Cuentos y chascarrillos andaluces. Juan Valera.

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Cuentos y chascarrillos andaluces.
Juan Valera
Introducción

La afición al folk-lore va cundiendo por todas partes. Se coleccionan los romances, baladas y leyendas, los raptos líricos del pueblo, los refranes, los enigmas y acertijos, y los cuentos, anécdotas y dichos agudos que por tradición se han conservado.

Como esta afición es muy contagiosa, nadie debe extrañar que se haya apoderado de nuestro espíritu.

De romances o dígase de poesía épica popular en verso, se ha coleccionado ya mucho en España, y nada o casi nada hay que añadir. D. Agustín Durán formó la más hermosa, rica y completa colección de romances castellanos, elevando con ella un monumento triunfal a nuestra literatura. Acaso no haya pueblo en el mundo que, en esta clase de poesía, presente nada que aventaje o que al menos compita con nuestro Romancero. Para colmo en este género de la riqueza de nuestra península y para hacer mayor ostentación de ella, Garret ha reunido y publicado los romances portugueses, y D. Manuel Milá y Fontanals y D. Mariano Aguiló han reunido los catalanes.

De seguidillas y coplas de fandango tenemos también excelentes colecciones, siendo sin duda la más importante de todas la de D. Emilio Lafuente Alcántara.

Sobre refranes se ha escrito y coleccionado mucho, señalándose recientemente en este género de trabajo D. J. M. Sbarbi.

Infatigables, atinados y diligentes en reunir y publicar producciones de toda clase de la musa vulgar y anónima han sido y son aún el señor don Francisco Rodríguez Marín, residente en Sevilla y el Sr. Machado, conocido por el pseudónimo de Demófilo.

En lo tocante a cuentos vulgares ha habido, no obstante, descuido. En España nada tenemos, en nuestro siglo, que equivalga a las colecciones de los hermanos Grimm y de Musaeus en Alemania, de Andersen en Dinamarca, de Perrault y de la Sra. d' Aulnoy en Francia, y de muchos otros literatos en las mismas o en otras naciones.

En España, sin embargo, se han publicado ya no pocos cuentos vulgares. No tenemos nosotros la pretensión de ser los primeros. Nuestra pretensión es más modesta. Sólo aspiramos a que se aumente, por virtud de nuestra diligencia, el tesoro escrito de los cuentos que el vulgo refiere y que pueden perderse cuando no se escriben.

Los cuentos vulgares son de varias clases, por más que sea difícil marcar los límites que separan unas clases de otras.

Nosotros los dividiremos todos en tres clases distintas. A la primera pertenecen los cuentos de hadas o de encantamientos, los cuales son sin duda los más bonitos de todos, pero son también los menos castizos. Los tales cuentos, desfiguradas reliquias de antiguas y exóticas mitologías, y fragmentos tal vez de primitivas epopeyas, han venido emigrando desde la India, desde la Persia o desde otros países del remoto Oriente; han pasado por todas las naciones, de Europa y en casi todas ellas se han naturalizado. De aquí que apenas hay cuento de Perrault que no se contase en España antes de que Perrault le escribiera, y que, en cambio, apenas hay cuento de esta clase, que en España pueda escribirse o se escriba ahora, que no esté ya escrito por un autor extranjero como propio de su tierra, donde le ha recogido de la boca del vulgo.

Otra clase de cuentos, si cuentos pueden llamarse, son hechos, lances, anécdotas o dichos conservados por la tradición en determinados lugares y tal vez desfigurados o enriquecidos con adornos por la imaginación del vulgo. De esta clase de cuentos, que nosotros titularíamos leyendas y tradiciones locales, no sabemos que haya en España una extensa colección. Muy de desear sería que esta colección se formara y se publicara.

Hay, por último, cuentos de otra clase, que son los que nosotros nos hemos decidido a reunir, y cuyo principal carácter distintivo es el de ser cómicos, jocosos o chuscos. No hay nación que no posea rico caudal de tales cuentos, inspirados por el buen humor, o sea por lo que llaman los ingleses humour, poniendo de moda la palabra, así en las naciones donde la han importado, como en aquellas en cuyo idioma la palabra existía ya, casi con la misma significación y sentido. En castellano, sin duda, no hemos tenido que dar a la palabra humor el sentido que humour tiene en inglés. Creemos que desde antiguo, aun sin llevar el calificativo de bueno, humor equivalía entre nosotros a humourentre los ingleses. Hombre de humor, era como decir hombre gracioso, chistoso, agudo y alegre. Los vocablos que nos faltaban eran los derivados de humor, que se han introducido recientemente en nuestra lengua. Son estos vocablos humorismoy humorístico.

Grande es la estimación que siempre y en todas partes se ha concedido a la literatura humorística. Hoy, que vivimos en una época triste, en una sociedad revuelta y algo desquiciada y con los espíritus llenos de melancolía, a causa, en gran parte, del alimento malsano que nos propinan los pensadores y filósofos pesimistas, lo jovial y alegre es más de desear que nunca para remedio de aquel mal, para triaca de aquel veneno y para clara demostración de que el vulgo no está, por dicha, tan aburrido y desesperado como se supone, y aun se deleita en inventar o en guardar en la memoria y en referir cosas de burlas y de risa.

Los críticos han fijado su atención, ahora más que nunca, en las producciones del humor alegre en los diferentes pueblos de la tierra.

En Londres, por ejemplo, se está publicando una serie de volúmenes elegantemente impresos e ilustrados con preciosas láminas y viñetas, que se titula Library of humour. En esta colección, donde cada tomo vendrá a tener 400 páginas, van ya publicados el humor de Francia, el de Alemania, el de Italia, el de América, el de Holanda, el de Irlanda, el de Rusia, el del Japón y el de España.

En el de España se insertan, por orden cronológico y muy bien traducidos, fragmentos o pasajes de las obras de nuestros singulares autores, desde el poema del Cid, hasta las novelas y versos de los autores que hoy viven, como Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, Palacio Valdés, Campoamor y Leopoldo Alas. Contiene, además, el tomo de El humor de España no pocas producciones anónimas, como son proverbios, cantares del pueblo, anécdotas, chistes de los periódicos, y cuentos y chascarrillos vulgares.

