cuando se divisaba una ballena se daba el aviso, y salían las traineras del puerto con el arponero en la proa. El que llegaba primero y arponeaba se llevaba la mejor parte del animal. Cuando se extinguieron las ballenas en el Cantábrico las tripulaciones de las traineras siguieron retándose, pero ya sin la recompensa de la pieza; quedó el reconocimiento del público.

El público vasco, amante del buen comer y del buen beber, y atraído hasta el límite por los deportes extremos y agónicos y por los deportistas duros y sacrificados. Esta querencia por los deportes más duros, unida a la atracción por viajar o por subir a las cimas de los montes y montañas, por las apuestas y por los retos cada vez más difíciles, convierten al ciclismo en el deporte más seguido. Después del fútbol, claro, pero eso es algo bastante más vulgar.

Jokin ganó varias carreras como ciclista profesional, y tomó parte en cinco ediciones del Tour de Francia, con un 30.º puesto como mejor resultado en 1986. Una carrera a la que acuden miles de aficionados a ver a los corredores, vascos o no, en las rampas de los puertos pirenaicos. Como si de una tradición legendaria del mes de julio se tratara, hasta allí se desplazan cuadrillas de amigos y familias enteras para acampar, comer y beber, mientras esperan durante horas el paso de los ciclistas. La primera edición del Tour se remonta al año 1903, con seis etapas, cuatro de las cuales superaban los cuatrocientos kilómetros. En el reglamento se les prohibía a los corredores cualquier tipo de ayuda externa, mecánica o alimentaria, y tenían que cubrir el recorrido por encima de los veinte kilómetros por hora si no querían ser descalificados. Por caminos de tierra y con bicicletas rudimentarias, los ciclistas pasaban de diecisiete a veinte horas pedaleando. Con semejante panorama, las narraciones de las gestas de estos deportistas no tardarían en calar entre los vascos. El primero en intentarlo fue el bilbaíno Vicente Blanco, el Cojo, en 1910. Según el reglamento, los premios y dietas no se pagaban a los corredores hasta que no hubieran terminado el Tour. Vicente Blanco no tenía medios y tuvo que ir desde Bilbao hasta la salida en París pedaleando sobre su bicicleta. Solo pudo aguantar hasta la tercera etapa antes de retirarse, pero fue el que señaló el camino a otros muchos ciclistas.

Patxi Alkorta, alias Panadero, presidente de la Sociedad Deportiva Danena de Zizurkil, fue el «padre» deportivo de Jokin. El mío también, pero sin duda tenía más querencia por Jokin, al que tuvo en su equipo desde juveniles; yo empecé más tarde a correr en bici. Patxi era el panadero de Zizurkil, y dedicaba todo su tiempo libre a la S. D. Danena, al ciclismo y a los ciclistas. Trabajaba muy duro y disfrutaba mucho también, siempre de manera altruista. Como Patxi Panadero, hay cientos de personas en el País Vasco que dedican su tiempo de ocio a dirigir clubes, crear escuelas de ciclismo, sacar equipos ciclistas de categorías inferiores u organizar carreras para la chavalería. Patxi tenía un equipo juvenil, pero consiguió crear otro equipo en la categoría superior, la de aficionados, para que Jokin, ya con dieciocho años, no se fuera a otro sitio. Allí nos juntamos los Betegui, Izuzkiza y compañía. Al cabo de tres años de competir en aficionados y de ganar carreras, ya estaba bastante claro que, tanto Jokin como yo, estábamos llamados a ser corredores profesionales. Entonces ocurrió lo excepcional. En lugar de fichar por un equipo profesional, Patxi y el capacitado grupo de gente de la que se rodeó en la S. D. Danena consiguieron patrocinadores y crearon un nuevo equipo profesional. Los chavales de Itsasondo, Urretxu, Gabiria, Bidania y el kaleume, junto a corredores fichados de otros lugares, nos vimos en el equipo del Panadero de Zizurkil corriendo la Vuelta a España y el Tour de Francia. Por supuesto, también participamos en las carreras que clubes y sociedades deportivas organizaban en el País Vasco, que siguen adelante con la ayuda de muchos voluntarios. La Clásica de Ordizia, la carrera que iba a ver Jokin de pequeño y cuya primera edición se remonta a 1922, o el Gran Premio de Getxo y la Vuelta al País Vasco, con origen en 1924, que fueron escenario de nuestros sueños infantiles, se convirtieron en escenarios de nuestras gestas adultas.

No creo que exista una única razón por la que el ciclismo goce de tanto arraigo y predilección en el País Vasco. Es difícil de explicar, como lo es descifrar el porqué de esa pasión por subir a los montes más altos o de disfrutar viendo a unos pelotaris dando manotazos a una pelota dura como una piedra. Hay muchas cosas que son comunes en otras partes del mundo o sentimientos parecidos que hacen que no parezcamos diferentes, pero tampoco iguales. Muchas pequeñas cosas que, unidas, marcan una característica.

Salgo con mi amigo David a rodar con la bicicleta. Él es de la nueva hornada de apasionados del ciclismo; le gusta comer y beber, arrastra muy dignamente su barriguita sobre la bici. No se pierde una carrera ciclista en la tele, pero le gusta también salir, como a otros muchos miles de vascos. Le pregunto mientras rodamos juntos:

—¿Por qué hay una afición tan especial al ciclismo en el País Vasco?

Y no duda un instante:

—Porque no follamos.

—¡Venga, en serio! —replico.

—En serio te lo digo. Fin de la conversación.

Al menos alguien lo tiene claro.

Hay lugares en el mundo en los que tienen una predilección por el ajedrez, aunque también les guste el ciclismo. En el País Vasco esa predilección es por el ciclismo, a la vez que existe afición por el ajedrez. Eso sí, si este se jugara sobre un tablero del tamaño de un campo de fútbol, con piezas de cincuenta kilos que se tuvieran que mover en un tiempo limitado, sería un deporte de masas.


Fotografía de Humberto Bilbao

https://www.jotdown.es/2019/07/leche-leche-fresca/
 

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Una foto y un plumier
publicado por Ramón Besa


Los jugadores de la selección brasileña festejan durante la final Brasil – Italia de la Copa Mundial de Fútbol en México, 1970. Fotografía: Sven Simon / Cordon Press.

A ningún objeto le he tenido más cariño en la vida que al plumier ni recuerdo una imagen que me haya causado mayor impacto que la delantera de Brasil en el Mundial de México 1970. Ambas se me aparecen de vez en cuando, siempre a la vez, como si fueran indisociables, sin saber cuál es consecuencia de la otra, las dos vinculadas a la infancia. El plumier y la fotografía de Jairzinho, Gerson, Tostão, Pelé y Rivelino funcionan como referentes de mi vida laboral, incluso ahora, cuando las nuevas tecnologías y el fútbol evolucionan sin parar, como si no tuvieran límites.

Aunque nunca se deja de aprender a escribir, y a veces solo se acaba por saber copiar, hubo un tiempo en que a los niños se les enseñaba a juntar las letras con cierto sentido y sin tacha. Aquel proceso se simbolizaba en el plumier, un estuche de madera que, en mi caso, constaba de tres pisos que se abrían y cerraban por separado con el giro de los dedos índice y pulgar. Arriba colocaba los lápices y las gomas, los bolígrafos se guardaban en el de en medio y en el de abajo quedaban a buen recaudo las plumillas y un par de mangos.

El método era tan sencillo como efectivo: se empezaba por utilizar los lápices hasta que no se cometían faltas de ortografía y la letra se hacía inteligible, momento en que se obtenía el permiso para pasar al bolígrafo —azul, negro y rojo—, signo de afirmación y al mismo tiempo de provisionalidad todavía, porque se mantenía el riesgo de regresar a la goma de borrar en caso de error, y finalmente aparecía la pluma como símbolo de triunfo. La caligrafía y, por extensión, la capacidad de dar estilo y volumen a la letra ya se consideraba una cuestión de gusto personal.

