Cuadernos de Psicología. (1 Viewer)

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Efecto Avestruz: Ignorar las malas noticias no las hará desaparecer



“No escondas la cabeza como el avestruz”, solemos decirle a quienes intentan escapar de los problemas evitándolos. A pesar de que no es cierto que los avestruces escondan la cabeza en la arena ante el peligro, este mito se ha fijado con tanta fuerza en el imaginario popular que incluso ha servido para bautizar un sesgo cognitivo que todos hemos sufrido alguna que otra vez: el Efecto Avestruz.

¿Qué es el Efecto Avestruz?
El Efecto Avestruz es un sesgo cognitivo que implica la tendencia a evitar toda aquella información negativa que catalogamos, de manera más o menos consciente, como “peligrosa”. Es un mecanismo de atención selectiva de la información mediante el cual evitamos aquella que tiene connotaciones negativas para nosotros. En práctica, sería ignorar las situaciones de riesgo o las señales de las mismas, pretendiendo que no existen.

El término fue acuñado por los investigadores Dan Galai y Orly Sade, quienes monitorearon los comportamientos de los inversores en bolsa y notaron que estos tendían a revisar más los indicadores económicos cuando la bolsa iba bien, pero cuando iba mal, monitoreaban menos los datos. También descubrieron que este fenómeno se agudiza cuando tomamos una decisión que encierra un elevado nivel de incertidumbre.

Obviamente, el Efecto Avestruz no se aplica solo a los inversores. Un estudio realizado en el Reino Unido reveló que solo el 10% de las personas a quienes les preocupan sus finanzas, las monitorean – y lo hacen solo una vez al mes. El 90% restante ni siquiera revisa sus cuentas, lo cual les impide tomar medidas para sanear su economía.


El Efecto Avestruz no se queda relegado al plano económico sino que se extiende prácticamente a todas las esferas de nuestra vida cotidiana. Otro estudio realizado en la Universidad de Minnesota, por ejemplo, reveló que el 20% de las personas que se inscribieron a un programa para perder peso jamás se habían pesado, lo cual indica que evitaban las señales confirmatorias del problema.

Para comprender este fenómeno ni siquiera tenemos que recurrir a los estudios científicos, hay momentos difíciles en la vida en los que solo nos apetece meter la cabeza en un hueco bajo tierra para “desaparecer” y esperar a que todo se resuelva. Nos gusta imaginar que no está ocurriendo nada y que los problemas se solucionarán solos. Es una fantasía que, de cierta forma, nos calma y reconforta. Lo peor de todo es que en muchas ocasiones, no somos plenamente conscientes de que estamos escondiendo la cabeza en la arena.

¿Cuándo actuamos como el avestruz?
Existen diferentes situaciones que nos pueden llevar a ser víctimas del Efecto Avestruz:

  1. Cuando perdemos el rumbo. En ocasiones, cuando perdemos el rumbo en la vida, la desorientación y la incertidumbre pueden ser tan grandes que preferimos no saber en qué punto estamos. Evitamos reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta ahí y hacia donde debemos encaminar nuestros pasos. De esta manera cedemos el control de nuestra vida, dejamos las decisiones enteramente en manos de las circunstancias.
  2. Cuando tenemos que lidiar con situaciones negativas desagradables. Hay circunstancias que tienen un impacto emocional tan grande que llegamos a percibirlas como un peligro para nuestro «yo». En esos casos, suele ser tentador esconder la cabeza bajo tierra y fingir que no está pasando nada.
  3. Cuando no tenemos los recursos psicológicos para hacer frente a los problemas.A veces, hay situaciones que nos desbordan psicológicamente. Cuando no contamos con las herramientas psicológicas necesarias, no tenemos la suficiente confianza en nosotros mismos o no hemos desarrollado la resiliencia, preferimos ignorar el problema e imaginar que todo está bien.
¿Por qué preferimos ignorar algunos problemas en vez de afrontarlos?
Somos víctimas del Efecto Avestruz porque el problema que debemos afrontar representa una incongruencia con nuestras actitudes, expectativas y/o creencias. Dado que evitamos la disonancia cognitiva y preferimos mantener una imagen positiva de nosotros mismos, si ese problema nos obliga a replantearnos algunos de nuestros aspectos y nos lleva a reconocer que estábamos equivocados, podríamos preferir evitarlo.

Las personas que sufren el Efecto Avestruz reciben información relevante, pero deciden intencionalmente no evaluar sus implicaciones, rechazando esos datos. En otras palabras: evitamos o incluso negamos la información cuando esta nos obliga a confrontar e interiorizar decepciones que preferiríamos evitar.

En cualquier caso, el Efecto Avestruz es un mecanismo psicológico que activamos para intentar escapar de los sentimientos negativos asociados a ese problema o conflicto. Si ignoramos el problema y evitamos pensar en sus implicaciones, también evitaremos los sentimientos negativos que suele generar. Es una especie de escudo psicológico, aunque eso no significa que sea una estrategia adaptativa.

No por mucho evitar, desaparece el problema más temprano
Ignorar los problemas, pretender que no existen, no los solucionará. Al contrario, el Efecto Avestruz puede generar serias consecuencias en nuestra vida.

  • Tomar peores decisiones. Al no aceptar la existencia del problema, tampoco recopilaremos información activamente que nos permita sopesar todas las opciones y tomar la mejor decisión posible. Como resultado, es probable que las circunstancias decidan en nuestro lugar o que nos veamos obligados a decidir cuando estemos contra la espada y la pared. Y cuando estamos contra las cuerdas, es difícil tomar buenas decisiones.
  • Infelicidad permanente. Se dice que la ignorancia es felicidad, pero la ignorancia fingida no lo es. Ignorar es un acto consciente, lo cual significa que ese problema o conflicto, aunque pretendamos que no existe, sigue estando activo en alguna parte de nuestra mente, generando tensión, incertidumbre y, por supuesto, infelicidad.
  • Efecto bola de nieve. Una de las consecuencias más nefastas del Efecto Avestruz es que puede convertirse en una bola de nieve que crece mientras rueda montaña abajo, arrastrando a su paso todo lo que encuentra. Una persona que no se somete a un examen médico importante porque teme que le den un mal resultado, a la larga estará empeorando su situación. Huir de los problemas generalmente solo sirve para agravarlos.
  • Imposibilidad de alcanzar las metas. Un estudio llevado a cabo en Finlandia reveló que las personas que se plantean ahorrar energía, pero no supervisan el consumo de electricidad de su hogar, no son capaces de actuar para reducir su consumo. Asimismo, una persona que ignore los conflictos en su relación, no podrá determinar con precisión los problemas y, por ende, perderá oportunidades para solucionarlos mientras aún está a tiempo. Si ignoramos un problema, seremos incapaces de analizar objetivamente la situación en la que nos encontramos y, por ende, nos resultará mucho más difícil alcanzar nuestras metas. De hecho, la probabilidad de desviarnos de nuestros objetivos e involucrarnos en actividades irrelevantes aumenta.
¿Cómo evitar el Efecto Avestruz?
En “Vidas Paralelas”, Plutarco escribió: “El primer mensajero que dio la noticia sobre la llegada de Lúculo estuvo tan lejos de complacer a Tigranes que éste le cortó la cabeza por sus dolores; y sin ningún hombre atreverse a llevar más información, y sin ninguna inteligencia del todo, Tigranes se sentó mientras la guerra crecía a su alrededor, dando oído sólo a aquellos que lo halagaran”.

Ser conscientes de que esconder la cabeza para negar la realidad no es un mecanismo de afrontamiento adaptativo es el primer paso para evitar el Efecto Avestruz. Necesitamos comprender que, por más que intentemos esconder la realidad, esta no cambiará, simplemente porque no hay escondite lo suficientemente grande. La verdad no cambia según nuestra capacidad para gestionarla. La única forma de eliminar los problemas es aceptarlos y superarlos.

En algunos casos, cuando estamos demasiado implicados emocionalmente y la situación nos atemoriza, puede ser conveniente pedir ayuda a un observador externo, una persona que pueda valorar la situación de manera más objetiva y nos indique si realmente estamos rehuyendo el problema. Luego necesitamos aplicar la aceptación radical. Solo cuando aceptamos lo que ocurre, estaremos listos para afrontar el problema.

No cabe duda de que sacar la cabeza del hueco puede ser aterrador, pero enfrentar los problemas nos permitirá restaurar la paz interior. Además, si aprovechamos esa experiencia «negativa», saldremos fortalecidos de ella y confiaremos mucho más en nuestra capacidad para resolver los problemas. Lo interesante es que mientras más dificultades afrontemos en la vida, menor será la tendencia a esconder la cabeza.



Fuentes:

Webb, T. L. et. Al. (2013) ‘The Ostrich Problem’: Motivated Avoidance or Rejection of Information About Goal Progress. Social and Persnality Psychology Compass; 7(11): 794-807.

Webb, T. L., Chang, B. P. I., & Benn, Y. (2013). ‘The ostrich problem’: Motivated avoidance or rejection of information about goal progress. Social and Personality Psychology Compass, 7(11), 794-807.

Karjalainen, S. (2011) Consumer preferences for feedback on household electricity consumption. Energy and Buildings; 43: 458–467.

Karlsson, N. et. Al. (2009) The ostrich effect: Selective attention to information. Journal of Risk and Uncertainty; 38(2): 95–115.

Linde, J. A. et. Al. (2005) Self-weighing in weight gain prevention and weight loss trials. Ann Behav Med; 30(3): 210-216.

Galai, D. & Sade, O. (2003) The ‘Ostrich Effect’ and the Relationship between the Liquidity and the Yields of Financial Assets. Journal of Business; 79(5): 2741-2759.

https://rinconpsicologia.com/efecto-avestruz/
 

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La ciencia lo confirma: Los niños pequeños quieren ayudar en casa, y debemos dejarles



Solemos pensar en los niños como en una mano extra para los casos de extrema urgencia, en vez de considerarlos como fuentes de ayuda válidas. Por desgracia, muchos padres piensan que intentar que sus hijos les den una mano en las tareas del hogar representa más esfuerzo que el trabajo que se ahorran.

En otros casos, cuando tienen muchas tareas por delante, recurren al soborno o a la amenaza de castigo para que sus hijos les ayuden. De esta manera les transmiten la idea de que las tareas del hogar son algo pesado que sería mejor evitar. Cuando ese niño crezca, es comprensible que no le apetezca hacerlas. Así los padres crean, de manera más o menos consciente, una profecía que se autocumple.

La ciencia, sin embargo, ha descubierto que podríamos estar equivocados. Los niños pequeños tienen un deseo innato de ayudar, y si se lo permitimos, seguirán ayudándonos voluntariamente durante toda su infancia y adolescencia.

Los niños pequeños quieren ayudar
Harriet Lange Rheingold, considerada como una de las psicólogas del desarrollo más destacadas de Estados Unidos, observó cómo interactuaban los niños pequeños de 18, 24 y 30 meses con sus padres mientras estos realizaban tareas domésticas rutinarias como doblar la ropa, quitar el polvo, barrer, retirar los platos de la mesa o poner orden en casa.


Pidió a los padres que trabajaran de manera relativamente lenta y permitieran que su hijo les ayudara, si este lo deseaba, pero que no le pidieran ayuda ni le dieran instrucciones. La psicóloga descubrió que todos los niños pequeños ayudaron de manera voluntaria a realizar las tareas del hogar. La mayoría de ellos ayudaron con más de la mitad de las tareas que los padres emprendieron y algunos incluso tomaron la iniciativa realizando otras tareas.

A partir de aquel estudio pionero, otros investigadores han seguido analizando el deseo de ayudar de los niños pequeños. Una investigación realizada recientemente en la Universidad de Harvard, por ejemplo, concluyó que los niños pequeños brindan ayuda por iniciativa propia cuando se dan cuenta de que otra persona está en “dificultad” o necesita una mano.

Las recompensas disminuyen el deseo de ayudar
Uno de los hallazgos más interesantes de esta serie de estudios es que los niños brindan su ayuda de manera desinteresada, no lo hacen para obtener una recompensa. Un estudio llevado a cabo en el Instituto Max Planck descubrió que brindar una recompensa por ayudar en realidad es contraproducente ya que disminuye el deseo de dar una mano la próxima vez.

Estos investigadores permitieron que niños de 20 meses ayudaran a un experimentador de diferentes maneras. A algunos no se les ofreció recompensa después de haber ayudado, pero a otros se les dio la oportunidad de jugar con un juguete atractivo.

Los resultados fueron concluyentes: los pequeños que habían sido recompensados por ayudar tenían luego menos probabilidades de ayudar que los que no habían sido recompensados. Solo el 53% de los niños que habían sido recompensados decidió ayudar por segunda vez al experimentador. En el caso de los niños que no habían sido recompensados, el 89% volvió a brindar su ayuda.

Este hallazgo demuestra que los niños están motivados intrínsecamente a ayudar, es decir, dan una mano porque quieren ser útiles, no porque esperan obtener algo por ello. De hecho, se ha demostrado que las recompensas externas suelen socavar la motivación intrínseca, incluso en los adultos.

El problema es que una recompensa cambia nuestra actitud y la forma de ver la actividad, de manera que algo que antes disfrutábamos se convierte en una “obligación” o un medio para conseguir algo más. Es lo que se conoce como «efecto de sobrejustificación», que ocurre cuando un incentivo externo reduce la motivación intrínseca, de forma que le prestamos más atención al incentivo y menos a la satisfacción o diversión propia de la actividad.

La valiosa lección de los padres indígenas
Entre los padres de Occidente, una idea generalizada es que es más importante que los niños se concentren en sus estudios y actividades extraescolares a que ayuden a recoger la ropa, retirar los platos o hacer la cama. Pero quizá nos estamos equivocando.

Un estudio muy interesante realizado en México comparó la relación entre padres e hijos a la hora de realizar las tareas del hogar en las comunidades indígenas y en familias más occidentalizadas. Estos psicólogos descubrieron que los padres de las comunidades indígenas responden positivamente al deseo de ayudar de sus hijos pequeños, aunque esa “ayuda” los frene en determinadas circunstancias, porque creen que que eso complace a los niños y los ayuda a convertirse en personas más seguras e independientes. Como resultado, cuando los niños tienen entre 5 y 6 años siguen ayudando en las tareas del hogar y asumen sus responsabilidades domésticas sin dificultades.

