Famosos positivos al COVID-19 o Coronavirus (1 Viewer)

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En primera persona: "Ni imaginas la furia que te cabe dentro cuando mejoras"
El periodista David Tejera cuenta su experiencia como enfermo de coronavirus. Estuvo ingresado en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid
D. O.13/04/2020 00:53 - Actualizado: 13/04/2020 09:58
Foto: El periodista David Tejera, cuando presentaba el informativo de Cuatro.
El periodista David Tejera, cuando presentaba el informativo de Cuatro.
El periodista David Tejera, expresentador de los informativos de Cuatro y CNN+, relata su estancia en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid como enfermo del Covid-19. Su lucha para superar la enfermedad y no entrar en la UCI, la falta de medios del personal sanitario, la falta de camas...

"Al quinto día de enfermedad, ya es evidente. No respiras bien. En el ambulatorio lo confirman, los pulmones no están funcionando correctamente. Es urgente ir al hospital. Ya vives con mascarilla. El resto del mundo a tu alrededor también. Y los que no han conseguido una llevan pañuelos, bufandas, servilletas, trapos.

Eres capaz de llegar conduciendo y cuando te dicen que van a hacerte una placa, solo piensas que el daño sea menor, qué tratamiento te pondrán y, desde luego, volver a casa. Pero una doctora joven y con gafas te anuncia: "Tienes una mancha en los pulmones, te quedas ingresado". Hay que avisar. Caes en la cuenta de que no tienes cargador y tu móvil está al 70%. Así que llamas y avisas de todo. "Al menos estaré vigilado. Mejor así". Es martes.

Entras en una gran sala de urgencias. Abarrotada. Es como las escenas de guerra. Cuerpos derrumbados en camas, sillones. Sufrimiento por metro cuadrado. Muchos tosen, otros tiritando, otros piden ayuda porque se ahogan, y otros se dejan caer, vencidos por la fiebre y el miedo. Vuelan las enfermeras, los médicos. Tienen más de cien personas a las que atender.

Cuando te dan un pijama ya sabes que no volverás a casa tan pronto. Te han abierto una vía en el brazo izquierdo. Estás con 39 grados y hay que empezar a medicarte. En esas primeras horas ves gente mayor llorar, convencida de que no saldrá de esta porque tiene el corazón tocado o sufre de algo crónico. Lloran, hablan por teléfono, se desahogan. Todos están enfermos de lo mismo. Todos contagiados. Casi todos ardiendo. Todos asustados. Alguien te pide que aguantes, van a meter un bastoncillo larguísimo en tu nariz. Es un test de Covid-19. Minutos después de hacértelo escuchas que no sigan. Se han acabado los reactivos, no hay test. No quedan. No hay. Se acabaron los test y esto acaba de empezar.

Coronavirus: Sanidad prohíbe a las UCI privar de respiradores por motivos de edad
A. Pérez Giménez
El ministerio ha elaborado un documento para zanjar definitivamente el debate del acceso a los recursos sanitarios de cuidados intensivos a los mayores de 80 años


Pasan horas así. Horas y horas. Como mínimo seis o siete o más. Ni lo sabes. Hasta que, a medianoche, un celador pregunta tu nombre y te dice: "Nos vamos". La cama rueda por pasillos, gira, rueda, gira, subes en ascensor. Planta 3, habitación 303. Ese será tu sitio. Al otro lado de la cortina naranja hay alguien. Le escuchas toser. Respirar. Él está junto a la ventana. Tú pegado al baño.

Estás agotado y ardiendo. La noche es un trasiego de enfermeras tomando tu temperatura, midiendo tu oxígeno en el dedo, tu ritmo cardíaco, tu presión arterial y sacándote sangre. Te arden las manos, la cabeza. Descubres que la pared de tu derecha está más fría que tú. Pegas la frente, el brazo. Algo alivia. Casi la abrazas. Jamás habías abrazado una pared.

Por la mañana te tranquiliza la doctora, joven. A ti y a tu compañero. "Lo normal es que en tres o cuatro días reaccionéis y podáis volver a casa a recuperar". Sigue la fiebre alta. Muy alta. Siguen los pinchazos y un cóctel de cinco pastillas enormes. Pones cara a tu compañero de habitación. Amable, tranquilo y adicto a los programas de restauración de coches americanos que tú no logras ni mirar. Demasiado revuelto.

No pasan las horas. Te miden cada rato. Aún tienes fuerzas para ir al baño por tu propio pie. Has perdido prácticamente la voz. Los pulmones no acompañan. Pero mandas un mensaje tranquilizador con el recorrido habitual de los enfermos. Te han puesto suero. No comes. La luz de la habitación va cambiando despacio, pero ahí siguen tus 39 grados y el cuerpo molido. La habitación 303 está junto al control y escuchas cada conversación de los sanitarios, a las enfermeras, a los médicos. Durante ese día empiezas a comprender qué registro de oxígeno es normal y qué registro es bajo. Si estás en 98 sin apoyo, estás bien; si rondas 92-91, estás muy justo; y si bajas de 90 deben llevarte a la UCI. Cuando miden a tu compañero siempre pasa de 95 y sin apoyo extra. De hecho le avisan: "Dentro de poco te vas a casa". Tú rondas los 92. Al final, deciden ponerte una goma en la nariz y algo de apoyo para respirar mejor. "Tranquilo, es normal". La goma desanima. Te ves más enfermo. La fiebre no se va.

Entre el hospital y los días previos llevas ya una semana a 39. Siguen los coches americanos en la tele. Motores, carrocerías. Tú ni miras. Viene otra noche. Más pastillas, más pinchazos. No lo sabes, pero estás a 24 horas de caer al vacío. Vuelves a abrazar la pared. Escuchas el control. Se han llevado un paciente a la UCI. No aguantaba. Hay que cambiar el pañal a una señora. Falta material. No quedan batas aislantes. Han llegado órdenes de usar bolsas de basura para que los sanitarios se protejan. Reciclar lo que se pueda. No dan crédito. Bolsas de basura y esparadrapo. El mismo trasiego nocturno.

Es jueves. Algo va mal. Los pulmones. Te cuesta respirar. La doctora pide que te pongan antibióticos y el cóctel de pastillas. Ya casi no puedes pronunciar palabra. Un termómetro-pistola repite que tienes fiebre y que solo baja con antitérmicos. También te suben el oxígeno. Tu vecino, 98 sin ayuda, tú apenas 93. Te hacen la cama. Te cuesta aguantar de pie junto al suero. Te vuelven a sacar sangre. Notas que están preocupados. No reaccionas como esperaban. Quieren informar a tu familia. Empiezas a ser un caso delicado.

Ya te cuesta moverte en la cama. Cada gesto. Pesas como plomo. Hasta tus manos. No ves luz por ningún lado. Deben subirte el oxígeno. Tu compañero de habitación te anima: "Tranquilo". Casi ni quieres informar a los tuyos. Vas cayendo hora a hora. Has ido al baño y has vuelto ahogándote a por oxígeno. A la desesperada. Miedo, mucho. Los controles lo confirman. Y viene otra noche. Te ahogas. Te suben el oxígeno a tope. Al menos la fiebre ha cedido. En control oyes tu nombre varias veces. No duermes casi ni una hora.

