HÉROES DEL DEPORTE. VIDAS

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Paavo Nurmi
(Turku, 1897 - Helsinki, 1973) Atleta finlandés, conocido en las pistas como "El finlandés volador". Miembro de una humilde familia, su infancia transcurrió en una pequeña cabaña de los bosques, donde se vio obligado a llevar una dieta basada en verduras y pescado seco, lo que, unido a los fríos inviernos finlandeses, fue clave para dotar a este hombre de una resistencia sobrehumana.


Paavo Nurmi en los Juegos Olímpicos de Amberes (1920)

Su debut olímpico tuvo lugar en los Juegos de Amberes (1920), en la carrera de los 5.000 metros, cuyo récord ostentaba desde hacía ocho años su compatriota Hannes Kolehmainen. Si bien le fue imposible adjudicarse esta prueba, quedó segundo y ganó su primera medalla de plata. No ocurrió lo mismo en los 10.000 metros, donde se impuso con toda facilidad, lo que significó el primero de la dilatada colección de oros que jalonan su trayectoria. El segundo oro llegaría en las pruebas individuales (el cross de ocho kilómetros) y el tercero en el campeonato por equipos de campo a través.

Con veintisiete años, le esperaba París para su segunda cita olímpica. En los Juegos de París (1924), dispuesto a continuar la tradición de los finlandeses que había iniciado el héroe de su niñez, Kolehmainen, condujo a su país a la victoria por equipos en el cross y ganó otras cuatro medallas de oro: los 3.000 metros por equipos, el cross individual (pruebas que ya no se celebran), los 1.500 y los 5.000 metros. Paavo Nurmi disputó estas dos últimas carreras en un mismo día y con sólo una hora de descanso entre ambas, lo que no era pequeña proeza, y más si se tiene en cuenta que aquél fue uno de los días más calurosos en la historia de París, algo que no pareció afectarle lo más mínimo.

De hecho, las asfixiantes temperaturas causaron tal cantidad de colapsos y desmayos entre público y atletas que el COI decidió cancelar la prueba de campo a través individual. En total, obtuvo cinco medallas de oro, y habría podido ganar una sexta: el comité finlandés, estimando que era demasiado para el atleta, no le permitió participar en los 10.000, prueba que se adjudicó su compatriota Ritola con un nuevo récord mundial.

La técnica de Nurmi se basaba en el mantenimiento de una zancada regular. Como dato anecdótico, hay que citar que, en aquellos tiempos en que no se daban los resultados al final de cada vuelta, Nurmi llevaba su propio cronómetro en la mano izquierda, lo que le permitía saber sus tiempos siempre, e imponer su propio ritmo a la carrera. En 1925 pasó cinco meses en los Estados Unidos, durante los cuales ganó todas las carreras en las que participó, lo que le sirvió como entrenamiento para su tercera olimpiada. En los Juegos de Amsterdam (1928), conquistó el oro en los 10.000 metros y la plata en los 5.000 y 3.000 metros, de nuevo compitiendo contra Ritola. No pudo participar en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles (1932), acusado por la Federación de haber percibido dinero durante su estancia en Norteamérica, lo que le hacía perder su estatus de amateur.

En 1952, cuando los Juegos se celebraron en su país, el Comite Olímpico Internacional le exoneró de toda culpa. Paavo Nurmi entró en el Estadio Olímpico de Helsinki portando la antorcha olímpica para encender, entre vítores atronadores y aplausos, el pebetero con el fuego simbólico. El estadio en pleno se estremeció cuando el héroe apareció en la pista, con menos pelo, pero con su buena forma física habitual. A su retirada, Nurmi contaba en su palmarés doce medallas olímpicas, nueve de ellas de oro y tres de plata; además, había acumulado un total de treinta y un records (marca jamás igualada) entre 1929 y 1932. Reverenciada leyenda del atletismo, todavía en nuestros días ostenta el título de atleta más laureado en la historia de los Juegos: le siguen en el podio Carl Lewis y Usain Bolt, con diez y nueve medallas.
 

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Emil Zatopek
(Koprivnice, 1922 - Praga, 2000) Atleta checo. Cuatro veces campeón olímpico, cuenta con el honor de haber conseguido tres medallas de oro (5.000 y 10.000 metros y maratón) en unos mismos Juegos Olímpicos (Helsinki 1952), proeza que no fue superada hasta las Olimpiadas de Atlanta 96. Considerado una de las grandes figuras del atletismo del siglo XX, sus méritos en las pistas le valieron el apodo de "La locomotora humana".

La impresionante carrera de Zatopek se inició de forma puramente anecdótica, cuando trabajaba en las fábricas de calzados Bata, empresa que patrocinaba cada año una carrera en la que el pueblo estaba poco menos que obligado a competir. Arrastrado hasta la línea de salida, no tuvo más remedio que correr y, ante su sorpresa quedó segundo, lo que le impulsó a participar en otras carreras. Él mismo creó su propio sistema de entrenamiento, que consistía en hacer distancias cortas, lo que le permitió aumentar de forma gradual su velocidad.


Zatopek en los JJOO de Helsinki (1952)

Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Zatopek se enroló en el ejército para seguir la carrera militar, y alcanzó el grado de coronel. Se dio a conocer en el atletismo internacional durante los Campeonatos de Europa de 1946, celebrados en Oslo, donde fue quinto en los 5.000 metros. Dos años más tarde vinieron los Juegos Olímpicos de Londres, en los que ganó la medalla de oro en 10.000 metros con un nuevo récord olímpico (29 minutos, 59 segundos y 6 centésimas) que dejó atónito al público del estadio, y se llevó la plata en los 5.000 metros. En los cuatro años anteriores a los Juegos de Helsinki 52, batió cinco veces el récord mundial de los 10.000 metros, una vez el de las diez millas, dos el de los veinte kilómetros y otras dos el de la hora y una el de los treinta kilómetros.

En esta segunda cita olímpica, el oficial checo se convirtió de nuevo en el único ganador de las pruebas de 10.000 y 5.000 metros con sendas plusmarcas mundiales (29 min, 17 seg, 0 cent y 14 min, 06 seg y 6 cent), lo que igualaba la proeza del finlandés Hannes Kolehmainen; también ganó el maratón, prueba que corría por primera vez, con un nuevo el récord olímpico (2 horas, 23 min y 03 seg). Para rematar la gloria de estas Olimpiadas, su esposa, la lanzadora de jabalina Dana Zatopkova, añadió una cuarta medalla de oro a la colección del matrimonio.

Volvió de nuevo a las pistas en Melbourne, en 1956, pero la edad y las lesiones cosechadas en tantos años de duro trabajo lo frenaron frente al argelino Alain Mimoun, que se adjudicó la prueba con una formidable carrera que le mereció el respeto del público y del excampeón, que se quitó la gorra para saludarle desde el sexto puesto de la clasificación.

Dos años después, en 1958, se despedía del atletismo en las pistas de Guipúzcoa (España) en el Cross Internacional de Lasarte, con un fulgurante historial deportivo en el que se incluían, además de los títulos citados, dieciocho récords del mundo en nueve especialidades atléticas, batidos entre 1947 y 1950.

En 1997, cuando contaba con setenta y cinco años, fue nombrado "Mejor Atleta del Siglo" durante la reunión internacional que celebra la asociación de atletismo "La Zapatilla de Oro". En sus últimos años trabajó como profesor de Educación Física y mantuvo su cargo en el ejército de la República Checa. Falleció en Praga el 22 de noviembre de 2000 a consecuencia de un derrame cerebral.
 
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Sebastian Coe
(Londres, 1956) Atleta británico. Especialista en medio fondo, batió el récord mundial de los 800, de los 1.000 y de los 1.500 metros, así como las plusmarcas mundiales de la milla y de los relevos 4×800 metros, y mantuvo a lo largo de su carrera una atractiva rivalidad con su compatriota Steve Ovett, otro gran mediofondista de la década de 1980.


Sebastian Coe

En los Juegos Olímpicos de Moscú (1980) y en los de Los Ángeles (1984) conquistó la medalla de oro en los 1.500 metros y la de plata en los 800 metros, distancia en la que se proclamó campeón europeo en 1986. En 1987 recibió el premio Príncipe de Asturias de los deportes.

Tras anunciar su retirada del atletismo, consumada en 1990, se dedicó a la política. En 1992 fue elegido diputado por el partido conservador y nombrado oficial de la orden del Imperio británico.
 
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Martina Navratilova
(Revnice, actual República Checa, 1956) Tenista estadounidense de origen checo. Criada por su madre y su padrastro (su padre se suicidó siendo ella muy pequeña), desde sus primeros años sobresalió en muchos deportes, como el hockey, el esquí y el fútbol, que solía practicar con los chicos de su barrio. Pero teniendo en cuenta que sus padres eran administrativos del departamento de tenis del Gobierno checo y que su abuela había pertenecido al equipo checo de tenis antes de la Segunda Guerra Mundial, es lógico que las magníficas habilidades deportivas de Martina se decantaran por este deporte.


Martina Navratilova

A los catorce años ganó su primer torneo nacional, y a los dieciséis era la mejor del ranking checoslovaco. Eso le permitió visitar otros países, y en 1975 pidió la nacionalidad estadounidense. Martina Navratilova juzgó necesario aclarar que su decisión no guardaba relación con motivaciones políticas, y que respondía más bien a intereses estrictamente deportivos; resultaba evidente que el país norteamericano le ofrecía mayores medios y posibilidades de prosperar deportivamente. Sin embargo, su decisión le trajo numerosos problemas: tuvo vetada la entrada a su país durante largos años, al tiempo que a su familia se le prohibía la salida, y hubo de esperar hasta 1981 para ser reconocida ciudadana estadounidense.

De 1974 a 1994 fue el terror de las pistas, tanto por su rapidez y su fuerza como por sus brillantes tácticas; nadie discute que Martina Navratilova fue la mejor tenista de los años ochenta, y, de hecho, de 1982 a 1987 fue la número uno en el ranking mundial femenino. Consiguió su primer torneo de Wimbledon en 1978, victoria que repetiría en 1979, y luego seis veces seguidas (1982-1987). En 1990, tras vencer en la final a Zina Garrison por 6-4 y 6-1, la tenista checoslovaca recibió su noveno trofeo de Wimbledon, récord absoluto del torneo. Obtuvo en dos ocasiones el campeonato de Roland Garros (1982 y 1984) y cuatro veces el de Flushing Meadows (1983, 1984, 1986 y 1987). En Australia se alzó con la victoria en tres ocasiones (1981, 1983 y 1985), y de igual modo logró una arrolladora serie de victorias en el Masters (1980, 1981, 1982, 1984, 1985 y ambas ediciones celebradas en 86).

Su excepcional carrera llevó a los EUA a conquistar la copa Federación en 1981, 1982, 1986, 1989 y 1990, dos años antes de que perdiera contra Jimmy Connors un encuentro que se conoció popularmente como el «desafío de los sexos». Su intención era no retirarse del tenis hasta los cuarenta años o más, pero la irrupción en las pistas de la alemana Steffi Graf y, en mayor medida, el escándalo que provocó la demanda judicial que interpuso contra ella, el 4 de junio de 1991, su compañera sentimental Judy Nelson al enterarse de la intención de Martina de separarse de ella, determinaron que adelantase su decisión.

Cuando contaba en su palmarés con el récord de victorias del Grand Slam femenino, con dieciocho y un total de 163 a lo largo de su carrera, se retiró de las pistas en 1994, tras ser derrotada por Arantxa Sánchez Vicario en la final del Roland Garros de ese mismo año. Más tarde volvería a la competición para disputar torneos en la categoría de dobles mixtos, modalidad en la que en enero de 2003 conquistó el Open de Australia, lo que la convirtió en la tenista de mayor edad que conseguía un torneo del Grand Slam
 

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Los ganchos de Encarna Hernández
Publicado por Álvaro Corazón Rural

Imagen: Ochichornia.
Hace dos años Encarna Fernández celebró su centésimo cumpleaños. Natural de Lorca, Encarna ha sido conocida como «la niña del gancho» en el ámbito baloncestístico. El pasado 10 de marzo, con ciento dos primaveras, fue homenajeada en el descanso del partido que disputaron el FC Barcelona y el San Pablo Burgos con motivo de los festejos del Día Internacional de la Mujer del 8 de marzo.

Encarna fue jugadora de baloncesto antes y después de la guerra civil. En el apartado de baloncesto femenino del libro Historia del baloncesto en España de Carlos Jiménez Poyato (Círculo Rojo, 2016) la suya era la primera entrevista. Comenzó jugando en la calle, en 1931, con los que poco después se convertirían en su marido y su cuñado.