También se apreciaron grandes diferencias en las formas en que los padres describían las contribuciones de sus hijos a las tareas del hogar. Según los propios padres, el 74% de los niños que vivían en la comunidad indígena tomaban regularmente la iniciativa de ayudar en las tareas domésticas. En las familias occidentalizadas, ningún niño lo hacía. De hecho, estos padres informaron muy poca ayuda voluntaria de sus hijos, aunque también parecían desvalorizar la poca ayuda que ofrecía un niño.

Además, los padres de herencia indígena describieron a sus hijos como capaces, autónomos, emprendedores y voluntarios, mientras que los padres occidentalizados describieron a sus hijos como dependientes y subordinados, que solo ayudaban a regañadientes y necesitaban que se les dijera qué hacer.

Esto nos indica que, de cierta forma, estamos “matando” el deseo de ayudar de los niños, convirtiéndolos en personas más dependientes y reacias a involucrarse en las tareas del hogar y asumir responsabilidades. Se trataría, en el fondo, de una profecía que se autocumple. No les dejamos ayudar porque no creemos que sean capaces, de manera que cuando sean capaces, no lo querrán hacer.

Padres, ¿cómo salir de este círculo vicioso?
Como padres, tendemos a cometer tres errores respecto al deseo de ayudar de nuestros hijos pequeños.

  1. Desestimamos su ofrecimiento de ayudar, simplemente porque tenemos prisa por hacer las cosas y creemos que esa “ayuda” nos retrasará ya que el niño no lo hará bien. De esta manera le estamos diciendo que no es capaz de ayudar.
  2. Pensamos que las labores domésticas son algo molesto que sería mejor ahorrar a los niños, transmitiéndoles así el mensaje de que es algo que se debe hacer por obligación, no porque se disfrute.
  3. Cuando realmente queremos o necesitamos la ayuda del niño, ofrecemos algún tipo de trato o recompensa por hacerlo. El mensaje que le llegará al niño es que solo debe ayudar cuando obtiene algo a cambio, lo cual elimina el placer intrínseco al acto de ayudar.
Para salir de ese círculo vicioso basta aceptar la ayuda desinteresada de nuestros hijos, aunque ello suponga en algunas ocasiones ir más lento. Debemos recordar que muchas veces importa más ese momento compartido que terminar cuanto antes una tarea. Así, incluso las tareas del hogar pueden convertirse en tiempo de calidad juntos o en una estrategia para educar en valores como la responsabilidad.



Fuentes:

Gray, P. (2018) Toddlers Want to Help and We Should Let Them. En: Psychology Today.

Alcalá, L. et. Al. (2014) Children’s initiative in contributions to family work in indigenous-heritage and cosmopolitan communities in Mexico. Human Development; 57(2-3): 96-115.

Warneken, F. & Tomasello, M. (2009) Varieties of altruism in children and chimpanzees Trends in Cognitive Sciences; 13(9): 397-402.

Warneken, F. & Tomasello, M. (2008) Extrinsic Rewards Undermine Altruistic Tendencies in 20-Month-Olds. Developmental Psychology; 44(6): 1785–1788.

Harriet Rheingold (1982) Little Children’s Participation in the Work of Adults, a Nascent Prosocial Behavior. Child Development; 53(1): 114-125.
https://rinconpsicologia.com/ninos-que-ayudan-en-casa/
 
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Familia manipuladora: Cuando el problema está en casa



De los vínculos afectivos más intensos surgen las ataduras más apretadas. Y cuanto más apretadas sean esas ataduras, más daño pueden hacernos. Aunque no siempre somos conscientes de ellas. De hecho, en muchos casos la peor manipulación se origina en nuestro entorno más cercano, en el núcleo que debería ser nuestra fuente de seguridad y validación emocional pero que termina convirtiéndose en una insondable fuente de preocupación, angustia, agobio y culpa.

La dinámica de las familias manipuladoras
En algunos casos, en vez de hacer referencia a personas manipuladoras propiamente dichas, es posible hablar de familias manipuladoras ya que en su seno se desencadena una dinámica de control y sometimiento. En práctica, los miembros de la familia comienzan a seguir un patrón de comportamientos manipuladores.

En el seno de esa familia disfuncional se instaura un mecanismo de manipulación por medio del cual se controla a uno o varios de sus miembros. Ese tipo de manipulación puede adquirir diferentes matices. Una de las dinámicas más comunes consiste en convertir a uno de sus miembros en el chivo expiatorio que cargará con todas las culpas familiares. Esa persona será víctima de lo que se conoce como “efecto oveja negra” y será culpada sistemáticamente por todos los problemas que ocurran en el seno familiar.

Otra dinámica de manipulación bastante común consiste en obligar a uno de los miembros a asumir la responsabilidad de todo el núcleo familiar, ya sea en el plano afectivo o económico – o en ambos -, recurriendo a sentimientos de culpa, chantajes o simplemente haciendo leva en su sentido de la responsabilidad. En estos casos, la víctima carga sobre sus espaldas las responsabilidades y obligaciones que, en una familia funcional, estarían repartidas entre todos sus miembros de manera proporcional a sus capacidades.


La dinámica de la familia manipuladora termina consolidando un equilibrio malsano en el que uno de sus miembros es “aplastado” bajo el peso de los demás. En algunos casos ese “peso” es más evidente pues se traduce en insultos, humillaciones y desvalorizaciones, pero en otros casos es mucho más sutil y hasta puede enmascararse bajo la forma de elogios cuyo verdadero objetivo es lograr que esa persona siga sujeta a la manipulación y continúe actuando como principal proveedor del núcleo familiar. De hecho, el victimismo es una estrategia de manipulación que usan las familias manipuladoras para controlar a la verdadera víctima.

A veces, esa manipulación no se ejerce de manera plenamente consciente. Es probable que los miembros de la familia comiencen a depender cada vez más de uno, se acomoden en esa situación y la manipulación se convierta en el único camino que encuentran para mantener el estado de las cosas. Al fin y al cabo, nuestro miedo a salir de la zona de confort puede hacer que prefiramos un «mal conocido que un bueno por conocer», lo cual perpetúa la situación de manipulación. En otros casos, esa manipulación sí puede ser consciente e incluso es probable que algunos miembros de la familia se “alíen” para mantener sometido al otro o los otros.

¿Por qué es tan difícil reconocer la manipulación familiar?
Existen dos grandes obstáculos que nos dificultan detectar a una familia manipuladora:

  1. Los profundos vínculos emocionales. Se supone que la familia es una de nuestras principales fuentes de seguridad emocional, donde debemos sentirnos comprendidos, aceptados y amados. Ello nos lleva a establecer profundos vínculos afectivos que, en muchas ocasiones, nos impiden ver la realidad tal como es. En muchos casos, la persona que está siendo víctima de una familia manipuladora se niega inconscientemente a reconocer la realidad porque ello implicaría reconocer que esa fuente de seguridad ha transmutado en una fuente de agobio y angustia. También implica reconocer que las personas en quienes ha confiado, se han aprovechado de esa confianza. Y eso representa un duro golpe para nuestra visión del mundo que a menudo nos lleva a replantearnos muchas de nuestras certezas, comportamientos y sentimientos.
  2. La creencia en la familia como una unidad sagrada. La firme creencia de que la familia es una unidad sagrada puede llevarnos a traspasar algunas barreras que jamás traspasaríamos con otras personas. Pensar que esos vínculos son indisolubles puede hacer que algunos se aprovechen de otros, y otros se dejen aprovechar por esos algunos. “Ante lo que es sagrado, pierde uno todo su sentimiento de poder, se siente uno impotente y se humilla […] Lo sagrado inspira temor, de manera que el objeto del miedo se convierte en una potencia interior a la que yo no puedo sustraerme; lo que yo honro me toma, me liga, me posee, me pone completamente en su poder y no me deja liberarme”, apunta una frase de Max Stirneren la que se refería, entre otras cosas, a la supuesta indisolubilidad y sacralidad de los lazos familiares.
La manipulación familiar no es buena para nadie
Las familias manipuladoras crean una dinámica que no es positiva para nadie. Se establece una relación tóxica de dependencia en la que la víctima es drenada emocionalmente y los manipuladores se achantan y no solo dejan de crecer en el plano personal sino que incluso suelen involucionar.

La víctima de una familia tóxica verá como sus responsabilidades y obligaciones crecen cada día que pasa. Es probable que sus familiares le exijan cada vez más y se muestren cada vez más descontentos e insatisfechos con su entrega y dedicación. Esta persona se sentirá angustiada e irritable, pero es probable que ni siquiera comprenda de dónde surgen esos sentimientos, lo cual generará a su vez más conflictos en el seno familiar. Dado que su libertad personal está cercenada, la víctima no podrá seguir creciendo debido al lastre que arrastra.

Por otra parte, aunque en un primer momento puede parecer que los familiares manipuladores son quienes salen ganando en esta dinámica, en realidad también son perdedores. Pierden porque se vuelven dependientes, porque de cierta forma también están condicionando su vida a su víctima, y porque se niegan la posibilidad de desarrollar las habilidades necesarias para enfrentar los problemas y conflictos en la vida por sí mismos.

Hay que tener en cuenta que, en la díada de la manipulación, aunque el manipulador parece tener el control de la situación, también es dependiente de su víctima ya que la necesita para mantener el estado de las cosas. Por tanto, la manipulación familiar es una situación en la que nadie gana a largo plazo. Nunca.

¿Cómo poner fin a la dinámica de manipulación familiar?
Quizá uno de los pasos más liberadores, pero también más difíciles de dar, consiste en asumir que los lazos familiares no tienen por qué ser indisolubles, sobre todo cuando se convierten en una soga que aprieta cada vez más fuerte. Como dijera el escritor Richard Bach: “el vínculo que te une a tu verdadera familia no es el de la sangre, sino el del respeto y la alegría que tú sientes por las vidas de ellos y ellos por la tuya”.

La familia, aunque no está exenta de conflictos, debe ser un refugio donde encontramos comprensión y amor. Cada miembro de la familia debe asumir sus responsabilidades, respetar a los otros, apoyarles y, sobre todo, dejarles la libertad que necesitan para que cada quien pueda crecer en su propia dirección.

La terapeuta familiar Virgina Satir apuntó: “los sentimientos valiosos solo pueden florecer en un ambiente donde se aprecien las diferencias individuales, se toleren los errores, donde la comunicación sea abierta y las reglas sean flexibles, el tipo de ambiente que se encuentra en una familia cariñosa”.

Cuando la familia se convierte en una fuente de agobio, tensión y manipulación, hay que poner límites. Necesitas tener claros cuáles son tus puntos rojos, aquellos que no estás dispuesto a que los demás traspasen. Y necesitas que los demás miembros de la familia tengan claro que no permitirás que traspasen esos límites.

Si consideras que determinada dinámica familiar es dañina, no dejes que se convierta en un elefante en la habitación, sácala a colación, propón ideas para solucionarla y escucha la perspectiva y propuestas de los otros actores. No te sientas culpable por no querer cargar con un peso que no te corresponde. Al fin y al cabo, una familia en la que cada uno de sus miembros trabaja para madurar y asume sus responsabilidades, es una familia más enriquecedora para todos.

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¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! La era del Narcisismo Digital



Si Narciso, el personaje mitológico que cayó al agua por lo absorto que estaba contemplando su reflejo, viviera en la actualidad inundaría sus redes sociales con selfies en los que aparecería en un primer plano mostrando su físico envidiable y su vida perfecta.

Vivimos en una época en que el narcisismo ha calado profundo: buscamos la aprobación de los amigos – aunque sería más adecuado decir seguidores, que no es lo mismo – en las redes sociales para sentirnos bien con nosotros mismos. Y cada vez que recibimos un “me gusta”, nuestro ego crece. Para conseguir esos “me gusta” muchas personas proyectan una versión idealizada de sí mismas, alimentando el personaje que desean ser y no lo que son en realidad.

¿Qué es el narcisismo digital?
Con la llegada de las tecnologías de la información, y en particular de las redes sociales, ha proliferado el narcisismo digital. Se trata de un conjunto de prácticas de comunicación típicas del universo 2.0 basadas en un egocentrismo tan acentuado que roza lo patológico.

El narcisismo digital se expresa a través de una serie de acciones “extremas”, como tomarse un gran número de selfies o compartir momentos, que podríamos catalogar como demasiado íntimos, de sus vidas, prácticamente todos los días.


Compartir – o más bien, compartir en exceso – es la forma que estos narcisistas digitales tienen de estar en el mundo, se convierte en un gesto instantáneo, impensado, una extensión natural de sí mismo. Enseñar – a veces de manera espectacular, y cuanto más espectacular, mejor – se ha convertido en su principal forma de existir: solo existen si pueden ser vistos y reconocidos.

El psiquiatra Serge Tisseron se refirió a este fenómeno como “extimidad”, un concepto que tomó prestado de Jacques Lacan y que indica el “deseo de mostrar fragmentos de la propia intimidad de los cuales ignoramos el valor, a riesgo de causar desinterés o incluso rechazo en los interlocutores, pero con la esperanza de que su mirada reconozca su valor y lo haga realidad ante nuestros ojos”.

Por tanto, la extimidad online tiene un propósito específico: buscar aprobación y admiración, la cual se expresa a través de la cantidad de “me gusta” que obtiene por cada foto y los cumplidos que confirman la imagen y la idea que desea transmitir de sí mismo.

Así se crea un bucle que se autoalimenta, sobre todo cuando reciben respuestas positivas, confirmando la teoría de los usos y las gratificaciones, la cual dice que cuanto más percibe una persona que un medio satisface algunas de sus necesidades, más lo utilizará precisamente para ese fin, sobre todo si esa persona cree que no es capaz de satisfacer de la misma manera esas necesidades en el mundo real.

Radiografía del narcisista digital
Ferozmente competitivo en su reclamación de aprobación y aplauso, desconfía de la competencia porque la asocia inconscientemente a un ansia desmedida de destrucción […] Codicioso en tanto sus antojos no conocen límites, exige satisfacción inmediata y vive en un estado de inquieto y permanente deseo insatisfecho”, así descibrió el sociólogo Christopher Lasch al narcisista moderno.

El narcisista digital encuentra en las redes sociales el medio idóneo para satisfacer sus necesidades, y estas a su vez retroalimentan esas necesidades, como confirmó un estudio realizado en las universidades de Swansea y Milán. Estos investigadores descubrieron que dos tercios de las personas suelen usar las redes sociales fundamentalmente para publicar selfies, lo cual demuestra que las redes sociales fungen como multiplicadores del deseo de ser el centro de atención y satisfacen esa profunda necesidad de admiración.

En ese mismo estudio también se apreció, por primera vez, que los participantes que solían publicar un número excesivo de selfies, mostraban un 25% más de rasgos narcisistas, traspasando el límite clínico de lo que se considera un trastorno de personalidad narcisista.

