Cuadernos de Historia

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La mitología grecoromana da para su propio hilo, recuerdo en el instituto un libro que cogí de la biblioteca que hablaba del tema y me maravillo, hay infinidad de mitos.
Por cierto no se si sabes que Troya existio, buscate la historia de Schliemann que fue el que la descubrió vi un reportaje de el en el canal historia creo recordar, que me encanto.
Arthur Evans descubrio unas ruinas de una sociedad bastante avanzada en las que vio un mosaico de un toro, suponen que son las ruinas de Creta, el toro es el minotauro, se cree que la leyenda se basa en que realmente existio un laberinto donde había un toro (lo del minotauro ya fue más imaginativo) y en ese laberinto se realizaban sacrificios.

¡Anda! ¿Hay alguien que no conozca la historia de Schliemann, obsesionado con la Iliada, casado con una griega e invirtiendo su fortuna en encontrar Troya, identificándola por fín en Troya VII? Y en historia del arte, ahi tenemos el arte minoico, Knossos, Teseo, Ariadna y su hilo, el Minotauro...Si, un hilo propio.
 
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¡Anda! ¿Hay alguien que no conozca la historia de Schliemann, obsesionado con la Iliada, casado con una griega e invirtiendo su fortuna en encontrar Troya, identificándola por fín en Troya VII? Y en historia del arte, ahi tenemos el arte minoico, Knossos, Teseo, Ariadna y su hilo, el Minotauro...Si, un hilo propio.

Yo no la conocía hasta hace un par de años, soy de la LOGSE historia daba la justa, lo poco que se es porque es un tema que me gusta y leo libros, veo documentales, busco paginas web y canales de youtube de esa temática y también porque mi novio me inicio al mundo de la recreación histórica y entre los recreadores hay unos cuantos historiadores que te cuentan la historia de una manera que hipnotiza. A ti se te ve bastante puesta en el tema, te dedicas a ello o eres una apasionada?
 
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Ofensiva del Tet: 'Los archivos del Pentágono' no fueron la peor filtración de Vietnam
La ofensiva que cambió la guerra y la historia del periodismo en EE.UU
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Ofensiva del Tet
AUTOR
JULIO MARTÍN ALARCÓN
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@Julio_M_Alarcon
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TIEMPO DE LECTURA17 min
30.01.2018 – 05:00 H.

Los actores principales de la primera gran debacle de la imagen pública del gobierno de EEUU sobre las mentiras de la guerra de Vietnam no fueron ni Katherine Graham, dueña del Washington Post, ni su director, Ben Bradlee, ni la redacción del periódico, tal y como narra la última obra de Steven Spielberg en los 'Los Archivos del Pentágono'. Entre ellos tampoco está ni siquiera Daniel Ellsberg, el hombre que sustrajo y fotocopió miles de documentos secretos -los denominados Papeles del Pentágono-, aunque éste sí participara de alguna forma en lo que ocurrió en marzo de 1968, tres años antes de los acontecimientos que narra la película.

Ellsberg se inspiró precisamente en la fuente anónima que filtró a los periodistas del New York Times, Neil Sheehan y Smith Hedrick, la revelación más grave e influyente de toda la historia de la Guerra de Vietnam: “Cuando contemplé el efecto de esta filtración fue como si se hubiera abierto el cielo. Entonces entendí lo más crucial, la habilidad del presidente para proseguir con la escalada militar, toda su estrategia durante la guerra dependía del secretismo y las mentiras” (Daniel Ellsberg, 'Secrets: A Memoir of Vietnam and the Pentagon Papers’, Penguin Books', 2003). Se refería a las deliberaciones y recomendaciones de la Junta del Estado Mayor para el presidente Lyndon B. Johnson como respuesta al ataque por sorpresa del Vietcong del 30 de enero de 1968: el inicio de la Ofensiva del Tet, de la que se cumple ahora medio siglo.

El plan militar acabó impreso en el periódico y como consecuencia, Ellsberg se convencería de que esa era la única forma de acabar con la guerra. A partir de ese momento comenzó a facilitar mensualmente secretos a los periodistas del Times, tres años antes de los Papeles del Pentágono, tal y como él mismo explica en sus memorias. La Torre de Babel que habían construido durante casi 15 años cuatro administraciones de EEUU con Dwight Eisenhower, John F. Kennedy y Lyndon B. Johnson al frente, comenzó a derrumbarse durante la madrugada de la celebración del cambio de año lunar vietnamita.

Música y petardos en la embajada
Los funcionarios de la embajada de EEUU en Saigón no se privaron de celebrar la vistosa festividad del 'Tet' que marca el año nuevo en Vietnam. George Jacobson, uno de los altos cargos diplomáticos ofreció una imponente fiesta de gala en el jardín de su chalet, en la que se encontraban la plana mayor de los funcionarios de EEUU incluido el embajador, Ellsworth Bunker y lo más granado de la sociedad survietnamita, con destacados representantes del gobierno al frente (Nick Turse, 'Dispara todo lo que se mueve', Sexto Piso, 2014).

A las 3:00 de la madrugada una sucesiva descarga de morteros y armas de fuego sacaron de la cama al anfitrión Jacobson

No había motivo para esconderse en sus casas, porque apenas dos meses antes, el general William Westmoreland, jefe supremo de las fuerzas de EEUU en Vietnam había anunciado durante una charla en el National Press Club que “estaban entrando en la “Fase final del esfuerzo bélico”. El Washington Post tituló al día siguiente con sus optimistas palabras: “El final de la guerra a la vista” (Daniel Ellsberg, 'Secrets'). Durante la agradable velada en la lujosa villa de Jacobson, los acordes de la banda de música se fundieron con los ruidos de unos petardos que formaban parte del festejo, destinados, como era tradicional, a espantar los malos espíritus del año nuevo.

