A SANGRE FRÍA - Truman Capote

Tema en 'Foro de Literatura' iniciado por pilou12, 29 Oct 2018.

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    Jolene insistió en que probaran la tarta inmediatamente, porque era una tontería esperar a que se enfriase.

    -Anda, por favor, comamos un trocito cada una. Y usted también -añadió dirigiéndose a la señora Clutter, que acababa de entrar en la cocina.

    La señora Clutter sonrió o intentó sonreír. Le dio las gracias pero tenía mucho dolor de cabeza y nada de apetito. En cuanto a Nancy, no tenía tiempo: Roxie Lee Smith y su solo de trompeta la estaban esperando y luego había de hacer los encargos de su madre, uno para la fiesta de presentación de regalos de boda que las jóvenes de Garden City organizaban para Beverly y otro para la próxima festividad del Día de Acción de Gracias.

    -No te preocupes, querida, y márchate. Yo le haré compañía a Jolene mientras espera a que su mamá venga a buscarla -dijo la señora Clutter, y luego, dirigiéndose a la niña, añadió con su invencible timidez-: Si a Jolene no le molesta hacerme compañía a mí.

    De joven, llegó a ganar un premio de elocución pero los años, al parecer, habían reducido su voz a un solo tono, el de la excusa, y su personalidad, a una serie de gestos confusos y evasivos que traducían su temor a ofender y desagradar.

    -Supongo que te harás cargo -continuó diciendo cuando su hija se hubo marchado-. Espero que no pensarás que Nancy ha sido poco cortés contigo.

    -Eso sí que no, por Dios. Me dejaría matar por ella. Bueno, lo mismo que todos. No hay nadie como ella. ¿Sabe usted lo que dice la señora Stringer? -prosiguió Jolene, aludiendo a la profesora de economía doméstica-. Pues un día en clase dijo: «Nancy Clutter siempre tiene prisa pero siempre tiene tiempo. Y ésta es la definición de una verdadera señora».

    -Sí -replicó la señora Clutter-. Todos mis hijos son muy capaces. A mí no me necesitan para nada.

    Era la primera vez que Jolene se quedaba a solas con la «rara» madre de Nancy, pero a pesar de todo lo que había oído, se encontraba a gusto con ella porque la señora Clutter, aunque siempre nerviosa, tenía esa facultad de no poner nerviosos a los demás, propia, en general, de las personas indefensas que nada tienen de agresivas, de manera que incluso una criatura tan infantil como Jolene se sentía llena de protectora compasión hacia quien, como la señora Clutter, llevaba siempre el corazón en la mano, tenía cara de misionero y aire desvalido, sencillo y etéreo. ¡Y pensar que era la madre de Nancy! Que fuera tía suya, pase, una tía solterona que estaba de visita y era un poquillo rara pero «simpática».

    -No, no me necesitan para nada -repitió, sirviéndose una taza de café.

    Aunque todos los otros miembros de la familia boicoteaban esta bebida a imitación de su esposo, ella bebía un par de tazas todas las mañanas y con frecuencia era lo único que tomaba en todo el día. Pesaba cuarenta kilos. Los anillos, la sortija de boda y otro con un brillante modesto hasta la humildad, bailaban en sus dedos huesudos.

    Jolene cortó un pedazo de tarta.

    -¡Qué rica! -exclamó engulléndola voraz-. Voy a hacer una cada uno de los siete días de la semana.

    -Claro, tienes tantos hermanitos, y los niños siempre comen buenos pedazos de tarta. Ni mi marido ni Kenyon se cansan de comer tarta, pero la cocinera sí, acaba por arrugar la nariz. Y a ti te ocurrirá lo mismo. No, no, ¿por qué dije semejante cosa?

    La señora Clutter, que llevaba gafas sin montura, se las sacó y se apretó los ojos.

    -Perdóname, hija. Estoy segura de que nunca sabrás lo que es sentirse cansada. Estoy segura de que tú serás siempre muy feliz...


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    Jolene no dijo nada. Aquella nota de pánico en la voz de la señora Clutter había hecho cambiar su estado de ánimo. Jolene no sabía qué decir y solamente deseaba que su madre, que había prometido ir a buscarla a las once, llegara cuanto antes.

    Luego, un poco más calmada, la señora Clutter le preguntó:

    -¿Te gustan las miniaturas? ¿los objetos pequeñitos?

    Y llevó a Jolene al comedor para que viera una consola en cuyos estantes había un montón de fruslerías liliputienses: tijeras, dedales, cestos de flores de cristal, minúsculos muñecos, tenedores y cuchillos.

    -Algunos los tengo desde niña. Mi papá y mi mamá, todos nosotros, vivíamos parte del año en California. Junto al océano. Y había una tienda donde vendían maravillas como éstas. Estas tacitas -un minúsculo juego de té dispuesto sobre una bandeja, tembló en la palma de su mano- me las regaló mi padre. De niña fui muy feliz.

    Hija única de un próspero cultivador de trigo llamado Fox y hermana adorada de tres hermanos mayores que ella, pasó una niñez, no mimada, pero protegida imaginando que la vida era una secuencia de hechos agradables: otoños en Kansas y veranos en California. Una vida de tomar el té. Cuando tenía dieciocho años, fascinada por la biografía de Florence Nightingale, se matriculó en un curso de enfermería en el Hospital de Santa Rosa de Greta Bend, Kansas. No tenía condiciones para ser enfermera y, al cabo de dos años, tuvo que admitirlo: la realidad de un hospital, sus dramas, sus olores, la ponían enferma. Sin embargo, hasta la fecha, seguía lamentando no haber terminado aquellos estudios ni conseguido el título, aunque sólo fuera «para demostrar -como le había dicho en cierta ocasión a una amiga suya- que por lo menos una vez en la vida había tenido éxito en algo».

    En cambio, conoció a Herb y se casó con él. Herb era compañero de universidad de Glenn, su hermano mayor. La verdad era que, como las dos familias vivían a menos de treinta metros, hacía tiempo que lo conocían de vista, pero los Clutter, simples agricultores, no mantenían relación social con los acaudalados y cultos Fox. Pero Herb era guapo, religioso y muy voluntarioso, la quería y ella estaba enamorada.

    -El señor Clutter viaja mucho -siguió diciéndole a Jolene-. ¡Oh, siempre se tiene que ir a alguna parte! A Washington, a Chicago, a Oklahoma, a Kansas City. A veces me da la impresión de que no está nunca en casa. Pero dondequiera que vaya, siempre se acuerda de lo mucho que me gustan las miniaturas. -Abrió un diminuto abanico de papel-. Esto me lo trajo de San Francisco. Sólo vale unos centavos, pero ¿verdad que es bonito?

    Al segundo año de casada, nació Eveanna y, tres años más tarde, Beverly. Después de cada parto, la joven madre se sentía presa de un inexplicable abatimiento, de una crisis de tristeza que la llevaba a pasearse de una habitación a otra retorciéndose las manos, aturdida. Entre el nacimiento de Beverly y el de Nancy transcurrieron otros tres años y ésos fueron los años de los picnics dominicales y las excursiones al Colorado, años en que ella llevaba la casa y se sentía el centro feliz de su hogar. Pero con Nancy y luego con Kenyon, las depresiones postparto se repitieron y, después del nacimiento de su hijo, la infelicidad que la dominaba no desapareció ya nunca más; era como una nube en el horizonte, que podía traer o no la lluvia.