Sin embargo, las redes sociales no atraen por igual a todos los tipos de narcisismo. Otro estudio realizado en la Universidad de Florencia concluyó que las redes sociales atraen fundamentalmente a los narcisistas vulnerables, aquellas personas que se sienten más inseguras y tienen una menor autoestima, ya que en el entorno online se sienten más confiados que en las interacciones reales, de manera que utilizan las redes sociales como un medio para obtener la admiración que desean.

La desaparición del Otro y la angustia existencial
El fenómeno del narcisismo digital es complejo. El filósofo y sociólogo Jean Baudrillard Reims creía que parte de la explicación radica en la desparición del Otro, lo cual se debe – entre otros factores – a la absoluta disponibilidad de los demás a pesar de las distancias.

En práctica, con las tecnologías que trascienden las distancias, se crea una presencia constante, se tiene la sensación de que el Otro está “inmediatamente presente” pero al mismo tiempo, “implícitamente inexistente”. Se trata de una paradoja pues el hecho de que los demás puedan estar presentes – sin estarlo físicamente – de manera casi inmediata, hace que el ejercicio mental de imaginar al otro sea inútil.

No necesitamos imaginar lo que podemos tener virtualmente ante nosotros. Pero lo virtual no es completamente real. Esa dicotomía implicaría la caída del Otro dando paso a un refuerzo de lo especular, del narcisismo. La ausencia del Otro se traduce en personas obsesivamente preocupadas por sí mismas, quienes ante el miedo a la soledad y el desamparo viven atormentados por la angustia existencial que genera estar más conectados pero solos.

El narcisismo digital sería, a fin de cuentas, la expresión de un egocentrismo extremo alimentado por la angustia existencial que genera una sociedad individualista y competitiva en la que cada vez se valora menos a las personas por lo que son y más por lo que aparentan. Una sociedad en la que no se construye hacia dentro sino hacia afuera, dejando el interior tan vacío que hay que apuntalarlo a golpe de “me gusta” en imágenes artificiales.

Lo peor de todo, es que muchos de los narcisistas digitales no son plenamente conscientes de ello. Sumidos en la paradoja “hipermoderna”, se consideran a sí mismos como “personas maduras, responsables, organizadas, eficaces y adaptables; adultos abiertos, críticos y escépticos; pero a su vez son desestructurados, inestables, influenciables, frívolos y superficiales”, como apuntara el filósofo y sociólogo Gilles Lipovetsky.

¿Cuál es el antídoto para al narcisismo digital?
Es importante ser consciente que resulta difícil – cuando no imposible – salvar a quien no quiere ser salvado. Por tanto, no tiene sentido comenzar una cruzada contra el narcisismo digital porque debería tratarse de un proceso de desconstrucción individual.

Los narcisistas digitales deben tener en cuenta, no obstante, que la imagen que están proyectando no es realista y, por tanto, la aprobación que reciben es a un reflejo, no a sí mismos. Eso conduce a la desilusión, en el mejor de los casos, y a los delirios de grandeza falsos que le desconectan por completo del mundo, en el peor de los casos.

Vivir para posar no es vivir, implica perderse las experiencias más auténticas de la vida. Dejar que la autoestima y el estado de ánimo fluctúe según la cantidad de “me gusta” que ha recibido el último selfie publicado implica ponerse por completo en manos de una masa que en ocasiones puede llegar a ser particularmente cruel. La personalidad narcisista, al contrario de lo que muchos piensan, no está construida a prueba de balas, sino que es una frágil armadura de cristal.

La mejor manera para deshacerse del narcisismo digital consiste en aprender a desconectar, para conectar con el mundo real. No se trata de abandonar las redes sociales, sino de usarlas en su justa medida, y no centrarse únicamente en uno sino desarrollar un enfoque más amplio.

La autenticidad también es un buen antídoto para conjurar el narcisismo digital de los tiempos modernos. Al fin y al cabo, como dijera Carl Jung: “el privilegio de tu vida es convertirte en quien realmente eres”, todo lo demás es banal.

Fuentes:

Lazzeri, M. (2019) Il Narcisismo digitale e le patologie da iperconnessione. En: State of Mind.

Reed, P. et. Al. (2018) Visual Social Media Use Moderates the Relationship between Initial Problematic Internet Use and Later Narcissism. The Open Psychology Journal; 11(1): 163-170.

Casale, S. et. Al. (2016) Grandiose and Vulnerable Narcissists: Who Is at Higher Risk for Social Networking Addiction? Cyberpsychol Behav Soc Netw; 19(8): 510-515
https://rinconpsicologia.com/narcisismo-digital/
 

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La ira tuitera caerá sobre ti: del victimismo al exhibicionismo moral.
Publiado por Javier Bilbao


Escena de Los Pájaros (Alfred Hitchcock)

Enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita y corregir al que se equivoca son obras de misericordia espiritual donde los tuiteros en general puntúan fuerte. Ya en lo de perdonar al que nos ofende y sufrir con paciencia los defectos del prójimo se flojea un poco más. Al fin y al cabo, a Twitter ya sabemos a lo que venimos: es una plaza pública donde se discute, se bromea, se pontifica y, por encima de todo, cada uno vende su mercancía. Lo cual trae consigo una táctica comercial tan vieja como la humanidad, la contrapublicidad con la que menospreciar a la competencia. Por eso no suele ser una buena idea enzarzarse en un debate en este entorno. Más allá de la obvia dificultad de resumir una idea en doscientos ochenta caracteres, lo que elimina cualquier matiz y reduce cualquier punto a vista a una mera consigna, digamos que el intercambio no acostumbra a ser una búsqueda conjunta de la verdad al estilo socrático, sino una búsqueda de las peores intenciones imaginables en el antagonista. Cosa que se logra interpretando de la forma más literal sus palabras o bien tergiversándolas cuanto sea necesario para lograr un bonito hombre de paja contra el que arremeter. Es el momento mágico del «zasca», esa réplica contundente en la que uno está más pendiente del efecto en la platea que de su interlocutor —al que suponemos recién volatilizado como si más que un argumento le hubiéramos lanzado un conjuro— y que a menudo se procede a inmortalizar en un pantallazo como pequeño trofeo para la posteridad. Ya hemos echado el día.

Pero no es mi intención afear a esta red social, pues sus defectos son en parte los de las personas que la conforman, así que es importante la cuestión de con quién escojamos interactuar. Y respecto a sus virtudes… nada menos que cubrir hasta donde los medios de comunicación no pueden/quieren llegar, poniéndonos en contacto con personas, ideas o fenómenos que de otra forma no alcanzaríamos a conocer. La democracia, desde sus mismos orígenes griegos, necesita debate público, que se celebra formalmente en los parlamentos, pero también en los medios, universidades, bares, centros de trabajo… y, por supuesto, desde hace unos años también en internet. Las redes sociales han encauzado una parte importante del activismo político, logrando un sorprendente eco en los medios e incluso en la propia clase política, fascinada por la ilusión de proximidad con «el pueblo» y sus reivindicaciones que estas ofrecen. Obtener un respaldo masivo en ellas es lo más parecido a vivir en un mitin perpetuo. Ahora bien, las redes no son solo un mero recipiente, pues por su propia naturaleza han favorecido una cultura política determinada que ha impregnado al conjunto de la sociedad. Me detendré en dos fenómenos interrelacionados, uno denominado «la cultura del victimismo» por Bradley Campbell y Jason Manning, mientras que el otro ha sido descrito en algunos de sus flecos por Nassim Nicholas Taleb y podríamos llamarlo «exhibicionismo moral gratuito».

Comencemos por el primero. Según explican estos dos autores, la cultura del honor es propia de sociedades donde el Estado no ha logrado el monopolio de la violencia. Así era la sociedad occidental hasta hace dos o tres siglos, de manera que cada uno debía cuidar de su propia reputación ante los demás y por tanto los duelos eran una medida aceptada de corregir una afrenta personal, por nimia que fuera. Recordemos cómo el tercer vicepresidente de Estados Unidos, Aaron Burr, desafió en uno (y acabó matando) al ilustre ideólogo de la independencia americana, Alexander Hamilton, simplemente porque le habían dicho que había hablado mal de él a sus espaldas y sin saber siquiera en qué consistían tales maledicencias. La lógica tras ello es que, si no se pasaba por alto la más mínima ofensa, entonces uno estaría también a salvo de las más graves. Pero, una vez establecido el imperio de la ley, se pasó de la cultura del honor a la cultura de la dignidad, considerada esta inherente a toda persona. Para proteger nuestra integridad y patrimonio ya estaban las autoridades y por tanto las ofensas leves pasaban a ser simplemente un malentendido que podía arreglarse hablando o fingiendo indiferencia, mientras que las graves las delegábamos en terceros, o sea, el Estado o la comunidad. Se pasaba de ser blando por fuera y duro por dentro a duro por fuera y blando por dentro; de melocotón a nuez, por decirlo así. De esta manera ha venido siendo la sociedad occidental hasta que, desde hace unos años, ha comenzado a aflorar la cultura del victimismo, que combina elementos de las dos anteriores: recupera la susceptibilidad ante cualquier ofensa al propio honor de siglos anteriores, pero ya no es uno mismo quien debe lavar la afrenta, sino que pasa a depender de la comunidad. Así el receptor de una «microagresión» debe mostrar una piel finísima pero no el arrojo de defenderse por sí mismo, debe ser blando por fuera y por dentro, como la gelatina.

Ahora bien, ¿cómo lograr que la comunidad se implique en la protección del propio honor ante una mínima ofensa, algo que puede pasar desapercibido ante la mirada de cualquiera que no sea el afectado? Ahí entran las redes sociales en juego. Ellas permiten centrar la atención de todos en agravios íntimos que en épocas previas hubieran sido ignorados públicamente. De manera que, cuando el actor Chris Pratt enlazó el tráiler de su película con la frase «¿Estás leyendo esto? No, no, no. Sube el volumen y escúchame», fue cuestión de minutos que alguien se sintiera ofendido y que poco después el intérprete tuviera que publicar esta disculpa: «Me doy cuenta de que fui increíblemente insensible con muchas personas que dependen de los subtítulos. Más de treinta y ocho millones de americanos viven con algún tipo de discapacidad auditiva. Así que quiero disculparme. Conozco personas en mi vida que tienen problemas de audición y lo último que quiero en el mundo es ofenderlos». No es de extrañar que otra estrella de Hollywood, George Clooney, haya afirmado que no tiene cuenta en Twitter porque no quiere ver arruinada su carrera por escribir un mensaje borracho a medianoche. Los agraviados siempre están al acecho en las redes, donde el estatus y el protagonismo se los da la condición de víctima.

Pasemos ahora al segundo fenómeno, el exhibicionismo moral en las redes, analizado por Nassim Nicholas Taleb. Mostrarnos ante los demás como personas éticas, moralmente íntegras, nos hace parecer más confiables. Es nuestra mejor tarjeta de presentación a ojos de los demás, ya sea para mejorar laboralmente, trabar amistades o encontrar pareja. No es de extrañar que el exhibicionismo moral sea tan viejo como la propia humanidad y que alguien de tanta penetración psicológica como Jesús supiera identificarlo en su día: «Cuando hagas, pues, limosna, no vayas tocando la trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Cuando des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea oculta, y el Padre, que ve lo oculto, te premiará. Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los ángulos de las plazas para ser vistos» (San Mateo 6, 2-5). Hermoso pasaje que debería inscribirse con grandes letras en la página de entrada de cualquier red social, donde abundan por igual las muestras de solidaridad como las de indignación. Para las primeras se necesita una víctima cerca, y como decíamos antes siempre hay candidatos para convertir el agravio íntimo a su honor en juicio popular. Respecto a la indignación, encontrarla en algo que a otros les pase desapercibido le dota a uno, aparentemente, de una mayor sensibilidad moral. Si no logramos hallarla en los mensajes ajenos siempre queda el recurso de mirar la lista de Trending Topic, es decir, la lista de linchamientos públicos más multitudinarios de cada día.

El problema es que las demostraciones morales sin coste para el emisor están sujetas a un proceso inflacionista. Si el de al lado escribe tres mensajes en tono levemente molesto, yo puedo publicar seis mostrándome ostentosamente airado por casi el mismo tiempo y esfuerzo, lo que me hará más moral y por tanto más merecedor de prestigio en la comunidad con todo lo que eso conlleva. Esa competencia tan feroz convierte a las redes sociales en el circo que hoy día son y, también, las hace poco aptas para ser utilizadas como brújula moral por los medios de comunicación y políticos. Que es, por desgracia, exactamente lo que están haciendo. Por ello, lo que propone Taleb es que las señales morales que emitimos solo tengan valor si implican un coste y que, si vamos a airear nuestras limosnas, al menos efectivamente haya monedas en la bolsita que otorgamos. Naturalmente el coste no tiene por qué ser exclusivamente económico, puede ser en forma de algo que incluso nos resulta aún más valioso: el prestigio. Lo cual no deja de resultar paradójico siendo su acumulación aquello que perseguimos con tanto ahínco en las redes sociales. Como él mismo dice: «la virtud sin coraje es una aberración, de hecho, puedes ver cobardes apoyando una muestra de virtuosismo según este es definido por los grandes medios, porque temen hacer otra cosa diferente (…) La mejor virtud requiere coraje, por tanto, necesita ser impopular. Si describiera los actos virtuosos perfectos, deberían ser los realizados desde posiciones penalizadas por el discurso común. Cuando más cueste, más virtuoso es el acto, particularmente si te cuesta tu reputación. Cuando la integridad entre en conflicto con la reputación, ve con la primera».

Como el pavo real que exhibe una cola que lo hace más vulnerable a los depredadores y así, paradójicamente, demuestra ser más fuerte, arriesgar la propia reputación haciendo o diciendo lo que uno considera justo por impopular que resulte es una forma de virtue signalling más difícil de falsificar y, en último término y a largo plazo, una buena manera de vender nuestra mercancía en la plaza pública. Que es a lo que veníamos.

https://www.jotdown.es/2019/06/la-ira-tuitera-caera-sobre-ti-del-victimismo-al-exhibicionismo-moral/
 
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Ansiedad secundaria: La ansiedad que genera vivir con ansiedad



Si las punzadas de la ansiedad te generan más ansiedad, si experimentas pánico cuando sientes el corazón acelerado y cada vez temes más a los síntomas ansiosos, es probable que estés sufriendo lo que se conoce como “ansiedad secundaria”. O sea, tu ansiedad te está generando más ansiedad.