En la colección que nosotros vamos a ofrecer al público, nos limitaremos a un solo género, pero en extremo abundante: a los cuentos y chascarrillos, y no a los que se cuentan por todas partes, sino a los que hemos oído contar en Andalucía, distinguiéndose casi todos ellos por cierto color y cierta traza propios de aquella tierra. No es esto afirmar que todos nuestros cuentos sean de invención andaluza. Difícil, casi imposible, sería averiguar el origen de cada uno. Sólo afirmamos que los cuentos y chascarrillos que insertamos en este volumen, se cuentan todos en Andalucía. Acaso pasen de setenta los que vamos a coleccionar aquí pero como hay centenares y centenares, es evidente que se nos quedan muchos en el tintero. Otros colectores o nosotros mismos, si este tomo no desagrada al público, podrán o podremos aumentar la colección con nuevos volúmenes.

En el presente hemos procurado exponer con fidelidad cada una de las historias, tales como el vulgo las refiere, y hasta imitar, en lo posible, la natural sencillez del estilo del vulgo. Nada, absolutamente nada, es invención nuestra.

No faltan cándidos autores que califiquen a la musa popular de casta. Y, ¿quién sabe? Acaso lo sea en el fondo. Acaso no peque sino por lo franca y desprovista de aquellos disimulos, pleguerías y circunloquios que encubren la desnudez, y constituyen, o si no constituyen, contrahacen la decencia.

De todos modos, nosotros damos por seguro que hasta los cuentos más verdes del vulgo, son en el fondo menos contrarios a la moral que muchas atildadísimas novelas, donde no hay frase, suceso ni lance escabroso que no esté envuelto en un velo tupido de perífrasis poéticas y elegantes. En suma, los cuentos y chascarrillos vulgares, más que por inmoralidad, pecan a veces por rudeza y grosería. A fin de no escandalizar o disgustar con dicho defecto, hemos suprimido no pocos cuentos que ya teníamos redactados y que nos parecían graciosos. No hemos podido, sin embargo, resistir a la tentación de incluir en este tomo algunos de aquellos cuentos en que se nota con mayor o menor intensidad el defecto ya mencionado. De esperar es que nos lo perdone el benigno lector, a quien humildemente nos encomendamos. Entiéndase, a fin de que se logre este perdón, que no componemos un libro para lectura, instrucción y recreo de señoritas y de niños. Y entiéndase además que en este libro no tenemos la única pretensión de entretener y divertir, sino que también tenemos la única pretensión de fijar y de guardar por escrito algo de lo que pudiéramos llamar la poesía épico-cómica vulgar y difusa, prestándole adecuada forma literaria para que se salve del olvido.

Nos importa advertir, por último, que el pueblo español, por lo mismo que es muy creyente y fervoroso católico, trata a veces con pasmosa confianza las cosas divinas, sin que en esta familiaridad haya irreverencia ni mucho menos malicia. Cuento hay que, interpretado por un espíritu pervertido y avieso, podría creerse compuesto por Voltaire, pero que en realidad es invención de nuestro pueblo, el cual le inventó con candor y no tuvo ni remotamente al inventarle el propósito de ofender a Dios, ni a los santos, ni a los ángeles, ni de contradecir o impugnar en lo más mínimo los dogmas y creencias de nuestros mayores.

Es casi seguro que muchos de los cuentos del vulgo andaluz que parecen más volterianos, fueron compuestos en los claustros y en las sacristías, por gente de sotana y cuando había Inquisición en nuestro país, y fueron oídos y celebrados con risa por clérigos, frailes y familiares del Santo Oficio. Juzgaban éstos, y en nuestro sentir importa conservar el mismo criterio, que la verdad, católica y la pureza de la fe que la acepta y la conserva sin menoscabo, están tan altas, que no hay chiste que las hiera o lastime. Y están tan arraigadas en la mente y en el corazón de los españoles, que ni en lo antiguo se concebía ni se debe concebir ahora que haya chuscada que prevalezca contra ellas, ni chusco, narrador o inventor de cuentecillo que al componerle o referirle haya tenido la menor intención antirreligiosa.

Todavía en abono de nuestro propósito de coleccionar cuentos vulgares, nos incumbe decir que los que coleccionamos y publicamos ahora están inmediatamente tomados de la boca del vulgo, pero que sería muy curioso e interesante reunir y coleccionar también otros cuentos vulgares de España, no de los que han recibido ya forma literaria y están en colección como la del Conde Lucanor y del Infante D. Juan Manuel, la del Patrañuelo y la del Alivio de caminantes, de Juan de Timoneda, y como la hecha recientemente de cuentos mallorquines por el Archiduque de Austria Luis Salvador. Estas colecciones existen ya y lo curioso sería coleccionar la multitud de cuentos que han recibido también forma literaria y se hallan esparcidos en las obras, en verso y prosa, de nuestros más ilustres autores clásicos.

Los lacayos graciosos de las antiguas comedias españolas, y, especialmente los de Calderón y de Tirso, refieren a menudo cuentos y chascarrillos, como, por ejemplo, el tan celebrado y sabido de memoria por todo el mundo, del vidriero que recibió de Tetuán centenares de monas.

No tienen, por lo general, estos cuentos más propósito que el de mover a risa; pero ocurren a veces casos a los que dichos chascarrillos vienen a aplicarse, resultando o del mismo chascarrillo o de su aplicación una terrible moraleja. Valga para muestra el chascarrillo que refiere, si no lo recordamos mal, un gracioso de Tirso, acerca del hombre que tenía un tumor, y que se gastaba su dinero en médicos y en cirujanos, los cuales no acertaban a curarle. Cada día iba él empeorándose e iba el tumor creciendo, hasta que un día el enfermo acertó a estar cerca de la mula del Doctor que le asistía. La mula era muy maliciosa y sacudió con tanto tino una coz al enfermo que le reventó el tumor y al fin lo dejó sano. Ahora aplican por ahí este cuento a los asuntos de Cuba: los médicos que no aciertan con la curación son nuestros adalides y nuestros políticos y se supone que la mula maliciosa será a la postre la Gran República de los Estados Unidos, si bien contradice la exactitud de la aplicación, entre otras cosas, que en la aplicación la mula no sólo acaba por reventar el tumor de una coz, sino que a fuerza de darnos coces, le produce antes, y luego le fomenta y casi le gangrena, pudriéndonos la sangre.

