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HISTORIA
La 'Stasi' de El Pardo: así espió un Franco paranoico a don Juan y los monárquicos
Los boletines inéditos del propio dictador salen a la luz ahora con la publicación de 'Don Juan contra Franco’', de los periodistas de ABC Jesus García Calero y Juan Fernández-Miranda


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Francisco Franco y don Juan de Borbón


JULIO MARTÍN ALARCÓN
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10/12/2018


En la soledad de su despacho el dictador repasa minuciosamente los informes de una red de informadores, soplones, espías e infiltradosque le tienen al tanto de cada movimiento de la conspiración internaque quiere restaurar la monarquía. Resulta irresistible imaginárselo por la noche, bajo la luz de un flexo en el palacio de El Pardo, aunque bien podría haber sido entre interrupciones de sus ministros, en alguna comida o incluso en algún consejo. La imagen no deja de ser desconcertante por el año de los informes: 1948.

Casi diez años después de la guerra, el dictador sigue minuciosamante cada movimiento de una conjura que prácticamente ya ha fracasado


Casi diez años después de la guerra Franco sigue obsesionado y pendiente de una conjura que prácticamente ya ha fracasado. Los boletines inéditos subrayados con lápices de color azul y rojo y con anotaciones del propio dictador salen a la luz ahora con la publicación de ‘Don Juan contra Franco’, Plaza y Janés, de los periodistas de ABC Jesus García Calero y Juan Fernández -Miranda, que han estado en El Confidencial para explicar su libro. Se agradece que entren en la arena, no rehuyan ninguna pregunta aunque se salga estrictamente de lo que narra el libro y que incluso abran un debate entre ellos mismos en algunos momentos.

La 'Stasi' de El Pardo
Lo mejor son los documentos inéditos del servicio de Información de Falange, que ofrecen la visión de un Franco en constante alerta. Lo explica Fernández-Miranda: “Lo especial es que son boletines periódicos y tienen un objetivo común, que es vigilar la conspiración monárquica”. Los papeles afianzan una de sus tesis y que la mayoría de los biógrafos de Franco han tratado como algo secundario: incluso en los coletazos de la conspiración, ya en 1948, siguió muy pendiente, hasta el punto de tener un maquinaria que recuerda a la Stasi de la RDA de los 70 y 80. “Rescatamos del olvido entre 15 y 20 dosieres que están numerados del doscientos al doscientos y pico, así que es un dinámica que funcionaba desde mucho antes y que siguió funcionando después”, prosigue Fernández-Miranda.


"Los boletines son especiales: un servicio que redacta que han escuchado a alguien criticar al régimen y que se envían todos los días"

Para entonces, 1948, el espionaje de Franco en el círculo monárquico era abrumador y constaba de muchas fuentes, como han constatado los historiadores del periodo. Jesús Calero remarca sin embargo que los boletines eran muy detallados, “son un servicio en toda regla de información: hay un señor que escribe si escucha a alguien criticar a Franco y sabe que lo va a leer porque va directamente al dictador”.

¿Toda la información es de calado y tenía un gran valor? “Es verdad que hay muchas cosas que son un tanto pueriles, es un espionaje de andar por casa, pero da una idea de hasta donde había llegado ya Franco”, responde Fernández-Miranda.



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Fragmento de uno de los Boletines de Falange


La réplica es obligada: si el espionaje era pueril, la propia conspiración también, con pocas o nulas posibilidades de éxito, según ha recogido la historiografía. Es fácil jugar a favor de los acontecimientos, pero es necesario inquirir sobre ello. Los autores demuestran prudencia y valor en su argumentación. Fenández-Miranda reconoce que en cierta medida sí fue ingenua, dadas las circunstancias del enorme poder que ya había acumulado a esas alturas Franco: disponía de la red de un estado, de informadores, policía y espionaje pero también que "si había alguna posibilidad pasaba por Don Juan, por eso le preocupó".

La Transición inexistente
Calero relativiza el concepto de ingenuidad de la conjura: “Es verdad que ellos quieren creer que lo que están haciendo es más serio de lo que probablemente es en algunos momentos”, pero remarca que fue importante porque sentó las bases de lo que sería la Transición 40 años después: “Por primera vez hay un rey (sic) que establece que hay que contar con todos. Habría podido coronarse con Franco, que se lo ofrece: sea usted el rey falangista. Lo rechaza y continuamente incide en que tiene que haber un consenso”.

Aquí está la verdadera gran tesis del libro, más peliaguda: un Don Juan de Borbón que se presenta como garante de una monarquía parlamentaria y alternativa a la dictadura. Un rey dispuesto a aunar todas las tendencias políticas "de las derechas y de las izquierdas", como remarca Calero. Antes de eso y cuando Don Juan ni siquiera era el heredero, se había presentado para luchar en el bando nacional enviado por su padre Alfonso XIII, que era el rey en el exilio.

Don Juan se presentó a luchar en el bando nacional sin ser aún el heredero y Franco lo envió de vuelta con el mensaje de que no era su guerra

Era conocido y el libro lo recoge, pero es muy revelador de lo que fue la rebelión militar: básicamente Franco le vino a decir al hijo del rey, por medio del general Fidel Dávila, que se volviera a su casa que esa no era su guerra. Escogió sus palabras: “Su lugar no está en el frente sino en el futuro de España". Se lo recordaría en el intercambio epistolar que mantuvieron en 1943, durante la ofensiva monárquica: “Precisamente V.A. pareció comprender esta necesidad [los principios del Movimiento] cuando dejándose llevar de su hacer natural y siguiendo el impulso de la juventud española se presentó a combatir en nuetras filas a raíz de nuestro alzamiento, vistiendo camisa azul y tocándose con la boina roja" tal y como recoge Jesús Palacios en 'Las cartas de Franco', La Esfera de los Libros (2005).

Errores y virajes políticos
Entre ese apoyo inicial de la Casa Real en el exilio al bando nacional de Franco, que no era precisamente el de todos los españoles y el final de la guerra, es verdad que maduró un joven que pasó a convertirse en heredero designado por Alfonso XIII, que murió en 1941.



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'Don Juan contra Franco'.




Lo que ocurre es que la progresiva maduración y modulación de su discurso, fue paralela a los fracasos. Sumarse a los nacionales primero para que la guerra consistiera en una restauración monárquica y después convencer a Franco para que cediera amablemente el reino. Había fracasado ya todo lo demás. Es entonces, a partir de 1946, con Don Juan en Estoril, Portugal, cuando comienza a coordinarse el movimiento monárquico que acabará en un pacto con más fuerzas que incluye al socialista Indalecio Prieto.

"Con inteligencia y malicia fue capaz de ir modulando las respuestas a medida que se desarrollaba la alternativa de Don Juan"

Es la parte más polémica porque Don Juan decidió pactar con Franco en el famoso encuentro en el Azor en agosto de 1948, acabando con el intento. Unos meses antes Franco había ordenado detenetr a los conspiradores. La excelente narración se resiente un poco de la decisión editorial de prescindir de notas, lo que obliga al lector a un acto de fe, ya que hay párrafos en los que se desconocen la procedencia de las afirmaciones: quién dice qué o cuál es la fuente. No significa que no este bien documentado. Se nota en ‘Don Juan contra Franco’ un gran trabajo de investigación, empezando por los papeles inéditos, además de las citas, pero exige un cierto esfuerzo para quien quiera contrastar lo que sus autores razonan.

Las llaves del reino
Tiene la virtud de recordar que hubo una resistencia interna tras la guerra, aunque fuera débil, que obligó a Franco maniobrar. Según Calero actuó "con inteligencia y malicia y fue capaz de ir modulando las respuestas a medida que se desarrollaba la alternativa de Don Juan”. Fernández-Miranda añade la habilidad que desplegó para conseguir la consolidación del régimen: “En ese proceso de institucionalización está el espionaje. Sabe que para que el caiga tiene que llegar otro y el único que puede llegar es Don Juan. Consigue frenarlo disponiendo de toda la información posible”.



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Renuncia de Don Juan de Borbón


El otro aspecto relevante está en los comienzos: Franco no lideró el golpe de Estado de 1936 tal y como escriben. Si acaso lo hizo cuando este fracasó en los días siguientes y comenzó la Guerra Civil. De forma oficial a partir del 27 de septiembre de 1936, después de menos de tres meses de guerra, cuando la Junta de Defensa Militar de la que formaba parte, le designa jefe de todos los ejércitos. Es importante porque uno de los protagonistas esenciales de ‘Don Juan contra Franco’, es el general monárquico Alfredo Kindelán, el artífice del nombramiento y también impulsor de todas las conspiraciones para derrocarle desde 1941 a 1948.

Franco se hizo en 1936 con la jefatura del Estado de los sublevados a petición de los monárquicos. Sólo se opuso el republicano Miguel Cabanellas

Calero reconoce que de hecho fue el propio Kindelán quién organizó y convenció al resto de los generales para nombrar a Franco como jefe de todos los ejércitos con el objetivo de un mando único. Está en el libro, pero hay un obligado recordatorio: en ese texto que redactó Kindelán junto a Nicolás Franco, le nombraron además “Jefe del Gobierno del Estado”. La réplica de Calero es rápida: “Sí, pero incluyeron expresamente “mientras durase la guerra”. Lo que ocurre es que en apenas tres días ya había desaparecido el matiz, según explica Luis Suárez en su biografía sobre Franco. Cuando se publicó en el Boletín Oficia la frase ya no estaba. Desde el minuto uno iban por detrás.

El sueño de la restauración
Por otra parte, la rebelión militar del 18 de julio de 1936 nunca tuvo como objeto expreso restaurar la monarquía, por mucho que los militares favorables a la restauración se sumaran. El complot militar dirigido por el general Emilio Mola estableció vagamente que la forma del nuevo régimen "no sería una monarquía sino una dictadura republicana" -Stanley G.Payne, 'El camino al 18 de julio', Espasa (2016), aunque el contenido político era prácticamente nulo.

Después se confiaron a Franco y le dejaron las puertas abiertas. El único general que se opuso en la Junta de Defensa a otorgarle semejante poder en septiembre de 1936 fue Miguel Cabanellas, que era republicano. Según Paul Preston, el veterano general advirtió del peligro: "Ustedes no saben lo que han hecho (...) va a dársele en estos momentos España, va a creerse que es suya y no dejará que nadie lo sustituya en la guerra ni después de ella hasta su muerte", -'Franco', Ed. Debate (2015)-.

Tanto Calero como Fernández-Miranda reconocen que en ese momento Kindelán y otros como el duque de Alba -otro protagonista esencial del libro a favor de Don Juan- dieron prioridad a la guerra y no pensaron en lo siguiente. La cuestión es que Franco sí lo hizo. Para más señas, todos sus movimientos políticos durante la guerra, aunque cautos, enviaban señales claras de que lo que habría si alcanzaba la victoria se fundaría un nuevo estado, no una restauración. Fernández-Miranda reconoce que “desde el mismo 36, cada minuto que pasa Franco está cada vez más instalado, en ese sentido siempre hubo un componente de ingenuidad”.

"La desconfianza entre los conspiradores es total, porque están también los socialistas, pero son capaces de firmar el Pacto de San Juan de Luz"

Aunque la gran aportación del libro rebela que la conjura siempre mantuvo la atención del dictador, el momento probablemente más delicado para Franco fue en sus comienzos. En 1943 los generales monárquicos le entregaron por mano del general Enrique Varela -no de Kindelán- un manifiesto en el que le pedían que se echara a un lado. El régimen franquista no se había consolidado y había un connato de disidencia en el seno del propio ejército. Según Calero "las peticiones de sus generales le motivan a instittucionalizar el régimen y buscar mecanismos legales para sustentarlo".

Desconfianza total
Terminada la Segunda Guerra Mundial, la oposición era muy desigual y reinaba la desconfianza. El historiador Paul Preston recuperó en su biografía sobre Franco las impresiones de Gil Robles, que ya en 1943 escribió en sus diarios sobre Kindelán y los otros generales como Aranda: “estos fervorosos monárquicos cuya a lealtad a don Juan no les impide aprovecharse del tinglado franquista, son el mayor enemigo que tiene la Monarquía”. El político era entonces el consejero de Don Juan.

"Nadie se fía nadie de nadie, porque ni Indalecio Prieto se fía de Gil Robles ni éste de Kindelán, ni el duque de Alba de Aranda. Siempre fue difícil"

Está también presente en el capítulo que divide el libro y lo explica Calero: “Es verdad que es es una conspiración que tiene siempre más posibilidades de fracasar que otra cosa, porque es muy difícil, están todos muy dispersos y significa mezclar agua y aceite: los tradicionalistas con los socialistas y cosas así. Nadie se fía nadie de nadie, porque ni Indalecio Prieto se fía de Gil Robles ni éste de Kindelán, ni el duque de Alba de Aranda. Hay una desconfianza total, pero son capaces de sobreponerse a todas esas diferencias, sentarse a hablar y firmar finalmente, aunque inútilmente el Pacto de San Juan de Luz, que es de clarísima y neta inspiración democrática”.

El mentor de Juan Carlos I
'Don Juan contra Franco', recupera un capítulo importante de la historia de España por sus implicaciones posteriores con el atractivo de una nueva documentación. Detalla además una parte del proceso de consolidación del franquismo, que no estuvo exento de amenazas y explica los pormenores y los personajes que intervinieron en el intento de la restauración monárquica en todas sus fases.

"Juan Carlos I culminó la tarea que no pudo hacer su padre, es una falacia que se diga que la Transición y su reinado son fruto del franquismo"

Otra cuestión es el calado de esa conjura y sus contradicciones. Don Juan, el aspirante que nunca reinó, acabó sacrificando la corona en favor de su hijo después de pactar con Franco. ¿Destierra la tesis que se esgrime en ocasiones de que Juan Carlos I es el heredero de Franco? “Absolutamente”, remarcan prácticamente al unísono. “Juan Carlos I culminó la tarea que no pudo hacer su padre, es una falacia que se diga ahora que la Transición y el propio rey son fruto del franquismo”.

En realidad, el principal escollo para los monárquicos es que todo comenzó en 1936, no en 1941 y entonces el recuerdo de la monarquía era el del reinado de Alfonso XIII. La guerra tuvo un precio que muchos de sus impulsores, a pesar de sus esfuerzos no pudieron revertir después. Franco murió siendo el jefe del Estado que le habían puesto en bandeja los generales monárquicos y Don Juan tuvo que renunciar en favor de su hijo.


https://www.elconfidencial.com/cultura/2018-12-10/franco-don-juan-guerra-civil-monarquia_1694054/
 
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DEMOCRACY: A LIFE – Paul Cartledge
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Quizá este sea el libro más ambicioso de Paul Cartledge: una historia de la democracia (y, por derivación, de la historia) griegas, que a su vez es una reflexión sobre las diferencias respecto al modelo democrático actual. Su análisis pivota sobre dos ejes: en primer lugar, la idea de que en la antigua Grecia no sólo hubo un modelo predominante de democracia (el más conocido), el ateniense, sino que deberíamos abrir el abanico a la “democracia” a modelos diversos en otras muchas póleisgriegas; y en segundo lugar, la distinción que podemos establecer entre un ejercicio directo del poder por parte del pueblo –que sería lo que significaría realmente demokratía– en los tiempos antiguos (griegos) y la democracia representativa de los tiempos modernos. Estructurado en cinco “actos”, como una obra de teatro, Democracy: A Life (Oxford University Press, 2016) comienza con un repaso a las fuentes, tanto literarias como epigráficas, con un “guía” particular que es Aristóteles y dos de sus obras, Política y Constitución de los atenienses; un viaje a las fuentes en el que no pueden faltar Heródoto, Tucídides, Demóstenes, Esquines, Jenofonte y, por supuesto, Platón, entre otros. Al mismo tiempo se escogen unas cuantas leyes atenienses que han sobrevivido (sobre piedra), regulaciones y decretos. El acto II, que en cierto modo supone el núcleo del libro, se centra (inevitablemente) en Atenas, desde la época arcaica y hasta el primer tercio del siglo IV a.C.; de la stásis y las reformas de Solón (que significaron una tímida redistribución del poder) y que permitieron el acceso de las clases medias a las principales instituciones de la ciudad: arcontado, Areópago (y la Heliea) y asamblea (Ekklesia); las reformas de Clístenes, que plantearon una democracia moderada, y las de Efialtes (una democracia radical), y el breve interludio oligárquico al final de la Guerra del Peloponeso. Cartledge establece también un espejo teórico con el “debate persa” que refleja Heródoto en su obra histórica, la crítica de Platón al modelo oficial de democracia y el análisis matizado de Aristóteles. Al mismo tiempo, el autor británico ofrece un catálogo amplio de “democracias” griegas, por bien que sean menos conocidas que la ateniense.

El tercer acto trata lo que Cartledge considera el período dorado de la democracia griega: el siglo IV a.C., que va más allá de Atenas (en la época del orador Licurgo) y pone también el enfoque en casos como los de Mantinea, Corinto, Tebas y Argos. Acabado el período clásico, el acto IV cubre el período entre la muerte de Alejandro Magno y el final de la Edad Media; apenas cincuenta páginas para pasar, a vuelapluma, sobre los períodos helenístico, romano (republicano e imperial, con incidencia en la tesis de la democracia romana de Fergus Millar en las últimas décadas republicanas), bizantino y un largo salto hasta la Carta Magna inglesa, las ciudades-estado italianas de la Baja Edad Media y la Florencia renacentista. Lo que en las partes precedentes era un jugoso análisis ahora se convierte en una narración más descriptiva y, por qué no, superficial (inevitablemente…). La quinta parte trata sobre la reevaluación de la democracia en los tiempos modernos (de hecho, un modelo muy diferente al griego), que transita por la Inglaterra del siglo XVII (los Debates Putney), la Revolución “Gloriosa” de 1688-1689, la Francia revolucionaria y la democracia de los Estados Unidos del siglo XIX (y brevemente del también decimonónico Reino Unido), con autores como Thomas Paine, los padres fundadores estadounidenses (Jefferson, especialmente) y Alexis de Tocqueville. Quedaría una conclusión, que bascula entre el optimismo y el pesimismo que suscita el futuro de la democracia ante amenazas como ISIS/Estado Islámico o el eventual modelo de China (un país, dos sistemas… y mucha corrupción).