Todos hemos experimentado ansiedad en algún momento de nuestras vidas, pero normalmente podemos lidiar con esa sensación de aprensión y tensión. Sin embargo, cuando no logramos gestionar esas reacciones y comenzamos a temerles, corremos el riesgo de desarrollar un trastorno de ansiedad que se autoalimenta, generando un bucle en el cual la ansiedad se convierte tanto en causa como en consecuencia.

¿Qué es la ansiedad secundaria?
El término “secundario” se utiliza para describir un problema que surge como resultado de una condición primaria. En el caso de la ansiedad secundaria, esta se origina del temor a la ansiedad, específicamente debido al manejo inadecuado de la meta ansiedad, que es todo lo que pensamos sobre nuestra ansiedad y lo que sentimos respecto a esas sensaciones.

De hecho, en muchos casos el trastorno de ansiedad no es el problema principal sino secundario. Un estudio realizado en la Escuela de Medicina de Harvard desveló que el 40% de los casos de trastornos de ansiedad generalizada corresponden a una ansiedad secundaria.


En la práctica clínica, el gabinete PsicoAbreu, conformado por un grupo de psicólogos en Málaga especializados en el tratamiento de los trastornos de ansiedad, confirma que en muchos de los casos de ansiedad que acuden a consulta, la ansiedad secundaria tiene un papel protagónico en la instauración y mantenimiento del trastorno.

Los 5 peligros que encierra la ansiedad secundaria
Como apuntó Daniel Defoe, “el peso de la ansiedad es mayor que el mal que provoca”. La ansiedad secundaria puede llegar a ser muy discapacitante afectando la calidad de vida de quien la sufre.

  1. La ansiedad secundaria intensifica las emociones desagradables. Todo aquello a lo que te resistes, persiste. La resistencia a la ansiedad también agrava el problema que se encuentra en su base. Cuanto más te preocupes por sentirte ansioso y más le temas a los síntomas, más combustible le añadirás a esas emociones desagradables, generando un malestar mayor.
  2. La ansiedad secundaria da pie a otros trastornos. La meta ansiedad puede causar otros problemas psicológicos. De hecho, la ansiedad secundaria tiene una mayor comorbilidad que la ansiedad primaria. Se ha constatado que las personas que padecen ansiedad secundaria son más propensas a sufrir agorafobia, estrés postraumático, depresión mayor y abuso de sustancias.
  3. La ansiedad secundaria perfila un futuro gris. Si crees que no puedes gestionar tus emociones, estarás alimentando una profecía que se autocumple.Dado que la ansiedad existe en el futuro, en el mundo de las posibilidades, anclarte a la creencia de que no puedes hacer nada para mejorar la ansiedad, te hará entrar en un callejón sin salida que alimentará un estado de indefensión en el que crece la ansiedad.
  4. La ansiedad secundaria erosiona la autoconfianza. Temer a tus emociones y pensar que escapan de tu control terminará afectando la imagen que te has formado de ti mismo. Es probable que empieces a pensar que no eres capaz derecuperarte y, por ende, ni siquiera lo intentarás, cerrando un círculo vicioso en el que cada vez te sientes más atrapado y con menos alternativas.
  5. La ansiedad secundaria te impide comprender el mensaje primario. La meta ansiedad hace que te centres demasiado en el miedo, desviando tu atención de la situación que generó el cuadro primario. Eso significa que te resultará más difícil descubrir su causa. Considera que la ansiedad es una señal que te indica que tienes algún problema que debes solucionar. La meta ansiedad hará que te vayas por las ramas, impidiéndote llegar a la raíz del problema.
¿Cómo se instaura la ansiedad secundaria?
La ansiedad secundaria es el resultado del miedo y la preocupación por los síntomas ansiosos y la consecuente resistencia a ellos. Si has sufrido un ataque de pánico, por ejemplo, sabrás que no es una experiencia agradable.

De repente el corazón se desboca, la respiración se acelera y se hace más entrecortada, experimentas sudores fríos, puedes sentir mareos y sufres un miedo tan intenso que el cerebro se “apaga”. A esos síntomas sumamente desagradables se le suma la incertidumbre por no saber qué está sucediendo.

Cuando finalmente superas el episodio, es probable que te atenace un temor: ¿Y si me ocurre de nuevo?

Ese miedo desencadena un mecanismo de hipervigilancia. En práctica, se desata una especie de “paranoia” que te lleva a prestar más atención a los pequeños cambios que puedan avisarte de que vas a sufrir otro ataque de ansiedad. Eso puede hacer que malinterpretes pequeñas señales fisiológicas totalmente normales, lo cual desencadenará otro ataque de pánico, esta vez autoprovocado.

Ese estado de escrutinio constante aumenta además la ansiedad basal; o sea, comienzas a vivir con los nervios a flor de piel, tensos, a la espera de que ocurra algo negativo de un momento a otro. Ese estado termina complicando y agravando el cuadro ansioso de manera significativa, actuando como un catalizador de la ansiedad crónica.

¿Cómo eliminar la ansiedad secundaria?
Temer a la ansiedad no es útil. Ese miedo no solo agrava la experiencia ansiógena sino que también genera una gran debilidad. Por supuesto, nadie se propone conscientemente autosabotearse, la ansiedad secundaria es una reacción normal a las situaciones que nos asustan. Eso significa que no hay que sentirse culpables, pero debemos comprender que ese miedo solo empeora la experiencia.

Para eliminar la ansiedad secundaria hay que actuar en tres niveles: físico, emocional y racional.

  • A nivel físico. Los síntomas de la ansiedad provocan intensas reacciones a nivel fisiológico, pero si detectas rápidamente los primeros signos, podrás gestionarlos antes de que empeoren. Aprender ejercicios de respiración, por ejemplo, te ayudará a calmarte rápidamente.
Diferentes estudios, entre ellos uno realizado en la Universidad de Warwick, han comprobado que las oscilaciones respiratorias conducen a la modulación y/o sincronización de la frecuencia cardíaca y las ondas cerebrales a través de un mecanismo que involucra al sistema nervioso autónomo. La práctica de yoga, meditación y mindfulness también te ayudará a disminuir la ansiedad basal, de manera que cada vez tendrás que preocuparte menos por la ansiedad.

  • A nivel emocional. “Nuestra ansiedad no proviene de pensar en el futuro, sino de querer controlarlo”, dijo Kahlil Gibran. Es importante que seas conscientes de que la resistencia alimenta el conflicto y las emociones desagradables. Aceptar la ansiedad, al contrario, disminuirá esas emociones.
No debes ver la ansiedad como un enemigo a batir sino como un aviso de un problema o conflicto que necesitas resolver. La ansiedad forma parte de la vida, no siempre podrás evitarla, y aunque a veces puede ser una experiencia desagradable, tu manera de afrontarla determina cuán dañina puede ser.

  • A nivel racional. William James dijo: “La mejor arma contra el estrés es nuestra capacidad para elegir un pensamiento en vez de otro”. Así como los pensamientos disfuncionales alimentan la ansiedad, los pensamientos adaptativos la disminuyen. Ser consciente de tu narrativa te ayudará a comprender cómo tus pensamientos están perpetuando la ansiedad.
Analiza una experiencia reciente de ansiedad y recuerda los pensamientos que pasaron por tu mente justo antes, durante y después de ese episodio. Si esos pensamientos alimentaban el miedo, la ansiedad y la evitación, eran disfuncionales. Una estrategia para cambiarlos y colocar en su lugar otros más funcionales consiste en desafiarlos, analizando su racionalidad. Por ejemplo, si tu corazón se acelera, en vez de pensar que estás a punto de morir, puedes calmarte pensando que se trata de un síntoma de la ansiedad que puedes gestionar.

A veces, gestionar la ansiedad puede ser complicado, por lo que es necesario pedir la ayuda profesional de un psicólogo. Ten en cuenta que cuanto antes recibas tratamiento, más fácil será eliminar o incluso prevenir la ansiedad secundaria. No esperes a que el problema se instaure.

Fuentes:

Perry, S. et. Al. (2019) Control of heart rate through guided high-rate breathing. Scientific Reports; 9: 1545.

Rogers, M. P. et. Al. (1999) Comparing primary and secondary generalized anxiety disorder in a long-term naturalistic study of anxiety disorders. Depress Anxiety; 10(1): 1-7.

https://rinconpsicologia.com/ansiedad-secundaria/
 

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Alergia Emocional: Vivir con las emociones a flor de piel



¿Alguna vez has reaccionando mal emocionalmente sin comprender qué ha desatado esa respuesta?

¿Una persona te provoca un profundo rechazo, pero no sabes por qué?

¿Últimamente te has sentido más triste, enfadado o frustrado?

Si es así, es probable que padezcas una alergia psicológica.


Todos conocemos la alergia, una reacción de defensa del organismo ante sustancias externas que penetran en el cuerpo. Cuando nuestro sistema inmunológico detecta esas sustancias, que puede ser desde un alimento hasta el polen, las reconoce como ajenas e intenta neutralizarlas desencadenando una serie de síntomas bastante molestos.

Sin embargo, todos tenemos – y necesitamos – un sistema inmunológico emocional. Ese sistema nos ayuda a mantenernos a salvo y evita, por ejemplo, que invitemos a un completo extraño a casa que nos pone los pelos de punta. Cuando ese sistema funciona adecuadamente, nos ayuda a protegernos, nos sirve como una brújula para guiar nuestro comportamiento. El problema es que cuando experimentamos una situación muy intensa emocionalmente, ese sistema puede comenzar a fallarnos desencadenando una alergia emocional.

¿Qué es la alergia emocional?
La palabra alergia viene del griego, de los vocablos alos y ergos. Alos quiere decir otro, diferente, extraño. Ergos significa reacción. Por tanto, la alergia no sería más que una reacción frente a lo diferente, aquello que no se reconoce como propio y que se cataloga como un peligro potencial.

En el plano psicológico, el concepto de alergia emocional cobró relevancia en la década de 1950, fundamentalmente de la mano de P. Sivadon, quien pensaba que la hipersensibilidad a ciertas emociones se convierte en un mecanismo patógeno central que termina desencadenando otras patologías.

Por tanto, la alergia emocional sería una reacción intensa desde el punto de vista a afectivo a una persona o situación presente que nos recuerda, consciente o inconscientemente, un evento negativo e impactante emocionalmente de nuestra historia vital.

Las personas que son más susceptibles a ciertas emociones, generalmente de valencia negativa, suelen responder de manera similar a quienes padecen alergia cuando se exponen al alérgeno:

– Experimentan esa emoción negativa con más frecuencia que la persona promedio.

– La emoción se activa con numerosos estímulos, la mayoría de los cuales pasan desapercibidos para la persona promedio o no les resultan molestos.

– Cuando se ha activado la reacción, se produce un secuestro emocional en toda regla; es decir, se pierde la capacidad para actuar de manera racional.

¿Cómo se desencadena esta alergia psicológica?
La alergia emocional se instaura de manera bastante parecida a la alergia física: es el resultado de nuestra exposición a una experiencia que, por algún motivo, ha desencadenado una fuerte reacción emocional. Luego, cada vez que nos expongamos a estímulos que nos recuerden esa experiencia o generen una emoción similar, tendremos la tendencia a reaccionar de manera excesivamente emocional porque se desata un mecanismo de defensa psicológico.

En este sentido, un estudio pionero realizado en la Universidad de Wisconsin propone que los signos de neuroinflamación que acompañan al Síndrome de Burnout, una condición que se caracteriza por apatía y agotamiento extremo, responden a una reacción inmunológica a patógenos de origen no somático, de manera que lo han calificado como una respuesta de “alergia emocional”.

Blankert sugiere que “las personas con Síndrome de Burnout en la fase de agotamiento se han convertido en emocionalmente alérgicos a algunos aspectos de su trabajo” y que “la palabra intuitiva ‘alergia’ encaja muy bien con la neuroinflamación que padecen, así como con el impacto general que tiene esa situación en el sistema inmunológico”.

En práctica, si una persona ya posee cierta hipersensibilidad emocional, la exposición a situaciones que considere como un serio peligro – aunque realmente no lo sean, puede generar emociones que, quizá en un primer momento parecen superadas o minimizadas, pero se activan con posterioridad cuando se produce otra situación que actúa como un recordatorio emocional del evento original, lo cual suele desencadenar angustia, agitación y confusión.

Las consecuencias de la alergia emocional
Las reacciones que desencadena una alergia psicológica no son racionales, de manera que podemos llegar a actuar de manera muy desadaptativa. Esto se debe a que no estamos reaccionando a la situación en sí, sino que esta se ha convertido en una representación de la situación pasada.

Lo mismo vale para una persona. En práctica, si tenemos una alergia emocional no mantendremos la relación con la persona que está delante de nosotros sino con nuestro pasado, con todo el lastre emocional que esa persona activó, sin darse cuenta, de nuestro pasado. Todo ello nos puede llevar a tomar malas decisiones.

De hecho, la dificultad a nivel emocional para discernir entre lo seguro y lo inseguro puede hacer que asumamos riesgos innecesarios o que, al contrario, rehuyamos situaciones que serían beneficiosas y desarrolladoras.

A esto se le suma que, según Sivadon, la alergia emocional a menudo es el preludio de problemas psicológicos más graves, como las crisis de ansiedad o el trastorno de estrés postraumático. Si no logramos detectar esos alérgenos emocionales, terminarán escapando de nuestro control. Es probable que esa alergia pierda poco a poco su especificidad y amplíe su campo de acción, convirtiéndose en una intolerancia cada vez más amplia a diferentes emociones activadas por estímulos siempre más variopintos.

¿Cómo evitar que la alergia emocional empeore?
Existen diferentes maneras de evitar que la alergia emocional empeore. La técnica de desensibilización sistemática suele ser muy eficaz, al igual que ocurre para muchas alergias físicas. Consiste en exponerse, de manera controlada, a los estímulos que desencadenan esas emociones negativas.

Si la reacción emocional es muy intensa, primero se realiza el ejercicio mentalmente, solo visualizando la situación o la persona que nos genera esas emociones. Luego se puede pasar a la realidad, dosificando el grado de exposición para que la ansiedad no sea tan alta como para reforzar el problema.

De esta manera conseguimos, por una parte, volvernos cada vez más tolerantes al alérgeno, hasta que este no cause ninguna reacción y, por otra parte, desarrollamos nuestra resiliencia, aprendemos a gestionar mejor nuestras emociones, de manera que en vez de convertirse en nuestros enemigos, puedan cumplir su papel protector.

Fuentes:

Blankert, J. P. & (2014) Neuroinflammation in burnout patients. Conference: Breakthroughs in burnout researcht. At Hoogstraten; 1.

