"Adios, Princesa" Libro de David Rocasolano, primo de Letizia Ortiz. Capitulos y extractos. (1 Viewer)

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Felipe VI visto por el primo de Letizia

Martes 18 de agosto de 2020

Pues no. El Demérito no es tan europeo como para irse a vivir bajo una monarquía europea de las que aun quedan. Se ha ido, en un viaje impresentable, a una de las dictaduras machistas del Golfo donde no hay elefantes sino camellos y mucho calor. Me da que vendrá pronto.
Hoy quiero hacer un apunte sobre Felipe VI. Muchos preguntan cómo es y qué piensa de la vida. Hay poca información sobre él, aunque los catalanes saben como lee discursos unitarios tras la votación de hace tres años. Dicen que es más de la dinastía de la madre que un Borbón de esos que les gusta borbonear. Este parece más serio.
Saco este trabajo del primo carnal de Letizia Ortiz quien escribió un libro poco halagüeño sobre su prima, aunque dejaba mejor parado al marido de ésta, Felipe VI. La prima Letizia debe ser un bicho serio. Juzguen ustedes.
Esto fue lo que escribió:
“FELIPE
Yo, aparte de simpatía por él, sentía cierta fascinación por conocer cómo había sido su formación académica, militar, vital. Y lo bombardeaba a preguntas
—Oye, y eso de hacer volar un reactor de combate, eso debe de serla hostia.
Él me contestaba en plan divertido, restándole a todo importancia.
—Bueno, sí. Pero no te creas que he hecho tantas cosas. Yo no he hecho la carrera militar, o las demás carreras, como las hace cualquiera.
—Bueno, algo de idea tendrás. Eres licenciado en Derecho y Económicas…
—No, hombre. Pero no es lo mismo que en tu caso, por ejemplo. Yo tenía un tutor para cada cosa. Tampoco haces exactamente la carrera. Te centran en asuntos puntuales que tienes que conocer. Por ejemplo, Derecho Internacional, Público… Yo no estaría capacitado para ejercer de abogado ni para dar ninguna clase de economía a nadie.
Sin embargo, se le puede considerar una persona culta. No hablo de cultura libresca, ya que no es nada aficionado a la lectura, pero ha estado en tantos lugares, ha vivido tantas experiencias extraordinarias aconsejado por expertos, que puede mantener una conversación fluida e inteligente sobre prácticamente cualquier tema. Incluso, a veces, se enredaba con Antonio Vigo en alguna charla sobre arte contemporáneo. Felipe era el único capaz de sacar a Antonio de su ensimismamiento silencioso.
Si tengo que proponer como un mal menor que este tío sea el rey, me parece hasta aceptable. En España se dice mucho que, más que monárquicos, somos juancarlistas. Se nota que no conocen personalmente a Juan Carlos. Felipe es una persona mucho más inteligente, mucho más formada y con mucha más humanidad y humildad que su padre. Quizá, como Juan Carlos lo sabe, no le permite demasiados gestos espontáneos en público. Como si temiera que su hijo le robara el protagonismo. Y más en estos últimos años, cuando se ha desatado cierta presión mediática para decirle al jefe que ya va siendo hora de abdicar.

———-o———-
De repente, volvimos al alineamiento. Comenzaron los saludos. Siempre, Juan Carlos en primera fila. Hasta que me tocó el turno.
—Encantado, chaval. ¿Cómo estás?
Después me fui dando cuenta de que eso que llaman la campechanía de Juan Carlos es, sencillamente, la forma de actuar de alguien a quien todo lo que no sea él, y lo suyo, le da exactamente igual. A modo de ejemplo, el «me quita el sueño el paro de los jóvenes» o el «hay que apoyar a los desempleados y a sus familias» a mí no me desvela tanto como al rey, pero sí me preocupa, y mucho. La diferencia es que yo al día siguiente no me voy a cazar elefantes a Botsuana siendo presidente de una asociación de protección animal. La verdad es que tampoco puedo permitírmelo. Y no veo la utilidad de matar un elefante. Los elefantes no me han hecho nada.
Con el tiempo, me fui encontrando al rey en numerosas ocasiones, tanto en Palacio como en la Casa del Príncipe. Y siempre se repetía la misma escena.
—¿Y tú? ¿Tú quién eres?
—David Rocasolano. El primo de Letizia.
—Ah.
Nunca recordó mi nombre. Ni falta que me hace.
Y allí estábamos, los Ortiz-Rocasolano, las fieras republicanas de la revolucionaria Asturias, en el Palacio de El Pardo, residencia de Franco, y riéndole las gracias al rey. Las vueltas que da la vida, querido abuelo.
De repente, Juan Carlos reparó en las dos pantallas de plasma que había en el salón. Ambas sintonizaban, con el volumen a cero, un programa rosa sobre la pedida de mano, y en aquel momento gesticulaba el rostro mudo de Jaime Peñafiel