    Tenía algún «día bueno» que en contadas ocasiones sumaban una semana, un mes, pero ni en los mejores de sus días buenos, cuando volvía a ser «la de antes», la afectuosa y simpática Bonnie que sus amigos adoraban, lograba la energía y vitalidad social que exigían las actividades, siempre en aumento, de su marido. El era sociable, un «jefe nato». Ella no y renunció a intentar serlo. Y así, por caminos bordeados de tiernas miradas y con una fidelidad íntegra y total, comenzaron a discurrir sus sendas separadas, la de él, una senda pública, una marcha de satisfactorias conquistas; la de ella, una senda apartada y solitaria, que eventualmente recorrería los pasillos de hospital.

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    Pero no carecía de esperanzas. La fe en Dios le daba fuerzas y, de vez en cuando, acontecimientos terrenos complementaban su fe en su infinita misericordia: leía acerca de un milagroso medicamento, oía hablar de una nueva terapéutica o, como acababa de ocurrir, decidía creer que todo se debía a un «nervio atenazado».

    -Los objetos pequeñitos le pertenecen a uno del todo -dijo cerrando el abanico-. No hay que dejarlos: siempre se pueden llevar; caben en una caja de zapatos.

    -¿Llevarlos adonde?

    -Pues adondequiera que vayas. Puede que un día tengas que pasar mucho tiempo fuera de tu casa.

    Algunos años atrás, la señora Clutter tuvo que ir a Wichita para un tratamiento de dos semanas y pasó allí dos meses. Por consejo de un médico que creyó que aquella experiencia la ayudaría a recuperar «la sensación de bastarse a sí misma y de ser útil», tomó un piso y buscó trabajo. La admitieron en la YWCA1 en la sección de ficheros. Su esposo, completamente de acuerdo, la animó en la aventura; pero a ella le gustó mucho, tanto que le pareció poco cristiano y el sentimiento de culpabilidad que despertó en ella fue mayor que el valor terapéutico del experimento.

    -O quizá no regreses jamás a tu casa. Y... siempre es importante tener algo propio consigo. Estas cosas nos pertenecen, sin discusión.

    Llamaron al timbre. Era la madre de Jolene.

    La señora Clutter le dijo:

    -Adiós, hija -y apretó el abanico de papel en la mano de Jolene-. Sólo vale unos centavos... pero es bonito.

    Después, la señora Clutter quedó sola en la casa. Kenyon y Herb estaban en Garden City. Gerald van Vleet había terminado su trabajo. La bendita señora Helm, la asistenta doméstica a la que podía confiarle todo, no iba los sábados. Podía volverse a la cama, a aquella cama que tan raramente abandonaba, hasta el punto que la pobre señora Helm tenía que librar una batalla para cambiar las sábanas dos veces por semana.

    En el piso superior había cuatro dormitorios; el suyo estaba al extremo de un espacioso vestíbulo en el que no había más que una cuna, comprada para las visitas de su nieto. Si se traían literas y el vestíbulo se empleaba como dormitorio, la señora Clutter calculaba que la casa podía albergar a veinte invitados durante la festividad de la Acción de Gracias; los demás tendrían que acomodarse en el motel o en casa de algún vecino. Era tradición, cada año repetida, que el Día de Acción de Gracias los Clutter se reunieran en pleno en casa de uno de sus miembros, y como aquel año le tocaba a Herb hacer de anfitrión, no había más remedio que tenerlo todo dispuesto.

    Pero como esto coincidía con los preparativos de la boda de Beverly, la señora Clutter no estaba segura de lograr sobrevivir a ambos proyectos. Los dos exigían tomar muchas decisiones, algo que ella detestaba y que la vida le había enseñado a temer, porque cuando su marido salía de viaje, todos pretendían que ella tomara decisiones de emergencia sobre cosas de la finca que no podían esperar y eso le resultaba intolerable, una auténtica tortura. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si hacía algo que luego le parecía mal a Herb? Lo mejor era encerrarse con llave en su cuarto y pretender no oír nada o sencillamente decir:

    -No puedo. No sé. Por favor.

    La habitación que tan raramente abandonaba era austera; si la cama estaba hecha, un extraño hubiera imaginado que no la ocupaba nadie. Una cama de roble, un escritorio de nogal, una mesita de noche. Nada más, salvo lámparas, la cortina de una ventana y una

    1 Asociación Cristiana de Jóvenes. (N. del T.)

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    imagen de Jesús caminando sobre las aguas. Era como si, manteniendo aquella habitación impersonal, no teniendo en ella sus objetos íntimos sino dejándolos en la del esposo, atenuase la culpa de no compartir sus dominios. El único cajón que usaba del escritorio contenía un frasco de Vick's Vaporub, un paquete de Kleenex, una esterilla eléctrica, unos cuantos camisones blancos y calcetines de algodón. Para meterse en cama se ponía siempre calcetines porque invariablemente tenía frío. Y por la misma razón, mantenía la ventana siempre cerrada.

    Dos veranos atrás, un sofocante domingo de agosto por la mañana, estando recluida en su cuarto, había ocurrido un incidente desagradable. Tenían invitados, un grupo de amigos que se había reunido en la casa para ir luego a coger moras. Entre ellos estaba Wilma Kidwell, la madre de Susan. Como la mayoría de personas que frecuentaban la casa de los Clutter, la señora Kidwell aceptaba sin comentarios la ausencia del ama de casa y daba por supuesto que estaba «indispuesta» o «allá en Wichita». Aquel día, cuando llegó el momento de ir por moras, la señora Kidwell se excusó, mujer de ciudad se cansaba en seguida de andar por el campo. Al cabo de un rato de estar en la casa, oyó un llanto desconsolado y desconsolador.

    -¿Bonnie? -llamó, y corrió escaleras arriba cruzando el vestíbulo, hasta llegar a la puerta de la habitación de Bonnie.

    Abrió la puerta y la sofocante atmósfera de la habitación fue como una terrible mano que de pronto le tapara la boca. Corrió a abrir la ventana.


    -¡No! -gritó Bonnie-. No tengo calor. Tengo frío. Estoy helada. ¡Señor! ¡Señor! ¡Señor! -y agitando los brazos continuó-: Te lo ruego, Señor. No dejes que nadie me vea en este estado.

    La señora Kidwell se sentó en la cama. Quería tomar a Bonnie en sus brazos y al final Bonnie dejó que lo hiciera.

    -Wilma -le dijo-. Os he estado escuchando, Wilma. A todos vosotros. ¡Cómo os reíais! ¡Cómo os divertíais! Yo me lo pierdo todo. Los años mejores, los niños... todo. Un poco más, y Kenyon habrá crecido, será un hombre. ¿Y cómo me recordará? Como una especie de fantasma, Wilma.

    Hoy, en el último día de su vida, la señora Clutter guardó en el armario la bata de cretona que llevaba puesta, se puso uno de sus largos camisones y un par de calcetines blancos limpios. Antes de acostarse, se cambió las gafas normales por las de lectura. A pesar de que estaba suscrita a varias revistas (al Ladies'Home Journal, al McCall's, al Reader's Digest y al Together; Midmonth Magazine for Methodist Families) no tenía ninguna en su mesita de noche. Sólo una Biblia entre cuyas páginas, un marcador de seda rígida y desvaída tenía bordada la inscripción: «Atiende, ora y vigila, porque no sabes cuándo te llegará la hora.”