Poco después de la simpática ráfaga se avecinaría el verdadero fin de fiesta. A las 3:00 de la madrugada una sucesiva descarga de morteros y armas de fuego sacaron de la cama al anfitrión Jacobson. Su residencia estaba dentro del recinto amurallado de dos hectáreas que protegían el imponente complejo diplomático estadounidense. Se había terminado tan sólo dos meses antes, después de que el secretario de Defensa, Robert McNamara advirtiera en 1965 al presidente Johnson de la necesidad de construir casi una fortaleza (Conversación telefónica entre McNamara y Johnson. Biblioteca LBJ. National Archives).

“¡Están entrando! ¡Ayudadme!"
Aún así, fue asaltada. Según informó el propio Westmoreland al presidente al día siguiente “una unidad formada por 20 soldados del vietcong equipada con armas automáticas, lanzacohetes, minas y granadas atacó el complejo de la embajada abriendo un boquete en una de las murallas exteriores por donde se introdujeron al jardín”, (Biblioteca LBJ).

Uno de los policías militares acertó a alertar a gritos por la radio: “¡Están entrando! ¡Ayudadme!” poco antes de ser abatido por el enemigo. Jacobson se encontró atrapado en el segundo piso del mismo chalet en donde habían bailado hace unas horas, cuando un guerrillero herido del vietcong se refugió en la planta baja. Lo único que pudieron hacer los marines por el diplomático, atrincherado en pijama y batín en su propia casa, fue lanzarle una pistola y una máscara de gas por la ventana para que se enfrentara él mismo al soldado del vietcong, al que logró eliminar, -Nick Turse, ‘Mata a todo lo que se mueve’-.



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Escena tras el asalto al complejo diplomático estadounidense en Vietnam en 1968


Al mismo tiempo, los marines acudieron a escoltar al embajador Ellsworth Bunker y se lo llevaron a toda prisa a las oficinas de la cancillería para quemar todos los documentos clasificados que pudieran mientras la Policía Militar seguía enzarzada en un tiroteo en el jardín del recinto con los asaltantes. Aunque Bunker quitaría hierro con posterioridad al ataque de la embajada (Ellsworth Bunker, 1980, Biblioteca LBJ) lo más grave es que esa noche, aproximadamente 600.000 guerrilleros del vietcong, un contingente superior al de todas las fuerzas militares de EEUU desplegadas, -unas 510.000 en esa fecha- habían penetrado sin ninguna dificultad en la misma capital de Vietnam del Sur. Ninguna ráfaga de petardos de año nuevo les iba a ahuyentar.

Los balbuceos de McNamara
Además de Saigón, esa noche el fuego enemigo batió prácticamente todas las ciudades del país. Entre ellas la importante ciudad de Hue, antigua capital imperial, donde se libraría más adelante la mayor batalla de la ofensiva, además de Da Nang, Vinh Long, Quang… y la estratégica base de Khe Sanh, en la frontera con Vietnam del Norte. El enclave había sufrido un pequeño ataque de diversión un día antes y acabaría asediada durante meses. Despertaría los fantasmas de Dien Bien Phu de 1954, cuando las unidades de élite francesas fueron aniquiladas durante la Guerra de Indochina, el colofón de su derrumbe colonial.

El secretario de Defensa McNamara reconoció que la ofensiva del vietcong era “una derrota psicológica y propagandística”

En Washington, 48 horas después del asalto, el secretario de Defensa, Robert McNamara trataba de explicarse por teléfono con el presidente. Quince minutos históricos que transcribe y reproduce El Confidencial de los archivos del presidente Lyndon B. Johnson, en los que queda claro que no sólo había sido una sorpresa total: “muestra que el enemigo es más fuerte de lo que pensábamos”, explicaba McNamara, sino que además era “una derrota psicológica y propagandística”. El secretario de Defensa reconocía que “por toda la nación, el pueblo americano se levantará está mañana con la sensación de que son mucho más fuertes de lo que se había previsto inicialmente” (Audio de la conversación Telefónica #12617. LBJ y McNamara, 1/31/1968, Biblioteca LBJ). Por supuesto, ninguna de estas conversaciones, estrictamente confidenciales, llegaban al público, ni a la prensa.

Dos días después de hablar por teléfono con McNamara, Johnson invitó a varios reporteros a la sala del Gabinete en donde les explicó que en realidad “esperaban el ataque y se habían preparado con anterioridad” -desmintiendo a McNamara-, que el enemigo “había fracasado completamente” y que no había habido “victoria psicológica”, tal y como apreciaría el pueblo americano “cuando conocieran los hechos” (Neil Sheehan, Hedrick, Kenworthy, Fox y Greenfield, ‘The Pentagon Papers: The Secret History of the Vietnam War’, Race Horse Publiching, 2017) . Una mala copia en negativo de lo que en privado le había trasmitido por teléfono su propio secretario de Defensa. Lo más grave es que en esa misma reunión aseguró que no estaba previsto ningún aumento de tropas de las 510.000 que servían entonces en Vietnam, que es precisamente lo que se plantearía inmediatamente después.