Estamos, pues, ante un libro que aúna narración histórica, análisis de ciencia política y reflexión “posmoderna” en torno a la evolución del concepto de “democracia”. Un libro de corte académico en el que el tratamiento de fuentes y la recepción en autores modernos se combina de manera amena, rigurosa y también accesible para un lector acostumbrado a obras más “livianas” por parte de Cartledge. Un libro que se aparta de la prolija reevaluación de la democracia por parte de Luciano Canfora en su reciente obra El mundo de Atenas (Anagrama, 2014): Cartledge incide también en los críticos con el modelo (democrático) ateniense, como hace el autor italiano, pero abre el objetivo de la cámara a un mundo más amplio (y diverso) que el ateniense, y su análisis no resulta tan negativo en cuanto al alcance del modelo democrático de esta polis. Quizá se acerque a un poco más al que tratara, ya hace décadas, Francisco Rodríguez Adrados en La democracia ateniense Adrados (Alianza Editorial), pero con una mayor claridad expositiva, no tan filológica y desde luego no tan abstrusa como en ocasiones puede parecer la obra del helenista español a un lector profano en la materia. Cierto es que el objetivo de Cartledge difiere de ambos autores, siendo más ambicioso que el de Claude Mossé en Historia de una democracia: Atenas(Akal), a su vez, o no tan dependiente sobre el análisis institucional como hacía R.K. Sinclair en Democracia y participación en Atenas (Alianza Editorial).

Resulta interesante el hecho de que Cartledge incida en las diferencias entre la democracia antigua y la moderna, poniendo el énfasis en el caso de la primera (y especialmente en Atenas) en el hecho de que la demokratía exigía de la ciudadanía una participación directa (que en la actualidad parece haberse perdido), y en cómo la forja de esa demokratía requiere de leyes e instituciones que permitan al ciudadano un acceso directo a la toma de decisiones; quizá sea ese el elemento que en su análisis de la democracia moderna eche de menos el autor, dentro de ese “pesimismo” que subyace en su reflexión final (amén de las amenazas violentas al modelo democrático). Y eso sucedió en la Atenas, principalmente, de los siglos V-IV a.C. Por ello los capítulos pertenecientes a las partes cuarta y quinta del libro pueden parecer cargados de una ciertas ingenuidad a la hora de mostrar otras experiencias “democráticas” (de hecho, la tesis de Millar sobre una “democracia romana” ha sido muy discutida por los especialistas; y quien esto escribe no puede evitar mostrar un cierto escepticismo: en Roma hubo intentos de que el pueblo tuviera un acceso directo a la toma de decisiones, pero el Senado siempre fue un elemento, digamos, “oligárquico”; y populus y plebs no eran elementos indistinguibles).

Más superficial, decíamos, pueden parecer las dos últimas partes del libro y quizá incidiendo en la lectura que ha quedado de la experiencia democrática en los siglos modernos y en la actualidad, cuando el paradigma democrático ha mutado hacia una formulación representativa (e indirecta) de la misma. Una formulación que partía de un amplio debate entre lo que se consideraba aceptable del modelo griego (y ateniense) y aquello que era considerado demasiado “radical” o revolucionario. Quizá (otro quizá) es que el espejo que tengamos de la Grecia clásica nos ilumine al punto de cegarnos respecto a que, por muy directa la toma de decisiones entre la ciudadanía, esta misma ciudadanía quedaba limitada a los hombres libres y de una cierta edad. También el convulso (y violento) contexto de la Inglaterra del siglo XVII y las guerras de independencia estadounidense o revolucionaria francesa atempera el grado de “fidelidad” al modelo primigenio, el griego.

Estamos, pues, ante un libro ambicioso, espléndidamente documentado y bien trabado en cuanto al análisis; al menos en sus tres primeras partes, sin descartar la interesante lectura “postclásica” de la cuarta parte o la reflexión “moderna” que subyace en la quinta. Un libro que supone un estupendo estado de la cuestión sobre la democracia griega (y sobre todo ateniense) y cómo la propia palabra (y lo que significa en sí sobre la participación del pueblo en la toma de decisiones) ha evolucionado a lo largo de los siglos hasta el modelo actual

http://www.hislibris.com/democracy-a-life-paul-cartledge/#more-24321
 
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KURSK, 1943 – Roman Töppel
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La gran batalla que se dio en Kursk en verano de 1943 no necesita presentación, todos hemos escuchado hablar de esta acción bélica en algún momento de nuestras vidas; ya sea en la educación secundaria, la licenciatura o hablando con nuestros amigos. Kursk es sin duda uno de los enfrentamientos más conocidos de la Segunda Guerra Mundial y esto se ha traducido en la publicación de numerosas obras y artículos sobre el tema. La que aquí os reseño hoy es la última que ha salido al mercado, publicada originalmente en 2017 en Alemania y 2018 en España; de la mano de Ediciones Salamina.

El autor de esta investigación es el doctor en historia y alemán de origen Roman Töppel. El recorrido profesional de este es muy interesante, ya que recibió el máster con una tesis sobre esta batalla y fue seleccionado para trabajar en la edición crítica de Mein Kampf de Adolf Hitler. Desde 2015 Roman Töppel trabaja como historiador independiente en Múnich. Kursk, 1943 es una obra que ha terminado tras veinte años de investigación con fuentes primarias.

Centrándonos ahora en su trabajo, es realmente un soplo de aire fresco para un tema que ya puede pecar de «trillado». El señor Töppel nos adentra en su obra con una pregunta que parece obvia. ¿Existió una «batalla de Kursk»? ¿O fue una «batalla entre Orel y Bélgorod»? Después de esto nos sitúa política y militarmente a principios de 1943, se nos informa de cómo estaban los ánimos y que sucesos habían ocurrido en dicho año. Tras esta brevísima introducción entramos en el eje de la cuestión y en el tema principal, que es la preparación, desarrollo y consecuencias del enfrentamiento.

El primer capítulo (ojo, son capítulos extensos) está fundamentalmente dedicado al planteamiento de la batalla. Cómo se veía el Frente Este desde el Estado Mayor Alemán y que planes había para el verano de 1943, momento en el cual se podían lanzar operaciones, pues el temporal daba tregua. Es muy interesante como el autor nos va desgajando las diferentes opiniones que existían entre los oficiales, comandantes y mariscales alemanes en cuanto a lanzar una operación en el saliente que se había creado en Kursk; sin olvidar las opiniones de Hitler respecto a la misma. Desde los primeros planteamientos de una campaña limitada hasta la formulación final de la conocida «Operación Citadelle» con una serie de objetivos muy ambiciosos, pero necesarios. Por supuesto, los soviéticos no son olvidados en el relato y también son descritos y analizados sus movimientos.

El segundo capítulo está consagrado a la batalla propiamente dicha. A partir del 5 de julio, los alemanes se lanzan con 33 divisiones divididas entre el sur y el norte. El objetivo es llegar a la localidad de Kursk, cortar el saliente y crear una gran bolsa donde destruir a las formaciones soviéticas. Töppel una vez más nos desgrana como se sucedieron los combates, que problemas técnicos, logísticos y militares hubo en ambos bandos, el porqué del estancamiento alemán y, en definitiva, por qué se canceló finalmente la campaña. Algo que dejó a los ejércitos alemanes en una situación muy comprometida y nada cómoda. Asimismo, a partir del parón en Kursk, los soviéticos lanzaron dos grandes ofensivas (Kutuzov y Gran Capitán Rumiantsev) que hicieron retroceder a los alemanes y perder lo ganado.

Por último, los capítulos tercero y cuarto son los más pequeños en tamaño, pero en ellos se nos explican las consecuencias que tuvo la batalla para los dos ejércitos enfrentados y que visión se ha tenido de la misma en la posterior historiografía. Las conclusiones a las que llega el autor son sorprendentes y hacen replantearse lo sabido hasta hoy día sobre esta acción militar. También son a la vez increíbles y escalofriantes los números en cuanto a las bajas (tanto en personal como en material) que se produjeron.

Aunque se ha descrito aquí eje fundamental que sigue el libro, Kursk, 1943 es mucho más. El texto se lee de una forma amena y no hace falta ser un entendido en temas militares para comprenderlo y hacer una valoración personal. La tipografía es correcta; además en un buen número de páginas se nos adjuntan mapas del transcurso de la batalla, algo que nos ayuda a situarnos geográficamente y también a las unidades en pugna. Asimismo, se ha añadido un tríptico a todo color que representa los movimientos de carros blindados en la batalla de Prochorokva, donde las fuerzas acorazadas de ambos ejércitos se enfrentaron. Finalmente, al final de la obra hay un buen número de fotografías sobre la batalla, protagonistas y material utilizado.

En definitiva y, para terminar, Roman Töppel nos muestra una batalla de Kursk muy diferente a la contada hasta hoy día. El historiador germano se esmera constantemente en superar mitos que rodean el enfrentamiento y en corregir datos erróneos que se han ido transmitiendo de un historiador a otro a lo largo de los años. Es sinceramente una delicia el leer nueva información sobre esta batalla en castellano.

Sin duda, la traducción de Kursk, 1943 ha sido una gran apuesta de los compañeros de Ediciones Salamina. A los que les deseo una buena salud editorial y que sigan así.
http://www.hislibris.com/kursk-1943-roman-toppel/#more-24795
 
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HADRIAN’S WALL – Adrian Goldsworthy
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En su saga de novelas Canción de hielo y fuego (1996–?)–posteriormente adaptadas en la serie de televisión Juego de tronos (HBO: 2011-2019)–, George R.R. Martin creó un enorme “Muro”, en el norte del territorio de Poniente (Westeros), de una altura de más de doscientos metros y con una extensión de alrededor de los trescientos kilómetros. La función de este Muro, vigilado y custodiado por los Hermanos de la Espada de la Guardia de la Noche (The Night’s Watch), es establecer una barrera permanente que separe (y proteja) los Siete Reinos de los salvajes del otro lado, así como de los llamados Los Otros (The Others) –los Caminantes Blancos (White Walkers) en la serie televisiva–, figuras humanas que han vuelto de la muerte y que, dirigidos por el Rey de la Noche (Night King), pretenden invadir y destruir Poniente. Pero hace miles de años que Los Otros no han dado señales de “vida” y se les considera en Poniente una antigua leyenda, un cuento con el que asustar a los niños. En la serie de televisión, los Caminantes Blancos aparecen ya en el primer episodio, una velada amenaza de que “llega el Invierno”, el final de una era y la destrucción de la vida humana; a medida que avanzan las temporadas de la serie, los Caminantes Blancos van avanzando, especialmente en las temporadas seis y siete, mientras que desde el Norte se intenta advertir a los demás reinos de que la leyenda es una peligrosísima realidad. Al final de la séptima temporada, el Muro es destruido por los invasores y queda expedito el camino para que Poniente caiga en sus manos. Una batalla final que será el leitmotiv de la esperadísima octava y última temporada, que prevé una alianza de los reyes que disputan el Trono de Hierro (Cersei Lannister, Danerys Targaryen, Jon Nieve) y los Siete Reinos frente a esta amenaza “global”.

Martin, de manera indisimulada y como ha reconocido (del mismo modo que se ha basado en la Guerra de las Dos Rosas en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XV para componer el tablero de juego de su saga, entro otras muchas referencias del período medieval)–es ineludible mencionar el imprescindible libro de Carolyn Larrington, Winter is Coming. El mundo medieval en Juego de Tronos(Desperta Ferro Ediciones, 2017)–, se inspira en el Muro de Adriano para recrear el Muro en el extremo norte de Poniente. El muro romano no es tan imponente como el creado por Martin, pero sus dimensiones también impresionan diecinueve siglos después de su construcción: con una extensión 118 kilómetros, recorre el norte de la isla de Gran Bretaña entre el golfo de Solway y el estuario del río Tyne. Una primera sección del muro, al oeste, hasta Bowness-on-Solway, y con una distancia de 46 km, estuvo construida con madera, césped y tierra, y con una muralla de unos 6 metros de ancho. Los 73 kilómetros siguientes se construyeron en piedra y con una anchura de 3 metros. Contaba con unas 15 fortalezas cada 11-12 kilómetros, para albergar guarniciones permanentes; en el lado norte del muro había un foso de unos 10 metros de distancia y un camino militar en el lado sur, al que se añadiría otro foso y unos montículos. Una estructura construida a lo largo de una década (122-132), abandonada temporalmente cuando, a unos 160 kilómetros al norte, Antonino Pío hizo erigir otro muro entre los años 140 y 142 entre el estuario de Forth y el golfo de Clyde, y recuperada tras el abandono de esta segunda muralla en torno al año 162.

El Muro de Adriano permanecería entonces como una frontera estable al norte de Britania, separando la provincia romana de las poblaciones de caledonios y pictos. ¿Con qué propósito? Como menciona Adrian Goldsworthy en la introducción de Hadrian’s Wall (Head Of Zeus, 2018), «el muro de Adriano y todas las instalaciones asociadas al mismo estaban destinados a ayudar al ejército romano en las tareas que tenía asignadas en el norte de Britania. Los soldados no estaban allí para servir al Muro, sino que el Muro estaba allí para servirles a ellos» (p. 20, traducciòn propia, igual que en las siguientes citas). Como detalla en la parte final del libro el Muro «no se diseñó para resistir el ataque de un gran ejército hostil, pues era demasiado largo para poder ser defendido con fuerza en cada punto», sino que su intención era «ralentizarlo», pues el enemigo se tomaría su tiempo (y tendría bajas) para encontrar un cruce, y más tiempo aún para superarlo. Este retraso proporcionaría tiempo a los romanos para recuperarse y traer tropas de otros rincones de la provincia –o incluso de otras provincias–, de modo que pudieran tener un contingente lo suficientemente fuerte para derrotar al enemigo en una batalla campal. De este modo, combinando la solidez del Muro con sus tropas, «disuadieron a los atacantes o trataron con ellos de manera efectiva en el terreno» (p. 134). La constante presencia romana en el Muro, con guarniciones permanentes de soldados, muchos de ellos a caballo, la convertirían en una «barrera para un paso no autorizado» (p. 136); de hecho, su fortaleza era tal que «mientras […] estuviera razonablemente guarnecido, sería muy difícil que hubiera incursiones a través de él que tuvieran éxito» (p. 139). Desde el momento en el que, ya en el siglo V, los recursos y sobre todo los hombres dejaran de llegar a Britania para defender sus fronteras septentrionales, el Muro perdería su eficacia, como así fue: el colapso administrativo, financiero y político de la parte occidental del Imperio Romano en la primera mitad del siglo V –cuestión que Goldsworthy consideró clave para entender la “caída” del Imperio, y que detalla en su libro La caída del Imperio Romano. El ocaso de Occidente (La esfera de los libros, 2009)–, afectó a Britania especialmente, que paulatinamente en el período 410-450 fue abandonada como provincia romana, imposible de defender ante las invasiones de los pueblos anglosajones; y, lógicamente, el Muro, cuya defensa pudo pasar a la población local, iniciándose, sin embargo, un progresivo abandono (y destrucción) en las siguientes décadas y hasta muy avanzado el siglo VI.

A grandes rasgos tenemos en este libro, breve pero muy sustancioso (y que, como reconoce con justicia el autor en unos agradecimientos finales, es la síntesis de las contribuciones de trabajos precedentes de arqueólogos e historiadores especializados en el tema), la historia del Muro de Adriano. Una historia que a su vez es una descripción detallada de sus partes, defensores y de la vida alrededor del mismo, y que cubre el núcleo central del libro (capítulos 5-8). Esta parte central es sin duda la más interesante, pero no lo son menos los primeros cuatro capítulos, que sirven de extensa introducción y contextualización del Muro: la conquista romana de Britania (“última avanzadilla del Imperio”) en sus diversas fases, el papel de Adriano como primer “diseñador” del Muro, las campañas de Antonino Pío a Septimio Severo, y el período hasta mediados del siglo IV.

En los capítulos centrales Goldsworthy disecciona el Muro (capítulo 5), sus partes y construcciones, y establece las sinergias entre los habitantes de los alrededores (y los pueblos que pudieron crearse a su alrededor) y los soldados acantonados (capítulo 6), de modo que observamos de cerca cómo era la vida en la frontera (sin ser el Muro de Adriano una frontera tan “permeable” como pudo ser la línea Rin-Danubio, aspecto que el autor trata con detalle en un capítulo de su último libro traducido al castellano, Pax Romana. Guerra, paz y conquista en el mundo romano (La esfera de los libros, 2017). En el capítulo 7, quizá el más descriptivo pero no por ello menos estimulante, se describe la vida del soldado en el Muro y sus fortalezas, con especial incidencia en fuentes de la época que detallan las instalaciones, la alimentación, las relaciones con la población local y los posibles matrimonios de los soldados, la vestimenta y los cultos religiosos (un capítulo que recuerda, por sus contenidos, el capítulo “Una vida en armas” de Los olvidados de Roma. prost*tutas, forajidos, esclavos, gladiadores y gente corriente de Robert C. Knapp [Ariel, 2011]). El octavo capítulo, y como ya entrecomillamos antes, supone el aporte interpretativo del volumen alrededor de la función del Muro a partir de las evidencias (arqueológicas y textuales) de que disponemos, mientras que el capítulo 9 nos traslada al período de crisis de finales del siglo IV a mediados del V, el abandono de Britania y el declive del Muro (y su recuerdo en la posteridad). En su globalidad, el libro nos traslada a la vida de frontera de los soldados romanos en los siglos II-IV, grosso modo, y a las construcciones que llevaban aparejadas el diseño de una estructura fronteriza estable y con voluntad de perdurar. Resulta especialmente interesante el capítulo 10, a modo de breve guía para el visitante que quiera conocer in situ lo que queda del Muro de Adriano y algunas de las reconstrucciones que se han realizado (siguiendo las evidencias arqueológicas). Unas sugerencias bibliográficas, suficientes para seguir tirando del hilo cierran un volumen que tiene en el aparato visual, entre fotografías aéreas y de secciones del Muro, así como algunas reconstrucciones muy sugerentes, otro aliciente esencial para tener muy en cuenta este volumen. Un libro concebido para un público amplio (y en una colección sobre temas cruciales de la historia de la civilización) y con el estilo asequible de Goldsworthy, marca personal y que ha logrado que sea uno de los historiadores romanos más populares entre los aficionados al mundo romano.