Recuerdo todavía muy bien cuando estrené la estilográfica: fue para poner «Jairzinho, Gerson, Tostão, Pelé y Rivelino» un momento antes de que Brasil goleara a Italia en la final de México 70. Había quedado hipnotizado por una delantera conocida como la de los «cinco dieces». Los mejores se repartían el frente de ataque mientras los italianos, la selección del cañonero Riva, reñían porque no había manera de meter a solo dos en su equipo: al parecer, Rivera y Mazzola eran incompatibles para Valcareggi y tenían que repartirse el tiempo de partido.

Los cinco delanteros de Brasil completaron una muy buena actuación en la final (4-1), coronada con un último gol de Carlos Alberto, uno de los más hermosos de la Copa del Mundo, por el despliegue del equipo, de portería a portería, con veinte pases de por medio, hasta que el lateral batió a Albertosi. También marcaron Gerson, después de un sombrero, y Jairzinho, como era costumbre en cada partido de la fase final. Y, naturalmente, dejó su gol Pelé, célebre por sus remates ante Viktor, Mazurkiewicz y el inglés Banks, protagonista de la parada del Mundial.

El alma competitiva de Pelé era tan temida como los centros y tiros cruzados de Jairzinho, extremo explosivo y de regate largo; o la inteligencia de Tostão, el único capaz de jugar de espaldas al marco, generador de espacios y momentos decisivos para que se exhibieran los demás; o la contundencia de Rivelino, un zurdo con pinta de mexicano por su bigote que le pegaba de maravilla al balón; o la sapiencia de Gerson, cuyo juego estaba en consonancia con su fama de fumador empedernido: manejaba el balón con la misma destreza con la que daba una calada a un pitillo; jamás se angustiaba

Aquella delantera que armó Zagallo después de la salida de Saldanha jamás me ha abandonado en el viaje por el fútbol, de la misma manera que no me olvido del plumier. Hasta cierto punto es natural, por tanto, que no me olvide nunca de la cola de vaca de Romario; ni de las decenas de goles de Rivaldo, solo contra el mundo; ni de los eslálones de Ronaldo, por quien todavía se balancea el botafumeiro; ni del virtuosismo de Ronaldinho, el jugador de playa por excelencia, amenizador de la fiesta del gazpacho, la más espontánea y divertida del Camp Nou.

Me parece muy difícil progresar en el fútbol si no se toma en consideración el Brasil de 1970 y entiendo que hay pocas fórmulas mejores para aprender a escribir que la pluma. Imposible cambiar de año o de siglo sin aquella foto de la delantera y el plumier. Asegura Javier Marías que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia y yo le creo, el siglo pasado y el presente.

https://www.jotdown.es/2019/07/una-foto-y-un-plumier/
 
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Simona Halep, Novak Djokovic y casi todo lo que nos deja Wimbledon 2019



Hay un mundo paralelo en el que, después de haber ganado a Rafa Nadal en semifinales, Federer remonta un dos sets a uno en la final contra Djokovic, se sobrepone a un 4-2 en contra en la manga definitiva y gana uno de losmatch points que tiene con 8-7 y su propio servicio. Yo quiero quedarme a vivir en ese mundo paralelo: el mundo de los nueve Wimbledons a los treinta y ocho años en la final más larga de la historia del torneo y el de la sumisión, por fin, de sus dos grandes némesis.

Pero el mundo es el que es y hay que reconocerle a Djokovic su triunfo porque rendirse, para Nole, nunca es una opción. Con este triunfo, Djokovic no solo llega a los dieciséis grandes sino que acumula quince en menos de nueve años. Para hacernos a una idea, en este mismo período Nadal solo ha ganado dos veces fuera de Roland Garros (US Open 2013 y 2017) mientras que Federer ha ganado otras dos fuera de Wimbledon (Australia 2017 y 2018).

Esta es la era de Djokovic y lo lleva siendo desde 2011 con el único matiz del mágico 2013 de Nadal. Salvo desplome inesperado, como le sucedió a partir del verano de 2016, el serbio conseguirá adelantar a Federer en el número de semanas como número uno y se quedará muy cerca de su número total de torneos de Grand Slam si no le supera. Tiene el H2H ganado tanto con el suizo como con el español y además ha logrado algo que ninguno de los dos ha conseguido: ganar todos los Masters 1000 y las ATP Tour Finals (cinco veces, además).

Hagamos un repaso de lo que han sido estos catorce días de tenis en Londres.

1. Hay que empezar con el campeón. Es de justicia. Ganó «a lo Djokovic» tanto como su rival perdió «a lo Federer», es decir, resolviendo en los momentos clave. Hasta quince puntos más ganó Roger a lo largo del partido, donde dio la sensación de que pudo llevarse los cinco sets… pero, ay, en los tie-breaks la cosa cambió y en los tie-breaks es donde se deciden los partidos tan igualados. Djokovic sacó diecisiete veces y ganó catorce puntos (10/11 en los últimos dos y 5/5 en el quinto). Federer tuvo un 40-15 con su saque para levantar el torneo y no fue capaz de ganar ni uno solo de los puntos. Luego, desquiciado, se dejó llevar, como en el US Open de 2011, y acabó cediendo su saque. Mentalidad.

2. De hecho, esta es la cuarta vez que Federer y Djokovic juegan un partido a cinco sets y las cuatro veces ha ganado el serbio. En tres de ellas, Federer ha tenido dos match points a favor, como los tuvo el año pasado contra Anderson… como los ha tenido hasta en siete partidos que ha acabado perdiendo en los últimos dos años y medio. Son estadísticas impropias de un campeón… pero, volvemos a lo de siempre, si Roger fuera el mejor jugador de la historia —que lo es— y además fuera el mejor competidor, ¿cuántos grandes llevaría? ¿Treinta? No se puede pedir todo.

3. Lo que también es impropio es que un tío de casi treinta y ocho años con hijas ya casi adolescentes se deje la vida por el tenis como se la sigue dejando Federer. Que se sobreponga a la pérdida de un primer set que debería haber ganado. Que se sobreponga a la pérdida del tercer set en idénticas circunstancias… y que después de todo, salga de un 4-2 en contra en el quinto para acabar poniéndose 8-7 y saque ante el número uno del mundo y gran dominador de la década. Hay veces que siento que soy injusto con el suizo, quizá porque le admiro demasiado. Competir no es solo ganar el match point, competir también es llegar hasta ese match point. El domingo, Roger compitió como una bestia y no se rindió nunca. Para muchos, él perdió el partido; más justo sería decir que se lo arrebataron de las manos.

4. Esto nos lleva al recuento «histórico» de Grand Slams. La victoria de Federer ante Nadal garantizó que el español no se pusiera a tiro. Aun así, Nadal aún va a ganar dos o tres Roland Garros más, así que esa cuenta me da que hay que darla por cerrada. No creo que Federer se vea en una igual, pero, ojo, dependerá mucho de los cuadros que le toquen. Un cuadro como el de este año, una buena victoria… y alguien que le gane a Djokovic o a Nadal por el otro lado y ya tenemos el número veintiuno. Un poco como pasó en Wimbledon 2017 o después a Nadal en el US Open de ese mismo año.

5. En cualquier caso, la victoria de Djokovic aprieta muchísimo la cuenta. Cada uno está separado del otro por dos Grand Slams. Es una carrera importante pero yo me niego desde hace tiempo a reconocerla como la única. Para mí, aunque queda mucho tiempo por delante, el veredicto histórico no cambia. El mejor «jugador»: Federer; el mejor «competidor»: Nadal; el más «completo», Djokovic. Y por completo no entiendo al que tiene mejores golpes más distintos sino al que es capaz de producirlos en el momento clave y lo que es casi tan importante: el que es capaz de impedir que los produzca el contrario.

6. Vamos con el tercer vértice del famoso «Big 3». Rafa Nadal cumplió de sobra. No tiene treinta y ocho años, pero tienet reinta y tres, que no son pocos y lleva desde abril sin parar de jugar y normalmente de ganar. Aun así, se planta en semifinales sin demasiados apuros y juega un partido aceptable ante un enorme Federer. ¿Lo malo? Que precisamente la competición con Federer está ya claramente del otro lado: Nadal ha perdido los seis últimos partidos contra el suizo fuera de la tierra batida y el H2H entre ellos en pistas rápidas ya está en 12-8 a favor de Roger, si no me equivoco. Era el que más tenía que ganar y el que menos tenía que perder, así que puede estar satisfecho.