Las implicaciones de la Ofensiva del Tet eran demasiado incluso para Johnson, el hombre que era capaz de “hablar con los dos lados de la boca”, como se le conocía en Washington. Según transcurrieron las primeras semanas, la insoslayable realidad de los duros combates en las calles de las ciudades, a plena luz del día y no en los recónditos poblados o en la jungla, brindó a la prensa una cobertura en directo que despertó definitivamente a la opinión pública.

Se pasó a imágenes vívidas: fotos del horror, reportajes en televisión que mostraban los escombros de la ciudad imperial de Hue por donde deambulaban las tropas estadounidenses bajo el fuego enemigo. El reportero Walter Cronkite, la cara y la voz que se colaba por la televisión en los hogares de todo EEUU se posicionó en contra. Para rematar, la bomba periodística sobre Vietnam estalló un mes después, cuando el New York Times publicó lo que el gobierno preparaba como respuesta para hacer frente al nuevo escenario bélico tras la ofensiva.

La filtración que cambió la historia
En marzo, Ellsberg tuvo acceso a uno de los varios memorándum que había preparado la Junta de Jefes del Estado Mayor para el presidente y que consistían en las diferentes alternativas que proponían para encauzar de nuevo la guerra: “Mis miedos se confirmaron el 27 de febrero cuando leí el informe clasificado como alto secreto que había enviado el general Wheeler al presidente trasladando la petición de Westmoreland de 206.000 hombres más”. El documento al que se refería Ellsberg, provenía del estudio que había comenzado el 12 de febrero la Junta de Estado Mayor a petición de McNamara, y que había presentado tres planes:

1) Aumentar en 196.000 hombres a las tropas ya asignadas en Vietnam, 525.000, según el programa vigente, además de los seis batallones de emergencia,10.500 unidades, ya desplegadas, (un total de 206.500). Reducir las restricciones sobre las operaciones en Camboya y Laos

2) Mantener el actual programa autorizado de 525.000, sin variar la fuerza ya asignada de los seis batallones de emergencia de 10.500 hombres.

3) Aumentar en 50.00 hombres las tropas ya autorizadas de 525.000.

(National Archives: [Part IV. C. 6. c.] Evolution of the War. U.S. Ground Strategy and Force Deployments: 1965 - 1967. Volume III: Program 6)

Todos estos informes seguían siendo absolutamente secretos. A pesar de que muchos de los redactores de los informes tenían ya una postura decididamente contraria a continuar con la escalada militar en el sureste asiático, no parecía que nada pudiera parar la espiral. Lo mismo ocurría con muchos militares: uno de los oficiales expresó que con la campaña aérea, “básicamente estaban luchando contra la tasa de natalidad de Vietnam del Norte” (National Archives. Evolution of the War. Volume III). Ni siquiera Ellsberg se había decidido todavía a desvelar material clasificado. El primer plan era una petición directa de Westmoreland, que secundaba el general Joseph Wheeler, Jefe de la Junta del Estado Mayor. Significaba aumentar en unos 206.000 soldados el contingente de Vietnam.

Cuando se seguían discutiendo los pormenores de las alternativas, que incluían la petición de Westmoreland de que los primeros 100.000 hombres fueran enviados antes del 1 de mayo, saltó la primicia que cogió por primera vez en fuera de juego a todo el gobierno. La mañana del 10 de marzo de 1968, el New York Times publicó un historia de Sheehan y Hedrick sobre el incremento de tropas, que en la práctica significaba la movilización casi total de la reserva: "WESTMORELAND PIDE 206.000 HOMBRES MÁS, Y DESATA UNA POLÉMICA EN EL GOBIERNO. ACTUALMENTE HAY 510.00".



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Portada del New York Times del 10 de marzo de 1968


La información era tan precisa y fidedigna, no sólo por que clavaba el número exacto de tropas -que salía de la suma del Plan I-, que fue imposible de desmentir. En su crónica Sheehan y Hedrick, ahondaban más allá de la cifra. Recogían detalles como que a la propuesta inicial de Westmoreland le había seguido un viaje del general Wheeler a Saigón de tres días para evaluar la propuesta -New York Times, 10 de marzo de 1968-, como corroborarían los Papeles del Pentágono años después. Wheeler había vuelto el 28, convencido de las peticiones de éste último, y el presidente era proclive a acceder a sus recomendaciones. La pieza metía además el dedo en la llaga al señalar las disensiones dentro del gobierno con el polémico plan.

Cuando estalló el escándalo, Clark Clifford el nuevo secretario de Defensa que había sustituido a McNamara y que se oponía al plan, ordenó investigar la filtración y la Casa Blanca se apresuró a achicar agua con la explicación de que sólo era una “petición preliminar y no una recomendación formal”. En realidad, se trataba nada menos que de un elaborado documento de la Junta del Estado Mayor que se estaba discutiendo en ese momento.

El presidente Johnson se vio tna presionado que, por primera vez en toda la guerra, decidió detener la escalada bélica

Lyndon B. Johnson se ajustó como pudo a las circunstancias, dado que era imposible negar la existencia del plan. Según Hedrick, los cada vez más numerosos desencuentros dentro del propio gobierno, la preocupación del Congreso, las críticas generalizadas en la prensa y la opinión pública desfavorable, le presionaron de tal forma, que por primera vez en toda la guerra decidió detener la escalada bélica.