Como quiera que ello sea, el estro vulgar, que ha dado origen a muchos chascarrillos, ha sido siempre estimado y aprovechado por nuestros más gloriosos ingenios. Sólo de las obras de Miguel de Cervantes Saavedra se podrían entresacar no pocos de los mencionados chascarrillos, que él oyó contar y a los que dio forma imperecedera. Así, pongamos por caso, la historia del deudor que escondió en mi bastón hueco la cantidad que debía, a fin de burlar al acreedor; lance que da ocasión a una discreta sentencia de Sancho Panza; que ya estaba escrito, en tiempo del Emperador Augusto, por el sofista griego Conon, y que fue reproducido más tarde, en la Edad Media, como milagro de San Nicolás, en versos latinos. Y así también el chascarrillo, que el mismo D. Quijote refiere, de la dama que, teniendo como pretendientes a sabios teólogos y jurisconsultos, eligió y concedió sus favores a un lego motilón, diciendo a quien por esto la motejaba que para lo que ella le quería sabía él más filosofía que Aristóteles.

Sirva todo lo dicho como prueba del valer poético que tienen los chascarrillos y del aprecio con que han sido mirados por nuestros clásicos, a pesar de la rudeza y de la grosería licenciosa que en dichos chascarrillos suele haber con frecuencia.

Y si Tirso, Calderón y Cervantes, gustaron de los chascarrillos y se complacieron en darles forma literaria sin que nadie por ello los condene, bien se nos debe tolerar a nosotros, sin incurrir en censura, ya que no merezcamos aplauso, que imitemos, aunque desmañadamente, sin la menor intención de ofender a Dios ni al prójimo, a los autores ya nombrados, flor y nata de los ingenios españoles.

Antes de concluir no nos parece inútil prevenirnos contra dos acusaciones que se nos pueden digerir.

Es una de ellas la de que tal vez haya en nuestra colección cuentos escritos ya y coleccionados por otros autores. Contra esto decimos y afirmamos que nosotros los hemos tomado de boca del vulgo y que no hemos querido cansarnos en buscar si alguien antes de nosotros ha escrito los mismos cuentos. De esperar es que los escritos por nosotros tengan siempre alguna novedad en la escritura.

La otra acusación que presentimos y de la que queremos defendernos, es de la abundancia de historias y lances que hay en nuestro libro, cuyo fundamento es cierto vaporoso producto del ser humano. A fin de hacer sobre este punto nuestra apología, diremos que desde las edades más remotas dicho producto ha sido mirado o más bien oído como fuente de chistes y de gracias, concediéndosele a veces hasta cierta virtud adivinatoria y agorera, así como al estornudo.

El mismo venerable poeta Homero no cree rebajarse escribiendo sobre el caso y contándonos que el hijo de Júpiter y de Maya, dios de la elocuencia e inventor de la lira, no se limitó a estornudar, sino que lanzó otro agüero para escapar de entre las manos de Apolo, que, por ladrón de sus bueyes, le retenía cautivo.

Lo diremos en griego para mayor claridad, y como documento fehaciente de que el numen de comerciantes y banqueros se valía de tretas y hacía emisiones algo sucias:


[oinòn proéeken ...
tlémona gastrós érithon atásthalon angelióten]

Y dicho ya cuanto teníamos que decir para que se comprenda el objeto de este libro y para que no se nos culpe sin fundamento de pecaminosas desenvolturas, ponemos punto a la Introducción y rogamos al público que reciba con indulgencia y lea estos cuentos y chascarrillos, donde en nosotros sólo tendrá que aplaudir o que reprobar la forma, pues el fondo es suyo.

Madrid, 1896
 

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Las gafas

Como se acercaba el día de San Isidro, multitud de gente rústica había acudido a Madrid desde las pequeñas poblaciones y aldeas de ambas Castillas, y aun de provincias lejanas.

Llenos de curiosidad circulaban los forasteros por calles y plazas e invadían las tiendas y los almacenes para enterarse de todo, contemplarlo y admirarlo.

Uno de estos rústicos entró por acaso en la tienda de un óptico en el punto de hallarse allí una señora anciana que quería comprar unas gafas. Tenía muchas docenas extendidas sobre el mostrador; se las iba poniendo sucesivamente, miraba luego en un periódico, y decía:

Con éstas no leo.

Siete u ocho veces repitió la operación, hasta que al cabo, después de ponerse otras gafas, miró en el periódico, y dijo muy contenta.

Con éstas leo perfectamente.

Luego las pagó y se las llevó.

Al ver el rústico lo que había hecho la señora quiso imitarla, y empezó a ponerse gafas y a mirar en el mismo periódico; pero siempre decía:

-Con éstas no leo.

Así se pasó más de media hora, el rústico ensayó tres o cuatro docenas de gafas, y como no lograba leer con ninguna, las desechaba todas, repitiendo siempre:

-No leo con éstas.

El tendero entonces le dijo:

-¿Pero usted sabe leer?

-Pues si yo supiera leer, ¿para qué había de necesitar las gafas?
 
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Elocuencia vizcaína

El obispo de Málaga más de cien años ha era un varón lleno de saber y virtudes y predicador elocuentísimo. Tenía además tan alegre y suave condición y tanta afabilidad y llaneza en su trato que, lejos de enojarse, gustaba de que sus familiares discutiesen con él y hasta le embromasen.

Era el obispo vizcaíno, y sus familiares, al poner por las nubes su elocuencia, la calificaban de extraña y única entre los hijos de las Provincias Vascongadas, donde, según ellos, no hubo jamás hombre que no fuese premioso de palabra ni clérigo que no pasase por un porro y que en el púlpito no se hiciese un lío.

Movido el bondadoso prelado de su cristiana modestia y de su ferviente patriotismo, sostenía lo contrario, y llegaba a asegurar que lo menos había entre los presbíteros vizcaínos, sus contemporáneos, tres docenas que valían más que él por la ciencia, el arte y la inspiración con que enjaretaban sermones.

Como pasaba el tiempo y no parecía por aquella diócesis ningún clérigo vizcaíno, la disputa se hacía interminable. El obispo no probaba su afirmación de un modo experimental y práctico, y los familiares seguían erre que erre, negando a todos los vizcaínos, menos a Su Señoría Ilustrísima, la capacidad para la oratoria sagrada.

Acertó al cabo a venir a Málaga en busca de amparo y protección un clérigo guipuzcoano que había estudiado con el obispo en el mismo Seminario y había sido allí grande amigo suyo. El obispo le recibió muy bien y le hospedó en su palacio. No tardó, cuando estuvo a solas con él, en hablarle de las discusiones sin término que con sus familiares tenía, y luego le dijo:

-Muy a propósito has venido por aquí para que, valiéndome de ti, demuestre yo la verdad de mi tesis. De hoy en ocho días habrá una gran función en la catedral, y es menester que tú prediques y que el sermón sea tan hermoso y edificante que eclipse, obscurezca y deje tamañitos cuantos yo he compuesto hasta ahora.