El resultado es un valioso libro, de lectura cómoda y apasionante sobre uno de los vestigios que nos quedan del mundo romano, comparable a la Gran Muralla china por su función. Un libro que, además, cubre un vacío en el mercado editorial en castellano, pues hasta ahora no hay una obra específica sobre el tema en español, al menos en ensayo histórico (dejaremos la novela histórica al margen). Y que, a modo de sugerencia, podría complementarse con la publicación de una obra, también breve, sobre el otro Muro, el de Antonino: The Antonine Wall. A Handbook to Scotland’s Roman Frontier de Anne S. Robertson, edición revisada por Lawrence Keppie (Glasgow Archaeological Society, 2015), otro indispensable estudio-guía de la frontera septentrional romana en Gran Bretaña. El análisis de Goldsworthy se combina con un aparato visual muy sugerente, y su publicación en castellano, que animamos desde ya, supondría un importante aporte sobre los estudios de la frontera romana, en este caso en Britania.
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DE ADOLF A HITLER – Thomas Weber
Publicado por Rodrigo | Visto 323 veces

Este libro es la continuación lógica de La primera guerra de Hitler, trabajo en que el historiador Thomas Weber emprendía una búsqueda de las raíces de la politización y radicalización de quien se convertiría en el siniestro dictador de Alemania. Weber concluía en la primera parte de su pesquisa que la experiencia de Hitler en la Primera Guerra Mundial y en la inmediata posguerra no bastó como semillero del jefe supremo del Tercer Reich; dicho de modo sucinto: la guerra no engendró a Hitler. Haría falta una sucesión de nuevas experiencias y un período de maduración ideológica para que acabara gestándose el Hitler que trascendió del anonimato a la historia. Esto, la fase verdaderamente decisiva en la génesis del supremacista ario y antisemita furibundo, del propugnador de un conflicto de escala global y de la fundación de un imperio alemán milenario, es objeto de escrutinio en la segunda parte, titulada De Adolf a Hitler: la construcción de un nazi (la edición original en alemán data de 2016). Fue en la etapa comprendida entre mediados de 1919 y fines de 1924 (cuando Hitler fue liberado de la prisión de Landsberg), que el artista fracasado y veterano de guerra se transformó en figura política, pero sobre todo fue en ese período que floreció la específica visión hitleriana del mundo, desarrollándose a la par el estilo característico del futuro Führer (su estrategia y sus tácticas predilectas, o el modo hitleriano de desenvolverse en la arena política). Esta tesis refuta la imagen que de sí mismo presenta el personaje en Mi lucha, en especial el pasaje en que asegura haber sufrido la mutación esencial de su vida -su camino de Damasco- en noviembre de 1918, cuando terminaba la guerra y estallaba la revolución que derribó la monarquía alemana. De acuerdo a nuestro autor, la afirmación -tenida por válida por muchos biógrafos e historiadores- no es más que una de tantas falsedades convenientes que un examen minucioso puede descubrir en el referido manifiesto. El Hitler que salió de la guerra no había absorbido aún el batiburrillo de ideas que animarían la quintaesencia programática del nazismo, y ni siquiera el Hitler que encabezó el fallido “Putsch de la cervecería” en 1923 es plenamente identificable con el que empujaría a Alemania a una nueva conflagración mundial, desencadenando de paso el Holocausto.

En su estudio, Weber entrelaza dos temas principales: la hechura de Hitler tal cual lo conocemos, y la forma en que él mismo urdió una versión falsa de su evolución personal, expuesta para consumo público en Mi lucha. Respecto del primero, hace hincapié en la singularidad del movimiento revolucionario bávaro, relevante puesto que la capital del estado de Baviera, Múnich, fue el lugar de residencia de Hitler en los primeros años de posguerra, haciendo las veces de cuna del movimiento nazi. En vez de acogerse al llamado a la desmovilización, el nacido en Austria optó por permanecer en el ejército (ciertamente, no tenía un hogar al que regresar ni una fuente de ingresos alternativa). La cuestión es que las unidades militares bávaras adhirieron masivamente a la agitación revolucionaria. De las tumultuosas jornadas emergió un gobierno estadual de corte socialista moderado, más afecto a la instauración de un régimen reformista que a una ruptura total con el pasado. En la práctica, pertenecer en ese contexto al ejército equivalía a comprometerse en la defensa del nuevo orden democrático, encabezado por izquierdistas republicanos que se esforzaban por mantener a raya a los radicales de izquierda. (Recordemos que, en su obra anterior, Weber demostró que la experiencia bélica no incidió demasiado en las afinidades políticas de los veteranos, renuentes en su mayoría a secundar a los partidos extremistas, tanto antes como después de la guerra.) Según Weber, no existen indicios incontrovertibles de que a Hitler le repugnase ese orden, no en 1919. Poco había por entonces de las fobias y las tendencias radicales que luego sazonarían la retórica hitleriana (su nacionalismo y su antisemitismo eran aún difusos), poco del azote implacable del republicanismo parlamentarista cuyo origen fecharía en noviembre de 1918. Esto no encaja con la imagen que más tarde se construyó de cara al público: la de un temprano inconformista de derechas, hostil desde siempre a la democracia liberal; resulta esta una imagen incoherente con la de alguien que de hecho ofició como una especie de servidor de la incipiente república bávara.

Weber lleva su tesis al punto de sostener que Hitler, lejos de aborrecer desde un principio la transición a un régimen democrático, en 1919 todavía dudaba de qué lado inclinarse, y que sus simpatías y sus cálculos lo acercaron por un momento a la izquierda moderada. Sería sintomático el que fuera elegido por los integrantes de su compañía para un puesto de responsabilidad (Vertrauensmann, representante de los soldados) que implicaba participar en actividades prorepublicanas; el grueso de los soldados simpatizaban con la socialdemocracia: no habrían votado por alguien que pregonase ideas de extrema derecha. Y votaron nuevamente por él después de que se estableciera en la capital bávara un régimen soviético (abril de 1919), de efímera existencia. El giro de Hitler hacia la derecha radical habría empezado recién a mediados de aquel año, por los días en que fue reclutado para asistir al curso de propaganda que lo iniciaría en la oratoria política. ¿El detonante de la conversión? La ratificación del Tratado de Versalles por el gobierno alemán, el 9 de julio. Como tantos de sus compatriotas de adopción, el propagandista en ciernes comprendió tardíamente que Alemania había sido derrotada, pero esta toma de consciencia estuvo tamizada por la versión amañada de lo sucedido, conforme la cual la derrota se había materializado no en los campos de batalla sino por obra de quienes propinaron al país una puñalada por la espalda; además, las condiciones punitivas del tratado, alejadas de las promesas benignas de Woodrow Wilson, eran consideradas un abuso de las potencias occidentales y una traición por parte del presidente estadounidense. La frustración y el despecho causados por el tratado serían el germen de las fobias primigenias de Hitler, enfocadas en el capitalismo y las finanzas internacionales; de hecho, las diatribas contra el materialismo de la economía moderna, la “esclavitud de los intereses” y la erosión del tejido social por la rapacería capitalista eran algunos de los motivos prevalecientes en el aludido curso de propaganda.

Weber realiza un puntual examen de la constelación de personalidades e ideas que terciaron en la formación ideológica de Hitler, precisamente cuando empezaba la andadura que lo puso en contacto con los círculos nacionalistas, en particular con el Partido Obrero Alemán de Anton Drexler, antecesor directo del partido nazi. Rastrea también sus primeros pasos como agitador y como miembro de esta agrupación, en la que conquistó tempranamente una posición de privilegio merced a sus virtudes oratorias, indispensables para la captación de adeptos. Hitler consolidó su estatus dentro del partido a medida que reforzaba las líneas directrices de su pensamiento -harto más flexibles de lo que admitiría después- y maniobraba entre diversos camaradas y mentores prominentes. Varios de ellos desertaron del partido y pasaron a ser detractores de Hitler; otros rivalizaron con él por la supremacía partidista, terminando desbancados con habilidad (entre ellos estuvo Drexler, relegado a una posición meramente simbólica). Vemos, pues, a un líder ascendente que se exponía a un surtido de influencias ideológicas, seleccionando los temas, dogmas y objetivos que movilizarían al nazismo. Se trata de una faceta significativa, puesto que no dejaba de haber matices y fluctuaciones en los conceptos que articulaban el discurso alemán de derechas. El antisemitismo, por ejemplo. Ni siquiera uno de los ideólogos más reputados de la época, Houston Stewart Chamberlain, cuyo pensamiento cabe calificar de protofascista, profesaba un antisemitismo biologicista como el que adoptó Hitler. Para el publicista anglo-germano, el judaísmo -al que rechazaba- era una cuestión cultural en vez de racial, y había que combatirlo en el plano de las ideas y las actitudes. De ninguna manera habría propendido a juzgarlo insoluble si no era por la vía del exterminio. En cuanto al antisemitismo de Hitler, el que se agudizara a partir de 1919 estuvo más relacionado con el repudio del capitalismo internacionalista angloestadounidense, supuestamente controlado por los judíos y presunto responsable de las cadenas impuestas a Alemania por Versalles, que con los trastornos sufridos por Rusia a manos de la “caterva de revolucionarios judeobolcheviques”.

Ya a comienzos de los años veinte se prefiguraba el caudillo nazi que causaría perplejidad entre los analistas futuros de su trayectoria y personalidad, divididos por lo general entre quienes ven en él a un oportunista inescrupuloso y táctico consumado y quienes lo conciben como un dogmático irrestricto, ceñido a un exclusivo e invariable patrón de comportamiento (ideológicamente motivado). Mejor opción es la de atribuirle una alternancia de ambos factores, esto es, la combinación de pragmatismo y de fanatismo doctrinario. Una muestra de la destreza táctica de Hitler está en el haber camuflado todavía en 1923 su convicción de encarnar la figura providencial que tantos ansiaban para Alemania. Si se presentaba como el escudero de un salvador en vez del salvador mismo (en su fuero interno ya por entonces se arrogaba ese papel), lo hacía únicamente por cálculo. Estaba consciente de que el diminuto partido nazi era insuficiente como plataforma de apoyo (por no hablar de su propia falta de figuración nacional), y que nada podría lograr sin el concurso de los conservadores, cuya aprobación se habría enajenado en caso de exhibirles abiertamente su ambición. Frente a la clase dirigente, lo rentable era hacerse pasar solo por el portavoz de una causa, o por un agitador al servicio de quien tuviese las credenciales adecuadas para personificar el liderazgo mesiánico. (Por de pronto, ese alguien parecía ser Ludendorff.) Con todo, la capacidad maniobrera de Hitler no era infalible: el frustrado golpe de noviembre de 1923 (el “putsch de la cervecería”) fue una movida chapucera, irremediablemente condenada al fracaso por su absoluta carencia del sentido de la oportunidad y por su pésima planificación. El grotesco incidente debió provocar el final abrupto de la carrera política de Hitler. Sin embargo…

Lo que siguió es historia conocida: Hitler fue juzgado y condenado a prisión en Landsberg. Pero el juicio le suministró una palestra en que exponer sus ideas y una caja de resonancia de alcance nacional. Lo convirtió, al fin, en una celebridad. Gracias a la condena, además, tuvo ocasión no solo de escribir el libro que devendría la bibia del nazismo sino de reflexionar sobre la improcedencia de la vía insurreccional al poder: la acomodación oportunista a la legalidad le brindaría mejores resultados. Por si fuera poco, la reclusión carcelaria le abrió las puertas de la alta sociedad muniquesa, cautivada por su aura de misteriosa energía y su imagen de genio salvífico, de redentor dispuesto al sacrificio por la patria. A la larga, el fracaso del putsch resultó una bendición, para él y para su partido.

En lo concerniente a su ideario político, fue en Landsberg que Hitler terminó de darle forma, perfilando las que en adelante serían sus obsesiones definitivas. Allí se apropió del tema del “espacio vital” (Lebensraum), base del expansionismo germano orientado hacia el Este (Hitler había coqueteado previamente con la idea de una alianza entre Alemania y una Rusia monárquica); radicalizó sus convicciones racistas, en particular su antisemitismo, provisto de una vez por todas del sustrato biologicista que precedería a la voluntad de exterminio; reconfiguró el mapa del destino geopolítico de Alemania, fijándose en Francia y Rusia como enemigos primordiales de la nación germana (antes concentraba sus odios en la esfera angloestadounidense, desde la que el capitalismo judío extendía supuestamente sus tentáculos hacia el orbe). Tal cual apunta Weber: «Con la conclusión de Mi lucha, la metamorfosis de Hitler —de ser un don nadie con ideas políticas indefinidas y mudables a convertirse en un líder nacionalsocialista— quedó completa. En la segunda mitad de la década de los veinte, el Adolf Hitler que, una vez en el poder, casi puso al mundo de rodillas se hizo visible».

– Thomas Weber, De Adolf a Hitler. La construcción de un nazi. Taurus, Madrid, 2018. 592 pp.

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Medina Azahara, el espíritu de Córdoba
Publicado por J. Benítez
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Fotografía: Jocelyn Erskine-Kellie (CC).
Hasta el siglo XIX no se pasó de estudiar al-Ándalus como la presencia de los árabes en España a la historia de los musulmanes españoles. No fue un accidente en la historia, sino nuestra historia. La visión de este periodo ha dado lugar a múltiples controversias y apasionados debates en este sentido y ha llegado incluso a mitificación. Se ha llegado a asegurar que de sus años de esplendor e influencia, los del califato de Córdoba, proviene el Renacimiento europeo, muy anterior al italiano. Sin duda alguna los años de predominancia de los omeyas fueron los de más estabilidad y tolerancia y, por tanto, los de mayor progreso científico y artístico. «El espíritu de Córdoba» se concibe como un pasado edénico, continuamente se buscan fórmulas para regresar a él. Y de todo su legado, si hay una joya inigualable, esa es Medina Azahara. La capital de Abderramán III. El Versalles de los omeyas.

Tras pacificar el territorio, someter a los rebeldes y acabar con la anarquía, este califa quiso hacer una demostración de poder con la construcción de este gran palacio. Cuenta Pierre Guichard en Esplendor y fragilidad de al-Ándalus que eligió su emplazamiento con sumo cuidado, a siete kilómetros de Córdoba, entre la llanura del Guadalquivir y las elevaciones de Sierra Morena, para dominar desde él toda la campiña cordobesa desde una amplia panorámica. En el nivel superior del palacio estaban sus dependencias, abajo, entre lujosos y cuidados jardines, el lugar para hacer las recepciones oficiales.

El origen del proyecto tiene visos de leyenda. Una esclava concubina del califa le dejó en herencia una alta suma de dinero para que la dedicase a la compra de cautivos en la zona de los francos, Cataluña, pero al no encontrar ninguno decidió emplearlo en la construcción del palacio. De ahí su nombre, el de esa mujer, que significa Flor. Hasta el siglo XII, cuando fue retirada por el califa almohade Al-Mansurpreso de la intransigencia religiosa, una efigie de Azahara todavía presidía los restos de la ciudad.

Toda la obra costó un tercio de los ingresos fiscales anuales. Diez mil albañiles trabajaron en ella. Había seis mil piedras talladas y más de cuatro mil columnas, la mayoría de ellas traída de otros puntos de la península. Guichard destaca que los trabajadores eran asalariados, un rasgo de modernidad frente al modelo económico imperante en la época, que empleaba mano de obra servil o esclavos. Además del hecho de que la mezquita se encontraba en los márgenes de las instalaciones, subordinada por tamaño e importancia a las dependencias políticas, la residencia y jardines del califa y la zona reservada para ceremonias y grandes recepciones, el Salón Rico.


La corte de Abderramán III, de Dionisio Baixeras, 1885.
Entre los visitantes más ilustres estuvieron las embajadas de las máximas autoridades de la época, como la de Constantino VII Porfirogeneta, emperador de Bizancio, u Otón I el Grande, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Una recepción esta última que inmortalizó el pintor catalán Dionis Baixeras en 1885 en su obra La corte de Abderramán III, que se encuentra expuesta actualmente en el Museo del Paraninfo de la Universidad de Barcelona, y fue creada a partir de los textos del monje Juan de Gorze, quien describió a su regreso de Córdoba las maravillas y sofisticación de la corte completamente fascinado.

Se tardó más de veinticinco años en construir Medina Azahara. El conjunto de la ciudad era mayor al de cualquier otra capital de la península. Era monumental. De mil quinientos metros por ochocientos, mientras que las otras no llegaban a cien hectáreas de diámetro. Albergó todas las instituciones del Estado y gran cantidad de sirvientes y eunucos. También vivieron dentro de sus murallas los artesanos de metales, cerámica y marfil y los trabajadores del textil. Una extraordinaria concentración de poder muchos años antes de que empezasen a configurarse los Estados modernos y absolutistas; poder con sus purgas. Está escrito que tras una derrota ante leoneses en 939, a la vuelta de la batalla Abderramán III ordenó crucificar a trescientos oficiales de su ejército.

En la farmacia de la ciudad se hacían preparados con las plantas de los jardines y las huertas del palacio. El centro médico era de tal envergadura que daba atención a todo el personal de la corte, pero también a la población cordobesa o incluso a los cristianos allende de las fronteras. De esta corte salió el médico judío de Jaén Hasdai Ibn Shaprut, galeno del califa, con la misión de ayudar a adelgazar a Sancho I, rey cristiano de León, que no podía subirse a su caballo para acudir a la batallas ni apenas levantarse de la cama por su peso.

La ciudad-palacio controlaba una réplica de la administración central en cada una de las veinte provincias de al-Ándalus, a cuyo cargo había un gobernador o walí. Muestra de la prosperidad de este periodo fue el consumo de bienes de lujo y la promoción de las artes que competían con las producciones artísticas del resto del Mediterráneo. Hasta entonces al-Ándalus importaba las telas desde Egipto por Irán y Bizancio. Con los omeya comenzaron a autoabastecerse con su propia producción.

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Fotografía: mandoft (CC).
Si hay un hito, a día de hoy, que merezca ser reseñado de este periodo, es el del gobierno de Sobeya. Una mujer secuestrada en Navarra con la que se casó Al-Hakem II, célebre por instalar la primera fábrica de papel de al-Ándalus para editar libros. Sobeya fue una de las mujeres más influyentes de su tiempo. Según cuenta Ana Martos en su historia de al-Ándalus, le pidió a su marido que le diera un nombre familiar masculino para poder salir a pasear sola vestida de hombre.

Medina Azahara fue destruida en la guerra civil de 1010-1013, cuando fue tomada por Sulaimán al-Mustaín y saqueada por bereberes antes de prenderla fuego, aunque se escribió que acabaron con su brillo «los celos y la furia de Dios». La destrucción fue tal que quedó inhabitable para siempre con tan solo setenta años de existencia. Su influjo fue tal que Almanzor quiso construir poco después una réplica para demostrar también su poder personal. Madinat al-Zahira, «la Ciudad Brillante» también fue de existencia efímera, no duró más de dos décadas, fue destruida por Muhammad II. Situada al oeste de Córdoba, aún no se conoce su emplazamiento exacto y no se ha podido excavar para buscarla.

Cuando el poeta y viajero Ibn Arabi se encontró con las ruinas de Medina Azahara, escribió: «Yo leí las siguientes estrofas, que son un recordatorio para el hombre discreto y un aviso para el disipado, escritas sobre la puerta de Medina Azahara, en la cual estaba esculpida la imagen de la propia Azahara, después de que la ciudad fue destruida y convertidas sus ruinas en guarida de las aves y las fieras. Esta ciudad era una construcción de maravillosa arquitectura, en tierras de al-Ándalus, cerca de Córdoba».

En la actualidad, aún queda un noventa por ciento de la ciudad-palacio por excavar, pero desde julio de 2018 los restos son Patrimonio Mundial de la Unesco. Una ciudad que en su día compitió en esplendor con las capitales más importantes del mundo, como Bagdad o Constantinopla. Una joya de vida efímera, pero recuerdo eterno.

