Festival Internacional de Cine de San Sebastián. 68º Edición. 18 al 26 septiembre 2020

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Alejandro Sanz presume de pareja en el Festival de San Sebastián
Tras los problemas de divorcio de Raquel Perera, el cantante posó feliz en el Festival de cine al que asistió en compañía de su novia, Rachel Valdés, y su hija
Europa Press

SAN SEBASTIÁN - DOMINGO, 20/09/2020 - 18:45

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Alejandro Sanz junto a su novia Rachel Valdes en el Festival de San Sebastián / RAUL TERREL / EUROPA PRESS

Alejandro Sanz se ha dejado ver por el Festival Internacional de Cine en San Sebastián acompañado por su chica, Rachel Valdés, y su hija. Por supuesto el cantante ha posado para los medios que había en las inmediaciones con una sonrisa de oreja a oreja y es que a pesar de los problemas de divorcio que ha tenido con Raquel Perera, parece que todo vuelve por fin a su normalidad.

No es la primera vez que Rachel Valdés acude junto a su pareja a un evento, ya les vimos el pasado julio en un homenaje que recibía Alejandro Sanz, por su trayectoria, en la Comunidad de Madrid. Nuevamente han derrochado elegancia y han mostrado ante las cámaras el gran cariño que se tienen.

Aunque los dos fueron con looks completamente distintos, formaron un tándem para los objetivos de las cámaras que se encontraban en el lugar perfecto. Rachel Valdés lucía un total white, con pantalón pitillo, camiseta y chaqueta del mismo color y Alejandro Sanz un total black.

La hija del cantante se mantuvo en un segundo plano, pero sin embargo fue la primera en bajarse del coche con pantalones cortos y sudadera. Como no podía ser de otra manera, Alejandro Sanz mostró un sonrisa a todos los medios agradeciendo su presencia en un día tan especial para él.

 


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Blanca Suárez, María Pedraza y otros estilismos (de día y noche) en San Sebastián

Nos gusta el cine y también todo el fasto que le rodea. Qué ilusión especial nos ha hecho después de un año de tanta sequía ver a nuestros actores por las calles de Donosti.

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Blanca Suárez. (Limited Pictures)

C.CASTANY
ACTUALIZADO: 21/09/2020 11:06

Nos gusta el cine y también todo el fasto que le rodea. Qué ilusión especial nos ha hecho después de un año de tanta sequía ver a nuestros actores patrios paseando por las calles de Donosti. ¡Viva el Festival de San Sebastián!

Este fin de semana podemos hablar de triunvirato, aunque haremos también alguna mención especial. Pero no debemos dejar de mencionar que la atención se la han llevado María Pedraza, Blanca Suárez y Javier Rey. Han llegado pisando fuerte y con un despliegue de looks que nos han dejado asombrados. En el caso de las chicas, por lo disruptivo entre el día y la noche. De día se han presentado como millennials rompedoras, y de noche, cada una con su estilo, han sacado de dentro la parte más femenina.

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Blanca Suárez. (Limited Pictures)

¿Y él? ¿Qué decir de él? Nos remitimos a su apellido. Javier, correcto, rompiendo moldes y protocolos. ¿Por qué decimos esto? Ahora te lo vamos a contar al detalle.

Blanca de día, princesa de noche

La actriz protagonista de 'El verano que vivimos' llegó rompiendo las calles con un look pura tendencia. Los protagonistas de este look eran una americana gris oversize con doble botonadura dorada y unas zapatillas deportivas de Gucci con adornos en la misma línea que los del blazer de Carmen March. Debajo de este, un little black dress (o minivestido negro) de la misma marca que alió con un bolso de corte clásico de Christian Dior en el mismo color. Prendas clásicas y modernas en un mix que le funcionó a la perfección para atraer la atención de las cámaras. Nos gusta este gesto sonriente mientras se quita la mascarilla.

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Blanca Suárez. (Limited Pictures)

De noche, la televisiva intérprete se vistió de gala como mandan los cánones con un look con el que pasar desapercibida no era la intención. De tul de seda azul cielo, escote bañera y con volúmenes y cola, lo acompañó con unas sandalias beis de piel hiperfemeninas con un detalle fruncido en el talón que no le ganaban importancia al vestido.