Con 1.54 centímetros, su primer equipo fue el Atlas Club, donde fue máxima anotadora de las categorías masculina y femenina; club que tuvo que abandonar porque sus terrenos fueron vendidos para hacer pisos. De ahí recaló en el Layetano. Tras la guerra civil fue primero entrenadora del equipo de la Sección Femenina de Falange para fichar por el FC Barcelona después, en 1944. Club del que se retiró casi una década después, en 1953.

En un documental de Raquel Barrera disponible en Filmin titulado La niña del gancho, su hermana, Maruja Hernández, que también fue jugadora de basket entre 1941 y 1950, recordó cómo las llamaban «pelotaris» porque nunca antes habían visto a una mujer jugar a ese deporte, ni siquiera a un hombre. «No sabían de qué iba, jugar al basket o ir en moto estaba mal visto, eras una machote», explicó. Pero cuando jugaban en el barrio de Les Corts los vecinos se asomaban a la ventana para verlas. Causaban expectación entre sus vecinos.

Encarna, nacida en Murcia, acabó en Barcelona porque su familia, como tantas otras, emigró allí a buscar trabajo detrás del primogénito de la familia, que fue el primero en dar el salto. Todos juntos allí fueron testigos de la inauguración de la Exposición Mundial de 1929.

No había siquiera equipos de hombres, se jugaba en campos de tierra. Tenían que sacar las piedras echando cubos de agua antes de jugar, luego pintaban las líneas con cal y se iban a almorzar antes de jugar. Era un proceso. Las mujeres, en sus partidos, iban con blusa y falda al principio. Tras la guerra, las obligaron a ponerse falda-pantalón o incómodos pantalones bombachos.

El documental, en esencia, recoge los últimos homenajes que ha recibido la centenaria deportista y sus encuentros con Amaya Valdemoro y Laia Palau, las dos jugadoras que más veces han vestido la camiseta de la selección nacional de baloncesto femenina.

Pero la parte más relevante e interesante de la película fue la relativa a los recortes de prensa y el trabajo de documentación que realizó la directora para poner de manifiesto cuál era la situación en la que estas mujeres tuvieron que saltar a la cancha.

El baloncesto era presentado en los medios como el «último juego exótico y feminista». Durante los años treinta, de hecho, así fue. Se consideraba que era más un deporte propio de mujeres que de hombres, más centrados en el fútbol. Aunque un artículo citado en la película se quejaba de que las mujeres, que tenían que estar presas dentro del ideal femenino, tuvieran fuerza física y llevaran al límite su resistencia. Decía así: «¿Hay algo más feo que esos gestos duros y de supremo esfuerzo que adquieren las campeona de saltos, de fútbol, cross-country, rugby o demás deportes viriles, donde más que rasgos de mujer adquieren los del hombre y pierden así su aspecto suave y delicado, ese algo que toda mujer debe poseer?».

Al paso salía una información posterior con este lenguaje: «El deporte no forja marimachos. Ved aquí a la campeona Torrents, espíritu y muy femenino y silueta muy elegante». E incluso se abogaba por la autonomía de la mujer deportista: «Se ha escrito mucho acerca de la participación de la mujer en el deporte. Se escribirá todavía más. Se establecerán clasificaciones en nombre de la estética, de la moral y de la higiene. La mujer no por ello dejará de seguir haciendo lo que le dé la gana».

Fueron tiempos en los que jugaban con un balón de cuero muy similar al de fútbol. Hasta 1935 no se celebró el primer encuentro femenino bajo techo y en parqué. Por el desorden reglamentario, en Madrid se llegó a jugar con seis jugadoras por equipo con el campo divido en tres partes que debían ocupar dos rivales de cada equipo. Así se pretendía evitar el contacto físico, los golpes y los empujones. Lo poco femenino. En el resto de España sí que se permitía jugar con cinco, pero de nuevo se cuidaba de que no hubiese contacto. Las chicas tenían que ocupar puestos fijos, dos atrás, una de central y dos por delante. Los lanzamientos a canasta se hacían «a cucharón» o por detrás de la cabeza. Era un juego estáticos, marcado por los pases y con tiros muy poco afortunados por la falta de una técnica apropiada que fue llegando después.

En su noventa y siete cumpleaños, en una entrevista en El Mundo Deportivo, Encarna explicó lo que significó para ella el horror de la guerra civil: «Fue terrible. Cuando veo a esos gobernantes que mandan hijos a la guerra a matar a otros hijos… Estuve tres años sin saber nada de mi marido, que fue de primer reemplazo, lo cogieron prisionero, pasó calamidades, él era un chiquillo de veinte años, se me murieron tres hermanos por la guerra…».

Con Franco, lógicamente, todo cambió y también en el mundo del baloncesto. Se siguió promoviendo el deporte femenino, pero el objetivo tenía fines políticos y sociales. Gracias al basket se podría «obtener de la mujer una nueva raza sana y robusta que produzca para nuestro futuro hijos fuertes que habrán de ser el día de mañana los defensores inmortales del Imperio».

La Sección Femenina de Falange se encargó de la organización del deporte femenino. Las camisas azules de Pilar Primo de Rivera decidieron que determinadas pruebas atléticas y el ciclismo no las disputarían mujeres por ser poco femeninas. Se les permitió, en cambio, jugar al hockey, voleibol, tenis y baloncesto. Esas entendían que sí eran saludables.

En la prensa, a la hora de la verdad, cuando tenían que dar la noticia de los resultados de sus partidos eran cada vez más pequeños. Muchas veces inexistentes. Lo mismo que ocurre ahora, que el deporte femenino se despacha con un breve. En el documental se muestra claramente la vergüenza y el bochorno que le producen haber llevado una carrera prácticamente invisible por el hecho de ser mujer.

Cuando se retiró pensó solo en tener su hijo. Según comentó en la aludida entrevista en El Mundo Deportivo, había perdido uno tirándose a la piscina en trampolín cuando no sabía que estaba embarazada. Estaba claro que el deporte y la actividad física eran su vida.

Con el homenaje que le ha realizado el Barça, se cumple con su trayectoria, pero sobre todo se repara una injusticia. En 2014, Encarna decía: «El Barça ni se acuerda de que estuve allí ni saben que tuvieron basket femenino. Un día fui al museo y no hay ni una copa. Y en el Museo Olímpic hay muy poca cosa. ¡El museo lo tengo yo en mi casa!».


Encarna Hernández Ruiz, pionera del baloncesto femenino. Raquel B Sutorra (CC)
https://www.jotdown.es/2019/03/los-ganchos-de-encarna-hernandez/
 
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«Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí». La leyenda de Mané Garrincha, el ángel de las piernas torcidas
Publicado por Rafa Cabeleira

Garrincha, 1958. Fotografía: Cordon Press.
Sus amigos le llamaban Mané, pero el mundo entero conoció a Manoel Fernando dos Santos por el apodo con que su hermana Rosa lo rebautizó cuando nadie podía imaginar que aquel muchacho medio lisiado, despistado y enamoradizo, se convertiría en uno de los mejores y más singulares futbolistas de la historia: Garrincha, la alegría del pueblo.

En 1950, mientras Brasil lloraba la derrota frente a Uruguay en el partido decisivo de la Copa del Mundo, una tragedia de dimensiones inimaginables en cualquier otro país donde el fútbol no comparta altares con la religión, un joven del municipio de Pau Grande regresaba a casa tras una tranquila y relajante jornada de pesca, completamente ajeno al drama que había conmocionado al país. Aquel muchacho que nunca parecía enterarse de nada y al que su hermana apodó con el nombre de un pájaro feo y cojitranco parecido a un gorrión sería convocado ocho años después para defender los colores del combinado nacional en el Mundial de Suecia y, al igual que sus compañeros de expedición, debió someterse al escrutinio de un test psicológico impuesto por unos dirigentes empeñados en modernizar las estructuras habituales del fútbol y reducir cualquier margen de incertidumbre. Garrincha logró una puntuación de treinta y ocho sobre una media de ciento treinta y el psicólogo concluyó su informe apuntando que el habilidoso extremo derecho tenía una edad mental de, aproximadamente, unos ocho años.

Quienes le conocieron aseguran que Mané Garrincha no tenía un pelo de tonto, tan solo era una persona despreocupada, absoluta y peligrosamente despreocupada. Una muestra de ello fue que, tras su muerte, se descubrieron docenas de cheques sin cobrar que la estrella había acumulado en un cajón de su antigua casa, ignorante de la caducidad de aquellos bonos. Su indolencia quedó patente en cientos de anécdotas que todavía hoy son relatadas en las cantinas de cualquier rincón de Brasil, como la que protagonizó en Chile durante el Mundial de 1962. Expulsado en el partido de semifinales por revolverse con cierta violencia contra un defensa contrario, y después de recibir una pedrada en la cabeza cuando se retiraba del campo, su presencia en el partido definitivo se convirtió en una cuestión de Estado. Final y felizmente indultado, Mané Garrincha se presentó en el despacho del entrenador minutos antes del comienzo del encuentro y preguntó: «Maestro, ¿hoy es la final?». Desconcertado, Aymoré Pereira respondió que sí, por supuesto que era la gran final. «Ah, con razón hay tanta gente», sentenció Garrincha.

Un espíritu libre, tanto fuera como dentro del campo, aprendió a jugar en un pequeño e irregular campo de tierra de su Pau Grande natal al que todos llamaban ‘O Maracanazinho’ y en el que regían unas normal muy particulares que Mané interpretaba como nadie. Quizás por esta razón, su relación con los entramados tácticos del fútbol profesional resultó de total y mutua incomprensión hasta el punto de que, un día, tras escuchar a uno de sus entrenadores explicar sobre una vieja pizarra un sinfín de instrucciones que debían ejecutar para contrarrestar al contrario, Garrincha se le acercó y preguntó: «¿Usted ya se puso de acuerdo con los rivales para que nos dejen hacer todo eso?». En uno de los muchos documentales inspirados por su leyenda se cuenta cómo, recién llegado al Botafogo, un miembro del cuerpo técnico se empeñó en acentuar la verticalidad de su juego y con tal intención dispuso una silla de madera sobre el terreno de juego, pasado el medio campo. Las instrucciones eran sencillas: una vez rebasada la silla, metáfora del defensa, el delantero debía encarar el área con la pelota controlada a la mayor celeridad. Ante la mirada divertida de Nilton Santos, lateral izquierdo y capitán del equipo, Garrincha terminó agotando la paciencia del preparador a base de regatear el mueble de todas las formas imaginables, una y otra vez.

Mané y Nilton se conocieron la misma tarde en que aquel joven desconocido y paticojo, empleado de una fábrica textil desde los diez años y que solía jugar al fútbol descalzo, se presentó sin demasiadas esperanzas a una prueba organizada por el Botafogo. Mientras se calzaba las botas con dificultad evidente, uno de los utileros del club se le acercó para advertirle de que su marcador sería Nilton Santos, la estrella del club y uno de los mejores zagueros del país, a lo que Garrincha respondió: «¿Quién? Para mí todos los defensas se llaman Joao». La tortura a la que el novato sometió al capitán, con su habilidad para el regate y su descaro infinito, provocó que Nilton Santos se dirigiese de manera inmediata a las oficinas del club e instase a los dirigentes a no dejar salir de las instalaciones al tan Garrincha sin firmar el correspondiente contrato. Apenas una hora más tarde, Manoel Fernando dos Santos estampaba una especie de firma sobre un papel en blanco, cuestión que tampoco le preocupó demasiado y se convertiría en costumbre durante la mayor parte de su carrera deportiva pues, al fin y al cabo, tampoco sabía leer ni escribir.

Aquella no era la primera vez que Mané se presentaba a estas catas para nuevos talentos que, periódicamente, organizaban los grandes clubes de Río de Janeiro en busca de nuevas figuras con las que engordar su negocio y su palmarés. En una ocasión fue rechazado por el simple motivo de presentarse sin las preceptivas botas y pretender pasar la prueba con los pies desnudos. En otra, fue él mismo quien decidió abandonar antes de finalizar el test para poder montarse en el primer autobús de vuelta a Pau Grande y llegar a tiempo de salir a pasear con una de sus namoradas. Vasco da Gama, uno de los colosos del fútbol brasileño, lo descartó a primera vista por sus evidentes malformaciones físicas: tenía la columna vertebral desviada, la pierna derecha más corta que la izquierda y las rodillas alarmantemente torcidas, secuelas de una poliomielitis aguda que ni la cirugía pudo corregir. Y pese a que semejantes defectos lo acompañaban desde niño, el despistado Mané no fue consciente de sus deformidades hasta aquella tarde en Río de Janeiro, el día en que Vasco da Gama cometió el error más grande y lastimoso de su centenaria historia.