-¿Pero cómo ha de ser eso -interrumpió el clérigo muy azarado-, cuando yo, bien lo sabes, sé tan poco de todo, y tengo tan corta habilidad que no me he atrevido jamás a subir al púlpito?

-Dios es Todopoderoso y bueno -contestó el obispo-. Pon en Dios tu esperanza, y no dudes de que por ti y por mí hará en esta ocasión un gran milagro.

Confiando en la bondad divina y más inspirado que nunca el obispo, recatándose de todos y muy sigilosamente, escribió aquella misma noche una verdadera obra maestra, un dechado de perfección; lo mejor acaso que había escrito en su vida.

A la mañana siguiente entregó el sermón al clérigo su amigo, y le excitó para que se le aprendiese muy bien de memoria.

Con extraordinaria repugnancia y miedo, por recelar que no podría aprender el sermón o que le olvidaría después de aprendido, nuestro clérigo (¡tal era el afán con que aspiraba a complacer a su protector!) tomó en la memoria en dos días el sermón entero y sin titubear ni pararse, le recitó como un papagayo delante del obispo. Empleó éste otros dos días en enseñar al flamante predicador la entonación, el gesto y el manoteo correspondientes a cuanto tenía que decir.

El obispo quedó complacidísimo; calificó de admirable aquella oración pronunciada por su amigo, y se prometió y le prometió un triunfo estrepitoso.

Enseguida anunció que el predicador iba a ser su paisano, y lleno de orgullo patriótico dijo a sus familiares:

-Ya verán ustedes lo que es bueno. Ya tendrán ustedes que confesar que este humilde sacerdote de mi tierra y de mi gente predica mejor que yo; es un nuevo Juan Crisóstomo, un raudal de elocuencia y un pozo de sabiduría. En adelante no me embromarán ustedes afirmando que, exceptuándome a mí, no hay vizcaíno que predique.

Llenos de impaciencia estaban todos, ansiando oír predicar al vizcaíno.

Llegaron por fin el día y la hora de la función. La catedral estaba de bote en bote. El obispo y los canónigos asistían en el coro con todo el aparato y la pompa que requerían las circunstancias. En el centro del templo y a no muy larga distancia de la cátedra del Espíritu Santo, se parecían las damas más devotas y elegantes de la ciudad, lindísimas muchas de ellas, todas con basquilla y mantillas de blondas y con rosas, claveles y otras flores en la cabeza. Hombres y mujeres del pueblo llenaban las naves. Era extraordinaria y muy general la curiosidad de oír al nuevo predicador, cuya buena reputación anticipada había cundido por todas partes.

Por fin, apareció en el púlpito nuestro vizcaíno y empezó su sermón con tal habilidad y gracia que la admiración, el asombro y el santo deleite henchían los corazones y los espíritus de todo el auditorio.

Pero ¡oh, terrible desgracia! cuando el sermón iba ya mediado, quiso la suerte, o mejor dicho, quiso la divina providencia que al vizcaíno, que se le sabía tan bien de carretilla, se le fuese el santo al cielo. Trasudaba, se retorcía, se angustiaba y se desesperaba, y todo en balde, porque no podía volver a coger el hilo. Sin duda, iba a tener que bajar del púlpito con el sermón a medio acabar. El descrédito y la caída iban a ser espantosos. Y era lo peor que el sermón quedaba interrumpido en el momento de mayor interés y más lastimoso: cuando el predicador acababa de ponderar los infortunios que Dios había enviado sobre nuestra nación, o para probarla o para castigar sus muchos pecados, por medio de sequías, epidemias, guerras y malos gobiernos.

El vizcaíno, viéndose en tamaño apuro, perdió por completo la cabeza, y dirigiéndose al obispo, que estaba en la silla episcopal, y hablándole con desenfado, con furia y con la intimidad archifamiliar del antiguo condiscípulo, aunque por fortuna en idioma vascuence, allí completamente ignorado, lanzó votos y reniegos, le denostó y le echó en cara que por culpa suya estaba pasando las penas derramadas, puesto en berlina y amenazado de tener que apelar a una retirada vergonzosa.

¿Quién sabe si fue milagro del Altísimo? Lo cierto es que de repente, cuando descargaba en su lengua nativa aquel diluvio de vituperios sobre el obispo, el vizcaíno, con iluminación súbita y dichosa, volvió a recordar todo lo que del sermón le quedaba por decir. Inspirado además no menos dichosamente, exclamó:

-Hasta aquí Jeremías, en sus Trenos o Lamentaciones.

Y luego prosiguió recitando con fogosa vehemencia y con primor y acierto el resto del sermón hasta llegar a lo último.

Cuantos le oyeron quedaron edificados y maravillados. El obispo demostró que había vizcaínos que predicaban por lo menos tan bien como él. Y no hubo nadie que no calificase al clérigo de excelente predicador y además de tan erudito y versado en las Sagradas Escrituras que se las sabía de coro y las citaba en el texto original hebreo
 
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Los santos de Francia

En una de las mejores poblaciones de la Mancha vivía, no hace mucho tiempo, un rico labrador, muy chapado a la antigua, cristiano viejo, honrado y querido de todo el mundo. Su mujer, rolliza y saludable, fresca y lozana todavía, a pesar de sus cuarenta y pico de años, le había dado un hijo único, que era muy lindo muchacho, avispado y travieso.

Como este muchacho estaba mimadísimo por su padre y por su madre, era harto difícil hacer carrera con él. A pesar de su mucha inteligencia, a la edad de diez años, leía con dificultad y al escribir hacía unos garrapatos ininteligibles. Lo único que el chico sabía bien era la doctrina cristiana y querer y respetar al autor de sus días y a su señora mamá. El niño era tan gracioso y ocurrente, que tenía embobado a todo el vecindario. Cuantos le conocían le reían los chistes y ponían su ingenio por las nubes, con lo cual al rico labrador se le caía la baba de gusto.

-¡Qué lástima, decía, que este chico se críe cerril en el pueblo, sin hacer más que jugar al hoyuelo, a las chapas, al toro y al salto de la comba, con todos los pilletes! Si yo le enviase a un buen colegio, en una gran ciudad, sin duda que volvería hecho un pozo de ciencia, sería la gloria y el apoyo de mi vejez y serviría y honraría a su patria.