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Blanca Suárez. (Limited Pictures)

María de día, guerrera de noche

Al igual que Blanca, la reina de Netflix llegó pisando fuerte. El streetstyle es lo suyo; los códigos de vestimenta actuales, su hábitat natural, y con ellos se bajó del coche como diciendo: "La Pedraza os va a dar comentarios fashion para todo el festival", y así está siendo. Sus herramientas para deslumbrar fueron un traje camel desestructurado y reinventando el mono de trabajo de Cindy Figueroa, un bra-top negro y las sandalias más atrevidas de Balenciaga, que combinó con calcetines como buena trendsetter.

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María, de día. (Limited Pictures)

De noche rompió moldes de nuevo, pero en esta ocasión con un vestido negro de tul transparente con volantes en la parte frontal que llevó con unas sandalias negras altísimas de corte minimal.

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María, de noche. (Limited Pictures)

Javier, rey de día y de noche

Esa barba, esa elección de un polo de punto en color teja que solo se puede permitir él llevarlo cerrado hasta el último botón, esas zapatillas deportivas de piel, lo más cercano a un voy arreglado pero informal... Todas esas prendas solo las puede llevar él, eso es así.

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Javier Rey. (Limited Pictures)

La pareja del momento nos regaló (festival mediante) esta imagen de los dos juntos, pero con la distancia de seguridad reglamentaria. Él con un estilo militar revisitado, corbata caqui y zapatillas performance en blanco. Ella, en su versión más lady con un vestido negro, cinturón de Christian Dior y stilettos rojo sangre.

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Blanca Suárez y Javier Rey posan este domingo en la Concha. (EFE)

De noche, ese impulso retro arrebatador del actor que no se conforma con el típico traje, sino que quiere demostrar que otros códigos de vestimenta son posibles, también está presente en este look azul, en el que el punto toma un papel protagonista, sustituyendo la clásica camisa por una prenda de este cómodo tejido.

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Javier Rey. (Limited Pictures)

Una mención especial

Sí, en el festival nos han llamado la atención los tres fantásticos, pero ha habido una actriz que merece que hablemos de ella. Amaia Aberasturi ha lucido así en la entrada del hotel María Cristina de San Sebastián. El vestido es espectacular, ese juego entre un blanco y negro tan puros, esa lazada a la espalda... Pero ¿y las mules? ¿Se puede tener más estilo y personalidad para lucir un vestido como este plana? ¿No es la combinación más acertada en unos tiempos en los que las actrices quieren ir bellas sin sufrir? A todo que sí.

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Amaia Aberasturi. (Limited Pictures)

 

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Arrebatador Guadagnino contra el fascismo de la belleza y genial Matt Dillon contra la desmemoria

LUIS MARTÍNEZ
San Sebastián
Lunes, 21 septiembre 2020 - 21:12

San Sebastián se rinde a la mayor gloria de las ocho horas de duración de la serie del italiano 'We are who we are' a la vez que cae enamorado de 'El gran Fellove', una maravilla firmada por Matt Dillon

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Luca Guadagnino en la presentación de 'We are who we are' en San Sebastián. EFE

Guadagnino está convencido de que la belleza es un concepto fascista. Cuando se le pregunta por la estetización de la imagen, detiene el gesto, engola ligeramente la voz y se declara violentamente en contra. No de todo, pero casi. "El cine y la belleza no son buenos compañeros. Es más, se oponen. El cine tiene que ver con la posibilidad de conocimiento. Vivimos esclavizados por las imágenes bonitas, supuestamente bellas... La belleza tal y como se comercializa hoy es un instrumento de opresión. Cuando oigo hablar de belleza absoluta o 'grande bellezza' me vienen a la mente las películas nazis de Leni Riefenstahl... El concepto de belleza, por concluir, es muy conservador... Es fascista". Y dicho esto, Guadagnino respira feliz ante la segura cara de asombro del interlocutor.

De repente, el Festival de San Sebastián se decidió por hacer hueco al director de 'Call me by your name' que también es presidente del jurado. Y lo hizo a lo grande. Se antoja raro que entre 'Patria' y 'We are who we are', así se llama la serie del italiano, en lo que llevamos de festival hayan sido proyectadas más horas de televisión (ocho por un lado y otras tantas por otro) que de cine si nos limitamos a la sección oficial a competición. Si esto es el futuro, vamos mal. Es cierto que se pudieron ver 'Any crybabies around'?, del japonés Takuma Sato, y el notable y sorprendente debut como documentalista (en calidad de director de ficción se estrenó en 2002 con 'La ciudad de los fantasmas') del actor Matt Dillon y que responde al nombre de 'El gran Fellove'. Pero sus presentaciones con sus respectivas fotos, ruedas de prensa y declaraciones fuera de lugar se trasladaron al día siguiente, el martes.