El periodista David Tejera en una imagen de archivo de CNN+.
El periodista David Tejera en una imagen de archivo de CNN+.
Amanece y necesitas hablar con un médico. Que te explique lo que está pasando. Es viernes. A tu vecino le dan el alta y llega tu turno. "Estás en el límite. Vamos a ponerte máscara de oxígeno, más potencia, no reaccionas como esperamos. Si no mejoras, te llevamos a la UCI". Ya no puedes ir al baño. Ni siquiera te levantas. Más pastillas. Más antibiótico. Cortisona en vena. Empiezas a estar literalmente acojonado. Y aún más cuando compruebas que, efectivamente, algunas enfermeras van con bolsas de basura y esparadrapos. Que están desbordadas, agotadas. Que te vigilan todo lo que pueden. Durante el día no paran de subirte el oxígeno. A mediodía ya está ocupada la cama de al lado. Otro paciente con principio de neumonía y fiebre. No está grave. Empiezas a pensar de todo. De todo. Si volverás a ver a los tuyos, cuándo viste a tus hijos por última vez, cuándo a tu mujer. Si esto acaba así o no. Si habrá más paseos, más mar, más bosques, más música, más amigos, más risas para ti o no. Así de crudo. Tú no puedes, pero han ido informando a casa de tu estado. Y no lo ves, pero tu casa es un mar de lágrimas y estrés. Tu mujer saca fuerzas de donde puede. Tu entorno está temblando de miedo. Ya no funciona la tele, se ha roto el mando.

Cuando cae la noche eres como polvo de yeso. Ni gota de agua en tu cuerpo. Bebes cada 20 segundos. Te estorba la máscara. Necesitas más beber. Pides hablar con un médico de urgencia para decirle que puedes desmayarte en cualquier momento. Te explica que están pendientes. Mucho. Que si bajas de 90, a la UCI. Es hora de dormir y no paras de beber. Tres veces o cuatro por minuto. Te ahoga la máscara. Cuando entran dos enfermeros te ven sin ella. Estas por debajo de 90. "No respiro, necesito beber". "Ni se te ocurra quitártela. ¿Cómo te ves? Si no puedes vamos a la UVI. ¿Aguantas, aguantas? Si no puedes, aviso y nos vamos ya". "No sé. Lo intento. Necesito agua". Me traen una pastilla. La meten debajo de la lengua. Pasan un par de minutos y el cuerpo se relaja un poco. Por algún misterio ya no bebes tanto. Aguantas la máscara. Sube el oxígeno: 91-92. Te duermes, rendido. Entran mil veces a medirte.

Otra mañana. Sábado. La doctora cuenta que están pensando en llevarte a la UCI. Depende de esas horas. Que hay un momento crítico en pacientes como tú y que hay que saber si vas hacia arriba o hacia abajo. Todo está preparado y tienes plaza si hay que intubar. Eso significa que otros no van a tenerla. ¡Qué está pasando! ¿Dónde estamos? ¿En qué país?

Avanza el sábado. Tu nuevo compañero de habitación habla por primera vez. "Creo que hiciste bien aguantando. Me asustaste. Ánimo, chaval". Él va bien. Ya remonta.

Sube tu oxígeno en sangre: 93. No hay fiebre, pero no puedes levantarte. Imposible. La máscara a tope aún: 16 litros de oxígeno. Te animan todos: las enfermeras, las auxiliares, los de limpieza, las doctoras. Todos. Encuentras fuerzas para encender el móvil. Cientos de mensajes. Imposible leerlos. Solo contestas a tu mujer. "Noche horrible. Pero ahora mejor. Con máscara, pero respiro. Sin fiebre. Tranquila. Te quiero. Voy a dormir. Estoy roto". Cuando vuelven los médicos, ves alivio en su cara. Piensan que puedes estar remontando, te han metido algo para ayudar a los pulmones. Quizá antiinflamatorio. No sabes. Más pastillas, más pinchazos, más ánimo desde la otra cama. Sigues sin hablar. Desde control escuchas que hay 150 personas en urgencias, que apenas quedan camas. También oyes algo sobre certificados de defunción. Que todos deben usar a partir de ahora bolsas de basura bien selladas. Hasta que llegue material. Que hay turnos incompletos, que hay bajas entre los sanitarios. Que ellos también están cayendo. Que hay bajas.

En primera persona: "Los artistas humildes seremos los últimos del confinamiento"
V. R. Valencia
Dioni Ortiz lleva 29 años pateando plazas de pueblo, clubs nocturnos y escenarios de barrio. Su voz es la de miles de artistas sin grandes luces de neón a los que el virus ha dejado en la cuneta


Logras descansar el sábado, aunque el pijama está empapado. En tu cuerpo hay una guerra que te come los músculos y te hunde las uñas de las manos. Tienes la piel cuarteada. Siguen los rituales, pero el oxígeno llega a tu sangre: 93. Ritmo cardíaco siempre bajo. Muy bajo. Y venga pastillas.

El domingo eres capaz de devolver los buenos días. Van a quitarte el suero y debes intentar desayunar. Te incorporas. Inestable como una barca. Logras beber y masticar algo, alternando con la máscara. Vuelta a la cama. La doctora dice algo que ni soñaste escuchar: "Creo que lo peor ha pasado. Al fin reaccionas. Empezamos a probar a bajarte oxígeno. Estás en 95". Lloras por dentro y luego por fuera. Ves luz. Y escribes un par de mensajes para ahorrar sufrimiento. El wasap revienta.

Pesan los días enfermo. Cada minuto a solas. Piensas en todo y ahorras cada átomo de energía porque sigues siendo plomo. El control no para. No para. De una habitación a otra, de un paciente a otro. Necesitan camas. Te puede la tentación y miras noticias en el móvil. Desolador. Fuera hay una guerra. Incluso ves algún nombre que ha caído. Te hunde y tienes que apagar.

Cada noche sudas el pijama y el lunes te atreves a ir al baño por tu pie. Eres un muñeco de trapo que se tambalea. Ir y volver, seis metros en total, es un maratón. Necesitas oxígeno. Te desanima. Pero lo has hecho. Al otro lado de la cortina naranja tu segundo compañero recibe buenas noticias. Se va a casa después de comer. Lo cuenta a los suyos, feliz. Tú te quedas. Al menos te confirman que vas mejorando. Van a bajar el oxígeno a 10. Tus registros no son tan malos. "Sigue así". No contestas. Sigues sin voz. Solo un hilo. Te cambias el pijama. El virus te ha comido las piernas, los brazos, el pecho. ¡Qué gusto ir a mear tú solo!

Recuperas el lunes. Comes y cenas cuatro pinchadas. Confirman que no hay fiebre, que aguantas la bajada de oxígeno de la máscara. Cuando cae la noche llega el tercer compañero de habitación. Tampoco parece muy grave, pero está asustado. Le oyes toser y hablar con los suyos. Tiene fiebre.

Una noche más. Llega el martes. Desayunas un poco. Los médicos van a probar a quitarte la máscara, ponerte una goma y bajar más. Siguen confiados y tu tomando pastillas. Te sientas en la cama y aguantas, vas al baño y vuelves. Los niveles ya están lejos del 90. A veces pasas de 95. Hay órdenes en el control. Una señora camino de la UCI. Llamada informando a sus familiares. Oyes a dos enfermeras llorar. Consolarse en voz baja. "Tía, es que ella no va a salir. Ya lo verás". Horas después hay un aplauso en el pasillo. Por lo que creo entender un hombre muy mayor tiene el alta. Se va.

El tratamiento experimental de plasma para pacientes de Covid que puede salvar vidas
José Pichel
El plasma sanguíneo de los pacientes que han superado la enfermedad es una prometedora terapia que comienza a ensayarse con 300 pacientes de 20 hospitales españoles


Te han dicho que cambies de postura. Que te pongas boca abajo todo lo que puedas, o de costado, para liberar tus pulmones. Sigues débil. Muchísimo. También es verdad que te están quitando apoyos y que te sientas y vas al baño sin caerte. Debe estar nublado fuera. Entra poca luz. La doctora escucha los pulmones, mide oxígeno, da orden de bajarlo al mínimo y pide que te muevas algo por la habitación. Estás en 96. "Mañana jueves o el viernes, si sigues evolucionando, quizá puedas ir a casa". Obedeces. Te mueves. Quieres irte y estar más fuerte de lo que estás en realidad. Empujas lo que puedes porque tienes la cabeza destrozada, a pesar de las buenas noticias. Necesitas verte fuera. La caída al vacío te ha agujereado. Lo que has visto y escuchado, también.