7. El único que puede estar satisfecho aparte de los tres grandes es Roberto Bautista. Qué enorme torneo el suyo. Se plantó en cuartos de final sin perder un solo set y confirmando lo que ya habíamos visto en Halle, cuando puso a Federer contra las cuerdas. Bautista jugó de maravilla, pero tiene ya treinta y un años, es decir, aún le quedan siete hasta llegar a lo máximo de su carrera así que habrá que esperar (es broma… o no). La presencia de Verdasco en octavos insufló un cierto aire nacionalista a la prensa local obviando que Fer, enorme jugador bajo mi punto de vista, va para los treinta y seis también.
8. El resto, calabazas. Desde hace años repito que a los nuevos jugadores no hay que pedirles que ganen a los tres grandes. Hay que pedirles que lleguen a las rondas donde puedan enfrentarse a los tres grandes. Para eso, hay que derrotar a los Bautistas, los Berankis y los Querrys de turno, pero no hay manera. Hagamos un repaso al parte de bajas: Zverev, Tsisipas y Thiem se quedaron fuera en primera ronda; Kecmanovic, lesionado en segunda —después de ganar el torneo previo, un clásico— y a partir de ahí, un lento goteo: Fritz, De Miñaur, Khachanov, Medvedev… incluso Auger Aliassime perdió un partido asequible ante Ugo Humbert, aunque al menos Humbert tiene solo veinte años y no cuarenta y uno como Karlovic.

9. Por cierto, para llegar a tercera ronda, Aliassime tuvo que ganar dos partidos. Sus primeras dos victorias en un torneo de Grand Slam. Cuando logró la primera, corrí a Twitter a escribir: «Es un día histórico, será la primera de muchas», pero nada más darle a enviar me puse a pensar en cuántas veces habría mandado ese mensaje anteriormente. A favor del canadiense está su juventud. A los dieciocho años, no es probable que vaya a coincidir muchos años más con los grandes dictadores, pero si ya empezamos a hablar de «presión», como hizo en rueda de prensa, mal vamos.

10. Toni Nadal escribió un interesante artículo en El País viniendo a decir que los jóvenes no se esfuerzan lo suficiente porque les dan todo hecho. Mitad y mitad. Lo hablábamos en Roland Garros: la fe que tiene Wawrinkacon treinta y cuatro años y la rodilla destrozada no la tiene Zverev, desde luego. Por otro lado, Toni es un hombre con tendencia a los extremos competitivos: modeló a su sobrino como un campeón histórico a base de hacerle jugar de niño con su mano mala. ¿Se imaginan lo que es tener siete u ocho años, estar obligado a dedicarle no sé cuántas horas de tu día a jugar y jugar al tenis en vez de estar con tus amigos y encima tener que hacerlo con tu mano izquierda cuando eres diestro? No sé, salió bien. Nada que decir. Pero como ejemplo tampoco me entusiasma, la verdad.

11. La más dura de todas estas derrotas fue, sin duda, la de Grigor Dimitrov, aunque vaya ya camino de los treinta: dos sets a cero, 6-5 y saque en el tercero… y a la calle en la primera ronda. Me temo que le hemos perdido definitivamente, después de ese espejismo de 2017.

12. La única buena noticia y el único reflejo de la edad: a estos chicos siempre les quedarán los torneos más o menos menores. Por ejemplo, en los dos últimos años, Djokovic ha ganado «solo» siete torneos, pero cuatro han sido de Grand Slam. Es decir, mientras los grandes se dosifiquen, ahí tienen a su disposición el ATP de Estambul y cosas así. Mucho ánimo.

13. Último comentario al respecto: en octavos de final, la media de edad era de 29,6 años y solo dos jugadores estaban por debajo de los veinticinco. Uno, ya lo sabemos, era Humbert. Es justo hablar del otro: el italiano Marco Berrettini, que lleva una temporada muy interesante pero que defraudó por completo en su partido contra Federer, al que solo pudo ganarle seis juegos. Tiene veintitrés años, seguiremos atentos.

14. Otro italiano puso la nota más desagradable del torneo: Fabio Fognini, cabreado como un mono porque la organización había programado su partido en la pista 15 pese a ser un top ten, se desahogó con un «ojalá les pongan una bomba a estos ingleses» claramente salido de tono. He oído por ahí hablar de «amenaza». No, no fue una amenaza, fue una brutalidad y punto. No es la primera. Tanto pedirle a la ATP que no le haga el juego a Kyrgios y luego resulta que nos llevamos a Fognini de cenita…



15. Por cierto, Kyrgios en su línea. Un par de partidos, cobra el cheque y se va. Se montó un circo importante porque tiró a dar a Nadal en una subida del español a la red y no solo los medios españoles saltaron a una sino que el propio mallorquín se lo recriminó en rueda de prensa. A ver, una cosa es tirar sillas a la pista y otra es tirar al cuerpo lo más fuerte posible, algo que hacía Ivan Lendl continuamente. Tampoco nos pongamos excesivamente melindrosos que esto es tenis. Lo del saque por debajo ojalá cree escuela, puede ser efectivo.

16. Pasamos ya al torneo femenino: Ashleigh Barty ganó el torneo de Simona Halep y Simona Halep ganó el torneo que parecía destinado a Ashleigh Barty. Dos auténticas sorpresas consecutivas. Habrá quien piense que esta múltiple amenaza resta atractivo al circuito porque nadie se consolida como verdadera estrella… pero a mí me encanta. No puedo evitarlo. Me encanta que empiece un torneo y que no sepa si va a ganar Halep o Serena o Barty u Osaka. Pliskova, ya me voy haciendo a la idea de que no. Mejor eso que la misma final todo el rato, por espectacular que sea.

17. De hecho, la final femenina no tuvo nada de espectacular porque Serena Williams jugó como una mujer de treinta y ocho años, que es lo que es. Ya en el resumen de Roland Garros decíamos que no se podía descartar que ganara siete partidos consecutivos sobre hierba pero que era complicado. Se quedó en seis. Van ya tres finales de Grand Slam consecutivas perdidas en su intento de igualar a Margaret Court Smith a veinticuatro Grand Slams. Perdidas, además, sin ganar un solo set. Como en el caso de Federer, el número veinticuatro dependerá de que coincida un cuadro amable con un par de buenos partidos en los momentos clave. Como en el caso de Federer, también, el mérito es impresionante. Hay que recordar que esta mujer ganó el US Open… en 1999.

18. Con todo, la gran atracción mediática fue Cori «Coco» Gauff, la niña de quince años que llegó más allá del número 300 de la WTA, se impuso a Venus Williams (veinticuatro años mayor) en primera ronda y alcanzó los octavos después de un partido espectacular en el que tuvo que remontar un 3-6, 2-5 y varios puntos de partido frente a Polona Hercog. Me preocupa tanto hype a su alrededor, como si ganar tres partidos te convirtiera en la próxima Serena Williams. Luego llega la ansiedad y el pánico.

19. Hablando de ansiedad y pánico, no apunta nada bien lo de Naomi Osaka. Algo pasa pero no sabemos el qué. Cumples tu sueño de ganar el US Open ante Serena, luego refrendas tu jerarquía en Australia, eres joven, con talento, número uno del mundo… y acabas perdida, cambiando de entrenador y llorando en las ruedas de prensa después de perder en primera ronda. Nadie se merece algo así, pero Naomi menos que nadie porque es un pedazo de pan. Muguruza no está mucho mejor y por fin se ha deshecho de Sam Sumyk. Digo «por fin» no porque el trabajo de Sumyk haya sido malo sino porque si no hay confianza, no hay confianza… y es absurdo eternizarse.

20. Carla Suárez Navarro sí que cumplió, como casi siempre. Creo que llevo cinco años escribiendo este mismo párrafo. Llegó a octavos, que es su límite, y ahí perdió contra Serena Williams. Nada que objetar. Por detrás, como en el tenis español masculino, no se ve a nadie capaz ni de entrar entre las veinte primeras. ¿A qué se debe este atasco generacional? Puede que Toni Nadal tenga la respuesta.