Sea como sea, lo más notable de 'We are who we are' es que no parece una serie. Es decir, pese a estar estructurada en episodios, emitirse en HBO y obedecer a un libro de estilo tallado en mármol, en realidad no hay argumento, 'plot' o hilo narrativo que seguir. No es tanto folletón decimonónico, como, digámoslo así, ballet postcontemporáneo. Lo que importa no es tanto el texto central como las innumerables notas a pie de página que inundan los márgenes. De hecho, durante buena parte del metraje, la sensación a la que se enfrenta el espectador es a la de asistir a un ritual (quizá aquelarre) con el espacio de representación desplazado. Todo discurre fuera de campo en el terreno difuso de los deseos de eso que el tiempo ha dado en llamar adolescencia.

En el extraño y anómalo espacio de una base militar norteamericana en Italia, un joven y una joven juegan a buscarse. No tanto entre ellos, como por dentro. Ella se viste de chico y él empieza a sentirse atraído por un compañero. La identidad sexual, la celebración de la rabia, el placer del caos y la evidencia de las hormonas son los únicos argumentos de una producción que juega a confundirse con lo narrado. También 'We are who we are' se extravía, duda, se interroga y finalmente se ofrece al espectador como un profundo, meditado y obsesivo ejercicio de cine. Era esto.

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Fellove y Matt Dillon en una imagen de 'El gran Fellove'.

En los dos primeros capítulos, se narra la misma historia desde dos puntos de vista, el de él y el de ella; una perfecta introducción a todo lo que vendrá después. Por supuesto, lo que Guadagnino propone se parece bastante a un ensayo serial o dodecafónico de cine pendiente exclusivamente del gesto. No se trata tanto de una observación desimplicada, distante o abstracta, como enérgica, existencial u orgánica. Y así hasta el más exhaustivo y extenuante de los agotamientos. Abruma y entusiasma a partes iguales.

Se agradece sin duda la aproximación rota y siempre en vibración al objeto retratado. La cámara de Guadagnino, lejos del preciosismo de mucho de sus trabajos anteriores, quiere arrojar de sí el virtuosismo casi amoral de lo simplemente bello. Fuera filtros de Instagram. La idea es ofrecer una imagen de la adolescencia en crudo a la vez que se discuten los códigos de repetición que configuran buena parte de las series. La belleza reside en la capacidad para retratar con pasión y sin excusas asuntos tales como la duda, lo turbio, la desesperación, el miedo o, simplemente todo lo feo. Hemos llegado.

MATT DILLON DESCUBRIDOR DE MÚSICOS
Por lo demás, y a la espera de su paseo por las la alfombra del Kursaal, Matt Dillon sorprendió con un documental sobre una leyenda perdida de la música cubana en el que supuestamente lleva enfangado una vida entera. De repente, Francisco Fellove Valdez, cantante de scat, es ese hombre que todo al que todo mundo, educado o menos, no puede por menos que adorar. Aunque aún no lo sepa. ¿Se acuerda de 'Searching for sugarman'? Pues por ahí va 'El Gran Fellove', así se llama.

La cinta, tan instructiva como deliciosamente divertida (signifique la cursilería precedente lo que signifique), repasa la vida del hombre que con sólo 16 años compuso 'Mango mangue', un lugar común en el jazz latino. Emigrado desde Cuba a México en los años 50, Fellove se convirtió en una estrella casi vanguardista tan admirada por sus colegas como querida por el público. Y así hasta que desapareció y volvió a ser reencontrado en los años 90 con 77 años cumplidos por, en efecto, Matt Dillon.

La película se estructura alrededor de la grabación de un nuevo disco todavía inédito (verá la luz, se dice al final, en 2021). En el estudio, el trompetista Alfredo 'Chocolate' Armenteros y una joven generación de músicos actuales rodean y abrigan a la leyenda que se esfuerza por revivir sus glorias. Y sobre este escenario colocado más o menos en el presente, 'El gran Fellove' recorre una vida entera con testimonios de viejos colegas como Chucho Valdez, Dandy Beltrán o su 'enemigo' y rival Melón; imágenes de archivo impagables, y la evidencia de que si no sabíamos hasta hoy nada de este hombre es hora de redimirse y remediar tanto vacío.