No había forma ya de convencer prácticamente a nadie de que un aumento de tropas fuera a cambiar nada. Lo mismo ocurría con la evaluación de la Ofensiva del Tet. En su fase inicial había resultado ciertamente un fracaso para el Vietcong, puesto que no consiguieron su principal objetivo, que era provocar un levantamiento general en Vietmam del Sur. Sin embargo, ya nadie lo veía así. Era imposible creerse a Westmoreland dos veces: el que vaticinaba en noviembre de 1968 que se estaba llegando al final de la guerra, y el que en febrero del año siguiente explicaba que, en realidad, el Tet les beneficiaba. A la fuerza una de las dos tenía que ser falsa, sino ambas. Lo más preocupante es que pasara lo que pasara, la receta era siempre la misma: más soldados.

Garganta Profunda
El artículo de portada del New York Times se llevó por delante al general William Westmoreland, que fue ascendido a Jefe del Estado Mayor: “una forma de quitarle del medio del teatro de operaciones”, según el periodista del Times, Hedrick Smith -Pentagon Papers-. Johnson anunciaría poco después, en abril, que renunciaba a la reelección. Robert McNamara se libró porque que ya había salido del gobierno, tal y como se había previsto con anterioridad.

Algunos autores han insinuado que Daniel Ellsberg pudo ser la fuente anónima, pero éste reitera en sus memorias que fue más bien su inspiración: “fuera quien fuera éste héroe, patriota o simplemente un indiscreto, me había abierto los ojos (…) Hasta ese momento pesaba que desvelar secretos era traición. Estaba equivocado. Filtrarlos podía ser un acto patriótico (…) A mediados de marzo fui por primera vez a la redacción de un periódico con informes y telegramas clasificados para dárselos a un periodista. Escogí a Neil Sheehan”. Se convirtió en una rutina. El reportero del Times matiza que fue también su persuasión durante los siguientes años los que acabarían por convencer al analista de dar un paso más rotundo (Sheehan, ‘Pentagon Papers’). Los documentos no cayeron solos por la inspiración. En 1971, Ellsberg dio el paso definitivo cuando decidió llevarse de la RAND Corporation varias cajas con los documentos para fotocopiarlos: los papeles que llegarían primero al NYT y después al Post, el resto es historia.

El escándalo de los Papeles del Pentágono le cayó a Richard Nixon: fue la primera batalla que libró y perdió con la prensa

Es tentador pensar que la ‘Garganta Profunda’ que abrió la caja de Pandora fuera el propio McNamara, pero poco probable. La decisión de crear el panel de expertos que recabara información de la guerra en el momento en que se producía fue suya, pero su objetivo era precisamente que quedara como legado para posteriores investigaciones. Paradójicamente, sirvió para todo lo contrario: tanto los periodistas del NYT como los del Post trabajaron a contrarreloj con porciones de documentos clasificados para recomponer un puzzle peliagudo en un salto a menudo sin red. Un buen ejemplo del valor del periodismo de investigación como primer borrador de la historia.

El escándalo de los Papeles del Pentágono le cayó a Richard Nixon, que había llegado a la presidencia en su segundo intento en 1969. Fue la primera batalla que libró y perdió con la prensa. La segunda, el escándalo Watergate destapado por el Post le costaría el cargo. De forma oportunista, uno de los puntales de su campaña había sido la promesa de la retirada de tropas, espoleado por la demanda popular que ya no sólo se ceñía a las protestas en las universidades. Pero cuando se sentó en la Casa Blanca sus promesas se difuminaron. Las conversaciones de Paz con Vietnam del Norte estaban en marcha desde 1968 con continuas interrupciones sin que se avanzara de forma significativa.

La guerra privada de Nixon
Su respuesta fue aumentar los bombardeos, y más concretamente extenderlos a Camboya. Al igual que su predecesor, sus asesores le convencieron de que era la única forma de acabar con la pesadilla para mantener el “prestigio” y la “credibilidad” del gobierno de EEUU. Mintió y le pillaron. Con el nuevo plan de “vietnamización” del conflicto, tal y como denominó a la retirada de tropas, a excepción de la fuerza aérea, se puede concluir que Nixon fue el presidente que inició el fin de EEUU de Vietnam, Kennedy el que lo comenzó y Johnson, el responsable de la principal pesadilla, con la inestimable ayuda de McNamara y Westmoreland. Pero con su intervención en Camboya, Nixon despertó de las profundidades del campo a los Jemeres Rojos de Pol Pot. Su posterior apoyo a los insurgentes camboyanos, enemigos de sus vecinos de Vietnam del Norte, facilitó uno de los mayores genocidios de la Historia.

EE.UU no solo perdió la “credibilidad” y el “prestigio”. Hasta el final de la guerra en 1975, murieron más de 58.000 soldados de EE.UU y 75.000 quedaron gravemente discapacitados. Sus aliados vietnamitas perdieron a más de 254.000 y sus enemigos del norte aproximadamente a un millón, a los que habría que sumar 300.000 que aún siguen desaparecidos. Otros 65.000 fallecieron a causa de las incursiones aéreas de EEUU según las cifras de Nick Turse. Es casi imposible de precisar el número de desarmados campesinos de Vietnam del Sur que los mismos soldados estadounidenses masacraron sin motivo. La célebre matanza de My Lai, acaecida en marzo de 1968, no fue una excepción aislada, sino una constante, consecuencia del “Search and Destroy”, el “Body Count” o el “Kill Ratio”, los mantras de la estrategia militar en Vietnam. “Buscar y Destruir”, “Tanteo de Cadáveres” y “Ratio de Muertos”. En definitiva, toda la estrategia militar se resumía en una única y cruda consigna: matar a todo lo que se moviera.

https://www.elconfidencial.com/cultura/2018-01-30/archivos-del-pentafono-ofensiva-del-tet_1513118/

Vietnam siempre coleará en los USA., aunque no lo quieran reconocer. Pero es un episodio que quieren dar por olvidado, esa es la mejor prueba. Por ejemplo, el Pentágono hace años permitió a ciudadanos europeos nacidos de fugaces romances de soldados de la I y II Guerra Mundial con europeas, conocer el paradero de su padre. Pero eso se negó a los coreanos y a los vietnamitas, lo que muestra algo más, es decir, el racismo que ensucia todo lo que tocan los USA.

