Crónica Negra. Asesinos, atravesando siglos.

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Hoy 01 de noviembre de 2017, me he dado cuenta que estaba posteando en unidades sueltas casos de asesinatos, tanto referidos a víctimas como a victimarios. Con objeto de no extender innecesariamente el "tapiz" de Crímenes, desaparecidos, paranormal; pienso que lo mejor es centrar todos los casos en un solo Hilo, pues a esto voy.
Los acontecimientos más cruentos también son un reflejo de las sociedades en todas las épocas. Por tanto en este recién nacido post se analizan pormenorizadamente todos aquellos que han tenido una trascendencia internacional, omitiendo los casos de asesinatos políticos y los provocados por el terrorismo.
Ni que decir tiene que queda absolutamente fuera de lugar el posteo de imágenes escabrosas y la narración buscando el sensacionalismo y fuera de la crónica fría, aséptica y como si de un atestado policial o forense se tratara; que es el terreno acotado por el que deberán, obligatoriamente, caminar estas historias.
Casos e historias, narrados para informar y para prevenir los "modus operandi" de cada tipología de [email protected] Nada más, pero tampoco nada menos.
Como siempre, muchas gracias a [email protected] por vuestro aliento, motivo y "gasolina" de todos mis posteos.
Comienza el descenso a los "infiernos".
José María Jarabo
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  • Clasificación: Asesino itinerante
  • Características: Para recuperar una carta y un anillo empeñado
  • Número de víctimas: 4
  • Periodo de actividad: 19 / 21 de julio de 1958
  • Fecha de detención: 23 de julio de 1958
  • Fecha de nacimiento: 28 de abril de 1923
  • Perfil de las víctimas: Paulina Ramos Serrano, 26 / Amparo Alonso Bravo, 30 / Emilio Fernández Díaz, 45 / Félix López Robledo, 42
  • Método de matar: Arma blanca - Arma de fuego
  • Localización: Madrid, España
  • Estado: Ejecutado en el garrote vil el 4 de julio de 1959
Índice

Los crímenes de José María Jarabo
José María de Vega

El cálido verano de 1958 trajo al calendario de la crónica negra el suceso más resonante de los últimos tiempos. Me atrevo a decir que habría que remontarse muchos años atrás -acaso treinta- para encontrar un caso que provocara tal expectación, tal ansiedad, no ya en Madrid, escenario de los sangrientos hechos, sino en España entera.

Debo recordar con legitimo orgullo el extraordinario esfuerzo informativo realizado por el equipo -el reducido equipo- que constituía por aquella época la Redacción de El Caso. Durante tres días y tres noches, sin reposo ni desmayo, tres magníficos periodistas -el fallecido José Quílez Vicente, Julio Camarero y José María Jiménez Aguirre- y dos «ases» del periodismo gráfico -Manuel de Mora y Pepe Escamilla- no conocieron el descanso en su afán de servir a los lectores la información más amplia, más veraz y más palpitante.

El público respondió espléndidamente a aquel esfuerzo. El número 325 de El Caso, que llevaba la fecha del sábado 26 de julio de 1958, fue materialmente arrebatado de las manos de los vendedores. Una tirada que se acercaba a los cuatrocientos mil ejemplares -y que batía todas las marcas de los periódicos madrileños desde los años anteriores a nuestra guerra civil- apenas bastó para satisfacer una demanda popular extraordinaria.

Todavía hoy, cuando es imposible encontrar ejemplares de aquella edición -como no sea en las colecciones de las hemerotecas- se recuerda el éxito informativo alcanzado por El Caso en tal ocasión. Naturalmente en proporción directa a nuestra popularidad aumentó el número de los resentidos y de los envidiosos que nos manifestaron su abierta hostilidad. La verdad es que esto último no nos quitó nunca el sueño. Habíamos cumplido con nuestro deber y eso nos bastaba.

En la madrileña calle de Alcalde Sainz de Baranda, en el número 19, existía una tienda de compraventa de alhajas, ropas, mantones de Manila… La tienda había pertenecido en principio a un solo propietario: don Félix López Robledo, de cuarenta y dos años de edad por aquellas fechas, madrileño y casado, aunque separado de su esposa. Pero desde principios de 1956 el señor López Robledo había incorporado al negocio a un amigo, don Emilio Fernández Díez, de cuarenta y seis años, natural de León y que había vivido un par de lustros en Méjico, donde se había hecho con una regular fortuna, que al volver a la patria y afincarse en Madrid quiso emplear en algún productivo negocio. Por ello se asoció con el señor López Robledo, y el establecimiento de Sainz de Baranda, que llevaba el nombre comercial de Jusfer, entró en una fase de gran actividad, que proporcionaba pingües y provechosas ganancias a sus dos propietarios.

Estos, justo es decirlo, trabajaban de firme para merecer tales beneficios. Don Félix López Robledo, que como hemos dicho estaba separado de su esposa (ella vivía al otro extremo de Madrid, con las dos hijas del matrimonio), había adquirido un piso muy cerca de la tienda: en la calle de Fernán González, número 57, donde hacía vida marital con doña Ángeles de las Nieves Mayoral Martín, de treinta y cinco años por entonces.

Don Emilio Fernández Díez, por su parte, se había casado hacía poco con una bella joven, llamada Amparo Alonso Bravo, y había comprado otro piso, también en lugar cercano: en el número 57 de la calle de Lope de Rueda, casi esquina a la de Sainz de Baranda.

Los dos socios, vecinos, pues, de barrio, se reunían todas las mañanas alrededor de las nueve en la esquina de la calle de Narváez y marchaban juntos al establecimiento de su propiedad, que ellos mismos abrían, permaneciendo en él toda la mañana. A mediodía se iban a sus respectivos domicilios y a primera hora de la tarde volvían a reunirse, abrían de nuevo la tienda y seguían en ella hasta la hora del cierre. Todos cuantos les conocían sabían, por tanto, de su capacidad de trabajo, y les constaba además que entre ambos reinaba la mayor armonía.

Son las nueve y media de la mañana del lunes 21 de julio de 1958. Una mujer llama en la portería del número 19 de Sainz de Baranda y pregunta:

-Oiga, ¿saben ustedes por qué no está abierta todavía la tienda de compraventa?

-No sabía que estuviera cerrada, y me extraña, porque los dueños suelen ser muy puntuales.

Y agregó la portera:

-Como ayer fue domingo se habrán marchado de excursión y habrán vuelto tarde. Pero no creo que se retrasen mucho.

La cliente se marchó y no ocurrió nada hasta una hora después, en que otras dos señoras se presentaron en la portería haciendo idéntica pregunta. La tienda permanecía cerrada. La portera acompañó a la última de aquéllas hasta la puerta que comunicaba la trastienda con el portal. Llamó insistentemente, pero no obtuvo respuesta.

A eso de las doce de la mañana, otra parroquiana, que sin duda necesitaba realizar una operación urgente y que conocía el domicilio particular de don Félix, en la calle de Fernán González, se presentó en él y comunicó a doña Ángeles Mayoral lo que sucedía.

-¡Pero si salió esta mañana a las nueve, como siempre, para reunirse con su socio…!

Y como la visitante le manifestara que la tienda estaba cerrada y que nadie contestaba a las llamadas, doña Ángeles, francamente alarmada, corrió a la calle de Sainz de Baranda. Tenía ella un duplicado de la llave de la trastienda, y abrió. Unos segundos después salía a la calle dando gritos de espanto y desesperación:

-¡Le han asesinado!

Efectivamente, como pudieron comprobar las primeras autoridades que penetraron en el establecimiento Jusfer, don Félix López Robledo yacía en medio de un gran charco de sangre, junto a la abierta caja de caudales, rodeada de vitrinas de objetos de todas clases, en revuelto montón.

Cuando llegó el Juzgado de guardia, que aquel día era el número 21 de los de Instrucción y Primera Instancia de Madrid, el médico forense, doctor Martínez Sellés, hizo un somero examen del cadáver y comunicó al juez, llamado don Carlos de la Cuesta y Rodríguez de Valcárcel, que la muerte había sido producida por martillazos en la cabeza y navajazos en la cara, cuello y nuca. El infortunado don Félix debió sostener una lucha feroz con su agresor, porque presentaba grandes raspaduras en los nudillos, como si se hubiera defendido a puñetazos.

Evidentemente, el asesino -o los asesinos- debía ser persona conocida del señor López Robledo, ya que de lo contrario éste no lo hubiera dejado pasar por la puerta de la trastienda.

En estas condiciones, lo que primero le interesaba a la Policía era localizar al otro socio comanditario, a don Emilio Fernández Díez. Fueron, pues, al número 57 de la calle de Lope de Rueda y llamaron repetidamente en el piso cuarto exterior derecha, donde vivía el matrimonio en unión de una joven sirvienta llamada Paulina Ramos. Pero sus timbrazos y sus golpes en la puerta fueron infructuosos. Nadie respondía ni se oía el menor ruido en el interior. Preguntado el portero de la finca, éste dijo que la última vez que viera al inquilino del cuarto derecha fue poco después de las nueve de la noche del sábado anterior, cuando regresaba de la tienda de compraventa. El domingo no los vio. Ese día vinieron dos personas a preguntar por ellos: un fontanero, a quien don Emilio había avisado para que fuera a hacer una chapuza, y el novio de la sirvienta Paulina Ramos. Ambos pulsaron repetidamente el timbre del piso, sin que nadie respondiera. Pero el portero no dio mucha importancia a la cosa, pensando que se habrían ido de excursión a la sierra, huyendo del agobiante calor que hacía por aquellos días en Madrid. Sí que le extrañó no ver salir al señor Fernández Díez a las nueve de la mañana de aquel lunes, como hacía invariablemente.

Este nuevo misterio obligó al magistrado instructor a tomar una rápida decisión: firmó un mandamiento de registro del piso que habitaba don Emilio Fernández Díez, y a él se encaminaron los inspectores de la Brigada de Investigación Criminal encargados del caso. Nuevas llamadas al timbre, nuevo silencio, y se llevó a un cerrajero para que forzase la puerta. Pronto el misterio quedó aclarado, trágicamente aclarado.

Tras atravesar un pasillo-hall llegaron los policías a la cocina y de allí al cuarto que ocupaba la doméstica. En él, tendida en la cama, en ropas de dormir y con un cuchillo de manufactura mejicana clavado en el corazón, estaba el cuerpo sin vida de la infeliz Paulina Ramos.

Unos pasos más en su dramático recorrido y llegaron al cuarto de baño. Echado de bruces sobre la bañera estaba don Emilio Fernández Díez, en mangas de camisa. Había sido muerto a tiros. Y unos metros más allá, en la alcoba del matrimonio, encontraron el cadáver de doña Amparo Alonso Bravo, la dueña de la casa. Se hallaba mal arrodillada junto al lecho, completamente vestida, y su muerte también había sido producida por disparos de pistola.

Aquí terminaba la serie sangrienta. Ahora empezaba el trabajo de la Policía de la Brigada de Investigación Criminal madrileña para determinar quién había sido el autor de esas cuatro muertes.

Porque la autopsia efectuada a las víctimas demostraba que había sido una sola persona -presumiblemente un hombre, a juzgar por la lucha que había sostenido con el señor López Robledo- quien había ejecutado los cuatro asesinatos. Era también indudable que el matrimonio Fernández Díez y la sirvienta Paulina habían hallado la muerte el sábado por la noche o todo lo más en la madrugada del domingo, mientras que don Félix López Robledo era seguro que había sido asesinado el lunes por la mañana. Es decir, que el criminal, con una sangre fría escalofriante, había dejado transcurrir más de veinticuatro horas entre su paso por la calle de Lope de Rueda y su entrada en la tienda de compraventa de Sainz de Baranda.

¿Cuál era el móvil de esta cuádruple matanza? No parecía ser el robo, puesto que tanto en Jusfer como en casa de don Emilio habían encontrado dinero y alhajas en cantidad suficiente para tentar al ladrón más elemental. Claro que en las relaciones entre los dueños de un establecimiento de compraventa y sus parroquianos siempre hay motivos de fricciones económicas, de prendas empeñadas, de pagarés a punto de vencer, de préstamos impagados… Por lo pronto, los investigadores se incautaron de los libros de direcciones que encontraron en la tienda, de las agendas de ambos socios y de las listas de teléfonos que hallaron entre sus papeles.

Pero, claro, esta era una labor ímproba que requería meses enteros para desembrollarla. Y aquí el tiempo apremiaba, antes de que las posibles pistas se «enfriasen».

Para los inspectores de la B.I.C., había un dato, un solo dato, proporcionado por el médico forense, que se les presentaba como muy valioso. Aseguraba el doctor Martínez Sellés que en el transcurso de la breve lucha que el señor López Robledo sostuvo con su agresor, éste tenía que haberse salpicado su ropa de sangre en cantidad considerable, dada la naturaleza de las heridas causadas por el martillo y el cuchillo empleados. Parecía inverosímil que en pleno verano aquel hombre pudiera haber pasado inadvertido por las calles que componen el barrio de Sainz de Baranda, Narváez. etc…. sin abrigo ni gabardina que ocultasen aquellas manchas delatoras. Había tenido suerte, pero su traje debía estar materialmente empapado en sangre.

Hay muchas tintorerías en Madrid -centenares de ellas-, pero todas fueron visitadas aquella misma tarde del lunes por los hombres de la B.I.C. En cada una de ellas preguntaban lo mismo:

-¿Les han traído a ustedes algún traje con manchas que pudieran ser de sangre?

Y después de exigir la discreción más absoluta, ordenaban:

-Si ven ustedes algo por el estilo, no dejen de avisarnos inmediatamente.

Era una posibilidad muy remota, pero no había que desdeñarla. En principio, parecía muy improbable que un asesino frío y cauteloso como aquel a quien perseguían mandase al tinte el traje que habría de servir de pieza de convicción contra él. Pero los policías saben que a veces los delincuentes cometen esos errores que tan providenciales son para los que sirven a la Justicia. ¡Quién sabe!

La sagacidad de los inspectores fue recompensada. En una de sus visitas llegaron a la tintorería Julcán, en la calle de Orense, número 49, en la barriada de los Cuatro Caminos, propiedad de los hermanos Cándido y Julián García Aguilera.

-Sí -les dijeron los dueños de la tintorería-. Esta mañana ha venido un antiguo cliente nuestro, el señor Morris, con un traje marrón de verano para que se lo limpiásemos de aquí a mañana. Por lo visto, anoche se peleó con unos americanos en una sala de fiestas y a causa de los puñetazos se manchó de sangre todo el pantalón y parte de la americana. Además, nos dejó este maletín para que se lo guardásemos.

Inspeccionaron el maletín. Dentro había una pistola.

Parecía demasiado fácil para ser verdad. El «señor Morris», cuyo domicilio desconocían los tintoreros, era un hombre joven, simpático y un tanto sinvergüenza. Era cliente suyo desde hacía varios años desde cuando los hermanos García Aguilera tenían su establecimiento al final de la calle de Goya, y no era precisamente un cliente muy deseable. Aunque gastaba fuertes sumas de dinero y tenía un buen vestuario, luego pasaba por etapas de penuria y les dejaba a deber el importe de la limpieza de sus trajes e incluso les pedía dinero prestado para hacer frente a algún urgente compromiso. En estos momentos les debía más de trescientas pesetas.

Sí; parecía demasiado fácil para ser verdad. Seguramente Morris, aquel joven simpático y juerguista que había quedado en recoger su traje a la mañana siguiente, no se atrevería a presentarse; sobre todo teniendo en cuenta que la prensa madrileña ya había dado la noticia del hallazgo de los cuatro cadáveres en las calles de Sainz de Baranda y de Lope de Rueda.

Sin embargo se montó la espera. Cuando se abrió la tintorería en la mañana del martes, un inspector se metió en la trastienda acompañado por uno de los hermanos García Aguilera, mientras el otro se quedaba tras el mostrador atendiendo al negocio. A las diez de la mañana, una furgoneta de la Policía, en la que viajaban cuatro inspectores más y doña Ángeles Mayoral (la habían llevado por si reconocía a alguno de los clientes de la tienda de compraventa), se detenía en una calle adyacente, desde la que no era visible para los que llegasen a la puerta de la tintorería.

A eso de las once de la mañana se paraba un taxi ante la casa de Orense, número 49. En su interior iban dos mujeres y un hombre. El hombre -cuyas señas coincidían con las del «señor Morris»- se apeó y entró en el establecimiento. Venía cantando alegremente, y don Cándido García Aguilera le saludó:

-¡Qué contento viene usted hoy, señor Morris!

Todo sucedió con rapidez cinematográfica. Mientras los ocupantes de la furgoneta policial rodeaban el taxi e inmovilizaban a sus ocupantes, el inspector que estaba en la trastienda apareció empuñando una pistola y ordenando:

-¡Manos arriba! ¡No se mueva!

-¿Qué es esto? ¿Por qué me detienen?

El «clic» de las esposas sobre sus muñecas fue la única respuesta.

Los trasladaron a todos a los locales de la B.I.C, en donde se puso en claro la personalidad de las dos mujeres que acompañaban en el taxi al «señor Morris». Eran dos chicas de la llamada «vida fácil» que habían hecho compañía durante toda la noche al joven calavera. Cuando a las pocas horas se enteraron de que su amigo de ocasión era el asesino del que se ocupaba toda la Prensa de Madrid, es fácil imaginar su temblorosa reacción de infinito espanto.

José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris. Buena ficha. Hijo de un español y de una puertorriqueña, tenía treinta y seis años cuando ocurrieron los hechos que estamos relatando. Su vida había sido la de un aventurero. Parece ser que el divorcio de sus padres no contribuyó precisamente a que recibiera una educación esmerada. Su madre le daba todos los caprichos e hizo de él un inadaptado, un golfo.

Viajó desde muy temprana edad por todo el mundo, después de haber estudiado el bachillerato en Madrid, en el Colegio del Pilar. En Nueva York fue condenado a una corta temporada de cárcel por poseer fotografías pornográficas. Se casó en los Estados Unidos. de donde le expulsaron por indeseable, lo mismo que de Cuba y de Puerto Rico.

Se instaló en Madrid, donde, según él, se dedicaba a representaciones comerciales, que siempre fueron un tanto fantásticas. En realidad vivía del dinero que le mandaba su esposa desde Norteamérica. Juergas, vino, mujeres…

Cuando la Policía le detuvo llevaba un documento de identidad a nombre de Jaime Martínez Valmaseda, natural de Reinosa (Santander), nacido el 8 de enero de 1917, hijo de Jaime y María, de estado casado y de profesión médico. También llevaba unas tarjetas de visita a nombre de Jaime Martínez Valmaseda, «médico psiquiatra», y domiciliado en Puerto Pi, en Palma de Mallorca.

No era esto sólo. En sus primeras investigaciones la Policía averiguó que el detenido había usado todo un rosario de diferentes nombres, cuya lista merece la pena consignarse: José Pérez Jarabo-Morris, José Pérez Morris, José Morris Pérez y José Pérez Jarabo Angulo. Como se ve, salvo en este último apellido, la imaginación creadora no era su fuerte.

Tardó dos días en confesar sus crímenes, y cuando la hizo dio la siguiente versión:

Dijo que en 1955 había conocido a los dueños de la tienda de compraventa. Varias veces empeñó en ella alhajas para salir de los apuros en que le colocaba su vida disipada en la capital de España. Entre otras, pignoró un brillante propiedad de una señorita inglesa, y para recuperarlo le presentó a los prestamistas una carta autógrafa de ella, con la que se quedaron ambos socios.

Aquella carta, según Jarabo, tuvo la culpa de todo. El sábado 19 de julio, por la noche, fue a casa de don Emilio Fernández Díez a que le devolviese la carta. Charlaron al principio amistosamente, y el dueño de la casa le invitó a una copa de coñac. Pero cuando le habló de la carta de la inglesa, don Emilio contestó que no sabía a qué se refería. Discutieron y el señor Fernández Díez, volviendo la espalda a su interlocutor, se dirigió al cuarto de baño con la intención -siempre según Jarabo- de apoderarse de una pistola que tenía sobre la tabla del servicio.

-Entonces -explicaba muy serio- saqué mi pistola para defenderme y disparé.

Luego le dio un golpe a la criada para atontarla y que no gritase. Y en ese momento llegó de la calle doña Amparo, la esposa de Emilio. Jarabo, a quien no conocía, le abrió la puerta y la dijo que era un inspector de Hacienda, y que su marido había ido a declarar y volvería pronto. Estuvo hablando con ella, pero como oyera que Paulina se rebullía en su habitación y la señora se alarmase, él no tuvo más remedio que disparar sobre ella. Luego volvió al cuarto de la chica y la silenció para siempre.

La muerte de López Robledo la explicó así:

-Estuve durmiendo casi todo el domingo. El lunes me desperté a las siete de la mañana y llamé por teléfono a don Félix. Mi obsesión era recuperar la carta. Me citó en la tienda de Sainz de Baranda, adonde llegué a eso de las nueve y pico. Llamé por la puerta del portal y me abrió él mismo. Le obligué, pistola en mano, a retroceder al interior de la trastienda. En un momento dado se abalanzó sobre mí y no tuve más remedio que matarle.

Eso fue todo por el momento. La Policía, en un cortísimo espacio de tiempo, había aclarado uno de los más horribles sucesos de todas las épocas. Ahora le tocaba actuar a la Justicia, que habría de decir la última palabra.

El 29 de enero de 1959, cuando comenzó la vista de la causa ante la Audiencia Provincial de Madrid, perduraba todavía el recuerdo del «caso Jarabo» en la opinión pública. El Palacio de las Salesas fue verdaderamente sitiado por una multitud que pretendía hallar un puesto en el interior de la sala donde había de celebrarse el juicio oral. Una larguísima cola, formada por personas de todas las edades y condición social, se extendía desde la puerta de la sala, dando la vuelta por el amplio hall del Palacio de Justicia, hasta las escaleras y la acera de la calle del Marqués de la Ensenada, desde donde seguía hasta la calle de Génova, por la que bajaba hasta cerca de la plaza de Colón.

El Tribunal, presidido por don Antonio Ochoa Olaya, estaba formado por cinco magistrados, ya que solicitaban nada menos que cuatro penas de muerte para el procesado.

El Ministerio Público estaba representado por don Eleuterio González Zapatero, uno de los fiscales de más prestigio en la Audiencia madrileña. Junto a él se sentaban los cuatro acusadores particulares representando a las familias de las cuatro víctimas, y que eran: don Roberto Reyes, por los herederos de doña Amparo; don Álvaro Núñez Maturana, por los del esposo de aquélla, Emilio Fernández Díez; don Luis Roa, en representación de las hijas de Félix López Robledo y don Luis Perezagua, que actuaba en nombre de los familiares de Paulina Ramos.

En el banco de enfrente se sentaba el defensor de Jarabo, don Antonio Pérez Sama, catedrático de Derecho penal, asistido por el letrado don Cesáreo Pérez y Pérez Abascal.

José María Jarabo causó buena impresión entre el público, a pesar de su nariz achatada como la de un boxeador. Alto y fuerte, tenía aire de hombre distinguido, vestido pulcramente. Sus respuestas a las preguntas de acusadores y defensores fueron dichas en tono sereno, sin perder jamás la compostura. Pidió que se le quitasen las esposas y el Presidente consultó con el capitán de la Policía Armada que mandaba la fuerza que custodiaba al reo. Este oficial dijo que sí a condición de que se le permitiese reforzar la guardia que compartía el banquillo con el preso. De manera que Jarabo declaró con las manos libres, pero rodeado por ocho números de la Policía Armada.

La causa duró más de una semana, exactamente hasta el 6 de febrero, en que quedó visto para sentencia. Un brillantísimo torneo oratorio entre todas las partes. El señor Ferrer Sama alegaba la eximente de enajenación mental y su magnífico informe, cuajado de términos médicos, terminaba solicitando la libre absolución para su patrocinado. O en alternativa pedía que se le considerase autor de cuatro homicidios simples con una serie de atenuantes, por lo que procedía imponerle penas muy leves.

Pero la sentencia, hecha pública el 10 de febrero, recogía sustancialmente las tesis acusatorias. Consideraba a José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, como autor responsable de cuatro delitos de robo con homicidio, con la concurrencia de las agravantes de alevosía, y premeditación en todos, de nocturnidad en tres (los crímenes de Lope de Rueda) y de desprecio de s*x* en dos (doña Amparo y Paulina). En su virtud le condenaba a cuatro penas de muerte y a que pagase una indemnización de 200.000 pesetas a los herederos de cada una de las víctimas.

El Tribunal Supremo estudió en mayo de aquel mismo año de 1959 el recurso obligado, siempre que se trata de la pena de muerte. Mas su fallo definitivo e inapelable fue confirmatorio del de la Audiencia de Madrid.

Y así, la Justicia dijo su última palabra.

El 4 de julio de 1959, en el patio de la Prisión Provincial de Madrid, fue ejecutado a garrote vil José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris. Al día siguiente se facilitó una nota oficial a la Prensa (una nota escueta) dando cuenta del cumplimiento de la sentencia. En ella se decía:

«Por el reo o su representación legal han sido agotados todos los trámites y recursos legales que el ordenamiento jurídico penal le brindaba. Después de desestimado el recurso de casación por el Supremo, se devolvieron los autos a la Audiencia Provincial madrileña para que, previa audiencia del fiscal, informara sobre si había algún motivo de equidad que aconsejara el indulto. Este informe fue negativo, como, asimismo, el del fiscal del Tribunal Supremo. El alto organismo comunicó entonces al Ministerio de Justicia el resultado de ambos informes, y previa deliberación del Consejo de ministros fue denegado el indulto.»

El reo conservó su entereza hasta el final. Pasó la noche fumando y tomando tazas de café. Cuando salió del recinto de la cárcel y contempló el extraño aparato que le esperaba, se tambaleó ostensiblemente y hubieron de sostenerle, mientras el verdugo cubría su cabeza con el compasivo paño negro que le impediría ver los últimos y terribles preparativos.

«Negocio» para el diablo – El caso Jarabo
Francisco Hernández Castaneda

José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris; nada menos que todo eso. Lo que se dice un chico de buena familia; ciertamente un poco talludito ya para hacer tonterías, y más para cometer cuatro crímenes en cadena como quien lava, y en menos de cuarenta y ocho horas. Definitivamente, un estúpido como la inmensa mayoría de los criminales, y buena prueba de ello su conclusión en el patíbulo.

Tampoco en el protagonista de estas páginas del mundo del crimen vale el tópico de la sociedad responsable de la anormalidad criminal. José María Jarabo, «nacido en buenos pañales» -como se decía en el tiempo viejo- y con una cultura casi realmente universitaria, podía permitirse el lujo de vivir del modo más burgués y ocioso del mundo con sólo haber sabido adecuar sus gastos a los respetables ingresos, procedentes de tierras americanas, que, en giros puntuales y mensuales, le remitía su familia.

Jarabo subió al patíbulo porque, en la vista de la causa, quedó patente que el hombre del banquillo, de loco, nada; que había matado una vez, y otra, y otra y una cuarta teniendo exacta conciencia de la gravedad mayúscula de tales actos y sin importarle una higa su bestial colección de crímenes.

Tiene Jarabo un problema serio el día 19 de julio de 1958; sencillamente, el de que está sin un cuarto; mala cosa para quien sólo alcanza satisfacciones con el soporte del dinero. Y como el hombre tiene un problema y el propósito de resolverlo sobre la marcha, como sea, y una pistola, y el ánimo dispuesto a hacer uso de ella si la cosa se tercia, halla pronto una solución que maldito si se detiene un segundo en reflexionar sobre sus posibles consecuencias. Total, triple crimen en la calle de Lope de Rueda, número 57, sin que le tiemble el pulso ante ninguno de ellos, y, aproximadamente treinta y cuatro horas más tarde -para cerrar con broche de sangre y espanto su biografía criminal-, el cuarto homicidio en la calle del Alcalde Sainz de Baranda, número 19.

Podría considerarse el cuádruple crimen como obra de un monstruo desde luego; presunción que se afianzaría al reflexionar sobre la carencia absoluta de arrepentimiento o remordimiento en el bárbaro exterminador de vidas humanas, patentizándose en el hecho de que permanezca toda una noche en el piso donde ha dejado tres cadáveres como dantesco centinela de la muerte.

¿Móvil de la espantosa carnicería? Jarabo dirá que fue el de recuperar determinada joya y cierta carta altamente comprometedora; pero durante el desarrollo del juicio, uno de los abogados acusadores, don Roberto Reyes, proclamará: «Jarabo no fue a reclamar algo de su pertenencia. Se dedicó a robar y a llevarse joyas y documentos que jamás habían sido suyos.»

Mujeres, mujeres, mujeres
Mujeres; he aquí el punto que acaso podría constituir el soporte, el gran soporte -y no el de la locura para establecer ante el tribunal el supuesto de la anormalidad del acusado, y sentarlo, al menos, como atenuante.

Porque Jarabo era, por lo visto, un hombre de exacerbada sexualidad. Un cachondo -cachondo, según algunos etimólogos, derivado del término latino catuliens, que está en celo, y según otros de la voz, también latina, catulus, cachorro-.

Jarabo es un hombre cachondo, es decir, dominado del apetito venéreo; esto, en el otro s*x*, es denominado ninfomanía o dicho más a la llana, furor uterino. En hombres como Jarabo, cachondez. Servidumbre absoluta al imperativo categórico del s*x* mas bien esclavitud.

Cuando hoy se habla hasta de la irresponsabilidad absoluta en determinados delitos cometidos por mujeres, por ciertas mujeres, cuando se encuentran soportando el período catamenial, ¿por qué no admitir la posibilidad de que en los hombres prepotentes sexuales pueda darse, en similitud de situaciones delincuenciales, una mayor o menor irresponsabilidad?

El hecho real, en el caso de Jarabo, es el de su dedicación casi exclusiva a la mujer: el «casi», o la excepción es el tiempo que el personaje ha de consumir en la busca de dinero justamente para gastarlo con mujeres.

Algunos botones de ciertos hoteles en los que, a veces, se había alojado Jarabo dieron testimonio público, en su día, de que en ocasiones tuvieron que ocuparse de proporcionar al huésped hasta cuatro mujeres en una sola jornada.

El hombre
José María Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, hijo de José María y María Teresa, natural y vecino de Madrid, nace en 1923. Sus progenitores constituyen una familia de acrisolada honestidad y buena situación económica, dato este último que le permitirá efectuar al vástago sus estudios de segunda enseñanza en el distinguido colegio del Pilar. Luego, trasladados los padres a Puerto Rico, José María Jarabo será un buen estudiante de Derecho durante los dos primeros cursos de la carrera, pero no tardan en variar las cosas: dejará de estudiar, se habituará a la bebida y frecuentará mujeres, alguna de las cuales le contagiará una neurosífilis, andando el personaje en la mocedad de los dieciocho años.

En la ficha clínica del Departamento de Justicia de Puerto Rico, correspondiente a José María Jarabo, figura que padeció enfermedad venérea en 1941 y que es un esquizoide. También hay constancia en archivos de traumas craneales determinados por acción automovilísticos en los años 1942 y 43. Asimismo hay testimonio fehaciente de otro nuevo suceso de carretera, ocurrido el 6 de abril de 1955, por el que se hubo de hospitalizar a Jarabo con probable fractura de la base del cráneo.

Es exacto igualmente que el cuádruple asesino fue detenido en América, unas veces por expendedor de fotos pornográficas, otras por chantajista y bastantes por tratante en blancas, estafador, malos tratos a mujeres y apropiaciones indebidas. Así, llegará a ser huésped obligado de la cárcel de Springfield.

Ya en Francia, José María Jarabo dio en cierta ocasión treinta mil francos a un exiliado de la Guerra Civil Española, afincado en París, para que se disfrazara de sacerdote y simulara casarlo con una joven francesa. De vuelta en Madrid, año 1950, José María Jarabo vivirá de modo ostentoso y hasta fastuoso: hoteles, mujeres, lujosos restaurantes, salas de fiestas, un río de bebidas -de cierta factura presentada a su huésped Jarabo por un hotel de Madrid totalizada alrededor de los treinta mil duros, cerca de la mitad correspondía a consumo de licores-, prostíbulos, etc.

José María Jarabo se ha casado en tierras americanas, pero poco tardaría en recuperar su libertad, levantando el vuelo del hogar, simplemente.

Dentro de la biografía de José María Jarabo aparecen páginas sobre las que el protagonista de la historia hará hincapié para justificar su cuarteto de cadáveres, su composición musical del crimen. Año 1956: Jarabo conoce a Beryl Martin Jones, una inglesa muy hija de la Gran Bretaña y casada con un tal René, francés, que soporta cuernos, sin reacción en las páginas de sucesos.

Pronto Beryl se siente feliz con su volcánico amante español, y Jarabo y la británica pastarán sexualmente y conjuntamente en los mismos lechos hasta, más o menos, el comienzo de la tragedia.

Cierto día, o cualquier noche, en que Jarabo anda alcanzado de dinero -cosa que ya le empezará a ocurrir habitualmente- pide a su amante Beryl que le deje un anillo que tiene engastado un magnífico brillante, para pignorarlo y salir así del mal momento económico que atraviesa. Esta petición la efectúa el hombre a su querida estando ambos sentados ante el mostrador de una de las cafeterías frecuentadas por la pareja, y es captada por uno de los camareros, que luego, en el juicio, declarará haber oído a Beryl decir, al fin, concesiva: «bueno, empeñarla, está bien; pero venderla, de ninguna forma».

José María Jarabo y Beryl se encaminan a empeñar la joya en «Jusper», un establecimiento del que es buen cliente el amigo de la inglesa, pero allí les indican que por ser extranjera la propietaria de la alhaja no puede efectuarse el negocio. Entonces, y para salvar el inconveniente, Beryl permite que el empeño se haga a nombre de Jarabo, pero antes éste deberá firmar y así lo hace un documento o carta testimonio de la absoluta propiedad del anillo a favor de Beryl, cedido a él en depósito.

Y la operación se hace, efectivamente, a nombre de José María Jarabo, como se efectúan tales tipos de préstamos: considerándolos como venta, pero quedando el objeto del trueque a disposición de su dueño en tanto pague el valor de la cantidad recibida a cambio de la joya, más los correspondientes intereses.

Durante el desarrollo del juicio, Ferrer Sama, abogado de la defensa, señalará que la recuperación de la joya fue el auténtico móvil de los hechos.

Quien primero pretende recuperar la joya es René, marido de Beryl, pero se quedará con las ganas de alcanzar su propósito.

En fin, cuatro crímenes, en treinta y cuatro horas, por recobrar un anillo pignorado en cuatro mil pesetas y tasado su valor real en unas treinta mil, cifras de aquella época.

En la primavera de 1958, José María Jarabo ha quemado sus últimos cartuchos económicos; poco o nada le queda que vender de entre sus objetos propios, y nadie le da ya un céntimo a préstamo o fiado. Concretamente, cinco días antes del comienzo de su carrera criminal, el hombre se ve en la necesidad de empeñar un traje en trescientas pesetas para poder comer.

Los hechos
Entre las ocho y media y nueve de la tarde -tarde, que los relojes van adelantados dos horas- del sábado 19 de julio de 1958, José María Jarabo, que conversa con su amiguita Rosario Díez González en un bar, se despide de ella alegando que ha de ir inmediatamente a un negocio en el que se juega diez mil duros.

El negocio: Jarabo se persona en el piso cuarto derecha del número 57 de la calle de Lope de Rueda, alrededor de las diez horas y cuarenta minutos de la noche del citado sábado. Es el domicilio del prestamista Emilio Fernández Díaz.

Recibido el visitante de mala gana por el visitado, tanto por lo intempestivo de la hora como por la imaginada índole de tal visita, Emilio Fernández advierte con aspereza a su cliente que ni es el momento, ni el lugar, para tratar de negocios, que eso, en la tienda. Y el dueño del piso rubrica su actitud de desagrado dando por terminada la charla para encaminarse al cuarto de baño; no llegará a él porque Jarabo le alcanza y, aferrándose con una llave de judo -deporte en el que es diestro-, le pone el cañón de la pistola que lleva en la nuca, disparándole. La muerte de la víctima es instantánea.

Atraída por la detonación, se presenta, rápida y asustada, en la sala escenario del crimen, Paulina Ramos, joven criada de la casa, y el grito de espanto que sube a su garganta al descubrir a su jefe, en el suelo y sangrando se lo ahoga la mano quien hiere a la muchacha con la culata de la pistola sin conseguir hacerla perder el sentido. Jarabo, entonces, arrastra a su nueva víctima hasta la cocina, y como allí descubre sobre una mesa un largo cuchillo, lo esgrime y utiliza como instrumento de su segundo y también bárbaro crimen, clavándolo en el corazón de la desdichada joven.

Jarabo, como si no tuviera ya dos homicidios a sus espaldas y en su conciencia, se ocupa acto seguido de efectuar un registro minucioso de la casa, en busca -según él- del citado anillo y la mencionada carta, o de cuantos objetos de valor pueden beneficiarle -al decir de la justicia-. Y aunque se encuentra embebido en la referida tarea, escucha de pronto el accionar de una llave en la cerradura de la puerta. Con inmediato y fabuloso reflejo de sangre fría acude Jarabo a recibir al visitante, que lo es la dueña del piso, doña María de los Desamparados Alonso Bravo.

En seguida justifica Jarabo su presencia en el piso con buena lógica: él es un inspector de Hacienda que, con otros compañeros, se ha personado en el lugar para la práctica de una investigación sobre tráfico ilegal de divisas; asegura a continuación y convincentemente, que sus dichos compañeros, el propietario del piso y la criada de la casa han salido para que los dos últimos presten formal declaración. Y el relato es tan creído por doña María de los Desamparados que ni cuando abre la puerta al portero de la finca, que viene a recoger el cubo de la basura, se le ocurre pedir auxilio o escapar escalera abajo.

Será luego, a la vuelta de atender al portero, cuando ella repara en que el traje del supuesto inspector presenta ligeras y húmedas manchas como de sangre; entonces sí que pretenderá huir, horrorizada, buscando el relativo refugio de su dormitorio, pero al llegar a él le alcanzará una bala del asesino que la matará fulminantemente.

Ya, tres crímenes a sus espaldas, ¡Bah!, como si fueran diez. Jarabo no se preocupa por eso lo más mínimo; ahora se trata simplemente de rematar el negocio motivo de todo: el robo. Bueno, si, de paso, encuentra el anillo de la chica de la Gran Bretaña, y la carta, pues bien, pero por lo pronto quita de la muñeca del cadáver de María de los Desamparados una valiosa pulsera de oro, barbada, con el colgante de una moneda de oro, mejicana, de cincuenta pesos, y luego despojará a su primera víctima del dinero que llevaba en la cartera y de las llaves de la casa de préstamos «Jusper», amén de otros objetos valiosos. Después el asesino múltiple seleccionará calmosamente su restante botín.

A continuación, Jarabo -que de loco no tiene un pelo- se ocupa de la siembra de huellas falsas para confundir a la policía: en primer término colocará el cadáver de la criada en el lecho, sin despojar al cuerpo del cuchillo que tiene profundamente hundido en el pecho, pero sí desgarrando las ropas de la muerta hasta desnudarla, de modo que pueda interpretarse la tremenda estampa como obra de un sádico violador. Pero a Jarabo no se le olvida limpiar de huellas el puño del arma homicida.

Y después, como Jarabo considera muy arriesgado salir a la calle estando el portal cerrado, decide pernoctar en el lugar de sus crímenes; no, no le impresionará lo más mínimo convertirse en centinela de la muerte, de la muerte que él, pródigamente, ha sembrado.

Pepe Jarabo, a las nueve de la mañana del día siguiente, domingo 20 de julio, abandona el piso de Lope de Rueda, 57, después de haberse cambiado la camisa propia, manchada de sangre, por otra de su primera víctima, tomada de su armario ropero; nadie observa su salida a la calle, ni nadie repara en él.

Desayuno, en un bar; luego, el plácido discurrir por un Madrid todavía dormido y veraniego. Recorrido posterior de bares conocidos: en uno de ellos, a la camarera amiga le mostrará la pulsera áurea quitada de la muñeca de la muerta; después comerá en alguna parte y tomará café en cualquier otra para cumplir, a la caída de la tarde, ese aserto que algunos ingenuos creen de buena fe relacionado con el mundo del crimen: que los asesinos vuelven, fatalmente, al lugar, donde asesinaron. Porque lo cierto, en el caso de Jarabo, es que si éste se sienta en la terraza de una cafetería situada en las inmediaciones del lugar del suceso lo hace única y exclusivamente, y sin fatalismos de ninguna especie, para observar si el gallinero -el vecindario- anda alborotado por el descubrimiento de la tragedia. Pero no: la paz reina en Varsovia.

Consuelo, guapa y veinteañera, cajera de una cafetería de la calle de O’Donnell, testimoniaría públicamente: «Aquel domingo 20 de julio estuvo el señor Jarabo en la cafetería de cuatro a cinco de la tarde… Hizo muchas consumiciones… Sí, le cambié algún billete grande… Vi, sí, que llevaba gran cantidad de dinero en la cartera… Bueno, parecía la mar de tranquilo.»

La noche de este domingo la pasa Jarabo en la pensión en que ahora se aloja, calle de Escosura, 21. En el juicio, Julia de la Torre Herreros, dueña del establecimiento, declarará que el procesado salió de la dicha pensión a las siete de la mañana del lunes día 21 de julio y que don Jaime Martín Balmaseda, nombre con el que se inscribió el huésped, lo hizo calzando zapatos de color marrón, para al regreso por la noche traerlos de color negro. Añadió que en la noche del domingo se había recogido el señor Balmaseda, o bueno, el señor Jarabo, sobre las doce y que se presentó muy borracho y alborotando. Y concluyó la declarante asegurando que, en la mañana del citado lunes, al proceder a la normal limpieza de la habitación del procesado, vio sobre la mesilla de noche unas notas como de cuentas, los pasaportes de don Emilio Fernández Díaz y de su señora y unos papeles con el membrete de «Jusper».

A las ocho de la mañana, aproximadamente, de este lunes día 21, José María Jarabo penetra en el portal de la casa número 19 de la calle Alcalde Sainz de Baranda, y en el instante en que procede a la apertura de la puerta interior de la casa de préstamos allí enclavada, valiéndose de las llaves retiradas del cadáver de Emilio Fernández -uno de los dos propietarios del negocio-, es visto por un repartidor de leche, que al declarar en la vista de la causa asegurará haberle identificado, si bien el letrado defensor le hará caer en dudas.

Jarabo, dentro ya del campo de su objetivo, se ocupa de registrar el establecimiento y de seleccionar el botín, para cuyo transporte encuentra una maleta pequeña muy lujosa; después, cuando considera próxima la comparecencia del segundo de los socios de «Jusper», Félix López Robledo, se sitúa tras la puerta para poder cazarle en cuanto asome, por la espalda y a traición.

Félix López Robledo, de cuarenta y dos años, separado de su mujer y unido a una bella hembra de treinta y cinco mayos, Ángeles de las Nieves M. Martín, abre la puerta de su tienda. Un segundo después es trabado por, la espalda, con una llave de judo, y teniendo Jarabo ya así inmovilizado a su cuarta víctima el cañón de la pistola en la nuca para disparar, la sitúa a continuación, dos veces seguidas.

Una vez el cadáver en el suelo, como Jarabo observa intensa hemorragia en aquél, hace barrera de la sangre con serrín, abortando la posibilidad de que el rojo testimonio de su fechoría se extienda por debajo de la puerta hasta el portal.

Resulta curioso consignar que las dos llaves de judo aplicadas por el asesino a los hombres que mató dejaron clara señal para los expertos ojos de los funcionarios policiales.

Cometido el cuarto crimen, Jarabo se siente dueño absoluto del campo que pisa y, a consecuencia, procede a un registro metódico de la tienda. El multiasesino contará que se puso a buscar lo único que le interesaba: el anillo de la inglesa y la carta de marras, y reconocerá así la apropiación de una pulsera: «Sí; esa pulsera de oro la cogí de la tienda el lunes. No olvidé que los dueños de la tienda me debían cuatro mil duros y me apoderé de la pulsera de oro para que me sirviese de compensación.

Lo malo para Jarabo es que, además, llevó una maletilla cargada de «chucherías», entre ellas dos cámaras fotográficas, un aparato de radio, varias estilográficas de oro, etc.

Jarabo, en sus declaraciones acerca de la comisión de su cuarto crimen, declararía que entró en la tienda y se enfrentó con Félix López Robledo, al que amenazó con la pistola para que le hiciera inmediatamente entrega del brillante y de la carta. Y como el otro se negó…

El multiasesino, todavía seleccionando el botín en la tienda, entiende de pronto que su obra será más perfecta, y más segura su impunidad, si también cierra la boca a la querida de Félix; así que, sin la menor vacilación, marca el número de teléfono de Ángeles de las Nieves, con el intento de atraerla inmediatamente al establecimiento bajo cualquier pretexto, y luego hacer de la mujer su quinta víctima. Sólo que aquí el diablo vuelve la espalda a su cliente.

Concluido el negocio que le llevó a la casa de préstamos, y en la mano el maletín con henchido gato, José María Jarabo sale a la calle y pone rumbo a la de Escosura. Una vez en la pensión, se le ocurrirá la gran estupidez que lleva a cabo sin, por lo visto, la más elemental de las reflexiones previas.

Después, recorrido de bares y cafeterías de su frecuentación; almuerzo selecto, que no en vano anda bien, muy bien, de fondos, y luego nueva visita a la cafetería de la calle de O’Donnell para descubrir gozoso que todavía no se alborotó el patio de la vecindad con la matanza, y por último, tras distintas paradas en estaciones del vino, recalada en la cafetería de costumbre, donde permanecerá hasta el cierre del establecimiento, ya de madrugada. Nicolás Robles, camarero del local, declarará que Jarabo le mostró aquella noche una moneda de oro, extranjera y grande.

José María Jarabo abandona la cafetería, acompañado de dos jóvenes empleadas de ésta, para seguir juntos corriéndola por ahí. Las chicas, Juana Aguado y Amparo Madrigal, alternan con el cliente, a quien conocen bajo el apellido de Mendoza, y con él se embarcan en el taxi que conducirá al trío de juerguistas, ya en la mañana del martes 22, a una tintorería de la calle de Orense, donde justamente, apenas salta Jarabo del vehículo para entrar en la tienda a recoger el traje dejado para limpiar el día anterior, cae en el garlito.

El descubrimiento de los crímenes
Sobre las nueve y media de la mañana del lunes 21 alguien pregunta al portero de la finca de la calle Alcalde Sainz de Baranda si sabe por qué no ha abierto la casa de préstamos que allí hay.

-Seguro que los dueños se irían ayer a la sierra y hoy se les han pegado las sábanas -dirá el hombre.

Pero, a las diez y media, el portero ya no sabe cómo explicarse que el negocio continúe cerrado, si bien no se decide a formular ninguna explicación. Alrededor del mediodía, una clienta habitual de la tienda, y amiga de sus propietarios se persona en casa de uno de ellos, la de don Félix López Robledo para indagar sobre el hecho anormal. Recibida en el domicilio por Ángeles de las Nieves, ésta se inquieta sobremanera al enterarse de la novedad, y, luego, haciéndose con las llaves dobles del establecimiento, se dirige a él con quien la dio el aviso. Allí descubrirán el cadáver de la cuarta de las víctimas de Jarabo.

A continuación, lo habitual en estos casos; telefonazo a la comisaría del distrito, que es la de Retiro, informe desde aquí a la Brigada Criminal y, una vez comprobada la existencia de un crimen, inmediato aviso al Juzgado de Guardia, que lo es el 21, cuyo magistrado, don Carlos de la Cuesta y Rodríguez de Valcárcel, compadecerá rápidamente en el lugar del suceso acompañado de su secretario, don Virgilio Bartolomé Sanz; el oficial habilitado, don Ernesto Rubio; el forense, don Manuel Martínez Sellés, y el ayudante judicial, don Ramón González Pasatín.

Consultado el forense, dictamina que, con seguridad el crimen se cometió unas tres horas antes, y como es la una de la tarde…

Y como no hay crimen sin criminal y éste debe pagar por su delito, a identificar y localizar el personaje se disponen inmediatamente los representantes de la ley. En seguida serán informados por Ángeles de las Nieves de que la casa de empeños tenía dos propietarios: el asesinado en el local, Félix López Robledo y Emilio Fernández Díaz, domiciliado éste en la calle de Lope de Rueda, 57. Y puntualizará la informadora que ambos socios atendían por igual el negocio y siempre de mutuo acuerdo.

Para la policía, ya, ¡hum!, feo asunto el del crimen, entrando en el juego de la tragedia prestamistas y asuntos de usura. Por tanto, nada de particular tiene que las sospechas iniciales de los funcionarios de la Brigada Criminal se orienten hacia Emilio Fernández. Extraña, sí, muy extraña, la ausencia de éste en la tienda y muy raro también que nadie descuelgue el teléfono de su casa ante las reiterativas llamadas que allí se están haciendo. Lo más seguro es que todo se reduzca a localizar a un prestamista fugitivo, responsable de matar a su socio por discusión sobre intereses.

Principio quieren las cosas, y el comienzo de esta búsqueda de Emilio Fernández se inicia presentándose los policías en la calle de Lope de Rueda, 57, y encaminándose directamente al piso del sujeto buscado. Pero por más que se repiten los timbrazos en la puerta, ninguna réplica.

El portero de la finca, José Pacheco, interrogado por los de la B.I.C. manifestará:

-No he visto a nadie de ese piso desde el sábado por la noche: bueno, a don Emilio y a la chica de la casa les vi por la tarde del sábado y desde entonces, nada. Y a la señora, sí, es a la que vi por la noche, ya que ella me abrió la puerta para darme el cubo de basura. ¡Oigan!, eso no quiere decir que no hayan entrado o salido de casa desde entonces, porque uno no se va a pasar la veinticuatro horas del día en el portal para asegurarlo, pero ya digo…

Cuando los policías se encaminan a la calle, les detiene súbitamente la llamada del portero:

-¡Eh, oigan, ahora que me acuerdo! El domingo por la tarde, casi de anochecido, se presentó aquí el novio de la Paula, la chica de esos señores, para preguntarme si sabía algo de ella, que había faltado a la cita acostumbrada y que tampoco había podido hablar por teléfono con ella en todo el día, porque nadie había descolgado el aparato.

Los funcionarios policiales, a la vista de las últimas manifestaciones del portero, dan un giro de ciento ochenta grados a sus sospechas. Un criminal fugitivo podrá hacerse acompañar de su mujer, pero llevarse también a la criada, es harina de otro costal. ¡Ni que fuera un soberano imbécil el hombre!

A las siete de la tarde del dicho lunes día 21 llevando la policía en su poder el oportuno mandamiento de registro, y con la colaboración del cerrajero que les facilitará el acceso al piso deseado, se encontrará con la segunda parte de la tragedia, primera en el orden cronológico, y mucho más espeluznante que la otra; tremendo todo, sí: el hallazgo, primero, del cadáver de la criada, con el cuchillo clavado en el pecho, y posterior descubrimiento, en el dormitorio, del cuerpo yerto del ama de casa, y, por último el tercer crimen. Realmente espantoso, y como para entenebrecerlo más, el hedor de los cadáveres ya en franco estado de putrefacción.

A las siete horas cuarenta minutos de la tarde se constituye el Juzgado de Guardia en el lugar del suceso.

La gran estupidez
Dicen -y el testimonio lo confirman muchas veces los hechos- que son innumerables los malhechores -incluso los tachados de más vivos e inteligentes- que en la comisión de sus delitos cometen fallos garrafales. Pues en el caso Jarabo esto del fallo garrafal es asombrosamente cierto, y también macabro, porque lo enviará al patíbulo.

La verdad es que a la conclusión de la jornada del lunes 1 de julio los investigadores policiales andaban realmente confusos y desorientados con el espeluznante caso que llevaban entre manos; al principio todo parecía infantilmente sencillo: un sujeto asesinado y su consocio súbitamente desaparecido. Dos y dos, cuatro. ¡Elemental, querido Watson!, que diría Sherlock Holmes, sólo que en inglés, por supuesto.

Pero es que, a nada de dos y dos. Se mantendría el cuatro pero sólo como número suma de los crímenes cometidos por un sujeto o varios sujetos desconocidos, que, por cierto, no habían dejado la menor huella dactilar, ni el más leve rastro orientador para la policía.

Sospechas policiales muchas, naturalmente. Escenario, una casa de préstamos y en escena dos prestamistas, ambos asesinados. Posible consecuencia de asuntos sucios que pueden darse en una actividad comercial tan singular y, a veces, peligrosa… Acaso la venganza de un enloquecido cliente, o un ajuste de cuentas, o simplemente el desquite tremendo de una persona rencorosa. Y, por descontado, quien fuere, o quienes fueren, contaban con la amistad de las víctimas.

Presunciones, leves indicios, hipótesis; sólo eso en el entorno policial, Vaguedades en el campo de la investigación, dicho en una palabra. Pero ya Jarabo había cometido la máxima estupidez de su vida, un error fatal: llevar su traje manchado con sangre de sus víctimas a una tintorería de la calle de Orense de la que era cliente, para que se lo limpiaran con la mayor urgencia. Y explicaría así, con jaquetón desenfado, el origen de orientales manchas:

-Toda esa porquería de sangre me la echó encima un tipo al que, por chulo, tuve que romperle las narices anoche en el «Molino Rojo». ¡Como un cerdo se puso a sangrar!

Los dueños de la mencionada tintorería, hermanos Cándido y Julián García Aguilera, examinaron meticulosamente el traje marrón, de verano, traído por Jarabo. ¡Hum!, demasiada sangre en la ropa para tratarse de un simple papirotazo en la nariz… Bueno; cuestión de estar alertas, y a la menor noticia rara que pudiera relacionarse, de un modo u otro, con una hemorragia…

Y la noticia mañanera publicada en la prensa del martes, y los telefonazos de los hombres de la Brigada Criminal a las tintorerías pidiéndoles su colaboración dieron por resultado que los dueños de la tintorería cumpliesen con su deber ciudadano.

La detención
A las diez de la mañana del martes 22 de julio los funcionarios policiales montan guardia en la trastienda de la tintorería; otros se sitúan en la calle y en la acera de enfrente del establecimiento. Los del interior de la tienda están acompañados por Ángeles de las Nieves para la oportuna y segura identificación del sujeto buscado.

A las once de la mañana, y en unión como se ha dicho ya de las dos chicas de la cafetería, llega en un taxi Jarabo. De la tienda saldrá no ya con el traje en la mano, sino con las esposas puestas en las muñecas. Esto se realizará sin gran oposición por parte del sorprendido personaje, que en seguida recupera su siempre extraordinaria sangre fría. No perderá la entereza ni cuando tomado del taxi el maletín de su usuario, aparece en el interior de aquél la pistola que más tarde se identificará como la utilizada para matar a Emilio Fernández, a su mujer y a Félix López Robledo.

Luego la obligada comparecencia ante el juez: declaraciones, reconstrucción del suceso, y, ante el ascensor de la casa de la calle de Lope de Rueda, Jarabo se complace en mostrar a los representantes de la ley cómo se valió -haciendo uso de los codos y de los nudillos- para no dejar ninguna huella dactilar en el aparato que utilizó para subir al que sería escenario de sus tres primeros crímenes, así como tampoco en el timbre de la puerta de entrada al piso.

Juicio y sentencia
Da comienzo la vista de la causa contra Jarabo el jueves 29 de enero de 1959, a las diez horas y treinta minutos de la mañana. La Sección quinta de la Audiencia Provincial, juzgadora de la causa. Preside el tribunal don Antonio Ochoa Olaya. La mesa está constituida por cinco magistrados, los titulares de la referida Sección, más dos, conforme es de precepto ante la gravedad de las penas solicitadas, ya que tanto el fiscal como los acusadores privados solicitan para el encartado cuatro penas de muerte. El ministerio público estará representado por don Eleuterio González Zapatero, uno de los más prestigiosos fiscales de la Audiencia de Madrid.

El fiscal dejará sentada la existencia de cuatro delitos de robo con homicidio, dos delitos de tenencia ilícita de armas, un delito de falsificación de documento de identidad y dos delitos de uso de nombre supuesto. Establecerá como agravantes del primer crimen -Emilio- los de alevosía, premeditación y nocturnidad; en el segundo -Paulina- los anteriores y desprecio de s*x*; en el tercero -María de los Desamparados- igual que en el precedente, y en el cuarto y último, alevosía y premeditación.

Las penas solicitadas por el fiscal son las siguientes: cuatro de muerte; dos de tres meses de arresto y multa de 2.500 pesetas; una de tres años de prisión y otras dos de tres meses de arresto y multa de 1.500 pesetas. Las indemnizaciones a los herederos de las víctimas se elevan a 607.000 pesetas.

Los acusadores son don Roberto Reyes, en nombre de los herederos de doña María de los Desamparados; don Luis Perezagua Serrano, por los herederos de Paulina, don Álvaro Núñez Maturana, por los de Emilio, y don Luis Roa por las hijas de Félix.

La defensa del acusado corre a cargo de don Antonio Ferrer Sama, catedrático de Derecho Penal, y del letrado Don Cesáreo Pérez y Peréz Abascal.

Los cuatro acusadores privados se mostrarán conformes, en líneas generales, con las peticiones del fiscal; por su parte, la defensa alegará la eximente de enajenación mental, con la consiguiente absolución por tanto, del encartado, y si la tesis no prosperase alternativamente califica los hechos de cuatro homicidios simples y una serie de atenuantes, con petición de penas muy leves.

Luego de la primera sesión, en los pasillos del Palacio de Justicia manifestaría el acusador don Álvaro Núñez Maturana: «Admito, en el peor de los casos para nuestra tesis, que el ocupante del banquillo puede ser un psicópata. Pero existen muchos grados de psicopatías, y en el proceso que hoy nos ocupa, el encausado demostró en todo momento que obraba de plena consciencia y serenidad de juicio, como lo muestra que puso todos los medios a su alcance para que no quedasen sus huellas digitales en ninguna parte, y así le delatasen.»

A lo largo del proceso, que duró hasta el 10 de febrero, y con cada sesión la sala completamente abarrotada de parcialísimo público adverso al acusado, sentaron las siguientes conclusiones:

Que María de los Desamparados se encontraba en estado de gravidez.

Que Jarabo no fue a la calle Lope de Rueda a reclamar algo de su pertenencia. Se dedicó a robar y a llevarse joyas y documentos que jamás habían sido suyos. (Roberto Reyes).

Que en el caso de Paulina, víctima ocasional, se había de incluir el delito de profanación de cadáveres al ser el de ella desnudado por el acusado. (Perezagua)

Que Félix Robledo no se fiaba de Jarabo. (Ángeles de las Nieves.)

Que la pistola se la compró al sereno Francisco Agustín Rodríguez, que trabaja en el paseo de la Habana. (Jarabo.)

Que el acusado sabía la existencia de 50.000 pesetas en la caja fuerte… y de eso no hay duda, ya que manifiesta a su amiga Charito que «tiene un negocio en el que se juega diez mil duros.» (Luis Roa.)

Que: «Y por todo eso, señores de la Sala, ya no me cabe duda de que el procesado fue a casa de la calle de Lope de Rueda, a robar.» (Núñez Maturana.)

Que el defensor Ferrer Sama recuerda que es el propio Jarabo quien dice a la policía cómo abrió el ascensor para no dejar huellas. «Eso, señores de la Sala, no se le ocurre nada más que a un oligofrénico perfectamente idiota, no ya a un psicópata.»

Que Ferrer Sama insistía sobre la anormalidad mental del encartado apuntando que no se estaba ante el «crimen del siglo», como podría creer la gente, sino que «estamos ante el psicópata del siglo».

Que se efectuaría esta afirmación categórica: «Jarabo pasará a la historia de la criminalidad y se estudiará desde todos los ángulos.» (Ferrer Sama.)

Que Beryl Martin Jones, la amante inglesa de Jarabo, cedió a éste el anillo para que procediera a empeñarlo, y en ningún caso -recalcó la mujer con energía- para venderlo. (Esteban Espinosa de los Monteros, dueño del bar en que tuvo lugar la escena y testigo presencial de ella.)

Que los peritos psiquiatras por la acusación informaron de que desde la detención del encausado le habían examinado hasta dieciocho veces, algunas de seis horas. «Nada de enajenación mental -dictaminaron-, sino un hombre normal y con más inteligencia que la corriente.» Agregarían que «la psicopatía es muy amplia y que cualquiera puede tener un rasgo de psicópata», y concluirían por afirmar que «Jarabo conoce la ética y la verdad y sabe discernir entre el bien y el mal.»

Que, a la pregunta del fiscal «¿El índice de criminalidad que da el procesado es superior o inferior al del famoso “Satanás” de Logroño o al del no menos famoso “Monchito”?», la réplica de los peritos sería la siguiente: «Superior.»

Que los forenses testimoniaron: «Podemos asegurar que el agresor cogió por detrás a Paulina, tapó su boca y la nariz con la mano izquierda, y con el cuchillo cogido en la derecha la abarcó y clavó el arma en el corazón.»

Que los citados forenses dijeron, asimismo, en la sala: «Los disparos a Emilio y a Félix podemos asegurar que les fueron hechos apoyando el cañón de la pistola en la nuca.»

Que los dichos forenses remacharían: «El acusado es un hombre perfectamente responsable de sus actos y que tiene voluntad para inhibirse.»

Que el inspector jefe de la Brigada Criminal, señor Fernández Rivas, y los inspectores Antonio Viqueira y José Hurtado fueron felicitados por el Tribunal a causa de su magnífica labor investigadora.

Que el defensor puntualizaría sobre la personalidad de su defendido: «Para mí la cosa está totalmente esclarecida. Jarabo es un psicópata inimputable.»

Los expertos que habían de determinar sobre la normalidad o anormalidad de Jarabo fueron los profesores Alberca Lorente, catedrático de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de Valencia, y Llopis Lloret, jefe de los Servicios Psiquiátricos de la sala de hombres del Hospital Provincial de Madrid, propuestos por la defensa; los doctores Martínez Sellés y González Bernal, forenses, propuestos por el fiscal; y Ladrón de Guevara y Lacacci, profesor de la Escuela de Medicina Legal y médico de la Prisión Provincial de Madrid, por la acusación privada.