———-o———-
Y allí estaba el periodista, en televisión, mudo y enfervorecido, gesticulando feroz en la pantalla. Juan Carlos se volvió hacia los presentes, familiares todos que lo adoran, y les dijo.
— ¡coxx! ¡Mirad! ¡Sí es Jaime!
Y soltó una risotada de malo de película de terror de la Hammer que fue coreada inmediatamente por los oligarquitas, los amigos y primos de Felipe, que siempre le llaman Jefe.
—Jajaja, Jefe, jajaja.
Una conversación plena de contenidos, en resumen.
En ese momento se acercó a nosotros el jefe de protocolo con sus maneras melifluas de plebeyo excesivo.
———-o———-
El rey es un maleducado.
El rey pasa de todo.
He leído y escuchado en muchos sitios que Juan Carlos mantiene una relación poco cordial con Letizia. Que se llevan mal, en resumen. Yo no lo percibí nunca así. El trato que el rey le dispensa a Letizia es parecido al que le ofrece a Sofía, a sus hijos o a sus nietos. En las numerosas ocasiones en las que los he observado, jamás he visto de Juan Carlos un gesto de cariño o afecto hacia su hijo. Ni hacia nadie. Juan Carlos trata a todo el mundo por igual, no debe ser clasista, con una indiferencia y un desdén tan palpables que impresionan. Como si estuviera por encima del bien, del mal y de nosotros. Como una deidad a un insecto. Da la impresión de que se ha creído su papel, de que ha interiorizado que es un ser superior que merece el vasallaje, y va por la vida luciendo una displicencia absoluta, un desinterés indisimulado hacia todo lo que no sea él. Letizia lo asume y le llama majestad. Yo me limitaba a tratarlo de usted. Las palabras majestad o alteza me resultan malsonantes.
En cuanto a mi familia, a veces me avergonzaba del exceso de vasallaje que mostraban. A mi tía Paloma, que es una mujer sencilla que a veces raya en el simplismo, toda aquella parafernalia real la superó desde el principio. Era patético observar cómo se dirigía a Sofía: «Señora, ¿cómo está usted?». Y poco faltaba para que se agachara un poco más -la famosa genuflexión- y le limpiara a la reina los zapatos con la lengua. Lo de Letizia tratando de majestad a Juan Carlos incluso en la intimidad, a pesar de ser su suegro, no es tanto vasallaje como estrategia. «No olvido que soy plebeya», parece comunicarle cada vez que pronuncia las tres sílabas.
Es curioso que, en este país tan zalamero con la realeza, nunca se haya destacado en libros o artículos la inteligencia de Juan Carlos. Ni siquiera en momentos tan trascendentes como el intento de golpe del 23-F Se habla de su sentido de Estado, de su responsabilidad, de su campechanía. Pero jamás de su inteligencia. Incluso sus biógrafos no pueden más que reconocer que el rey nunca fue aficionado al estudio ni a la gimnasia intelectual. Cuando era un adolescente en Estoril, en 1945, su preceptor Eugenio Vegas Latapié llegó a recriminarle su precario esfuerzo intelectivo con estas palabras: «Por este camino nunca podrá ganarse la vida». Cierto es que, si no inteligencia, aquel Juan Carlos de quince años sí demostró picardía para responderle a Latapié. Se escapó de Palacio y se pasó el día recogiendo pelotas en las canchas de tenis de sus vecinos, que le agradecieron al futuro rey de España su entusiasmo servil con suculentas propinas. Juan Carlos tenía quince años, y aquella tarde arrojó a Latapié las monedas cobradas y le espetó: «Tú creías que no me podía ganar la vida. ¡Claro que sí!».
Pero, evidentemente, Juan Carlos no es una persona brillante. Nunca le he escuchado hablar en profundidad de ningún tema. Su discurso se limita al chascarrillo. A la ocurrencia banal. Por supuesto, es normal que nunca tratara asuntos de índole política delante de nosotros. Pero jamás he visto al rey, ni a cualquier otro miembro de la familia real, con un libro en la mano. Con excepción del día en que Letizia le regaló a Felipe la insustancial novelilla de Mariano José de Larra, El doncel de don Enrique el Doliente. Uno de los mitos más divertidos que ha aireado la prensa lacaya sobre mi prima es el de la voraz lectora. Mi prima no ha leído jamás otra cosa que periódicos, algún best-seller tipo Crisham o los libros que le obligaron a leer en el colegio y en la facultad. Durante el tiempo que yo trabajé en una conocida firma editorial, era frecuente que le regalara algún clásico ruso, recuerdo Guerra y Paz, o alguna reedición lujosa de literatura americana. Digo lujosa porque yo era consciente de que el libro iba a ir directamente como adorno a una estantería, ya que a Letizia jamás la iba a arrebatar el impulso de leerlo.
