Censura política en las redes sociales


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Uganda les dice a Mark y Jack que si no van a ser majos y ecuánimes con todos, todos, los ugandeses como estaban haciendo, que pasan de seguir dejándoles operar.
Jack responde que le parece fatal este cierre de plataformas y lo condena mogollón

 
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25 MILLONES de personas se han apuntado a Telegram en las últimas 72 horas. Os recomiendo que hagáis lo mismo. Abandonad WhatsApp (que es de FaceBook) y pasaos a Telegram o a Signal. Y convenced a vuestro círculo.
 


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LAS 'BIGTECH' Y EL FIN DE LA DEMOCRACIA
Agustín Laje13 enero 2021
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El uso de la fuerza no es principio de vitalidad del poder sino de su desesperación. La fuerza es siempre un último recurso; después de ella, no hay nada. Por eso, la noción de hegemonía explica mucho mejor la vitalidad del poder. Antonio Gramsci definía al Estado como “hegemonía acorazada con coerción”. Lo que quería decir con esto era que son los procesos hegemónicos, entendidos como dominación cultural, los que estabilizan el poder. La coerción, en cambio, opera allí donde el consenso no basta. Así pues, el poder perfecto no es el que azota, sino más bien el que acaricia.
Lo que está sucediendo con el mundo digital —que es hace tiempo nuestro mundo— podría analizarse con arreglo a esta idea general. La censura en redes no es cosa nueva; más bien, se ha venido soportando desde hace tiempo una escalada de censuras especialmente dirigidas, por motivos ideológicos, contra cuentas y perfiles de derechas. No son suposiciones mías: es lo que Mark Zuckerberg admitió, sin vacilar, hace algunos años en el Senado norteamericano. Básicamente, que las élites de Silicon Valley son “progresistas”, y que a ello obedece la guerra ideológica contra disidentes.
La derecha ha hecho bien su trabajo. Aislada de los medios de comunicación tradicionales, supo refugiarse en las redes
Pero la sistematicidad de la censura es un efecto. Su causa se halla en la sistematicidad de la resistencia. Foucault ya decía que “donde hay poder hay resistencia”. Ahora bien, la resistencia puede hacer cosquillas o puede incomodar realmente al poder. La censura es fruto de la incomodidad; el poder, cuando censura, despliega su fuerza pero, en ese mismo acto de demostración de poder, deja ver también su debilidad. Y su debilidad consiste en ser desafiado; en verse obligado a dejar caer su máscara democrática para revelar sus mecanismos represivos. Por eso la aprobación a Trump creció del 47% al 51% luego de la censura de Twitter (según Rasmussen), y por eso las acciones de Twitter se desplomaron en la bolsa de valores.
Si la derecha es censurada, es porque ha hecho bien su trabajo. Aislada de los medios de comunicación tradicionales, la derecha supo refugiarse en las redes. Desde allí planteó su batalla cultural. Casi como guerra de guerrillas digital. La debilidad de las estructuras organizativas se compensó con un ingenio virtualmente infinito. Asedio de memes; infinidad de videos virales; contra-información, contra-cultura digital; periódicos alternativos; debates desopilantes; cuentas seguidas por millones de personas ávidas de opiniones desmarcadas de la corrección política. La izquierda fue ampliamente sobrepasada en el terreno online, mientras seguía agarrada a los periódicos de siempre, que juntan polvo en los cafés, y a una TV cada vez menos vista.

Pero todo esto quiere terminarse pronto. Los dueños del sistema no permitirán que la hegemonía progre siga siendo asediada. Trump fue un fallo del sistema; la derecha es un fallo del sistema. Deben cortar esto de raíz. Internet quiso ser el punto de llegada de la democracia, y así fue como lo vendieron durante tres décadas. Finalmente, terminará siendo el origen de la dictadura perfecta, que no es la del PRI mexicano, sino la de la total privatización del espacio público y la total publicidad de la vida privada a través de la vigilancia perpetua y ubicua.
La eliminación de las cuentas de redes sociales de Donald Trump marca este acontecimiento, que es el desvelamiento de la dictadura perfecta de lo digital. Porque la eliminación de la existencia online implica, políticamente, la eliminación de la existencia offline. No hace falta matar a nadie, como hicieron con Kennedy. La política en nuestra sociedad-red es, como bien notó hace algunos años Manuel Castells, política mediática y, más concretamente, política digital. ¿Qué quiere decir esto? Que la política por fuera de las plataformas digitales ha muerto; que es imposible hacer política sin existir digitalmente; que matar a alguien digitalmente equivale a matarlo políticamente.
Habrá que seguir combatiendo en las redes hegemónicas, que es donde está la audiencia indecisa
El acontecimiento es Trump, pero esto alcanzará potencialmente a todos los disidentes. Las BigTech han mostrado tener más poder que el Presidente del país más importante del mundo que, además, es un empresario multimillonario. Twitter, Facebook, Instagram, YouTube, SnapChat, suprimieron a Trump de sus redes; plataformas de comercio, pago digital y donaciones como Stripe, PayPal y Shopify lideran un boicot contra las empresas de Trump. ¿Qué queda al hombre común? Mientras algunos libertarios de izquierda justifican la censura y el boicot oligopólico, Ron Paul, el político libertario más importante de la historia del movimiento libertario, acaba de ser bloqueado en Facebook por publicar una opinión considerada “incorrecta” por las “normas comunitarias”.