Así comenzaría el texto de la sentencia:

«En Madrid, a 10 de febrero de 1959, vista en juicio oral y público ante la Sección Quinta de esta Audiencia Provincial la causa procedente del Juzgado de instrucción número 21 de los de esta capital, seguida de oficio por delitos de robos con homicidios, tenencia ilícita de armas, uso de nombres supuestos, falsificación y profanación de cadáveres, contra José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, de treinta y cinco años de edad, hijo de José María y María Teresa, natural y vecino de Madrid, de estado casado, de profesión del comercio, con instrucción, sin antecedentes penales, de pésima conducta y en prisión provisional por esta causa desde el 22 de julio de 1958, en cuya situación continúa…»

Y así quedaba reflejado en el dicho documento legal el fallo de la causa:

«Fallamos que debemos condenar y condenamos al procesado José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris, como autor responsable de cuatro delitos de robo, de los que en cada uno de ellos resultó homicidio, con la concurrencia de las circunstancias agravantes de alevosía y premeditación en todos, de nocturnidad en tres y de desprecio de s*x* en dos, a la pena de muerte por cada uno de ellos, con las accesorias, para caso de indultos, de interdicción civil e inhabilitación absoluta durante el tiempo de la condena; al pago de las costas procesales en la proporción que corresponde con arreglo a la ley, y la indemnización de 250.000 pesetas a cada uno de los herederos de Emilio Fernández Díez, Paulina Ramos Serrano, María de los Desamparados Alonso Bravo y Félix López Robledo.»

A su tiempo, cuando le correspondió hablar a Jarabo, diría: «Soy el primero en lamentar las muertes de mis víctimas. Ojalá pudiera devolverles la vida; nunca tuve intención de matar a nadie y mucho menos a dos mujeres, y he dado órdenes al banco extranjero, donde tengo fondos, para que los familiares de las víctimas sean indemnizados.»

«Cuando pronunció el acusado las anteriores palabras, sería acaso la primera vez, a lo largo de la vista que no subía al estrado con gesto de triunfador, de hombre que se encuentra feliz con ser protagonista del acontecimiento más sobresaliente actual», comentaría un diario madrileño.

A mediados de mayo de aquel año 1959, la causa fue al Supremo. Fallo y sentencia el 23 de mayo. Ratificación casi plena de la sentencia anterior. Únicamente se rechazan la agravante de profanación de cadáver, la de nocturnidad, donde ésta se alegaba, y el robo con homicidio, en el caso de Paulina Ramos, pasa a ser asesinato.

Poco tiempo después José María Manuel Pablo de la Cuz Jarabo Pérez Morris pagaría en el patíbulo, con su vida, la de sus cuatro víctimas.

El caso de José María Jarabo
P. Martínez Calpe

La primera noticia que tuvimos del que habría de ser uno de los casos de homicidio cuádruple más importante de los últimos años, fue a través de una crónica madrileña que publicó el Diario de Barcelona el día 22 de julio de 1958, y que firmaba un periodista magnífico, al que admirábamos mucho, llamado Luis de Armiñán, como ahora admiramos a su hijo Jaime en las labores cinematográficas que realiza. Fueron dos, en realidad, las crónicas que publicó De Armiñán en el viejo «Brusi», y que nosotros íbamos a resumir, por exigencias de la ética y la brevedad. Pero como transcribiendo literalmente rendimos homenaje al maestro admirado, hemos pensado, ya que las crónicas no son extensas, dejar que sea aquel gran periodista quien nos inicie en el caso que luego tendremos tiempo de ampliar, matizar y hasta penetrar en la sentencia, porque, verdaderamente, es un caso que justifica un libro.

Con el título de «El crimen», Luis de Armiñán nos contó aquel día:

«En la apacible marcha del domingo y del lunes, aparecen las manchas de sangre que el serrín tapona en la del establecimiento donde ocurrió el hecho. El crimen, como un misterio inicial que pronto será desvelado, porque estas cosas no quedan casi nunca sin sanción y mucho menos cuando el rastro está entre los papeles de la víctima. Un crimen que en otros tiempos podía ser el del verano, como aquellos que pasaron con su fama a los anales de la criminalidad profusamente ilustrados porque los periódicos de la época además de ser dados a los sucesos, acogía el que se produjera en estos meses para animar un tanto sus páginas. Ahora podía bastarnos con los crímenes internacionales colectivos, que se cometen en nombre de la libertad: una figura retórica tan maltratada que si se dejó perdida de espíritu el pasado siglo, éste no conservaría los huesos teóricos.

»El crimen de hoy tiene como víctima a un hombre dedicado a la compraventa, figura comercial que tapa un tanto el préstamo y que puede ser que sea, lícito y puede ser que sea abusivo. El hombre tenía unos ahorros y puso este mostrador con dos socios y ahora lo seguía con otro que por lo que dicen vino de Méjico hace algún tiempo. El asunto iba bien, pero el compraventero no tenía dependencia; le bastaba trabajar él solo para resolverlo todo como es natural. No es negocio aquel que haya de acudir a varios clientes a la vez, uno a uno y con su tiempo para cada uno.

»Le compraban alhajas y éste es uno de los asuntos que más dan en todo momento. El precio de los metales y de las piedras es bien distinto al adquirir que al vender y se prestan las alhajas a quedarse como mudas fiadoras de lo que se adelanta por ellas, para ser abonado al recogerlas. Para esto se pensó el Monte de Piedad, pero la institución tiene normas invariables y hay quien prefiere al particular para lograr más dinero que en la Plaza de Jovellanos.

»A las nueve abrió la tienda su propietario, como todos los días, y luego la cerró sin que nadie precise hasta ahora en qué momento lo hizo y con quién se quedó dentro. Después de las doce, llegó la esposa del comerciante y no extrañó el cierre, puesto que como está solo puede en cualquier momento hacerlo para ir a un asunto. Con su llave abrió la puerta que da al portal y vio junto a la escalera interior el cuerpo de su marido terriblemente apuñalado. En el suelo, serrín, para que la sangre no saliera al portal. A sus gritos acudieron los vecinos y luego los coches que patrullan con la Policía.

»Ahora entra eso que se llama la fantasía popular y cada uno da al suceso su interpretación. Lo que parece haber ocurrido es que alguien llegó a la tienda, uno al que se había hecho un préstamo, seguramente. Para que la discusión que se supone no trascendiera, el dueño bajó los cierres metálicos y entonces fue atacado, muriendo, no sin defenderse, como lo demuestran los desgarrones de la ropa. Se busca al socio para que de los pormenores que se solicitan de él y se busca al asesino.

»El crimen del mes de julio. Que no tomará el volumen de los tiempos que señalamos, porque la Policía trabaja con otros métodos y los periódicos también. Lo que es callejero y algo más que de barriada.

»Es el que necesitaba aquel compañero que debía hacer un comentario y no encontrándolo, exclamó: “Ni un mal crimen”. Y esto no es malo para una tarde de calor y de lunes, llena de telegramas orientales.»

La fineza con que don Luis de Armiñán terminaba su comentario nos indica claramente que ni sospechaba siquiera el volumen que pronto iba a adquirir el que ahora conocemos como el caso «Jarabo». Y prueba de que no lo
esperaba es que, al día siguiente, hubo de extenderse sobre el mismo tema, porque no era, ni mucho menos, uno de esos «crímenes de verano», sino, posiblemente, «el crimen del siglo».

Luis de Armiñán volvió a tomar la pluma y esta vez dijo:

«El crimen, segunda parte y epílogo.

»Ayer contábamos el crimen del prestamista y deslizamos con la suavidad posible, que en aquellos momentos se desconfiaba un tanto de su socio, el asturiano que había hecho alguna fortuna en Méjico. La Policía se personó en casa de este hombre, don Emilio Fernández Díaz, y como nadie respondía a las llamadas, pidió al juzgado autorización para forzar la puerta, y encontró, cerca del cuarto destinado a la sirvienta, a Paulina Ramos, la muchacha de servicio, muerta, con un puñal clavado en el corazón; en el suelo del cuarto de baño, el cadáver de dicho señor, con dos disparos en la nuca, y en el dormitorio y reclinada sobre el lecho y muerta también, su esposa, doña María de los Desamparados Alonso Bravo.

»Con el asesinado en la tienda de Sáinz de Baranda, don Félix López Robledo, eran cuatro las víctimas de una sola mano, tres de tiro en la nuca, con una pistola del calibre 6,75.

»Crimen tan bárbaro hace muchos años que no se realiza en nuestro país. Madrid no tuvo otra conversación durante los dos últimos días. Se daba la circunstancia de que en el comedor del matrimonio había una botella de coñac y varias copas, suponiéndose que el criminal era persona muy conocida de ellos. Pero el triple crimen no era de las últimas horas por el estado de los cadáveres. Parece que se debió cometer el sábado pasado y que el criminal dejó el domingo como paréntesis para asesinar a su cuarta víctima.

»Decíamos ayer que el crimen del mes de julio no podía permanecer en el misterio muchas horas, porque los métodos policíacos han avanzado y es muy difícil que un criminal no deje su impacto, su tarjeta de visita. En efecto, en la mañana de hoy y en su hotel, ha sido detenido el asesino, el portorriqueño José Jarabo Pérez Morris, de 38 años, expulsado de su país por contrabando de armas y estupefacientes y con numerosos antecedentes criminales. Estaba bajo los efectos de una droga. Frecuenta el individuo lugares no muy santos y conocía y trataba a numerosas mujeres que le daban joyas para que las empeñara en el establecimiento indicado. Debía también empeñar papeletas y parece que quiso recuperar algunas. Debía una fuerte suma a sus víctimas y una y otra causa fueron motivo del delito.

»Jarabo, que no ha podido prestar declaración, como en otras ocasiones acudió a la casa del señor Fernández Díaz, y al abrirle Paulina la puerta, le asestó la puñalada. Después se escondió para esperar la llegada del matrimonio al que asesinó a tiros. Se cambió de camisa allí mismo, porque la suya estaba manchada de sangre y salió a la calle. El lunes a la casa de compraventa y dio muerte al propietario después de una violenta disputa.

»La primera pista para la detención del asesino fue un botón. Después, papeles en los que se habla de este hombre que tiene antecedentes penales. Y finalmente encontró la Policía en una tintorería, un traje para que lo limpiasen de manchas de sangre. Una sirvienta de la casa donde vivía el señor Fernández Díaz también dio una referencia al hablar de un individuo que iba por allí a vender joyas a bajo precio. Y José Jarabo fue detenido y puesto a disposición del juez como presunto asesino.

»Éste es el epílogo del crimen del año y de muchos años en Madrid. Un tanto estúpido en su iniciación, cometido por rencor y como consecuencia de una vida descarriada. Estúpido el asesino por las cosas que hizo después de cometido el delito, todo pardo y absurdo. Pero horrible. Los tiros en la nuca, secuela de prácticas que deseamos olvidar y no podemos.

»Pongamos punto al comentario y dejemos que el nuevo día sea más claro.»

Luis de Armiñán, con atinada sagacidad, nos había facilitado ya, a grandes rasgos, los entresijos de un crimen que no era, por supuesto, ninguna serpiente de verano. Cuando la Policía empezó a investigar, las cosas pronto ofrecieron un aspecto muy diferente al que se había supuesto al principio, aunque los hechos siguieron siendo los mismos. Lo que cambió fue la personalidad controvertida del presunto asesino.

El verdadero nombre de Jarabo, según declaraciones de él mismo, era José María Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris y pertenecía a una dignísima y adinerada familia hispano-norteamericana. Él había nacido en España, pero su familia se lo llevó a Puerto Rico siendo muy niño.

De las propias declaraciones durante el juicio entresacamos estos pormenores, ya que la prensa ha confundido y tergiversado muchos datos acerca de la insólita personalidad de Jarabo.

-¿De dónde es usted? -le preguntó el fiscal en la vista de la causa, iniciada en la mañana del jueves, 29 de enero de 1959, en la Sala V de la Audiencia Provincial de Madrid.

-De España. Aunque en 1931 marché a Puerto Rico.

-¿Cuál es su profesión?

-Comerciante.

-¿Estado civil?

-Casado. Después me divorcié.

-¿Estudió usted?

-Sí, señor. Hice el Bachillerato en el Colegio del Pilar.

-¿Ha sido detenido alguna vez?

-Sí, señor. En Estados Unidos, y condenado por tomar fotos de carácter inmoral.

-¿Es cierto que le expulsaron de dicho país?

-No. Me marché yo por mis propios medios.

-¿Puede volver a Estados Unidos?

-Actualmente, claro que no. Pero en Estados Unidos no se había agotado la fórmula para ello (sic).

-¿En qué año regresó a España?

-En junio de 1952.

-¿De qué ha vivido?

-De representante de una compañía de exportación de minerales hasta 1953.

-¿Y después?

-De nada que merezca la pena.

-¿Cómo se explica eso?

-Desde 1955 vivo de mis rentas.

-¿Le dan para vivir de ellas?

-Sí, señor. Y además de los negocios, vivía de la cantidad que me tenía asignada la familia.

-¿Y cuándo se le terminaba?

-Nunca he carecido de dinero.

José Mª Jarabo, como le llamaremos desde ahora para abreviar, un personaje elegante, aunque estaba ya casi calvo; sus facciones inexpresivas y duras y la tranquilidad de sus gestos producían escalofríos. Nunca, durante el largo proceso dio muestras de abatimiento. Y en la mayoría de sus contestaciones pareció alardear de cinismo irónico, llegando a veces hasta el sarcasmo y la desfachatez.

Dijo haber sido condenado en Estados Unidos por realizar fotos inmorales y cumplió condena en la cárcel de Springfield, donde fue sometido a una prueba pericial médica y de descubrió que poseía una personalidad psicosomática de las más intensas y notables que los especialistas habían podido obtener en toda su carrera.

El dictamen que emitieron declaraban a Jarabo como perteneciente al grupo de los psicópatas desalmados y procedía de una línea materna epilectoide, confirmada por los ataques de esta clase que sufrió durante el tiempo de pertenencia en la prisión norteamericana.

Existía otra prueba de que José Mª Jarabo era un fenómeno de maldad y se demostraba por el hecho de que a la semana de haber contraído matrimonio, se fue de casa un sábado y no volvió hasta el lunes siguiente, sin dar la menor importancia a la cosa. Para él nada tenía importancia y por ello no fue a visitar a su mujer cuando estaba a punto de traer un hijo al mundo.

Hay muchos hechos y pruebas que demuestran, no solo la maldad de aquél hombre sino que su sique no estaba normalmente equilibrada. Uno de sus acusadores privados, el famoso abogado Roberto Reyes, diría de Jarabo:

«Con el fin de obtener el procesado treinta mil francos, no dudó en contraer falsas nupcias en Francia. Para ello se puso en contacto con un exiliado español, al que vistieron de sacerdote. De esta manera, y después del sacrilegio, Jarabo obtendría aquella cantidad como dote del padre de su supuesta esposa.»

Nuestro bueno y apreciado amigo Antonio Armenteras, que escribió para La Prensa «El Caso Jarabo» entre los más famosos procesos del siglo, nos cuenta una anécdota acerca de la fantástica personalidad de psicópata asesino:

«Y para poner fin a este aparte, citaré un hecho que prueba todavía más la impresionante frialdad de Jarabo: una vez dictada la sentencia por la que se le condenaba a la última pena, pidió y le fue concedido, el ser atendido en la cárcel por un prestigioso odontólogo de Madrid, al fin de que le arreglara la dentadura.»

El abogado defensor de José Mª Jarabo, don Antonio Ferrer Sama, catedrático de la Universidad de Valencia, aportó, en su labor defensiva, un documento expedido por el Departamento de Justicia de Puerto Rico, en el que se declaraba que, a consecuencia de haber padecido una neurosífilis, Jarabo hubo de ser recluido en el manicomio de aquella ciudad, en 1945. También demostró que en 1942 había padecido un trauma craneal, producido por un botellazo; que en noviembre de 1943 resultó lesionado en un accidente de automóvil y que, el día 19 de mayo de 1955 había tenido que ser hospitalizado en la Clínica de San Camilo, por sufrir fractura de cráneo.

Don Antonio Ferrer Sama explicó además que en el Hotel Menfis, de Madrid, José M.ª Jarabo abonó en cierta ocasión una cuenta por el importe de ciento siete mil pesetas, de las que más de setenta y cinco mil correspondían al valor de lo consumido únicamente en bebidas durante un mes. Y la prueba de que José M.ª Jarabo era un alcohólico quedaba plenamente demostrada por el hecho de que, una noche, en un restaurante madrileño hubieron de guardarle las noventa y cinco mil pesetas que llevaba encima por encontrarse completamente ebrio.

Abundó el abogado defensor en que José M.ª Jarabo, además de alcohólico, también era toxicómano, y explicó que estuvo seis días en estado de coma, en un hotel madrileño, por haber ingerido ciertos productos. Y añadió que la herida que Jarabo se produjo en la pierna tardó mucho más tiempo del normal en cicatrizar por culpa de su drogadicción.

Sin embargo, por otra parte, a requerimiento del Ministerio Fiscal, durante la sesión del viernes 30 de enero de 1950 de la vista contra José M.ª Jarabo, comparecieron los doctores Martínez Sellés, González Bernal, Tomás Soler y Rogelio Lacacci y Ladrón de Guevara, quienes, a preguntas del fiscal, señor González Zapatero, afirmaron haber sometido a reconocimiento psiquiátrico al procesado, en quien encontraron una inteligencia superior a la normal, pues poseía un índice de inteligencia de 1,7, cuando lo normal es de 0,9.

José M. Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris fue, sin duda alguna, un personaje interensantísimo, cuyos hechos debemos conocer con el mayor lujo de detalles, sí es que pretendemos saber cómo y por qué realizó cuatro asesinatos.

Es por eso que vamos a poner orden en todos los recortes de periódicos de aquellas fechas y tratar de empezar por el principio, que no fue como, con la mayor intención del mundo, nos lo trató de extractar nuestro querido Luis de Armiñán, con los datos recogidos apresuradamente sin darse cuenta de que aquello era algo demasiado grande, terrible y espantoso para ser una simple y vulgar «serpiente de verano».

Parece ser que durante el juicio contra Jarabo quedó suficientemente demostrado que el acusado era un alcohólico y un drogadicto. Y se demostró porque así convenía, tanto a la defensa como a la acusación, buscando eximentes por un lado y agravantes por otro, a fin de representar al acusado bajo un aspecto siniestro, depravado y capaz de las mayores vilezas.

Nosotros no pretendemos aportar aquí ninguna prueba, ni a favor ni en contra. Y tampoco somos expertos en drogas, así como no conocemos muy bien lo que es la criminología. Lo único que sabemos es leer y escribir, y no todo lo bien que quisiéramos.

Sin embargo, una vez leímos que existía una droga en Estados Unidos que incitaba a sus consumidores al asesinato.

De La Vanguardia, sacamos estas líneas.

«Nueva York, 6. Especial para La Vanguardia. -Una nueva droga está causando tantos estragos en toda Norteamérica, que el Gobierno de los Estados Unidos ha enviado una comunicación a diferentes naciones cercanas, como Canadá y México, para que traten de protegerse contra ella. Esta droga es el “ángel dust” o “polvillo de ángel”. Se trata de un producto químico producido en laboratorios clandestinos, a partir de varias drogas anestésicas y de mercurio.»

Según continuaba la información de Prensa, dicho «polvillo» producía la sensación de estar «flotando» a la vez que causaba el completo olvido de cuanto se había realizado. Los intoxicados con «angel dust» se comportaban como verdaderos monstruos, con una tendencia general hacia el asesinato. Y en varios casos de muerte violenta en personas mayores, se ha podido comprobar que fueron asesinadas por sus propios hijos, después de haber ingerido una o varias dosis del temible «polvillo de ángel».

Recordemos el terrible asesinato de Sharon Tate llevado a cabo por miembros de la secta de Charles Manson, y tengamos en cuenta que se trataba de drogadictos capaces de llevar a cabo cualquier bestialidad.

La droga que estamos describiendo aquí, al parecer, surgió oficialmente en Estados Unidos en 1978. Pero nada prueba que con otro nombre y con los mismos efectos, se haya estado tomando desde los tiempos faraónicos.

De todas formas, José M.ª Jarabo era un toxicómano que llegó a España procedente de Estados Unidos, después de haber sido huésped de la prisión de Springfield y de varios manicomios. ¿Podemos estar seguros de qué clase de drogas ingería? ¿Podemos asegurar que los tres asesinatos que cometió durante la noche del sábado, 20 de julio de 1958, en casa de don Emilio Fernández Díez, no estuvieron cometidos bajo la influencia de alguna droga parecida al «angel dust»?

Según se probaría durante el juicio oral, José M.ª Jarabo gozaba de pésima conducta, pero carecía de antecedentes penales y se le demostró una inteligencia superior a lo normal. Se supo también que conocía prácticas de lucha, lo que unido a su fuerte complexión, le convertía en un adversario peligroso. Había practicado «jiujitsu» y «karate» y conocía métodos y llaves capaces de inmovilizar a sus adversarios. Y era, además, aficionado a bebidas y drogas, aunque como diría el fiscal durante el juicio, ninguna de estas aficiones podía privarle de la consciencia de sus actos, así como tampoco influyeron en ella los diversos traumatismos que sufrió en la cabeza en distintas ocasiones y por diferentes causas.

Sabía, por lo tanto, distinguir lo bueno de lo malo, lo que está permitido o no, conociendo el bien y el mal en las acciones humanas, y con facultad volitiva, o sea con voluntad propia, para admitirlas y rechazarlas.

Se demostró también durante el juicio oral que conocía a los propietarios del establecimiento de compraventa, llamado «Jusfer», situado en la calle Sainz de Baranda, y cuyos nombres eran don Félix López Robledo y Emilio Fernández Díaz, ya que había realizado con ellos operaciones de venta de diversos objetos, debido a lo cual se entabló entre ellos cierto conocimiento y, posiblemente, también amistad.

Por otra parte, en 1956, José M.ª Jarabo había conocido a la súbdita inglesa Beryl Martin, con la que llegó a sostener relaciones íntimas, a convivir maritalmente y a frecuentar salas de fiesta de la capital de España y sus alrededores, lo que, obviamente, le ocasionó grandes dispendios, llegando a la situación de tener que vender algunas joyas para poder continuar su idilio de disipación. Por lo visto, Beryl Martin se vio obligada a empeñar bien un valioso anillo con un brillante, a condición de poder rescatarlo dentro de un plazo estipulado y pago de la cantidad recibida, además de los intereses convenidos.

En el libro oficial del establecimiento «Jusfer» figura la venta de un anillo de estas características, por el que se pagaron 4.000 pesetas, y la fecha que figura inscrita es la del 26 de octubre de 1957.

Posteriormente, debieron de surgir disgustos entre Beryl Martin y su esposo y ello debió ser motivo de que la inglesa se dirigiera a José Mª Jarabo por escrito, rogándole que le devolviera la joya, sin que el aludido se preocupase de atender dicho ruego. Habituado como estaba a efectuar grandes dispendios y a dar rienda suelta a todos sus deseos y caprichos, sin preocuparse de nada más, cuando su familia le redujo la subvención mensual a 7.500 pesetas, José M.ª Jarabo se vio obligado a vender o empeñar objetos personales de algún valor, y en esta situación precaria llegó al mes de julio de 1958, fecha que se le ocurrió recuperar el anillo de Beryl Martin, sea como fuese.

No existen pruebas de que José M.ª Jarabo quisiera recuperar el anillo de diamante para devolvérselo a su propietaria. Y todo parece señalar que si concibió la idea de recuperarlo, también pensó obtener otros «beneficios» de los propietarios de «Jusfer», a los que tanto dinero había dado a ganar anteriormente.

Así, el día 19 de julio de 1958, a las ocho de la noche, efectuó una llamada telefónica a don Félix y don Emilio, conviniendo en ir a la tienda de compraventa a concertar una operación que le permitiera recuperar los objetos que allí tenía vendidos, incluyendo la mencionada sortija.

Pero, al parecer, José Mª Jarabo llegó a la calle Sainz de Baranda cuando el establecimiento «Jusfer» ya estaba cerrado, por ser alrededor de las diez de la noche. Por ello, se encaminó a la calle de López de Rueda, núm. 55, donde vivía don Emilio Fernández Díaz, llevando consigo una pistola marca «F.N.», calibre 7,65. en perfecto estado de funcionamiento, que, según se supo en el juicio oral, le había vendido un sereno llamado Francisco Agustín Rodríguez, que lo hizo creyendo que Jarabo era militar o algo así.

Subió en el ascensor, empujando la puerta con los codos a fin de no dejar huellas, y una vez en el rellano donde vivía don Emilio Fernández Díaz, tocó el timbre de la puerta principal utilizando la articulación de la segunda y tercera falange del dedo índice de la mano derecha. La puerta le fue abierta por la sirvienta, Paulina Ramos, a la que José M.ª Jarabo preguntó por Emilio.

La doncella, que debía conocerle, le hizo pasar al comedor, donde, al poco acudió el dueño de la casa, quien preguntó al visitante lo que deseaba.

-Necesito que me devuelvan ustedes la sortija de la señora Beryl Martin. ¡Es de vital importancia!

-Lo siento, Jarabo. Pero esas cuestiones deben solucionarse en la tienda y no aquí, ya que somos dos socios y hemos de tratarlas juntos. Usted dijo que vendría esta tarde y no lo hizo.

-No pude. Por eso he venido aquí. Tengo urgente necesidad de arreglar este penoso y desgraciado asunto.

-Lamento no poder ayudarle, amigo Jarabo. Vaya usted el lunes a la tienda y procuraremos hacer algo.

Diciendo esto, don Emilio Fernández hizo un gesto como dando por terminada la conversación.

Aunque no parezca corriente que un visitante conocido y con el que se han efectuado negocios, se marche de un piso sin ser acompañado hasta la puerta, en aquel caso se nos quiso hacer creer que fue así. Don Emilio Fernández Díaz se dirigió hacía el cuarto de baño mientras que José M. Jarabo pareció encaminarse hacia la salida del piso. Pero no fue así, ya que José M. Jarabo se volvió, fue tras de don Emilio, que ya se encontraba en el cuarto de baño, y rápida y silenciosamente extrajo la pistola y apoyando el cañón directamente sobre la nuca de su víctima apretó el gatillo y mató a don Emilio Fernández.

Según el lenguaje técnico del médico forense, el disparo se produjo en la región occipital, ocasionó salida de masa encefálica y el proyectil quedó alojado en el lóbulo frontal derecho, produciendo la muerte instantánea. Al caer al suelo, el cadáver quedó en posición de decúbito prono.

Un asesinato alevoso, brutal, premeditado y horrendo, cometido a sangre fría, a traición y con el más absoluto desprecio de la vida de un ser humano. Al menos, así fue calificado por el fiscal, la acusación privada y por el mismo pueblo de Madrid, al conocer los hechos.

Pero el abominable crimen de la calle López de Rueda, número 55, no había concluido aún, puesto que la criada, Paulina Ramos, al oír el disparo, salió de la cocina, donde estaba preparando la cena, y corrió por el pasillo en dirección al cuarto de baño. No tuvo que correr mucho para darse cuenta de lo sucedido. Entonces, se asustó y retrocedió, tratando de huir gritando y pidiendo auxilio.

José M.ª Jarabo, al darse cuenta de la actitud de la doncella, corrió en pos de ella, la sujetó por la espalda y le tapó la boca para impedirle gritar, a la vez que le golpeaba la frente con la pistola que todavía empuñaba y la empujaba hacia la cocina.

Desesperadamente, la doncella, que no había perdido el conocimiento, pese al tremendo golpe recibido, trató de desasirse y escapar, porque intuyó que su vida estaba en juego. Entonces, José M.ª Jarabo asió un cuchillo de la mesa de cocina y asestó, «con intención de matar», según la prueba fiscal, una puñalada a Paulina Ramos, que, penetrando por entre el cuarto y quinto espacio intercostal izquierdo, alcanzó el corazón, partió los ventrículos izquierdo y derecho, dejando el arma hundida en el pecho hasta la empuñadura, lo cual provocó la muerte instantánea de la infortunada. Acto seguido, asiéndola por la espalda, debajo de los hombros, arrastró Jarabo a su víctima hacia la habitación contigua, que era el dormitorio de Paulina, y arrojó el cadáver sobre el lecho.

Se supone que pocos instantes después de haber sucedido todo esto, calculado como alrededor de las diez y media, José M.ª Jarabo se dio cuenta de que alguien estaba abriendo la puerta principal, por lo que, con admirable dominio de sí mismo y auténtica naturalidad, salió al pasillo, encontrándose con la dueña de la casa, doña María de los Desamparados Alonso Bravo, esposa de don Emilio Fernández, la cual se quedó sorprendida al ver allí a José M. Jarabo.

-¡Pero…! ¿Quién es usted? ¿Qué está haciendo aquí?

-No se inquiete usted. Soy inspector de Hacienda -contestó Jarabo con expresión correcta y amable-. Estamos efectuando una investigación relacionada con el tráfico de oro y divisas. Su esposo de usted, don Emilio Fernández, y su doncella, han tenido que salir con dos compañeros míos. Estoy seguro de que sólo será un puro trámite.

Doña María, al oír esta explicación, no se extrañó demasiado, por conocer la índole del negocio de su esposo. Y hay que admitir que el asesino se comportó en aquellos críticos momentos con una naturalidad asombrosa, llegando incluso a tranquilizar a la mujer con sus palabras. Tanto es así que, a las once menos cuarto, llamó a la puerta el portero para retirar el cubo de la basura. Y la señora, sin extrañar nada, con la naturalidad de quien nada tiene que temer, entregó el cubo al portero y no dio muestras de inquietud alguna.

Pero al volver a entrar de nuevo en la casa, se dio cuenta de que las ropas del supuesto inspector de Hacienda estaban manchadas de sangre y, comprendiendo lo anormal de la situación y viéndose indefensa, huyó despavorida hacia su dormitorio. José M.ª Jarabo la siguió y la alcanzó, disparando por la espalda con infalible y siniestra precisión, ya que a una distancia de 25 ó 30 centímetros, logró insertar el proyectil en la región occipital, atravesando el cerebro y el cerebelo, lo que le ocasionó la muerte instantánea a doña María de los Desamparados Alonso Bravo, quien se desplomó sobre el lecho matrimonial, cayendo luego arrodillada al suelo, posición en que sería encontrada posteriormente por la Policía.

Doña María de los Desamparados se encontraba en estado de gestación de unos dos meses, con lo que su muerte provocó también la del feto. Pero esta circunstancia no podía saberla el asesino en aquellos instantes, quien, después de comprobar que sus disparos habían sido certeros y que la única persona viviente en el piso era él, además de que no se había dado la alarma en el inmueble, se dedicó a registrar el cadáver de don Emilio, a quien le arrebató el dinero que éste llevaba en la cartera, en cuantía superior a las quinientas pesetas, así como las llaves del domicilio y puerta de acceso a la tienda «Jusfer». Tomó también unas gafas de sol, un reloj de caballero y una pulsera de oro que llevaba doña María. Registró también los armarios y muebles y cogió el pasaporte del matrimonio y otros documentos.

Acto seguido, José M.ª Jarabo limpió, con un paño húmedo de la cocina, todos los muebles, picaportes, cerraduras y enseres, donde hubiera podido dejar sus huellas dactilares, así como también limpió el mango del cuchillo clavado en el pecho de Paulina, cuyo cadáver desnudó y colocó en la cama en posición tal que cualquiera, al verlo, podría pensar en que estaba cohabitando por la fuerza con algún hombre y que murió en el intento de defenderse.

Recogió también los casquillos de los proyectiles disparados y se quitó la camisa sucia, por habérsela manchado de sangre, la cual arrojó en la alcoba donde se encontraba el cadáver de Doña María, y en su lugar se puso otra limpia y perteneciente a don Emilio Fernández.

Al concluir todas estas actividades, José M.ª Jarabo quiso ofrecer una falsa pista de los hechos a los investigadores, y para ello colocó varias copas y vasos en el bar que existía en el salón comedor, llenándolas de distintas bebidas, de las que bebió e incluso marcó algunas copas con barra de labios de doña María, dejando impresas huellas de carmín. Hecho esto, removió sillas y butacas para dar la impresión de que allí se habían reunido varias personas a beber y divertirse, a cuyo efecto dejó un disco colocado en el «pick up» que existía en el salón.

Parece ser que José M.ª Jarabo, una vez concluida su labor desorientadora, se quedó a dormir allí, bebiendo a manta, y a las nueve de la mañana siguiente, domingo día 20, se marchó utilizando las llaves sustraídas.

Una de las preguntas que todos se hicieron, empezando por la propia Policía, hasta el Ministerio Fiscal, la acusación privada y los mismos defensores era la de, ¿cómo había podido José M.ª Jarabo pasar la noche entre cadáveres en el piso de López de Rueda, bebido o no, para luego salir a las nueve de la mañana, como si nada hubiera sucedido, como el que sale de su propio domicilio para asistir a la misa dominical?

Ya hemos dicho que nuestro personaje fue un sujeto extraordinario de cinismo y descaro. Durante la vista del juicio siempre respondió con facilidad y soltura, como si lo que allí se trataba no fuese con él. Tenemos un recorte a mano donde se nos da una prueba de esto.

En el informe del acusador privado, don Álvaro Núñez Maturana, se dijo que José M.ª Jarabo a los veintiún años, contraía matrimonio de un día para otro, o un día sí y otro no, cosa nada anormal en Estados Unidos -lo que nos parece una colosal exageración del acusador privado -, «y que, después de una desagradable luna de miel, el procesado entabló relaciones amorosas con la madre de su esposa y sus cuñadas».

Fue entonces cuando José M.ª Jarabo se levantó y exclamó:

-¿Se me está juzgando a mí o a mi familia?

Este incidente, que terminó con amonestación del presidente, don Antonio Ochoa Olalla, el cual afirmó que una intervención de aquel tipo le obligaría a ordenar que le pusieran de nuevo los grilletes.

El caso fue, siguiendo con el proceso cronológico de los hechos, que José M.ª Jarabo pasó el domingo, día 19, bebiendo en su alojamiento, y no recuerda en absoluto si salió o no.

Pero el lunes por la mañana, a eso de las ocho y media, efectuó una llamada a la tienda de compra-venta «Jusfer». Sus palabras textuales, a preguntas del Ministerio Fiscal, señor González Zapatero, fueron:

-Sí; a eso de las ocho y media llamé a la tienda de compra-venta y como no me contestó nadie, telefoneé a la casa de Félix, para hablar con él. Se puso al aparato Ángeles, su mujer, y me dijo que su marido acababa de salir en ese momento hacia la tienda.

»Para hacer tiempo, me metí en una cafetería y bebí mucha ginebra. Luego, me dirigí al establecimiento y me encontré con que estaba echado el cierre metálico, pero Félix al oír que llamaban, abrió la puerta de la trastienda y le expliqué que mi visita obedecía a que me entregara la sortija y la carta (de Beryl Martin). Sobre todo la carta. La carta era más peligrosa que el brillante, porque de la carta no se podía hacer otra igual. Discutimos y de repente me tiró un «viaje» con la mano derecha. Peleamos. Poco rato. Intenté hacerle una llave de muñeca en el brazo izquierdo y, en ese momento, él cometió el error de darme un golpe en el hombro, lo que me obligó a disparar. Creo que sólo fue una vez, pero también pudieron ser dos los disparos. Pasé de la trastienda al local comercial y busqué en el cajón de los papeles sin conseguir encontrar la carta. Encima de la mesa estaban todas mis tarjetas. Las tomé. Vi también que allí estaba mi pluma estilográfica. Busqué mi reloj “Longines”, otro que era del mismo valor y otros efectos de mi pertenencia.

El fiscal interrumpió a José M.ª Jarabo y le preguntó:

-¿Y con esos efectos se llevó usted también una pulsera de diamantes? ¿Dónde estaba?

-Al lado de la balanza -contestó el acusado-. Al salir me encontré con una persona que entraba por el portal y entonces retrocedí y subí a un piso alto. Cuando dejé a Félix en la tienda no estaba muerto todavía y por eso llamé a un familiar suyo para que pudieran auxiliarle. Poco después volví a llamar desde una cafetería y entonces supe que había fallecido.

»A continuación fui a una tintorería para que me dejaran el traje en buenas condiciones, porque a mí me gustaba presentarme en todos los sitios con decoro y quería hacerlo también así ante la Policía. Ignoraba que me buscasen; únicamente sabía que yo había cometido un hecho reprobable del que estaba arrepentido».

¿No ha para quedarse boquiabierto, atónito y estupefacto, al leer estas declaraciones? Así parece ser que se quedaron todos los oyentes, durante el juicio oral, al escucharlas. Y las hemos querido transcribir porque son una auténtica revelación de cinismo, ya que como vamos a saber por la sentencia, los hechos fueron muy distintos.

Se pudo averiguar, que el domingo día 19, José M.ª Jarabo no estuvo encerrado en su hotel, sino recorriendo lugares de recreo y diversión, y por la tarde acudió a un bar situado en un lugar próximo a la casa de la calle López de Rueda, núm. 55, en donde había cometido los asesinatos el sábado por la noche, y desde donde estuvo observando lo que ocurría por aquel entorno, cerciorándose de no notar nada anormal.

Se probó, además, que José M.ª Jarabo habló telefónicamente con Ángela, la mujer que vivía maritalmente con don Félix López, sin que de la conversación se hubiese desprendido nada que pudiera revelar el conocimiento de los hechos.

Alrededor de las diez de la noche abandonó el bar y se dirigió a su pensión, situada en la calle Escosura, a donde llegó sobre las diez y media, y en la que permaneció hasta las siete de la mañana siguiente, lunes, día 20, fecha y hora en que salió para dirigirse al establecimiento de compra-venta «Jusfer», con la finalidad de apoderarse del anillo de diamante que le había reclamado por carta Beryl Martin.

José M.ª Jarabo llegó al establecimiento alrededor de las ocho de la mañana y, con las llaves sustraídas a don Emilio Fernández, abrió la puerta y penetró en su interior, para colocarse detrás de dicha puerta, en un lugar con anchura y profundidad suficiente, y esperar allí a que llegase don Félix López Robledo. Y, efectivamente, alrededor de las nueve llegó don Félix López, abrió la puerta y entró en el establecimiento. Nada más lo hubo hecho, José M.ª Jarabo, situado a espaldas de la víctima, con la pistola en la mano y con ánimo de matar, disparó dos tiros sobre la nuca de don Félix, para lo cual apoyó el arma en la región occipital, dando lugar con esto a que la expansión de la pólvora chamuscara el pelo, con salida de ambos proyectiles por la región frontal, lo cual determinó la muerte instantánea del hombre.

Mas como a consecuencias de las heridas se produjo una gran hemorragia y José M.ª Jarabo temió que la sangre saliera por debajo de la puerta y delatara lo sucedido antes de darle tiempo de huir, arrastró el cadáver hacia el interior y luego tomó un saco de serrín y lo esparció por el suelo, donde estaba la sangre, para impedir que saliera por debajo de la puerta.

Una vez realizado todo esto, José M.ª Jarabo se lavó las ensangrentadas manos y se colocó unos guantes que llevaba al efecto, para no dejar huellas, y acto seguido registró el establecimiento, buscando las llaves de la caja de caudales, cosa que no logró. Acto seguido, ante la imposibilidad de abrir dicha caja, registró los bolsillos de la chaqueta que vestía don Félix López, apoderándose de 900 pesetas que llevaba en la cartera. Pasó luego a la tienda, donde tomó dos plumas estilográficas, un reloj de oro, un maletín, un traje de caballero, dos máquinas fotográficas, una radio de bolsillo y unas gafas de sol. Todo esto lo colocó dentro del maletín, excepto el traje, que cambió por el que llevaba puesto y que se había manchado de sangre durante el alevoso asesinato.

Una vez hecho esto, el criminal salió del establecimiento y cerró la puerta. De allí fue a una tintorería, en donde dejó el traje manchado de sangre, pidiendo que se lo limpiasen con toda urgencia. Alegó que la víspera había sostenido una pelea en una sala de fiestas, y se manchó a causa del derrame nasal de su adversario.

La sentencia dejó probado también que el día 21 de julio, el acusado lo pasó en distintos establecimientos de bebidas, cosa que repitió el martes día 22, hasta que fue detenido por la Policía.

Se probó, además, que José M.ª Jarabo había utilizado diversos nombres falsos, tales como José Jaime Jarabo Mendoza y Jaime Martín Valmaseda. En el momento de ser detenido se le ocupó un carnet de identidad falso con este último nombre.

El juicio contra José M.ª Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez Morris se inició el día 29 de enero de 1959, en la Sala V de la Audiencia Provincial de Madrid, y dio comienzo a las 10,15, bajo la presidencia de don Antonio Ochoa Olalla, quien empezó apercibiendo al procesado para que dijese la verdad. Luego, concedió la palabra al Ministerio Público, señor González Zapatero, el cual inició el interrogatorio. En términos generales, el acusado respondió tal y como hemos expuesto en el desarrollo de los hechos.

Después intervinieron los letrados de la acusación privada, señores Serrano Agua, Ros, Roberto Reyes y Núñez Maturana.

Por la tarde intervinieron los abogados defensores, señor Antonio Ferrer Sama, catedrático de Derecho Penal de la Universidad de Valencia, y don Cesáreo Pérez Abascal, letrado del Colegio madrileño, quienes se limitaron a interrogar al procesado. Una vez concluido el interrogatorio, se terminó la sesión.

Al día siguiente, 31 de enero, se reanudó la vista y comparecieron los testigos de la acusación, entre los que cabe destacar al dueño de la tintorería de la calle Orense, al que José M.ª Jarabo llevó un traje manchado de sangre, diciéndole que le urgía tenerlo limpio cuanto antes. Añadió el testigo que Jarabo le explicó haber tenido una pelea con un individuo en el «Molino Rojo» y que la sangre procedía de un derrame nasal.

Declaró también el sereno Francisco Agustín Rodríguez, quien declaró haber vendido al procesado una pistola creyendo que se trataba de un jefe del Ejército.

A continuación se pasó a la prueba de testificar presentada por la defensa, en la que declararon varios médicos y personal sanitario. El jefe de los servicios médicos de la Prisión Provincial dijo que se aplicaron al procesado inyecciones de luminal y después vitamina B. No creía que se le hubiese inyectado cloruro mórfico y añadió que él mismo realizó una prueba suprimiendo la inyección de vitamina B durante cinco días, y que el acusado presentó, al cabo de dicho tiempo, un cuadro clínico de proceso nervioso y ansiedad. Al reanudar el tratamiento con vitamina B desaparecieron los síntomas del cuadro clínico. Dijo, además, que no creía que el acusado hubiese simulado, sino que se trataba, a su juicio, de un caso de sugestión.

Durante la sesión se citó a la señora Beryl Martin, que no compareció. La defensa solicitó, dada la importancia excepcional de la testigo, que se suspendiera la vista, a lo que se opusieron enérgicamente la acusación pública y privada.

La sala, considerando la dificultad de comparecencia que concurría en una extranjera, y sobre todo el hecho de que ha sido suficientemente instruido el sumario, denegó la petición de la defensa.

En el día 2, la sesión se reanudó con el informe, brillante y elocuente, del Ministerio Fiscal, señor Gónzalez Zapatero, quien empezó diciendo que:

-Todos los hechos demuestran que todas las heridas causadas a las víctimas fueron ejecutadas por mano maestra, por una persona que sabe cómo hiere y dónde hiere.

A continuación, el Ministerio Fiscal resaltó los disparos efectuados en la nuca, a don Félix López, lo que corroboraba su teoría de una gran precisión y exactitud en el agresor, y luego pasó a efectuar un bello elogio a la Brigada de Investigación Criminal, por su eficaz actuación al detener al criminal antes de transcurridas las cuarenta y ocho horas, y negó las manifestaciones del detenido en el sentido de que no le había sido facilitada asistencia médica hasta transcurridas las treinta y seis horas a partir de su detención, así como denegó que el procesado hubiera sido maltratado por la Policía para obtener una declaración de culpabilidad.

Inmediatamente después, el señor González Zapatero analizó los hechos y dijo que no había posibilidad alguna de saber cronológicamente cómo sucedieron las muertes.

-Pero lo que sí sabemos -añadió con energía- es que no ocurrieron como lo relata el procesado.

Y fue debatiendo, punto por punto, cada una de las manifestaciones hechas por Jarabo, añadiendo:

-Son pueriles las alegaciones de que se intentara recuperar un anillo solitario y una carta de una señora inglesa, puesto que si, cuando el procesado tenía dinero no fue a retirar dicha joya, ¿cómo se proponía retirarla el día 19, cuando no tenía dinero?

A continuación, el señor González Zapatero expuso que José Mª Jarabo no pudo llegar a la calle López de Rueda, número 55, en estado de embriaguez o intoxicado, porque si hubiese sido así, después no habría podido dibujar un plano detallado y preciso, sin fallo alguno, de la vivienda. Hizo constar claramente cómo Jarabo abrió la puerta del ascensor con los codos, y como, después, se jactó de no haber dejado siquiera una sola huella.

En el piso, explicó el fiscal, le abrió Paulina Ramos, y él -señaló González Zapatero al acusado- fue dando muerte inflexiblemente a cada una de sus víctimas.

-¡Y nos es indiferente el orden en que se produjeron estas muertes! -exclamó el fiscal-. Lo que sí sabemos es que no hubo lucha y esto lo demuestra palmariamente la prueba pericial realizada.

»El disparo sobre la nuca de don Emilio Fernández Díaz debió hacerse apoyando el cañón de la pistola sobre la piel, puesto que los gases de la pólvora penetraron en la herida, ya que ésta tenía todas las características de los disparos a quemarropa. Y tampoco es verdad lo que dijo el acusado de haber disparado varias veces para detener a doña María de los Desamparados, y de que la alcanzó por casualidad uno de los tiros.

»Creemos -siguió diciendo el fiscal- que la primera en morir fue Paulina Ramos, la sirvienta, puesto que el procesado no pudo apreciar cómo vestía.

A las 13,10, el presidente del tribunal ordenó suspender la sesión para un breve descanso. Cuando se reanudó, el Ministerio fiscal reiteró su calificación de cuatro delitos de robo con homicidio, según los artículos 500, 501, 506, 508 y 513 del Código Penal vigente, dos de tenencia ilícita de armas -debemos aclarar que además de la pistola «F.N.», calibre 7,65, en poder de José Mª Jarabo se encontró otra pistola, marca «Welter»-, dos de uso de nombre supuesto, tipificado en el artículo 322 y uno de falsificación de Documento Nacional de Identidad, de los artículos 308 y 309.

El señor González Zapatero -pasó luego a extenderse en una disertación jurídica acerca de la figura delictiva del robo con homicidio, lo que calificó como de un delito complejo. Recurrió a varias sentencias del Tribunal Supremo, a fin de apoyar su tesis, y afirmó que, aun admitiendo la hipótesis de que el procesado fuera a recoger el brillante y la carta, la única figura delictiva que podía aceptarse era la de robo con homicidio.

Analizó luego las agravantes genéricas y dijo que en la muerte de don Emilio Fernández eran de alevosía, premeditación y nocturnidad; en la de doña María de los Desamparados y Paulina, eran alevosía, premeditación, nocturnidad y desprecio de s*x*, y en la de don Félix López, la de alevosía y premeditación.

Al reanudarse la sesión por la tarde, el Ministerio fiscal elevó a definitivas sus conclusiones provisionales. Consideró la existencia de cuatro delitos de robo con homicidio, dos de tenencia ilícita de armas, dos de uso de nombre supuesto y uno de falsificación de documento público. Y por todo ello, pidió cuatro penas de muerte, diversos arrestos y una indemnización de 150.000 pesetas por cada una de las víctimas.

Pasó luego el Ministerio público a centrar su actuación en uno de los puntos fundamentales, o sea la capacidad o incapacidad del procesado, haciendo un minucioso y detenido estudio de la eximente de enfermedad mental, para llegar, posteriormente, a la conclusión de que no existe, ni se puede apreciar esta apreciación dentro de los apartados que nuestro Código Penal dedica a la cuestión. Examinó la vida de José Mª Jarabo y llegó a la conclusión de que no era un morfinómano, ni tan siquiera un alcohólico, por no presentar trastornos mentales específicos, por todo lo cual era plenamente responsable de sus actos, ya que distinguía el bien del mal y sabía elegir libremente sus acciones.

A continuación, el señor González Zapatero leyó varias sentencias del Tribunal Supremo, como la del 28 de marzo de 1948, en la que se habla de un caso similar y en la que se dice «Si se siguiera ese tan peligroso y oscuro sendero iríamos a los crímenes más horrorosos.»

-Pero hay más -siguió diciendo el fiscal-, el propio acusado dijo que pensó presentarse a la Policía, ya que había realizado actos reprobables. Lo cual prueba clarísimamente su responsabilidad.

Habló después el fiscal de la vida del acusado.

-Es -dijo- frío, irónico, derrochador, mujeriego, egoísta, etc. él mismo dijo que la Prensa había exagerado al atribuirle el derroche de quince millones de pesetas en los últimos años, cuando, en realidad, sólo había gastado diez.

Después, el señor González Zapatero hizo una síntesis de la doctrina de la pena, refiriéndose a la retribución y la expiación, para lo que recurrió a nuestros mejores tratadistas. Terminó pidiendo justicia al tribunal.

Hubo una suspensión de la vista durante cinco minutos y al reanudarse la sesión tomó la palabra, en nombre de la madre de Paulina Ramos, el acusador privado, letrado señor Pérez Agua, quien apostrofó al acusado con inusitada violencia, por lo que fue requerido al orden por el presidente de la sala, e insistió muy especialmente en la consideración del más horrendo de todos los crímenes el cometido con Paulina, que era un modelo de inocencia, que no sabía nada de ninguno de los manejos del acusado, ni de sus patrones, ni de nadie.

Se suspendió entonces la causa que se reanudó al día siguiente, empezándose por el informe del letrado, don Luis Roa, que ejercía la acusación privada en nombre de la esposa e hijo de don Félix López Robledo.

-Con la venia de la sala -empezó diciendo-, niego que el acusado sea un alcohólico y un toxicómano, así como refuto tajantemente que haya cometido los delitos de que se le acusa estando embriagado.

»Es preciso constatar la contradicción del acusado al declarar que se le habían administrado codeína y bencedrina, ya que como todos sabemos estas drogas poseen efectos contrarios: una como calmante y otra como excitante.

»Yo afirmo que el robo fue el móvil de los delitos ya que de la tienda se llevó el procesado objetos de valor, como la radio, las máquinas de fotografiar, etc., no llevándose otros porque había poca luz para distinguir los objetos.

»En cuanto a la calificación de los hechos y a las penas solicitadas para el procesado, me adhiero en todo a la calificación y petición fiscal.

La acusación de don Álvaro Núñez Maturana, en representación de la madre de don Emilio Fernández Díaz, fue muy técnica, en su mayor parte, explicando la razón por la cual había modificado sus conclusiones provisionales, ya que las primeras las había hecho dejándose llevar por el espíritu de la buena fe, y que en un principio creyó en el móvil de los homicidios al creer que habían sido cometidos por la recuperación del anillo y la carta que una súbdita británica escribió y dirigió al acusado.

Pero después de oída la calificación fiscal, pasó a la calificación jurídica de los mismos y se adhirió en todo a la exposición del señor González Zapatero, la cual, dijo, «es maravillosa».

El señor Núñez Maturana agregó después que el procesado no había mostrado en ningún momento de su vida señales de ser un psicópata desalmado o un moral «insanity». En el hospital de Springfield mostró un comportamiento normal y correcto, hasta el punto que a los tres años y medio se le puso en libertad por su buena conducta.

Afirmó también que el procesado, por sus conocimientos sobre psiquiatría, había engañado hábilmente al doctor Alberca y al doctor Llopis, y terminó su informe con una cita del doctor Schneider, que consideraba desagradable para el procesado, pero tranquilizadora para el público: «La mejor medicina, el mejor tratamiento para esta clase de seres, es el cadalso.»

Al reanudarse la sesión de tarde, todavía con el áspero sabor de la cita hecha por el señor Álvaro Núñez Maturana, tomó la palabra el conocido letrado don Roberto Reyes, quien ostentaba la acusación privada en nombre de la madre de doña María de los Desamparados Alonso Bravo.

El señor Reyes empezó explicando cómo sucedieron los hechos y estableció el orden de las muertes, diciendo que, según él, primero murió Paulina, después don Emilio y por último doña María de los Desamparados, a la cual debió amenazar el acusado con la pistola, desde alguna parte del interior del piso, cuando tuvo lugar el hecho demostrado de la entrega del cubo de la basura.

Rebatió la tesis mantenida por la defensa de que el procesado era un psicópata peligroso y afirmó que José María Jarabo era un hombre consciente de sus actos, que los valoraba y los sentía.

-No es un enfermo mental -dijo el señor Reyes y todos hemos podido comprobar cómo reacciona cuando se le araña a su familia o a sus seres queridos.

Don Roberto Reyes terminó diciendo que no tenía más remedio que pedir la pena de muerte, sin declarar loco al procesado, para no ofender a los locos.

En su turno, el abogado de la defensa, don Cesáreo Pérez Abascal, solicitó respetuosamente a la sala la suspensión de la vista durante un período de veinticuatro horas, a fin de dar lugar a preparar cuidadosamente la defensa del procesado, alegando el defensor que los informes habían sido muy extensos y que necesitaba un amplio y concienzudo estudio.

Pero el presidente, señor Antonio Ochoa Olalla, replicó que lamentaba no poder acceder a la petición de suspensión por veinticuatro horas, alegando que las modificaciones habidas en las conclusiones provisionales eran poco sustanciales y resaltó que el ilustre representante de la defensa, el profesor Antonio Ferrer Sama, no había comparecido a la sesión de la mañana, ni a la de la tarde, lo que le debía haber permitido preparar su informe.

Y el presidente de la sala suspendió la sesión hasta el día siguiente, a las diez en punto.

El día 4 de febrero, a la hora señalada, empezó el abogado primero de la defensa, catedrático de la Universidad de Valencia, don Antonio Ferrer Sama, cuya intervención se esperaba con impaciencia.

El informe de tan ilustre abogado empezó con la expresión de su gran responsabilidad ante tan tremendo caso, ya que había sido preciso establecer contacto personal y directo con el procesado, José M. Jarabo, para comprender que se había hecho cargo de la defensa de una figura de delincuente que «bastan las características que concurren en la extraña personalidad del procesado, -dijo textualmente- para concluir que se trata de un caso de psicopatía en su estado más profundo y grave».

Don Antonio Ferrer Sama realizó la enorme responsabilidad de quienes, sin entender nada, piden la pena de muerte y cómo el prejuicio, en estos casos, ata las manos de todos los representantes de la ley.

-Se habla -dijo- de que la culpabilidad es un juicio de reproche social y este juicio incumbe solamente dilucidarlo a los tribunales de justicia en nombre de la sociedad. Es decir, de la sociedad a través de las personas que ejercen esta alta magistratura.

»El delito -añadió el señor Ferrer Sama- es acción, acción humana; supone una conducta, después un resultado, y, por último, una relación de causalidad entre el acto y el resultado. Por desgracia, sólo conocemos la acción en su resultado. Lo único que sabemos es que ha habido cuatro muertes. Conocemos los resultados, pero no sabemos cómo se realizaron los actos.

»Es preciso constatar que cada acusación ha narrado los hechos de distinta manera y se ha basado en una serie de supuestos e hipótesis, de hechos que resultan extraños en la declaración del procesado. Pero la presunción que es peligrosísima en todo el ancho campo del Derecho, lo es mucho más en el acotado campo del Derecho Penal.

»Hay que destacar cómo las acusaciones han tenido que modificar las conclusiones, aunque yo esperaba que lo que, precisamente, modificarían sería el ánimo inicial de la conducta de mi defendido para desechar el robo. Pero, cosa que me sorprende grandemente, en vez de hacerlo así, las modifican basándose en el ánimo de lucro para unirse al criterio del Ministerio fiscal.»

Don Antonio Ferrer Sama se refirió después a lo declarado por los policías que condujeron al procesado el día de la reconstrucción de los hechos y a los que Jarabo explicó cómo abrió la puerta del ascensor con los codos para no dejar huellas.

-Parece un detalle sin importancia -añadió el defensor-, pero no lo es. Las puertas no pueden ser abiertas de ese modo y lo afirmo terminantemente, porque mi compañero en la defensa lo ha podido comprobar desde dentro. He aquí otro de los fallos de la inteligencia de Jarabo. Ahora bien, lo que sí quiero destacar es que este fallo es propio de un oligofrénico o idiota. Pero lo que no ha quedado probado todo en este proceso está en el aire y es si hizo esta operación al bajar o al subir.

El Ministerio fiscal, señor González Zapatero, solicitó en aquel momento de la presidencia mantener un «aparte» con su distinguido compañero de la defensa. Y tras unos breves minutos de conciliábulo privado se reanudó la sesión.

Don Antonio Ferrer Sama analizó entonces las versiones del Ministerio público acerca del desarrollo de los hechos y dijo que todo estaba basado en supuestos y presunciones. Pasó después a examinar los supuestos de hecho del escrito de calificación de cada uno de los acusadores privados. Y concluyó diciendo:

-No hay manera de saber cómo se produjeron los hechos. Solamente conocemos el resultado, pero no sabemos nada de la conducta.

Después de la suspensión de la vista, que se reanudó aquella misma tarde, el señor Ferrer Sama continuó rebatiendo los hechos contenidos en los escritos de calificación de los acusadores.

Negó, después de la afirmación de una de las acusaciones, de que José M. Jarabo tuviese como finalidad el chantaje y el ánimo de lucro en el episodio de las fotografías inmorales, y afirmó que ello era debido a cierta desviación del instinto de sexualidad.

-Todo lo que suponga rozar la sexualidad -dijo Ferrer Sama- produce un efecto explosivo en Jarabo.

En aquel instante, como confirmando de algún modo las palabras de su defensor, José Mª Jarabo, sentado en el banquillo, dio muestras de indisposición, con síntomas de náuseas y mareos, y el presidente ordenó suspender brevemente la vista. Tal vez, supusieron muchos, el acusado fingió deliberadamente para corroborar los asertos de Ferrer Sama.

Al reanudarse la vista, el catedrático de Derecho Penal por la Universidad de Valencia, con probada y admirable elocuencia, dijo:

-Los hechos relatados por las acusaciones se basan en hipótesis y cada uno de ellas se ha acogido al supuesto que más se adaptaba a la pena que había de pedir.

»Pero yo afirmo terminantemente que hay que descartar el ánimo de lucro como motivo impulsor de los homicidios. Y, por lo tanto, no hay robo con homicidio.»

Llegado este momento, por leve y pasajera indisposición del abogado defensor, el presidente suspendió la vista. Al reanudarse poco después, fue el acusado quien dio muestras de indisposición y entonces la presidencia suspendió el juicio hasta el día siguiente.

Al iniciarse la sesión, el día 5, el abogado defensor, don Antonio Ferrer Sama, empezó diciendo «que se había llegado a la conclusión de que queda eliminado totalmente el propósito inicial del lucro.»

¡Claro que quien había llegado a esta conclusión sólo era la defensa y por motivos obvios, jugando con las palabras y tratando de influir en la sala!

-Y aquí se nos plantea- siguió diciendo Ferrer Sama- el problema, ¡grave problema!, de la imputabilidad del autor.

El defensor hizo una exhaustiva comparación entre los conceptos de imputabilidad y culpabilidad. Pasó a describir la oligofrenia, que afecta a la inteligencia y en la cual cabían tres grados: la debilidad mental, la imbecilidad y la idiotez. Para corroborar esto, Ferrer Sama pasó a dar lectura a textos de diversos autores de prestigio internacional.

Según Merger, el delincuente psicópata debe ser castigado pero de forma atenuada. En la «Revista Internacional de Política Criminal» se recogen los resultados de las sesiones de un grupo de trabajo de las Naciones Unidas en Ginebra. Y en estos resultados, las conclusiones a que se llegó es que en el concepto de anormales no sólo se incluyen los alienados, sino también los psicopáticos, deficientes mentales, psicópatas y neuróticos.

Ferrer Sama resaltó el profundo interés que muestran en la personalidad del procesado los traumas cerebrales a lo largo de su vida y el alcoholismo. Examinó el alcoholismo desde el punto de vista científico y dijo que el concepto vulgar de esta tara social no coincide con el concepto científico.

-Para considerar a un sujeto como alcohólico crónico -dijo textualmente Ferrer Sama- solamente es necesaria una cantidad de alcohol mucho menor de lo que la generalidad de la gente cree. Los científicos opinan que el alcohólico crónico es aquella persona que no elimina el alcohol ingerido antes de volver a beber más alcohol.

»Y yo afirmo que este lapso de carencia de alcohol en su organismo se ha dado muy pocas veces en la vida de Jarabo.»

Dicho esto, el señor Ferrer Sama pasó a ocuparse de diversas sentencias del Tribunal Supremo y mencionó una, de 1955, en que el máximo tribunal admitía la «psicopatía esquizoide» como trastorno mental transitorio, y destacó que en el caso de la personalidad psicopática de Jarabo se daba una de las piscopatías más profundas e intensas de todas las conocidas. Y añadió:

-Nos encontramos ante una persona anormal. Y si hay algo determinante en toda la curva vital de mi defendido es que jamás procedió con ánimo de lucro. Su impulso sexual es incontenible e indomable.

»He de rebatir la acusación de chantaje de que fue objeto mi patrocinado y estoy convencido de que los hechos fueron muy distintos.»

El señor Ferrer Sama dio muestras de agotamiento en aquel instante y solicitó un receso, por lo que el Presidente del tribunal, don Antonio Ochoa, suspendió la vista hasta la tarde, que se reanudó a las seis menos cuarto, con la prolongación de la intervención de don Antonio Ferrer Sama, quien, ya más recuperado, empezó citando documentos remitidos por el Departamento de Justicia de Puerto Rico, donde parecía probarse que José M.ª Jarabo era un esquizoide. Citó varias certificaciones médicas en las que constaba que José M.ª Jarabo había sufrido un ataque convulsivo con crisis epileptoidea. También citó un informe de la Dirección General de Seguridad en la que contaba que Jarabo sufría determinada enfermedad específica y era un toxicómano.

Tras una breve interrupción, don Antonio Ferrer Sama aludió a las explosiones de afectividad que sufría el procesado, que llegaban a interferir la zona de la inteligencia y la voluntad. Después, el ilustre defensor, añadió:

-No tengo que retorcer mi conciencia para aceptar esta defensa. Soy un simple abogado que con honor pretende defender una causa que cree justa. Y estoy convencido de ello. Puedo estar equivocado, pero lo que sí puedo afirmar tajantemente es que no he tenido que forzar mi conciencia para hacerme cargo de esta defensa.

»Y me pregunto si el tribunal puede, en conciencia, estar convencido de que el caso que se presenta es dudosísimo. Que José M.ª Jarabo es un psicópata ha sido admitido por todos los científicos, tanto de la defensa como los de la acusación. Y sólo difieren en cuanto a la intensidad de su psicopatía.