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Fotografía: Trevor Huxham (CC).
https://www.jotdown.es/2018/12/medina-azahara-el-espiritu-de-cordoba/
 
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EL PEOR PERIODO
Oscuridad total, plagas y muertes masivas: 536 fue el peor año de la Historia para vivir
Una erupción de un volcán islandés provocó que medio planeta se sumiera en una oscuridad profunda durante meses, con una bajada de las temperaturas, pérdidas en las cosechas y hambruna


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La plaga de Justiniano, en el 541, fue uno de los efectos de una erupción de un volcán en el 536 (Nicolas Poussin)

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MUERTE


17/12/2018

El historiador medieval Michael McCormick ha señalado el año 536 como el peor para el hombre en toda la historia, por encima incluso del 1349, cuando la peste negra asoló media Europa, o del año 1918, cuando la fiebre acabó con casi 100 millones de personas. El año 536 “fue el comienzo de uno de los peores periodos para estar vivo, si no el peor año”.

El equipo liderado por McCormick ha señalado que una erupción volcánica masiva en Islandia desencadenó una serie de acontecimientos a partir de dicho año: Europa, Oriente Medio y parte de Asia se sumieron en la oscuridad durante 18 meses, cubiertos por la niebla. Las temperaturas en verano descendieron hasta iniciar la década más fría de los últimos 2.300 años. “Ese verano nevó en China, los cultivos se echaron a perder y la gente murió de hambre”, recoge la publicación Science Mag.



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Un equipo de investigación ha interpretado los restos de una erupción de un volcán en el año 536 (EFE)



Unos pocos años más tarde, el 541, la plaga bubónica llegó a Egipto y se expandió con rapidez, acabando con más de un tercio de la población del Imperio Romano oriental, acelerando su colapso.

Medio mundo se sumió en la oscuridad durante 18 meses y las temperaturas descendieron hasta iniciar la década más fría de los últimos 2.300 años

La mitad del siglo VI es conocida como “los años oscuros” (‘dark ages’) pero, hasta ahora, la fuente de las misteriosas nubes que cubrieron el cielo durante tanto tiempo había sido un misterio. Ahora, el equipo de investigadores liderado por McCormick ha interpretado los restos de las erupciones masivas en Islandia, registrados en el hielo de los Alpes Suizos, y que fueron los causantes de la niebla que desencadenó el peor periodo de la historia.

El equipo no solo ha señalado la erupción del 536. Dos otras erupciones masivas tuvieron lugar en los años 540 y 547. Según han explicado, las repetidas explosiones, seguidas por la plaga, hundieron a Europa en un estancamiento económico que duró hasta 640.

https://www.elconfidencial.com/cultura/2018-12-17/536-peor-ano-mundo-michael-mccormick_1712258/
 
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Perseguida por el franquismo y olvidada por la historia: quién fue la impresora y editora Zoila Ascasibar
Los expertos intentan reconstruir la historia de Zoila Ascasibar, borrada junto a otras librepensadoras republicanas

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La impresora y editora Zoila Ascasibar, en una fotografía publicada en el 'Heraldo de Madrid', en 1923




"Propietaria de una imprenta. Persona simpatizante de la República según se manifiesta en carta dirigida a Galarza". Esta ficha que figura en el Centro Documental de la Memoria Histórica de Salamanca es uno de los pocos documentos que han llegado hasta nuestros días sobre la vida de la impresora y editora Zoila Ascasibar, de la que no se conoce ni siquiera en qué año murió. Queda claro que las autoridades franquistas la vigilaban por republicana, pero ¿quién fue esta mujer nacida de la nada, que dirigió una imprenta por la que pasaron publicaciones y editoriales durante los años veinte y treinta?

Nació en Elgeta (Gipuzkoa), marchó a servir a Madrid y acabó en la casa de Manuel Alama Montes, editor de la revista ilustrada Alrededor del mundo, una especie de Muy interesante de aquella época. El editor muere pronto y su imprenta pasa por varias manos antes de que se responsabilice de ella Ascasibar, que la mantuvo viva hasta el golpe de Estado de 1936 que devino en guerra civil.

La represión franquista acabó con su independencia y libertad, como con el resto de mujeres librepensadoras que fueron educadas y educaron, que entraron a formar parte de la opinión pública y que aplicaron una nueva mirada a los asuntos de la actualidad.

En un anuncio del negocio, publicado en 1931, se puede leer: "Imprenta Zoila Ascasibar. Especialidad en libros y revistas de gran tirada. Dotada con maquinaria modernísima para efectuar toda clase de trabajo de imprenta y encuadernación". También se encuentra una noticia del mismo año, que da a conocer el incendio de su local, sito en la madrileña calle de Martín de los Heros, 65, durante la Nochevieja. "Un individuo lo provocó y murió en el intento", precisa a EL PAÍS Ángeles Ezama Gil, profesora del Departamento de Filología Española de la Universidad de Zaragoza.

Ezama se encontró por casualidad con el nombre de la impresora y empezó a investigar sobre ella hace poco tiempo. "Me queda mucho por indagar, mucho trabajo de archivo. La última noticia que tengo es de 1942", comenta la especialista, quien lleva más de 15 años rescatando a las mujeres olvidadas por la historia de la literatura.

Apenas tiene teorías sobre la vida y trabajo de Zoila Ascasibar, aunque al revisar las publicaciones que editó en su imprenta, Ezama llega a la conclusión de que puso mucho cuidado "y buen gusto", que negoció con directores de revistas, que editó mucho, que se puso el mundo por montera y que debió de tener una vida pública muy intensa.

Y, a pesar de todo ello, Ascasibar es una mujer invisible para la historia. El rastro más notable de ella en la actualidad es una editorial que lleva su nombre en su homenaje. Durante cuatro décadas ella y otras como ella fueron silenciadas por el franquismo. Es una deuda que tiene la historia, porque como apunta Ezama, "a los hombres se les perdona la mediocridad más que a las mujeres, que deben estar muy muy bien reconocidas para pasar a los libros".

No es la única olvidada. La mujer española de finales del siglo XIX y el primer tercio del XX desapareció por completo de las crónicas y los cánones cuando Franco impuso su régimen. El proyecto de mujer independiente que conquistó sus derechos, que defendió sus ideales y que participó en la vida intelectual fue reprimida y se las puso al borde de la extinción en los manuales de historia.

Desde hace un par de décadas, un grupo de especialistas trabaja en el rescate de su memoria. Quieren devolver a estas maestras, artistas, escritoras, científicas, pedagogas, filósofas o periodistas al lugar en la historia que merecen. Forman el grupo de investigación La Otra Edad de Plata y hasta el próximo viernes organizan un amplio congreso internacional dedicado a la mujer moderna entre 1900 y 1936.

Darán a conocer su proyección y legado cultural y restituirán el pecado que cometió la historiografía con ellas al dejarlas sin hechos, sin acontecimientos y sin biografías. Las expertas se resisten a dar por muertas a las mujeres esenciales en la modernización de este país antes del franquismo.

https://elpais.com/cultura/2018/12/12/actualidad/1544622605_643142.html

 
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LA CATEDRÁTICA – María López Villarquide
Publicado por Balbo | Visto 4 veces

La Universidad de Salamanca, heredera del Studium Generalede Palencia, es el centro de estudios superiores en activo más antiguo de España, además de ser la tercera de Europa. Desde su creación allá por 1218, en tiempos de Alfonso IX, son muchos los estudiantes que han pasado por sus aulas, desde estudiantes anónimos hasta grandes celebridades, como por ejemplo Fray Luis de León, Francisco de Vitoria, Fernando de Rojas, Hernán Cortes, san Juan de la Cruz, Calderón de la Barca, Azorín, y así una excelsa nómina ciudadanos ilustres. Esto era debido a la calidad de su enseñanza y a su prestigio, pues ya lo dice su lema Omnium scientiarum princeps Salmantica docet (Los principios de todas las ciencias se enseñan en Salamanca). Aunque, en descargo de la verdad, también hubo alumnos de los que nada se pudo sacar y así igualmente dice otro lema a la inversa: Quod natura non dat, Salmantica non praestat (Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo añade). Pero este último caso no es aplicable al personaje que nos trae a esta humilde reseña. Se trata de Luisa de Medrano Bravo de Lagunas Cienfuegos (1484 – 1527), quien debido a su sapiencia tiene el honor de ser la primera catedrática del mundo. Durante mucho tiempo la figura de esta mujer ha caído en el olvido, como tantas otras desgraciadamente, por lo que la novela histórica que ahora les presento, La Catedrática, de María López Villarquide, sirve para recordar a la mujer de la que Lucio Marineo Sículo decía aquello de:

Tú que en las letras y elocuencia has levantado bien alta la cabeza por encima de los hombres, que eres en España la única niña y tierna joven que trabajas con diligencia y aplicación no la lana sino el libro; no el huso sino la pluma; no la aguja sino el estilo.


La novela escrita por María López narra las vivencias de esta dama que con su tenacidad y buen hacer supo derribar los prejuicios machistas de ese tiempo y poner una bandera en un terreno que parecía vedado a cualquier mujer que tuviera inclinaciones intelectuales. Nacida en Atienza (Guadalajara) Luisa Medrano provenía de una familia ennoblecida que siempre apoyó a la reina Isabel, por lo que cuando su padre y abuelo murieron en las Guerras de Granada, ésta acogió no solo a Luisa en la corte sino también a sus otros ocho hermanos. Ya que desgraciadamente la figura de Luisa Medrano ha quedado enterrada con el paso de los siglos, y además no dejó nada escrito, toda la historia que nos narra el libro la conocemos a través de la voz de otros personajes como por ejemplo la princesa Juana, Fernando de Rojas, o incluso su propio hermano Luis que llegó a ser rector de la Universidad de Salamanca. Gracias a este tipo de construcción novelesca la autora nos lleva a conocer la corte isabelina, en donde existía un gran ambiente cultural e idiomático, además las corrientes intelectuales que había en la universidad. Luisa consigue medrar en aquel mundo y con tan solo veinticuatro años, en 1508, sustituye a Antonio Nebrija como Catedrática de Gramática de la Universidad de Salamanca. Hecho que pasaría a la Historia al ser la primera en conseguirlo.

Como bien nos dice María López Villarquide no sabemos de qué manera murió Luisa Medrano, tal vez de fiebres o envenenada por algún rival, pero de lo que si tenemos certeza es que fue una mujer adelantada a su tiempo, una persona de un calibre parecido a Beatriz Galindo, La Latina, que supo imponerse a un tiempo en el que la educación parecía que solo estaba hecha para los hombres (para los que quisieran aprender, se comprende). Hay que recordar que hasta una Real Orden de 1910 las mujeres no podían matricularse libremente en una universidad y si lo hacían antes de esa fecha la decisión tenía que ser sometida a un jurado especial compuesto, claro está, solo de hombres. Por tanto Luisa fue una pionera a la que es bueno recordar en esta novela histórica titulada La Catedrática, novela que les enganchará desde el principio y con la que podrán darle voz a aquella que por su condición fue silenciada de manera injusta.

http://www.hislibris.com/24876-2/#more-24876
 
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Las razones por las que la Inquisición española no fue la bestia sádica que te ha contado la Leyenda Negra

La imagen de los inquisidores usando emparedamientos, fuego candente, golpes en las articulaciones, damas de hierro y ruedas de tormento, simplemente es ficción. Ninguna de esas torturas eran válidas, entre otras cosas porque no se podía poner en peligro la vida del reo ni provocar mutilaciones permanentes



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Pedro Berruguete: Santo Domingo presidiendo un auto de fe (1475)


La historia de la Inquisición española está llena de casos documentados de reos que blasfemaron con el propósito de ser trasladados de las cárceles del tribunal del Rey a las del Santo Oficio. Sabían que en manos de la Inquisición obtendrían más garantías procesales, obviamente insuficientes comparadas con las actuales, y que la tortura sería más benévola con ellos. Sabían, también, que el Santo Oficio buscaba más el arrepentimiento que la condena a muerte. Lo cual choca de frente con el mito creado por la Leyenda Negra, presente en el imaginario popular y resistentes a cualquier explicación o dato.

Indiferentemente de lo que aquí se diga, o del esfuerzo por contextualizar su historia: la Inquisición siempre será para muchos un aparato de tormento solo comparable a la Gestapo o a la KGB.

La era de Torquemada

La figura del inquisidor es un recurso habitual en la literatura, extranjera y española, para dar forma a un malvado con características de intransigente y gusto por la sangre. Su presencia es multitudinaria en la literatura y en el cine, a pesar de que la historiografía ha desmontado muchos de los mitos asociados a este tribunal eclesiástico, empezando por demostrar que las cifras de condenados a su cargo ocupa un lugar secundario en comparación con otros episodios de una Europa que se desangró en guerras religiosas durante los siglos XVI y XVII. Sin ir más lejos, se calcula que solo en la Matanza de Bartolomé, en el verano de 1572, se mataron a tres veces más personas por cuestiones religiosas en Francia que en los tres siglos y pico de existencia del Santo Oficio en España.

La Inquisición española fue puesta en marcha, en 1478, para combatir los focos judaizantes que se habían localizado en el arzobispado de Sevilla. En contraste con la inquisición medieval, nacida en Francia en 1184 para luchar contra la herejía de los cátaros, la Santa Inquisición española fue estructurada desde el principio como un tribunal subordinado directamente a la Corona.

Ni en Inglaterra, ni en Europa oriental, ni en Castilla había existido la versión papal, extendida en toda Europa, por lo que Enrique IV solicitó su creación en una fecha tan tardía como 1476 al Papa Sixto IV. Su creación coincidió con el intento de los Reyes Católicos por crear un estado moderno, de modo que se aseguraron de ser los reyes quienes contralaran su dirección y decidieran el cargo de inquisidor general.



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Escudo de la Inquisición española.


En estos primeros años, la Inquisición centró sus esfuerzos en los núcleos de judaizantes, que hasta entonces habían permanecido inmunes a otras campañas represivas. En 1481, se celebró el primer auto de fe, precisamente en Sevilla, donde fueron quemados vivos seis detenidos acusados de judeoconversos. Sin embargo, los resultados no eran los deseados por los Reyes Católicos, que, buscando incrementar el acoso contra los falsos conversos, nombraron a Tomás de Torquemada para el cargo de inquisidor general de Castilla en 1483.

La incansable actividad de Torquemada, de sangre conversa, extendió el clima de terror por toda la península. En 1492, ya existían tribunales en ocho ciudades castellanas (Ávila, Córdoba, Jaén, Medina del Campo, Segovia, Sigüenza, Toledo y Valladolid) y comenzaban a asentarse en las poblaciones aragonesas. Establecer la nueva Inquisición en los territorios de la Corona de Aragón resultó más complicado, a pesar de que la modalidad medieval sí había tenido aquí vigencia. No fue hasta el nombramiento de Torquemada, también Inquisidor de Aragón, Valencia y Cataluña, cuando la resistencia empezó a quebrarse.

Torquemada inauguró el mayor periodo de persecución de judeoconversos, entre 1480 a 1530, y donde más personas fueron condenadas a muerte por el tribunal. Según el historiador eclesiásticoJuan Antonio Llorente, fueron ejecutadas 10.000 personas durante este periodo, cifas inverosímiles que han desmontado los estudios modernos a cargo del hispanista Henry Kamen, quien rebaja la cifra a 2.000 personas hasta 1530.


En el foco de la Leyenda Negra

Desde la década de 1520, los objetivos del Santo Oficio fueron ampliándose a los pequeños grupos de protestantes, eramistas y otras desviaciones de la ortodoxia. A partir de 1551, la Inquisición empezó a publicar su propio Índice de libros prohibidos, mucho más extenso que el aprobado por la Curia Romana. Esta actuación inquisitorial actuó como «cordón sanitario» de ideas heréticas y libró a los reinos españoles de los sangrientos conflictos religiosos que asolaron toda Europa en los siglos XVI y XVII.

En su «Apologie», Orange siente total indiferencia por los judíos, pero critica a la Inquisición por acosar a los protestantes españoles. Lo que Orange ignora, o quiere ignorar, es que este grupo fue minoritario


Precisamente fue a raíz de la propaganda escrita por un líder protestante, Guillermo de Orange, cuando la Inquisición española adquirió su fama de tribunal monstruoso. En su «Apologie», Orange siente total indiferencia por los judíos, pero critica a la Inquisición por acosar a los protestantes españoles. Lo que Orange ignora, o quiere ignorar, es que este grupo fue minoritario. Se ha calculado en 2.700 el número de protestantes perseguidos por la Inquisición española entre 1517 y 1648, de los cuales la mayoría eran franceses, británicos flamencos y alemanes.

De esa cifra, apunta el investigador protestante E. Schafer que las condenas en firme afectaron a 220, entre los cuales solo doce fueron quemados. Una cifra nimia en comparación con lo que estaba ocurriendo en países como Inglaterra o Francia, que vivieron auténticas guerras civiles entre católicos y protestantes durante casi dos siglos. En el entorno calvinista que se movía Orange ocurría otro tanto de lo mismo.

No obstante, Orange no fue el único en criticar la intolerancia que se vivía en España. Antes que él, John Foxe, un inglés exiliado en Holanda en tiempos de la católica María Tudor, escribió un libro ilustrado sobre la intolerancia a través de la historia, cuya parte dedicada al Santo Oficio estaba repleta de errores y de mentiras. Como muchos otros autores, Foxe cita a víctimas de la Inquisición creyendo que son protestantes, pero en realidad la mayoría eran judíos o mahometanas, los cuales suponían el grueso de los muertos en la hoguera.


5.000 muertos

Fue así la persecución protestante –mínima en España– la que llamó la atención en la Europa anglosajona sobre un tribunal encargado de juzgar un amplio grupo de «pecados». Los procesos afectaban a grupos tan distantes como los blasfemos, bígamos, heterodoxos, abusadores de menores, homosexuales e incluso falsificadores de moneda y plagiadores de libros. Según los estudios de Jaime Contreras y Gustav Henningsen, entre 1540 y 1700 el Santo Oficio persiguió a 49.000 personas (Joseph Pérez eleva el número total a 125.000 procesos durante sus 350 años en España) de los cuales el 27% fue procesado por blasfemias y palabras malsonantes; el 24%, por mahometismo; el 10%, por falsos conversos; el 8%, por luteranos; el 8%, por brujería y distintas supersticiones; y el resto por otros asuntos como la sodomía, la bigamia, la solicitud de los sacerdotes, etc.

Cabe recordar aquí que la mayor parte de estos «pecados» eran igualmente sancionados como delitos en el resto de Europa a través de tribunales ordinarios. En Inglaterra, ser católico o de una religión distinta a la del Rey era exactamente lo mismo que ser un traidor a la Corona. Solo las persecuciones de católicos en la Inglaterra de Isabel Tudor provocaron 1.000 muertos, entre religiosos y seglares, en cuestión de un par de décadas.

Entre los reos finalmente condenados por la Inquisición, los castigos podían ir desde una multa económica, servir en galeras como remeros durante un tiempo específico, penas de prisión, hasta, en los casos más graves, ser quemados vivos. En lo que se refiere al periodo entre 1540 y 1700, las condenas a muerte se dictaron para un 3,5% de los casos, según los cálculos de Gustav Henningsen. Pero solo al 1,8% de los condenados se les aplicó efectivamente la muerte por hoguera.