Lejos de la gravedad de 'Buena Vista Social Club', de Wim Wenders, la propuesta de Matt Dillon secundado por la mano maestra de su editor Jason Cacioppo se parece más a una película de intriga donde el villano es la propia ignorancia del espectador y el héroe es simplemente el que mejor baila. Eso o un melodrama de época en el que el galán es el que se sabe las canciones de amor. Eso o una película de mil catástrofes diminutas. Hay motivos para el entusiasmo y todos ellos cantan 'Mango mangue'.

El martes lo explica todo aquí mismo el propio Dillon.

 
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Juan Luis Goenaga, el pintor vasco que conquistó a Woody Allen y a Borja Sémper

JAVIER BLÁNQUEZ
Martes, 22 septiembre 2020 - 02:00

El padre de Bárbara Goenaga es uno de los pintores vascos en activo de trayectoria más larga y respetada.
El caserío en el que vive y pinta es uno de los escenarios de la última película de Allen, 'Rifkin's Festival'.

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Juan Luis Goenaga, captado por su hija Bárbara en su estudio del caserío de Alkiza. IG

 
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Paz Vega, look ultrafeminista y mucho glamour en San Sebastián (lo copiamos)

La actriz ha sorprendido con un look de estilo sufragista con el que se ha colado (de nuevo) en la lista de mejor vestidas del certamen.

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Paz Vega (LP)

P.IZQUIERDO
22/09/2020 14:54

Paz Vega, como siempre, se ha convertido en una de las mejor vestidas de la alfombra roja del Festival de San Sebastián. Y esta vez no lo ha hecho enfundada en un espectacular vestido de alta costura, sino con un conjunto working con más significado del que aparenta a simple vista.

Nuestra actriz más internacional presentaba junto a Raúl Arévalo ‘El lodo’ (un thriller que llegará a las pantallas próximamente y que promete dejarte sin aliento) tres años después de su última gran aparición en el festival vasco de cine. La espera ha merecido la pena.

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Paz Vega y Raúl Arévalo. (LP)

Para la ocasión, Paz se decantó por un conjunto de dos piezas compuesto por una camisa blanca con grandes hombreras, cuellos amplios en pico y manga corta y un pantalón de estilo culotte color negro que le sentaba a las mil maravillas.

Un conjunto con una silueta inspirada en las mujeres sufragistas, que reinventaron la silueta femenina huyendo de los vestidos encorsetados y dejando paso a una tendencia que aún hoy arrasa en ventas.

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Paz Vega (LP)

Pantalones cómodos que poder combinar con zapatos perfectos para una jornada interminable, faldas trapecio, camisas de hombre adaptadas al cuerpo de la mujer y ese aire poderoso que aporta la combinación del blanco y negro han hecho de la elección de Paz Vega una de las más alabadas de la edición.


En cuanto al look beauty, Paz lució uno 'effortless' en el que su flequillo, esta vez más largo que de costumbre, fue el protagonista, colocado a ambos lados del rostro enmarcando un maquillaje sencillo y superfavorecedor en tonos marrones.

Recogió el resto de su melena en una coleta baja despeinada que combinaba genial con la elección estilística haciéndola redonda.

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Paz Vega (LP)

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Cortesía

Camisa confeccionada en algodón de alta calidad, con cuello clásico y manga larga y hombreras (69 euros) de Uterqüe; pantalón cropped fluido con tiro alto y corte culotte (25,95 euros) de Zara, y salones de vinilo y punta de ante de Mango Outlet (19,95 euros).

 
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Matt Dillon pone banda sonora al día más realista de San Sebastián
El actor dirige su segundo largo, «El gran Fellove», un documental sobre el músico cubano Francisco Fellove

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Matt Dillon en el Festival de Cine de San Sebastián -EFE

Fernando Muñoz
Actualizado:23/09/2020 10:00h

 
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La aventura del único español a por la Concha de Oro
El madrileño Antonio Méndez Esparza, asentado en Florida, donde trabaja como profesor de cine, presenta su tercera película en Sección Oficial, «Sala del Juzgado 3H»

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Antonio Méndez Esparza, único español que compite en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián - AFP

Fernando Muñoz
Actualizado:23/09/2020 10:01h

 
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Viggo Mortensen completa con 'Falling' el debut más anárquico, enfurecido y hasta genial
LUIS MARTÍNEZ
San Sebastián
Jueves, 24 septiembre 2020 - 12:16

El actor, que recibe el Premio Donostia a toda una carrera marcada a partes iguales por 'El señor de los anillos' y su fervor por el cine independiente, se estrena como director incatalogable.