    Los dos jóvenes tenían poco en común pero no lo sabían porque coincidían en ciertos rasgos superficiales. Los dos eran exigentes, exagerados con la higiene y siempre estaban pendientes de la pulcritud de sus uñas. Después de toda una mañana con el mono puesto, trabajando como mecánicos, pasaron casi una hora emperifollándose en el lavabo del garaje. El Dick en paños menores era distinto del Dick vestido.

    Con ropa parecía un joven debilucho, rubio, de estatura corriente, descarnado y hasta hundido de pecho. Desnudo demostraba ser todo lo contrario: un atleta de peso ligero. Una cara de gato, azul y enseñando los dientes, tatuaba su mano derecha y una rosa azul florecía en uno de sus hombros.

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    Otros dibujos realizados y tatuados por su propia mano adornaban brazos y torso: la cabeza de un dragón con un cráneo entre las abiertas fauces, desnudos de mujer de pecho opulento, un diablillo que empuñaba una horca, la palabra PAZ acompañada de una cruz que irradiaba santa luz en forma de trazos gruesos, y dos composiciones sentimentales: un ramillete de flores dedicado a Papá y Mamá y la otra un corazón que conmemoraba el idilio entre Dick y Carol, la chica con quien se casó a los diecinueve años y de la que se había separado seis años después para «hacer lo que tenía que hacer» con otra muchacha, madre de su último hijo. («Tengo tres hijos y mi intención es hacerme cargo de ellos -había escrito en su solicitud de libertad bajo palabra-. Mi primera mujer se ha vuelto a casar. Yo me he casado dos veces, pero no quiero saber nada de mi segunda mujer.»)

    Pero ni el físico de Dick ni la galería a pluma que lo adornaba producían la singular impresión de su rostro, que parecía compuesto de partes dispares. Era como si le hubieran partido la cabeza en dos, como una manzana, y luego hubieran juntado otra vez las dos partes pero un poco descentradas. Algo así había ocurrido. La imperfecta alineación de sus rasgos se debía a un accidente de automóvil que había tenido en 1950; su rostro alargado y estrecho resultó alterado, el lado izquierdo le quedó sensiblemente más bajo que el derecho y, por lo tanto, los labios un poco oblicuos, la nariz sesgada y los ojos no sólo a distinto nivel sino de distinto tamaño, el izquierdo con una mirada furtiva de reptil, venenosa, maligna, que, aunque adquirida involuntariamente, era como una advertencia acerca del amargo sedimento posado en el fondo de su naturaleza. Sin embargo Perry le decía:

    -A ese ojo no le des importancia porque tienes una sonrisa maravillosa. Una de esas sonrisas que logran lo que quieren.

    Era verdad.

    La contracción muscular de la sonrisa restituía al rostro sus proporciones, su equilibrio y ponía de manifiesto una personalidad menos desconcertante, la de un «buen chico» americano, con el pelo al cepillo, bastante sensato y no demasiado inteligente. (En realidad era muy inteligente. Un test que le hicieron en la cárcel le dio un 130, siendo la media, en prisión y fuera de ella, de 90 a 110.)

    Perry estaba también lisiado y las heridas que había sufrido en un accidente de moto eran más graves que las de Dick. Tuvo que pasarse medio año en el Hospital del Estado de Washington y otros seis meses llevando muletas. Y aunque el accidente había ocurrido en 1952, como sus piernas de enano, cortas y rechonchas, habían sufrido cinco fracturas, las múltiples cicatrices le causaban todavía dolores tan agudos que se drogaba con aspirina. Si bien tenía menos tatuajes que su compañero, estaban más elaborados pues no eran producto de la mano del aficionado que se tatúa a sí mismo, sino obras de arte realizadas por los maestros de Honolulu y Yokohama.

    En su bíceps derecho, el nombre de una enfermera, COOKIE, con la que trabó amistad durante su estancia en el hospital. En el bíceps izquierdo, un tigre de pelo azul, ojos anaranjados y fauces escarlata. Una serpiente con la boca abierta, enroscada en un puñal, le recorría el antebrazo, y en otros puntos de su cuerpo lucían calaveras, se perfilaban tumbas, florecían crisantemos.

    -Ya vale, hermosura. Deja ya el peine -ordenó Dick vestido, y a punto de salir.

    En vez del mono de mecánico, llevaba ahora pantalones grises de soldado, camisa haciendo juego y, al igual que Perry, botas negras de media caña. Perry, que nunca lograba dar con pantalones a medida de la raquítica parte inferior de su cuerpo, llevaba tejanos arremangados y una chaqueta de cuero. Pulidos, peinados, atusados como dos galanes que acuden a una doble cita, se dirigieron al coche.

    La distancia entre Olathe, suburbio de la ciudad de Kansas y Holcomb, que podría ser considerada un suburbio de Garden City, es poco más o menos de seiscientos kilómetros.

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    Garden City, población de once mil habitantes, había comenzado a acoger a sus fundadores poco después de la guerra civil. Un cazador ambulante de búfalos, C. J. (Buffalo) Jones, tuvo influencia decisiva en la evolución de aquel grupo de casuchas y postes para atar cabalgaduras que se convirtió en un opulento centro de haciendas con saloons donde armar alboroto, un teatro y el más refinado hotel entre Kansas City y Denver. Era, en resumen, un ejemplo de refinamiento fronterizo que podía rivalizar con aquel otro más famoso, que se halla a ochenta kilómetros más al este: Dodge City. Junto con Buffalo Jones, que perdió primero su dinero y luego la cabeza (pasó los últimos años de su vida arengando a grupos callejeros contra el irreflexivo exterminio de unos animales que él tan provechosamente había sacrificado), los esplendores del pasado duermen hoy en la tumba.

    Escasos recuerdos perduran: una colorida hilera de comercios conocidos con el nombre de Barrio Buffalo y el que fue, en otros tiempos, magnífico Hotel Windsor, con sus aún soberbios salones de techo alto y su ambiente de lujosas escupideras y palmeras enmacetadas, preside el centro histórico, la calle Mayor entre tiendas diversas y supermercados, y si se ve poco frecuentado es porque el Windsor, con sus enormes habitaciones oscuras y sus corredores llenos de ecos, por evocadores que sean, no puede competir con las comodidades y el aire acondicionado que ofrece el pequeño y elegante Hotel Warren ni con el Motel Wheat Land que tiene aparato de televisión en todas las habitaciones y piscina de agua caliente.