Las salvajadas ocurridas en el Sudeste Asiatico, fuese en Vietnam o en Camboya o Laos, todas provocadas por la intervención useña... Apocalypse New...

Pensar que dieron el Nobel de la Paz a Kissinger, un halcón sin escrúpulos, por haber dado carpetazo a Vietnam traicionando a sus colaboradores de Vietnam del Sur, el mismo tipo que habia apoyado el golpe de Estado de Chile y ordenado la muerte del presidente Allende si era preciso... Gran película "Desaparecido", de Costa Gavras.
 
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Yo no la conocía hasta hace un par de años, soy de la LOGSE historia daba la justa, lo poco que se es porque es un tema que me gusta y leo libros, veo documentales, busco paginas web y canales de youtube de esa temática y también porque mi novio me inicio al mundo de la recreación histórica y entre los recreadores hay unos cuantos historiadores que te cuentan la historia de una manera que hipnotiza. A ti se te ve bastante puesta en el tema, te dedicas a ello o eres una apasionada?

Desde pequeña me encantó la historia, la serie Erase una vez el hombre, etc. En la escuela era mi asignatura favorita y supe que no podría licenciarme en otra cosa que no fuese Historia...

¡Bienvenida a la pasión por la Historia! No saber historia es como ser huérfano respecto a tus padres, no llegar a comprender nunca por qué el mundo es hoy tal como es. Y conocer ejemplos de errores que no deben repetirse pero el hombre, por codicia, siempre tropieza en la misma piedra, y sin saber historia, ni digamos...

Leo muchos ensayos sobre Historia, pero no todo es sesudo. Ahora estoy leyendo una historia fantástica de Connie Willis, de ciencia-ficción, sobre los peligros de viajar al pasado, se llama "El apagón".
 
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LAS 9 CAUSAS DEL RECHAZO PORTUGUÉS A LA MONARQUÍA ESPAÑOLA

En 1580, en tiempos de Felipe II, Portugal pasó a formar parte de la monarquía hispánica. En 1640, en los de su nieto Felipe IV, el país vecino decidió luchar por otro soberano. ¿Qué pasó en aquellos sesenta años para que Lisboa diera ese paso?

José Calvo Poyato 18/01/2018

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Juan IV es proclamado rey de Portugal.



En el castillo de Tomar se reunieron las Cortes portuguesas que en 1581 reconocieron a Felipe II como soberano de Portugal. El rey español era hijo de la infanta portuguesa Isabel de Avís –esposa del emperador Carlos V– y nieto de Manuel I de Portugal. Sus derechos dinásticos tomaron cuerpo al morir sin descendencia su sobrino, el rey Sebastián I, en el desastre portugués en Alcazarquivir. Su muerte dejó el trono en manos de otro de sus tíos, el cardenal don Enrique, que al fallecer puso fin a la casa de Avís.

Felipe II hubo de enfrentarse a las aspiraciones del prior de Crato, don Antonio, hijo bastardo del infante Luis de Portugal y, por tanto, también nieto de Manuel I. El prior se proclamó rey, apoyado por el bajo clero y las clases populares, que lo aclamaron como el candidato “natural”, frente a Felipe II, un extranjero.

El rey español reaccionó con la invasión de Portugal con un ejército a las órdenes del duque de Alba. Tras la victoria de Alcántara, a las puertas de Lisboa, sus tropas entraron sin problemas en la capital portuguesa.

Portugal se incorporaba así a la monarquía hispánica. Sin embargo, el reinado de los Austrias terminaría solo sesenta años después con una guerra. Estas son nueve causas del rechazo de los portugueses a los reyes españoles.



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Retrato de Felipe II.



1. El miedo a la anexión

Pese a la rápida victoria militar, la proclamación de Felipe II como soberano de Portugal no fue una empresa fácil. Existían sospechas de que, en realidad, supusiera la anexión del reino a la Corona de Castilla. Eso explica que el reconocimiento de las Cortes, donde estaban representados los estamentos del reino (clero, nobleza y povo, las ciudades), fuera un proceso complejo.

Las Cortes se reunieron en Tomar para pactar las condiciones en que se aceptaba a Felipe como monarca y Portugal entraba a formar parte de la monarquía hispana.

Las Cortes se reunieron en Tomar para pactar las condiciones en que se aceptaba a Felipe como monarca y Portugal entraba a formar parte de la monarquía hispana. Aquellos acuerdos suponían la aceptación de las particularidades lusas en el seno de la monarquía. Portugal se regiría por sus leyes y mantendría sus instituciones, y en modo alguno su incorporación podría ser considerada una anexión a la Corona de Castilla.

Con el acuerdo alcanzado se alejaba el fantasma de la anexión y nacía el llamado Portugal de los Felipes: Felipe II, Felipe III y Felipe IV, que para los lusitanos serán Felipe I, Felipe II y Felipe III.