Los otros fueron quemados en efigie, es decir, a través de un muñeco del tamaño de un ser humano que los representaba. Esto se debía a que habían fallecido antes de terminar el proceso, se habían escapado o directamente nunca habían sido capturados. Como ejemplo de ello, en la mayor ejecución sumaria de la Inquisición, celebrada en 1680, fueron 61 los condenados a morir en la hoguera, de los cuales 34 eran estatuas en representación de los reos.

En caso de que se arrepintieran y reconocieran su herejía, los condenados a la hoguera eran estrangulados previamente mediante garrote vil. Y, si se arrepentía antes de la sentencia, lo más probable es que se conmutara su pena automáticamente por cárcel, multas y otros castigos que no comprometieran su vida.

Buscando una cifra global de muertos, el número estaría en torno a los 5.000-10.000 muertos durante los 350 años de existencia del tribunal, si bien Geoffrey Parker se atreve a estimar 5.000 muertos, lo que supone un 4% de todos los procesos abiertos.


Los miembros de la Iglesia no podían derramar sangre alguna y se limitaban a «relajarlos» al brazo secular, es decir, entregados a los tribunales reales


Otro de los errores más comunes es imaginar los multitudinarios autos de fe, que solían contar con la presencia de los Reyes y las autoridades, como lugares donde se presenciaban auténticas matanzas. En realidad, no se ejecutaba a nadie en estos actos, sino que los condenados a muerte, que comparecían ataviados con el tradicional sambenito (una especie de gran escapulario con forma de poncho), eran entregados formalmente a los tribunales reales encargados de ejecutar la sentencia más tarde y sin la presencia de las autoridades. Los miembros de la Iglesia no podían derramar sangre alguna y se limitaban a « relajarlos» al brazo secular, es decir, cedidos a sus verdugos.


La Inquisición contra los tribunales ordinarios

Durante los 350 años de su historia, la Inquisición española ambicionó a ser un aparato efectivo en el control social de los súbditos, si bien el reducido número de inquisidores, que no alcanzaba ni el media centenar de hombres, hizo que su presencia en el medio rural fuera testimonial y en el caso de las urbes muy limitada. Su poder ni siquiera podía compararse al de los tribunales del Rey. El hispanista Henry Kamen, que ha dedicado varias obras a desmitificar las ideas extendidas sobre el Santo Oficio, ha demostrado con datos que al «comparar las estadísticas sobre condenas a muerte de los tribunales civiles e inquisitoriales entre los siglos XV y XVIII en Europa: por cada cien penas de muerte dictadas por tribunales ordinarios, la Inquisición emitió una».

En contraste, el británico James Stephen calculó en uno de sus volúmenes de «A History of the Criminal Law on England»(1883) que el número de condenados a muerte por todos los tribunales en Inglaterra aproximadamente en esos mismos tres siglos alcanzó la cifra de 264.000 personas, por delitos que iban del asesinato hasta el robo de una oveja. Stephen, que se asombraba al comparar las cifras con las de la mitificada Inquisición, fue uno de los primeros que defendió en Inglaterra que el tribunal español no pudo haber matado a la cifra de personas que decía la Leyenda Negra, puesto que el procedimiento penal que aplicaban estaba burocratizado y era demasiado garantistas como para tener capacidad material de ejecutar a tanta gente.


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«Imagen ficticia de una cámara de tortura inquisitorial. Grabado del siglo XVIII de Bernard Picart»

Lejos de lo que se pueda suponer, la Inquisición ofrecía unas garantías procesales más amplias (insuficientes, obviamente, a ojos actuales) que los tribunales ordinarios y, de hecho, mataba menos. Para empezar, la Inquisición recurría a la tortura en escasas ocasiones (Lea y Kamen calculan un 1 o 2 por ciento de los casos investigados), y siempre bajo supervisión de un inquisidor que tenía orden de evitar daños permanentes, a menudo junto a un médico, en contraste con las salvajes torturas aplicadas por la autoridad civil en España y en otros países.

Elvira Roca Barea recuerda en su libro «Imperiofobia y Leyenda Negra» que justamente más allá de los pirineos, por ejemplo en Inglaterra, «cualquier persona podía ser torturada o ejecutada –descuartizada para ser más exactos– por dañar unos jardines públicos, y en Alemania la tortura podía llevar a perder los ojos. En Francia era admisible desollar viva a la gente».

En la Inquisición española, sin embargo, el desarrollo de la tortura era registrado escrupulosamente por los secretarios, incluyendo los gemidos y exclamaciones proferidas por las víctimas. El Santo Oficio tenía un manual de procedimiento que, salvo raras excepciones, estipulaba estos tres sistemas: «potro» (correas que se iban apretando), «toca» (paño empapado que se introducía en la boca y sobre la nariz para crear una sensación de asfixia) y «garrucha» (colgar al reo de las muñecas con las manos atadas arriba o incluso a la espalda). Al inquisidor que se excedía en sus métodos se le destituía sin más.

La tortura, en definitiva, no podía poner en peligro la vida del reo ni provocar mutilaciones y podía ser aplicada también en nobles y en el clero, que estaban exentos en la justicia ordinaria: «El privilegio que las leyes otorgan a las personas nobles de no poder ser procesadas en las otras causas no ha lugar en materia de herejía» se dice en el Manual de los inquisidores. No así en mujeres embarazadas o criando, y en niños de menos de 11 años.

Las confesiones obtenidas durante el tormento no eran válidas por sí mismas y debían ser ratificadas, fuera de él, en las veinticuatro horas siguientes por el reo. Aparte, en contra del mito generalizado, nunca se aceptaron denuncias anónimas.

En Inglaterra, «cualquier persona podía ser torturada o ejecutada –descuartizada para ser más exactos– por dañar unos jardines públicos, y en Alemania la tortura podía llevar a perder los ojos. En Francia era admisible desollar viva a la gente

Todo ello hace que la imagen de los inquisidores usando emparedamientos, fuego candente, golpes en las articulaciones, damas de hierro y ruedas de tormento, sea simplemente ficción, aunque en buena parte de Europa se diera por tan cierta como que cada día sale el sol. A principios del siglo XIX, el conde de Maistre relató indignado que durante un viaje a Francia fue testigo de cómo un grupo de ilustrados hablaba sobre las terribles torturas de la Inquisición española, a pesar de que hacía décadas que no se usaba ningún tormento. Los jueces de este tribunal no la consideraban válida por esas fechas y se abolió completamente por la falta de uso.


La caza de brujas, una cifra mínima en España

Otra de las cuestiones que llaman la atención del caso español es la escasa incidencia que tuvo aquí la persecución de la brujería, que se vinculaba casi exclusivamente a las mujeres. Se considera tradicionalmente que la brujería era a ojos de los inquisidores españoles un mal menor en el que incurrían mujeres de baja extracción y ningún tipo de influencia social o religiosa. La actuación del tribunal se encaminó durante los siglos XVI y XVII a la reinserción de las acusadas de brujería en el seno de la Iglesia, más que a la pena de muerte, aunque también se registraron algunas ejecuciones en la hoguera por esta causa.

Como ejemplo de condena benigna, una mujer llamada Isabel García, que en 1629 confesó ante el tribunal de Valladolid habérsele aparecido Satanás, con quien pactó, la recuperación de su amante, fue sólo castigada a abjurar de levi y a cuatro años de destierro.


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El Aquelarre, cuadro de Francisco Goya (Museo Lázaro Galdiano, Madrid)


Las cifras demuestran que la caza de brujas fue un problema ajeno al Mediterráneo. Según cálculos del historiador alemán Wolfgang Behringer, la persecución provocó en toda Europa entre 40.000-60.000 víctimas, donde 500 corresponden a la suma de las ejecutadas en España, Portugal e Italia (exceptuando las regiones alpinas de lengua italiana). En esta cifra, correspondiente a la primera parte de la Edad Moderna, Francia habría ejecutado a 4.000 y Alemania al menos a 25.000.

A raíz del proceso de las brujas de Zugarramurdi (1610), donde dieciocho personas fueron reconciliadas, seis fueron quemadas vivas y cinco en efigie, la Inquisición española se preocupó porque nada igual volviera ocurrir en el norte del país, cuyo contacto con Francia aumentaba los riesgos de otros casos de histeria colectiva. «Alonso de Salazar y Frías empezó a desconfiar por primera vez de lo que las brujas decían sobre sí mismas. Empezó a considerar que todo aquello se había producido por una neurosis colectiva que había que erradicar», apunta el historiador Ricardo García Cárcel sobre este inquisidor enviado a investigar lo ocurrido en Zugarramurdi.

En su informe ante la Consejo de la Suprema Inquisición, Salazar y Frías afirmó el 24 de marzo de 1612 que los fenómenos de brujería habían sido historias inverosímiles y ridículas: «No hubo brujos ni embrujados hasta que se empezó a hablar de ellos».


La persecución de brujas provocó en toda Europa entre 40.000-60.000 víctimas, donde 500 corresponden a la suma de las ejecutadas en España, Portugal e Italia


En palabras del Julio Caro Baroja, el inquisidor español «se adelantó de modo considerable a los que difundieron en Europa ideas concebidas en el mismo sentido», como el famoso jesuita alemán Friedrich Spee, que cargó contra la persecución de las brujas en el corazón del continente. Como resultado de sus críticas, nunca más se juzgaría a nadie en territorio español por solo el delito de brujería, mientras en el resto de Europa continuó la persecución hasta finales del siglo XVIII. Una niña ejecutada en el cantón protestante de Glarus, en 1783, fue la última víctima de esta histeria prolongada durante siglos.


GRAFICO:
https://www.abc.es/historia/abci-ra...ntado-leyenda-negra-201812170226_noticia.html
 
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Por qué los condes de Barcelona fueron templarios
    • JESÚS LÓPEZ-PELÁEZ CASELLAS
    • Jaén
    • 19 DIC. 2018


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Vidriera dedicada al conde de Barcelona Ramón Berenguer IV en la catedral de Notre Dame-et-Saint-Castor (Nimes, Francia).



Los Templarios sedujeron a Alfonso I de Aragón y a los nobles catalanes Ramón Berenguer III y Ramón Berenguer IV. El testamento en favor de la misteriosa orden es el embrión de la Corona de Aragón y de lo que siglos después se convirtió en España

Se podría pensar que todo comenzó en 1132 con el sorprendente testamento de Alfonso I de Aragón, el rey Batallador:

"Asimismo para después de mi muerte, dejo por mi heredero y sucesor, al Sepulcro del Señor, (...) y (...) al Hospital de los pobres que hay en Jerusalén; y al templo del Señor (...) para defender el nombre de la Cristiandad. A estos tres concedo todo mi reino".

Ciertamente, que el rey de Pamplona y Aragón -muerto dos años después de redactar estas últimas voluntades- legara su reino a unas órdenes religioso-militares (Santo Sepulcro, Hospitalarios y Templarios) creadas poco antes y con escasa implantación en la Península no podía dejar de sorprender e indignar a quienes esperaban beneficiarse de la muerte de un rey sin hijos. Pero el caso es que el Temple, fundado 15 años antes en Tierra Santa, no era en 1134 desconocido para los monarcas y nobles de la Península.

Creada en Jerusalén en 1119 por un puñado de nobles franceses que obtuvieron el apoyo del rey Balduino II y del Patriarca de Jerusalén Warmundo y con el objetivo de defender a los peregrinos cristianos de los ataques de los musulmanes, la Orden pronto se dio cuenta de que, para cumplir su misión, requería financiación que sólo los grandes señores europeos podían proporcionarle. Por ello, ya en 1127 su primer Gran Maestre y fundador, Hugo de Payens, es enviado a Francia e Inglaterra para obtener fondos, y esta visita resulta muy fructífera. En Inglaterra, por ejemplo, fundó las primeras casas de la Orden (la de Londres y la de Escocia, en Midlothian), y en Francia -donde gracias al decidido apoyo del influyente Bernardo de Claraval la Orden era ya respetada y conocida- fue ayudado por la monarquía y la nobleza francesa con freires, fondos, tierras y encomiendas.

Y es ya durante esta primera visita cuando algunos freires templarios dirigen su atención a la Península Ibérica. Algunas décadas antes el papado ya se había mostrado dispuesto a considerar la lucha contra los musulmanes en la Península como otra forma de cruzada. La toma de Toledo el 25 de mayo de 1085 fue celebrada casi con tanto júbilo como luego lo sería la de Jerusalén 14 años más tarde, y de hecho en la conquista (o reconquista) de Lisboa en 1147 participaron caballeros cruzados de camino a Jerusalén. Es en este contexto de emulación de la cruzada en Tierra Santa en el que los templarios se despliegan por la Península. En el oeste encontrarán el decisivo apoyo de Teresa Alfónsez, la condesa de Portugal, que les cede el castillo de Soures en 1128. Y en el este hallan una gran acogida en Aragón y Cataluña, tanto por parte del monarca batallador Alfonso I como por el conde de Barcelona Ramón Berenguer III.

Conocido como el Grande, Ramón Berenguer III fue, como el aragonés Alfonso, un audaz gobernante dotado del pragmatismo tan característico de la época: a pesar de luchar contra el Islam, pactaba con cristianos y musulmanes según sus necesidades, ignorando fundamentalismos religiosos. Así, tuvo por un tiempo como gran enemigo a nada menos que Rodrigo Díaz, el Cid Campeador, contra quien guerreó hasta que finalmente sellaron la paz a través del matrimonio del conde de Barcelona con una de las hijas del Cid, María Rodríguez (esto es, María la hija de Rodrigo). Bastante más joven que el héroe de Vivar, Berenguer compartía con éste ardor guerrero y entrega militar, y así emprendió campañas contra el Islam entre las que sobresale la celebrada conquista de Mallorca de 1115 (aunque los musulmanes la reconquistaron meses después). Soberano medieval de corte caballeresco, Ramón Berenguer se sintió irresistiblemente atraído por los ideales del Temple.

El tercer conde de Barcelona ya sabía de la existencia de la Orden en 1126, e incluso pudo tener noticia de ella antes, entre 1123 y 1125, dado que su amigo Gastón IV de Bearne participó con honores en la Primera Cruzada, al término de la cual se creó el Temple. De hecho, la estrecha relación personal y político-militar existente entre el oscense Alfonso I, el bearnés Gastón IV y el catalán (aunque nacido en Rodez) Ramón Berenguer III, todos contemporáneos y señores de territorios muy próximos cuando no colindantes, explica que los tres cayeran igualmente fascinados por la naturaleza religiosa y militar de los caballeros templarios.

El Temple, la institución idónea para enfrentarse a la amenaza almorávide
La situación política que compartían en el primer tercio del siglo XII, basada en la existencia de fronteras difusas y ambiguas alianzas, propiciaba que la existencia de una institución inter, o supra, nacional como el Temple fuera recibida con especial interés. Así, Ramón Berenguer III -como Alfonso I o Gastón IV- contribuyó a la implantación del Temple en su condado, y las pruebas incontestables de su vinculación con los freires son su ordenación como caballero templario en 1130 (en ceremonia oficiada por Hugo de Rigaud, Maestre del Languedoc), y poco después la redacción de su testamento a favor de la Orden. En estas sus últimas voluntades legaba su armadura, su caballo de batalla y el castillo de Grañena de Cervera a los templarios, lo que no tardó en ejecutarse pues murió en 1131.

Pero, ¿qué pudo llevar a Ramón Berenguer III a tomar esta decisión? Por un lado, no debemos descartar una preocupación religiosa, casi supersticiosa para algunos, relacionada con su ansiedad ante la proximidad de la muerte. A diferencia de Gastón IV o de Raimundo IV de Tolosa (que participaron de forma destacada en la Primera Cruzada y también combatieron a los musulmanes en la Península), Ramón Berenguer no pudo permitirse abandonar sus territorios catalanes para acudir a la Cruzada y así expiar sus pecados luchando por la Cristiandad. Ingresar en una de las nuevas órdenes religioso-militares debía parecer a muchos señores medievales peninsulares, como el conde de Barcelona o el rey de Aragón, la forma más sencilla de compensar ese déficit. Pero también hay un componente menos simbólico, o más tangible: como él mismo explica en su testamento, la Orden ya parecía ser entonces la institución idónea para enfrentarse a la temible amenaza que suponían para el Levante peninsular los almorávides (quienes por cierto también eran originalmente monjes-guerreros).

Su sucesor al frente del condado de Barcelona, su hijo Ramón Berenguer IV, igualmente atraído por la Orden, reforzó la estrecha relación entre el Temple y los condes de Barcelona y también fue ordenado freire como su padre (ad terminum, o temporal, en su caso), lo que le sirvió para ser nombrado mediador en la negociación del testamento del rey Alfonso con el Temple. Pero a pesar de su vinculación templaria, lo que tal vez no esperaba el conde de Barcelona era verse beneficiado por la sorprendente decisión testamentaria de Alfonso I. En efecto, al negarse la nobleza aragonesa y pamplonesa a reconocer la decisión de Alfonso de dejar su reino a las órdenes religioso-militares se busca una solución que guarde visos de legitimidad y aparente respetar las últimas voluntades del rey aragonés. El matrimonio de Ramón Berenguer IV con Petronila, la hija de un año de edad del hermano de Alfonso, Ramiro el Monje, permite que el conde de Barcelona se convierta en dominador y prínceps (que no 'rey', al no pertenecer a la casa real) de una nueva y formidable entidad política que duraría siglos, la Corona de Aragón.

Es así como surge esta institución de enorme repercusión histórica en el devenir de los reinos hispánicos y de lo que siglos después conoceremos como España. Fue, sin duda, consecuencia indirecta de la irrupción estrepitosa de la Orden del Temple en la Península, de la decisión pionera de profesar en la Orden de dos condes de Barcelona, y de la última voluntad de un rey aragonés con espíritu templario.


Jesús López-Peláez Casellas es catedrático de la Universidad de Jaén y autor del libro 'Las fortalezas de Dios. Un recorrido por los castillos templarios de los reinos de España' (Espasa. 2018)

https://www.elmundo.es/cultura/2018/12/19/5c1938c4fc6c83963f8b45b9.html
 
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Las razones por las que la Inquisición española no fue la bestia sádica que te ha contado la Leyenda Negra

La imagen de los inquisidores usando emparedamientos, fuego candente, golpes en las articulaciones, damas de hierro y ruedas de tormento, simplemente es ficción. Ninguna de esas torturas eran válidas, entre otras cosas porque no se podía poner en peligro la vida del reo ni provocar mutilaciones permanentes



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Pedro Berruguete: Santo Domingo presidiendo un auto de fe (1475)


La historia de la Inquisición española está llena de casos documentados de reos que blasfemaron con el propósito de ser trasladados de las cárceles del tribunal del Rey a las del Santo Oficio. Sabían que en manos de la Inquisición obtendrían más garantías procesales, obviamente insuficientes comparadas con las actuales, y que la tortura sería más benévola con ellos. Sabían, también, que el Santo Oficio buscaba más el arrepentimiento que la condena a muerte. Lo cual choca de frente con el mito creado por la Leyenda Negra, presente en el imaginario popular y resistentes a cualquier explicación o dato.