21. Aparte de Muguruza y Osaka, centrémonos en varias decepciones: la alemana Angelique Kerber, defensora del título, cayó en segunda ronda pese a hacerse con el primer set; Madison Keys hizo lo propio en la misma ronda; Ashleigh Barty aguantó hasta cuartos, pero todos la veíamos campeona… y Karolina Pliskova, pues, en fin, como siempre, grandes esperanzas y hecatombe final. Yo sigo pensando que la checa acabará ganando un grande por pura insistencia, pero, ¿cuándo? Ni idea.

22. Último cara y cruz del cuadro femenino: Elina Svitolina llegó a semifinales después de haber perdido siete de sus anteriores nueve partidos previos a Wimbledon. Después de pasar serios problemas físicos, es una suerte poder verla ahí de nuevo. Es cierto que no compitió demasiado bien ante Halep, pero su lugar es ese y no las primeras rondas a las que nos ha acostumbrado este año. ¿La cruz? Maria Sharapova. No ya por la derrota ni la retirada ni la lesión sino por el feo gesto de hacerlo cuando tu rival va ganando 5-1 en el set decisivo y tu lesión no es grave. Aguanta cuatro puntos ahí y dale el gustazo de disfrutar de una victoria sin asteriscos.
23. Si fue una satisfacción ver a Svitolina recuperada y cerca de su máximo nivel, también lo fue ver a Andy Murray de nuevo sobre una pista de tenis y más concretamente sobre su amada hierba de Wimbledon. En su caso aún no está para jugar torneos individuales y no está claro si lo estará algún día, pero sí para jugar los dobles individuales y los mixtos, donde hizo pareja con Serena Williams y juntos llenaron la pista central. En ninguno de los dos cuadros llegó muy lejos, pero estar ahí ya era todo un triunfo. Por cierto, los campeones de estas categorías fueron los colombianos Cabal y Farah, una de las mejores parejas del circuito, y la pareja Latisha ShanIvan Dodig respectivamente. En el dobles femenino, las campeonas fueron Hsieh su-wei y Barbora Strycova.

24. Vamos cerrando ya el chiringuito veraniego con los resultados de las jóvenes promesas. El torneo junior masculino lo ganó el japonés Shintaro Mochizuki, con el español Carlos Gimeno —que debutaba sobre hierba— como finalista. El femenino fue a las manos de la ucraniana Daria Snigur, derrotando en la final a la estadounidense Alexa Noel.

25. Por cierto, último apunte: ni una sola jornada tuvo que suspenderse por la lluvia. De hecho, no hubo ni que cambiar a nadie de pista ni retrasar un solo partido. Hay años así, pero son pocos. En cuanto a la máxima novedad de este año, el tie-break en el quinto set con 12-12, solo se utilizó una vez: justo el último día, en la final masculina, y en el mundo paralelo al mundo paralelo ideal.

Disfruten del verano, nos vemos en septiembre en Nueva York.

https://www.jotdown.es/2019/07/simo...c-y-casi-todo-lo-que-nos-deja-wimbledon-2019/
 
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La épica aventura del español que está cruzando el Pacífico en paddle surf
Se cumplen 40 días desde que Antonio de la Rosa empezara la aventura que le lleva desde la Bahía de San Francisco hasta Hawai en paddle surf, en completa autonomía y sin ningún apoyo externo

@abcviajar
Actualizado:20/07/2019 01:17h
La épica y peligrosa aventura del español que ha dado la vuelta al mundo a pie

Ya son 40 días los que lleva el vallisoletano Antonio de la Rosa en la aventura de intentar ser el primero en cruzar el Pacífico a bordo de un paddle surf, en completa autonomía y sin ningún apoyo externo. Ahora mismo le quedan en torno a 2.400 km para llegar a su meta (se puede consultar su ubicación aquí).

A la aventura se la conoce como Pacific SUP Challenge, comenzó el 9 de junio (tras dos semanas de espera por condiciones climáticas desfavorables) desde Cavallo Point, en la Bahía de San Francisco, y si todo va bien, debería llegar a Hawái entre el 15 y el 30 de agosto (aunque es díficil decir una fecha con exactitud). En Facebook publica diariamente post donde explica cómo ha ido el día.

Criado en un pueblo de Valladolid, solo veía la costa durante los meses de verano, lo cual no le impidió que en 2014 consiguiera la hazaña de cruzar el Atlántico a remo y sin asistencia en 64 días, todo ello sin ningún tipo de experiencia previa en navegación. Desde ese momento, cada año ha emprendido un reto diferente con resultados muy satisfactorios. El último de ellos ha sido conseguir ser el único participante en completar la Lapland Extreme Challenge en Laponia.
https://www.abc.es/viajar/top/abci-...acifico-paddle-surf-201907200117_noticia.html
 
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Y Alexander Karelin se hizo hombre
publicado por Karlos Zurutuza



Sidney, 2000: el mejor luchador grecorromano de la historia intenta voltear sin éxito a un granjero de Wyoming al que no conoce nadie. «No puede estar pasando», pensó él, pensó el mundo, antes de que la campana certificara la única derrota internacional de aquel coloso siberiano que acumulaba ochocientas ochenta y siete victorias. Pocos segundos después, Alexander Alexandrovich Karelin anunciaba su retirada abandonando sus botas sobre la lona.

De acuerdo, no desapareció. El cambio de siglo le trasladó del tapiz al parlamento ruso de la mano de Putin pero, ¿dónde reside el mérito de llegar a sentarse en la Duma para alguien como él? Cráneo rapado y mirada glacial bajo una frente cincelada como su mandíbula, su cuello, o cada centímetro de su cuerpo. Era como si la imponente estatua de un héroe soviético hubiera bajado de su pedestal para darse un paseo triunfal alrededor del mundo. Esperen, ¿no habría sido Karelin el molde de todos aquellos gigantes de bronce?

Empecemos por el principio. Alexander Alexandrovich Karelin nació envuelto en un cuerpo de seis kilos un 19 de septiembre de 1967 en Novosibirsk (Siberia). Las constantes ausencias de su padre, un boxeador amateur que se ganaba la vida conduciendo un camión por la tundra, lo llevaron a gozar de una temprana libertad. Crecer entre días que parecen no acabar nunca en verano ni empezar en invierno a orillas del río Ob, en ese mar de hormigón en el que las krushevkas hacen piña en hileras intentando protegerse de la naturaleza más hostil. Y no era la única amenaza. A sus trece años, Alexander Alexandrovich tenía una edad en la que muchos en Novosibirsk contaban con antecedentes penales. Su madre le advertiría de los urcas: auténticos aristócratas siberianos del crimen, amos indiscutibles de las cárceles del país más grande del mundo. A los únicos que Stalin no pudo deportar a Siberia fue a los propios siberianos.

Pero el destino reservaba una suerte muy distinta al joven Alexander Alexandrovich. Una tarde de verano sin final de 1981, alguien lo vio en la calle y lo invitó a acercarse al gimnasio del Dynamo Novosibirsk, donde Viktor Mijailovich Kuznetsov, entrenador, mito, buscaba candidatos para la cantera del club. 1,78 de altura y 78 kilos de peso para un chaval de trece años era un potencial que no se podía desaprovechar. Coincidieron todos, incluido Kuznetsov, quien se convertiría en su mentor desde aquel mismo día hasta ese último combate en 2000. Y así fue como Alexander Alexandrovich entró por primera vez en ese círculo de nueve metros de diámetro donde caen gigantes. Lo llaman «superficie de combate».