2. El recelo de la baja nobleza

La sociedad portuguesa mantenía estructuras feudales, aunque era muy heterogénea, lo que se tradujo en opositores y detractores de la nueva dinastía. Los fidalgos (un puñado de familias con gran poder económico y político) secundaron la unión dinástica, esperando los cargos y prebendas que podía ofrecerles la monarquía más poderosa de la época. Los nobres (la baja nobleza), que no los esperaban, se mostraron mucho más recelosos.

Otro tanto ocurría con el alto y el bajo clero. Los separaba un abismo económico y social. Las grandes dignidades eclesiásticas, ligadas familiarmente a los fidalgos, apoyaron a la nueva dinastía.El bajo clero se opuso a ella desde el primer momento.



3. La resistencia popular

La heterogeneidad del estamento popular era aún mayor, al tener cabida en él desde campesinos sin tierra hasta pequeños y medianos propietarios, pasando por los artesanos y la burguesía, que acaparó el gobierno de las ciudades. Los estratos más bajos rechazaron desde el principio a Felipe II. Primero, respaldando las aspiraciones del prior de Crato, y después mostrando su descontento en los numerosos motines con que respondieron a una fiscalidad creciente.



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Retrato de Antonio, prior de Crato.



La resistencia a la nueva dinastía no desapareció nunca entre las clases populares. Su mala disposición a reconocer a los Felipes dio lugar al mito del sebastianismo. Se trataba de una especie de mesianismo, alentado por el hecho de no haberse encontrado nunca el cadáver de don Sebastián. Muchos portugueses se aferraron a la creencia de que el rey aparecería en el momento oportuno para expulsar al monarca extranjero.



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El rey Sebastián I de Portugal dio origen al mito del sebastianismo.



4. La lejanía del rey

Felipe II permaneció en Lisboa de finales de 1580 a febrero de 1583. Durante su estancia procuróatenuar el repudio de las clases populares y evitó herir la sensibilidad de los naturales del reino.

La lejanía del monarca fue un argumento de los enemigos de la dinastía, que lo consideraban un abandono de los intereses lusitanos.

Sin embargo, con la marcha de Felipe II se inauguró el gobierno de los virreyes, la mayoría portugueses de la más alta esfera. La lejanía del monarca, en un reino que siempre había sentido la proximidad de su soberano, fue un argumento de los enemigos de la dinastía, que lo consideraron un abandono de los intereses lusitanos.



5. La indiferencia por los intereses lusos

En el reinado de Felipe III la tensión no dejó de aumentar, y bajo Felipe IV el malestar estalló en revuelta. El escaso apego de los nobres a la nueva dinastía fue cada vez más patente. Un momento clave lo encontramos en 1609, durante el reinado de Felipe III, cuando se firmó la Tregua de los Doce Años entre la monarquía hispánica y los holandeses. El acuerdo provocó en Lisboa grandes protestas, porque no contemplaba la salvaguarda de las colonias portuguesas en Oriente.

Sucedía en unas fechas en las que el imperio colonial lusitano sufría los ataques de ingleses y holandeses, y la llamada Carreira da Índia soportaba cada vez peor la competencia de las compañías privadas de estos países.



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Mapa portugués de la India, de 1630.



6. Las cargas de la guerra

Con la disminución de los cargos de gobierno coloniales, los nobres, empobrecidos, veían menguar sus posibilidades de prosperar. A ello se sumaron, en las décadas finales del período, las contribuciones, cada vez más onerosas, que imponía la política de prestigio impulsada por el conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV. Se pretendía restablecer la hegemonía del Imperio como potencia internacional, para lo que se recurría a un programa agresivo, que representaba la incursión en unos siempre caros conflictos bélicos.

Al descontento del bajo clero se agregó el de las altas dignidades eclesiásticas. Las razones de su desafección hay que buscarlas en el desasosiego que generaron los impuestos con que la Corona gravó a la Iglesia lusitana, argumentando que, si tenía que defenderse la labor de los misioneros en Oriente, la Iglesia debía colaborar en esa defensa.



7. La Unión de Armas

El reinado de Felipe IV, con Olivares en el poder, significó un aumento de los problemas. El valido recortó privilegios a la nobleza, y en 1626 puso en práctica la llamada Unión de Armas. En virtud de ella, cada reino debía aportar un número de hombres para la defensa de la monarquía. A Portugal le correspondieron 16.000, dentro de la planta de 140.000 soldados que se exigirían al conjunto de los territorios. Tal disposición, que era un primer paso hacia la conversión de la monarquía en un Estado centralizado, provocó una reacción muy negativa en Portugal.



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Retrato ecuestre del conde-duque de Olivares.



8. Más tributos “indecentes”

En la década de 1630 la situación empeoró. La Corona quería ingresos para la defensa de las colonias, y por ello en 1632 se exigió un impuesto extraordinario, que suponía la mitad del salario anual, a todos los oficiales de justicia del rey en Portugal.

La Corona quería ingresos para la defensa de las colonias, y por ello exigió un impuesto extraordinario a todos los oficiales de justicia del rey en Portugal, hecho que extendió el malestar.

Fue calificado como “tributo indecente” y, con él, el malestar contra la monarquía de los Austrias se extendió todavía más. Madrid priorizaba sus compromisos exteriores por encima de los particularismos de cualquiera de sus reinos.

Poco después estalló en Évora, la segunda ciudad lusa, un motín contra un impuesto que gravaba el trigo en un momento de carestía. Otras ciudades siguieron el ejemplo, y la insurrección se prolongó durante varios meses, con el apoyo de los jesuitas y la pasividad de los gobernantes. Finalizó cuando Madrid otorgó un perdón general, con algunas excepciones, pero se mantuvo el impuesto.