Haces más de lo que debes. La última noche, hay una abuela que pide algo cada cuarto de hora. No oye bien y grita. Las enfermeras también. Tu habitación está al lado. Nadie pega ojo. Te da lástima, pero quieres salir de allí. "Vamos a hacer una cosa. Camina y si lo aguantas bien, te damos el alta después de comer. Estás en 96 de oxígeno sin apoyo". Esa es la propuesta de la doctora al día siguiente. Te pruebas. Te haces el fuerte. Te engañas un poco. Es jueves. Ya te asusta pasar un día más allí. Te vuelves a probar. No necesitas oxígeno. Aguantas respirando profundo y moviéndote lento. El corazón se acelera cuando, después de comer, entra la misma doctora, Raquel. Te toma registros, 96 de oxígeno, ni rastro de fiebre desde hace días, buena presión, mejorando ritmo cardíaco. "¿Has caminado?". "Mucho”. "¿Cómo te ves?”. "Muy bien". "Vale, te vas a casa".

Imposible explicar cómo se puede llorar por dentro mientras te cuentan medidas de aislamiento y medicación. Te entregan mascarilla, guantes y una bata verde que va a romperse según te la pongas. Tu doctora se despide. "Estuvimos muy preocupados. Espero que vaya todo bien. Suerte". No encuentras las palabras para agradecer lo que han hecho por ti, por ti, por todos. De hecho no hay palabras para hacerlo. Te tiende la mano con guante. Antes de darte cuenta te han quitado la vía y has mandado un mensaje. "Salgo ya. Me han dado el alta". Te vistes, con titubeos, te despides de tu tercer compañero. Le deseas suerte. Ves al salir el famoso control que solo escuchabas. Cada batalla, las bolsas de basura como uniforme de trabajo, los traslados a la UCI, la fatiga y el miedo por cada rincón. Tapado, te despides. Les llamas héroes, les aplaudes tú. Apenas pueden hacerte caso. No paran de atender pacientes.

Ahí mismo está el ascensor. Bajas tres plantas. Estás en la calle. Desierta. Hace sol. Era cierto, había una guerra... y no ha terminado. Dudas que ese sea tu país. Dudas hasta que sigas ahí. Que sea real. Otros lo han pasado mucho peor que tú. Aún no sabes ni cuántos han caído. Aún no sabes el miedo de llegar a casa. De contagiar a los tuyos. El agotamiento que te espera días y días. Ni imaginas la furia que te cabe dentro cuando mejoras algo. Furia contra los de ahora y los de antes. Furia cuando logras verles en las noticias. Cómo escupen palabras, cómo vuelan las balas desde sus trincheras. La vergüenza ajena. Ni imaginas. Solo quieres llegar a casa y no retroceder ni un palmo. Dormir".

*David Tejera es periodista.
Madre mía, que mal cuerpo...
 

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En primera persona: "Ni imaginas la furia que te cabe dentro cuando mejoras"
El periodista David Tejera cuenta su experiencia como enfermo de coronavirus. Estuvo ingresado en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid
D. O.13/04/2020 00:53 - Actualizado: 13/04/2020 09:58
Foto: El periodista David Tejera, cuando presentaba el informativo de Cuatro.
El periodista David Tejera, cuando presentaba el informativo de Cuatro.
El periodista David Tejera, expresentador de los informativos de Cuatro y CNN+, relata su estancia en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid como enfermo del Covid-19. Su lucha para superar la enfermedad y no entrar en la UCI, la falta de medios del personal sanitario, la falta de camas...

"Al quinto día de enfermedad, ya es evidente. No respiras bien. En el ambulatorio lo confirman, los pulmones no están funcionando correctamente. Es urgente ir al hospital. Ya vives con mascarilla. El resto del mundo a tu alrededor también. Y los que no han conseguido una llevan pañuelos, bufandas, servilletas, trapos.

Eres capaz de llegar conduciendo y cuando te dicen que van a hacerte una placa, solo piensas que el daño sea menor, qué tratamiento te pondrán y, desde luego, volver a casa. Pero una doctora joven y con gafas te anuncia: "Tienes una mancha en los pulmones, te quedas ingresado". Hay que avisar. Caes en la cuenta de que no tienes cargador y tu móvil está al 70%. Así que llamas y avisas de todo. "Al menos estaré vigilado. Mejor así". Es martes.

Entras en una gran sala de urgencias. Abarrotada. Es como las escenas de guerra. Cuerpos derrumbados en camas, sillones. Sufrimiento por metro cuadrado. Muchos tosen, otros tiritando, otros piden ayuda porque se ahogan, y otros se dejan caer, vencidos por la fiebre y el miedo. Vuelan las enfermeras, los médicos. Tienen más de cien personas a las que atender.

Cuando te dan un pijama ya sabes que no volverás a casa tan pronto. Te han abierto una vía en el brazo izquierdo. Estás con 39 grados y hay que empezar a medicarte. En esas primeras horas ves gente mayor llorar, convencida de que no saldrá de esta porque tiene el corazón tocado o sufre de algo crónico. Lloran, hablan por teléfono, se desahogan. Todos están enfermos de lo mismo. Todos contagiados. Casi todos ardiendo. Todos asustados. Alguien te pide que aguantes, van a meter un bastoncillo larguísimo en tu nariz. Es un test de Covid-19. Minutos después de hacértelo escuchas que no sigan. Se han acabado los reactivos, no hay test. No quedan. No hay. Se acabaron los test y esto acaba de empezar.

Coronavirus: Sanidad prohíbe a las UCI privar de respiradores por motivos de edad
A. Pérez Giménez
El ministerio ha elaborado un documento para zanjar definitivamente el debate del acceso a los recursos sanitarios de cuidados intensivos a los mayores de 80 años


Pasan horas así. Horas y horas. Como mínimo seis o siete o más. Ni lo sabes. Hasta que, a medianoche, un celador pregunta tu nombre y te dice: "Nos vamos". La cama rueda por pasillos, gira, rueda, gira, subes en ascensor. Planta 3, habitación 303. Ese será tu sitio. Al otro lado de la cortina naranja hay alguien. Le escuchas toser. Respirar. Él está junto a la ventana. Tú pegado al baño.

Estás agotado y ardiendo. La noche es un trasiego de enfermeras tomando tu temperatura, midiendo tu oxígeno en el dedo, tu ritmo cardíaco, tu presión arterial y sacándote sangre. Te arden las manos, la cabeza. Descubres que la pared de tu derecha está más fría que tú. Pegas la frente, el brazo. Algo alivia. Casi la abrazas. Jamás habías abrazado una pared.

Por la mañana te tranquiliza la doctora, joven. A ti y a tu compañero. "Lo normal es que en tres o cuatro días reaccionéis y podáis volver a casa a recuperar". Sigue la fiebre alta. Muy alta. Siguen los pinchazos y un cóctel de cinco pastillas enormes. Pones cara a tu compañero de habitación. Amable, tranquilo y adicto a los programas de restauración de coches americanos que tú no logras ni mirar. Demasiado revuelto.

No pasan las horas. Te miden cada rato. Aún tienes fuerzas para ir al baño por tu propio pie. Has perdido prácticamente la voz. Los pulmones no acompañan. Pero mandas un mensaje tranquilizador con el recorrido habitual de los enfermos. Te han puesto suero. No comes. La luz de la habitación va cambiando despacio, pero ahí siguen tus 39 grados y el cuerpo molido. La habitación 303 está junto al control y escuchas cada conversación de los sanitarios, a las enfermeras, a los médicos. Durante ese día empiezas a comprender qué registro de oxígeno es normal y qué registro es bajo. Si estás en 98 sin apoyo, estás bien; si rondas 92-91, estás muy justo; y si bajas de 90 deben llevarte a la UCI. Cuando miden a tu compañero siempre pasa de 95 y sin apoyo extra. De hecho le avisan: "Dentro de poco te vas a casa". Tú rondas los 92. Al final, deciden ponerte una goma en la nariz y algo de apoyo para respirar mejor. "Tranquilo, es normal". La goma desanima. Te ves más enfermo. La fiebre no se va.