Indiferentemente de lo que aquí se diga, o del esfuerzo por contextualizar su historia: la Inquisición siempre será para muchos un aparato de tormento solo comparable a la Gestapo o a la KGB.

La era de Torquemada

La figura del inquisidor es un recurso habitual en la literatura, extranjera y española, para dar forma a un malvado con características de intransigente y gusto por la sangre. Su presencia es multitudinaria en la literatura y en el cine, a pesar de que la historiografía ha desmontado muchos de los mitos asociados a este tribunal eclesiástico, empezando por demostrar que las cifras de condenados a su cargo ocupa un lugar secundario en comparación con otros episodios de una Europa que se desangró en guerras religiosas durante los siglos XVI y XVII. Sin ir más lejos, se calcula que solo en la Matanza de Bartolomé, en el verano de 1572, se mataron a tres veces más personas por cuestiones religiosas en Francia que en los tres siglos y pico de existencia del Santo Oficio en España.

La Inquisición española fue puesta en marcha, en 1478, para combatir los focos judaizantes que se habían localizado en el arzobispado de Sevilla. En contraste con la inquisición medieval, nacida en Francia en 1184 para luchar contra la herejía de los cátaros, la Santa Inquisición española fue estructurada desde el principio como un tribunal subordinado directamente a la Corona.

Ni en Inglaterra, ni en Europa oriental, ni en Castilla había existido la versión papal, extendida en toda Europa, por lo que Enrique IV solicitó su creación en una fecha tan tardía como 1476 al Papa Sixto IV. Su creación coincidió con el intento de los Reyes Católicos por crear un estado moderno, de modo que se aseguraron de ser los reyes quienes contralaran su dirección y decidieran el cargo de inquisidor general.



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Escudo de la Inquisición española.


En estos primeros años, la Inquisición centró sus esfuerzos en los núcleos de judaizantes, que hasta entonces habían permanecido inmunes a otras campañas represivas. En 1481, se celebró el primer auto de fe, precisamente en Sevilla, donde fueron quemados vivos seis detenidos acusados de judeoconversos. Sin embargo, los resultados no eran los deseados por los Reyes Católicos, que, buscando incrementar el acoso contra los falsos conversos, nombraron a Tomás de Torquemada para el cargo de inquisidor general de Castilla en 1483.

La incansable actividad de Torquemada, de sangre conversa, extendió el clima de terror por toda la península. En 1492, ya existían tribunales en ocho ciudades castellanas (Ávila, Córdoba, Jaén, Medina del Campo, Segovia, Sigüenza, Toledo y Valladolid) y comenzaban a asentarse en las poblaciones aragonesas. Establecer la nueva Inquisición en los territorios de la Corona de Aragón resultó más complicado, a pesar de que la modalidad medieval sí había tenido aquí vigencia. No fue hasta el nombramiento de Torquemada, también Inquisidor de Aragón, Valencia y Cataluña, cuando la resistencia empezó a quebrarse.

Torquemada inauguró el mayor periodo de persecución de judeoconversos, entre 1480 a 1530, y donde más personas fueron condenadas a muerte por el tribunal. Según el historiador eclesiásticoJuan Antonio Llorente, fueron ejecutadas 10.000 personas durante este periodo, cifas inverosímiles que han desmontado los estudios modernos a cargo del hispanista Henry Kamen, quien rebaja la cifra a 2.000 personas hasta 1530.


En el foco de la Leyenda Negra

Desde la década de 1520, los objetivos del Santo Oficio fueron ampliándose a los pequeños grupos de protestantes, eramistas y otras desviaciones de la ortodoxia. A partir de 1551, la Inquisición empezó a publicar su propio Índice de libros prohibidos, mucho más extenso que el aprobado por la Curia Romana. Esta actuación inquisitorial actuó como «cordón sanitario» de ideas heréticas y libró a los reinos españoles de los sangrientos conflictos religiosos que asolaron toda Europa en los siglos XVI y XVII.

En su «Apologie», Orange siente total indiferencia por los judíos, pero critica a la Inquisición por acosar a los protestantes españoles. Lo que Orange ignora, o quiere ignorar, es que este grupo fue minoritario


Precisamente fue a raíz de la propaganda escrita por un líder protestante, Guillermo de Orange, cuando la Inquisición española adquirió su fama de tribunal monstruoso. En su «Apologie», Orange siente total indiferencia por los judíos, pero critica a la Inquisición por acosar a los protestantes españoles. Lo que Orange ignora, o quiere ignorar, es que este grupo fue minoritario. Se ha calculado en 2.700 el número de protestantes perseguidos por la Inquisición española entre 1517 y 1648, de los cuales la mayoría eran franceses, británicos flamencos y alemanes.

De esa cifra, apunta el investigador protestante E. Schafer que las condenas en firme afectaron a 220, entre los cuales solo doce fueron quemados. Una cifra nimia en comparación con lo que estaba ocurriendo en países como Inglaterra o Francia, que vivieron auténticas guerras civiles entre católicos y protestantes durante casi dos siglos. En el entorno calvinista que se movía Orange ocurría otro tanto de lo mismo.

No obstante, Orange no fue el único en criticar la intolerancia que se vivía en España. Antes que él, John Foxe, un inglés exiliado en Holanda en tiempos de la católica María Tudor, escribió un libro ilustrado sobre la intolerancia a través de la historia, cuya parte dedicada al Santo Oficio estaba repleta de errores y de mentiras. Como muchos otros autores, Foxe cita a víctimas de la Inquisición creyendo que son protestantes, pero en realidad la mayoría eran judíos o mahometanas, los cuales suponían el grueso de los muertos en la hoguera.


5.000 muertos

Fue así la persecución protestante –mínima en España– la que llamó la atención en la Europa anglosajona sobre un tribunal encargado de juzgar un amplio grupo de «pecados». Los procesos afectaban a grupos tan distantes como los blasfemos, bígamos, heterodoxos, abusadores de menores, homosexuales e incluso falsificadores de moneda y plagiadores de libros. Según los estudios de Jaime Contreras y Gustav Henningsen, entre 1540 y 1700 el Santo Oficio persiguió a 49.000 personas (Joseph Pérez eleva el número total a 125.000 procesos durante sus 350 años en España) de los cuales el 27% fue procesado por blasfemias y palabras malsonantes; el 24%, por mahometismo; el 10%, por falsos conversos; el 8%, por luteranos; el 8%, por brujería y distintas supersticiones; y el resto por otros asuntos como la sodomía, la bigamia, la solicitud de los sacerdotes, etc.

Cabe recordar aquí que la mayor parte de estos «pecados» eran igualmente sancionados como delitos en el resto de Europa a través de tribunales ordinarios. En Inglaterra, ser católico o de una religión distinta a la del Rey era exactamente lo mismo que ser un traidor a la Corona. Solo las persecuciones de católicos en la Inglaterra de Isabel Tudor provocaron 1.000 muertos, entre religiosos y seglares, en cuestión de un par de décadas.

Entre los reos finalmente condenados por la Inquisición, los castigos podían ir desde una multa económica, servir en galeras como remeros durante un tiempo específico, penas de prisión, hasta, en los casos más graves, ser quemados vivos. En lo que se refiere al periodo entre 1540 y 1700, las condenas a muerte se dictaron para un 3,5% de los casos, según los cálculos de Gustav Henningsen. Pero solo al 1,8% de los condenados se les aplicó efectivamente la muerte por hoguera.

Los otros fueron quemados en efigie, es decir, a través de un muñeco del tamaño de un ser humano que los representaba. Esto se debía a que habían fallecido antes de terminar el proceso, se habían escapado o directamente nunca habían sido capturados. Como ejemplo de ello, en la mayor ejecución sumaria de la Inquisición, celebrada en 1680, fueron 61 los condenados a morir en la hoguera, de los cuales 34 eran estatuas en representación de los reos.

En caso de que se arrepintieran y reconocieran su herejía, los condenados a la hoguera eran estrangulados previamente mediante garrote vil. Y, si se arrepentía antes de la sentencia, lo más probable es que se conmutara su pena automáticamente por cárcel, multas y otros castigos que no comprometieran su vida.

Buscando una cifra global de muertos, el número estaría en torno a los 5.000-10.000 muertos durante los 350 años de existencia del tribunal, si bien Geoffrey Parker se atreve a estimar 5.000 muertos, lo que supone un 4% de todos los procesos abiertos.


Los miembros de la Iglesia no podían derramar sangre alguna y se limitaban a «relajarlos» al brazo secular, es decir, entregados a los tribunales reales


Otro de los errores más comunes es imaginar los multitudinarios autos de fe, que solían contar con la presencia de los Reyes y las autoridades, como lugares donde se presenciaban auténticas matanzas. En realidad, no se ejecutaba a nadie en estos actos, sino que los condenados a muerte, que comparecían ataviados con el tradicional sambenito (una especie de gran escapulario con forma de poncho), eran entregados formalmente a los tribunales reales encargados de ejecutar la sentencia más tarde y sin la presencia de las autoridades. Los miembros de la Iglesia no podían derramar sangre alguna y se limitaban a « relajarlos» al brazo secular, es decir, cedidos a sus verdugos.


La Inquisición contra los tribunales ordinarios

Durante los 350 años de su historia, la Inquisición española ambicionó a ser un aparato efectivo en el control social de los súbditos, si bien el reducido número de inquisidores, que no alcanzaba ni el media centenar de hombres, hizo que su presencia en el medio rural fuera testimonial y en el caso de las urbes muy limitada. Su poder ni siquiera podía compararse al de los tribunales del Rey. El hispanista Henry Kamen, que ha dedicado varias obras a desmitificar las ideas extendidas sobre el Santo Oficio, ha demostrado con datos que al «comparar las estadísticas sobre condenas a muerte de los tribunales civiles e inquisitoriales entre los siglos XV y XVIII en Europa: por cada cien penas de muerte dictadas por tribunales ordinarios, la Inquisición emitió una».

En contraste, el británico James Stephen calculó en uno de sus volúmenes de «A History of the Criminal Law on England»(1883) que el número de condenados a muerte por todos los tribunales en Inglaterra aproximadamente en esos mismos tres siglos alcanzó la cifra de 264.000 personas, por delitos que iban del asesinato hasta el robo de una oveja. Stephen, que se asombraba al comparar las cifras con las de la mitificada Inquisición, fue uno de los primeros que defendió en Inglaterra que el tribunal español no pudo haber matado a la cifra de personas que decía la Leyenda Negra, puesto que el procedimiento penal que aplicaban estaba burocratizado y era demasiado garantistas como para tener capacidad material de ejecutar a tanta gente.


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«Imagen ficticia de una cámara de tortura inquisitorial. Grabado del siglo XVIII de Bernard Picart»

Lejos de lo que se pueda suponer, la Inquisición ofrecía unas garantías procesales más amplias (insuficientes, obviamente, a ojos actuales) que los tribunales ordinarios y, de hecho, mataba menos. Para empezar, la Inquisición recurría a la tortura en escasas ocasiones (Lea y Kamen calculan un 1 o 2 por ciento de los casos investigados), y siempre bajo supervisión de un inquisidor que tenía orden de evitar daños permanentes, a menudo junto a un médico, en contraste con las salvajes torturas aplicadas por la autoridad civil en España y en otros países.

Elvira Roca Barea recuerda en su libro «Imperiofobia y Leyenda Negra» que justamente más allá de los pirineos, por ejemplo en Inglaterra, «cualquier persona podía ser torturada o ejecutada –descuartizada para ser más exactos– por dañar unos jardines públicos, y en Alemania la tortura podía llevar a perder los ojos. En Francia era admisible desollar viva a la gente».

En la Inquisición española, sin embargo, el desarrollo de la tortura era registrado escrupulosamente por los secretarios, incluyendo los gemidos y exclamaciones proferidas por las víctimas. El Santo Oficio tenía un manual de procedimiento que, salvo raras excepciones, estipulaba estos tres sistemas: «potro» (correas que se iban apretando), «toca» (paño empapado que se introducía en la boca y sobre la nariz para crear una sensación de asfixia) y «garrucha» (colgar al reo de las muñecas con las manos atadas arriba o incluso a la espalda). Al inquisidor que se excedía en sus métodos se le destituía sin más.

La tortura, en definitiva, no podía poner en peligro la vida del reo ni provocar mutilaciones y podía ser aplicada también en nobles y en el clero, que estaban exentos en la justicia ordinaria: «El privilegio que las leyes otorgan a las personas nobles de no poder ser procesadas en las otras causas no ha lugar en materia de herejía» se dice en el Manual de los inquisidores. No así en mujeres embarazadas o criando, y en niños de menos de 11 años.

Las confesiones obtenidas durante el tormento no eran válidas por sí mismas y debían ser ratificadas, fuera de él, en las veinticuatro horas siguientes por el reo. Aparte, en contra del mito generalizado, nunca se aceptaron denuncias anónimas.

En Inglaterra, «cualquier persona podía ser torturada o ejecutada –descuartizada para ser más exactos– por dañar unos jardines públicos, y en Alemania la tortura podía llevar a perder los ojos. En Francia era admisible desollar viva a la gente

Todo ello hace que la imagen de los inquisidores usando emparedamientos, fuego candente, golpes en las articulaciones, damas de hierro y ruedas de tormento, sea simplemente ficción, aunque en buena parte de Europa se diera por tan cierta como que cada día sale el sol. A principios del siglo XIX, el conde de Maistre relató indignado que durante un viaje a Francia fue testigo de cómo un grupo de ilustrados hablaba sobre las terribles torturas de la Inquisición española, a pesar de que hacía décadas que no se usaba ningún tormento. Los jueces de este tribunal no la consideraban válida por esas fechas y se abolió completamente por la falta de uso.


La caza de brujas, una cifra mínima en España

Otra de las cuestiones que llaman la atención del caso español es la escasa incidencia que tuvo aquí la persecución de la brujería, que se vinculaba casi exclusivamente a las mujeres. Se considera tradicionalmente que la brujería era a ojos de los inquisidores españoles un mal menor en el que incurrían mujeres de baja extracción y ningún tipo de influencia social o religiosa. La actuación del tribunal se encaminó durante los siglos XVI y XVII a la reinserción de las acusadas de brujería en el seno de la Iglesia, más que a la pena de muerte, aunque también se registraron algunas ejecuciones en la hoguera por esta causa.

Como ejemplo de condena benigna, una mujer llamada Isabel García, que en 1629 confesó ante el tribunal de Valladolid habérsele aparecido Satanás, con quien pactó, la recuperación de su amante, fue sólo castigada a abjurar de levi y a cuatro años de destierro.


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El Aquelarre, cuadro de Francisco Goya (Museo Lázaro Galdiano, Madrid)


Las cifras demuestran que la caza de brujas fue un problema ajeno al Mediterráneo. Según cálculos del historiador alemán Wolfgang Behringer, la persecución provocó en toda Europa entre 40.000-60.000 víctimas, donde 500 corresponden a la suma de las ejecutadas en España, Portugal e Italia (exceptuando las regiones alpinas de lengua italiana). En esta cifra, correspondiente a la primera parte de la Edad Moderna, Francia habría ejecutado a 4.000 y Alemania al menos a 25.000.

A raíz del proceso de las brujas de Zugarramurdi (1610), donde dieciocho personas fueron reconciliadas, seis fueron quemadas vivas y cinco en efigie, la Inquisición española se preocupó porque nada igual volviera ocurrir en el norte del país, cuyo contacto con Francia aumentaba los riesgos de otros casos de histeria colectiva. «Alonso de Salazar y Frías empezó a desconfiar por primera vez de lo que las brujas decían sobre sí mismas. Empezó a considerar que todo aquello se había producido por una neurosis colectiva que había que erradicar», apunta el historiador Ricardo García Cárcel sobre este inquisidor enviado a investigar lo ocurrido en Zugarramurdi.

En su informe ante la Consejo de la Suprema Inquisición, Salazar y Frías afirmó el 24 de marzo de 1612 que los fenómenos de brujería habían sido historias inverosímiles y ridículas: «No hubo brujos ni embrujados hasta que se empezó a hablar de ellos».


La persecución de brujas provocó en toda Europa entre 40.000-60.000 víctimas, donde 500 corresponden a la suma de las ejecutadas en España, Portugal e Italia


En palabras del Julio Caro Baroja, el inquisidor español «se adelantó de modo considerable a los que difundieron en Europa ideas concebidas en el mismo sentido», como el famoso jesuita alemán Friedrich Spee, que cargó contra la persecución de las brujas en el corazón del continente. Como resultado de sus críticas, nunca más se juzgaría a nadie en territorio español por solo el delito de brujería, mientras en el resto de Europa continuó la persecución hasta finales del siglo XVIII. Una niña ejecutada en el cantón protestante de Glarus, en 1783, fue la última víctima de esta histeria prolongada durante siglos.


GRAFICO:
https://www.abc.es/historia/abci-ra...ntado-leyenda-negra-201812170226_noticia.html

Lo que me faltaba, también hay que reivindicar a la Inquisición y decir que "no era tan mala", como si no hubiese empleado la tortura y no hubiese sido el instrumento de represión de la oposición al poder durante 4 siglos y medio.

Cierto que no se aceptaban denuncias anónimas, pero sí se permitía que el denunciante permaneciese en el anonimato, de modo que la persona acusada no podía defenderse en un careo frente a su acusador. Y el hecho de negar tu culpabilidad era considerado un agravante contra tí, asi que ser acusado era la perdición. Alguien tenía que probar que eras inocente, pero el miedo a la Inquisición hacia que se pensase que si te metías a defender a un acusado podía despertar sospechas sobre tí, asi que había que ser muy valiente y estar muy seguro de no tener nada que ver con las acusaciones para echar una mano al acusado. La Inquisición, protegiendo al denunciante, instaló el miedo a la delación en la sociedad.

Miguel Delibes escribió "El hereje" tras estudiar las actas de la acusación contra el grupo protestante de la ciudad de Valladolid que terminó en el Auto de Fé de 1554. Y todo lo que describe en su novela, las torturas, etc. son verídicas.

El hecho de que los protestantes fuesen más fanáticos en la persecución de la brujería no significa que fuese menos dolorosa la erradicación de ésta en España, que los Autos de Fé en Logroño contra las brujas de Zugarramurdi fueron reales.

Eso de que no se podía poner en riesgo la integridad del reo da risa si no fuese tan lamentable que digan algo así. El potro y demás torturas ponían en peligro dicha integridad si o sí. Que no se tenía miedo a la tortura por nada. "Solo" les aplicaban el potro, asfixia y garrucha ¡que clementes eran! Y al inquisidor que se le descoyuntase o muriese un reo le destituían ¡triste consuelo para el torturado, no te digo!