Tanto caviló en esto el labrador, que al fin, sobreponiéndose a la pena que le causaba el separarse de su hijo, le envió a que estudiase en París nada menos.

Seis años estuvo por allí estudiando en uno de los mejores colegios primero y después en la Sorbona.

Como él era, naturalmente, muy despejado, aprovechó mucho, y volvió a casa de sus padres sabiendo cuanto hay que saber, y además elegantísimo y atildadísimo: hecho un verdadero dije; lo que ahora llaman un dandy, un gomoso.

El padre y la madre estaban más encantados que nunca. Sólo no gustaban de cierto irreverente desenfado que el chico tenía y de que daba muestras a cada paso.

Iba a entrar o a salir por una puerta, y exclamando:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní-, pasaba antes que su padre.

Hablaba su padre y le interrumpía, y no le dejaba hablar, diciendo:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní.

Se ponían a la mesa y se servía antes que su padre y madre, tomando lo mejor de cada plato y diciendo siempre: -San Fasón, San Complimán, San Ceremoní.

El padre disimuló al principio, ya que por todo lo demás el muchacho le embelesaba: pero, al cabo, hubo de cargarse, perdió la paciencia, y dijo al chico con grande enojo:

-Mira, hijo mío, vete muy enhoramala y no me invoques ni me mientes más en tu vida a esos santos de Francia, que serán muy milagrosos, pero que están infamemente mal criados.
 

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Fecundidad de la memoria

El señor no estaba en casa, y el negrito que le servía, abrió la puerta a un forastero muy pomposo.

-¿Está en casa su amo de usted? -preguntó el forastero.

-Ha salido, -contestó el negrito.

-¡Cuánto lo siento! -exclamó el forastero.- No traigo tarjetas.

-¿Qué importa eso? No se apure: diga su nombre; el negrito tiene buena memoria y no le olvidará.

-Pues bien: diga usted a su amo que ha estado aquí a visitarle D. Juan José María Díez de Venegas, Caballero Veinticuatro de la ciudad de Jerez. ¿Se acordará usted?

-¿Y cómo no? -dijo el negrito.

En efecto; cuando volvió su amo el negrito le dijo:

-Zeñó, aquí han estado a visitar a su merced D. Juan, D. José, doña María, diecinueve negas, veinticuatro caballeros y la ciudad de Jerez.
 
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Conversión de un heterodoxo

Vivía en Sevilla, hará más de dos siglos, un clérigo tan sabio en Teología y tan gran predicador, que era el pasmo y la gloria de la ciudad, y tan afable con sus iguales, tan modesto con los superiores y tan llano y caritativo con la gente menuda, que se había ganado la voluntad de todo el mundo.

El demonio, que es envidioso y que todo lo añasca, se ingenió de suerte que hizo que el tal clérigo, a fuerza de meditar y de cavilar en las cosas divinas, viniese a caer en uno de los más espantosos errores que pueden afligir a la pobre y limitada inteligencia humana y que pueden dar al traste con los merecimientos y excelencias de un buen cristiano.

Se empeñó nuestro clérigo en considerar absurdo que siendo Dios uno fuese también Trino. Y no sólo se empeñó en considerarlo, sino que se esforzó por demostrar su error y por difundirle y divulgarle con la misma maravillosa elocuencia que había empleado antes en sus piadosos sermones y homilías.

No acertaremos a ponderar la profunda pena y la consternación que se apoderaron del ánimo de los señores inquisidores, del arzobispo, de toda la clerecía y de cuantas personas honradas y devotas había en Sevilla, al enterarse de la tremenda caída de aquel eminente teólogo y de la insolencia infernal con que iba propagando por todas partes una herejía tan perversa como la de Arrio y la de Mahoma.

Mucho lamentaron y lloraron el extravío de nuestro clérigo los numerosos amigos con que contaba y muy singularmente los señores inquisidores; pero la obligación está por cima de todo, y más aún cuando se trata de la pureza de la fe. Una migajilla de levadura puede fermentar toda la masa. Un ligero asomo de corrupción, una pequeña llaguita puede inficionar y gangrenar el cuerpo sano de la república si no se acude pronto al remedio, cauterizando la llaguita, o digamos quemándola.

Como la llaguita era el clérigo susodicho, era indispensable, laudable e inevitable quemarle vivo, si no se arrepentía y retractaba. Le encerraron, pues, en un calabozo de la inquisición y empezaron con toda solemnidad a formar contra él el proceso.

Poco había que hacer, porque el clérigo, no sólo estaba convicto, sino que se jactaba de su abominable doctrina.

Deseosos, sin embargo, de salvarle, los teólogos más sutiles y dialécticos acudían al calabozo a discutir con el hereje, ya en forma silogística, ya en materia, ya valiéndose de la razón y elevándose a las más altas y metafísicas especulaciones, ya con argumentos de autoridad y citas de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y de los Concilios, para ver si lograban que se convenciese de su nefando error y que al fin se retractase. Así se evitaría la de otra suerte inevitable chamusquina, que deploraban todos, por el entrañable cariño que profesaban al obcecado y simpático delincuente.

Eacute;ste, excitado sin duda por el espíritu de contradicción, y aun, a lo que se sospecha, por el espíritu de las tinieblas, resultaba más terco, más contumaz y más aferrado en su opinión, después de cada disputa. Y como sabía más que Lepe, y también mucho más que todos los que con él iban disputando, y como asimismo estaba dotado de una facundia grandilocuente y ciceroniana, a todos los arrollaba y vencía, desbaratando y refutando cuantos argumentos aducían en contra y permaneciendo siempre en sus trece.

¡Qué calamidad! decía el arzobispo.

-¡Qué caso tan lastimoso! -exclamaban en coro los canónigos y los beneficiados.

-¡Horror, horror, horror! -decían por último los inquisidores, suspirando los unos, y gimiendo los otros. Pero en fin, añadían, no hay más recurso. No hay más esperanza: corruptio optimi pesima: será menester quemar vivo a este prodigio de sabiduría.

Todo estaba dispuesto ya y sólo faltaban tres o cuatro días para que con pompa solemne y edificante se verificara la quema, criando cierto lego franciscano, que tenía fama de bruto y de zafio, pidió con decidido empeño licencia para ver al preso, afirmando y pronosticando, con la mayor seguridad, que él le convencería y lograría que se retractase.

Aunque no era ocasión de risas ni de burlas, porque los inquisidores estaban muy afligidos, todavía se rieron y se burlaron algo de la vanidosa y ridícula pretensión del lego. Tan extremada fue, no obstante, su pretensión, que al cabo cedieron los inquisidores y se verificó la entrevista.