Sivadon, P. (1953) La notion d’allergie émotionnelle. AMP; 111: 239-40

https://rinconpsicologia.com/alergia-emocional-psicologica/
 
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La ciencia lo confirma: Si te estresas, tu perro también se estresará



La mayoría de las emociones son contagiosas. Lo sabemos por experiencia propia. Si encontramos a una persona que destila entusiasmo y alegría, es probable que terminemos contagiándonos con sus buenas vibraciones. Sin embargo, si nos cruzamos con una persona que, de los 10 minutos de conversación ha empleado 9 en quejas y lamentos, es probable que nuestro estado de ánimo decaiga casi a la par del suyo.

Ese contagio emocional está facilitado por nuestras neuronas espejo, las cuales nos permiten ponernos en el lugar del otro y sentir empatía. Sin embargo, todo parece indicar que el contagio emocional no es exclusivo de los seres humanos. Un estudio realizado en la Universidad de Linköping reveló que nuestros amigos de cuatro patas también son sensibles a nuestros estados emocionales, sobre todo al estrés.

Cuanto más te estreses, más estresarás a tu mascota
Estos investigadores analizaron cómo el estilo de vida de las personas que conviven con perros influye en el nivel de estrés de sus mascotas. Para ello, contaron con 58 perros y sus propietarios, a quienes midieron el nivel de estrés durante varios meses teniendo en cuenta la concentración de cortisol, considerada como la hormona del estrés por antonomasia.

Los investigadores descubrieron que los niveles de cortisol del perro y su dueño estaban sincronizados, de modo que las personas con una elevada concentración de cortisol también tenían perros que presentaban un nivel alto de cortisol.


Sin embargo, el estudio fue un paso más allá. Las personas también completaron un cuestionario sobre sus rasgos de la personalidad y rellenaron otro cuestionario para indicar el carácter de sus mascotas.

Así se apreció que los rasgos de personalidad de los propietarios estaban relacionados con su nivel de estrés, pero no existía un vínculo entre el carácter de los perros y sus reacciones ante el estrés.

Las personas que puntuaron más alto en la escala de neuroticismo, por ejemplo, eran más propensas a sufrir un elevado nivel de estrés y contagiarlo a sus perros. Al contrario, las personas más abiertas a las experiencias reportaban menos estrés y sus mascotas también estaban más relajadas.

Estos datos sugieren que los perros captan y reflejan el estrés de sus dueños.

La Inteligencia Social de los perros: Don y castigo
Los perros son muy sensibles al comportamiento humano y muestran una gran empatía. Un estudio realizado en la Universidad de Otago, por ejemplo, reveló que tanto las personas como los perros reaccionan con un incremento del nivel de cortisol cuando escuchan llorar a un bebé.

Es probable que ese contagio emocional se deba a la gran Inteligencia Social de los perros. Lo confirma un experimento realizado en la Universidad de Milán en el que se comprobó que los perros, al igual que los niños pequeños, usan referencias sociales para responder a los estímulos del medio. Esto significa que, cuando no tienen un patrón de respuesta para una situación nueva, o sea, no saben qué hacer, miran a su dueño en busca de pistas que le indiquen cómo reaccionar.

Los perros no solo son capaces de captar nuestras reacciones y estados de ánimo, sino que también pueden regular su comportamiento en base a estos, teniendo en cuenta esas pequeñas señales – que muchas veces les enviamos de manera inconsciente – para decidir qué hacer en las situaciones nuevas.

Esa sensibilidad especial ante nuestros estados emocionales ha permitido que los perros vivan en armonía con nosotros, hasta el punto que llegamos a considerarlos nuestros “mejores amigos” y parte de la familia, pero también tiene un lado más oscuro ya que los vuelve más vulnerables a nuestras emociones negativas, como el estrés, que también acabará pasándoles factura en términos de salud psicológica y física.



Fuentes:

Sundman, A. et. Al. (2019) Long-term stress levels are synchronized in dogs and their owners. Scientific Reports; 9: 7391.

Hooi, M. & Ruffman, T. (2014) Emotional contagion: Dogs and humans show a similar physiological response to human infant crying. Behavioural Processes; 108: 155-165.

Merola, I. et. Al. (2012) Dogs’Social Referencing towards Owners and Strangers. PLoS ONE; 7(10): e47653

https://rinconpsicologia.com/perros-reflejan-estres-duenos/
 
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¿Eres un sumiso gatito o un león salvaje? Aprende a ser más asertivo y a poner límites a los demás
Saber decir “no” a situaciones que nos desagradan es básico para la salud física y mental

Expresarnos con libertad y poner límites a los demás sin ser agresivos no siempre resulta fácil (DNY59 / Getty Images)
ROCÍO CARMONA
15/06/2019 08:00
Actualizado a 15/06/2019 08:02

Uno de los elementos más importantes que definen la inteligencia emocional es la asertividad, entendida esta como la capacidad para expresar de forma honesta nuestros derechos, creencias y necesidades sin negar los de los demás. Parece fácil, pero las relaciones no siempre lo son.

Casi todos hemos tenido alguna vez dificultades para expresarnos con libertad o poner límites a un comportamiento indeseado. Es entonces cuando dejamos de lado nuestros planes para atender a los de los demás, por ejemplo. O cuando recibimos un comentario que nos desagrada y nos lo tragamos por miedo a iniciar un conflicto o a que los demás nos dejen de apreciar.


A menudo nos tragamos un comentario o una conducta que nos molesta por miedo a iniciar un conflicto (fizkes / Getty Images/iStockphoto)
Pero no expresar lo que necesitamos es una fórmula segura para sentirnos eternamente insatisfechos, pues nuestras necesidades siempre acabarán a la cola, posponiéndose una y otra vez hasta que al final incluso acabemos olvidándonos de ellas. Pero si nuestra vida está tan llena de demandas ajenas que ya no tenemos tiempo para lo que nos importa, o incluso peor, si nuestra salud física o mental está en riesgo por culpa de ello, quizá ha llegado el momento de empezar a hacer algunos cambios.

Lo primero que debemos aprender es la diferencia entre asertividad y agresividad. Ser asertivo no significa dar vía libre a la mala educación ni nos legitima para mostrarnos hostiles o maltratar a los demás solo para conseguir nuestros objetivos. “Una persona asertiva es una persona que sabe lo que quiere y lo que no quiere. Es una persona con capacidad de discernir y de decidir, y que sabe expresarlo. Sabe decir que no sin sufrir y defender su visión sin discutir. Las claves para ello radican en la autoestima y el respeto”, explica el coach Jordi Planes, autor de Más allá del sentido común (Kepler).

“Una persona asertiva sabe decir que no sin sufrir y defender su visión sin discutir”

JORDI PLANES Coach
¿Y por qué nos cuesta tanto hacerlo? A menudo por miedo al rechazo, al enfado del otro o, simplemente, a la incertidumbre que nos causa imaginar cómo nos responderán. Como en tantas ocasiones, la raíz de este comportamiento suele encontrarse en la infancia. Si nos criaron para ser “buenos”, si nos elogiaban solo cuando “ayudábamos a mamá”, si teníamos miedo de que nuestros padres gritaran o nos pegaran, o si no nos prestaban la atención necesaria, excepto cuando complacíamos a los demás, puede que hayamos aprendido a priorizar las necesidades ajenas por encima de las propias.

Pilar Sanz Sarmiento, psicóloga experta en duelo, comunicación y gestión emocional, explica que en el origen de esta tendencia tan común están casi siempre implicadas las emociones de la ira y el miedo. “Nuestra cultura y educación que recibimos tienden anegar la existencia de la emoción del enfado. Bajo el paraguas de las fórmulas de cortesía y de la buena educación, se esconde la emoción de la rabia sin digerir. Yo diferencio entre control, gestión y digestión emocional. Para digerir tengo que hacer un proceso, asimilar, elaborar, crecer y finalmente, soltar y evacuar”.

Con frecuencia, “bajo el paraguas de la cortesía y la buena educación se esconde rabia sin digerir”

PILAR SANZ Psicóloga experta en comunicación y gestión emocional
Según esta experta terapeuta, el primer paso para poder ser asertivos es identificar lo que sentimos realmente. Y cuando hablamos de ira, miedo o enfado, nos enfrentamos a ideas preconcebidas que dificultan su reconocimiento: “Cualquier emoción del continuo del enfado y la ira es considerada el patito feo de las emociones y escondida en el paraguas de la buena educación”. ¿Qué podemos hacer entonces? Tras identificar lo que sentimos, se hace necesario diferenciar la emoción de la conducta. “Esto es fundamental desde niños. Limitar la conducta, pero no negar ni censurar la emoción”.

Puede que en este punto algún lector piense que no pasa nada por priorizar a los demás, y a quien incluso este le parezca un rasgo deseable. Pero los expertos consideran que complacer de forma compulsiva a los otros puede convertirse incluso en una forma de manipulación. ¿Alguna vez se han cruzado con una de esas personas con fama de ser generosas y entregadas y han podido comprobar que cuando no consiguen lo que desean quizá muestran una cara completamente desconocida, agresiva y despiadada?


Detrás de la dificultad para poner límites a los otros subyace el miedo a ser rechazado (Anetlanda / Getty Images/iStockphoto)
“Cuando no se ponen límites es porque se tiene miedo, fundamentalmente, a ser rechazado. Si mi tendencia es a controlar”, explica Pilar Sanz, “entonces no pondré limites, tragaré y tragaré, sin masticar, sin digerir y... se me hará bola. Antes o después vomitaré o tendré una diarrea verbal y/o conductual. El miedo y mis creencias irán alimentando a mi felino interior, y en lugar de manifestarse bajo la forma de un lindo gatito capaz de poner límites e identificar sus deseos y necesidades (asertividad), cuando el sistema digestivo emocional esté colapsado, se manifestará como un león salvaje”.

Jordi Planes explica que cuando hacemos algo que nos genera incomodidad o disgusto, nuestro cuerpo reacciona. “Si reprimimos ese sentimiento, irá generando un humor displicente, de resignación y de desengaño, con lo que nos irá apartando del amor y nos generará frustración. Podrá incluso generar un círculo vicioso que potencie las dependencias o las actitudes críticas: cinismo, ironía...”. Para evitarlo, este coach y escritor recomienda recuperar la forma de comunicarse de los niños y las niñas: “Dicen lo que sienten sin filtros ni miedos... convencidos de que es lo que debe de ser. Es la “educación” que les damos la que hará que más adelante actúen con filtros y bajo el yugo de los miedos y las consecuencias”.

Si tragamos lo que nos disgusta sin decirlo, generaremos resignación, desengaño y frustración

¿Y cómo empezar a poner límites si no tenemos la costumbre de hacerlo? Lo primero es perderle miedo al «no». Decir «no» a algo o a alguien, paradójicamente, encierra un gran poder positivo, pues al hacerlo estamos diciéndonos un gran «sí» a nosotros mismos. Y es que, si no somos capaces de decir que no, entonces nuestros síes no tienen ningún valor. Si decimos que sí a todo, nos perdemos, acabamos por desconectarnos de nuestras necesidades e incluso empezamos a no ser capaces de reconocerlas. También es importante recordar que nunca somos responsables de las emociones de los demás.

Pilar Sanz da dos claves para una comunicación eficaz y asertiva: “El uso de la descripción objetiva de hechos y hablar en primera persona. Un ejemplo personal de comunicación asertiva por parte de mi hijo de 9 años: volvíamos tarde a casa y, ya en el coche, yo estaba pensando en todo lo que me quedaba por hacer de jornada casera. Tras aparcar, empecé a meterle prisa a mi hijo para salir del coche, coger mochilas... Él me dijo: “Mamá, cuando me hablas así, creo que estás enfadada y me asusto”.


Deberíamos recuperar la forma de comunicarse de los niños, directa, sin filtros ni miedos (ChristopherBernard / Getty Images/iStockphoto)
Si la idea de decirle que no a alguien o de expresar que algo le disgusta todavía le produce temor o agobio, he aquí un pequeño truco para empezar: gane tiempo. Pídale a esa persona que le envíe su petición o su comentario por correo electrónico o en un mensaje de texto para que pueda comprobar su agenda o pensar en ello antes de responder. Esto le da tiempo para pensar qué desea hacer realmente y para encontrar las palabras adecuadas para expresarse. Y no olvide el poder positivo de un «no» a tiempo. ¿Qué otras posibilidades, qué otros «síes» se abren ante usted cuando es capaz de poner límites y de conectar con su propio deseo? ¿Quizá más respeto por sí mismo? ¿Más tiempo para su familia o para perseguir sus pasiones? ¿Más salud mental? ¿Más descanso?

Como también explica Pilar Sanz, el riesgo de no respetarnos puede llegar a influir incluso en nuestra salud física: “Nos afecta al sistema inmunológico, al sistema digestivo, a la c oagulación de la sangre, a la temperatura corporal, al sistema genitourinario.... Desde la medicina oriental se asocian las emociones a determinadas funciones de órgano. El miedo, por ejemplo, al aparato genitourinario, y la rabia, a la vesícula biliar e hígado. Todos conocemos la frase popular: más vale ponerse una vez rojo que ciento amarillo. Un claro ejemplo de la sabiduría popular en cuestión de asertividad”.

https://www.lavanguardia.com/vivo/p...ende-ser-asertivo-poner-limites-decir-no.html
 
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La fuerza interior: ¿Cómo desarrollarla?




A pesar de las dificultades, los obstáculos que en un primer momento parecían insuperables y los problemas aparentemente irresolubles, tenemos una increíble capacidad para superar la adversidad y seguir avanzando. Lo que nos guía a través de las situaciones más duras de la vida es nuestra fuerza interior.

La fuerza interior nos ayuda a recuperarnos de una enfermedad grave, a salir del agujero negro en el que nos sume la pérdida de una persona querida y a levantarnos tras un fracaso recomponiendo los pedazos rotos para seguir adelante. Gracias a la fuerza interior no solo resistimos la adversidad, sino que salimos fortalecidos de las circunstancias más complicadas.

¿Qué es la fuerza interior exactamente?
La fuerza interior es un recurso psicológico que promueve el bienestar y facilita la curación. Es la capacidad para protegernos ante la adversidad manteniendo una actitud positiva, esperanzadora y optimista que nos permita proyectarnos al futuro confiando en nuestros recursos para lidiar con el problema.