Que los condenados a muerte en toda la historia de la Inquisición representasen el 4 % de todos los procesos abiertos no es una minucía porque mataron a 5000 personas. Y, según el texto, ¡que piadosa era la Inquisición! Si los reos a la hoguera se arrepentían les conmutaban por el garrote vil. Ya, será menos infernal, pero era la muerte también. Y desde luego que los inquisidores no se manchaban las manos de sangre y entregaban a los condenados al brazo secular, pero éste no habría ejecutado a ningún condenado por la Inquisición si ésta no los hubiese condenado. ¡Que cinismo!

Aún en las penas de castigo con Sambenito suponía el estigma público, no solo para el reo sino también para su familia, y normalmente el embargo de sus bienes. Una vergüenza. Por eso, cuando no te puedes quitar de encima una fama injusta se dice "ya me ha caído el sambenito", pero entonces era aún peor, tenias que vestir con el capirote y aceptar los insultos de todos durante los años que te hubiesen condenado, si no era para siempre. Un infierno.

Realmente me dan asco estos artículos pro-españoles defendiendo lo indefendible.
 
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YO, JULIA – Santiago Posteguillo
Publicado por Farsalia | Visto 328 veces

«(…) Adso también me sirvió para resolver otra cuestión. Hubiese podido situar la historia en un Medioevo en el que todos supieran de qué se hablaba. Si en una historia contemporánea un personaje dice que el Vaticano no aprobaría su divorcio, no es necesario explicar qué es el Vaticano y por qué no aprueba el divorcio. En una novela histórica, en cambio, hay que proceder de otro modo, porque también se narra para que los contemporáneos comprendamos mejor lo que sucedió, y en qué sentido lo que sucedió también nos atañe a nosotros.

El peligro que entonces se plantea es el del salgarismo. Los personajes de Salgari huyen a la selva perseguidos por los enemigos y tropiezan con una raíz de baobab, y de pronto el narrador suspende la acción para darnos una lección de botánica sobre el baobab. Ahora eso se ha transformado en un topos, entrañable como los vicios de las personas que hemos amado; pero no debería hacerse (…)».

Umberto Eco, “Apostillas a El nombre de la rosa”, en El nombre de la rosa, DeBolsillo, 2017, p. 755.

Desde hace un tiempo, la novela histórica o, mejor dicho (no seamos presuntuosos), parte de la novela histórica tiene lo que considero un problema: el salgarismo. No es un problema grave, si uno es consciente de ello. La cuestión, sin embargo, no se circunscribe a lo que hace casi cuarenta años definiera con acierto Umberto Eco; el problema subyace en que, con la excusa del salgarismo, no se tenga claro qué se está realizando cuando se escribe una novela histórica. Un binomio con dos partes esenciales: novela, la parte literaria esencial, e histórica, el ámbito que trata. Con un equilibrio entre las dos partes una novela de este género funciona; el lector puede tirar de su memoria (o de su bagaje como lector) y mencionar grandes títulos (y grandes autores). Funciona porque, sin dejar de respetar el componente histórico, es una novela que literariamente está muy bien escrita; es de ese tipo de novelas que resisten una o varias relecturas pues, independientemente de que uno conozca la trama, esta se ha perfilado de tal manera que el disfrute puede ser incluso mayor que con su primera lectura.

Por supuesto, tratándose del género de la novela histórica, ese segundo componente, el netamente histórico, también es importante. Pero debemos tener claras algunas cosas cuando la escribimos (y, consecuentemente, cuando la leemos). Una novela histórica debe entretenernos al mismo tiempo que picar nuestra curiosidad; no debemos «aprender» con ellas, si acaso animarnos a indagar en obras dispuestas al caso (es decir, ensayos y monografías históricas) y de este modo «aprender» sobre unos hechos, unos personajes o un período histórico en concreto. Como texto literario que recrea un momento del pasado, debe ser verosímil, pero no veraz: su propósito no es demostrar que algo sucedió como se cuenta en sus páginas; debe ser plausible, más que estrictamente fiel (o fidedigna) a unos hechos históricos, y debe ser lo suficiente flexible en su voluntad de, echando mano de una ficción creíble, «rellenar» los intersticios y las lagunas que hay sobre unos acontecimientos históricos determinados, como para que nos «creamos» lo que se cuenta y nos resulte «posible». En el esfuerzo de suspender nuestra incredulidad, la novela histórica debe tener alicientes que consiga que ese empeño se realice sin que salten las alarmas en nuestra cabeza a medida que vamos leyendo. Añadamos a eso, y es algo fundamental, que una novela histórica debe ser entretenida, «didáctica» hasta cierto punto y equilibrada. Son reglas sencillas y que, bien llevadas, lograrán que una novela histórica funcione y concite el interés del lector del género.

Con las novelas de Santiago Posteguillo me temo que esas reglas saltan por los aires. Ya con su primera trilogía –Africanus: el hijo del cónsul (2006), Las legiones malditas (2008) y La traición de Roma (2009), todas en Ediciones B–, protagonizada por Escipión el Africano, y en una segunda trilogía –Los asesinos del emperador (2011), Circo máximo: la ira de Trajano (2013) y La legión perdida(2016), en Editorial Planeta–, con Trajano al frente, se perciben una serie de rasgos que han jalonado su obra. Se trata de novelas extensas (cada vez más extensas) y con capítulos breves. Novelas que abundan en un detalle por la secuencia de narración bélica, prolija en no muchos casos y, al mismo tiempo, reiterativa: un uso (y abuso) de latinismos y jerga especializada sobre armas, unidades y formaciones militares romanas que suele repetirse hasta la saciedad; un protagonista con tintes heroicos, «perfecto» pero al mismo tiempo plano, con escasísimos matices (que son los que nos forjan como seres humanos y nos hacen comprensibles y creíbles) y rodeado de una «leyenda rosa» que prácticamente lo santifica; por el contrario, uno o varios villanos pergeñados con rasgos tan marcadamente negativos que prácticamente se convierten en parodia se erigen en los rivales a batir, en «los malos de la película» que, siguiendo una línea claramente marcada desde el principio, obstaculizarán la labor del protagonista en la consecución de sus propósitos. La construcción más bien pobre de los personajes, especialmente de los femeninos, se acompaña de un salgarismo exacerbado: sin importar lo que esté sucediendo en la trama en un momento determinado o a qué deben enfrentarse los personajes, se «rellena» con datos y datos la acción, incluso en los diálogos, que el equilibrio entre lo literario y lo histórico salta en mil pedazos.

Se podría pensar que se trata de errores de novato en una primera novela publicada, y más en el género histórico: es tanta la documentación consultada durante su elaboración que casi resulta «necesario» incluirla en la trama. Esa necesidad de «demostrar» lo mucho que uno se ha documentado acaba por ahogar la novela y convertirla en un pastiche. ¿Qué objetivo tiene el autor? ¿Escribir una novela que fluya con naturalidad, pero sin olvidarse del contexto histórico o elaborar un ensayo, un «libro de historia», camuflado (escasamente) bajo los ropajes de una ficción histórica? ¿Qué es esa novela y qué acaba pareciendo?

Para valorar Yo Julia (Editorial Planeta, 2018), séptima novela histórica de Posteguillo –lo remarco: séptima novela–, el objetivo de esta reseña, me permitirá el lector que acuda directamente al final de la misma; o, mejor dicho, a lo que hay más allá del final: la «Nota histórica» con la que se abren los «apéndices» que complementan el volumen. Unos apéndices, por cierto, que son, cada vez más, una «seña de identidad» del género, por llamarla de alguna manera: prácticamente no hay novela histórica que se publique actualmente, especialmente aquellas ubicadas en el pasado más lejano (la Antigüedad), que no cuente con unos apéndices que incluyan mapas (necesarios, sí, sobre todo si los personajes se mueven por un espacio extenso), glosarios extensos (que traducen esa retahíla de latinismos que se han ido soltando en el texto), planos de batallas si se da el caso (no siempre aparecen, pero suelen ser bastante útiles para que el lector se haga composición de lugar de una batalla en particular) y, como colofón de un estado de cosas que se nos ha ido de las manos, bibliografía. Sí, bibliografía en una obra de ficción (quizá habría que resaltar en negrita esto último, pues no siempre «parece» quedar claro). No está de más, e incluso es un estímulo, que el autor aporte algunas sugerencias por si el lector quiere profundizar en un tema o unos personajes «más allá» de la lectura realizada (insistimos: lectura de una novela histórica): un par o tres de libros, si acaso, un hilo del que tirar. El problema está cuando se quiere «demostrar» la documentación que se ha realizado y para ello, como si de una monografía o un ensayo histórico, zas, se sueltan las decenas y decenas de obras, entre libros, artículos de revistas y ediciones de fuentes clásicas consultadas. Para el caso que nos toca, esta novela, la cosa se «reduce» a las 163 referencias bibliográficas. Repito el número: 163. Hay «libros de historia» que no tienen ni la mitad de esas referencias… y no son novelas. El «ser» y el «parecer», sobre ello volveremos a menudo en esta reseña.

Decía la «Nota histórica». Personalmente (aquí ya entran mis peculiaridades y cada lector tendrá las suyas), no necesito una nota del autor que me explique qué hay de «histórico» en lo que ha escrito y qué se ha inventado. Puede ser un extra para los lectores, pero no lo requiero: tengo claro que he leído una obra de ficción, por muy amplio que sea el componente histórico que la acompaña. Y tampoco necesito que me respondan todas las dudas que pudiera tener (si fuera el caso) en torno a la «historicidad» de lo leído; y básicamente porque de una obra de ficción no espero eso, «historicidad», sino verosimilitud y plausibilidad. La «historicidad» la busco en la sección de no ficción de una librería, no en la de ficción. Pues, bien, vayamos a esa nota final del autor. Déjeme el lector que le transcriba algunos párrafos. Por ejemplo:

«Pero tal y como se cuenta en Yo, Julia, Pértinax es asesinado antes de poder reorganizar el Imperio y la pugna entre Juliano, Severo, Nigro y Albino se desata en toda su virulencia. Como el lector ha podido ver, será Septimio Severo el que se impondrá estableciendo la que es la cuarta y última dinastía alto-imperial: la dinastía Severa. La duda que me surge, tras escribir Yo, Julia, es hasta qué punto es correcto referirnos a esta dinastía con ese nombre y no con el apelativo de la dinastía de Julia, pues como se ha visto, mucho tuvo ella que ver en el establecimiento de esta nueva estirpe de emperadores. Es muy probable que, sin el empuje de su esposa, Septimio Severo no se habría atrevido a desafiar a tantos en tan poco tiempo y con esa fortaleza y convicción» (pp. 647-648).

Fíjese en esas frases destacadas en negrita; quizá al lector habitual de este tipo de novelas –y me refiero explícitamente a este exacto tipo de novelas, las de Santiago Posteguillo y seguidores–, esto no le dirá gran cosa, pero yo me quedé pasmado al leerlo, una vez finalizada la novela (lo que es el texto, apéndices al margen, que a veces parece que si no te lo has leído «todo» en realidad no has leído la novela…). Leyendo esa nota me pregunté (quizá sea retórico decirlo, de hecho, me convencí) hasta qué punto el autor mezcla dos esferas distintas: el ensayo histórico y la novela histórica. Porque –y he escogido sólo unos fragmentos, pero la nota entera trasluce mucho más– se da a entender que los hechos «son» como se ha contado en la novela, como el lector ha podido ver (sólo faltaba decir «constatar»); de este modo, respecto a la última frase resaltada, queda implícito que es en la novela como el lector puede descubrir la verdad histórica.

Suele haber novelas de tesis (el siglo XIX estuvo poblado de ellas, por ejemplo), en las que «se plantea como objetivo principal el desarrollo de una determinada opinión o ideología» (la definición es del Diccionario de la Real Academia Española), pero me pregunto si es que el autor ha querido convertir su novela en lo que no es: un ensayo, una obra que analiza hechos a partir de unos datos y unas fuentes (que suelen contrastarse y a los que se debe imponer una pertinente crítica textual). ¿Es Julia Domna, para los lectores (quién sabe incluso si para el autor), tal y como se cuenta en la novela? (remito a la frase final de esa nota: «En suma, así, tal y como se narra en Yo, Julia, fue como Julia Domna consiguió, al lado de su esposo, el control absoluto de Roma», p. 654, el resaltado es mío). Yendo más allá en esta reflexión: ¿es consciente el autor de lo arriesgado y peligroso de su propuesta para lectores neófitos en la materia, aquellos que se acercarán al personaje por primera vez desde su novela? Porque aquí no es que se estén borrando las barreras entre lo que fue un personaje histórico y lo que puede ser un personaje de una novela: aquí es que se está induciendo a la confusión. «No, hombre, el lector es lo suficientemente maduro para distinguir una cosa de la otra», se me dirá: ¿de verdad?, me pregunto, ¿de verdad van a quedar los lectores de una novela, más aún si no tienen los conocimientos sobre ese personaje y su época, los suficientemente advertidos de que una cosa es una obra de ficción (histórica), por muy entretenida que les pueda parecer, y otra la «realidad» histórica? Y añado las comillas en esto último pues, ya sobre un personaje del que existen muchas lagunas y no pocas imágenes distorsionadas en su época y en las décadas y siglos posteriores, cuesta hacerse un «retrato» completo y contrastado desde la labor del historiador.

Tampoco es que la novela de Posteguillo, como sus seis anteriores, «invente» nada nuevo. No deja de ser una versión más o menos moderna de la «historia novelada», es decir, de ese género en el que a un episodio o para el caso unos personajes históricos se les añade una prosa más o menos «literaria», pero sin un aliciente o un aporte netamente literarios propios; sin creatividad, si me apuran, sin desarrollo más allá de lo que unas fuentes históricas dejaron escrito sobre ellos. Glosar y aderezar para un lector actual, pero sin que realmente haya una «recreación», una construcción literaria desde la imaginación y la inventiva. Leyendo las seiscientas y pico páginas de esta novela, apéndices al margen, uno se queda con la sensación –ya intuida en sus dos trilogías anteriores– de que estamos, en gran parte, ante eso: una historia novelada, pero no exactamente ante una novela histórica.

Y, también en gran parte (o en toda ella si tuviera que apoyarme en lo que subyace en el fragmento antes destacado) por parte del autor en la nota final, donde volvemos a la dicotomía entre ensayo y novela, entre «ser» y «parecer»: «(…) ya era hora de que alguien se tomara un tiempo y un espacio de cierta extensión para contar su vida, lo cual he intentado hacer con el máximo nivel de historicidad posible» (p. 653, el resaltado es mío). No puedo dejar de resaltar en negrita esa frase pues delata claramente un problema (uno más) de esta novela a nivel de concepción: la búsqueda (no diré de manera obsesiva, pues eso supondría añadir un matiz que descalifica a quien lo hace y esta reseña no es una argumentación ad hominem) de la historicidad. No de la verosimilitud (la apariencia de verdad) o siquiera de la veracidad (la cualidad del que dice, usa y profesa siempre la verdad; remito a definiciones del DRAE), con la que estoy en desacuerdo para una novela histórica, pero digamos que aceptamos pulpo. No, la palabra empleada es historicidad: la cualidad de histórico, es decir, aquello «perteneciente o relativo a la historia», «que ha tenido existencia real y comprobada», que son las primeras dos acepciones del DRAE sobre dicho adjetivo. Porque hay una tercera acepción que se refiere a lo dicho de una obra literaria o cinematográfica, «de argumento alusivo a sucesos y personajes históricos sometidos a fabulación o recreación artísticas», pero la verdad, esta novela es escasa justamente a ese aspecto; la fabulación o la recreación artísticas.

Y no es que lo diga yo porque sí: el propio autor menciona en esa nota que «la mayor parte de las acciones narradas en Yo, Julia son históricas» y refiere la relación de personajes y hechos, incluidas las guerras civiles y las batallas de Issus y Lugdunum, «recreadas con fidelidad a los datos que poseemos» (ibid.); «y así la mayoría de hombres y mujeres que desfilan por el relato son auténticos e hicieron lo que se dice aquí» (pp. 653-654). Queda en la estricta ficción inventar el nombre a las esposas de Clodio Albino y Pescenio Nigro, Salinátrix y Mérula, respectivamente, «pues no queda claro en las fuentes clásicas cómo se llamaban», y los esclavos Lucia y Calidia, quizá lo realmente más interesante, como lector del género que tiene su novela, aunque no se esconde (una vez más) de añadir el autor que «lo que se cuenta, pues sobre los esclavos en esta novela (forma de conducirse ante los amos, trato recibido, el tráfico legal e ilegal de seres humanos y otras cuestiones) es real» (p. 654, el resaltado es mío).

Lo demás, y no es poco, es lo mismo que en las otras seis novelas de Posteguillo. Más de lo mismo, se podría decir: personajes esquemáticos, maniqueos y con pocos matices, salgarismo a saco y en prácticamente cada página, cada diálogo incluso; tramas y subtramas que se ven venir de lejos, con capítulos de relleno y finales de los mismos a lo cliffhanger para mantener en tensión de manera artificial a la propia trama y a los lectores. Llama la atención que, siendo esta vez una mujer la protagonista, se repitan los mismos defectos de sus anteriores héroes (Escipión y Trajano), pero cayendo también en estereotipos que, curiosamente, el autor quiere superar en su novela. Comenta en su nota: «La igualdad de género ha de construirse en el presente y pensando mucho en el futuro, aunque la igualdad también se hace no ya reescribiendo la historia o la historia de la literatura, pero sí completando la que tenemos elaborada con el añadido de todas aquellas mujeres importantes que existieron y que tantas veces hemos pasado por alto, para perjuicio de todos» (p. 650). Pero su Julia se tiñe de, si no los mismos desde luego muy parecidos, defectos que se les solía achacar en las fuentes y en una visión patriarcal de la feminidad.

Julia es inteligente, mucho, en la novela; de hecho, la más inteligente de todos los personajes, la que tiene las cosas claras desde el principio: no su marido, Septimio Severo, no sus enemigos, no sus colaboradores. Ella. Puede y debe entenderse y aplaudirse, además, que se dote de matices a un personaje femenino, y más a la hora de recrear a personajes femeninos de la antigüedad, pero no a costa de perpetuar los mismos estereotipos que luego se critican en la novela. La belleza de Julia se repite constantemente cuando se la menciona o habla de ella, en boca o pensamientos de otros personajes; una belleza capaz incluso de «hechizar» a los muchos hombres que la escuchan o hablan con ella, incluso cuando estos no le dan importancia (y ahí sí está bien reflejada la mentalidad de la época) por ser mujer. Una belleza que «define» al personaje, constantemente, mientras que la inteligencia tiene que ganársela y de hecho no es hasta el final de la novela cuando prácticamente todos, incluso sus enemigos (Plauciano, por ejemplo), le conceden esa inteligencia; porque, claro, hasta entonces la visión de aliados y enemigos, de su marido incluso en algunos momentos, es que esa inteligencia «esconde» algo; como si la inteligencia de los hombres no escondiera nada. Luego están párrafos como el siguiente, al inicio del capítulo LVIII (“Resolviendo”):

«Su esposo yacía medio desnudo a su lado. Acababa de llegar al éxtasis y estaba a punto de dormirse, pero ella sabía que no había mejor momento para persuadir a su marido de algo que los instantes posteriores a haber yacido juntos. Y disfrutado. Ambos. Y ella ni siquiera tenía que fingir. La pasión era mutua. El objetivo final que anhelaban ambos también. Estaban unidos de tantas formas… De esa unión nacía su fuerza.