Entre el hospital y los días previos llevas ya una semana a 39. Siguen los coches americanos en la tele. Motores, carrocerías. Tú ni miras. Viene otra noche. Más pastillas, más pinchazos. No lo sabes, pero estás a 24 horas de caer al vacío. Vuelves a abrazar la pared. Escuchas el control. Se han llevado un paciente a la UCI. No aguantaba. Hay que cambiar el pañal a una señora. Falta material. No quedan batas aislantes. Han llegado órdenes de usar bolsas de basura para que los sanitarios se protejan. Reciclar lo que se pueda. No dan crédito. Bolsas de basura y esparadrapo. El mismo trasiego nocturno.

Es jueves. Algo va mal. Los pulmones. Te cuesta respirar. La doctora pide que te pongan antibióticos y el cóctel de pastillas. Ya casi no puedes pronunciar palabra. Un termómetro-pistola repite que tienes fiebre y que solo baja con antitérmicos. También te suben el oxígeno. Tu vecino, 98 sin ayuda, tú apenas 93. Te hacen la cama. Te cuesta aguantar de pie junto al suero. Te vuelven a sacar sangre. Notas que están preocupados. No reaccionas como esperaban. Quieren informar a tu familia. Empiezas a ser un caso delicado.

Ya te cuesta moverte en la cama. Cada gesto. Pesas como plomo. Hasta tus manos. No ves luz por ningún lado. Deben subirte el oxígeno. Tu compañero de habitación te anima: "Tranquilo". Casi ni quieres informar a los tuyos. Vas cayendo hora a hora. Has ido al baño y has vuelto ahogándote a por oxígeno. A la desesperada. Miedo, mucho. Los controles lo confirman. Y viene otra noche. Te ahogas. Te suben el oxígeno a tope. Al menos la fiebre ha cedido. En control oyes tu nombre varias veces. No duermes casi ni una hora.

El periodista David Tejera en una imagen de archivo de CNN+.
El periodista David Tejera en una imagen de archivo de CNN+.
Amanece y necesitas hablar con un médico. Que te explique lo que está pasando. Es viernes. A tu vecino le dan el alta y llega tu turno. "Estás en el límite. Vamos a ponerte máscara de oxígeno, más potencia, no reaccionas como esperamos. Si no mejoras, te llevamos a la UCI". Ya no puedes ir al baño. Ni siquiera te levantas. Más pastillas. Más antibiótico. Cortisona en vena. Empiezas a estar literalmente acojonado. Y aún más cuando compruebas que, efectivamente, algunas enfermeras van con bolsas de basura y esparadrapos. Que están desbordadas, agotadas. Que te vigilan todo lo que pueden. Durante el día no paran de subirte el oxígeno. A mediodía ya está ocupada la cama de al lado. Otro paciente con principio de neumonía y fiebre. No está grave. Empiezas a pensar de todo. De todo. Si volverás a ver a los tuyos, cuándo viste a tus hijos por última vez, cuándo a tu mujer. Si esto acaba así o no. Si habrá más paseos, más mar, más bosques, más música, más amigos, más risas para ti o no. Así de crudo. Tú no puedes, pero han ido informando a casa de tu estado. Y no lo ves, pero tu casa es un mar de lágrimas y estrés. Tu mujer saca fuerzas de donde puede. Tu entorno está temblando de miedo. Ya no funciona la tele, se ha roto el mando.

Cuando cae la noche eres como polvo de yeso. Ni gota de agua en tu cuerpo. Bebes cada 20 segundos. Te estorba la máscara. Necesitas más beber. Pides hablar con un médico de urgencia para decirle que puedes desmayarte en cualquier momento. Te explica que están pendientes. Mucho. Que si bajas de 90, a la UCI. Es hora de dormir y no paras de beber. Tres veces o cuatro por minuto. Te ahoga la máscara. Cuando entran dos enfermeros te ven sin ella. Estas por debajo de 90. "No respiro, necesito beber". "Ni se te ocurra quitártela. ¿Cómo te ves? Si no puedes vamos a la UVI. ¿Aguantas, aguantas? Si no puedes, aviso y nos vamos ya". "No sé. Lo intento. Necesito agua". Me traen una pastilla. La meten debajo de la lengua. Pasan un par de minutos y el cuerpo se relaja un poco. Por algún misterio ya no bebes tanto. Aguantas la máscara. Sube el oxígeno: 91-92. Te duermes, rendido. Entran mil veces a medirte.

Otra mañana. Sábado. La doctora cuenta que están pensando en llevarte a la UCI. Depende de esas horas. Que hay un momento crítico en pacientes como tú y que hay que saber si vas hacia arriba o hacia abajo. Todo está preparado y tienes plaza si hay que intubar. Eso significa que otros no van a tenerla. ¡Qué está pasando! ¿Dónde estamos? ¿En qué país?

Avanza el sábado. Tu nuevo compañero de habitación habla por primera vez. "Creo que hiciste bien aguantando. Me asustaste. Ánimo, chaval". Él va bien. Ya remonta.

Sube tu oxígeno en sangre: 93. No hay fiebre, pero no puedes levantarte. Imposible. La máscara a tope aún: 16 litros de oxígeno. Te animan todos: las enfermeras, las auxiliares, los de limpieza, las doctoras. Todos. Encuentras fuerzas para encender el móvil. Cientos de mensajes. Imposible leerlos. Solo contestas a tu mujer. "Noche horrible. Pero ahora mejor. Con máscara, pero respiro. Sin fiebre. Tranquila. Te quiero. Voy a dormir. Estoy roto". Cuando vuelven los médicos, ves alivio en su cara. Piensan que puedes estar remontando, te han metido algo para ayudar a los pulmones. Quizá antiinflamatorio. No sabes. Más pastillas, más pinchazos, más ánimo desde la otra cama. Sigues sin hablar. Desde control escuchas que hay 150 personas en urgencias, que apenas quedan camas. También oyes algo sobre certificados de defunción. Que todos deben usar a partir de ahora bolsas de basura bien selladas. Hasta que llegue material. Que hay turnos incompletos, que hay bajas entre los sanitarios. Que ellos también están cayendo. Que hay bajas.

En primera persona: "Los artistas humildes seremos los últimos del confinamiento"
V. R. Valencia
Dioni Ortiz lleva 29 años pateando plazas de pueblo, clubs nocturnos y escenarios de barrio. Su voz es la de miles de artistas sin grandes luces de neón a los que el virus ha dejado en la cuneta


Logras descansar el sábado, aunque el pijama está empapado. En tu cuerpo hay una guerra que te come los músculos y te hunde las uñas de las manos. Tienes la piel cuarteada. Siguen los rituales, pero el oxígeno llega a tu sangre: 93. Ritmo cardíaco siempre bajo. Muy bajo. Y venga pastillas.

El domingo eres capaz de devolver los buenos días. Van a quitarte el suero y debes intentar desayunar. Te incorporas. Inestable como una barca. Logras beber y masticar algo, alternando con la máscara. Vuelta a la cama. La doctora dice algo que ni soñaste escuchar: "Creo que lo peor ha pasado. Al fin reaccionas. Empezamos a probar a bajarte oxígeno. Estás en 95". Lloras por dentro y luego por fuera. Ves luz. Y escribes un par de mensajes para ahorrar sufrimiento. El wasap revienta.

Pesan los días enfermo. Cada minuto a solas. Piensas en todo y ahorras cada átomo de energía porque sigues siendo plomo. El control no para. No para. De una habitación a otra, de un paciente a otro. Necesitan camas. Te puede la tentación y miras noticias en el móvil. Desolador. Fuera hay una guerra. Incluso ves algún nombre que ha caído. Te hunde y tienes que apagar.