Pelé y Garrincha, 1981. Fotografía: Cordon Press.
Fue en 1951 cuando Garrincha firmó aquel primer contrato con Botafogo y se convirtió en futbolista profesional. Se trasladó a Río de Janeiro y pese a estar casado con Nair, la madre de sus primeras dos hijas, su compañera en la aventura lejos de Pau Grande fue Iraci, su amante desde la adolescencia, casi una segunda esposa. El s*x* y las mujeres fueron sus grandes pasiones hasta que la adicción al alcohol se impuso a sus propios deseos, muy por encima del fútbol, los pájaros y la música soul. A lo largo de su vida acumuló esposas, amantes oficiales y pasajeras, hijos e incontables demandas de paternidad que, en su mayor parte, atajó a base de dinero. En total, Garrincha reconoció a catorce hijos como propios: ocho con Nair, dos más con Iraci y una con Vanderleia, todas ellas niñas; de una noche de pasión en Suecia, embarcado en una gira promocional con el Botafogo nació Ulf, un sueco moreno y de piernas torcidas al que no llegó a conocer en persona pero con el que se carteaba con cierta frecuencia; Rosángela fue reconocida por el ‘ángel de las piernas torcidas’ después de que un juez ordenase una prueba de ADN y Manoel, el único hijo varón al que pudo abrazar, nació de su relación con Elsa Soares, unas famosa cantante de samba. Preguntada en cierta ocasión por el éxito de Mané con las mujeres, Elsa se echó a reír y concretó una cifra espeluznante seguida de la palabra «centímetros».

Elsa y Mané se conocieron en Chile, durante el Mundial de 1962. Ella había viajado como madrina honorífica de la Seleçao y Garrincha, la estrella absoluta del equipo y del campeonato tras la desafortunada lesión de Pelé, se le acercó una noche con un regalo muy especial: un disco de Billie Holiday. Se enamoraron y, unos pocos meses después, él solicitó el divorcio a Nair para poder casarse con Elsa. Inteligente y acostumbrada a negociar sus soldadas en un mundo tan canalla como el de la música, enseguida cayó en la cuenta del expolio al que era sometido Mané por parte de su propio club y sus continuas denuncias provocaron un terremoto en una institución acostumbrada a tratar a sus futbolistas como a famélicas fieras de circo. La respuesta no se hizo esperar y los medios afines al Botafogo aprovecharon la estrecha moralidad y la asfixia religiosa de la sociedad brasileña para estigmatizar a la artista. En lenguaje de internet, por aligerar la carga de las acusaciones, la estrategia difamatoria empleada podría resumirse de la siguiente manera: «depravada en tu zona busca varón débil de espíritu para destrozar familia cristiana». Las consecuencias no se hicieron esperar y la pareja se vio obligada a convivir con el insulto, la amenaza y el sonido de las piedras y las balas impactando contra las paredes de su casa.

Las crónicas de entonces aseguran que 1963 fue el último año en que Garrincha se comportó como Garrincha, al menos dentro de los terrenos de juego. Aunque todavía hoy quedan aficionados y periodistas que culpan a Elsa de su apagón futbolístico, lo cierto es que sus rodillas estaban devastadas por el exceso de partidos, la violencia de los rivales y las infiltraciones salvajes de cortisona a las que era sometido para asegurar la presencia en el campo de la gallina de los huevos de oro. Mané terminó pasando por el quirófano tras un tira y afloja con los dirigentes del Botafogo pero, lejos de lograr el efecto reparador que se buscaba, la cirugía tuvo consecuencias catastróficas: alejado de la obligación diaria de entrenarse y preparar el partido del fin de semana, Garrincha comenzó a beber de manera compulsiva. El gusto por la cachaça, el ron y la cerveza, que aseguraba haber heredado de su padre y que había comenzado a los cinco años de edad, se convirtió en una adicción severa al alcohol que lo acabaría llevando a la tumba, años más tarde.

Pese a que Garrincha volvería a jugar al fútbol después de la operación, su vida se convirtió en un infierno de cristal y los tragos sustituyeron a los regates como sus señas de identidad. Una tarde, Elsa encontró docenas de botellas y garrafas enterradas en el jardín de la casa. Asustada por el bloqueo alcohólico en el que parecía sumido su marido, le hizo una promesa: si dejaba la bebida, ella le daría lo que más había deseado en la vida, un hijo varón. Él aceptó, ella cumplió y lo primero que hizo Mané al enterarse del nacimiento de Manoel fue salir a celebrarlo con una borrachera formidable. Unos meses más tarde, Garrincha apareció en la casa con un coche recién comprado y la intención de visitar a sus hijas en Pau Grande. Olía a alcohol y Elsa trató de disuadirlo de que condujese en aquel estado. Ante el empeño de su marido y la imposibilidad de acompañarlo por motivos de trabajo, la madre de Elsa se ofreció a ir con él y, con su nieta en brazos, fruto de una relación anterior de la artista, se montó en el coche y se despidieron. En la autopista, a gran velocidad, Garrincha empotró su nuevo Ford Landau contra la parte trasera de un camión: su suegra falleció en el acto y la niña pasó meses ingresada en un hospital de Río de Janeiro recuperándose de las graves lesiones sufridas. Fue condenado a dos años de cárcel por homicidio imprudente pero no llegó a ingresar en prisión.

Lejos de intentar redimirse, Garrincha pasaba más tiempo al abrigo de las cantinas que en el calor del hogar, ausentándose durante días o semanas enteras, hasta que algún camarada de parranda o algún vecino que lo reconocía derrumbado en la calle remolcaban su cuerpo ahogado en alcohol hasta el jardín o la puerta de su casa. Los episodios de violencia doméstica se sucedieron y los periódicos de la época se hicieron eco del ocaso de Mané Garrincha, el héroe nacional que «regateaba defensas y los dejaba con el culo en el suelo, en fila y disciplinados», como dijo Didí, compañero suyo en la selección y exjugador del Real Madrid. Desesperada, Elsa le planteó un ultimátum: no entraría en casa ni se acercaría al pequeño Manoel mientras su aliento oliese a alcohol. Mané Garrincha no volvió a ver al niño nunca más y regresó a su pueblo natal, donde se fue apagando poco a poco, apenas amparado por algún amigo de la infancia y el amor incondicional de Iraci. El 20 de enero de 1983, Garrincha moría en un hospital, solo, después del enésimo ingreso en sus últimos tres años de vida, víctima de una cirrosis hepática: tenía cuarenta y nueve años.

Su entierro fue multitudinario y caótico. Llegó al cementerio de Raíz da Serra en un ataúd sujetado con cuerdas a la escalera de un camión de bomberos, rodeado por una marabunta que creía haberlo olvidado pero que recordó el profundo amor que le profesaba al enterarse de la triste noticia. Todavía hoy se percibe un cierto remordimiento nacional por no haber sabido cuidar del ídolo, de aquel ángel de piernas torcidas que hacía explotar los mismos estadios que Pelé enmudecía. Sus restos descansan en una tumba prestada y, junto al nombre de su legítimo dueño, se puede leer una placa en la que dice: «Aquí descansa en paz aquel que fue la alegría del pueblo». En un documental que recoge la visita de su hijo Ulf a la tierra de su padre, en 1985, uno de los sepultureros del cementerio se lamenta de que tan solo la lluvia y el viento visitan, ya, la tumba de Mané. «Mi vida es una lucha entre el bien y el mal en la que siempre pierdo yo», dijo en una ocasión, casi a modo de epitafio perfecto. «Yo no vivo la vida, la vida me vive a mí».
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La orgullosa mano de hierro de Irina Víner
Publicado por Álvaro Corazón Rural

Over the Limit (2017). Imagen: Parallel 40 – Planeta Med.
La cineasta polaca Marta Prus fue gimnasta de los cinco a los once años. Después hizo ballet y más tarde estudió danza contemporánea. Intentó entrar en una escuela de danza, pero no lo consiguió. Hizo tres pruebas y falló en las tres. Se dedicó entonces al cine y sus primeros trabajos ya estuvieron dedicados a su gran pasión, la gimnasia rítmica. Tras dos cortometrajes se decidió a abordar un largo con el que pretendía mostrar la realidad política rusa a través de su gimnasia. Pronto desistió de sus ambiciones políticas y vio que era mejor centrarse en las protagonistas del deporte por el bien de ambas, de la película y de las gimnastas. El resultado ha sido uno de los mejores documentales de 2018: Over the Limit (disponible en Filmin).

El proyecto se inició a las bravas. En 2013, ella y su cámara Adam Suzin se fueron a Moscú a ver si lograban conocer a alguna gimnasta para sus propósitos. No tenían ni entradas ni pases de prensa, pero se colaron en un pabellón deportivo por la puerta de atrás y pudieron asistir a unas pruebas. Según explicó en Culture, un medio polaco, aquello parecía un cuartel: «Cuando vi a Irina Viner con un abrigo de piel y un sombrero, inmediatamente pensé que era un personaje de película. Todas a su alrededor estaban de pie prestándole atención. Caminaba entre ellas como un general del ejército».

Irina Viner, natural de Uzbekistán, ha sido la responsable de los éxitos de la gimnasia rusa del siglo XXI, la mejor del mundo. El secreto de su escuela es la humildad. El trabajo colectivo y no permitir que a ninguna integrante del equipo se le suba el éxito a la cabeza. En sus declaraciones a la prensa ha explicado que si una atleta se encierra en su grandeza eso es malo para todas las demás, incluida ella misma.

Es una filosofía que tiene su origen en el deporte soviético. En el periodo revolucionario y los primeros años de la URSS los bolcheviques rechazaban el deporte burgués. Despreciaban el chovinismo de competir por tu país, odiaban los récords y entendían que el ejercicio físico tenía que estar más orientado a la salud. Estas corrientes, que llegaron a desarrollar algunos proyectos, desaparecieron cuando Stalin decidió competir con los países burgueses en todos los ámbitos posibles, deporte incluido. Desde entonces, pese a que hubo deportistas asombrosos, la prensa y los órganos de propaganda describían sus triunfos como éxitos de todo el pueblo soviético y rechazaban de algún modo la gloria individual.

En esa línea sigue esta mujer presumiendo incluso de su poder y su mano dura. Su lema es famoso: «Mi relación con las chicas jóvenes es de amo-esclavo hasta los catorce, luego se parece a general-soldado a partir de los dieciséis, después de eso somos una asociación». En un sentido más positivo, es una de las grandes defensoras de que los hombres puedan competir en gimnasia, lo mismo que hay mujeres que boxean, al menos eso opinó en 2015.

Pero al margen de esta parafernalia, Viner también es famosa por ser la mujer de Alisher Usmanov, uno de los magnates rusos más poderosos. Un musulmán uzbeco que se casó con ella aunque fuese de origen judío. Este hombre, según Forbes, atesora casi veinte billones de dólares. Hizo su fortuna con la venta de materias primas e invirtiendo en telecomunicaciones y entre sus aficiones se encuentra ser presidente de la Federación Internacional de Esgrima. De hecho la pareja se conoció en un pabellón deportivo en Tashkent mientras él practicaba este deporte. Hasta este verano también fue uno de los mayores accionistas del Arsenal.

La vocación de Viner era el ballet, pero se tuvo que conformar con la gimnasia. Logró ser campeona de Uzbekistán y tras su retiro se convirtió en entrenadora. Tras conseguir que Venera Zaripova fuese campeona soviética, fue nombrada entrenadora nacional rusa en 1992 y presidenta de la federación en 2008.

Actualmente lo controla todo. Además es amiga íntima de Putin. Ella fue quien le presentó a su actual novia (se divorció en 2013 de Lyudmila, con la que llevaba casado desde 1981) la exgimnasta Alina Kabaeva, nacida también en Uzbekistán, campeona olímpica, nueve veces campeona del mundo, quince de Europa y diputada nacional entre 2007 y 2014.

Viner es una leyenda por los logros deportivos de sus pupilas, también por las broncas que les ha echado en público y han podido captar las cámaras, pero sobre todo por sus looks. Viste joyas y sombreros extravagantes. Es todo un personaje. Si el documental de Marta Prus ha logrado algo impresionante es mostrarla en la distancia corta mientras trabaja. Una personalidad tan exuberante que en una película de ficción habría resultado inverosímil.