-¿Cuántos Dioses hay? -preguntó el lego. Uno -contestó el clérigo.

-¿Y personas? -volvió a preguntar el lego.

-Una también -replicó el otro.

-Pues no, señor -dijo entonces el lego-: Las personas son tres, y sobre todo, como usted no tiene que mantenerlas, lo mismo le importa que sean tres que trescientas.

A razonamiento tan atinado el clérigo no tuvo nada que contestar, quedó plenamente convencido y prometió retractarse.

Cuando por toda Sevilla se supo la victoria del lego, el pueblo entusiasmado le creyó un bendito siervo de Dios que, valiéndose de su gracia, había hecho aquel estupendo milagro. La plebe entusiasta paseó al lego en triunfo por calles y por plazas. Al clérigo hereje arrepentido le pusieron en libertad. Los inquisidores, con lágrimas de alegría le abrazaban conmovidos. Se habían quitado de encima del corazón el enorme peso de tener que achicharrarle.

El Sr. Arzobispo se holgó también lo que no es decible y mandó cantar en la catedral un solemne Te Deum. Hasta hay quien asegura que, para mayor regocijo, los seises bailaron en aquella ocasión y tocaron las castañuelas.
 

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Manifestaciones de duelo del Rey de Portugal

Un portugués contaba a un andaluz los extremos de doloroso sentimiento que hizo el Rey de Portugal por la muerte de la Señora Infanta, su linda hija.

Extraordinarias eran las cosas que el portugués refería; pero el andaluz, en vez de maravillarse, decía siempre:

-¿Y no hizo más que eso?

Algo enojado el portugués de que el andaluz no se maravillase, ponderaba cada vez más las manifestaciones de duelo de Su Majestad Fidelísima.

El andaluz, no obstante, permanecía indiferente y no se cansaba de repetir:

-¿Y no hizo más que eso?

El portugués perdió por último la paciencia, y dijo para terminar:

-Ainda fiz mais: mandou que en todo o reino ninguem creese'en Deus en tres annos, para que Deus, nos tempos vendouros, saiva como se ten de conduzir con o Rei de Portugal
 
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El Sr. Nichtverstehen

Con rico cargamento de vinos generosos, higos, pasas, almendras y limones, en la estación de la vendeja llegó a Hamburgo, procedente de Málaga, ura goleta mercante española. El patrón, el piloto y el contramaestre sabían muy bien su oficio o dígase el arte de navegar, pero de todas las demás cosas, menester es confesarlo, sabían poco o nada: tenían muy gordas las letras, como vulgarmente suele decirse. Por dicha, remediaba este mal y aun le trocaba en bien, un malagueño muy listo que iba a bordo como secretario del patrón y que apenas había ciencia ni arte que no supiese o en la que por lo menos no estuviese iniciado, ni idioma que no entendiese, escribiese y hablase con corrección y soltura.

Había en el puerto gran multitud de buques de todas clases y tamaños, resplandeciendo entre ellos, llamando la atención y hasta excitando la admiración y la envidia de los españoles, un enorme y hermosísimo navío, construido con tal perfección, lujo y elegancia que era una maravilla.

Los españoles naturalmente tuvieron la curiosidad de saber quién era el dueño del navío y encargaron al secretario que, sirviendo de intérprete, se lo preguntase a alumnos alemanes que habían venido a bordo.

Lo preguntó el secretario y dijo luego a sus paisanos y camaradas:

-El buque es propiedad de un poderoso comerciante y naviero de esta ciudad en que estamos, el cual se llama el Sr. Nichtverstehen.

-¡Cuán feliz y cuán acaudalado ha de ser ese caballero! -dijo el patrón envidiándole.

Saltaron luego en tierra y se dieron a pasear por las calles, contemplando y celebrando la grandeza y el esplendor de los edificios.

A través de una reja preciosa de bronce dorado y en el centro de un parque lleno de corpulentos y frondosos árboles, y cubierto el suelo de verde césped y de lindas flores, vieron uno de los más suntuosos palacios que habían visto en su vida. Encomendaron al secretario que preguntase quién era el amo del palacio y en él vivía.

El secretario se dirigió a un transeúnte, le preguntó y volvió a sus amigos diciéndoles:

-Quien habita en ese palacio y le posee es el mismo comerciante y naviero dueño del buque: el Sr. Nichtverstehen.

Siguieron recorriendo las calles, muy distraídos en ver pasar muchedumbre de pueblo, gran número de gente bien vestida, a pie, a caballo y en coche, y no pocas gallardas mujeres, que les cautivaban la atención y aun los corazones. Una, sobre todo, los dejó embelesados, porque era un prodigio de hermosura, joven y rubia, y tan majestuosa como una emperatriz. Iba sentada en reluciente landó abierto, del cual tiraban dos briosos caballos de la más pura sangre inglesa.

Deslumbrados ante la pomposa aparición de aquella mujer, que les pareció más divina que humana, ansiaron saber quién era. Fue el secretario a preguntarlo y volvió diciendo:

-Es la mujer del comerciante y naviero, dueño del buque y del palacio: es la señora de Nichtverstehen.

Aunque los españoles somos por lo común poco envidiosos y hasta magnánimos, no se ha de negar que, en esta ocasión y harto fundado motivo había para ello, el patrón, el piloto y los demás de la goleta se morían de envidia.

A fin de consolarse de no ser tan venturosos como el Sr. Nichtverstehen, tomaron dos cochecitos de punto y se fueron a pasear por los floridos alrededores de Hamburgo.

Durante este paseo en coche, crecieron la admiración y la envidia de todos. Y la cosa no era para menos. Vieron una magnífica fábrica de tejidos. Preguntaron quién era el fabricante capitalista, y supieron por el mismo conducto y medio que era el Sr. Nichtverstehen.

Admiraron después una suntuosa quinta circundada de bosques y jardines, con colosales invernáculos, donde había palmas gigantescas, helechos arborescentes, naranjos, limoneros, higueras de la India, orquídeas y mil otras plantas de los climas cálidos, y donde bramaban, gruñían y cantaban, en grandes jaulas, multitud de fieras y de aves. Con asombro supieron que aquel regio y campestre retiro era también propiedad del Sr. Nichtverstehen.

-Debe de ser un potentado -exclamaba el piloto.

-Lo que posee valdrá muchos millones de florines -añadía el patrón.

-¡Quién fuera como el Sr. Nichtverstehen! -decían los demás en coro.