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La muerte de Miguel de Vasconcelos.



9. Un llamamiento inoportuno

Ese ambiente imperaba en Portugal cuando se produjo la revuelta catalana de junio de 1640. Felipe IV hizo un llamamiento a la nobleza lusa para ayudar a aplastarla. La inquietud aumentó y desencadenó el levantamiento del 1 de diciembre, cuando un grupo de fidalgos y nobres asaltó el palacio de la virreina.

Aunque apenas encontraron resistencia, mataron al secretario Miguel de Vasconcelos, que en Lisboa era la personificación del poder real. El arzobispo de la ciudad, Rodrigo da Cunha, salió en procesión para bendecir lo ocurrido, y el pueblo aclamó al duque de Braganza, que aguardaba acontecimientos, como Juan IV. Tanto la nobleza y el clero como el estamento popular, por causas muy diferentes, habían protagonizado la rebelión.

Muchos hablaban del “rey de invierno” para referirse al duque de Braganza, asumiendo que en primavera los castellanos marcharían sobre Lisboa. Sin embargo, la guerra contra los holandeses, la lucha con Francia y la revuelta catalana, a la que se dio prioridad, hicieron que la temida marcha no se produjera. Felipe IV carecía de medios para hacer frente a la sublevación de Portugal. Cuando Madrid pudo reaccionar, dos decenios después, la nueva casa real, a la que los portugueses consideraban restauradora de la legitimidad dinástica, se había asentado. La independencia de Portugal era un hecho, que sería reconocido en el Tratado de Lisboa, firmado en 1668.



Este texto se basa en un artículo publicado en el número 562 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a [email protected].
 
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HISTORIA MEDIEVAL

12 AÑOS CLAVE EN LA VIDA DE JUAN SIN TIERRA

El rey Juan sin Tierra, hermano de Ricardo Corazón de León, arrastra una pésima fama. Presentamos doce años clave para la vida del monarca.


Eva Millet 24/01/2018
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El rey Juan Sin Tierra en una cacería.



Fue su padre, Enrique II, primer rey de Inglaterra de la casa Plantagenet, quien le apodó “Sin Tierra” cuando Juan tenía dos años. Toda una profecía para un niño que, aunque heredaría finalmente las posesiones que conformaban el llamado Imperio angevino (territorio acumulado por Enrique a golpe de guerras y por su matrimonio con Leonor de Aquitania, la mujer más rica de su tiempo), sería incapaz de conservarlas.

Su padre fue rey de Inglaterra, duque de Normandía y de Aquitania, conde de Anjou, de Maine y de Nantes y señor de Irlanda. Enrique también controló, en distintos períodos, Gales, Escocia y Bretaña. Su poder solamente tenía parangón con el del emperador Federico I Barbarroja, en el este de Europa.

Juan estuvo al margen de aquel primer reparto de la herencia familiar, ganando a cambio un apodo que, sin duda, lo marcaría a nivel personal. Estos fueron algunos de los años clave en la vida del futuro monarca inglés:



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Juan fue el menor de los ocho vástagos (a la dcha.) de Enrique II y Leonor de Aquitania.



1167

Nació en Oxford en 1167. Juan fue el menor de los ocho vástagos de Enrique II y Leonor de Aquitania, la pareja más influyente en la Europa de mediados del siglo XII. Cuando nació, Enrique gobernaba en un territorio que se extendía desde el sur de Francia hasta la frontera entre Inglaterra y Escocia. En cuanto tuvo la edad, el más pequeño de los Plantagenet fue enviado a estudiar a un monasterio, lejos de sus padres. El lugar escogido era una institución excepcional: la abadía de Fontevraud, en Anjou.



1183

Su padre, Enrique II, empezó a tener en cuenta a Juan tras la muerte de su hermano mayor Enrique, por disentería, en 1183. Juan tenía entonces dieciséis años y, en uno de sus famosos arranques de impulsividad, su padre le ordenó enfrentarse a Ricardo y reclamar el ducado de Aquitania. Obedeció Juan, fracasando en la primera de las muchas batallas que perdería a lo largo de su vida.



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Claustro de la Abadía de Fontevraud. Foto: Wikimedia Commons / Jean-Christophe Benoist / CC BY-SA 3.0.



1185

En abril de 1185, con una tropa de trescientos soldados y una importante suma de dinero en las alforjas, Enrique II lo destinó a Irlanda en calidad de “Señor” de la misma. La misión de Juan era arrebatar el control del territorio a Hugo de Lacy, un caballero que siempre había sido leal a Enrique II, pero del cual el rey desconfiaba en ese momento. El periplo de Juan en Irlanda fue un nuevo desastre: a su ya notoria crueldad con sus oponentes se unieron su ineptitud política y sus gustos extravagantes (le apasionaban las joyas), que hicieron que se quedara sin fondos para las tropas. Tras ocho meses de periplo y sin lograr los apoyos para ejercer de “Señor de Irlanda”, volvió a Inglaterra, derrotado.



1189

En esta fecha, Ricardo, temeroso de no ser nombrado heredero, se rebeló contra su padre. Se alió con el rey Felipe Augusto de Francia y ambos declararon la guerra a Enrique II. Juan se unió a ellos. Enfermo y abandonado por casi toda su familia, el monarca falleció el 6 de julio, en la fortaleza real de Chinon.

Ricardo I Corazón de León otorgó a Juan diversos títulos y tierras entre las que se encontraba el condado de Nottingham, marco de las historias de Robin Hood.