Todo esto supone el fin de la democracia. Ello así porque es el fin del espacio público en tanto que espacio abierto para todos al debate público, en virtud del cual el sistema democrático descansa. Ya no hay “plaza pública” alguna sino plataformas digitales privadas. Ya no hay ciudadanos sino usuarios. La diferencia es elemental: aquél tiene derechos y libertades políticas, éste no. El usuario ingresa, pues, a un espacio público privatizado que es determinante para el proceso político: un espacio público en el que, empero, no opera ningún Estado de derecho, sino “normas comunitarias” inefables, elásticas, flexibles al infinito, sobre las que fallan los dueños de las redes sociales y sus sistemas inteligentes. Un espacio público que, además, está controlado por un puñado de empresas que fueron beneficiadas por el Estado, y contra las cuales es imposible competir.
Existieron intentos. Parler, por ejemplo: una red social conservadora que fue rápidamente quitada de “Google Play”, el sistema de descarga de aplicaciones de Android, y de Apple Store, el equivalente en IPhone. Como ello no bastó para destruir la red en cuestión, Amazon desconectó los servidores en los que Parler funcionaba. Había que frenar la migración, la reagrupación digital de las derechas digitalizadas, porque lo que se está perdiendo es la hegemonía progre. Para peor, John Matze, CEO de Parler, ha revelado que ningún proveedor de servidores web quiere brindarles su servicio, por lo tanto no puede competir. ¿Se puede seguir hablando en este contexto de “libre mercado”?
Hay que duplicar nuestras presencias: estar en redes alternativas, pero permanecer en redes hegemónicas. Duplicar el terreno de combate
Hay “liberales” que no encuentran en todo esto problema alguno. Al fin y al cabo, argumentan, es una empresa privada, y por lo tanto tienen la libertad de… censurar. Lo comparan con un periódico o con una empresa cualquiera. Comparación patética. La diferencia esencial del mundo digital es que, además de constituir un oligopolio, ha colonizado el espacio público, imponiéndole sus propias reglas y, por tanto, dejándonos a todos sin libertades políticas reales. Y más aún: el mundo online va colonizando sin cesar la totalidad de nuestra existencia, en un desquiciado proceso de privatización de lo público y de publicitación de lo privado. La pandemia aceleró este proceso, y lo que llaman “nueva normalidad” es precisamente eso.
Todas nuestras actividades van siendo absorbidas por las plataformas online. Ya no hablamos sencillamente de comunicación y divertimento; hablamos también de trabajo, religión, educación, provisión de servicios públicos, bancas online, compras, ventas, política, sexualidad. De lo más propio de la esfera pública, a lo más propio de la esfera privada. La distinción público/privado se va disolviendo. Internet parece constituir un momento de síntesis entre estas esferas que el mundo moderno concibió separadas. Los algoritmos y el BigData almacenan nuestra privacidad con fines comerciales y políticos, mientras los sistemas censores y los “revisores de contenido” suprimen nuestras opiniones disidentes.

La dictadura digital es una dictadura perfecta. Parece inevitable. Apagar el mundo online es apagar nuestro mundo offline, porque la interdependencia entre ambas dimensiones hoy es total. No en vano se ha dicho, desde la sociología contemporánea, que los datos y la información constituyen la verdadera infraestructura de la sociedad del Siglo XXI. Un mundo sin Internet es hoy imposible.
¿Qué hacer entonces? El aislacionismo es la peor decisión. Habrá que seguir combatiendo en las redes hegemónicas, que es donde está la audiencia indecisa, a la que la batalla cultural de la derecha debe conquistar progresivamente. El combate debe ser cauto, procurando evadir, en la medida de lo posible, la censura. Mientras tanto, habrá que esperar que alguna nueva red social pueda, con servidores propios, ver la luz. Se rumorea que Trump podría comprar su propia red social. Si eso ocurre, hay que duplicar nuestras presencias: estar en redes alternativas, pero permanecer en redes hegemónicas. Duplicar el terreno de combate. No caer presos de una burbuja donde terminemos hablando entre convencidos, porque en tal caso, la censura habrá ganado, y nuestra batalla cultural se transformará en una mera reunión de amigos.
 