Cada noche sudas el pijama y el lunes te atreves a ir al baño por tu pie. Eres un muñeco de trapo que se tambalea. Ir y volver, seis metros en total, es un maratón. Necesitas oxígeno. Te desanima. Pero lo has hecho. Al otro lado de la cortina naranja tu segundo compañero recibe buenas noticias. Se va a casa después de comer. Lo cuenta a los suyos, feliz. Tú te quedas. Al menos te confirman que vas mejorando. Van a bajar el oxígeno a 10. Tus registros no son tan malos. "Sigue así". No contestas. Sigues sin voz. Solo un hilo. Te cambias el pijama. El virus te ha comido las piernas, los brazos, el pecho. ¡Qué gusto ir a mear tú solo!

Recuperas el lunes. Comes y cenas cuatro pinchadas. Confirman que no hay fiebre, que aguantas la bajada de oxígeno de la máscara. Cuando cae la noche llega el tercer compañero de habitación. Tampoco parece muy grave, pero está asustado. Le oyes toser y hablar con los suyos. Tiene fiebre.

Una noche más. Llega el martes. Desayunas un poco. Los médicos van a probar a quitarte la máscara, ponerte una goma y bajar más. Siguen confiados y tu tomando pastillas. Te sientas en la cama y aguantas, vas al baño y vuelves. Los niveles ya están lejos del 90. A veces pasas de 95. Hay órdenes en el control. Una señora camino de la UCI. Llamada informando a sus familiares. Oyes a dos enfermeras llorar. Consolarse en voz baja. "Tía, es que ella no va a salir. Ya lo verás". Horas después hay un aplauso en el pasillo. Por lo que creo entender un hombre muy mayor tiene el alta. Se va.

El tratamiento experimental de plasma para pacientes de Covid que puede salvar vidas
José Pichel
El plasma sanguíneo de los pacientes que han superado la enfermedad es una prometedora terapia que comienza a ensayarse con 300 pacientes de 20 hospitales españoles


Te han dicho que cambies de postura. Que te pongas boca abajo todo lo que puedas, o de costado, para liberar tus pulmones. Sigues débil. Muchísimo. También es verdad que te están quitando apoyos y que te sientas y vas al baño sin caerte. Debe estar nublado fuera. Entra poca luz. La doctora escucha los pulmones, mide oxígeno, da orden de bajarlo al mínimo y pide que te muevas algo por la habitación. Estás en 96. "Mañana jueves o el viernes, si sigues evolucionando, quizá puedas ir a casa". Obedeces. Te mueves. Quieres irte y estar más fuerte de lo que estás en realidad. Empujas lo que puedes porque tienes la cabeza destrozada, a pesar de las buenas noticias. Necesitas verte fuera. La caída al vacío te ha agujereado. Lo que has visto y escuchado, también.

Haces más de lo que debes. La última noche, hay una abuela que pide algo cada cuarto de hora. No oye bien y grita. Las enfermeras también. Tu habitación está al lado. Nadie pega ojo. Te da lástima, pero quieres salir de allí. "Vamos a hacer una cosa. Camina y si lo aguantas bien, te damos el alta después de comer. Estás en 96 de oxígeno sin apoyo". Esa es la propuesta de la doctora al día siguiente. Te pruebas. Te haces el fuerte. Te engañas un poco. Es jueves. Ya te asusta pasar un día más allí. Te vuelves a probar. No necesitas oxígeno. Aguantas respirando profundo y moviéndote lento. El corazón se acelera cuando, después de comer, entra la misma doctora, Raquel. Te toma registros, 96 de oxígeno, ni rastro de fiebre desde hace días, buena presión, mejorando ritmo cardíaco. "¿Has caminado?". "Mucho”. "¿Cómo te ves?”. "Muy bien". "Vale, te vas a casa".

Imposible explicar cómo se puede llorar por dentro mientras te cuentan medidas de aislamiento y medicación. Te entregan mascarilla, guantes y una bata verde que va a romperse según te la pongas. Tu doctora se despide. "Estuvimos muy preocupados. Espero que vaya todo bien. Suerte". No encuentras las palabras para agradecer lo que han hecho por ti, por ti, por todos. De hecho no hay palabras para hacerlo. Te tiende la mano con guante. Antes de darte cuenta te han quitado la vía y has mandado un mensaje. "Salgo ya. Me han dado el alta". Te vistes, con titubeos, te despides de tu tercer compañero. Le deseas suerte. Ves al salir el famoso control que solo escuchabas. Cada batalla, las bolsas de basura como uniforme de trabajo, los traslados a la UCI, la fatiga y el miedo por cada rincón. Tapado, te despides. Les llamas héroes, les aplaudes tú. Apenas pueden hacerte caso. No paran de atender pacientes.

Ahí mismo está el ascensor. Bajas tres plantas. Estás en la calle. Desierta. Hace sol. Era cierto, había una guerra... y no ha terminado. Dudas que ese sea tu país. Dudas hasta que sigas ahí. Que sea real. Otros lo han pasado mucho peor que tú. Aún no sabes ni cuántos han caído. Aún no sabes el miedo de llegar a casa. De contagiar a los tuyos. El agotamiento que te espera días y días. Ni imaginas la furia que te cabe dentro cuando mejoras algo. Furia contra los de ahora y los de antes. Furia cuando logras verles en las noticias. Cómo escupen palabras, cómo vuelan las balas desde sus trincheras. La vergüenza ajena. Ni imaginas. Solo quieres llegar a casa y no retroceder ni un palmo. Dormir".

*David Tejera es periodista.
Se me han saltado las lágrimas
 
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Ánimo a todos lo que lo han padecido,lo padecen y a aquellos que han perdido a un ser querido y no han tenido la posibilidad de abrazos
Esto es tremendo h esperemos que se acabe pronto
Deja una estela de dolor y sufrimiento
Por todos
 
D

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Empiezan a salir famosos que dicen haber tenido el virus. No dicen que hayan tenido síntomas y, por ello, dudas, no, afirman categóricamente que lo han tenido.

Esta, además, ha estado promoviendo el lamentable “apagón cultural”. Y hoy se permite esta otra mamarrachada. Era de mis actrices españolas preferidas. A partir de ahora, boicot absoluto a cualquier cosa en la que salga aunque sea de figurante. ¿Y lo de Tristán Ulloa? ¡El que a mí misma me hizo llorar con su vídeo al alta!

 

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Empiezan a salir famosos que dicen haber tenido el virus. No dicen que hayan tenido síntomas y, por ello, dudas, no, afirman categóricamente que lo han tenido.

Esta, además, ha estado promoviendo el lamentable “apagón cultural”. Y hoy se permite esta otra mamarrachada. Era de mis actrices españolas preferidas. A partir de ahora, boicot absoluto a cualquier cosa en la que salga aunque sea de figurante. ¿Y lo de Tristán Ulloa? ¡El que a mí misma me hizo llorar con su vídeo al alta!

Esto es lo que se ha publicado hoy, muchos laboratorios privados tenían acceso a las pruebas y las comercializaban hasta por 150 €. Se han visto las colas en estos centros de personas que querían asumir ese gasto de manera personal y cerciorarse de su situación.
El gobierno ha tomado medidas y los ha "reclutado" para el bien general, tanto sus recursos como su personal. Ahora, que durante mes y medio, aquellos que tenían mas posibilidades han tenido mas ventajas, pues si. Y como esta actriz muchas mas personas que se pueden permitir este gasto, ¿qué mas da que seas positiva si tú no debes moverte de casa y así no contagiar lo seas o no? esa prueba debe ser para los que somos esenciales pero no tenemos tantos posibles y corremos el riesgo de contagiar a los demás no hemos tenido esa posibilidad. Yo salgo todos los dias a trabajar si saber si lo soy, si lo he pasado, si soy asintomática o que.
 