Bronce

A sus padres no les hizo mucha gracia aquello, sobre todo cuando el chaval se rompió una pierna peleando a los quince. Fue durante una fiesta nacional como la del 8 de marzo: «Su hijo está en el hospital», le dijeron a su madre en mitad de una multitudinaria marcha de mujeres de Novosibirsk. Su enfado fue tal que le prohibió entrenar y le quemó el uniforme para intentar evitarlo. Fue inútil. Para entonces, Alexander Alexandrovich pasaba más horas en el gimnasio que en cualquier otro lugar. Solo él y Kuznetsov saben cuántas veces abandonó el anillo entre lágrimas; cuántas arrastró su cuerpo tumefacto atravesado por miles de cristales de ácido láctico pensando en si podría volver al día siguiente. Tras la pierna se rompió las manos, dos veces, y hasta ocho las costillas. Kuznetsov ya le había avisado de que aquello era una carrera de fondo, que las victorias no llegarían de un día para otro. Se lo recordaría una vez más tras perder en la final del Campeonato de la Unión Soviética de 1987 ante Ígor Rastórotski, dos veces campeón mundial. Karelin era aún un crío, pero se encontrarían de nuevo al año siguiente en Tbilisi (Georgia), poco después de que el siberiano sufriera una conmoción cerebral que casi le deja fuera del equipo olímpico. Aun así, saltó a la lona y venció con solvencia a su máximo rival poniéndolo de espaldas. Así es como se gana un combate, o dominando dos de los tres periodos de los que consta. Documentada desde hace dos milenios en bronce y mármol, en frescos o en la cerámica de vasijas que se apilan en museos, esta disciplina es un arte entre caballeros en el que la técnica y la astucia juegan un papel mucho más importante que la simple fuerza bruta.

Tras vencer por segunda vez al único hombre que logró derrotarle —además del granjero de Wyoming—, Karelin recuerda que fue entonces cuando, por primera vez en su vida, levantó los brazos e hizo «algo parecido a un baile». A partir de ese momento único de emoción descontrolada, aquel soldado soviético de 1,91 de estatura y 130 kilos de peso se dedicaría a encadenar una victoria tras otra, sin aspavientos ni estridencias innecesarias, a la mayor gloria del socialismo. Era lo que la patria esperaba de él. Como en la final de las Olimpiadas de Seúl en 1988, ahora frente al búlgaro Rangel Guerovski. Se fueron al descanso con un marcador de 3-2 a favor del último. A quince segundos del final, el búlgaro se amarraba al suelo esperando a la campana que le diera como ganador a los puntos, así que Karelin se agachó, le agarró de la cintura, lo volteó por encima de su hombro derecho y lo tumbó de espaldas. Era un ritual que repetiría centenares de veces. En la máxima categoría, donde los combatientes superan los cien kilos, se necesita una enorme fuerza para ejecutar ese volteo vertical. Karelin era el único capaz de hacerlo entre los chicos más grandes y, a día de hoy, la maniobra aún lleva su nombre.

De él se decía que no solo era el más fuerte, sino también el de técnica y estrategia más exquisitas. Aunque resultara imbatido durante trece años, quizás sea aún más impactante el hecho de que no encajó ni un solo punto en una década. Tras completar estudios universitarios en la Academia Siberiana de Cultura Física, la férrea defensa que desplegó siempre sobre el tapiz quedó ampliamente diseccionada en su tesis doctoral. Más tarde completaría su formación académica licenciándose en Derecho, y sepan que Alexander Alexandrovich es también un contumaz intérprete de las partituras de Sostakovich, Gershwin o Bach. Pero su mundo, al menos el de fuera del anillo, se derrumbaba a finales de los ochenta. Tras firmar las gemelas Perestroika y Glasnost el certificado de defunción del imperio soviético, Karelin volvería a abanderar al equipo olímpico en 1992. Ya no era la URSS, sino una entidad amorfa de quince países en ciernes, representada con un acrónimo más propio de una academia de idiomas o una correduría de seguros: CEI, la «Comunidad de Estados Independientes». Ni siquiera contaba con una enseña propia. Karelin desfiló con la bandera olímpica.

En más de una ocasión, el siberiano dijo no perdonar a Occidente lo ocurrido. Encajar la derrota de la guerra más larga, la fría, resultaba aún más difícil para alguien tan acostumbrado a la victoria como a ver alzarse el sol entre el humo de las chimeneas de Novosibirsk. Para entonces, hacía tiempo que su carisma trascendía los lodos de la geopolítica y fueron sus propios rivales los que le enviaron el equipamiento necesario para que pudiera seguir entrenando en mitad de la desintegración del país que le vio nacer. No sabemos si aquella frustración se trasladó a la superficie de combate, pero lo cierto es que le bastaron diecinueve segundos para derrotar al sueco Thomas Johansson en la final de Barcelona.

Precisamente, fue Estocolmo la que acogió el Campeonato del Mundo el año siguiente. Tras intentar voltear al estadounidense de origen iraní Matt Ghaffari se le desprendieron dos costillas que acabaron presionándole el hígado; «de ahí el sabor de bilis en la boca durante todo el combate», recordaría al final del mismo. Por aquel entonces, la antigua selección de la URSS se estaba transformando en la de la Federación Rusa pero, contaba Karelin, se olvidaron de los doctores. Gracias a la ayuda desinteresada de un galeno alemán, el ruso eliminó a todos sus rivales sin siquiera poder enderezarse con normalidad por sus costillas rotas. Tres años después volvería a firmar una nueva gesta. En los europeos de Budapest, un hematoma de un kilo y medio en su pecho le dejó casi inutilizado el brazo derecho, pero consiguió ganar el campeonato únicamente con el izquierdo. Tras ser operado de urgencia en la capital húngara, los médicos le dijeron que no se recuperaría para la cita olímpica ese mismo año. Pero lo hizo. En Atlanta 96, ya oficialmente con la Federación Rusa, el de Novosibirsk conseguió su tercer oro olímpico. Contaba uno por cada bandera bajo la que había competido.

Carne

Mientras seguía imbatido, Karelin fue nombrado «Héroe de la Federación Rusa» en 1997, la más alta distinción en el país más grande del mundo que, obviamente, merecía el mejor deportista de su historia. Cargado de metales, su carrera hacia la Duma fue un paseo cuando todavía era un luchador en activo. Quedaba Sidney 2000, su cuarta cita olímpica que se antojaba como un mero trámite en el que Karelin volvería a aplastar a su adversario en la final. Además, ¿quién era ese tal Rulon Gardner? ¿Qué posibilidades tenía aquel estadounidense sin pedigrí ni experiencia? Y toda esa grasa que rebosaba su licra azul… Del granjero se decía que había entrenado levantando vacas en su granja de Wyoming, los típicos chascarrillos de cada cita olímpica para enganchar a la audiencia. Lo cierto es que nadie, ni siquiera los seguidores americanos en el público, se tomaron en serio a Gardner. Al fin y al cabo, era Karelin con quien tenía que disputar el exiguo mundo circular de la superficie de combate.

Acabó siendo un encuentro tan sorprendente como mediocre: mucha defensa y muy poca acción, ambas tachonadas por una polémica decisión arbitral. Fue una innovación más de entre las muchas —demasiadas para algunos— que se producen en las reglas de la grecorromana; una que hizo perder un punto a Karelin cuando este soltó por un instante a Gardner durante un agarre. En los siguientes tres minutos, el de Wyoming se dedicó a escabullirse para acabar refugiándose bajo sus 130 kilos amarrados a la lona.

Con la ceremonia habitual, Alexander Alexandrovich se agachó para hacerle el cinturón y voltearlo por encima del hombro. Lo había hecho en centenares de ocasiones, ¿por qué ahora no era posible? Y no fue posible. Apenas un minuto después, Gardner saltaba de alegría mientras intentaba asimilar lo que acababa de ocurrir. De hecho, aquella gesta justificó una autobiografía publicada incluso antes de que el de Wyoming sobreviviera a un accidente de avión o participara en The Biggest Loser, un reality americano en el que perdió ochenta kilos en directo durante dieciséis semanas.

https://www.jotdown.es/2019/07/y-alexander-karelin-se-hizo-hombre/

En cuanto a Karelin, el siberiano podía haber ocultado fácilmente su derrota en el zarzal en el que se ha ido convirtiendo el reglamento de la grecorromana. Prefirió asumirlo desde la sinceridad que le había caracterizado siempre. «A veces te da igual todo, y no puedes hacer nada contra eso. A veces te acuestas y parece que no te late el corazón. Y lo peor de todo es cuando te das cuenta de que ya no quieres nada», explicó en una de las muchas entrevistas que dio después de aquello. Cuatro segundos antes de que sonara la campana, Karelin agachó la cabeza asumiendo su nueva condición. Ya solo era un hombre
 
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El dueño del abismo

publicado por Pablo Mediavilla Costa



Free Solo (2018). Imagen: National Geographic / Parkes+MacDonald Image Nation / Little Monster Films


Free Solo (2018). Imagen: National Geographic / Parkes+MacDonald Image Nation / Little Monster Films.