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Lance Henriksen y Viggo Mortensen en un momento de 'Falling'.

No es lo mismo la esperanza que lo esperable. Obvio. Que Viggo Mortensen, el último Premio Donostia, decida ser director de cine es, hasta cierto punto, esperable. Al fin y al cabo, estamos delante de la estrella (eso es, lo quiera él o no) más atípica que pisa Madrid, Hollywood y el ancho mundo, incluida la Tierra Media. Que a un poeta de verso libre, pintor abstracto, músico experimental, fotógrafo analógico, viajero políglota, hincha del San Lorenzo de Almagro, editor de rarezas, activista político desconsolado y hasta actor metódico; que a alguien que es todo eso, decíamos, le surgiera la vocación de dirigir una película tenía que pasar. Aunque fuera tarde (pronto cumplirá 62 años). Es más, dado cómo es él, tenía por fuerza que ser tarde. Y de todo lo anterior, por tanto, no queda otra que la esperanza de que 'Falling', así se llama su película, fuera cualquier cosa menos lo que comunmente se entiende por esperable.

'Falling' es, por definición, inclasificable. Caótica, anárquica, violenta y tan cerca por momentos del melodrama clásico como lejos de cualquier narración también clásica estructurada en tres actos. Es una película pensada para desconcertar desde un tiempo por fuerza desconcertante. Es Viggo Mortensen.

La película cuenta las industrias y andanzas de una familia estadounidense tipo Medio Oeste de 'Las correciones'. En el centro, la relación de un padre misógino, brutal, homófobo, machista y muy cerca de la demencia, y un hijo liberal, conciliador, gay y de una sensatez a un paso de la simple locura. El primero es un Lance Henriksen desproporcionadamente genial y el segundo, el propio Mortensen. El relato avanza y retrocede en una espiral de recuerdos y emociones que no atiende a más lógica que su propia y necesaria insensatez. Lejos de 'Falling' el cargante estándar de una línea temporal salpicada de 'flash-backs' explicativos.

Por momentos, la sensación es la un remolino que absorbe la narración como si se tratara del mimísimo Maelström. A ratos, todo obedece a un bastante más pedestre código melodramático de sobremesa dominical. Y es ahí, en la ausencia de normas, en su desprejuiciada y feliz renuncia a los códigos (desde lo pretendidamente refinado a lo más obviamente vulgar, todo cabe), donde la cinta acaba por encontrar un extraño acomodo tan peculiar como seductor. Sin renunciar, claro está, al sano ejercicio de incomodar. Que es de lo que se trata. Nada es ajeno a una película que por no evitar no deja pasar la ocasión para un chiste escatológico con el propio David Cronenberg en el papel de proctólogo.

Nada más nacer el hijo, no necesariamente deseado, el padre le pide disculpas por traerle al mundo. Y es esa bienvenida con aspecto de maldición la que da la pauta. Se trata de investigar el lazo que, a pesar de todo y contra todo, une a un padre y a un hijo. Henriksen encarna la figura patriarcal que hace del abuso su manera de estar en el mundo, de relacionarse, de, y esto es lo que cuenta, incluso de amar. De amar mal, pero amar al fin y al cabo. Su brutalidad es su defensa y su condena. Cuando le alcance la demencia senil, entonces todo juicio moral queda suspendido. La responsabilidad se diluye en la más evidente enfermedad.

'Falling' evita recetas. Su objetivo no es tanto el personaje particular del padre como la figura mucho más abstracta e inasible del patriarcado, del padre como institución y rémora. 'Falling' hace suyas cada una de las dudas de sus personajes y las convierte en materia misma narrativa y cinematográfica. 'Falling' esconde la posibilidad de una moraleja en cada uno de los recovecos de una historia que no se deja resumir ni, dado el caso, contar. 'Falling' es la película de un debutante que siempre se ha negado, independientemente de la ocupación u oficio, a dejar de ser debutante.