Hasta entonces, la responsable de uno de los deportes estrella rusos, con los réditos en propaganda y prestigio que aporta a la nación, no era precisamente accesible. Prus, cuando logró colarse en el pabellón, se acercó a ella a ver si rascaba algo, pero Viner se negó a hablar nada ni ser filmada. Sin embargo la excusa que puso, que se tenían que ir de concentración, Prus se la tomó como una invitación. Un mes después se presentó en el centro alto rendimiento de Novogorsk. Al llegar se encontró con la instalación custodiada por fuerzas de seguridad. La cineasta le dijo a los soldados que tenía una cita con Irina Viner, aunque fuese mentira. Fue la última vez en la que logró entrar en un recinto sin acreditación.

En el lugar había decenas de atletas entrenando, con todo rodeado de cámaras, e Irina Viner estaba situada en el centro del lugar, controlándolo todo, dando órdenes e instrucciones con un micrófono. Solo había cambiado con respecto a los tiempos soviéticos, recuerda Prus, que estos atletas ya no estaban ahí por la patria, vestían Gucci y tenían cochazos aparcados fuera. En Rusia son celebritiesabsolutas.

Allí intentó convencer de nuevo a Viner de que tenía que rodar un documental sobre cómo gestionaba todo aquello, pero la volvieron a mandar a paseo. Una encargada de seguridad, llorando porque se le había colado e Irina se había enfadado con ella, le imploró que saliera de allí. Tuvo que marcharse otra vez con las manos vacías.



Así siguió durante toda la temporada, yendo a los campeonatos y grabando ejercicios. Se limitaba a acercarse a Irina y saludarla para que no se olvidara de ella. Finalmente, cuando consiguió coproductores de varios países, la entrenadora, seducida por la envergadura internacional del proyecto, aceptó a condición de poder expulsarla si algún día le estorbaba. Iba a empezar a rodar un documental que podía suspenderse en cualquier momento. El siguiente esfuerzo fue convencer a Rita Mamun para que fuera la protagonista. Tras dudarlo unos días, finalmente le envió un mensaje accediendo.

El documental, estrenado a finales del año pasado, no defraudó. La prensa destacó las mismas frases de Irina. «Hay que entrenarla como a un perro». «Lo has hecho de pena, te han dado los puntos por tener los ojos bonitos». «Si no puede competir, a la mierda, que se vaya». No obstante, la que dio más titulares no fue la supervillana, sino la buena de la película, Amina Zaripova, la segunda entrenadora que ejercía de poli buena, la que lleva su día a día. Las imágenes más graciosas del documental son cuando Amina besa a Rita y Vider se lo reprocha, le dice que con un beso basta, que le ha dado varios, que ya la besuqueará más después de los juegos. Puro bilardismo, del que tanto se quejaban los futbolistas, pero en gimnasia rítmica. Un deporte de niñas.

Zaripova también empezó con el ballet hasta que fue reclutada por Vider y pronto se puso a la cabeza del equipo ruso. En 1993, la gimnasta Oksana Kóstina falleció en un accidente de coche tras colisionar su novio, el también atleta Eduard Zenovka, el vehículo en el que viajaban ambos contra un camión mientras conducía en estado de embriaguez. Su muerte convirtió a Zaripova en la líder del equipo ruso. Logró medallas en campeonatos del mundo, pero no en los juegos de Atlanta. Fue operada a finales de 1996 de un desgarro en el tendón de Aquiles, lo que le permitió competir con éxito hasta 1998, año en el que pasó a ser entrenadora.

De todas sus pupilas, su relación con Mamun ha sido destacada por los medios especializados. Pasaban más tiempo juntas que con sus familias, parejas e hijos. Mamun se refería a ella como «mamá», Zaripova no lo veía exagerado: «Viví su infancia, su pubertad, su primer amor y sus primeros sufrimientos, fuimos y somos un equipo porque todo lo que atravesamos juntas solo nosotras, nadie absolutamente, nadie más lo sabe».

Pero suya es la frase más brutal en Over the Lmit, decíamos. Cuando Mamun se queja del dolor de una lesión, Zaripova le pregunta si está enfadada. La gimnasta responde que sí porque es un ser humano. Y su entrenadora contesta: «No eres un ser humano, eres una atleta». Sobre las lesiones, sigue más adelante: «No hay ningún deportista de elite que esté sano».

Sus broncas no desmerecen a las de Vider. Le echa la culpa del fracaso colectivo: «Nos pones en una situación difícil, la culpa recae sobre todos». La llaman tonta, le dice que se vaya a la mierda: «Has fallado por estar pensando en otra cosa, no eres capaz de admitirlo y luego te burlas de todos poniendo esos ojitos de niña buena».

Hay una escena muy curiosa, es una conversación de Mamun con su compatriota Yana Kudryavtseva, la medallista más joven de la historia. Kudryavtseva se queja de que cuando las cosas van bien todo está genial con ella, cuando van mal, la llaman fracasada; si todo va bien, está delgada, si se equivoca, la llaman gorda.

Aunque la parte más dramática es la del padre de Mamun. El hombre se está muriendo de cáncer mientras su hija se entrena para los Juegos Olímpicos. No puede verle, pero Vider no duda en utilizar esa situación para motivarla. Le dice que al final del ejercicio se acuerde de él, que haga como que reza por él. Sin escrúpulos.

En Río, Kudryavtserva cometió un error con las mazas y el oro fue para su compañera. Mamun se convierte al final del documental, después de tanto sufrimiento, en campeona olímpica. Sin alegría. Su padre murió dos días después y ella decidió dejar la gimnasia unas semanas más tarde.

Cuando Vider vio la película por primera vez, en su casa de Tel Aviv, se enfadó. Interrumpió la proyección, pero no le molestó el retrato de sargento de hierro que se hacía de ella en el día a día, sino que aparecía diciendo la palabra «mierda». Se lo decía a una gimnasta. Abroncó a la cineasta, sospechó que su intención era provocar un escándalo. Exigió que se censuraran todas las palabrotas que salían de su boca. Sin embargo, no apagó la tele. Siguió viendo la cinta y poco a poco empezó a gustarle. Al final, se emocionó. Ya le daban igual hasta los tacos. El proceso de gestación de una campeona, la muestra de su sufrimiento diario, la lucha agónica destrozándose el cuerpo hasta el oro, le encantó. Pidió que se proyectara en el Festival de Cine de Moscú.

El prestigio de esa mano dura es un asunto viejo. En países como Rumanía los excesos de los entrenadores de gimnasia han acabado en polémica nacional. Las revelaciones de Iulia Moldovan, por ejemplo, son la prueba. Así como la muerte de Adriana Giurca a manos de su entrenador, Florin Gheorghe, que le dio una patada mortal en la cabeza por cometer una fallo en un ejercicio. Incluso en Estados Unidos han surgido escándalos gravísimos como cuando al infausto entrenador Al Fong se le murió Christy Henrich después de un fallo multiorgánico derivado de la anorexia que padecía por las estrictas dietas a las que fue sometida.

Marta Prus no estaba pensando en Aronofsky cuando desarrolló su idea. Tan solo se acordó del profesor de batería de Whiplash cuando acabó de montar toda la película. Pero no hay duda de que sentirse como uno más de los protagonistas de estas películas es lo que fascinó a Vider. «Un maestro cruel pero efectivo», dijo la propia Prus, para después despedirse de su creación para siempre. Considera que una vez acabada una cinta, el autor ya no pinta nada: «Para mí el estreno de una película es un funeral, cuando se estrena, la película se marcha dejándome atrás, tendrá una vida separada de la mía, como directora he hecho todo lo que podía hacer y ahora tengo que seguir adelante».

Mientras la película iba de estreno en estreno, Prus hizo notar que la protagonista de Over the Limit, aunque era una celebrity, tenía un casoplón y conducía un BMW que le había regalado Putin, nunca mostraba felicidad por lo que estaba consiguiendo. Eso es lo que quiso captar, su mundo íntimo, reflejado a base de silencios y miradas entre broncas y caricias mientras se le resquebrajan las extremidades por la patria.

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El mortal desafío del Ogro
Publicado por David Navarro

Fotografía: Pauleon Tan (CC).
El Eiger no es una de las montañas más altas del mundo. Su altura (3970 metros) no llega ni a alcanzar la mitad de las cumbres más altas del planeta. Ni siquiera es la montaña más alta de su macizo: el Jungfrau (4158 m) y el Mönch (4099 m) lo superan en altura. Pero aun así, el Eiger se lleva los apelativos más despectivos. Mientras que Jungfrau significa doncella en alemán y Mönch monje, a la más pequeña de las tres montañas le cayó el nombre de «ogro». La responsable de esta inquina en el reparto de nombres es la pared norte del Eiger, un muro casi vertical de 1800 metros de altura, una de las visiones más aterradoras del alpinismo y el responsable de más de sesenta muertes a lo largo de la historia, ganándose a su vez otra denominación malévola: Mordwand, la pared asesina.

Situado en la idílica región de los Alpes bearneses, una atractiva zona para el turismo, el macizo se erige majestuoso y amenazador. Un bloque de piedra, hielo y nieve impregnando el horizonte de blanco sobre negro en una región por lo demás verde la mayor parte del año. Su aspecto temible pronto lo convertiría en un ansiado trofeo para los alpinistas. El primer ascenso del Eiger fue logrado en 1858 por Charles Barrington junto a dos guías de montaña, pero lo hicieron desde la comparativamente inofensiva cara oeste. Deberían pasar ochenta años más para que alguien lograra un ascenso con éxito de la cara norte.

Los peligros de la Mordwand empiezan a enumerarse por la composición de la roca: quebradiza en extremo, el riesgo de avalanchas de roca es altísimo y creciente. En 2006 hubo un derrumbamiento brutal, de unos 700 000 metros cúbicos de roca, en pleno verano. Por ese motivo, los ascensos veraniegos se han dejado prácticamente de lado para centrarse en invierno, cuando el hielo que se pega a la pared y se mete entre sus rendijas hace las veces de soporte para la roca misma. Pero, al mismo tiempo, los tramos cubiertos por nieve y hielo son los más complicados técnicamente. El siguiente problema es el tamaño de la pared: los 1800 metros de ascenso casi vertical obligan a la mayoría de aspirantes a prolongarlo durante varias jornadas, teniendo que cargar en consecuencia con el peso extra del material para hacer vivac en las laderas de la montaña, más la comida suficiente como para poder abastecerse varios días. Pasar varios días suspendido de la montaña no sería tan grave de no ser por el caprichoso clima local. El riesgo de tormentas azotando la pared norte es demasiado alto y es uno de los principales responsables del alto número de muertes cosechadas por el Eiger. La verticalidad de la pared proporciona muy pocos sitios en los que resguardarse del clima y, lo que es más grave, de las avalanchas.

La ruta clásica del Eiger es una de las más icónicas del alpinismo, y algunos de los tramos de ascenso llevan el nombre de historias que han sucedido en los mismos. Historias dramáticas en ocasiones, e historias heroicas en otras. El que asciende esa ruta revisita las vidas y las muertes de los anteriores aventureros.

El ascenso por la ruta clásica empieza doscientos metros a la derecha del Primer Pilar, un ascenso asequible por un terreno no excesivamente empinado hasta llegar a la Grieta Difícil, donde empiezan las dificultades serias. Es un tramo muy exigente técnicamente, en el que ni siquiera los mejores tienen garantías. Así lo sufrieron Bartolo Sandri y Mario Menti en 1938, dos italianos de apenas veintitrés años de edad que trabajaban en una fábrica de lana y carecían de experiencia sobre hielo. En plena Grieta fueron sorprendidos por una tormenta, y nada se supo de ellos hasta que encontraron sus cuerpos sin vida a los pies del Eiger.