D

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Esto es lo que se ha publicado hoy, muchos laboratorios privados tenían acceso a las pruebas y las comercializaban hasta por 150 €. Se han visto las colas en estos centros de personas que querían asumir ese gasto de manera personal y cerciorarse de su situación.
El gobierno ha tomado medidas y los ha "reclutado" para el bien general, tanto sus recursos como su personal. Ahora, que durante mes y medio, aquellos que tenían mas posibilidades han tenido mas ventajas, pues si. Y como esta actriz muchas mas personas que se pueden permitir este gasto, ¿qué mas da que seas positiva si tú no debes moverte de casa y así no contagiar lo seas o no? esa prueba debe ser para los que somos esenciales pero no tenemos tantos posibles y corremos el riesgo de contagiar a los demás no hemos tenido esa posibilidad. Yo salgo todos los dias a trabajar si saber si lo soy, si lo he pasado, si soy asintomática o que.
Bingo y te quiero mucho, prima.
 

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Hoy en el telediario portugues ha salido una noticia respecto a la pandemia del coronavirus en España que me ha enojado mucho:
Algunas comunidades de vecinos (que viven en bloques de pisos) insultan, ofenden, vandalizan los coches y piden que algunos vecinos se vayan del edificio por el sencillo echo de ser trabajadores de la sanidad o empleados del super y, al tener que acudir a diario a su trabajo para mantener el país en marcha, pueden estar infectados con covid-19. A una medica le han pinchado los neumáticos del cohe y escribieron "rata contagiosa" en letras gordas en el coche...
Si estos vecinos pudieran elegir, sin duda también preferirían permanecer en la seguridad de sus hogares, con su familia, en lugar de arriesgarse en su trabajo diario para que España no se detenga por completo.
Los ciudadanos deberían de agradecerles, en lugar de pedirles que se marchen, que se aparten.
Me quedé incrédula y muy, muy asqueada.
Pido disculpas por poner este mensaje aquí, pero sentí que tenía que desahogarme con vosotras, queridas cotillas.
 
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Hoy en el telediario portugues ha salido una noticia respecto a la pandemia del coronavirus en España que me ha enojado mucho:
Algunas comunidades de vecinos (que viven en bloques de pisos) insultan, ofenden, vandalizan los coches y piden que algunos vecinos se vayan del edificio por el sencillo echo de ser trabajadores de la sanidad o empleados del super y, al tener que acudir a diario a su trabajo para mantener el país en marcha, pueden estar infectados con covid-19. A una medica le han pinchado los neumáticos del cohe y escribieron "rata contagiosa" en letras gordas en el coche...
Si estos vecinos pudieran elegir, sin duda también preferirían permanecer en la seguridad de sus hogares, con su familia, en lugar de arriesgarse en su trabajo diario para que España no se detenga por completo.
Los ciudadanos deberían de agradecerles, en lugar de pedirles que se marchen, que se aparten.
Me quedé incrédula y muy, muy asqueada.
Pido disculpas por poner este mensaje aquí, pero sentí que tenía que desahogarme con vosotras, queridas cotillas.
Desgraciadamente, esto está pasando también en Chile. Me imagino que la gente (alguna) es ignorante y egoísta en todas partes! :cautious:
 
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Muere de covid el arquitecto español Pablo Puente Aparicio. Era el organizador de las famosas exposiciones anuales de arte sacro "Las Edades del Hombre". Dejo el vídeo promocional de la edición de 2019, que se celebró en las localidades de Lerma, Covarrubias y Silos (Burgos). DEP.



 
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18/04/2020
LOS VETERANOS FAMOSOS QUE HAN VENCIDO AL COVID-19
ELLOS SUPERARON LA
INFECCIÓN

Gracias a la suerte, su buen estado físico, su determinación y sobre todo gracias a los médicos, tanto Javier Solana, como Esperanza Aguirre, López del Hierro, Peñafiel y Elvira Rodríguez han sido dados de alta tras padecer coronavirus. Nos cuentan su experiencia.
POR BEATRIZ MIRANDA