    Todo el que haya cruzado los Estados Unidos de costa a costa, en tren o en coche, ha pasado probablemente por Garden City, pero es de suponer que pocos viajeros la recuerden. Es otra ciudad, ni grande ni pequeña, situada casi exactamente en el centro de Estados Unidos. Sus habitantes no tolerarían semejante opinión... quizá con razón. Aunque muchos exageran («Busque en el mundo entero y no hallará gente más cordial, ni aire más puro ni agua mejor» y «En Denver podría ganar el triple pero tengo cinco chiquillos y creo que este lugar es ideal para los niños: óptimos colegios con toda clase de deportes y hasta uno donde cursar los dos primeros años de universidad» y «Vine aquí para hacer práctica en leyes. Por una temporada. Nunca pensé en quedarme. Pero cuando tuve ocasión de pedir el traslado pensé: ¿por qué voy a marcharme? ¿Para qué diablos? Quizás esto no sea Nueva York, pero ¿quién quiere ir a Nueva York? Buenos vecinos, gente que se preocupa de su prójimo, eso es lo que de veras cuenta.

    Y todo cuanto un hombre decente puede desear lo tenemos aquí también: bellísimas iglesias y un campo de golf»), el recién llegado a Garden City, cuando se ha habituado al silencio a partir de las ocho de la noche, descubre elementos que justifican las baladronadas de sus habitantes: una biblioteca pública bien dirigida, un competente periódico, plazas umbrías de verde césped, tranquilas zonas residenciales donde niños y animales pueden correr sin peligro, un enorme parque para pasear, provisto de su pequeño zoo («Vean los osos polares», «Vean a la elefante Pennie») y de una piscina que ocupa varios acres («la mayor piscina gratuita del mundo»). Tales accesorios, junto con el polvo, los vientos y los continuos silbidos de los trenes, constituyen eso que se llama «patria chica», probablemente recordada con nostalgia por aquellos que la dejaron y que da, a los que quedaron en ella, sensación de estabilidad y satisfacciones.

    Sin excepción, los habitantes de Garden City niegan que la población esté dividida en clases sociales («No señor. Nada de eso. Todos iguales, cualquiera que sea la posición económica, la religión o la raza. Tal como debe ser en una democracia, así somos nosotros»). Pero, claro está, las diferencias de clases son tan claramente observadas y tan manifiestamente observables como en cualquier otro enjambre humano. Ciento sesenta kilómetros al oeste, el visitante se hallaría fuera de la «Zona de la Biblia», esa faja de tierra americana obsesionada por el evangelio, en la que un hombre debe, aunque sólo sea por razones prácticas, tomarse la religión muy en serio. Pero Finney County está dentro de la «Zona de la Biblia» y, por consiguiente, pertenecer a una determinada Iglesia es un factor decisivo para la categoría social de un individuo.


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    Una mezcla de baptistas, metodistas y católicos representa el ochenta por ciento de los fieles, pero en la élite (hombres de negocios, banqueros, abogados, médicos y los terratenientes más pudientes), entre los que ocupan los puestos directivos, predominan los presbiterianos y los episcopales. Algún que otro metodista se acepta bien y lo mismo algún que otro demócrata, pero en conjunto el círculo más influyente está constituido por republicanos de extrema derecha que profesan la fe presbiteriana o la episcopal.

    Como hombre culto y próspero en su profesión, eminente republicano y líder de su Iglesia, aunque fuera la Iglesia metodista, el señor Clutter tenía derecho a un puesto entre los patricios del lugar; pero, del mismo modo que nunca había sido socio del Country Club de Garden City, tampoco intentó entrar en el corrillo del poder. Por el contrario, no le gustaban las costumbres de aquel ambiente: no le interesaban las partidas de cartas, ni el golf, ni los cócteles, ni las cenas frías de las diez. A decir verdad no le gustaba ningún pasatiempo en el que, a su parecer, no se «realizara algo».

    Por esta razón, en lugar de dedicarse a jugar al golf aquel soleado sábado, Clutter presidía una reunión del club 4-H de Finney County (cuatro H que representaban «Head, Heart, Hands, Health1», se trata de una organización nacional con ramificaciones al otro lado del océano y cuyo propósito es, bajo el lema de «Aprendamos a hacer, haciendo», ayudar a los habitantes de zonas rurales, y particularmente a los jóvenes, a desarrollar el talento práctico y una sana moral. Nancy y Kenyon, desde los seis años, eran miembros asiduos). Hacia el final de la reunión, el señor Clutter anunció:

    -Ahora quisiera decir algo acerca de uno de nuestros socios adultos. -Sus ojos señalaron a una mujer rechoncha, japonesa, rodeada de cuatro niños japoneses y rechonchos-. Todos conocéis a la esposa de Hideo Ashida. Sabéis que los Ashida llegaron aquí hace dos años, procedentes de Colorado, y arrendaron unas tierras en las afueras de Holcomb y sabéis también que son una excelente familia, y Holcomb se siente dichosa de contarlos entre sus habitantes.

    Todo esto lo sabe muy bien cualquiera, cualquiera que haya estado enfermo y haya visto llegar a la señora Ashida, quién sabe desde qué distancia, con una de las maravillosas sopas que ella sabe hacer o con las flores que logra cultivar donde nadie diría que una flor pudiera subsistir. Y recordemos en qué grado el año pasado contribuyó en la feria para que el pabellón del 4-H fuera un éxito. Por todo lo cual, quisiera proponer que el próximo martes, en el banquete anual, ofreciéramos a la señora Ashida una prueba de nuestro reconocimiento.

    Sus hijos le tiraban del vestido, la apretujaban y el mayor gritó:

    -¡Eh, mamá! ¡Esa eres tú!

    Pero la señora Ashida era tímida; se frotaba los ojos con sus manos gordezuelas y reía. Era la mujer del aparcero de una hacienda particularmente solitaria y azotada por todos los vientos, a medio camino entre Garden City y Holcomb. Después de las reuniones del 4-H, Clutter solía llevar a los Ashida a su casa y así lo hizo también aquel día.

    -¡Caramba, vaya sobresalto! -dijo la señora Ashida mientras recorrían la carretera 50 en la camioneta de Clutter-. Por lo que parece, siempre tengo que estar dándole las gracias por algo, Herb. De todos modos, gracias.

    Lo había conocido al segundo día de llegar a Finney County. Era la vigilia de Halloween2 y Herb fue con Kenyon a visitarlos y llevarles una carretada de calabacines y calabazas.

    1 Inteligencia, corazón, manos, salud. (N. del T.)

    2 Vigilia de Todos los Santos (31 de octubre) que los niños celebran disfrazándose y yendo de casa en casa pidiendo golosinas. La máscara típica es una calabaza con agujeros que simulan ojos y boca iluminados desde su interior por una vela. (N. del T.)

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    Durante aquel duro primer año, los Ashida se vieron obsequiados con productos que todavía no habían plantado: cestas de espárragos, lechugas. Además, Nancy llevaba muchas veces a Babe para que los chiquillos cabalgaran.

    -¿Sabe usted? En muchos aspectos, éste es el mejor lugar en que hemos vivido. Hideo dice lo mismo. Nos duele muchísimo tener que marcharnos. Empezar de nuevo.

    -¿Se marchan? -protestó el señor Clutter, reduciendo la marcha.

    -Sí, Herb. Esta finca, la gente para la que trabajamos... Hideo cree que podríamos encontrar algo mejor. Quizás en Nebraska. Pero todavía no hemos decidido nada. Sólo estamos hablándolo.

    Su voz cordial, siempre dispuesta a la risa, hizo que la melancólica noticia pareciese casi alegre; sin embargo, la mujer, viendo que había entristecido al señor Clutter, cambió de conversación.