La fuerza interior descansa sobre tres pilares fundamentales:

  1. Resiliencia. Es la fuerza que nos empuja hacia la supervivencia incluso en las condiciones más difíciles, la cual se alimenta de la confianza en nuestras capacidades y recursos para salir adelante. Implica un equilibrio entre la perseverancia – mantener nuestro rumbo a pesar de todo y de todos – y la flexibilidad para adaptar nuestro pensamiento y comportamiento a las circunstancias, por duras que sean. La resiliencia nos permite doblarnos sin rompernos, convirtiéndonos en sobrevivientes.
  2. Sentido de la vida. Es la capacidad para encontrar un significado a la vida, para explicarnos lo que nos ocurre y comprender las circunstancias más difíciles, de manera que podamos elegir las estrategias de afrontamiento más adecuadas para lidiar con las situaciones estresantes. Implica además la plena conciencia de que somos libres para elegir nuestra actitud ante lo que sucede, lo cual nos permite empoderarnos y mantener cierto grado de control sobre la situación.
  3. Autotrascendencia. Es la capacidad para moverse intra, inter y transpersonalmente más allá del yo. Implica trascender los intereses personales, de manera que podamos asumir una distancia psicológica que nos ayuda a poner todo lo que nos ocurre en perspectiva para ir un paso más allá de la preocupación. Gracias a la autotrascendencia podemos expandir los límites personales e incluso tomarnos con sentido del humor las experiencias aparentemente más negativas. De esta manera logramos atravesar los periodos difíciles sin venirnos abajo, asumiendo las dificultades con mayor entereza.
¿Por qué necesitamos desarrollar la fuerza interior?

La fuerza interior es una de las herramientas más valiosas para la vida. Es lo que nos mantiene con esperanza y nos anima a seguir adelante, lo que subsiste cuando todo lo demás se ha desmoronado. No solo nos permite superar la adversidad, sino que nos ayuda a capear mejor la tormenta, manteniendo una actitud más positiva que nos permite seguir confiando en nuestras capacidades.

Un estudio desarrollado en la Universidad de Åland, por ejemplo, comprobó que a medida que las mujeres envejecen, el riesgo de sufrir depresión aumenta en un 20%. Sin embargo, la fuerza interior es un factor protector que no solo las mantiene a salvo de la depresión, sino que también las conduce a involucrarse en actividades positivas y significativas que mejoran su salud.

Otra investigación realizada en la Universidad de Utah reveló que la fuerza interior es uno de los factores más importantes para determinar la calidad de vida de las personas que sobreviven al cáncer ya que les permite enfrentar con mayor entereza y positividad la enfermedad.

Debemos pensar en la fuerza interior como en una inversión para la vida. Cuantos más problemas afrontemos, más confiaremos en nuestras potencialidades para salir adelante – pase lo que pase – y más preparados estaremos para lidiar con los problemas futuros sin venirnos abajo. Aunque no tengamos un plan de acción, aunque jamás nos hayamos enfrentado a ese obstáculo, la fuerza interior nos brinda el empuje necesario para no desfallecer.

7 características de las personas con fuerza interior
  1. Tienen un locus de control interno. “Reza como si Dios cuidase de todos, pero actúa como si todo dependiese de ti”, dice un refrán popular. Y las personas que tienen una gran fuerza interior lo ponen en práctica al pie de la letra. Desarrollan un locus de control interno, lo cual significa que toman las riendas de su vida y asumen sus responsabilidades. No culpan a los demás o al mundo por sus problemas, sino que intentan resolverlos.
  2. Obvian las cosas sobre las que no pueden influir. Solemos pensar que la fuerza de voluntad es una fuente inagotable, pero no es así. Si hemos pasado todo el día ejerciendo un férreo autocontrol, durante la noche seremos más propensos a caer en la autoindulgencia. Eso significa que la fuerza de voluntad es una cualidad que debemos aprender a dosificar. Por eso, las personas con fuerza interior suelen concentrarse en lo que verdaderamente cuenta y pasan de las causas perdidas o aquellas que se escapan de su control. Esta actitud les permite focalizar su energía y lograr sus objetivos. Son personas pragmáticas que contribuyen hasta donde pueden y no se martirizan cuando no pueden hacer más.
  3. No se quejan continuamente. De vez en cuando las quejas pueden tener un poder catártico pero los lamentos continuos – una característica endémica de nuestra sociedad – solo sirven para centrarnos en los aspectos negativos de las situaciones y, de paso, perder una energía y un tiempo extremadamente valiosos. Las personas con fuerza interior asumen una actitud diferente: no se sientan a llorar sobre la leche derramada, emplean esa energía para reorganizar su estrategia y volver a la carga. Son capaces de centrar sus recursos en lo que realmente vale la pena.
  4. Son capaces de adaptarse a las circunstancias, por duras que sean. Las personas con fuerza interior son muy flexibles. Incluso manteniéndose fiel a su sistema de valores, logran reorganizar su comportamiento según vayan cambiando las circunstancias. En vez de luchar contra viento y marea malgastando una energía preciosa, siguen la corriente y el fluir natural de las cosas para lograr sus objetivos. Y cuando no es posible, son capaces de cambiar su meta planteándose un objetivo más asequible y racional. No se trata de resignación sino de madurez y sabiduría, de saber distribuir los recursos en aquellas cosas que realmente darán frutos.
  5. No intentan impresionar a nadie, su objetivo es superarse a sí mismas. En una cultura tan competitiva como la nuestra, muchas personas actúan movidas por una motivación extrínseca. Es decir, buscan logros como si fueran medallas para colgarse en el pecho, medallas que le granjeen la aprobación o admiración de los demás. Las personas con fuerza interior no pretenden impresionar a nadie, tienen la suficiente confianza en sí mismas como para perseguir sus propios sueños. Su objetivo no es ser mejor que los demás, sino superar sus propias limitaciones.
  6. Ven el pasado como una fuente de información – nada más. La mayoría de las personas viven atadas, de alguna u otra forma, a su pasado. Sin embargo, a menudo el pasado se convierte en un fardo demasiado pesado que les impide avanzar. Las personas con fuerza interior, al contrario, no se quedan atadas al pasado, aprenden de sus errores y siguen adelante. El pasado no las define. Comprenden que un fracaso es tan solo una oportunidad para aprender y fortalecer su resiliencia. De esta manera el pasado se convierte en una fuente de empoderamiento, más que en un fardo de culpas.
  7. Aplican la gratitud. Las personas con fuerza interior son conscientes del enorme poder de la gratitud, por eso la practican a diario. Eso les permite poner el foco en las cosas positivas, en vez de centrarse únicamente en los problemas y obstáculos de la vida. También les permite comprender mejor sus potencialidades y aprovechar sus fortalezas para enfrentar la adversidad. Al aprovechar los efectos de la gratitud, estas personas encuentran la tranquilidad y el coraje necesarios para enfrentar cualquier problema desde una perspectiva más equilibrada.
¿Cómo desarrollar la fuerza interior?
– Elige un problema. La clave consiste en elegir un problema específico. Puedes pensar que la vida no es justa – y tienes razón, a veces no lo es – pero ello no te ayudará a enfocarte en tus recursos psicológicos y desarrollar la fuerza interior. Céntrate en una situación específica y analiza cómo te está afectando psicológicamente. Comprueba su impacto en tu cuerpo. ¿Cómo reaccionas físicamente cuando piensas en esa situación?

– Asume una distancia psicológica. Todos los problemas no se solucionan siguiendo el mismo camino. Asumir una distancia psicológica de lo que está ocurriendo te permitirá evaluar las cosas en perspectiva. Puedes preguntarte: ¿Qué harías si hubieses tenido ese problema cuando eras un niño? ¿Y si se presentara siendo ya anciano? También te ayudará ponerte en el lugar de otra persona e imaginar qué haría.

– Decide, sin dilación. Muchas veces nos quedamos atrapados en los problemas porque no tomamos decisiones. De esta manera corremos el riesgo de que el problema siga creciendo, y lo que es aún peor, se mantendrá activo como un foco de atención en nuestra mente, provocando un gran desgaste emocional. Por tanto, debes asegurarte de no postergar demasiado la decisión. No esperes al momento «correcto», porque es probable que nunca llegue. Y hazle más caso a tu Inteligencia Intuitiva.

– Empodérate con el pasado. Puedes usar el pasado a tu favor para activar la fuerza interior. Solo tienes que recordar otra situación difícil en la que también te sentías igual de mal y recordar cómo saliste de ella. Este ejercicio de memoria te ayudará a restarle impacto a lo que te está ocurriendo, te permitirá comprender que al final, todo llega y todo pasa, y te servirá para activar la confianza en ti, en tu capacidad para salir adelante.

Fuentes:

Boman, E. et. Al. (2015) Inner strength – associated with reduced prevalence of depression among older women. Aging & Mental Health; 19(12): 1078-1083.

Dingley, C. & Roux, G. (2014) The Role of Inner Strength in Quality of Life and Self-Management in Women Survivors of Cancer. Res Nurs Health; 37(1): 32–41.

Lundman, B. et. Al. (2010) Inner Strength—A Theoretical Analysis of Salutogenic Concepts. International Journal of Nursing Studies; 47: 251–260.

Dingley, C. et. Al. (2000) Inner strength: A concept analysis. Journal of Theory Construction & Testing; 4(2): 30.

https://rinconpsicologia.com/la-fuerza-interior-como-desarrollarla/
 
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Una relación no se destruye por los conflictos, sino por la distancia emocional



Existen mil y un motivos por los cuales se puede romper una relación, pero los conflictos no son uno de ellos, a pesar de que normalmente los culpamos de las rupturas. En realidad, los conflictos suelen ser solo la excusa, las relaciones se rompen porque no sabemos gestionar esos conflictos, de manera que terminan generando una distancia emocional insalvable.

Los conflictos sirven para fortalecer la relación
Los conflictos son una extraordinaria fuente de cambios. No son negativos, sino que encierran el germen de la transformación y el crecimiento. Las parejas estables que llevan años, por ejemplo, no son aquellas que no han tenido conflictos sino las que han sido capaces de superarlos y usarlos para fortalecer la relación.

Los conflictos son la expresión de las diferencias y deseos encontrados, por lo que también son una excelente oportunidad para clarificar expectativas. Sirven para reafirmar, por una parte, la individualidad de los miembros de la pareja y, por otra, para animarles a acercar extremos opuestos.

Paulo Coelho no andaba desacertado cuando afirmó que «los conflictos hacen crecer el amor«. Sin duda, lo someten a prueba, por lo que son los ladrillos con los cuales creamos una relación resiliente, a todo y a todos.


Es en ese diálogo, en la búsqueda de puntos en común, que la relación se afianza y crece. Cuando cada quien cede un poco la relación se fortalece y cada miembro se compromete un poco más, aprende a ser un poco más tolerante y avanza otro paso hacia la madurez.

¿El secreto para solucionar los conflictos? Las ofertas emocionales
John Gottman, un psicólogo que ha estudiado durante décadas las relaciones de pareja, ha descubierto que uno de los secretos para lidiar con los conflictos de las relaciones duraderas son las ofertas emocionales, las cuales se utilizan para establecer una conexión aproximadamente el 86% de las veces.

Una oferta emocional es una señal de afecto, atención o cualquier otra forma de conexión positiva que una persona envía a otra. Puede tratarse de un abrazo, una caricia, una simple mirada, unas palabras afectuosas o un acto que implique una señal de paz, arrepentimiento o conexión emocional.

Esas ofertas son esenciales para mantener el vínculo afectivo en la relación y sirven para atenuar la intensidad de los conflictos. Son una especie de puente hacia el entendimiento que permiten mantener el vínculo emocional a pesar de las diferencias que puedan existir.

Cuando una de las personas rechaza continuamente esas ofertas emocionales ignorándolas o respondiendo con críticas y resentimiento, o estas brillan por su ausencia, se instaura una distancia psicológica que, a la larga, acrecienta las diferencias e imposibilita resolver los conflictos.

La distancia emocional separa más que cualquier conflicto
La distancia emocional es aquella que se instaura cuando se ha roto el vínculo afectivo. Su poder devastador es tal que puede terminar convirtiendo a dos personas que antes se amaban en completos extraños. La distancia emocional implica sentirse desconectado del otro, percibiéndolo incluso como un desconocido, generalmente porque la relación ha dejado de satisfacer nuestras necesidades emocionales.

El problema es que cuanto más se acreciente esa distancia, más improbable será que podamos resolver los conflictos porque, de repente, es como si no tuviéramos ningún punto de contacto con la otra persona. Cuando se pierde la comunicación, dejando paso al silencio y la indiferencia, incluso los conflictos pierden su sentido porque existe la sensación de que ya no hay nada que recuperar.

Comunicar, comunicar, comunicar… Hasta la saciedad
Para evitar que se instaure esa distancia emocional, hay que comunicar. Para solucionar los conflictos, es importante hablar de ellos, expresar lo que sentimos y deseamos de manera clara. A su vez, es fundamental ser capaces de escuchar a la otra persona y ponernos en su lugar, cognitiva y emocionalmente.

La comunicación es el mejor antídoto contra la distancia emocional, pero la comunicación asertiva y auténtica, esa que tiene como objetivo solucionar problemas y encontrar puntos en común para que podamos mirar juntos en la misma dirección.

https://rinconpsicologia.com/distancia-emocional-pareja/
 
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Estudio revela que el estilo de vida moderno nos está volviendo más estúpidos



Nuestro estilo de vida moderno está bajo la lupa. Cada vez más personas se cuestionan si nuestra forma de vivir potencia la inteligencia o, al contrario, nos hace caer en una especie de sopor mental, como si estuviéramos en piloto automático. Los científicos también se han planteado esta pregunta y llevan décadas analizando nuestro cociente intelectual. Sus resultados no son esperanzadores.

Efecto Flynn: Los años en los que florecía la inteligencia
Las pruebas para medir el cociente intelectual que se han ido aplicando desde el siglo XX sugirieron que la inteligencia humana estaba aumentando. Es lo que se conoce como efecto Flynn. En 1980 James R. Flynn recopiló datos de 35 países usando los test de inteligencia estandarizados WISC y Raven. Descubrió que el CI aumentaba una media de 3 puntos cada diez años.

¿Por qué se ha producido ese incremento en la inteligencia?

Existen varias hipótesis. Una de ellas apunta a la mejoría de la alimentación, la cual aporta todos los nutrientes necesarios para que el cerebro se desarrolle y alcance su máximo potencial. Otra teoría apunta hacia la tendencia a crear familias con menos hijos, lo cual permite brindarles un ambiente más desarrollador a los pequeños. Una última hipótesis se refiere a la creciente complejización del entorno, la cual actuaría como un estímulo para la inteligencia.