En un mundo estrecho para pioneros, huérfano de héroes y donde toda posibilidad de aventura parece desterrada a los confines de la ciencia y del espacio, un californiano de treinta y un años hizo algo por primera vez. En la mañana del 3 de junio de 2017, Alex Honnold escaló El Capitán, una pared de granito de novecientos metros de altura y lisa como tapa de piano, sin cuerdas ni seguridad alguna. La mole, en el valle de Yosemite (Estados Unidos), es una de las paredes más codiciadas por los escaladores, el sueño de toda una vida, pero nunca había sido sometida por la fuerza, la destreza y el control del miedo de un ser humano en solo integral, como es conocida dicha modalidad. Camiseta roja, pantalones cortos negros, pies de gato y una bolsita de magnesio para secar el sudor de las manos.

«La montaña no parecía tan amenazante esta mañana. Todo ha sido igual a las otras veces. No llevaba mochila y las sensaciones al escalar han sido alucinantes. No arrastrar sesenta metros de cuerda durante todo el ascenso me ha hecho sentirme fuerte y fresco. Creo que podría repetirlo ahora mismo», dijo Honnold a National Geographic, recién descendido de las alturas. Parece un farol, pero nada en Honnold lo es; finalizada la entrevista, se fue a entrenar a su furgoneta, diseñada para poder colgarse durante horas y fortalecer sus dedos, muñecas y brazos. «Entreno cada día y hoy es un día más». Su gloria, reciente y deslumbrante, es la consecuencia de una obsesión: escalar como nadie se había atrevido a hacer hasta ahora.

«Si sigue con esto es evidente que va a morir joven, porque ese tipo de escalada es muy expuesto y no admite el más mínimo fallo», dice Sebastián Álvaro, alpinista y creador y director durante casi tres décadas de Al filo de lo imposible. «Sin estar entre las diez personas del mundo que más grado de dificultad logra superar, sorprende lo mucho que está dispuesto a arriesgar. Su fortaleza es psicológica; hacerlo sin cuerdas, en paredes que están más allá de la vertical y con un vacío aterrador que te atrae». Un pedazo de roca que se quiebre —a veces, de unos pocos milímetros—, arena que haga resbalar la zapatilla, un error de cálculo o apenas una duda en el momento equivocado se pagan con la vida.

«Es la llegada a la Luna de la escalada en solo integral», dijo Tommy Caldwell, compañero de faenas y amigo de Honnold, en cuanto supo de la hazaña de El Capitán. La irrupción del californiano en el Olimpo de las montañas es deslumbrante. Demasiado tímido en su adolescencia como para pedir a otros que le dejaran usar sus cuerdas y equipos, empezó a practicar la escalada más desnuda, pura y aterradora. «Para mí todo tiene que ver con la preparación. Cuando estoy en la vía es solo una cuestión de ejecución», explica Honnold en su libro Solo en la pared (Desnivel, 2016). Primero, ensaya sus escaladas con cuerdas, descendiendo desde la cumbre hasta los puntos más complicados, donde repasa cada movimiento. Luego, en la soledad de su furgoneta, memoriza cada paso, cada agarre, los posibles fallos a los que puede enfrentarse y hasta su propia muerte: «Me vi a mí mismo rebotar contra un saliente abajo y caer, rompiéndome la mayoría de los huesos mientras me golpeo contra la montaña como un muñeco de trapo. Y luego, desangrarme en la base».

Madrugada del 3 de junio. Honnold desayuna lo que acostumbra: avena, arándanos y semillas de chía. Camina hacia la base de El Capitán de noche, mira hacia arriba y empieza su sinfonía de agarres y contorsiones. Superados los primeros quince metros, cualquier caída es fatal; ha entrado en la Zona de la Muerte. Tardará tres horas y cincuenta y seis minutos en subir el equivalente a dos veces el Empire State hasta la punta de su antena, en hacer lo que otros tardan tres o más días con cuerdas y seguridad. La primera sección, conocida como Free Blast, es difícil, de pura adherencia de los pies de gato sobre una piedra lisa, inhumana. «Mentalmente muy exigente y muy inseguro, tienes que confiar mucho en los pies», dirá Honnold.

Nacido en Sacramento, California, en 1985, el oeste norteamericano era un paraíso por descubrir: los parques de Zion, Joshua Tree y, sobre todo, Yosemite, cuna de la escalada moderna. Su padre, profesor de inglés, reservado y de pocas palabras, le llevó a un rocódromo con diez años y luego, en largos viajes en coche, a las competiciones nacionales donde empezó a destacar. Su muerte repentina de un ataque al corazón destruyó el camino planeado por Honnold, que abandonó sus estudios de Ingeniería en Berkeley para dedicarse en cuerpo y alma a su única pasión.


Free Solo (2018). Imagen: National Geographic / Parkes+MacDonald Image Nation / Little Monster Films.
Volvió a Sacramento, le pidió la furgoneta familiar a su madre, hizo algunos arreglos para hacerla habitable y empezó, una por una y tras un entrenamiento espartano, a conquistar todas las cumbres que sus ídolos de los sesenta y setenta habían alcanzado con cuerdas y seguridad. En menos de diez años ha conseguido subir en solo integral y por primera vez Astroman y Rostrum (en un solo día, como ya había hecho su ídolo Peter Croft en el 87), Moonlight Buttress, Half Dome y ahora El Capitán. Su determinación, casi rayana en el autismo, hizo que, salvo en el último caso, no avisara a nadie para confirmar las hazañas. El nombre de Honnold, apodado «No Big Deal» —algo así como ‘No Es Para Tanto’—, ya reconocido entre el círculo de escaladores norteamericanos, hizo que nadie pusiera en duda las ascensiones.

Entregado al sacerdocio del abismo, Honnold no bebe café, no toma drogas, no prueba el alcohol. En una entrevista reciente, un periodista le preguntó si podría estar mucho tiempo sin escalar. ¿Un mes? «¡Un mes! Pensé que por mucho tiempo te referías a tres días», respondió. Algunas entradas del diario que lleva desde que empezó están anotadas con emoticonos. Una cara sonriente, otra triste cuando cree que podría haberlo hecho mejor. Solo algunas veces refiere estados de ánimo y situaciones límite, como un momento al final del Half Dome, muy cansado y con dudas, a la vista de decenas de turistas en la cumbre, que él define como «mi infierno íntimo».

«Descubrí que si tenía algún don en particular era de naturaleza mental, la habilidad para mantener el control en situaciones que podrían convertirse en estresantes», comenta en su libro. Jane E. Joseph, neurocientífica cognitiva en la Universidad Médica de Carolina del Sur, se interesó por él y quiso estudiar su cerebro. Durante una resonancia magnética, Joseph hizo dos experimentos con Honnold. El primero, un estudio de su amígdala —encargada de enviar la información que, luego, la corteza cerebral traduce en lo que llamamos miedo— mediante el visionado de cerca de doscientas imágenes inquietantes o excitantes: cadáveres con caras desfiguradas y ensangrentadas, niños ardiendo, una mujer que se depila, etc. El segundo, centrado en la recompensa y la producción de dopamina, un neurotransmisor que despierta las sensaciones de placer y deseo. Comparado con un sujeto de control —otro escalador de su misma edad sometido a las mismas pruebas—, el resultado fue asombroso: el cerebro estaba sano, pero la amígdala no presentaba actividad. En el segundo experimento, solo podía concluirse que estaba despierto y viendo la pantalla. Honnold rechaza que no sienta miedo: «Para mí, la cuestión crucial no es cómo escalar sin miedo —eso es imposible—, sino cómo lidiar con él cuando se desliza por todas tus terminaciones nerviosas. No me gusta el riesgo. No me gusta cruzar la raya continua. No me gusta jugar a los dados».