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EN LOC NO NOS QUEDAMOS CON LAS cifras de contagiados y fallecidos por Covid-19, sino con las de las altas. Nuestro deber es evadirles siempre de la actualidad más árida, en este caso más triste, ergo nos centramos hoy en la otra cara del coronavirus. La más alegre, la de aquellos famosos que han superado la enfermedad y que más mérito tienen: los mayores de 60 años, los llamados grupo de riesgo. Hablamos con algunos de los más célebres, desde Esperanza Aguirre a Jaime Peñafiel, pasando por Javier Solana, Elvira Rodríguez e Ignacio López del Hierro.
JAVIER SOLANA
Los allegados del ex secretario general de la OTAN han temido por su vida, ya que ha luchado a muerte contra el virus en el hospital Ramón y Cajal durante un mes, pero afortunadamente lo ha superado. Le pillamos en una visita al médico cuando le llamamos por teléfono, pero nos atiende un minuto. Califica de “maravilloso” el trato recibido durante su convalecencia y confirma que ha dado negativo en el test. “Estoy a la espera de saber si he generado anticuerpos, espero que sí. Te dejo que ya me toca entrar en consulta a una revisión”. Solana, de 77 años, se ha llevado a casa una experiencia muy dura. Murió uno de sus compañeros de habitación. Ahora aplaude cada tarde en el balcón con todas sus fuerzas.
ESPERANZA AGUIRRE
La ex presidenta de la Comunidad de Madrid, de 68 años, fue ingresada en la Fundación Jiménez Díaz el 17 de marzo junto a su marido, Fernando Ramírez de Haro (70), con test positivo desde el día 14. Llevaban días con tos y fiebre y él agravó por neumonía. Casi un mes más tarde, ambos son negativos y han generado anticuerpos. Están confinados en su casa del centro de Madrid y no pueden estar más agradecidos “por la profesionalidad y eficacia en el tratamiento y la dosis de humanidad, empatía y compresión de todo el personal, desde los médicos a las limpiadoras”.
La ex ministra no temió por su vida, pero sí por la de su marido: “Nos avisaron que había que vigilarse mucho la saturación de oxígeno, la fiebre… Puedes morir en seis horas. Esto es un drama, hay tantos muertos a los que no se ha podido despedir…”, dice emocionada, pero cambia pronto la voz: “Me indigna haber tenido a TVE con un lacito morado el 8M y, ahora, con el índice de muertos más alto del mundo por millón de habitantes, no declaran luto nacional”.
Esperanza se encuentra bien. Hace gimnasia por Skype con el entrenador personal de su hijo, el que vive en Londres… “Como no tengo jardín… También leo y veo noticias internacionales, demasiadas quizás. No nacionales porque no me parece que sean del todo objetivas. Contesto mensajes, hasta me he hecho de Telegram”.
La ex lideresa está en contacto con el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida y con la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, “que lo están haciendo imposible mejor. Isabel ha estado enferma pero no ha descansado un minuto. La quieren destrozar pero no lo van a conseguir. Tanto ella como Almeida son un descubrimiento tremendo, pero no para mí. A los dos los recibieron muy mal y sus detractores se han llevado una sorpresa”.
Esperanza no se muestra tan crítica con el gobierno como esperábamos. “Esta es una situación inédita, única, impensable y terrorífica. Creo que Sánchez tenía que hacer lo que hizo Churchill en la II Guerra Mundial. Debería hacer un Gobierno de Concentración, presidido por él, con todos los líderes políticos del del PP, de Vox y de Podemos como ministros sin cartera”. Se muestra empática. “Yo lo peor que pasé fue el 11M, y la cantidad de fallecidos fue mucho menor. Ahora hay decenas de miles de muertos”.
Le preocupan sus nietos. “Tengo a un hijo con cuatro niños que no puede ni bajarlos a las zonas comunes. No hay ni un solo país en Europa que no les deje salir, sólo España. En el resto, un rato al día. Aquí tienen más derechos los perros que los niños. Y eso que ahora parece ser que los perros contagian y se contagian”.
Afortunadamente, Esperanza lo ha podido contar. “A mi marido le ha ayudado seguro que nunca ha dado una calada a un cigarrillo en su vida.También ha sido deportista. Yo sí he fumado, fíjate”. Con él, a solas, pasa la cuarentena, bien cuidados por su familia. Porque no es que les hayan hecho la compra, su familia ha ido más allá y les ha mandado la comida hecha. “Mi hijo, ya que hace comida para tantos, nos traía a diario. Y una de mis hermanas que sí tiene jardín también me sigue trayendo un caldo maravilloso y además me trae flores siempre que viene”.
IGNACIO L. DEL HIERRO.
A sus 73 años, el empresario sevillano ha estado ingresado unos días en el hospital Quirónsalud de Toledo. Se contagió de coronavirus como su esposa, Dolores de Cospedal (54), pero ella tuvo síntomas más leves. Ahora están juntos en casa, pero él no está recuperado del todo. Aún se le quiebra la voz al teléfono. “Estoy mejor, pero aún convaleciente. Me hacen un seguimiento diario y prosigo con mi tratamiento. En el hospital me han tratado estupendamente”, nos dice López del Hierro, todavía aislado hasta de las noticias, ya que nos asegura que procura no estar muy informado para que no decaiga el ánimo durante su recuperación.
JAIME PEÑAFIEL
El periodista (88 años) es, junto a Lucio (87), a quien acaban de dar el alta, uno de nuestros famosos más longevos en superar el Covid-19. Pero él no ha pasado por el hospital. “Nos contagió la chica que nos ayuda en la finca de Toledo a mi mujer y a mí. Llamamos a un amigo mío médico en la Clínica de la Luz y nos dijo que nos viniéramos corriendo a Madrid, pero que nos quedáramos en casa”, cuenta Peñafiel. Cuidado por Carmen, su esposa, en todo momento, llegó a tener 39,5 de fiebre, perdió el olfato y el gusto, pero afortunadamente no tuvo problemas respiratorios. Eso sí, no ha dejado de escribir su columna en LOC ni una sola semana “Un día no pude terminar las últimas diez líneas y lo hizo Carmen por mí. Nunca he sentido la muerte tan cerca”.
El cronista real considera un grave error que Felipe VI, “un bueno hombre pero sin olfato político”, renegase de su padre justo coincidiendo con el inicio de la pandemia. “Ha sido su peor actuación, pero seguro que Letizia le presionó”, opina. “Echo en falta a un hombre de estado como Sabino Fernández Campo”.
El cronista real está de nuevo hecho un roble y tiene cuerda para rato. “Siempre he comido frugalmente cada 24 horas y caminado unos 10 kilómetros diarios. Hoy ya me he hecho cuatro por el pasillo”. Ese es, posiblemente, el secreto de su recuperación.
ELVIRA RODRÍGUEZ
La vicesecretaria general de Acción Sectorial del PP, de 70 años, no ha dicho en público que ha estado infectada; lo contó por ella el periodista Carlos Segovia en una de sus columnas, pero ella nos lo confirma. Empezó a sentirse mal el 8 de marzo y su caso debutó con una faringitis muy dolorosa. “No tuve muchísima fiebre, alcancé los 38 grados, pero sí perdí los sentidos. Estaba cansadísima, tenía tos seca y la garganta fatal... Me quedé en casa y me hicieron seguimiento telefónico”.
Este miércoles se hizo el test y dio negativo. Ya llevaba sin síntomas más de 15 días, así que acudió al Congreso. “Al subir al atril y comenzar a hablar, noté que me faltaba fuelle. Esa es la secuela que me queda”, dice la ex presidenta de la CNMV, que se ha comprado por Amazon un aparato que te mide el oxígeno en sangre con una pinza que se pone en el dedo índice. “Estoy aún en un 93%, es una cifra baja. También me ocurre otra cosa atípica, que es levantarme con la temperatura por debajo incluso de los 35 grados”. Gracias a una de sus hijas, que es fisioterapeuta, hace ejercicios respiratorios.
Rodríguez, que vive con su marido y uno de sus hijos, está pendiente de sus cinco hermanas, con las que se escribe por WhatsApp cada mañana para ver qué tal están. Considera que ha habido “falta de previsión” por parte del Gobierno y que “es imprescindible saber que no contagias”. Afortunadamente, seguirá dando guerra en el Parlamento.
 
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Ha fallecido de covid el Dr. Jesús Vaquero Crespo, jefe de neurocirugía del Hospital Puerta de Hierro de Madrid, referente mundial y pionero en el tratamiento de lesiones medulares.

 
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Empiezan a salir famosos que dicen haber tenido el virus. No dicen que hayan tenido síntomas y, por ello, dudas, no, afirman categóricamente que lo han tenido.

Esta, además, ha estado promoviendo el lamentable “apagón cultural”. Y hoy se permite esta otra mamarrachada. Era de mis actrices españolas preferidas. A partir de ahora, boicot absoluto a cualquier cosa en la que salga aunque sea de figurante. ¿Y lo de Tristán Ulloa? ¡El que a mí misma me hizo llorar con su vídeo al alta!


A ver, a ver, me parece que esta gente tiene un cacao mental importante. O lo tengo yo. Que se sepa, solo hay pruebas para detectar si tienes Covid-19 en un periodo de tiempo determinado. Esas pruebas pueden ser PCR (que son las más efectivas, pero demoradas y para las que no hay insumos abundantes en el mundo, por lo cual las centralizan en muchos casos los gobiernos) o rápidas, que tienen un 30% de fiabilidad y da falsos negativos, por lo cual hay que hacerlas hasta tres veces. Esas pruebas no te aseguran que no te vas a contagiar, sino que no estás contagiado en ese momento.

Pero lo que ella plantea: hacerse una prueba, para saber si tiene anticuerpos y no puede contagiar gente, no existe de la manera cómo ella lo plantea. Se la están metiendo doblada. Si fuera efectiva, se la podrían aplicar a los profesionales sanitarios, para que solo puedan trabajar aquellos que hayan generado anticuerpos y no tengan riesgos de infectarse o transmitir la enfermedad. Lo de los anticuerpos está en estudio. Hay un test de anticuerpos cualitativo, al que se puede acceder, pero después de hacerse una prueba PCR. Sin embargo, hay tanto que se desconoce de la enfermedad que aún no está claro si los pacientes que aún no lo han padecido son realmente inmunes, si un paciente que ha superado coronavirus no se puede volver a infectar y cuánto puede durar la inmunidad si la tiene. Esto es muy irresponsable, por mucho que quiera ver a su madre y abrazarla. Si todos los que tienen recursos económicos, empiezan a hacerse estas pruebas y violar la cuarentena porque supuestamente les da que tienen anticuerpos, se puede volver a dar un pico de contagio.

Lastimosamente, lo que toca es tener paciencia. Aunque levanten la cuarentena, hay que tener cuidado con la población de riesgo y estar atentos a las noticias de cómo evolucionan los primeros infectados por Covid-19.

Los laboratorios claro que hacen dinero en este tipo de situaciones, pero vamos: hay gente que cree cualquier cosa. Si hubiese algo como un examen efectivo de inmunidad, esta situación no sería tan caótica, sobre todo entre los profesionales de la salud, que tanto los privados como los públicos están en riesgo permanente.
 
