Asesinato de Anabel Merino en 1992

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Quince años sin Anabel

El asesinato de Anabel Merino, cometido en agosto de 1992 en el barrio donostiarra de Intxaurrondo, se encuentra archivado y todavía sin un claro sospechoso.

Anabel Merino Dávila tenía todo el futuro por delante, unas ganas inmensas de vivir. El ímpetu de sus 21 años podía con todo. Desbordaba energía por cada uno de sus poros. «Tenía prisa por vivir», recuerda hoy su madre, Isabel Dávila. Hace ya quince años que en su casa no le ven entrar por la puerta, pero todavía le sienten muy cerca. Su familia, sin embargo, no es la misma desde que no está con ellos, desde la mañana del 11 de agosto de 1992 en la que un desconocido acabó con las ilusiones de esta joven donostiarra.

Anabel salió aquel día muy temprano para acudir a un trabajo temporal que había obtenido en el Oncológico de la capital guipuzcoana. Poco antes de las seis de la mañana, a no mucha distancia de su casa, la joven aguardaba la llegada del coche de una compañera que le llevaría hasta el centro sanitario. Anabel no subió a aquel vehículo. Una persona le abordó de manera inesperada y la apartó a un camino que unía el paseo de Zaratiegui con el de Mons, en el barrio de Intxaurrondo. El agresor le asestó una puñalada en el vientre y efectuó un total de cuatro cortes en el cuello. Prácticamente la decapitó. Sus gritos fueron escuchados por algunos vecinos. Pero nadie prestó demasiada atención. Era Semana Grande y creyeron que aquel alboroto era uno más dentro de la madrugada festiva.

El cadáver de la joven no tardó en ser descubierto. Patrullas de la Guardia Municipal cercaron el escenario del crimen. Algunas personas comenzaron a arremolinarse. A esa hora, el padre de Anabel salía también de casa para acudir al trabajo. No tenía ni idea de lo que había sucedido, pero vio el revuelo y se acercó.

-«¿Qué ha pasado?, preguntó.

-«Han matado a una chica», le respondieron.

Su corazón dio un vuelco. «Mi hija ha pasado por aquí», dijo el padre.

-«Pase usted», le indicó el agente.

El padre caminó hasta en lugar en el que yacía la víctima. La miró, era ella, era su hija. Conmocionado, abrumado... regresó a casa. «Al ver que mi marido regresaba le pregunté que qué le sucedía. Me dijo que habían matado a una niña y que creía que era Anabel. ¿No podía ser! No podía creer lo que me estaba diciendo. ¿Cómo me pueden estar gastando una broma tan terrible?, pensaba. No me dejaron ver a Anabel. No pude ni velar a mi hija, ni siquiera pude darle un beso de despedida», afirma hoy Isabel Dávila.

La Policía Nacional inició la investigación. «Lo que se hizo en los tres primeros años fue una chapuza», opina la madre. Los agentes asignados al caso no hallaron un sólo vestigio, un rastro que les condujera hasta el autor material. El tiempo corría a favor del asesino y la ausencia de pruebas hizo que las diligencias abiertas por el Juzgado de Instrucción número 2 de la capital guipuzcoana fueran archivadas «por falta de autor conocido».

Violador en serie

Tres años más tarde, el caso fue reabierto, después de que la Asociación Clara Campoamor ofreciera la colaboración de su gabinete jurídico a la familia de la joven asesinada y ante la creencia de que un violador en serie de Valladolid, Pedro Luis Gallego Fernández, tuviese alguna vinculación con el crimen. El sospechoso, condenado por otros asesinatos y violaciones, fue trasladado a la capital guipuzcoana, donde prestó declaración. Sin embargo, el magistrado instructor entendió que no había elementos para incriminarle. El propio Gallego Fernández negó su participación en el asesinato. Ante la falta de datos, el asunto fue nuevamente archivado en 1996.

Durante los cuatro años siguientes, el sumario no hizo sino acumular polvo. La familia de la joven asesinada, no obstante, se esforzó por que el caso no cayera en el olvido. Incluso ofreció una recompensa a quien facilitara un dato que aportara algo de luz al caso. «Hay personas en Intxaurrondo que saben quién le quitó la vida a mi hija. A ellas quiero suplicarles que colaboren, que llamen, que piensen que un asesino anda suelto», dijo entonces la madre. La petición dio resultado. Un comunicante proporcionó un dato que parecía vital para el esclarecimiento del asesinato. La confidencia llevó al juzgado a solicitar un permiso a las autoridades de un estado suramericano para que permitieran que una comisión integrada por policías pudiera interrogar a un ciudadano español que se habría trasladado a dicho país, donde permanecía preso por un delito cometido al otro lado del océano. Se creyó que este individuo podía ser el autor material., Sin embargo, esta línea de investigación no dio los resultados esperados y el caso ha vuelto a ser archivado recientemente.

A Isabel Dávila, la muerte de su hija le duele hoy exactamente igual que hace quince años. Las lágrimas se asoman a sus ojos cada vez que evoca la tragedia. Se siente decepcionada por el trato que reciben las familias de las víctimas de determinados delitos. La familia decidió cambiar de domicilio para no tener que enfrentarse todos los días al lugar en el que Anabel fue asesinada y la fuente que el agresor utilizó para limpiarse las manos manchadas de sangre. Pese al tiempo transcurrido, Isabel Dávila no descansará. «Tengo alguna sospecha de quién mató a mi hija, pero no voy a decir nada».
 

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Es increíble la cantidad de casos sin resolver de chicas jóvenes asesinadas.
Si tiene una sospecha imagino que se trate de alguien conocido,no de un asaltante por oportunidad.
Tenía pareja?ex pareja? se sabe algo?
En las noticias no mencionan nada significativo de parejas o ex, pero desde luego la frase de la madre es significativa. En estos casos siempre recaen las sospechas en alguien, aunque no trasciende más allá de la investigación sino hay pruebas sólidas.
 
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No tenía ni idea de este caso.Parece que hubo dos líneas de investigación que quedaron en nada.
¿ Coincidirá la sospecha de la familia con alguno de estos dos individuos? Aunque no lo puedan decir abiertamente, a veces dejan caer algo.