Tras superar la Grieta, llega la Travesía Hinterstoisser, un tramo que se debe recorrer hacia la izquierda. La travesía tiene solo unos cuarenta metros de largo pero que pueden llevar cinco horas en ser recorridos. Este pasaje se cobró un caro peaje en sus descubridores, los alemanes Andreas Hinterstoisser y Toni Kurz, junto a los austríacos Willy Angerer y Edi Rainer. De todos los alpinistas que habían llegado a Grindelwald, la ciudad más cercana, el verano de 1936, eran los únicos que quedaban. Uno había muerto en una escalada de entrenamiento y el resto se habían vuelto a sus respectivos hogares debido a la muy adversa climatología, que hacía inviable un intento. Pero los dos alemanes y los dos austríacos esperaron pacientemente, y finalmente un claro se abrió e iniciaron su ascenso. Por encima de la Grieta Difícil, Hinterstoisser intentó una travesía que nunca había probado nadie antes, un tramo extremadamente difícil pero que, como posteriormente descubrirían, abría la posibilidad de ascender hasta la cima. A pesar de que llegaron hasta los 3300 metros de altura, un desprendimiento de rocas alcanzó a Angerer y tuvieron que iniciar el descenso, pero al llegar de nuevo a la Travesía Hinterstoisser no pudieron seguir al haber recogido la cuerda que usaron para asegurar ese tramo. El tiempo empeoró, dejándolos inmóviles durante dos días, hasta que una avalancha cayó sobre ellos. Hinterstoisser murió al despeñarse y los otros tres se quedaron colgando de una cuerda. Rainer, el de más arriba, moriría asfixiado por el peso de la cuerda que sostenía a sus dos compañeros. Angerer murió al golpearse brutalmente contra el muro en la caída, y solo Kurz, en medio de ambos, siguió con vida. Ese mismo día un equipo de rescate formado por tres guías trató de alcanzarlo pero la brutalidad de la tormenta que azotaba la montaña los obligó a retroceder. Aun así, se acercaron lo suficiente como para poder hablar con él a gritos y conocer lo sucedido a través de sus palabras.

A la mañana siguiente, los tres guías volvieron a por Kurz, que no podía apenas moverse al tener una mano congelada, fruto de la pérdida de un guante. Los guías llegaron a estar cerca pero un saliente imposible de escalar les impedía llegar hasta él. Kurz cortó la cuerda que lo unía a su compañero muerto más abajo y escaló hasta su compañero de arriba para soltarse de él a su vez. Este proceso duró cinco interminables horas, tras las cuales logró hacer rappel con una cuerda que los guías le habían proporcionado uniendo dos cuerdas cortas, hasta llegar a solo unos metros de sus rescatadores, pero entonces el nudo de la cuerda se atascó en su mosquetón. Para llegar hasta ellos debía levantar su propio peso para así liberar la presión del nudo en el mosquetón y permitir que pasara, pero estaba demasiado débil. Durante horas lo intentó, pero al final se rindió: «No puedo continuar» fueron sus últimas palabras. Uno de los rescatadores, desesperado, se subió a los hombros de otro y consiguió tocar sus crampones, pero nada más. Kurz padeció una muerte lenta, y su cuerpo sería posteriormente recuperado por un grupo de escaladores alemanes. Lo más dramático es que el equipo de rescate llevaba una cuerda más larga, pero se les había caído muro abajo y de ahí que tuviera que unir con un nudo dos cuerdas para dárselas a Kurz. El nudo que le costó la vida.


Fotografía: Thomas Ulrich (CC).
Pasada la Travesía Hinterstoisser está el Nido de Golondrinas, un refugio ideal para hacer vivac, a salvo de las avalanchas. En el año 2000, los escaladores británicos Joe Simpson y Ray Delaney estaban reposando en el Nido mientras sus dos compañeros, el inglés Matthew Hayes y el neozelandés Phillip O’Sullivan, estaban escalando justo por encima de ellos en una pendiente de hielo, cuando uno perdió el equilibrio y arrastró al otro hacia una caída libre de más de seiscientos metros. Simpson escribiría posteriormente: «Pienso en su interminable caída sin fricción, paralizados en sus últimos momentos de conciencia por la completa enormidad de lo que estaba sucediendo… miré hacia abajo y los vi ahí tumbados, enredados en sus cuerdas… no los oímos cuando cayeron. No gritaron».

A la izquierda del Nido está el Primer Nevero, debajo de la Manguera de Hielo, un tramo muy empinado que une con el Segundo Nevero. En este delicado tramo han caído varios escaladores a lo largo de los años, debido al alto número de avalanchas y desprendimientos de rocas.

Lo siguiente es el Vivac de la Muerte. En 1935, dos jóvenes bávaros, Karl Mehringer y Max Sedlmeyer, llegaron con la firme intención de ser los primeros en hacer la Nordwand. Esperaron a que hiciera un buen día y empezaron el ascenso. Pero el tiempo de nuevo empeoraría, las nubes engulleron la montaña y la nieve cayó profusamente, causando frecuentes aludes. Fueron vistos sin embargo dos días después, algo más arriba y a punto de hacer vivac por una quinta vez. Pero después las nubes los volvieron a envolver. Cuando unos días después despejó, fueron vistos muertos a 3300 metros de altura, en el sitio que ahora se conoce como el Vivac de la Muerte.

Encima del descanso del vivac está la Rampa, un cornisa de roca en diagonal que sube hasta la Chimenea, el punto hasta el que llegó Adolf Mayr en 1961, un austriaco de solo veintidós años que quiso ser el primero en escalar el Eiger en solitario. En Grindelwald, los turistas hacían cola para usar los prismáticos que les permitieran ver su progreso. Mayr estaba cavando en una pared de hielo con su piolet cuando perdió pie y cayó desde más de mil metros hasta su muerte.

No pudo llegar a la imponente Travesía de los Dioses, ni al posterior tramo de la Araña Blanca, donde el oscense Ernesto Navarro y el maño Alberto Rabadá vieron el fin de sus días en agosto de 1963. Atrás quedaban los días felices de abrir rutas en el Pirineo y los Picos de Europa, o los espectaculares ascensos a los Mallos de Riglos. Ahorraron para pagarse un billete de ida y vuelta a Suiza del que solo usarían la primera parte. Ilusionados, veían en el muro del Eiger la realización de sus sueños, pero el Ogro los atenazó hasta la muerte. El primero en morir fue Rabadá, que se quedó tumbado sobre la pared, exhausto y congelado. Navarro se quedó junto a él, quizá esperando que se recuperara, o quizá eligiera morir ahí con su compañero, o quizá tampoco él tuviera fuerzas para seguir. Es imposible saberlo, así como saber cuánto tiempo sobrevivió Navarro a su compañero; solo las frías paredes del Eiger fueron testigos de esos momentos finales de sus vidas.

Solo les quedaban por encima las Fisuras de Salida, que dirigen ya por fin hasta la arista de la montaña y de ahí a la cima la dificultad es nula en comparación con la temible Nordwand, escalada por primera vez en 1938 por un grupo austrogermano formado por Anderl Heckmair, Ludwig Vörg, Heinrich Harrer y Fritz Kasparek. Aunque empezaron en principio como dos partidas distintas, decidieron unir fuerzas para tener más opciones de éxito, y así fue: pese a sufrir constantes avalanchas, ascendieron rápidamente, esperando a que cayera una avalancha para lanzarse a escalar antes de que la sucediera la siguiente. En la Araña, sin embargo, una avalancha los alcanzó de lleno, pero consiguieron aferrarse con uñas y dientes a la pared y los cuatro pudieron avanzar sin mayores consecuencias. Harrer describiría así su momento en la cima:

¿Alegría, alivio, triunfo tumultuoso? Nada de eso. Nuestra liberación había llegado demasiado pronto, nuestras mentes y nuestros nervios estaban demasiado nublados, nuestros cuerpos demasiado exhaustos como para permitir cualquier emoción violenta… La tormenta estaba desencadenándose tan fieramente en la cima que no nos podíamos incorporar. Costras de hielo se habían formado alrededor de nuestros ojos, narices y bocas; teníamos que frotárnoslas para poder vernos, hablarnos o incluso respirar. Probablemente parecíamos legendarios monstruos del Ártico… Ese no era lugar para hacer volteretas o dar gritos de alegría y felicidad. Nos dimos un apretón de manos sin decir una sola palabra. De inmediato nos pusimos a descender.

No fue hasta que llegaron a Grindelwald que se dieron cuenta de su hazaña, cuando un niño fue el primero en verlos llegar y enseguida se puso a gritar para alertar al pueblo de su llegada. A su encuentro corrieron amigos llegados desde Viena y Múnich, periodistas, turistas… Se ofrecieron para llevar sus mochilas y les dieron cigarrillos y alcohol. En Berlín fueron tratados como héroes: recibieron medallas y Adolf Hitler en persona les dio la mano, los felicitó y les regaló billetes para un viaje a los fiordos escandinavos.

Desde entonces el Eiger se ha escalado innumerables veces y desde distintas rutas, pero sigue siendo tan peligroso como en aquella terrible expedición de 1936.

El Eiger es sin duda uno de los escenarios montañistas más indeseables del planeta. Y, precisamente por eso, maldita la contradicción, es uno de los más deseables para los alpinistas, esa extraña raza orgullosa y altiva, adicta a los riesgos innecesarios y desagradecida con los suyos, que padecen cada vez que se dirigen a una nueva aventura. Pero hay algo en ellos que responde al desafío que propone la montaña y, lejos de ignorarlo como el resto de mortales, se enfrentan a él, encontrando en esa lucha el significado de su propia existencia, viendo en cada ápice de sufrimiento un escalón más hacia la realización personal. Y uno no puede hacer más que admirar esa determinación, perdonar sus pecados y rendirse a su valentía y pundonor.
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Nadia Comaneci: «Huí de la Rumanía comunista porque quería ser libre»
La gimnasta perfecta que huyó del régimen comunista de Ceausescu repasa su trayectoria deportiva, su «complicada» vida, y se pronuncia sobre los casos de abusos

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Tras la sonrisa perenne de Nadia Comaneci se esconde una leyenda del deporte. En 1976, hizo historia al conseguir el primer «10 perfecto»en un ejercicio de gimnasia en unos Juegos Olímpicos. Convertida en un icono, regresó a Rumanía, donde fue utilizada como instrumento del régimen comunista de Nicolae Ceausescu. En 1989, huyó del país rumbo a Estados Unidos. Como ella misma cuenta, su historia es digna de la gran pantalla: «Han pasado tantas cosas en mi vida que probablemente necesitaría dos películas».

La fascinante historia de Nadia comenzó en 1961 en Oneste, su pueblo. Con apenas seis años, fue reclutada por Béla Károlyi. Las rutinas de su entrenador fueron polémicas por su alta exigencia, aunque ella discrepa: «Hacía mucho más de lo que me pedía. Cuando me decía que hiciera cinco rutinas en la barra, yo hacía siete». Pese a que llegó a sus primeros Juegos con grandes logros en su mochila, fue en Montreal donde su talento la convirtió en un mito.

El control de Ceucescu
El 18 de julio de 1976, la niña de 14 años y 30 kilos con maillot blanco, lazo rojo y coleta se disponía a iniciar su ejercicio en barras asimétricas. Después de tocar el cielo con sus medias puntas, todo el estadio enloqueció. Sin embargo, el marcador no estaba preparado para dar una máxima calificación y mostró un «1,00». «Pensé: "Qué horror". Me había salido peor que en los entrenamientos, pero no tan mal (ríe)». Acto seguido, la megafonía anunció que la nota realmente era un «10,00». El público asistente estalló de júbilo y Nadia logró su primer oro olímpico. «El 10 no era mi objetivo. Era muy joven y no fui consciente de lo que suponía». Luego consiguió seis dieces perfectos más.
Antes de aquel metal, Béla Károlyi ya la había convertido en una campeona. Junto a su mujer Márta, pulió un diamante en bruto y creó a la mejor gimnasta de todos los tiempos. Los veinte segundos de Montreal bastaron para que el mundo pusiera los ojos en aquella niña. El ejercicio de Nadia marcó un hito dentro de la gimnasia y contribuyó, sin duda, a la expansión de este deporte: «No creo que mejorara la gimnasia. Considero que causé un impacto y que la gente conoce este deporte, en parte, gracias a mí. Ahora es más importante y quizá yo ayudara con mi "10" a despertar la curiosidad».

Consagrada como una estrella mundial, volvió a su Rumanía natal, gobernada por un Nicolae Ceausescu que laconvirtió en un instrumento para su beneficio. Agasajada con una casa, un coche, un sueldo del Estado y con varios honores patrios, Nadia, que no dejaba de ser una niña, se centraba en seguir entrenándose y compitiendo. La admiración que despertaba sirvió como propaganda del régimen comunista, del que sufrió una dura condena en forma de un estricto control.