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18/04/2020
LOS VETERANOS FAMOSOS QUE HAN VENCIDO AL COVID-19
ELLOS SUPERARON LA
INFECCIÓN

Gracias a la suerte, su buen estado físico, su determinación y sobre todo gracias a los médicos, tanto Javier Solana, como Esperanza Aguirre, López del Hierro, Peñafiel y Elvira Rodríguez han sido dados de alta tras padecer coronavirus. Nos cuentan su experiencia.
POR BEATRIZ MIRANDA

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JAVIER SOLANA
Los allegados del ex secretario general de la OTAN han temido por su vida, ya que ha luchado a muerte contra el virus en el hospital Ramón y Cajal durante un mes, pero afortunadamente lo ha superado. Le pillamos en una visita al médico cuando le llamamos por teléfono, pero nos atiende un minuto. Califica de “maravilloso” el trato recibido durante su convalecencia y confirma que ha dado negativo en el test. “Estoy a la espera de saber si he generado anticuerpos, espero que sí. Te dejo que ya me toca entrar en consulta a una revisión”. Solana, de 77 años, se ha llevado a casa una experiencia muy dura. Murió uno de sus compañeros de habitación. Ahora aplaude cada tarde en el balcón con todas sus fuerzas.
ESPERANZA AGUIRRE
La ex presidenta de la Comunidad de Madrid, de 68 años, fue ingresada en la Fundación Jiménez Díaz el 17 de marzo junto a su marido, Fernando Ramírez de Haro (70), con test positivo desde el día 14. Llevaban días con tos y fiebre y él agravó por neumonía. Casi un mes más tarde, ambos son negativos y han generado anticuerpos. Están confinados en su casa del centro de Madrid y no pueden estar más agradecidos “por la profesionalidad y eficacia en el tratamiento y la dosis de humanidad, empatía y compresión de todo el personal, desde los médicos a las limpiadoras”.
La ex ministra no temió por su vida, pero sí por la de su marido: “Nos avisaron que había que vigilarse mucho la saturación de oxígeno, la fiebre… Puedes morir en seis horas. Esto es un drama, hay tantos muertos a los que no se ha podido despedir…”, dice emocionada, pero cambia pronto la voz: “Me indigna haber tenido a TVE con un lacito morado el 8M y, ahora, con el índice de muertos más alto del mundo por millón de habitantes, no declaran luto nacional”.
Esperanza se encuentra bien. Hace gimnasia por Skype con el entrenador personal de su hijo, el que vive en Londres… “Como no tengo jardín… También leo y veo noticias internacionales, demasiadas quizás. No nacionales porque no me parece que sean del todo objetivas. Contesto mensajes, hasta me he hecho de Telegram”.
La ex lideresa está en contacto con el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida y con la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, “que lo están haciendo imposible mejor. Isabel ha estado enferma pero no ha descansado un minuto. La quieren destrozar pero no lo van a conseguir. Tanto ella como Almeida son un descubrimiento tremendo, pero no para mí. A los dos los recibieron muy mal y sus detractores se han llevado una sorpresa”.
Esperanza no se muestra tan crítica con el gobierno como esperábamos. “Esta es una situación inédita, única, impensable y terrorífica. Creo que Sánchez tenía que hacer lo que hizo Churchill en la II Guerra Mundial. Debería hacer un Gobierno de Concentración, presidido por él, con todos los líderes políticos del del PP, de Vox y de Podemos como ministros sin cartera”. Se muestra empática. “Yo lo peor que pasé fue el 11M, y la cantidad de fallecidos fue mucho menor. Ahora hay decenas de miles de muertos”.
Le preocupan sus nietos. “Tengo a un hijo con cuatro niños que no puede ni bajarlos a las zonas comunes. No hay ni un solo país en Europa que no les deje salir, sólo España. En el resto, un rato al día. Aquí tienen más derechos los perros que los niños. Y eso que ahora parece ser que los perros contagian y se contagian”.
Afortunadamente, Esperanza lo ha podido contar. “A mi marido le ha ayudado seguro que nunca ha dado una calada a un cigarrillo en su vida.También ha sido deportista. Yo sí he fumado, fíjate”. Con él, a solas, pasa la cuarentena, bien cuidados por su familia. Porque no es que les hayan hecho la compra, su familia ha ido más allá y les ha mandado la comida hecha. “Mi hijo, ya que hace comida para tantos, nos traía a diario. Y una de mis hermanas que sí tiene jardín también me sigue trayendo un caldo maravilloso y además me trae flores siempre que viene”.
IGNACIO L. DEL HIERRO.
A sus 73 años, el empresario sevillano ha estado ingresado unos días en el hospital Quirónsalud de Toledo. Se contagió de coronavirus como su esposa, Dolores de Cospedal (54), pero ella tuvo síntomas más leves. Ahora están juntos en casa, pero él no está recuperado del todo. Aún se le quiebra la voz al teléfono. “Estoy mejor, pero aún convaleciente. Me hacen un seguimiento diario y prosigo con mi tratamiento. En el hospital me han tratado estupendamente”, nos dice López del Hierro, todavía aislado hasta de las noticias, ya que nos asegura que procura no estar muy informado para que no decaiga el ánimo durante su recuperación.
JAIME PEÑAFIEL
El periodista (88 años) es, junto a Lucio (87), a quien acaban de dar el alta, uno de nuestros famosos más longevos en superar el Covid-19. Pero él no ha pasado por el hospital. “Nos contagió la chica que nos ayuda en la finca de Toledo a mi mujer y a mí. Llamamos a un amigo mío médico en la Clínica de la Luz y nos dijo que nos viniéramos corriendo a Madrid, pero que nos quedáramos en casa”, cuenta Peñafiel. Cuidado por Carmen, su esposa, en todo momento, llegó a tener 39,5 de fiebre, perdió el olfato y el gusto, pero afortunadamente no tuvo problemas respiratorios. Eso sí, no ha dejado de escribir su columna en LOC ni una sola semana “Un día no pude terminar las últimas diez líneas y lo hizo Carmen por mí. Nunca he sentido la muerte tan cerca”.
El cronista real considera un grave error que Felipe VI, “un bueno hombre pero sin olfato político”, renegase de su padre justo coincidiendo con el inicio de la pandemia. “Ha sido su peor actuación, pero seguro que Letizia le presionó”, opina. “Echo en falta a un hombre de estado como Sabino Fernández Campo”.
El cronista real está de nuevo hecho un roble y tiene cuerda para rato. “Siempre he comido frugalmente cada 24 horas y caminado unos 10 kilómetros diarios. Hoy ya me he hecho cuatro por el pasillo”. Ese es, posiblemente, el secreto de su recuperación.
ELVIRA RODRÍGUEZ
La vicesecretaria general de Acción Sectorial del PP, de 70 años, no ha dicho en público que ha estado infectada; lo contó por ella el periodista Carlos Segovia en una de sus columnas, pero ella nos lo confirma. Empezó a sentirse mal el 8 de marzo y su caso debutó con una faringitis muy dolorosa. “No tuve muchísima fiebre, alcancé los 38 grados, pero sí perdí los sentidos. Estaba cansadísima, tenía tos seca y la garganta fatal... Me quedé en casa y me hicieron seguimiento telefónico”.
Este miércoles se hizo el test y dio negativo. Ya llevaba sin síntomas más de 15 días, así que acudió al Congreso. “Al subir al atril y comenzar a hablar, noté que me faltaba fuelle. Esa es la secuela que me queda”, dice la ex presidenta de la CNMV, que se ha comprado por Amazon un aparato que te mide el oxígeno en sangre con una pinza que se pone en el dedo índice. “Estoy aún en un 93%, es una cifra baja. También me ocurre otra cosa atípica, que es levantarme con la temperatura por debajo incluso de los 35 grados”. Gracias a una de sus hijas, que es fisioterapeuta, hace ejercicios respiratorios.
Rodríguez, que vive con su marido y uno de sus hijos, está pendiente de sus cinco hermanas, con las que se escribe por WhatsApp cada mañana para ver qué tal están. Considera que ha habido “falta de previsión” por parte del Gobierno y que “es imprescindible saber que no contagias”. Afortunadamente, seguirá dando guerra en el Parlamento.
Quien haya escrito esto no sólo es mal periodista por no saber informarse, también tiene unas carencias importantes en cultura general. Es todo el artículo, pero cuando habla del oxímetro como "aparato con forma de pinza" yo ya me vuelvo loca. Ah, y del índice de saturación de oxígeno en sangre. Por cierto, con 92 estás para que te ingresen y te pongan oxígeno (que no para que te intuben).
 

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