El declive de la inteligencia

En 2004 investigadores de la Universidad de Oslo dieron la voz de alarma indicando lo que podría ser el final del efecto Flynn. A partir del análisis del cociente intelectual de 500.000 personas, observaron que en la década de 1990 se evidenció un pico en los resultados obtenidos en las pruebas de inteligencia, pero posteriormente ese crecimiento se detuvo e incluso se observó una ligera disminución en los subtest de razonamiento numérico.

No han sido los únicos, ese mismo año un grupo de psicólogos de la Universidad de Adelaide del Sur en Australia presentaron los resultados de 20 años de investigaciones con niños de edades comprendidas entre los 6 y 13 años que acudieron a la misma escuela. Sus resultados indican que desde 1981 hasta 2001 el cociente de inteligencia dejó de crecer e incluso constataron una disminución en la velocidad de procesamiento.

¿A qué se debe esa disminución del cociente intelectual?

La teoría disgénica es una de las explicaciones más extendidas. Según esta teoría, las personas más inteligentes y con mayor nivel educativo suelen tener menos hijos, lo cual terminaría afectando estadísticamente el nivel de inteligencia general. A la vez, es probable que las personas con menor cociente intelectual tengan más hijos y estos reciban menos educación, de manera que obtendrán resultados más bajos en los test de inteligencia, lo que contribuiría a una disminución en los resultados con el tiempo y un “embotamiento” de la población general.

¿La era de la «cultura chatarra»?
Un estudio más reciente llevado a cabo en la Universidad de Michigan que evaluó los datos de más de 700 000 personas confirmó el declive de al menos 7 puntos por generación, el cual comenzó a mediados de 1970, como revela el gráfico que aparece a continuación. Estos investigadores afirmaron que “el declive en la inteligencia refleja factores ambientales y no cambios en la herencia disgénica”.


Estudio realizado en la Universidad de Michigan muestra la disminución del cociente intelectual.
Estos psicólogos compararon precisamente el cociente intelectual de hermanos nacidos en años diferentes y descubrieron que, en vez de ser similares, como sugiere la teorría disgénica, las puntuaciones de CI a menudo difieren significativamente. Esto significa que nuestra inteligencia está determinada por la sociedad en la que crecemos, los intereses que esta promueve y la educación que recibimos.

Si crecemos en una sociedad que promueve el pensamiento libre – de verdad – y fomenta la creatividad, es probable que desarrollemos al máximo nuestra inteligencia. Si la sociedad nos aleja de la reflexión proponiéndonos contenidos exclusivamente pensados para “matar el tiempo” y nos dicta continuamente qué debemos hacer, no tendremos la oportunidad de desarrollar nuestras habilidades de resolución de problemas.

Hoy, más que nunca, la tecnología digital está controlando nuestra atención de manera adictiva. A diferencia del televisior, la “caja tonta” que se quedaba en casa, el móvil nos acompaña a todas partes, convirtiéndose en un agente disruptor que reclama continuamente nuestra atención sumiéndonos en un estado de “conciencia mínima”. Y sin atención, no puede haber pensamiento crítico.

No solo consumimos comida chatarra sino también “cultura chatarra”. Y eso se refleja en nuestra capacidad para resolver problemas, elegir la información relevante y, en última instancia, formarnos un pensamiento crítico. La decisión está en nuestras manos.

Fuentes:

Bratsberg, B. & Rogeberg , B. (2018) Flynn effect and its reversal are both environmentally caused. PNAS; 115 (26): 6674-6678.

Sundet, J. M.; Barlaug, D. G. & Torjussen, T. M. (2004) The end of the Flynn effect? : A study of secular trends in mean intelligence test scores of Norwegian conscripts during half a century. Intelligence; 32(4): 349-362.

Nettelbec, T. & Wilson, C. (2004) The Flynn effect: Smarter not faster. Intelligence; 32(1): 85-93.
https://rinconpsicologia.com/disminucion-cociente-intelectual/
 
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La nueva felicidad se llama resiliencia
Diez consejos para cultivar esta cualidad psicológica y afrontar las crisis con serenidad

La resiliencia tiene que ver con la capacidad de las personas de gestionar los momentos difíciles en la vida (penguiiin / Getty Images/iStockphoto)
ROCÍO CARMONA
22/06/2019 08:00
Actualizado a 22/06/2019 08:08

Me encuentro con Carolina Torres en una habitación de la planta de Neumología del Hospital Clínic de Barcelona. No es la primera vez que la visito en una situación parecida, y siempre que lo he hecho me ha recibido con la misma sonrisa radiante. La saludo y pienso que la de hoy podría iluminar un estadio de fútbol entero. Carolina ha ingresado esta vez, paradójicamente, porque los síntomas de la enfermedad incurable que padece han mejorado, algo inaudito en sus circunstancias. El suyo es un caso único. Su dolencia se llamahipertensión arterial pulmonar, una enfermedad rara que la situó al borde de la muerte cuando se la diagnosticaron hace dos años. Sobrevivió de milagro, y tras pasar lo peor, sus médicos le explicaron, entre otras cosas, que a partir de entonces debería convivir con una bomba endovenosa de perfusión continua que le suministraría una hormona vasodilatadora directamente al corazón a través de la arteria femoral. Sin esa hormona, sus pulmones y su corazón no podrían funcionar.

Acostumbrada a hacer deporte, pues en su vida pasada, como ella la llama, era instructora de pilates y subpilates, entre otros, Carolinano recibió bien la noticia de su pérdida de movilidad. Tampoco la de que iban a incluirla en la lista de espera para realizarle un doble trasplante pulmonar y de corazón, o que apenas iba a poder moverse o realizar ninguna tarea cotidiana, por no hablar de deporte. Una de sus pasiones, nadar en el mar, quedaba por completo descartada de su vida, pues la bomba de perfusión insertada en un orificio practicado en su vientre lo hacía imposible. Tampoco lo permitía la resistencia de su corazón ni de sus pulmones, le advirtieron.

“La resiliencia es el punto de partida en que te despiertas hacia un camino ético que te puede hacer vivir más y mejor”

CAROLINA TORRES Profesora de Pilates y de Anatomía y Fisiología
Pero con lo que nadie contaba era con la capacidad de resiliencia de la propia Carolina. Cuando me siento hoy junto a su cama me enseña orgullosa la herida cerrada donde hasta ahora llevaba insertado el catéter directo hacia la arteria. Y luego me señala su nueva bomba, pegada al cuerpo mediante un sencillo adhesivo. Es un aparato mucho más pequeño que le suministra un tratamiento subcutáneo. “La medicación se deposita ahora bajo el tejido de mi piel y va drenando poco a poco hacia el torrente sanguíneo”.

Torres me explica que el suyo es uno de los poquísimos casos en los que un paciente de su gravedad ‒la esperanza de vida de una persona con su enfermedad es de unos pocos años‒ no solo no ha empeorado, sino que ha ido a mejor. “Lo suficiente como para que puedan plantearse cambiarme de máquina por una más fácil de llevar y menos invasiva”. Carolina, que ha acabado por desarrollar su propio método de ejercicio físico, llamado flowing health, que ahora enseña a otros pacientes, es capaz de hacer caminatas, bicicleta estática, Pilates e, incluso, de nadar. Me cuenta también que en todo este tiempo, desde que ingresó en la UCI con un pronóstico gravísimo y mortal, ella ha estado convencida de que ella podría ir a mejor, aunque todos le dijeran que eso era imposible. Carolina es el ejemplo perfecto de persona resiliente, es decir, que posee la capacidad psicológica de superar situaciones traumáticas.

Salgo del hospital y me quedo pensando en cómo, demasiado a menudo, la mente juega con nosotros y nos engaña. Pienso en todos eso momentos en los que la pérdida de un trabajo, de un ser querido o de una relación nos hunden y nos hacen creer que no podremos seguir adelante. Nos olvidamos de nuestra capacidad de resiliencia y empezamos a vivir con el miedo a perder o a no conseguir cosas que, si lo pensamos con detenimiento, son innecesarias.

A Carolina, ahora, muchas cosas de su vida anterior al diagnóstico le parecen poco importantes. Ella disfruta con los pequeños logros de su día a día, con sus perros, con sus amigos, con la alegría de ver salir el sol un día más y, según dice, su enfermedad le ha abierto un camino para intentar convertirse en una persona mejor: “La resiliencia es el punto de partida en que te despiertas hacia un camino ético que te puede hacer vivir más y mejor. Yo creo que una persona resiliente es aquella que cree en sí misma y también en su entorno. Tiene voluntad, confianza, y aprovecha cada oportunidad para crecer. Para mí, padecer una enfermedad incurable ha sido el punto de partida para aprender a amar más y mejor. La resiliencia, acompañada de la ética y del amor, ha tenido un efecto en mi estado físico, y la verdad es que estoy mejorando”.

“La resiliencia es realismo con esperanza, es optimismo realista”

MONIA PRESTA Psicóloga y terapeuta
Lo que relata Carolina desde su impresionante experiencia, que también ha explicado en su libro Cómo vivir con una enfermedad incurable (Urano), tiene mucho sentido en el ámbito de la psicología. Ya hace algún tiempo los profesionales señalan que, más que la búsqueda de la felicidad, la cualidad que todos deberíamos aprender cultivar es la de la resiliencia. Durante un par de décadas, quizá influidos por el auge de la psicología positiva, no hemos dejado de oír de hablar de la búsqueda a cualquier precio de la felicidad, entendida esta en la mayoría de los casos como un estado de placer o bienestar. Pero placer y bienestar son necesariamente efímeros, y buscarlos a toda costa a veces nos lleva a negar el dolor e incluso a hacernos más daño mientras no dejamos de buscar en el espejo el reflejo de un falso optimismo que nos conmina a “ser positivos” pase lo que pase.

La resiliencia, en este contexto, cobra mucha importancia, pues es lo que nos permite navegar por los momentos complicados de la vida sin perder el norte. O recuperarlo en el caso de que lo hayamos perdido. En los países anglosajones están empezando a tomárselo muy en serio, y la resiliencia está llegando a las escuelas como una materia más. Un ejemplo lo encontramos en Estados Unidos, donde distintas asociaciones de profesores ofrecen programas continuos para enseñar resiliencia a alumnos de todas las edades.

En la escuela Silver Springs de Maryland, por ejemplo, los alumnos de quinto curso siguen un programa específico en el que aprenden resiliencia para poder enfrentarse a sus problemas de ansiedad. Y la enseñanza de esta cualidad psicológica no se limita solo a los más pequeños. Un estudio del Madison’s Centre for Healthy Minds de la Universidad de Wisconsin, publicado recientemente en la revistaFrontiers for Psychology concluyó que en solo dos semanas sus participantes se volvían más resilientes ante el sufrimiento, gracias, en este caso, a la práctica de la meditación. Parece, pues, que la resiliencia es una cualidad de la que cada vez se habla más a menudo. Y resulta que es algo que se puede aprender, no un don con el que solo unos pocos privilegiados nacen.

“La resiliencia es realismo con esperanza, es optimismo realista” explica la psicóloga y terapeuta Monia Presta. “No es ese optimismo a toda costa, falso, en que negamos el dolor. Lo bueno y lo malo forman parte de la vida, y lo importante es cómo afrontamos los momentos difíciles. Si nos resistimos al cambio estamos destinados al sufrimiento. Si hemos tenido un accidente, una separación, un abuso, asistido a un acontecimiento traumático, podemos transformarlo y proyectar futuro. Eso no significa negar el dolor, sino transitarlo y transformarlo. Si negamos el dolor y nos aferramos a la condición anterior estamos anclados al sufrimiento. Cuando tocamos fondo es cuando podemos volver a renacer”.

¿Y cuáles son las claves para ser como las ostras, por ejemplo, y ser capaces de convertir nuestras desgracias o contratiempos en una preciosa perla? “Ante todo tendríamos que definir el concepto de felicidad. La felicidad es sentir paz interior. No tiene nada a que ver con tener, poseer, con ser reconocidos por los demás, con buscar la felicidad afuera a toda costa. Todo eso genera sufrimiento. La felicidad tiene que ver con conocerse a uno mismo, tal como decía Sócrates. Entonces eso implica ser resilientes, porque no todo lo que descubrimos de nosotros nos va a gustar, porque hay vivencias, situaciones adversas y aceptarlas es el primer paso para evolucionar. Lo que no se acepta persiste y se entierra en vida. Por tanto, hay que cultivar la resiliencia para ser felices, aceptando todos los aspectos de la vida, tanto los positivos como los negativos”.

Consejos para desarrollar la resiliencia

Un mujer participa en un ejercicio de meditación. FatCamera / Getty Images
Se cuenta que Séneca era una persona muy rica y poseía varias villas amuebladas muy ricamente. A pesar de ello tenía por costumbre dormir regularmente en el suelo y se alimentaba sobre todo de pan duro y agua. Séneca no lo hacía para torturarse o por tacañería, sino porque quería recordarse a sí mismo que no pasaría nada por perderlo todo. Al vivir en estas condiciones de frugalidad se estaba liberando de la preocupación por el desastre, lo que en el fondo reforzaba su confianza en la vida y en su propia capacidad para convivir con cualquier desgracia material. Al obrar así Séneca estaba iniciando un movimiento muy poderoso.

Para Monia Presta, la resiliencia –cuya importancia este filósofo de la antigua Roma captó hace ya tanto tiempo–, es una especie de super competencia que afecta a muchas otras habilidades que necesitamos para convivir: “Si no desarrollamos la resiliencia tenemos menos herramientas para fluir con la vida”, explica la psicóloga. “Una persona que no practica la resiliencia se vuelve rígida, frustrada, amargada con menos capacidad de disfrutar de lo simple, poco creativa y con menos recursos para afrontarla. Cuando practicamos la resiliencia desarrollamos el pensamiento lateral, o sea la capacidad de resolver los problemas de manera creativa, usando un punto de vista diferente que rompe con los esquemas habituales de la lógica. Es un método creativo que nos ayuda a ver la realidad desde otros puntos de vista y que todos podemos cultivar y desarrollar”.

Y si, como explica Monia Presta, la resiliencia es algo que se aprende y se construye, ¿cómo podemos empezar a hacerlo? Algunos consejos de esta terapeuta para desarrollarla son:

1. Aceptar que el cambio es parte de la vida. Aceptar los acontecimientos que no se pueden cambiar enfocarse en los que sí se pueden modificar.

2. Ver las crisis como posibilidades de cambio y no como obstáculos insuperables. Crisis en griego significa “cambio”. Asumir que las dificultades son oportunidades para aprender y crecer.