»Y yo afirmo que Jarabo es un psicópata profundísimo; Jarabo, si pega, pega de verdad; si bebe, se emborracha de verdad; si mata, mata con furor tremendo; si tiene antipatía a alguien es una antipatía despiadada y persistente.

»Sí, señores de la sala. Todo en este caso es duda. Duda en cuanto a los hechos; duda en cuanto a la extraña personalidad de Jarabo, quien, como dije esta mañana, pasará a la historia de la criminalidad. De Jarabo se harán estudios; se estudiarán sus rasgos caligráficos; se estudiará su curva vital; se investigará y buceará toda su vida. El caso es dudosísimo. Pero, al menos para mí, la cosa está totalmente esclarecida, porque Jarabo es un psicópata inimputable.

Don Antonio Ferrer Sama, dando muestras de agotamiento, se dirigió entonces al presidente y le dijo:

-Si esta defensa se comprometiese a terminar mañana…

Don Antonio Ochoa Olalla, con la máxima cortesía, interrumpió al famoso letrado para decirle:

-La defensa tiene libertad absoluta para dilatar cuanto quiera su informe y pedir la suspensión de la vista.

Dando las gracias, el señor Ferrer Sama así lo hizo y se suspendió la sesión hasta las diez de la mañana siguiente, cuando se volvió a reanudar, continuando en el uso de la palabra el letrado don Antonio Ferrer Sama.

Empezó haciendo una aclaración que consideraba conveniente y expuso que se había incurrido en una confusión, puesto que las taras de tipo hereditario que padecía el procesado, a su juicio, procedían de línea materna y no paterna.

-Pasamos ahora -añadió el defensor- a un punto fundamentalísimo. Se trata de la calificación jurídica de los hechos. Y esta defensa tiene que rechazar, en primer lugar, la calificación de delito de robo con homicidio hecha por la acusación fiscal y por la acusación privada.

»Ha quedado probado en el examen exhaustivo de los extremos de hecho la inexistencia del ánimo inicial de lucro. Estoy de acuerdo con el fiscal en que el robo con homicidio es un delito complejo, pero no puedo por menos que diferir con el criterio del Ministerio fiscal, según el cual, la nueva redacción del artículo 512 del Código Penal ha producido una modificación en el concepto de esta figura delictiva.»

Don Antonio Ferrer Sama pasó después a exponer consideraciones para rebatir los argumentos que intentaban demostrar que el propósito de José M.ª Jarabo fue el del asalto de una vivienda para apoderarse de lo que hubiese allí y que aunque no existiera asalto, existía ánimo de lucro, y todo esto no era así, a juicio de la defensa.

Con referencia a la carta de la señora Beryl Martin, el señor Ferrer Sama dijo que no era un artilugio suyo, ya que existía tal carta y era un hecho real. Luego, dijo:

-Ha quedado suficientemente probado, totalmente aseverado, que no hubo ánimo inicial de lucro. Por lo tanto deben apreciarse unos delitos de homicidio con el subsiguiente atentado contra la propiedad ajena.

Tras una breve pausa, el defensor pasó a examinar las dos circunstancias agravantes alegadas por la acusación y que la defensa negó: la premeditación y la alevosía.

Y dijo con respecto a la premeditación que estaba conforme, en parte, con la exposición hecha por el Ministerio público. Pero que disentía en varios puntos. Después, don Antonio Ferrer Sama pasó a examinar la alevosía y dijo que ésta no podía tomarse en consideración por el lugar en que se encontraban las heridas de las víctimas.

Luego, dijo:

-Aunque el tribunal, de lo que sí está seguro este letrado, es de haber llevado la duda, una duda terrible, a sus conciencias. En un caso tan grave como éste, me veía obligado a hacer todo lo que pudiera. Mi conciencia está tranquila. No creo que pueda hacer más. Como no busco lucimiento y sí eficacia, no termino mi informe con un párrafo bonito que pudiera haber tenido preparado.

Al concluir el ilustre defensor, intervino brevemente el Ministerio fiscal, en la sesión para rectificación de hechos y conceptos, para decir que el artículo 512, nuevamente redactado preceptúa que todos los delitos incluidos en el capítulo quedan consumados aunque no se haya logrado el ánimo de lucro. Y en aquel caso concreto se había producido fuerza en las cosas y el capítulo se refería al robo únicamente. Hablaron luego los acusadores privados, rindiendo tributo al tribunal por lo bien que había llevado la causa, y no faltó quien felicitó a la defensa por su brillante oratoria. Un intercambio de cumplidos entre la acusación privada y la defensa, que estaba afónica, puso fin a esta sesión.

Fue entonces cuando el presidente de la sala, don Antonio Ochoa Olalla se dirigió al procesado, José M.’ Jarabo y le preguntó si tenía algo que alegar.

El procesado se levantó y expresó su gratitud por el trato recibido en la Dirección General de Seguridad, pero su ironía manifiesta obligó al presidente, don Antonio Ochoa Olalla, a cortarle rápidamente. José M.ª Jarabo habló luego del calibre de las pistolas, así como de su formación religiosa y de la comisión de sus crímenes, diciendo que jamás obró con ánimo de matar.

Añadió que no daba ninguna importancia a las teorías surgidas durante el juicio acerca de si era psicópata o no. Y dijo textualmente:

-Yo no lo sé, ni me importa. Lo que sé es que fui autor de cuatro muertes, dos de ellas un tanto justificadas. Aunque no se les puede devolver la vida.

»Aunque tengo un escaso margen de libertad en la prisión y aunque sé que esto que declaro me ha de costar una reprimenda y posiblemente un castigo, he de manifestar que he hecho actualmente los necesarios contactos con el exterior, para que a las familias de las víctimas se les indemnice de las responsabilidades civiles que ellas han reclamado; he establecido contacto con una Entidad fuera de España y espero que las cantidades que he ordenado se paguen, sean satisfechas en plazo muy breve.

»En cuanto al falso testimonio que aquí se ha prestado…»

Al oír estas palabras, el presidente de la sala intervino rápidamente, para decir:

-No interesan esos extremos. Visto para sentencia.

Así terminó el proceso Jarabo.

Pasó luego el tribunal a dictar sentencia, la cual se hizo pública el día 11 de febrero de 1959, y que deseamos abreviar por entender que ya nos hemos extendido demasiado en este caso.

La sentencia, en su primer resultando, condenó a cuatro penas de muerte a José M.ª Jarabo, reconociéndose su pésima conducta luchador y pendenciero, quien distingue, no obstante, lo bueno de lo malo y lo que está o no permitido.

Se menciona el problema de la venta de un anillo de brillantes, propiedad de una extranjera con la que el procesado mantenía relaciones íntimas, así como los contactos de José M.ª Jarabo con los propietarios de la tienda de compra-venta «Jusfer».

Se habla de que el procesado se encuentra sin dinero para su vida de crápula y diversión, y cuando la señora extranjera le reclama la joya pignorada para evitar disgustos con su marido, José M.ª Jarabo decide recuperar la joya. Hace somera exposición de los hechos, de cómo fue a la calle de López de Rueda, 55, domicilio del condueño Emilio Fernández Díaz, en donde llegó alrededor de las diez y media. Le franqueó la puerta la doncella y después de hablar con Emilio, y en el momento en que aparentaba ya marcharse de la casa, disparó a quemarropa contra el dueño del piso, que murió en el acto. Al ruido del disparo, acudió la muchacha, Paulina Ramos, que, al darse cuenta de lo sucedido, pretendió huir, siendo inmovilizada por José M.ª Jarabo, que la golpeó con la pistola en la cabeza, la arrastró hasta la cocina y allí la mató de una puñalada en el corazón. Poco después, al pretender salir del piso, se encontró con doña María de los Desamparados Alonso Bravo, esposa de don Emilio Fernández, a la que entretuvo fingiéndose inspector de Hacienda, hasta que ésta, tras entregar el cubo de la basura al portero, descubrió una mancha de sangre en las ropas del procesado, el cual le disparó un tiro a veinte centímetros de distancia, que le atravesó la cabeza, produciéndole la muerte instantánea.

José M.ª Jarabo, continúa diciendo la sentencia, registró entonces las ropas de los cadáveres y se apoderó del dinero y objetos de valor, así como de las llaves, tanto de muebles como de la tienda «Jusfer». También se apoderó de varios pasaportes; seguidamente intentó inventar una serie de pruebas para desconcertar a la Policía. Desgarró las ropas de Paulina y manchó varias copas, en las que sirvió licor, con carmín de labios. Luego, como es sabido pasó el día siguiente en diversos lugares de esparcimiento y, al siguiente, alrededor de las ocho de la mañana, se dirige a la tienda «Jusfer», donde se introduce, valiéndose de las llaves que se había apoderado en la casa de sus primeras víctimas, y donde se esconde, hasta que a las nueve, aproximadamente, llega don Félix López Robledo, al que dispara un tiro en la nuca, seguido de otro que también le acierta en la cabeza, y que le produce la muerte fulminante. Arrastra el cadáver y esparce serrín, para que la sangre no corra. Se lava y se apodera de una serie de objetos de valor, si bien no consigue la llave de la caja fuerte que se halla bien escondida. Usó nombres falsos y poseyó, sin licencia ni guía, dos pistolas: una «FN» y una «Walter».

En el segundo resultando se recogía la petición fiscal y en el tercero, cuarto, quinto y sexto las peticiones de las acusaciones privadas, uno de los cuales, el representante de Paulina Ramos, apreció el delito de profanación de cadáver. El séptimo resultando se dedicaba, por último, a la defensa.

Pasando a los considerandos, el primero apreciaba cuatro delitos de robo, del que resultó homicidio; dos delitos de uso de nombre supuesto; dos delitos de tenencia ilícita de armas y un delito de falsificación de documento público.

El segundo considerando apreciaba la plena responsabilidad del procesado, en sus acciones de los días de autos, y el tercero, cuarto, quinto y sexto, apreciaban, para algunos de los delitos cometidos, los agravantes de alevosía, premeditación, desprecio de s*x* y nocturnidad que se examinan en la sentencia con atención cuidadosísima.

El séptimo considerando se refería a la no exención de responsabilidad del procesado, ya que no parece que pueda sostenerse que, ni completa ni incompletamente, careciera de responsabilidad al cometer los delitos. Era plenamente responsable de sus actos. El octavo considerando se refería a la tenencia ilícita de armas y falsificación de documentos públicos, así como el uso de nombre supuesto.

En el noveno se consideraba la pena de muerte adecuada para estos delitos. Sin embargo, en su última consideración, la sala no apreció la falta de respeto a los muertos, y por lo tanto, rechazó el delito de profanación de cadáver.

Y vista la legislación pertinente, la sala falla que debe condenar y condena a José Manuel Pablo de la Cruz Jarabo Pérez-Morris, por cuatro delitos de robo, a los que siguió homicidio, a la pena de muerte por cada uno de ellos, más las accesorias, al pago de costas y doscientas mil pesetas de indemnización a los herederos de cada una de las víctimas.

Además, el procesado fue condenado, por dos delitos de nombre supuesto, a tres meses de arresto mayor y mil quinientas pesetas de multa por cada uno de ellos; por dos delitos de tenencia ilícita de armas, tres años de prisión por cada uno de ellos y por el delito de falsificación, tres meses de arresto. Por otro lado, el procesado quedaba absuelto, con todos los pronunciamientos favorables, del delito de profanación de cadáveres. Además, la sentencia fijaba que todos los objetos sustraídos debían ser restituidos a sus legítimos propietarios.

Dictada la sentencia, el presidente levantó la sesión.

Contra esta sentencia, el condenado interpuso recurso de casación, alegando quebrantamiento de forma e infracción de la ley. Pero el Tribunal Supremo desestima el recurso y mantiene la sentencia. Y con fecha 18 de mayo de 1959 confirma las sentencias de cuatro penas de muerte, considerando a José M.ª Jarabo autor de dos asesinatos y dos robos con homicidio.

El día 4 de julio de 1959, José María Jarabo fue ejecutado por medio de garrote vil, en la prisión de Carabanchel, de Madrid, a manos del verdugo. Que Dios haya tenido piedad de su alma.

Hay casos, como éste, que no merecen ulterior comentario. Los hechos hablan por sí solos. Y, sin embargo, no podemos por menos de hacernos una pregunta: «¿Es posible que existan seres como Jarabo?»

http://criminalia.es/asesino/jose-maria-jarabo/
 
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Erzsébet Bathory – La Condesa Sangrienta
admin 10 marzo, 2017 63
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Este personaje resulta verdaderamente interesante para la historia del crimen en serie, partiendo del hecho que sea una de las pocas mujeres que haya asesinado de una manera tan cruel a cerca de 650 jóvenes, incluyendo niñas…Todo ello para conservar su juventud, bañándose en la sangre de sus víctimas

La Condesa Sangrienta
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Una de las representaciones oficiales de Elizabeth Báthory, cuyo número de víctimas fue aproximadamente 650…

El caso de este personaje resulta verdaderamente interesante para la historia del crimen en serie, partiendo en un principio del hecho que sea una de las pocas mujeres que haya asesinado de una manera tan cruel… a cerca de 650 doncellas.

Además de una perversión sádica y sexual, la Condesa Elizabeth Báthory sentía especial atracción por la sangre, y no sólo se contentaba de beberla, como es habitual en los llamados asesinos vampíricos, sino que se bañaba en ella con el fin de impedir que su piel envejeciese al paso de los años.

Nace en 1560 en el seno de una de las más ricas familias húngaras. Si bien pertenecía a la más ilustre y distinguida aristocracia, siendo su primo Primer Ministro de Hungría, y su tío Rey de Polonia, también existen antecedentes esotéricos entre los miembros de su familia, como pueden ser un tío adorador de Satán y otros familiares adeptos a la magia negra o la alquimia, entre los que se puede contar a la propia Báthory, ya que desde su infancia había sido influida por las enseñanzas de una nodriza que se dedicaba a las prácticas brujeriles.

Cuando sólo contaba con 15 años se casa con un noble, el conde Nadasdy, gran guerrero conocido como “El Héroe Negro”, y se van a vivir en un solitario castillo en los Cárpatos.

El conde no tarda en ser reclamado en una batalla, por lo que se ve obligado a dejar sola a Elizabeth por un tiempo. Al cabo de muchos momentos en espera de su marido, ésta se aburre por el continuo aislamiento al que estaba sometida, y se fuga para mantener una relación con un joven noble al que las gentes del lugar denominaban “el vampiro” por su extraño aspecto. En breve regresa de nuevo al castillo y empieza a mantener relaciones lésbicas con dos de sus doncellas.

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Bathory se había rodeado de brujos, hechiceros y alquimistas. Su nodriza, basándose en magia negra, le dijo que bañarse en sangre de doncella la mantendría joven y bella: Bathory siguió su concejo, mucho más allá de la cuenta…

Desde ese momento, y para distraerse de las largas ausencias de su marido, comienza a interesarse sobremanera por el esoterismo, rodeándose de una siniestra corte de brujos, hechiceros y alquimistas.

A medida que pasaban los años, la belleza que la caracterizaba se iba degradando, y preocupada por su aspecto físico pide consejo a la vieja nodriza. Ésta, le indica que el poder de la sangre y los sacrificios humanos daban muy buenos resultados en los hechizos de magia negra, y le aconseja que si se bañaba con sangre de doncella, podría conservar su belleza indefinidamente…

En esa época, la Condesa tubo su primer hijo, al que siguieron tres más, y si bien su papel maternal le absorbía la mayor parte del tiempo, en el fondo de su mente seguían resonando las palabras tentadoras de la nodriza: “belleza eterna”. Al principio intentó alejarlas de sí, posiblemente no por falta de deseo o valor, sino por temor a las consecuencias de cara a la aristocracia, pero años más tarde cuando su marido fallece no tarda en probar los placeres sugeridos por la bruja.

Al poco tiempo moriría su primera víctima: una joven sirvienta estaba peinando a la Condesa, cuando accidentalmente le dio un tirón. Ésta, en un ataque de ira le propinó tal bofetada que la sangre de la doncella salpicó su mano. Al mirar la mano manchada de sangre, creyó ver que parecía más suave y blanca que el resto de la piel, llegando a la conclusión que su vieja nodriza estaba en lo cierto y que la sangre rejuvenecía los tejidos. Con la certeza de que podría recuperar la belleza de su juventud y conservarla a pesar de sus casi cuarenta años, mandó que cortasen las venas de la aterrorizada sirvienta y que metiesen su sangre en una bañera para que pudiera bañarse en ella.

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Bathory recorría con su carroza los Cárpatos en busca de doncellas que, una vez en el castillo, eran encadenadas y acuchilladas por un verdugo, un sirviente o ella misma, mientras las víctimas se desangraban y llenaban su bañera…

A partir de ese momento, los baños de sangre serían su gran obsesión, hasta el punto de recorrer los Cárpatos en carruaje acompañada por sus doncellas en busca de jóvenes hembras a quienes engañaban prometiéndoles un empleo como sirvientas en el castillo. Si la mentira no resultaba, se procedía al secuestro drogándolas o azotándolas hasta que eran sometidas a la fuerza. Una vez en el castillo, las víctimas eran encadenadas y acuchilladas en los fríos sótanos bien por un verdugo, un sirviente o por la propia Condesa, mientras las víctimas se desangraban y llenaban su bañera.

Una vez dentro de la pila, hacía que derramasen la sangre por todo su cuerpo, y al cabo de unos minutos, para que el tacto áspero de las toallas no frenase el poder de rejuvenecimiento de la sangre, ordenaba que un grupo de sirvientas elegidas por ella misma lamiesen su piel. Si estas mostraban repugnancia o recelo, las mandaba torturar hasta la muerte. Si por el contrario reaccionaban de forma favorable, la Condesa las recompensaba.

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A veces, las víctimas más sanas y bellas eran encerradas por años para irles extrayendo pequeñas cantidades de sangre mediante incisiones, a fin de que Elizabeth pudiera bebérsela y conservar su belleza (retratada arriba por un fan).

En algunas ocasiones, las víctimas que le parecían más sanas de mejor aspecto eran encerradas durante años en los sótanos para ir extrayendo pequeñas cantidades de sangre mediante incisiones afín que la dueña del castillo pudiera bebérsela.

Por otro lado, las calaveras y los huesos eran también aprovechados por los hechiceros del castillo, convencidos que sólo un sacrificio humano podía dar buenos resultados para realizar sus experimentos alquímicos.

Durante once años, los campesinos aterrados veían el carruaje negro con el emblema de la Condesa Báthory rastrear el pueblo en busca de jóvenes, que desaparecían misteriosamente dentro del castillo y que nunca volvían a salir.

Los cuerpos sin vida eran sepultados en las inmediaciones del castillo, hasta que finalmente, sea por pereza o descuido, tan sólo los arrojaban al campo para que las alimañas acabasen con ellos.

Algunos aldeanos no las tenían todas consigo por los gritos estremecedores que se oían salir del lugar, y se empezaron a extender rumores por todo el pueblo de que algo raro sucedía en el castillo.

Finalmente estos pueblerinos empiezan a rondar por las inmediaciones, en dónde se encuentran con los restos de más de una docena de cuerpos sin vida. Éstos armaron una revuelta insistiendo que el castillo estaba maldito y era además una residencia de vampiros, quejándose ante el propio soberano.

Atacar a una familia de poder en esa época era algo verdaderamente difícil, y sobre todo si como en este caso, el acusado además de ser una persona distinguida entre la nobleza tenía amigos igual de poderosos por todas partes. Por ese motivo, el emperador comienza por no prestar atención a las quejas de su pueblo, pero finalmente envía una tropa de soldados que irrumpen en el castillo en 1610.

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En base a las ruinas que quedaron, los expertos piensan que así (imagen superior) lucía el castillo de la perversa condesa

Al entrar, los soldados encuentran en el gran salón del castillo un cuerpo pálido y desangrado de mujer en el suelo, otro aún con vida pero terriblemente torturada, que había sido pinchada con un objeto para extraerle la sangre, y una última ya muerta tras ser salvajemente azotada, desangrada y parcialmente quemada. En los alrededores del castillo, desentierran además otros cincuenta cadáveres.

En los calabozos, se encuentran a gran cantidad de niñas, jóvenes y mujeres aún en vida a pesar que algunos de ellos tenían señales de haber sido sangrados en numerosas ocasiones. Una vez éstos liberados, sorprenden a la Condesa y a algunos de sus brujos en una de las habitaciones del castillo en medio de uno de estos sangrientos rituales. Rápidamente son detenidos y conducidos a la prisión más cercana.

Los crímenes sádicos de Báthory habían durado aproximadamente diez años.

En el juicio, sobraban pruebas para condenar a Elizabeth Báthory culpable de los múltiples crímenes cometidos, pues no sólo se habían encontrado ochenta cadáveres sino que los guardias estaban de testigos para declarar que la habían visto matar con sus propios ojos.

Ésta confesaría haber asesinado junto con sus hechiceros y verdugos, a más de 600 jóvenes y haberse bañado en “ese fluido cálido y viscoso” afín de conservar su “hermosura y lozanía”.

Le seducía el olor de la muerte, la tortura y las orgías lesbianas. Decía que todo lo mencionado poseía un “siniestro perfume”. Sus cómplices fueron condenados culpables, unos decapitados y otros quemados en la hoguera.

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Bathory fue condenada a morir emparedada en su cuarto, donde solo quedaría una ranura para alimentarla. Vivió cuatro años así, hasta que dejó de comer y murió a los 54 años sin emitir palabra alguna desde que la encerraron…

Báthory, aún contando con el privilegio de pertenecer a la nobleza y ser amiga personal del rey Húngaro, fue condenada por éste mismo a una muerte lenta: la emparedaron en el dormitorio de su castillo, dejándole una pequeña ranura por la cual le daban algunos desperdicios como comida y un poco de agua. Murió a los cuatro años de permanecer en esa tumba, sin intentar comunicarse con nadie ni pronunciar la mínima palabra. Fue una especie de suicidio, de repente dejó de tocar alimento alguno y falleció en 1614 cuando contaba con 54 años.

Resulta curioso señalar un paralelismo entre esta mujer y otro vampiro histórico muy conocido: Gilles de Rais, pues aunque éste cometió sus crímenes dos siglos antes, procedían de manera muy similar: ambos pertenecían a la alta nobleza. Él era homosexual y ella lesbiana (de ahí que sus víctimas fuesen principalmente mujeres), y lo más sorprendente e inquietante es que tanto los sirvientes de uno como de otro participaban en los macabros baños de sangre.

NOTA: Pili Abeijon es el autor del texto.
http://www.asesinos-en-serie.com/erzsebet-bathory-la-condesa-sangrienta/
 
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Rodney Alcala – Dating Game Killer
admin 7 agosto, 2017 30
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Rodney Alcala fue un genio (IQ entre 160 y 170) psicópata que asesinó a cuatro mujeres y a una niña de doce años. No obstante, algunos expertos creen que en verdad llegó a matar a unas 130 mujeres. Fotógrafo y artista, Rodney fue conocido como el “Dating Game Killer” por aparecer en un famoso show televisivo: The Dating Game.

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A los 17 años Rodney (arriba) entró al Ejército, donde se le diagnosticó narcisismo, trastorno de personalidad límite y “trastorno antisocial de personalidad”. Tras ser expulsado por “ataques de nervios”, Rodney se metió a estudiar Arte en la U.C.L.A., graduándose en 1968.

Rodney James Alcalá nació un 23 de agosto de 1943 en San Antonio, Texas. Cuando él apenas tenía 12 años, su padre lo abandonó y, cinco años después, Rodney se inscribió en el Ejército de los Estados Unidos, desempeñándose como secretario.

Allí los test psicológicos mostraron que Rodney tenía la inteligencia de un genio (con un IQ entre 160 y 170), sin embargo esa brillantez intelectual estaba, como suele suceder, acompañada de anomalías que, en su caso, eran el trastorno de personalidad límite, el narcisismo, el “trastorno antisocial de personalidad” (gracias al cual nunca se integró bien con sus compañeros) y ciertas crisis que desembocaron en el hecho de que, pasados tres años de haber ingresado a la milicia, Rodney fuese dado de baja por sufrir varios “ataques de nervios”.

Después de haber salido del Ejército, Rodney se metió a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de California de Los Ángeles (UCLA), donde terminó graduándose en 1968.

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Violando a una niña de ocho años

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Supuesta foto de Tali Shapiro, niña de ocho años a la que Rodney Alcala violó…

Fue ese mismo año de 1968 cuando Rodney cometió su primer crimen. Se trataba de Tali Shaphiro, una niña de apenas ocho años de edad que fue abordada por Rodney mientras se dirigía a la escuela.

Tras treparla, Rodney la llevó a su apartamento y allí la golpeó, la violó e intentó estrangularla con una barra metálica de 10 libras. La niña habría muerto si no fuese porque, cuando Rodney la subió al coche, un automovilista lo vio y posteriormente contactó a la Policía, posibilitando así que los agentes irrumpieran a patadas en el apartamento del monstruo, hallando a la pequeña Tali tirada en el suelo de la cocina, casi sin poder respirar y rodeada por un charco de sangre. Sin embargo no encontraron a Alcala, ya que éste se había escapado velozmente por la puerta trasera.

Todo lo que encontraron fueron abundantes fotografías, muchas de ellas de mujeres jóvenes. Alcala había huido y en poco tiempo estaría en New York, donde se matricularía (con los nombres de “John Berger” y “John Burger”) en la NYU Film School y estudiaría Cine con el afamado Roman Polanski.

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El primer asesinato

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El 12 de junio de 1971, Rodney entró en el apartamento de Cornelia Michael (arriba), la violó y después la estranguló con sus propias medias de nylon.

Fue el 12 de junio de 1971 cuando Rodney, supuestamente con el pretexto de ayudar a cargar cosas en la reciente mudanza, entró en el apartamento de Cornelia Michael Crilley de 23 años. Una vez adentro la violó y la estranguló con sus propias medias de nylon.

En el momento la Policía sospechó de Leon Borstein, el novio de Cornelia. Gracias a eso Alcala pudo librarse una vez más, tomando después (bajo el nombre de John Berger) un trabajo en un campamento cerca del lago New Hampshire Sunapee.

Pero el tiempo de tranquilidad de Rodney duró poco, ya que el FBI lo había puesto entre los diez más buscados y, mientras trabajaba en el campamento, dos chicas adolescentes se dieron cuenta de que el guía John Berger se parecía demasiado al criminal Rodney Alcala, presente en el cartel de los “Most Wanted” del FBI.

Fue así que arrestaron a Rodney por violar a Thali, aunque las leyes de California eran muy blandas en ese entonces, ya que ponían énfasis en la rehabilitación de los delincuentes sexuales en lugar de darles su merecido, por lo que Rodney apenas estuvo 34 meses, obteniendo finalmente una libertad condicional que rompió con su siguiente crimen.

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Besos y marihuana con una chica de 13 años

El deseo por gozar de una presa joven tenía mucha fuerza en Rodney, lo cual lo condujo a aprovechar su libertad condicional para secuestrar a una chica de 13 años (conocida con el pseudónimo de “Julie J.”) en Huntington Beach.

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En 1974 Rodney Alcala (arriba a la derecha) aprovechó su libertad condicional (lo habían detenido por violar a Tali Shapiro) para secuestrar a una chica de 13 años (conocida por el pseudónimo de “Julie J.” ) y llevársela a los acantilados de una playa. Una vez allí, él la forzó a fumar marihuana y la besuqueó contra su voluntad. No obstante la chica aprovechó una distracción de Rodney y llamó a la Policía, tras lo cual el abusador fue apresado.

Así, Rodney aprovechó que la chica esperaba el autobús escolar para ofrecerle un viaje más rápido en su vehículo; pero, en lugar de llevarla a la escuela, la llevó a la playa de Bolsa Chica, donde la hizo ir hasta los acantilados para, una vez allí, besuquearla y forzarla a fumar marihuana…

Mas la chica logró efectuar una llamada de emergencia en un momento de distracción por parte de Rodney, consiguiendo con ello que los policías llegaran a tiempo para salvarla de fumar más marihuana y, quizá, terminar compartiendo algo más que besos con su abusador…

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El caso de Ellen Hover

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El padre de Ellen Hover (arriba) era dueño de un prestigioso club nocturno en Hollywood. Ni él ni nadie imaginó que en el verano de 1977 Rodney acabaría con aquella chica de alta sociedad.

Ellen Hover tenía 23 años y era hija de Herman Hover, dueño de Ciro, un prestigioso club nocturno de Hollywood. Sucedió así que, tras cumplir su breve condena por el episodio con Julie J., en el verano de 1977 Rodney aprovechó su libertad condicional para supuestamente visitar a sus familiares en Nueva York.

La realidad fue otra y el 15 de julio de 1977 fue el último día en que Ellen Hover fue vista. Según reveló su agenda, aquel día ella tenía planificada una cita con un tal John Berger…

Ante lo sucedido el padrastro de Ellen contrató a un detective privado y la familia de la chica pagó un anuncio en el New York Times, dentro del cual se solicitaba información sobre el tal John Berger…

Por su parte, para Rodney Alcala fue suficiente con adoptar su verdadero nombre y, tras dejar de llamarse “John Berger”, entrar a trabajar como tipógrafo en el periódico Los Angeles Times.

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Entrevista con el FBI en medio de dos asesinatos

Jill Barcomb era una fugitiva originaria de Brooklyn, perteneciente a una familia de once hijos y ex voluntaria de hospital y trompetista de su escuela secundaria. Ella fue recogida por Rodney en el Sunset Boulevard. Jamás imaginó que aquel desconocido sería el responsable de que el 10 de noviembre de ese mismo año ella apareciera en medio de un terroso camino: desnuda, arrodillada (como si el cadáver hubiese sido intencionalmente puesto de ese modo), con la mitad superior de la cabeza aplastada por una gran roca, con una mordedura en el pezón derecho, graves lesiones anales (indicio de abuso sexual) y signos de haber sido estrangulada con un cinturón, con sus medias nilón y con sus propios pantalones. A esos macabros escombros había sido reducida Jill, una chica que apenas media cinco pies de altura (152.40 cm).

Entretanto el anuncio del NYT sobre John Berger no estaba dando resultados: nadie había aparecido con información. No obstante el FBI no era tan incompetente como para olvidar que hace no mucho un tal John Berger había sido detenido tras el llamado de dos adolescentes campistas. Por eso finalmente interrogaron a Alcalá en relación al caso de Hover, y éste aceptó conocer a la chica pero nunca admitió haberla asesinado, por lo que, a falta de evidencias, el FBI tuvo que dejarlo tranquilo.

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Entre noviembre y diciembre de 1977, Rodney acabó con Jill Barcomb (izquierda) de 18 años y Georgia Wixted (derecha) de 27 años. A ambas las abusó sexualmente, les golpeó la cabeza y la cara con brutalidad y las estranguló de forma salvaje. A Jill le destrozó el pezón derecho a mordiscos, a Georgia le mutiló los genitales. Entre ambos asesinatos el FBI lo interrogó, pero lo dejó ir por falta de evidencias…

Poco después, el 16 de diciembre de 1977 la enfermera Georgia Wixted de 27 años fue encontrada muerta en su apartamento de Malibu. Wixted yacía sobre el frío suelo: tenía sus medias de nilón envueltas tan fuertemente en torno al cuello que las marcas habían quedado en el cartílago; su cráneo y su rostro habían sido martillados; sus genitales habían sido mutilados y los objetos de su bolso estaban esparcidos por todo el cuarto de baño. Además los cajones del gabinete estaban abiertos y revueltos y no existían indicios de que la entrada hubiese sido forzada. La última vez que la vieron había estado con su novia (era lesbiana o bisexual) Barbara Gale; quien, al ver al día siguiente que Wixted no aparecía, se preocupó y, junto con algunos compañeros de trabajo, denunció su desaparición.

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Jugando en “The Dating Game” tras matar a Charlotte Lamb

Hasta el momento era manifiesto que los crímenes de Rodney presentaban un conjunto de patrones comunes, pero aún así nadie lo había visto con suficiente claridad.

Muestra de eso fue que, en marzo de 1978 durante el tiempo en que la Hillside Strangler Task Force estaba haciendo entrevistas a todos los delincuentes sexuales de la zona, Rodney fue interrogado pero no sospechaban que fuera un asesino, de manera que solo se lo acusó y se lo detuvo por portar una pequeña cantidad de marihuana. Aquello no era suficientemente grave, siendo así que Rodney pudo salir de la cárcel a finales de junio de ese mismo año.

Cuando Rodney Alcala salió de prisión, el deseo de sangre y s*x* ardía en su trastornada mente como un volcán a punto de hacer erupción. Y pronto ese deseo criminal estalló, por lo cual, antes de finalizado el mes de junio, la bella Charlotte Lamb apareció muerta y desnuda en la lavandería del complejo de apartamentos en que vivía.

Charlotte Lamb era oriunda de Santa Mónica, tenía 32 años y había trabajado como secretaria legal. La visita de Rodney Alcala la había reducido a un cadáver cuyas marcas contaban (casi de seguro) la siguiente historia: Rodney la golpeó brutalmente con una pesada pieza de madera, la violó, le raspó el seno derecho, le agujereó las orejas, le laceró el área genital y la estranguló con un cordón, empleando tanta fuerza que le fracturó la tiroides…

Pasado el tiempo y como si nada hubiese sucedido, en septiembre de 1978 Rodney se presentó como concursante en el famoso show de Chuck Barris: The Dating Game. En lo que era una de las variantes del show, una chica preseleccionada debía escoger uno de tres hombres, teniendo que salir con el elegido, al menos en teoría.

En The Dating Game, Rodney mostró gran autoconfianza, simpatía, buen humor, una amplia y agradable sonrisa y una ligera y seductora picardía. La chica que debía elegir era Cheryl Bradshaw, y Rodney logró impresionarla con las susodichas cualidades y con el perfil que presentó de sí mismo como fotógrafo exitoso, fanático de las motocicletas y los saltos en paracaídas.
http://www.asesinos-en-serie.com/rodney-alcala-dating-game-killer/
 
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Rodney Alcala – Dating Game Killer (y 2)


Finalmente Rodney fue el elegido, pero el premio que debía recibir nunca llegó, puesto que Cheryl canceló la cita debido a que había visto en Rodney algo “espeluznante” que la asustaba. Algo se ocultaba en el brillo demencial que alumbraba los ojos de Alcala, y ese “algo” era el reflejo de unos deseos tan oscuros como el negro que coloreaba los ojos del insospechado asesino.

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Abusando nuevamente de una adolescente

En febrero de 1979, Rodney Alcala recogió a una quinceañera autoestopista en el Condado de Riverside. Una vez que la tuvo en su coche, Rodney le propuso a “Monique H.” (pseudónimo de la adolescente) ir a su apartamento para tener s*x*, y ésta aceptó. Tan a gusto parecía mostrarse la chica que incluso durmió en el apartamento de Rodney, aceptando a la mañana siguiente ir con él a las montañas para realizar una sesión de fotos en las que ambos aparecían simulando actos sexuales en determinadas posiciones.

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En febrero de 1979, Rodney recogió a una quinceañera autoestopista en el Condado de Riverside. Con el consentimiento de ella, la llevó a su apartamento y tuvieron s*x*. La chica durmió allí y al día siguiente aceptó posar para una sesión de fotos en las que ella y Rodney simulaban actos sexuales. Sin embargo la actitud de Rodney terminó por asustarla y, cuando intentó escapar, él la golpeó, la ató y la violó…

Hasta cierto momento todo marchó bien, pero llegó un punto en que la chica empezó a sentirse asustada con las actitudes de Rodney. Entonces ella intentó escapar, pero gritó desesperadamente cuando él comenzó a golpearla, tras lo cual la ató y abusó sexualmente de ella.

Según confesaría después Rodney, él no tenía pensado hacer lo que hizo. En realidad él quería tener s*x* con el consentimiento de la chica, pero eso solo fue posible al inicio y, cuando la situación se complicó por el miedo de Monique H., él perdió el control y la violó. Por eso no la mató y, tras abusar de ella, la subió en su coche y condujo hasta Riverside, donde dejó a la chica y ésta aprovechó para, desde un motel, llamar a la Policía y denunciar lo sucedido.

Posteriormente la Policía detuvo a Rodney, pero éste consiguió salir rápidamente ya que su madre pagó la fianza…

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El asesinato de Jill Parenteau

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El 14 de junio de 1979, Jill Parenteau (arriba) apareció muerta y desnuda en su apartamento: tenía la cara y la cabeza salvajemente golpeadas, hondas heridas vaginales y rectales, el pecho lleno de arañazos y marcas de estrangulamiento.

Katherine Bryant había sido novia de Jill Parenteau (era lesbiana o bisexual), una chica de 21 años que trabajaba como programadora en la época de las llamadas “tarjetas perforadas”. Según contó Katherine, ella y Jill habían conocido a Rodney cierta noche dentro de un club; y, como el diálogo fluyó, socializaron con él en más ocasiones.

Nunca se supo bien por qué, pero el 14 de junio de 1979 el cadáver de Jill apareció en su apartamento de Burbank. Lo último que supieron es que ese día no se presentó a trabajar (por eso fueron a ver si le había pasado algo) y que el día anterior había salido más temprano del trabajo para poder ir a un partido de béisbol.

Como sucedió con otras víctimas de Rodney, el cadáver de Jill estaba desnudo y presentaba signos de agresiones espantosas: tenía la cara y la cabeza salvajemente golpeadas, presentaba profundas heridas vaginales y rectales que evidenciaban un sádico abuso sexual, tenía el pecho lleno de arañazos y, como signo de una bestial estrangulación, una hemorragia masiva en la zona que abarca la tiroides, la laringe y la epiglotis.

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El más infame de sus crímenes

Corría la mañana del 20 de junio de 1979 en Huntington Beach cuando la niña Robin Samsoe de 12 años iba hacia su clase de ballet. Samsoe estaba apurada y le había pedido prestada una bicicleta amarilla a Schwinn, su mejor amiga. Sin embargo, ese día Schwinn perdió no solo a su bicicleta sino a su amiga Robin Samsoe…

En efecto, doce días después de la desaparición, el cadáver de Robin Samsoe fue encontrado en las estribaciones de Sierra Madre por el guardabosque William Poepke. El crimen había sido atroz: el pie izquierdo y algunas partes de las manos del cadáver estaban ausentes, la cabeza estaba separada del cuello y, cerca de uno de los zapatitos de la niña, yacía un cuchillo de cocina. La putrefacción del cadáver impidió saber si hubo o no violación, pero la naturaleza de los anteriores crímenes de Rodney permitía afirmar que lo más probable era que la niña hubiese sido violada…

Rodney Alcala siempre negó haber asesinado a Robin Samsoe, pero finalmente habría de declarárselo culpable de dicho crimen, en parte por la abundancia de testigos.

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El 20 de junio de 1979 Robin Samsoe (arriba, derecha) de 12 años fue secuestrada por Rodney Alcala. Doce días después su cadáver apareció en una zona boscosa: el pie izquierdo y algunas partes de las manos estaban ausentes, la cabeza estaba separada del cuello y, cerca de uno de sus zapatitos, yacía un frío cuchillo de cocina. El dolor que este crimen suscitó fue enorme, tal y como se ve en la foto (arriba, izquierda) de sus padres llorando durante el juicio…

Sucedió así que Jackye Young (vecina de Robin Samsoe) contó que aquel 20 de junio había visto a un hombre extraño intentando convencer a la pequeña Samsoe y a su amiga Bridget Wilvert para que posasen en traje de baño (estaban jugando en la playa, cerca de los acantilados) y él las fotografiase. Lo escalofriante del caso fue que, cuando la Policía entrevistó a la señora Young y a Bridget Wilvert, ambas proporcionaron datos convergentes para la elaboración de un retrato robot que coincidía con el rostro de Rodney Alcala…

Complementariamente, Toni Esparza de 15 años y Joanne Murchland de 14, declararon posteriormente que, el 19 de junio de 1979, Alcala les había ofrecido marihuana y les había pedido que participasen en un concurso de fotos en bikini, confirmando así que esos días Alcala andaba haciendo fotos de menores en bikini dentro de Huntington Beach.

Pero lo peor de todo fue el testimonio de la guardabosque (del Bosque Nacional de Los Ángeles) Dana Crappa. En efecto, ella cuenta que ese 20 de junio de 1979 había visto a un hombre intentando llevar a una niña hacia un arroyo. Según dijo, el modelo de automóvil que el hombre conducía era un Datsun F10: exactamente el mismo modelo que en ese entonces usaba Rodney Alcala…

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Arresto, juicio y condena

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El 24 de julio de 1979 Rodney fue arrestado. Así (arriba) lucía en el año de su captura.

El 24 de Julio de 1979 Rodney James Alcala fue arrestado en el apartamento de sus padres en Monterey Park.

Al momento de su arresto, Alcala tenía alquilado un local de almacenamiento en Seattle, dentro del cual la Policía encontró cientos de fotos de mujeres jóvenes y niñas, además de una bolsa con objetos personales que aparentemente pertenecían a las víctimas. Entre esos objetos estaban unos aretes de oro que, según la madre de Robin Samsoe, eran suyos aunque usados por su hijita. Para los criminalistas, toda esa colección de objetos de las víctimas equivalía a los trofeos del asesino.

Largo y tortuoso fue el juicio de Rodney Alcala. Por ejemplo, en 1980 se le condenó por el asesinato de Robin Samsoe, ratificándose la condena en 1986, anulándose posteriormente y reanudándose finalmente. Pero también el juicio de Alcala recibió gran atención por parte de los medios, convirtiéndose así en una suerte de espectáculo entre cuyos rasgos más llamativos estuvieron la presencia de Charlize Theron (quien interpretó a Aileen Wuornos en el film Monster) y la actuación de Rodney como su propio abogado (cambiando de tono según hablaba como acusado o abogado) en cierta etapa del juicio.

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El juicio de Rodney Alcala (arriba una foto del 2010) fue largo, tortuoso y bastante atendido por los medios. Entre otras cosas, en aquel juicio estuvo la actriz Charlize Theron y, además, Rodney actúo como su propio abogado durante cierta etapa, usando un tono de voz cuando fungía de abogado, y otro cuando tomaba el rol de acusado… La condena final fue la muerte por el asesinato de una niña y cuatro mujeres; sin embargo, su colección de más de 900 fotos y ciertas evidencias, han hecho pensar que pudo haber matado entre 30 y 130 mujeres… Actualmente está vivo, esperando su ejecución en San Quintin.

Pese a todas las complicaciones en el 2010 se llegó, sobre todo gracias a pruebas de ADN, a la resolución de que Rodney James Alcala era culpable de secuestro, de violación y de los asesinatos de Robin Samsoe, Jill Barcomb, Georgia Wixted, Charlotte Lamb y Jill Parenteau. La condena fue la pena de muerte, aunque actualmente Rodney permanece con vida en la prisión de San Quintin, pero sabiendo que sus días están contados…

Finalmente, algo que debe tenerse en cuenta es que la trascendencia de este asesino está no solo en las cinco víctimas confirmadas que tuvo, sino y quizá aún más, en el hecho de que casi seguramente sus víctimas no confirmadas son tantas que le colocan en posición de rivalizar con alguien como Ted Bundy. Las principales de entre esas víctimas no confirmadas son Cornellia Crilley y Ellen Hover, quienes se han mencionado en este artículo como víctimas seguras debido tanto al pensamiento predominante de los investigadores como al hecho de que en el 2011 y el 2012 han salido a flote nuevas evidencias que han acercado mucho esos dos crímenes a la categoría de víctimas confirmadas. Pero aparte de esas dos mujeres los criminalistas piensan que Alcala debió asesinar a aproximadamente unas 30 mujeres más, e inclusive algunos creen que la cifra podría ascender a 130. La razón de esto son las más de 500 fotografías que se encontraron, en las cuales aparecen mujeres jóvenes y adolescentes, muchas veces posando desnudas y en poses provocadoras. Así, la conjunción de eso con ciertas evidencias ha hecho pensar que muchas de las fotografiadas fueron víctimas de Alcala; sin embargo, debido al contenido sexual de las fotos, la Policía solo ha hecho públicas unas doscientas y pico fotos.
http://www.asesinos-en-serie.com/rodney-alcala-dating-game-killer/
 

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Joe Ball – El Carnicero de Elmendorf
ADMIN 17 DICIEMBRE, 2016 8


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Conocido también como “El Carnicero de Elmendorf”, se llevó a su tumba el secreto sobre sus asesinatos. Se cree que pudo alimentar a los caimanes que tenía en su bar como atracción turística con la carne de sus víctimas…

Joe Ball, el hombre de los caimanes
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Durante La Prohibición, Joe Ball (arriba, única foto conocida) se dedica a contrabandear licor, cuando el licor se legaliza de nuevo, Joe abre una cantina: la Sociable Inn.

Frank Ball llegó a Elmendorf, un pequeño pueblo al sudeste de San Antonio, Texas, alrededor de 1885. A través de un préstamo del banco local abrió una fábrica para procesar algodón y la llegada del tren, pocos años después, hizo prosperar su negocio volviéndolo rico. Frank se casó con Elizabeth, y acrecentó su fortuna haciendo negocios de bienes raíces, eventualmente abrió una gran tienda en el pueblo.

La familia Ball crió en total ocho hijos, Joseph D. Ball, su segundo hijo, nació el 7 de enero de 1896. La niñez de Joe fue normal, pero era un niño de carácter retraído que disfrutaba más de la pesca y largas excursiones en solitario, que de actividades con otros chicos. Siendo ya un adolescente adquirió pasión por las pistolas y solía pasar largas horas practicando el tiro, se sabe que llegó a ser un tirador muy habilidoso.

En 1917, cuando los Estados Unidos declaran la guerra a Alemenia, Joe se enlista y es enviado al frente poco después. No existen registros sobre su desempeño durante la guerra, pero sobrevive y en 1919 es dado de baja honorablemente y regresa a Elmendorf.

A su regreso trabaja durante algún tiempo con su padre, pero al parecer, los dos años en las trincheras le hacen difícil adaptarse a la vida civil y renuncia. Habiendo aprendido algo de negocios, se da cuenta que La Prohibición ha dado lugar a una gran demanda de licor ilegal por lo que decide dedicarse al contrabando y, a pesar de los riesgos (mismos que parece disfrutar), se dedica a recorrer la región en su Ford modelo A vendiendo whisky.

A mediados de los años 20, Joe contrata a un joven afro-americano llamado Clifton Wheeler para que le ayude en el negocio, siendo un tipo inteligente y más bien taimado, pronto él queda encargado del trabajo sucio. Se ha dicho que Clifton temía a Joe, ya que cuando éste se emborrachaba, se entretenía haciéndolo bailar disparando a sus pies.

Al finalizar La Prohibición, el negocio de Joe se vino abajo, pero, aprovechando sus conocimientos en el negocio del licor, decide abrir una cantina. Así es como, tras comprar un terreno a la orilla de la carretera a las afueras de Elmendorf, construye una taberna con dos habitaciones en la parte de atrás y la bautiza con el nombre de Sociable Inn. El lugar no es más que una habitación grande con mesas y un piano en donde los parroquianos pueden beber y ocasionalmente disfrutar de una pelea de gallos.

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Joe siente que debe de contar con alguna atracción que haga llegar más clientes, así que construye, en la parte trasera de la taberna (arriba), un pequeño lago artificial rodeado con una reja de tres metros de altura en donde pone cinco caimanes vivos…

Aún cuando el negocio parece ir bien, Joe siente que debe de contar con alguna atracción que haga llegar más clientes así que construye, en la parte trasera de la taberna, un pequeño lago artificial rodeado con una reja de tres metros de altura en donde pone cinco caimanes vivos, uno grande y cuatro más pequeños. El éxito es inmediato y sus nuevas mascotas atraen a muchos nuevos clientes. Los sábados son especialmente concurridos ya que ese día Joe tiene un “show” especial que consiste en alimentar a los caimanes con algún mapache, perro, gato o cualquier otro animal vivo del que pueda echar mano.

Además de los caimanes, el éxito de la taberna está en que Joe siempre se las arregla para contratar chicas jóvenes y guapas para atender a los parroquianos. Ninguna de las chicas parece quedarse demasiado tiempo pero él siempre lo explica diciendo que son chicas que van de paso buscando la manera de hacer un poco de dinero rápidamente.

En 1934 Joe conoce a Minnie Gotthardt, una chica de 22 años de Seguin a quien apodan “Big Minnie”. A pesar de que ella no agrada a la mayoría de sus clientes, Joe comienza una relación con ella y juntos atienden el Sociable Inn durante los siguientes tres años. Los problemas comienzan cuando Joe se enamora de una de sus meseras más jóvenes, Dolores “Buddy” Goodwin. La cosas se complicaron aun más en 1937 cuando entra a trabajar a la taberna Hazel “Schatzie” Brown, una guapa chica de 22 años que de inmediato comienza a recibir las atenciones de Joe.

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En 1937 Joe se casa con Dolores y le confiesa que Minnie Gotthardt (arriba) no huyó del pueblo sino que él la asesinó y la enterró en la arena. Ella no le creyó y el tema no se volvió a tratar…

En el verano de 1937 el problema de Joe se soluciona parcialmente al salir de escena Big Minnie, según explica a amigos y familiares de la mujer, Minnie decide dejar el pueblo tras dar a luz a un bebé de color. Algunos meses más tarde Joe se casa con Dolores, a quién confía que no es verdad que Minnie huyera, según le cuenta, la verdad es que él la llevó a una playa cercana, le disparó en la cabeza y la enterró en la arena. Ella no le cree y el asunto no se vuelve a tratar entre ellos.

En enero de 1938 Dolores se ve envuelta en un accidente automovilístico que casi le cuesta la vida, como resultado le es amputado el brazo izquierdo. Rápidamente comienzan a correr rumores de que la verdad es que uno de los caimanes de Joe le había arrancado el brazo. Independientemente de cuál haya sido la verdad, Dolores desapareció misteriosamente el siguiente abril y no demasiado tiempo después Hazel también.

Quizá las mujeres no fueran muy fieles a Joe ni él a ellas, pero ese no era el caso con sus caimanes. Según se cuenta, cuando un vecino reclamó a Joe por el fuerte olor a carne podrida del alimento de sus mascotas, Joe tomó una escopeta y le sugirió que no se metiera en asuntos que no eran de su competencia a menos que quisiera terminar como alimento él mismo. El vecino decidió cambiarse a otro pueblo.

El negocio de Joe parecía ir viento en popa no obstante la continua desaparición de sus ayudantes, pero a mediados de 1938 la familia de Minnie comenzó a hacer preguntas de nuevo al no poder localizarla a pesar de los esfuerzos de la oficina del Sheriff del condado de Bexar. Como Joe había sido su último amante y patrón conocido, fue interrogado en varias ocasiones, sin embargo, sin evidencias de algún crimen, tuvieron que dejarlo en paz.

Algunos meses más tarde, los familiares de otra chica desaparecida, Julia Turner de 23 años, acudieron a la Policía. Como Julia también había sido empleada de Joe nuevamente la Policía lo interrogó; él les dijo que al parecer la chica había tenido algunos problemas locales y había decidido marcharse del pueblo. Las investigaciones de la Policía concluyeron que ella no había regresado al departamento que compartía con otra chica pues su ropa y efectos personales aún estaban ahí: los investigadores regresaron a la taberna e interrogaron de nuevo a Joe. Esta vez él “recordó” que la chica estaba realmente desesperada y él le había prestado quinientos dólares ya que ella ni siquiera quería regresar a su departamento.

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Un vecino informó a la Policía que había visto a Joe cortando trozos de carne humana para sus caimanes. El alguacil John Gray (arriba) escuchó sobre un barril “con olor a muerto”

Durante los meses siguientes dos chicas más, empleadas de Joe, desaparecieron. Los ayudantes del sheriff interrogaron a Joe durante horas pero no lograron sacarlo de su posición inocente; las chicas habían dejado el pueblo, él no sabía nada más. Al no tener alguna prueba contra él, de nuevo tuvieron que dejarlo ir.

El 23 de septiembre de 1938 la suerte de Joe comenzó a decaer. Un viejo vecino de Joe declaró a la Policía que lo había visto cortando pedazos de carne humana para alimentar a sus caimanes. Mientras la Policía decidía qué acción tomar, un méxico-americano pidió ayuda al alguacil de condado de Bexar, John Gray, sobre un barril “con olor a muerto” que Joe había dejado tras el granero de su hermana. A la mañana siguiente los alguaciles John Gray y John Klevenhagen fueron a investigar pero el barril había desaparecido. De nuevo decidieron visitar a Joe.

Cuando Gray y Klevenhagen llegaron al Sociable Inn informaron a Ball que lo iban a llevar a San Antonio para interrogarlo, Joe accedió y pidió permiso para cerrar apropiadamente el establecimiento, ellos accedieron. Joe tomó una cerveza y la dejó caer, se acercó a la caja registradora y oprimió la tecla “NO SALE” (Sin Venta), cuando el cajón de la registradora se abrió tomó de él un revolver colt calibre 45 y, tras colocárselo contra el pecho, jaló del gatillo ante la impotencia de los agentes. El disparo fue mortal.

Alguaciles de toda la región convergieron en la taberna para la investigación, tras encontrar carne en estado de putrefacción en el lago de los caimanes y un hacha cubierta con sangre y pelo desarrollaron la teoría de que Joe descuartizaba a sus víctimas y alimentaba con ellas a sus mascotas.

Las investigaciones concluyeron que solamente Clifton Wheeler podría haber ayudado a Joe en estas espeluznantes tareas, así que Wheeler fue detenido y llevado a San Antonio para su interrogatorio.

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Cuando los alguaciles querían llevárselo para interrogarlo, Joe pidió permiso para cerrar el bar, tomó una cerveza, la soltó, se acercó a la caja registradora, sacó un revolver y se suicidó de un tiro…

Al principio Wheeler negó tener conocimiento alguno de las acciones de Joe, pero tras todo un día de preguntas finalmente aceptó colaborar. Explicó a los agentes que Hazel Brown, una de las chicas de Joe, se había enamorado de otro hombre y estaba planeando irse para comenzar una nueva vida. La noticia y el que ella lo acusara de haber asesinado a Minnie hicieron que Joe perdiera los estribos y la matara. Para poder corroborar el hecho le pidieron que les mostrara en donde estaba enterrado el cuerpo.

Al día siguiente Wheeler los condujo a un sitio apartado, a unas tres millas de pueblo, cerca del río San Antonio. Ahí comenzó a cavar en un sitio en que la tierra estaba medio suelta y poco después descubrieron dos brazos, dos piernas y un torso en avanzado estado de putrefacción, cuando le preguntaron por la cabeza el señaló los restos de una hoguera. Entre las cenizas se encontraron una mandíbula, algunos dientes y pedazos de un cráneo humano.

Wheeler les contó que una noche, tras haber estado bebiendo copiosamente, Joe le había ordenado traer algunas cobijas y una lata de alcohol, después habían recogido del granero de su hermana un barril de 55 galones y en el auto de Joe lo habían llevado hasta el río. Una vez ahí Joe lo había obligado, a punta de pistola, a cavar una fosa y cuando abrieron el barril dentro estaba el cadáver de Hazel. Siempre bajo amenazas, lo había obligado a ayudarlo a desmembrar el cadáver. Una vez enterrado éste, Ball arrojó la cabeza de Hazel a la fogata.

Cuando lo interrogaron sobre Minnie Gotthardt, dijo que Joe la había llevado a Ingleside, cerca de Corpus Cristi, donde después de beber en cantidad, le había pegado un balazo en la cabeza. Joe la mató porque descubrió que estaba embarazada y no quería que esto interfiriera en su relación con Dolores. Ambos la enterraron en la arena.

El 14 de octubre de 1938 fue encontrado el cuerpo de Minnie donde Wheeler había dicho que estaría.

Cuando fue interrogado sobre la desaparición de las otras chicas negó saber algo al respecto. Wheeler se declaró culpable de complicidad bajo amenazas y fue condenado a dos años de prisión.

Entre las cosas que se encontraron el la taberna de Joe estaba un álbum con fotografías de docenas de mujeres, nunca se comprobó que Ball las hubiera conocido realmente, pero según el alguacil J. W. Davis, podría ser la pista de varios otros asesinatos.

En cuanto a Dolores, fue localizada varios meses más tarde en California, a donde había huido para comenzar una nueva vida. También fue encontrada en Phoenix, Arizona, otra de las chicas supuestamente desaparecidas. Los caimanes de Joe terminaron en el zoológico de San Antonio.

Las investigaciones concluyeron que la sangre y pelo encontrados en el hacha tomada de la taberna de Joe no eran humanos, pero muchas de las chicas desaparecidas jamás fueron localizadas. En 1957 Dolores declaró en una entrevista con el periódico San Antonio Light que Joe Ball era un hombre dulce y cariñoso que jamás haría daño a nadie que no le obligara a ello, además dijo que Joe había alimentado a sus caimanes con carne humana… La duda quedará por siempre…

NOTA: El texto ha sido tomado de: http://www.latinoseguridad.com/LatinoSeguridad/Criminales/Ball.shtml
 

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La Familia de Sawney Beane
admin 12 marzo, 2017
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Durante el Siglo XVI cerca de las costas del Oeste de Escocia, moraba en el interior de una cueva una familia de caníbales que asaltaba y devoraba a cualquier viajero que pasase por las cercanías de sus dominios…

Una familia de caníbales incestuosos
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Sawney Beane (arriba) empezó viviendo en la caverna con su mujer y luego con sus hijos. Al comienzo mataban solo para robar; pero, cuando la familia aumentó por los incestos, las necesidades de alimento encontraron una única respuesta posible: carne humana…

Sawney Beane nació en una familia granjera a las afueras de Edimburgo, cerca de la costa oeste de Escocia, en algún momento a finales del XVI.

Acompañado de su mujer, abandona el hogar siendo muy joven, e inician un viaje hacia el lado opuesto del país. En mitad de la travesía deciden ocultarse en una profunda caverna. La entrada era una pequeña grieta a través de la cual se extendía una cueva de alrededor de una milla.

Esta caverna le sirvió como hogar a los Beane durante los próximos veinticinco años.

Al principio subsistían de las pertenencias que habían robado a los distintos viajantes que fueron asaltados y asesinados. Pero pronto sus necesidades iban a ser más exigentes. El incesto era una práctica habitual en la caverna, de tal forma que se mantenían relaciones entre hermanos, padres, madres e hijos… La necesidad de comida iba en aumento, pues la familia seguía creciendo. La solución a sus problemas, la seguían encontrando en los viajantes que asaltaban, pero ésta vez transportaban el cadáver a la caverna, donde era devorado. Se aficionaron a la carne humana.

Durante 25 años estuvieron desapareciendo viajeros en las extensiones rocosas de Galloway; lo único que se encontraba de los desaparecidos eran restos, partes de los cuerpos halladas ocasionalmente en la costa, despojos que no solían consumir y arrojaban al mar.

Estos restos humanos suscitaban las más diferentes teorías. Una de ellas era que los viajantes podrían estar siendo atacados por una manada de lobos; sin embargo, ésta hipótesis no se sostuvo durante mucho tiempo pues no sólo desaparecían individuos que viajaban solos, sino que también se echaron en falta a grupos, en ocasiones atacaban a grupos de cuatro, cinco e incluso seis personas si iban a pie, eso sí, nunca a más de dos si iban a caballo. Eran muy cuidadosos asegurándose las posibles vías de escape y nunca dejaban a nadie con vida.

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Caverna de Sawney Beane, donde por 25 años muchos fueron devorados por los incestuosos caníbales.

Otra explicación era más descabellada: podría ser que los terrenos rocosos estuvieran habitados por hombres lobo o demonios.

Con el tiempo surgió otra hipotesis, alguno de los dueños de las posadas los debía ejecutar por las noches mientras dormían y enterrarlos en algun lugar aislado para no ser descubiertos. Esto ocasionó muchos juicios a inocentes que según la tradición de la época eran torturados hasta que se les arrancaba una confesión de culpabilidad y posteriormente eran ejecutados. Gran cantidad de posaderos inocentes fueron asesinados por este motivo y muchos otros abandonaron su trabajo por miedo a ser los siguientes. Esto ocasionó que la zona aún se volviese más desierta y el transito de mercaderes y viajeros descendiera.

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¿Cómo se descubrió a la Familia Caníbal?

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Cuando el rey James I (arriba) se enteró de los caníbales, no dilató la justicia y envío 400 soldados acompañados de perros de caza. Una vez capturada la familia de salvajes, los hombres fueron torturados y desmembrados en público y las mujeres fueron quemadas.

Una tarde, un grupo de 30 personas regresaban a casa tras haber pasado el día fuera cuando escucharon unos gritos delante de ellos. Al llegar a el lugar del tumulto se encontraron con un hombre que se defendía pistola en mano contra una banda de atacantes de aspecto salvaje. Cerca de él yacía su mujer en el suelo, destripada, mientras algunos de los atacantes le arrancaban pedazos de carne y se la comían cruda. Las mujeres del clan la habían cortado el cuello y bebían su sangre. El hombre temeroso de caer su misma suerte se defendía desesperadamente con su pistola así como con su espada contra una “jauría” de entre 25 y 30 hombres del clan. Los viajeros, atónitos, no podían creer lo que veían. Al ser descubiertos, el clan de los Beane huyó hacia las colinas. Ya existían pruebas sobre las misteriosas desapariciones.

La persona que aportó el testimonio sobre lo ocurrido fue el marido superviviente del ataque. La historia llegó a oídos del rey James I de Inglaterra, el cual decidió tomar serias medidas: envió a 400 soldados acompañados de perros de caza a la zona; los perros hallaron rápidamente la entrada de la caverna, el fuerte olor a carne les facilitó la búsqueda.

Los soldados penetraron en la cueva siguiendo el pasadizo en forma de zig-zag hasta llegar al hogar de los Beany. Allí encontraron a 48 personas: Beane y su mujer, sus 8 hijos, 6 hijas, 18 nietos y 14 nietas, fruto de los continuos incestos entre todos ellos. El lugar estaba lleno de brazos, piernas y demás miembros, amontonados unos sobre otros. Algunos trozos de carne habían sido salados, con intención de conservarlos para los siguientes meses.

Tras ser descubiertos, el rey los calificó como bestias salvajes no merecedoras de juicio alguno. Tanto Sawney como los 26 hombres del clan fueron torturados y desmembrados en público. Todo el proceso fue contemplado por las mujeres, a quienes les esperaba la hoguera.