En los Juegos de Moscú de 1980 continuó acumulando éxitos. Dos oros y dos platas más cerraron su carrera olímpica. Cuatro años después de lograr aquella marca histórica, el final de Nadia estaba cerca. La presión sobre su persona era máxima e incluso se habló de fracaso olímpico a pesar de sus cuatro metales. En 1981 se retiró de las competiciones. Aquel año, un suceso cambiaría su vida. Sus dos entrenadores, Béla y Márta Karolyi, quienes la habían acompañado durante toda su carrera, desertaron durante una gira por Estados Unidos. Nadia sí regresó a su país, pero Ceausescu temió que pudiera seguir los pasos de sus técnicos e impuso sobre ella una férrea vigilancia que terminó por ahogarla. En 1989, optó por huir. «Quería formar parte de este deporte, estar involucrada en el movimiento olímpico. Quería ayudar y tomar mis propias decisiones, por eso me fui. Quería ser libre». Una fría noche de otoño salió de su casa, cruzó un bosque junto con otros cinco desconocidos y llegó a Hungría, desde donde partiría a Austria y, de ahí, a Estados Unidos. Y comenzó una nueva vida.

Rumana de nacimiento y estadounidense de adopción, como ella misma se define, tiene un vínculo muy especial con la tierra que la vio crecer, donde se casó con el también exgimnasta Bart Conner: «Siempre que puedo vuelvo y trato de enseñar lo que sé de mi deporte y motivar a las nuevas generaciones, animándolas a seguir con su carrera y con lo que aman».

La niña que en 1976 se convirtió en una estrella no ha desaparecido. Nadia sigue amando la gimnasia y continúa ruborizándose cuando se le recuerda lo que supone para esta disciplina. La exatleta, eso sí, no se siente tan cómoda cuando se le pregunta por alguno de los episodios de su vida: «Son pasado». Nadia sabe lo extraordinario de su historia personal, y aunque entiende la fascinación del mundo por ella, no comparte ese sentimiento: «Mi vida es muy complicada. ¿Interesante? No para mí, pero sí probablemente para mucha gente. He aprendido muchas cosas y he sobrevivido a otras tantas. El régimen comunista hizo que huyera de mi país».

De deporte noble a basura
Desde que se retiró, Nadia se ha dedicado a los demás. Fundó una academia de gimnasia artística junto con su marido en Oklahoma y forma parte de varias asociaciones para, según dice, «mejorar la vida de niños como Dylan», su hijo: «Aunque me retiré de competir, seguí y sigo haciendo cosas para diferentes fundaciones. En la Fundación Laureus tenemos lo mejor de lo mejor. Los deportes es de lo que nosotros sabemos y con él intentamos ayudar a las nuevas generaciones. Tengo un hijo, y para mí, eso es lo mas importante».

La gimnasia se ha visto salpicada en los últimos tiempos por el escándalo de los abusos sexuales perpetrados por Larry Nassar. El médico del equipo olímpico de gimnasia estadounidense abusó de más de 140 niñas durante casi dos décadas y se enfrenta a una durísima condena. Nadia Comaneci, preguntada sobre este tema, alaba la valentía de las denunciantes: «Estoy orgullosa de las mujeres que denunciaron y hablaron de los abusos. Creo que en muchos clubes del mundo la gente se preocupa por la seguridad de los niños. Hay muchas normas para la gente en estos lugares. Es una buena plataforma para que las mujeres sepan que pueden hablar alto para que algo así no vuelva a pasar otra vez», asegura en tono serio la gimnasta de la eterna sonrisa.
https://www.abc.es/deportes/abci-na...porque-queria-libre-201803040829_noticia.html
 
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El pueblo de Fausto Coppi cambia de nombre en honor a su héroe
La localidad de Castellania será rebautizada como homenaje al pionero del ciclismo moderno

@abc_deportes
Actualizado:26/03/2019 12:47h

Este año 2019 se cumplen cien años del nacimiento de un ídolo del ciclismo, del personaje que para muchos introdujo este deporte en la era moderna: Fausto Coppi. Con ese motivo la provincia italiana de Alessandria ha decidido cambiar el nombre de su pueblo natal en honor al campeón: de Castellania a Castellania Coppi.

El corredor italiano es un héroe de su país y de los aficionados aal ciclismo de todo el mundo. Durante su carrera conquistó cinco veces el Giro de Italia, dos el Tour de Francia, gan en cinco ocasiones en Lombardía, y conquistó una París-Roubaix y un campeonato del mundo en 1953 en Lugano.

Es considerado por muchos el pionero del cliclismo moderno por el modo en el que entrenaba para las carreras y por cómo cuidaba su alimentación. Fue el primero en hacer, en dos ocasiones, el doblete Giro-Tour en el mismo año (1949 y 1952). Su muerte prematura, al contraer la malaria en Burkina Faso cuando solo contaba con 40 años, le terminó de convertir en leyenda del ciclismo.



Entre sus muchos recuerdos destaca la que algunos consideran la mejor escapada de la historia del ciclismo, cuando recorrió 192 kilómetros y subió cinco puertos de la talla de Maddalena, Vars, Izoard, Monginevro y Sestriere en solitario. Una gesta que el próximo Giro homenajeará con una etapa.
https://www.abc.es/deportes/ciclism...-nombre-honor-heroe-201903261233_noticia.html
 
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Así fue el emotivo homenaje de los Spurs que convirtió a Manu Ginóbili en leyenda
El argentino vivió su gran consagración con la retirada del número 20 por la franquicia de San Antonio

@abc_deportes
Actualizado:29/03/2019 09:29h

Se había dicho de la grandeza de Manu Ginóbili como el mejor jugador de baloncesto en la historia de su país y también uno de los «buenos» dentro de la NBA, pero le faltaba la noche de la retirada de la camiseta con el número 20 que vistió durante 16 años con los Spurs de San Antonio para que tuviese la consagración definitiva.

El AT&T Center de San Antonio, el escenario de tantos éxitos deportivos conseguidos por Ginóbili, nada menos que cuatro títulos de liga con los Spurs, lo recibió a los pocos meses de haber dado su «adiós» definitivo al baloncesto activo y lo hizo para reconocerle que sin él nunca hubiesen podido ser una nueva dinastía en la NBA.

Lo reconoció otro legendario de la franquicia tejana, el entrenador Gregg Popovich, quien en el discurso previo a la retirada de la camiseta de Manu fue el que mejor definió en toda la noche la figura de Ginóbili: «Su mentalidad ganadora y espíritu de lucha es algo que nunca he visto en mi vida como profesional», destacó Popovich. «Nos impregnó carácter ganador, que sin él nunca lo hubiésemos conseguido».



Además, Popovich también hizo extensivo la clase y talento mostrada por Ginóbili al resto de la «Generación Dorada» del baloncesto argentino, a la que definió como «uno de los mejores equipos que vi en mi vida».

A partir de ahí, la consagración de Ginóbili era ya oficial al igual que la de la selección argentina que se proclamó Campeona del Mundo y Olímpica.

En medio de tanta alabanza merecida y justa, a la figura de Ginóbili, el baloncesto argentino y el latinoamericano elevaban como nunca la imagen al más alto nivel dentro del mejor del mundo. Como en su tiempo lo hizo también el panameño Rolando Blackman, a quien los Dallas Mavericks otorgaron también la distinción de la retirada del número de su camiseta, el primer latinoamericano que lo consiguió en la NBA.

A la altura de Messi
Con Ginóbili también se mostraba la mejor imagen deportiva de un gran país como Argentina, con figuras de la talla excepcional de Diego Armando Maradona y Lionel Messi, con los que ya quieren comparar a Ginóbili.

Al menos eso fue lo que hizo el periodista Adrián Paenz, moderador de la presentación en el medio tiempo y en español de los compañeros de la Generación Dorada que llegaron al AT&T Center encabezados Fabricio Oberto, Luis Scola, Alejandro Montecchia, Pablo Prigioni, Andrés Nocioni, Pepe Sánchez y Gabriel Fernández.

Todos ellos, en clave de humor y con anécdotas personales, alabaron la figura de Ginóbili en el apartado más humano, de compañero, amigo, y persona que siempre está ahí para ayudar a los demás.

Con la única nota discordante fue de nuevo la «mala» fama que Nocioni le ha generado en cuanto a lo «desordenado» que era Ginóbili cuando tenían que compartir ambos la misma habitación en las concentraciones, especialmente la que vieron en los últimos Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016.

«Ustedes lo querrán mucho aquí, en San Antonio, a Manu, pero es porque no les ha tocado tenerlo de compañero en la habitación como me ha pasado a mi y de verdad que es muy desordenado», comentó Nocioni a los aficionados que llenaban las gradas del AT&T Center.

Mientras que Paenza agradeció todo el apoyo que San Antonio le ha brindado a Ginóbili con el reconocimiento que siempre estará unida a la grandeza del mejor jugador del baloncesto en la historia de argentina, como Napoli lo está a la figura de Maradona y Barcelona a la de Messi.

Para concluir Paenza destacó que «Manu es uno de los mejores, sino el mejor deportista de la historia argentina».

Ya fuera del campo, todos los compañeros de Ginóbili reiteraron que nada de lo que se dice de él es suficiente para mostrar la clase humana y profesional que posee.

Mientras que el entrenador asistente de los Spurs de San Antonio, Ettore Messina, que fue quien primero dirigió a Ginóbili cuando llegó al baloncesto del país europeo, reconoció que nunca pensó que llegase tan alto. «Pero lo más importante es que sigue siendo la misma persona que hace 20 años», destacó Messina. «No ha cambiado nada desde que era aquel chico en su actitud de humildad, carácter y entrega. Por eso hoy veremos a mucha gente llorando, incluido yo», declaró Messina antes que diese comienzo el partido que los Spurs ganaron por 116-110 a los Cavaliers y se lo dedicaron a Ginóbili.

Depués llegaría el momento histórico de la ceremonia de la retirada del número 20, en la que se dio a conocer el mensaje de felicitación enviado por el presidente de Argentina, Mauricio Macri, y el nombre Ginóbili quedó inmortalizado junto al de Johnny Moore (00), Avery Johnson (6), Bruce Bowen (12), James Silas (13), Tim Duncan (21), Sean Elliott (32), George Gervin (44) y David Robinson (50).

Reportaje al completo y original, con varios videos que no he podido insertar, en el siguiente enlace, gracias:
https://www.abc.es/deportes/balonce...nu-ginobili-leyenda-201903290924_noticia.html
 
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MASTERS DE AUGUSTA
25 Aniversario de su primer triunfo
Olázabal: la nota de Seve, las calabazas al jeque y la resaca tras la gloria
Miércoles, 10 abril 2019 - 23:39



José María Olazábal celebra su triunfo en el Masters de 1994. EM
José María Olazábal afronta el Masters con la dulce nostalgia de celebrar un doble aniversario. En esta edición de 2019 se celebran 25 años de su primer triunfo en Augusto y 20 del segundo. Días de gloria y posterior resaca. El frío tras el éxito. «La primera sensación que recuerdo fue de alivio, desahogo, había conseguido mi primer grande». Con esta franqueza habla José María Olazábal cuando recuerda su primer Masters de Augusta, 25 años después. Luego, confiesa, apareció un extraño sentimiento de vacío. Chema hace memoria para explicar que llegó a la tradicional cena con los socios después de las celebraciones en el campo. Allí le esperaba su equipo y todos sus amigos para la verdadera celebración.

«Me quedé unos minutos fuera, solo con la chaqueta verde, pensando. Era un sensación rara, había ganado el Masters y... ¿esto era todo..? Me había imaginado ese momento como una alegría completa y me quedé plano». Chema afirma a este periódico que le costó recuperar la normalidad. «Pasaron unas cuantas semanas hasta que volví a ser yo y a luchar de nuevo en el campo de golf, de ahí que entienda un poco el proceso por el que ha pasado Sergio García tras su victoria en 2017. Desde entonces no ha tenido el mejor rendimiento en Majors. Algo así puede suceder, hay muchos casos similares en la alta competición».

Olazábal no puede evitar en estos momentos emocionarse cuando recuerda la nota que su amigo del alma Seve Ballesteros le dejó en su taquilla la víspera de su primera victoria, en 1994. «'Ten paciencia, juega tu juego, que tienes más que suficiente para ganar el torneo'. Me quedé un buen rato leyéndola. No la olvido. Desgraciadamente no conservo la nota, me la dejé en la taquilla y cuando acudí a buscarla, ya no estaba». De alguna forma, Olazábal quiso cerrar el círculo dejando la víspera de la victoria de Sergio en Augusta una nota en su taquilla con un mensaje muy similar al que en su día Chema recibiera de su mentor.

Sin embargo, fue su segunda chaqueta verde, en 1999, la que hizo sentir a Olazábal «más pleno». «Fueron otras circunstancias, venía de una lesión muy complicada que pensé que me apartaría del golf e incluso no me dejaría llevar una vida normal. Por eso cuando gané en 1999 me emocioné tanto y me sentí tan especial», cuenta ahora.