El resultado es una película perfectamente viva que se etiqueta mal. Es una película construida sobre la esperanza de vencer el miedo a equivocarse; levantada sobre el miedo a no cumplir con lo esperado. Y ahí, en el equilibrio imposible, una película anómala y feliz. Y profundamente turbadora.

Decía Spinoza que no hay esperanza sin miedo, ni miedo sin esperanza. Al fin y al cabo, estos dos sentimientos son el mecanismo más poderoso de la peor esclavitud, que es la esclavitud autoimpouesta. Para que el miedo surta efecto ha de ir acompañado de esperanza; y para que la esperanza tenga sentido debe llevar consigo el miedo a perderla. Mortensen lo sabe. Y lo sabe no tanto como político sino como artista, esperanzado y con miedo, empeñado en huir de todo lo esperable. Un merecido Premio Donostia, sin duda.

 
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'Beginning', la película que quedará del festival de San Sebastián 2020
LUIS MARTÍNEZ
San Sebastián
Miércoles, 23 septiembre 2020 - 14:47

La directora georgiana Dea Kulumbegashvili presenta su candidatura a la Concha de Oro a la vez que Colin Firth y Stanley Tucci protagonizan una rutinaria colección de gestos afectados en 'Supernova'

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La directora georgiana Dea Kulumbegashvili, en la presentación de 'Beginning'. AFP

La moda, en el análisis pionero de George Simmel, sirve tanto para diferenciar un grupo de sus rivales sociales, económicos o de clase, como para cohesionar a los iguales. Separa tanto como unifica. Pero quizá lo más interesante del análisis 'simmeliano' hace referencia a lo que las tendencias tienen de máscara. Acatar las normas dictadas por el común, nos dice el sentido de lo evidente, anula la individualidad y el ejercicio libre del pensamiento, pero también, y esto es lo relevante, ofrece la opción de ocultarse tras las reglas para no distraerse en estupideces y concentrarse de este modo "en lo que es íntimo y esencial". Y así.

'Beginning', de la directora georgiana Dea Kulumbegashvili, es esa película tan querida en los festivales que concentra por igual entusiasmos y recelos. Digamos que existe para estar de moda: une y separa a la vez. Desde una mirada distante, quizá exterior, todo en ella resulta demasiado impecable, excesivamente magnético, avasallador sin duda. Subyugante incluso con uno de los finales más enigmáticos y poderosos contemplado en mucho tiempo.

Su estudiada perfección formal invita sin embargo a la suspicacia. Un espectador conspicuo (no digamos crítico o cinéfilo triste) no se rinde tan fácilmente. Pero a poco que se acepten las reglas propuestas por la película sin necesariamente darse por ofendido; si se asume que todo director (en este caso directora) tiene derecho a una máscara (y aquí la reflexión de Simmel); entonces, no queda más que rendirse a lo obvio. 'Beginning' es la película más provocadoramente original y con vocación a una voz propia que ha pasado por este Festival de San Sebastián. Es más, será la película que quede. Tal cual.

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Una escena de 'Beginning', de Dea Kulumbegashvili.

La cinta cuenta la historia de Yana (la actriz Ia Sukhitashvili), una mujer acosada desde todos los frentes. Ella es la esposa del líder de la comunidad de Testigos de Jehová en un pueblo perdido entre montañas, ríos e infinitos prejuicios. En la primera escena cerca de la convulsión, la iglesia (o lo que sea) en la que se celebra una ceremonia es atacada con fuego por alguien que, a falta de mejor definición, se puede llamar extremista. Todo el relato gira alrededor de ella como mujer despreciada, utilizada, ignorada y finalmente tratada con esa condescendencia que tan mal se distingue del insulto. En realidad, todo discurre por dentro. La violencia es exhibida con una parsimonia, tranquilidad y elegancia que lejos de naturalizarla o convertirla en espectáculo, la desvela en todo lo que tiene de íntimo, esencial, común y compartido.

Es imposible no trazar líneas de contacto entre la propuesta de la directora georgiana debutante Dea Kulumbegashvili y el cine, por ejemplo, del mexicano Carlos Reygadas, que no en balde figura como productor. Se puede discutir el excesivo esmero (o incluso exhibicionismo virtuoso) en cuadrarlo todo. Abruma ligeramente el rigor algo ingenuo y terriblemente voraz de hacer coincidir en la misma línea de razonamiento el esquema opresivo y discriminatorio de instituciones sociales, llamémoslas así, como la maternidad, el matrimonio, el estado y la religión. Pero lo que queda a salvo, es la claridad de una película que se atreve a rastrear soluciones exclusivamente cinematográficas, no discursivas o literarias, a un argumento que es a la vez provocación y evidencia.