NOTA: El texto ha sido tomado de: http://www.latinoseguridad.com/LatinoSeguridad/Criminales/Beane.shtml
 
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Thug Behram y “Los Thugs”
admin 2 febrero, 2017 0


Los Thugs o “Estranguladores”, eran una secta hindú de ladrones y asesinos que veneraban a Kali, diosa de la muerte y la destrucción. Durante siglos, saquearon y asesinaron a viajeros que recorrían la India. Thug Behram, su último líder, llegó a matar 931 personas, al menos según la versión popular de los hechos…

Los Thugs
Los thugs fueron una red de fraternidades secretas de la India, que probablemente operaron desde la Edad Media hasta 1830 y fueron, según algunos especialistas, la primera mafia del mundo.

Los Thugs también se conocen como “Estranguladores”, y al thug usualmente se le denomina “thuggee” o “tuggee”, asociándoselo así al vocablo hindú ‘thag’, que significa “ladrón”, y que en sánscrito tiene como fonéticamente parecida a la palabra ‘sthaga’, cuyo significado es “sinverguenza”. Vemos pues en la etimología, que la palabra inglesa ‘thug’ es semejante a la palabra hindú ‘thag’, cosa que no obedece a la casualidad ya que los viajeros ingleses debieron soportar a esos estranguladores y ladrones, al menos hasta que finalmente el gobierno británico tomó cartas en el asunto para erradicarlos.




Dibujo que ilustra cómo, con pañuelos, los thugs ahorcaban a sus víctimas

La primera mención sobre los thugs se remonta al año 1356, en un pasaje escrito por Ziau-d din Barni dentro de su Historia del Shah Firoz. En cuanto a la opinión de los propios thugs sobre su origen, éstos lo sitúan entre siete tribus musulmanas; no obstante, la adoración que muestran hacia la diosa (de la muerte y la destrucción) hindú, Kali, carece de influencia islámica. Sea como sea, Kali es el centro de la fe de los thugs, el justificativo para sus crímenes y su madre en el plano del relato mitológico.




Ésta es Kali, diosa de la destrucción y la muerte. A ella veneraban los thugs.

Concretamente, en el Purana se cuenta que, al inicio de los tiempos, los demonios no permitían que los seres humanos se instalen en la Tierra, ya que mataban a cualquiera que osase poner un pie en ella. Indignada, Kali comienza a combatirlos; pero, cada vez que derramaba la sangre de estos demonios, surgía uno nuevo de cada gota… Ante eso, tomó sus gotas de sudor y las empleó para crear a dos hombres, a los cuales dio pañuelos para que estrangulen a los demonios, pudiendo de esa forma matarlos sin derramar sangre. Los dos hijos (los hombres creados a partir de su sudor) de Kali consiguieron cumplir la misión encomendada por su diosa madre, convirtiéndose así en los primeros thugs, de los cuales se creían descendientes los ladrones-estranguladores que luego tomaron el nombre de “thugs”, matando bajo la creencia de que sus asesinatos eran sagrados y evitaban, con cada víctima, un retraso de mil años en la llegada de Kali, quien por ser la Diosa de La Destrucción nos acabaría en caso de volver…

En base a esa fe, los thugs llegaron a considerar que el asesinato premeditado no era solo una forma de beneficiarse (al tomar las pertenencias de las víctimas), sino un importantísimo deber religioso. Aunque parezca insólito, la irracionalidad del hombre es tal que, según ciertas fuentes, a finales del siglo XVIII la secta criminal contaba con aproximadamente un millón de peligrosos adeptos, que se creían practicantes de una “honorable profesión”, se identificaban entre sí con ciertos símbolos y hablaban su propio argot (jerga, lengua grupal), el Ramasi.

Y dentro de la secta la discriminación casi no existía: jóvenes, viejos, enfermos, débiles, fuertes, sanos. Todos podían ocupar su lugar: si por edad o enfermedad no tenías fuerzas para matar, te destinaban al espionaje o a la mera expectación, dependiendo del caso. Eran pues una organización disciplinada, ordenada, clandestina, hábil, cautelosa, metódica y sigilosa… Estuvieron dispersos eficazmente por toda la India, siempre haciéndose pasar por una profesión tributante, siempre salvándose de ser pillados por el gobierno hindú.




Única foto conocida de los thugs

Su modus operandi era el siguiente: se infiltraban en caravanas de viajeros, mandando a determinados miembros que se hacían pasar por tales y se ganaban la confianza y la simpatía de los demás; para luego, en momentos de siesta (nocturna o matutina) o esparcimiento, asaltar a los viajantes junto con otros thugs que, sin participar de la caravana, habían estado siguiéndola gracias a pistas de los thugs infiltrados, en virtud de las cuales no solo podían realizar ese seguimiento sino que además eran alertados sobre el momento idóneo para el gran asalto, en el cual ahorcaban sin derramar sangre, pero luego desfiguraban (para que no logren identificar al muerto) los cuerpos de las víctimas y, en honor a la diosa Kali, los habrían en canal y los enterraban con sus “piquetas sagradas”. Finalmente, tras sepultar a las víctimas y tomar las pertenencias, venía el terrible ritual Tuponee, en el que todos los thugs se anudaban a la cintura un rumal (un tipo de paño amarillo, representativo de Kal Bhairab, una manifestación violenta del dios Shiva), y luego danzaban sobre las tumbas de los viajantes… Con el procedimiento expuesto, por siglos los thugs mataron y saquearon en la India, movilizándose en grupos que iban desde los 10 hasta los 200 miembros…




William Sleeman, responsable de iniciar las investigaciones que descubrieron el carácter criminal de la secta de los thugs.

Según el Record Guinness, los thugs llegaron a matar aproximadamente dos millones de personas; pero, para el historiador británico Mike Dash, la secta no empezó a operar sino apenas unos 150 años antes de su erradicación en 1830, por lo que no mataron ni siquiera un millón de personas sino unas 50.000, número que igualmente es alarmante. Pero, cualquiera que sea el caso, hay indicios y rumores —según confirma Patel, inspector y jefe de la Policía de Calcuta—de que en la actualidad los thugs han vuelto, solo que acompañados por sectas imitadoras y con una frecuencia mucho menor y un sigilo quizás mayor, cosa que explicaría cómo puede ser cierto el rumor sin que se haya levantado mucho revuelo, sobre todo en un país como la India, en el que se permiten atrocidades que a los occidentales nos harían enardecer.

En cuanto al final de los thugs, este fue posible gracias a que William Sleeman, un oficial británico destinado a la India, recibió a principios del siglo XIX la visita de numerosos nativos que denunciaban desapariciones de amigos y familiares, a lo cual se sumó el hecho de que también muchas caravanas de colonos ingleses estaban desapareciendo sin dejar rastro… Antes del gobierno colonial británico, se adjudicaban esas desapariciones a ataques de tigres, serpientes, cólera, bandidos (pero no thugs), etc… Pero Sleeman sabía que allí había un patrón irregular, y comenzó a dirigir una investigación hasta que finalmente encontró que los culpables eran los thugs.

Thug Behram, el último líder thug



Thug Behram, último líder de los thugs

Según la visión más extendida, no existe asesino no-militar más prolífico que Thug Behram, quien supuestamente asesinó a unas 931 personas con su pañuelo. Sin embargo la verdad es que eso es un mito originado en una confusión histórica inflada por el rumor que, al igual que en tantos casos, es motivado y alimentado por la ya conocida morbosidad popular y el amarillismo de las fuentes de información.

En efecto, la fuente original sobre la confesión de Behram es un manuscrito sobre los Thuggee escrito en 1830 por James Paton, un oficial de la Compañía de las Indias Orientales. Específicamente, el texto de Paton establece que Behram simplemente había “estado presente” en 931 casos de asesinato, siendo que, en casi todas esas ocasiones, el crimen se llevó a cabo por un grupo de entre 25 y 50 hombres. Entonces: ¿realmente a cuántos hombres mató Behram con sus propias manos? Más adelante, en el mismo manuscrito de James Paton, Behran declara literalmente: “Pude haber estrangulado con mis propias manos a unos 125 hombres, y pude haber visto el estrangulamiento de más de 150”.

Ahora bien: ¿qué pasó con Behram después de confesar? Según se sabe, pese a haber estado con los thugs entre 1790 y 1830, Behram los traicionó y dio toda la información posible al rey británico con tal de no ser juzgado por ninguno de los asesinatos que confesó; sin embargo, a él también fue traicionado, no ya con confesiones, sino con la áspera cuerda de la horca que acabó con su miserable vida, cuando contaba con 75 años en 1840.

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Es considerado el peor asesino de la historia criminal española.

GRANDES HISTORIAS LOS CASOS SIN RESOLVER DE 'EL CASO' (XI)
'El Arropiero', el mayor asesino de España: mató a 48 personas y murió en libertad
Mató a 48 personas y, pese a que los forenses advirtieron de su peligrosidad, murió en libertad. La justicia, tras olvidar varios años su caso, lo internó en un psiquiátrico.
9 octubre, 2016 02:05
Juan Rada @Juansrada


Ha sido el mayor asesino en serie de la crónica negra de nuestro país. Una intensa carrera criminal que en su momento pasó bastante desapercibida. La Policía no relacionaba unos asaltos con otros, dado su itinerante trayectoria, por lo que carecía de pistas sobre la identidad del autor.

Mataba indiscriminadamente. En ocasiones no conocía a las víctimas. Lo hacía por puro placer. Hasta que cometió el error de liquidar a un par de jóvenes en su tierra, uno de ellos su novia. Se puso en el tiro de mira de los investigadores

Recorrió nuestra geografía, explicando a sus captores dónde y cómo había matado a tanta gente. Se enorgullecía de ello. Una vez en prisión, la autoridad judicial se olvidó de que existía. Tras seis años y medio sin ser juzgado emitió un auto de sobreseimiento. Fue declarado inimputable, por lo que se salvó del garrote vil. Tras permanecer 25 años en hospitales psiquiátricos recuperó la libertad.

DESENFRENADA CARRERA CRIMINAL
Manuel Delgado Villegas nació a la vida cuando su madre la perdía para traerle al mundo. Era una fría mañana de 1943 en el barrio sevillano de Triana. El hambre y la miseria de la posguerra inundaban España. Su padre, un honrado trabajador, se ganaba la vida fabricando y vendiendo golosinas caseras elaboradas con arrope o melcocha. Al fallecer su esposa, la criatura quedó al cuidado de la abuela.
El niño creció en un ambiente que le endureció el corazón. Tartamudeaba, era disléxico e incapaz de aprender a leer y escribir. De carácter violento, la delincuencia empezó a ser su modo de vida. Sus ojos azules eran fríos como el hielo e incisivos como el acero.

Con 18 años ingresó en el Tercio Sahariano de la Legión. Se iniciaba como novio de la muerte. Bajito pero de aspecto corpulento y atlético, lucía un bigote a lo Cantinflas, dado que blasonaba de cierto parecido físico con Mario Moreno. Empezó a consumir grifa y a padecer ataques epilépticos, posiblemente fingidos, por lo que fue declarado no apto para el servicio militar.

De nuevo en la vida civil se dedicó a descuidero, mendicidad, hurtos en casas de campo, puterío y chuleo de rameras y chaperos. Promiscuo y bisexual, contaba con gran éxito debido a que tenía anaspermatismo, es decir, ausencia de eyaculación, por lo que repetía los coitos con facilidad.

Fue detenido en numerosas ocasiones por la gandula, la famosa Ley de Vagos y Maleantes, más tarde denominada de Peligrosidad Social. Jamás ingresó en prisión, dado que las convulsiones neurológicas que escenificaba lo conducían a centros psiquiátricos de los que salía pronto. Un par de años después emprendió el camino criminal. En la cuneta iría dejando, entre otros, burgueses de doble vida, homosexuales inconfesos, hippies y meretrices.

Su carrera asesina se inició en la playa de Llorac, en la localidad barcelonesa de Garraf. Vio a una persona dormitando, apoyada en el espigón. Se le cruzaron los cables. Cogió una piedra y por sorpresa le destrozó la cabeza.

El difunto, Adolfo Floch Muntaner, un jefe de cocina que había acudido desde su trabajo para recoger una bolsa de arena. Estuvo leyendo el periódico y, tras recostarse, descabezó un pequeño sueño del que jamás despertó. Le sustrajo la documentación y un viejo reloj cromado.

Posteriormente, en un chalet deshabitado de Cam Plana, mataba a una estudiante francesa, de 21 años, y abusaba del cadáver, iniciándose en la necrofilia. Después, en un viaje relámpago a Madrid, liquidaba en Chinchón, mediante un golpe de kárate, a Venancio Hernández Carrasco; un agricultor que tuvo la mala fortuna de coincidir con él y, como se negó a darle de comer, acabó flotando en el río Tajuña.

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El Arropiero estrangulaba apretando sus dedos contra la garganta.

De regreso a la Ciudad Condal mató a Ramón Estrada Saldrich, millonario y cliente habitual suyo, porque no se avino, una vez consumado el servicio sexual, a pagarle la cantidad acordada; pretendía reducirle el importe de la chapa. "Por eso le pequé en el cuello con el canto de la mano y cayó al suelo. Cuando le estaba quitando la cartera se despertó y empezó a insultarme ¡él a mí!, por lo que agarré un sillón, le arranqué una pata y le di con ella en la cabeza", explicaba posteriormente a la Policía preso de indignación.

Consciente de que había matado a un pez gordo y que por ello la Policía activaría los resortes para dar con el asesino, decidió cruzar la frontera. Acudió al consulado de España en la capital francesa para informar de que llevaba tres meses allí buscando trabajo. Nuestra legación diplomática hizo llegar a la policía gala un informe oficial con tal circunstancia. De esa forma el Arropiero conseguía una coartada de que se encontraba en otro país cuando murió el empresario catalán.

De regreso a España cometió un crimen aberrante. Entabló conversación con una mujer de 68 años que regresaba de su trabajo, Anastasia Borella Moreno, y le propuso mantener relaciones sexuales. Ante la lógica indignación de la buena señora, la agredió a ladrillazos y la arrojó desde una altura de diez metros. Acto seguido descendió en su búsqueda y arrastró el cuerpo ensangrentado hasta el interior de un túnel, donde sació su degenerado instinto sexual mientras la estrangulaba. Durante las tres noches siguientes repitió tan execrable acto.

Más tarde apioló a una extranjera en San Feliu de Guixols, a dos más en Alicante e Ibiza, a un gay en Barcelona, a otra mujer en Valencia, a un hombre en Madrid...

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El Arropiero demostrando cómo aplicaba el golpe del legionario.

ASESINÓ REPETIDAMENTE EN VARIOS PAÍSES
La geografía española empezó a quedarse pequeña para sus diabólicas perversidades y amplió su campo de acción al extranjero. Camaleónico y con gran poder de adaptación, volvió a cruzar la frontera varias veces de modo clandestino. En Marsella se relacionó con la mafia y cometió ejecuciones por encargo. Después en París se enrolló con una joven, que pertenecía a una banda de atracadores, pero como no le admitieron en el grupo ametralló mortalmente a los cuatro. También en la ciudad del Sena mató a otra muchacha por chivata.

Después saltó a Roma, donde se amancebó con su patrona, una gorda fellinesca. Un día fue sorprendido en la cama con su sobrina. Solucionó el conflicto matándolas a las dos. Prosiguió sus correrías por la Costa Azul, machacando la cabeza con una piedra a una dama que le acogió en su lujosa mansión; le robó el dinero y las alhajas. Igual que haría con un hombre que, al verlo descansando en la playa, se ofreció a que lo hiciera en su casa y, tras invitarle a cenar, le propuso mantener relaciones sexuales. Un apretado cable alrededor del cuello del anfitrión puso fin a su “generosidad”. Por supuesto, le llevó las joyas y unos cuantos billetes de cien francos.

Se movía impunemente por todo el litoral mediterráneo. Sus crímenes, sin móvil aparente ni nexo con los interfectos, impedían que la Policía llegara a relacionarlos con él. Decía Chandler, en El simple arte de matar, que "el asesinato más fácil de resolver es aquél en el que alguien trató de pasarse de astuto. El que realmente preocupa es el crimen que se le ocurrió a alguien dos minutos antes de llevarlo a cabo".

Decidió poner fin a su periplo sanguinario en suelo extranjero para regresar a El Puerto de Santa María, a fin de trabajar con su padre en la venta de arropías. Al poco mató a un estudiante homosexual, con el que había entablado amistad, porque intentó acariciarlo. Lo arrojó a un río, tras estrangularlo, tratando de aparentar muerte accidental.

Después se enrolló con una joven de aspecto exuberante pero oligofrénica, muy conocida en la zona por su desmesurada afición a los hombres. Antonia Rodríguez Relinque, de 38 años. La presentó a su familia como su novia.

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La última víctima: su novia, oligofrénica.

El 18 de enero de 1971 se denunció en la ciudad portuense la desaparición de la joven. La Policía detuvo al Arropiero y lo sometió a un duro interrogatorio. Esgrimió media entrada de cine en plan coartada y después simuló un ataque epiléptico. Al cabo de un par de días terminó inculpándose.

"Salimos a dar un paseo por el campo; hacíamos el amor sin que nadie nos viera. Lo realizamos de muchas formas, pero me pidió una cosa que me daba asco. Cuando me negué a ello me insultó y me dijo que no era hombre, puestos que otros se lo habían hecho", argumentaba.

La infeliz estaba firmando su condena a muerte. "Entonces le pegué un golpe y, como no se callaba y me seguía insultando, le puse al cuello los leotardos que se había quitado y apreté hasta que se murió".

Después escondió el cuerpo bajo unos matorrales, en un paraje abandonado y lúgubre, entre eucaliptos, retamas y un suelo cubierto de arena, hojas secas y restos de sillones desvencijados. Regresó varios días más. "Volví a estar con Toñi el lunes, el martes y el miércoles y hubiera vuelto hoy si no me cogéis".

Un inspector, sorprendido de que hubiera practicado la necrofilia todas las noches desde que la mató, le dijo: "Pero Manuel, ¿cómo has podido venir aquí para acostarte con una muerta?". El asesino respondió tranquilamente: "Así es mejor, porque no habla".

Una vez reconocida la autoría de esta muerte y también la del joven gay se animó y cantó de lleno, ante la sorpresa e incredulidad de los miembros de la BIC. Crimen sobre crimen, horror sobre horror, describió su espeluznante trayectoria de los últimos siete años.

Pensaron que fantaseaba pero, ante la acumulación de pruebas y datos que aportó, se dieron cuenta de que tenían delante a un serial killer de libro. Había que empezar a recorrer un largo camino, demasiado, de pesquisas e investigaciones.

Reconoció que cometía sus tropelías guiado un impulso violento. Disfrutaba matando. No concebía la idea del límite criminal.

Narcisista, egocéntrico y megalómano, no mostraba el menor sentimiento de culpa. Describía los asesinatos sin que su voz expresara la más mínima emoción. Muy al contrario, alardeaba de sus hazañas. Incluso, al describirlas, disfrutaba de cómo había maltratado, humillado y matado. A raíz de que viera la película El estrangulador de Boston, en el que Tony Curtis interpretaba a Albert Desalvo, autor de 13 muertes y 300 asaltos sexuales, en su cabeza empezó a bullir la idea de obtener popularidad criminal.

Mataba utilizando objetos contundentes o armas blancas, pero su preferencia consistía en un golpe mortal de kárate en la cara anterior del cuello, a la altura de la nuez, que aprendió en la Legión. Giraba bruscamente el brazo, haciendo media circunferencia, e impactaba en el gañote con el canto de la mano abierta, de modo seco y rápido, rompiendo la laringe. Tras ejecutar La atragantá, remataba la faena apretando fuertemente con los dedos sobre la garganta.

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Su ficha policial.

Empezó a ser conocido como el estrangulador del Puerto, apodo que le puso el Diario de Cádiz. El alcalde solicitó que no se utilizara dicho nombre porque perjudicaba la imagen de la ciudad gaditana, que se estaba reponiendo del impacto producido semanas antes por la fuga de El Lute desde su penal. Pasaron a denominarlo el Arropiero.

Durante uno de los traslados en coche patrulla al escenario de sus crímenes, la radio dio la noticia de que un mexicano ostentaba un trágico rÉcord al haberse cargado a cincuenta y tantos semejantes. Uno de los policías bromeó: “¡Ese te ha ganado de largo!”. El detenido, tras meditar unos segundos, levantó la cabeza y se acercó al inspector que dirigía la investigación, Salvador Ortega. "Jefe, déjeme libre 24 horas, por favor. Suélteme usted dos días que yo vuelvo luego, se lo juro. Que no me escapo. Pero ese cabrón mejicano no mata más gente que yo…", era su petición.

INIMPUTABLE, SE LIBRÓ DE LA PENA DE MUERTE
Ostenta el sangriento honor del récord de asesinatos. Y de ser el primer delincuente que viajó en avión por toda nuestra geografía, acompañado de un grupo de policías. Un séquito de la muerte para ir conociendo los lugares de sus crímenes.

Aunque, dotado de una prodigiosa memoria fotográfica, sus coordenadas espacio temporales las tenía completamente trastornadas. De ahí la dificultad de poder concretar sus crímenes por parte de Conrado Gallardo Roch, juez instructor de El Puerto de Santa María, y del equipo investigador.

Su currículo de sadismo y sangre se concretó en ocho muertes probadas, otras 14 investigadas y 26 más confesadas. Quedaron sin aclarar unos cuantas de las 48 que se atribuyó, debido a su extrema complejidad. Se hubiera precisado colaboración a nivel continental. Faltaban un par de décadas para que se creara la Europol y determinadas técnicas y avances científicos se encontraban en los albores.

Tras seis años y medio de prisión preventiva sin protección legal –no tuvo abogado de oficio en todo ese tiempo–, no fue juzgado. La Audiencia Nacional emitió un auto de sobreseimiento libre, en base a la Ley de Enjuiciamiento Criminal, por el que fue archivada la causa, ordenando su internamiento a perpetuidad en un centro médico penitencial. El Arropiero se libraba del garrote vil.

Dado que el caso había estremecido a la sociedad y desbordado a las autoridades, la decisión final fue un apaño para evitar lo que pudo ser un escándalo judicial. Un final de compromiso entre jueces, policías y psiquiatras que no sabían cómo solucionarlo.

Permaneció demasiado tiempo encarcelado sin que nadie se acordara de él, se perdió su expediente, faltaron acusaciones particulares, hubo pocos testigos... Lo peor fue que algunos inocentes habían penado por sus crímenes. Así, cuando se cargó a la joven francesa de Camp Plana, el acompañante de ella, un estudiante norteamericano, estuvo año y medio en presidio.

Fue ingresado en el centro psiquiátrico penitenciario de Carabanchel. Allí intentó estrangular a un joven alemán, condenado por el famoso crimen ritual de Tenerife. Y a una asistenta social trató de violarla y echarle también su mano asesina al cuello.

Durante el largo internamiento fue sometido a toda clase de terapias, tratamientos y, en varias ocasiones, encadenado a la cama. Le aplicaron electroshocks y camisas de fuerza química, en forma de pastillas, que fueron amansando a la fiera hasta convertirla en un vegetal encorvado y deforme. Su aspecto fue evolucionando hasta asemejar al de un anciano de cabello encanecido, ralo y enmarañado, barba hirsuta, rostro ajado y mirada diabólica. La faz del Robinsón de los frenopáticos encarnaba el mal absoluto.

De espíritu contradictorio, pasó a proclamar su inocencia. Sabía simular un aura epiléptica; quizá también una enfermedad mental. Trataba de quedar libre. "No he dañado a nadie", susurraba a quien quería escucharle.

Dieciocho años más tarde, tras el cierre de esta prisión madrileña, lo trasladaron al alicantino de Fontcalent y, después, por motivos familiares, al barcelonés de Santa Coloma de Gramanet. Con la entrada en vigor del nuevo Código Penal se le aplicó en 1998 el régimen abierto, por lo que quedó prácticamente en libertad. Se dedicó a vagabundear por la capital catalana y por Mataró, donde residía una hermana.

Falleció poco después, a los 55 años, de afección pulmonar, a causa de su desmedida adicción al tabaco. Su muerte en el hospital de Badalona pasó inadvertida hasta dos meses después, ya que lo habían tomado por un menesteroso, desconociendo que se trataba del guinnes de los asesinos. Una infancia difícil, una genética especial y una crueldad extrema convergieron en un malvado de leyenda que expiró en el olvido.

Y una pregunta, un temor, entre médicos, abogados, investigadores y periodistas: ¿prosiguió durante este corto periodo de libertad su carrera criminal? La tasa de reincidencia de estos sujetos es del 80 por ciento una vez que son excarcelados.

Los psiquiatras y forenses de numerosos países que lo examinaron reconocieron que, en el supuesto de que lo soltaran, volvería de inmediato a dejar su sangriento rastro. "Sabe matar y volverá a matar", anunciaba Luis Frontela. De similar opinión era García-Andrade: "No tienen cura. Deben estar recluidos de por vida".

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El Arropiero muestra a uno de los policías como mató a su primera víctima.

La incógnita que ha quedado es si amplió su rastro sangriento hasta que le sobrevino la muerte, puesto que deseaba superar la marca del serial killermexicano que le ganaba en número de asesinatos.

Quedan sin esclarecer crímenes de dicha etapa. Y, por supuesto, muchos otros de su época anterior.
https://www.elespanol.com/reportajes/grandes-historias/20161006/160984825_0.html
 
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Margarita Sánchez Gutierrez,”La Viuda Negra De L’Hospitalet”, Barcelona.
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21 octubre, 2010
Margarita Sánchez Gutierrez, alias “La viuda negra de Barcelona”, y “La viuda negra de l´Hospitalet”, fue una asesina en serie que recibió este nombre por el método que utilizaba para asesinar, de la misma forma que la famosa araña mataba a sus víctimas mediante un veneno, aunque con la diferencia de que ella lo ponía en comidas y bebidas que ofrecía a sus víctimas. Consiguió asesinar a cuatro personas y otras tres fueron intoxicadas pero lograron sobrevivir. Todas ellas eran personas próximas a ella entre las que se encuentran familiares y vecinos.

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La Viuda Negra “Latrodectus mactans”(es.wikipedia.org).

Nació en Málaga el 16 de diciembre de 1953, con un grave estrabismo en el ojo derecho. Cuando se trasladó a Cataluña vivió primero en L´hospitalet, en la calle Riera Blanca, donde era conocida como “la tuerta”. Este era un barrio modesto, de obreros, donde estaba considerada como una mujer conflictiva, aunque no tenía antecedentes penales. Según los vecinos era propensa a los insultos y peleas callejeras, y tenía deudas en algunos comercios de la zona; se mostraba avara y parece ser que no era analfabeta, según lo que ella misma declaró a la Policía.

Allí en Barcelona conocería a Luis Navarro, un conductor del metro con el que se casaría y tendría dos hijos. En el año 1991 Margarita se trasladó con su marido, Luis Navarro, y sus hijos Sonia y Javi al piso de sus suegros, en parte porque los habían desahuciado pero también para cuidar al padre de su marido. Margarita y Doña Carmen Nuez, su suegra, no se llevaban bien pues al parecer esta última era una mujer de autoridad y gran carácter. En el año 1992 muere su suegro y Carmen Nuez es ingresada cinco veces en el Hospital Clínico donde proclama que su nuera la está envenenando. Sin embargo, los análisis que le realizan dan un resultado negativo.

Es entonces cuando Margarita decide ponerse a cuidar ancianos de los alrededores del barrio barcelonés de Sants, en donde residían con sus suegros. Su primera víctima fue una mujer de setenta años que vivía sola, Rosa M., vecina y amiga de Margarita. El 3 de agosto de 1992 fue hallada inconsciente en su casa e ingresada de urgencia en un hospital, pero fallece a los pocos días. De su cuenta bancaria desparece un millón de pesetas y de su domicilio varios documentos.

El 26 de octubre de ese mismo año fallece su marido Luis, víctima de unas extrañas dolencias que anteriormente le habían mantenido dos meses en el hospital.En el mismo año muere su suegro y Carmen Nuez(su suegra) es ingresada cinco veces en el Hospital Clínico donde proclama que su nuera la está envenenando. Sin embargo, los análisis que le realizan dan un resultado negativo. Fallecería de una embolia en junio de 1996, una vez detenida su nuera.

El 11 de mayo de 1993, la viuda se traslada a L’Hospitalet y allí conoce a nuevos vecinos entre los que estaba Manuel D., de cincuenta y siete años que vivía en el ático. Manuel fue encontrado en estado comatoso en su vivienda falleciendo poco después.

Durante un tiempo ella y su hija se fueron a vivir con su cuñado José A., de cincuenta años de edad que vivía solo. Pocas semanas después José empezaría a padecer unos extraños síntomas y dolencias de las que fallecería el 14 de agosto de 1993, desapareciendo además todo el dinero del que disponía.

El 26 de agosto de 1995 Jose Antonio C., de sesenta y nueve años, vecino y amigo de Margarita, superaba favorablemente una grave intoxicación que le sobrevino de repente, tras comerse una paella cocinada por su amiga Margarita. Durante el tiempo en que estuvo ingresado en el hospital, le desapareció medio millón de pesetas.

Justo un mes después, el 26 de septiembre, volvía a actuar en casa de una de sus vecinas de sesenta y siete años, Pilar H., quien a pesar de que no se fiaba del todo de Margarita, acabó por aceptarla en su casa. Al poco tiempo la hija de Pilar la encontró inconsciente tendida en el sofá. Según Pilar, la habían narcotizado con cloroformo aunque la policía afirma que le mezclaron un veneno con el café con leche. El caso es que Margarita aprovechó su estado de coma para robarle las joyas y diversos objetos de valor, además de un certificado de jubilada y la cartilla del banco. Pilar ingresó en el hospital donde estuvo al borde la muerte aun que finalmente logró recuperarse.

Precisamente fueron estas personas que lograron sobrevivir a los envenenamientos de Margarita, las que presentaron una serie de denuncias acusando a ésta por tentativa de intoxicación.

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Ficha Policial de Margarita Sánchez(www.hoymujer.com)
Según la policía, la viuda negra había descubierto la forma de falsificar firmas de las cartillas de ahorro para extraer el dinero mientras los propietarios estaban ingresados en el hospital. Primero entraba en contacto con la víctima y se ganaba su confianza, luego proporcionaba a las víctimas un potente fármaco mezclado con las bebidas para provocar un colapso circulatorio.

Todas las víctimas sufrían los mismos síntomas: náuseas, vómitos, taquicardia, hipotensión, etc., hasta acabar entrando en coma. La mayoría de ellas quedaban tan mal paradas por el veneno que no podían recuperarse y fallecían por parada cardiorespiratoria como si fuesen causados por muerte natural, ya que el producto utilizado se metabolizaba rápidamente y no dejaba rastro alguno.

Margarita era analfabeta, por lo que la policía no llegaba a entander cómo podía conocer los efectos de la cianamida cálcica, compuesto principal de un fármaco, que se suele administrar como complemento de otros medicamentos psicoterapéuticos para sanar a los alcohólicos. Su ingestión combinada con el alcohol provoca confusión generalizada, dificultades respiratorias, bajada de tensión, vómitos y sudoración.

En abril de 1996 las fuerzas del orden registraron su casa y encontraron la cartera de José Antonio Cerqueira junto a las joyas y la documentación de Piedad Hinojo. El 19 de junio del mismo año Margarita Sánchez y su hija Sonia, quien declaró desconocer el significado de la palabra homicidio, fueron arrestadas por cometer cinco asesinatos.

El juicio deparó sorpresas. La sentencia condenó a la viuda negra a 34 años de prisión por tres delitos de lesiones, otros tantos de robo con violencia y un delito de falsedad. La absolvieron de los asesinatos al no detectarse casos de muerte por cianamida y porque la intención de Margarita era drogar a sus familiares y vecinos para robarles, no para acabar con su existencia. Carmen Nuez, la suegra de Margarita falleció al poco de ser detenida nuera.

Fuentes:wwwforoelrincon.com

http://www.corominasijulian.blogspot.com

https://labitacoradelmiedo.wordpres...errezla-viuda-negra-de-lhospitalet-barcelona/

Audios:Dramatización del caso por el podcast Helena en el país de los horrores.
http://www.ivoox.com/2017-10-24-los-asesinos-del-pais-horrores-audios-mp3_rf_21646801_1.html

Margarita Sanchez no tenía intención de matar a nadie y, aun así, acabó con la vida de cuatro personas y cerca estuvo de hacerlo con tres más. En realidad, ella solo quería el dinero que les quitaba cuando dormían, ni siquiera se preocupó en comprobar si despertaban después de robarles.
Emilio Aguilar da muestra de su increíble talento asumiendo los dos papeles, el de policía y el de la homicida, en esta dramatización, basada en la vida de la envenenadora. El guión es de Elena Merino.

Exposición del caso:http://www.ivoox.com/2017-10-26-asesinos-involuntarios-audios-mp3_rf_21700623_1.html

Analizamos, junto con el periodista Chris Campos y el psicólogo especialista en conductas violentas, Juan Ramón Pereira, el caso de Margarita Sánchez, la viuda negra de Hospitalet, una mujer que mató, involuntariamente como afirmó y los tribunales le reconocieron, a cuatro personas y a punto estuvo de hacerles lo mismo a otras tres. "primera sección del programa"
 
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Yiya Murano, la envenenadora de Montserrat
Publicado el 7 marzo, 2010| 15 comentarios
Nací en la ciudad de Buenos Aires, Argentina, hace ya… poco más de 40 años. En mi país, además de tango y carne, también hay una larga tradición de asesinatos y hechos macabros. Con la influencia de cada grupo migratorio escapando de los horrores de la segunda guerra mundial llegó junto a la gente, lo bueno y lo malo de cada cultura, formando un crisol de razas y un ramillete de leyendas urbanas, de creencias, de pequeña mafia italiana y tanto más. Se conocen cantidades de casos de asesinos seriales, de tortuosos amores que buscando venganza por una traición o simplemente personajes que cansados de pobreza un día pusieron fin a su sufrimiento terrestre.

Quiero contarles algunos de ellos, sobretodo de los que soy contemporánea, porque increíblemente hay mucho más de lo que se imaginan.
Todos los relatos que les mostraré son verídicos y los rescato como lo que son: la otra cara de la historia, describiendo la geografía humana y la gramática del espanto, que espero no se vuelvan a repetir jamás.

Marcela Hereñú

Recuerdo que a solo 100 metros de donde vivía en mi infancia, en el famoso Barrio de Monserrat, sucedió por el 24 de marzo de 1979 un hecho que entonces conmocionó a los vecinos y pronto se hizo noticia en la recién nacida TV color. Una señora de buena reputación, Maria de las Mercedes Bernardina Bella Aponte, a la que todos cariñosamente le decíamos “Yiya”, era detenida por la policía acusada de homicidio. La causa inmediatamente tuvo nombre popular. La buena señora perdió de pronto su largo nombre y su corto apodo para convertirse en “la envenenadora de Monserrat”.

¿Pero qué fue lo que pasó en aquel incipiente otoño?

Yiya Murano, la envenenadora de Montserrat

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Yiya Murano, la envenenadora de Montserrat

Yiya, una maestra que nunca había ejercido la docencia, un ama de casa ambiciosa, decidió dedicarse un tiempo a la usura. Recibía dinero de sus amigas, lo colocaba en algún plazo fijo no demasiado oficial, y devolvía capital más intereses a cambio de una comisión.

La dictadura militar Argentina posterior a la presidencia de Isabel Martínez viuda de Perón había comenzado en 1976 e iba acompañada de una situación económica singular. Los intereses que bancos y financieras ofrecían eran altísimos: un puñado de pesos se multiplicaba por tres en poco tiempo.

La historia de esta enigmática mujer, esposa de un abogado e hija de militares, pasó a los anales del horror cuando Cármen Zulema “Mema” del Giorgio Venturini, prima segunda y amiga de Yiya, sintió náuseas y un profundo malestar. Desfalleciente, se arrastró hacia el pasillo del edificio, pero presa del vértigo perdió el equilibrio y cayó haciendo ruido, el cual escucharon los vecinos y acudieron a socorrerla. Murió, llena de lágrimas, en la escalera del edificio de la calle Hipólito Yrigoyen donde vivía. Los médicos diagnosticaron paro cardíaco.

En el funeral, Diana María Venturini, hija de Zulema, recordó que Yiya tenía una deuda con la muerta. Buscó en el departamento de su madre el documento firmado en el que Yiya se comprometía a devolver el dinero. Un pagaré por un valor de 20 millones de pesos ley 18.188 (era la moneda argentina de entonces).

No lo encontró. Habló con el portero del edificio y éste dijo que mientras la Sra. de Venturini agonizaba en el interior del edificio, una mujer había llegado a visitarla con un misterioso paquete en mano (que luego se descubriría que eran masas, unas galletas dulces, muy común en Argentina para acompañar el té), había entrado en la vivienda de la mujer y salió raudamente con un papel en la mano y con un frasco en otra. Yiya Murano la deudora de ese pagaré.

Se realizó una autopsia. Los peritos descubrieron cianuro en el cadáver, los investigadores relacionaron el veneno con el supuesto frasco mencionado por el encargado.

Se supo que Nilda Gamba, vecina de Yiya, había muerto el 10 de febrero anterior.

A pocos días un infarto mata a otra amiga de Yiya, Lelia Formisano de Ayala.

A ambas mujeres, Murano les debía dinero y ambos cuerpos presentaban signos de haber sido envenenados con cianuro. El cianuro “condimentaba” las masas que casualmente siempre convidaba nuestra protagonista.

Se ordenó la exhumación de los cuerpos. Las autopsias de Nilda y Lelia, que habían sido enterradas en tumbas comunes bajo tierra, no fueron concluyentes: los cuerpos inhumados de ese modo producen, en el proceso de descomposición, clorhidrato de cianuro. Pero en las vísceras del cadáver de Zulema se descubrieron restos de cianuro alcalino.

El 27 de abril de 1979 la Policía detuvo a la señora Murano en su hogar, en la calle México. Su propio hijo fue el delator y entregador.

Yiya fue acusada de haber envenenado a tres mujeres y llevada a juicio por triple homicidio, pero nunca confesó.

En 1980, fue encontrada desmayada en el penal donde estaba presa (la cárcel de mujeres de Ezeiza); luego de eso, se le encontró y extirpó un tumor cerebral. En el mes de junio de 1982, el juez de Sentencia Ángel Mercardo la absolvió de todos los cargos y la deja en libertad porque si bien todas las pruebas apuntaban en su contra, no hubo testigos directos de los crímenes.

Tres años después, la Cámara de Apelaciones evaluó los indicios de manera diametralmente opuesta y la condenó a cadena perpetua. A mediados de 1985, en pleno juicio por los ex dictadores, Yiya había sido casi olvidada. Hasta que fue condenada. Ella insistía en que era inocente: Nunca invité a nadie a comer, fueron sus palabras.

Por reducción de la condena y la famosa “ley del 2 x 1” (cada 2 años de condena se cumple solo 1 efectivo), salió de prisión después de 10 años. Se supo que a los jueces que intervinieron en su puesta en libertad les había enviado, como señal de agradecimiento, una caja de bombones[], pero nunca se supo si alguien los probó.

Cuando salió de la cárcel tenía 65 años. Durante el tiempo en que Yiya que estuvo presa su madre y su segundo marido, Antonio, murieron a causa de la tristeza.

Su hijo Martín, no quería verla. El escribió un libro en 1994 publicado por Editorial Planeta llamado “Mi madre, Yiya Murano”. La imagen de tapa es una mano de mujer vertiendo gotas en una taza de té. “No visité a mi madre más que una docena de veces durante los tres años que duró su primera detención –escribe–. En ese tiempo ya se consolidaba en mí la certeza de que mi madre era culpable y ese sentimiento hacía que me resistiera a verla (…) Era teatral, fría, manipuladora y sumamente egoísta”.
La describe como una mujer afecta a gastar dinero, llena de amantes a los que visitaba llevándolo con ella y obligándolo a llamarlos “tío”.

Ella dice que su hijo la difama, aunque le confesó que él no era hijo ni de Antonio Murano, su primer esposo, ni Héctor, el segundo.

Vivió en casa de una de sus hermanas hasta que se casó con un tercer hombre de cuyo nombre no quiere acordarse porque el matrimonio duró un mes.

Después de la historia de Yiya todos supimos que los envenenados con cianuro lloran mientras mueren. El veneno bloquea la respiración celular y provoca una asfixia minuciosa, pero hasta que eso sucede –hasta que el organismo es una masa de carne sofocada– se producen temblores, vómitos, náuseas. Y lágrimas. Una profusión severa, incontrolable –humillante– de lágrimas. El cuerpo llora, la sangre se torna rojo encendido y el aire espirado tiene el olor de las almendras amargas. Los músculos, por falta de oxigenación, se vuelven oscuros, amoratados.

Yiya vive y goza de libertad, como si nada hubiera pasado, junto a Julio Banín, su actual marido, que es ciego a causa de una enfermedad sin retorno llamada maculopatía. El año en que Maria de las Mercedes Bernardina Bella Aponte se hizo tristemente famosa, Julio se quedó ciego para siempre aunque afirma, enamorado, que su esposa es “la luz de sus ojos” y que jamás le tuvo miedo.

Autora: Marcela Hereñu
https://casoabierto.wordpress.com/2010/03/07/yiya-murano-la-envenenadora-de-montserrat/

Audio del caso: http://www.ivoox.com/yiya-murano-envenadora-montserrat-audios-mp3_rf_20805447_1.html

María de las Mercedes Bernardina Bolla Aponte de Murano (Corrientes, 20 de mayo de 1930),1? más conocida como Yiya Murano (la envenenadora de Monserrat) fue acusada por supuesto homicidio y estafa en Argentina. Condenada por tres homicidios, estuvo presa durante dieciséis años. Su caso policial es uno de los más famosos en la historia criminalista argentina, tomando mucha repercusión y manteniéndose a lo largo de los años.
 
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Tony Alexander KING

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El Estrangulador de Holloway

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Agresión sexual - Sadismo
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 1999 / 2003
  • Fecha de detención: 18 de septiembre de 2003
  • Perfil de las víctimas: Rocío Wanninkhof Hornos, de 19 años / Sonia Carabantes Guzmán (17)
  • Método de matar: Apuñalamiento / Estrangulamiento
  • Localización: Málaga, España
  • Estado: Condenado a 36 años de prisión por el asesinato de Sonia Carabantes y a otros 19 por el crimen de Rocío Wanninkhof. Las sentencias fueron dictadas por la Audiencia Provincial de Málaga en 2005 y 2006.
Índice

Interpol revela que King fue condenado en su adolescencia por dos intentos de violación
Walter Oppenheimer – El País

23 de septiembre de 2003

Interpol del Reino Unido ha confirmado al Ministerio del Interior español que Tony Alexander King, asesino confeso de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, fue condenado en su adolescencia por un intento de violación, un atentado frustrado contra la integridad física de una mujer y un robo con fuerza. El supuesto criminal viajó a España un año después de salir de la cárcel. «Cuando llegó aquí, era un ciudadano comunitario con libertad de establecimiento y no había contra él órdenes de busca y captura», declaró Agustín Díaz de Mera, director general de la Policía.

Anthony Alexander King se llama en realidad Tony Bromwich y en 1986 fue condenado a 10 años de prisión por dejar inconscientes a varias mujeres estrangulándolas para abusar luego de ellas, según publicaban ayer los tabloides británicos. Pero la policía británica no quiso confirmar que el británico detenido en Málaga sea el llamado «estrangulador de Holloway», el barrio del norte de Londres en que vivía y en el que cometió sus crímenes Tony Bromwich. La Interpol sí confirmó a la policía española que el supuesto asesino de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes fue condenado anteriormente en el Reino Unido. Fuentes próximas a la investigación citadas por Efe aseguraron ayer que Tony Bromwich se cambió el nombre de forma legal en su país antes de venir a España.

En el Reino Unido todavía no es oficial que Tony Alexander King, el asesino confeso de Sonia Carabantes y Rocío Waninkhof, sea Tony Bromwich, condenado en 1986, cuando sólo tenía 19 años, a 10 años de cárcel por abusar de siete mujeres.

A cinco de ellas las estranguló primero con un cordón hasta dejarlas inconscientes. El entonces llamado «estrangulador de Holloway», recluido en un centro de jóvenes delincuentes, fue puesto en libertad en 1991, al cumplir la mitad de su condena. Pero seis semanas después fue arrestado de nuevo por robar a una mujer a punta de pistola.

La prensa británica relataba ayer algunos momentos del juicio que presidió en 1986 el magistrado Thomas Pigot, que describió al acusado como «Jeckyll y Hyde». Aludía con ello a la doble personalidad que le permitía ser devoto novio de su prometida, con la que estaba entonces a punto de casarse, para convertirse en perverso violador los lunes y los miércoles.

Esos eran los únicos días de la semana que no pasaba con su prometida, según el relato del Daily Mail, que dedica al caso su portada y una página en el interior.

Ataques de carácter sexual
Durante el juicio se reveló que los ataques de Bromwich tenían carácter sexual, aunque no violaba a sus víctimas, un dato que parece coincidir con el perfil del hombre que asesinó a Sonia y Rocío.

Bromwich trabajaba de aprendiz en una imprenta cuando fue arrestado en mayo de 1985 en el momento que acechaba a su próxima víctima. Según el relato de la acusación, pronunciado ante el tribunal un año después, abordaba a sus víctimas acercándose sigilosamente a ellas y les pasaba un cordón por el cuello para cortar su respiración hasta que se desvanecían.

«La presión se aplicaba con gran habilidad, lo suficiente para dejar a las chicas inconscientes o semiinconscientes de manera que eran incapaces de resistirse a sus intenciones sexuales. Es un sistema que se conoce comúnmente como garrote», relató entonces el fiscal Michael Sayers ante el jurado. Bromwich aplastó la cara de una las víctimas contra el pavimento, provocándole la rotura de la nariz y de la mandíbula.

El juez, que acabó sentenciándole a 10 años de cárcel, recordó que los ataques de Bromwich podían haber acabado con la vida de sus víctimas.

La policía española ha enviado a Scotland Yard las huellas dactilares de los dos británicos detenidos en España para confirmar su identidad. Pero los portavoces de Scotland Yard en Londres no quisieron a lo largo del día confirmar si Tony Alexander King y Tony Bromwich son la misma persona. La policía británica tampoco había querido confirmar la víspera las informaciones del dominical News of the World según las cuales estaba investigando la relación que podía haber entre el presunto asesino de las dos jóvenes españolas y los asesinatos nunca resueltos de 12 jóvenes inglesas que murieron en circunstancias parecidas a las que rodearon la muerte de Sonia y Rocío.

«Amo a mi hijo sin condiciones hasta el día en que me muera»
Walter Oppenheimer – El País

23 de septiembre de 2003

La puerta se abrió apenas un palmo, lo justo para dejar un antebrazo que cuelga en un santiamén una sencilla hoja de papel en la puerta del número 23 de Mulkern Road, Holloway, norte de Londres. Es la casa de Tony Bromwich, un hombre que en 1986 estranguló a cinco mujeres hasta hacerlas perder el conocimiento y que puede ser el británico detenido en Málaga.

En esa hoja de papel, la madre de Tony Bromwich le declara su amor para siempre, haga lo que haga. Harta del asedio de un puñado de periodistas ante la puerta de su casa, Lynda Bromwich escribió un mensaje para que la dejaran en paz. «Quiero decir lo siguiente», escribe. «Amo a mi hijo sin condiciones, hasta el día en que me muera. No me creo nada de lo se ha estado escribiendo, conozco muy bien las mentiras que se han dicho. Nunca diré ni una sola palabra más a la prensa. Lynda Bromwich».

Lynda no ha tenido una vida fácil. Su hijo Tony ha pasado muchos años en la cárcel y quizá pase muchos más. Su hija es heroinómana y ha dejado al cuidado de la abuela a sus dos críos, de 10 y 11 años. Lynda ya no vive con el padre de sus hijos. Su compañero salió ayer por la mañana del portal para subirse a su viejo coche, aparcado enfrente. No quiso hablar, más allá de decir que ella haría una breve declaración. Volvió un buen rato después, acompañado por dos jóvenes guardaespaldas en un pequeño utilitario que había salido poco antes de un complejo de viviendas de protección oficial, muy cerca de la casa de los Bromwich.

Dicen los vecinos que en ese otro bloque, en Buxton Road, justo en la esquina, vivía Celia, la joven chilena a la que Tony Bromwich dejó embarazada de su única hija, Charlotte, con la que dicen que viajó a España en 1997 convertido ya en Tony Alexander King. Los vecinos de Lynda Bromwich apenas quieren hablar. «Lo único que puedo decir es que son una pareja estupenda», acierta a decir una mujer.

Es un barrio humilde, pero la casa de los Bromwich tiene su encanto. Es una típica construcción victoriana con planta baja y un piso, con un jardín en la parte trasera.

Enfrente, casi todo son casas modestas, complejos de viviendas de protección oficial que acogen a una población que se queda perpleja al saber de las acusaciones que pesan sobre el hijo de Lynda.

Un vecino dice que vio a Tony hace apenas tres semanas. Una joven vecina no sabe muy bien de quién le están hablando. «Ah, sí, un hombre grande y fuerte», recuerda por fin. «Hace mucho tiempo que no le veo. Siempre estaba metido en casa. Sólo salía para coger el coche, un coche grande, un jeep», explica. «¿Y dicen que ha matado a dos chicas en España? ¡Qué horror!», acierta a decir.

King asegura que le dictaron las cartas de arrepentimiento para favorecer su defensa
Elpais.com

23 de septiembre de 2003

El presunto autor de los crímenes de las jóvenes malagueñas Sonia Carabantes y Rocio Wanninkhof, Anthony Alexander King, ha reconocido desde su celda haber escrito ayer las dos cartas de arrepentimiento por los asesinatos que hoy publica el diario sensacionalista The Sun. Según la versión de King, las escribió al dictado del periodista y abogado David Rojo, que le aconsejó que lo hiciera porque favorecerían su defensa. Tras la renuncia de la abogada de oficio a defender a King, Rojo se presentó ayer en la cárcel como letrado para ofrecerle sus servicios y hoy publica un avance de esta entrevista en la web Periodista Digital.

Según han informado fuentes penitenciarias, esta mañana King se lo ha comunicado al director de la prisión de Alhaurín de la Torre (Málaga), Jorge Castejón. Sobre la visita de Rojo, King ha explicado que, tras ofrecerle sus servicios como abogado de forma gratuita, le dijo que sería muy importante que hiciera un escrito de arrepentimiento, porque «en España se valora mucho» esta actitud. Cuidando al máximo los detalles, King redactó al dictado de Rojo una carta que luego suscribió no con su firma habitual sino con unos caracteres legibles aconsejado por el periodista y abogado, quien le señaló que así se entendería su rúbrica.

Posteriormente, Rojo le dijo que iba a traducir su carta de arrepentimiento al español, idioma que King no escribe y que el recluso firmó con una rubrica similar y que no coincide con la que estampó ayer en el acta de comparecencia ante Castejón, después de la visita de Rojo. En este acta, King explica al director que él tenía una abogada de oficio, Anabel Méndez, quien le comunicó que le visitaría otro letrado, sin precisarle su nombre. El pasado domingo, la letrada renunció a seguir ocupándose de su caso alegando que no tiene experiencia en causas graves. Además, se considera contaminada por el caso, ya que es vecina de Coín y participó en la búsqueda de Carabantes. De momento, el británico carece de defensor y el Colegio de Abogados de Málaga designará a uno nuevo del turno de oficio, según informó ayer su decano, Nielson Sánchez-Stewart.

«Ganar mucho dinero»
King ha asegurado que, durante la entrevista, Rojo le informó de que iría de nuevo a verle «dentro de una semana» con «su jefe». Según King, le hizo firmar «un papel en español y manuscrito que no entendía», diciéndole que se trataba de «un poder para personarse» en su causa. Además, ha señalado que no conocía a Rojo y que él no había llamado a ningún abogado, ni desde la prisión, ni desde el juzgado. El presunto asesino ha subrayado que en ningún momento Rojo le comentó que fuera periodista y que sólo le indicó sobre su entrevista que «cuando las diligencias no fueran secretas sería bueno publicarlas porque así podría ganar mucho dinero y poder pagar a su abogado».

El diario popular The Sun publica hoy las dos cartas del asesino de la costa, como denominan a King, en las que pide perdón a las madres de ambas jóvenes, al tiempo que asegura estar «enfermo» y necesitar «ayuda». Según este diario King, cuyo verdadero nombre es Anthony Bromwich, declaró a uno de sus reporteros que tuvo acceso «exclusivo» al recluso en la prisión, que estaba «aterrorizado». «Parece que todo el mundo quiere matarme. Estoy muy arrepentido de todo el daño que he hecho», añadió. «Yo también tengo una hija a la que quiero mucho y tengo el alma enferma por el daño y el dolor que he causado. Siento repugnancia de mí mismo», asegura King en la misiva dirigida a la madre de Wanninkhof.

«Mis más profundas disculpas para ti y para tu familia por la pérdida de su hija y también por no haber confesado el crimen y haber provocado desavenencias en su amistad con Dolores», en referencia a Dolores Vázquez, que pasó 17 meses en prisión por el crimen de Mijas, que las autoridades rconocen [reconocen] ahora que no cometió. «Estoy enfermo y necesito ayuda» reconoce King, al tiempo que «ruega por su perdón». «He confesado todo con la esperanza de que no tenga que pasar por otro juicio y sufrir más», añade. En una segunda carta, dirigida a la madre de Sonia, afirma sentirse «avergonzado» y asegura que la atropelló con su coche bajo los efectos del alcohol: «Estaba borracho y no sabía lo que estaba haciendo. Merezco estar en la cárcel».

«Sé que usted no quiere saber nada de mí o ni siquiera leer esta carta pero quiero que sepa que no quería atropellar a su hija con mi coche», comienza la carta. También le desea que no tenga que ir a testificar al juicio porque no quiere «que tenga que oír todos los hechos y sufrir más» y concluye: «Yo probablemente tampoco volveré a ver a mi hija [de siete años y fruto de su matrimonio con una mujer finlandesa que acabó en divorcio] por esto y entiendo parte de su pérdida. Nunca podré disculparme bastante». Las cartas fueron enviadas por fax ayer desde un hotel de cinco estrellas de Marbella, Don Carlos. El periodista británico Tom Worden, que firma la noticia, se aloja en este hotel.

El acta de comparecencia
Los responsables penitenciarios realizaron un acta de comparecencia al descubrir que Rojo había hablado con King como periodista. Éstas son las preguntas del director de la prisión y las respuestas de King:

P.- ¿Tuvo usted conocimiento de que en el día de la fecha iba a recibir visita de algún abogado?

R-. No, yo tenía una abogada de oficio, que me dijo que me visitaría otro abogado, pero no me dijo de que abogado se trataba.

P.- ¿Cómo se le presentó el letrado David Rojo?

R-. Me dijo que mi abogada de oficio había renunciado a mi defensa y que él se ofrecía para defenderme de forma gratuita, manifestándome que vendría de nuevo dentro de una semana él y su jefe. A la vez que me hizo firmar un papel en español y manuscrito que yo no entendía diciéndome que se trataba de un poder para personarse en mi causa y se lo firmé.

P.- ¿En algún momento tuvo usted contacto telefónico o de otro modo con el letrado Don David Rojo antes de su visita esta mañana?

R-. No. Yo personalmente no he llamado a ningún abogado ni desde la prisión ni desde el juzgado.

P.- ¿En alguno momento le manifestó el señor Rojo su condición de periodista?

R-. En ningún momento me comentó que era periodista.

P.- ¿En algún momento le solicitó su permiso para publicar o narrar a terceras personas lo manifestado en la entrevista?

R-. Me dijo que cuando las diligencias no fueran secretas sería bueno publicarla porque así podría ganar mucho dinero y poder pagar a un abogado.

Interior reconoce que recibió en 1998 un informe de la Interpol con el historial de King
Agencias – Elpais.com

24 de septiembre de 2003

El ministro del Interior, Ángel Acebes, ha reconocido a primera hora de la tarde que en el año 1998 se produjeron varias «comunicaciones» entre la policía española y la Interpol, en las que este organismo le informó de «algunos antecedentes» del presunto asesino Anthony King en el Reino Unido, aunque ha matizado que no se trataba ni de órdenes de búsqueda ni de extradiciones. La prensa sensacionalista británica ya publica hoy que la policía de este país alertó a la española de la presencia de King en la Costa del Sol y de su historial. King, de 38 años, se encuentra desde el lunes en la cárcel de Alhaurín de la Torre (Málaga), tras haber haberse reconocido autor de los crímenes de las jóvenes Sonia Carabantes, de 17 años, y Rocío Wanninkhof, de 19 años.

El ministro ha explicado que la policía británica se puso en contacto con la española para conocer el paradero de King, porque el asesino confeso de las jóvenes estaba siendo investigado por un delito sexual en su país. Acebes ha añadido la policía española solicitó a la británica las huellas de King para efectuar la comprobación de su identidad con plenas garantías, al tiempo que se comprobó su presencia en el sur de España, pero no se le detuvo, porque la comunicación no incluía una orden. Aunque este aviso era de intensidad «baja», se calificaba a King de «potencialmente peligroso». Al final, según el ministro, se descartó su implicación en el caso que se investigaba en Reino Unidos ya que King residía por aquel entonces en España.

Así, el ministro ha confirmado la información publicada hoy por el tabloide The Sun, que asegura que la policía española sabía que King era un delincuente sexual convicto que vivía en España bajo una identidad falsa, pero «no le tenía controlado». Este diario explica, sin citar fuentes, que las autoridades británicas informaron a las españolas de los antecedentes penales del presunto asesino y de que representaba «un peligro para las mujeres». El diario añade que la policía española «fue incapaz de seguir el rastro de la bestia, dejándole libre para matar».

La verdadera identidad de King
Según The Sun, tras cumplir condena, Bromwich fue investigado por la Policía de Surrey, a las afueras de Londres, por una agresión a una estudiante en la estación de tren de Leatherhead en agosto de 1997. La imagen de Bromwich antes de atacar a la chica, de nacionalidad húngara, quedó grabada en las cámaras de seguridad y fue difundida en el programa Crimewatch de la BBC, dedicado a la búsqueda de criminales. Pero el británico salió del país con la que era entonces su esposa un día antes de la emisión del espacio.

Aunque la fiscalía no reunió suficientes pruebas como para pedir su extradición, la Policía de Surrey envió, a través de la Interpol, un mensaje a las autoridades españolas, alertándoles de la presencia del sujeto en España. Tras su llegada, siempre según The Sun, algunos amigos informaron a la Policía de su nueva dirección. Por otro lado, la Policía británica ha confirmado esta mañana que Anthony Alexander King es, en realidad, Anthony Bromwich, el estrangulador de Holloway. Según ha informado Alastair Campbell, portavoz de Scotland Yard, las huellas dactilares de King son las mismas que las de este hombre, que aterrorizó a un barrio de Londres.

Campbell ha añadido que la Policía británica ha podido confirmar la identidad del detenido esta misma mañana, al finalizar el examen de las huellas dactilares que ha sido laborioso, ya que en el Reino Unido se destruyen las huellas de los delincuentes menores. La BBC ya informó anoche de que las huellas coincidían con las de Bromwich que, a los 19 años, fue encarcelado tras estrangular con un cable eléctrico a cinco mujeres en Holloway, un barrio del norte de Londres, y tratar de abusar de otras dos.

El detenido elegía a sus víctimas al azar, las estrangulaba hasta dejarlas incoscientes [inconscientes] y luego las agredía sexualmente, aunque no las violaba. El criminal, que cambió legalmente su identidad cuando se trasladó a España en los 90, fue condenado por estos delitos en 1986 a diez años de prisión, aunque sólo cumplió cinco. Tras salir de prisión en 1991, fue condenado por un robo a mano armada. Las autoridades británicas continuarán su investigación «al más alto nivel», ha precisado Campbell, para averiguar si Bromwich está relacionado con los asesinatos de 12 jóvenes en Reino Unido que murieron de forma parecida a Sonia y Rocío.

Se aplaza la publicación de la entrevista a King
La redacción de la web Periodista Digital ha decidido posponer «por el momento» la publicación de la conversación de dos horas que mantuvo la cárcel el director de este medio, David Rojo, con King, en calidad de abogado. Según asegura hoy este periódico digital, la decisión se ha adoptado por la «enconada polémica desatada» y por las «numerosas peticiones» por parte de sus lectores.

Rojo se presentó en la cárcel el lunes con el carné del Colegio de Abogados de Madrid y un volante del Colegio de Abogados de Málaga en el que el decano, Nielson Sánchez-Stewart, solicitaba que se le facilitase «comunicación letrada», según el director de la prisión, Jorge Castejón. En este escrito, se acreditaba que el letrado había sido llamado por el interno para su defensa y, dado que no existía incomunicación por orden judicial, se le permitió el acceso. Sin embargo, Rojo se ha defendido esta mañana en RNE y, aunque ha admitido que entró a la cárcel como abogado, ha asegurado que lo primero que le dijo a King fue que era reportero y director de un medio y que había ido allí para hacerle una entrevista «diga lo que diga King».

La actuación de Rojo ha llevado a los colegios de abogados de Madrid y de Málaga a la apertura de diligencias ante la posibilidad de que se haya vulnerado el secreto profesional, que está castigado con una pena de hasta cuatro años de cárcel. El colegio de Málaga ha designado ya a un nuevo letrado de oficio para King, después de que la asignada Anabel Méndez, renunciara a llevar su caso.

Robert Graham: «Aquella noche Tony me dijo: Creo que la he matado»
Montse Martín – ABC.es

29 de octubre de 2003

Robert Graham, detenido por encubrir el asesinato de Rocío Wanninkhof y posteriormente puesto en libertad al haber prescrito el delito, declaró ante la Guardia Civil y la juez de Fuengirola en el momento de su detención que su amigo Tony King se presentó una noche en su casa y que le contó que había cogido una chica en la carretera y que creía que la había matado. «Tony llegó muy extraño, hablaba de su mujer, de sus problemas, y empezó a decirme que había cogido una chica, que creía que la había matado o dejado inconsciente». Graham en su declaración dijo que se sintió «aterrorizado» y que le dijo a King que se marchara de su casa y negó rotundamente haber ayudado a su amigo a ocultar el cadáver de Rocío Wanninkhof.

Robert Terence Graham, de 39 años, natural de Saldford (Gran Bretaña), lleva seis años residiendo en España, primero en Lanzarote y luego en la Costa del Sol. En su país tiene antecedentes penales y estuvo en prisión por conducir ebrio. Graham asegura que conoció a King en España, en verano o Semana Santa de 1999, y que se lo presentó Cecilia, su mujer. Robert la conocía a través del cuñado de ésta, John, que era jefe de un negocio de multipropiedad en Mijas donde Graham era jefe de grupo. «Un día Cecilia me preguntó si podía darle trabajo a su marido. Tony es simple, extraño, se puede ver en sus ojos; se podía pasar horas sentado sin decir nada, pero es amistoso y obedece a todo. Normalmente la gente no quería ir a casa de Tony porque Cecilia no cuidaba la casa; y ella era la que se quejaba de que es Tony el que no la ordenaba», explica Graham.