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Líderes de todo el mundo condenan la dictadura de las grandes tecnológicas​

AMENAZA A LAS LIBERTADES FUNDAMENTALES
LGI13 enero 2021
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Ante el ataque de las grandes tecnológicas a la libertad de expresión, cuyo culmen se ha visto estos días con el cierre de las cuentas en todas las redes sociales del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, importantes políticos e incluso empresarios han levantado la voz para reclamar que cualquiera pueda expresar sus ideas sin ser censurado.
Uno de los primeros en condenar estas actitudes fue el líder de VOX, Santiago Abascal, que lamentó que estas multinacionales se hayan convertido en “policías globales del pensamiento”. En este sentido, denunció que el mundo se encuentra “ante una amenaza global a las libertades fundamentales” y advirtió que quienes celebran la censura al presidente Trump pronto podrían ver amenazada su propia libertad para disentir.

“Si las grandes tecnológicas deciden quién puede opinar en las redes sociales y quién no … ¿de qué sirven constituciones, derechos, soberanías y jueces si todo queda sometido al criterio de unos pocos? Nos jugamos la libertad y la democracia frente a la censura y la tiranía”, expresó el líder de VOX.
Por su parte, la canciller alemana, Angela Merkel, calificó la decisión de Twitter de cancelar la cuenta de Trump de “problemática”, ya que la eliminación de mensajes en las redes entra en conflicto con la libertad de expresión.
Según el portavoz del gobierno alemán, Steffen Seibert, lo correcto sería que el Estado y, en particular, el Parlamento establezcan “un marco” a partir del cual regular el uso de las redes sociales. Asimismo, señaló que solo los legisladores pueden restringir derechos fundamentales tales como la libertad de expresión.

También el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, salió en defensa del presidente norteamericano y criticó a las empresas de redes sociales, calificando la suspensión de las cuentas como “censura”: “Imagínense que Twitter como empresa decida ‘usted no, porque lo que está diciendo es nocivo, perjudicial o va en contra de las buenas costumbres, del buen gobierno. Te castigo porque yo juez como la Santa Inquisición considero que lo que estás diciendo es perjudicial”. “¿Dónde está la norma? Eso es un asunto de Estado”, recalcó.

Leyes para proteger al usuario​

El Gobierno polaco está siendo pionero en la defensa de la libertad en Internet y ya ha iniciado los trabajos en un proyecto de ley con el que combatirá la censura ideológica. Según el borrador, pretende otorgar a los usuarios de las redes sociales un derecho legal para apelar las prohibiciones y la eliminación de contenido en Facebook y Twitter. Este derecho podrá ser ejercido en un nuevo Tribunal para la Protección de la Libertad de Expresión.
El viceministro polaco, Sebastian Kaleta, ha remarcado que “esta ley es una respuesta a lo que están tratando de imponernos como normas legales”.

‘Mucha gente está muy descontenta’​

Y no solo están preocupados los políticos. Empresarios muy conocidos como Elon Musk, CEO de Tesla y SpaceX, se han manifestado en contra de este control.
Musk declaró recientemente que “mucha gente está muy descontenta con que las grandes tecnológicas de la costa oeste sean los árbitros de la libertad de expresión”.

No podemos dejar de mencionar a uno de los grandes perjudicados por esta censura: La ‘app’ Parler, la red boicoteada por las grandes tecnológicas. Parler pretendía ser la alternativa a Twitter con una política de ‘free speech’ en la que no cabía la censura. Se había convertido en un territorio absolutamente libre en el que se podían verter opiniones sin miedo a que los administradores censuren un post o cancelen una cuenta. Su objetivo era ser otro Twitter, pero sin ningún tipo de arbitraje.
Ante los últimos acontecimientos, John Matze, CEO y fundador de la ‘app’, acusó a las tecnológicas de “querer matar a la competencia” en su campaña para silenciar a las cuentas cercanas a Trump.
Matze opina que hay un “problema grave con las redes sociales”, pero lo relaciona con un beneficio claro hacia posturas de izquierda y no piensa que una mayor regulación vaya a cambiar nada, sino que lo que se necesita, a su juicio, es todo lo contrario, la liberalización total.

CENSURA
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