Julia se tumbó de costado, ella desnuda por completo, y pasó una de sus piernas de piel tersa y suave por encima de uno de los muslos de su esposo»

Dese cuenta el lector que la que yace desnuda en el lecho es ella, no su marido el emperador, cuando lo normal, tras haber mantenido relaciones sexuales, es que ambos estuvieran desnudos; o quizá es que él tuvo frío y se tapó, y ella, pues no, pero ya es casualidad. Pero remarcar esa desnudez para, en el recuerdo del espectador, mantener esa belleza ideal del personaje, no deja de reiterar clichés y lugares comunes que se pretende romper. Del mismo modo, no deja de ser también muy curioso (por emplear un adjetivo) que sea una mujer, y de manera constante y desde luego cansina, quien llame «zorra» y «p*ta» a Julia. No un hombre, ya sea Plauciano, que desde siempre le ha tenido ojeriza, ya sean los emperadores rivales de Severo que pueden intuir el papel que juega Julia en el auge de este personaje. No, una mujer: Salinátrix, la esposa de Clodio Albino, que, en su último diálogo (final del capítulo LXXII), repite ese mantra: «—¡Estáis todos gobernados por una zorra, por una p*ta extranjera! (…) ¡Y un día lo lamentaréis todos!». Desde luego las mujeres también tachan de «p*ta» y «zorra» a otras mujeres, pero ¿era necesario recargar tanto ese aspecto a la hora de construir a un personaje? Un personaje femenino que se construye desde una visión las antípodas de la protagonista, la heroína, que nunca utiliza esos calificativos en referencia a su archienemiga.

Julia, en aras de elevarla precisamente a esa perfección de la que hacen gala los héroes posteguillanos, es la que mueve los hilos, la que orquesta el camino que llevará a Septimio Severo a convertirse en el único e indiscutible emperador. Ella es la que tiene una idea determinada que desencalla una situación (también la que pergeña un plan que ya el lector sabe desde el principio que no conducirá a nada, sólo a engordar la novela con páginas innecesarias). «Tenías razón. En todo», concluye Septimio al final de la novela. Sólo ella tuvo la clarividencia de ver las cosas y anticiparse a los problemas. A estas alturas, los héroes perfectos cansan, suelen hacerlo en las novelas de Posteguillo y esta no es una excepción. ¿La diferencia? Ahora es una mujer. Bravo por ello. Pero una mujer pintada con los mismos toques que los héroes anteriores y, si acaso, con decisiones argumentales mucho más discutibles. Eso ya no es tan laudable: de hecho, no debería ser la igualdad de género que el autor demanda en su nota.

Cabría añadir muchos más detalles, como que resulta poco o nada creíble que un personaje, a sus 51 años de edad, y en la noche previa a la continuación de una batalla que quedó en tablas entonces, mantenga relaciones sexuales (y alcance «el éxtasis», dicho así, «varias veces») cuando al día siguiente, ya desde primerísima hora de la mañana, debe estar concentrado y darlo todo en una contienda en la que se jugará la vida. Llaman bastante más atención errores de bulto en una novela que, recordemos incluye 163 referencias bibliográficas para «certificar» esa documentación de la que se quiere hacer gala. Por ejemplo, en referencia a Septimio Severo, cuando el personaje dice en la página 470: «Mis aliados naturales en Roma son los equites, la clase inferior de los caballeros», demostrando no saber (tampoco el autor) que los equites SON los caballeros. O, previamente, en la página 160, en referencia a un oficial militar (que por el nombre intuimos que volverá a aparecer y ser determinante en el futuro): «(…) Su familia pertenecía a la clase ecuestre —intermedia entre los patricios y los plebeyos—, pero sin demasiados recursos. (…)»; la «clase» (de nuevo aceptaremos pulpo, pero debería decirse orden) ecuestre no tiene nada que ver con la distinción entre patricios y plebeyos.

Que además se diga que «Augusto nombró a dos césares» (capítulo LIV) o que a Livia «sólo le interesaba que Augusto nombrara césar, heredero, a uno de los dos hijos de su anterior matrimonio» (capítulo LXIV) es confundir al lector con una afirmación que no es cierta: en época de Augusto, el primer (valga la redundancia) Princeps, no había una clara aceptación por parte de todos de que su heredero sería su sucesor en el poder monárquico, pero aún revestido con ropajes republicanos; y mucho menos se le llamaba «césar», como así sería siglos después. Distan doscientos de Augusto a Septimio Severo, la concepción netamente monárquica del poder imperial se va modificando: no es la misma con el primero, que desea presentarse como el primer ciudadano de un régimen republicano «restaurado», que con el segundo, en cuya época esa farsa ya no es necesaria fingirla. También resulta cansina, hasta el punto de que uno está tentado de lanzar la novela contra la pared, una muestra (más) de ese salgarismo al que está tan abonado el autor: ese mismo capítulo LXIV en el que, entre las páginas 537 y 547) y como quien no quiere la cosa, dos personajes hacen un repaso de los emperadores que hasta entonces han estado en el poder y quiénes fueron sus esposas; se los menciona a todos y se habla de sus mujeres (y de con quien se casaron estas anteriormente). Curiosamente, el autor lo menciona en su nota final como parte de su argumento por la «igualdad de género»:

«Hace ya tiempo que, profundizando en la historia antigua de Roma, he llegado a la conclusión de que si bien es muy posible que, dada la estructura patriarcal de Roma, hubiera muchos más hombres que mujeres en posiciones de relevancia, no es menos cierto que con frecuencia el historiador hombre y el novelista hombre han dejado de lado a figuras históricas femeninas de enorme impacto tan solo por el hecho de ser mujeres. Por ejemplo, creo que esta debe de ser la primera novela histórica en donde el autor se ha molestado en siquiera mencionar a todas las emperatrices de los dos primeros siglos del Imperio romano (en el repaso que se pone en boca del senador Claudio Pompeyano en el capítulo LXIV). ¿Acaso no eran importantes, influyentes y poderosas las emperatrices de Roma?» (p. 648).

Sinceramente, hay (si es posible) argumentaciones a favor del salgarismo, pero esta es una de las más peregrinas que me he encontrado en mi larga vida de lector del género.

Concluyamos. Santiago Posteguillo ha vuelto a perpetrar otra de sus extensas novelas, que además ha recibido el plácet del mundo editorial (o el galardón a una «trayectoria») con la concesión del Premio Planeta de este 2018 (dejo a la consideración de cada uno valorar esto como prefiera). Y lo hace con una novela que no aporta nada nuevo a lo que ya conocemos. Una, matizo, séptima novela que incide en los mismos problemas y deméritos habituales en su obra, con el agravante de que además ya se asume que lo que se está haciendo va más allá de la mera etiqueta de novela histórica. La suya es la última muestra de una parte de la novela histórica que cada vez es menos novela y más otra cosa (¿historia novelada?), y en la que lo histórico se ha comido casi por completo a lo estrictamente literario. Una novela sin ambición literaria, sin inventiva, sin imaginación incluso. Una novela que hará las delicias de sus (muchos) seguidores, contamos con ello, pero que nos debería alertar, si no lo había hecho antes, acerca de los caminos que asume un género que, reconozcámoslo, murió de éxito y está mutando en gran parte, pero mantengamos una cierta esperanza, por débil que sea, hacia la inanidad y su propio suicidio. En la dicotomía entre los apocalípticos y los integrados que estableciera Umberto Eco en una de sus obras seminales en relación con la cultura de masas, me temo que en esta ocasión y por mucho que me pese, me adhiero en la bancada de los primeros.

http://www.hislibris.com/yo-julia-santiago-posteguillo/#more-24664

¡Inmenso aplauso a este artículo que deja en evidencia, en esta crítica a Postaguillo, a la mayoría de novelistas "históricos" con tochos llenos de audaces afirmaciones de autenticidad que sonrojan, además de construir unos personajes tópicos, muy anacrónicos y en situaciones bastante ridículas.

Por eso en general reniego de la novela histórica, porque es muy dificil encontrarse con un "Yo, Claudio" o con un "El nombre de la rosa". Robert Graves deja bien claro que se basó en la historia escrita por Suetonio sobre la dinastia Julio-Claudia, y al hacerlo se cura en salud afirmando que lo narrado es lo que escribió ese historiador, por otra parte contrario a dicha dinastia, no afirma que su novela refleje la realidad histórica fiel y detallada, en absoluto. Y Umberto Eco supo recrear una abadia medieval con su biblioteca y el choque de mentalidades en el seno de la Iglesia, personificados en personajes de ficción, creados por él.

Por eso, cuando veo una novela histórica protagonizada por personajes que fueron reales puedes esperar que el autor lo convierta en héroe, por ser el prota, pues nadie empatiza con un personaje desagradable, no creo que nadie se atreva a hacer una novela con Hitler como prota, porque hay que entrar en su "humanidad" para que el lector le "entienda" y, claro, nadie está dispuesto a eso, pero puede ocurrir lo mismo con un personaje de la antigüedad y como nadie sabe apenas nada de él, pues a convertirlo en héroe.

Detesto la novela histórica, la gente cree que es una forma de "aprender historia" porque, como denuncia el autor del artículo, los autores intentan corroborar sus inventos como reales. Y es cierto que la novela histórica reproduce cliches que en la novela policiaca, de entretenimiento, pase, pero con personajes históricos...

Otra cosa es que escribas una novela con personajes inventados... pues bien, o que dejes bien claro que lo que narras es pura ficción y cualquier parecido con la realidad puede ser pura coincidencia, pues vale, pero nada que no hayas vivido tu mismo es fiable en la narración, es lo que afirmó Tucídides al escribir el ensayo "La guerra del Peloponeso", en la que él participó como general.

Y por eso, y por tergiversar los personajes para hacer patriotismo español, detesto las novelas históricas de Perez Reverte, por ejemplo, y tantos otros...
 
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1491 UNA NUEVA HISTORIA DE LAS AMÉRICAS ANTES DE COLÓN – Charles C. Mann
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1491.jpg
En muchas ocasiones, los títulos de los libros los carga el diablo, casi siempre en forma de departamento de marketing de la editorial de turno. Eso es lo que ha debido de pasar con éste. Situar en el encabezado: 1491 Una nueva historia de las Américas antes de Colón, sugiere exactamente eso, una novedosa sistematización histórica de los pueblos americanos antes de la llegada de los europeos. Pero no es así. Y la culpa, insisto, es de la editorial, pues la traducción literal del título original del libro es: 1491 Nuevas revelaciones sobre las Américas antes de Colón. Y eso si que refleja claramente el contenido del libro.

Charles C. Mann no es un historiador, es un periodista especializado en divulgación científica y técnica y trabaja para alguno de los más prestigiosos medios norteamericanos sobre el tema, incluida la mítica Science. Estamos, pues, ante un libro de divulgación histórica. Como tal periodista, lo primero que hace es mostrarnos el titular de su información, la premisa que intenta demostrar con el contenido de las 460 páginas que le siguen, incluidos apéndices. Y su premisa, a grandes rasgos, es la siguiente: la idea de que el continente americano era antes de la llegada de los europeos un territorio escasamente poblado; habitado por grupos humanos inmersos, salvo las excepciones de incas, aztecas o mayas, en una civilización poco desarrollada, ajenos a la tecnología, encerrados en sí mismos y en contacto idílico con la naturaleza, a la que apenas agredían, no es correcta. Antes al contrario, del estrecho de Bering a Tierra de Fuego, las tierras americanas estaban pobladas hasta esa fecha mítica por millones de personas, localizadas casi todas ellas en asentamientos permanentes; dotadas de una cultura enormemente rica y variada, con acceso a tecnologías avanzadas; con unos niveles de intercambio cultural y comercial entre ellas muy notable y con un importantísimo impacto sobre el medio natural, que cambiaron y roturaron en toda su vastedad, incluida la virginal amazonía. Todo ese universo cultural, muchos más amplio de lo que denotan los restos arqueológicos visibles de incas, mayas, aztecas y similares, despareció en muy poco tiempo después de la llegada de los europeos y durante mucho tiempo se creyó que apenas había existido. Pero existió y es constante la aparición de vestigios, rastros y datos de toda índole que respaldan la elaboración de nuevas interpretaciones históricas que certifican la existencia de un “lugar próspero, de asombrosa diversidad, con un tumulto de lenguas, con un comercio nutrido, con cultura notable; una región en la que decenas de millones de personas amaban y odiaban y adoraban igual que se hacía en cualquier otro lugar del mundo”. Son las revelaciones de las que habla en su titular original el autor de este libro.

Mann muestra el proceso cultural que ha llevado a esa errónea identificación de las tierras americanas precolombinas con el paraíso intocado poblado de buenos salvajes, tan del gusto de los indigenistas. A continuación nos abruma con una ingente cantidad de datos científicos que corroboran esa visión diferente de la vida en el continente. Tomando tres vías sobre las que desarrollar su discurso narrativo: la evaluación real del volumen de las poblaciones, su expansión por todo el continente y las pautas del desarrollo de una cultura técnicamente avanzada junto con la remodelación del territorio, va reconstruyendo lo que pudo ser la vida de esos pueblos antes de Colón. No es un análisis histórico, insisto de nuevo, sino una recopilación de las investigaciones y estudios más recientes sobre esos pueblos convenientemente vulgarizada para entendimiento general. Es pura tarea divulgadora.

El resultado es un poco dispar. Hay momentos en los que la avalancha de erudición, casi siempre contradictoria, es tal que el lector se pierde; mientras que en otros se disfruta de un caudal apreciable de información de alto interés que amplía las percepciones del lector sobre el tema. Pero, en conjunto, impresiona y se valora toda esa ingente información y el entusiasmo del autor por acercarla a sus lectores.

Vuelvo a recordar que el libro está escrito por un periodista, y eso puede ser problemático. Estamos, en el fondo, ante un gran reportaje. Un reportaje de periodista norteamericano, para más señas, lo que significa que el texto está convenientemente trufado de “datos de interés humano”, en línea con las tendencias periodísticas clásicas de ese país. Y eso puede resultar bastante molesto. Las peripecias de autor para llegar a los yacimientos arqueológicos; sus andanzas domésticas; los problemas logísticos padecidos; las charlas con personajes de todo tipo, desde las mantenidas con científicos de primera línea a las intrascendentes trabadas con taberneros y algunas experiencias personales verdaderamente audaces, como construirse una honda y hacer algunos lanzamientos de piedras, jalonan todo el texto y contribuyen a acentuar instintos insanos en el lector, como el saltarse varias páginas.

http://www.hislibris.com/1491-una-nueva-historia-de-las-americas-antes-de-colon-charles-c-mann/
 
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Cotejarán los restos de Cristóbal Colón con los de las distintas teorías para establecer su origen
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Cristobal Colon

Hay hasta cinco tesis acerca de la posible procedencia del almirante. La tecnología actual permite "afrontar el análisis definitivo" de los restos de Colón, su hijo y hermano. Se van a estudiar las muestras a lo largo de este año y 2018. Si finalmente, ningún resto de estas teorías coincide con la genética de los restos de Colón, prevalecerá la italiana.


EUROPA PRESS. 21.10.2017
El profesor José Antonio Lorente, director del Laboratorio de Genética Forense de la Universidad de Granada, ha manifestado su confianza en que en el año 2018 haya concluido el estudio que lleva a cabo sobre el origen de Cristóbal Colón y se pueda establecer "de manera definitiva" el mismo con el fin de que se resuelva el misterio alrededor de la procedencia del almirante ya que, además de la teoría italiana, hay hasta cinco tesis de sobre su posible origen. Así lo ha puesto de manifiesto el profesor José Antonio Lorente, quien ha ofrecido esta semana en la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA) en La Rábida, en la provincia de Huelva, una conferencia sobre 'Los últimos avances realizados y la estrategia de trabajo futura para la identificación de los restos del Almirante Cristóbal Colón'. En este sentido, Lorente ha sostenido que la tecnología actual permite "afrontar el análisis definitivo" de los restos de Colón, su hijo y hermano al cotejarlos con los restos de sus posibles antepasados, según las distintas teorías.

El origen de Colón genera un verdadero misterio a su alrededor ya que hay distintas tesis, como la relativa a su origen mallorquín, gallego, alcarreño (Guadalajara) e incluso dos más sobre su procedencia portuguesa y su vinculación a la familia real lusa. Todas estas, además, de la teoría italiana. Ante esto, Lorente ha explicado que van a estudiar las muestras a lo largo de este año y 2018 para intentar establecer algún dato que pueda confirmar las diferentes hipótesis que hay sobre el origen de Colón. "En todas esas teorías tenemos muestras con las que hacer una comparación directa y en ese sentido vamos a intentar trabajar a lo largo de los próximos meses para conseguir comprobar su origen", ha remarcado, antes de explicar que, si finalmente, ningún resto de estas teorías coincide con la genética de los restos de Colón, pues prevalecerá la italiana, aunque ha recordado que en Italia no hay restos de familiares directos a los que recurrir para hacer el cotejo. El trabajo de Lorente y su equipo comenzó en 2003, una vez localizaron los restos de Colón.

Una parte están enterrados en la catedral de Sevilla y hay otros en República Dominicana, donde "no hay un esqueleto completo por lo que todo lleva a pensar que la mitad están allí y luego se trajeron aquí la otra mitad". Así, fue en esta primera fase inicial del estudio cuando pudieron hacerse con restos del almirante, su hijo y hermano que ahora les permitirán compararlos con los de sus posibles familiares. Dentro de su arduo trabajo, entre los años 2010 y 2012 intentaron establecer el tipo de cromosoma Y de las personas apellidas 'Colombo' en Italia y 'Colom' en la zona de Cataluña, Baleares y Valencia pero "las tecnologías no eran suficientemente potentes" para ello. Así, ha contado que desde finales de 2016 ya disponen de las tecnologías adecuadas para poder establecer el origen, de manera que los promotores de las distintas teorías son los encargados de pedir los permisos para las exhumaciones que correspondan y así poder compararlos con los restos que en su día exhumaron de la catedral de Sevilla. En definitiva, Lorente ha mostrado su deseo de que finalmente se culmine este estudio y "se pueda aportar información objetiva sobre el origen de Colón que sirva a los historiadores".

http://www.20minutos.es/noticia/316...al-colon-distintas-teorias-establecer-origen/
Se sabe en que quedo esto?