Ricardo I Corazón de León fue coronado en la abadía de Westminster en septiembre de ese mismo año. El nuevo monarca otorgó a Juan el título de conde de Mortain, lo ratificó como Señor de Irlanda y lo prometió con Isabel, heredera del condado de Gloucester. Asimismo, le otorgó una vasta extensión de tierras en Inglaterra. Entre ellas, las del condado de Nottingham, marco de las historias de Robin Hood, el arquero que robaba a los ricos para ayudar a los pobres.



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Coronación de Ricardo I en la abadía de Westminster.



1194

Juan, ante la noticia de que Ricardo iba a reconocer como heredero a Arturo, hijo de su hermano mayor Godofredo, intentó derrocar al rey ausente, aliándose con el siempre dispuesto Felipe Augusto de Francia.

El segundo intento de rebelión lo abortó la vuelta de Ricardo en 1194, que había sido hecho prisionero del archiduque Leopoldo de Austria. Con el retorno del rey, Juan fue desterrado y desposeído de sus tierras. Sin embargo, unos meses después, su hermano lo perdonó.



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Castillo de Chinon, donde murió Enrique II. Foto: Wikimedia Commons / Franck Badaire / CC BY-SA 3.0.



1199

Ricardo, epítome del rey guerrero y ausente, murió a causa de una herida de ballesta en una nueva batalla contra Felipe Augusto. “En su lecho de muerte nombró sucesor a Juan, pese a que, por la ley de primogenitura, su sobrino Arturo debería haberlo sucedido. De este modo, y pese a su rivalidad, Ricardo y Juan conspiraron para mantener la Corona en la familia inmediata”, escribe el autor Mike Ibeji. Juan I fue coronado en la abadía de Westminster el 27 de mayo de 1199. Tenía 32 años.



1204

El nuevo rey provocó el primer conflicto de su reinado al disolver su matrimonio con Isabel de Gloucester para, a continuación, secuestrar a la jovencísima Isabel de Angulema, de doce años, prometida de Hugo de Lusignan, y esposarse con ella. Este acto fue un agravio para la poderosa casa de Lusignan y desembocó en una nueva guerra entre Juan y Felipe Augusto, que se saldó conla pérdida de Normandía en 1204.



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Retrato del papa Inocencio III.



1206

En 1206, Anjou, Maine y partes de Poitou también pasaron a manos del rey francés. Estas pérdidas territoriales supusieron un gran revés para Juan y le obligaron a residir casi de forma permanente en Inglaterra, lo que implicó que fuera el primer rey inglés desde la conquista normanda que habló este idioma con fluidez.

El gobierno de Juan se caracterizó por una fortísima presión tributaria y una interferencia cada vez mayor en los privilegios de la nobleza.

Su presencia constante en suelo inglés se tradujo en la construcción de una administración muy eficiente, supervisada por el propio Juan. Un gobierno caracterizado por una fortísima presión tributaria y una interferencia cada vez mayor en los privilegios de la nobleza.



1208

Juan desencadenó un agrio enfrentamiento con el papa Inocencio III a causa del nombramiento del nuevo arzobispo de Canterbury. Se negaba a aceptar al candidato del pontífice, lo que conllevó su excomunión y la amenaza de una cruzada, liderada por Felipe Augusto, para colocar en el trono a su hijo Luis. Consciente de que sus barones apoyarían la cruzada, el rey cedió finalmente ante el papa.



1212

La obsesión de Juan por recuperar los territorios perdidos, su empecinamiento contra el papa y su afán recaudatorio estuvieron a punto de costarle también el trono de Inglaterra. En agosto de 1212,diversos miembros de la nobleza, hartos de sus injerencias, se confabularon para asesinarlo durante una expedición militar. Juan consiguió zafarse y, dos años después, lanzó una nueva campaña para retomar sus antiguas tierras francesas. Fue otro sonado fracaso.



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La Carta Magna que Juan sancionó en 1215.



1215

A su retorno a Inglaterra, derrotado, se enfrentó a un descontento cada vez mayor de los barones, liderados por Robert Fitzwalter, que se tradujo en el estallido de la guerra civil en 1215. Los rebeldes llegaron a sitiar Londres. Al ver que tenía todas las de perder, Juan aceptó negociar con sus oponentes.

Juan I sancionó la Carta Magna en junio de 1215, por la cual se comprometía a respetar los derechos de los señores feudales y someterse a la legislación inglesa.

La paz se ofrecía bajo una condición: la firma de un acuerdo –conocido como Carta Magna– en el que el rey se comprometía a respetar los derechos de los señores feudales y someterse a la legislación inglesa. Juan I sancionó la Carta Magna en junio de 1215, a orillas del Támesis.



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La catedral de Worcester, donde está enterrado Juan I. Foto: Wikimedia Commons / Diliff / CC BY-SA 3.0.



1216

La paz, sin embargo, duró poco: tres meses después de la firma, el soberano convenció al papa de que declarase el documento ilegal, con el pretexto de que interfería con los derechos reales. Ambos bandos volvieron a las armas, aunque esta vez los nobles ingleses contaban con el apoyo de Felipe Augusto. El conflicto se zanjó con el fallecimiento de Juan en el castillo de Newark, en Nottingham, en 1216. Tenía 49 años, y murió debido a la disentería y el agotamiento físico y mental. Fue enterrado en la catedral de Worcester.



Si quieres saber más acerca de Juan Sin Tierra y su reinado en Inglaterra, consulta el artículo principal publicado en el número 599 de la revista Historia y Vida.