    -Herb, déme una opinión masculina -dijo-. Los niños y yo hemos venido ahorrando y queremos hacerle a Hideo un buen regalo para Navidad. Lo que más falta le hace son los dientes. Dígame, Herb, si su mujer le regalara tres dientes de oro, ¿le parecería mal? Quiero decir, ¿está mal hacerle pasar a un hombre la Navidad sentado en la silla de un dentista?

    -No hay dos como usted. No intenten siquiera marcharse de aquí: les ataremos de pies y manos -contestó el señor Clutter-. Sí, sí; no lo duden; dientes de oro. Si fuera yo, me encantaría.

    Su reacción hizo feliz a la señora Ashida, que sabía que no hubiese aprobado la idea si no la hubiera creído buena. Era todo un caballero. Nunca le había visto «dárselas de gran señor», ni aprovecharse de una circunstancia, ni dejar de cumplir una promesa. Intentó arrancarle una.

    -Óigame, Herb. En el banquete... nada de discursos, ¿eh? No me gustan. Usted, usted es distinto. Usted puede levantarse y ponerse a hablar a centenares de personas. A miles. Le es tan fácil... convencerles de cualquier cosa. Nada le asusta -murmuró comentando una cualidad del señor Clutter que nadie ponía en duda. Aquella impávida seguridad en sí mismo que si por un lado suscitaba respeto, por otro ponía trabas al afecto que otros pudieran sentir por él-. No puedo imaginarlo asustado. Suceda lo que suceda, usted siempre saldrá bien librado.

    A media tarde el Chevrolet negro había llegado a Emporia, un pueblo de Kansas, grande casi como una ciudad y lugar seguro, o así lo habían decidido los ocupantes del coche, para efectuar algunas compras. Aparcaron el coche en una calle lateral y luego anduvieron hasta dar con unos almacenes convenientemente atestados de gente.

    La primera adquisición fue un par de guantes de goma; eran para Perry que había olvidado los suyos. Pero Dick no.

    Luego se acercaron a un mostrador donde se exhibían medias de señora. Tras un corto titubeo, Perry dijo-Creo que servirán.

    Dick no estaba de acuerdo.

    -¿Y mi ojo, qué? Son todas demasiado claras para que no se vea mi ojo.

    -Señorita -llamó Perry para atraer la atención de la dependienta-. ¿No tiene medias negras?

    Les contestó que no, y les propuso que probaran en otra tienda. -El negro no puede fallar.



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    Pero Dick tenía su decisión tomada: las medias, del tono que fueran, eran innecesarias, un estorbo, un gasto inútil. («He invertido ya bastante dinero en esta operación.») Además, ninguno de aquellos con quienes pudieran tropezarse, viviría para servir de testigo:

    -Nada de testigos -le recordó a Perry por lo que le pareció la milésima vez.

    El modo como Dick pronunciaba aquellas palabras, como si solucionaran todos los problemas, le encendía la sangre: era estúpido no querer admitir que podría haber un testigo que ellos no vieran.

    -Las cosas no salen siempre como uno quiere, a veces salen al revés -arguyó.

    Pero Dick, con su jactanciosa sonrisa de muchacho travieso, no estaba de acuerdo.

    -No te asustes, hombre. Que no hay nada que pueda salir mal.

    No. Porque el plan era de Dick, calculado a la perfección desde la primera pisada hasta el silencio final.

    A continuación pasaron a interesarse por cuerdas. Perry examinó, probándolas, las que tenían. Como había trabajado en la Marina Mercante, entendía de cuerdas y sabía hacer buenos nudos. Escogió una cuerda blanca de nylon, tan fuerte como el alambre y no mucho más gruesa. Discutieron sobre cuántos metros necesitarían. La cuestión irritó a Dick porque ponía de manifiesto que a pesar de la declarada perfección de todo aquel proyecto suyo, había algo incierto, ya que no podía dar una cifra exacta. Finalmente exclamó:

    -Cristo, ¿cómo diablos quieres que lo sepa? -Mejor que lo sepas, puñeta.
    Dick hizo un esfuerzo.

    -Está él. Ella. El chico y la chica. Y puede que las otras dos. Pero es sábado. Quizás haya invitados. Contemos que sean ocho incluso doce. Lo único seguro es que tendrán que desaparecer todos.

    -Me parecen muchos. Para que estés tan seguro.
    -¿Y no fue eso lo que te prometí, rico? ¿Que los reventaríamos contra las paredes? Perry se encogió de hombros.
    -Entonces mejor será que compremos un rollo entero.
    Eran noventa metros. Más que suficiente para doce.

    Kenyon había hecho aquella cómoda él mismo: una cómoda de caoba forrada de cedro que pensaba darle a Beverly como regalo de boda. Ahora, allí, en lo que llamaban la leonera del sótano, le daba la última mano de barniz. La leonera, una dependencia con suelo de cemento que se extendía a toda la anchura de la casa, estaba amueblada casi exclusivamente con muestras de su trabajo de carpintería (estanterías, mesas, taburetes, una mesa de ping- pong) y con las labores de Nancy (fundas de zaraza que rejuvenecían un decrépito diván, cojines que llevaban las inscripciones: «¿Feliz?» y «No es preciso estar loco para vivir aquí, pero facilita las cosas»).

    Nancy y Kenyon, juntos, mediante grandes dosis de pintura, habían llevado a cabo un intento de librar de su inconmovible lobreguez aquel recinto y ninguno de los dos había notado el fracaso. De modo que ambos consideraban su leonera como un triunfo y una bendición: Nancy porque en aquel lugar podía recibir a «la pandilla» sin molestar a su madre y Kenyon porque allí podía estar solo, martillear, serrar y ocuparse de sus «inventos», el último de los cuales consistía en una sartén eléctrica, honda como un puchero.

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    Junto a la leonera, estaba la habitación de la caldera en la que había una mesa llena de herramientas y utensilios en desorden amén de alguno de sus trabajos en curso como un sistema de amplificadores y un viejo gramófono averiado.

    Físicamente, Kenyon no se parecía a sus padres. Su pelo corto era color cáñamo, medía metro ochenta y aunque delgado, era lo bastante fuerte como para llevar a cuestas (lo hizo en cierta ocasión), contra ventisca y a tres kilómetros de distancia, un par de ovejas adultas. Sí, era fuerte y robusto, pero con esa falta de coordinación muscular muy propia de los jovencitos espigados. Este defecto, agravado por la imposibilidad de prescindir de las gafas, le impedía tomar parte activa en los deportes de equipo (baloncesto, béisbol), diversión principal de los muchachos que hubieran podido ser sus amigos.

    Sólo tenía un amigo íntimo, Bob Jones, hijo de Taylor Jones, cuya finca se hallaba más al oeste, a dos kilómetros de la casa de los Clutter. Allá, por la Kansas rural, los muchachos empiezan a conducir muy pronto y Kenyon sólo tenía once años cuando su padre le dio permiso para que comprara, con dinero que había ganado cuidando ovejas, un viejo camión con motor modelo A, el Vagón Coyote, como él y Bob le llamaban. No muy lejos de la finca River Valley, hay una misteriosa zona de terreno llamada Sand Hills que es como una playa sin océano y por la noche los coyotes se deslizan entre las dunas y se reúnen en manadas para aullar.

