
Iniciado por
TUCHO
A ver SOYHELENA, el que no sabe es porque no quiere aprender.
Uno de mis placeres ocultos es mi librería, digo "mi" porque las tiendas donde compro habitualmente desde hace muchos años las considero un poco mías.
Mi librería tiene campanilla, algo indispensable para conocer en qué tipo de tienda entras. Doy los buenos días y de repente tres caras se vuelven hacia mi desde tres puntos diferentes del local y con una sonrisa que sale de dentro me contestan Buenos días!!!!!!!!! ¿Cómo estás??????? Pareciera que hace años que no me ven y resulta que la semana anterior estaba pasando por el mismo proceso. Con las mismas pasan a decirme que me echaron de menos y que se acordaron de mí porque llegó algo que me va a encantar, lo dicen con cara de misterio, como si "eso que acaba de llegar" fuera asunto clasificado de la CIA y sólo yo tuviese acceso a él. Entonces yo, ya enganchado a la incertidumbre, pido, ruego, que me muestren ya ese ejemplar que me espera sólo a mí.
Me lo dan, con él en la mano intento exprimir sin las gafas toda la información que puedo de la portada, la contraportada, la solapa y hasta el canto, y mientras hago esto me dirijo a una zona de butacas donde me siento, con una mesa baja en la que puedo dejar un café que me ofrecen si es que me apetece. Y allí abro el libro a ver si es lo esperado, ahora ya sí con las gafas. Fui el rey de la tienda durante unos minutos, esa librería sólo trabajó para mi durante ese intervalo, si llegó otro cliente, sabe esperar curioseando porque no quiere compartir conmigo lo que a él le espera, una atención exclusiva, él también quiere la tienda para él durante unos minutos, porque la tienda también es suya. Comprtiremos butaca durante un momento, o no, o quizá cuando él se siente yo ya me levante, incluso puede que mi documento clasificado no sea lo esperado y tenga que pedir algo diferente. De lo que no hay duda es de que en la media hora que pasé me sentí como en mi casa, que ya estoy deseando volver otra vez y que nunca me voy sin fumar un cigarrillo en la puerta con una de las dueñas para que la despedida no sea tan brusca, como dejando el capítulo por terminar.
Una vez compré un libro en Carrefour, como no llevaba carro de compra, al llegar a la caja iba con el libro en la mano, dejarlo en la cinta transportadora me dio escalofríos así que se lo dí en la mano a la cajera, lo peor llegó cuando me lo metió en la bolsa y lo empujó hacia fuera como si fuera una barra de pan congelada.
Aquel libro fue el menos mío de cuantos tengo. No me importaría nada prestarlo...sin vuelta.