La nueva cara del grupo
El británico reconoce que se hizo amigo de Tony en sus visitas conjuntas a los pubs para beber después del trabajo: «Toda la gente del timesharing (multipropiedad), incluido yo, tiene problemas con la bebida; es un trabajo muy complicado, de mentalidad muy inglesa: mucha bebida, mucho fútbol… Tony era la nueva cara del grupo. Era una calamidad; su relación de pareja se venía abajo».

La declaración de Robert Graham es, en un principio, confusa, no ofrece muchos detalles sobre la noche en la que Tony King se presenta en su casa. Sorprendentemente, al final del interrogatorio de la Guardia Civil, cuando los agentes le preguntan si quiere decir algo más, Graham, de forma espontánea -según se subraya en negrita en el folio número seis de su declaración- empieza a dar detalles de lo que ocurrió la noche del 9 de octubre de 1999, en la que desaparició [desapareció] Rocío Wanninkhof: «Tony me dijo que había salido entre la urbanización Torrenueva y La Cala (de Mijas), y me dijo: «Creo que la he matado». Yo no le quería escuchar». Añade que King llegó a su casa de forma imprevista, entre las nueve y las once de la noche, en un Ford Fiesta azul claro y que le dijo que había matado a una chica o la había dejado incosciente [inconsciente], que había sido cerca del camping entre Torrenueva y La Cala de Mijas: «No me dijo ningún nombre, pero recuerdo que sí dijo que iba a volver a echar un vistazo o a cubrir el cuerpo». Más adelante Graham añade: «Creo que dijo que vio a la chica cuando iba conduciendo, que le había recogido o cogido y le había dado «a good shagging» (la había dejado bien jodida), que la había dejado inconsciente o muerta; que había sido muy duro».

Más adelante Graham recuerda en su declaración que el coche que llegó conduciendo aquella noche Tony King pertenecía a Jane, la amiga de Cecilia. El amigo de King asegura que vio bolsas de plástico negras llenas de ropa en el coche: «Me dijo que eran de la chica y que no sabía qué hacer. Yo le dije que se marchara, y Tony me rogó e insistió para que le acompañase, pero yo no fui. Le dije que se marchase y lo cubriese (el cuerpo)». A lo largo de su declaración Robert Graham asegura que no vio ningún cuerpo, «porque tendría alguna imagen» en su mente, pero da algún detalle más del coche: «Vi un martillo viejo con el mango de madera en el maletero, pero no vi sangre ni ningún cuerpo».

Lagunas en su memoria
Robert Graham presenta algunas lagunas en su memoria durante su declaración. De hecho, aproximadamente media hora después de explicar de forma muy vaga si acompañó o no a Tony King a deshacerse de las ropas (asegura que posiblemente debido al estado de terror en el que estaba hubiese acompañado a Tony a destruir las ropas), dice recordar de «forma muy nítida» que después de ordenar a King que se marchara subió a su casa a consumir de nuevo cocaína y niega haberse montado en el coche.

Graham afirma que se enteró de la desaparición de Rocío dos o tres días después de la visita de Tony, cuando vio carteles de la chica en la urbanización Riviera del Sol. El británico asegura que cuando se enteró de la detención de King «me vino un flash de aquella noche en que Tony se presentó en su casa y me di cuenta de que quería hablarme de esto, pero que no le dejé hablar. Aquella noche tenía una cara que no había visto antes».

Graham asegura al final de su declaración que sabía que Tony había estado en la cárcel en Gran Bretaña, porque él mismo se lo había confesado. El amigo de King, que en un determinado momento solicita al juez ayuda psiquiátrica para recordar su lagunas de memoria, también fue interrogado por Dolores Vázquez. Primero afirma que ni él ni King la conocen, luego con palabras muy ambiguas se contradice: «Yo no la conozco; no tengo conocimiento de que Tony la conozca. Tengo la sensación de que Tony sí tiene relación con ella, pero es sólo una sensación; Dolores trabajó también un tiempo en Lubina del Sol (apartamentos) donde también trabajó Tony y la madre de Rocío».

Tony King: «La jefa del grupo es la p*ta de Dolores Vázquez, que es la que ha pagado todo»
Libertad Digital (Agencias) – Libertaddigital.com

17 de octubre de 2005

Tony Alexander King proclamó su inocencia durante el juicio que comenzó este lunes en la Audiencia Provincial de Málaga por la muerte de Sonia Carabantes en agosto de 2003 -por el que se enfrenta a una petición fiscal de 34 años de cárcel-, y se retractó de su primera declaración en la que confesó el crimen debido a que fue «torturado en todo momento».

A preguntas de la defensa, King dijo: «La jefa del grupo es la p*ta de Dolores Vázquez, que es la que ha pagado todo, y Robert Graham es un profesional» e implicó a los dos en las muertes de Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof, así como en la desaparición de María Teresa Fernández en Motril (Granada), informa Efe.

El imputado, que se negó a responder a la acusación particular y al fiscal, habló sobre una «conexión directa» entre el asesinato de Rocío en octubre de 1999, la desaparición de María Teresa en agosto de 2000 y la muerte de Sonia Carabantes tres años después. En este sentido, apuntó que Sonia fue asesinada «un mes antes del juicio contra Dolores Vázquez», quien pasó diecisiete meses en prisión por la muerte de Rocío Wanninkhof y fue exculpada tras la detención del británico.

El procesado recordó que la noche en la que falleció Sonia consumió gran cantidad de bebidas alcohólicas, parte de ellas en la feria de Coón [Coín], además de una pastilla para conciliar el sueño, y que cuando se dirigía a su coche para marcharse del municipio «veía doble». Al dar marcha atrás con su vehículo, señaló que golpeó algo «fuertemente», que creyó que era la puerta abierta de otro coche, y al salir vio a Sonia Carabantes en el suelo y que «había un charco de sangre delante de su cara».

Sólo recuerda haber estado sentado junto con Sonia
Dijo que después recibió un par de golpes y que sólo recuerda haber estado en el asiento trasero de su vehículo junto a Sonia, y posteriormente que apareció en un paraje con rocas, del que se marchó a casa, si bien en el trayecto reconoció que arrojó el pantalón de la joven porque quería que la encontraran.

King justificó la coincidencia de su ADN con los restos encontrados en las manos de la joven en que ambos estuvieron sentados en el asiento trasero del coche, y que él tenía una herida abierta en la mano, y añadió que más tarde cuando la vio en el suelo «parecía que estaba muerta». Negó haber agredido a Sonia y subrayó que resultaba «físicamente imposible» para una sola persona trasladar las rocas que había encima del cadáver debido a su tamaño. Dijo que al llegar a su domicilio en la localidad de Alhaurín El Grande tenía «grandes heridas en la nuca, la muñeca torcida, rodillas sangrientas y sus manos sangraban».

Su pareja le vio llegar «con toda la cara destrozada»
Su compañera sentimental en esas fechas, María Luisa Gallego, declaró en calidad de testigo que King llegó a casa sobre las 8.30 horas con «toda la cara destrozada», heridas en la mano y piernas, y que le dijo que había tenido un accidente de circulación, pero no que había estado en Coín. Gallego, que convivía desde hacía seis meses con el acusado, manifestó que no lo notó muy bebido y que nunca había observado en él ningún comportamiento agresivo.

Respecto a la relación que King mantenía con Graham, comentó que eran «como de hermanos», y que el segundo tenía «influencia» sobre su pareja. Durante la primera sesión de la vista oral también comparecieron en calidad de testigos los padres de la joven, José María Carabantes y Encarnación Guzmán, quienes respondieron a las partes sobre la iluminación que había en las inmediaciones de su casa, donde la mañana siguiente se encontró sangre y objetos personales de su hija.

La Fiscalía mantiene que Sonia Carabantes, de 17 años, se dirigía a su domicilio caminando sola, sobre las 5 horas del 14 de agosto de 2003 tras haber estado en el recinto ferial de Coín con unas amigas, cuando el procesado la abordó para satisfacer sus deseos sexuales. Después, la introdujo en el maletero de su coche, le causó numerosas lesiones y la estranguló con la propia camiseta de la joven, tras lo que trasladó su cuerpo y lo ocultó en una oquedad existente entre unas rocas, según la calificación fiscal.

Tony Alexander King fue detenido el 18 de septiembre de 2003 y tres días después fue encarcelado como presunto autor de las muertes de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, en cuya investigación se hallaron restos que coinciden con su perfil genético.

El británico Tony King, condenado a 36 años de prisión por la muerte de Sonia Carabantes
Elmundo.es

15 de noviembre de 2005

El británico Tony Alexander King ha sido condenado por la Audiencia Provincial de Málaga a 36 años de prisión por el asesinato de la joven Sonia Carabantes, que murió estrangulada y golpeada en agosto de 2003 después de asistir a la Feria de Coín (Málaga).

Tony King -cuyo nombre originario es Anthony Alexander Bromwich- está acusado también del asesinato de Rocío Wanninkhof, la joven de Mijas (Málaga) muerta en 1999.

En la sentencia, el tribunal condena al procesado por el delito de asesinato con alevosía a 23 años, por agresión sexual a ocho años y cinco más de cárcel por detención ilegal, y le impone una indemnización de 300.000 euros para los padres de la joven -150.000 para cada uno de ellos-, informaron fuentes judiciales.

Además, no podrá acercarse en 15 años a la localidad de Coín o a aquel municipio donde residan los padres o hermanos de Sonia Carabantes.

King, que ha sido absuelto del delito de lesiones que pedía la acusación particular, cumplirá un máximo de 30 años de prisión.

La defensa ha anunciado que presentará un recurso contra la sentencia ante el Tribunal Supremo, que calificó de «corta» al ser de «doce folios para tantos años» de condena. El abogado defensor, Javier Saavedra, aseguró que está en «disconformidad absoluta» con la resolución.

Sonia Carabantes, de 17 años, desapareció en la madrugada del 14 de agosto de 2003 cuando regresaba a su casa tras asistir a la Feria de Coín, y su cadáver fue encontrado semienterrado en el término municipal de Monda (Málaga), tras cinco días de intensa búsqueda en la que participaron centenares de personas.

Agresión sexual
Tony Alexander King fue detenido el 18 de septiembre de 2003 después de que su compañera sentimental informara a la Policía de que había visto restos de sangre en su ropa en la noche en la que desapareció Sonia. Tres días después fue encarcelado como presunto autor de las muertes de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, en cuya investigación se hallaron restos que coinciden con su perfil genético.

El auto estima que a King, al que califica de «obseso», no le importó producir un «extraordinario» dolor a la víctima para satisfacer sus deseos sexuales

La sentencia considera probado que el 14 de agosto de 2003 Tony King esperó a Sonia en las proximidades de su domicilio. Cuando la joven se despidió de sus amigos, «salió súbitamente de su escondite de un árbol y la abordó con el propósito de hacerle objeto de tocamientos lascivos, la golpeó en el rostro, en la cabeza y en todo el cuerpo hasta dejarla semiinconsciente», reza la sentencia.

Continúa el auto explicando que King introdujo a la joven en el maletero de su coche y se trasladó a Monda; allí buscó un lugar «oscuro y solitario», colocó a Sonia en el asiento trasero del vehículo y la agredió sexualmente, mientras continuaba golpeándola, lo que le provocó graves lesiones internas y externas «capaces por sí solas de causarle la muerte» además de «grandísimo sufrimiento», según el testimonio de los médicos forenses que recoge la sentencia. Posteriormente, cogió la camiseta de Sonia y la estranguló hasta la muerte.

Posteriormente, ocultó el cadáver entre unas rocas de una explanada cercana y tiró parte de la ropa a un contenedor de basura.

«Sin compasión»
En opinión del tribunal, resulta evidente que el acusado, al golpear «salvajemente» a la joven hasta dejarla semiinconsciente, aceptó que podría matarla, «pero al proceder a su estrangulación buscó de manera directa el desenlace final, con todo lo que aparece su indudable ánimo de matar como elemento subjetivo del homicidio».

Además, considera probado que golpeó a su víctima «sin compasión» hasta reducirla a «alguien pasivo y sin posibilidad más que de una leve e inútil defensa» y que la estranguló cuando estaba «totalmente extenuada».

El tribunal cree que en este caso concurre la circunstancia específica de ensañamiento y muestra su convencimiento de que el fin último de King era el de buscar una satisfacción sexual «y seguidamente la muerte», para lo que no le importó producirle un «extraordinario» dolor que la mantuviera indefensa.

Respecto al delito de agresión sexual, la sentencia ve «evidente» el propósito «lúbrico» del procesado, al que define como un «verdadero obseso» que atentó contra la libertad sexual de la joven «tocando todas las partes íntimas de su cuerpo tras desnudarla».

No obstante, afirma que no es posible apreciar el delito de lesiones que imputaba la acusación particular, «ya que las lesiones producidas eran por sí capaces de producir la muerte», como aclararon en el juicio los médicos forenses.

Pruebas de peso
El testimonio de dichos expertos y las pruebas halladas en la calle y en el vehículo y otros objetos del británico «son prueba circunstancial pero de gran peso» para entender que Sonia «fue agredida primero, secuestrada después, agredida de nuevo, sometida a la agresión sexual y estrangulada como episodio final del relato».

Durante el juicio, Tony King reconoció que estaba en Coín el día que se produjo la muerte de la joven, aunque aseguró en que él no la agredió.

El británico afirmó que los asesinatos de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes y la desaparición de la María Teresa Fernández en Motril (Granada) en 2000 están relacionados y responsabilizó implícitamente de ellos a su compatriota Robert Graham. Además, acusó a Dolores Vázquez de «pagarlo todo».

Moderada satisfacción en la familia
La familia de Sonia Carabantes ha acogido con alegría la noticia de la condena, a pesar de que habían solicitado 44 años de cárcel. Encarnación Guzmán, madre de la joven, ha reclamado que King cumpla la pena íntegra.

No obstante, reclamará responsabilidad civil al Estado porque el británico, «siendo un criminal con condena» en el Reino Unido «estaba aquí y ni lo sabían, ni estaba controlado».

Tanto Encarnación como su marido, José María Carbantes [Carabantes], y un hermano de Sonia, acudieron al juicio de este caso y la madre, que junto al padre compareció como testigo, aseguró tras una sesión que estaba convencida de que King era culpable y admitió haber sentido un poco de odio hacia el procesado cuando se enfrentó a un testigo.

King asegura: «Vi a Dolores Vázquez apuñalar a Rocío y a Robert Graham cortarle el cuello»
Marta Sánchez / EFE – Elmundo.es

21 de noviembre de 2006

El británico Tony Alexander King ha declarado que vio cómo Dólores Vázquez apuñalaba a Rocío Wanninkhof en la espalda cuando ambos se encontraban en un vehículo en compañía de su amigo Robert Graham, quien posteriormente le cortó el cuello porque la joven seguía con vida.

King, que el lunes fue expulsado del juicio tras insultar al juez, fiscal y peritos, a los que llamó «delincuentes», ha podido declarar ante el jurado popular que le juzga en la Audiencia Provincial de Málaga después de que el presidente de la Sala le diese una segunda oportunidad.

El acusado ha reiterado su inocencia y ha alegado que, tras su detención en septiembre de 2003, confesó el crimen ante la Guardia Civil y el juez porque temía que lo matara el instituto armado.

Tony King ha pedido al tribunal ser sometido a una hipnosis para que se conozca la verdad del caso. Según su versión, su amigo Robert Graham le hipnotizó la noche en que murió Rocío Wanninkhof. Después, fueron a casa de Graham, quien dos días antes le dijo que lo visitara porque «solucionaría sus problemas de dinero». Allí, bebieron vino y consumieron drogas.

Después, casi a medianoche, se prestó a que su amigo le hipnotizara porque éste llevaba mucho tiempo sin hacerlo y quería practicar.

Cuando «empezaba a sentir el efecto de la hipnosis», mientras la luz estaba apagada, dijo que se presentaron tres personas en la vivienda: Dolores Vázquez, un conocido y otra persona, y que Graham le pidió que fuese al balcón, y cuando regresó ya se habían marchado. A continuación, el acusado ha explicado que recuerda que estaba sentado en el asiento del copiloto de un coche británico, con el volante a la derecha, y en él fueron hasta el lugar donde fue encontrado el cadáver de la joven. En los asientos de atrás, ha declarado, vio a Vázquez «apuñalando en la espalda a Rocío mientras se reía».

El acusado, que pidió al juez que le quitaran las esposas porque le molestaban -sólo se las aflojaron-, ha añadido que «obviamente ella (Rocío) no tenía nada en la parte de abajo porque Dolores (Vázquez) tenía las bragas en su mano».

Ha asegurado que el cadáver fue depositado cerca de Elviria en Mijas, y que él no participó en el traslado del cuerpo al paraje de Marbella en el que fue encontrado el 2 de noviembre de 1999.

King únicamente ha reconocido que estuvo en el lugar donde fue hallado el cadáver, aunque ha mantenido en todo momento su inocencia.

Implicación de terceras personas
Tanto la defensa como la acusación particular sostienen que en la muerte de Rocío Wanninkhof intervinieron terceras personas, y por ello han pedido la inclusión de informes periciales derivados del hallazgo en agosto de 2005 de una bolsa con las bragas de la joven a las puertas de la casa de su madre, Alicia Hornos, petición que fue denegada.

Sobre la posible intervención de terceros, King ha respondido a la acusación particular: «No soy responsable de nada», y ha aseverado que es «un cabeza de turco», si bien sólo ha relatado los hechos de los que culpa a Dolores Vázquez y Graham a preguntas de la defensa.

Éste es el segundo juicio por la muerte de Rocío Wanninkhof, tras el celebrado contra Dolores Vázquez, que pasó 17 meses en prisión por esta causa y fue exculpada tras la detención de King, cuyo perfil genético coincidía con las muestras halladas en el lugar donde desapareció la joven y en el que fue encontrado el cadáver de Sonia Carabantes cuatro años después.

King fue condenado a 36 años de cárcel por este último crimen, y también a siete años de prisión por el intento de violación de una joven en Benalmádena (Málaga).

Tras la intervención de King, ha sido citada a declarar Alicia Hornos, la madre de la víctima, quien ha reiterado que siempre ha pensado que el asesino de su hija «no es Tony King, sino Dolores Vázquez».

Hornos mantuvo en su comparecencia que las bragas que encontró en la puerta de su casa en agosto de 2005 eran las que llevaba su hija el día del crimen, el 9 de octubre de 1999, y «contienen el ADN de Dolores Vázquez y de Rocío».

La madre de la víctima, que prestó declaración como testigo en la segunda jornada del juicio, reiteró que su hija no conocía al británico Tony King, único acusado del crimen, y que «nunca se hubiera parado con alguien desconocido, porque era muy sensata».

El juicio comenzó este lunes con la selección del jurado. Poco antes, King llegaba a la Audiencia Provincial de Málaga y reiteraba su inocencia. Más de 130 periodistas de 40 medios de comunicación están acreditados para seguir este proceso, que está previsto se prolongue durante dos semanas, hasta al menos el día 1 de diciembre.

Un testigo dice que King conocía a Dolores Vázquez porque fue su jardinero
ABC.es

27 de noviembre de 2006

Un testigo que declaró hoy en el juicio por el asesinato de la joven de Mijas Rocío Wanninkhof el 9 de octubre de 1999 dijo que el británico Tony Alexander King le contó que conocía a Dolores Vázquez, porque fue su jardinero durante un tiempo.

Ronald William Pettit, citado a declarar por la defensa y vecino de Vázquez, confesó ante el jurado popular que el procesado se refirió a ella durante una conversación con otras dos persones, en la época en la que ésta estaba siendo juzgada por el crimen.

Sin embargo, los otros dos interlocutores, una mujer y un hombre que trabajaron con el testigo en una empresa de la Costa del Sol, no recordaron estos hechos ante la Guardia Civil.

Por su parte, el acusado ha confesado en el juicio que no conoce a Dolores Vázquez, exculpada de la causa tras pasar diecisiete meses en prisión, aunque ha mantenido que ella apuñaló por la espalda a Rocío mientras viajaban en un coche.

Tanto la defensa como la acusación particular coincidieron en que con estas declaraciones se confirma el vínculo entre el británico y Vázquez.

En la jornada de hoy también prestó declaración María Luisa Gallego, ex compañera sentimental del británico, quien señaló que King «se ponía muy nervioso» cuando quedaba con su amigo Robert Graham, que «le dominaba e influía».

Según su relato, convivió con sus hijas y el acusado durante seis meses, en los que se mostró «tranquilo» y en ningún momento le habló de sus antecedentes por agresión sexual y robo en Reino Unido.

La testigo comentó que el británico en alguna ocasión abandonó la casa por enfado, pero negó que llevara cuchillos cuando saliera, pese a que en su coche se hallaron tres armas blancas y se le intervino una escopeta de caza sin licencia.

Agregó que Tony King apenas le hablaba de su familia, aunque sí le confesó que había sufrido malos tratos por parte de su padre.

En la sexta jornada del juicio, un comandante de la Guardia Civil admitió que en la primera investigación que incriminó a Dolores Vázquez «pudo haber errores» de enfoque, aunque se desarrolló de manera «concienzuda».

El testigo manifestó que si las muestras de ADN que se tomaron en la colilla encontrada donde desapareció Rocío hubieran conducido en 1999 a Tony King, «las conclusiones de la investigación hubieran sido distintas».

El investigador insistió en que todas las pruebas objetivas y los restos orgánicos hallados tanto en el lugar del crimen, como en la zona donde se halló el cadáver inculpan a King, al tiempo que descartó cualquier relación con Dolores Vázquez.

También habló de un posible móvil sexual en el asesinato, al referirse a la confesión de King, quien reconoció que se acercó a Rocío porque «la vio atractiva y tuvo deseos de tocarla».

El británico, encarcelado desde el 21 de septiembre de 2003, se enfrenta a una petición fiscal de 26 años y nueve meses de prisión por los delitos de asesinato y agresión sexual en grado de tentativa, mientras que la acusación particular pide que se le imponga una pena de 20 años de cárcel.

El jurado concluye que Tony King asesinó a Rocío Wanninkhof pero que no lo hizo solo
Fernando J. Pérez – El País

14 de diciembre de 2006

Tony King asesinó con alevosía el 9 octubre de 1999 a Rocío Wanninkhof, pero «no fue la única persona» que participó en el crimen. Tras 11 días de vista oral y 13 horas de deliberación, el jurado del segundo juicio del caso Wanninkhof concluyó que el británico mató a la joven de Mijas, aunque el veredicto asume gran parte de las tesis de la acusación particular, que ha mantenido durante el juicio la implicación de Dolores Vázquez, condenada sin pruebas en el primer juicio y que pasó 17 meses en prisión. El jurado descartó que King intentara agredir sexualmente a Rocío.

El jurado se había encerrado a deliberar en un hotel malagueño el pasado martes a las 11.00. Encima de la mesa, las seis mujeres y cinco hombres tenían un documento redactado por el presidente del tribunal, el magistrado José María Muñoz Caparrós, con nueve tesis acerca de la implicación de Tony Alexander King en los hechos.

La poca cantidad de preguntas y la concisión con que estaban redactadas indicaban que la discusión no se prolongaría mucho. Sin embargo, la deliberación se interrumpió el martes a las 20.00, para reanudarse ayer a las 10.00. Esta falta de acuerdo dio ciertas esperanzas al abogado de King, Javier Saavedra, que ha basado su defensa en sembrar «dudas razonables» sobre el papel de su cliente en crimen.

Finalmente, el jurado comunicó sobre las 14.00 de ayer que tenía el listo el veredicto. A las 14.15 entró King en la sala del jurado de la Audiencia Provincial de Málaga y el portavoz del tribunal popular comenzó a desgranar uno a uno los puntos de la deliberación.

La sorpresa llegó en el primer punto, que consistía básicamente en el relato de hechos del fiscal, Antonio González. El representante del ministerio público sostuvo durante toda la vista que King era el autor único del apuñalamiento de Rocío Wanninkhof en Mijas y el traslado del cadáver. Según el fiscal, King llevó el cuerpo en primera instancia a un descampado de Mijas y finalmente al paraje marbellí de los Altos del Rodeo, a 32 kilómetros del lugar del crimen y donde fue hallado el cuerpo 24 días después, el 2 de noviembre de 1999.

«Una persona conocida»
El jurado, con siete votos a favor y dos en contra, aceptó esta versión, pero introdujo una modificación fundamental: King «no fue la única persona» que participó en el crimen. Los miembros del tribunal basan este veredicto en primer lugar en un pañuelo de papel con manchas de sangre de Rocío hallado en el lugar del asesinato. Según el jurado, este pañuelo le fue ofrecido a la joven «por una persona conocida».

Además, el reguero de sangre que dejó el cadáver al ser llevado a un montículo próximo al lugar del crimen indica, para el jurado, que otras personas arrastraron el cadáver junto con King, cuyos restos de ADN fueron encontrados tanto en el sitio del asesinato como en el lugar donde fue abandonado el cuerpo sin vida de Rocío.

Precisamente, el jurado estima que, en la zona de Los Altos del Rodeo, el cadáver fue arrojado por encima de una valla, lo que requirió el concurso de más de una persona. Además, en ese lugar, un tío de Rocío pensaba abrir un negocio de hostelería. Según el tribunal popular, el hecho de que el cadáver de Rocío fuera abandonado en esa zona, de difícil acceso, indica que los autores del crimen querían hacer daño a la familia.

Esta modificación sustancial se vio reforzada en el punto séptimo. Por cinco votos contra cuatro el jurado se mostró de acuerdo con la tesis expuesta por el abogado de King de que el británico actuó «acompañado de otras personas». La familia Hornos, que durante la vista oral ha mantenido que Rocío fue asesinada por Dolores Vázquez, ex compañera sentimental de la madre de la víctima, acogió con alborozo este veredicto.

El jurado fue unánime al señalar que King cometió el crimen con alevosía, ya que se aprovechó de que Rocío estaba aturdida después de que el británico la golpeara, y estuvo de acuerdo sin fisuras en considerar un agravante que el ataque se produjera en un descampado poco iluminado. Además, todos los miembros rechazaron que el acusado tuviera las facultades mentales alteradas en el momento del crimen. Finalmente, el tribunal popular se opuso a la solicitud de un indulto para King.

Después de que el jurado desechara la acusación de tentativa de agresión sexual que imputaban a King tanto el fiscal como la acusación, llegó el momento de fijar las peticiones de pena para el británico, en prisión desde el 18 de septiembre de 2003 por el asesinato de la joven Sonia Carabantes. El ministerio público solicitó 20 años de cárcel, al igual que la acusación, que insistió en que King cumpla íntegramente su condena «como los terroristas». Por su parte, el abogado solicitó la pena mínima en caso de asesinato, 15 años, ya que «no es lo mismo ser autor de un delito que ser coautor».

El Supremo confirma la condena de 36 años a Tony King por el asesinato de Sonia Carabantes
EFE – ABC.es

14 de diciembre de 2006

El Tribunal Supremo ha confirmado hoy la sentencia de la Audiencia Provincial de Málaga que condenó a 36 años de prisión al británico Tony Alexander King por el asesinato de la joven Sonia Carabantes, que murió estrangulada en agosto de 2003 después de asistir a la feria de Coín (Málaga).

Así lo acuerda la sala de lo penal del Alto Tribunal en una sentencia notificada hoy que desestima el recurso de casación que King interpuso contra la dictada por la Audiencia malagueña en noviembre de 2005, que le impuso esa pena de prisión además de la prohibición de volver a esta localidad durante quince años.

Un jurado popular declaró ayer a King culpable del asesinato de la joven de 19 años de Mijas (Málaga) Rocío Wanninkhof, cometido el 9 de octubre de 1999, aunque apuntó que este crimen contó con la participación de terceras personas.

El Supremo rechaza todos los argumentos del recurso, en el que alegó, entre otras cuestiones, que no hubo ensañamiento ni alevosía en la actuación delictiva de King. Establece que «el acusado causó a Sonia males objetivamente innecesarios» para matarla «aumentando el dolor o sufrimiento de la víctima, lo cual integra los elementos objetivos del ensañamiento».

El tribunal le condena a 23 años de cárcel por un delito de asesinato, a 8 por agresión sexual y a 5 años por detención ilegal, además de al pago de una indemnización de 300.000 euros para los padres de la joven -150.000 para cada uno de ellos- por daños morales.

Cómo se cometió el crimen
Sonia Carabantes, de 17 años, desapareció en la madrugada del 14 de agosto de 2003 cuando regresaba a su casa tras asistir a la Feria de Coín, y su cadáver fue encontrado semienterrado en el término municipal de Monda (Málaga) tras cinco días de intensa búsqueda en la que participaron centenares de personas.

Según el fallo, King esperó escondido a la joven en las proximidades de su casa de Coín y la abordó y golpeó «en todo el cuerpo» hasta dejarla semiconsciente, tras lo cual la introdujo en el maletero de su vehículo y la trasladó hasta un paraje solitario del término municipal de Monda.

Una vez en el lugar, sentó a la joven en el asiento trasero del coche, la desnudó y realizó tocamientos a la vez que la golpeaba en la cabeza y tronco, ocasionándole numerosas lesiones «capaces por sí solas de causarle la muerte».

Posteriormente, y según los hechos probados, la estranguló con la camiseta que llevaba la joven ya inconsciente, lo que le produjo la muerte, y trasladó su cadáver a una explanada próxima, donde lo ocultó entre unas rocas.

Culpable también del asesinato de Rocío Wanninkhof
El británico Tony Alexander King escuchó ayer el veredicto del jurado popular por el crimen de Rocío Wanninkhof, que concluyó que asesinó a la joven en 1999 con la participación de terceras personas. En este caso, el jurado ha excluido la agresión sexual en el crimen, por lo que la fiscalía y la acusación particular solicitaron una pena de 20 años de cárcel y la defensa la mínima de 14 años.

Tony King, condenado a 19 años de cárcel por el asesinato de Rocío Wanninkhof
EFE – ABC.es

21 de diciembre de 2006

El británico Tony Alexander King ha sido condenado hoy por la Audiencia de Málaga a 19 años de cárcel por el asesinato de la joven de Mijas Rocío Wanninkhof, que murió tras sufrir nueve puñaladas cuando regresaba a su casa el 9 de octubre de 1999.

En la sentencia se le impone la pena de 19 años por el delito de asesinato con la agravante de despoblado y una indemnización de 210.000 euros para la madre de la víctima, Alicia Hornos, y de 42.000 euros para los dos hermanos de la joven.

Este fallo se produce ocho días después de que un jurado popular declarase a King culpable del crimen de Rocío Wanninkhof, que murió tras recibir ocho puñaladas en la espalda y una en el pecho izquierdo, en un descampado que estaba oscuro y ubicado en el núcleo de población de La Cala de Mijas.

El juez considera como hechos probados que King se acercó a la joven con un arma blanca que se la puso en el cuello para amedrentarla y la condujo a una explanada para que no fueran vistos; pero como ella se resistió, le propinó un fuerte golpe en la cara, le hizo un corte en el cuello y posteriormente la apuñaló en el abdomen.

Tras inmovilizarla, y sin que la joven pudiera defenderse debido a su situación de debilidad, «le asestó al menos ocho puñaladas en la espalda, cinco de ellas muy agrupadas», que al afectar a órganos vitales le causaron un hemoneurotórax masivo y shock hipovolémico que determinaron su muerte.

Otras personas presenciaron el crimen
En la sentencia, el magistrado indica que el acusado, «en compañía de otras personas que habían estado presentes y que han quedado indeterminadas, arrastraron el cuerpo por un terraplén hasta una explanada».

Posteriormente, se dieron a la fuga, pero regresaron para coger el cuerpo y trasladarlo hasta la zona de «Elviria» de Marbella, donde permaneció un tiempo hasta que «en fecha no determinada» lo depositaron en la urbanización «Altos del Rodeo», lugar donde fue descubierto el cadáver el 2 de noviembre de 1999.

En el fallo se señala que el británico se acercó a Rocío «con el ánimo de matarla», que se evidencia por el empleo del arma y los diversos golpes que le propinó aprovechando la indefensión de la víctima. Para avalar el extremo de que el acusado «no actuó solo», el jurado entendió que el pañuelo de papel manchado de sangre que apareció en el lugar del crimen fue ofrecido por una persona conocida por la víctima y que el reguero rectilíneo de sangre hacía pensar que el cuerpo fue transportado por varias personas.

Segundo juicio por la muerte de Rocío
El juicio contra Tony King es el segundo que se celebra por el asesinato de la joven de Mijas, después de que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía declarase nula una primera sentencia por este caso, debido a la falta de motivación del veredicto que declaró culpable en septiembre de 2001 a Dolores Vázquez, que quedó exculpada de la causa tras pasar diecisiete meses en prisión.

El británico se declaró inocente en el juicio, y pese a las distintas versiones que dio sobre el crimen, nunca negó que estuviera presente en el lugar donde fue asesinada Rocío. King, preso desde el 21 de septiembre de 2003, está condenado a 36 años de cárcel por el asesinato de la joven de Coín (Málaga) Sonia Carabantes en agosto de ese año y a siete años más de prisión por el intento de violación en 2001 de una joven en Benalmádena (Málaga).

El tribunal confirma la condena a Tony King por el «caso Wanninkhof»
Fernando J. Pérez – El País

28 de abril de 2007

Al criminal más conocido de la Costa del Sol le ha vuelto a fallar la estrategia de defensa. El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) desestimó íntegramente el pasado jueves el recurso de apelación presentado por el abogado de Tony Alexander King contra la condena a 19 años de prisión por el asesinato de la joven de Mijas (Málaga) Rocío Wanninkhof que le impuso la Audiencia Provincial de Málaga tras un juicio con jurado en diciembre de 2006. El alto tribunal andaluz, en una sentencia que puede ser recurrida ante el Tribunal Supremo, rechazó uno por uno los argumentos del letrado de King, Javier Saavedra, quien, entre otras alegaciones, acusó de «falta de imparcialidad» al magistrado presidente del jurado, José María Muñoz Caparrós.

El pasado diciembre, el jurado consideró probado que la noche del 9 de octubre de 1999, King, de nacionalidad británica, abordó a Rocío Wanninkhof, de 19 años, en una carretera solitaria, aislada y mal iluminada y la amenazó con un cuchillo en el cuello para forzarla a ir a una explanada alejada de la carretera. La joven se resistió y King, de 41 años, le propinó un puñetazo en la cara y, una vez aturdida, le asestó ocho puñaladas en la espalda que resultaron mortales. El británico ocultó el cadáver de Rocío en un descampado cercano, y días después, tras formarse cuadrillas para buscar a la joven, lo volvió a trasladar a una zona vallada y de difícil acceso en la urbanización marbellí de Altos del Rodeo. El cuerpo de la joven fue encontrado la mañana del 2 de noviembre de 1999.

Opiniones gratuitas
El abogado de King interpuso un recurso en el que denunciaba que la Audiencia había infringido las normas y garantías procesales y había vulnerado el derecho a la presunción de inocencia de su cliente. El letrado pretendía que se declarara nulo el juicio oral por «contaminación y falta de imparcialidad del magistrado-presidente del Tribunal del Jurado», que, según él, había dispensado «desigualdad de trato (…) a la defensa respecto de las otras partes». El TSJA reprocha a Saavedra la «gratuidad de tal opinión» ya que en su escrito no concreta ninguna situación de presunta desigualdad. Además, el alto tribunal andaluz, tras visionar los siete DVD del juicio, considera «irreprochable» la actuación de Muñoz Caparrós.

Otro argumento de Saavedra para anular la sentencia era que un miembro del jurado había alegado su «prejuicio sobre la culpabilidad del procesado», lo que implicaría una «falta de imparcialidad». El TSJA, tras hacer constar el «hecho sorprendente» de que Saavedra no identifica en su escrito al miembro del tribunal popular sospechoso de parcialidad, afirma que en el acta de constitución del jurado, suscrita por el propio letrado, «no es posible hallar ninguna anomalía». El TSJA rechaza finalmente que se vulnerara la presunción de inocencia de Tony King, condenado también a 36 años por la agresión sexual y el asesinato de la joven de Coín Sonia Carabantes, en 2003.

La hija de Tony King muere tras ser rescatada de una piscina de Mijas
Juan Cano – Diariosur.es

5 de septiembre de 2007

La hija del británico Tony Alexander King -condenado por los asesinatos de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes-, y su ex mujer Cecilia Matilde ha fallecido en el Hospital Materno Infantil tras ser rescatada de la piscina privada de una vivienda en Mijas. La pequeña sólo tenía 10 años, según confirmaron a este periódico fuentes cercanas al caso.

Los hechos ocurrieron el pasado sábado sobre las 14.00 horas en una vivienda de la zona de Calahonda. El servicio de emergencias sanitarias 061 recibió una llamada de auxilio en la que se informaba de un ahogamiento. El aviso se transmitió también a la Policía Local de Mijas, que envió a una patrulla.

Los dos agentes que llegaron a la casa pudieron comprobar que se trataba de una niña que, al parecer, había caído a la piscina de la vivienda, según apuntaron otras fuentes consultadas. La menor estaba inconsciente. De su nariz emanaba un pequeño hilo de sangre. En la casa se encontraban la madre de la menor y un hombre.

Los policías intentaron reanimarla mientras llegaban los efectivos del 061. Ante la gravedad de su estado, los médicos del servicio de emergencias solicitaron su inminente traslado a un hospital en un medio más rápido que la ambulancia, por lo que se dispuso su evacuación en un helicóptero del 061.

La aeronave aterrizó junto a la venta La Butibamba y trasladó a la pequeña al Hospital Materno, donde ingresó en estado crítico. No pudo salir adelante. La niña murió durante la madrugada del domingo al lunes. Fuentes cercanas al caso señalaron que la madre, Cecilia Matilde King, autorizó la donación de órganos de la menor.

Causa de la muerte
Fuentes del servicio de emergencias 112 informaron el sábado de que la menor presentaba aparentes signos de disnea -insuficiencia respiratoria-, por lo que el ahogamiento se baraja como la hipótesis más probable de la muerte, aunque la causa del óbito está pendiente del resultado final de la autopsia. La Guardia Civil se ha hecho cargo de la investigación del suceso.

La pequeña nació en Inglaterra en 1997 fruto del matrimonio entre King y Cecilia Winfield Pantoja, que tomó el apellido de su marido. La familia se asentó en la localidad de Sutton, al sur de Londres, y poco después se trasladó a la Costa del Sol, donde la pareja se separó.

Fue precisamente Cecilia King la que denunció a su ex marido el 12 de septiembre de 2003 por los crímenes de Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof, primero a la policía inglesa y luego, a la española. Tony King fue detenido una semana después. Ahora, acumula condenas de 36 años de cárcel por el asesinato de Sonia Carabantes, 19 por el de Rocío Wanninkhof y siete por un intento de violación en Benalmádena.

La hija de Tony King y otros misterios
Francisco Pérez Abellán – Libertaddigital.com

7 de septiembre de 2007

Me informo en Libertad Digital de la sorprendente muerte de la hija del asesino Tony King. Es una noticia triste e inquietante. King es, como todos recuerdan, ese criminal que vino de un barrio de Londres con sus maneras de estrangulador. En su tierra natal llevaba a las mujeres hasta los umbrales de la asfixia, pero no se sabe que diera muerte a ninguna. En cambio, en España se transformó en «matador», y se le imputan los asesinatos de Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof.

King cumple condena en la cárcel, y no ha podido asistir al entierro de su hija de diez años, extrañamente ahogada en la piscina de su casa de Mijas, donde vivía junto a su madre, Cecilia.

En Londres, King era Tony Bromwich. Se cambió el nombre para despistar y comenzar una nueva carrera de crímenes sin el peso molesto del pasado. También era el Estrangulador de Holloway, un barrio pequeño burgués donde las chicas eran asaltadas por la espalda y se rendían a la acometida de un cable eléctrico que hacía lazo en el cuello.

King salió libre gracias a la comprensión de los hombres buenos y empezó una nueva vida casándose con Cecilia, a la que hizo una hija, ahora ahogada en un charco de cloro. Viajaron a España en una luna de miel y de sangre, y casi enseguida King volvió a las andadas, sin que le descubrieran, ebrio de tóxicos y sacudido por la insatisfacción.

Le descubrieron por una confidencia que se atribuye al entorno de la ex mujer. De pronto, Cecilia, separada del asesino, recordó una noche de agua revuelta, ropa inusualmente lavada y arañazos en la piel. King había necesitado doble centrifugado para quitarse la pringue del crimen la noche en que murió Rocío Wanninkhof.

Lo más misterioso es que King, cuando fue interrogado y acusado de tanta muerte, gritó que temía por la vida de su hija, la que ahora descansa en el pabellón de la muerte. La Guardia Civil investiga su fallecimiento por si hubiera intervención de terceros, pero entre tanto el cadáver ha sido licenciado por el juez, tras ceder su madre los órganos para trasplantes. Así, esa muerte, dentro del dolor, obrará el milagro de dar vida a un puñado de niños.

La hija de King ha muerto, como las víctimas de su padre, y su estela la pisan los investigadores en busca de posibles tramas ocultas. En el crimen, la casualidad no existe.

Pensemos en esa Cecilia de origen hispano casada con el guapo monstruo de Holloway, que vive angustiada la gestación de una criatura y acaba separada del padre por una convivencia imposible. Da a luz una niña que crece en un matrimonio que se hace pedazos mientras las jóvenes andaluzas, en un perímetro exagerado con centro en Mijas, sufren agresiones, abusos, violaciones, desapariciones y asesinatos.

King dice amar a su hijita, pero no actúa como un padre. Finalmente, se pierde como un perro callejero en los refugios de los coches abandonados, en las noches de alcohol. Encuentra nueva pareja con hijas de otro, adolescentes que tienen la misma edad que las víctimas.

King probablemente miente cuando dice tener miedo por la vida de su hijita, pero sin embargo acierta, porque la niña muere casi una mocita, en la piscina bien conocida de su propia casa. Volvamos a esa Cecilia atormentada por tanta muerte. Cae sobre ella el terror de las chicas asesinadas por el que fue su marido, y ahora se le va el propio fruto de sus entrañas, en este verano de misterios.

¿Por qué decía King que temía por la vida de su hija? ¿Manejaba algún dato en su jerga incoherente? King sabe y calla de varios crímenes. ¿Ha dejado un cabo suelto que le amenaza?

Raro asunto el que un cómplice torture al criminal en el cuerpo de su hija, pero el caso Wanninkhof ha demostrado sobradamente que sólo es la punta de un iceberg. La ex esposa tuvo el valor de casarse con el joven King, que cambió de nombre, convencida de que todo se arreglaría en España, que fuera la tierra prometida. Ahora se ve envuelta en la vorágine que ella ha exigido blanca y rosa, como en un entierro surrealista, en un nuevo giro del destino. Impresiona el valor de repartir los órganos que salvarán a otros niños. Pero resulta increíble la acumulación de tanta tragedia: casarse con un estrangulador, divorciarse del asesino y asistir a la muerte de la hija. El caso Wanninkhof se retuerce en su sepultura de papel.

Con todo, ha sido un verano de cosas insólitas, como la del atraco madrileño, en pleno día, en la calle Serrano, donde cuatro asaltantes, uno de ellos en bañador y con gafas de sol, intentaron un salvaje alunizaje. Hemos tenido un agosto en el que se peinó la Península en busca del rastro de Ylenia, otra niña de cinco años desaparecida en Suiza, mientras no se apagan los ecos del misterio Madeleine. Y se emite en Austria la nueva entrevista de Natascha Kampusch, la chica que pasó ocho años en manos de su secuestrador, que, al escaparse ella, se tiró al tren.

Natacha ha engordado, suspira por la amistad y descubre miradas de deseo. En su país apenas puede pasear sin sufrir el acoso de la curiosidad, por eso la entrevista contiene imágenes de la secuestrada paseando por Barcelona, confiada en las Ramblas, haciendo fotos en la Sagrada Familia. Una joven con un punto de sobrepeso que todavía se mueve como un buzo fuera del agua.

El misterio que nos atenaza forma parte de la imprevisión. Un atraco con un agresivo ladrón golpeando el cristal de la joyería con una maza mientras se coloca las gafas negras de Reservoir Dogs; la muerte en la piscina, que es demasiada muerte, donde mueren los niños en verano; el rastro de cadáveres que olfatean los perros del caso Madeleine entrenados en Inglaterra; la joven delicada que combate la ansiedad con dulces catalanes. Natascha ha visitado la tumba de su secuestrador, y cada vez siente más pena por su alma frágil. Quiere quedarse con la casa donde estuvo encerrada, y los rumores la señalan como liberada de necesidades económicas gracias a los beneficios de la publicidad.

Extraño mundo éste, en el que lo único seguro es que a la hija de King no la ha matado su propio padre.

El Supremo confirma la condena a Tony King por el caso Wanninkhof
Elcorreoweb.es

14 de septiembre de 2009

El Tribunal Supremo (TS) ha confirmado la condena de diecinueve años de cárcel impuesta al británico Tony Alexander King por el asesinato de la joven de Mijas (Málaga) Rocío Wanninkhof, quien murió tras recibir nueve puñaladas el 9 de octubre de 1999.

Así lo ha acordado la sala de lo penal del Alto Tribunal en una sentencia, a la que ha tenido acceso Efe, en la que desestima el recurso que King interpuso contra la dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), que confirmó la condena a diecinueve años que le había impuesto en diciembre de 2006 la Audiencia de Málaga tras el veredicto de culpabilidad de un jurado.

El TSJA estableció el pasado mes de abril que el veredicto de culpabilidad del jurado estaba «suficientemente motivado», al existir «una carga incriminatoria tan nítida y tan fácilmente identificable» que no cabe duda de cuáles fueron las razones por las que se llegó a la conclusión de que los hechos sucedieron tal y como se narraron en la sentencia.

Según el TSJA, la «trascendencia» de la declaración de King durante la instrucción, en la que confesó ser autor directo del crimen, viene corroborada por hechos o indicios «de gran relevancia» como los restos biológicos del acusado en el lugar del crimen, el conocimiento exacto de los lugares donde se perpetraron o el paralelismo de los hechos con otros por los ya que había sido condenado.

El 13 de diciembre de 2006 King fue declarado culpable del asesinato de Rocío Wanninkhof, quien recibió nueve puñaladas, ocho de ellas en la espalda, que le causaron la muerte.

El británico fue condenado en el segundo juicio por este caso, después de que la primera sentencia se declarara nula por falta de motivación del veredicto, que consideró culpable a Dolores Vázquez, exculpada después tras pasar diecisiete meses en prisión.

La sentencia de la Audiencia de Málaga recordaba en los fundamentos de derecho la tesis del jurado de que el acusado «no actuó solo, sino en compañía al menos de dos personas, a pesar de que le atribuye la autoría fundamental del crimen».

Al respecto el TS indica que «con independencia de la presencia o participación de otras personas se describe (en el objeto del veredicto considerado probado por el jurado por mayoría de 7-2) una actuación del acusado de autoría en sentido estricto del artículo 28 del Código Penal, al señalarse al mismo como la persona que asestó a Rocío las puñaladas que ocasionaron su muerte».

El condenado también alegó ante el Supremo que uno de los miembros del tribunal del jurado no debió formar parte del mismo al haber reconocido a preguntas de la defensa su prejuicio sobre la culpabilidad del acusado, lo que no estima el TS.

La sentencia del Alto Tribunal, de la que ha sido ponente el magistrado Juan Ramón Berdugo, añade que «la existencia de una cierta presión social, más o menos intensa, que puede acompañar a numerosos crímenes a causa de sus especiales y a veces morbosas características, no puede entenderse que constituye, en todo caso y sin más aditamentos, un impedimento para la emisión de un veredicto imparcial por parte de los jurados siempre que éstos se encuentren en condiciones de decidir con libertad».

King está condenado además a 36 años de cárcel por el asesinato de la joven de Coín (Málaga) Sonia Carabantes en agosto de 2003 y a siete años más de prisión por el intento de violación en 2001 de una joven en Benalmádena (Málaga).

Tony King, el asesino que nadie olvida
A. Salazar / J. Cano – Diariosur.es

18 de agosto de 2013

Es posible que los lectores no recuerden a Anthony Bromwich, pero seguro que no olvidan a Tony Alexander King. Una década después de la muerte de Sonia Carabantes y de la investigación policial que acabó relacionando su crimen con el de Rocío Wanninkhof, el nombre del británico resuena aún en la memoria de los malagueños. King sigue cumpliendo condena por los asesinatos de las dos jóvenes y por el intento de violación de una mujer. Pero su macabra historia, más propia de una rocambolesca película de terror, forma ya parte de la crónica negra de la provincia.

La noticia de su detención y los posteriores juicios que protagonizó levantaron una expectación mediática sin precedentes hasta el momento, acaparando las primeras planas de la prensa nacional y del Reino Unido. Las pruebas de ADN que lo situaron en la escena del crimen de Rocío Wanninkhof también dieron un vuelco al caso de la joven mijeña, y sirvieron para exculpar a la que hasta entonces era la principal acusada y que ya había sido condenada por un jurado popular, Dolores Vázquez. Aunque esto no le sirvió para resarcirse del escarnio público al que fue sometida y de un calvario en los tribunales que la llevó a pasar 17 meses en la cárcel. Y todo, gracias a una serie de casualidades.

Sonia Carabantes (17 años) desaparece en la madrugada del día 14 de agosto después de acudir a la feria de Coín, hace ahora diez años. Sus padres la vieron por última vez a las diez de la noche del día anterior, mientras se peinaba para salir. Nunca volvió a casa. Al día siguiente, los padres dan la voz de alarma y se temen lo peor al encontrar a pocos metros de su casa un charco de sangre junto a su bolso, un zapato y su móvil.

Después de seis días de búsqueda, hallan el cuerpo sin vida de la joven desnudo y semienterrado por unas grandes piedras en un barranco entre Coín y Monda. Los restos de piel bajo las uñas de Sonia sirven para sacar la información genética del asesino.

La clave de la colilla
Cuando los investigadores pasan los rasgos de ADN por la base de datos policial se encuentran con la sorpresa más inesperada: Coincide con el de una colilla de la marca Royal Crown encontrada junto al cuerpo de Rocío Wanninkhof cuatro años atrás. Pero aún no tenían un nombre al que vincular las pistas. Las noticias de los hallazgos en el caso de Sonia ayudan a que la exmujer de Tony King confirme sus sospechas. Acude a la policía para contar que la noche en la que murió Rocío Wanninkhof volvió con la ropa manchada de sangre y cree que también podría estar relacionado con la muerte de la joven de Coín. En esos momentos, King vivía con una nueva pareja en Alhaurín el Grande, donde trabajaba de camarero, aunque ella nunca desconfió de él. Durante los últimos seis años en España había llevado una doble vida.

La Policía Nacional arresta a Tony King el 18 de septiembre y confiesa el crimen de Sonia. Días más tarde, al ser interrogado por la Guardia Civil, también se declara culpable de la muerte de Rocío Wanninkhof y asegura que actuó solo. En ambos casos, todo apunta a que el móvil fue sexual, aunque ninguna de las chicas fue violada. Empiezan a surgir datos de una personalidad psicopática y un pasado de violencia en el que fue a prisión en el Reino Unido por la muerte del hombre que violó a su hermana.

Durante los juicios posteriores -el de Sonia, en octubre de 2005 y el de Rocío, en noviembre de 2006- King se retracta de las confesiones y cambia de versión sobre su implicación en varias ocasiones. Incluso intenta inculpar a su amigo, Robert Graham, a quien contó que había matado a Rocío Wanninkhof, y de vincular de nuevo a Dolores Vázquez en los dos crímenes. Pero la Guardia Civil encuentra una nueva prueba de ADN de King en unos plásticos cerca del cadáver de la joven mijeña.

55 años por asesinato
King es condenado en total a 62 años de prisión, 36 por el asesinato de Sonia Carabantes, 19 por el asesinato de Rocío Wanninkhof (55 en total) -aunque la sentencia sostiene que no lo hizo solo- y 7 más por el intento de violación de otra joven en Benalmádena. Pese a la exculpación judicial de Dolores Vázquez, la madre de Rocío, Alicia Hornos, defiende que la que fuera su pareja sentimental está relacionada. Las cartas de King a Hornos desde la cárcel mantienen viva su hipótesis.

King lleva entre rejas desde que fue arrestado en septiembre de 2003. Tras pasar unos meses en la prisión de Alhaurín en el módulo de aislamiento para evitar posibles agresiones tras recibir amenazas, fue trasladado a la de Albolote (Granada) en julio de 2004. Allí recibe el mayor mazazo personal en estos años. Su hija menor de diez años, fruto de su primer matrimonio, fallece ahogada en una piscina en septiembre de 2007. Es la única ocasión en la que se le permite salir de la cárcel para acudir al funeral que tiene lugar en Parcemasa, en Málaga.

En julio de 2008 le trasladan a la cárcel de máxima seguridad de Herrera de la Mancha, en Ciudad Real. Su abogado, Javier Saavedra, asegura que lleva una vida normal en la prisión y que mantiene su inocencia. «Piensa que está allí por algo que no ha hecho», explica. En el caso de Rocío no entiende cómo en la sentencia se dice que no actuó solo y sin embargo es el único que está condenado; mientras que en el de Sonia, afirma que no recuerda nada, pero que piensa que no lo hizo. Lo que sí es cierto es que aún le queda por delante una larga estancia a la sombra.

Tony Alexander King
Datos extraídos del programa radiofónico «La Noche» de Cadena COPE.

Esta noche vamos a hablar de dos asesinatos separados en el tiempo y en el espacio, dos asesinatos que en un primer momento no parecían tener vinculación alguna, pero sorprendentemente al final se descubrió que había un nexo de unión entre ambos crímenes; ese nexo no es otro que el británico Tony Alexander King, el asesino.

Vamos a conocer la historia de manera cronológica, y por tanto, ordenada. El primer nombre propio, el de la joven Rocío Wanninkhof. ¿Cómo se produce su desaparición? [El presentador, Adolfo Arjona, al periodista José Manuel Frías]

Rocío, una chica de diecinueve años, vivía con su madre en una casa en Mijas, un municipio a pie de playa en la provincia malagueña. El 9 de octubre de 1999, por la tarde, la muchacha fue a visitar a su novio. Él vivía en un núcleo cercano a la cala de Mijas. A eso de las nueve y media de la noche, Rocío salió en dirección a su casa. Desde ese momento se le perdió la pista.

Sería a la mañana siguiente cuando su madre, Alicia Hornos, empezaría a preocuparse al notar que su hija no había vuelto. Aún así, la situación no fue desesperante porque la noche anterior había habido feria y la chica pensaba ir, por lo que cabía la posibilidad de que a la vuelta se hubiera quedado a dormir en casa de alguna amiga.

La tragedia llegó cuando esa tarde, estando Alicia paseando por las inmediaciones, encuentra unas zapatillas deportivas que reconoce como las de su hija. Lo peor es que había manchas de sangre en el suelo.

A partir de ese momento entró en juego la investigación por parte de la Guardia Civil, ¿no?

Alicia Hornos pone rápidamente el asunto en conocimiento de la Benemérita y se comprueba que, efectivamente, tanto las zapatillas como la sangre corresponden a Rocío Wanninkhof.

La investigación fue arrojando luz en algunos aspectos. La agresión se pudo producir a eso de las diez de la noche. El encuentro de la chica con el criminal habría sido en la calle. Este debió golpearla, lo que produjo una marca de sangre desde esa zona hasta el descampado, donde apareció el calzado. Sobre las huellas de sangre aparecieron las de un vehículo de mediano tamaño con el que habría sido trasladado el cuerpo de Rocío a otro lugar. De hecho, esta hipótesis coincide con el testimonio de un taxista que aquella misma noche, a las diez, escuchó un grito espeluznante mientras paseaba por aquella zona en la que un todoterreno se encontraba mal aparcado sobre la acera. Aquel grito, casi con toda seguridad, era el de Rocío Wanninkhof.

El 17 de octubre de 1999 comenzó con un rastreo organizado por la Guardia Civil en el que participó un buen número de voluntarios. La operación terminó con la peor de las noticias. El 2 de noviembre aparecía el cadáver de Rocío en un descampado situado entre Marbella y San Pedro de Alcántara. El cuerpo, en avanzado estado de descomposición, mostraba marcas de repetidos apuñalamientos. Junto al cadáver se encontraron dos bolsas de basura conteniendo las prendas de la muchacha, y sorprendentemente una pegatina de las repartidas durante los rastreos, por lo que se empezó a sospechar de que el asesino o de que la asesina era alguien cercano a la familia.

¿Cómo trascurrió la investigación posterior al descubrimiento del cadáver?

Rápidamente empezaron a realizar interrogatorios a las personas de las que se podía sospechar. La primera fue el propio novio de la víctima, Antonio José Jurado. De él resultaba extraño que la noche de los hechos no acudiera a la feria y se quedara dormido, pero finalmente se pudo demostrar que él no tenía culpa y quedó libre de todo cargo. Y la siguiente persona sospechosa fue Dolores Vázquez, expareja de Alicia Hornos. A ella sí que se le hizo un seguimiento intenso, con vigilancia, con intervención telefónica, porque Alicia estaba convencida de que ella era la asesina. Aquello provocó que todas las miradas de la justicia se centraran sobre ella.

¿Tú crees que quizá el problema radicó en que fue tal la alarma social que provocó este crimen que se aceleraron demasiado los protocolos a la hora de culpabilizar en este caso a Dolores Vázquez?

Sí, sin duda. El asesinato de Rocío Wanninkhof fue tan mediático que posiblemente el asunto se les fue de las manos a las autoridades. Dolores, sin más pruebas que la de ser expareja de Alicia y de llevarse mal con ella, fue detenida y pasó a prisión preventiva. Durante los interrogatorios que se le realizaron ella no sólo negó los hechos, sino que dio una coartada sobre aquella noche en la que estuvo al parecer a cargo de su madre realizando llamadas desde su domicilio que podían comprobarse mediante la factura telefónica.

Pero poco después, la Fiscalía aportó una prueba asegurando que en el cadáver de Rocío Wanninkhof se encontró un par de fibras que eran idénticas a las de la ropa de deporte que solía usar la acusada. Aquello supuso no solo la denegación de la libertad provisional, sino una acusación rotunda por parte de los medios de comunicación y de la opinión pública.

Para resolver el enrevesado enigma, el laboratorio de investigación criminalista de la Guardia Civil decidió hacer un segundo análisis de las fibras, descubriendo que había existido un error. Ahora, el ADN evidenciaba que dichas fibras, las de la ropa de Dolores y las del cuerpo de Rocío, eran diferentes. Aún así, el juez instructor volvió a denegar la petición de libertad de la acusada, poniéndose en marcha los entresijos del polémico juicio a Dolores Vázquez. ¿Cómo fue aquel juicio?

Este juicio contó con un jurado popular posiblemente contaminado por la avalancha de información mediática en la que ya se había condenado prácticamente a Dolores y en el cual la Fiscalía no llegó a exponer más pruebas que la de la anterior relación entre la acusada y la madre de la víctima. Pero ni las fibras encontradas en el cuerpo de la muchacha pertenecían a Dolores ni las huellas halladas en las bolsas de plástico eran de ella. Tampoco las del vehículo correspondían a su Toyota. Se acreditó además por medio de testigos y del recibo telefónico que la mujer había estado en casa toda la noche, exceptuando el momento en que salió a tirar la basura y a comprar tabaco en un establecimiento cercano.

Da la impresión de que todas las pruebas apuntaban precisamente a la inocencia de Dolores Vázquez…

Sí, eso parece. Los únicos testimonios adversos fueron, por ejemplo, los de una empleada que trabajaba en el domicilio de Dolores y que aseguró que la acusada clavó un cuchillo en el cartel de búsqueda de Rocío. Otra persona que testificó en su contra fue la dueña del restaurante en el que compró tabaco; comentó que Dolores aparentaba estar muy nerviosa, casi sin aliento.

Recuérdanos esas conclusiones del Ministerio Fiscal…

La conclusión, a modo de escena, sería la siguiente: Dolores salió a las diez de la noche a hacer deporte por las inmediaciones, tropezándose con Rocío. Entre ellas hubo una discusión, la acusada la apuñalaría allí mismo con algún objeto punzante y después la arrastraría hasta la zona en la que se hallaron los zapatos y el rastro de sangre. Según esta hipótesis, Dolores fue después a comprar tabaco y marchó a su domicilio para después robar el coche de algún vecino y trasladar en él a Rocío hasta el enclave en el que fue hallado el cadáver.

El jurado popular del caso Wanninkhof apoyó plenamente la tesis de la Fiscalía y la mujer fue declarada culpable de asesinato en el año 2001, siendo condenada a 15 años de prisión y a hacer frente a una indemnización económica.

Vamos a olvidarnos por un momento del crimen de Rocío Wanninkhof. Ella desapareció a finales de 1999. Vamos a dar un salto en el tiempo para situarnos en agosto del año 2003 cuando otro acontecimiento trágico se cebó con un pueblo también en la provincia de Málaga, un pueblecito que se llama Coín. Allí desapareció otra chica: Sonia Carabantes. Lo que nadie podía imaginar es que este caso, cuatro años después, terminaría relacionándose con el de Rocío. ¿Qué es lo que ocurrió?

Fue algo que cambió por completo el resultado del juicio contra Dolores Vázquez.

Fue el 14 de agosto de 2003. Sonia Carabantes, una chica de diecisiete años residente en Coín, desapareció. La última vez que se la vio regresaba de la feria del pueblo con una amiga, a eso de las cinco de la madrugada. La compañera se despidió de ella a pocos metros de la vivienda de la víctima y parece que la desgracia ocurrió en ese pequeño tramo.

A la mañana siguiente se hallaron en el lugar varias manchas de sangre, un mechón de pelo y elementos reconocidos por los padres de la chica: su teléfono, un zapato, un bolso.

Al principio, la investigación se centró, como siempre, en la gente cercana, principalmente en el exnovio de Sonia. Pero pronto se descubrió que no tenía nada que ver con la desaparición. Rápidamente se iniciaron labores de rastreo en la localidad en las que participaron más de 700 voluntarios.

Los padres de Sonia Carabantes esperaban ansiosos una buena noticia, pero la esperanza se dio de bruces con una terrible realidad. El 19 de agosto, al borde del camino de un monte del cercano pueblo malagueño de Monda fue encontrado el cadáver semidesnudo y semienterrado de la muchacha, que fue trasladado inmediatamente al Instituto Anatómico Forense de Málaga. ¿Cuál fue el resultado de la autopsia?