3. No intentar cambiar las situaciones. Lo único que se puede cambiar es la interpretación y la narración de ellas que hacemos. Si tenemos dificultad para hacerlo se recomienda acudir a un psicólogo/a.

4. Pedir ayuda y aceptar apoyo de las personas que nos quieren fortalece la resiliencia. La red social de apoyo ayuda a tener la esperanza realista. Participar en un grupo de mutua ayuda también puede ser beneficioso. Ver que no somos los únicos en tener problemas ayuda a relativizarlos.

5. Fijarse más en el presente, y no en el pasado o en el futuro. Un exceso de pasado genera depresión, un exceso de futuro genera ansiedad. Una manera para estar en el presente es practicar la meditación, estar en contacto con la naturaleza y, si eso no es posible o no es suficiente, pedir ayuda psicológica.

6. Meditar: La meditación provoca cambios en el cerebro en la zona de la amígdala, responsable de desencadenar la reacción de estrés. En solo ocho semanas de entrenamiento se han detectado estos cambios. El cortisol, la hormona del estrés baja.


Varais personas practican ejercicios físicos en la azotea de un edificio en Barcelona. Xavier Cervera
7. Cuidarse, cultivando las propias necesidades. Hacer actividades placenteras, relajantes y practicar deporte. Todas estas actividades producen la serotonina, el neurotransmisor del bienestar.

8. Practicar el autoconocimiento. Apuntarse a un curso de crecimiento personal o empezar terapia psicológica para conocerse mejor.

9. Desarrollar el pensamiento lateral. Ver un problema según diferentes enfoques y buscar soluciones creativas a los conflictos.

10. Relativizar los errores y verlos como oportunidades de aprendizaje. Cuando cometemos errores es cuando tenemos la posibilidad de crecer.

Lecturas recomendadas:


Los patitos feos, Boris Cyrulnik(DeBolsillo)

Resilient: How to Grow an Unshakable Core of Calm, Strength, and Happiness, Rick Hanson y Forest Hanson(Harmony)

Resilience form the Heart, Greg Braden(Hay House)

Pase lo que pase no es el fin del mundo: resiliencia para momentos de crisis, Joan Borysenko (Urano)

Reportaje original completo:
https://www.lavanguardia.com/vivo/p...008603765/felicidad-resiliencia-consejos.html
 
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Falta de comunicación en la pareja: 8 maneras en las que se expresa

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Un pilar fundamental para hacer que la relación de pareja perdure es la comunicación. Pero no cualquier tipo de comunicación; hace falta aprender a manejar estrategias de comunicación asertiva y honesta para lidiar adecuadamente con los problemas en la convivencia de pareja.

En este artículo vamos a revisar las diferentes maneras en las que la falta de comunicación en la pareja afecta negativamente al vínculo amoroso, impidiendo un desarrollo sano de la calidad de vida de los miembros que la conforman y de su manera de interactuar en el día a día.

La importancia de la comunicación en las relaciones amorosas
Las uniones de pareja se basan principalmente en la confianza para crear un vínculo fuerte que mantenga unidas a dos personas, y la comunicación es parte intrínseca del proceso de confiar en alguien. Cuando confiamos somos capaces de expresar nuestros sentimientos, emociones y opiniones de una manera franca y abierta con la otra persona.

De este modo, se puede entender entonces por qué la falta de comunicación en la pareja complica el hecho de que la relación funcione adecuadamente. Evadir los temas incómodos y hacer como si no existiesen los problemas es contraproducente, lo ideal es conversar para buscar las soluciones, así como mantener a la otra persona al coriente de lo que se piensa y siente acerca de todo tipo de temas significativos.

Es importante que aquellas parejas con problemas de comunicación sean capaces de reconocer esta situación a tiempo, para que puedan buscar las herramientas necesarias con las que mejorar este aspecto de su relación. De lo contrario, el vínculo afectivo se volverá disfuncional.

¿Cómo afecta la falta de comunicación a la pareja?
A continuación vamos a revisar un listado con las principales consecuencias de la falta de comunicación en el vínculo de pareja.

1. Actitud pasivo-agresiva
El modelo de comunicación pasivo-agresiva puede dañar significativamente a la pareja en los momentos de conflicto. La actitud pasivo-agresiva se basa en aparentar compostura, una expresión calmada, un tono de voz moderado, y hacer ver como que no pasa nada cuando en realidad nos encontramos irritados y lo hacemos saber de manera indirecta y ambigua.

Si eres capaz de mantenerte calmado o calmada durante las discusiones, evita que tus palabras sean hirientes directa o indirectamente; no basta con mantener un tono de voz adecuado y un buena compostura cuando lo que dices lastima a la otra persona.

2. No saber escuchar
Este problema representa uno de los más comunes para las parejas, y es consecuencia de la falta de comunicación en la relación. Es habitual ver cómo en las conversaciones las personas escuchan para responder, en lugar de para comprender el mensaje que la otra persona quiere hacerles llegar. Mientras más se prolongue esta situación mayores serán las secuelas negativas que deje.

Cuando esto ocurre durante las discusiones, estas se tornan cada vez más acaloradas, y jamás se consigue llegar a un punto concluyente, porque los miembros de la pareja se interrumpen constantemente evitando que alguno pueda expresar sus puntos de vista con normalidad.

3. Problemas de ira
Las dificultades para controlar las propias emociones, y en especial la ira, repercuten significativamente en la convivencia de la pareja. Esta situación genera un círculo vicioso en el cual la sensación de enfado nos hace transmitir ideas de manera equivocada, y los malos estilos de comunicación nos hacen sentir ira.

Lo mejor ante esta situación es aplicar un buen reconocimiento emocional, de manera que podamos saber inmediatamente que estamos enojados y evitar actuar o decir cosas durante el tiempo que se mantenga esta emoción. Así, seremos nosotros quienes controlemos la ira, y no al revés.

4. Críticas negativas
Cuando nos quejamos de manera excesiva y negativa de nuestra pareja, eso revela que algo estamos haciendo mal en el proceso comunicativo. Las críticas están ligadas a circunstancias problemáticas que no hemos sido capaces de resolver.

Si algo no te gusta de tu pareja, lo mejor será decírselo y encontrar juntos una solución. Pero si en lugar de eso lo que ocurre es que criticas su comportamiento sin tener la menor intención de solucionar el conflicto de origen, es momento de replantearse los estilos comunicativos que se manejan.

5. Ignorar a la pareja
Ignorar a la pareja es la manera más evidente de falta de comunicación que existe. Se trata de la omisión total de cualquier interés por mejorar la situación negativa que daña la relación. Cuando ignoramos, el mensaje implícito que estamos enviando es que no nos interesa hacer algo para mejorar el funcionamiento de la relación.

6. Las faltas de respeto
Las ofensas hacia la pareja únicamente consiguen empeorar la situación inicial. Faltar el respeto del otro mientras tenemos una discusión es el equivalente a poner más leña en el fuego. Generamos un ambiente mucho más tenso donde la ira y la frustración se hacen dueños del momento.

7. Actitud testaruda
No dar el brazo a torcer es una de las cosas que más nos alejan de una comunicación adecuada con nuestra pareja. En ocasiones, es mejor bajar la guardia y aceptar que tal vez hemos actuado de manera exagerada ante alguna situación.

Hacer esto no implica debilidad ni sumisión, todo lo contrario, refleja que somos lo suficientemente maduros como para entender que no siempre tenemos la razón y hay momentos donde se debe aceptar que nos hemos equivocado, siempre aprendiendo de nuestros errores.

8. Enfocarnos únicamente en nosotros
Si bien es cierto que siempre debemos tener amor propio y no permitir que nuestra pareja esté por encima de nuestras necesidades, también es necesario entender que las relaciones son cosa de (al menos) dos personas, y no podemos únicamente centrar el foco en nosotros mismos.

Lo ideal es aprender a ver las necesidades del otro como importantes también, para poder llegar a acuerdos adaptativos, los cuales aporten beneficios a la convivencia y generen un ambiente de igualdad en la pareja.

¿Qué hacer para solucionarlo?
La posibilidad de asistir a terapia de pareja debería ser una de las opciones que se plantee toda pareja que pase por esta clase de problemas. En estas sesiones, el trabajo para mejorar la calidad de la comunicación es un aspecto central de la intervención psicológica. Eso sí, hay que preocuparse por encontrar un buen psicólogo.

Referencias bibliográficas:
  • Fehr, B., Russell, J. (1991). The Concept of Love Viewed From a Prototype Perspective. Journal of Personality and Social Psychology.
TÓPICOS



Andrés Carrillo
Psicólogo

Graduado en Psicología por la Universidad Bicentenaria de Aragua, Venezuela. Diplomado en Psicología Criminal por la Universidad de Carabobo, Venezuela. Redactor en temas de psicología.
https://psicologiaymente.com/pareja/falta-de-comunicacion-pareja
 
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Cómo ayudar a un niño víctima de bulling: 7 consejos contra el acoso


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El acoso escolar, también conocido como bullying, es una circunstancia demasiado común dentro de los centros educativos de educación primaria o secundaria. Por lo general suele presentarse con mayor incidencia en la etapa secundaria, cuando los jóvenes están pasando por la edad adolescente.

En este artículo vamos a ver cómo ayudar a un niño o niña víctima de bullying, aprenderemos a identificar cuándo un joven puede estar padeciendo acoso escolar, y conoceremos las mejores maneras de afrontar esta situación asistiéndole.

¿Cómo identificar el acoso escolar?
Para saber cómo ayudar a un niño víctima de bullying, el primer paso es identificar el acoso escolar. Por lo general los jóvenes suelen reservarse la situación para ellos solos y no cuentan nada sobre el tema a los adultos.

Esta negativa de hablar al respecto responde a los sentimientos inadecuados que experimenta el menor cuando es víctima de acoso escolar; normalmente se siente minimizado anímica y emocionalmente, lo que lo lleva a pensar que los adultos lo percibirán de la misma forma.

Tienen miedo de hablar al respecto porque no quieren que sus cuidadores se puedan sentir decepcionados de ellos, por considerar que están teniendo una actitud de “debilidad” ante la situación de ser víctimas de bullying. Como cuidadores de un niño o adolescente, debemos estar atentos a su conducta.

Hay varios indicadores que pueden servirnos como signos de alerta sobre la posibilidad de que el joven pudiera estar siendo abusado en el colegio. El tono emocional aplanado es una constante; pero además de esto existen algunas señales puntuales que pueden ayudarnos a reconocer casos de bullying. Sin los siguientes.

  • Niños evasivos ante el contacto visual.
  • Con dificultades para dormir por la noche.
  • Se resisten a ir al colegio.
  • Están aislados socialmente.
  • Regresan del colegio con moretones o golpes.
  • Regresan de los colegios hambrientos a pesar de llevar comida.
  • Piden más dinero constantemente.
Estos indicadores deben hacer basarse en hechos que surgen con cierta regularidad, además de estar acompañados por una disminución en la afectividad del joven. De no ser así podrían deberse a alguna situación puntual ajena al acoso escolar.

¿Cómo ayudar a los niños víctimas del bullying?
En las próximas líneas veremos una serie de consejos prácticos para ayudar a los niños y adolescentes a afrontar el acoso escolar.

1. Hacerle saber al joven que no debe avergonzarse
Lo primero que debemos hacer es darle la confianza necesaria para que exprese su situación real sin temor alguno, hacerle ver que no es la única persona a la que le ha sucedido dicha situación y que no debe sentirse mal por ello. Se debe hacer énfasis en que quien está cometiendo el error es el abusivo, y no él.

2. Combatir la sensación de culpabilidad
Aquellos jóvenes víctimas de abuso en el colegio desarrollan un intenso sentido de culpabilidad irracional, basado en la idea de que ellos tienen la culpa de sufrir el abuso por no ser capaces de defenderse. Como cuidadores es necesario que hablemos con ellos y les ayudemos a cambiar este pensamiento inadecuado.

Debemos hacerles comprender que no tienen la culpa de que otras personas tengan actitudes erróneas, y que la solución no está en recurrir a la violencia, sino en hablar con las autoridades de la institución respecto a lo que está ocurriendo. Lo mejor será dirigirnos al colegio en compañía del joven y realizar la denuncia.

3. Felicitar al joven por expresarse
Tomando en consideración lo difícil que le puede resultar al joven expresar su experiencia negativa, es buena idea felicitarlo por haberlo hecho. Es importante reafirmar su autoestima, haciéndole saber lo valiente que ha sido por atreverse a contar lo que está sucediendo.

4. Evitar restarle importancia
En algunos casos los padres o cuidadores no le dan la importancia real al asunto y toman esta situación como algo natural en la vida de los jóvenes, cuando la verdad es que si no se toman las medidas a tiempo los resultados podrían ser muy dañinos para el niño o niña. Muchos jóvenes, por sentirse incomprendidos, han llegado a atentar contra su propia integridad física.

Lo ideal es actuar apenas tengamos sospechas de que algo malo puede estar sucediendo en la escuela.

5. Mantener comunicación frecuente con los maestros
Una forma de prevenir y afrontar el acoso escolar cuando ya está sucediendo es mantener buenas relaciones de comunicación con los maestros de los jóvenes, de modo que nos cuenten si ven comportamientos inusuales en el joven, y en caso de tratarse de acoso escolar, actuar juntos para detenerlo.

6. Educar en inteligencia emocional
Inculcarle al menor la capacidad de reconocer sus propias emociones es indispensable para que en una situación de estrés no permita que la rabia o la frustración le hagan hacer cosas contraproducentes para su situación.

Lo que buscamos con esto es que el joven sea capaz de dominar sus emociones y no actuar al primer impulso. Para conseguirlo debemos hablar con él respecto a las ventajas de solucionar las dificultades por los canales regulares y no recurriendo acciones violentas.

7. Enseñarle a primar la calidad de las relaciones
Es útil mostrarle al niño o niña que en ocasiones es beneficioso alejarse de ciertas personas que no aportan nada positivo, a pesar de que aparentemente sean populares o carismáticas a ojos de los demás, y enseñarle que se debe tomar en consideración el cómo se siente uno mismo cuando está con alguien en concreto para valorar si esa relación vale la pena. Así se fomenta que no cambie sus intereses o su manera de ser por formar parte de un grupo en el que es víctima de bullying.

Referencias bibliográficas:
  • De Acevedo, A. (2010). Alguien me está molestando: el bullying. Ediciones B.
  • Barri, F. (2006). S.O.S. Bullying: Prevenir el Acoso Escolar y Mejorar la Convivencia. Praxis, S.A.
https://psicologiaymente.com/desarrollo/como-ayudar-nino-victima-de-bullying
 

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