Olazábal reconoce que no está a un nivel competitivo y que este Masters que hoy comienza pinta duro para sus intereses, porque se juega en un campo con mucha agua. «Siendo honestos, se me va a hacer muy largo. Pero lo verdaderamente importante es poder seguir viniendo aquí y disfrutar de este ambiente y este torneo».

No es fácil para un competidor como Olazábal la bajada tan drástica de sus expectativas. El español lo lleva con elegante resignación. El doble campeón del Masters detalla su filosofía competitiva y de vida. «No queda otra, la vida te va a poniendo a prueba y hay que saber dónde estás en cada momento. Siempre he competido por el desafío, y el reto de ganarme a mí mismo y ganar a los demás. El dinero es importante en esta vida, pero nunca fue el motor de mi vida».

Y es que Olazábal es tan competitivo en el campo como austero fuera de él. Ante la pregunta sobre el capricho que se dio tras sus victoria en el Masters, su respuesta es rotunda: «ninguno». Y es que a Chema no le duele en prendas reconocer que el momento cúspide de su carrera renunció a un contrato multimillonario con IMG o que dejó plantado a un jeque árabe que le ofreció un cheque en blanco por jugar con él unos hoyos. «A veces el compromiso y la dignidad son más importantes», sentencia, sin querer aclarar más sobre el asunto
https://www.elmundo.es/deportes/mas-deporte/2019/04/10/5cae3467fc6c830a558b4574.html
 
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JUAN FRANCISCO RODRÍGUEZ (1949-2019)
El boxeador al que birlaron la medalla
Campeón de Europa amateur y profesional, perdió la opción del bronce en Múnich 72.


Seguir Fernando Rojo@FernandoRojo
Actualizado:18/04/2019 01:23h
0 Manolo Alcántara me dijo: «Gracias por venir a verme después de muerto»

La historia del deporte está plagada de incomprensibles errores arbitrales que ningún VAR pudo corregir. Uno de los más llamativos ocurrió en Múnich a las ocho de la tarde del 6 de septiembre de 1972. Se disputaban los cuartos de final de los pesos gallos del torneo de boxeo de los Juegos Olímpicos. Subieron al ring el español Juan Francisco Rodríguez y el mexicano Alfonso Zamora. El ganador de ese combate tenía segura la medalla de bronce pues en el boxeo no existe la pelea por el tercer y cuarto puesto.

Según narró el mítico Gilera en su crónica del día siguiente en ABC, el púgil almeriense «boxeó extraordinariamente bien» en los dos primeros asaltos, «pero como tenemos muy mala suerte internacional, sucedió en el tercero algo inefable». El mexicano derribó a Rodríguez de un duro gancho. El árbitro tailandés Tapsuman Sakhye empezó a contar los segundos, «pero el púgil español se levantó al cuarto, sacudió su cabeza para despejarse, esperó y tuvo la ocurrencia de agacharse para recoger el protector de boca que se le había caído a consecuencia del golpe». El juez creyó que Rodríguez había vuelto a caerse e interrumpió el combate, dando por ganador al mexicano. Nada ni nadie pudo convencer a Sakhye de que el K.O. no había existido. «El público -remataba el cronista de ABC- dio una ovación enorme de desagravio al púgil español cuando abandonaron el ring el favorecido vencedor y la víctima de una ligereza del árbitro tailandés. Juan Francisco lloró de rabia en su rincón». No era para menos.

Aquella injusticia marcó el resto de su carrera. Rodríguez, que un año antes se había proclamado campeón de Europa amateur del peso mosca, había renunciado a una prometedora carrera profesional por el sueño de conseguir una medalla en los Juegos. Intentó desquitarse cuatro años después en Montreal, pero cayó a las primeras de cambio. El salto al profesionalismo le llegó con 26 años, edad a la que la mayoría de los púgiles estaban curtidos en mil batallas. Esa falta de bagaje la pagó en 1977, cuando le disputó al mexicano Carlos Zárate, uno de los mejores boxeadores de la época, el título mundial de los pesos gallos en el Palacio de los Deportes de Madrid. Zárate se presentaba con 49 peleas, todas ellas ganadas, 48 antes del límite. Rodríguez solo llevaba diez. La abismal diferencia se saldó con la retirada del almeriense en el quinto asalto tras recibir dos durísimos golpes en el hígado. Bastante hizo con salir vivo.

Hijo y padre de boxeadores, Rodríguez fue un púgil muy elegante y técnico que tuvo su mayor momento de gloria en septiembre de 1978 cuando logró el trono europeo de los gallos en una sangrienta pelea en Vigo contra el italiano Franco Zurlo. Esa noche, José María de Hita escribió en «Marca»: «Su boxeo es de computadora, programado para hacer blanco allá donde más le duela a su contrario». Así fue Juan Francisco Rodríguez, el boxeador al que birlaron un medalla olímpica.
https://www.abc.es/deportes/abci-boxeador-birlaron-medalla-201904180123_noticia.html
 
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Un jovencito llamado Bjorn Borg
El sueco, con apenas 17 años, ya era un fenómeno de masas en el escaparate internacional

Imagen del Conde de Godó (Pedro Hernández)
PEDRO HERNÁNDEZ
25/04/2019 00:05
Actualizado a 25/04/2019 09:58

En octubre de 1973, por primera vez en la historia del Trofeo Conde de Godó, los jugadores se inscribieron en la competición a través de la Asociación de Tenistas Profesionales (ATP). Pese a que varios de ellos enviaron, como en años anteriores, su inscripción a las oficinas del RCTB, fue finalmente la ATP quien supervisó el proceso.

La lista de inscritos contaba con tenistas ilustres como Ilie Nastase, Manuel Orantes, Rod Laver, Tom Okker, Jan Kodes, Nicola PIlic, Ion Tiriac y Guillermo Vilas. Pero, en la posición número 30 del cuadro individual, un nombre acaparaba la atención por encima de todos. Se trataba de Bjorn Borg. Tenía apenas 17 años, pero el sueco ya era un fenómeno de masas en el escaparate internacional.

Bergelin fue el primer entrenador que comenzó a viajar con un tenista durante toda la temporada”

MANUEL ORANTES Extenista
De la mano de Lennart Bergelin, que en 1953 fue cabeza de serie número 1 en la primera edición del Trofeo Conde de Godó, y que mantenía una excelente relación con el RCT Barcelona, Borg llegó a la Ciudad Condal con retraso, afectado por una huelga internacional de controladores aéreos, pilotos y personal de tierra, que obligó a modificar los órdenes de juego de los dos primeros días del torneo.

Borg había dado el primer aviso de su calidad con apenas 15 años, cuando debutó en Copa Davis en Bastad ante el neozelandés Onny Parun, y remontó la pérdida de los dos primeros sets para dar a Suecia el primer punto. Bergelin , capitán del equipo sueco, tomó allí la decisión de ocuparse de tutelar la carrera de Borg. “Bergelin fue el primer entrenador que comenzó a viajar con un tenista durante toda la temporada”, recuerda Orantes.


Imagen del Conde de Godó (Pedro Hernández)
Y esa carrera estalló de éxito en 1973, cuando, antes de llegar a Barcelona, el joven sueco alcanzó la final de Monte Carlo, los octavos de Roland Garros y US Open y, en especial, los cuartos de Wimbledon. Magnificada por los sensacionalistas tabloides británicos, la imagen de Borg se convirtió en la de un sex-symbol. El All England Club debió tomar medidas de seguridad especiales para protegerle de sus fans. “Había chicas por todos lados, en las pistas, en la entrada del club, en los restaurantes y en el hall del hotel”, explicó Borg años más tarde.

Borg era un joven muy educado, pero de pocas palabras. Se relacionaba bien con los jugadores, pero rehuía las entrevistas. Una de sus obsesiones era la tensión de los cordajes de sus raquetas. “Llevaba unas 20 raquetas y, al llegar al vestuario, golpeaba con el marco de una de ellas el cordaje de las del resto y escuchaba el sonido. Depende de como sonara, las ponía en un lado u otro. Al final se quedaba con una diez y el resto las llevaba a encordar”, explica Vittorio Selmi, enlace de los jugadores con la ATP y el torneo.

“Le pegaba tan duro a la pelota, que encordaba a tensiones muy altas para tener más control. Los encordadores no estaban acostumbrados a esas tensiones. Era su obsesión. Probaba todo tipo de cordajes, y fue un precursor en lo de cambiar varias veces de raqueta durante un partido, algo ahora habitual”, añade Orantes.

Fue un precursor en lo de cambiar varias veces de raqueta durante un partido, algo ahora habitual”

MANUEL ORANTES Extenista
De las pocas cosas que Borg reveló a los medios de comunicación en aquellos años, fue cuando accedió a ser entrevistado por Johny Carson en Nueva York. Preguntado cómo era capaz de mantener esa imagen fría e inalterable durante los partidos, Borg explicó que la ‘culpa’ la tenía su madre. “Cuando era pequeño, en un partido me volví loco, rompí la raqueta,

discutí con el árbitro y grité en más de una ocasión. Recuerdo a mi madre, avergonzada, escondida detrás de un árbol. Al final del partido se fue al club, y dijo que alguien con ese carácter no podía jugar al tenis. Cogió mis raquetas y las encerró en un armario durante seis meses. Estuve medio año sin jugar ni entrenar, así que no decidí nunca más abrir la boca”, dijo Borg.


Imagen del Conde de Godó (Pedro Hernández)
Manolo conocía bien a Bjorn Borg. En mayo de 1973, se había enfrentado por primera vez a aquel joven sueco en Bastad, en una eliminatoria de Copa Davis que España venció por 3-2. “Gané el partido por 6-1, 6-2 y 6-1, pero se veía que Borg iba a ser muy bueno. Tenía un físico impecable, y era especial. Jugué con mucha gente joven en aquellos años, pero sólo con Borg, y luego con John McEnroe, tuve esa sensación de que iban a ser muy grandes”, explica el jugador que este año celebra el 50 aniversario de su primera victoria en el RCT Barcelona.

Dos meses después, Manolo repitió victoria ante Borg en Montreal, que entonces se disputaba en tierra, superándole por 7-5 y 7-6(4). Y ya en Barcelona, donde ante el clamor del público, el sueco alcanzó los cuartos de final sin ceder un set, y derrotando consecutivamente a Bob Carmichael, Patricio Rodríguez, Jaime Fillol y Andrew Pattison, Orantes fue nuevamente quien cerró el camino del sueco por 6-3, 6-2 y 6-3. Borg jugaba aún sin los grandes contratos publicitarios de ropa y raqueta que le inmortalizaron en los años siguientes.


Imagen del Conde de Godó (Pedro Hernández)
En 1974, Borg regresó a Barcelona como una figura consagrada, apodado el vikingo de hielo por su frialdad, con la etiqueta de primer favorito del torneo, y abarrotando las pistas. Sólo otro gran deportista de talla mundial le arrebató el protagonismo durante unas horas, ante multitud de aficionados buscando su autógrafo. Era Johan Cruyff, quién acompañado por José María Fuster, visitó el torneo y saludó a los jugadores. Orantes nuevamente cerró el camino de Borg hacia el título superándole en semifinales por 6-1, 7-5 y 6-2.

Borg ya nunca más perdería un match en Barcelona, donde jugó y ganó las finales del Trofeo Conde de Godó en 1975 (Panatta) y 1977 (Orantes). En 1975 jugó todo el torneo con fiebre alta. “De la pista iba directamente a la cama”, recuerda Antonio Muñoz. Y de esa semana, cuenta el rumor, que aceptó la apuesta, que todo y enfermo, ganaría en blanco los dos primeros sets al estadounidense Eddie Dibbs. Borg se impuso por 6-0, 6-0 y 6-4 al entonces número 9 del mundo y uno de los cinco mejores tenistas sobre la arcilla roja.