Me parece especialmente significativo de la desafección del monarca y su entorno a la literatura el hecho de que recomendaran a Letizia regalar a Felipe, el día de la petición de mano, un ejemplar de El doncel de don Enrique el Doliente. Si Letizia, periodista, hubiera regalado a su prometido una selección de los exquisitos artículos de Mariano José de Larra, se hubiera comportado de manera digna y coherente. Pero regalar una obra menor, lloriqueante, literariamente prescindible y olvidable del cronista más influyente de la historia de España, me parece un insulto para Larra y para toda la casta periodística. Se deberían de haber asesorado mejor.
Otro de los mitos es el de los Ortíz-Rocasolano multiculturales y conocedores de infinidad de lenguas. Cuando Letizia se fue a México a hacer aquel doctorado que nunca terminó, eligió el país por el idioma, ya que no tenía ni pajolera de inglés. Ella hubiera preferido Estados Unidos, sin duda. Lo mismo sucede con Telma, que según las revistas habla con fluidez el inglés, el francés el italiano y no sé si el swahili. No recuerdo cuántos idiomas le habrán atribuido a Érika.
El caso es que tampoco puedo presumir de haber visto jamás a Juan Carlos con un libro en la mano. A los abogados nos gusta estudiar a la gente. Sin embargo, Juan Carlos para mí sigue siendo un folio en blanco. Quizá porque le enseñaron que un hombre solo puede sostener la ficción de rey si se convierte en un enigma. El caso de Sofía es diferente. En Sofía se palpa cierta humanidad, cierta cercanía. Porque Sofía, al contrario que Juan Carlos, no siempre vivió entre algodones y mies. Ya lo he dicho antes.
Yo no puedo decir que el rey sea una persona brillantísima. Se ha movido en un mundo delicadete, lujoso, facilón, ritualista. Eso se le nota. Pero a veces me daba la impresión de que ha decidido desde hace muchos años que su cabeza no tiene necesidad que sustentar nada más que la corona. Yo no soy monárquico. Pero tampoco soy republicano. ¿Es que hay que ser algo? La monarquía es una institución obsoleta, absurda y anacrónica. El principio de consanguinidad no me vale. Yo soy abogado. ¿Mi hijo tiene que ser abogado? Pues no. He vivido años en Luxemburgo. He conocido la República Francesa. Y esos regímenes me parecen tan absurdos como la monarquía. La democracia es una distribución de los poderes fácticos y económicos diseñada como le sale de los huevos a los que tienen más. Pero, al margen de todo eso, el rey no me gusta como persona. No me parece un tío fiable.
Durante aquella cena tediosa, cuando terminó su plato, sin esperar a que acabaran los demás, Juan Carlos encendió un Cohiba de 25 centímetros. Si una velada en Palacio ya de por sí no es especialmente cómoda, se convierte en nauseabunda cuando se aliña con el humo espeso y grávido de un Cohiba. Pero en Palacio no está bien visto dejar los platos a medias. Así que seguí tragándome el pescado y las ganas de mandar al rey a fumarse el puro al Valle de los Caídos, que hay más aire libre.
Las volutas de humo de un puro son menos volubles que las de un cigarrillo. Parecen tener una dirección muy definida, como las nubes de tormenta. Y aquellas espirales de humo se dirigían, empecinadamente, no recuerdo si al Sorolla o al Velázquez que cuelgan de la pared, pegándose al óleo y acariciándolo como acaricia un cáncer. No sé qué pensaría un conservador del Patrimonio Nacional si estuviera sentado con nosotros a la mesa. Supongo que se habría quedado tan callado como me quedé yo. Y qué pensaría, como yo, que el rey no es muy considerado. Ni con nosotros, ni con el arte, ni con nada.”
 

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