La monarquía: una urgente necesidad latinoamericana
Koldo Campos Sagaseta
Rebelión
Siempre me ha movido a sospecha que Europa, tan dada ella a exportar a Latinoamérica sus propias recetas como infalibles, cuando no a exigirlas; tan acostumbrada a trazar sus pautas económicas, sus particulares medidas, sus criterios morales; tan pertinaz en la demanda a otras naciones de sus propios sistemas institucionales y políticos, no haya hecho nunca mención alguna de la oportuna necesidad que tiene el tercer mundo y, especialmente, América Latina, de reconvertirse en un montón de monarquías.
Esa Europa que donó a América sus lenguas, que la rescató del paganismo, que la dotó de instituciones, que la convirtió a la democracia y que se afana en conducirla por la vía del desarrollo liberal en curso, ha puesto al servicio del nuevo mundo todos los viejos conceptos y beneficios que conoce y disfruta: la tolerancia ante la opinión ajena, el respeto al bien privado, la solidez bancaria, la importancia del comercio, los valores del mercado, la autoridad de las Fuerzas Armadas… todos los viejos conceptos europeos han sido trasladados a Latinoamérica y reproducidos con generosa profusión, todos… menos uno que, al parecer, guardan celosamente sólo para ellos y que se niegan a compartir: la monarquía.
(algunos parrafos, muy largo el articulo)
Argumentos y contraargumentos sobre la monarquía en América Latina.
3.-La monarquía no es un modelo funcional
-Otra obvia falsedad cuyo desmentido se cotiza en bolsa todos los días. Ninguna república latinoamericana, ni siquiera la más desarrollada, puede competir en producto interno bruto, por ejemplo, con la monarquía europea de menor crecimiento. Y el concurso de las monarquías europeas ha sido reconocido como vital en la consolidación de las libertades y los derechos humanos, por todos los grandes medios de comunicación. Pocos ejemplos de lo funcional que puede llegar a ser una monarquía como el aporte de la corona española al advenimiento de la democracia en ese reino, en el que es fama la importancia que tiene para el buen ánimo de los españoles en fechas tan entrañables como la Navidad y el Año Nuevo, el tradicional mensaje de su majestad, tanto por la agudeza de sus análisis como por la carga afectiva y solidaria que desprende.
Gracias a la existencia de las casas reales es que numerosos museos y centros de arte, pueden contar con un nombre, y no cualquiera, que los identifique y distinga. Y lo mismo ocurre con ciertas competencias deportivas, centros de beneficencia y hospitales. Los rostros de los monarcas también hacen posible la acuñación de la moneda, y ocupan las presidencias honoríficas de muchísimas sociedades e instituciones en defensa de la vida, la niñez desprotegida y el medio ambiente.
Hasta en el real cometido de sus comunes acciones, son funcionales los reyes para paliar la desazón de los demás mortales, ésa que nos queda en la retina cada vez que abrimos un periódico. Y así ha sido siempre. Junto al fruncido entrecejo de Fidel, el semblante preocupado de Chaves o la fatiga en los ojos de Evo Morales, la esplendorosa sonrisa de un monarca que nos bendice el día desde un coso taurino, como cabal demostración de que mientras el convulso mundo se agita y desmorona, la vida en su reino puede seguir siendo de color.
(cont.)


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