Haciendo estas exclamaciones volvieron a entrar en la ciudad, se apearon y prosiguieron a pie su paseo formando grupo.

De pronto se llenó la calle de gente.

-¿Qué será? -decían.

Era un entierro de mucho lujo.

El secretario, según tenía ya de costumbre, se dirigió a una persona de las que vio más cerca para enterarse y saber a quién llevaban a enterrar.

Luego que se enteró, el secretario volvió a sus compañeros, y como era docto y sentencioso y no sólo sabía alemán sino también latín, les dijo con mucha gravedad:

-Sic transit gloria mundi. No hay que envidiar la opulencia, los deleites y el regalo. De nada le han valido todos sus millones al Sr. Nichtverstehen. Era tan mortal como el más miserable pordiosero. Ahí le tenéis encerrado en ese féretro, y dentro de poco estará en el sepulcro y será pasto de gusanos1.​
 
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El famoso cantor Madureira

Fue tan hábil este cantor y tenía una voz tan dulce y tan argentina, que hizo el encanto de cuantos le oyeron durante su gloriosa pero no muy larga vida.

Los portugueses estaban llenos de orgullo porque había pertenecido a su nación tan eminente artista.

Así es que, después de su muerte, le enterraron como a todo el mundo; pero el entierro fue suntuoso y las exequias más suntuosas aún. En los Placeres, que aunque parezca extraño, así se llama el cementerio de Lisboa, le erigieron un soberbio mausoleo; y en una lápida de mármol negro inscribieron con letras de oro el siguiente epitafio:

Aquí yace o Senhor de Madureira, o primer cantor do mundo.
Morreu.
Porem, non morreu, Chamoulhe Deus a sua Capella.
Mandou-lhe cantar.
Nào quiz.
Rogou-lhe que cantase.
Entao cantou.
E diz Deus:
Vayan os anjos a merda que canta muito melhor o Sennor de Madureira.
 
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El portugués filólogo

Cierto portugués, muy docto en filología, comparaba una vez la lengua francesa con su propia lengua y decía entre otras cosas:

-Eu acho muito natural que os francezes chamen ao vinho, vin; ao pâo pain;é ao chapeu, chapeau; porem que ao pescozo chamen cu... ¡é até indezente!
 
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El portugués que llegó a Cádiz

Venía por mar este portugués, y estaba tan mareado, que ni aun después de desembarcar se le pasó el mareo. Iba dando traspiés e imaginaba que brincaban las casas en torno suyo y que el suelo se movía.

Entonces exclamó:

-¡Não tremas terra, que eu não te fazo mal!
 
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El gitano teólogo

Se fue a confesar un gitano ya de edad provecta y muy preciado de discreto.

El Padre le preguntó si sabía la doctrina cristiana.

-Pues no faltaba más sino que a mis años no la supiese -dijo el gitano.

Pues rece usted el Padrenuestro -dijo el confesor.

-Mire usted, Padre -contestó el gitano- no me avergüence preguntándome cosas tan fáciles. Eso se pregunta a los niños de la doctrina y no a los hombres ya maduros y que no tienen traza de ignorantes o de tontos. En punto a religión yo sé cuanto hay que saber. Hágame preguntas difíciles, morrocotudas, y ya verá cómo contesto.

-Bien está -dijo el padre.- Pues entonces responda usted: ¿Cómo es que, siendo Dios omnipotente y criador de cielos y tierras, consintió en hacerse hombre y en venir al mundo?

El gitano contestó sin titubear:

-Pues ahí verá usted.

-Y si N. S. Jesucristo no hubiera venido a salvarnos -prosiguió el Padre- y si no hubiera padecido pasión y muerte, ¿qué hubiera sido de nosotros?

-Hágase usted cargo -replicó el gitano.

Y el padre se quedó turulato al oír contestaciones tan llenas de sabiduría
 
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El cocinero del Arzobispo

En los buenos tiempos antiguos, cuando estaba poderoso y boyante el Arzobispado, hubo en Toledo un Arzobispo tan austero y penitente, que ayunaba muy a menudo y casi siempre comía de vigilia, y más que pescado, semillas y yerbas.

Su cocinero le solía preparar para la colación, un modesto potaje de habichuelas y de garbanzos, con el que se regalaba y deleitaba aquel venerable y herbívoro siervo de Dios, como si fuera con el plato más suculento, exquisito y costoso. Bien es verdad que el cocinero preparaba con tal habilidad los garbanzos y las habichuelas, que parecían, merced al refinado condimento, manjar de muy superior estimación y deleite.

Ocurrió, por desgracia, que el cocinero tuvo una terrible pendencia con el mayordomo. Y como la cuerda se rompe casi siempre por lo más delgado, el cocinero salió despedido.

Vino otro nuevo a guisar para el señor Arzobispo y tuvo que hacer para la colación el consabido potaje. Él se esmeró en el guiso, pero el Arzobispo le halló tan detestable, que mandó despedir al cocinero e hizo que el mayordomo tomase otro.

Ocho o nueve fueron sucesivamente entrando, pero ninguno acertaba a condimentar el potaje y todos tenían que largarse avergonzados, abandonando la cocina arzobispal.

Entró, por último, un cocinero más avisado y prudente, y tuvo la buena idea de ir a visitar al primer cocinero y a suplicarle y a pedirle, por amor de Dios y por todos los santos del cielo, que le explicara cómo hacía el potaje de que el Arzobispo gustaba tanto.

Fue tan generoso el primer cocinero, que le confió con lealtad y laudable franqueza su procedimiento misterioso.

El nuevo cocinero siguió con exactitud las instrucciones de su antecesor, condimentó el potaje e hizo que se le sirvieran al ascético Prelado.

Apenas éste le probó, paladeándole con delectación morosa, exclamó entusiasmado:

-Gracias sean dadas al Altísimo. Al fin hallamos otro cocinero que hace el potaje tan bien o mejor que el antiguo. Está muy rico y muy sabroso. Que venga aquí el cocinero. Quiero darle merecidas alabanzas.

El cocinero acudió contentísimo. El Arzobispo le recibió con grande afabilidad y llaneza, y puso su talento por las nubes.

Animado entonces el artista, que era además sujeto muy sincero, franco y escrupuloso, quiso hacer gala de su sinceridad y de su lealtad y probar que sus prendas morales corrían parejas con su saber y aun se adelantaban a su habilidad culinaria.