El resultado reveló que la chica había sido estrangulada y en su cuerpo se hallaron pruebas de un ensañamiento inhumano, innecesario. En su cuerpo se encontraron restos de la piel del agresor, una contundente muestra de ADN que sería fundamental en las investigaciones. Y fue entonces cuando saltaron las alarmas. Fue una sorpresa del todo inesperada. Al introducir en la base de datos el perfil biológico de esa piel encontrada bajo las uñas de Sonia Carabantes, una alarma alertó a los agentes: coincidía con el ADN encontrado en una colilla que había aparecido cuatro años antes junto al cadáver de Rocío Wanninkhof. No podía ser una casualidad. Se trataba del mismo agresor, del mismo asesino, de una especie de depredador de jóvenes. Por otro lado, el descubrimiento ponía patas arriba la condena de Dolores Vázquez, que ahora pasaba a ser inocente, al menos a priori.

El siguiente punto imprescindible fue la declaración de una mujer. Aparece en escena Cecilia Pantoja. Ella puso en entredicho el comportamiento de su exmarido, un británico llamado Tony Alexander King. Casualidades de la vida, recuerda el día de la muerte de Rocío, ¿no?

Efectivamente. Cecilia, ya divorciada de él, al ver en televisión lo sucedido y la vinculación entre ambos casos, recordó el comportamiento de su exmarido años atrás, cuando Rocío desapareció en Mijas. Tony había aparecido en su casa con arañazos en un brazo y con el coche embarrado, y puso a su mujer varias excusas que eran cuanto menos sospechosas. Cecilia lo dejó pasar, pero tras el nuevo crimen empezó a atar cabos y delató a su exmarido.

En 2003, Tony, padre de una hija y con un pasado oscuro, residía en Alhaurín el Grande. Un dispositivo judicial secreto lo fue cercando y los agentes lograron su ADN por medio de la sustracción de una prenda de vestir, y como ya se esperaba, era el mismo que el de la colilla y el de la piel hallada. Aquello situaba a Tony King en los dos escenarios de los crímenes. Era, por lo tanto, el asesino de ambas: Rocío y Sonia.

King era el conocido en Inglaterra como el Estrangulador de Holloway, un cruel asesino que ya había sido encarcelado en el año 1986 bajo el nombre de Tony Bromwich y había sido detenido por estrangular [sin resultado de muerte] a cinco mujeres en un barrio al norte de Londres cuando aún era un veinteañero. ¿Cómo llega este monstruo a Málaga?

Tras cinco años de cárcel se le concedió la libertad condicional, pero le fue rebocada al amenazar a una mujer con una navaja para que tuviera relaciones sexuales con él. Ya liberado definitivamente en 1996, vino a España, donde vagó a sus anchas pero con otro apellido. Definitivamente se instaló en la provincia de Málaga.

El perfil psicológico de Tony King es inquietante. Según los especialistas, su problema de impotencia sexual y la frustración que ésta le causaba, lo empujó a cometer sus crímenes y a rendir un culto al cuerpo que lo convirtió en un hombre corpulento, en un hombre fuerte, pero bastante retraído. Además, el constante consumo de alcohol lo transformaba a ratos en una persona violenta.

¿Nunca hubo un control de este sujeto teniendo en cuenta sus antecedentes?

No, y eso fue un gran error. Cuando Tony llega a España, Scotland Yard pone en conocimiento de la Policía de nuestro país esos antecedentes como estrangulador. En ese informe, además, se indica claramente que era «un peligro potencial para las mujeres españolas». Aún así no se le hizo ningún seguimiento. Las autoridades se olvidaron de él.

Tanto Tony Alexander King, el asesino, como Alicia Hornos, la madre de Rocío, siguieron poniendo en el punto de mira a Dolores Vázquez. ¿Por qué estaba tan convencida de ello la madre de Rocío?

Supongo que porque Tony King siempre aseguró que los crímenes no los había cometido solo, que fue cómplice en ellos, eso sí, pero que se había convertido en el cabeza de turco de una operación más compleja. King situaba a Dolores Vázquez en ambos crímenes junto a él, e incluso la señaló como la persona que apuñaló a Rocío Wanninkhof por la espalda. Esta tesis fue mantenida también por Alicia Hornos, incluso fue expulsada durante el juicio por asegurar a voz en grito que Dolores era culpable.

Tony explicó que no fue autor material de los asesinatos y que si había confesado al principio fue por miedo a las represalias de cierta mano negra a la que nunca identificó. De hecho, cuando ya en prisión su hija falleció en circunstancias un tanto extrañas, ahogada en una piscina en su vivienda, muchos vieron ahí algún tipo de complot.

Es aquí donde aparece una tercera persona. Tony Alexander King apunta a que junto a Dolores Vázquez y él, en el momento del asesinato de Rocío, estaba el también británico y amigo suyo Robert Graham. ¿Qué pasó con esta tercera persona?

Robert fue detenido y puesto después en libertad, pero su interrogatorio arrojó algo más de luz al suceso. Él reconoció que en la época de la muerte de Rocío, Tony acudió a su casa muy alterado, asegurando que había secuestrado a una chica y que no sabía si la había matado, si estaba inconsciente. Al parecer Robert no le creyó del todo y le dijo que se marchara inmediatamente de su casa. Algo después, Robert Graham continuó diciendo que había visto en el coche de Tony King algunas bolsas de plástico negras con ropa y un viejo martillo con el mango de madera. En todo caso, con Robert Graham no termina el desfile de sorpresas de última hora.

En el juicio contra Tony King declaró un testigo, Ronald William Pettit, citado por la defensa, que explicó que el acusado le había narrado una vez que había sido jardinero de Dolores Vázquez. Según este testimonio, Dolores y Tony se conocerían. Esta circunstancia fue aprovechada por Alicia Hornos para continuar por esa línea, llamando a declarar a su hermana Josefina. Ésta contó que Dolores había llegado a golpear en varias ocasiones a su sobrina y que Rocío Wanninkhof le tenía mucho miedo. Pero nada de esto se pudo demostrar con pruebas fehacientes, entre otras cosas porque no existía ninguna denuncia por aquellos presuntos malos tratos a los que se hacía referencia.

El caso es que tanto Robert Graham como Dolores Vázquez fueron exonerados de cualquier culpa y el único condenado por los dos asesinatos fue Tony Alexander King.

El británico Tony Alexander King, tras un complejísimo juicio, fue condenado a 36 años de prisión por el asesinato de Sonia Carabantes. El tribunal repartió la condena de la siguiente manera: por el delito de asesinato con alevosía, veintitrés años; por agresión sexual ocho años, y cinco años más por detención ilegal. A la vez, a King se le impuso una indemnización de trescientos mil euros. Posteriormente, en un juicio celebrado en 2006, por el asesinato de Rocío Wanninkhof, la Fiscalía solicitó otros veinte años de cárcel.

En la actualidad, y para alivio de las familias de las víctimas y del resto de la ciudadanía española, el asesino está donde debe estar: en la cárcel.



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Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, las víctimas de Tony Alexander King.

http://criminalia.es/asesino/tony-alexander-king/

AUDIO: LA HISTORIA NEGRA – TONY ALEXANDER KING
 
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Tony Alexander KING

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El Estrangulador de Holloway

  • Clasificación: Asesino
  • Características: Agresión sexual - Sadismo
  • Número de víctimas: 2
  • Periodo de actividad: 1999 / 2003
  • Fecha de detención: 18 de septiembre de 2003
  • Perfil de las víctimas: Rocío Wanninkhof Hornos, de 19 años / Sonia Carabantes Guzmán (17)
  • Método de matar: Apuñalamiento / Estrangulamiento
  • Localización: Málaga, España
  • Estado: Condenado a 36 años de prisión por el asesinato de Sonia Carabantes y a otros 19 por el crimen de Rocío Wanninkhof. Las sentencias fueron dictadas por la Audiencia Provincial de Málaga en 2005 y 2006.
Índice

Interpol revela que King fue condenado en su adolescencia por dos intentos de violación
Walter Oppenheimer – El País

23 de septiembre de 2003

Interpol del Reino Unido ha confirmado al Ministerio del Interior español que Tony Alexander King, asesino confeso de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, fue condenado en su adolescencia por un intento de violación, un atentado frustrado contra la integridad física de una mujer y un robo con fuerza. El supuesto criminal viajó a España un año después de salir de la cárcel. «Cuando llegó aquí, era un ciudadano comunitario con libertad de establecimiento y no había contra él órdenes de busca y captura», declaró Agustín Díaz de Mera, director general de la Policía.

Anthony Alexander King se llama en realidad Tony Bromwich y en 1986 fue condenado a 10 años de prisión por dejar inconscientes a varias mujeres estrangulándolas para abusar luego de ellas, según publicaban ayer los tabloides británicos. Pero la policía británica no quiso confirmar que el británico detenido en Málaga sea el llamado «estrangulador de Holloway», el barrio del norte de Londres en que vivía y en el que cometió sus crímenes Tony Bromwich. La Interpol sí confirmó a la policía española que el supuesto asesino de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes fue condenado anteriormente en el Reino Unido. Fuentes próximas a la investigación citadas por Efe aseguraron ayer que Tony Bromwich se cambió el nombre de forma legal en su país antes de venir a España.

En el Reino Unido todavía no es oficial que Tony Alexander King, el asesino confeso de Sonia Carabantes y Rocío Waninkhof, sea Tony Bromwich, condenado en 1986, cuando sólo tenía 19 años, a 10 años de cárcel por abusar de siete mujeres.

A cinco de ellas las estranguló primero con un cordón hasta dejarlas inconscientes. El entonces llamado «estrangulador de Holloway», recluido en un centro de jóvenes delincuentes, fue puesto en libertad en 1991, al cumplir la mitad de su condena. Pero seis semanas después fue arrestado de nuevo por robar a una mujer a punta de pistola.

La prensa británica relataba ayer algunos momentos del juicio que presidió en 1986 el magistrado Thomas Pigot, que describió al acusado como «Jeckyll y Hyde». Aludía con ello a la doble personalidad que le permitía ser devoto novio de su prometida, con la que estaba entonces a punto de casarse, para convertirse en perverso violador los lunes y los miércoles.

Esos eran los únicos días de la semana que no pasaba con su prometida, según el relato del Daily Mail, que dedica al caso su portada y una página en el interior.

Ataques de carácter sexual
Durante el juicio se reveló que los ataques de Bromwich tenían carácter sexual, aunque no violaba a sus víctimas, un dato que parece coincidir con el perfil del hombre que asesinó a Sonia y Rocío.

Bromwich trabajaba de aprendiz en una imprenta cuando fue arrestado en mayo de 1985 en el momento que acechaba a su próxima víctima. Según el relato de la acusación, pronunciado ante el tribunal un año después, abordaba a sus víctimas acercándose sigilosamente a ellas y les pasaba un cordón por el cuello para cortar su respiración hasta que se desvanecían.

«La presión se aplicaba con gran habilidad, lo suficiente para dejar a las chicas inconscientes o semiinconscientes de manera que eran incapaces de resistirse a sus intenciones sexuales. Es un sistema que se conoce comúnmente como garrote», relató entonces el fiscal Michael Sayers ante el jurado. Bromwich aplastó la cara de una las víctimas contra el pavimento, provocándole la rotura de la nariz y de la mandíbula.

El juez, que acabó sentenciándole a 10 años de cárcel, recordó que los ataques de Bromwich podían haber acabado con la vida de sus víctimas.

La policía española ha enviado a Scotland Yard las huellas dactilares de los dos británicos detenidos en España para confirmar su identidad. Pero los portavoces de Scotland Yard en Londres no quisieron a lo largo del día confirmar si Tony Alexander King y Tony Bromwich son la misma persona. La policía británica tampoco había querido confirmar la víspera las informaciones del dominical News of the World según las cuales estaba investigando la relación que podía haber entre el presunto asesino de las dos jóvenes españolas y los asesinatos nunca resueltos de 12 jóvenes inglesas que murieron en circunstancias parecidas a las que rodearon la muerte de Sonia y Rocío.

«Amo a mi hijo sin condiciones hasta el día en que me muera»
Walter Oppenheimer – El País

23 de septiembre de 2003

La puerta se abrió apenas un palmo, lo justo para dejar un antebrazo que cuelga en un santiamén una sencilla hoja de papel en la puerta del número 23 de Mulkern Road, Holloway, norte de Londres. Es la casa de Tony Bromwich, un hombre que en 1986 estranguló a cinco mujeres hasta hacerlas perder el conocimiento y que puede ser el británico detenido en Málaga.

En esa hoja de papel, la madre de Tony Bromwich le declara su amor para siempre, haga lo que haga. Harta del asedio de un puñado de periodistas ante la puerta de su casa, Lynda Bromwich escribió un mensaje para que la dejaran en paz. «Quiero decir lo siguiente», escribe. «Amo a mi hijo sin condiciones, hasta el día en que me muera. No me creo nada de lo se ha estado escribiendo, conozco muy bien las mentiras que se han dicho. Nunca diré ni una sola palabra más a la prensa. Lynda Bromwich».

Lynda no ha tenido una vida fácil. Su hijo Tony ha pasado muchos años en la cárcel y quizá pase muchos más. Su hija es heroinómana y ha dejado al cuidado de la abuela a sus dos críos, de 10 y 11 años. Lynda ya no vive con el padre de sus hijos. Su compañero salió ayer por la mañana del portal para subirse a su viejo coche, aparcado enfrente. No quiso hablar, más allá de decir que ella haría una breve declaración. Volvió un buen rato después, acompañado por dos jóvenes guardaespaldas en un pequeño utilitario que había salido poco antes de un complejo de viviendas de protección oficial, muy cerca de la casa de los Bromwich.

Dicen los vecinos que en ese otro bloque, en Buxton Road, justo en la esquina, vivía Celia, la joven chilena a la que Tony Bromwich dejó embarazada de su única hija, Charlotte, con la que dicen que viajó a España en 1997 convertido ya en Tony Alexander King. Los vecinos de Lynda Bromwich apenas quieren hablar. «Lo único que puedo decir es que son una pareja estupenda», acierta a decir una mujer.

Es un barrio humilde, pero la casa de los Bromwich tiene su encanto. Es una típica construcción victoriana con planta baja y un piso, con un jardín en la parte trasera.

Enfrente, casi todo son casas modestas, complejos de viviendas de protección oficial que acogen a una población que se queda perpleja al saber de las acusaciones que pesan sobre el hijo de Lynda.

Un vecino dice que vio a Tony hace apenas tres semanas. Una joven vecina no sabe muy bien de quién le están hablando. «Ah, sí, un hombre grande y fuerte», recuerda por fin. «Hace mucho tiempo que no le veo. Siempre estaba metido en casa. Sólo salía para coger el coche, un coche grande, un jeep», explica. «¿Y dicen que ha matado a dos chicas en España? ¡Qué horror!», acierta a decir.

King asegura que le dictaron las cartas de arrepentimiento para favorecer su defensa
Elpais.com

23 de septiembre de 2003

El presunto autor de los crímenes de las jóvenes malagueñas Sonia Carabantes y Rocio Wanninkhof, Anthony Alexander King, ha reconocido desde su celda haber escrito ayer las dos cartas de arrepentimiento por los asesinatos que hoy publica el diario sensacionalista The Sun. Según la versión de King, las escribió al dictado del periodista y abogado David Rojo, que le aconsejó que lo hiciera porque favorecerían su defensa. Tras la renuncia de la abogada de oficio a defender a King, Rojo se presentó ayer en la cárcel como letrado para ofrecerle sus servicios y hoy publica un avance de esta entrevista en la web Periodista Digital.

Según han informado fuentes penitenciarias, esta mañana King se lo ha comunicado al director de la prisión de Alhaurín de la Torre (Málaga), Jorge Castejón. Sobre la visita de Rojo, King ha explicado que, tras ofrecerle sus servicios como abogado de forma gratuita, le dijo que sería muy importante que hiciera un escrito de arrepentimiento, porque «en España se valora mucho» esta actitud. Cuidando al máximo los detalles, King redactó al dictado de Rojo una carta que luego suscribió no con su firma habitual sino con unos caracteres legibles aconsejado por el periodista y abogado, quien le señaló que así se entendería su rúbrica.

Posteriormente, Rojo le dijo que iba a traducir su carta de arrepentimiento al español, idioma que King no escribe y que el recluso firmó con una rubrica similar y que no coincide con la que estampó ayer en el acta de comparecencia ante Castejón, después de la visita de Rojo. En este acta, King explica al director que él tenía una abogada de oficio, Anabel Méndez, quien le comunicó que le visitaría otro letrado, sin precisarle su nombre. El pasado domingo, la letrada renunció a seguir ocupándose de su caso alegando que no tiene experiencia en causas graves. Además, se considera contaminada por el caso, ya que es vecina de Coín y participó en la búsqueda de Carabantes. De momento, el británico carece de defensor y el Colegio de Abogados de Málaga designará a uno nuevo del turno de oficio, según informó ayer su decano, Nielson Sánchez-Stewart.

«Ganar mucho dinero»
King ha asegurado que, durante la entrevista, Rojo le informó de que iría de nuevo a verle «dentro de una semana» con «su jefe». Según King, le hizo firmar «un papel en español y manuscrito que no entendía», diciéndole que se trataba de «un poder para personarse» en su causa. Además, ha señalado que no conocía a Rojo y que él no había llamado a ningún abogado, ni desde la prisión, ni desde el juzgado. El presunto asesino ha subrayado que en ningún momento Rojo le comentó que fuera periodista y que sólo le indicó sobre su entrevista que «cuando las diligencias no fueran secretas sería bueno publicarlas porque así podría ganar mucho dinero y poder pagar a su abogado».

El diario popular The Sun publica hoy las dos cartas del asesino de la costa, como denominan a King, en las que pide perdón a las madres de ambas jóvenes, al tiempo que asegura estar «enfermo» y necesitar «ayuda». Según este diario King, cuyo verdadero nombre es Anthony Bromwich, declaró a uno de sus reporteros que tuvo acceso «exclusivo» al recluso en la prisión, que estaba «aterrorizado». «Parece que todo el mundo quiere matarme. Estoy muy arrepentido de todo el daño que he hecho», añadió. «Yo también tengo una hija a la que quiero mucho y tengo el alma enferma por el daño y el dolor que he causado. Siento repugnancia de mí mismo», asegura King en la misiva dirigida a la madre de Wanninkhof.

«Mis más profundas disculpas para ti y para tu familia por la pérdida de su hija y también por no haber confesado el crimen y haber provocado desavenencias en su amistad con Dolores», en referencia a Dolores Vázquez, que pasó 17 meses en prisión por el crimen de Mijas, que las autoridades rconocen [reconocen] ahora que no cometió. «Estoy enfermo y necesito ayuda» reconoce King, al tiempo que «ruega por su perdón». «He confesado todo con la esperanza de que no tenga que pasar por otro juicio y sufrir más», añade. En una segunda carta, dirigida a la madre de Sonia, afirma sentirse «avergonzado» y asegura que la atropelló con su coche bajo los efectos del alcohol: «Estaba borracho y no sabía lo que estaba haciendo. Merezco estar en la cárcel».

«Sé que usted no quiere saber nada de mí o ni siquiera leer esta carta pero quiero que sepa que no quería atropellar a su hija con mi coche», comienza la carta. También le desea que no tenga que ir a testificar al juicio porque no quiere «que tenga que oír todos los hechos y sufrir más» y concluye: «Yo probablemente tampoco volveré a ver a mi hija [de siete años y fruto de su matrimonio con una mujer finlandesa que acabó en divorcio] por esto y entiendo parte de su pérdida. Nunca podré disculparme bastante». Las cartas fueron enviadas por fax ayer desde un hotel de cinco estrellas de Marbella, Don Carlos. El periodista británico Tom Worden, que firma la noticia, se aloja en este hotel.

El acta de comparecencia
Los responsables penitenciarios realizaron un acta de comparecencia al descubrir que Rojo había hablado con King como periodista. Éstas son las preguntas del director de la prisión y las respuestas de King:

P.- ¿Tuvo usted conocimiento de que en el día de la fecha iba a recibir visita de algún abogado?

R-. No, yo tenía una abogada de oficio, que me dijo que me visitaría otro abogado, pero no me dijo de que abogado se trataba.

P.- ¿Cómo se le presentó el letrado David Rojo?

R-. Me dijo que mi abogada de oficio había renunciado a mi defensa y que él se ofrecía para defenderme de forma gratuita, manifestándome que vendría de nuevo dentro de una semana él y su jefe. A la vez que me hizo firmar un papel en español y manuscrito que yo no entendía diciéndome que se trataba de un poder para personarse en mi causa y se lo firmé.

P.- ¿En algún momento tuvo usted contacto telefónico o de otro modo con el letrado Don David Rojo antes de su visita esta mañana?

R-. No. Yo personalmente no he llamado a ningún abogado ni desde la prisión ni desde el juzgado.

P.- ¿En alguno momento le manifestó el señor Rojo su condición de periodista?

R-. En ningún momento me comentó que era periodista.

P.- ¿En algún momento le solicitó su permiso para publicar o narrar a terceras personas lo manifestado en la entrevista?

R-. Me dijo que cuando las diligencias no fueran secretas sería bueno publicarla porque así podría ganar mucho dinero y poder pagar a un abogado.

Interior reconoce que recibió en 1998 un informe de la Interpol con el historial de King
Agencias – Elpais.com

24 de septiembre de 2003

El ministro del Interior, Ángel Acebes, ha reconocido a primera hora de la tarde que en el año 1998 se produjeron varias «comunicaciones» entre la policía española y la Interpol, en las que este organismo le informó de «algunos antecedentes» del presunto asesino Anthony King en el Reino Unido, aunque ha matizado que no se trataba ni de órdenes de búsqueda ni de extradiciones. La prensa sensacionalista británica ya publica hoy que la policía de este país alertó a la española de la presencia de King en la Costa del Sol y de su historial. King, de 38 años, se encuentra desde el lunes en la cárcel de Alhaurín de la Torre (Málaga), tras haber haberse reconocido autor de los crímenes de las jóvenes Sonia Carabantes, de 17 años, y Rocío Wanninkhof, de 19 años.

El ministro ha explicado que la policía británica se puso en contacto con la española para conocer el paradero de King, porque el asesino confeso de las jóvenes estaba siendo investigado por un delito sexual en su país. Acebes ha añadido la policía española solicitó a la británica las huellas de King para efectuar la comprobación de su identidad con plenas garantías, al tiempo que se comprobó su presencia en el sur de España, pero no se le detuvo, porque la comunicación no incluía una orden. Aunque este aviso era de intensidad «baja», se calificaba a King de «potencialmente peligroso». Al final, según el ministro, se descartó su implicación en el caso que se investigaba en Reino Unidos ya que King residía por aquel entonces en España.

Así, el ministro ha confirmado la información publicada hoy por el tabloide The Sun, que asegura que la policía española sabía que King era un delincuente sexual convicto que vivía en España bajo una identidad falsa, pero «no le tenía controlado». Este diario explica, sin citar fuentes, que las autoridades británicas informaron a las españolas de los antecedentes penales del presunto asesino y de que representaba «un peligro para las mujeres». El diario añade que la policía española «fue incapaz de seguir el rastro de la bestia, dejándole libre para matar».

La verdadera identidad de King
Según The Sun, tras cumplir condena, Bromwich fue investigado por la Policía de Surrey, a las afueras de Londres, por una agresión a una estudiante en la estación de tren de Leatherhead en agosto de 1997. La imagen de Bromwich antes de atacar a la chica, de nacionalidad húngara, quedó grabada en las cámaras de seguridad y fue difundida en el programa Crimewatch de la BBC, dedicado a la búsqueda de criminales. Pero el británico salió del país con la que era entonces su esposa un día antes de la emisión del espacio.

Aunque la fiscalía no reunió suficientes pruebas como para pedir su extradición, la Policía de Surrey envió, a través de la Interpol, un mensaje a las autoridades españolas, alertándoles de la presencia del sujeto en España. Tras su llegada, siempre según The Sun, algunos amigos informaron a la Policía de su nueva dirección. Por otro lado, la Policía británica ha confirmado esta mañana que Anthony Alexander King es, en realidad, Anthony Bromwich, el estrangulador de Holloway. Según ha informado Alastair Campbell, portavoz de Scotland Yard, las huellas dactilares de King son las mismas que las de este hombre, que aterrorizó a un barrio de Londres.

Campbell ha añadido que la Policía británica ha podido confirmar la identidad del detenido esta misma mañana, al finalizar el examen de las huellas dactilares que ha sido laborioso, ya que en el Reino Unido se destruyen las huellas de los delincuentes menores. La BBC ya informó anoche de que las huellas coincidían con las de Bromwich que, a los 19 años, fue encarcelado tras estrangular con un cable eléctrico a cinco mujeres en Holloway, un barrio del norte de Londres, y tratar de abusar de otras dos.

El detenido elegía a sus víctimas al azar, las estrangulaba hasta dejarlas incoscientes [inconscientes] y luego las agredía sexualmente, aunque no las violaba. El criminal, que cambió legalmente su identidad cuando se trasladó a España en los 90, fue condenado por estos delitos en 1986 a diez años de prisión, aunque sólo cumplió cinco. Tras salir de prisión en 1991, fue condenado por un robo a mano armada. Las autoridades británicas continuarán su investigación «al más alto nivel», ha precisado Campbell, para averiguar si Bromwich está relacionado con los asesinatos de 12 jóvenes en Reino Unido que murieron de forma parecida a Sonia y Rocío.

Se aplaza la publicación de la entrevista a King
La redacción de la web Periodista Digital ha decidido posponer «por el momento» la publicación de la conversación de dos horas que mantuvo la cárcel el director de este medio, David Rojo, con King, en calidad de abogado. Según asegura hoy este periódico digital, la decisión se ha adoptado por la «enconada polémica desatada» y por las «numerosas peticiones» por parte de sus lectores.

Rojo se presentó en la cárcel el lunes con el carné del Colegio de Abogados de Madrid y un volante del Colegio de Abogados de Málaga en el que el decano, Nielson Sánchez-Stewart, solicitaba que se le facilitase «comunicación letrada», según el director de la prisión, Jorge Castejón. En este escrito, se acreditaba que el letrado había sido llamado por el interno para su defensa y, dado que no existía incomunicación por orden judicial, se le permitió el acceso. Sin embargo, Rojo se ha defendido esta mañana en RNE y, aunque ha admitido que entró a la cárcel como abogado, ha asegurado que lo primero que le dijo a King fue que era reportero y director de un medio y que había ido allí para hacerle una entrevista «diga lo que diga King».

La actuación de Rojo ha llevado a los colegios de abogados de Madrid y de Málaga a la apertura de diligencias ante la posibilidad de que se haya vulnerado el secreto profesional, que está castigado con una pena de hasta cuatro años de cárcel. El colegio de Málaga ha designado ya a un nuevo letrado de oficio para King, después de que la asignada Anabel Méndez, renunciara a llevar su caso.

Robert Graham: «Aquella noche Tony me dijo: Creo que la he matado»
Montse Martín – ABC.es

29 de octubre de 2003

Robert Graham, detenido por encubrir el asesinato de Rocío Wanninkhof y posteriormente puesto en libertad al haber prescrito el delito, declaró ante la Guardia Civil y la juez de Fuengirola en el momento de su detención que su amigo Tony King se presentó una noche en su casa y que le contó que había cogido una chica en la carretera y que creía que la había matado. «Tony llegó muy extraño, hablaba de su mujer, de sus problemas, y empezó a decirme que había cogido una chica, que creía que la había matado o dejado inconsciente». Graham en su declaración dijo que se sintió «aterrorizado» y que le dijo a King que se marchara de su casa y negó rotundamente haber ayudado a su amigo a ocultar el cadáver de Rocío Wanninkhof.

Robert Terence Graham, de 39 años, natural de Saldford (Gran Bretaña), lleva seis años residiendo en España, primero en Lanzarote y luego en la Costa del Sol. En su país tiene antecedentes penales y estuvo en prisión por conducir ebrio. Graham asegura que conoció a King en España, en verano o Semana Santa de 1999, y que se lo presentó Cecilia, su mujer. Robert la conocía a través del cuñado de ésta, John, que era jefe de un negocio de multipropiedad en Mijas donde Graham era jefe de grupo. «Un día Cecilia me preguntó si podía darle trabajo a su marido. Tony es simple, extraño, se puede ver en sus ojos; se podía pasar horas sentado sin decir nada, pero es amistoso y obedece a todo. Normalmente la gente no quería ir a casa de Tony porque Cecilia no cuidaba la casa; y ella era la que se quejaba de que es Tony el que no la ordenaba», explica Graham.

La nueva cara del grupo
El británico reconoce que se hizo amigo de Tony en sus visitas conjuntas a los pubs para beber después del trabajo: «Toda la gente del timesharing (multipropiedad), incluido yo, tiene problemas con la bebida; es un trabajo muy complicado, de mentalidad muy inglesa: mucha bebida, mucho fútbol… Tony era la nueva cara del grupo. Era una calamidad; su relación de pareja se venía abajo».

La declaración de Robert Graham es, en un principio, confusa, no ofrece muchos detalles sobre la noche en la que Tony King se presenta en su casa. Sorprendentemente, al final del interrogatorio de la Guardia Civil, cuando los agentes le preguntan si quiere decir algo más, Graham, de forma espontánea -según se subraya en negrita en el folio número seis de su declaración- empieza a dar detalles de lo que ocurrió la noche del 9 de octubre de 1999, en la que desaparició [desapareció] Rocío Wanninkhof: «Tony me dijo que había salido entre la urbanización Torrenueva y La Cala (de Mijas), y me dijo: «Creo que la he matado». Yo no le quería escuchar». Añade que King llegó a su casa de forma imprevista, entre las nueve y las once de la noche, en un Ford Fiesta azul claro y que le dijo que había matado a una chica o la había dejado incosciente [inconsciente], que había sido cerca del camping entre Torrenueva y La Cala de Mijas: «No me dijo ningún nombre, pero recuerdo que sí dijo que iba a volver a echar un vistazo o a cubrir el cuerpo». Más adelante Graham añade: «Creo que dijo que vio a la chica cuando iba conduciendo, que le había recogido o cogido y le había dado «a good shagging» (la había dejado bien jodida), que la había dejado inconsciente o muerta; que había sido muy duro».

Más adelante Graham recuerda en su declaración que el coche que llegó conduciendo aquella noche Tony King pertenecía a Jane, la amiga de Cecilia. El amigo de King asegura que vio bolsas de plástico negras llenas de ropa en el coche: «Me dijo que eran de la chica y que no sabía qué hacer. Yo le dije que se marchara, y Tony me rogó e insistió para que le acompañase, pero yo no fui. Le dije que se marchase y lo cubriese (el cuerpo)». A lo largo de su declaración Robert Graham asegura que no vio ningún cuerpo, «porque tendría alguna imagen» en su mente, pero da algún detalle más del coche: «Vi un martillo viejo con el mango de madera en el maletero, pero no vi sangre ni ningún cuerpo».

Lagunas en su memoria
Robert Graham presenta algunas lagunas en su memoria durante su declaración. De hecho, aproximadamente media hora después de explicar de forma muy vaga si acompañó o no a Tony King a deshacerse de las ropas (asegura que posiblemente debido al estado de terror en el que estaba hubiese acompañado a Tony a destruir las ropas), dice recordar de «forma muy nítida» que después de ordenar a King que se marchara subió a su casa a consumir de nuevo cocaína y niega haberse montado en el coche.

Graham afirma que se enteró de la desaparición de Rocío dos o tres días después de la visita de Tony, cuando vio carteles de la chica en la urbanización Riviera del Sol. El británico asegura que cuando se enteró de la detención de King «me vino un flash de aquella noche en que Tony se presentó en su casa y me di cuenta de que quería hablarme de esto, pero que no le dejé hablar. Aquella noche tenía una cara que no había visto antes».

Graham asegura al final de su declaración que sabía que Tony había estado en la cárcel en Gran Bretaña, porque él mismo se lo había confesado. El amigo de King, que en un determinado momento solicita al juez ayuda psiquiátrica para recordar su lagunas de memoria, también fue interrogado por Dolores Vázquez. Primero afirma que ni él ni King la conocen, luego con palabras muy ambiguas se contradice: «Yo no la conozco; no tengo conocimiento de que Tony la conozca. Tengo la sensación de que Tony sí tiene relación con ella, pero es sólo una sensación; Dolores trabajó también un tiempo en Lubina del Sol (apartamentos) donde también trabajó Tony y la madre de Rocío».

Tony King: «La jefa del grupo es la p*ta de Dolores Vázquez, que es la que ha pagado todo»
Libertad Digital (Agencias) – Libertaddigital.com

17 de octubre de 2005

Tony Alexander King proclamó su inocencia durante el juicio que comenzó este lunes en la Audiencia Provincial de Málaga por la muerte de Sonia Carabantes en agosto de 2003 -por el que se enfrenta a una petición fiscal de 34 años de cárcel-, y se retractó de su primera declaración en la que confesó el crimen debido a que fue «torturado en todo momento».

A preguntas de la defensa, King dijo: «La jefa del grupo es la p*ta de Dolores Vázquez, que es la que ha pagado todo, y Robert Graham es un profesional» e implicó a los dos en las muertes de Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof, así como en la desaparición de María Teresa Fernández en Motril (Granada), informa Efe.

El imputado, que se negó a responder a la acusación particular y al fiscal, habló sobre una «conexión directa» entre el asesinato de Rocío en octubre de 1999, la desaparición de María Teresa en agosto de 2000 y la muerte de Sonia Carabantes tres años después. En este sentido, apuntó que Sonia fue asesinada «un mes antes del juicio contra Dolores Vázquez», quien pasó diecisiete meses en prisión por la muerte de Rocío Wanninkhof y fue exculpada tras la detención del británico.

El procesado recordó que la noche en la que falleció Sonia consumió gran cantidad de bebidas alcohólicas, parte de ellas en la feria de Coón [Coín], además de una pastilla para conciliar el sueño, y que cuando se dirigía a su coche para marcharse del municipio «veía doble». Al dar marcha atrás con su vehículo, señaló que golpeó algo «fuertemente», que creyó que era la puerta abierta de otro coche, y al salir vio a Sonia Carabantes en el suelo y que «había un charco de sangre delante de su cara».

Sólo recuerda haber estado sentado junto con Sonia
Dijo que después recibió un par de golpes y que sólo recuerda haber estado en el asiento trasero de su vehículo junto a Sonia, y posteriormente que apareció en un paraje con rocas, del que se marchó a casa, si bien en el trayecto reconoció que arrojó el pantalón de la joven porque quería que la encontraran.

King justificó la coincidencia de su ADN con los restos encontrados en las manos de la joven en que ambos estuvieron sentados en el asiento trasero del coche, y que él tenía una herida abierta en la mano, y añadió que más tarde cuando la vio en el suelo «parecía que estaba muerta». Negó haber agredido a Sonia y subrayó que resultaba «físicamente imposible» para una sola persona trasladar las rocas que había encima del cadáver debido a su tamaño. Dijo que al llegar a su domicilio en la localidad de Alhaurín El Grande tenía «grandes heridas en la nuca, la muñeca torcida, rodillas sangrientas y sus manos sangraban».

Su pareja le vio llegar «con toda la cara destrozada»
Su compañera sentimental en esas fechas, María Luisa Gallego, declaró en calidad de testigo que King llegó a casa sobre las 8.30 horas con «toda la cara destrozada», heridas en la mano y piernas, y que le dijo que había tenido un accidente de circulación, pero no que había estado en Coín. Gallego, que convivía desde hacía seis meses con el acusado, manifestó que no lo notó muy bebido y que nunca había observado en él ningún comportamiento agresivo.

Respecto a la relación que King mantenía con Graham, comentó que eran «como de hermanos», y que el segundo tenía «influencia» sobre su pareja. Durante la primera sesión de la vista oral también comparecieron en calidad de testigos los padres de la joven, José María Carabantes y Encarnación Guzmán, quienes respondieron a las partes sobre la iluminación que había en las inmediaciones de su casa, donde la mañana siguiente se encontró sangre y objetos personales de su hija.

La Fiscalía mantiene que Sonia Carabantes, de 17 años, se dirigía a su domicilio caminando sola, sobre las 5 horas del 14 de agosto de 2003 tras haber estado en el recinto ferial de Coín con unas amigas, cuando el procesado la abordó para satisfacer sus deseos sexuales. Después, la introdujo en el maletero de su coche, le causó numerosas lesiones y la estranguló con la propia camiseta de la joven, tras lo que trasladó su cuerpo y lo ocultó en una oquedad existente entre unas rocas, según la calificación fiscal.

Tony Alexander King fue detenido el 18 de septiembre de 2003 y tres días después fue encarcelado como presunto autor de las muertes de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, en cuya investigación se hallaron restos que coinciden con su perfil genético.

El británico Tony King, condenado a 36 años de prisión por la muerte de Sonia Carabantes
Elmundo.es

15 de noviembre de 2005

El británico Tony Alexander King ha sido condenado por la Audiencia Provincial de Málaga a 36 años de prisión por el asesinato de la joven Sonia Carabantes, que murió estrangulada y golpeada en agosto de 2003 después de asistir a la Feria de Coín (Málaga).

Tony King -cuyo nombre originario es Anthony Alexander Bromwich- está acusado también del asesinato de Rocío Wanninkhof, la joven de Mijas (Málaga) muerta en 1999.

En la sentencia, el tribunal condena al procesado por el delito de asesinato con alevosía a 23 años, por agresión sexual a ocho años y cinco más de cárcel por detención ilegal, y le impone una indemnización de 300.000 euros para los padres de la joven -150.000 para cada uno de ellos-, informaron fuentes judiciales.

Además, no podrá acercarse en 15 años a la localidad de Coín o a aquel municipio donde residan los padres o hermanos de Sonia Carabantes.

King, que ha sido absuelto del delito de lesiones que pedía la acusación particular, cumplirá un máximo de 30 años de prisión.

La defensa ha anunciado que presentará un recurso contra la sentencia ante el Tribunal Supremo, que calificó de «corta» al ser de «doce folios para tantos años» de condena. El abogado defensor, Javier Saavedra, aseguró que está en «disconformidad absoluta» con la resolución.

Sonia Carabantes, de 17 años, desapareció en la madrugada del 14 de agosto de 2003 cuando regresaba a su casa tras asistir a la Feria de Coín, y su cadáver fue encontrado semienterrado en el término municipal de Monda (Málaga), tras cinco días de intensa búsqueda en la que participaron centenares de personas.

Agresión sexual
Tony Alexander King fue detenido el 18 de septiembre de 2003 después de que su compañera sentimental informara a la Policía de que había visto restos de sangre en su ropa en la noche en la que desapareció Sonia. Tres días después fue encarcelado como presunto autor de las muertes de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, en cuya investigación se hallaron restos que coinciden con su perfil genético.

El auto estima que a King, al que califica de «obseso», no le importó producir un «extraordinario» dolor a la víctima para satisfacer sus deseos sexuales

La sentencia considera probado que el 14 de agosto de 2003 Tony King esperó a Sonia en las proximidades de su domicilio. Cuando la joven se despidió de sus amigos, «salió súbitamente de su escondite de un árbol y la abordó con el propósito de hacerle objeto de tocamientos lascivos, la golpeó en el rostro, en la cabeza y en todo el cuerpo hasta dejarla semiinconsciente», reza la sentencia.

Continúa el auto explicando que King introdujo a la joven en el maletero de su coche y se trasladó a Monda; allí buscó un lugar «oscuro y solitario», colocó a Sonia en el asiento trasero del vehículo y la agredió sexualmente, mientras continuaba golpeándola, lo que le provocó graves lesiones internas y externas «capaces por sí solas de causarle la muerte» además de «grandísimo sufrimiento», según el testimonio de los médicos forenses que recoge la sentencia. Posteriormente, cogió la camiseta de Sonia y la estranguló hasta la muerte.

Posteriormente, ocultó el cadáver entre unas rocas de una explanada cercana y tiró parte de la ropa a un contenedor de basura.

«Sin compasión»
En opinión del tribunal, resulta evidente que el acusado, al golpear «salvajemente» a la joven hasta dejarla semiinconsciente, aceptó que podría matarla, «pero al proceder a su estrangulación buscó de manera directa el desenlace final, con todo lo que aparece su indudable ánimo de matar como elemento subjetivo del homicidio».

Además, considera probado que golpeó a su víctima «sin compasión» hasta reducirla a «alguien pasivo y sin posibilidad más que de una leve e inútil defensa» y que la estranguló cuando estaba «totalmente extenuada».

El tribunal cree que en este caso concurre la circunstancia específica de ensañamiento y muestra su convencimiento de que el fin último de King era el de buscar una satisfacción sexual «y seguidamente la muerte», para lo que no le importó producirle un «extraordinario» dolor que la mantuviera indefensa.

Respecto al delito de agresión sexual, la sentencia ve «evidente» el propósito «lúbrico» del procesado, al que define como un «verdadero obseso» que atentó contra la libertad sexual de la joven «tocando todas las partes íntimas de su cuerpo tras desnudarla».

No obstante, afirma que no es posible apreciar el delito de lesiones que imputaba la acusación particular, «ya que las lesiones producidas eran por sí capaces de producir la muerte», como aclararon en el juicio los médicos forenses.

Pruebas de peso
El testimonio de dichos expertos y las pruebas halladas en la calle y en el vehículo y otros objetos del británico «son prueba circunstancial pero de gran peso» para entender que Sonia «fue agredida primero, secuestrada después, agredida de nuevo, sometida a la agresión sexual y estrangulada como episodio final del relato».

Durante el juicio, Tony King reconoció que estaba en Coín el día que se produjo la muerte de la joven, aunque aseguró en que él no la agredió.

El británico afirmó que los asesinatos de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes y la desaparición de la María Teresa Fernández en Motril (Granada) en 2000 están relacionados y responsabilizó implícitamente de ellos a su compatriota Robert Graham. Además, acusó a Dolores Vázquez de «pagarlo todo».

Moderada satisfacción en la familia
La familia de Sonia Carabantes ha acogido con alegría la noticia de la condena, a pesar de que habían solicitado 44 años de cárcel. Encarnación Guzmán, madre de la joven, ha reclamado que King cumpla la pena íntegra.

No obstante, reclamará responsabilidad civil al Estado porque el británico, «siendo un criminal con condena» en el Reino Unido «estaba aquí y ni lo sabían, ni estaba controlado».

Tanto Encarnación como su marido, José María Carbantes [Carabantes], y un hermano de Sonia, acudieron al juicio de este caso y la madre, que junto al padre compareció como testigo, aseguró tras una sesión que estaba convencida de que King era culpable y admitió haber sentido un poco de odio hacia el procesado cuando se enfrentó a un testigo.

King asegura: «Vi a Dolores Vázquez apuñalar a Rocío y a Robert Graham cortarle el cuello»
Marta Sánchez / EFE – Elmundo.es

21 de noviembre de 2006

El británico Tony Alexander King ha declarado que vio cómo Dólores Vázquez apuñalaba a Rocío Wanninkhof en la espalda cuando ambos se encontraban en un vehículo en compañía de su amigo Robert Graham, quien posteriormente le cortó el cuello porque la joven seguía con vida.

King, que el lunes fue expulsado del juicio tras insultar al juez, fiscal y peritos, a los que llamó «delincuentes», ha podido declarar ante el jurado popular que le juzga en la Audiencia Provincial de Málaga después de que el presidente de la Sala le diese una segunda oportunidad.

El acusado ha reiterado su inocencia y ha alegado que, tras su detención en septiembre de 2003, confesó el crimen ante la Guardia Civil y el juez porque temía que lo matara el instituto armado.

Tony King ha pedido al tribunal ser sometido a una hipnosis para que se conozca la verdad del caso. Según su versión, su amigo Robert Graham le hipnotizó la noche en que murió Rocío Wanninkhof. Después, fueron a casa de Graham, quien dos días antes le dijo que lo visitara porque «solucionaría sus problemas de dinero». Allí, bebieron vino y consumieron drogas.

Después, casi a medianoche, se prestó a que su amigo le hipnotizara porque éste llevaba mucho tiempo sin hacerlo y quería practicar.

Cuando «empezaba a sentir el efecto de la hipnosis», mientras la luz estaba apagada, dijo que se presentaron tres personas en la vivienda: Dolores Vázquez, un conocido y otra persona, y que Graham le pidió que fuese al balcón, y cuando regresó ya se habían marchado. A continuación, el acusado ha explicado que recuerda que estaba sentado en el asiento del copiloto de un coche británico, con el volante a la derecha, y en él fueron hasta el lugar donde fue encontrado el cadáver de la joven. En los asientos de atrás, ha declarado, vio a Vázquez «apuñalando en la espalda a Rocío mientras se reía».

El acusado, que pidió al juez que le quitaran las esposas porque le molestaban -sólo se las aflojaron-, ha añadido que «obviamente ella (Rocío) no tenía nada en la parte de abajo porque Dolores (Vázquez) tenía las bragas en su mano».

Ha asegurado que el cadáver fue depositado cerca de Elviria en Mijas, y que él no participó en el traslado del cuerpo al paraje de Marbella en el que fue encontrado el 2 de noviembre de 1999.

King únicamente ha reconocido que estuvo en el lugar donde fue hallado el cadáver, aunque ha mantenido en todo momento su inocencia.

Implicación de terceras personas
Tanto la defensa como la acusación particular sostienen que en la muerte de Rocío Wanninkhof intervinieron terceras personas, y por ello han pedido la inclusión de informes periciales derivados del hallazgo en agosto de 2005 de una bolsa con las bragas de la joven a las puertas de la casa de su madre, Alicia Hornos, petición que fue denegada.

Sobre la posible intervención de terceros, King ha respondido a la acusación particular: «No soy responsable de nada», y ha aseverado que es «un cabeza de turco», si bien sólo ha relatado los hechos de los que culpa a Dolores Vázquez y Graham a preguntas de la defensa.

Éste es el segundo juicio por la muerte de Rocío Wanninkhof, tras el celebrado contra Dolores Vázquez, que pasó 17 meses en prisión por esta causa y fue exculpada tras la detención de King, cuyo perfil genético coincidía con las muestras halladas en el lugar donde desapareció la joven y en el que fue encontrado el cadáver de Sonia Carabantes cuatro años después.

King fue condenado a 36 años de cárcel por este último crimen, y también a siete años de prisión por el intento de violación de una joven en Benalmádena (Málaga).

Tras la intervención de King, ha sido citada a declarar Alicia Hornos, la madre de la víctima, quien ha reiterado que siempre ha pensado que el asesino de su hija «no es Tony King, sino Dolores Vázquez».

Hornos mantuvo en su comparecencia que las bragas que encontró en la puerta de su casa en agosto de 2005 eran las que llevaba su hija el día del crimen, el 9 de octubre de 1999, y «contienen el ADN de Dolores Vázquez y de Rocío».

La madre de la víctima, que prestó declaración como testigo en la segunda jornada del juicio, reiteró que su hija no conocía al británico Tony King, único acusado del crimen, y que «nunca se hubiera parado con alguien desconocido, porque era muy sensata».

El juicio comenzó este lunes con la selección del jurado. Poco antes, King llegaba a la Audiencia Provincial de Málaga y reiteraba su inocencia. Más de 130 periodistas de 40 medios de comunicación están acreditados para seguir este proceso, que está previsto se prolongue durante dos semanas, hasta al menos el día 1 de diciembre.

Un testigo dice que King conocía a Dolores Vázquez porque fue su jardinero
ABC.es

27 de noviembre de 2006

Un testigo que declaró hoy en el juicio por el asesinato de la joven de Mijas Rocío Wanninkhof el 9 de octubre de 1999 dijo que el británico Tony Alexander King le contó que conocía a Dolores Vázquez, porque fue su jardinero durante un tiempo.

Ronald William Pettit, citado a declarar por la defensa y vecino de Vázquez, confesó ante el jurado popular que el procesado se refirió a ella durante una conversación con otras dos persones, en la época en la que ésta estaba siendo juzgada por el crimen.

Sin embargo, los otros dos interlocutores, una mujer y un hombre que trabajaron con el testigo en una empresa de la Costa del Sol, no recordaron estos hechos ante la Guardia Civil.

Por su parte, el acusado ha confesado en el juicio que no conoce a Dolores Vázquez, exculpada de la causa tras pasar diecisiete meses en prisión, aunque ha mantenido que ella apuñaló por la espalda a Rocío mientras viajaban en un coche.

Tanto la defensa como la acusación particular coincidieron en que con estas declaraciones se confirma el vínculo entre el británico y Vázquez.

En la jornada de hoy también prestó declaración María Luisa Gallego, ex compañera sentimental del británico, quien señaló que King «se ponía muy nervioso» cuando quedaba con su amigo Robert Graham, que «le dominaba e influía».

Según su relato, convivió con sus hijas y el acusado durante seis meses, en los que se mostró «tranquilo» y en ningún momento le habló de sus antecedentes por agresión sexual y robo en Reino Unido.

La testigo comentó que el británico en alguna ocasión abandonó la casa por enfado, pero negó que llevara cuchillos cuando saliera, pese a que en su coche se hallaron tres armas blancas y se le intervino una escopeta de caza sin licencia.

Agregó que Tony King apenas le hablaba de su familia, aunque sí le confesó que había sufrido malos tratos por parte de su padre.

En la sexta jornada del juicio, un comandante de la Guardia Civil admitió que en la primera investigación que incriminó a Dolores Vázquez «pudo haber errores» de enfoque, aunque se desarrolló de manera «concienzuda».

El testigo manifestó que si las muestras de ADN que se tomaron en la colilla encontrada donde desapareció Rocío hubieran conducido en 1999 a Tony King, «las conclusiones de la investigación hubieran sido distintas».

El investigador insistió en que todas las pruebas objetivas y los restos orgánicos hallados tanto en el lugar del crimen, como en la zona donde se halló el cadáver inculpan a King, al tiempo que descartó cualquier relación con Dolores Vázquez.

También habló de un posible móvil sexual en el asesinato, al referirse a la confesión de King, quien reconoció que se acercó a Rocío porque «la vio atractiva y tuvo deseos de tocarla».

El británico, encarcelado desde el 21 de septiembre de 2003, se enfrenta a una petición fiscal de 26 años y nueve meses de prisión por los delitos de asesinato y agresión sexual en grado de tentativa, mientras que la acusación particular pide que se le imponga una pena de 20 años de cárcel.

El jurado concluye que Tony King asesinó a Rocío Wanninkhof pero que no lo hizo solo
Fernando J. Pérez – El País

14 de diciembre de 2006

Tony King asesinó con alevosía el 9 octubre de 1999 a Rocío Wanninkhof, pero «no fue la única persona» que participó en el crimen. Tras 11 días de vista oral y 13 horas de deliberación, el jurado del segundo juicio del caso Wanninkhof concluyó que el británico mató a la joven de Mijas, aunque el veredicto asume gran parte de las tesis de la acusación particular, que ha mantenido durante el juicio la implicación de Dolores Vázquez, condenada sin pruebas en el primer juicio y que pasó 17 meses en prisión. El jurado descartó que King intentara agredir sexualmente a Rocío.

El jurado se había encerrado a deliberar en un hotel malagueño el pasado martes a las 11.00. Encima de la mesa, las seis mujeres y cinco hombres tenían un documento redactado por el presidente del tribunal, el magistrado José María Muñoz Caparrós, con nueve tesis acerca de la implicación de Tony Alexander King en los hechos.

La poca cantidad de preguntas y la concisión con que estaban redactadas indicaban que la discusión no se prolongaría mucho. Sin embargo, la deliberación se interrumpió el martes a las 20.00, para reanudarse ayer a las 10.00. Esta falta de acuerdo dio ciertas esperanzas al abogado de King, Javier Saavedra, que ha basado su defensa en sembrar «dudas razonables» sobre el papel de su cliente en crimen.

Finalmente, el jurado comunicó sobre las 14.00 de ayer que tenía el listo el veredicto. A las 14.15 entró King en la sala del jurado de la Audiencia Provincial de Málaga y el portavoz del tribunal popular comenzó a desgranar uno a uno los puntos de la deliberación.

La sorpresa llegó en el primer punto, que consistía básicamente en el relato de hechos del fiscal, Antonio González. El representante del ministerio público sostuvo durante toda la vista que King era el autor único del apuñalamiento de Rocío Wanninkhof en Mijas y el traslado del cadáver. Según el fiscal, King llevó el cuerpo en primera instancia a un descampado de Mijas y finalmente al paraje marbellí de los Altos del Rodeo, a 32 kilómetros del lugar del crimen y donde fue hallado el cuerpo 24 días después, el 2 de noviembre de 1999.

«Una persona conocida»
El jurado, con siete votos a favor y dos en contra, aceptó esta versión, pero introdujo una modificación fundamental: King «no fue la única persona» que participó en el crimen. Los miembros del tribunal basan este veredicto en primer lugar en un pañuelo de papel con manchas de sangre de Rocío hallado en el lugar del asesinato. Según el jurado, este pañuelo le fue ofrecido a la joven «por una persona conocida».

Además, el reguero de sangre que dejó el cadáver al ser llevado a un montículo próximo al lugar del crimen indica, para el jurado, que otras personas arrastraron el cadáver junto con King, cuyos restos de ADN fueron encontrados tanto en el sitio del asesinato como en el lugar donde fue abandonado el cuerpo sin vida de Rocío.

Precisamente, el jurado estima que, en la zona de Los Altos del Rodeo, el cadáver fue arrojado por encima de una valla, lo que requirió el concurso de más de una persona. Además, en ese lugar, un tío de Rocío pensaba abrir un negocio de hostelería. Según el tribunal popular, el hecho de que el cadáver de Rocío fuera abandonado en esa zona, de difícil acceso, indica que los autores del crimen querían hacer daño a la familia.

Esta modificación sustancial se vio reforzada en el punto séptimo. Por cinco votos contra cuatro el jurado se mostró de acuerdo con la tesis expuesta por el abogado de King de que el británico actuó «acompañado de otras personas». La familia Hornos, que durante la vista oral ha mantenido que Rocío fue asesinada por Dolores Vázquez, ex compañera sentimental de la madre de la víctima, acogió con alborozo este veredicto.

El jurado fue unánime al señalar que King cometió el crimen con alevosía, ya que se aprovechó de que Rocío estaba aturdida después de que el británico la golpeara, y estuvo de acuerdo sin fisuras en considerar un agravante que el ataque se produjera en un descampado poco iluminado. Además, todos los miembros rechazaron que el acusado tuviera las facultades mentales alteradas en el momento del crimen. Finalmente, el tribunal popular se opuso a la solicitud de un indulto para King.

Después de que el jurado desechara la acusación de tentativa de agresión sexual que imputaban a King tanto el fiscal como la acusación, llegó el momento de fijar las peticiones de pena para el británico, en prisión desde el 18 de septiembre de 2003 por el asesinato de la joven Sonia Carabantes. El ministerio público solicitó 20 años de cárcel, al igual que la acusación, que insistió en que King cumpla íntegramente su condena «como los terroristas». Por su parte, el abogado solicitó la pena mínima en caso de asesinato, 15 años, ya que «no es lo mismo ser autor de un delito que ser coautor».

El Supremo confirma la condena de 36 años a Tony King por el asesinato de Sonia Carabantes
EFE – ABC.es

14 de diciembre de 2006

El Tribunal Supremo ha confirmado hoy la sentencia de la Audiencia Provincial de Málaga que condenó a 36 años de prisión al británico Tony Alexander King por el asesinato de la joven Sonia Carabantes, que murió estrangulada en agosto de 2003 después de asistir a la feria de Coín (Málaga).

Así lo acuerda la sala de lo penal del Alto Tribunal en una sentencia notificada hoy que desestima el recurso de casación que King interpuso contra la dictada por la Audiencia malagueña en noviembre de 2005, que le impuso esa pena de prisión además de la prohibición de volver a esta localidad durante quince años.

Un jurado popular declaró ayer a King culpable del asesinato de la joven de 19 años de Mijas (Málaga) Rocío Wanninkhof, cometido el 9 de octubre de 1999, aunque apuntó que este crimen contó con la participación de terceras personas.

El Supremo rechaza todos los argumentos del recurso, en el que alegó, entre otras cuestiones, que no hubo ensañamiento ni alevosía en la actuación delictiva de King. Establece que «el acusado causó a Sonia males objetivamente innecesarios» para matarla «aumentando el dolor o sufrimiento de la víctima, lo cual integra los elementos objetivos del ensañamiento».

El tribunal le condena a 23 años de cárcel por un delito de asesinato, a 8 por agresión sexual y a 5 años por detención ilegal, además de al pago de una indemnización de 300.000 euros para los padres de la joven -150.000 para cada uno de ellos- por daños morales.

Cómo se cometió el crimen
Sonia Carabantes, de 17 años, desapareció en la madrugada del 14 de agosto de 2003 cuando regresaba a su casa tras asistir a la Feria de Coín, y su cadáver fue encontrado semienterrado en el término municipal de Monda (Málaga) tras cinco días de intensa búsqueda en la que participaron centenares de personas.

Según el fallo, King esperó escondido a la joven en las proximidades de su casa de Coín y la abordó y golpeó «en todo el cuerpo» hasta dejarla semiconsciente, tras lo cual la introdujo en el maletero de su vehículo y la trasladó hasta un paraje solitario del término municipal de Monda.

Una vez en el lugar, sentó a la joven en el asiento trasero del coche, la desnudó y realizó tocamientos a la vez que la golpeaba en la cabeza y tronco, ocasionándole numerosas lesiones «capaces por sí solas de causarle la muerte».

Posteriormente, y según los hechos probados, la estranguló con la camiseta que llevaba la joven ya inconsciente, lo que le produjo la muerte, y trasladó su cadáver a una explanada próxima, donde lo ocultó entre unas rocas.

Culpable también del asesinato de Rocío Wanninkhof
El británico Tony Alexander King escuchó ayer el veredicto del jurado popular por el crimen de Rocío Wanninkhof, que concluyó que asesinó a la joven en 1999 con la participación de terceras personas. En este caso, el jurado ha excluido la agresión sexual en el crimen, por lo que la fiscalía y la acusación particular solicitaron una pena de 20 años de cárcel y la defensa la mínima de 14 años.

Tony King, condenado a 19 años de cárcel por el asesinato de Rocío Wanninkhof
EFE – ABC.es

21 de diciembre de 2006

El británico Tony Alexander King ha sido condenado hoy por la Audiencia de Málaga a 19 años de cárcel por el asesinato de la joven de Mijas Rocío Wanninkhof, que murió tras sufrir nueve puñaladas cuando regresaba a su casa el 9 de octubre de 1999.

En la sentencia se le impone la pena de 19 años por el delito de asesinato con la agravante de despoblado y una indemnización de 210.000 euros para la madre de la víctima, Alicia Hornos, y de 42.000 euros para los dos hermanos de la joven.

Este fallo se produce ocho días después de que un jurado popular declarase a King culpable del crimen de Rocío Wanninkhof, que murió tras recibir ocho puñaladas en la espalda y una en el pecho izquierdo, en un descampado que estaba oscuro y ubicado en el núcleo de población de La Cala de Mijas.

El juez considera como hechos probados que King se acercó a la joven con un arma blanca que se la puso en el cuello para amedrentarla y la condujo a una explanada para que no fueran vistos; pero como ella se resistió, le propinó un fuerte golpe en la cara, le hizo un corte en el cuello y posteriormente la apuñaló en el abdomen.

Tras inmovilizarla, y sin que la joven pudiera defenderse debido a su situación de debilidad, «le asestó al menos ocho puñaladas en la espalda, cinco de ellas muy agrupadas», que al afectar a órganos vitales le causaron un hemoneurotórax masivo y shock hipovolémico que determinaron su muerte.

Otras personas presenciaron el crimen
En la sentencia, el magistrado indica que el acusado, «en compañía de otras personas que habían estado presentes y que han quedado indeterminadas, arrastraron el cuerpo por un terraplén hasta una explanada».

Posteriormente, se dieron a la fuga, pero regresaron para coger el cuerpo y trasladarlo hasta la zona de «Elviria» de Marbella, donde permaneció un tiempo hasta que «en fecha no determinada» lo depositaron en la urbanización «Altos del Rodeo», lugar donde fue descubierto el cadáver el 2 de noviembre de 1999.

En el fallo se señala que el británico se acercó a Rocío «con el ánimo de matarla», que se evidencia por el empleo del arma y los diversos golpes que le propinó aprovechando la indefensión de la víctima. Para avalar el extremo de que el acusado «no actuó solo», el jurado entendió que el pañuelo de papel manchado de sangre que apareció en el lugar del crimen fue ofrecido por una persona conocida por la víctima y que el reguero rectilíneo de sangre hacía pensar que el cuerpo fue transportado por varias personas.

Segundo juicio por la muerte de Rocío
El juicio contra Tony King es el segundo que se celebra por el asesinato de la joven de Mijas, después de que el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía declarase nula una primera sentencia por este caso, debido a la falta de motivación del veredicto que declaró culpable en septiembre de 2001 a Dolores Vázquez, que quedó exculpada de la causa tras pasar diecisiete meses en prisión.

El británico se declaró inocente en el juicio, y pese a las distintas versiones que dio sobre el crimen, nunca negó que estuviera presente en el lugar donde fue asesinada Rocío. King, preso desde el 21 de septiembre de 2003, está condenado a 36 años de cárcel por el asesinato de la joven de Coín (Málaga) Sonia Carabantes en agosto de ese año y a siete años más de prisión por el intento de violación en 2001 de una joven en Benalmádena (Málaga).

El tribunal confirma la condena a Tony King por el «caso Wanninkhof»
Fernando J. Pérez – El País

28 de abril de 2007

Al criminal más conocido de la Costa del Sol le ha vuelto a fallar la estrategia de defensa. El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA) desestimó íntegramente el pasado jueves el recurso de apelación presentado por el abogado de Tony Alexander King contra la condena a 19 años de prisión por el asesinato de la joven de Mijas (Málaga) Rocío Wanninkhof que le impuso la Audiencia Provincial de Málaga tras un juicio con jurado en diciembre de 2006. El alto tribunal andaluz, en una sentencia que puede ser recurrida ante el Tribunal Supremo, rechazó uno por uno los argumentos del letrado de King, Javier Saavedra, quien, entre otras alegaciones, acusó de «falta de imparcialidad» al magistrado presidente del jurado, José María Muñoz Caparrós.