    En noches de luna clara, los dos chicos conducían el camión contra los coyotes, los ponían en fuga intentando darles alcance, cosa que raramente conseguían, porque un coyote puede correr a ochenta por hora y el camión no pasaba de los cincuenta. Pero, de todos modos, era un juego magnífico: el camión deslizándose sobre la arena y los coyotes huyendo contra la luna; como decía Bob, le ponía a uno el corazón a galope.

    Igualmente embriagador, pero más lucrativo, era cazar conejos. Kenyon era un buen tirador y su amigo mejor aún, de modo que entre los dos a veces entregaban medio centenar de conejos a la «fábrica de los conejos», industria de Garden City donde les pagaban diez centavos por cabeza; allí los congelaban y mandaban a los criaderos de visón.

    Pero lo que más contaba para Kenyon, y también para Bob, eran aquellos fines de semana, partidas de caza que duraban dos días enteros vagando a la ventura a lo largo de la orilla del río, durmiendo con una manta arrollada al cuerpo, manteniendo el oído atento al rayar el alba para, al primer ruido de alas, irse de puntillas hacia él.

    Pero lo mejor de todo, lo más fantástico, pavonearse de vuelta a casa llevando colgada del cinturón una docena de patos que asar para la cena. Últimamente las cosas habían cambiado entre Kenyon y su amigo. No es que hubieran reñido, ni que hubiese ocurrido nada, ni siquiera que estuvieran en desacuerdo. Sólo que Bob, que tenía dieciséis años, había comenzado a «salir con una chica», y Kenyon, un año menor y todavía con mentalidad de adolescente sin compromiso, tenía que prescindir de su compañía.

    Bob le había dicho:

    -Cuando uno tiene mi edad, la cosa cambia. Yo también pensaba como tú: las mujeres, ¿para qué sirven? Pero luego empiezas a hablar con una y es fantástico. Ya lo verás.

    Kenyon lo ponía en duda. No podía imaginar que llegara jamás a malgastar ni una sola hora con una chica cuando podía pasarla con un fusil, un caballo, herramientas, maquinaria o hasta con un libro. Si no podía contar con Bob, lo mejor era estar solo; su temperamento no correspondía tanto al hijo del señor Clutter como al hijo de Bonnie, un chico sensible y reservado. Los de su edad lo consideraban estirado, pero lo excusaban diciendo:

    -¡Oh, Kenyon! Ese vive en su mundo.

    Mientras esperaba que se secara el barniz, pasó a otro trabajo que lo llevó al exterior. Iba a cuidar el jardín de flores de su madre, el adorado recuadro de follaje enmarañado que crecía bajo la ventana de su habitación. Cuando llegó allí, se encontró con uno de los trabajadores que removía la tierra con una pala. Era Paul Helm, el marido de la asistenta.

    -¿Viste el coche? -le preguntó Helm.

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    Sí, Kenyon había visto el automóvil en el camino de entrada de la casa, un Buick gris que esperaba a la puerta del despacho de su padre.

    -Pensé que sabrías quién puede ser.

    -No, a no ser que sea el señor Johnson. Mi padre lo esperaba.

    Helm (el difunto Helm, porque murió de un ataque en marzo del año siguiente) era un hombre sombrío, ya casi en sus sesenta, cuyos modales reservados ocultaban una naturaleza profundamente curiosa y observadora. Siempre quería saber qué ocurría a su alrededor.

    -¿Qué Johnson?

    -El de la compañía de seguros.

    Helm gruñó:

    -Tu padre seguro que está hasta el cuello de pólizas y demás. El coche lleva ahí tres horas.

    El frío del crepúsculo que se avecinaba atravesó el aire y aunque el cielo era aún de un intenso azul, los altos tallos de los crisantemos del jardín proyectaban una sombra cada vez más larga. El gato de Nancy jugueteaba por allí, tratando de agarrar con sus patas la cuerda con que Kenyon y el viejo ataban las plantas. Nancy llegó entonces de improviso, en la grupa de la gorda Babe; Babe regresaba de su regalo del sábado: un baño en el río. Teddy, el perro, las acompañaba y los tres venían relucientes y todavía húmedos.

    -Atraparás un resfriado -comentó el señor Helm.

    Nancy se echó a reír: no había estado nunca enferma, ni una sola vez siquiera. Bajó del caballo, se echó sobre la hierba junto al jardín y cogió a su gato. Balanceándolo en el aire por encima de ella, le besó el hocico y los bigotes.

    A Kenyon le repugnó:

    -Besar a los animales en la boca.

    -Bien que tú besabas a Skeeter -le recordó ella.

    -Skeeter era un caballo.

    Un espléndido caballo alazán que tuvo desde que era potrillo. ¡Cómo saltaba las vallas Skeeter!

    -¡Le pides demasiado a ese caballo! -le advertía su padre-. Cualquier día lo vas a matar del esfuerzo.

    Y así había sucedido: mientras galopaba por la carretera llevando a su amo, le falló el corazón, tropezó y cayó muerto. Todavía entonces, un año después, Kenyon lloraba su muerte a pesar de que su padre, compadeciéndose de él, le había prometido el mejor de los potros que nacieran la próxima primavera.

    -Kenyon -dijo Nancy-. ¿Crees que Tracy hablará ya? ¿Que hablará cuando venga para el Día de Acción de Gracias?

    Tracy, que todavía no había cumplido un año, era su sobrino, hijo de Eveanna, la hermana con quien ella se entendía mejor. (Beverly, a su vez, era la preferida de Kenyon.)

    -Me voy a derretir cuando le oiga decir «tía Nancy». O «tío Kenyon». ¿No te gustaría oírselo decir? ¿No te encanta ser tío? Santo Dios, ¿por qué no me contestas nunca?

    -Porque eres una tonta -respondió él tirándole una dalia un poco marchita, que ella se prendió en el pelo.

    Helm tomó su pala. Graznaban los cuervos, el ocaso estaba cerca, pero su casa no. El paseo de olmos se había convertido en un túnel de verde cada vez más oscuro y él vivía al fondo de ese túnel, a casi un kilómetro.

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    -Es de noche -dijo.

    Y se puso en camino. Pero se volvió una vez.

    -Y ésa -declararía al día siguiente- fue la última vez que los vi. Nancy se llevaba a la vieja Babe a la cuadra. Como ya he dicho, nada fuera de lo corriente.

    El Chevrolet negro estaba aparcado de nuevo, esta vez frente a un hospital católico en las afueras de Emporia. Perry no había dejado de insistir («Eso es lo que tienes de malo. Te crees que sólo hay una idea en el mundo: la tuya»), y al final Dick no tuvo más remedio que capitular. Mientras Perry esperaba en el coche, había entrado en el hospital para ver si una monja le vendía un par de medias negras. Este sistema tan poco ortodoxo de procurárselas había sido una inspiración de Perry: las monjas siempre tienen cosas almacenadas. Había un inconveniente, desde luego: las monjas y todo lo relacionado con ellas traían mala suerte y Perry sentía un profundo respeto por sus propias supersticiones. (Entre otras figuraban el número 15, el pelo rojo, las flores blancas, los curas que atraviesan una calle y las serpientes que se aparecen en sueños.) Pero ya no tenía remedio.