Conquistado el Half Dome, Honnold se marcó, en secreto, un nuevo objetivo. Durante los dos últimos años ha viajado por el mundo para preparar la subida a El Capitán. Una vista rápida a su cuenta de Instagram dibuja la ruta: Australia, Nueva Zelanda, Angola, Chile, Ecuador, Irlanda, Suiza, Francia, Noruega, Marruecos, Kenia y Chile. Con patrocinadores como The North Face y una creciente atención mediática en Estados Unidos, Honnold iba a dar la campanada definitiva.

Al otro lado del teléfono, le pido a Carlos Suárez, escalador, alpinista y saltador base español, que me comente algunas de las secciones de la ruta seguida por Honnold. Suárez coronó El Capitán por esta misma ruta hace veinte años en escalada libre (con cuerdas que no se usan para progresar, sino en caso de caída). Tardó cinco días con sus correspondientes vivacs:

Hay un largo que es el Hollow Flake, una especie de chimenea muy estrecha, donde no te cabe todo el cuerpo, como si la pared te escupiera y requiere de mucha técnica. Es un tramo muy aéreo.

Luego hay un boulder (un punto de pura explosividad), donde estás haciendo palanca con el pulgar izquierdo para alcanzar otro agarre con la mano derecha. Son dos o tres agarres, pero son minúsculos. Eso, psicológicamente, es brutal.

Pasado el Cap Spire hay un tramo, el Teflon Corner, en el que los pies van en adherencia y las manos en agarres pequeños. Muy vertical, muy aéreo. El pie de gato tiene que tener la goma con la temperatura y el tacto adecuados, no sirven unos nuevos o unos muy gastados.

Hacia el tramo final, Freerider [la vía seguida por Honnold] se escapa un poco de la clásica ruta Salathé. Ahí hay una travesía que a mí me hizo devolver. No me había pasado nunca. No es muy difícil, pero es muy aérea, y yo llegué con mucho estrés y nervios en el estómago. Ahí aprendí que no es lo mismo estar a trescientos o cuatrocientos metros que a ochocientos.

Por fin, lo que llaman Offwidth, otra chimenea de fisuras romas, que no tienen agarres muy concretos, muy precisos, y hace que vayas muy incómodo. Tienes que tener mucha técnica de fisura, mucha técnica de granito. Es muy difícil cuando llevas ochocientos metros y todavía toca hacer esos cuatro largos para llegar a la cima. Muy difícil, sobre todo si subes encadenado [de una vez, como Honnold] y sin cuerda.

Hay una foto en la cumbre que le hizo su amigo Jimmy Chin, que ha grabado el documental Free Solo para National Geographic sobre la proeza. Honnold se ha quitado la camiseta y los pies de gato y luce una ligera sonrisa. A un paso, el abismo. Abajo, el punto de inicio, casi invisible, de su aventura. «Cuando caminaba hacia la base estaba todavía oscuro. Vi a un oso alejarse. Creo que le asusté».


Free Solo (2018). Imagen: National Geographic / Parkes+MacDonald Image Nation / Little Monster Films
https://www.jotdown.es/2019/08/el-dueno-del-abismo/
 
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Borsalino

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No es deporte para caballeros: Villard-de-Lans y el Tour de Francia en los 80
Jean-François Bernard estaba llamado a ser el ciclista de la época, hasta que el Tour de Francia de 1987 le mostró la realidad

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Pedro Delgado, durante el Tour de Francia de 1987. (Archivo)

MARCOS PEREDA
18/09/2020 10:31

Jean-François Bernard tiene pelazo. Negro, espeso. También lleva una sonrisa tímida, ojos tristes, pero sobre todo destaca el pelazo. En conjunto gasta cierto aire a galán de la Nouvelle Vague, un Belmondo sobre ruedas.

Y, además, viste de amarillo. Con lo bonito que es eso.

Lunes, 20 de julio. Año 1987, por aclarar términos. La etapa del Tour de Francia (porque ese mes siempre hay etapa del Tour, salvo ahora, con el añito que llevamos) termina en Villard-de-Lans. Sí, sí, como la del martes, esa que ganó Kämna mientras los favoritos subían de la mano, qué alegría, qué paisajes más bonitos, hasta la estación de esquí. Bien, si usted es de lágrima fácil y con tendencia a lo depresivo debería dejar de leer a partir de este mismo instante. Por no comparar, vaya.

El Tour de 1987, decíamos. Bernard de amarillo. Y llegada a Villard-de-Lans. Segunda vez en la historia. Tercera, si contamos Lans-en-Vercors, nombre de apoteosis cafetera un par de años antes. Parra primero, Herrera segundo. Lucho se permitió el lujo de soltar las manos del manubrio a poco de meta, sacar un pañuelo, limpiarse el sudor, que siempre queda feo en la tele. Entraron juntos. Qué bello. Al día siguiente crono por los alrededores del pueblo que ganó Eric Vanderaerden. Por seguir con los pelazos, vaya.

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Jean-François Bernard estaba llamado a ser el ciclista francés del momento. (Archivo)

En fin, que nos disipamos. Aquel 1987... ahhh, qué jóvenes fuimos. Carrera abierta. O no, porque Bernard parece tenerlo todo bien encarrilado. Muchas cosas a su favor. Es francés (que igual no ayuda, pero tampoco va a perjudicar), es joven, talentoso, corre en el conjunto que ha tiranizado el bienio anterior, aunque ahora se llame distinto, porque a Tapie quería promocionar Toshiba. Es, además, líder del Tour. De uno donde se han corrido dieciocho etapas, con muchas cosas en medio. Crono llana de 87 kilómetros (los Tours de antes eran distintos). Dos tiradas en los Pirineos con dureza de sobra (los Tours de antes eran distintos). Incluso cronoescalada hasta la cima del Mont Ventoux (los Tours de antes eran... bueno, ya saben). Y allí está nuestro hombre, con el maillot dorado, la sonrisa triste, la confianza plena.

Precisamente ha sido el Ventoux su gran día. El que quedará, para siempre, como instante de gloria para Bernard. Es el único de todo el pelotón que termina por debajo de la hora y veinte minutos (recuerden, los Tours de antes, etcétera). Minuto y cuarenta a Lucho, diez segundos más a Delgado. El resto, por encima de los dos. En la general segundo es Roche, a más de esa distancia. Sentenciado. Bernard sucederá a Hinault, que sucedió a Fignon, que vino después de Thevenet. Impensable que los franceses estén mucho tiempo sin ganar su carrera...

Solo que... Bien, ¿recuerdan lo que dijimos antes? Lo de las virtudes de Bernard. Pues bien, se nos pasaron algunos defectos. Por no afear el retrato, vaya. Que es inconstante. Que no mide bien las fuerzas. Que falla en estrategia. Y, sobre todo, que el chico resulta... bueno, especial. “Tiene piernas de caballo y cabeza de mosquito”, dijo de él Luis Ocaña, y al conquense hay que escucharlo cada vez que transforma “erres” en “ges”. Entre otras cosas porque suele tener razón.

“He demostrado que soy el mejor tanto en montaña como contra el reloj”, dijo Jean François a los periodistas, totalmente subido en el personaje. “Queda mucho Tour pero mis rivales ya saben quién es el más fuerte”. Ya ven, le faltó decir que iba a ganar cinco Tours, dos Goyas al mejor actor y el certamen de Miss Universo. En fin, lo de agitar el avispero de forma gratuita no parece la opción más inteligente, claro.