El pasado diciembre, el jurado consideró probado que la noche del 9 de octubre de 1999, King, de nacionalidad británica, abordó a Rocío Wanninkhof, de 19 años, en una carretera solitaria, aislada y mal iluminada y la amenazó con un cuchillo en el cuello para forzarla a ir a una explanada alejada de la carretera. La joven se resistió y King, de 41 años, le propinó un puñetazo en la cara y, una vez aturdida, le asestó ocho puñaladas en la espalda que resultaron mortales. El británico ocultó el cadáver de Rocío en un descampado cercano, y días después, tras formarse cuadrillas para buscar a la joven, lo volvió a trasladar a una zona vallada y de difícil acceso en la urbanización marbellí de Altos del Rodeo. El cuerpo de la joven fue encontrado la mañana del 2 de noviembre de 1999.

Opiniones gratuitas
El abogado de King interpuso un recurso en el que denunciaba que la Audiencia había infringido las normas y garantías procesales y había vulnerado el derecho a la presunción de inocencia de su cliente. El letrado pretendía que se declarara nulo el juicio oral por «contaminación y falta de imparcialidad del magistrado-presidente del Tribunal del Jurado», que, según él, había dispensado «desigualdad de trato (…) a la defensa respecto de las otras partes». El TSJA reprocha a Saavedra la «gratuidad de tal opinión» ya que en su escrito no concreta ninguna situación de presunta desigualdad. Además, el alto tribunal andaluz, tras visionar los siete DVD del juicio, considera «irreprochable» la actuación de Muñoz Caparrós.

Otro argumento de Saavedra para anular la sentencia era que un miembro del jurado había alegado su «prejuicio sobre la culpabilidad del procesado», lo que implicaría una «falta de imparcialidad». El TSJA, tras hacer constar el «hecho sorprendente» de que Saavedra no identifica en su escrito al miembro del tribunal popular sospechoso de parcialidad, afirma que en el acta de constitución del jurado, suscrita por el propio letrado, «no es posible hallar ninguna anomalía». El TSJA rechaza finalmente que se vulnerara la presunción de inocencia de Tony King, condenado también a 36 años por la agresión sexual y el asesinato de la joven de Coín Sonia Carabantes, en 2003.

La hija de Tony King muere tras ser rescatada de una piscina de Mijas
Juan Cano – Diariosur.es

5 de septiembre de 2007

La hija del británico Tony Alexander King -condenado por los asesinatos de Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes-, y su ex mujer Cecilia Matilde ha fallecido en el Hospital Materno Infantil tras ser rescatada de la piscina privada de una vivienda en Mijas. La pequeña sólo tenía 10 años, según confirmaron a este periódico fuentes cercanas al caso.

Los hechos ocurrieron el pasado sábado sobre las 14.00 horas en una vivienda de la zona de Calahonda. El servicio de emergencias sanitarias 061 recibió una llamada de auxilio en la que se informaba de un ahogamiento. El aviso se transmitió también a la Policía Local de Mijas, que envió a una patrulla.

Los dos agentes que llegaron a la casa pudieron comprobar que se trataba de una niña que, al parecer, había caído a la piscina de la vivienda, según apuntaron otras fuentes consultadas. La menor estaba inconsciente. De su nariz emanaba un pequeño hilo de sangre. En la casa se encontraban la madre de la menor y un hombre.

Los policías intentaron reanimarla mientras llegaban los efectivos del 061. Ante la gravedad de su estado, los médicos del servicio de emergencias solicitaron su inminente traslado a un hospital en un medio más rápido que la ambulancia, por lo que se dispuso su evacuación en un helicóptero del 061.

La aeronave aterrizó junto a la venta La Butibamba y trasladó a la pequeña al Hospital Materno, donde ingresó en estado crítico. No pudo salir adelante. La niña murió durante la madrugada del domingo al lunes. Fuentes cercanas al caso señalaron que la madre, Cecilia Matilde King, autorizó la donación de órganos de la menor.

Causa de la muerte
Fuentes del servicio de emergencias 112 informaron el sábado de que la menor presentaba aparentes signos de disnea -insuficiencia respiratoria-, por lo que el ahogamiento se baraja como la hipótesis más probable de la muerte, aunque la causa del óbito está pendiente del resultado final de la autopsia. La Guardia Civil se ha hecho cargo de la investigación del suceso.

La pequeña nació en Inglaterra en 1997 fruto del matrimonio entre King y Cecilia Winfield Pantoja, que tomó el apellido de su marido. La familia se asentó en la localidad de Sutton, al sur de Londres, y poco después se trasladó a la Costa del Sol, donde la pareja se separó.

Fue precisamente Cecilia King la que denunció a su ex marido el 12 de septiembre de 2003 por los crímenes de Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof, primero a la policía inglesa y luego, a la española. Tony King fue detenido una semana después. Ahora, acumula condenas de 36 años de cárcel por el asesinato de Sonia Carabantes, 19 por el de Rocío Wanninkhof y siete por un intento de violación en Benalmádena.

La hija de Tony King y otros misterios
Francisco Pérez Abellán – Libertaddigital.com

7 de septiembre de 2007

Me informo en Libertad Digital de la sorprendente muerte de la hija del asesino Tony King. Es una noticia triste e inquietante. King es, como todos recuerdan, ese criminal que vino de un barrio de Londres con sus maneras de estrangulador. En su tierra natal llevaba a las mujeres hasta los umbrales de la asfixia, pero no se sabe que diera muerte a ninguna. En cambio, en España se transformó en «matador», y se le imputan los asesinatos de Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof.

King cumple condena en la cárcel, y no ha podido asistir al entierro de su hija de diez años, extrañamente ahogada en la piscina de su casa de Mijas, donde vivía junto a su madre, Cecilia.

En Londres, King era Tony Bromwich. Se cambió el nombre para despistar y comenzar una nueva carrera de crímenes sin el peso molesto del pasado. También era el Estrangulador de Holloway, un barrio pequeño burgués donde las chicas eran asaltadas por la espalda y se rendían a la acometida de un cable eléctrico que hacía lazo en el cuello.

King salió libre gracias a la comprensión de los hombres buenos y empezó una nueva vida casándose con Cecilia, a la que hizo una hija, ahora ahogada en un charco de cloro. Viajaron a España en una luna de miel y de sangre, y casi enseguida King volvió a las andadas, sin que le descubrieran, ebrio de tóxicos y sacudido por la insatisfacción.

Le descubrieron por una confidencia que se atribuye al entorno de la ex mujer. De pronto, Cecilia, separada del asesino, recordó una noche de agua revuelta, ropa inusualmente lavada y arañazos en la piel. King había necesitado doble centrifugado para quitarse la pringue del crimen la noche en que murió Rocío Wanninkhof.

Lo más misterioso es que King, cuando fue interrogado y acusado de tanta muerte, gritó que temía por la vida de su hija, la que ahora descansa en el pabellón de la muerte. La Guardia Civil investiga su fallecimiento por si hubiera intervención de terceros, pero entre tanto el cadáver ha sido licenciado por el juez, tras ceder su madre los órganos para trasplantes. Así, esa muerte, dentro del dolor, obrará el milagro de dar vida a un puñado de niños.

La hija de King ha muerto, como las víctimas de su padre, y su estela la pisan los investigadores en busca de posibles tramas ocultas. En el crimen, la casualidad no existe.

Pensemos en esa Cecilia de origen hispano casada con el guapo monstruo de Holloway, que vive angustiada la gestación de una criatura y acaba separada del padre por una convivencia imposible. Da a luz una niña que crece en un matrimonio que se hace pedazos mientras las jóvenes andaluzas, en un perímetro exagerado con centro en Mijas, sufren agresiones, abusos, violaciones, desapariciones y asesinatos.

King dice amar a su hijita, pero no actúa como un padre. Finalmente, se pierde como un perro callejero en los refugios de los coches abandonados, en las noches de alcohol. Encuentra nueva pareja con hijas de otro, adolescentes que tienen la misma edad que las víctimas.

King probablemente miente cuando dice tener miedo por la vida de su hijita, pero sin embargo acierta, porque la niña muere casi una mocita, en la piscina bien conocida de su propia casa. Volvamos a esa Cecilia atormentada por tanta muerte. Cae sobre ella el terror de las chicas asesinadas por el que fue su marido, y ahora se le va el propio fruto de sus entrañas, en este verano de misterios.

¿Por qué decía King que temía por la vida de su hija? ¿Manejaba algún dato en su jerga incoherente? King sabe y calla de varios crímenes. ¿Ha dejado un cabo suelto que le amenaza?

Raro asunto el que un cómplice torture al criminal en el cuerpo de su hija, pero el caso Wanninkhof ha demostrado sobradamente que sólo es la punta de un iceberg. La ex esposa tuvo el valor de casarse con el joven King, que cambió de nombre, convencida de que todo se arreglaría en España, que fuera la tierra prometida. Ahora se ve envuelta en la vorágine que ella ha exigido blanca y rosa, como en un entierro surrealista, en un nuevo giro del destino. Impresiona el valor de repartir los órganos que salvarán a otros niños. Pero resulta increíble la acumulación de tanta tragedia: casarse con un estrangulador, divorciarse del asesino y asistir a la muerte de la hija. El caso Wanninkhof se retuerce en su sepultura de papel.

Con todo, ha sido un verano de cosas insólitas, como la del atraco madrileño, en pleno día, en la calle Serrano, donde cuatro asaltantes, uno de ellos en bañador y con gafas de sol, intentaron un salvaje alunizaje. Hemos tenido un agosto en el que se peinó la Península en busca del rastro de Ylenia, otra niña de cinco años desaparecida en Suiza, mientras no se apagan los ecos del misterio Madeleine. Y se emite en Austria la nueva entrevista de Natascha Kampusch, la chica que pasó ocho años en manos de su secuestrador, que, al escaparse ella, se tiró al tren.

Natacha ha engordado, suspira por la amistad y descubre miradas de deseo. En su país apenas puede pasear sin sufrir el acoso de la curiosidad, por eso la entrevista contiene imágenes de la secuestrada paseando por Barcelona, confiada en las Ramblas, haciendo fotos en la Sagrada Familia. Una joven con un punto de sobrepeso que todavía se mueve como un buzo fuera del agua.

El misterio que nos atenaza forma parte de la imprevisión. Un atraco con un agresivo ladrón golpeando el cristal de la joyería con una maza mientras se coloca las gafas negras de Reservoir Dogs; la muerte en la piscina, que es demasiada muerte, donde mueren los niños en verano; el rastro de cadáveres que olfatean los perros del caso Madeleine entrenados en Inglaterra; la joven delicada que combate la ansiedad con dulces catalanes. Natascha ha visitado la tumba de su secuestrador, y cada vez siente más pena por su alma frágil. Quiere quedarse con la casa donde estuvo encerrada, y los rumores la señalan como liberada de necesidades económicas gracias a los beneficios de la publicidad.

Extraño mundo éste, en el que lo único seguro es que a la hija de King no la ha matado su propio padre.

El Supremo confirma la condena a Tony King por el caso Wanninkhof
Elcorreoweb.es

14 de septiembre de 2009

El Tribunal Supremo (TS) ha confirmado la condena de diecinueve años de cárcel impuesta al británico Tony Alexander King por el asesinato de la joven de Mijas (Málaga) Rocío Wanninkhof, quien murió tras recibir nueve puñaladas el 9 de octubre de 1999.

Así lo ha acordado la sala de lo penal del Alto Tribunal en una sentencia, a la que ha tenido acceso Efe, en la que desestima el recurso que King interpuso contra la dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía (TSJA), que confirmó la condena a diecinueve años que le había impuesto en diciembre de 2006 la Audiencia de Málaga tras el veredicto de culpabilidad de un jurado.

El TSJA estableció el pasado mes de abril que el veredicto de culpabilidad del jurado estaba «suficientemente motivado», al existir «una carga incriminatoria tan nítida y tan fácilmente identificable» que no cabe duda de cuáles fueron las razones por las que se llegó a la conclusión de que los hechos sucedieron tal y como se narraron en la sentencia.

Según el TSJA, la «trascendencia» de la declaración de King durante la instrucción, en la que confesó ser autor directo del crimen, viene corroborada por hechos o indicios «de gran relevancia» como los restos biológicos del acusado en el lugar del crimen, el conocimiento exacto de los lugares donde se perpetraron o el paralelismo de los hechos con otros por los ya que había sido condenado.

El 13 de diciembre de 2006 King fue declarado culpable del asesinato de Rocío Wanninkhof, quien recibió nueve puñaladas, ocho de ellas en la espalda, que le causaron la muerte.

El británico fue condenado en el segundo juicio por este caso, después de que la primera sentencia se declarara nula por falta de motivación del veredicto, que consideró culpable a Dolores Vázquez, exculpada después tras pasar diecisiete meses en prisión.

La sentencia de la Audiencia de Málaga recordaba en los fundamentos de derecho la tesis del jurado de que el acusado «no actuó solo, sino en compañía al menos de dos personas, a pesar de que le atribuye la autoría fundamental del crimen».

Al respecto el TS indica que «con independencia de la presencia o participación de otras personas se describe (en el objeto del veredicto considerado probado por el jurado por mayoría de 7-2) una actuación del acusado de autoría en sentido estricto del artículo 28 del Código Penal, al señalarse al mismo como la persona que asestó a Rocío las puñaladas que ocasionaron su muerte».

El condenado también alegó ante el Supremo que uno de los miembros del tribunal del jurado no debió formar parte del mismo al haber reconocido a preguntas de la defensa su prejuicio sobre la culpabilidad del acusado, lo que no estima el TS.

La sentencia del Alto Tribunal, de la que ha sido ponente el magistrado Juan Ramón Berdugo, añade que «la existencia de una cierta presión social, más o menos intensa, que puede acompañar a numerosos crímenes a causa de sus especiales y a veces morbosas características, no puede entenderse que constituye, en todo caso y sin más aditamentos, un impedimento para la emisión de un veredicto imparcial por parte de los jurados siempre que éstos se encuentren en condiciones de decidir con libertad».

King está condenado además a 36 años de cárcel por el asesinato de la joven de Coín (Málaga) Sonia Carabantes en agosto de 2003 y a siete años más de prisión por el intento de violación en 2001 de una joven en Benalmádena (Málaga).

Tony King, el asesino que nadie olvida
A. Salazar / J. Cano – Diariosur.es

18 de agosto de 2013

Es posible que los lectores no recuerden a Anthony Bromwich, pero seguro que no olvidan a Tony Alexander King. Una década después de la muerte de Sonia Carabantes y de la investigación policial que acabó relacionando su crimen con el de Rocío Wanninkhof, el nombre del británico resuena aún en la memoria de los malagueños. King sigue cumpliendo condena por los asesinatos de las dos jóvenes y por el intento de violación de una mujer. Pero su macabra historia, más propia de una rocambolesca película de terror, forma ya parte de la crónica negra de la provincia.

La noticia de su detención y los posteriores juicios que protagonizó levantaron una expectación mediática sin precedentes hasta el momento, acaparando las primeras planas de la prensa nacional y del Reino Unido. Las pruebas de ADN que lo situaron en la escena del crimen de Rocío Wanninkhof también dieron un vuelco al caso de la joven mijeña, y sirvieron para exculpar a la que hasta entonces era la principal acusada y que ya había sido condenada por un jurado popular, Dolores Vázquez. Aunque esto no le sirvió para resarcirse del escarnio público al que fue sometida y de un calvario en los tribunales que la llevó a pasar 17 meses en la cárcel. Y todo, gracias a una serie de casualidades.

Sonia Carabantes (17 años) desaparece en la madrugada del día 14 de agosto después de acudir a la feria de Coín, hace ahora diez años. Sus padres la vieron por última vez a las diez de la noche del día anterior, mientras se peinaba para salir. Nunca volvió a casa. Al día siguiente, los padres dan la voz de alarma y se temen lo peor al encontrar a pocos metros de su casa un charco de sangre junto a su bolso, un zapato y su móvil.

Después de seis días de búsqueda, hallan el cuerpo sin vida de la joven desnudo y semienterrado por unas grandes piedras en un barranco entre Coín y Monda. Los restos de piel bajo las uñas de Sonia sirven para sacar la información genética del asesino.

La clave de la colilla
Cuando los investigadores pasan los rasgos de ADN por la base de datos policial se encuentran con la sorpresa más inesperada: Coincide con el de una colilla de la marca Royal Crown encontrada junto al cuerpo de Rocío Wanninkhof cuatro años atrás. Pero aún no tenían un nombre al que vincular las pistas. Las noticias de los hallazgos en el caso de Sonia ayudan a que la exmujer de Tony King confirme sus sospechas. Acude a la policía para contar que la noche en la que murió Rocío Wanninkhof volvió con la ropa manchada de sangre y cree que también podría estar relacionado con la muerte de la joven de Coín. En esos momentos, King vivía con una nueva pareja en Alhaurín el Grande, donde trabajaba de camarero, aunque ella nunca desconfió de él. Durante los últimos seis años en España había llevado una doble vida.

La Policía Nacional arresta a Tony King el 18 de septiembre y confiesa el crimen de Sonia. Días más tarde, al ser interrogado por la Guardia Civil, también se declara culpable de la muerte de Rocío Wanninkhof y asegura que actuó solo. En ambos casos, todo apunta a que el móvil fue sexual, aunque ninguna de las chicas fue violada. Empiezan a surgir datos de una personalidad psicopática y un pasado de violencia en el que fue a prisión en el Reino Unido por la muerte del hombre que violó a su hermana.

Durante los juicios posteriores -el de Sonia, en octubre de 2005 y el de Rocío, en noviembre de 2006- King se retracta de las confesiones y cambia de versión sobre su implicación en varias ocasiones. Incluso intenta inculpar a su amigo, Robert Graham, a quien contó que había matado a Rocío Wanninkhof, y de vincular de nuevo a Dolores Vázquez en los dos crímenes. Pero la Guardia Civil encuentra una nueva prueba de ADN de King en unos plásticos cerca del cadáver de la joven mijeña.

55 años por asesinato
King es condenado en total a 62 años de prisión, 36 por el asesinato de Sonia Carabantes, 19 por el asesinato de Rocío Wanninkhof (55 en total) -aunque la sentencia sostiene que no lo hizo solo- y 7 más por el intento de violación de otra joven en Benalmádena. Pese a la exculpación judicial de Dolores Vázquez, la madre de Rocío, Alicia Hornos, defiende que la que fuera su pareja sentimental está relacionada. Las cartas de King a Hornos desde la cárcel mantienen viva su hipótesis.

King lleva entre rejas desde que fue arrestado en septiembre de 2003. Tras pasar unos meses en la prisión de Alhaurín en el módulo de aislamiento para evitar posibles agresiones tras recibir amenazas, fue trasladado a la de Albolote (Granada) en julio de 2004. Allí recibe el mayor mazazo personal en estos años. Su hija menor de diez años, fruto de su primer matrimonio, fallece ahogada en una piscina en septiembre de 2007. Es la única ocasión en la que se le permite salir de la cárcel para acudir al funeral que tiene lugar en Parcemasa, en Málaga.

En julio de 2008 le trasladan a la cárcel de máxima seguridad de Herrera de la Mancha, en Ciudad Real. Su abogado, Javier Saavedra, asegura que lleva una vida normal en la prisión y que mantiene su inocencia. «Piensa que está allí por algo que no ha hecho», explica. En el caso de Rocío no entiende cómo en la sentencia se dice que no actuó solo y sin embargo es el único que está condenado; mientras que en el de Sonia, afirma que no recuerda nada, pero que piensa que no lo hizo. Lo que sí es cierto es que aún le queda por delante una larga estancia a la sombra.

Tony Alexander King
Datos extraídos del programa radiofónico «La Noche» de Cadena COPE.

Esta noche vamos a hablar de dos asesinatos separados en el tiempo y en el espacio, dos asesinatos que en un primer momento no parecían tener vinculación alguna, pero sorprendentemente al final se descubrió que había un nexo de unión entre ambos crímenes; ese nexo no es otro que el británico Tony Alexander King, el asesino.

Vamos a conocer la historia de manera cronológica, y por tanto, ordenada. El primer nombre propio, el de la joven Rocío Wanninkhof. ¿Cómo se produce su desaparición? [El presentador, Adolfo Arjona, al periodista José Manuel Frías]

Rocío, una chica de diecinueve años, vivía con su madre en una casa en Mijas, un municipio a pie de playa en la provincia malagueña. El 9 de octubre de 1999, por la tarde, la muchacha fue a visitar a su novio. Él vivía en un núcleo cercano a la cala de Mijas. A eso de las nueve y media de la noche, Rocío salió en dirección a su casa. Desde ese momento se le perdió la pista.

Sería a la mañana siguiente cuando su madre, Alicia Hornos, empezaría a preocuparse al notar que su hija no había vuelto. Aún así, la situación no fue desesperante porque la noche anterior había habido feria y la chica pensaba ir, por lo que cabía la posibilidad de que a la vuelta se hubiera quedado a dormir en casa de alguna amiga.

La tragedia llegó cuando esa tarde, estando Alicia paseando por las inmediaciones, encuentra unas zapatillas deportivas que reconoce como las de su hija. Lo peor es que había manchas de sangre en el suelo.

A partir de ese momento entró en juego la investigación por parte de la Guardia Civil, ¿no?

Alicia Hornos pone rápidamente el asunto en conocimiento de la Benemérita y se comprueba que, efectivamente, tanto las zapatillas como la sangre corresponden a Rocío Wanninkhof.

La investigación fue arrojando luz en algunos aspectos. La agresión se pudo producir a eso de las diez de la noche. El encuentro de la chica con el criminal habría sido en la calle. Este debió golpearla, lo que produjo una marca de sangre desde esa zona hasta el descampado, donde apareció el calzado. Sobre las huellas de sangre aparecieron las de un vehículo de mediano tamaño con el que habría sido trasladado el cuerpo de Rocío a otro lugar. De hecho, esta hipótesis coincide con el testimonio de un taxista que aquella misma noche, a las diez, escuchó un grito espeluznante mientras paseaba por aquella zona en la que un todoterreno se encontraba mal aparcado sobre la acera. Aquel grito, casi con toda seguridad, era el de Rocío Wanninkhof.

El 17 de octubre de 1999 comenzó con un rastreo organizado por la Guardia Civil en el que participó un buen número de voluntarios. La operación terminó con la peor de las noticias. El 2 de noviembre aparecía el cadáver de Rocío en un descampado situado entre Marbella y San Pedro de Alcántara. El cuerpo, en avanzado estado de descomposición, mostraba marcas de repetidos apuñalamientos. Junto al cadáver se encontraron dos bolsas de basura conteniendo las prendas de la muchacha, y sorprendentemente una pegatina de las repartidas durante los rastreos, por lo que se empezó a sospechar de que el asesino o de que la asesina era alguien cercano a la familia.

¿Cómo trascurrió la investigación posterior al descubrimiento del cadáver?

Rápidamente empezaron a realizar interrogatorios a las personas de las que se podía sospechar. La primera fue el propio novio de la víctima, Antonio José Jurado. De él resultaba extraño que la noche de los hechos no acudiera a la feria y se quedara dormido, pero finalmente se pudo demostrar que él no tenía culpa y quedó libre de todo cargo. Y la siguiente persona sospechosa fue Dolores Vázquez, expareja de Alicia Hornos. A ella sí que se le hizo un seguimiento intenso, con vigilancia, con intervención telefónica, porque Alicia estaba convencida de que ella era la asesina. Aquello provocó que todas las miradas de la justicia se centraran sobre ella.

¿Tú crees que quizá el problema radicó en que fue tal la alarma social que provocó este crimen que se aceleraron demasiado los protocolos a la hora de culpabilizar en este caso a Dolores Vázquez?

Sí, sin duda. El asesinato de Rocío Wanninkhof fue tan mediático que posiblemente el asunto se les fue de las manos a las autoridades. Dolores, sin más pruebas que la de ser expareja de Alicia y de llevarse mal con ella, fue detenida y pasó a prisión preventiva. Durante los interrogatorios que se le realizaron ella no sólo negó los hechos, sino que dio una coartada sobre aquella noche en la que estuvo al parecer a cargo de su madre realizando llamadas desde su domicilio que podían comprobarse mediante la factura telefónica.

Pero poco después, la Fiscalía aportó una prueba asegurando que en el cadáver de Rocío Wanninkhof se encontró un par de fibras que eran idénticas a las de la ropa de deporte que solía usar la acusada. Aquello supuso no solo la denegación de la libertad provisional, sino una acusación rotunda por parte de los medios de comunicación y de la opinión pública.

Para resolver el enrevesado enigma, el laboratorio de investigación criminalista de la Guardia Civil decidió hacer un segundo análisis de las fibras, descubriendo que había existido un error. Ahora, el ADN evidenciaba que dichas fibras, las de la ropa de Dolores y las del cuerpo de Rocío, eran diferentes. Aún así, el juez instructor volvió a denegar la petición de libertad de la acusada, poniéndose en marcha los entresijos del polémico juicio a Dolores Vázquez. ¿Cómo fue aquel juicio?

Este juicio contó con un jurado popular posiblemente contaminado por la avalancha de información mediática en la que ya se había condenado prácticamente a Dolores y en el cual la Fiscalía no llegó a exponer más pruebas que la de la anterior relación entre la acusada y la madre de la víctima. Pero ni las fibras encontradas en el cuerpo de la muchacha pertenecían a Dolores ni las huellas halladas en las bolsas de plástico eran de ella. Tampoco las del vehículo correspondían a su Toyota. Se acreditó además por medio de testigos y del recibo telefónico que la mujer había estado en casa toda la noche, exceptuando el momento en que salió a tirar la basura y a comprar tabaco en un establecimiento cercano.

Da la impresión de que todas las pruebas apuntaban precisamente a la inocencia de Dolores Vázquez…

Sí, eso parece. Los únicos testimonios adversos fueron, por ejemplo, los de una empleada que trabajaba en el domicilio de Dolores y que aseguró que la acusada clavó un cuchillo en el cartel de búsqueda de Rocío. Otra persona que testificó en su contra fue la dueña del restaurante en el que compró tabaco; comentó que Dolores aparentaba estar muy nerviosa, casi sin aliento.

Recuérdanos esas conclusiones del Ministerio Fiscal…

La conclusión, a modo de escena, sería la siguiente: Dolores salió a las diez de la noche a hacer deporte por las inmediaciones, tropezándose con Rocío. Entre ellas hubo una discusión, la acusada la apuñalaría allí mismo con algún objeto punzante y después la arrastraría hasta la zona en la que se hallaron los zapatos y el rastro de sangre. Según esta hipótesis, Dolores fue después a comprar tabaco y marchó a su domicilio para después robar el coche de algún vecino y trasladar en él a Rocío hasta el enclave en el que fue hallado el cadáver.

El jurado popular del caso Wanninkhof apoyó plenamente la tesis de la Fiscalía y la mujer fue declarada culpable de asesinato en el año 2001, siendo condenada a 15 años de prisión y a hacer frente a una indemnización económica.

Vamos a olvidarnos por un momento del crimen de Rocío Wanninkhof. Ella desapareció a finales de 1999. Vamos a dar un salto en el tiempo para situarnos en agosto del año 2003 cuando otro acontecimiento trágico se cebó con un pueblo también en la provincia de Málaga, un pueblecito que se llama Coín. Allí desapareció otra chica: Sonia Carabantes. Lo que nadie podía imaginar es que este caso, cuatro años después, terminaría relacionándose con el de Rocío. ¿Qué es lo que ocurrió?

Fue algo que cambió por completo el resultado del juicio contra Dolores Vázquez.

Fue el 14 de agosto de 2003. Sonia Carabantes, una chica de diecisiete años residente en Coín, desapareció. La última vez que se la vio regresaba de la feria del pueblo con una amiga, a eso de las cinco de la madrugada. La compañera se despidió de ella a pocos metros de la vivienda de la víctima y parece que la desgracia ocurrió en ese pequeño tramo.

A la mañana siguiente se hallaron en el lugar varias manchas de sangre, un mechón de pelo y elementos reconocidos por los padres de la chica: su teléfono, un zapato, un bolso.

Al principio, la investigación se centró, como siempre, en la gente cercana, principalmente en el exnovio de Sonia. Pero pronto se descubrió que no tenía nada que ver con la desaparición. Rápidamente se iniciaron labores de rastreo en la localidad en las que participaron más de 700 voluntarios.

Los padres de Sonia Carabantes esperaban ansiosos una buena noticia, pero la esperanza se dio de bruces con una terrible realidad. El 19 de agosto, al borde del camino de un monte del cercano pueblo malagueño de Monda fue encontrado el cadáver semidesnudo y semienterrado de la muchacha, que fue trasladado inmediatamente al Instituto Anatómico Forense de Málaga. ¿Cuál fue el resultado de la autopsia?

El resultado reveló que la chica había sido estrangulada y en su cuerpo se hallaron pruebas de un ensañamiento inhumano, innecesario. En su cuerpo se encontraron restos de la piel del agresor, una contundente muestra de ADN que sería fundamental en las investigaciones. Y fue entonces cuando saltaron las alarmas. Fue una sorpresa del todo inesperada. Al introducir en la base de datos el perfil biológico de esa piel encontrada bajo las uñas de Sonia Carabantes, una alarma alertó a los agentes: coincidía con el ADN encontrado en una colilla que había aparecido cuatro años antes junto al cadáver de Rocío Wanninkhof. No podía ser una casualidad. Se trataba del mismo agresor, del mismo asesino, de una especie de depredador de jóvenes. Por otro lado, el descubrimiento ponía patas arriba la condena de Dolores Vázquez, que ahora pasaba a ser inocente, al menos a priori.

El siguiente punto imprescindible fue la declaración de una mujer. Aparece en escena Cecilia Pantoja. Ella puso en entredicho el comportamiento de su exmarido, un británico llamado Tony Alexander King. Casualidades de la vida, recuerda el día de la muerte de Rocío, ¿no?

Efectivamente. Cecilia, ya divorciada de él, al ver en televisión lo sucedido y la vinculación entre ambos casos, recordó el comportamiento de su exmarido años atrás, cuando Rocío desapareció en Mijas. Tony había aparecido en su casa con arañazos en un brazo y con el coche embarrado, y puso a su mujer varias excusas que eran cuanto menos sospechosas. Cecilia lo dejó pasar, pero tras el nuevo crimen empezó a atar cabos y delató a su exmarido.

En 2003, Tony, padre de una hija y con un pasado oscuro, residía en Alhaurín el Grande. Un dispositivo judicial secreto lo fue cercando y los agentes lograron su ADN por medio de la sustracción de una prenda de vestir, y como ya se esperaba, era el mismo que el de la colilla y el de la piel hallada. Aquello situaba a Tony King en los dos escenarios de los crímenes. Era, por lo tanto, el asesino de ambas: Rocío y Sonia.

King era el conocido en Inglaterra como el Estrangulador de Holloway, un cruel asesino que ya había sido encarcelado en el año 1986 bajo el nombre de Tony Bromwich y había sido detenido por estrangular [sin resultado de muerte] a cinco mujeres en un barrio al norte de Londres cuando aún era un veinteañero. ¿Cómo llega este monstruo a Málaga?

Tras cinco años de cárcel se le concedió la libertad condicional, pero le fue rebocada al amenazar a una mujer con una navaja para que tuviera relaciones sexuales con él. Ya liberado definitivamente en 1996, vino a España, donde vagó a sus anchas pero con otro apellido. Definitivamente se instaló en la provincia de Málaga.

El perfil psicológico de Tony King es inquietante. Según los especialistas, su problema de impotencia sexual y la frustración que ésta le causaba, lo empujó a cometer sus crímenes y a rendir un culto al cuerpo que lo convirtió en un hombre corpulento, en un hombre fuerte, pero bastante retraído. Además, el constante consumo de alcohol lo transformaba a ratos en una persona violenta.

¿Nunca hubo un control de este sujeto teniendo en cuenta sus antecedentes?

No, y eso fue un gran error. Cuando Tony llega a España, Scotland Yard pone en conocimiento de la Policía de nuestro país esos antecedentes como estrangulador. En ese informe, además, se indica claramente que era «un peligro potencial para las mujeres españolas». Aún así no se le hizo ningún seguimiento. Las autoridades se olvidaron de él.

Tanto Tony Alexander King, el asesino, como Alicia Hornos, la madre de Rocío, siguieron poniendo en el punto de mira a Dolores Vázquez. ¿Por qué estaba tan convencida de ello la madre de Rocío?

Supongo que porque Tony King siempre aseguró que los crímenes no los había cometido solo, que fue cómplice en ellos, eso sí, pero que se había convertido en el cabeza de turco de una operación más compleja. King situaba a Dolores Vázquez en ambos crímenes junto a él, e incluso la señaló como la persona que apuñaló a Rocío Wanninkhof por la espalda. Esta tesis fue mantenida también por Alicia Hornos, incluso fue expulsada durante el juicio por asegurar a voz en grito que Dolores era culpable.

Tony explicó que no fue autor material de los asesinatos y que si había confesado al principio fue por miedo a las represalias de cierta mano negra a la que nunca identificó. De hecho, cuando ya en prisión su hija falleció en circunstancias un tanto extrañas, ahogada en una piscina en su vivienda, muchos vieron ahí algún tipo de complot.

Es aquí donde aparece una tercera persona. Tony Alexander King apunta a que junto a Dolores Vázquez y él, en el momento del asesinato de Rocío, estaba el también británico y amigo suyo Robert Graham. ¿Qué pasó con esta tercera persona?

Robert fue detenido y puesto después en libertad, pero su interrogatorio arrojó algo más de luz al suceso. Él reconoció que en la época de la muerte de Rocío, Tony acudió a su casa muy alterado, asegurando que había secuestrado a una chica y que no sabía si la había matado, si estaba inconsciente. Al parecer Robert no le creyó del todo y le dijo que se marchara inmediatamente de su casa. Algo después, Robert Graham continuó diciendo que había visto en el coche de Tony King algunas bolsas de plástico negras con ropa y un viejo martillo con el mango de madera. En todo caso, con Robert Graham no termina el desfile de sorpresas de última hora.

En el juicio contra Tony King declaró un testigo, Ronald William Pettit, citado por la defensa, que explicó que el acusado le había narrado una vez que había sido jardinero de Dolores Vázquez. Según este testimonio, Dolores y Tony se conocerían. Esta circunstancia fue aprovechada por Alicia Hornos para continuar por esa línea, llamando a declarar a su hermana Josefina. Ésta contó que Dolores había llegado a golpear en varias ocasiones a su sobrina y que Rocío Wanninkhof le tenía mucho miedo. Pero nada de esto se pudo demostrar con pruebas fehacientes, entre otras cosas porque no existía ninguna denuncia por aquellos presuntos malos tratos a los que se hacía referencia.

El caso es que tanto Robert Graham como Dolores Vázquez fueron exonerados de cualquier culpa y el único condenado por los dos asesinatos fue Tony Alexander King.

El británico Tony Alexander King, tras un complejísimo juicio, fue condenado a 36 años de prisión por el asesinato de Sonia Carabantes. El tribunal repartió la condena de la siguiente manera: por el delito de asesinato con alevosía, veintitrés años; por agresión sexual ocho años, y cinco años más por detención ilegal. A la vez, a King se le impuso una indemnización de trescientos mil euros. Posteriormente, en un juicio celebrado en 2006, por el asesinato de Rocío Wanninkhof, la Fiscalía solicitó otros veinte años de cárcel.

En la actualidad, y para alivio de las familias de las víctimas y del resto de la ciudadanía española, el asesino está donde debe estar: en la cárcel.



Tony-Alexander-King-victimas-Rocio-Wanninkhof-y-Sonia-Carabantes.jpg

Rocío Wanninkhof y Sonia Carabantes, las víctimas de Tony Alexander King.

http://criminalia.es/asesino/tony-alexander-king/

AUDIO: LA HISTORIA NEGRA – TONY ALEXANDER KING
Todavía recuerdo el linchamiento a Dolores Vazquez y era inocente , subo el ultimo por hoy en un rato, un clásico ;)
 
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La matanza de PUERTO HURRACO

  • La matanza de Puerto Hurraco
    Francisco Pérez Abellán

    El viejo odio de los «Amadeos» y los «Patapelás». Muertes y amores desventurados. Nueve asesinados y seis heridos. El sospechoso incendio de la casa de los «Patapelás». Un pueblo amenazado. La extraña muerte de la madre, desencadenante de la horrible tragedia.

    A 150 kilómetros de Badajoz, en la llamada «Siberia Extremeña», está Puerto Hurraco, una aldea de la comarca pacense de La Serena, pedanía de Benquerencia, cercana a Castuera, que en 1990 tenía unos 200 habitantes, muchos de ellos con los linajes entreverados: Cabanillas-Cabanillas, Rodríguez-Rodríguez, Izquierdo-Izquierdo, lo que dicen que es abono para la locura.

    Pasadas las diez de la noche del domingo 26 de agosto de aquel año, dos hombres vestidos con ropas de cazador, cruzados de cananas con abundante munición y armados con escopetas repetidoras del calibre 12 se mueven como sombras por detrás de las casas hasta situarse en un callejón en el centro de la aldea que da a la calle principal.

    Durante unos minutos quedan a la espera. Muy cerca de allí, en la calle Carrera, que hace las veces de gran paseo, unas niñas se despiden de un amiguito, unos vecinos hablan sentados en la terraza de un bar, otros toman el fresco después de un día caluroso en la puerta de sus casas. Entre hombres y mujeres reina una calma apacible y serena, en un pueblo en el que se conocen todos, al final de una jornada de asueto. Pero la tranquilidad aparente oculta viejas desavenencias entre dos familias, los Cabanillas, conocidos como «los Amadeos» y los Izquierdo, a los que llaman los «Patapelás».

    Puerto Hurraco vive de la aceituna, el grano, el cerdo y la oveja. Ha estado durante mucho tiempo en el atraso y la miseria, como una de las zonas más depauperadas de España, pero la llegada de la electricidad en los años setenta y la implantación del agua corriente en los ochenta, elevó la calidad de vida de sus habitantes.

    De repente, los dos hombres que se ocultan en las sombras obedeciendo a una señal convenida irrumpen en la calle principal abriendo fuego con sus escopetas. Lo disparos son de postas, lo que significa que cada cartucho de caza contiene nueve gruesos perdigones de plomo.

    Las primeras en caer son las niñas Antonia y Encarnación Cabanillas Rivero de catorce y doce años respectivamente. Les disparan en el pecho a corta distancia hiriéndoles de muerte. Encarna apenas puede hablar y Antonia grita pidiendo ayuda a Isabel, la otra hermana, que salva su vida arrojándose al suelo.

    Manuel Cabanillas, de cincuenta y siete años, sale del bar vecino gritando «estáis locos, que las vais a matar: no veis que son unas niñas», cuando recibe los disparos que lo matan. Se produce una primera descarga de cinco tiros que crea confusión, carreras y miedo en la calle. Antonio Cabanillas, veinticinco años, hijo de Manuel, intenta en un primer momento hacer frente a los que disparan, pero estos rápidamente vuelven las escopetas contra él y le alcanzan por la espalda cuando intenta ponerse a cubierto. Los impactos que recibe le dejarán para siempre en una silla de ruedas.

    Los vecinos que pueden escapar se ocultan en sus casas o se parapetan tras árboles y mesas. Los agresores cargan sus armas y siguen disparando sobre todo lo que se mueve. Araceli Murillo Romero, de sesenta años, que está sentada a la puerta de su casa ve caer heridas a las dos niñas y sin pensarlo va hacía ellas para prestarles ayuda. Los hombres armados le disparan matándola en el acto.

    José Penco Rosales, de cuarenta y tres años, primo del alcalde pedáneo, que juega a las cartas en el bar, recoge a dos de los heridos en la primera descarga y los traslada en su coche a un centro asistencial en un pueblo vecino. Cuando regresa para hacerse cargo de otras víctimas, los dos hombres que no han dejado de disparar sobre la gente del pueblo, le salen al paso y apuntando de frente a los cristales de su coche lo matan al volante.

    Algunos intentan escapar del pueblo. Así Manuel Benítez, Antonia Murillo Fernández y su cuñado, Reinaldo Benítez, suben a un automóvil. Los agresores les disparan agujereando la chapa y los cristales. Los impactos siegan las vidas de Antonia, cincuenta y siete años y Reinaldo, de sesenta y dos.

    En medio de la calle, disparando para todos los lados, los agresores no dejan descansar sus escopetas. Algunos vecinos logran dar aviso a la Guardia Civil en el puesto de la localidad vecina de Monterrubio de la Serena. Un vehículo con dos agentes entra en el pueblo. Los criminales les apuntan y disparan sin permitirles salir del vehículo. El agente Juan Antonio Fernández Trejo, de treinta y un años, recibe un disparo en el pecho; el agente Manuel Calero Márquez resulta herido en la pierna izquierda.

    Además de los siete muertos en el acto que los dos asesinos dejan tras de sí antes de darse a la fuga, quedan heridos otros nueve, dos de los cuales fallecerán a consecuencia de la gravedad de sus heridas. El balance final de la matanza será de nueve muertos y seis heridos.

    En el hospital Infanta Cristina de Badajoz son ingresados Guillermo Ojeda Sánchez, de ocho años, con un disparo en el cráneo, muy grave, en coma profundo, quedaría hemipléjico; Andrés Ojeda Gallarde, treinta y seis años, herido en el pecho y el vientre, con shock hemorrágico, muy grave. En el hospital Don Benito de Villanueva de la Serena quedan ingresadas: Isabel Garrido Dávíla, de setenta años, herida en el pulmón derecho, muy grave; Vicenta Izquierdo Sánchez, herida en el brazo izquierdo y Felícitas Benita Romero, con el impacto de un proyectil en un hombro.

    Todo había ocurrido muy deprisa. El plan consistía en matar a un número indeterminado de habitantes de Puerto Hurraco. Los criminales cruzaron el pueblo descargando sus escopetas. Con los cadáveres en charcos de sangre, los heridos quejándose del dolor de sus heridas y el resto de los vecinos atemorizados, los agresores huyeron al monte cercano.

    Rápidamente se organizó la caza de los fugitivos. Un fuerte dispositivo de más de doscientos agentes de la Benemérita, a pie, a caballo, en vehículos todo terreno y apoyados por un helicóptero, peinaron toda la zona. Vecinos y guardias pasaron la noche en vela. Quizá la peor de sus vidas. Sentían la amenaza de los francotiradores muy próxima.

    Entrada la mañana del día siguiente dieron con los asesinos. ¿Quiénes eran aquellos desalmados? ¿Por qué mataban indiscriminadamente? Como muchos sabían ya, se trataba de Emilio, cincuenta y ocho años, y Antonio Izquierdo, cincuenta y tres, los hermanos «Patapelás» que habían empezado por asesinar a las «níñas Cabanillas» y habían saciado sus ansias de venganza contra todo el pueblo.

    Emilio fue sorprendido apostado cerca de la vivienda de dos de sus víctimas y Antonio descubierto por el helicóptero cuando huía monte arriba. Uno de ellos llegó a decir en su captura, aún caliente con la excitación de la sangre: «Si no me hubierais detenido, habríamos vuelto a disparar durante el entierro de los muertos.» Lo dijo como si tal cosa.

    Emilio, el jefe del clan, y Antonio, el hermano menor, llamado «el Tuerto» porque de niño perdió un ojo que le destrozó un gallo a picotazos, los dos solteros, vivían en la localidad vecina de Monterrubio con sus hermanas Ángela y Luciana, también solteronas. Ángela y Luciana huyeron después de la masacre y fueron localizadas cuatro días después en la estación de Atocha, en Madrid. Serían acusadas por el sordo clamor popular de inductoras del crimen, pero nada podría probarse. Se les descubrió una grave dolencia mental que las recluyó en el manicomio de Mérida.

    Los «Patapelás», nacidos en Benquerencia, de familia de labradores que se trasladó a Puerto Hurraco con seis hijos, tres varones y tres mujeres, abandonaron el pueblo, resentidos y cargados de odio, cuando murió la madre, Isabel Izquierdo Caballero, que falleció carbonizada en un extraño incendio del que algunos dicen que fue provocado, el 18 de octubre de 1984. Isabel era una mujer fuerte en torno a la cual giraban las vidas de sus hijos, prueba de ello es que cinco de los seis se quedaron solteros. Sólo se casó Emilia, que reniega de la macabra herencia familiar.

    Emilio, su hermano homónimo, explica así la matanza: «Ya estoy tranquilo, ahora ya estoy tranquilo. Después de seis años, ya he vengado la muerte de mi madre; ahora que sufra el pueblo lo mismo que he sufrido yo durante seis años.»

    El líder indiscutible de los «Patapelás» hacía culpable al pueblo entero de Puerto Hurraco. Y había preparado cuidadosamente la venganza. A uno de los psiquiatras le confesó que eligió agosto porque es friolero y en invierno se le entumecen los dedos y no puede disparar.

    La enemistad entre «Amadeos» y «Patapelás» había empezado treinta años antes entre Manuel, el padre de los asesinos, y el abuelo de Antonio Cabanillas, padre de las niñas de doce y catorce años primeras víctimas de la masacre, por un desacuerdo sobre lindes. Continuó con los amores no correspondidos de Luciana Izquierdo por Amadeo Cabanillas que se saldó con el homicidio de Amadeo, tío de las niñas asesinadas, muerto a puñaladas por el mayor de los Izquierdo, Jerónimo, el 22 de enero de 1967.

    Era tal la idea obsesiva de venganza de Jerónimo contra los «Amadeos» que luego de cumplir catorce años de condena por el asesinato, apuñaló a Antonio Cabanillas, padre de las niñas muertas -«no pudo matarme y ahora me matan a mis hijas», lloraba Antonio en el funeral-, por lo que fue ingresado en el Psiquiátrico de Mérida donde murió.

    Tres años después de la matanza, . Antonio escuchó la sentencia con camisa blanca, sin corbata, traje mil rayas, jersey, borceguíes negros y calcetines negros. Emilio llevaba camisa blanca, sin corbata, traje azul, jersey del mismo color, mocasines de estreno y calcetines blancos. Emilio estaba mucho más canoso que cuando las fotos de su detención dieron la vuelta al mundo.

    La matanza de Puerto Hurraco
    Margarita Landi

    El domingo 26 de agosto de 1990, fecha que quedará para siempre grabada en sangre, fue un día muy caluroso; el sol abrasador obligaba a extender toldos, echar persianas y correr cortinas, al invadir calles y plazas pegándose a las fachadas de las casas. Eran las nueve de la noche cuando salí a mi terraza, en un piso 23, para contemplar una vez más la hermosa vista que ofrece Madrid con sus luces encendidas y me encontré con la luna, que estaba en su fase de cuarto creciente, mostrando en su centro una coloración ocre, lo que significaba que al asomar por el horizonte había sido roja como la sangre.

    Por experiencia sé que esa luna es la que ejerce una nefasta influencia sobre algunas personas, generalmente paranoicas. Me estremecí y, de inmediato, le pregunté: «¿Cuántas vidas te vas a llevar tú?» Y es que, en los treinta y siete años que llevo de reportera de sucesos, he conocido crímenes espantosos cometidos por los que vulgarmente llamamos lunáticos, o sea, por quienes padecen «lunatismo», locura intermitente e ideas delirantes.

    Cuando el lunes día 27 me desperté y puse la radio, supe que hacia las diez y media de la noche anterior dos hermanos, Antonio y Emilio Izquierdo, vestidos con ropas de caza, habían disparado indiscriminadamente contra los habitantes de la pedanía pacense de Puerto Hurraco, con un trágico saldo de siete muertos y diez heridos, entre ellos dos guardias civiles.

    La población de Puerto Hurraco, pedanía de Benquerencia de la Serena, en la provincia de Badajoz, es de doscientos cincuenta habitantes, pero en los meses de verano se incrementa considerablemente al llegar numerosos nativos, residentes en el País Vasco y Navarra desde hace muchos años, deseosos de disfrutar sus vacaciones con familiares y amigos. Aquella noche era para algunos la de su despedida, porque pensaban emprender el regreso para incorporarse en septiembre a sus puestos de trabajo tras descansar un par de días del largo viaje. No podían presentir la tragedia que se iba a desarrollar en la calle Carrera, la principal de Puerto Hurraco, donde se hallaban numerosas personas, unas sentadas a la puerta de su casa y otras fuera o dentro del Salón Social, un bar recientemente abierto.

    Después del calor padecido durante el día, la gente disfrutaba refrescándose en la calle, en animada charla, comentando lo que se habían divertido en las pasadas fiestas locales y lo que disfrutaron en tan pacífico y cordial lugar de la tierra extremeña; bebían, fumaban y charlaban los hombres; las mujeres, sentadas o paseando, hablaban de sus cosas y la «gente menuda» jugaba. Reinaba la paz…

    De pronto, dos cazadores con escopetas repetidoras en las manos, procedentes de un estrecho y oscuro callejón, se presentaron en la calle Carrera; todos les conocían: eran los «pata pelá», Emilio y Antonio Izquierdo Izquierdo, de cincuenta y ocho y cincuenta y tres años respectivamente, residentes desde hace varios años en Monterrubio de la Serena, localidad que se encuentra a 12 kilómetros de la pedanía, distancia que habían recorrido en su Land Rover con un solo propósito: matar a todos los habitantes de Puerto Hurraco. Esa noche iba a su culminación la carga de odio almacenada desde hacía treinta años.

    Situándose en el centro de la calle y al grito estentóreo de uno de ellos: «¡Vamos a matar al pueblo, vamos a matar a todos!», su repetidora comenzó a «vomitar» plomo, alcanzando a un grupo de niñas que se hallaba en lo más alto de la cuesta, casi al final de la calle Carrera; los cartuchos de posta acabaron en el acto con dos de ellas, las hermanas Antonia y Encarnita Cabanillas Rivera, de catorce y trece años, hijas precisamente de uno de los hombres más odiados por los Izquierdo, Antonio Cabanillas; otra hermana de las dos niñas asesinadas, Carmen, de dieciséis años, pudo escapar viva de milagro. Se podría haber pensado que ése era el único objetivo de los «vengadores», pero no: siguieron disparando a hombres, mujeres y niños, sin parar más que para meterse alguna vez en el callejón con objeto de recargar el arma.

    Cundió el pánico, la gente corría a refugiarse en sus casas, pero cinco personas quedaron muertas en la calle: Araceli Murillo Romero, de sesenta años, que se hallaba sentada ante su puerta y se levantó para auxiliar a una de las niñas, fue inmediatamente alcanzada por los plomos; Manuel Cabanillas Rivera (sin parentesco con las dos víctimas), de cincuenta y ocho años, recibió un disparo mortal por el mismo motivo, y su hijo Manuel Cabanillas Benítez, de veinticinco años, fue gravemente herido; el niño de ocho años, Guillermo Ojeda Sánchez, cayó al suelo con el cráneo atravesado por una posta, y su padre, Andrés Ojeda Gallardo, de treinta y seis, que salió presuroso del bar para auxiliarle, se derrumbó a su lado, herido gravemente en el abdomen; lo mismo le ocurrió a su abuela, Isabel Carrillo Dávila, de setenta años, y a su tía Ángela Sánchez Murillo, así como a Vicenta Izquierdo Sánchez, de cuarenta y dos, y a Felicitas Benítez Romero, de cincuenta y nueve.

    Así, la calle Carrera quedó sembrada de cuerpos muertos y heridos más o menos graves, bajo los que corría la sangre para deslizarse por la pendiente. Pero los Izquierdo aún querían más, llegando a golpear las puertas de las casas, con la pretensión de que salieran los que habían logrado esconderse para salvarse.

    Entre los que ya terminaban sus vacaciones estaba José Penco Nogales, de cuarenta y tres años, que regentaba una agencia de seguros en la población guipuzcoana de Zumaya, donde residía como la mayoría de las cincuenta familias de Puerto Hurraco, y que al producirse la matanza se hallaba en el club social jugando una partida con sus paisanos; mientras los «pata pelá» perseguían a los fugitivos, José Penco recogió a dos heridos en su coche y los trasladó velozmente al centro de asistencias de Castuera, pero al regresar, preocupado por lo que hubiera podido ocurrirles a sus hijos, y con el deseo de auxiliar a más heridos, se encontró con los dos asesinos que le estaban esperando a la entrada de la calle; no le dio tiempo a salir del coche, dispararon contra él y murió sobre el volante.

    Manuel Benítez Romero, otro vecino de la pedanía emigrado hace muchos años a Pamplona, nunca podrá olvidar el horror de aquella noche, cuando conducía su coche llevando a su derecha a su hermano Reinaldo, de sesenta y dos años, y en el asiento trasero a Araceli Murillo Romero, de sesenta. Se disponían a ir hacia el ambulatorio para interesarse por los heridos cuando el vehículo fue acribillado por los disparos de los Izquierdo. Manuel se agachó bajo el volante y pisó a fondo el pedal del acelerador; cuando al fin pudo detenerse, sus acompañantes eran cadáveres y él, sorprendentemente ileso, tuvo que llevarlos a Castuera, de donde no regresó hasta la mañana siguiente, cuando en Puerto Hurraco los gritos y la sangre en fachadas, calzada y aceras daban fe de la tragedia rural que habría de estremecer a toda España.

    Pero antes del regreso de Manuel Benítez había pasado algo más que él ignoraba: atendiendo a la llamada de algún vecino, un Land Rover de la Guardia Civil había acudido a la pedanía, pero los dos guardias que lo ocupaban no pudieron apearse de él, ya que los agresores les recibieron a tiros y resultaron heridos. Uno de los guardias, Juan Antonio Fernández Trejo, de treinta y un años, presentaba traumatismo torácico de pronóstico muy grave; su compañero, Manuel Calero Márquez, de cuarenta y nueve, recibió sólo una posta de plomo de 12 milímetros de diámetro en una rodilla y su estado no revestía gravedad, «salvo complicaciones». Se comentaba que «mientras eran trasladados al hospital advertían al conductor: «Que no vengan nuestros compañeros, que los matan.»

    Pero llegaron más, catorce guardias civiles, cuando los hermanos Izquierdo huían entre los cerros del Gibe y Los Castillejos. Después llegarían a doscientos los miembros de la Benemérita que tomaron parte en la búsqueda de los autores de la matanza, quienes al amanecer, con la valiosa ayuda de un helicóptero, fueron detenidos y puestos a disposición del titular del Juzgado de Instrucción n.º 1 de Castuera, Casiano Rojas, que decretó prisión provisional para ellos, después de tomarles declaración por espacio de tres horas; luego ordenaría que fueran sometidos a examen psiquiatrico, así como que la Policía y la Guardia Civil localizaran a las hermanas Luciana y Ángela Izquierdo Izquierdo, que se hallaban en paradero desconocido, ya que en el vecindario se las acusaba de haber instigado a Emilio y Antonio para que «vengaran los agravios inferidos a la familia».

    Treinta años de odio
    Por increíble que parezca, las diferencias entre los Cabanillas y los Izquierdo empezaron hace treinta y un años. De lo ocurrido entonces, y de los motivos, hay dos versiones.

    La primera es que el 21 de enero de 1959, cuando Amadeo Cabanillas araba en su finca Las Peliscanas, colindante con una de la familia Izquierdo, se pasó unos metros y labró parte de la tierra en la que se hallaba el mayor de los hermanos varones, Jerónimo Izquierdo Izquierdo, quien le recriminó por ello. Discutieron airadamente y se insultaron, sin llegar a más; los ánimos se serenaron, pero horas después llegó la primera de las hermanas, Luciana, para llevarle la comida a Jerónimo y le indujo a que se vengara, por lo que él llegó a clavarle una navaja de gran tamaño en la espalda, sin tener en cuenta que las dos familias se habían llevado siempre bien. Amadeo, tendido sobre su mulo, alcanzó su casa, ante la que se desangró. Por aquel crimen, Jerónimo fue condenado a veintisiete años de reclusión mayor, de los que cumplió catorce.

    Mientras, sus hermanos y hermanas, con su madre, se fueron a vivir a Monterrubio de la Serena, a 12 kilómetros de Puerto Hurraco, donde se quedó una de las hermanas, que se había casado con un pastor primo de los Cabanillas.

    Varios años después murió la madre en un incendio que se produjo en su casa. En Monterrubio se dice que «cuando la casa estaba ardiendo, Luciana y Ángela se afanaron en sacar algunos electrodomésticos a la calle y que, al preguntarles que dónde estaba Isabel Izquierdo, su madre, respondieron que ella estaba dentro, lo que dejó al vecindario perplejo». ¿Por qué no la salvaron antes?

    Los Izquierdo acusaron a los Cabanillas de haber provocado el incendio, pero la justicia sobreseyó y archivó las diligencias instruidas sobre el fuego y la muerte de la matriarca de los «pata pelá». Jerónimo, que al salir de la cárcel emigró a Barcelona, estaba seguro de que «eso era una venganza de los Cabanillas por haber matado él a Amadeo» y se indignó porque la Policía lo desmentía, ya que no había ninguna prueba de que pudiera inculpar a nadie de esa familia.

    En consecuencia, Jerónimo Izquierdo salió de Barcelona para dirigirse a Monterrubio a vengar la muerte de su madre, de la que sus hermanos y hermanas también culpaban a todo el pueblo, porque «nadie les había ayudado a apagar el fuego». Lo que es absolutamente falso, según se nos aseguró reiteradamente en dicha localidad por los vecinos, hombres y mujeres que habían colaborado en las tareas de extinción mientras llegaban los bomberos.

    Impulsado por el odio y el deseo de venganza, Jerónimo apuñaló a Antonio Cabanillas (el padre de las dos niñas que serían las primeras víctimas en la matanza de Puerto Hurraco); le atacó con alevosía cuando estaba eligiendo los alimentos que iba a comprar en la Cooperativa de Monterrubio, hiriéndole en un costado, pero no le mató, y tuvo que volver a la cárcel, de la que luego sería trasladado al Hospital Psiquiátrico de Mérida el 8 de agosto de 1986, donde murió nueve días después a causa de un infarto de miocardio.

    Las hermanas Izquierdo, Luciana y Ángela, siempre maliciosas y desconfiadas, se negaron a aceptar el diagnóstico dado por el director del Centro y exigieron que le fuera practicada la autopsia al cadáver de su hermano, «para que se pusieran en claro las causas de su muerte».

    Según la segunda versión de esta larga historia, que se nos ofreció tanto en Puerto Hurraco como en Monterrubio, Luciana, la mayor de los Izquierdo, que «siempre fue más fea que Picio», se enamoró «perdidamente» de Amadeo Cabanillas hace más de treinta años, sin ser correspondida por él, que era diez años más joven que ella, por lo que el despecho convirtió el amor en odio y Luciana, de carácter dominante, que manejaba a sus hermanas y hermanos a su antojo, indujo a Jerónimo a matar al muchacho que la había desdeñado; años después, al producirse el incendio cuyas causas no han sido aclaradas todavía, implantó en ellos la idea de que había sido provocado por los Cabanillas, así como que nadie les había ayudado a salvar la vida de su madre.

    Se piensa que, al morir su hermano Jerónimo, arrastró a Ángela siempre subyugada por ella, hasta plantarse ante el cuartel de la Guardia Civil de Monterrubio para insultar e inculpar a todos los miembros de la Benemérita, por lo que ambas fueron ingresadas en el Hospital Psiquiátrico de Mérida, por el que también pasaron Emilio y Antonio, por cierto. En consecuencia: resulta que de los seis hermanos Izquierdo, excepto Emilla -la que se casó con el pastor-, cinco han sido por más o menos tiempo huéspedes del manicomio con un diagnóstico de paranoia.

    Pero el caso es que, según la opinión generalizada en Monterrubio, Emilio y Antonio se comportaban normalmente en el pueblo; eran pacíficos, jugaban cada día su partida de cartas con un grupo de amigos en un bar y nadie tenía queja de ellos, por lo que se suponía que habían cometido la matanza en Puerto Hurraco instigados por sus dos hermanas, «hurañas, insaciables y malignas» que el día anterior, sábado, se habían marchado del pueblo, al parecer para visitar a un oculista en Puertollano (Ciudad Real), porque Luciana, más conocida por «la Chata», necesitaba unas gafas.

    Pero el lunes se presentaron en el palacio de La Moncloa, pretendiendo ser recibidas por Felipe González, para interceder por sus hermanos, militantes del PSOE desde junio de 1986; la Guardia Civil les impidió la entrada y por la noche fueron encontradas por un periodista en la estación de Atocha, cuando se disponían a tomar un tren hacia Badajoz con ánimo de visitar a sus hermanos, Emilio y Antonio, en la cárcel.

    Avisada la Policía, fueron trasladadas en el tren hasta la ciudad pacense de Castuera para declarar ante el titular del juzgado de Instrucción n.º 1, Casiano Rojas, que ya había decretado la prisión provisional de los autores materiales de la matanza tras escuchar sus declaraciones, en las que se autoinculpaban con pasmosa serenidad, la misma de la que habían hecho gala al ser detenidos, diciendo a los guardias: «Si no nos hubiérais cogido, habríamos disparado contra el pueblo cuando todos estuvieran en el cementerio enterrando a sus muertos»; y también: «Nosotros ya nos hemos vengado, ahora que sufra el pueblo»; además de: «Nosotros sabíamos que en Puerto Hurraco había niños, pero eso no nos importaba.» o sea, que no se mostraron arrepentidos ni por un momento. En consecuencia, el juez, además de enviarles a la cárcel, ordenó que se les practicaran exámenes psiquiátricos.

    Luciana y Antonia, de sesenta y tres y cuarenta y nueve años respectivamente, solteras ambas como sus hermanos, fueron entrevistadas en el tren por reporteros del diario El Mundo. Dijeron que «se habían enterado de lo ocurrido al oír la noticia difundida por la radio», afirmando que: «Vamos medio muertas. ¿No se nos ve en la cara? Llevamos el estómago revuelto y todo. Dejamos a nuestros hermanos el sábado muy tranquilos, como siempre.»

    Al comentar los periodistas que en Puerto Hurraco era creencia generalizada que ellas habían sido las instigadoras de la matanza, dijeron que si la gente les acusaba era «porque no tienen amor de Dios. Van a misa, casi todas van a misa y no son cristianas. Salen por la puerta de la iglesia y comienzan a criticarse unas a otras, que lo digan delante de nosotras si se atreven».

    Durante la entrevista, no dejaron de comentar continuamente la muerte de su madre, carbonizada en el incendio de su casa, que aseguran fue provocado, y repetían: «Nuestra madre era una santa, ¡una santa!» Y anunciaron que: «Cuando veamos a nuestros hermanos les diremos que nos tienen muertas. Nos tienen sin vida y les queremos mucho. Siempre hemos estado muy unidos. Toda la familia.» Se mostraron serenas, afirmando que no temían la reacción del pueblo cuando ellas volvieran allí, porque: «Nosotras somos creyentes. Que se cumpla la voluntad de Dios y no tenemos miedo, porque lo que Dios quiera, que sea.»