    El individuo rigurosamente supersticioso es también casi siempre un creyente ciego en el destino y ése era el caso de Perry. Si en aquel momento estaba allí, embarcado en esa aventura, no era porque él lo hubiera querido sino porque los hados lo habían dispuesto así. Podía demostrarlo aunque no tuviese intención de hacerlo, por lo menos donde Dick pudiese alcanzar a oírlo porque significaría confesar el verdadero motivo de su retorno al estado de Kansas, y la violación del juramento que hiciera para conseguir la libertad bajo palabra, una razón totalmente ajena al «golpe» de Dick y a su carta citándolo allí. El motivo era que unas semanas atrás se había enterado de que el jueves 12 de noviembre otro de sus compañeros de celda iba a ser puesto en libertad en la Penitenciaría del Estado de Kansas en Lansing, y «más que nada en el mundo» deseaba encontrarse con aquel hombre, su «único amigo verdadero», el «inteligente» Willie-Jay.

    Durante el primero de sus tres años en prisión, Perry había observado a Willie-Jay de lejos, con interés, pero con aprensión: si quería que lo considerasen un «duro», una estrecha amistad con Willie-Jay no parecía aconsejable. Era el secretario del capellán, un irlandés delgado con pelo prematuramente gris y ojos grises y melancólicos. Su voz de tenor era el orgullo del coro de la cárcel. Hasta Perry, que despreciaba cualquier demostración de piedad, se sentía «turbado» cuando oía a Willie-Jay cantar el «Padrenuestro»; el grave lenguaje del himno cantado con tal espíritu de sinceridad, lo conmovía, haciéndolo reflexionar un poco sobre la validez de su menosprecio.

    Al fin, estimulado por la curiosidad religiosa, se aproximó a Willie-Jay y el secretario del capellán respondió inmediatamente, creyendo intuir en aquel muchacho de piernas tullidas, mirada vaga y voz afectada «un poeta, algo único, que valía la pena salvar». Le embargó la ambición de «entregarle aquel muchacho a Dios». Sus esperanzas de conseguirlo se reforzaron el día en que Perry le mostró un dibujo al pastel que acababa de hacer: una gran imagen de Jesús realizada con una técnica que no tenía nada de ingenua. El reverendo James Post, capellán protestante de Lansing, lo valoró tanto que lo colgó en su despacho donde todavía está: un relamido Salvador, algo afeminado, con los carnosos labios de Willie-Jay y sus ojos tristes.

    Aquel dibujo representó la cima de la inquietud espiritual, nunca muy seria, de Perry y, hecho irónico, su fin; calificó a su imagen de Jesús como «una muestra de hipocresía», una tentativa de «engañar y traicionar» a Willie- Jay, puesto que entonces creía en Dios menos que nunca. Pero ¿iba a admitirlo y a perderse, con ello, el único amigo que le «comprendía de veras»? (Hod, Joe, Jesse, viajeros de un mundo en el que raramente se usa el apellido, habían sido sus «compinches», pero ninguno de ellos podía compararse siquiera con Willie-Jay que, a juicio de Perry, «era intelectualmente muy superior a la media, intuitivo así como muy entendido en psicología».

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    ¿Cómo era posible que un individuo tan dotado se hallara en Lansing? Era esto lo que desconcertaba a Perry. La respuesta, que conocía pero no aceptaba porque era «una evasión de lo ignoto, problema humano», era clara para cualquier mente menos complicada: el secretario del capellán, que tenía entonces treinta y ocho años, era un ladrón, un ratero de poca monta que, en un período de veinte años, había cumplido sentencia en cinco estados distintos). Perry decidió hablar: lo sentía, pero todo aquello de cielo, infierno, santos, misericordia divina, no iba con él y si la amistad de Willie-Jay se basaba en la perspectiva de verlo un día a los pies de la Cruz junto a él, le decepcionaba profundamente y su amistad era falsa, una falsificación como el retrato de Jesús.

    Como siempre, Willie-Jay supo comprender. Descorazonado pero no sin esperanzas, siguió cortejando el alma de Perry hasta el día que le concedieron libertad bajo palabra y se marchó del penal; la víspera escribió a Perry una carta de adiós que terminaba con el siguiente párrafo: «Eres un hombre muy apasionado, un hombre hambriento que no sabe dónde saciar su apetito, un hombre profundamente frustrado que lucha por proyectar su individualidad contra un fondo de rígido conformismo. Existes en un mundo pendiente entre dos superestructuras, una de autoexpresión y la otra de autodestrucción.

    Eres fuerte pero en tu fuerza hay una grieta y a menos que aprendas a controlarla, esa grieta demostrará ser más poderosa que tu fuerza y te vencerá. ¿La grieta? Explosión de la reacción emocional totalmente desproporcionada a los hechos. ¿Por qué? ¿Por qué esa irrazonable ira cuando ves a otros contentos, felices y satisfechos? ¿Por qué ese creciente desprecio por la gente y esas ganas de herirla? Muy bien: crees que son necios y los desprecias porque su moral, su felicidad son el origen de tu frustración, y tu resentimiento. Pero esas ideas son terribles enemigos que llevas dentro de ti... y a la larga serán mortíferos; como las bacterias que resisten al tiempo, no matan al individuo sino que dejan en su modo de ser el estigma de una criatura desgarrada y retorcida; dejan fuego en su interior avivado por astillas de desprecio y odio. Podrá prosperar pero no dará fruto porque él es su propio enemigo y le estará vedado gozar intensamente de sus triunfos.”

    Perry, complacido de verse objeto de tan largo sermón, se lo había dado a leer a Dick y éste, que veía con malos ojos a Willie-Jay, había calificado aquella carta de «montón de estupideces a lo Billy Graham1», añadiendo: «Astillas de desprecio. Astilla será él.» Naturalmente, Perry ya esperaba una reacción por el estilo y secretamente la deseaba porque su amistad con Dick, al que apenas había tratado hasta los últimos meses pasados en Lansing, era consecuencia y contrapeso de su intensa admiración por el secretario del capellán.

    Quizá Dick fuera superficial o incluso, como decía Willie-Jay, «un fanfarrón perverso», pero lo cierto es que también era divertido, astuto, realista, «iba directo al grano» y no tenía humo en la cabeza ni un pelo de tonto. Además, a diferencia de Willie-Jay, no criticaba las exóticas aspiraciones de Perry: estaba dispuesto a escucharle, se entusiasmaba, compartía aquellas visiones de «tesoro garantizado» hundidos en mares mexicanos o en junglas brasileñas.

    Habían transcurrido cuatro meses desde que Perry obtuvo la libertad bajo palabra, meses de vagabundear en un Ford de quinta mano por el que pagó cien dólares, pasando de Reno a Las Vegas, de Bellingham en Washington a Buhl en Idaho. Y allí, en Buhl, donde había encontrado trabajo temporal como conductor de camión, le llegó la carta de Dick:

    «Amigo P., salí en agosto y cuando tú te fuiste me encontré con alguien que tú no conoces pero que me dio una idea que podemos aprovechar maravillosamente. Un golpe garantizado. Perfecto...”