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Así que al día siguiente... gresca. Todos picados contra el francés, niño bonito de Tapie, cómo los odio a los dos, vamos a hacer que suden sangre. Camino de Villard-de-Lans, claro. Rompiendo varios códigos de esos que a los millenials les suenan como si fuesen palabra divina. Comencemos... Si el líder pincha no se aprovecha esto para atacar... ejem. Pues vaya, primer fallo. Casi en la cima de Tourniol, después de pegarse una buena pechada persiguiendo a Stephen Roche (el irlandés había arrancado a 100 kilómetros de meta, porque antes estas cosas se hacían así, y ya no, joder, qué miseria). Bernard empieza a pegar saltitos sobre su bici, la llanta chocando furiosa contra el asfalto. Zafarrancho. Oye, que el de amarillo ha tenido que cambiar la rueda, sí, sí, como lo oyes. Pues venga, lo lógico, el resto a tirar como perros, relevándonos. Si quería (falsa) deportividad que hubiese mantenido cerrada la boquita.

En fin, que Bernard enlaza justo tras la bajada, y empieza a relajar sus piernas pensando que lo peor ya pasó. Ahora unos kilometritos tranquilos y luego ya veremos qué nos depara la tarde. Si hasta llega el avituallamiento, qué ratito más majo para respirar un poco. Segunda regla no escrita del ciclismo actual: no se ataca en los avituallamientos. ¿Adivinan? Eso en los ochenta... carrera abierta desde el kilómetro uno hasta la línea de meta. Puñaladas, traiciones, actitudes canallescas. Qué hermoso todo.

La jugada corre a cargo del Système U. Cyrille Guimard, Laurent Fignon. También Charly Mottet, que está bien situado y parece optar al pódium. Pero es lo de menos. Lo otro importa, lo otro. Que Tapie y toda su banda paguen por los dos añitos que nos han hecho pasar. De nuevo Ocaña, después de la etapa. “No entiendo a Système U, salvo que corran para fastidiar a Bernard”. Pues eso, no podemos ser más claros, aunque nos hagamos los tontos.

Así que otra vez persiguiendo. Por delante todos los favoritos, comiendo entre hipidos, guardando cuatro o cinco menudencias en sus maillots. Por detrás Jean-François, que a estas alturas tiene el mirar un poco cruzado. Qué puto día, qué bien estaba en el hotel, leyendo la prensa. ¿Esto es siempre así? Porque a lo mejor el ciclismo no me pega, ¿eh?, yo prefiero algo tranquilito, trabajo de oficina. En fin. Conseguirá cazar más adelante, pero va completamente sentenciado. Su candidatura como ganador del Tour termina allí, en ese terreno quebrado camino de Villard-de-Lans. Volveré más fuerte al año siguiente. Pero no, nunca más tuvo opciones. Jean-François Bernard acabó como (buen) gregario de Miguel Indurain antes de volver a Francia para vestir dos de los maillots más feos de siempre (Chazal y Agrigel, por si están pensando en regalar algo original a su cuñado).

Delante, ataques. Sobre todo uno. El definitivo, el que va a marcar la Grande Boucle. Arranca Pedro Delgado, a su rueda sale Stephen Roche. Pronto cruzan miradas, ponderan intereses. Los dos colaboran. Tipos solitarios, corredores de un mismo equipo... el suyo. Delgado lleva maillot del PDM, pero los holandeses pasan bastante de él. Solo Knetemann lo ha ayudado a preparar alguna emboscada en el plano. El resto... ausentes. Me duele la falangina del dedo meñique. Tengo molestias en el cartílago de la oreja izquierda. Hace viento y me caigo. Hace calor y no veas qué sed. Steven Rooks y Gert-Jan Theunisse dan para lo que dan, tampoco nos engañemos. Trotones en llano y repechitos, incapaces en las cumbres. Rooks, por ejemplo, ha sido el 154 (undécimo por la cola) en Mont Ventoux, y se retirará en Villard-de-Lans después de entrar de los últimos. Raro es lo que vino más tarde, créanme. Pero raro de verdad. En ese momento Pedro es un uomo solo. Al menos su maillot sí que es bonito...

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Perico Delgado se llevaría su revancha en 1988. (RTVE)

¿Y Roche? Bueno, lo suyo es peor. No es que no le ayuden en Carrera, es que lo quieren matar. Ganó el Giro de Italia después de apuñalar a Visentini camino de Sappada (en serio, los ochenta eran otro mundo), y el italiano, pelín picado, estuvo a punto de liarse a hostias con él en la cena. Después pasó unos días cruzándose en los descensos, intentando que Roche cayese, sonrisita de “ya verás, ya”, según cuenta Stephen en su autobiografía. Unas risas. La afición italiana, que tiende a pasional, tampoco se tomó muy bien la traición y llenó al irlandés de escupitajos mientras subía Marmolada. Como si no costase ya suficiente eso de la Malga Ciapela. Ah, por ahí pululaba Robert Millar, viejo conocido de Delgado. Si es que el mundo es un pañuelo...

Pues eso, dos parias. Bueno, uno más que otro, pero ustedes me entienden. ¿Saben eso de los trenecitos y los bloques agrupados que tanto vemos en el Tour últimamente? Pues olvídenlo. Una cosa de tú a tú, que es más noble. Bueno, menos por lo de las perfidias, y los ataques que, hoy, irían seguidos de un video en instagram, lo siento, me he equivocado, no volverá a pasar...


En meta Pedro gana su tercera etapa en el Tour, primera fuera de los Pirineos. Parece que ya no es solo animador de cordilleras, sino aspirante a algo más. Roche, por su parte, arrebata el amarillo a Jean-François Bernard, que entra jurando en francés. Merde. Enculé. Putain. Salaudes. Nique ta mere! Connard. Esas cosas. Ya ven, en el idioma de Molière todo suena más fino.

En fin, que desde Villard de Lans aun quedaba mucho Tour, porque aquel año la carrera se fue casi al mes de duración. Menos lloros, que cobráis de sobra. Quedaba, por ejemplo, que Perico cogiese al liderato en Alpe d´Huez, día de calor extremo en el que Roche suda como una mula arando tierra. Quedaba La Plagne, con el segoviano atacando desde Segovia y el irlandés desvanecido en meta, oxígeno, ambulancia, sonrisilla de picaruelo en el rostro. O eso cuentan. La Joux Plane, que tiene una bajada malísima. Y Dijon. Crono. Exhibición de Bernard (en qué estaría yo pensando, joder, menuda bocaza la mía), Roche otra vez de amarillo. Doblete. Antes que él solo lo hicieron medianías como Coppi, Anquetil, Merckx o Hinault. Seamos serios, el nombre canta bastante en la lista pero... nada que reprochar en ninguna de las dos carreras. Y falta el Mundial. Digo yo que llegará muerto, pero vaya usted a saber, el tío está que le sale todo...


Hubo más Villard-de-Lans, claro, porque el sitio es tan ochentero como las BH. O los yonquis robándote cinco duros, que aquella década no tiene mucho que ver con Stranger Things, amiguitos. Al menos no aquí, vaya. En el 88 vuelve a ganar Perico (Perico y el perico también son omnipresentes esos años) . Cronoescalada y el Tour sentenciado en la etapa trece. Aquel día fue segundo Bernard (qué cabeza, macho, qué cabeza la mía) y tercero Rooks, mejorando 132 puestos respecto al año anterior. Vaya salto, ¿eh? En el 89 Fignon dejó muerto el Tour de Francia después de un ataque de lejos, portando el amarillo. Cincuenta segundos metía a Lemond en la general, que deben ser más que suficientes antes del epílogo parisino, creo yo. Por mucho manillar y casco y gafas y ziritione que saque el americano. En fin. Ah, tercero fue Rooks, que ya era un ogro declarado en Grandes Vueltas. Y, por terminar, en el noventa hubo otra cronoescalada. Para Breukink, que parece va a comerse el mundo. Segundo Delgado, tercero un tipo grandote llamado Miguel Indurain. El día antes hizo un esfuerzo supremo para poner en jaque la carrera (solo que la carrera no se dejó) y de cara a esa contrarreloj sus directores le dijeron que saliese relajado, a recuperar. Ya ven, si se descuida gana. Menuda fiera. Yo creo que el 91 es su año.

Veremos...

P.D. Para la elaboración de este artículo no se ha maltratado a ningún ciclista ochentero. Todo aquel que lo lea y quiera comparar con la etapa del Tour 2020 que acabó en Villard-de-Lans lo hará bajo su estricta responsabilidad.