    Agotadoras jornadas para el juez
    La madrugada del 27 de agosto de 1990 quedará para siempre grabada en la memoria del titular del juzgado de Instrucción, n.º 1 de Castuera, don Casiano Rojas, porque a raíz de la matanza cometida por los Izquierdo en Puerto Hurraco se le vino encima una montaña de trabajo que debió atender, a plena dedicación, en jornadas de diez o doce horas. Los criminales comparecieron ante él a las pocas horas de ser detenidos por numerosos efectivos de la Guardia Civil, mostrándose muy tranquilos y hasta un tanto satisfechos de sus fechorías, manteniendo en todo momento la suficiente sangre fría como para almorzar con buen apetito unos montados de lomo y una ración de calamares, en las mismas dependencias judiciales.

    Ante el juez, los dos hermanos fueron «desgranando la mazorca» de sus antiguos «agravios», por lo que, al parecer, habían llegado a la conclusión de que para seguir viviendo en paz «tenían que eliminar a todos los vecinos de Puerto Hurraco» y para ello se habían vestido sus ropas de caza, y para «alimentar» sus escopetas repetidoras hicieron buen acopio de cartuchos de postas; al ser reducidos les fueron ocupados sesenta a uno y setenta a otro.

    Cuando salieron de Monterrubio, dijeron a sus amigos: «Nos vamos a cazar tórtolas.» Y como estaba la veda abierta nadie se extrañó, ni en su lugar de residencia ni en la pedanía, ya que los que se hallaban tomando el fresco en la calle Carrera, al verlos llegar por el callejón, pensaron que venían de cazar. O sea, que lo prepararon bien, o sea, que están locos, pero no son tontos.

    Cuando se llevó a cabo el registro de la vivienda de los Izquierdo por orden judicial y ante varios testigos, se encontraron 3 grandes cuchillos de 25 centímetros de hoja -1 de ellos nuevo-, 2 hachas, 3 escopetas, 500 cartuchos (cada uno cargado con 10 bolas de plomo), 15.000 pesetas en billetes y muchas cruces, rosarios y amuletos, que las hermanas, que los tenían dominados, utilizaban para sus extraños ritos, para los que encendían numerosas velas cuyos cabos habían quedado pegados sobre la tapa de un baúl.

    El lunes y el martes el juez dedicó todo su tiempo a los dos hermanos, el miércoles por la mañana a tomar declaración en su despacho a siete testigos, entre ellos Antonio Cabanillas, padre de las dos niñas asesinadas, que tiene en su cuerpo las cicatrices para no olvidar el día que Jerónimo Izquierdo trató de matarle en la Cooperativa de Monterrubio.

    A las tres menos cuarto de ese mismo día, el juez ofreció una rueda de prensa en la sala de juicios del Palacio de justicia de Castuera, en el transcurso de la cual se fueron aclarando algunos puntos interesantes que hasta aquel momento sólo parecían rumores. Por ejemplo, que, en efecto, esta dramática historia pudiera derivarse de un rechazo amoroso por parte de Amadeo Cabanillas hacia una de las hermanas Izquierdo, lo que recuerdan los más ancianos del lugar. No obstante, al ser preguntado sobre si existían indicios para sospechar que las dos mujeres hubieran influido en sus hermanos para cometer la matanza, el juez Rojas contestó rotundamente que no, y en cuanto al incendio de la casa en que pereció la madre del clan Izquierdo, la respuesta fue que existía un sobreseimiento provisional del sumario, que no pensaba abrir por el momento.

    Comentó también que durante la matanza hubo tres tandas de disparos, y que entre la primera y la segunda los agresores hicieron un alto el fuego para cargar las escopetas en el callejón, señalando que uno de los hermanos (Emilio) hizo más uso de su arma. Habló asimismo de los antecedentes psiquiátricos que tenía Luciana, que cinco años antes había sido condenada a dos meses de prisión condicional por desacato a la Guardia Civil y a la autoridad judicial.

    Tenía previsto el juez interrogar a Luciana y a Ángela al día siguiente, ya que habían sido localizadas en la madrileña estación de Atocha, y aunque en la comisaría de El Retiro habían sido advertidas del peligro que corrían si regresaban a Puerto Hurraco, decidieron viajar a Badajoz. Sobre el comentario acerca de que, a causa de una paliza que le habían dado los reclusos, Emilio había sido atendido en el Hospital Infanta Cristina de la capital pacense de una fractura de húmero, el juez de instrucción aclaró que tal lesión ya la padecía Emilio cuando ingresó en prisión. Al parecer, se había fracturado el brazo al tratar de escapar a su detención.

    La detención de Antonio Cabanillas
    El jueves 30 de agosto, desde muy de mañana, cientos de personas se agrupaban ante el Palacio de Justicia de Castuera debido a que Luciana y Ángela Izquierdo se encontraban en el interior siendo interrogadas por el juez Casiano Rojas; fuerzas de la Guardia Civil velaban para mantener el orden, aunque bien es verdad que el gentío se mantenía en silencio, expectante. Yo estaba allí; había tanta tensión en el ambiente que me asaltó un presagio: «Aquí va a ocurrir algo.» Y pasó.

    Hacia las tres de la tarde hubo un cierto revuelo entre la multitud. ¿Qué sucedía? Pues ni más ni menos que allí se encontraba Antonio Cabanillas, el padre de las dos niñas asesinadas en Puerto Hurraco; el hombre a quien trató de matar Jerónimo; el que el día que fueron enterradas sus hijas en el pequeño cementerio de la pedanía, mientras enjugaba sus lágrimas, había declarado al enviado especial de Tiempo, Emilio Jaráiz: «Odio hacia los Izquierdo es poco, ésos tienen que ser ahorcados, colgados y desmenuzados, porque si les sueltan de la cárcel, que les soltarán, algún día harán lo mismo, o más, que han hecho ahora.» Y al ser preguntado si mantenía rencillas con los Izquierdo dijo: «No, por mi parte, no. Han venido a matar a todo el pueblo. Estos son unos criminales profesionales y se acabó. Siempre han estado intentando matar y hacer daño dondequiera que estén.»

    Alertada la Guardia Civil de la presencia de Antonio Cabanillas en la plaza, procedieron a cachearle, mientras protestaba y se resistía diciendo: «Yo no he hecho nada. Estoy como un ciudadano más y tengo derecho a estar aquí.» Entre sus ropas llevaba un gran cuchillo de los usados para sacrificar cerdos y dos navajas, con cachas negras de madera, mientras decía: «Estoy tranquilo y si llevo esto es porque lo uso en las faenas del campo.» Lo esposaron y, cuando era conducido a presencia del juez, iba diciendo entre risas y lágrimas: «Tranquilos, tranquilos, yo no he hecho nada, tranquilos, tranquilos, aquí no pasa nada.» Esa misma tarde, el juez decretó el ingreso en prisión provisional sin fianza para Antonio Cabanillas por un «delito contra la vida en grado de tentativa», y éste pasó a ocupar en la cárcel una celda bastante alejada de la de los hermanos Izquierdo.

    El juez también ordenó la prisión provisional de las hermanas Luciana y Ángela Izquierdo, que ingresaron tras unas once horas de interrogatorio en el Hospital Psiquiátrico de Mérida, donde habían de ser sometidas a exámenes psiquiátricos, cuyo resultado sería diagnóstico de «trastornos paranoicos». Se dijo que posteriormente podrían ser trasladadas a un centro penitenciario ordinario.

    La otra hermana
    El miércoles, día 5 de septiembre declararon en el juzgado de Castuera Emilia Izquierdo, su marido y sus dos hijas, una de las cuales había dicho a los periodistas: «Me avergüenzo de llevar el apellido Izquierdo.» A ninguno de los cuatro se les pudo encontrar la menor relación con los autores de los hechos ni con las que eran señaladas como instigadores de la matanza.

    Tras el interrogatorio, que duró cinco horas, el juez comentó a los periodistas que Emilia mantenía muy poca relación con sus hermanos y hermanas; que ella y su marido se encontraban en la pedanía la noche del tiroteo y se marcharon al campo al oír los disparos, por miedo a que se tratara de un enfrentamiento entre su hermano Emilio y Antonio Cabanillas; en cuanto a sus hermanas dijo que «podrían estar mal de la cabeza», pero el juez Rojas agregó que «en ningún momento se las ha inculpado de instigar el asesinato».

    Cuando el matrimonio salió del juzgado iba protegido por un cordón de diez guardias civiles. Emilla, al llegar, había manifestado que recibió amenazas, a lo que añadió su marido que esas amenazas de la familia Cabanillas habían sido hechas también contra sus dos hijas.

    Murieron dos de los heridos
    Doce días después de aquella inolvidable noche en la que Puerto Hurraco se convirtió en un matadero, fallecía Andrés Ojeda Gallardo en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Badajoz, a causa de una septicemia, consecuencia de sus heridas; tenía treinta y seis años y era padre del niño de ocho, Guillermo Ojeda Sánchez, que fue alcanzado por un disparo en la cabeza; al verle caer en la calle, corrió hacia él para auxiliarle y fue abatido también por varios disparos que le produjeron gravísimas lesiones: rotura de bazo, del riñón izquierdo y del colon. Sus restos mortales fueron trasladados a San Sebastián, lugar en que tenía fijada su residencia; era uno de los veraneantes que habían ido a disfrutar de sus vacaciones a la pedanía pacífica y siempre alegre.

    Isabel Carrillo Dávila, de setenta años, herida también cuando se levantó de la silla en que estaba sentada, para acudir a socorrer a una de las niñas asesinadas, falleció cuarenta y ocho horas después que Andrés Ojeda, a causa de los disparos recibidos en el pulmón y el diafragma. Fue enterrada el 12 de septiembre en el cementerio de Alza, en San Sebastián. Con la muerte de esta anciana se elevó a nueve el número de muertos por la agresión de los hermanos Izquierdo.

    En cuanto al pequeño Guillermo Ojeda, salió del coma en que había permanecido el 4 de septiembre, y varios días después pudo ser trasladado con su madre a San Sebastián; salvó la vida, pero según pude saber a finales de octubre, se teme que su capacidad mental haya quedado muy disminuida.

    Otro de los heridos, Antonio Cabanillas Benítez (que nada tiene que ver con la familia Cabanillas, tan odiada por los Izquierdo), de veinticinco años, permanecía en el hospital aquejado de paraplejía irreversible en los miembros inferiores y neumotórax, que le obligaba a recibir respiración asistida. Su padre, Manuel Cabanillas Rivera, de cincuenta y ocho años, cayó fulminado por los disparos de los Izquierdo cuando al ver muertas a las dos niñas les increpó diciendo: «Pero ¿qué hacéis? ¿Estáis locos?» Esas fueron sus últimas palabras.

    El resto de los heridos, menos graves, fueron siendo dados de alta poco a poco, mientras el vecindario seguía sobrecogido; en la calzada de la calle Carrera, unas grandes manchas oscuras daban fe de la sangre derramada en la inolvidable matanza, de la que pocos quieren hablar, aunque, eso sí, tanto en la pedanía -ya para siempre marcada por la tragedia- como en Monterrubio se pide a las autoridades que jamás permitan el regreso de los hermanos y las hermanas Izquierdo Izquierdo.

    Pasaron los días; Antonio Cabanillas fue puesto en libertad condicional, tal vez para alejarle de sus dos encarnizados enemigos, a quienes, por cierto, fue preciso instalar en una celda de seguridad debido a que -según pudimos saber- Antonio había recibido una paliza administrada por varios reclusos de los que no perdonan la violencia contra mujeres y niños.

    La última noticia sobre este caso fue facilitada por la agencia Efe y publicada el sábado 22 de septiembre en estos términos:

    «El director del Hospital Psiquiátrico de Mérida, José Gómez Romero y un médico forense designado por el juez de Castuera, Casiano Rojas, practicaron el jueves un examen psiquiátrico conjunto a los cuatro hermanos Izquierdo, con el que se pretende conocer cómo se interrelacionan en el ámbito familiar.

    »Antonio y Emilio Izquierdo permanecen recluidos en la cárcel de Badajoz como presuntos autores materiales de la matanza de Puerto Hurraco, mientas que Ángela y Luciana están en el Psiquiátrico de Mérida, en calidad de detenidas como presuntas inductoras.

    »Gómez Romero explicó que el examen conjunto ya está concluido en su primera parte de recogida de datos, mientras que aún resta la más importante, a su juicio: la interpretación y valoración de esta información.»

    Sólo me queda decir que a mí me deja perpleja ese calificativo de «presuntos autores materiales de la matanza» referido a Emilio y Antonio Izquierdo… ¿Es que no bastan los testimonios de tan numerosos testigos, entre ellos los dos guardias civiles heridos, para establecer su culpabilidad sin lugar a dudas? Incluso los dos «presuntos» se declararon autores del delito, añadiendo que su deseo era «matar a todo el pueblo». La verdad: no lo entiendo.

    La matanza de Puerto Hurraco
    Juan Madrid

    El 26 de agosto de 1990 la localidad pacense de Puerto Hurraco se convirtió en el escenario de una de las más salvajes matanzas de la España rural. Nueve personas asesinadas y varias gravemente heridas fue el demoledor balance de una triste historia de odio y venganza.

    Apostados en la calle principal del pueblo, los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo dispararon sus escopetas contra todos los que allí se encontraban. Pretendían vengarse de la familia Cabanillas, a la que acusaban de haber quemado la casa en la que murió la madre de los Izquierdo.

    Las dos primeras víctimas fueron las niñas Antonia Cabanillas, de catorce años, y su hermana Encarnación, de trece, hijas del máximo rival de los Izquierdo, Antonio Cabanillas. Resultaron muertas tras recibir a bocajarro varios escopetazos.

    Al ir a socorrerlas también fueron asesinados en iguales condiciones Manuel Cabanillas Carrillo, de cincuenta y siete años, Reinaldo Benitez Romero, de sesenta y dos, Antonia Murillo Fernández, de cincuenta y siete, José Penco Rosales, de cuarenta y tres, y Araceli Murillo Romero, de sesenta años.

    Pocos días después fallecían, a consecuencia de las gravísimas heridas producidas, Andrés Ojeda Gallardo, de treinta y seis años, y la anciana Isabel Carrillo Dávila.

    Asimismo resultaron heridos de diversa consideración otros habitantes del pueblo y varios guardias civiles que acudieron a reducir a los hermanos Izquierdo.

    Tras ser detenidos en una arboleda cercana al pueblo los autores de la masacre, se procedió posteriormente a la detención de Luciana y Ángela Izquierdo, hermanas de los mismos, como posibles inductoras del crimen.

    Una frustrada historia de amor entre Luciana y Amadeo Cabanillas, tío de las niñas asesinadas, varios contenciosos por la linde de las propiedades de las dos familias y la muerte en 1984 de la madre de los Izquierdo en el incendio presuntamente provocado de su casa pudieron llevar a los hermanos a saciar su sed de venganza.

    El 30 de agosto de 1990 Antonio Cabanillas, padre de las niñas asesinadas, fue detenido en posesión de un cuchillo y dos navajas con las que pretendía atentar contra las hermanas Izquierdo a la puerta de los juzgados de Castuera.

    El juez Casiano Rojas decretó prisión sin fianza para Cabanillas.

    El pasado 8 de enero el juez instructor del sumario dictó auto de procesamiento contra los cuatro hermanos Izquierdo: Emilio, Antonio, Luciana y Ángela. Los dos primeros están procesados como presuntos autores de nueve asesinatos consumados y seis en grado de tentativa. A las hermanas se las considera inductoras del mismo delito. Una quinta hermana, Emilia, no ha sido inculpada. Aún no se ha celebrado el juicio.

    Matanza en Puerto Hurraco
    La brutal matanza de Puerto Hurraco (Badajoz), suceso que conmovió el verano pasado, es uno de los exponentes más descarnados de la España inextinguible y profunda. El escritor Juan Madrid recrea hechos y personajes a partir de las primeras investigaciones.

    Aquí la comía es buena, pero no me dan calamares, bueno, el otro día me dieron calamares y huevos fritos y ensalada y arroz con leche. Era el santo de alguien o la fiesta de la patrona de aquí, algo así. Yo les digo, cuándo me vais a dar calamares? y se ríen y me dicen: a ti sólo te gustan los calamares. Yo no digo nada, ¿para qué? Luego no me hacen caso, ya sé que no me van a dar calamares y por eso no les digo nada. También me gusta mucho el queso de oveja, ¿sabe usted? Ese queso que está muy duro. Me gusta rasparlo con la navaja y comerme las virutas. Una vez me comí un queso entero en una sentada, yo solito. Me fui para los olivos, me senté en la sombra, abrí el zurrón y empecé a comerme el queso, despacico, mirando para el cielo, sin tener prisa. Cuando me cansaba, lo bajaba con una Fanta limón y luego vuelta a empezar. Así estuve hasta que se me acabó el queso y vino la anochecida. Me acuerdo mucho de eso, sí señor. Me acuerdo como si fuera ahora mismo. Yo espatarrao bajo un olivo, venga a darle viajes al queso y a la botella de Fanta, que era una de esas grandes de a dos litros, que me acuerdo que la compré en el supermercado ese nuevo que abrieron en Castuera. Ha visto usted el supermercado ese? ¿Que no lo ha visto? Pues es de esos modernos… Bueno, a lo que iba, me fui para el supermercado y compré la Fanta limón de dos litros, que allí la venden tres durillos más barata que en la tienda del Olegario. El queso se lo había comprado a un pastor que los hace el mismo con mucha maña, un pastor de la parte de la Vera, que le llaman el Chato. Lo menos pesaría sus dos kilos y medio, el jodío queso, y se lo compré por nada, unas perrillas, y me lo tuve en el zurrón tres días para que se me fuera curando, que todavía soltaba agüilla. Y no le dije nada a la Luciana ni a la Antonia, porque a ellas también les gusta mucho el queso y seguro que me lo quitarían. Yo no me separaba del queso, que hasta dormía con él, y la Luciana venga a decir, aquí huele a queso, lo lista que es la Luciana que huele y siente como las mismas bestias del campo, la jodía. Y yo le contestaba, vete a dormir, hermana, que son los pies del Antonio. Pero ella como si nada, de manera que decidí aquella misma noche que a la mañana siguiente me iba a comer yo solito todo el queso. No dormí aquella noche, se lo juro, y un poco antes de que clareara ya me estaba yendo para fuera. ¿Adónde vas, Emilio?, me dijo la Luciana. A ver el campo, le digo yo, y arramplo con la botella de Fanta limón y me quito de en medio. Ya le digo, me senté bajo un olivo y me tiré todo el día bocao de queso viene bocao de queso va, echando tragos de Fanta limón, para tirarlo para abajo. De vez en cuando miraba para el cielo y me parecía que estaba en la misma gloria de nuestro señor Jesucristo. Hasta un águila vi, si señor, que daba vueltas alrededor, seguro que olfateando el queso, y yo que le decía, anda ven por esto, verás lo que te encuentras. Algunas veces me pongo a recordar esas cosas, ¿sabe usted?, los momentos felices, las cosas de gusto que uno ha tenido, ¿no? que aquí pocas distracciones tiene uno, porque aunque hay su televisión y todo, a colores, grande y su vídeo y arradios, que hay varias, no se si dos o tres, pues la distracción no es mucha. Algunas veces hasta echamos unas partiditas y es como una alegría, verdad, como una fiesta, pero lo que más echo de menos son los calamares, como ya le digo, y el queso, curado, puro de oveja, ese que sólo saben hacer los pastores de esta parte. Yo, antes, una vez a la semana, me acercaba para Castuera, que es como una ciudad con sus bancos, sus cafeterías y todo eso y me iba a un bar que le llaman el del catalán y me zampaba una o dos racioncitas de calamares yo solito con buches de agua, porque los calamares están caros, muy caros, no se crea. Si fueran baratos, no comería yo otra cosa. Aquí como la comida es gratis, de balde, pues me jincho a comer, hasta que ya no puedo más, que aquí no escatiman, pero calamares no hay, ya les digo, hasta ahora, dos veces sólo los he catado y por ser fiesta de algo, digo yo . ¿Qué? ¿Los ruidos? Sí señor, me siguen los ruidos en la cabeza, esos ruidos que nunca paran, que están dentro y siempre sonando. Ya casi me he acostumbrado, no se crea, pero siguen sonando los ruidos, no paran nunca, no señor.

    Primero fue el ruido. Un ruido sordo y persistente dentro de la cabeza. Un ruido que no dejaba dormir, que acompañaba siempre, que no cesaba de sonar. Un ruido que duraba ya desde que en 1984 muriera carbonizada, dando alaridos, la anciana de noventa años Isabel Izquierdo, madre de la camada Izquierdo, allí en Puerto Hurraco, una pequeña aldea extremeña acostada en la falda de un monte desnudo.

    Aquel ruido acompañó desde entonces a los cinco hermanos Izquierdo: a Luciana, apodada la Víbora, a Angela, Emilia, Antonio y Emilio. Los cinco con la cabeza llena de ruidos y con la imagen de la madre abrasándose entre las llamas, gritando. Y seis años después, el 26 de agosto de 1990, volvieron los gritos. Aunque fueron otras gargantas las que los emitieron.

    La mañana de aquel fatídico domingo de agosto Emilio y Antonio Izquierdo se vistieron con cuidado. Se colocaron los cartuchos en los bolsillos de los chalecos, de las camisas y de los pantalones. Luego las cananas. En total trescientos cartuchos del calibre 70, suficientes para acabar con una aldea de doscientos habitantes. Durante un año, los dos hermanos Izquierdo habían estado recargando cartuchos. La munición es cara y si se puede ahorrar, pues se ahorra.

    Más tarde cogieron las escopetas. Dos Franchi automáticas, de cinco tiros cada una. Armas ilegales, porque la Guardia Civil y las autoridades no permiten escopetas de esa repetición. El límite se encuentra en los tres tiros.

    Se colgaron las escopetas y salieron de su casa de dos pisos de la calle Constitución, antes avenida del Generalísimo, y se encaminaron despacio a Casa Soriano, en la carretera de Puerto Hurraco.

    El bar estaba vacío a esas horas de la mañana de aquel domingo. La parroquia no acude al bar hasta la hora del aperitivo, del momento de las voces y las palmadas en el mostrador de madera.

    Doña Pilar, la dueña, se puso las gafas cuando escuchó la puerta y dejó el desayuno del niño sobre la mesa. Fue a ver quien era a esas horas.

    Los hermanos Izquierdo se apoyaron en el mostrador.

    -¿Adónde vais a estas horas? -les preguntó doña Pilar.

    -Ya ves -contestó Emilio.

    Antonio, su hermano de cincuenta y tres años, habla menos. Si alguien tiene que decir algo, que lo diga Emilio, el mayor. Para eso tiene cincuenta y ocho años.

    -Bueno -doña Pilar limpió el mostrador, para hacer algo, algún gesto-. ¿Qué os pongo?

    -Dos cafelitos -dijo de nuevo Emilio.

    -Y piña colada -añadió Antonio.

    A Antonio le gustaban desde siempre las cosas dulces. Contra más dulces, mejor. Los botellines esos nuevos estaban muy ricos, muy dulces y daba gusto tomarlos.

    Doña Pilar se dio la vuelta para preparar los cafés. El marido, el Cosme, tuvo que salir de amanecida a Don Benito, al hospital, para ver a ese amigo suyo que es practicante, que le tiene que dar unos análisis. Por eso encendió la cafetera.

    Por decir algo, volvió a preguntar.

    -¿Vais a Castuera?

    -No -contestó Emilio.

    -Lo decía porque si vais por allí, me podías subir un vestido que me está arreglando la Visitación. Es nada más acercarse por su casa y recogerlo. Luego yo os invito a algo. ¿Hace?

    -Vamos a por tórtolas -contestó el Antonio y miró a su hermano que asintió.

    -Sí, a por tórtolas.

    -Bueno, qué le vamos a hacer. Le diré luego al Cosme que se acerque él.

    Puso los dos cafelitos con leche delante de los dos hermanos y, sin preguntar, dos bolsitas de azúcar complementarias al lado del Antonio. Luego se dirigió a la nevera a por dos botellines de piña colada.

    Estaban bien fríos, daba satisfacción bebérselos. Cae bien al estómago por las mañanas y es agradable sentirlo bajar por el gaznate. El Antonio se bebería tres o cuatro botellines de piña colada. Hasta cinco de un golpe, los que fueran. Pero los botellines esos nuevos cuestan sus cuartos y no hay que pasarse.

    -Entonces vais a por las tórtolas, ¿no?

    -Sí, eso -contestó Emilio.

    -Pues que tengáis suerte

    -Gracias. ¿Cuánto te debemos, Pilar?

    Parecían contentos los dos hermanos, con el ánimo ligero y hasta saltarín. Era verano y ya apretaba el calor en el campo extremeño, pero ellos no parecían sentirlo.

    Tenían el cuerpo forrado de cartuchos del 70, pero ellos como si nada. Parecían haber engordado de repente, hinchados con tanto cartucho alrededor del pecho y la barriga.

    Doña Pilar, dueña del bar Casa Soriano, se percató de un pequeño detalle. No se va por tórtolas con escopetas Franchi, ni con esa munición. Si se alcanza a una tórtola se la convierte en papilla, en un amasijo de jirones de carne que no se puede aprovechar para nada.

    Pues ya lo ve usted, aquí nada. Dar vueltas y vueltas y luego al cuarto a dormir. La televisión no la veo, no, algunas veces los ciclistas y esas cosas que me gustan, pero ya le digo, poco. A mí la televisión me aburre, no me acuerdo mucho de que he visto antes, me hago un poco de lío y luego salen unas mujeres que… Je, je, cuando salen, uno que anda por aquí, Paco se llama, empieza a gritar, está en pelotas, está en pelotas, y entonces yo me acerco a la sala y meto la cabeza. Casi siempre ya se han ido, no puedo ver nada. Este Paco es que es la.. pero algunas veces sí que las he visto, ¿no?, y es un poco de distracción. Las ves, ahí, en pelotas canta que te canta y se distrae uno un poco… ¿Los médicos?… Sí, sí que me ven, y me miran, me preguntan cosas y aluego se van. Me dan pastillas, inyecciones, me hacen mirar cosas raras, manchas que hay en unos papeles, y yo tengo que decir lo que me viene por la cabeza. ¿Qué que digo? Pues eso, lo que me viene a la cabeza, no me acuerdo, casi siempre veo escarabajos peloteros, de esos, yo de pequeño me entretenía arrancándoles la cabeza y viéndoles las tripas, que parecían moco.. Je, je, je… ¿Mujeres? …. no, no señor, yo no veía guarrerías en esas manchas, yo veía lo que le he dicho, lo que me pasaba por la cabeza, eso lo que me decían los doctores. Yo he tenido pretendientes, no se crea, cuando era mozo y después, también, pero no encontré a ninguna buena, a ninguna decente ¿sabe?, a ninguna que fuera cristiana y como Dios manda. Ahora las cosas están revueltas, las mujeres son hombres y los hombres mujeres, que parecen… bueno, parecen eso, como si no se supiera quien es varón como Dios manda y quién hembra. No digo que no haya mujeres buenas, cristianas, decentes, pero yo no las he encontrado y por eso no me he casado, está uno más a gusto, ¿no cree? Si no se casa uno como es debido, luego pasa lo pasa. Mi hermanilla, la Emilia, es la única de la familia que se ha casado, con un hombre formal y trabajador que le ha dado coche y todo. Una vez nos vinieron a ver por las Navidades y nos trajeron turrón y esas cosas. Al Antonio le regalaron un cinturón, pero como aquí no dejan llevar cinturones, pues se lo llevaron y dijeron que iban a traer otra cosa, que lo iban a descambiar en la tienda y buscar otro regalo. A mí me regalaron esta camisa, ya ve… No, no me preocupa eso que dice usted, las mujeres a su aire y yo al mío. Además, a mí nunca me han gustado las guarrerías, mirar a las mujeres y esas cosas. Eso, lo que hacen los perros en medio del campo, que parece que se vuelven locos. Una vez los vi a la salida de Monterrubio venga que te dale, venga que te dale, delante de todo el mundo, ¿no?, de un montón de criaturitas, de niños y me entró un no sé qué por la cabeza, como un arrebato, y descargué la escopeta contra eso animales del demonio y los reventé allí mismo. Luego se lo dije a la Luciana y me dijo que muy bien hecho, los perros son el demonio, están endemoniados. ¿Qué dice de la Luciana? Pues me parece que está bien, eso me han dicho, también está bien mi otra hermana, la Angela. Me lo dijo mi cuñado que es un buen hombre, decente trabajador, me dijo que la justicia las había molestado y también los periodistas esos embusteros me cago en…

    Un día antes Emilia, su marido y sus hijos abandonaron Puerto Hurraco en su coche, donde pasaban el verano. Casi a mismo tiempo, Luciana, la Víbora, de sesenta y tres años, y Angela, de cuarenta nueve, ambas solteras, ambas de negro las dos siempre juntas, tomaron el tren de Madrid. En Monterrubio dijeron que iban a Don Benito a que les miraran la vista y ponerse gafas, pero desembarcaron en la estación de Atocha y se fueron derechitas a la pensión Alegría, que está al ladito y que les fue recomendada por alguien. Las dos hermanas Izquierdo iban a ver al Presidente del Gobierno, a denunciar un plan diabólico, fraguado contra ellos, contra la familia Izquierdo, dirigido por todo el pueblo de Puerto Hurraco, la familia Cabanillas y la Guardia Civil. Un complot que se cernía sobre todos ellos como una manta húmeda y viscosa, desde treinta años atrás.

    Quizás también para hablarle del ruido que todos ellos, sentían en la cabeza. Ese ruido que exigió que cortasen los cables de la luz que alimentaba la casa de la calle Constitución, antes Generalísimo, en Monterrubio. Creyeron que el zumbido de la luz era el causante de aquel rumor sordo dentro del cerebro.

    Tuvieron que vivir con velas, a oscuras, sin radio ni televisión, aguardando que cesaran aquellos zumbidos, mascullando entre los cuatro hermanos la venganza que daría fin a aquel tormento.

    El señor Presidente del Gobierno, ese chico tan guapo, tendría que escuchar a Luciana, la Víbora, y a Angela. Para eso, Emilio y Antonio se habían afiliado al PSOE en 1984, después de que su madre muriera carbonizada, y eso permitía una audiencia. Se lo iban a explicar todo, con pelos y señales.

    Iban a decirle al señor Presidente del Gobierno que muchos años atrás, el 21 de enero de 1959, el Amadeo Cabanillas se pasó de sus lindes y aró dos metros de las tierras de los Izquierdo con las pretensiones de que aquellas lindes no eran justas. Iban a decirle, también, que era mentira que ella, la Luciana, apodada por mal nombre la Víbora, se hubiera enamorado de moza del Amadeo Cabanillas que, justo era decirlo, era entonces un mozo juncal y reidor. La Luciana, ahora de sesenta y tres años, no fue despreciada por el Amadeo, no señor, eso eran habladurías, chismes de Puerto Hurraco.

    Tenían todo eso en la cabeza las dos hermanas. Y el señor Presidente del Gobierno sabría, por fin, cómo el pueblo de Puerto Hurraco se había confabulado contra la familia Izquierdo. Llegando, incluso, a meter fuego a su propia casa, en 1984.

    Un fuego que quemó a la madre y que tuvo que ser provocado por los Cabanillas. No cabía otra explicación.

    En el momento en que los hermanos Emilio y Antonio Izquierdo trasegaban piña colada en el bar Casa Soriano de Monterrubio, la Luciana y la Angela se detenían junto a la puerta de entrada del Palacio de la Moncloa, en Madrid.

    El cabo de la Guardia Civil Teodoro Ramírez acababa de cumplir treinta años dos días antes y, sin embargo, ya estaba acostumbrado a ver cosas raras con la gente que se acercaba a la mole de granito de la residencia presidencial.

    Las dos mujeres, vestidas enteramente de negro, con un extraño fulgor en los ojos, parecían de otra época, aunque el cabo no sabía de que época, como surgidas de un mal sueño.

    El hombre no podía saber de los zumbidos y del ruido en la cabeza de las dos hermanas, ni que se llevaban catorce años entre ellas. Ambas parecían de la misma edad indefinida. Viejas desde siempre.

    -Buenos días, señoras. ¿Qué desean?

    -Buenos días -contestó Luciana, la única que hablaba-. Queremos ver al señor Presidente del Gobierno.

    -¿Al presidente? ¿Tienen ustedes audiencia, señoras?

    -¿Audiencia? -las dos hermanas se miraron.

    Luciana sacó de un bolso negro con cierres dorados cuatro carnés nuevos, apenas sin tocar, y se los tendió al guardia civil.

    -Somos del partido. Nos hemos apuntado -manifestó Luciana-. Vea usted.

    -Sí, sí señora. Ya lo veo. Son del partido. Pero yo no puedo dejar pasar a nadie que no tenga cita previa con la Secretaría del presidente. ¿Comprenden?

    -El señor Presidente nos tiene que hacer justicia -dijo Luciana.

    -Sí, señoras. Claro. Pero yo no las puedo dejar pasar sin la autorización de la secretaría del Presidente. Vamos, que si no tienen audiencia no pasan. ¿Por qué no le escriben ustedes una carta, señoras?

    ¿Una carta? ¿Cómo se podría explicar todo su calvario en una carta? Eso era imposible. Hay cosas que no se pueden escribir. Como por ejemplo, el principio de esta historia de venganza y de sangre, de odio acumulado.

    Dos años después de que el Amadeo Cabanillas siguiera arando aquellos dos metros de las lindes de los Izquierdo, aquel año nefasto de 1959, el Jerónimo Izquierdo, el mayor de la camada, le tuvo que reventar el hígado de catorce puñaladas, para que aprendiera. La Guardia Civil, siempre la Guardia Civil en el horizonte de la familia Izquierdo, condujo al Jerónimo Izquierdo a la cárcel de Badajoz con condena de veintisiete años de cárcel. Pero el Jerónimo salió a los catorce años por buena conducta y las cosas continuaron igual. Puerto Hurraco es nada más que una calle larga y limpia y en cuesta y las casas de los Izquierdo y los Cabanillas están una frente a la otra.

    La autoridad desterró al Jerónimo fuera de la comarca y el Jerónimo se marchó a Barcelona a trabajar en la construcción, destino inexorable de tantos y tantos campesinos andaluces y extremeños. Pero el destino es el destino y lo escrito escrito está. En el tórrido verano de 1984 una humareda de fuego se alzó de la casa de los Izquierdo en Puerto Hurraco.

    El Emilio y el Antonio andaban en las faenas del campo y en la casa sólo se encontraban las mujeres: la madre, Isabel Izquierdo Caballero, de noventa años, y la Luciana y la Angela. Y las dos mujeres no pudieron hacer nada. La madre se convirtió en yesca, en carbón retorcido, aquel aciago verano de 1984.

    ¿De quién era la mano que prendió el fuego? Todos los Izquierdo lo sabían. No hacía falta juicios ni abogados ni autoridad alguna. La mano que prendió el fuego era una mano de los Cabanillas, que así se vengaban de la muerte del guapo Amadeo Cabanillas, uno de los suyos. ¿Para qué buscar más?

    El Jerónimo Izquierdo, el hermano mayor, a quien correspondía la venganza por derecho, bajó de Barcelona en secreto y se fue a buscar al Antonio Cabanillas, hermano de aquel otro Cabanillas, el Amadeo, muerto a navaja mientras araba lindes inconcretas.

    El Jerónimo encontró al Antonio Cabanillas en la cooperativa de Monterrubio haciendo las compras y le asestó cuatro puñaladas en la espalda sin mediar palabra. El Jerónimo siempre fue muy bueno a la hora de manejar el cuchillo.

    Nuevamente fue a la cárcel el Jerónimo. En esta ocasión por intento de asesinato, porque el Antonio Cabanillas no murió. Pero esta vez no salió de la cárcel de Badajoz. En 1986 un infarto lo tiró al suelo y le explotó el corazón.

    Luciana y Angela Izquierdo iban a contarle también eso al señor Presidente del Gobierno. Que su hermano mayor, el Jerónimo, no murió de muerte natural en la prisión de Bajadoz, sino con veneno suministrado por los Cabanillas. Las cosas estaban tan claras que no cabía otra explicación. El complot contra los Izquierdo se cumplía paso a paso.

    Por todo eso, a nadie debería extrañarle que el Emilio y el Antonio llevaran aquella mañana del 26 de agosto de 1990 las escopetas Franchi, automáticas, y trescientos cartuchos del calibre 70. Iban a hacer lo que tenían que hacer. ¿Es que acaso el señor Presidente del Gobierno no lo entendería?

    Claro que lo entendería. El señor Presidente del Gobierno lo entendería perfectamente. Nada se puede hacer cuando hay un complot de esas dimensiones. Un cerco en contra de la familia Izquierdo.

    Precisamente fue a partir de 1984, del incendio pavoroso de la casa de los Izquierdo en Puerto Hurraco, cuando comenzaron los ruidos en las cabezas de los cuatro hermanos supervivientes. Antes había habido como un zumbido, una premonición de ruido. El fragor en la cabeza vendría después, cuando los enemigos prendieron fuego a la casa con la madre dentro.

    Pero había más cosas que decirle al chico guapo ese, el señor Presidente del Gobierno, cosas que no se le podían decir al guardia civil de la puerta del Palacio de la Moncloa. Y era que la Guardia Civil era añada de los Cabanillas en el complot. Para eso los Cabanillas eran los caciques del pueblo. ¿Es que no estaba claro?

    Los hermanos Izquierdo sabían a ciencia cierta que la Guardia Civil había metido material de guerra en la casa pasto de las llamas, para que explotara y el incendio fuera más rápido y contundente.

    Los vecinos de Puerto Hurraco aún recuerdan las llamas que salían de las ventanas de la casa, los alaridos de la anciana y a las hermanas Luciana y Angela sacando a la calle la televisión, la cocina, la bombona de gas butano y la nevera. Todas cosas de valor que no se podían dejar a merced de las llamas. La madre se quedó dentro achicharrándose.

    Y entonces se mudaron de Puerto Hurraco a Monterrubio, distante diez kilómetros por carretera recta. Allí compraron casa en la calle Constitución, antes Generalísimo Franco. Allí vivirían los cuatro: Luciana, Emilio, Antonio y Angela. Los cuatro solteros, viejos ya desde su niñez, vestidos de negro, escuchando los terribles ruidos en la cabeza.

    ¿Eran aquellos ruidos el eco desgarrador de los gritos de su madre quemándose viva?, ¿o tenían otro origen? ¿Quién provocó aquel incendio? ¿Las manos asesinas terribles de los enemigos de los Izquierdo o fueron las dos hermanas? En el último caso se debe a un accidente, a una mala planificación, olvido quizás. ¿Quién lo sabe? –

    -Mi madre era una santa, ¿sabe usted? – le dijeron al cabo Teodoro Ramírez.- Una santa que ahora está en el cielo. Por eso mis hermanos, ahora…

    -¡Cállate! -gritó Luciana.

    -¡No, lo tengo que decir! Que ustedes pasaban por la puerta de la casa sin hacer nada y… el material de guerra… las cosas que ustedes… ni el pueblo entero, nadie ayudó y…

    -¡He dicho que te calles, Angela!

    La Angela tenía que haberle hecho caso a su hermana mayor, porque la Guardia Civil es la Guardia Civil, esté donde esté. Por eso, ellas mismas se fueron delante del cuartel de Monterrubio, días después del fuego, y se pusieron a insultar a la Guardia Civil, llamándolos cabrones, hijos de p*ta, sin hacer caso al sumario que abrió el señor juez por si lo del incendio fue intencionado o no, quedando claro y sobreseído juicio. No hubo mano criminal.

    Sin embargo, a ellas (veáse cómo continuaba el complot) las condenaron a dos meses de arresto y a examen psiquiátrico. ¿Había derecho a tanta ignonimia contra los Izquierdo?

    -Esperen ustedes un momentito, señoras – les dijo el cabo Teodoro Ramírez, ese día de guardia en la puerta Palacio de la Moncloa.

    El cabo se dirigió al telefonillo interior y llamó a la policía. Las dos mujeres vestidas de negro, pálidas y con los rostros hinchados por la falta de luz y aire, estaban escandalizando a los visitantes de La Moncloa que sí tenían audiencia.

    La policía tardó dos minutos en llevarse a las hermanas Izquierdo a la pensión Alegría, cercana a la estación de Atocha.

    De ese modo se enteraron de la extraña misión que les había llevado al Palacio de la Moncloa.

    Yo siempre me he dedicado a lo mío, ¿sabe usted?, a las cosas del campo, a recoger la aceituna, a arar para la siembra, la recogida del trigo… ya sabe, esas cosas. Teníamos nuestras tierrillas, no se crea, no éramos pobres, tampoco ricos, todo hay que decirlo, íbamos tirando con fatigas, con mucho trabajo. Allí había que arrimar el hombro. Todos trabajábamos desde que eramos niños, ya pequeños, ¿entiende? Un poco de escuela y para el campo, que hacen falta brazos, muchos brazos para el campo. No sé si usted entiende de estas cosas, pero en el campo, antes, no había infancia, ya se estaba con las faenas del campo desde pequeño. Uno ya era hombre cuando todavía no tenía edad para serio. Ahora es un poco diferente con eso de las cooperativas y los créditos agrarios y esas cosas. Ahora la vida en el campo es un poco más regalada, digo un poco más, no que sea como en la capital, pongo por ejemplo, que ahora los jóvenes no quieren saber nada del campo, van al servicio militar y se quedan en las capitales, que no quieren ni asomarse al campo. Al campo no quieren ni verlo. Y las mozas… bueno, las mozas jóvenes con esto de las discotecas y la televisión y todas esas cosas, tampoco se quieren casar con un hombre del campo como no sea rico , digo, como no tenga sus peonadas y sus tierras. Que si no, nanay, de criadas a Mérida o a Cáceres o hasta Barcelona y Madrid, que hay mozas de este pueblo en las casas, sirviendo. Bueno, también en las fábricas, de obreras, que eso les da más dinero y menos trabajo y más libertad para el… bueno, para lo que sea , que las mozas se malean en cuanto salen del pueblo, eso es verdad como que hay Dios, y el Gobierno tendría que hacer algo. Bueno, a donde van más los de Puerto Hurraco y Monterrubio es a País Vasco, a la parte de Zarauz, Amaya esos sitios… también a Bilbao, a las fábricas. Yo algunas veces me ponía a pensar que a lo mejor algún día me iría para allá a ver un poquillo de mundo, ¿no? Bueno eso es lo que se piensa de joven, pero me duró poco, cuando murió mi padre, pues todos tuvimos que arrimar más el hombro, todavía más. Y cuando murió el Jerónimo, que lo envenenaron aquí mismo, en la cárcel de Badajoz, pues lo mismo. Más trabajo, todavía mas… Pero es que… o sea, ya antes, cuando el Jerónimo tuvo que matar al Amadeo Cabanillas, se tiró catorce años en la cárcel y yo tuve que ser el hombre de la casa, si el trabajo antes era diez, pongo por ejemplo, pues entonces veinte, el doble. Así ha sido mi vida, ya le digo. Yo lo que se dice infancia, no he tenido nunca, siempre que echo la vista atrás me veo trabajando si parar. Primero ayudando a mi padre y a mi hermano mayor, el Jerónimo, y después yo solo con hermano Antonio. Pero ya ve, salimos adelante, que otros tienen menos que nosotros. Nosotros tenemos casa y coche, televisión, radio y esas cosas y comemos todos los días. Ahora no tenemos tierras porque las vendimos cuando lo del incendio, pero nos compramos la casa ahí en Monterrubio y todavía nos sobró algo, un milloncejo o así, que lo tenemos en el banco y que nos da nuestros dividendos, unas perrillas para ir tirando… No, trabajar no. Desde hace seis años ya no trabajábamos, ya le digo, vendimos las tierras. Yo ya no tenía salud, tenía una edad, y mi hermano Antonio, aunque es más joven, es un poquillo más… no sé, como más flojo, más dado al regalo.

    Bueno, mire, yo estoy como más tranquilo, como si me hubiera quitado un peso de encima. Aquí me dan de comer de balde, no tengo que trabajar y me tratan bien. Casi estoy mejor que antes, qué quiere que le diga… ¿Eh? ¿Mi hermano, el Antonio? Bueno… hablar no nos hablamos mucho, ésa es la verdad, él está en su sitio y yo en el mío. El por su lado y yo por el mío… a cada uno lo suyo… No, no se lo voy a decir, las cosas nuestras son nuestras, usted no tiene por qué enterarse. Si yo me enfado con el Antonio es cosa mía.

    La idea de la venganza se convierte pronto en una charca de agua oscura que se va pudriendo lentamente, y en donde bebe un pájaro carroñero. Y entonces ya no se puede disimular el olor a podrido. Un olor nauseabundo y helado, triste, que invade el cuerpo, llenándolo de razones para matar.

    Después del zumo de piña colada y de los cafetitos, los dos hermanos Izquierdo, llamados también “Los Pata Pelás”, caminaron con dificultad, bamboleándose por el peso de los cartuchos, hasta dirigirse a su furgoneta Citroén, blanca y sucia, y enfilaron la carretera recta que conduce desde Monterrubio a Puerto Hurraco. El calor ya apretaba y los dos hermanos, con los cartuchos cubriéndoles el cuerpo como una coraza, sintieron cómo las nuevas oleadas de sudor cubrían las viejas capas de sudor antiguo y retestinado.

    No eran pobres. Vivían de los intereses de una cuenta de dos millones y medio de pesetas y de los subsidios del paro por incapacidad laboral. Hay quien dice que los hermanos Izquierdo tienen más dinero escondido, fruto del seguro contra incendios. Pero eso son habladurías y ganas de liar las cosas.

    La vida de los cuatro en la calle Constitución de Monterrubio, antes avenida del Generalísimo Franco, era metódica e irreal, como la vida de los sueños. Desde que cortaron los cables de la luz, pensando que ése era el origen de los ruidos en sus cabezas, vivían sin televisión, sin radio, a oscuras, apenas alimentados con unas cuantas velas que diseminaban por entre los pobres muebles.

    Tampoco se les conocían amigos, distracciones o alguna risa perdida. Parece que ya nacieron adultos, reservados y desconfiados.

    Sólo algunos vecinos muy próximos tenían un vago recuerdo de ellos dos jugando la partida en el bar Casa Soriano, después de la siesta, sin que jamás probaran el alcohol o visitaran el único puti-club de la zona que se encuentra en el próximo pueblo de Zalamea y que cuenta con dos marroquíes, dos negras, una portuguesa, una dominicana y una española, todas regentadas por un vasco dicharachero con un pendiente en la oreja y el cuerpo tatuado.

    Los dos hermanos conocían Puerto Hurraco como la palma de sus manos y sabían que los domingos, con la fresca, no habría nadie en las casas. Todo el pueblo, más los emigrantes que habían regresado a la aldea desde las fábricas del País Vasco, se encontrarían en la calle, sentados en sillas y a las puertas de sus casas.

    Había una bala para cada uno de ellos. Trescientos cartuchos rellenados cuidadosamente con perdigones aplastados, bolas de acero que salen al rojo vivo y destrozan aquello que encuentran a su paso. Más de la mitad de aquellos cartuchos habían sido rellenados con cuidado y paciencia por los dos hermanos Izquierdo para que hicieran más daño y la posibilidad de error fuera mínima.

    Esa munición para jabalíes es ilegal, aunque se puede comprar en cualquier ferretería de la comarca. Son cartuchos de siete centímetros de largo que destrozan a las bestias del campo: zorras, lobos, jabalíes, águilas, y que ningún cazador prudente usaría o pensaría usar. Los destrozos son tan grandes que el animal queda inservible para la cocina.

    El radio de acción y la capacidad de destrozo de aquel instrumento mortífero desaconsejan su utilización excepto para matar por matar. Podría herir a cualquiera en un radio de veinte metros.

    Si mi hermano habla, yo no hablo. Que hable él, que le gusta mucho el chuchuchu, pregúntele a él, le gusta mucho salir en los papeles… No, le he dicho que no… ¿Esto es para mí? ¿Pasteles?.. Bueno, pues muchas gracias, pero ya me manda mi hermana pasteles, la Emilia… Bueno, cojo uno, uno nada más, pero no pienso… ¿Son de Madrid? Se nota… como más finos, ¿no?… Oiga, que no le voy a decir nada, ya se lo avisé… ¿Eh?…

    Nosotros hicimos lo que teníamos que hacer y nada más. Eso no lo entiende nadie. ¿Y usted quién es? ¿Quién le ha enviado aquí? ¿Es usted de los Cabanillas?… Ya, usted. puede decir lo que quiera, a ver qué va a decir.

    Desde la mañana temprano hasta las diez y media de la noche, el Emilio y el Antonio Izquierdo, alias “Los Pata Pelás” se quedaron a la vista de Puerto Hurraco, mirando el ir y venir de la gente en silencio, sin necesidad de hablar más de lo que ya estaba hablado y dicho, reconocido y claro.

    A la sombra de un olivo vaciaron sus zurrones de cazadores de tórtolas y comieron despacio lo que habían traído: dos hogazas de pan moreno, cecina y un pedazo de queso como de un kilo. El Antonio añadió media tableta de turrón de cacahuetes, tan frecuentes en Castuera, donde hay cinco fábricas turroneras.

    Como ninguno de los dos fumaba, después de comer sólo les cupo echarse la siesta, viendo las calles desiertas de la aldea, quizás escuchando a alguna madre llamar a su hija y el sonido tamizado de algún aparato de televisión.

    Hacía cuarenta y dos grados a la sombra. Y los dos hermanos Izquierdo esperaban.

    A las diez y media de la noche rodearon la aldea y entraron por detrás, por las casas apagadas que daban a los campos, cerca de los olivos.

    Había ruido en la calle Carrera de Puerto Hurraco. Los vecinos, en las puertas de sus casas, veían pasar, arriba y abajo, a los jóvenes y a los paseantes y hablaban. Todo el mundo hablaba a la vez. El sonido de las voces broncas de los hombres y los muchachos que bebían en los tres bares con que cuenta la aldea se mezclaban con las risas de los niños. Debieron escuchar las risas de los niños, apostados en el callejón que llega hasta la única calle de la aldea.

    A las diez y media de la noche de aquel 26 de agosto de 1990, los dos hermanos Izquierdo avistaron al fin a Antonia y a Encarnita Cabanillas, de trece y catorce años, sobrinas de aquel Amadeo Cabanillas, muerto a puñaladas treinta años atrás por Jerónimo, el primer vengador de la familia. Las niñas se tapaban la boca con las manos y se reían mientras paseaban.

    Entonces asomaron las cabezas y empezaron a apretar los gatillos de sus escopetas Franchi, automáticas.

    “Cohetes”, pensó el alcalde pedáneo del pueblo, Braulio Nogales.

    “¿Una fiesta ahora?”, pensó a su vez Ricardo Izquierdo, antiguo emigrante y ahora empleado del Ayuntamiento.

    Sin embargo, hubo mucha gente que no pudo pensar nada. Las primeras en caer fueron Antoñita y Encarnita Cabanillas, sobrinas del Amadeo e hijas de Antonio Cabanillas, el que no pudo ser asesinado por Jerónimo. Carmen, de dieciséis años, escapó con vida de la matanza por milagro.

    Araceli Murillo, de sesenta y dos años, murió en el acto, alcanzada en la cabeza, lo mismo que Manuel Cabanillas. Su hijo Manuel, de veinticinco años, fue alcanzado de gravedad. El niño de ocho años Guillermo Ojeda Sánchez cayó con el cráneo partido como una nuez. Su padre, Andrés Ojeda, corrió en su auxilio desde el bar y le dieron en el vientre, lo mismo le ocurrió a su abuela, Isabel Carrillo Dávila de setenta años, y a su tía Angela Sánchez Murillo, de cuarenta y dos años. Vicenta Izquierdo y Felicitas Benítez que estaban sentadas charla que te charla, también fueron alcanzadas por los cartuchos de las Franchi.

    José Penco recogió a dos heridos de la calle y se los pudo llevar en su coche a Castuera, al centro asistencias. Luego volvió a seguir ayudando y en la entrada del pueblo se encontró con los dos hermanos Izquierdo que parecían esperar a los que iban saliendo. A José Penco no le dio tiempo de salir del coche, dispararon contra él y murió en el acto, sobre el volante.

    Igual le ocurrió a Manuel Benítez, que intentó salir del pueblo llevando en el coche a su hermano Reinaldo, de sesenta y dos años, y a Araceli Romero, de sesenta. Los hermanos Izquierdo apretaron los gatillos y acribillaron el coche. Manuel Benítez tuvo el reflejo de agacharse y por eso salvó la vida. Los demás ocupantes del coche perecieron.

    “La calle se llenó de sangre y de cuerpos tendidos. Los heridos gemían y lloraban” , cuenta el alcalde pedáneo, “la sangre corría como si fueran arroyos después de las lluvias. Los heridos se arrastraban intentando salvarse y la gente se refugiaba en sus casas, atrancando las puertas”.

    Después de disparar cada uno tres cargadores de cinco cartuchos, los dos furtivos abandonaron el callejón y bajaron la calle, golpeando las puertas de las casas. “¡Salir, cabrones, os vamos a matar!”, dicen que gritaban los dos hermanos. De esa forma se dirigieron hasta la entrada del pueblo sin que nadie les molestara o les hiciese frente.

    En la entrada del pueblo se dedicaron a disparar a los coches que llegaban o intentaban salir. No corrían, no se precipitaban. Caminaban con esa sangre fría y determinación que da la decisión, la práctica y una idea fija en la cabeza. Parecía un plan metódicamente planeado y ejecutado con suma precisión.

    A las once de la noche llegó el primer Land Rover de la Guardia Civil de Monterrubio. Ni siquiera les dio tiempo de apearse del coche. Los hermanos Izquierdo destrozaron el pecho del guardia civil Juan Antonio Femández Trejo y la rodilla del otro guardia, Manuel Calero Márquez.

    Los hermanos Izquierdo, entonces, dieron de nuevo la vuelta al pueblo y se dirigieron hacia los cerros del Jibe y los Callejos. A las once treinta, llegaron catorce guardias civiles que encontraron la calle Carretera desierta y cubierta de sangre de cuerpos que se movían, pidiendo ayuda. Hasta las doce llegó un contingente fuerte de guardias civiles. Alrededor de doscientos al mando de teniente coronel que ordenó registrar la zona. Ya se había acabado todo: los treinta años de rumiar venganza, los gritos, las maldiciones en silencio, el odio viejo. No hubo demasiado ruido, ni demasiado estrépito, si se exceptúa el sonido de las escopetas repetidoras. La venganza exige silencio y degustación. La alharaca sobra en estos casos. En apenas hora y media la camada Izquierdo había cumplido el viejo de que la sangre con la sangre se paga.

    Dejaron en la calle Carrera de Puerto Hurraco un saldo nada despreciable: nueve víctimas y seis heridos y un sueño de espanto y de sangre que jamás se olvidaría. Tardarían tres largos días en limpiar los regueros de sangre espesa que jalonaban la calle en cuesta y, probablemente, mucho más tiempo en limpiar la cabeza de tanto espanto.

    A la mañana del otro día, justo cuando Luciana y Angela mascullaban imprecaciones por no haber sido recibidas por el Presidente del Gobierno, fueron encontrados los hermanos Izquierdo.

    No habían ido demasiado lejos, no pretendían esconderse.

    Emilio fue encontrado durmiendo a las afueras del pueblo, a menos de un tiro de piedra de las casas del pueblo. Antonio se desperezaba entre los olivos como si no hubiese pasado nada, quizás hasta un poco asombrado de que tal contingente de guardias civiles fuera a por él. Las imágenes de los fotógrafos de prensa los muestran aún abotargados por el sueño, un poco confusos y hambrientos.

    Nada más ser conducidos a las dependencias carcelarias del Juzgado de Castuera, los hermanos Izquierdo pidieron de comer. El estómago es el estómago y ahí sí que no valen subterfugios. Del restaurante La Ideal les trajeron montados de lomo, ración de calamares bien abundante y tarta de manzana.

    A los guardias civiles que vigilaban la comida se les hizo un nudo en la boca del estómago. Los dos hermanos Izquierdo comían como si tal cosa: degustaban la comida y efectuaban esos ruiditos de satisfacción que produce un estómago agradecido y bien tratado.

    El joven juez Casiano Rojas estuvo con ellos más de tres horas, mientras los periodistas y cámaras de televisión alborotaban el pueblo, instruyendo el sumario más extraño e importante de su corta carrera en Magistratura.

    Dicen que el joven juez les preguntó:

    -¿Por qué lo habéis hecho?

    Emilio, que es el que habla siempre, se encogió de hombros. Los dos hermanos se encontraban tranquilos y reposados, como si estuvieran viendo una película. Al juez le pareció que aquello no tenía nada que ver con la sangre fría. Era otra cosa. Algo impalpable y viscoso.

    -Ya nos hemos vengado -contestó al fin Emilio-. Ahora que sufra el pueblo.

    Y su hermano Antonio asintió, cabeceando.

    -Pero habéis matado a nueve personas y…

    Emilio le interrumpió.

    -Que sufran. También sufrió mi madre.

    A Luciana, apodada la Víbora, y su hermana Angela, la policía las hizo subir en un vagón de primera y las acompañó a Badajoz. Allí estaba previsto que un coche de la Guardia Civil las acompañara a Castuera, donde el juez Casiano Rojas las interrogaría.

    La estación se encontraba llena de periodistas, curiosos y la Guardia Civil. Entre los curiosos se encontraba Antonio Cabanillas, cuyo hermano Amadeo, el guapo, requerido en amores inútilmente por Luciana, la Víbora, fue asesinado a cuchilladas por Jerónimo Izquierdo en 1961. Ese mismo Antonio Cabanillas fue también cosido a puñaladas por el mismo Jerónimo, el mayor de la camada Izquierdo, en 1986.

    Y ahora, en 1990, ese mismo Antonio Cabanillas había perdido a dos hijas, Antoñita y Encarnita, bajo la metralla de otros Izquierdo.

    La Guardia Civil le encontró entre sus ropas un cuchillo de monte. Contestó, cuando le preguntaron por qué llevaba eso encima:

    -Por nada, siempre lo llevo.

    Emilio y Antonio descansan ahora en la prisión de Badajoz y sus hermanas Luciana y Angela en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Mérida.

    No se ven, ni se escriben, ni parecen echarse de menos los unos a los otros. Cada uno. debe seguir sintiendo los mismos zumbidos, los mismos ruidos en las cabezas. Ese crepitar dentro del cerebro que no abandona a uno ni de día ni de noche y que surgió en el mismo momento en que la anciana Isabel Izquierdo gritaba achicharrándose en su casa de Puerto Hurraco, allá en 1984.



    VÍDEO: LA MATANZA DE PUERTO HURRACO
  • MATANZA PUERTO HURRACO
    Cuestión de sangre
    La periodista Mónica González Álvarez investiga la cruenta venganza de los hermanos Izquierdo, que asesinaron por las calles de su pueblo natal, Puerto Hurraco, a nueve personas. Un caso que conmocionó a España.
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    Vista de Puerto Hurraco durante los años noventa. / Miguel Gener (Diario Hoy)

    DANIEL MARÍN
    Madrid
    05/02/2017 - 21:53 h. CET

    Una nueva historia de la periodista, escritora e investigadora Mónica González Álvarez. Escucha nuestro último caso real.

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    Con sus escopetas cargadas y bien surtidos de munición, los hermanos abrieron fuego contra todo lo que se movía. El objetivo: vengar un asesinato y décadas de odio acumulados. Un rencor forjado a sangre entre dos familias rivales: Los izquierdo –apodados los ‘Pastaspelás’– y los Cabanillas –los ‘Amadeos’–.

    Una tragedia que tiene su origen en disputas por unas tierras que se remonta a 1961y que también acabó en crimen. Antonio Cabanillas era el enemigo acérrimo de los Izquierdo.

    El hermano de Antonio, Amadeo, penetró con su arado en un terreno de Manuel Izquierdo, por cuyas lindes se peleaban ambas familias. Para más deshonra, rehusó casarse con Luciana, una de las hermanas de los Izquierdo.

    El historial de odio no hizo más que comenzar. Jerónimo Izquierdo, el mayor de los hermanos, mató a Amadeo Cabanillas. Tras cumplir su pena en prisión, apuñaló gravemente al hermano, Antonio, que pudo sobrevivir. Lo acusaba de provocar el incendio en el que murió la madre de los Izquierdo, Isabel.

    Había que culminar la venganza. Tras el episodio de furia, los hermanos se escondieron en la Sierra. Poco después fueron detenidos sin plantar resistencia.Ninguno de los dos mostró jamás muestras de arrepentimiento. Antonio Izquierdo manifestó que si no hubieran sido detenidos, hubieran continuado masacrando a la familia rival.

    Contamos con las voces de: Francisca González, Prado Rivera, Rafael de la Rica,Carlos Piñeiro, Carlos J. Pérez, Fernando Incera y Nacho Gijón. Guión de dramas deSergi Moral y Mona León Siminiani.
    http://play.cadenaser.com/audio/001RD010000004444733/
  • La Masacre de Puerto Hurraco
    ReleasedSep 01, 2016

    Puerto Hurraco se hace conocido tras los sucesos acaecidos el 26 de Agosto de 1990 pero tras esto y mucho tiempo después de los sucesos, se fueron descubriendo que aquella pelea entre la familia Izquierdo ( conocidos también como los Pataspelas ) y los Cabanillas ( llamados Los Amadeos) venia desde hacia muchos años atrás. Unos sucesos en el que la mayoría de los muertos y los heridos no tenía que ver con los Cabanillas ni mucho menos con las rencillas entre éstas dos familias.

    http://www.ivoox.com/masacre-puerto-hurraco-audios-mp3_rf_13341181_1.html




 
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Y para terminar hace poco escuché este audio en el programa de Iker Jimenez en su "Universo Iker", trata sobre los bajos fondos y el hampa patriode mediados del siglo XIX a comienzos de la guerra civil ya en el XX:

Iker Jiménez nos invita a un viaje hacia una de las páginas desconocidas de nuestra historia. A los bajos fondos donde gobernaban los apaches, las ratas de hotel, los trogloditas, los espadistas, los sirleros y demás fauna alucinante del hampa. Una época turbulenta y terrorífica que supera cualquier ficción, donde abundan las sectas secretas y las cofradías de asesinos. Además, volveremos a estremecernos con la tercera historia inmersiva de la temporada: 'La cabeza'.

http://www.ivoox.com/universo-iker-t3x05-la-mala-vida-audios-mp3_rf_21569430_1.html