La vida de la reina Victoria I del Reino Unido
La emperatriz que llevaba los pantalones
Por Ignacio Monzón, 05 de mayo de 2010
Grabado de la Reina, 1837
Al igual que su antecesora Isabel I, ella fue una de las últimas opciones que existieron. A la muerte del rey Jorge III (1820) ciñó la corona su hijo, el denostado Jorge IV, que después de ejercer el poder regio diez años murió sin descendencia. El heredero, a falta de hijo, fue su hermano Guillermo IV, tercer hijo varón de Jorge III – el segundo, Federico Augusto, había muerto en 1827 – y que ocupaba un cargo a la edad de 65 años, cansado y enfermo. Los hijos que tuvo con su esposa Adelaida de Sajonia-Meiningen habían muerto y varios de sus hermanos también. Por ello, antes de morir, en 1837, se preparó la sucesión en la persona de Victoria, hija del cuarto vástago varón de Jorge III: Eduardo Augusto.
Éste había fallecido en 1820 y aunque quedaban algunos hijos más del rey Jorge, Victoria se perfiló como la más cercana en la línea de sucesión. Su tío Ernesto Augusto se quedó con el reino de Hannover y ella con el Reino Unido (Inglaterra, Gales, Escocia, Irlanda y las múltiples colonias ultraoceánicas). La joven reina apenas tenía 18 años de edad y un reino cada vez más extenso, algo no sólo aplicable al ámbito geográfico. Los días de Victoria, nacida en 1819 en el Palacio de Kensington, eran los de la Europa que se recuperaba de los embates de las Guerras Napoleónicas y se ordenaba bajo los auspicios del Congreso de Viena (1814-1815).
Más aún, se estaba desarrollando, en Inglaterra sobre todo, la conocida como Revolución Industrial, un fenómeno sin precedentes en el mundo de la técnica que afectó de forma trascendental las estructuras económicas y sociales. Las ciudades comenzaron a llenarse de inmensas fábricas, lo que unido a la mecanización del campo condujo a un éxodo masivo de campesinos a las urbes.
Los tiempos de Charles Dickens
Para los familiarizados con la obra de Charles Dickens, son los momentos de sus personajes: niños trabajando jornadas maratonianas y sin escolarizar, enormes bolsas de pobreza urbana, inexistencia de coberturas médicas y vacaciones. Y si estos problemas no eran pocos, el siglo XIX fue la centuria de las Revoluciones Liberales (1820, 1830 y 1848) dónde la burguesía pugnaba por ocupar un papel más relevante del que se le estaba reconociendo. Después de una revolución tan sangrienta como la de Francia, estos estallidos eran vistos con temor y más aún con el surgimiento de movimientos obreros y anarquistas, que junto con el independentismo de ciertos grupos – como el de algunos irlandeses – estaban creando un clima de cierta crispación social.
La joven reina, casi una niña para los estándares de la época y sin experiencia política tuvo muy pronto sus problemas políticos. Muchos hombres de Estado no la veían capacitada para dirigir unos territorios tan enormes, tan lejanos entre sí y tan problemáticos. Además, después de los problemas sucesorios de sus tíos, la nueva situación demandaba que se casara lo antes posible para tener descendencia. Y aquí de nuevo la ironía histórica convirtió a esta hembra, no en mujer sino en hombre.
Casada con un hombre sin recursos que fue príncipe consorte
Cuando conoció a su primo Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha, hombre sin recursos pero de buena familia y excelente educación, pronto surgió una chispa que fructificó en una relación aparentemente sincera. Pero en cualquier caso, con amor o no de por medio, la posterior petición de mano tuvo que hacerla ella a él, ya que era la que ostentaba el mayor rango. Una costumbre asignada al varón, así como el cargo que ostentaba lo desempeñaba una mujer. Alberto, que no gozó de título de rey – príncipe consorte - ante la negativa del Parlamento, no tenía prerrogativas en el poder, por lo que su función era, simple y llanamente, de engendrar hijos.
Por supuesto los detractores de la reina vieron aquí nuevos motivos de ataque: una pareja antinatural donde ella era la que “llevaba los pantalones”. No es por ello extraño que el príncipe germano recibiera toda clase de apelativos relativos rebajándole moralmente, pues si ella era el hombre, el tenía que ser “afeminado”, con todos los prejuicios que ello conllevaba: debilidad física y moral, incapacidad intelectual, ánimo cambiante, etc. Ni que decir tiene que la realidad no parece haber sido esa, ya que hablamos de un hombre de gran cultura y que se esforzó por ayudar a su esposa en las tareas de gobierno.
La Exposición Universal de 1851, celebrada en Londres y que tuvo como uno de sus responsables al príncipe consorte – que además le permitió ganar un enorme caudal que invirtió en la reurbanización de parte de Londres – es buen ejemplo del tino que tenía el “semental” de la reina, apelativo que lejos de encumbrar su masculinidad se habría empleado en sus días como forma de denigrarlo. La reciente producción cinematográfica La Joven Victoria (The Young Victoria, 2009) intenta ahondar en la dificultad que encontró la pareja para adecuarse por un lado a lo que las demandas de la política por un lado y a las de la costumbre por otra.
Muerto el príncipe en 1861, la soberana del Reino Unido continuó adelante – si bien guardando duelo eterno – con sus tareas con un ánimo férreo. Proclamada Emperatriz de la India en 1876 gracias a la iniciativa de su ministro Disraeli, ejerció la autoridad regia durante más tiempo – 64 años – que ningún otro monarca inglés en la Historia. Su buen hacer, o más bien el de sus ministros, le granjeó el amor de su pueblo, que además la encumbró como el epítome de la moralidad y dignidad humanas.
El Reservado - La emperatriz que llevaba los pantalones



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