De la mano de una descomunal actriz protagonista, Dea (por lo visto en Georgia la forma educada de referirse a una persona es por el nombre no por el apellido) acierta a rastrear en lo más crudo de lo que nunca se cuenta: esa otra parte que no tiene que ver tanto con la humillación de la mujer como un accidente corregible de la historia, sino con la propia estructura de una sociedad que ha depositado en precisamente esa humillación su propia razón de ser. Y eso vale para todos sus niveles: desde la cotidianidad más banal a la propia raíz de la teología. Suena tremendo y, en efecto, lo es.

'Beginning' es cine que subyuga con la misma fuerza que pone alerta. Es cine para la interrogación, la investigación y hasta la duda. Es cine, que en su apariencia sonámbula y magnética, aspira a todo, empezando por la Concha de Oro. Sí, es la película de moda, pero, como ya aventuró Simmerl, la moda como máscara no es necesariamente sinónimo de futil o perecedero. Dea llega para quedarse.

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Stanley Tucci y Colin Firth en 'Supernova'.

En realidad, y mucho antes de que 'Beginning' tomara el protagonismo, la jornada estaba originalmente dedicada a 'Supernova', la segunda película del también actor Harry Macqueen. Con Colin Firth y Stanley Tucci en el reparto y con una historia alrededor de la muerte, el amor y el Alzheimer, el cine llamado de prestigio tiene aquí su particular Tourmalet. El resultado (no queda claro si en cambio o en consonancia) descorazona bastante.

Macqueen más que contar una historia deja que se la cuenten a él. Toda la cinta, desde la presentación de los personajes a la estructura en forma de viaje pasando por el desenlace tremendo, se limita a hilvanar lugares comunes, clichés y gestos de actor excelente. Ya desde el principio, el dibujo de la pareja protagonista como dos homosexuales (uno es escritor y el otro pianista) refinadísimos, cultísimos y muy cínicos más parece una parodia de lo que deben de ser las obras de fin de curso todos los años en Oxford. Hay un momento en el que, delante de un grupo de familiares y amigos, Firth lee la carta de despedida de Tucci que se diría una escena escrita por una aplicación.

Bien es cierto que la película ofrece exactamente lo que promete. Tiene claro lo que quiere contar y a ello se aferra con una fe entre ciega y sólo insensata. Firth y Tucci no hacen más que lo que saben hacer con la solvencia y brillantez de siempre. Y si no dan un sólo paso fuera del límite de exigencia no es culpa suya. Quizá de los representantes respectivos. Sea como sea, nadie está a salvo de un día tonto, blando o emotivo. ¡Pero si Firth toca el piano al final y todo!

Por último, la sección oficial programó 'Nosotros nunca moriremos', del argentino Eduardo Crespo, y volvimos a respirar. Se trata de contar el periodo de duelo al que se enfrentan una madre y su hijo menor ante la muerte del mayor, hijo y hermano respectivamente. El director se las arregla para que nada ocurra salvo un dolor tan delicadamente intenso (o intensamente delicado, como se quiera) cuyo único fin es suspender la mirada del espectador en un espacio y un tiempo sin espacio ni tiempo. Parece contradictorio y en realidad es sólo melancolía.

La película avanza únicamente pendiente de su claridad, de su empeño en recrear ese momento por fuerza extraño (la muerte de un ser querido) en el que todo pierde sentido para, acto seguido, recuperarlo, pero ya de otra manera. De repente, todo se antoja nuevo, visto por primera vez, pero para siempre. Es una historia de crecimiento, pero también lo es de extrañamiento. Flota.

Y ya mañana volvemos a hablar de 'Beginning'.

 
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El Festival de San Sebastián expulsa al cineasta Eugène Green por no usar la mascarilla
El director fue requerido hasta en cinco ocasiones por el personal del certamen para que se colocara la mascarilla y se la pusiera correctamente. Ante su falta de colaboración, la dirección le pidió que abandonara la sala

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La gente con mascarillas en el Festival de San Sebastián - EFE

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Actualizado:24/09/2020 13:09h