El cocinero, pues, dijo al Arzobispo:

-Excelentísimo señor: a pesar del profundísimo respeto que V. E. me inspira, me atrevo a decirle, porque lo creo de mi deber, que el antiguo cocinero lo estaba engañando y que no es justo que incurra yo en la misma falta. No hay en ese potaje garbanzos ni habichuelas. Es una falsificación. En ese potaje hay albondiguitas menudas hechas de jamón y pechugas de pollo, y hay riñoncitos de aves y trozos de criadillas de carnero. Ya ve V. E. que le engañaban.

El Arzobispo miró entonces de hito en hito al cocinero, con sonrisa entre enojada y burlona, y le dijo:

-¡Pues engáñame tú también, majadero!
 
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Quien no te conozca que te compre

No nos atrevemos a asegurarlo, pero nos parece y querernos suponer que el tío Cándido fue natural y vecino de la ciudad de Carmona.

Tal vez el cura que le bautizó no le dio el nombre de Cándido en la pila, sino que después todos cuantos le conocían y trataban le llamaron Cándido porque lo era en extremo. En todos los cuatro reinos de Andalucía no era posible hallar sujeto más inocente y sencillote.

El tío Cándido tenía además muy buena pasta.

Era generoso, caritativo y afable con todo el mundo. Como había heredado de su padre una haza, algunas aranzadas de olivar y una casita en el pueblo, y como no tenía hijos, aunque estaba casado, vivía con cierto desahogo.

Con la buena vida que se daba se había puesto muy lucio y muy gordo.

Solía ir a ver su olivar, caballero en un hermosísimo burro que poseía; pero el tío Cándido era muy bueno, pesaba mucho, no quería fatigar demasiado al burro y gustaba de hacer ejercicio para no engordar más. Así es que había tomado la costumbre de hacer a pie parte del camino, llevando el burro detrás asido del cabestro.

Ciertos estudiantes sopistas le vieron pasar un día en aquella disposición, o sea a pie, cuando iba ya de vuelta para su pueblo.

Iba el tío Cándido tan distraído que no reparó en los estudiantes.

Uno de ellos, que le conocía de vista y de nombre y sabía sus cualidades, informó de ellas a sus compañeros y los excitó a que hiciesen al tío Cándido una burla.

El más travieso de los estudiantes imaginó entonces que la mejor y la más provechosa sería la de hurtarle el borrico. Aprobaron y hasta aplaudieron los otros, y puestos todos de acuerdo, se llegaron dos en gran silencio, aprovechándose de la profunda distracción del tío Cándido, y desprendieron el cabestro de la jáquima. Uno de los estudiantes se llevó el burro, y el otro estudiante, que se distinguía por su notable desvergüenza y frescura, siguió al tío Cándido con el cabestro asido en la mano.

Cuando desaparecieron con el burro los otros estudiantes, el que se había quedado asido al cabestro tiró de él con suavidad. Volvió el tío Cándido la cara y se quedó pasmado al ver que en lugar de llevar el burro llevaba del diestro a un estudiante.

Eacute;ste dio un profundo suspiro, y exclamó:

-Alabado sea el Todopoderoso.

Por siempre bendito y alabado, -dijo el tío Cándido.

Y el estudiante prosiguió:

-Perdóneme usted, tío Cándido, el enorme perjuicio que sin querer le causo. Yo era un estudiante pendenciero, jugador, aficionado a mujeres y muy desaplicado. No adelantaba nada. Cada día estudiaba menos. Enojadísimo mi padre me maldijo, diciéndome: eres un asno y debieras convertirte en asno.

Dicho y hecho. No bien mi padre pronunció la tremenda maldición, me puse en cuatro pies sin poderlo remediar y sentí que me salía rabo y que se me alargaban las orejas. Cuatro años he vivido con forma condición asnales, hasta que mi padre, arrepentido de su dureza, ha intercedido con Dios por mí, y en este mismo momento, gracias sean dadas a su Divina Majestad, acabo de recobrar mi figura y condición de hombre.

Mucho se maravilló el tío Cándido de aquella historia, pero se compadeció del estudiante, le perdonó el daño causado y le dijo que se fuese a escape a presentarse a su padre y a reconciliarse con él.

No se hizo de rogar el estudiante, y se largó más que deprisa, despidiéndose del tío Cándido con lágrimas en los ojos y tratando de besarle la mano por la merced que le había hecho.

Contentísimo el tío Cándido de su obra de caridad se volvió a su casa sin burro, pero no quiso decir lo que le había sucedido porque el estudiante le rogó que guardase el secreto, afirmando que si se divulgaba que él había sido burro lo volvería a ser o seguiría diciendo la gente que lo era, lo cual le perjudicaría mucho, y tal vez impediría que llegase a tomar la borla de Doctor, como era su propósito.

Pasó algún tiempo y vino el de la feria de Mairena.

El tío Cándido fue a la feria con el intento de comprar otro burro.

Se acercó a él un gitano, le dijo que tenía un burro que vender y le llevó para que le viera.

Qué asombro no sería el del tío Cándido cuando reconoció en el burro que quería venderle el gitano al mismísimo que había sido suyo y que se había convertido en estudiante. Entonces dijo el tío Cándido para sí:

-Sin duda que este desventurado, en vez de aplicarse, ha vuelto a sus pasadas travesuras, su padre le ha echado de nuevo la maldición y cátale allí burro por segunda vez.

Luego, acercándose al burro y hablándole muy quedito a la oreja, pronunció estas palabras, que han quedado como refrán:

-Quien no te conozca que te compre
 
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El Gloria Patri

Cuentan que Godoy, cuando estaba en la cumbre del poder y en lo mejor de su valimiento, protegió y favoreció pródigamente a sus antiguos camaradas los guardias de corps. A dos o tres de ellos los envió de embajadores, a otros los hizo gobernadores y hasta virreyes, y no pocos fueron de canónigos a diferentes catedrales.

Uno, que era algo místico y no sin razón presumía de teólogo, tuvo una canongía en Sevilla.

Meses después de estar instalado en su canongía, escribió a una señora íntima suya, que vivía en Madrid.

En la carta encarecía y ponderaba, como es justo, el esplendor y la hermosura de la gran ciudad del Betis, contaba lo bien que le iba en su nuevo empleo y residencia y afirmaba que no dejaba nunca de asistir a coro, rezando, cantando y alabando a Dios en compañía de los otros canónigos.

Luego añadía como cosa que le había chocado en extremo y que era digna de memoria:

-Aquí todo se reza en latín menos el Gloria Patri.