    1 Billy Graham, predicador baptista. (N. del T.)

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    Hasta aquel momento, Perry no había imaginado que volvería a ver a Dick. Ni a Willie- Jay. Pero los había tenido presentes en su pensamiento, especialmente al segundo, que en su recuerdo se había transformado en un enorme sabio de cabellos grises, que daba vueltas por su cabeza obsesionándolo. «Persigues lo negativo -le había informado Willie-Jay en el curso de uno de sus sermones-. Nada te importa, quieres existir sin responsabilidades, sin fe, sin amigos, sin calor.”

    En el curso solitario, desolador, de sus recientes idas y venidas, Perry había considerado una y otra vez aquella acusación y decidido que era injusta. Si que le importaba..., pero ¿a quién le importaba él? ¿A su padre? Sí, hasta cierto punto. Un par de chicas, pero aquello era «una historia larga de contar». A nadie, excepto Willie-Jay. Y sólo Willie-Jay había reconocido que valía, que tenía facultades, sólo él había comprendido que Perry no era simplemente un paticorto y musculoso mestizo, sólo él, a pesar de todos sus sermones moralizadores, lo había visto como él mismo se veía: «excepcional», «raro», «artista». En Willie-Jay su vanidad encontró apoyo, su sensibilidad refugio, y cuatro meses de distancia hacían aquella alta valoración más fascinante todavía, más, aún, que todos los sueños de tesoros escondidos.

    De modo que cuando recibió la invitación de Dick y se dio cuenta de que la fecha que proponía coincidía más o menos con el día en que dejaban en libertad a Willie- Jay, supo qué debía hacer. Fue en coche a Las Vegas, vendió aquel carromato, empaquetó su colección de mapas, cartas, manuscritos y libros y compró un billete de autobús. Las consecuencias del viaje serían obra del destino; si «no se entendía con Willie-Jay», podría tomar en consideración «las proposiciones de Dick». Resultó que tenía que elegir entre Dick o nada, porque cuando su autobús llegó a Kansas City la tarde del 12 de noviembre, Willie-Jay, a quien no había podido advertir de su llegada, había salido ya de la ciudad, sólo cinco horas antes y por la misma estación terminal de autobuses a la que Perry llegara. Todo eso lo supo llamando al reverendo Post, que lo desanimó aún más al no querer revelar el destino exacto de su antiguo secretario.

    -Se ha ido al este -dijo el capellán-, donde tiene perspectivas: buen empleo y alojamiento en casa de gente de bien, dispuesta a ayudarle.

    Y al colgar el teléfono, Perry se sintió «aturdido de rabia y decepción». Pero ¿qué esperaba en realidad -se preguntó cuando se le pasó la angustia- de un encuentro con Willie- Jay? La libertad los había separado. Como hombres libres, nada tenían en común; eran individuos opuestos que nunca podrían formar «equipo», y desde luego no la clase de equipo necesaria para emprender una aventura submarina al otro lado de las fronteras del sur como la que Dick y él proyectaban. Pero, sin embargo, si no hubiese llegado tarde, si hubiera podido pasar con Willie-Jay siquiera una hora, Perry estaba absolutamente convencido de que no estaría ahora allí, frente a un hospital, esperando a que Dick saliera con un par de medias negras.

    Dick regresó con las manos vacías.

    -Nada que hacer -anunció con una indiferencia furtiva que infundió sospechas en Perry.

    -¿Estás seguro? ¿Seguro de que por lo menos preguntaste?

    -Desde luego.

    -No lo creo. Juraría que te fuiste para adentro, dejaste pasar un par de minutos, y te volviste a salir.

    -Muy bien, rico. Lo que quieras.

    Dick puso el coche en marcha. Después de recorrer un trecho en silencio, Dick le dio a Perry una palmada en la rodilla.

    -¡Oh! Vamos, hombre. Era una idea para vomitar. ¿Qué diablos se hubieran imaginado? Yo allí pidiendo unas medias, como si fuera una rebaja...

    -Quizá sea mejor así. Las monjas siempre traen mala suerte.




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    31

    El representante en Garden City de la Compañía de Seguros de Vida Nueva York sonreía mientras observaba cómo el señor Clutter desenfundaba una Parker y abría el talonario. Le vino a la memoria un chiste que corría por allá.

    -¿Sabe qué se dice de usted, Herb? Pues dicen: «Desde que el corte de pelo subió a un dólar cincuenta, Herb para pagar al barbero firma un cheque.”

    -Así es -respondió el señor Clutter.

    Como los miembros de la familia real, nunca llevaba encima dinero contante.

    -Es mi sistema -añadió-. Cuando los tipos esos de los impuestos vienen a meter la nariz, lo mejor que se les puede enseñar es el resguardo de los cheques que se han pagado.

    Con el cheque escrito, pero todavía sin firmar, se apoyó en el respaldo de la silla del despacho como reflexionando. El agente, hombre robusto, un poco calvo, más bien llano, que se llamaba Bob Johnson, deseó que a su cliente no le asaltaran dudas de última hora. Herb era testarudo, lento y difícil de convencer: hacía más de un año que Johnson trabajaba para cerrar aquel contrato. Pero no, su cliente estaba simplemente viviendo lo que Johnson llamaba el «momento solemne», fenómeno con que los agentes de seguros están familiarizados. El estado de ánimo del hombre que firma un seguro de vida es semejante al del que firma su testamento: por fuerza piensa en la muerte.

    -Sí, sí -dijo el señor Clutter como para sí-. Tengo mucho que agradecer... tengo muchas cosas gratas en la vida.

    Documentos enmarcados que recordaban los acontecimientos importantes de su carrera lucían en las paredes revestidas de nogal de su despacho: un título universitario, un mapa de la finca River Valley, distinciones al mérito agrícola y un certificado muy adornado con las firmas de Dwight D. Eisenhower y John Foster Dulles mencionando sus servicios en la Junta Federal de Crédito Agrícola.

    -Los chicos. En eso sí que hemos tenido suerte. No está bien que lo diga, pero, la verdad, me siento muy orgulloso de ellos. Fíjese en Kenyon. Hoy por hoy, siente inclinación por la ingeniería o por las ciencias, pero no me dirá que el muchacho no lleva el campo en la sangre. Si Dios quiere, un día se hará cargo de todo esto. ¿Conoce al marido de Eveanna? ¿A Don Jarchow? Es veterinario. No tiene idea de cuánto estimo a ese muchacho. Y a Vere. A Vere English, el chico con quien mi hija Beverly ha tenido el buen sentido de formalizar sus relaciones. Si me ocurriese cualquier cosa, estoy seguro de que ellos sabrían hacerse cargo de las responsabilidades. Porque Bonnie sola, Bonnie no podría hacerse cargo de una finca como ésta...

    Johnson, veterano en escenas de esta índole, se dio cuenta de que ya había llegado el momento de intervenir.

    -Pero, Herb -comentó-. Usted todavía es joven. Cuarenta y ocho años. Y por el aspecto que tiene y lo que el informe médico dice, creo que aún le quedan un par de semanas más de vida.

    El señor Clutter se enderezó y tomó otra vez la pluma.

    -La verdad es que me encuentro perfectamente y lleno de optimismo. Tengo la impresión de que en estos años que vienen, podremos hacer mucho dinero en esta región.

    Mientras esbozaba sus proyectos para un futuro de inmejorables auspicios financieros, firmó el talón y lo deslizó por encima de la mesa hacia el agente de seguros.


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