Cuando Borg tomó la decisión de abandonar el tenis profesional, quiso hacerlo con los cuatro tenistas que más habían marcado su carrera y con quien, pese a lo que dijeron los medios en ocasiones, tenía una buena relación. “Nos invitó a McEnroe, Nastase y a mí a jugar una serie de partidos de exhibición por Asia. Fue un detalle muy bonito por su parte”, concluye Orantes.
https://www.lavanguardia.com/deport...87/bjorn-borg-debut-trofeo-conde-de-godo.html
 
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Le llamaban loco
Publicado por Gonzalo Vázquez

Fotografía: Cordon.
Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 3

Tanta gente abarrotaba el vestuario que abstraerse del alboroto era imposible. Salvo para él, que poco antes había salido de la ducha y ocupaba empapado su taquilla con la mirada perdida. Una toalla cubría sus piernas, sobre las que apoyaba los codos cruzando las manos como en lunática oración. Estremecía descubrir sus tatuajes, el mayor de los cuales le rajaba el pecho desde los hombros. Permanecía inmóvil, ensimismado, y no parpadeaba. Era como si no estuviese allí. Me impresionó tanto que me quedé observándole. Y con tan poca discreción debí de hacerlo que cuando levantó la mirada lo hizo hacia mí, clavándome sus ojos y dejándome helado. Encerraban un doloroso misterio. Y esa misma escena se repitió sin falta la decena de veces que pude ser testigo. No era que tuviese prohibido hablar. Era algo más inquietante que toda prudencia, algo que solo le pertenecía a él.

Puede que todo empezara a torcerse dos años atrás. En la pretemporada de 2008, de estreno con los aspirantes Cavaliers, explotó contra un inocente árbitro de instituto que alquilaban para regular partidillos de entreno. Aquel repentino estallido de furia por el que tuvieron que detenerle era tan anormal que despertó una fuerte sospecha. Desapareció varios días, fue sometido a psicoterapia y el diagnóstico devolvió un trastorno bipolar. Su mal venía de atrás, había buscado ayuda, echado valor y confesado abiertamente el problema a los micrófonos. Pero hacerlo en aquella jungla viril le condenaría, poco a poco, al prejuicio, el rechazo y la distancia, una mezcla que lejos de mejorar las cosas alentó el polvorín que latía en su interior.

Ni blanco ni negro, Delonte West no era como los demás. Descendiente de los indios piscatawayde la bahía de Chesapeake, hoy Maryland, era uno de los apenas dos centenares de miembros que en el censo de 1980 aparecían ya mestizados. Esa diferencia étnica imantaba las crueldades tempranas, interiorizando las burlas en edad escolar por su ardiente pelo rojizo, las orejas de soplillo, su piel moteada y una enorme verruga en la nuca que eliminó con su primer dinero profesional en los Celtics de 2004. Para aliviar la primera soledad pidió a su hermano mayor, Dmitri, que se trasladara a Boston con él. Hacía no mucho que Dmitri había conocido a una mujer, pero ahora contaba con todas las facilidades que un hermano en la NBA puede proporcionar. Una tarde, al volver del entrenamiento, Delonte supo que se había largado dejando una nota: «Esta vida no es para mí». Al cabo, Dmitri contrajo matrimonio en Washington para formar una familia normal. Costaba entender que Delonte envidiara a su hermano. Pero con el tiempo lo haría, aprendiendo que el dinero y la vida en la NBA actúan de freno a la madurez hasta incluso detenerla. Hacen olvidar todo cuanto uno sabía hacer antes, hasta freír un huevo.

Después de tres años en Boston, donde nada apreció más que el trato cercano y adulto de su técnico Doc Rivers, fue enviado a Seattle para padecer medio año de vacío. Hasta que en febrero de 2008 el destino le brindó la oportunidad. Recaló en los entonces vigentes subcampeones junto a la guardia principal de LeBron James en su obsesión por el anillo. Zurdo, agresivo y técnicamente limpio, Delonte ejerció de utilísimo combo que tanto coartaba rivales como reparaba la escasez anotadora de los Cavaliers. Presentaba también una extraña falta de empatía con toda aquella agitación que, antes de frustrarse con tres sucesivas eliminaciones, gustaban de lucir sus compañeros en los largos meses de viento a favor. En pista Delonte era un tipo oscuro, introvertido y solitario. Y solo la gravedad de la derrota ante Orlando en las finales del Este de 2009, en las que disputó más minutos que nadie, avivó en su interior un silencioso sentimiento de culpa por no haber podido hacer más que sufrir ante el mejor Turkoglu en vida. El largo verano ayudó a olvidar. Pero no a esquivar la fatalidad.

A eso de las diez de la noche del 17 de septiembre, Delonte volaba por una autovía de Maryland a lomos de su Can-Am Spyder de tres ruedas cuando una brusca sucesión de cambios de carril llamó la atención de una patrulla de policía. Minutos después el arcén era testigo del incómodo encuentro con los agentes, que al revisar el interior de la moto encontraron un arsenal difícilmente creíble: una pistola Beretta de 9 mm, un revólver Ruger .357 Magnum, una escopeta corredera Remington 870 dentro de una funda de guitarra, un enorme cuchillo de caza y munición suficiente para resistir un asalto. El frío de las esposas fue la señal que partiría su vida en dos. El juicio quedó fijado para el mes de julio y su abogado le prohibió cruzar una sola palabra del caso con la prensa, que estrenó las portadas de temporada con aquel sórdido episodio y de cuyas terribles interpretaciones Delonte cometió el error de saciarse. Ni tres semanas después, en los prolegómenos de otro trivial partido de pretemporada, una decena de periodistas aguardaba en el vestuario la presencia de LeBron cuando uno de ellos se adelantó hasta la taquilla de Delonte pronunciando un tímido «Hola». Según testigos, el jugador se incorporó como un resorte vociferando una retahíla inyectada en furia: «¡Tu p*ta madre, hijo de p*ta, y vosotros, basura de mierda…!». Compañeros y técnicos se apresuraron a contenerle, momento en que escapó a pista a calentar. Alguien le advirtió allí de no jugar el partido y Delonte desapareció del mundo. Lo hizo durante días y bajo nuevo tratamiento.

El incidente era serio y el asunto muy delicado. «No disponemos de ninguna guía —resumía una línea local— para tratar a un deportista con enfermedad mental». De manera que la franquicia acabó rogando, uno por uno, a los periodistas que cubrían su actualidad no tanto ocultar lo sucedido como evitar abordarle durante la temporada que estaba a punto de comenzar. Y como se mezclaban a diario con los foráneos, era cuestión de correr la voz. Pero no todos respetaron el pacto. La trama era muy tentadora y hubo quien quiso elevarla a niveles de alarma social. Mientras Scott Raab alegó que Delonte había detenido su medicación, Peter Vecsey inquietaba a los lectores del New York Post con la posibilidad de que se presentara en cualquier pabellón NBA armado hasta los dientes y acabara un mal día con quien tuviera delante. Porque a esas alturas se había extendido por el orbe de la liga un estigma inapelable: «Delonte West está loco». Y aquel aislamiento forzoso fue exactamente el escenario que encontré aquella primera vez en el Izod de Nueva Jersey.

Habiendo certeza clínica, sabiendo que alternaba despertares de total abatimiento con otros de saltar de la cama a comerse el mundo, los doctores creían más en la depresión transitoria que en un caso crónico. Pero coincidían en reconocer aquella fase como la de mayor riesgo. En los meses siguientes al arresto, meses de intensa presión deportiva, el temor a la cárcel y un divorcio en ciernes martilleaban diariamente su cabeza hasta hacer incluso peligrar su presencia en pista. «Me voy a mi casa, no merezco jugar este año, siento vergüenza». Los mismos compañeros que trataban de aliviarle ignoraban que los sentimientos de humillación y culpa venían azotándolo desde niño. Su técnico de instituto nunca olvidaría haberlo encontrado llorando a solas en el banquillo. Lloraba por haber perdido (por dos puntos). Como universitario en St. Joseph, bastaba una mala tarde de tiro para quedarse a solas en el gimnasio ametrallando el aro hasta caer agotado de madrugada y acurrucarse a dormir en un rincón de la grada. Contaba Mike Malone que entrenando con Cleveland interpretaba un silbato en su contra como una cruel injusticia universal. Y no había forma de quitárselo de la cabeza. «Déjalo ya, tío», le gritaban ya hartos. Ese torturante anhelo de perfección tenía como origen combatir el menosprecio. Pero también la promesa que se había obstinado en cumplir desde que, siendo un crío, antes del divorcio de sus padres, salió a recibir al autobús de los Bullets, de corto y con un balón en las manos, y una fuerza incontenible le hizo arrojarlo a las ventanillas para que alguien se fijara en él, que supieran que también jugaba al baloncesto y que, de no ser un niño, sería tan bueno como ellos. Aquella carga de frustración saldría después por la menor fisura. Durante una charla digital en la página de los Cavs, un chico le hizo saber que era objeto de burlas por el solo hecho de llamarse Delonte. «Yo también las sufrí —respondió—. Pero siéntete orgulloso. Es gente infeliz y tienes que tratarlo con humor. Y si no, dales un puñetazo en la cabeza».

El fatal comienzo de aquella temporada presagió un desenlace aún peor. Los Cavaliers cayeron ante los Celtics en semifinales del Este. Y el Garden estalló de júbilo por el pase y por un gozoso sadismo hacia LeBron James, que camino del túnel se arrancó premonitoriamente la única camiseta que había conocido. Nunca vi mayor hundimiento en un vestuario, como tampoco imaginé que sería testigo por última vez de aquellos ojos turbados de pesadumbre y menos aún del sucio golpe que estaban a punto de recibir. Porque al día siguiente comenzó a circular un rumor que tenía como base un correo anónimo que decía: «Sé a través de mi hermano que una fuente muy fiable ha confesado a mi tío que Delonte lleva tiempo follándose a la madre de LeBron». Como era de esperar, aquel veneno se extendió por las redes como la pólvora causando el daño previsto en el seno del equipo, y, a la dramática huida de LeBron mes y medio después, se disolvió como el humo.

Víctima entonces de algo más poderoso que él, Delonte quedó descolgado de todo asidero, deambulando por una travesía nómada que suplicaba un nuevo hogar donde establecerse. Fue enviado a Minnesota para volver a Boston y pagar, de entrada, diez partidos de suspensión y la prohibición de salir del país al ser declarado culpable por transporte ilegal de armas. Hundido en la agencia libre como un nombre maldito, solo el humanismo de Mark Cuban, el hombre que dio a Dennis Rodman una última oportunidad once años atrás, aprobó su fichaje por los vigentes campeones, Dallas Mavericks, con los que Delonte no se presentó a la tradicional cita en la Casa Blanca. Para entonces su mujer le había abandonado y, con serios problemas para alquilar un apartamento, durmió semanas en su furgoneta, en el oscuro parking bajo el pabellón. Una noche, desvelado con el móvil, encontró su nombre manchado en un foro y reaccionó con un enfurecido chorro de tuits que al cabo acabó borrando antes de eliminar su cuenta de la red social. En abril, un bizarro incidente en la pista de Utah remataría sus cenizas cuando acabó metiendo un dedo en el oído del joven Gordon Hayward. Molesto con una renovación por el mínimo fue suspendido en pretemporada, otra vez pretemporada, por una fuerte discusión de vestuario tras una derrota. A través de un SMS el presidente del equipo le ordenó no presentarse al siguiente entrenamiento. Alegaba que Delonte se había enfrentado a dos compañeros. Él no desmintió la trifulca. Solo defendió que no había sido parte de ella. Dos semanas después era despedido. De pronto se había apagado la luz. Descendió a la D-League, emigró a China y regresó un año después a la liga de verano de los Clippers para acabar volviendo a China y tener que parar a los cuatro partidos. Supimos de él ya en Venezuela, donde ni pudo debutar. El pasado marzo regresaba a los Legends de la D-League y, sin cumplirse un mes, una lesión le apartó del equipo. «Mi santuario, mi rincón de paz, se convirtió en una broma. Solo quiero que dejen de reírse de mí», confesaba a David Haglund, autor de uno de los mejores perfiles jamás escritos sobre un jugador marginado.

Mientras se va gestando uno de ellos, prevalece en la NBA una farsa que repite al vacío «ya se arreglará» y que la realidad traduce como lavarse las manos. «Nadie me enseñó a sentarme, reconocer mis sentimientos y saber exactamente qué me afligía». Tampoco nadie contó qué había precedido al fatal arresto en carretera. Ocurrió que varios primos pasaban unos días en casa de Delonte. Y que una noche su madre le despertó alarmada porque había visto a los críos abrir un armario y encontrar las armas. «Tienes que sacarlas de aquí». Delonte se incorporó, metió su arsenal en la moto y cumplió la orden camino de alguna otra casa. Había tomado su dosis de Seroquel, un fuerte antipsicótico que produce aturdimiento en la conducción. Y por algún motivo el destino se la tenía guardada.

En mayo de 2012, con tan solo veintiocho años, disputó su último partido en la NBA, una NBA que lo repudió mucho antes y a la que sigue luchando por volver mientras emplea hoy parte de su tiempo en aliviar el sufrimiento de jóvenes aquejados, como él, de trastorno bipolar.
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