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SOYHELENA
LO QUE PIENSA LA GALLINA EMPALMADA DE SU CASO Y DE LOS JUECES...
Urdangariny la Casa del Rey coincidieron durante los meses previos a la imputación soloen una cosa: en criticar las supuestas filtraciones del sumario judicial,obviando que el grueso del escándalo, las facturas y los justificantesaportados por Torres, que fueron destapados por El Mundo, estaban en abierto y a disposición de todas las partespersonadas en el proceso.
Perocoincidieron en la necesidad de atacar por ese flanco, aparcando el fondo de lacuestión, buscando una hipotética nulidad de actuaciones y forzando con suestrategia, que llegó a contar con muy altas complicidades, que el ConsejoGeneral del Poder Judicial incoase al juez Castro unas diligencias porrevelación de secretos. Las actuaciones quedaron en nada porque no había nada,pero había cumplido su función de intentar amedrentar al magistrado para querebajase la intensidad de sus pesquisas.
Unaparte residual pero destacada de la judicatura madrileña, amén de algunosperiodistas cortesanos, se colocó del lado de Urdangarin enarbolando estediscurso disuasorcurl pio y llegaba a calificar el amaño de concursos y eldesvío de fondos públicos del duque de Palma como cuestiones meramenteadministrativas. Pero esta facción, plegada y pegada al poder político, comenzóa urdir un plan más perverso. Visto que no podían combatir el fondo de la cuestión,que a la luz de las nuevas pruebas la trama era cada vez más obscena en suejecución, se obsesionaron con quitarse de encima al juez Castro y al fiscalHorrach.
Laúnica vía para hacerlo era trasladar el sumario a la Audiencia Nacional. EnMadrid descendería la presión, pensaron, y el caso se diluiría entreexpedientes de terrorismo y crimen organizado. «Y también podría ocurrir quecaiga en algún magistrado manejable», profundizaron en su razonamiento.
Alcomprobar que ni Castro ni Horrach cederían a presiones o indicaciones, lapieza separada número 25 del caso Palma Arena había que mudarla a la calleGénova y forzar a que allí se declarasen prescritos todos los delitos. Porqueese era otro de los nuevos argumentos. Se telefoneó a destacados contertuliostelevisivos y radiofónicos para que repitieran, como papagayos, que los tipospenales que atribuían al duque de Palma habían prescrito, que el juez y elfiscal se habían tirado a la piscina y que, como mucho, se le podría acusar delúnico delito que no le imputaban el juez y Anticorrupción: el fiscal. Y, porsupuesto, se les instruyó en una consigna que de tanto usar acabó desgastada:«Las filtraciones son intolerables». Obviando que todos los abogados personadostenían acceso a prácticamente toda la documentación, es más: el meollo del casono estaba declarado secreto.
Seurdió una auténtica ceremonia de la confusión en un último intento por libraral duque de Palma de su incierto futuro. El coro orquestado para la ocasiónreiteró que había que distinguir, en el caso del yerno del rey, «el plano éticodel penal». La operativa se articuló desde el Gabinete de Comunicación de LaZarzuela y la batería de periodistas programados para que reprodujeran eldiscurso llevaba a cabo un recorrido por todas las televisiones y emisoraslanzando estas ideas sin haberse leído un solo folio del sumario judicial.
—Sile cae al juez Ismael Moreno, el problema está resuelto —presumía el duque dePalma, al que esta idea devolvió repentinamente a la vida—. Y este es un casoque, jurídicamente, debe llevar la Audiencia Nacional porque afecta a variascomunidades autónomas —razonaba.
Urdangarinvolcó sus esperanzas en el titular del Juzgado de Instrucción número 2, confama de magistrado puntilloso y poco beligerante. Al tomar este atajo parasalvar los muebles contó con el apoyo del abogado de Matas, Antonio Alberca,que abrió esa nueva línea de defensa presentando un recurso en el quesolicitaba formalmente la nueva asunción de competencias.
Aesta estrategia de enroque se sumó, contra todo pronóstico, el sindicato ManosLimpias. La organización que dirige Miguel Bernad, que acostumbra a personarseen los grandes procedimientos por corrupción, se interesó repentinamente por elasunto. Se convirtió en una parte más del proceso para pedir, de manerainsistente, que el caso lo asumiera la Audiencia Nacional.
«Elrecurso de Manos Limpias estáb> muy bien fundamey Elduque estaba seguro de que la Casa Real movería los resortes adecuados y de queel juez Moreno asumiría las competencias y aparcaría el asunto. Su íntimaconvicción era la de que La Zarzuela no iba a permitir que el caso llegase amayores. Un íntimo amigo suyo desvelaba entonces que el marido de la infantaCristina estaba «muy tranquilo» porque sabía que aparecería «un ángel salvador»que le libraría de aquel embrollo y que este procedería de la Casa Real. Peropasaron los días y las semanas, y Castro y Horrach, como era lógico, seopusieron a perder aquel asunto, hasta que se acabó pronunciando la AudienciaNacional.
Elinstructor Moreno resolvió la discusión con un auto esquemático. Estipulaba enél que el caso Urdangarin, pese a afectar a tantas comunidades como las quehabía recorrido el duque de Palma para recaudar dinero, «es obvio que NO TIENELA ENTIDAD Y SIGNIFICACIÓN SUFICIENTE —las mayúsculas son del propio juez— paraconmover la confianza, que es fundamento necesario de la seguridad del tráficomercantil o para alterar el normal desarrollo de la economía nacional».
Morenorecordó que el Supremo había acordado que la Audiencia Nacional no investigaseuna reciente defraudación de 20 millones de euros, «cifra esta muy superior ala que se dice puede ascender el importe de la defraudación a la que serefieren los hechos» del caso Urdangarin. Por lo tanto, Castro y Horrach debíanseguir instruyendo el sumario del duque de Palma. El gozo de Urdangarin, en unpozo. Debía maquinar, por lo tanto, otra táctica.